lunes, 14 de septiembre de 2009

A. M. D. G.


Los checos tienen fama de poco religiosos, en general. Según la guía que me compré para el viaje, serían unos ateos, comparados con sus vecinos –y compatriotas, hasta hace poco--, los eslovacos, que no sólo son creyentes, sino muy practicantes. Sin embargo, las expresiones religiosas materiales son ubicuas en Chequia; y en Praga concretamente alcanzan una densidad agobiante, con un barroquismo alucinante. Lo cual maravilla más, porque todo ese patrimonio ha sobrevivido prácticamente intacto a un régimen materialista. Se ve que en la Vieja Europa ni la irreligión, ni siquiera el anticlericalismo, son iconoclastas como por aquí. Cabría ironizar, qué sé yo, que hay tanta religión por las calles y plazas, en las fachadas, esquinas y cornisas, que hace inviable todo proyecto laico de limpieza general, por lo costoso, y porque dejaría la ciudad monda, sin testimonios artísticos anteriores al modernismo y al art déco.

Para hacernos idea. El gran reloj astronómico del Ayuntamiento Viejo de Praga tiene fama mundial, con su teatrillo de santos que saludan al público al dar las horas. En Olomouc (Moravia) había otro similar, aunque no tan conocido. Pues bien, hizo falta un bombardeo en la II GM para que los responsables se decidiesen a ponerlo al día, sustituyendo la deteriorada parafernalia religiosa por una representación del mundo del trabajo.

La hipertrofia religiosa al aire libre se vuelve folclore en el Puente Carolino, el archifamoso Puente de Praga. De orilla a orilla del Moldava, es medio kilómetro de recorrido teóricamente devoto, con 30 motivos de meditación, entre estatuas individuales de santos y grupos místicos. Todo tiene su explicación, aunque el turista sólo capta un batiburrillo. Una de las estatuas por lo menos no sobra: a primera vista, se entiende la presencia de San Juan Nepomuceno, supuesto mártir en este lugar. El hijo de Carlos IV, el borrachín Wenceslao IV, habría descubierto una nueva utilidad al puente construido por su padre, para 'defenestrar' al clérigo rebelde y ahogarlo en el Moldava. Y todo por negarse a revelarle los secretillos de confesión de la reina su mujer, Juana de Baviera. Los jesuitas desarrollaron esa fábula en el siglo XVII, una época en que ellos mismos, confesores de reyes y príncipes por toda Europa, tenían especial interés en acreditar el sigilo sacramental.

Por lo demás, en el puente sólo hay un santo jesuita, Francisco Javier. Lo cual es algo extraño, a vista de lo que se avecina. Porque en efecto, pasado el puente, nos damos de bruces con la mole imponente del Clementino. La exaltación del poder jesuítico en Bohemia.

La Compañía de Jesús entra en Praga en 1556. Los jesuitas no solían acudir a ninguna parte sin ser invitados, a cuyo efecto ellos mismo se hacían invitar por la autoridad, previa preparación y abono del terreno, mediante contactos e influencias. Su misión aquí, como en todas partes, era la propaganda católica, pero a su modo peculiar. Era fama que 'los padres' entraban con pie suave, pero una vez dentro arrasaban. Su explorador o espía aquí fue san Pedro Canisio, que se instaló en el convento de San Clemente de los dominicos, arruinado por las Guerras Husitas, desalojando al par de frailes supervivientes.

El 'invitador' de turno fue un señor de Alcalá de Henares, que con el tiempo (1526) se había convertido en rey de Bohemia y Hungría con el nombre de Fernando I, y años después (1558) en emperador germánico, como sucesor de su hermano mayor Carlos V. Bajo tales Habsburgos, no es extraña la presencia de muchos españoles en la invasión jesuítica de Europa.

Su misión religiosa era deshacer la herejía. Los checos tenían la suya propia nacional, de la que muchos estaban orgullosos, y aún siguen estándolo. Fundada por Juan Hus (1370-1415), era básicamente una 'herejía de protesta', con más incidencia en la reforma moral que en alteración del dogma. De modo especial exigían que eso de comulgar con pan y vino, como hacen los curas celebrando misa, se aplicase a todos los fieles. Lo cual cuesta entender qué tiene de herético, pues es lo que hizo Cristo en la Cena, salvo que choca con la costumbre o corruptela establecida de comulgar con pan seco. Algunos fueron más radicales, emprendiendo una revolución social violenta (Guerras Husitas, hasta 1436). Los moderados en cambio se conformaban más o menos con la comunión utraque specie (con una y otra especie), por lo que se llamaron utraquistas.

Cuando aparecen los jesuitas, sólo quedaban husitas utraquistas (los otros habían sido aniquilados). Pero aunque el espía Canisio pensaba que eran manejables, la realidad fue otra. Había además muchos luteranos, casi todos alemanes.

Además de la invitación del rey Fernando y una quinta columna de nobles católicos, los jesuitas entran en Praga con una carta de recomendación del propio san Ignacio de Loyola. Las cuales invitación y carta no les ahorraron una recepción popular poco amable, a pedrada limpia y con insultos en checo, en alemán y hasta en latín. Nada nuevo para ellos. El mismo año de su llegada abrían las clases a la juventud católica y no católica. Ningún menor era presionado para hacerse católico, aunque los más avispados entendieron que este paso podía ofrecer algunas ventajas, simplificando el aprobado.

La Guerra de los Treinta Años estalló con la II Defenestración de Praga (23 de mayo de 1618). Arrojados por una ventana (o por dos) del Alcázar los delegados imperiales católicos por varios nobles bohemios, la paz religiosa empezó a resquebrajarse por los jesuitas, que hubieron de hacer las maletas. Con todo, la convivencia que ellos habían encontrado no se rompió del todo hasta el 8 de noviembre de 1620. Ese día se disputó la batalla de la Montaña Blanca, en que los católicos imperiales derrotaron a los protestantes checos.
Todavía no hace dos semanas, en el tranvía 22 hacia la Ciudadela de Praga, advertí que el término del viaje era Bila Hora. ¡La Montaña Blanca! Decidí seguir hasta el final, meditando de paso sobre el valor de las palabras, pues aquello, para nosotros, ni es montaña ni es blanca, sólo una colina lisa, casi un descampado. Pero en fin, allí fue el hecho de armas que devolvió Bohemia a los jesuitas para su recatolización. ¡Y de qué modo! Entrados de paisano, por prudencia, vieron que no había peligro en llevar sotana. Su colegio de San Clemente estaba intacto. Sin perder tiempo empezaron a comprar y hacerse regalar decenas de casas, propiedades y espacios donde encuadrar su emporio, el Clementino.

Aquella guerra terrible fue para la Compañía de Jesús una edad de oro en Bohemia, por el poder que alcanzaron, amparados por un poder seglar implacable contra los herejes de toda laya. Su monopolio de la enseñanza universitaria fue absoluto: toda la titulación superior pasó por sus manos. También controlaron la enseñanza media, especialmente para las clases superiores. Hasta los escolapios de san José de Calasanz (llamados piaristas en aquellas partes de Europa), dedicados a la instrucción de clases bajas, sufrieron la rivalidad prepotente de los ignacianos.

 
El Clementino es el complejo mayor de Praga, después del Alcázar. Con toda su magnitud, prácticamente estaba reservado a vivienda y uso de los religiosos, impartiéndose la enseñanza media y superior en otros edificios dispersos por la ciudad. Hoy alberga la Biblioteca Nacional checa. Su joya más ostentosa es la gran Biblioteca barroca. La Torre Astronómica con su observatorio fue otra fuente de prestigio. La gran fachada oeste del Clementino, continuación de la Iglesia del Salvador, por su lujo digno de un palacio mereció la crítica del general Oliva (1673). Un liviano cachete, al lado de las censuras que ya entonces se alzaban por todas partes contra la Compañía, una Iglesia dentro de la Iglesia y un estado dentro de cada estado.

El 21 de julio de 1773 el papa Clemente XIV, un franciscano, suprimió la Compañía de Jesús «para siempre»; esto es, hasta 1814, en que otro papa, Pío VII, la restableció. Con todo, los jesuitas no vuelven a Chequia hasta medio siglo más tarde, y no sin protestas del público. En la memoria de los checos, la Compañía seguía vinculado al Imperio germánico y al Catolicismo a la fuerza.

[Datos compulsados con fuentes jesuíticas; principalmente, The Jesuits and the Clementinum, de varios autores bajo dirección de A. Richterová e I. Čornejová, Praga, 2006].

jueves, 10 de septiembre de 2009

«Mendel… ¿qué Mendel?»


El primero de septiembre cumplí uno de los votos de mi vida: la peregrinación científica al santuario de Mendel en Bruna o Brno, Moravia. Lo de 'santuario' es tópico, pero no metáfora esta vez. Juan Gregorio Mendel (1822-1884) fue monje que vivió y trabajó en su monasterio de dicha ciudad hoy checa, antes checoeslovaca, y en su tiempo austrohúngara. Y no sólo monje, sino abad hasta su muerte en aquel convento de Santo Tomás que, por extraña excepción, es la única abadía en toda la orden de San Agustín (desde 1752).

Alquilado un coche en Praga, cubrimos con rapidez los 200 km a Brno, por una de esas autopistas donde, a tramos, parece que uno viaja sobre ruedas cuadradas.

Mendel es una de las figuras cumbre de la Biología y de toda la Ciencia. Sus experimentos sobre herencia cruzada en guisantes y otras plantas son modelo de rigor y elegancia en su planteamiento, ejecución e interpretación. Pero eso sería lo de menos, si no fuese porque tales experimentos fueron pioneros en la Biología y fundaron una nueva rama científica de primer rango teórico y práctico, la Genética. En suma, Mendel es un nombre que admite y sostiene la comparación con otro contemporáneo genio de la ciencia biológica, Carlos Darwin (1809-1882).

Precisamente la casa de Darwin en Downe (Kent, Inglaterra), fue otra meta de este cándido peregrino hace 20 años. Y aunque las comparaciones puedan ser odiosas entre personajes, no lo son en cuanto a sus circunstancias.

La verdad es que Down House –nombre de la casa y finca de Darwin--, no tenía entonces muchos visitantes. Españoles…

—¿Españoles? Son ustedes los primeros en seis meses.
—Vaya. ¿Y qué otros españoles pasaron por aquí hace seis meses, si se puede saber?
–No, ninguno en particular. Soy yo el que llevo aquí seis meses, y ustedes son los primeros que veo.

Aquel lugar no era entonces destino turístico en las guías ordinarias. Ni siquiera estaba restaurado del todo. Aun así, lo visitable era evocador. Darwin era presentado con naturalidad, sin énfasis, con respeto y simpatía, y uno salía con la ilusión de haberle visitado casi en persona. Veinte años no han borrado aquella emoción.

Todo lo contrario en el Mendelianum —el instituto dedicado a Mendel en el que fue su monasterio que me ha dejado desilusión y pena. Del monasterio se visita la hermosa iglesia y poco más. Como aquí nuestro Seminario de Derio, o tantos macro-centros religiosos en esta era laica, el cuerpo del edificio está ocupado por empresas y actividades diversas.

¿Cuántos monjes quedan? Por lo visto, sólo dos, el XIº abad y el prior. Que ni siquiera residen en el complejo. En tiempos de Mendel la comunidad tampoco era numerosa, unos 14, y estuvo en cierto peligro de extinción.

Vimos el antiguo comedor rococó, donde hubo una pequeña exposición mendeliana, pegante a la nueva ampliada, aunque todavía bastante sencillita: más fotos y letreros que objetos y documentos; pero es lo que hay, incluidos los ornamentos abadengos del sabio. También se visita, por supuesto, el amplio compás a modo de parque, donde se ven los cimientos del invernadero experimental mendeliano, a espera de reconstrucción.

En un extremo del compás hubo un observatorio meteorológico, y en otro un apiario; pues Mendel fue también meteorólogo oficial y apicultor experimental… ¡Ah!, pero sobre todo la tabla de terreno donde plantaba sus guisantes y demás herbáceas, y donde con acierto se muestra en vivas flores purpúreas y blancas las leyes de dominancia y segregación descubiertas y enunciadas por Mendel. El cual, desde una ventana sobre el portón, dicen que vigilaba sus cultivos. Con todo, era en el desaparecido invernadero donde realizaba con gran habilidad las manipulaciones experimentales de castrar y fecundar sus plantitas, clave del éxito de sus ensayos.

Aún queda alguna cosa más de tiempos de Mendel: la mole de la cervecera con su chimenea, uno de los orgullos de la abadía por la calidad de su cerveza. Otros orgullos eran el nivel de la enseñanza, mayormente aplicada, y una buena escuela musical. Cosas del pasado.

¿Y esa estatua del personaje en piedra, de tamaño natural, algo aparatosa por cierto, y en hábito de agustino, que no se usaba de ordinario en esta abadía? No sería el único 'error' del monumento. Aparte del rostro idealizado y falso, tampoco los relieves de plantas 'mendelianas' son fieles al natural…

Pues bien, aunque la estatua preside el compás muy dignamente, en realidad está ahí arrinconada. Su primer destino en 1910 fue presidir la plaza de delante del monasterio en un gran monumento.

Una visita turística no basta para formarse opinión y sentar cátedra. Por eso, con mucha reserva, diré lo que pienso sobre el destino de Mendel en la ciudad donde él esperaba tocar el cielo de la gloria científica. Gloria que no gozó en vida, porque su entorno provinciano no entendió el alcance de su descubrimiento, y publicado en una revista provinciana, tampoco interesó a los científicos.

Hasta que en 1900 el holandés De Vries llega a los mismos resultados. Éste científico envió su trabajo al colega y competidor alemán Correns, sólo por fastidiarle, pues ambos iban tras lo mismo. Correns le felicita y adelanta sus propios resultados, pero no sin vengarse con una pésima noticia: todo lo que estaban haciendo los dos ya estaba publicado por un desconocido, un tal Mendel, la friolera de 34-35 años antes. Al holandés le hizo maldita gracia la coletilla del colega. Tanto es así, que todavía en 1910, cuando Mendel es ya archifamoso y se recogen firmas y óbolos para el monumento en la plaza, De Vries como que no oye. Cosas de científicos.

¿Era ya profeta Mendel? Sí, pero no en su patria. El nacionalismo checo más radical jamás le perdonó ser hijo de alemanes de Silesia y, aunque liberal de joven, no haber plantado cara a la política del Imperio opresor. Por si fuera poco, Mendel como VIº abad ocupó cargos vinculados a la misma política central (la presidencia del Banco de Moravia, por citar un ejemplo), y obtuvo condecoraciones imperiales. Y para más enredo, aunque hurtó tiempo a sus investigaciones para estudiar checo, no llegó a dominarlo, siendo su lengua materna el alemán. Nuestro nacionalismo vasco, tan amigo de buscar ejemplos y modelos foráneos, aquí tiene espejito donde mirarse.

A la mezquindad nacionalista checa hay que sumar otras, civiles y eclesiásticas. Un convento liberal como el de Mendel estuvo mal visto por la jerarquía clerical de la Iglesia de Pío IX, incluida la propia orden agustina. 'Demasiada ciencia y pocos rezos', era el reproche. Y aunque Mendel como abad reformó aquella casa, a su muerte el abad sucesor, sin encomendarse a Dios ni al diablo, volatilizó todos sus papeles y documentos que pudo encontrar. El archivo de Mendel fue mayormente al fuego o a la basura, y sus pertenecías se dispersaron. Si la exposición del Mendelianum peca de pobre, he ahí una explicación.

En el siglo XX, cuando el mundo entero reconoce a Mendel, el régimen nazi le ignora o quita mérito a sus trabajos. Curiosamente, el tercer hombre que se apuntó al 'descubrimiento' de Mendel (junto con Vries y Correns) fue el austriaco Tshermak, que luego militó en el nazismo y se dedicó a la eugenesia con poco respeto a la ortodoxia mendeliana.

Mezquindad también la del régimen comunista, que como es sabido tuvo su propia 'ciencia' genética basada en las fabulaciones de Trofin Lysenko, rival del mendelismo. En aquella 'Veleya' de pacotilla que fue la genética soviética estalinista obviamente no había sitio para el mendelismo 'herejía capitalista y decadente'. En 1950, con nocturnidad y alevosía, el ejército checo apea la estatua de Mendel de su pedestal en la plaza y la retira a un rincón del patio monástico. En 1964 se trasladó a la eminencia del compás, donde está ahora. Parece que definitivamente. Incluso mejor que en su sitio de origen, la plaza de Mendel.

Barrido el comunismo, todavía quedan (en mi opinión) residuos de esa otra mezquindad nacionalistoide, que sólo ve en Mendel a un 'alemán', un extranjero.

La verdad es que, preguntando en la calle, costó dar con alguien que nos diese razón del Mendelianum. La gente joven pasaba de Mendel, y otros no tan jóvenes no tenían idea. Sólo un señor algo mayor, en alemán, supo indicar el camino. Ahora bien, ¿no podría observarse aquí mismo algo parecido, si en una acera preguntamos a los transeúntes por Severo Ochoa?

lunes, 7 de septiembre de 2009

Sombras kafkianas




Al estrenar cuaderno de bitácora para el nuevo curso, es un placer, tanto como un deber, dedicar el primer apunte a quien tanto ha hecho por ella:

Doña Pussy Cat, va por usted.

Preguntaba usted el otro día, querida Pussy, por el silencio de Belosticalle en más de una semana. Y la respuesta de este servidor de usted fue la humana fragilidad. He estado en Praga, capital de Bohemia, haciendo vida bohemia por definición, volviendo cada jornada al cubil hecho unos zorros, con más gana de coger las ociosas plumas de dormir, que la otra de escribir.

También he peregrinado a "la ciudad de Bruna, en la Moravia" (como llamaban nuestros clásicos a Brno, Brünn en alemán), a la busca y captura de un tal J. G. Mendel. Más busca que captura, otro día lo contaré.

Ha sido un viaje positivo. Referencias librescas que se vuelven sensación viva, imagen en relieve y claroscuro.

Pero antes de hablar de sombras y luces de Bohemia conviene, para abrir boca, ceñirnos hoy a otras sombras más de por aquí.

Como usted bien sabe, amiga mía, esta Bilbao nuestra sigue sin ser el nudo aeronáutico soñado. Claro que tampoco somos ya aquella terminal aburrida, con su salita de espera tan familiar, donde muchos bilbaínos y bilbaínas velaron su bautismo de aire. Los de cierta edad la recordamos con estremecimiento: aquella pared toda cubierta con una reproducción a lo grande en blanco y negro de un grabado antiguo, tan oportuno, La Caída de Ícaro. ¿Qué escena más indicada para quien se dispone a volar? Aquella estampa en el viejo aeropuerto de Sondica, con toda su incongruencia disuasoria, invitaba a la filosofía. Si la Selección Natural en sus inescrutables diseños nos hubiese querido volátiles, ella misma nos habría dotado de alas, sin el artificio temerario de Dédalo

A lo que iba. Mi vuelo Bilbao-Kafka, digo, Bilbao-Praga ha sido vía Madrid, con una compañía aérea que, por no hacerle publicidad buena ni mala, llamaré con nombre supuesto, Tiberia.

La ida resultó bien, por lo cual y dado que la fortuna no abusa de la sonrisa, a la vuelta era de esperar algún percance. Murphy no defraudó.

En Barajas, las medidas de seguridad fueron más rigurosas que en Praga, y se nos hizo desfilar por las horcas caudinas del control en cueros vivos, a culo pajarero, todas y todos, sin respeto a sexo ni intersexo.

Tras el sofoco, ya repantingados en un birreactor tiberiano, el comandante que se nos declara incapaz de hacer arrancar el motor izquierdo: «No preocuparse,» dijo «sucede cada dos por tres. Es un motor un poco suyo, pero ya verán cómo viene el mecánico y lo mete en cintura».

Pasado un rato, por el mismo altavoz comunicó que el motor superaba al mecánico. No obstante, cabiéndole el honor de pilotar vuelo a Bilbao, él no desistía sin antes saber si, entre tantos pasajeros bilbaínos a bordo, no habría alguno con conocimientos y experiencia, o al menos con el talento natural típico de la Villa, dispuesto a echar una mano, por supuesto cobrando.

Le parecerá increíble, doña Pussy: nadie se dio por aludido.

Todavía insistió el comandante en su empeño de volar a Bilbao. A cuyo efecto sometió a votación del pasaje si se intentaba el despegue con un solo motor, obviamente el sano. Quórum votó en contra.

A todo esto, anochecía a sesenta minutos por hora. Amablemente, como es norma de la compañía Tiberia, fuimos invitados a desalojar la aeronave, hasta ver si quedaba alguna otra en uso y disponible.

A eso de los maitines, éramos reembarcados gregariamente en otro avión de la propia Tiberia. Aquí tampoco faltó contratiempo. Primero, que si el aviador no encontraba las llaves de aviar. Luego, que si el timón de cola se agarrotaba. Después, que si patatín patatán…

Finalmente intervino el capellán del aeropuerto con un hisopo de agua bendita y un Ritual Romano. Recitada con éxito la fórmula Pro detumescendis gubernaculis –o sea, para desentumecer dichos timones caudales–, el mismo clérigo rezó por todos nosotros la recomendación del alma y demás preces para el caso, con lo que levitamos ingrávidos al encuentro de la luna llena. «¿Por qué no se hizo esto último desde el principio?», nos preguntábamos todos. Un malpensado susurró que para vender whisky.

Todo termina bien cuando el final es feliz, de modo que en una semana nos llegan las maletas desde Bombay.

Para los que volamos poco, la experiencia de un avión terco es novedosa y ha valido la pena. Viajar siempre enseña. Hacerlo a la patria de Kafka, amiga Pussy, como usted ve, también aviva la imaginación.

Un abrazo.