miércoles, 6 de mayo de 2009

PORTUGALETE, «DONDE EL VASCUENCE FENECE»

El mapa lingüístico vasco ha sufrido cambios en la historia, desde mucho antes de Franco, o de Moyano, o incluso de Tontxu Campos. Y cómo no, si antiguamente era un mapa etnolingüístico. La Edad Media conoció fronteras movedizas entre lenguas y dialectos, incluidas las algarabías o el beréber. Primero en las invasiones (también de vascos), en las reconquistas, luego en la repoblación señorial.

Cada cuál llevaba a cuestas su etnia y lengua propia, en un mestizaje espontáneo, y es posible que ese 'vigor híbrido' de que hablan los genéticos –en el antipolo del racismo purista sabiniano– haya tenido que ver con la personalidad de la gente vascongada en su paso a la Edad Moderna. Lenguas propias. Cuando cada errialde, cada pueblo y aldea, hasta cada hogar y caserío, se distinguían por su peculiaridad lingüísticas, más que por sus vacilantes apellidos.

De mi segunda patria chica, Ayala, dejó escrito Fernán Pérez (1306-1385), el padre del Canciller don Pedro López: «E los que vinieron a repoblar la tierra, dellos eran bascongados, e dellos latinados». Certera expresión. Y cómo me venía a la memoria, pocos años atrás, cuando un neoconverso euskaltzain, con más arrogancia que fuste, arremetía contra la expresión, 'Provincias Vascongadas'. «¿Vascongadas o vasconizadas, por quién?», preguntaba desafiante el… (aquí me callo; iba a decir, el majadero).

Ayer oíamos a un inminente lendacari portugalujo expresarse como auténtico vascongado, con su acento propio y cierta licencia expresiva. Hasta con faltas de ortografía, para el ceño de otro zoilo académico. Tenía que hacerlo. Era una sesión muy especial del Parlamento vasco, donde varios oradores trataban de humillarle, dirigiéndose a él exclusivamente en euskera, como invitándole a ponerse los auriculares. No suele ser tan euskalduna la Cámara, cuando le importa que el público entienda. Ayer, ya digo, era como la misa en latín, donde la lengua se volvía fetiche sagrado.

Con buen acuerdo, el portugalujo Patxi López no se prodigó en bilingüísmo. Y eso me trajo a la memoria otra expresión de un clásico vascongado, refiriéndose a Portugalete: «donde el vascuence fenece». No hoy, sino en el siglo XVI, cuando Esteban de Garibay escribió eso en su Compendio Historial. Un pasaje donde el mondragonés recuerda el trasiego de portugalujos a Bilbao, ostensible hasta en el tocado de las mujeres. Aquella cornamenta agresiva, falciforme, de lino blanco, impertérrita en la iglesia de Santa María a los truenos y relámpagos del padre agustino Coscojales desde el púlpito.

«Donde el vascuence fenece». Cuidado: fenecer en Garibay no quiere decir que esa lengua estaba desapareciendo en la zona, sino que allí estaba en su tiempo la frontera con el castellano.

No se avergüence por tanto el nuevo lendacari. Hablamos de mucho antes de la invasión maqueta. Es probable que su Portugalete fuera entonces bilingüe, zona de contacto. Pero las Encartaciones, como la mayor parte de Álava, eran mayormente 'latinados' unilingües. Sin aversión al euskera, cierto, pero también sin añoranza por hacerse euskaldunizar. Su identidad se expresaba más en las modas de las damas hidalgas que en la supuesta lengua de supuestos ancestros.

Parece que el nuevo lendacari tiene propósito de dominar el euskera. Si ya tiene un imposible vencido, y el más difícil, el otro larramendiano se le dará por añadidura. Pero eso sí, tenga presente que si la opción lingüística es institucional en su caso, ha de ser personal y libre para todos aquellos conciudadanos vascos 'donde el vascuence fenece'.

lunes, 4 de mayo de 2009

LA Tierra Prometida


La despedida escenificada por Ibarretxe ha dado pie a dos artículos simultáneos en El Correo de ayer. Uno, de mi paisano el periodista y profesor César Coca, El soberanista inesperado. El otro, Diez años, del ex rector de la UPV Pello Salaburu.
Ibarretxe nos vino con el euro (recuerda Coca). Venía con marbete de gestor, cuando el PNV quitaba importancia a la ignorancia del vascuence en cargos públicos, por haberse «terminado el tiempo de los símbolos». Ahora se va, conociendo él mismo su lengua propia bastante mejor que a su llegada.
¿Seguirá practicándola? ¿Lo hará también fuera del teatro político? ¿Incluso en la intimidad doméstica, como a todos nos recomienda l'homme qui rit, el pertinaz Baztarrika? La adaptación del adulto a una segunda lengua requiere esfuerzo sostenido, y nadie se violenta en algo si no le ve utilidad, aunque sólo sea deportiva. Podría ser el caso de Ibarretxe.
Ya no hará falta que Miren Azkarate certifique que el lehendakari se comunicaba con ella en la lengua milenaria. Ocasión habrá de comprobar hasta qué punto un euskaldunberri de vocación tardía se adapta a un bilingüismo de por vida, gratis y por amor. Aguantando accidentes, como el que aquejaba a Tontxu Campos recién nombrado Consejero de Educación … Lo recuerdan, ¿verdad?... ¡Sí, hombre, aquello de que "no le salía" cómo se dice zenbaki parea en castellano, o sea, 'número par'! ¿Llegará día en que al ex lendacari tampoco le salga "derecho a decidir", en su lengua materna de Llodio?
El artículo de Coca es certero. Sólo me ha chocado el título. ¿Cómo que "soberanista inesperado"? No he tenido curiosidad de ir recogiendo datos y referencias puntuales, pero creo muy compartida la impresión de que, desde muy pronto, Juan José mostró querencias hacia la izquierda abertzale, tal vez ávido de fagocitarla y sumarla a sus propias huestes. Si hubo deriva, fue muy rápida y decidida, siempre en el pelotón de cabeza soberanista. Sólo así se entienden sus desafíos a la legalidad del Estado y, en definitiva, el órdago de la Consulta que llevará a la Historia su nombre.



Pello Salaburu evoca explícitamente 'la foto': la despedida política del lendacari y sus socios de gobierno. Ayer me permití bromear con el abrazo de los Triarcas. Hoy, en plan más serio, me estoy figurando a Saturno engullendo como postre las últimas sonrisas de sus dos criaturas que acaba de devorar.
Para Salaburu, si le entiendo bien, Ibarretxe sería el paradigma de 'morirse de éxito'. Su gestión técnica ha sido buena, y su propuesta política –el Plan– tampoco le parece equivocada, si como él mismo dice, «yo también lo apoyé, y probablemente más de la mitad de la población habría respondido de forma afirmativa». Tan es así, que para explicar el fracaso, Salaburu aventura «no haber sido capaz de suscitar más adhesiones, carecer de un 'plan b'», y un etcétera donde para nada se habla del traumatismo radical irreversible que todo un Lehendakari, con frialdad y sin temblor de pulso, estaba dispuesto a aplicar a la sociedad encomendada a su gobierno por la Constitución de España y el Estatuto vasco.
En su despedida, un Ibarretxe nada contrito se ha reafirmado con orgullo en su ejecutoria, coronada por su Plan, que ha puesto unos mojones eternos a la Historia del Pueblo Vasco. Grandilocuencias aparte, Salaburu comenta: «Mucho me temo que no, aunque esto se aclarará con la perspectiva de unos años».
Menos prudente que mi amigo Pello, a diferencia suya, mucho me temo que ese Plan va a planear sobre el abismo vasco por largo tiempo. No sé si el último califa legítimo resucitará como fénix en su propia persona, o tras una fase de 'imanato oculto' se reencarnará en alguna estatua, sea de carne y hueso, o más probablemente de bronce. Su retorno, o no, en persona dependerá mucho de cómo se desenvuelva el nuevo gobierno socialista y por supuesto, de la política general.
De lo que estoy convencido es de que, para el partido Jeltzale, la era del pragmatismo y de la 'doble alma' es pretérito. El estilo Ibarretxe –fondo y formas– ha marcado, me temo, a un partido distinto de cualquier otro, como si llevara grabada a fuego la divisa jesuítica del general Lorenzo Ricci (1773): Sint ut sunt, aut non sint; 'Sean como son, o no sean', antes muertos que cambiados. Porque no soy jeltzale, procuro meterme en la piel y el alma de quienes sé que lo son, y por poco que me guste, me da que en la marcha nacionalista un partido guía no podrá nunca ir en la cola.
Lo que el tiempo dirá, buen Pello, es si Juan José es el que ha de venir, o habrá que esperar a otro. Lo que yo me digo, es que su caída ha sido providencial. De haber repetido legislatura, creo que el hombre impasible nos habría partido en dos de un solo tajo. De momento se ha parado el mandoble. Pero el espadón sigue en alto. ¿Por cuánto tiempo? López y la Fortuna tienen la palabra.

Un recuerdo de viaje
Hace cosa de 20 años subí con un grupo de amigos vascos al monte Nebo, en Jordania. En la cima, que la Biblia llama Pisgá, ante una basílica paleocristiana, está el 'Mirador de Moisés'. Desde allí contempló el profeta, por encima del Mar Muerto, toda la Tierra Prometida, de la que Dios le dijo: «La verás, pero no entrarás en ella, ni serás tú el caudillo que la gane para Israel».
«Allí murió Moisés… y Yahvé le enterró en un valle, sin que nadie hasta hoy sepa el lugar de su tumba. Ciento veinte años tenía Moisés cuando murió. No se había apagado su vista, ni perdido su vigor. Los israelitas le guardaron treinta días de luto en las estepas de Moab… No ha vuelto a surgir en israel otro profeta como Moisés, a quien Yahvé trataba cara a cara. No hubo otro como él.» (Deuteronomio, 34).
Arriba, en el mirador sobre la Tierra Prometida, se alza una escultura que a primera vista evoca una gran culebra de Esculapio, aunque también podría ser una serpiente enroscada en el mango de un hacha doble. La inscripción en árabe al pie disipa el equívoco: « Así como Moisés alzó la serpiente en el desierto, así también será alzado el Hijo del Hombre…» (Juan, 3: 14). Se trata por tanto de la Serpiente de Bronce (Números, 21), en versión cristiana. Respiramos. ¡Ninguna hacha serpentaria pasó por el magín de los buenos francisanos vascos, promotores del monumento!






sábado, 2 de mayo de 2009

TETRARCAS Y TRIARCAS



 

Test de agudeza visual:
Adivinar, en medio segundo, con qué mano empuñan el paraguas los euskotriarcas

 Los Tetrarcas

Chorizos famosos de Venecia. Se encuentran, a modo de marmolillos, en una esquina de la basílica de San Marcos, decorando el ángulo externo de la Cámara del Tesoro. Son una de tantas piezas valiosas robadas por los venecianos de Bonifacio de Montferrato, aprovechando la IV Cruzada contra la Medialuna. Grupo en pórfido rojo oscuro (siglo IV), representa, dos a dos abrazándose, a los Cuatro Jefes supremos del Imperio, según la reorganización de Diocleciano.

La IV Cruzada, guerra santa que culminó en el gran saco de Constantinopla (1204), rindió a la Serenísima rico botín profano y sagrado, incluidas reliquias santas. Éstas, con otras piezas de valor, se guardaron bajo mármol como en caja fuerte, con los Tetrarcas como custodios.

Ahora bien, quis custodiet custodes? La leyenda urbana hizo de aquellos guardas simbólicos personas de carne y hueso, prevaricadores rapaces, conjurados para desvalijar el tesoro. No tanto por devoción a las reliquias, sino a las tecas preciosas que las envolvían.

No era la primera vez que unos cacos se fijaban en aquel objetivo. Pero que hasta los propios celadores tentasen fortuna, colmó la paciencia de los sufridos huesos de santos. No les costó mucho persuadir a su jefe San Marcos para que hiciese un escarmiento.

Y así fue. Cuando los conjurados sellaban su felonía, cada emperador abrazandose con su augusto respectivo, una maldición helada petrificó a los malhechores.

Allí siguen, ocho siglos después, los Tetrarcas venecianos, lección muda para todos los descuideros de la cristiandad, y para sus víctimas.


Los Triarcas

Entretanto, a 1.200 km de Venecia, en la ciudad de Vitoria, se espera otro milagro parecido. Aquí no hay tetrarcas, sólo triarcas, porque el Gobierno es tripartito. Pues bien, los pérfidos Triarcas vascos, al agotar su mandato en funciones, se han conjurado para exprimir el presupuesto. Y aunque Patxi López no sea devoto creyente, si el cielo escucha el clamor de quienes sí lo son, tal vez tenga oportunidad de saludar a otro grupo petrificado, a su entrada en Ajuria Enea.