lunes, 18 de mayo de 2009

The Band's Visit




La noche del viernes pasado, por casualidad, vi una película que pienso repetir en la primera ocasión. Se presenta como La banda nos visita, traducción aproximada del hebreo Biqur ha-tizmoret (La visita de la orquesta). Obra de autor, del director israelita Eran Kolirin (2007), es la historia improbable de un grupo musical policial egipcio, invitado a actuar en una ciudad judía de Israel, y que por error aparece en un poblado también judío, pero en pleno desierto y donde nadie les aguardaba.


Ignorante en filmografía, la impresión que me produjo esta obra me obliga a consultar fuentes para hacerme un criterio. No faltan las críticas y opiniones en toda la gama, desde "genial" hasta "aburridísima" y "un tostón", pasando por "suave" y "bien intencionada, pero...".

Lo más impactante de la obra, para mí, fue su economía. Es una de las películas más baratas que conozco. La cortedad presupuestaria hace juego con la parsimonia de argumento, de acción, de guión, de planos, de escenario... Hasta el desierto, que tan grandiosos cuadros fílmicos suele ofrecer, aquí no es más que el marco inhóspito de una carretera donde te quedas tirado, como el imbécil que has sido para ir allí donde no se te ha perdido nada.

A esa economía, ese despojo, atribuyo la fuerza psicológica y cómica de esta obra que, para rizar el rizo, ni siquiera insinúa la existencia de conflicto entre judíos y árabes, dejando que sea el espectador quien ponga eso y todo cuanto le apetezca.

La imaginaria localidad judía más aburrida del universo sólo tiene de hermoso el nombre, Beit Hatiqva, Casa de la Esperanza. Para oídos egipcios, que no leen el hebreo, ese nombre suena igual que Petah Tiqva, Puerta de la Esperanza, la histórica y populosa fundación pionera sionista, próxima a Tel Aviv. Este era el destino de los músicos: ocho policías de uniforme militar azul celeste, integrantes de un conjunto músico-vocal clasicista árabe, The Egyptian Police's Alexandria Ceremonial Orchestra, como repite mecánicamente su director Tawfiq (Sasson Gabai) cada vez que se presenta. El despiste del joven del grupo, junto con la homofonía y esa confusión b/p inveterada en los árabes, les ha llevado en autobús desde el aeropuerto a una parada en el desierto, donde se apean sólo para comprobar su mala pata.

La marcha de la troupe uniformada, en el polvoriento atardecer, arrastrando sus instrumentos y magros equipajes hasta el punto vivo más próximo, las presentaciones, la forzada aceptación de hospitalidad para pasar la noche, a algún crítico le sugiere Almodóvar. Yo me acuerdo de Berlanga.

¿Qué se dice la gente que no tiene nada que decirse? ¿Cómo se comunican y entienden los que nunca lo han probado? Uno de los críticos habla de "encuentro entrañable entre culturas". "¿Habrá visto la peli?", me pregunto. Porque el nudo argumental es la comunicación forzada entre aquellos que para nada pensaban en comunicarse. Con dos excepciones. La primera, Dina (Ronit Elkabetz), una Maritornes solitaria a la fuerza, para quien la ciudad soñada sería la Alejandría que fue, la de Durrell. La otra excepción es el extrovertido violinista Haled (Saleh Bakri), joven a lo suyo, culpable directo del percance, excelente comunicador sin apenas hacer uso de la palabra.

En versión original, los árabes entre sí hablan árabe, los judíos hebreo, y su idioma de contacto es el inglés, un inglés correcto, pero manifiestamente escolar y utilitario. Ahora bien, el verdadero lenguaje que abre auténtica comunicación es la música. La pasión de un género musical, que para los egipcios maduros es profesión y un poco rutina, y para los judíos de la misma edad es recuerdo embrujado, mientras que a la juventud de uno y otro lado ese género 'clásico' no le dice nada. No sólo a los adolescentes israelitas, incluso al elemento joven de la orquesta, que prefiere ritmos modernos.

El director nunca juega con ventaja. Trabajo honesto. Visión personal y descarnada de una sociedad judía con su aislamiento, su rudeza, su ironía burlona, la ruptura generacional, el vacío de ideales y de eso que ya sólo existe en los carteles de tráfico: la esperanza.

Todavía a veces se me escapa la expresión anticuada, 'las Bellas Artes', que se acuñó para distinguirlas de las artes útiles o mecánicas. Si no cabía ambigüedad, bastaba con decir las Artes. Ramas del árbol de la Estética. Y en eso de lo estético, muchos anticuados tenemos como criterio-guía: el gusto. "Me gusta, o no me gusta." A mí esta película me ha gustado.

Para compensar esta apreciación tan deslavazada, cedo la palabra al director. Si sus indicaciones son muy necesarias para calar en la película, tienen otro valor añadido impagable: alumbran un poco la entrada del laberinto absurdo de eso que llamamos conflictos entre pueblos, culturas, civilizaciones. Hechos diferenciales, ¡cuánta vaciedad!

NOTAS DEL DIRECTOR Eran Kolirin (36 años)

Cuando era niño, los míos y yo solíamos ver películas egipcias. Se trataba de un hábito bastante frecuente en las familias israelíes allá por inicios de la década de los 80. Los viernes, la tarde acabándose, veíamos con aliento entrecortado aquellas tramas enredadas, los amores imposibles y la pena desgarradora de Omar Sharif, Pathen Hamama, I'del Imam, y el resto de aquella gente en el único canal de televisión que el país tenía. Realmente, eso era raro en una nación que llevaba la mitad de su existencia en estado de guerra con Egipto, y la otra mitad en una especie de paz fría, distante, con sus vecinos del sur.

A veces, tras el film árabe, emitían la actuación de la orquesta de la Autoridad para las emisiones israelíes (IBA). Era una típica orquesta árabe compuesta casi en su totalidad por judíos árabes procedentes de Irak y Egipto. Cuando uno piensa en la orquesta de la IBA, acaso la costumbre de ver películas egipcias parezca algo menos inaudito.

Hace mucho que la película árabe ha desaparecido de nuestras pantallas. La televisión se ha privatizado, y hay una maraña de quinientas cincuenta y siete, o quién sabe cuántos canales que se ciernen sobre nosotros. La orquesta de la IBA se desmanteló. Ahora tenemos la MTV, y la BBC, y la RTL, e "Israeli Idol", y canciones pop, y anuncios de 30 segundos. De tal modo que ¿a quién importan ya las canciones de cuarto de tono que duran media hora?

Luego, Israel levantó el nuevo aeropuerto, y se olvidaron de traducir al árabe los carteles de la carretera. Entre los miles de tiendas que construyeron allá, no hallaron sitio para esa escritura extraña, ensortijada que es la lengua madre de la mitad de nuestra población. Es fácil olvidar las cosas que H&M, y Pull and Bear, y Levi's, etc... nos hacen olvidar. Con el tiempo, hemos llegado a olvidarnos de nosotros mismos.

Se han hecho muchas películas refiriéndose a la cuestión del porqué no hay paz pero, al parecer, son pocas las que se han hecho hablándonos del porqué necesitamos la paz por encima de todo. Ya no vemos lo obvio en medio de conversaciones que se centran en las ventajas económicas y en los intereses. Acabada la jornada, mi hijo, y el hijo de mi vecino se encontrarán —estoy seguro de ello— en cualquier gran área comercial de neones parpadeantes, bajo el cartel gigante de McDonald's. Puede que haya cierto bienestar en ello, no lo sé. Pero de lo que no hay duda es que hemos perdido algo por el camino. Hemos trocado el amor auténtico por el sexo de noche única; el arte por el comercio; y el contacto humano, la magia de la conversación por la cuestión de cuan grande es el trozo de pastel que podemos agenciarnos.

 «El árabe, la lengua materna de la mitad de nuestra población.» Lo dice un judío de Israel, y significa mucho para cualquier espectador del País Vasco.

También es significativo que algunos críticos espontáneos echan de menos alguna referencia explícita al conflicto árabe-israelí. Me vuelvo a preguntar: "¿Habremos visto la misma película?"

La obra se gestaba cuando todavía era reciente el triple ramalazo del terrorismo islámico en Sinaí (2004-2006). El verano de 2004 estuve en Dhahab, antiguo puerto en el Mar Rojo, lugar repleto de turistas israelíes buceando en el arrecife de coral, y donde no sorprendía ver anuncios en hebreo. A la vuelta a Suez, una discreta intervención policial daba a entender que algo se estaba cociendo. Al atentado sangriento de Taba (7 de octubre) siguió en la misma península otro más grave en Sharm-el Sheihk (julio 2005), y uno más en el propio Dhahab (abril 2006), similar al de Taba. Un balance total de 130 muertos y más de 500 heridos.

Con esos datos en la mente, se ve la diferencia entre 'silenciar' un conflicto, y diluirlo en falsas equidistancias. Por aquí, esto último se nos da mejor.


 

sábado, 16 de mayo de 2009

REHABILITAR, PARA NO RECANTAR



Esta semana ha sido noticia la rehabilitación póstuma de una bruja en Suiza. Justicia lenta, como todo lo que llega tarde, pero esta vez con 277 años de retraso. Catherine Repond, la Catillón, fue condenada por brujería y ejecutada en Friburgo en 1731.

Importa poco si el proceso fue católico o protestante. La versión del periódico DEIA (11 de mayo) apuntaba a católico, al identificar al juez del caso como «el beato Nicolás de Montenach». Pero nadie pierda tiempo buscando a este señor en los bolandistas y otros santorales, pues nadie ha subido a los altares con ese nombre. Por un gracioso gazapo, el primer nombre de pila, Beato (bastante común en la zona, equivalente a Félix) se había aureolado de minúscula santidad. Una santidad menos que probable, luego lo veremos.

Sin embargo, lo peor de esas rehabilitaciones no es que lleguen tarde, es que llegan mal y al revés. Revisando unos casos concretos, rehabilitando a esta o aquella víctima de error judicial, se sigue escarneciendo el sentido común, y de hecho salvando un sistema capaz de descubrir y repudiar sus propios y puntuales errores.

Es lo que resulta de la famosa 'rehabilitación de Galileo'. El caso Galileo, desde el primer amago de 1616 hasta el proceso formal y condena de 1633, puso en evidencia la falibilidad de dos papas, y resulta cómico leer, por vía de subterfugio: «sin embargo –y eso lo sabe muy poca gente–, el papa Urbano VIII jamás llegó a firmar la sentencia condenatoria del Santo Oficio». ¿Por qué no argüir también que la infalibilidad papal sólo se supo con certidumbre dogmática con el Concilio Vaticano I, en 1870?

Con tinta papal o sin ella, el sistema científico copernicano se mantuvo proscrito, y así seguía a mediados del siglo XVIII. Sólo que entonces, cuando nuestra brujilla había sido quemada y olvidada, el caso Galileo era cada vez más sangrante, porque el avance científico era imparable.

Así y todo, la primera rehabilitación fue vergonzante, cuando el ilustrado papa Benedicto XIV da instrucciones para que se permita seguir el sistema cosmológico de Copérnico con discreción, o por así decirlo, en privado. De ahí no se pasó hasta 1820, en que los cardenales del Santo Oficio acceden graciosamente a admitir que dicho sistema es verdadero y no contrario a la Escritura.

Aquella reticencia grotesca ha durado como quien dice hasta ayer. En 1992 Juan Pablo II, ante la Academia Pontificia de Ciencias, reconocía el error cometido contra Galileo. Y aun entonces la fórmula tuvo su toque sibilino: «el mito (sic) del caso Galileo ha dado pie a la idea errónea de que la ciencia y la fe cristiana se contraponen; un lamentable malentendido que ya es cosa del pasado».

Recantar en el caso Galileo no tiene mucho mérito, y hasta podría dejarse la cosa como estaba. O mejor, publicar de una bendita vez el proceso íntegro. De acuerdo, no son tantos los científicos que la Iglesia ha condenado formalmente. Pero, ¿y las señoras brujas? Sobre éstas, el inquisidor español Luis de Páramo, al finalizar el siglo XVI (Madrid, 1599), escribía este párrafo sin desperdicio:

«Tampoco creo que se deba callar cuán benemérito del género humano es el Santo oficio de la Inquisición, por haber quemado un número ingente de brujas. No se trata sólo de las vulgares y comunes, como las que años atrás se descubrían en algunas provincias españolas [se refiere sobre todo al ámbito vasco-navarro y a las campañas del inquisidor Avellaneda (1527) y subsiguientes, hasta 1596], … sino también de cierta especie particular de brujas que, desde el año 1404, en Alemania y en Italia se entregan al servicio de cierta religión inventada por el diablo. A estas últimas los inquisidores las han combatido con tal saña, que en el curso de un siglo y medio hasta la fecha van quemadas 30.000, como mínimo. Las cuales, de haber quedado impunes, a buen seguro habrían desolado y devastado todo el orbe terráqueo.Porque son de lo más dañino, no sólo para la religión verdadera, sino también para los bienes temporales. Así lo afirma el papa Inocencio VIII en su bula de 1484…»

Aunque Páramo publica su Origen y progreso del Santo Oficio en Madrid, el trabajo de campo lo había realizado en Sicilia, donde como buen funcionario, se autoevalúa por su eficacia cuantitativa. Y como él, tantos otros en el campo católico, a porfía con los inquisidores luteranos, calvinistas, anglicanos…

Brujas, licántropos y otros fenómenos por el estilo han existido siempre, y pertenecen al folclore universal. Sin embargo, las brujas deben su numerosa realidad exclusivamente al celo de sus cazadores. Como aquel 'beato' Beato-Nicolás, que en su tiempo libre también cazaba zorros. En 1730 le ocurrió herir a una zorra en una pata trasera, pero el animal se le escapó. Y he aquí que en mayo del año siguiente, cuando le traen a la Catillón para ser interrogada, la rea cojeaba del mismo pie. O sea, de la misma pata, de la misma zorra. El resto fue cuestión de interrogatorio; o sea, cuestión de tormento.

Contado así, a quien no tenga mucha idea histórica de la Caza de Brujas, se hace raro un indicio tan débil, propio (diríamos hoy) de una 'garzonada'. Lejos de eso, el juez Montenach, como nuestro Avellaneda, demostró ser hombre enterado, amén de leído.

Todo el mundo sabe que las brujas, lo mismo que vuelan en escobas y producen mal de ojo, se transforman en animales, especialmente gatos. Yo mismo de niño oí la historia de una bruja muy conocida (del nombre no me acuerdo) que merodeaba por la parte de Buya, una mujer huraña y con pocas simpatías. Cierto, hubo personas reacias a admitir su brujería, pero hubieron de rendirse a la evidencia. Un aldeano de caserío, oyendo una noche al ganado inquieto, bajó a la cuadra y vio a una gata enorme sobre el lomo de una vaca. Le sacudió un estacazo, aunque sólo acertó a darle en una pata delantera, y el animal huyó cojeando. ¡Qué sorpresa la suya, cuando de allí a poco se cruza con la bruja, que llevaba ostentosamente un brazo en cabestrillo! La noticia corrió como la pólvora, y no hubo más discusión.

El problema con esta verísima y más que cierta historia es su carácter viajero, por el espacio y por el tiempo. Azkue ya recogió una similar de Garazi (Baja Navarra), sobre un chico anónimo y un gato, para su enciclopedia folclórica vasca Euskalerriaren Yakintza. Y lo que es más, en la 2ª edición de la misma, t. I, pág. 388, estaba en condición de precisar: «Nire lankide Brijitta Beraren aita omenzen gatua yo zuen mutil hura. Me dicen que aquel muchacho que golpeó al gato fue el padre de mi colaboradora Brigida Bera.»

Todo era bueno para la cosecha. Y de seguir buscando, seguro que el buen Azkue topa con alguna versión vasca del viejo cuento de miedo que un comensal del 'Festín de Trimalción', en tiempos de Nerón, relató en primera persona, sobre un hombre-lobo herido en el pescuezo (Satiricón, 61-62). Un cuento que, por supuesto, abrió tanda de historias de brujería, tan a propósito para la sobremesa de la cena.

Si, como afirman los nacionalistas románticos, el folclore fuese parte esencial de nuestro patrimonio identitario, la conclusión en este caso sería que los vecinos de la parte de Buya, entre Bilbao y Arrigorriaga, al ostentar una seña de identidad tan definitoria como compartida entre pueblos y razas, entrábamos de lleno y con todo derecho en el género humano.

El mismo año de la publicación de Páramo, 1599, apareció la más famosa enciclopedia sobre brujería y magia, obra del jesuita Martín del Río. Allí se trata expresamente de semejantes metamorfosis, añadiendo: «No es de extrañar que si sufren alguna herida en el cuerpo ferino, después aparezcan lastimados de verdad en sus miembros humanos correspondientes». El éxito animó al autor a una nueva edición corregida y aumentada con casos tan ciertos como el mío de Buya o el de Garazi según Azkue. El primero de todos, uno recién publicado por otro inquisidor dominico italiano muy famoso, fray Bartolomé Spina, como sucedido en Ferrara:

«De esta aparente conversión de las brujas en gatas, he aquí lo que bajo juramento judicial me aseguró en esta misma ciudad otro testigo, de nombre Felipe, de oficio zapatero remendón:

–Hace tres meses mi mujer y yo vimos aproximarse a nuestro hijito enfermo una gataza enorme, por nosotros nunca vista. Muertos de miedo, la espantamos una y otras vez. Hasta que aburridos cerramos la puerta, y yo a palos detrás de la gata, de una lado para otro, hasta que la obligué a saltar desde una ventana alta, por donde la vimos en el suelo maltrecha en todo su cuerpo. Pues bien, desde entonces la bruja en cuestión estuvo encamada, magullada en todo su cuerpo.»

Muchas, muchísimas brujas fueron a la pira por motivos y pruebas de ese mismo cuño. En el caso de la Catillón, según la investigación seria, todo habla a favor de que no era auténtica bruja, y que en definitiva fue cabeza de turco (o de turca) para encubrir delitos más prosaicos entre personas de cuenta en la comarca, incluido el propio juez monsieur Beato Nicolás. Menos mal que, si algún error humano se cuela –porque errare humanum est-, con un poco de suerte hay un doctorando moderno que lo pone en claro. Y entonces se rehabilita, y a otra cosa.

Cuando en el fondo, rehabilitar hoy a una bruja quemada antaño es tan ridículo como rehabilitar a Giordano Bruno, o a Galileo.

miércoles, 13 de mayo de 2009

¡Qué Diablo!...



Ayer me encontré esta frase mía, con un comentario escrito la víspera por Catalina:

«Dios creó al Diablo para que le hiciese el trabajo sucio.

Querido Belosticalle, es usted genial.»

Etimológicamente, el elogio hace alusión al genio, ese diosecillo personal que nos imprime el carácter. De hecho, genio y genes allá se van. Más o menos, lo mismo que demonio, que para los griegos no tenía connotación maligna, y en el diálogo socrático puede reemplazar al pronombre personal («¡oh demonio!»). Si hacía falta, se anteponía un prefijo de calidad, para distinguir entre eudemonios y cacodemonios. Sólo estos últimos terminaron identificados con el Diablo o Satán de la mitología judeocristiana. Genio y demonio fueron en cierto modo los antecesores de nuestro 'ángel de la guarda' –el ángel a secas, para los amigos–.

En aquel momento de la lectura, la cuestión para mí era saber si el genio inspirador de la frase era realmente el mío, o si el genial era otro. Yo sé que esa combinación de palabras se me ocurrió una vez a mí, y hasta recuerdo cuándo. Pero también desde el principio pensé que muy probablemente ya estaría pensada, pronunciada, escrita. Tal vez mi 'ocurrencia' fuese sólo reminiscencia.

¿Escrúpulo? Lo admito: prefiero pasar por pedante que quedar por plagiario. Hoy en día, Google nos demuestra que sin ser necesariamente plagiarios, tampoco somos siempre inéditos. Descubro incluso que en la Red existen motores buscaplagios. Sobre la marcha, piqué una búsqueda a voleo: trabajo sucio, dirty job (work), la sale besogne, das schmutzes Werk… Todo eso y más existe, incluso en combinación con Dios y el Diablo. Incluso alguna frase sonaba extrañamente parecida (corrijo la puntuación):

«El Diablo juega una papel fundamental como depositario de todos los atributos negativos. Sin él, ¿quién cargaría con todo el paquete? ¿Acaso Dios? ¡Pues no! El Diablo es el que hace el trabajo sucio

¿Mi gozo en un pozo? No exactamente. Todas las expresiones que he encontrado se referían al trabajo sucio del Diablo, ninguna al trabajo sucio de Dios. Que es justamente lo que yo quería reflejar, con su miga de cinismo, en el contexto antimaniqueo, antidualista, de los pensadores citados, mientras les leía a la luz del libro de Job.

Con todo, sigo pensando que el genio burlón y un tanto cínico que discurrió esa boutade lo comparto con otras personas, entre las muchas que se han asomado al problema o seudoproblema del Mal. De todas formas, en la búsqueda hacia atrás hay un término ad quem: cuándo se acuñó la expresión 'trabajo sucio' en el sentido usual de 'por cuenta ajena'. Si esta bitácora tuviese muchos lectores, algunos me sacarían de mi ignorancia.

Como quiera, ayer me prometí dedicar la hora de la siesta a meditar sobre el asunto. Y aquí recojo mis pensamientos, valgan lo que valieren.

El maniqueísmo se reveló duro de pelar. San Agustín emborrónó miles de folios en vano, dejando sin resolver un problema que era su problema. Luego se enredaría en otra aporía del mismo jaez, sobre el libre albedrío del hombre y la real gana de Dios, en una de las controversias teologales más estériles. Dos paradojas que tienen en común poner en jaque la hipótesis de Dios, al menos tal como ve a Dios la Teología cristiana.

San Agustín lleva como epíteto Martillo de Herejes, y así le suelen pintar pisando o abatiendo a maniqueos y pelagianos. Incluso se le atribuye la exclamación, Actum est de Manichaeis! (¡Se acabó con los maniqueos!), que tal como suena sería una baladronada. (Pronunciada al final de una conferencia mixta celebrada en Cartago, no tendría más alcance que un «se levanta la sesión».)

Por supuesto, los maniqueos no estaban acabados, ni mucho menos. Supervivientes en Europa Oriental, sobre todo en el reino de Bulgaria, emergen en Lombardía, en la Provenza, por todas partes. La invasión pilló desprevenido a un clero católico desacostumbrado a la lid intelectual. En efecto, para los heresiólogos modernos –como mi mentor de cabecera, el dominico fray Francisco van Ranst (†1727)– el siglo X fue de bonanza, la única edad libre de errores graves, «sin duda por singular providencia de Dios velando por su Iglesia, alejando de ella las herejías en aquella sazón, cuando por descuido de sus guías supremos más podían inundarla...» Para no errar en la fe, nada como no pensar en ella.

Esta indigencia herética medieval, en un contexto de penuria intelectual, la señalan también los historiadores modernos, extendiéndola más o menos entre los siglos VIII-XI, un vacío que va desde la muerte de Luis el Piadoso (840) hasta el derrumbamiento del imperio carolingio.

Hasta que en siglo XII y, sobre todo, el XIII irrumpe la marea de bogomilos, cátaros, albigenses, bougres; en suma, siempre los eternos maniqueos.

Esta vez, el paladín católico fue santo Domingo de Guzmán, que predica una cruzada religioso-política, sin derroche de medios intelectuales, fiando más en el brazo armado, la catequesis y la vía inquisitorial.

Paralelamente, la inquisición 'descubre' la verdadera raíz de la religión maniquea: el satanismo. Se desata la caza de brujas y otras gentes que pactan con el diablo y le adoran.

La cobertura intelectual de todo aquel batiburrillo, por la parte de los dominicos, corrió a cargo de santo Tomás de Aquino. Éste, cómo no, expone y rebate el sistema dualista, con la fuerza que cualquiera puede ver en la parte correspondiente de la Suma Teológica o en sus ensayos Sobre el Mal. Pero lo que me importa aquí no es ese fárrago teórico, sino otra frase célebre, como aquella de san Agustín, atribuida al Aquinate: «¡Ahora sí que se acabó con la herejía de los maniqueos!» ¿Cuándo y cómo se produjo la estupenda noticia?

Entre muchas anécdotas extravagantes que circularon sobre el genial dominico, figura ésta. Siendo profesor en la Universidad de París, su amigo y admirador el rey san Luis IX de Francia le invita a comer. Es un banquete regio, con conversación y música. Fray Tomás –el Buey Mudo le llamaban–, se abstrae, medita en profundo silencio. El rey levanta la mano, todos bajan la voz con respeto. De pronto, el corpulento fraile vuelve en sí, pega un puñetazo en la mesa y proclama su éureka: Nunc conclusum est contra haeresim Manichaeorum!

Hasta aquí la anécdota, recogida seguramente por fray Reginaldo, el secretario de Tomás. Bien, ¿y el argumento conclusivo? Por desgracia, nadie se acordó de tomar nota; tampoco el pensador afortunado. Ocurrió entonces lo que se repetirá más tarde, cuando un magistrado tolosano en 1632 anote de pasada, en el margen de un libro, que ha descubierto la demostración de un enigma –el teorema de Fermat–, aunque no dejó pistas de la prueba, que vaya usted a saber si era la misma (probablemente no) desarrollada sólo hace unos años.

Más reacia que la ecuación de Fermat es la ecuación: |mal|= 0, para todo mal≠Dios ; o como se enuncie más correcta e ingeniosamente el teorema del mal absoluto (el único que realmente cuenta). La leyenda o parábola de Job fue sólo un escarceo, recogido en la Biblia, en torno a la cuestión de la Providencia divina, llegando tras mucho divagar a una conclusión grotesca. La que me inspiró ese teorema cínico sobre el origen, no del mal, sino del diablo que lo gestiona.