miércoles, 21 de octubre de 2009

'deber' y 'tener': pues sí que es diferente, tiene gracia...




Hay frases que empiezan a oírse un buen día, se ponen de modo, y terminan siendo familiares. «ETA debe desaparecer». He aquí una de ellas. Muy repetida en los últimos años. ¿Cómo cuánto de repetida? Teste Google: 97.900 resultados, hallados en 50-90 milisegundos.

Una oración gramaticalmente perfecta. Oración: expresión de un juicio; aquí también de un deseo; una orden tal vez... Pero sobre todo, una expresión inquietante. Yo al menos siempre la he percibido con inquietud. Preguntándome siempre –y eso es lo malo–: «¿quién lo dice?»

Ese quién se despliega en amplio espectro social. Famosos y desconocidos, patricios y plebeyos, clérigos y seglares. Todos coinciden. Obispos 'vascos-vascos', como el de San Sebastián monseñor Uriarte; 'vascos-maquetos', como el de Bilbao monseñor Blázquez; 'no vascos-no maquetos', como el cardenal Cañizares, arzobispo de Toledo. Éste último justificaba ese deber de ETA, porque «con el terrorismo no se negocia», y en vez de ofrecerle algo en contrapartida, le imponía un segundo deber: «pedir perdón públicamente».

También del mundo seglar tiene ETA muy oída la misma antífona. A veces también con apostillas, algunas pintorescas. Así a principios de este año, Miren Azkarate, portavoz del Gobierno de Ibarretxe escribía: «ETA utikan, ETA debe desaparecer para siempre». Contundente, ¿verdad?...

No; creo que no me hago entender. Lo de contundente no se refería al «para siempre» (que nunca sobra), sino al utikan. Interjección imperativa donde las haya: ¡fuera!, sí, pero en vascuence, bien por ser este idioma más expresivo que el español, o porque así lo entiendan mejor los interesados. Es una palabra decimonónica, que muchos puristas prefieren, porque no suena tan a castellano como ese viejo kanpora , que usa el vulgacho, y lo entienden todos los canes de este país. ¿Qué digo? ¡hasta en Castilla funciona! Pues bien, volviendo al tema: Algún día las pintadas y pancartas se pasarán del kanpora al utikan. Y cuando eso suceda, siempre podrá doña Miren sonreír con sus claros ojos: «Yo fui la primera». Ahí queda eso.

Pero veo que se me va la olla. Lo que antes he dicho del pintoresquismo azkarateño iba por otro lado. La definición que la entonces Consejera de Cultura daba de ETA: «el último resto del franquismo». No creo que esas cosas a ETA le hagan efecto, y en cambio más de un prócer superviviente político del régimen anterior se habrá sentido ninguneado de forma injusta y gratuita.

Otro que por supuesto hizo uso de la frase de marras fue el lendacari Ibarretxe durante su mandato. No me tienta aproximar las veces que lo repitió. Eso sí, a cuál más preocupante. Serán figuraciones, pero cada vez que el de Llodio decía «ETA kanpora», o de otro modo la invitaba a desaparecer, jamás fue para abominar del día en que unos vascos malaconsejados eligieron el camino de la violencia terrorista. En su discurso, las condenas de la banda siempre sonaron a muy cerebrales y ponderadas, incluso sacrificando la moral y la decencia cuando así convino a la jugada política. Sólo en su última etapa, cuando la estrategia etarra interfirió y puso en jaque su plan soberanista, Ibarretxe llegó alguna vez hasta perder los nervios, expresando con demasiada franqueza su decepción y amargura, ante la insolidaridad de unos patriotas que, a fin de cuentas, iban a lo mismo. ETA, misión cumplida, servicios prestados a la causa, la paz de los valientes.

En el PNV, como en cualquier familia política numerosa, hay gente para todo. Hay bocas para todas las ocasiones y de todos los tamaños. Hoy toca boca, mañana boquilla, ayer bocaza. Como partido, eso da más juego.

Entre las bocas grandes del PNV, en este momento dan como chapeldún a Joseba Egibar, que además es todo un jatorra. Ahí se le ve, cómo se retrata departiendo con amigos, cómo inmortaliza un encuentro, qué estampa de familia. ¡Y cómo la goza el abuelete de la boina, con la lengua que se le sale de la boca! Unos años atrás, lo mismo va y les dice: «ego vos absolvo, ego vos coniungo». Otros tiempos. Hoy todo está muy secularizado.

Y bien, ¿qué estará diciendo Egibar a los colegas? Se adivina más fácil lo que no les está diciendo: que ETA debe desaparecer. ¡Cómo! ¿Es que este hombre no conoce la expresión de moda?

A mí no me cabe duda, es más, estoy seguro de que Joseba también ha pronunciado alguna vez la frase sacramental. Sólo o acompañada de otra frase, pero apostaría a que la ha pronunciado. También es verdad que no puedo demostrarlo. He picado en Google: 'Egibar dijo que ETA debe desaparecer'; y el buscador me responde con un «no se ha encontrado ningún resultado», añadiendo piadosamente: «Quizás quiso decir: "Egibar dijo que ERA debe desaparecer".» Pues no, admirado Google. De todas formas, muchas gracias.

Insisto, no obstante. ¿Qué tal así?: 'Egibar dijo: «ETA debe desaparecer»' Tecleo… y aquí Google pierde su flema proverbial y me larga con cajas destempladas a tres entradas:

1. Una que no habla de Egibar ni de ETA.

2. Otra es de una bitácora (Etimologías), preguntando «por qué Egibar dijo, hace ya unos cuantos años, que España le daba más miedo que la ETA». ¿Y que hay del verbo 'desaparecer'? Pues que, por lo visto, «las almadrabas pueden desaparecer de Cádiz».

3. Sólo esta cita añeja de Mikel Azurmendi ('La cuestión', ABC, 2002): «Hace cinco años Egibar dijo: "No aceptaremos la derrota militar de ETA ni la derrota política de HB"… Esta misma semana dijo que ilegalizar al brazo político de ETA es preparar "un escenario de tintes diabólicos.

Ahora bien, es notorio que el buriquide guipuzcoano, alguna vez, ha deseado, rogado, recomendado, pedido o exigido que ETA desaparezca. Pero, ahora que caigo, no lo dijo como un deber, sino un tener: «(ETA) tiene que desaparecer por decisión propia», decía en mayo. Y un año antes pensaba lo mismo, para dar paso a la consulta del Plan Ibarretxe, etc.

Y ahora sí. Cruzando a Egibar con la ETA, en 90 milésimas de segundo Google encuentra hasta 1.000 veces en que el buruquide de la boca grande ha dicho eso mismo, al pie de la letra.

Aunque tampoco nos engañemos. Casi todo ese millar de referencias se reduce a unas mismas tres o cuatro veces, bastante recientes. Y siempre con apostillas, peros, condiciones y contrapartidas. Por ejemplo:

«Para que "el futuro de este pueblo sea sostenible…,ETA tiene que desaparecer", pero además el PP y el PSE tienen que"reconocer, desde el respeto, la existencia del pueblo vasco y su derecho a decidir".» Todo intento de acabar con ETA sin darle nada a cambio son ganas de que ETA se perpetúe y no desaparezca.

Según eso, aunque Egibar es capaz de repetir la frase, Google demuestra que no la prodiga. Y tanto Google como la foto de familia indican que en ese encuentro no la gritó ni coreó. Todo lo más, el ambiente distendido y jocoso podría dar esta lectura de labios:

 –Anda, Joseba, suéltalo de una vez, aquí, si te atreves.
–¿Soltar, lo qué?
–Eso. Que ETA debe desaparecer.
–Yo nunca he dicho tal cosa.
–¿Qué pues?
–ETA tiene que desaparecer. Deber, tener: no es lo mismo.
–Anda la hostia, pues es verdad. Apunta: deber…, tener… Muy bueno.

La misma foto demuestra que el jeltzale no fue personalmente mal recibido, como algunos han dicho. «Ayer no oí ni un sólo grito en contra del PNV, ni a favor de ETA», asegura Biturie, nacionalista, en 'La estrategia de E(T)A'. ¿Tapones en los oídos? Porque a otros sí les zumbaron los suyos. Por ejemplo a Urkullu, ausente de una «marcha que terminó, por cierto, siendo un clamor a favor de ETA», según Tonia Etxarri.

Sea como fuere, por propia voluntad o de encargo, Joseba ha sido de nuevo el celador de los derechos de la izquierda abertzale, el hombre de los contactos con ese mundo, para la nueva alianza, frente común, akordión o lo que suene. Con él, por él y en él, su Partido estuvo allí:

–Así que el PNV estuvo en Donostia.
–¿El PNV de Egibar?
–El PNV.

domingo, 18 de octubre de 2009

El Nobel de la vejez



El 5 de este mes era noticia: Nobel de Fisiología y Medicina 2009 para E. H. Blackburn, C. W. Greider y J. W. Szostak, por haber descubierto «cómo los cromosomas están protegidos por telómeros y la enzima telomerasa».
 


Noticia de obligada inserción en la prensa mundial, por tratarse del premio más prestigioso y conocido. Pero (salva la circunstancia de ser dos de las premiadas mujeres, y una de ellas la descubridora principal), un titular poco indicado para interesar a casi nadie. «¿Telo- qué?», habrá farfullado la mayoría; y a otra cosa.

Tal vez por eso, y algo también por inercia, el comunicado de la Real Academia Sueca que adjudica el premio cerraba la noticia con este estrambote: «un descubrimiento que abre perspectivas frente al cáncer o el envejecimiento humano», entre otros problemas.

Lo de mentar el cáncer es ya un latiguillo, en noticias de investigación biológica. Se supone que a la gente le gusta ver que su dinero se gasta en cosas prácticas de interés general, y un cáncer le puede tocar a cualquiera. Mucha gente piensa incluso que, en el reparto de fondos, la investigación del cáncer se lleva la parte del león, cuando es más cierto que otras áreas menos urgentes están mejor tratadas; por ejemplo, ese solapado mundo de la cosmética.

Esta vez, al consabido reclamo del cáncer se junta otra calamidad de la que nadie se libra, si vive lo bastante: la decrepitud. Hoy vivimos más, en parte porque vivimos mejor, y también porque se sabe más. Pero hoy como ayer y siempre, la vida humana individual pasa por un clímax, inicio del declive irreversible, inexorable. No hace falta dramatizar para entenderlo. No al menos por lo que toca a los directamente implicados, la 'gente mayor' que todavía esté en condiciones de darse cuenta. Porque muchos, ni eso.

Y bien, ¿qué promesas concretas trae el nuevo Nobel respecto al cáncer, que interesa a muchos, y a la vejez, que interesa a todos? Promesas, ninguna. Los heraldos suecos ejercen de suecos y no hablan de promesas, sólo de perspectivas.

Si esto fuese un blog como Dios manda, aquí vendría bien resumir en dos palabras qué son los telómeros y cómo funcionan. Lo primero, la palabra lo dice: telo-mero = segmento terminal. El descubrimiento de la señora Blackburn fue que los cromosomas –esas microscópicas salchichitas donde cada célula lleva empaquetada su dote o herencia biológica en forma de ADN– no se acaban de cualquier modo, sino que en cada extremo llevan una pequeña pieza especial, o telómero. No de adorno, precisamente.

1. Las células se reproducen por división, generación tras generación, y eso debe hacerse de forma correcta, equitativa.

2. Pero, por otra parte, en los organismos complejos, formados por muchísimas células, no todas (afortunadamente) son iguales y se dividen a su aire, sino que la inmensa mayoría se especializan, y en general pierden capacidad de dividirse. Sólo dos clases de células se mantienen 'inmortales' (linajudamente hablando, bien entendido): la células germinales sanas, y las células cancerosas. Les siguen en vitalidad las células embrionarias y juveniles. Las demás células del organismo forman linajes con 'fecha de caducidad', y las hay que como las neuronas del sistema nervioso, una vez maduras ya no se multiplican.

Pues bien, los telómeros son decisivos para lo uno y lo otro. Aseguran el que la división celular sea correcta en cuanto al reparto genético, y a la vez fijan el número de divisiones para cada linaje celular.

Los científicos no desdeñan explicarnos las cosas a los profanos mediante símiles fáciles de entender. Así Miss Blackburn comparó gráficamente sus telómeros a los manguitos protectores que protegen los cordones de zapato para que no se deshilachen con el uso. No estaba mal para explicar la primera de las dos funciones, la conservadora; pero nada más.

Esa campechanía a la hora de comparar me anima a mí también a ayudarme en mis cortas luces con otra parábola, para ilustrar el otro papel de los telómeros, como reguladores de la viabilidad celular.

Imaginemos un gran comedor de beneficencia, donde a cada reparto de comida accedemos la pobre gente presentando una tira de bonos personales intransferibles, de la que nos cortan uno por menú. Una tira larga, larga, significa una mayor esperanza de seguir comiendo, mientras que una tira corta de tres o cuatro bonos no augura gran porvenir.

¿Y los 'inmortales', esos privilegiados del bufé libre? Su telómero, digo, su tira debe de ser larga de verdad… Pues no. Su privilegio consiste en que llevan en el bolsillo un sellito de imprimir bonos, y así cualquiera. Ese 'sellito' con su tampón y tinta es la telomerasa, la enzima de hacer telómero. Sólo las células germinales y las cancerosas gozan de esa ventaja, que en parte también alcanza a las células embrionarias y células troncales de los tejidos en formación.

No hay símil perfecto. Mi comedor y sus bonos de comida resuelven a su modo la supervivencia individual, no la social. Aplicado a la realidad, no se trata de 'mesa' sino de 'cama': no es la comida, sino la reproducción celular. Cada individuo somos una gran república de células repartidas en clases y linajes sociales, donde la desigualdad social es la base y la clave del todo.

Obviamente, este plan orgánico no lo ha diseñado ningún 'progre' igualitario, enemigo del clasismo. Afortunadamente. Porque en Biología Celular, ese carácter y comportamiento 'progre', igualitarista –«¡vida eterna para todos!»– tiene nombre poco simpático: cáncer.

Todo esto es apasionante y nadie dirá que el premio Nobel no ha estado justificado. Un hallazgo modesto en principio abre un gran capítulo de la Biología Celular. ¿El cáncer? La telomerasa es un marcador de células tumorales, y por tanto un blanco para inhibirlas o destruirlas de forma más selectiva y segura. Por ahí, las perspectivas podrían traducirse en promesas a medio plazo. Lo mismo la obtención masiva de células troncales y células cuasi-embrionarias, sorteando el problema ético de utilizar embriones humanos.

 

Otra cosa es la cuestión del envejecimiento humano, la posibilidad de retrasar la decrepitud, o prolongar la vida a base de telomerasa. El organismo es una máquina compleja donde no todos los sistemas y piezas envejecen a ritmo igual. Pasa como en los coches: neumáticos, carrocería, motor, frenos, cada cosa tiene su desgaste y recambio.

Las mismas palabras 'viejo', 'envejecer', significan cosas muy variadas y complicadas. No todo es cuestión de telómeros y divisiones celulares. Las neuronas, por ejemplo, son células que, una vez diferenciadas, no se dividen de forma apreciable, son para toda la vida y sin recambio. Con la edad se alteran también las relaciones entre células del mismo organismo, apareciendo autoagresiones y enfermedades autoinmunes.
Cuentan de un predicador que  desde el púlpito decía: «Hermanos, como dice el apóstol san Pablo, todos hemos de morir una vez.» Más allá del chiste de citar la Biblia o cualquier autoridad en apoyo de una verdad trivial, quedan los interrogantes: ¿por qué? ¿tiene que ser así, o se puede hacer algo?
Todo indica que la morbilidad, el envejecimiento y la mortalidad vienen escritas en nuestro programa biológico. Hasta se dice que las familias longevas, vistas al microscopio, andan mejor surtidas de telómeros que la gente caduca. Veremos lo que hay de verdad en ello, y hasta que punto se puede manipular. Eso sí, una buena herencia biológica personal es una ventaja de partida, y en eso no todos somos iguales, con un premio general relativo a favor del sexo femenino.

Expresiones como «mujer enferma, mujer eterna», o «tener una mala salud de hierro», marcan la distinción entre longevidad y vida sana. Por otra parte, entre personas de la misma edad y forma física se aprecian diferencias muy grandes en las facultades mentales, que no sólo interesan a la lucidez, sino también a la memoria y la afectividad.

Y para terminar. Ante un incremento de la población provecta, con una buena proporción de individuos in bona senectute, todavía hay que tener en cuenta el rol social que se reserve a esas personas. La edad de jubilación administrativa no se corresponde con la edad fisiológica del jubilado. Además, el sistema de jubilación, a la vez que ofrece bienestar, promueve la marginación del mayor, independientemente de la edad fisiológica. Un mismo club de 'tercera edad' reúne a personas activos y a carcamales pasmarotes. Esto se traduce en pérdida de autoestima, depresión y en definitiva un desapego vital ya conocido entre los antiguos. Y eso que antes por lo general la influencia social de los ancianos lúcidos era mayor que hoy.

Una vida interior rica y a la vez abierta al mundo y al prójimo es el mejor complemento que se puede dar a la dote genética que a uno le haya tocado en suerte. Súmese a ello un régimen saludable, más cierto grado de seguridad económica, un razonable bienestar, integración familiar y social; en fin, todas esas cosillas que hacen la vida agradable y dichosa –que tampoco es tanto pedir–, y olvidémonos de contar telómeros.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Miret





Al conocer la noticia de la muerte de Enrique Miret Magdalena me ha venido a la memoria la primera acepción de eutanasia (buena muerte), en boca del emperador Augusto:

Nam fere quotiens audisset cito ac nullo cruciatu defunctum quempiam, sibi et suis euthanasian similem (hoc enim et verbo uti solebat) precabatur.

«Cada vez que oía de alguien haber fallecido con rapidez y sin dolores, pedía para sí y los suyos una eutanasia semejante (incluso solía emplear esa misma palabra).»

(Suetonio, Augusto, 99)

Enrique Miret ha muerto «tras larga enfermedad» y eso implica sufrimiento físico. Pero no estoy pensando tanto en una vulgar eutanasia física. Ni me refiero tampoco al yogui autoeducado en la disciplina de la meditación, con su panoplia de endorfinas de efecto psicosomático. Hablo de un hombre de 95 años lúcidos, que deja una vida plena y una obra cumplida.

A nadie le sorprende que se muera un anciano de casi un siglo. Y menos que nadie, al propio difunto. Aunque quién sabe, conociendo a Enrique, tal vez le sorprendió saber que se moría. O, si no sorpresa, al menos habrá sentido curiosidad, quien tardó en sentirse viejo, por no acabar de creerse la edad que le imputaba su partida de nacimiento.

Yo he sido amigo de Enrique Miret desde que nos conocimos, o sea hace 40 años. Amigo esporádico, porque nuestros encuentros no han sido frecuentes, aunque eso sí, bien aprovechados. Le conocí en la redacción de Triunfo, como a Luis Carandell y, por supuesto, a Eduardo Haro, y la primera relación fue profesional, ya que esos nombres vivían de su pluma, aunque Miret era también hombre de empresa.

No voy a contarme aquí a mí mismo su obituario. No le voy a honrar con nada. Voy a honrarme y felicitarme a mí mismo de haber tratado a este hombre ejemplar, cuya honestidad venía realzada por una gran cortesía. Podía hacerte esperar un rato, si por casualidad le pillabas en su ejercicio de yoga y meditación zen; pero ni un minuto más, el resto era todo disponibilidad y diálogo.

No voy a repetirme tampoco las cosas buenas ni malas que se han dicho y dicen de Miret. Sólo por excepción, esta murmuración contra él, por lo que tiene de simplona. Leo en alguna parte:

«(P.S.: Ha muerto Enrique Miret Magdalena. Solo una persona capaz de definirse como católico agnóstico ha podido tener tantísimo espacio para publicitar sus simplezas de supuesto heterodoxo en el diario El País. De él, quedará eso.)»

No sé si existen heterodoxos 'supuestos'. Al menos yo no sé distinguirlos de los reales; lo que me lleva a sospechar que tal vez los heterodoxos ni existen. No voy a mejorar al clérigo del chiste (atribuido al obispo anglicano Berkeley): «Orthodoxy is my own doxy; heterodoxy is another man's doxy» («Ortodoxia es mi propia doxia; heterodoxia es la doxia ajena»). ¿Y que dice el IX Mandamiento del Decálogo? «No desearás la Doxy de tu prójimo.» Pues eso, todos ortodoxos. Inquisidores del mundo: disolveos.

Aunque Enrique me habló a menudo de su Doxy, nunca llegó a presentármela, ni siquiera vestida. Por mi parte, desde el principio le expliqué que era soltero y sin compromiso. No puedo decir si Miret profesaba el Credo Niceno en sus XII Artículos. Si se declaraba católico, es de suponer que era creyente, aunque lo fuese desde el agnosticismo, o sea lo opuesto o ajeno a todo gnosticismo. (Y recuérdelo el murmurador: ciertas formas de gnosticismo se consideran heréticas.)
Toda teología es gnosticismo, especulación sobre el misterio trascendente. Miret está encasillado como 'teólogo'. Teólogo reconocido y habilitado en la docencia universitaria. Con todo, por alguna razón él mismo se declaró antiteólogo. Como quien dice 'antignóstico'. ¿Por qué? Precisemos lo de teólogo: fue teólogo autodidacta. Un diletante, un 'aficionado teólogo', con todo lo que eso marca al rojo vivo como estigma académico. Tal vez por sentirse así él mismo, se declaró 'antiteólogo'. (Ateólogo habría sido una palabra equívoca, que seguramente se habría vuelto contra él. De hecho no faltan quienes le tienen por ateo.)


En ese sentido, Miret se encuadra, pienso yo, en la escuela de pensadores a lo Erasmo, otro autodidacta teólogo sin grado facultativo, que ponía enfermos a los teólogos e inquisidores de su tiempo con sus simplificaciones y sus apotegmas. Como aquel demoledor: Quae supra nos, nihil ad nos. Una frase que va desde el agnosticismo puro y duro («lo que nos supera no nos importa nada») hasta el sano agnosticismo anti-teológico («lo que nos supera no nos incumbe»). Erasmo, Miret, son de los que piensan que la doctrina original de Cristo se ha ido complicando a la moda bizantina, en lo dogmático y lo moral, el derecho, las instituciones y demás parafernalia.

Desconozco, repito, el credo completo de Enrique. Lo que puedo asegurar es que siempre que hablamos escuche a un pensador preocupado por la sencillez. Sencillez, o simplicidad; que no las simplezas que el murmurador critica. Pero una sencillez despierta y abierta, precisamente porque lo poco que se sabe por la fe se enfrenta a una realidad muy compleja, donde la razón tiene la responsabilidad y la palabra.

¿Retorno al catecismo? Despacio. Volver al Catecismo desde una Teología, como quien trata de meter toda la Suma Teológica en el Astete, eso sí que es una simpleza. De hecho, a Miret le intrigaba ese mundo de los catecismos, objetos de colección, y alguna vez en su casa me mostró la suya muy notable, señalando algunas ejemplares realmente curiosos y raros (y me refiero a contenidos, no a las ediciones o rareza bibliográfica).

Sin emular ni de lejos toda una vida plena como la de Enrique Miret, por lo menos llegar a término con su lucidez, serenidad y equilibrio, lo más tarde posible: esa es la eutanasia que para mí deseo.

En paz descanses, amigo y hermano Enrique.