domingo, 20 de septiembre de 2009

El Ganso de Praga (2)






       Hoy toca ser pesado. Me ocurre a veces, incluso sin darme cuenta. Ahora voy a ser pelmazo adrede. Queridos lectores, el que avisa no es traidor.

       Lo dejamos ayer descargando el manual del padre Ranst, para ver qué nos cuenta de Hus como heresiarca. Esa terminación -arca es esencial: nada de hereje a secas, sino archi-hereje. Condenado el Maestro Juan Hus por el Concilio de Constanza (1415), en la mitra o capirote que le pusieron para quemarle vivo se podía leer claramente: Heresy archa. Hay testimonio gráfico en la Crónica de Ulrico de Reichental (1483).

Para ser heresiarca, y no un hereje del montón, se precisan dos cosas por lo menos: originalidad y claque. Hus nunca presumió de original, confesándose de entrada discípulo de Wyclef, un inglés ya difunto (1384), antiguo profesor en Oxford, al que no conoció personalmente. De hecho, no creía que aquel tipo fuese hereje, como estaba convencido de no serlo él tampoco. Lo que sí le importaba era lo otro, tener cuantos más seguidores mejor, porque ellos eran la verdadera Iglesia de Jesús, frente a la otra oficial, la Iglesia Romana (o Iglesia Alemana, daba lo mismo) gobernada por el Papa-Anticristo.
¿Qué digo, el Anticristo? Dos anticristos, dos papas se disputaban la tiara desde 1378, y a ellos se añadió en 1409 un tercero. Iglesia tricéfala, monstruo de tres cabezas como Cancerbero.
Las coincidencias entre Hus y Wyclef no escapan a Van-Ranst, como tampoco las diferencias. Eso se ve en las listas de 'errores' de uno y otro, según el Concilio de Constanza. El inglés tuvo hasta cuarenta y cinco errores condenados, mientras que nuestro bohemio sólo sumó treinta.
La manía de acumular cargos y errores –frases sueltas sacadas de quicio y contexto– fue costumbre general en la Inquisición. Hoy esa forma de enjuiciar no es de recibo. Para remache del clavo, no faltaban descalificaciones personales, sobre todo en materia sexual. A Hus no le pillaron por ahí. Era un clérigo recto y piadoso, más bien rara avis para la época, y gran devoto de la Virgen María.
Con que treinta errores…
¡Y qué treinta! Cierto que en algunos puntos de doctrina Hus se perdió en camisa de once varas. Por ejemplo, sobre la predestinación de cada persona al cielo o al infierno, y los efectos de la misma. Pero en esa pista teologal resbalosa ha patinado todo el mundo, hasta el mismo santo Tomás.
Tampoco está bien mezclar el dogma con la cortesía. Por ejemplo, el Papa que hoy se llama simplemente Su Santidad, en la Edad Media tenía tratamiento de Su Santísima. Pura etiqueta, porque junto a papas santos y buenos, hubo no pocos santísimos granujas. Pues bien, he aquí el error Nº 23 de Hus:

«Al Papa no hay que darle tratamiento de Santísimo, ni siquiera por razón de oficio; porque entonces también el Rey debería titularse Santísimo, por la misma razón. Y lo mismo los verdugos o los pregoneros. Hasta el mismo Diablo debería llevar tratamiento de Santísimo, puesto que es un oficial de Dios.»

Más de uno querrá saber por qué los teólogos antiguos se complicaban la vida de ese modo y la complicaban al pueblo llano. No tengo respuesta, pues la misma pregunta me hago yo. Ellos sí que tenían respuesta para todo. Las universidades de entonces no daban más de sí, dominadas por la facultad de Teología y dedicadas a producir sobre todo teólogos, juristas y gramáticos. La Medicina, un desastre. Las Ciencias, en mantillas, arrinconadas como 'Artes' en facultad de rango inferior. La Técnica en bloque quedaba fuera de la Universidad, como cosa 'mecánica' y servil.

Así sobraba tiempo para disputas y sutilezas. La enseñanza era puro cotorreo. La investigación se reducía a comentar comentarios de otros comentarios de textos. La ocupación principal, inventar argumentos con que apuntalar la escuela propia y minar la ajena. La caza de errores dialécticos era el deporte universitario por excelencia. Cuando alguien estorbaba por cualquiera razón, se le buscaban las vueltas por algo que dijo o escribió, extrayendo proposiciones sospechosas, erróneas, mejor si eran falsas, y ya en el colmo de la suerte, heréticas.

Juan de Hus = 30 errores. «¡Pero oiga, que yo no he dicho eso!» «¡A callar! Es lo que se ha encontrado en sus discursos. A rajarse tocan, o lo va a tener usted crudo.»

Algunos errores en la lista de Hus son desconcertantes. El Nº 4, por ejemplo:

«Dos naturalezas, la divina y la humana, hacen un Cristo.»

Aquí entramos en pleno jardín bizantino. Pero vamos a ver, ¿no dice el catecismo que Jesucristo tiene esas dos naturalezas? «Dios y hombre verdadero», decíamos en el Señor mío Jesucristo (acto de contrición). ¿Dónde se esconde el dichoso error husita Nº 4?

¿Qué dónde se esconde? Entre líneas. Como lo oyen, sí señor; está en la letra pequeña, escrita con tinta invisible. Aunque cueste creerlo, el escribano distraído 'se comió' lo más gordo, que venía a continuación y decía así: «…un solo Cristo, que es la cabeza única de su Esposa la Iglesia», etc. etc. Estos etcéteras también forman parte del error, pues de hecho hay que leerse todo el capítulo 4 del tratado de Hus Sobre la Iglesia, para ver que el pobre anda metido en un jardín o laberinto barroco. De allí saldrá diciendo lo que de verdad molestó a sus superiores: «Eso que ustedes dicen Iglesia no es tal. En la Iglesia verdadera están todos los que son, pero no son todos los que están. Y en esa Iglesia, el que manda de verdad es Cristo, no el Papa. Dios habla al cristiano en la Santa Biblia. Lo que digan papas y obispos tanto vale cuanto lo apoye la Biblia.»

Porque en suma, de eso se trata en todo el discurso de Hus: qué es la Iglesia, quién la gobierna y cómo. Por eso le condenarán, y todo lo demás sólo será leña para la quema.

En una época de confusión ideológica, muchos buscaban una referencia que la Iglesia no podía ofrecer, dividida entre papas rivales que se excomulgaban mutuamente. ¿Qué referencia? La Palabra de Dios, entendida por el creyente en su propia lengua. El magisterio eclesiástico debe ayudar a entender esa Palabra, sin suplantarla

Con todo, el husitismo (como se llamó a la secta de Hus) tuvo otro punto clave que tampoco fue ningún 'error' dogmático: la comunión bajo las dos especies, pan y vino; lo que en el programa se llamó «el cáliz para los legos».

Una cosa tan simple como repetir la Última Cena, para la ortodoxia medieval se había complicado enormemente: especies sin sujeto, accidentes de pan y de vino sin sustancia, transubstanciación, presencia real de cuerpo y sangre indivisibilidad, multilocación, etc. Todo ese galimatías Hus se lo sabía de carretilla, pero a él le interesaba el espíritu. Eso sí, pensaba que las enseñanzas de Cristo y los Apóstoles, tal como se leen en el Nuevo Testamento, con el tiempo se habían ido envolviendo en mucha hojarasca.
 Esta observación no era nueva. Ya en la generación anterior a Hus, aquel inglés Wyclef había pensado lo mismo. ¿Cómo llegó la noticia del profesor de Oxford hasta la lejana Praga?


Praga tenía universidad desde 1348, fundada por el emperador Carlos IV. En 1382 Ricardo II de Inglaterra se casa con Ana de Bohemia, hija de Carlos. Ambos tienen sólo quince años, pero ella es una mujercita culta y políglota como su padre, y se interesa por Wyclef, ya apartado de su cátedra por diferencias con la Iglesia, pero muy respetado. El mismo interés se contagia a los muchos bohemios que acuden a Oxford incluso después de morir la joven reina (1394), entre ellos Jerónimo de Praga (1398-1401). Este amigo de Hus regresa a Bohemia con libros de Wyclef, algunos copiados de su puño.
Los eruditos checos nacionalistas han minimizado la influencia teológica de Wyclef sobre Hus, reduciéndola casi a aspectos filosóficos. Hasta qué punto tienen razón, no lo sé. Lo cierto es que en el Concilio de Constanza se trató del uno y del otro casi conjuntamente, relacionando ambas doctrinas. Por otra parte, en ningún país había tenido el oscuro Wyclef tantos adeptos como en Bohemia. Lo que Juan Hus y Jerónimo de Praga hicieron luego con Wyclef o sin él, y lo que pasó luego en aquella Universidad Carolina, quédese para la siguiente entrega.


 «Siempre pasa lo que tenía que pasar». Esto, dicho por mi abuela, es un refrán. Puesto en boca de Wyclef, es otra cosa: es el error Nº 27 de su lista (Omnia de necessitate absoluta eveniunt). En cristiano, la frase correcta es: «que sea lo que Dios quiera». El mismo 'error' se lo quisieron colgar también a Hus, que fue tajante: «Ni lo mantuve, ni lo mantengo». El propio Wyclef seguramente habría respondido igual, de no estar ya muerto. Hus también lo estaba, a efectos prácticos. Su suerte estaba echada y lo que tenía que pasar pasó, aunque no por lo que tenía que pasar. La causa fidei, o proceso por herejía, una vez más, tuvo fondo político.
El año siguiente, en el mismo lugar y por la misma razón se repetirá la misma escena. No exactamente igual, porque Jerónimo de Praga, amigo y discípulo de Hus, era lego, lo que ahorró la ceremonia de la degradación clerical infamante que sufrió su maestro. Por lo demás, política.
Y como en políticas nuestro buen padre Ranst no entra ni sale, cerraremos su manualito, no sin antes leer su versión de la muerte de Hus. Dice así:

Arrimado a la alta pira, en medio de las llamas crepitantes, más de una vez repetía: «Señor, en tus manos entrego mi espíritu.»
Con estas demostraciones de valor, pero también de adulterina piedad, trataba de convencer a los presentes de su inocencia, fortalecer a sus secuaces en la herejía, y alcanzar entre ellos fama de mártir.
Pero como bien dicen los santos Padres, «no hace mártir la pena, sino la causa». Si te fijas en la pena, también el diablo reivindica a sus mártires, armándolos de falsa fortaleza, constancia y valor.

Ya dije que con este heresiólogo flamenco no peligra nuestra fe. A un buen inquisidor dominico, esos herejes no se la dan con queso.

viernes, 18 de septiembre de 2009

El Ganso de Praga (1)




'Ganso' en bohemio se dice hus, con esa h/g peculiar, como en Praha, Praga. El más célebre de todos los ciudadanos de Praga, o al menos de todos sus herejes, es Jan Hus, Juan Ganso. No sabemos si de apellido o por mote, pues su patria chica en el sur de bohemia se llamaba y se sigue llamando Husinec, algo así como Villagansa o Villaoca. Jan Hus fue siempre 'el Ganso', para amigos y enemigos; y sus teorías, para estos últimos, solemnes gansadas. Sin entrar en ello, es a este Hus al que busco en Praga.

Buscar a Hus en Praga es topar con el nacionalismo checo. Es algo que lo percibe cualquiera, aunque mucho más quien llega de un país como esta Vasconia Meridional, impregnada de nacionalismo militante.
Juan Hus es allí ante todo una propiedad estatal, el padre fundador de la patria y a la vez su santo patrón laico, con la fecha de su tránsito como fiesta de guardar.
Vemos al personaje falsificado en un monumento huero, donde se yergue con arrogancia que nunca tuvo en vida, con un perfil que a ráfagas me recuerda a Cherkasov encarnando a Iván el Terrible en el filme de Eisenstein (1944). Me refiero, por supuesto, a la fantasía en bronce del nacionalista L. Saloun, inaugurada en la Plaza de la Ciudad Vieja el 6 de julio de 1915, aniversario del 'martirio' de Hus, con notable retraso, pues la primera piedra llevaba puesta allí mismo 12 años y un día (el 5 de julio 1903). Monumento pagado por rigurosa suscripción popular.

¿Por qué aquí? Claro, es la Plaza Mayor; pero sobre todo, es la plaza donde en 1622 fue descabezada (literalmente) la revuelta de nobles protestantes, al recaer la corona de Bohemia en el ultra católico Fernando II de Habsburgo, hechura de los jesuitas y contrarreformista a macha martillo. Un florido 28 de mayo de 1618, como ya vimos, los rebeldes defenestran a los consejeros imperiales. Con lo cual, sin saberlo, inauguraban una guerra que ni ellos ni nadie imaginaban que iba a durar 30 años largos y terribles. Una guerra que, al parecer, tampoco nadie quería, regida Europa por gobernantes pacíficos y diplomáticos. De hecho, prendió localizada y se propagó perezosa. Pero ¡ya, ya! La mar era de fondo, y lo que los nacionalistas checos tiraron por la ventana fue una paz sujeta con parches y alfileres. Por cierto, no fue ninguna ocurrencia sobre la marcha. Tirar por la ventana era una forma tradicional de justicia popular en Bohemia, y concretamente en Praga ya se habían 'celebrado' defenestraciones otras veces.

La Guerra de los Treinta años, para los patriotas checos duró bastante menos. Tras un comienzo prometedor, el 8 de noviembre de 1620, Fernando II ya emperador les derrotó por completo en la Montaña Blanca, imponiendo el catolicismo y la cultura germánica. Era el año del Mayflower con los peregrinos puritanos ingleses rumbo a Norteamérica. El año de la Contrarreforma y recatolización forzosa para los protestantes bohemios. Bueno, no para todos. Unos guardaron sus convicciones en sus conciencias. Y de aquellos líderes del tumulto, ya hemos dicho que perdieron la cabeza en esta plaza, en 1621. Desde entonces, se comenta, todos los aniversarios por la noche, aquellos caballeros, o mejor dicho, sus sombras, se dan cita en el lugar, dirigiéndose en marcha silenciosa a la vecina catedral de la Virgen María en Tyn, donde oyen misa y sermón en checo, comulgando de rodillas bajo las dos especies de pan y de vino. Lo cual quiere decir que dichos caballeros, o sus sombras, llevan todos la cabeza sobre los hombros. Luego desaparecen hasta el año siguiente. Kafka tuvo necesariamente que verlos de niño, pues su cuarto de dormir daba a la calle Celetna, mirando al templo.

Pero yo había venido buscando a Hus. En Praga es facilísimo distraerse, como es fácil también engañarse. Por ejemplo, entras en la 'Casa de Hus' y luego te enteras de que ha sido (re)construida a mediados del siglo XX. O bien, preguntas por un tal Hus hereje y te indican el monumento de un patriota del mismo nombre.

En la ciudad de Constanza no ocurren esas cosas. Constanza es la ciudad alemana en el alto Rin, donde un Concilio hizo quemar al hereje Hus, arrojando sus cenizas al río. Hace muchos años, no recuerdo cuántos, busqué a Hus en Constanza y no hubo dudas.   La 'casa de Hus' es la casa de Hus, la misma donde residió en libertad vigilada, antes de caer definitivamente en el garlito conciliar. Parece moderna, y lo es; pero es lo que ocurre con casi todas las casas corrientes del siglo XIV, que si no han desaparecido se han tenido que remozar.


Del mismo modo, la plazuela o glorieta de Hus corresponde al lugar exacto de su suplicio, con la aproximación exigible dentro de las mudanzas urbanísticas desde 1415, pero en todo caso, con la garantía de una inscripción moderna y un peñasco en bruto colocado allí, sobre césped y flores cultivadas, descendientes de otras que ya existían en tiempos de Hus, aunque las variedades han cambiado.

Todo auténtico, no como en Praga. Tanto así, que ese mismo punto visitado por mí en Constanza como curioso particular, un siglo antes, en 1868, había sido la meca de una 'peregrinación nacional' checa de varios centenares de patriotas, entre ellos el compositor Smetana y su libretista K. Sabina. «Sí, señor, una peregrinación nacional checa. Lo recuerdo como si fuese ayer. Ya entonces Francisco José I de Habsburgo-Lorena era Emperador de Austria, Rey Apostólico de Hungría y Rey de Bohemia, etc. etc.», añadía el viejo de turno, antes de ir muriendo uno a uno, casi todos ellos antes que el tirano opresor de los checos y demás pueblos o naciones naturalmente libres.

Vaya, otra distracción mía. Vuelvo al hereje.
 Para mi caza particular de herejes utilizo un sabueso infalible. El padre dominico Francisco Van-Ranst escribió en latín una Historia de los herejes y las herejías, obra al alcance de todo el mundo, gracias a Google, en la misma edición que yo uso (Venecia, 1750, 468 págs. en 8º)

A todo esto, veo que se hace tarde. Mejor si lo dejamos para mañana, y así quien le interese tiene tiempo para bajarse el Van-Ranst con todos sus diablos y heresiarcas clasificados por orden de siglos. No tengan miedo, con el padre Ranst no corremos ningún peligro. Aquí cada hereje lleva su correctivo según la verdadera doctrina de la Iglesia. ¿Qué digo, la Iglesia? Muchísimo mejor, y más seguro: según los dogmas y doctrinas de santo Tomás de Aquino, que vale por todos los Padres, Papas y Concilios juntos.

Hasta mañana, si Dios quiere.

lunes, 14 de septiembre de 2009

A. M. D. G.


Los checos tienen fama de poco religiosos, en general. Según la guía que me compré para el viaje, serían unos ateos, comparados con sus vecinos –y compatriotas, hasta hace poco--, los eslovacos, que no sólo son creyentes, sino muy practicantes. Sin embargo, las expresiones religiosas materiales son ubicuas en Chequia; y en Praga concretamente alcanzan una densidad agobiante, con un barroquismo alucinante. Lo cual maravilla más, porque todo ese patrimonio ha sobrevivido prácticamente intacto a un régimen materialista. Se ve que en la Vieja Europa ni la irreligión, ni siquiera el anticlericalismo, son iconoclastas como por aquí. Cabría ironizar, qué sé yo, que hay tanta religión por las calles y plazas, en las fachadas, esquinas y cornisas, que hace inviable todo proyecto laico de limpieza general, por lo costoso, y porque dejaría la ciudad monda, sin testimonios artísticos anteriores al modernismo y al art déco.

Para hacernos idea. El gran reloj astronómico del Ayuntamiento Viejo de Praga tiene fama mundial, con su teatrillo de santos que saludan al público al dar las horas. En Olomouc (Moravia) había otro similar, aunque no tan conocido. Pues bien, hizo falta un bombardeo en la II GM para que los responsables se decidiesen a ponerlo al día, sustituyendo la deteriorada parafernalia religiosa por una representación del mundo del trabajo.

La hipertrofia religiosa al aire libre se vuelve folclore en el Puente Carolino, el archifamoso Puente de Praga. De orilla a orilla del Moldava, es medio kilómetro de recorrido teóricamente devoto, con 30 motivos de meditación, entre estatuas individuales de santos y grupos místicos. Todo tiene su explicación, aunque el turista sólo capta un batiburrillo. Una de las estatuas por lo menos no sobra: a primera vista, se entiende la presencia de San Juan Nepomuceno, supuesto mártir en este lugar. El hijo de Carlos IV, el borrachín Wenceslao IV, habría descubierto una nueva utilidad al puente construido por su padre, para 'defenestrar' al clérigo rebelde y ahogarlo en el Moldava. Y todo por negarse a revelarle los secretillos de confesión de la reina su mujer, Juana de Baviera. Los jesuitas desarrollaron esa fábula en el siglo XVII, una época en que ellos mismos, confesores de reyes y príncipes por toda Europa, tenían especial interés en acreditar el sigilo sacramental.

Por lo demás, en el puente sólo hay un santo jesuita, Francisco Javier. Lo cual es algo extraño, a vista de lo que se avecina. Porque en efecto, pasado el puente, nos damos de bruces con la mole imponente del Clementino. La exaltación del poder jesuítico en Bohemia.

La Compañía de Jesús entra en Praga en 1556. Los jesuitas no solían acudir a ninguna parte sin ser invitados, a cuyo efecto ellos mismo se hacían invitar por la autoridad, previa preparación y abono del terreno, mediante contactos e influencias. Su misión aquí, como en todas partes, era la propaganda católica, pero a su modo peculiar. Era fama que 'los padres' entraban con pie suave, pero una vez dentro arrasaban. Su explorador o espía aquí fue san Pedro Canisio, que se instaló en el convento de San Clemente de los dominicos, arruinado por las Guerras Husitas, desalojando al par de frailes supervivientes.

El 'invitador' de turno fue un señor de Alcalá de Henares, que con el tiempo (1526) se había convertido en rey de Bohemia y Hungría con el nombre de Fernando I, y años después (1558) en emperador germánico, como sucesor de su hermano mayor Carlos V. Bajo tales Habsburgos, no es extraña la presencia de muchos españoles en la invasión jesuítica de Europa.

Su misión religiosa era deshacer la herejía. Los checos tenían la suya propia nacional, de la que muchos estaban orgullosos, y aún siguen estándolo. Fundada por Juan Hus (1370-1415), era básicamente una 'herejía de protesta', con más incidencia en la reforma moral que en alteración del dogma. De modo especial exigían que eso de comulgar con pan y vino, como hacen los curas celebrando misa, se aplicase a todos los fieles. Lo cual cuesta entender qué tiene de herético, pues es lo que hizo Cristo en la Cena, salvo que choca con la costumbre o corruptela establecida de comulgar con pan seco. Algunos fueron más radicales, emprendiendo una revolución social violenta (Guerras Husitas, hasta 1436). Los moderados en cambio se conformaban más o menos con la comunión utraque specie (con una y otra especie), por lo que se llamaron utraquistas.

Cuando aparecen los jesuitas, sólo quedaban husitas utraquistas (los otros habían sido aniquilados). Pero aunque el espía Canisio pensaba que eran manejables, la realidad fue otra. Había además muchos luteranos, casi todos alemanes.

Además de la invitación del rey Fernando y una quinta columna de nobles católicos, los jesuitas entran en Praga con una carta de recomendación del propio san Ignacio de Loyola. Las cuales invitación y carta no les ahorraron una recepción popular poco amable, a pedrada limpia y con insultos en checo, en alemán y hasta en latín. Nada nuevo para ellos. El mismo año de su llegada abrían las clases a la juventud católica y no católica. Ningún menor era presionado para hacerse católico, aunque los más avispados entendieron que este paso podía ofrecer algunas ventajas, simplificando el aprobado.

La Guerra de los Treinta Años estalló con la II Defenestración de Praga (23 de mayo de 1618). Arrojados por una ventana (o por dos) del Alcázar los delegados imperiales católicos por varios nobles bohemios, la paz religiosa empezó a resquebrajarse por los jesuitas, que hubieron de hacer las maletas. Con todo, la convivencia que ellos habían encontrado no se rompió del todo hasta el 8 de noviembre de 1620. Ese día se disputó la batalla de la Montaña Blanca, en que los católicos imperiales derrotaron a los protestantes checos.
Todavía no hace dos semanas, en el tranvía 22 hacia la Ciudadela de Praga, advertí que el término del viaje era Bila Hora. ¡La Montaña Blanca! Decidí seguir hasta el final, meditando de paso sobre el valor de las palabras, pues aquello, para nosotros, ni es montaña ni es blanca, sólo una colina lisa, casi un descampado. Pero en fin, allí fue el hecho de armas que devolvió Bohemia a los jesuitas para su recatolización. ¡Y de qué modo! Entrados de paisano, por prudencia, vieron que no había peligro en llevar sotana. Su colegio de San Clemente estaba intacto. Sin perder tiempo empezaron a comprar y hacerse regalar decenas de casas, propiedades y espacios donde encuadrar su emporio, el Clementino.

Aquella guerra terrible fue para la Compañía de Jesús una edad de oro en Bohemia, por el poder que alcanzaron, amparados por un poder seglar implacable contra los herejes de toda laya. Su monopolio de la enseñanza universitaria fue absoluto: toda la titulación superior pasó por sus manos. También controlaron la enseñanza media, especialmente para las clases superiores. Hasta los escolapios de san José de Calasanz (llamados piaristas en aquellas partes de Europa), dedicados a la instrucción de clases bajas, sufrieron la rivalidad prepotente de los ignacianos.

 
El Clementino es el complejo mayor de Praga, después del Alcázar. Con toda su magnitud, prácticamente estaba reservado a vivienda y uso de los religiosos, impartiéndose la enseñanza media y superior en otros edificios dispersos por la ciudad. Hoy alberga la Biblioteca Nacional checa. Su joya más ostentosa es la gran Biblioteca barroca. La Torre Astronómica con su observatorio fue otra fuente de prestigio. La gran fachada oeste del Clementino, continuación de la Iglesia del Salvador, por su lujo digno de un palacio mereció la crítica del general Oliva (1673). Un liviano cachete, al lado de las censuras que ya entonces se alzaban por todas partes contra la Compañía, una Iglesia dentro de la Iglesia y un estado dentro de cada estado.

El 21 de julio de 1773 el papa Clemente XIV, un franciscano, suprimió la Compañía de Jesús «para siempre»; esto es, hasta 1814, en que otro papa, Pío VII, la restableció. Con todo, los jesuitas no vuelven a Chequia hasta medio siglo más tarde, y no sin protestas del público. En la memoria de los checos, la Compañía seguía vinculado al Imperio germánico y al Catolicismo a la fuerza.

[Datos compulsados con fuentes jesuíticas; principalmente, The Jesuits and the Clementinum, de varios autores bajo dirección de A. Richterová e I. Čornejová, Praga, 2006].