lunes, 5 de octubre de 2009

El Ganso de Praga (y 4)




Aquel torneo académico de 1403 en la Universidad Carolina de Praga, entre maestros alemanes y checos sobre 'Wyclef sí / Wyclef no', nunca debió celebrarse, porque sin resolver nada enconó la hostilidad entre 'naciones'.

Ya vimos cómo la universidad de Praga, creada sobre la pauta de París y Bolonia, se dividía en cuatro naciones y votos: aquí, Bohemia más otras tres que votaban en bloque como una sola 'nación alemana'. ¿Cómo así, si la auténtica tradición parisina era que los naturales y súbditos del rey de Francia tuviesen tres votos, y las naciones extranjeras uno sólo entre todas? Aquella inversión y anomalía se debió, como vimos, al poco peso cultural de los checos, como también al carácter imperial y germánico de la Carolina. Y no sólo los votos, todas las ventajas habían ido quedando entre las uñas alemanas.

Claro que los votos eran para cuestiones académicas. Pero lo académico podía tener alcance político (como las propuestas de Wyclef), y de hecho las universidades eran referentes políticos, empezando por París. En una crisis sin precedente ni modelo, cuando la Iglesia no sabía quién era el verdadero papa, ni siquiera si lo había, o cómo salir del atolladero, los sabios de París hacían papel de oráculo. En 1408, para resolver el cisma, el viento francés soplaba en la dirección de la neutralidad entre los dos rivales, Benedicto XIII y Gregorio XII. Se prepara un concilio en Pisa (marzo 1409), y los reinos deben pronunciarse.

Al rey de Bohemia Wenceslao no le parece mal, y lo mismo a los checos, pero no a las otras 'naciones' universitarias ni al alto clero, todos alemanes o germanizados, obedientes al papa Gregorio. A todo esto, la Carolina está en su apogeo, con no menos de 30.000 estudiantes, 500 bachilleres, 200 doctores…

¿Cómo conseguir que la Universidad de Praga se declare neutral, con mayoría alemana? Cambiando el estatuto de votos. Se ha repetido mucho que fueron Hus y Jerónimo de Praga quienes indicaron al rey esta salida, aprovechando nueva elección de rector. Incluso se cree saber que Wenceslao se dejaba querer aceptando dádivas de ambos bandos: «Este Hus es la oca. Sí, la oca de los huevos de oro», dicen que dijo el ocurrente monarca. Como dicen también que, mientras se resolvía el pleito del rectorado, nombró rector al chef de la Real Cocina.

Para otros, la idea brotó de debajo de la corona. Wenceslao en sus momentos sobrios bien pudo descubrir por sí lo evidente. Aquel sistema no era fiable ni para su propia política nacional, reducida ya a conservar la corona de Bohemia. Da igual. Lo cierto es el real decreto de Kutna Hora (18 de enero 1409). En adelante, los cuatro votos universitarios se repartirían así: tres para la nación bohemia y uno solo para las otras tres germánicas (sajones, bavaros y polacos).

El decreto tuvo respuesta inmediata: la consabida protesta ante notario, y un mes más tarde asamblea de los alemanes que, «por razones de conciencia», acuerdan salir del país antes que aceptar el trágala. Hubo emigración en masa de estudiantes con sus profesores.

Así Hus fue rector por segunda vez, el primer rector de la universidad checa. Lo pagará en la hoguera.

¿Cuántos alemanes se fueron? Se barajan cifras sensatas, entre los 2.000 (Tritemio, Cocleo) y 5000 (Eneas Silvio), aunque otros exageran hasta 40.000 y más. Esto se explica porque la emigración no fue exclusivamente académica. La xenofobia de los radicales no perdonó a los nacionales tachados de tibios. Los bohemios, por su parte, dueños del terreno, mostraron proclividad a pelearse entre ellos y, por supuesto, con los moravos y demás checos. A esto se sumó la complicación del cisma. El mismo año 1409, el concilio de Pisa declaraba herejes a los dos papas y los deponía, para nombrar en 26 de junio a Alejandro V. Con lo que la Iglesia se hizo tricéfala.

Entre tanto, aquí y allá, se han registrado revueltas rurales. Por ejemplo, en Dithmarsch (provincia danesa de Holstein), los mal armados insurrectos de aquella peculiar 'república campesina libre' en 1404 derrotaron al ejército regular del condado. Tambien en Chequia eran de temer movimientos sociales, siempre animados por predicadores y curas, como los antiguos lolardos que se reclamaban de Wyclef. Era sólo el trueno avisador de lo que serían luego las terribles Guerras Husitas, cuya barbarie cargó injustamente sobre la memoria del predicador de Belén.

En Pisa el hombre fuerte era Baltasar Cossa, ´napolitano sin escrúpulos, del que se dijo y es creíble que envenenó a Alejandro para sucederle como Juan XXIII (mayo 1410). Por su parte, Segismundo fue elegido Rey de Romanos en lugar de su hermanastro Wenceslao, así como rey de Moravia. En su nuevo papel, decide acabar con el cisma, y de paso meter en cintura a los díscolos bohemios. Juan XXIII tampoco es santo de su devoción. Si lo que se lleva es el conciliarismo –el concilio general es una institución por encima del papa–, celébrese una asamblea definitiva en una ciudad germánica: Constanza. Así lo hace a regañadientes el papa de Pisa, como dejándose engañar por Segismundo, que con su autoridad imperial y diplomacia ha puesto a sus pies a la mayor parte de la cristiandad. A la orden imperial, en diciembre de 1413 Juan XXIII convoca concilio general para el año siguiente

La fuga germánica de Bohemia fue irreparable para el reino y desde luego para la Carolina, que entró en declive, mientras Alemania recuperaba cerebros, y ya el mismo año se fundaba la universidad de Leipzig. Los alemanes difundieron por Europa una opinión de Hus muy negativa. En cabeza de los emigrados estaba el último rector, el silesio Juan Hofmann, que luego fue obispo de Misnia (1413). Los dos rectores se verían de nuevo las caras en Constanza, donde Hofmann coreado por otros viejos colegas de Praga se despachó a su gusto contra el 'hereje'.



El Concilio de Constanza fue un evento que puso en el mapamundi a una ciudad provinciana. De aquella bonanza da una idea la cifra de huéspedes conciliares y asociados. Así (dejando por obvios a los cardenales, obispos, abades y clérigos), leemos en el registro de hostelería: «…72 banqueros y cambistas (campsores de florenis), 65 boticarios con sus mancebos, 336 barberos, 505 menestrales, 718 rameras, 27 embajadas de reyes, duques y condes…» El objetivo de la cita: resolver el cisma y reformar la Iglesia.

El emperador, a lo suyo, emplazó a Hus con garantía de salvoconducto. También Hus, como Juan XXIII, se dejó engañar a sabiendas. Tal vez estaba de Dios servirse de él, desconocido bachiller teólogo, para predicar la reforma a la asamblea.

Hus se presentó en Constanza el 3 de noviembre, y el 28 el Concilio decretaba su prisión, en ausencia de Segismundo, que no llegó hasta el 24 de diciembre, y no movió un dedo para hacer honor a la fe dada. El curso de los hechos hace pensar que todo lo tenía previsto, contra Hus como contra Juan XXIII. Y lo mismo que había hecho tiempo mientras prendían al checo, luego se irá de Constanza sin aguardar el desenlace.

El 6 de julio de 1415 Hus fue quemado vivo, en un momento excepcional de la Historia de la Iglesia. Depuesto Juan XXIII el 29 de mayo anterior por aquella asamblea de talante conciliarista, y tras la renuncia de Gregorio XII, no había más 'papa' que el español Pedro de Luna, el Benedicto que 'se mantuvo en sus XIII'. En tal coyuntura, la fogata de Hus, por muy hereje que fuese (lo que nunca se demostró), era un espectáculo gratuito, fuera de programa, y ya entonces para muchos un crimen de impulso político. Como para darles la razón, el año siguiente Jerónimo de Praga era puesto a disposición del Concilio para correr la misma suerte.

Tampoco puede interpretarse en clave de líder nacionalista. Otra cosa es que la muerte de Hus hizo vibrar la fibra nacionalista de sus seguidores bohemios, empezando por Jerónimo, que antes de ser quemado hizo profesión de chequismo. Pero tampoco como programa nacional, sino en el contexto de una querella académica; o sea, nacionalismo en sentido universitario. Con algún toque pintoresco, por cierto:



«Nadie me condena sino mis colegas bohemios, los bohemios germanos.

La razón de su odio es esta: Los checos son descendientes de los griegos; y así como hubo odio entre griegos y teutones, así siguió hasta que el reino vino a manos del emperador Carlos IV.

Este mismo Carlos, siendo rey de Bohemia, vio que era un país rico, no carente de alimento, oro o plata. Sólo estaba falto de gente educada, teniendo sus súbditos que salir del territorio para instruirse, a París y otros lugares, a conseguir el grado de maestro o doctor.

Por eso el señor don Carlos, deseoso de aumentar el reino de Bohemia y la ciudad de Praga, fundó y levantó allí una Universidad.

En ella, muchos alemanes se aseguraron prebendas y colegiaturas, dejando a los checos sin nada. Cuando un checo se graduaba de artes, si carecía de recursos tenía que ir a ciudades y villas a ganarse la vida enseñando en alguna escuela privada. Los alemanes tenían todo el control de la Universidad. de Praga y de todos sus beneficios. Tenían el sello de la fundación y todas las insignias.

Tenían así mismo tres votos en la Universidad, a saber, el bávaro y el sajón y más de la mitad del voto polaco, porque los silesios, incluidos en la nación polaca, eran todos alemanes, de modo que los verdaderos polacos eran minoría.

Los alemanes en la Universidad hacían cuanto querían. Los bohemios no pintaban nada...»




Hus se portó como un valiente, con dignidad pero sin arrogancia. Nadie pudo convencerle de que aquel concilio de reforma que le condenaba por reformador sin haberse juzgado y reformado a sí mismo era la verdadera Iglesia de Cristo. Marchó al suplicio invocando a Jesús, proclamando su inocencia y perdonando a sus enemigos. Según una leyenda hagiográfica, habría muerto cantando como el cisne, con una tonada en la boca a la Virgen María. Más aún, jugando con su propio nombre, Hus, leído en público con la sentencia, habría dicho con humor: «Asáis el ganso, pero el cisne no lo podíes asar». El cisne y el ganso eran él mismo, obviamente. Pero no era cosa de echar en saco roto, y aquella frase se tornó profecía: «Dentro de cien años cantará un cisne blanco que no podréis asar». Lutero pensará que iba por él y, en vena libre de metáfora aviar, esa fue la versión adoptada por el Ruiseñor de Wittemberg.

Los checos en general y los husitas en particular siempre han reclamado la rehabilitación del personaje. Juan Pablo II de visita a Praga tuvo una ocasión de oro. Sin embargo, esto es lo que de momento vino a decir: «De veras que lo siento. No se debió dar a este hombre un trato tan cruel». Sólo en vísperas del año 2000, en un Simposio internacional sobre Jan Hus en la Universidad Pontificia de Letrán, el mismo papa abrió vía a la rehabilitación plena, a la luz de una investigación histórica objetiva.

La verdad, eso de las rehabilitaciones no se le da muy bien a la Iglesia. Rehabilitar a Hus, a Galileo…, ¿cómo se come eso? Ya el propio Hus dijo de los papas que llamarles infalibles es blasfemo. Eso no era herejía entonces, porque la infalibilidad del Papa no fue dogma de fe hasta 1870.

¿Y de entonces acá? Yo no sé si un día las señoras podrán quedar medio preñadas. Lo que no puede ser ni hoy ni nunca es que los papas sean infalibles a tiempo parcial. Sobran por tanto las rehabilitaciones y las palinodias. Además, cuando condenaron a Hus no había oficialmente papa en la Iglesia.

La muerte de Hus y Jerónimo de Praga no sólo fue una salvajada y un crimen, peor que eso, fue un craso error de calculo político. Si alguien necesita de rehabilitación no son las víctimas, sino sus verdugos.

jueves, 24 de septiembre de 2009

El Ganso de Praga (3)



Con Carlos IV en Chequia ocurre un poco como aquí con Carlos V: hay que precisar, «Quinto de Alemania y Primero de España». También su Carlos es I de Bohemia y IV de Alemania. Más difícil todavía: el nombre de pila del bohemio era Wenceslao. El Carlos se lo pusieron en París, donde vivió desde los 7 a los 17 años (1323-1333) en la corte de su tío Carlos IV de Francia, su padrino de confirmación. Él mismo lo cuenta con estas palabras: «El rey de los franceses me hizo confirmar por el obispo y me puso su nombre equívoco, o sea Carlos». Equivocum(nomen): que suena igual, homónimo. Pero equívoco también porque no iba ni por el padre ni por el tío, sino por 'San' Carlomagno, el santo patrón del tronco imperial.

Todo esto lo cuenta él, ya digo, en su Autobiografía. Porque Carlos de Luxemburgo escribió una de las pocas que han quedado de aquella época, donde narra su juventud. Era por igual francés, alemán y bohemio, además de latino, y conocía de primera mano la cultura y lengua italiana. Pero a diferencia de su padre Juan el Ciego, que anduvo casi siempre de viaje y mirado en el país como 'advenedizo' (advena), Carlos se portó como uno más (ut alter Bohemus) y como rey fijó su corte en Praga (1347), donde le llamarán 'Padre de la Patria'. «Padre de los bohemios, que lo que es de los alemanes, padrastro», ironizará después otro emperador más 'alemán' que él, Maximiliano I.

En 1348 Carlos funda la Universidad de Praga –la Carolina–, hermanada con la de Oxford. No sé que horóscopos darían los inevitables astrólogos. Serían buenos, pues en aquel entonces nadie hacía nada con mala estrella, y menos una aventura como crear la primera universidad de Europa Central. Sin embargo, el momento no pudo ser peor, por culpa de unas pulgas saltarinas que, de rata en hombre y viceversa, como jinetes del Apocalipsis, sembraron la peste por todo el continente.

Pasada la Muerte Negra (1348-1351), el buen gobierno y la buena fortuna hacen próspera a Praga, y Carlos para repoblar su amada Carolina atrae a extranjeros que hacen de ella una de las mejores. La Carolina era ante todo un plantel de funcionarios para el reino y el Imperio. El arzobispo de Praga era canciller nato de la misma, mientras que el rector era electivo cada año (luego cada semestre), aunque el rey como patrono magnífico obviamente podía 'ayudar' en la elección.

Estudiantes y maestros (muchos universitarios eran ambas cosas a la vez), a la hora de votar se repartían entonces, como en París, por 'naciones', típicamente 4 (como los puntos cardinales): aquí se llamaban bávaros, bohemios, sajones y polacos.

Esto no debe engañar. Aquellas 'naciones' no eran etnias, ni entraban en la 'confusión de lenguas' –el idioma universitario oficial era el latín–, ni obedecían a los anacronismos pintorescos tan caros a la especulación nacionalista de todo pelo. Se parecían mucho más a partidos políticos o sindicatos, y eran grupos de presión política. De hecho, nación se aplicaba incluso a los gremios y categorías profesionales: la 'nación' de los herreros, comerciantes, etc.; 'la nación de los físicos', hoy 'la clase médica'.

Bien, ¿pero al menos había una nación bohemia, o checa, en la Universidad? Pues no. Una 'nación checa', de etnia eslava y lengua bohemia (o checa), era sencillamente inviable. La Bohemia de entonces era mayormente germánica o germanizada, empezando por la capital Praga. Con la 'nación polaca' en Praga sucedía lo mismo: casi toda formada por silesios, prusianos y pomeranios, es decir, alemanes, nada de polacos.

Así las cosas, en aquella sociedad contaba mucho la condición de 'natural' frente a 'extranjero'. Naturales (del reino) eran por igual los eslavos y los germanos súbditos de la corona bohemia, así como los judíos, que entre sí hablaban yiddish, y en el caso raro de que algunos estudiasen en la universidad entrarían en la nación bohemia. La cual en solitario se enfrentaba a las otras tres 'alemanas', no por la lengua o la etnia, sino porque siendo todas cuatro del Imperio Germánico, tres de ellas no eran del Reino Bohemio. Pero aun esta nación Bohemia tenía como lengua materna ampliamente mayoritaria el alemán.

En fin, la Universidad de Praga, que debutó con cuadros magistrales foráneos, seguía destacando sobre todo por el elemento 'alemán', extranjero, en la cantidad de alumnos y la calidad de profesores. Algunos dicen que, gracias al sistema de voto en bloque, los 'alemanes' siendo minoría numérica tenían fuera de juego a la gran mayoría eslava. Más cierto es que incluso en 1390-1408, en el apogeo de la Carolina que precedió a la ruptura y abandono masivo de extranjeros, la nacio Bohemica sumaba sólo un quinto de toda la población universitaria. Sólo en aquellos años empiezan a destacarse maestros checos en puestos de relieve. La situación no sería ideal, ni siquiera justa, pero no era en rigor antidemocrática, como a veces se lee.

Hago hincapié en todo esto, porque por ahí empezaron las tribulaciones de Hus.

En cualquier decisión de alcance general, el 3:1 alemán era una apisonadora harto molesta para cualquier checo ambicioso y de extracción social media o baja, o sea para la minoría que reflejaba al checo medio o típico, como Juan Hus. Era como si el buen rey Carlos hubiese creado su universidad de Bohemia para dársela a los alemanes. Por supuesto, había checos nobles y de la alta burguesía, como un Jerónimo de Praga que será amigo y discípulo de Hus; pero en general estaban germanizados, y los checos netos no pesaban nada en el sistema.

Hus era checo campesino, y su carrera de 'estudiante pobre' tuvo mérito, sin duda. También consta por su expediente que fue una medianía, a juicio de los profesores que le calificaron. Él lamentará sobre todo haber perdido de mozo tiempo y paciencia en partidas de ajedrez. Sin negarle sensibilidad hacia su lengua materna, que es la cosa más natural del mundo, o hacia la situación deprimida de muchos paisanos, como es propio de buen cristiano, nada de eso fue determinante para su destino fatal. La Gran Peste, el Gran Cisma, el Gran Otoño de la Edad Media: demasiado 'ruido' de fondo, para poder distinguir sutiles melodías nacionalistas que, desde luego, nadie de entonces, músico, danzante o mero espectador, se molestó en anotar.

En 1393 Hus obtiene su primer grado, bachiller en Artes, el siguiente, en Teología, y en 1396 es maestro en Artes. Todo con calificaciones medias, como queda dicho.

Por entonces llegan a sus manos escritos del inglés Wyclef. Lo más interesante era su referencia a un cristianismo primitivo según el Nuevo Testamento, una comunidad idealizada en su sencillez evangélica, muy ajena al tinglado y negocio de la Iglesia Romana. ¿Y qué, acaso el franciscanismo espiritual no iba también por ahí? Todo el mundo pedía reforma. La de Wyclef, con la Biblia como base, era radical, pero podía limitarse a sus aspectos prácticos, orillando los dogmáticos, que admitía lecturas diferentes. Tambien en el terreno filosófico tenía Wyclef su 'novedad', curiosamente por profesar un realismo rancio. En Praga eran 'modernos' y seguían el nominalismo. Cierto que el profesor ingles, ya fallecido, tuvo problemas con su Iglesia de Inglaterra y con el Estado, en especial por su presunta relación (nunca demostrada) con la agitación social y campesina de 1381 (los lolardos). Pero aquello parecía agua pasada y caía lejos.

¿Algo más? Sí; en la división de la cristiandad por efecto del cisma con dos papas, las naciones alemanas obedecían al papa de Roma frente al de Aviñón, mientras la nación bohemia, siguiendo la política del rey, se mantenía neutral.

En 1398 Hus obtiene plaza de profesor público en la Universidad. Como todo profesor, tiene que reclutar alumnos. La Carolina se pagaba de gran libertad docente, donde no asustan novedades. Su novedad será explicar a Wyclef. Y como cualquier profesor nuevo, se autopublicita organizando algún evento que llame la atención. En 1399 Hus defiende en disputa pública algunas tesis de Wyclef . Eran defensas académicas convencionales, donde un mismo disputador, en vena de virtuosismo dialéctico, podía salir airoso a favor de una tesis y luego en contra de ella. En aquellos torneos de lucimiento, con suerte se podía uno ganar admiradores, pero lo que sin falta ganaba era enemigos. A lo germánicos en particular les parece ridícula la nueva moda o manía de los checos por aquel inglés desconocido. Ellos también se interesan por Wyclef, y no como admiradores.

Ahí tocó techo académico el nuevo maestrillo. En Teología no pasó del bachillerato, y desde luego nunca lució el liripipio doctoral. Recibirse de doctor era un trámite caro para un clérigo pobre como el aspirante a predicador.

Lo que si junta en el curso siguiente (1400) son las condiciones académicas y económicas para ordenarse sacerdote. Recibir el sacramento, en teoría era gratis. Los extras de rigor, con ocasión de la ceremonia, se podía pagar de fiado obteniendo un beneficio, pues el obispo (o en su caso, el papa) se quedaba sin más con la anatala 'añada' o sueldo de la primera anualidad. En ese tiempo, el nuevo beneficiado se suponía vivir de algún otro beneficio anterior acumulado, de sus rentas, de algún empeño o préstamo judío, de sablazos a los amigos, de pan y queso traídos, como a san Antón en el yermo, por una corneja ladrona, o sencillamente del aire, como la beata Cristina de Stombel y otras beguinas. A veces los obispos se conformaban con media annata.
Tales exacciones fueron uno de los blancos de crítica para Wyclef.

La ordenación de Hus y su entrada plena en la vida pública coincide con una crisis en el Imperio, que también tiene su 'cisma', con dos y hasta tres Reyes de Romanos en pugna: Roberto de Baviera y los hermanastros Segismundo y Wenceslao, hijos de Carlos. La situación durará hasta 1411, en que se impone Segismundo como emperador.

Hus se ordena en edad algo tardía, aunque joven. Su primer empleo pastoral es como predicador en San Miguel, Esta iglesia, que existe aún renovada, estaba encastrada en la muralla sur de la Ciudad Vieja, cuyo bulevar era la actual calle Narodny. Como predicador, Hus es moralizante y más bien puritano. Enemigo declarado del baile. Su lenguaje es llano y directo, aunque sin las chocarrerías al uso entre predicadores populares. Lo que mejor se le da, predicar en checo, es viable desde 1391, cuando un grupo de clérigos y seglares ricos obtiene permiso para abrir el Belén, una hermosa capilla (no iglesia) capaz hasta para 3.000 oyentes.

En 1401, octubre, Hus es decano de la Facultad de Artes. Llega a la sazón Jerónimo de Praga, de vuelta de sus estudios en Oxford, entusiasmado con los escritos de Wyclef, algunos desconocidos en Bohemia. Pero también llegan noticias de otro signo: El nuevo rey de Inglaterra Enrique IV, movido por el arzobispo de Cantorbery Tomás de Arundel, viejo enemigo de Wyclef, ha desempolvado la vieja ley De quemar herejes, y hay cacería de lolardos y wiclefitas en aquel reino.

Wyclef es cada vez más bandera de guerra. Hus se presenta candidato a rector y lo consigue en 1402. Le ha apoyado el arzobispo canciller Sbinjek (Sbynko), que le aprecia como sacerdote y le nombra predicador sinodal, como también capellán de Belén, para que pueda lucir su oratoria también en checo. Sus sermones llenan la capilla de bote en bote. Incluso gente de posición llena la tribuna de respeto, y hasta la reina Sofía, mujer de Wenceslao, le oye con gusto.

Pero entre aquel público embelesado hay sujetos que siguen los sermones con atención especial, el ceño fruncido, tomando notas. Son espías de los alemanes, que no pierden palabra del rector para denunciarle cuando llegue el momento.

Una primera ocasión se presenta en 1403, cuando el rey Wenceslao, en conflicto con Roberto de Baviera por el Imperio, ve que el papa Bonifacio IX (1389-1404) le retira el apoyo que antes le prometió. Los maestros alemanes, partidarios tanto del papa de Roma como de Roberto, promueven una disputa pública sobre Wyclef. Uno de ellos, Hübner aparece con una lista de 24 proposiciones condenadas 20 años antes en Oxford, todas sacadas de los escritos de Wyclef. Pero eso no era todo. El propio Hübner llevaba una segunda lista con otros 21 errores detectados por él mismo. En realidad, cualquiera con algo de aplicación podía ir completando la cosecha, porque el maestro inglés era una mina.
El rector Hus tomó la palabra. También él había leído a Wyclef, y aunque no era adepto suyo, tenía la obligación moral de defenderle porque se le imputaban cosas que nunca dijo. Llegados a la votación, el claustro de Praga por la mayoría habitual de 3:1 condenó los 45 errores. Malo para el rector. Nunca es bueno conocer a un hereje, si el resultado es limpiarle de su herejía. Los de Oxford, por su parte, tomaron buena nota del éxito de Hübher. En 1411 ellos a su vez juntarán hasta 267 proposiciones de Wyclef censurables.


Tras la disputa académica, llega bula del nuevo papa Inocencio VII (1404-1406), instada por el arzobispo de Praga, prohibiendo enseñar los 45 puntos wyclefitas. La respuesta del partido bohemio, por boca del rector Hus, fue protestar vivamente contra aquel «atentado a la libertad de expresión universitaria». Un argumento que en nuestros días tiene alguna resonancia aquí, en el País Vasco. Una resonancia basta estridente, a fecha de hoy.

En todo caso, el pronunciamiento de Hus le enajenó el apoyo del arzobispo y dejó abierta en la Universidad una brecha que dividió a toda la ciudad y al país entero. Nos queda por ver cómo nuestro hombre, tan sincero como falto de tacto, convertido, más que en líder, en mascarón de proa de un barco a la deriva en la mar turbulenta, ganará una victoria pírrica que en breve tiempo acabará con él. Veremos también cómo se fabrica un mártir de la forma más inicua y al mismo tiempo más estúpida, como vino a demostrar la Historia.



domingo, 20 de septiembre de 2009

El Ganso de Praga (2)






       Hoy toca ser pesado. Me ocurre a veces, incluso sin darme cuenta. Ahora voy a ser pelmazo adrede. Queridos lectores, el que avisa no es traidor.

       Lo dejamos ayer descargando el manual del padre Ranst, para ver qué nos cuenta de Hus como heresiarca. Esa terminación -arca es esencial: nada de hereje a secas, sino archi-hereje. Condenado el Maestro Juan Hus por el Concilio de Constanza (1415), en la mitra o capirote que le pusieron para quemarle vivo se podía leer claramente: Heresy archa. Hay testimonio gráfico en la Crónica de Ulrico de Reichental (1483).

Para ser heresiarca, y no un hereje del montón, se precisan dos cosas por lo menos: originalidad y claque. Hus nunca presumió de original, confesándose de entrada discípulo de Wyclef, un inglés ya difunto (1384), antiguo profesor en Oxford, al que no conoció personalmente. De hecho, no creía que aquel tipo fuese hereje, como estaba convencido de no serlo él tampoco. Lo que sí le importaba era lo otro, tener cuantos más seguidores mejor, porque ellos eran la verdadera Iglesia de Jesús, frente a la otra oficial, la Iglesia Romana (o Iglesia Alemana, daba lo mismo) gobernada por el Papa-Anticristo.
¿Qué digo, el Anticristo? Dos anticristos, dos papas se disputaban la tiara desde 1378, y a ellos se añadió en 1409 un tercero. Iglesia tricéfala, monstruo de tres cabezas como Cancerbero.
Las coincidencias entre Hus y Wyclef no escapan a Van-Ranst, como tampoco las diferencias. Eso se ve en las listas de 'errores' de uno y otro, según el Concilio de Constanza. El inglés tuvo hasta cuarenta y cinco errores condenados, mientras que nuestro bohemio sólo sumó treinta.
La manía de acumular cargos y errores –frases sueltas sacadas de quicio y contexto– fue costumbre general en la Inquisición. Hoy esa forma de enjuiciar no es de recibo. Para remache del clavo, no faltaban descalificaciones personales, sobre todo en materia sexual. A Hus no le pillaron por ahí. Era un clérigo recto y piadoso, más bien rara avis para la época, y gran devoto de la Virgen María.
Con que treinta errores…
¡Y qué treinta! Cierto que en algunos puntos de doctrina Hus se perdió en camisa de once varas. Por ejemplo, sobre la predestinación de cada persona al cielo o al infierno, y los efectos de la misma. Pero en esa pista teologal resbalosa ha patinado todo el mundo, hasta el mismo santo Tomás.
Tampoco está bien mezclar el dogma con la cortesía. Por ejemplo, el Papa que hoy se llama simplemente Su Santidad, en la Edad Media tenía tratamiento de Su Santísima. Pura etiqueta, porque junto a papas santos y buenos, hubo no pocos santísimos granujas. Pues bien, he aquí el error Nº 23 de Hus:

«Al Papa no hay que darle tratamiento de Santísimo, ni siquiera por razón de oficio; porque entonces también el Rey debería titularse Santísimo, por la misma razón. Y lo mismo los verdugos o los pregoneros. Hasta el mismo Diablo debería llevar tratamiento de Santísimo, puesto que es un oficial de Dios.»

Más de uno querrá saber por qué los teólogos antiguos se complicaban la vida de ese modo y la complicaban al pueblo llano. No tengo respuesta, pues la misma pregunta me hago yo. Ellos sí que tenían respuesta para todo. Las universidades de entonces no daban más de sí, dominadas por la facultad de Teología y dedicadas a producir sobre todo teólogos, juristas y gramáticos. La Medicina, un desastre. Las Ciencias, en mantillas, arrinconadas como 'Artes' en facultad de rango inferior. La Técnica en bloque quedaba fuera de la Universidad, como cosa 'mecánica' y servil.

Así sobraba tiempo para disputas y sutilezas. La enseñanza era puro cotorreo. La investigación se reducía a comentar comentarios de otros comentarios de textos. La ocupación principal, inventar argumentos con que apuntalar la escuela propia y minar la ajena. La caza de errores dialécticos era el deporte universitario por excelencia. Cuando alguien estorbaba por cualquiera razón, se le buscaban las vueltas por algo que dijo o escribió, extrayendo proposiciones sospechosas, erróneas, mejor si eran falsas, y ya en el colmo de la suerte, heréticas.

Juan de Hus = 30 errores. «¡Pero oiga, que yo no he dicho eso!» «¡A callar! Es lo que se ha encontrado en sus discursos. A rajarse tocan, o lo va a tener usted crudo.»

Algunos errores en la lista de Hus son desconcertantes. El Nº 4, por ejemplo:

«Dos naturalezas, la divina y la humana, hacen un Cristo.»

Aquí entramos en pleno jardín bizantino. Pero vamos a ver, ¿no dice el catecismo que Jesucristo tiene esas dos naturalezas? «Dios y hombre verdadero», decíamos en el Señor mío Jesucristo (acto de contrición). ¿Dónde se esconde el dichoso error husita Nº 4?

¿Qué dónde se esconde? Entre líneas. Como lo oyen, sí señor; está en la letra pequeña, escrita con tinta invisible. Aunque cueste creerlo, el escribano distraído 'se comió' lo más gordo, que venía a continuación y decía así: «…un solo Cristo, que es la cabeza única de su Esposa la Iglesia», etc. etc. Estos etcéteras también forman parte del error, pues de hecho hay que leerse todo el capítulo 4 del tratado de Hus Sobre la Iglesia, para ver que el pobre anda metido en un jardín o laberinto barroco. De allí saldrá diciendo lo que de verdad molestó a sus superiores: «Eso que ustedes dicen Iglesia no es tal. En la Iglesia verdadera están todos los que son, pero no son todos los que están. Y en esa Iglesia, el que manda de verdad es Cristo, no el Papa. Dios habla al cristiano en la Santa Biblia. Lo que digan papas y obispos tanto vale cuanto lo apoye la Biblia.»

Porque en suma, de eso se trata en todo el discurso de Hus: qué es la Iglesia, quién la gobierna y cómo. Por eso le condenarán, y todo lo demás sólo será leña para la quema.

En una época de confusión ideológica, muchos buscaban una referencia que la Iglesia no podía ofrecer, dividida entre papas rivales que se excomulgaban mutuamente. ¿Qué referencia? La Palabra de Dios, entendida por el creyente en su propia lengua. El magisterio eclesiástico debe ayudar a entender esa Palabra, sin suplantarla

Con todo, el husitismo (como se llamó a la secta de Hus) tuvo otro punto clave que tampoco fue ningún 'error' dogmático: la comunión bajo las dos especies, pan y vino; lo que en el programa se llamó «el cáliz para los legos».

Una cosa tan simple como repetir la Última Cena, para la ortodoxia medieval se había complicado enormemente: especies sin sujeto, accidentes de pan y de vino sin sustancia, transubstanciación, presencia real de cuerpo y sangre indivisibilidad, multilocación, etc. Todo ese galimatías Hus se lo sabía de carretilla, pero a él le interesaba el espíritu. Eso sí, pensaba que las enseñanzas de Cristo y los Apóstoles, tal como se leen en el Nuevo Testamento, con el tiempo se habían ido envolviendo en mucha hojarasca.
 Esta observación no era nueva. Ya en la generación anterior a Hus, aquel inglés Wyclef había pensado lo mismo. ¿Cómo llegó la noticia del profesor de Oxford hasta la lejana Praga?


Praga tenía universidad desde 1348, fundada por el emperador Carlos IV. En 1382 Ricardo II de Inglaterra se casa con Ana de Bohemia, hija de Carlos. Ambos tienen sólo quince años, pero ella es una mujercita culta y políglota como su padre, y se interesa por Wyclef, ya apartado de su cátedra por diferencias con la Iglesia, pero muy respetado. El mismo interés se contagia a los muchos bohemios que acuden a Oxford incluso después de morir la joven reina (1394), entre ellos Jerónimo de Praga (1398-1401). Este amigo de Hus regresa a Bohemia con libros de Wyclef, algunos copiados de su puño.
Los eruditos checos nacionalistas han minimizado la influencia teológica de Wyclef sobre Hus, reduciéndola casi a aspectos filosóficos. Hasta qué punto tienen razón, no lo sé. Lo cierto es que en el Concilio de Constanza se trató del uno y del otro casi conjuntamente, relacionando ambas doctrinas. Por otra parte, en ningún país había tenido el oscuro Wyclef tantos adeptos como en Bohemia. Lo que Juan Hus y Jerónimo de Praga hicieron luego con Wyclef o sin él, y lo que pasó luego en aquella Universidad Carolina, quédese para la siguiente entrega.


 «Siempre pasa lo que tenía que pasar». Esto, dicho por mi abuela, es un refrán. Puesto en boca de Wyclef, es otra cosa: es el error Nº 27 de su lista (Omnia de necessitate absoluta eveniunt). En cristiano, la frase correcta es: «que sea lo que Dios quiera». El mismo 'error' se lo quisieron colgar también a Hus, que fue tajante: «Ni lo mantuve, ni lo mantengo». El propio Wyclef seguramente habría respondido igual, de no estar ya muerto. Hus también lo estaba, a efectos prácticos. Su suerte estaba echada y lo que tenía que pasar pasó, aunque no por lo que tenía que pasar. La causa fidei, o proceso por herejía, una vez más, tuvo fondo político.
El año siguiente, en el mismo lugar y por la misma razón se repetirá la misma escena. No exactamente igual, porque Jerónimo de Praga, amigo y discípulo de Hus, era lego, lo que ahorró la ceremonia de la degradación clerical infamante que sufrió su maestro. Por lo demás, política.
Y como en políticas nuestro buen padre Ranst no entra ni sale, cerraremos su manualito, no sin antes leer su versión de la muerte de Hus. Dice así:

Arrimado a la alta pira, en medio de las llamas crepitantes, más de una vez repetía: «Señor, en tus manos entrego mi espíritu.»
Con estas demostraciones de valor, pero también de adulterina piedad, trataba de convencer a los presentes de su inocencia, fortalecer a sus secuaces en la herejía, y alcanzar entre ellos fama de mártir.
Pero como bien dicen los santos Padres, «no hace mártir la pena, sino la causa». Si te fijas en la pena, también el diablo reivindica a sus mártires, armándolos de falsa fortaleza, constancia y valor.

Ya dije que con este heresiólogo flamenco no peligra nuestra fe. A un buen inquisidor dominico, esos herejes no se la dan con queso.