martes, 30 de junio de 2015

La caza del Espejismo: mercaderes, astrónomos, anticuarios



Desde que Palmira cayó en manos del Estado Islámico, hace mes y medio, las noticias llegan con cuentagotas y muy confusas sobre lo que está ocurriendo allí. Últimamente se ha hablado de un par de monumentos volados con explosivos. Por experiencia, los más vulnerables al fanatismo inconoclasta de ISIS son los santuarios y las tumbas, focos de ‘idolatría’ (sic). Y algún escarmiento –lo dijimos– había que hacer.
Palmira la monumental es para sus conquistadores de hoy un refugio más seguro que la más segura fortaleza. Por eso instalaron sus reales en el corazón del yacimiento, utilizado como escudo arqueológico, a sabiendas de que el enemigo respetará lo que a ellos parece tenerles sin cuidado. Aunque tampoco es eso, pues conocen el valor de cualquier pieza vendible en el mercado, y lo mismo que se financian con la extorsión, no desdeñan el tráfico de antigüedades. El contrabando desde Siria se viene denunciando desde hace más de dos años, sin que cosas tales sean allí ninguna novedad, con tanta riqueza en descampado o confiada a custodios corruptos.
En estas circunstancias, una estrategia de combate moral que se me ocurre contra los desalmados es repasar la historia del redescubrimiento de aquel lugar maravilloso. La aventura de aquellos curiosos que nos devolvieron lo que el nuevo Califato nos vuelve a quitar para hacerlo añicos.

Ingleses tenían que ser. Todos hemos tenido una vez la idea de avanzar hacia el arco-iris hasta pasar por debajo. Pero eso fue porque éramos niños. Aquellos ingleses debía de ser como niños grandes, cuando se propusieron andar por el desierto hacia el Espejismo hasta cogerlo con las manos, recorrerlo, medirlo y llevárselo a casa como recuerdo, en forma de notas y dibujos.
Cuando el Espejismo se hizo Piedra
En 1678 Timothy Lanoy y Aaron Goodyear, dos negociantes ingleses de la Compañía de Levante con base en la factoría de Alepo (Siria), picados por los relatos fantásticos que corrían sobre las ruinas de Tadmor/Palmira en el Desierto, organizaron una excursión con otros colegas y compatriotas para comprobarlo. No era cosa fácil entonces. Aunque la distancia se cubría en cuatro a seis jornadas, los caminos eran inseguros, e impredecible la recepción a la llegada.
No eran los únicos ingleses en Alepo, «ciudad llena de ellos desde 1632 hasta 1745» [1]. Pero ningún otro al parecer se había interesado en probar puntería en el Gran Desierto, conformándose con los cotos de caza de la Factoría en Sagkha Jebbul, cerca de la ciudad. Como tampoco nadie más dio razón de la Gran Ruta Caravanera del Desierto. Las iniciativas siempre son de individuos; como el joven Timothy, hijo del cónsul Benjamin Lanoy, con su colega y amigo Aaron.
Otros 14 compatriotas se les juntaron, «16 ingleses en total», más los servidores y mulateros, hasta 40 personas. Alguno de los gentlemen se alistó, más que otra cosa, por darle gusto al gatillo, a pelo o a pluma. Bien entendido que cualquier alarde armado por el desierto era desaconsejable.
Salieron con mal pie, la madrugada del 18 de julio. El 23 por la mañana, ya cerca de su destino, tras un primer contacto con un espía árabe, les salen al encuentro dos embajadores de parte del emir Melkam, príncipe de Tadmor. Zalemas de cortesía y mensaje del emir: «Sois mis amigos, y mi país es todo vuestro». Malo.  
Total, que habiendo ellos pedido protección por escrito durante su viaje «de pura curiosidad por las ruinas antiguas y sus inscripciones», la respuesta igualmente escrita fue que, sabiendo ellos descifrarlas, bien podían ser buscadores de tesoros; y que siendo los primeros francos (europeos) que visitaban Tadmor, su curiosidad les hacía peligrosos. Lo cual tenía arreglo previo pago de una ‘compensación’ por valor de 2.000 dólares, a elegir eso o la muerte.
Finalmente el emir se conformó con una rebaja del 25 % –todo lo que se pudo juntar–, y vueltos los ingleses por donde habían venido, el 29 de julio por la mañana entraban en Alepo. El único trofeo de aquella triste caza fue el texto griego de una inscripción monumental que copiaron.  
En cuanto al pérfido Melkam, devolviendo a los ingleses con lo puesto había firmado su propia sentencia. El bajá de Alepo, que valoraba mucho a la Compañía, no tardó en deshacerse de aquel emir-bandido abusón, atravesado a medio camino en la ruta del Éufrates.
Trece años después, en 1691, aquellos valientes no han olvidado el proyecto. Al contrario, aquella breve vista de las ruinas les animó a tentar la suerte de nuevo, en condiciones algo más seguras, con salvoconducto del reyezuelo «Assyne rey de los Árabes». Además, esta vez contaban con un experto en cultura clásica y curioso de inscripciones: el Rev. William Halifax, capellán en la colonia británica, tal vez animador de la aventura. Partieron el día de San Miguel, 29 de septiembre, y el 4 de octubre se pusieron en su objetivo.
De esta visita de cuatro días, el clérigo envió a un amigo profesor de Astronomía en Oxford, con carta dedicatoria en latín, una relación que anduvo traspapelada, hasta que finalmente vio la luz en las Philosophical Transactions de la Royal Society de Londres. En el vol. 19 (1695-97), tras la «Relación sobre cierta Ana Taylor, niña muy extraordinaria de unos seis años de edad, que en rostro etc. era tan grande como una mujer adulta; y de lo que apareció en la disección de su cuerpo» (págs. 80-82), inmediatamente figura la Relación de un viaje de Alepo a Palmira en Siria» (págs. 83-110), del reverendo. Era nada menos que el primer informe escrito sobre la Palmira monumental, y la primera noticia de visu.
No sin cierto desorden, en el mismo volumen de la revista se publicaba Un extracto de los Diarios de ambos viajes [1678 y 1691] de los Comerciante Ingleses de la Factoría de Alepo a Tadmor, llamada antiguamente Palmira» (págs. 129-160), seguido de una Relación sobre el estado antiguo de Palmira con breves observaciones sobre las inscripciones encontradas allí» (págs. 160-165). Este último artículo tiene de notable la firma: E. Halley.
Edmond Halley (1656-1742) es hoy, para los concursos de televisión, un astrónomo, aunque su doctorado era en Leyes, y su cargo universitario en Oxford el de profesor de Geometría. Cargo perfectamente compatible con la Secretaría de la Royal Society, que desempeñaba cuando escribe su reseña palmirena complementaria de los viajes susodichos, con énfasis en la epigrafía griega. Vamos, que el matemático Halley disponía de una cultura bastante general. ¿Quién dijo que los sabios universales del Renacimiento se acababan con Leibniz (1646-1716)?
Como astrónomo aficionado, Halley pocos años después caería en cuenta de que los cometas observados en 1531, 1607 y 1682 eran uno mismo, que volvería a principios de 1759, y sigue volviendo, lo hemos visto en 1986. El prestigio milenario de los cometas como mensajeros celestes ad hoc quedó muy tocado por aquella indiscreción de Halley. La revolución mecánica del cosmos era imparable.
Acabamos de ver también cómo el reverendo Halifax dedicó su trabajo sobre inscripciones palmirenas a un astrónomo, y ahora es otro astrónomo-geómetra el que las comenta. No era casual que estos entendidos en cielo entendieran en calendarios, cronología y toponimia antigua, donde aparte de fechas y fechos se habla mucho de eclipses, cometas, novas  y otros fenómenos celestes. Halley era además un calculista fenomenal de longitudes y latitudes terráqueas, y le interesa saber, comparando sus resultados con los de los del árabe Albatén o Albategnio (Al-Battani, m. 929), si las diferencias en las tablas antiguas y modernas permiten deducir que el eje de la Tierra ha variado desde entonces.
Halley admite la conseja bíblica sobre el origen de Tadmor fundada por Salomón, y sigue la opinión de Josefo, que la identifica con la Palmira de los griegos. ¿Pero de qué griegos? El primero que habló de Palmira fue Plinio el Viejo, que por los años 70 de JC le dedicó esta breve entrada en su enciclopedia (Historia Natural, 5, 25):
«Palmira, ciudad notable por su situación, por las riquezas del suelo y sus aguas amenas, encierra sus campos en vasto entorno de arena, y como aislada de otros países por la naturaleza, a su propia suerte, entre los dos máximos imperios, el de los romanos y el de los partos: eterno quebradero de cabeza para unos y otros en discordia.»
Un oasis-isla en un mar de arena. Un paraíso que siempre tuvo algo de espejismo. Un sitio afortunado, a las distancias justas, a medio camino entre el Éufrates por el este y las grandes ciudades sirias, Émesa, Alepo, Damasco, en la ruta de la India abierta por Alejandro Magno.
Citada como Tadmor en documentos de Asiria y de Mari (II milenio a. de JC), así como en la Biblia, Palmira/Tadmor entra en la Historia el año 41 a. JC., al chocar Roma en su frente oriental con los Partos (el nuevo imperio Persa), pero no se somete hasta el año 14 de JC, bajo el emperador Tiberio, y eso con amplia autonomía. En este siglo I se produce la primera transformación de una estación caravanera en ciudad monumental, gracias al comercio y su posición, como resume muy bien Plinio.

“Vista de las Ruinas de Palmira, alias Tadmor, tomada hacia el Lado Meridional»
(Parto la panorámica en dos para que se aprecien mejor los detalles)

Los diarios de viaje publicados por la Royal Society, y en especial el grabado panorámico de Palmira, revelaron a la sociedad culta que el mito era real y valía la pena. Pero no se produjo una avalancha de exploradores, no digamos turistas. Las condiciones para viajar allá eran heroicas. Lo que si hubo fue una ola de comentarios con revisión de las fuentes antiguas.
   
        Una monografía a nombre de un tal Abednego Seller (1646?-1705): The Antiquities of Palmyra etc., Londres, 1696, se vendió muy bien y se tradujo por lo menos al alemán.

Y eso fue todo, o casi, por entonces; por un largo entonces. Tan largo, que invita a preguntar si el gran público se tomó muy en serio la famosa panorámica palmirena [2].
Los trabajos generados bajo aquel estímulo se centraron sobre todo en la crítica de aquel momento histórico del Imperio Romano en su choque con la gran potencia oriental de entonces, la Nueva Persia. Un choque donde Palmira pudo quedar aplastada y absorbida sin pena ni gloria. Sin embargo, contó con dos figuras de gran visión política: el rey Odenato y su viuda la reina regenta Zenobia. Todo ello destilado de fuentes tan turbias como la Historia Augusta, y tan confusas como los cronistas bizantinos. Dejémoslo así.
Y de pronto, la ‘palmiromanía’
Medio siglo después de los viajes de Lanoy, Goodyear y Halifax, y como fruto de medio mes de exploración febril in situ, sale a luz en francés y en inglés la primera obra arqueológica ilustrada sobre Palmira.
Uso la edición francesa: Les ruines de Palmyre, autrement dite Tedmor au Désert. Paris, 1819. La uso, e invito a usarla. No voy a detenerme en este álbum magnífico, pues lo único que me interesa es poner enlace directo a esa edición de F. Didot, para que los  lectores disfruten de sus láminas hojeando por sí mismos el libro que puso de moda la ‘palmiromanía’, en Arquitectura y Artes Decorativas.
Los emprendedores eran, una vez más, tres ingleses con gran experiencia viajera en el Grand Tour continental. Sus nombres: Robert Wood,  James Dawkins y el amigo de éste John Bouverie. Zarpan de Nápoles en mayo de 1750 para regresar allí mismo en junio de 1751. Un año, un mes y un día de viaje, en que se incluyó la visita a Palmira y otra también obligada a Baalbek. Por desgracia, Bouverie murió accidentalmente en Turquía (septiembre 1750), sin llegar a ‘descubrir’ la Maravilla del Desierto.
"Dawkins y Wood descubriendo las Ruinas de Palmira"
Óleo de G. Hamilton (1758)

Estos viajeron eran ya románticos de verdad que, por ejemplo, perciben la lectura de los clásicos de manera distinta si la hacen en los lugares de los relatos, contemplando los mismo paisajes bajo la misma luz y captando las mismas sensaciones que percibieron los personajes de historia o de ficción. Al menos, eso afirma Wood con todo candor en el  prefacio de la obra.
Sin embargo, su principal interés era arquitectónico. En este sentido su maestría salta a la vista. Cierto que se tomaron libertades reconstructivas, pero siempre con respeto, o siquiera con formalidad. Así por ejemplo, en la plancha 4: “Elevación de la gran entrada del patio del Templo”, explican:
«Se ha advertido (ver la explicación de la plancha precedente) que este pórtico ha sido destruido por los turcos. Aquí, sin autoridad alguna, se restablece el frontón; pero las columnas y su distribución particular se han copiado según el pórtico anterior (ver planchas 13 y 14).»
Por esos y otros detalles fueron objeto de críticas –hoy perdonadas–, mientras aquellas planchas desataban cierta epidemia y hasta furor, que podríamos llamar ‘palmiromaníaco’ para las incidencias más graves. A propósito, veo citado el elegante Palacio de Wörlitz, obra neoclásica de F. W. von Erdmannsdorf, aunque no veo mención de Palmira en la wiki-biografia del arquitecto.





Ahora sí. Palmira y Baalbek van a formar la pareja estrella del turismo en Siria, hasta que para formar la indispensable Tríada Siríaca –creo que estoy a punto de escribir una tontería– se les une San Simeón Estilita, aunque sólo tenga en común la grandiosidad.



Sobre estas ruinas venerables, en especial las dos primeras, caerá luego un diluvio de textos declamatorios filosófico-románticos, que nosotros dejaremos pasar hasta que escampe, repasando las láminas del W&D, comparándolas con fotos actuales.
En particular pongo aquí su panorámica, para comparación con aquella primera de la Royal Society. Salta a la vista la impresión de que el reverendo Halifax y compañía vieron demasiadas columnas en pie. Esto decepcionó e incluso irritó a más de un viajero, tal vez harto de la molestia. Así el Honorable Charles L. Irby y James Mangles, comandantes de la Royal Navy, que visitaron Palmira en 1818. 
Tras reconocer la innegable impresión del conjunto visto desde las torres funerarias, comentaba Mangles que los dibujos de W&D hacen demasiada justicia a unos restos arquitectónicos de baja calidad dispersos por un cementerio de ruinas sin títere con cabeza. ¡Encima, los árabes siempre ávidos de lucro les sacaron por la entrada 600 piastras! Y a dar gracias, porque aquellos jeques convertían con la mayor facilidad su hospitalidad en secuestro con fuerte rescate.


W&D, Pl. 19. Artesonado monolítico de mármol con plafón zodiacal
Por supuesto, en el álbum de visitas palmireno no todos los comentarios eran así de negativos. Gente mejor atendida, seguramente. En particular, por aquellas fechas, reinaba en Siria una Zenobia a lo moderno: dama disfrazada de hombre, sin escándalo de los árabes que la saludaban como la ‘Malike’ (la Reina), precisamente por su extravagancia ...
Han acertado. Estamos a punto de conocer a Lady Hester Stanhope. Visitante gozosa de Palmira, y monumento ella misma visitable, de carne y hueso. Pero no son horas, y ya vamos pasados de kilobites, así que para próxima lo dejo.
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[1] D. Carruthers, The Desert Route to India. Asian Educational Services, 1929, pág. xxv.
[2] Las Philosophical Transactions se reimprimieron, en entero y en abreviado. También otras revistas reprodujeron aquellos primeros apuntes de viaje. Sin ánimo bibliográfico, y sólo para dar idea de cómo circularon estas noticias en sus fuentes primarias, como es la línea de esta bitácora, enlazo esta edición de 1722: The Philosophical Transactions of the Royal Society of London ..., 3ª ed., Volumen 3, London, 1722.
Cap. 2 (Cronología, Historia, Antigüedades), XL. 1. A Voyage of some English Merchants a Aleppo to Tadmor; by Mr. Timothy Lanoy, and Mr. Aaron Goodyear, 489. 2. A second Voyage to Tadmor; by . . . communicated by Mr. Tim. Lanoy, and Mr. Aaron Goodyear, 492. 3. An account of Tadmor; by Mr. Will. Hallifax, 503. 4. Remarcks on these Antiquities; by Mr. Edm. Halley, 518. Sigue: XLI. An Inscription in the Language of the Palmyreni; by Mr. Octavian Pulleyn, 526.

[3] Ch. L. Irby, J. Mangles, Travels in Egypt and Nubia, Syria, and Asia Minor; during the years 1817 & 1818. London, 1823, págs. 267 y sigs.


miércoles, 24 de junio de 2015

“Parla, cane!”



La última semana han sido noticia las exhibiciones de Gure Esku Dago (GED), con su mantra ibarrecheano de «nuestro derecho a decidir». No sé si esta plataforma está declarada de utilidad pública, pero como si lo fuese: la TV vasca se ha volcado en el proyecto que tienen diseñado para nosotros, para que podamos al fin ser auténticos demócratas, con la ranura de una urna como ‘bocca della verità’. Coincidencia, que el que fue director del ente público, Andoni Ortuzar, ha sido uno de los burukides jelkides (valientes palabras, vive Dios) señalados por unirse a título personal a EH Bildu en el apoyo a la iniciativa:
No es una reivindicación nacionalista, sino democrática.
El miércoles pasado, en ‘El Dilema’  que dirige Juan Carlos Etxeberria, se eligió el documental, mejor dicho publi-reportaje ‘Jostunak’, producido por GED, como preámbulo de debate sobre ‘¿Quién decide qué?’. O si se prefiere, como pretexto para hacer propaganda de los autos sacramentales a desarrollar días más tarde, el domingo 21 en «las cinco capitales vascas» (sic).
El espacio incluía una entrevista de lo más llevadera, a la portavoz de GED, Zelai Nikolas. Baste con señalar la pregunta más comprometida:
– ¿Nos podría aproximar cuánto costó el montaje de la cadena humana, el año pasado, entre Durango y Pamplona, y cómo se financia todo ello, incluido el vídeo?
– Celebro que me haga esa pregunta. Yo no puedo hacer esa aproximación, porque no es mi competencia –vino a decir la interpelada, para sostener luego con desparpajo que todo sale exclusivamente de los bolsillos y la entrega personal de los voluntarios. Al parecer, los programas de una televisión pública puesta al servicio de particulares salen gratis al contribuyente. Los estadios se ocupan por la cara, los artistas y equipos trabajan de balde. Y ‘Jostunak’, todo un alarde técnico, ¿tampoco ha merecido una subvención pública?
Por el hilo al ovillo
El publi-reportaje ‘Jostunak’ (Costureros/as) lleva por subtítulo ‘Cuando la voluntad es el hilo’. Siempre en el lenguaje simbólico y gestual de los viejos profetas bíblicos, tan caro a la pedagogía batasunera, esta vez la metáfora ha pasado por la ocurrencia de hilvanar miles de retazos multicolores, hasta formar con las bandas de tela unas urnas simbólicas, donde se entiende que entramos todos.
La Sra. Nikolas se presenta como portavoz de Gure Esku. Un título, ‘portavoz’, que francamente sabe a poco: una forma discreta de camuflar responsabilidades muy altas de esta abogada del Gobierno Vasco, en un movimiento de empuje y calado.
Camuflaje. Aquí nada es lo que parece, y de hecho ni siquiera parece lo que se muestra. Las puestas en escena recuerdan los mejores tiempos de Herri Batasuna, en los años de plomo, cuando todo eran colorines para despistar, y hasta las ikurriñas se disfrazaban de arco iris.
Cada cual elige su estrategia. Justo cuando el líder del PSOE, Pedro Sánchez, utiliza como telón de fondo una gran bandera rojigualda, los escenógrafos de GED reducen al mínimo la visibilidad de la tricolor sabiniana. Por lo que explica la portavoz, se trata de representar juntas todas las sensibilidades de este país variopinto, donde unos son de la ikurriña, otros de la ‘española’ en sus dos versiones, ‘españolaza’ y ‘republicana’, algunos hacen a dos o, en fin, pasan de banderas.
¿Convincente? Por supuesto que no. Fuera de ese detalle, la parafernalia ha sido de folclore y seudo folclore vasco –lo ‘nuestro’, para entendernos–, disfrazados todos y todas, como en la novela pastoril, de los rústicos que nunca fueron.
Entre tanto colorín, no podían faltar los payasos de plantilla y nómina, clones beneméritos que tanto han hecho por el amasado y modelado patriótico de la infancia. Me abstengo de nombrarlos, recordando el comportamiento infame de una de ellos (marzo 2001), concejala de Lasarte-Oria por HB  –como sustituta de su colega de partido y de pista–, cuando ETA asesinó a Froilán Elexpe, igualmente concejal del mismo ayuntamiento.
La presencia de estos artistas invita a meditar sobre otro aspecto del camuflaje. Éste más sórdido, por implicar a la población infantil en actos que son exclusivos de adultos. Porque el protagonismo de toda esta fábula lo lleva una urna, en una consulta política. ¿Qué pintan los niños en esto? Pues ahí lo tienen. La portavoz Dª Zelai, para leer en el estadio de San Mamés una soflama política, va y se arropa en un círculo de menores. Y en el de Anoeta, la mascarada culminó cuando el mistagogo abusa literalmente de dos criaturas. Entregándoles un gran sobre electoral –orlado de negro (¡?), como las cartas de pésame y luto–, les llevó de la mano al centro del campo, y allí les obligó a meterlo por la ranura de una urna fingida. Pedofilia política. Pobre Juvenal, con aquello de que «maxima debetur puero reverentia».

Y es que esa obscenidad aquí ya ni se nota. Para la Sra. Nikolas, «las ikastolas, como las cooperativas, son herramientas y vías  para desarrollar la independencia material, previa a la consecución del estado formal». Eso sí, «aunando consensos». Como quien ata moscas por el rabo.
Otro aspecto más de fondo del camuflaje era la supuesta pluralidad ideológica de un público espontáneo, participativo. Espontaneidad desmentida por el rígido guión y programa del espectáculo. Tanta aldeana e hilandera, tanto pescador y pastor, la cencerrada pirenaica de importación, la estridencia del viejo chistu mal avenido con la novísima chalaparta, todo ello y más sólo quería reflejar la pluralidad del pueblo vasco. Cada cual hijo de su padre y su madre, pero todos de acuerdo en obedecer la consigna del líder natural: la Izquierda Abertzale en su quintaesencia guipuzcoana. Todos a votar. ¿Votar qué? Votar. Con eso basta para darles el gusto de marcar tiempos y etapas.
¿A quién engaña la farsa? Aquí, a nadie. El destinatario del sainete no es el País Vasco, ni España. Es Europa y el Mundo. Que se nos vea como  pueblo festivo, pueblo en paz consigo mismo, que sólo reclama de los gobiernos prepotentes de Madrid y París un respeto de mínimos. ¿Independencia? A su debido tiempo.
Ahora bien, la gran consulta formal se anuncia precedida de pequeños ensayos puntuales. ¿Dónde? No seamos malpensados, si da la casualidad de que esos simulacros de plebiscito se van a celebrar en el Goyerri profundo, más algunos ayuntamientos de Vizcaya en manos de Bildu. Es decir, donde campa la minoría favorable a la secesión. Casualidad, sí, porque por ahora la consulta no va de independencia, aunque eso está por ver.
El meollo de la cuestión es la pregunta. ¿Qué se desea averiguar, concretamente? «Eso se decidirá por acuerdo entre todos», dice la portavoz Nikolas como si lo creyera ella misma.  No lo que guisen para nosotros los políticos, sino lo que nosotros el pueblo decidamos que queremos decidir. La maniobra de camuflaje pasa por fingir que detrás del desafío a la Constitución vigente no hay partidos nacionalistas, sino un ramillete de ciudadanía atado con un hilo: la voluntad de decidir incluso por encima de la Ley. Pero basta con tirar del hilo para llegar a la madeja.
La estatua en el mármol
Más parábola. En el vídeo de las costuras sale un personaje por mérito propio. El ex lendacari y profesor  Ibarretxe, que del bracete de Sortu (Izquierda Abertzale) reaparecía, reciclado en adivino:
Soplan vientos a favor del derecho a decidir en el mundo.
Tras esta vaciedad de precalentamiento y algunas más, vendrá el oráculo propiamente dicho (abril de 2015):
– Si no se reconoce el derecho a decidir de vascos y catalanes, habrá proclamaciones unilaterales de independencia. En todo caso, para el año 2030 habrá nuevos estados independientes en el mundo. Entre ellos, Euskadi.
El año 2030 es el término ad quem del vaticinio. Podría ocurrir antes. Aun así, no me hago ilusiones de llegar a verlo, y por tanto no va conmigo. A menos que España se embarque pronto en una reconstrucción federal, porque entonces sí, la voladura del barco podría adelantarse hasta mis días.
Ibarretxe cuando pontifica tiene gesto ampuloso de demiurgo, y así no le es ajena la metáfora de la escultura. Por ejemplo, a cuento de la «identidad nacional»:
Como dijo Miguel Ángel, «las estatuas están ya en el mármol, sólo hay que sacarlas de allí».  Nuestro pueblo está ahí, esperándonos. Esperando a que nosotros hagamos que tome en sus manos su destino.
No sé si la cita es auténtica o apócrifa. La he buscado en la extensa biografía de Miguel Ángel por el Vasari, sin encontrarla. En todo caso, la idea es muy anterior al citado. Tanto la filosofía escolástica como la árabe y la india ya especularon sobre infinitas estatuas dentro de la materia, o sobre infinitas figuras en el espacio.
Lo chocante de la cita es lo mal traída. El Moisés de Miguel Ángel no estaba en el mármol del mismo modo que el Pueblo de Juanjo Ibarreche está encorsetado en España. El Moisés era criatura del escultor, que desbastando la piedra materializaba su propia idea. El Pueblo Vasco se supone que «está ahí», sin más intervención de Ibarretxe que la de  partero. De todos modos, resulta cómico eso de que «está esperándonos, esperando a que nosotros»  etc.
Incongruente es así mismo que Ibarretxe añada, en el mismo contexto paritorio:
Lo que no sabemos es la opinión de la sociedad vasca.
Pues sí que es buena. ¿Su opinión, sobre qué? ¿Sobre su propio ser e identidad? ¡Pero si el feto a término «está ahí»! ¿O bien, sobre si desea o no salir a luz? ¡Pero si «nos está esperando»! A Ibarretxe le traiciona el berrinche por el fracaso de su plan, hace una década, y quiere ver realizada como sea la consulta que no le dejaron hacer:
Pregunten ustedes a la sociedad vasca, para que con total tranquilidad se pronuncie.
¿Y si esa sociedad no está por la labor? ¿Quién interpreta los silencios? ¿Quién gestiona los resultados? Pero sobre todo, ¿quién decide a priori el «ámbito de decisión» de una sociedad o pueblo totalmente libre?
Pregunten ustedes...
Volviendo a Miguel Ángel, la leyenda improbable dice que, extraído del bloque de Carrara, su Moisés permanecía mudo como una estatua, porque era una estatua. Aquel silencio irritó al maestro, que hecho un demiurgo, con el mazo le arreó un golpe en la rodilla, gritándole: «¡Habla, perro!» (Parla, cane!).
El Señor nos libre. Conociendo la obstinación de mis paisanos y la desidia de los gobiernos centrales, no dudo que la consulta se hará, más pronto que tarde. Y lo siento por los que, sin ser separatistas, tomen parte en ella. Si no sale a la primera, se repetirá cuantas veces sea preciso, por fas o por nefas, hasta que salga lo que tiene que salir. Hasta que el perro hable.