sábado, 14 de marzo de 2009

¿OTRA POLÍTICA LINGÜÍSTICA? (1)


Antonio Basagoiti lo ha dicho: «El PP es el que pone y quita al próximo Lehendakari.» No es sabio, ni siquiera sensato, pero queda blanco y migado.

Sólo que ese poder es efímero, si se agota en la investidura. A partir de ahí, todo dependerá de los pactos y de la lealtad en cumplirlos. Pero el mero hecho de tener en jaque la candidatura de Ibarretxe y la eventualidad de apearle de su Olimpo, es cosa seria.

Esa virtud que un puñado de votos tiene para derribar de un solo mandoble al hombre más poderoso de Euskadi –también su político más popular, según encuestas–, y transmutar en lendacari a un Francisco Javier López, figura grisácea sin icono social, debe de tener un precio y ventaja más duradera y enjundiosa que la autosatisfacción del deber cumplido.

En estas fechas, los analistas políticos hacen cábalas sobre la calidad y cantidad de la contrapartida. No hay razón para que un indocumentado como yo eche su cuerto a espadas con especulaciones que a nadie importan, y a mí menos. Pero hay algo que no necesita muchas luces para entenderse, y tiene su quid. Qué va a pasar con la política lingüística.

El Partido Popular ha dicho que una de sus exigencias de cambio se refiere a la política sobre el euskera. Concretemos. En campaña electoral se puede decir, por ejemplo, No a la imposición del vascuence, o Sí a la libertad laboral por encima de la barrera lingüística. Eslóganes, máximas, reclamo publicitario. Bien está para orientar, como los postes en los caminos, pero con eso solo no se llega a ninguna parte.

Las proclamas de los 'populares' hasta ahora sólo han dado a entender que la política lingüística del Tripartito ha sido mala y debe cesar. Lo que me gustaría saber –yo al menos lo ignoro– es si ese partido tiene ya diseñada una política diferente sobre el vascuence, o si no tienen política al respecto, porque no la estiman necesaria.

Esta segunda hipótesis –supresión de toda política sobre el euskera–haría que más de uno se rasgue las vestiduras o enarque las cejas: «¡Cómo, que…! ¡Alguna política habrá que hacer!»

1. Unos dirán: «Si no queremos que el euskera desaparezca, hay que ayudarle. Evítese, eso sí, la imposición, el trágala, el atropello de derechos ciudadanos tan elementales como el acceso a la bolsa de trabajo. Nada de 'talibanismo', acoso o apremio, que hasta los del buen Kontseilu desaconsejan, por ser contraproducente…»

2. Otros lo verán así: «Hasta ahora se ha aplicado una política euskaldunizante in crescendo y con moto, diseñada en y para el proyecto de construcción nacional. Esta es la madre del cordero: el particularismo nacionalista, que explota el tema lingüístico para sus interesas. Una nueva política lingüística debe sanear el aspecto cultural de la lengua, purgándolo de ganga abertzale. Sobre todo en la escuela, donde la euskaldunización va impregnada de adoctrinamiento.»

Sería demasiado simplista por mi parte identificar la postura (1) con el PSE y la (2) con el PP, aunque algo de eso hay. De hecho, el Consejero de Educación Tontxu Campos ha defendido su política como continuación mejorada de la que implantó su antecesor socialista Recalde. Tampoco se observa en el PSE nada que indique voluntad de ir más allá de cierta desaceleración del proceso euskaldunizador, nada parecido a un frenazo o retroceso. No me extrañaría oírles decir que también ellos continúan y mejoran a Campos.

Por el contrario, el PP concentra en sí lo que los nacionalistas estigmatizan como 'odio al euskera'. Un odio que, reducido a escala semántica aceptable, se queda en mero antagonismo político, nada que ver con la lengua, ni con lo vasco. Cosa normal en democracia, aunque aquí, a un hombre tan mesurado y enemigo del insulto como se proclama Ibarretxe, le ha inspirado referirse al Partido Popular como «lo peor de este País» y «el mayor problema de Euskadi».

Obviamente, quienes están por la euskaldunización, siquiera moderada, esos necesitan concretar una política lingüística acorde con sus objetivos y tempo. Y ese creo que es el caso del socialismo vasco en general, que parece tener asumido que la Comunidad Autónoma Vasca, mediante un proceso de euskaldunización cultural, debe avanzar en el bilingüismo. Ello pide alguna política al respecto.

Política cultural que también puede interesar a gentes contrarias a la construcción nacional y a la euskaldunización política abertzale. Gentes que pueden hallarse a gusto en la esfera 'popular'.

¿O sea que política lingüística tiene que haberla? *

No necesariamente. Tal como está la cosa, lo mejor para vivir todos en paz serían una buenas, y mejor largas, vacaciones politolingüísticas.

La cuestión del vascuence como 'lengua propia' se ha desmadrado:

1. El sofisma de la 'normalización lingüística' –en la trama de una 'normalización' a gusto y diseño del nacionalismo en exclusiva– ha generado tensión, malestar y rechazo.

2. El mito del vascuence como signo identificador de nuestro 'hecho diferencial' ha provocado una intoxicación masiva alucinógena con síntomas paranoides.

3. El dinero invertido en este campo –con desviación de fondos incluso al extrajero– ha creado un tejido más o menos profesional, un modus vivendi para mucha gente, a cuenta del euskera.

4. El pretexto de la 'lengua débil' (más aún, 'lengua oprimida') ha sido otra palanca de promoción, sin fijar algo tan racional como sería un término ad quem, una meta realista más concreta que el 'bilingüismo real', indefinido e indefinible.

Lo de síntomas paranoides no es metáfora:

Aquí están ocurriendo fenómenos nunca vistos en el mundo, porque la sociedad vasca no está sana. No es cuestión de ideales o de intereses. Eso sería poco o nada sin el terror.

Un experimento radical como el que se realiza en la educación, con anuencia aparente de las familias, es una novedad histórica que en el fondo resulta trágica.

Trágico que no excluye lo tragicómico. Aquí, para satisfacer a la minoría de vascohablantes, hay que producirles más vascohablantes y ponérselos a su entera disposición. Interlocutores que puedan escucharles, entenderles y, a ser posible, devolverles la conversación en su lengua propia, el vascuence. Algo así no se ha visto en ninguna parte del mundo.

Pero no acaba ahí el sainete. Los que al principio eran muy pocos, ahora son bastantes más, ya tienen con quién despacharse en la lengua propia. ¿Satisfecha su sed de interlocución? Al contrario. Protestan más, porque habiendo más euskaldunes, todavía sigue sonando mayormente el erdera.

El bilingüismo experimental logrado hasta ahora es impuesto. Oralmente, sólo se practica en las escuelas donde desde el preescolar funciona la consigna: «Behin bateko, euskaraz eta kitto!» El resto es bilingüismo gráfico: anuncios, letreros, formularios…, donde el usuario busca la información en castellano. Penoso; pero es lo que hay. En áreas mayoritarias la gente habla en castellano, y seguira haciéndolo. Sólo las paredes alrededor se expresan en vascuence.

Con ese panorama, basta con distanciarse un poco mentalmente, y Euskadi parece un manicomio.

Por estas y otras razones, veo defendible la propuesta. Desde el respeto y amor desinteresado a la lengua vasca, a la española, a todas las lenguas en general. Pero sobre todo, desde la consideración a la ciudadanía:

Déjennos en paz.

No a una política lingüística en Euskadi.

* Si alguien está pensando que aquí se ventila mantener o cerrar la Real Academia de la Lengua Vasca, por ejemplo, claro está que esa clase de política lingüística no entra en consideración. Me parece que, en el momento actual, por 'política lingüística' todos entendemos otra cosa.

viernes, 13 de marzo de 2009

AGRADECIMIENTO




Ayer tarde me fui a ver Gran Torino. A la vuelta, entro en este tabuco y advierto una anomalía en el contador de visitas. Por primera vez, un pico rompiendo la cansina línea de base.
Un fenómeno así tiene como explicación el reclamo (dicho en cursi, 'efecto llamada'). «Tiene que ser gente conocida. Argonautas.» Así era. Pussy Cat había fijado en cubierta de la Argos un pasquín de este tenor:
«Buenas tardes, amigos.
Ya sé que hay millones de blogs en el mundo, de todos los temas imaginables, de mas o menos interés, bueno, una maraña monumental.
Pero hay uno que merece la pena visitar, por su finezza cultural, la sensibilidad de su creador, sabedor de que despertará pocas pasiones por lo selecto de sus temas: Y es el blog de nuestro remero Belosticalle. Y aunque él mismo confiesa que su blog no es un blog, sino un lugar donde verter sus reflexiones, yo les recomiendo darse una vueltecita por allí, que les va a gustar: BELOSTICALLE
Mi primer impulso fue responder allí mismo dando las gracias. Sin embargo, me parece más apropiado y discreto hacerlo aquí.
Querida Pussy, ha sido un honor tenerle a usted como agente publicitaria. También una sorpresa, ver a tanta gente por este desván. No le digo que me halaga, porque mentiría. Pero tampoco me molesta, al contrario. Prefiero que mi rincón se haya visto al natural, destartalado y desamueblado, como es y será si dura, para que nadie se llame a engaño. Usted tampoco, Pussy.
Gracias por su intervención. Tiene usted palco de honor en mi teatrillo, pero sobre todo en mi afecto personal. Belosticalle.

martes, 10 de marzo de 2009

Pasquinadas



Pasquino Pasquillo se llamó en siglo xvi una estatua antigua de mármol mutilada, supuesto «Hércules», que en 1501 el cardenal Oliviero Carafa hizo arrimar al palacio Orsini (luego Braschi), en la llamada Plaza de los Libreros. Era paso obligado de la procesión académica de la Sapienza –la Universidad Romana– el día de San Marcos (25 de abril), con cuya ocasión la imagen se disfrazaba y convertía en estatua parlante, mediante letreros (pasquinadas) fijados al pedestal por los ingenios del momento, pero no en principio satíricos.
Reinando el papa Julio ii, a Pasquino se le asignó un 'secretario', profesor de la misma Universidad, encargado de recoger y editar los letreros. Así se hizo a partir de 1509, con un preámbulo donde se daba una explicación del nombre popular que ya tenía la locuaz estatua: por lo visto, enfrente de ella vivió un maestrillo que se llamaba así, 'Pascualillo'.
Como digo, el tal Pasquillo o Pasquín no tenía entonces la lengua afilada que luego le creció. En principio era un pedantuelo portavoz de ditirambos y elogios a la política papal, adulador de personalidades. Pero su vocación era la sátira mordaz, incisiva.
El sucesor de Julio, León x, fue un manirroto que en breve tiempo dilapidó la fortuna amasada por aquél, por lo que hizo dinero de todo lo vendible, cargos, dispensas, indulgencias… Cuando todavía joven, pero agotado de disfrutar de la vida, muere (1 de diciembre 1521) sin tiempo para recibir los auxilios espirituales, una pasquinada daba esta explicación:

Sacra sub extrema, si forte requiritis, hora
     cur Leo non potuit sumere? Vendiderat

Lo que traduzco así:

—¡Que ha muerto sin sacramentos
papa León! ¿Cómo ha sido?
—Ya los había vendido.

La sátira no siempre es comprendida, y menos agradecida por el poder, que tanto le debe. Por eso llama la atención que la célebre estatua parlante haya sobrevivido, más aún, que sus dictados formen parte de la Historia de los Papas. El peligro acechaba más bien a los poetas o a sus mercenarios que, al amparo de la noche, se deslizaban para dejar los versos que ponían voz a la estatua. De hecho, en ocasiones especiales la policía papal montaba guardia. El riesgo podía ir desde una bastonada, hasta la cárcel, pasando por una multa, rara vez llegándose a mayores.
Pues hablando de mayores, he aquí un caso, causa mayor en lo jurídico y escatológico juntamente, aunque no puede hablarse de pasquinada. El papa san Pío v (1566-1572), antiguo Gran Inquisidor y, en lo humano, ajeno al humorismo, adornó Roma con unas letrinas públicas más que convenientes. Alguien echó de menos la habitual inscripción dedicatoria, y puso esta a la entrada:

Papa Pius Quintus, ventres miseratus onustos,
    hocce cacatorium nobile fecit opus.

Aquí no necesita el lector mi servicio trujimanesco, para reír, como rieron los que acudían a aliviarse en aquel noble cagadero, obra de misericordia de un papa santo. Pero corte en seco la risa cuando sepa que, descubierto el autor –Nicolás Franco, satírico famoso rival de Pedro Aretino–, pagó la burla con la vida, por sentencia del Padre Santo*.
Como digo, Pasquín nada tuvo que ver en ello, lo que no quiere decir que no dejó también él bajas mortales. Con todo, en la Roma papal y eterna, mordaz y descreída, el propio Pasquino era un personaje indispensable que gozó de inmunidad hasta hoy. Más aún, halló competidor en otra estatua parlante, llamada Marforio; y pasando ambos personajes al género coloquial, han dejado piezas memorables.
Hoy en día, es imperdonable visitar Roma y dar el obligado paseo por Plaza Navona, sin dar un rodeo a la encrucijada inmediata, donde Pasquín, como un cínico más, vive a la intemperie.
El Pasquín, como estatua o como simple tablón, es una institución no siempre bien vista. Por eso la sátira ha tenido que buscarse otras salidas. La más ingeniosa y al mismo tiempo original, en mi opinión, es la del papelito que se deja caer con disimulo por donde pasa gente, para que alguien lo recoja y le dé curso.
Uno de estos papeles ha venido a mis manos, y tras comprobar que a nadie nombra ni con nadie se mete, mientras no descarto una posible intencionalidad satírica, lo pongo aquí para muestra del asunto que nos ocupa: la pasquinada.

                 El Gauchori

     ¿Quién es este que al alba pedalea
perdido, eses haciendo por el Bocho,
y con voz empapada en calimocho
va preguntando por Ajuria Enea?

     Luego se apea y de su pie cojea,
porque el callo le aprieta un treinta y ocho;
de Spock orejas, por nariz Pinocho,
no se adivina quién el tipo sea.

     Ya en Sabineche, recostado al muro,
entre bascas el hígado vomita,
que apesta a tripartito en escabeche.

     Y ábate, que saliendo del apuro,
«¡Pachi, las llaves, échamelas!», grita…
¡Coño, el ciclista! ¿Si será…? Sospeche.

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       *) Tal fue la versión para la anécdota. En realidad Niccolò Franco se vio implicado en  un proceso por difamación contra el aborrecido papa Carafa, Paulo IV –m. en 1559, bajo un chaparrón de pasquinadas–; proceso sobreseído bajo su sucesor, el Médicis Pío IV, y reactivado en el siguiente papado, de san Pío V, antiguo cliente de los Carafa.