domingo, 16 de agosto de 2015

Hester Stanhope, la Reina Loca del Desierto


Lady Hester Stanhope

«Pasamos la Montaña Blanca que domina la llanura arenosa al oeste de Palmira. Una vez atravesada, aguzamos la vista para divisar las ruinas, cuando una tropa de jinetes envueltos en nubes de polvo vino a galope a nosotros, a tambores batientes y colores al viento. Eran los palmirenos, que informados de que la Señora se acercaba habían salido a darle la bienvenida...
Nada más alcanzarnos, se representó ante nosotros un simulacro de ataque y defensa de un caravana en el desierto, entre aquéllos y los beduinos. Cada bando, ansioso de distinguirse a los ojos de la Princesa inglesa, dispuesta a premiar  a los más hábiles, luchó con furia inconcebible. Muchos y fieros golpes alcanzaron a los infelices de a pie de las lanzas de los jinetes árabes, pero en cambio también éstos recibieron pedradas de los de Palmira. Algunos eran desnudados y expoliados, y no hay valet de chambre inglés capaz de desvestir a su señor más deprisa que un beduino a su enemigo.
Esto se alargó hasta que entramos en el Valle de las Tumbas, cuando el espectáculo que se nos abrió no dejaba lugar para otros pensamientos. Mausoleos, columnatas, arcos, templos –¡todo surgió en desorden ante nuestros ojos, llenando el alma de admiración y deleite!
Fuimos conducidos por la larga avenida de columnas que termina en un hermoso arco triunfal. Cada columna, a derecha e izquierda, a la altura de unos seis pies desde el suelo, tiene un pedestal –lo que los arquitectos llaman, creo, consola. Encima de cada una hay una inscripción en griego o palmireno, y cada consola sostuvo una estatua, de lo que no quedan más vestigios que las marcas de los hierros para sujetar los pies.
En estos pedestales, ya a punto de llegar al Arco de Triunfo, se habían plantado las muchachas más bonitas del lugar, elegidas a propósito, sosteniendo guirnaldas en sus manos, en las posturas más graciosas, sus formas elegantes apenas ocultas por una simple túnica suelta, ceñida a los pechos con una cinta.
A cada lado del Arco, otras chicas no menos atractivas se disponían en grupos de a tres, mientras seis de ellas en hilera se atravesaban en la puerta, portando tirsos en sus manos.
Mientras su Señoría avanzaba, las estatuas vivientes permanecieron inmóviles en sus pedestales. Cuando hubo pasado, todas saltaron al suelo y formaron a su lado un cortejo  danzante. Cuando finalmente llegó bajo el Arco de Triunfo, todas se juntaron en corro, y allí mezcladas con los hombres bailaban,  entre cantos alternos en su honor, respondiendo el público a coro…
Desde la columnata hasta el Templo del Sol la distancia es de un cuarto de milla. Dos hileras de espectadores flanqueaban el recorrido de Lady Hester, camino de la choza de barro preparada para recibirla en el ángulo noroeste del templo.»



Esta es la descripción del recibimiento tributado por las gentes de Palmira a Lady Hester Stanhope. La primera mujer europea que visitaba las ya famosas ruinas, haciéndolo en aparato principesco que asombró al mundo, y en parte sigue siendo un enigma.
La comitiva, con anuencia de la ex Sublime Puerta y bajo protección de un emir árabe beduino prácticamente autónomo, había partido  de la ciudad siria de Hama una semana antes, el 19 de marzo de 1813. Para situarnos en el tiempo: justo el primer aniversario de ‘La Pepa’, la Constitución Española de Cádiz.
El hecho era más que insólito, inaudito. Porque la turista no sólo era una dama europea particular, sino que viajaba vestida de hombre a la turca –entiéndase, no ‘a la turca’ convencional entre europeos de entonces, demasiado influidos por la opereta– montando a horcajadas femeninas, con estilo inglés impecable, en una pose mayestática que hizo creer a aquella gente lo increíble. Que, en efecto, era ‘la Princesa hija del Rey de Inglaterra’, que venía en visita de reconocimiento previo a su matrimonio con algún jeque entre los más poderosos, sin duda para tomar luego posesión de la ciudad y devolverla al esplendor que tuvo bajo la reina Zenobia.
Desde entonces Lady Hester fue conocida como ‘la Reina de Tadmor’ (el nombre árabe de Palmira). No conozco testimonio gráfico de la ceremonia. Años después aparecerá por allí la auténtica Princesa de Gales, y Lady Hester evitará el encuentro.
¿Cómo enjuiciar hoy, a dos siglos de distancia, aquel caso irrepetible? ¿Qué sentido se puede atribuir a aquel montaje teatral? ¿Tuvo alguna trascendencia política para el largo ocaso del Imperio Turco o para la expansión del imperialismo inglés y francés por el Oriente Próximo? La carrera de Hester Stanhope hace recordar a Lawrence de Arabia, sólo que con un siglo de adelanto.
Sin embargo, una cuestión previa es si la descripción que acabamos de leer se ajusta a la realidad, o si hay algo de montaje y artificio.
El folclore árabe tiene recursos para organizar festivales vistosos y ruidosos, pero a su manera, con su estética propia. Las escaramuzas, por ejemplo. También danzas, pero nada que ver con cohortes de doncellitas ataviadas con leves túnicas ceñidas al pecho, estilo imperio, portando guirnaldas y tirsos, simulando estatuas a l’antica, reconstruyendo una ambientación grecorromana según programa ‘pompeyano’. No cuadra.
Los viajeros propiamente dichos eran 15 personas. Los preparativos fueron largos y minuciosos en Damasco –seis semanas, según los textos, pero esto se refiere a los aprestos inmediatos para un proyecto anunciado mucho antes a todos los vientos.  El eco de los rumores se amplificaba por sí solo, generando expectativas fantásticas.
Ni siquiera faltó el ingrediente mágico, propalado por la propia heroína. Lady Hester en su entrada, y después en sus muy concurridas visitas a las ruinas, consultaba aquí y allá un valiente libro lleno de figuras.
Aquel libro era el álbum de láminas de Dawkins y Wood, que ya conocemos, donde la turista iba comprobando la verdad de lo que muchos tenían por fantástico [1]. Para su público, se trataba de una guía de tesoros ocultos, siendo ella misma la zahorí capaz de descubrirlos. Era la consagración suprema, ante aquella gente. Si por azar la ‘Reina’ hubiese hecho alguna demostración de hallazgo, habría sido la apoteosis. Pero aun sin eso, para la imaginación popular quedó como que los veía, los tesoros, guardando para sí el secreto.Porque, además del libro, también llevaba consigo una bolsita con no sé qué hierba capaz de convertir las piedras antiguas en oro.  El beduino siempre tan idealista, tan soñador, tan romántico.
Y para remate, la proyección profético-mesiánica de alcance político. Porque ya años atrás, en Inglaterra, un tal Richard Brothers la había reconocido como ‘Reina de Jerusalén’, predestinada para guiar al pueblo elegido no se dice a dónde, tal vez a una empresa sionista anticipada. A aquella profecía seguirán otras, que Lady Hester asume con la misma credulidad que prestaba, o afectaba prestar a los influjos astrales y la percepción extrasensorial.
En fin, otro recurso de la Stanhope era atribuirse estirpe árabe regia, sin excluir posible sangre de Mahoma. Cualquier genealogista árabe podía desmontar tales pretensiones, pero la verdad es que hacían efecto incluso entre los jerarcas turcos y árabes, y eso es lo que cuenta.
Uno del séquito de Lady Hester era su joven cuasi amante Michael Bruce, aunque ya entonces la relación estaba en quiebra. En serio o medio en broma, Bruce se franqueaba por carta hablando de ella como «nueva Zenobia», recogiendo la fantasía de una restauración de Palmira como capital de nueva dinastía:

«Tal vez ella se case con Ibn Saud, el gran jefe de los wahabíes. No parece un tipo amable, pero supeditando el amor a la ambición, ambos pueden juntar sus brazos y provocar una gran revolución religiosa y política, sacudiendo el trono del sultán hasta su mismo centro» [2].
El médico en el harén
Todavía no he dicho que el relato de la entrada grandiosa de la ‘Reina de Tadmor’ en su corte imaginada es obra del Dr. Lewis Meryon, el joven médico personal contratado por Lady Stanhope, el cual para la ocasión se convertía en su factótum preparando el terreno. El doctor con su maletín de remedios se movía con la ventaja propia de médico europeo, entre gente siempre dispuesta a utilizar sus servicios, empezando por los señores del país. De este modo servía también a su patrona, que aparte de repartir presentes a diestro y siniestro también prestaba su médico a quien convenía.
Meryon había ido por delante a Palmira, deteniéndose allí una semana, suficiente para negociar el espectáculo y montar el escenario. No digo que el médico improvisó el guión, no iba con su imaginativa nada sobrada, ni con su temperamento. Mi hipótesis de trabajo es que en esto se limitó a cumplir las instrucciones emanadas de Miladi, que ella sí se bastaba y sobraba para decidir hasta el último detalle cómo deseaba ser acogida en sus días triunfales.
El plan de Lady Hester era quedarse una semana, aprovechando que hasta la turbulencia ordinaria del Desierto se sosegó, como en atención a la visita. Y algo de eso hubo, de modo que aquello fue como un Paz Augusta en pequeño y en precario. Así la heroína de la fiesta se dedicó a visitar monumentos, con una soltura y acrobacia que a todos dejó maravillados. A todos, menos a su médico, que conocía bien el temple de aquella mujer, por lo demás enferma crónica. Lo que se dice una mala salud de hierro.
Pero aquello duró poco. Lo que tardó en vaciarse el saco de los regalos.  A partir de ahí, todo fueron pegas por parte del hijo del emir, Nasar, siempre anunciando el ataque de tribus enemigas, siempre metiendo prisas, como huyendo de un ejército invisible. En realidad, para llegar cuanto antes a Hama y cobrar la otra mitad del precio total convenido. La verdad, hubo mucha suerte con el padre de Nasar, que adoptó hacia la dama inglesa una actitud paternal. El joven explorador suizo Jean Luois Burckhardt (‘Jeque Ibrahim’, 1784-1817), al que ella había conocido en Nazareth (1812), pudo explicarle por experiencia propia qué confianza merecían, incluso bien pagados, aquellos ‘protectores’ del Desierto. Bien es verdad que ella tampoco le habría hecho el menor caso, pues el examen fisiognómico –para Lady Hester infalible e irreformable–, fue desfavorable al compatriota de Lavater.
¿Quién era Hester Stanhope?
Una aristócrata inglesa. Hija de Charles III Conde Stanhope y antes Lord Mahon (1753-1816), descendiente directo de Thomas Pitt el Duro (‘Diamond’ Pitt, 1653-1726) y casado con Lady Hester Pitt (1755-1780), hermana de William Pitt, Jr. (1759-1806), Primer Lord del Tesoro.
Lady Hester Lucy Stanhope (1776-1839) nace unos meses antes de la ‘Declaración de Independencia’ de los EE. UU. de América y muere faltando dos para el ‘Abrazo de Vergara’, que puso fin a la I Guerra Carlista.
La mayor de tres hermanas, huérfanas de madre cuando Hester tenía cuatro años. Apenas seis meses de luto, y el padre las dota de una madrastra prima de la difunta. Buena mujer, doña Luisa, que incrementó la familia con tres hermanastros, ocupado el resto de su tiempo entre la peluquería por la mañana y el club o el teatro lírico por las tardes.
Lord Stanhope fue un personaje entregado a la política en lo público, y en lo privado a sus experimentos e inventos polifacéticos, que apenas le dejaban tiempo para sentarse a la mesa en familia.
Empecemos por los inventos. En su tiempo se señalaron sus largos trabajos sobre navegación a vapor. Presentados al Almirantazgo, se lo tomaron a broma. Flemático por una sola vez, replicó: «Algunos de sus Señorías aquí sentados verán buques de vapor cruzando el Atlántico». La carcajada se oyó en América. Sin embargo, por solos dos años no lo vio él mismo, pues el primer transatlántico de vapor zarpó en 1818. Dicho sea por si sirve de consuelo en España, donde Monturiol y Peral no tuvieron mejor acogida para su navegación submarina.
También inventó una prensa de imprimir innovadora, un afinador de instrumentos musicales, un procedimiento para repeler el rayo de los edificios, otra para hacerlos incombustibles, etc. etc.
Sin embargo, hoy interesan más sus ensayos de lógica mecanizada, con su famoso ‘Demonstrator’ en varias versiones sobre el papel; rudimentario pero meritoso anticipo de las máquinas diferenciales y analíticas de Babbage, no más útiles en su momento que el artilugio Stanhope.
El ‘Demostrador’ se llamó así porque ponía en evidencia los ‘sofismas’. Hoy mola más decir ‘errores lógicos’, pero ‘sofismas’ estaba bien; porque para mí que Stanhope diseñó su máquina para que presidiera las sesiones de aquella alta escuela de sofística conocida como el Parlamento británico. A lo mejor un día le dedicamos un artículo al lord y su chisme, vale la pena.
En lo político, el joven Charles Stanhope, entonces Lord Mahon, navegó a contracorriente. Educado en Ginebra (algunos le creyeron nacido allí), defendió la Independencia Americana y los ideales de la Revolución Francesa, mereciendo el apodo de ‘Citoyen Charles’.
Consecuente consigo, cuando su segunda mujer se quejó de que el coche que usaba para su vida social en Londres estaba destartalado, él lo hizo reparar, pero aprovechó para quitarle el escudo nobiliario, con harto dolor de Lady Luisa. Ciudadano Carlos fue un apóstol de la libertad en el mundo, menos en su propia casa, que gobernó como un autócrata. Autócrata en la sombra, por así decirlo, pues abstraído en su gabinete experimental veía poco a los suyos y ni siquiera conocía bien a la servidumbre. Conviene decirlo, por lo que pudo influir o explicar la personalidad futura de la hija mayor.
El trato paterno llegó a ser insoportable para las dos hijas menores, que no desaprovecharon la ocasión de emanciparse, igual que los hijos del segundo matrimonio. Finalmente también la preferida, Hester, le dejó para irse a vivir a casa de tío William Pitt, al que sirvió de secretaria. Una etapa brillante para la señorita, nada culta pero muy despierta de suyo y muy sarcástica, que de la mano del gran político aprende el trato con gente variopinta. Auténtica reina de Downing Street, aquella carrera de mundo se truncó de pronto en 1806, con la muerte de Pitt, quedando Hester desorientada y hundida en la neurastenia, enferma somática de por vida.
Desde aquello, la joven empieza a desarrollar aversión a la sociedad aristocrática inglesa, la suya. Quedaba el recurso del matrimonio, y en efecto, se sabe de varios planes y flirteos; pero por alguna razón, «sus asuntos amorosos siempre se truncan de modo extraño» [3].

“Un mujer muy masculina”
La inclinación heterosexual de Hester Stanhope no parece dudosa a primera vista, aunque con rasgos anómalos que la dejan algo en suspenso. El más llamativo, su obstinación en vestirse de hombre desde que se instala en Levante. Pero tal vez más significativo su desprecio a las de su sexo, siempre mortificando a las damas inglesas de su condición social. ¿Odio a la madrastra? No necesariamente.
«Una mujer muy masculina, que dice mejor vivir con caballerías de carga que con mujeres… Me parece persona violenta, perentoria»: eso  escribió de ella alguien que la conoció en Malta (1810), cuando la Stanhope se entendía con Bruce. También llamó la atención que fijara su residencia de soltera en la isla en compañía de dos varones solteros; y esto lo decía uno de ellos, su médico personal Dr. Meryon, que se llevaba fatal con el otro, Mr. Bruce. Lady Hester se ponía el mundo por montera.
Es curiosa la condición implícita de celibato que impuso a toda su servidumbre en su ‘corte’ particular libanesa. Quien  decidía casarse era despedido incluso con regalo de boda. Alguna vez miladi estalló en cólera al descubrir la relación de un pareja dentro de su casa. Tal vez fuera esa una razón de que criados y criadas se le iban a menudo, sólo para volver luego a llamar a su puerta.  
Cuando su imprescindible Dr. Meryon vuelve a Levante casado, y hasta se atreve a llevar consigo a su esposa,  Lady Hester se molesta, se niega a recibirla o la recibe sólo para ignorarla, y de algún modo ese matrimonio marca el fin de un vieja intimidad con el médico. ¿Cómo interpretar esas reacciones?
Sin embargo, observemos otro rasgo, a la inversa. Lady Hester presumía de poseer un firmán de la Puerta, que le abría el paso a donde ella quisiese. Y unos de los lugares que se le antojó visitar en el Líbano fue un monasterio griego ortodoxo, prohibido no sólo a las mujeres como tales mujeres, sino a las hembras del reino animal. Las reconocibles, se entiende; porque de moscas, pulgas y chinches no juzga la Iglesia. Así, las gallinas del convento tenían su corral extramuros, junto a las vacas, ovejas y asnas, mientras los gallos y los gatos se paseaban por el claustro alternando con los monjes.
El anuncio de la visita de la Señora ya podía levantar los moños de los religiosos, buena era ella. Visitadora habitual de los harenes de sus amigos musulmanes, donde solía pasar revista con chucherías a las esposas, concubinas y esclavas, la Stanhope no tuvo reparo en violar aquella especie de harén masculino. Y provocadora como era, lo hizo entrando en triunfo a lomos de una pollina, como el Salvador en Jerusalén. Sonrían las feministas, si alguna me lee, pero ninguna se confunda en esto. Ofender no es defender una causa. Puede hasta ser la tapadera de una inseguridad personal, que de eso hay mucho.
Era manifiesto que la Stanhope se entendía mejor con caballeros, luciendo ante ellos su vena chispeante, que en el raro trato con las de su sexo se trocaba en virulencia. Su correspondencia va dirigida mayormente a ellos. y de entre ellos prefiere , con mucho, a militares de alta graduación.
Con uno de éstos incluso mantuvo relación afectiva, sin merecer el nombre de noviazgo: el teniente general Sir John Moore (1761-1809), héroe de La Coruña, cuya muerte deprimió a la señorita hasta temerse por su vida, y algunos ponen ahí el principio de su deriva vital o huida a Oriente. ¿Llegó a casarse alguna vez? ¿Pensó en tener hijos? Misterio.


Viaje sin retorno
Viajar. El mundo de entonces estaba lleno de ingleses de paso. Se llevaba mucho el Grand Tour o viaje formativo por Europa. Pero los auténticos viajeros era aventureros ávidos de exotismo o de emociones, y entre los destinos de moda figuraban los territorios del decadente Imperio Turco.
Pero viajar costaba dinero, antes más que ahora. De su padre, dispendioso inventor de nada práctico, poco podía ella esperar, rotas las relaciones. De hecho, ni la mencionará en su testamento (1816). Pero Hester Lucy fue, como hemos visto, la sobrina predilecta de William Pitt Jr., aquel gran hombre y  político honesto, que incluso habiendo enriquecido a muchos, muere él mismo pobre. Conocedor de la situación económica del cuñado, Pitt invoca al Gobierno y pueblo británico, y por tantos servicios lealmente prestados se atreve a pedir  que el erario público ampare a los sobrinos con un pensión. La de Hester fue de 1.200 libras anuales.
El salto a Levante lo dio Hester Stanhope desde Malta (1810). Descartando Sicilia, navegaron a Grecia. En el Pireo, en octubre, ven a un hombre que salta del muelle a darse un baño. Era Lord Byron, que lejos de prendarse de ella la despreció por su afán de sobresalir en la conversación. El rechazo fue recíproco, influyendo en Lady Hester, cómo no, determinados rasgos fisonómicos del poeta.  De allí pasaron a Constantinopla. Por entonces Mr. Bruce se le declaró, pero la propuesta matrimonial fue declinada.
De pronto miladi decide pasar a Italia y Francia, con idea de espiar e intrigar contra Napoleón. No puede obtener el pasaporte, y con extraña facilidad desiste. El objetivo es ahora Egipto, con un naufragio de por medio a la altura de Rodas (27 de noviembre 1811). Allí deciden los tres vestirse a la turca, ella con ropas de varón. A Mehmet Alí le encantó, hasta el punto de despedirla con una revista de tropas y un buen regalo (mayo, 1812).
De Egipto navegaron a Tierra Santa, que ella recorre a caballo al estilo oriental y vestida de mameluco. Muchos, y aun muchas, la tomaban por un joven bey imberbe. Descansan en Sidón, al pie del Líbano, y Lady Hester se interesa por los drusos y su religión arcana, a la que debió adherirse formalmente, una forma de no tener que dar explicaciones sobre el particular. Un príncipe druso, que por cierto era neófito cristiano, la recibe en su palacio y se hacen amigos:


«Yo no le he visto –anotaba el doctor en agosto–; dicen que es muy buena persona. Bien es verdad que ha hecho cegar a tres sobrinos y estrangular a su primer ministro, por cierta sospecha de que eran favoritos del pueblo. Pero cosas así en Turquía son fruslerías; y un tipo así es un converso al Cristianismo muy cerca de Jerusalén.»
La etapa siguiente será Damasco. Lady Hester fue advertida sobre la conveniencia de ponerse velo para entrar en la ciudad. Se negó en redondo, declarando que lo haría en pleno día y a cara descubierta.
«Su entrada fue en triunfo. Todo el mundo se fijaba en su Señoría. Los más veían de golpe que era una mujer, pero cuando salían de su asombro era tarde, ella ya había pasado.»

«En Damasco la miraban como la Meleki, la Reina, un oráculo. Los militares y la tropa la idolatraban, era como una deidad para ellos, porque siendo mujer era capaz de montar a caballo y llevar armas.» [4]

Lady Hester se dedicó a enviar las crónicas de su nueva etapa a Europa por cartas destinadas a circular en sociedad y hasta salir en la prensa. Desde entonces planeó el show de Palmira:
«Todo el mundo está sorprendido de mi coraje, pues en quince días más de 80.000 árabes emprenden marcha a sus cuarteles de invierno, y yo estoy decidida a meterme en uno de los mayores campamentos beduinos.»
«Mi amigo el emir Beshir, Príncipe de la Montaña, dispone de 100.000 soldados que puede levantar en tres días, y ha sido para mí de lo más bueno que he conocido en mi vida.»
Beshir, Príncipe de la Montaña Drusa
Y como Beshir todos los demás emires y jeques de la Montaña, de la Costa y sobre todo del Desierto. El druso Beshir, con quien por cierto acabaría peleada, pero siempre sin perder su respeto. Lady Hester acababa de descubrir una raza y una cultura muy superior a la turca: el pueblo árabe, el auténtico, que para ella eran los beduinos, no los árabes de ciudad, tan despreciables en su opinión como el vulgo de Grecia, Turquía y Levante en general.
A fines de agosto consultó con el ministro del pachá, un judío de lo más inteligente, sobre la mejor forma de visitar Palmira. Su consejo fue: o ir como gente ordinaria, incorporados a una caravana armada, o bien aceptar su oferta, aprobada por el pacha, de una escolta bastante para disuadir a cualquier partida de bandoleros. También le manifestó que en la región de Palmira campaba a sus anchas el emir beduino Mahanna, el padre de Nasar,  fuera de la autoridad de la Sublime Puerta y de la justicia, si miladi sufría un atropello.
Naturalmente aceptó la escolta del pacha (a sus expensas, claro), fijando la excursión para septiembre. Entre tanto, ya recorría el desierto la noticia de que una princesa inglesa, amazona sobre una yegua pura sangre enjaezada de oro, y a la que el tesorero del Sultán Inglés libraba un millar de zequíes diarios, iba a visitar Tadmor.
Esto bastó para que Mahanna enviase a su hijo mayor Damasco, a pedir audiencia a su Señoría y preguntarle si era cierto que se proponía cruzar los territorios de su padre. Al responder ella que sí, el enviado lamentó la injuria que se hacía al pueblo beduino, suponiendo necesario ir allí con fuerza armada:
«Para todo un personaje como su Señoría, los caminos del desierto son francos. Aunque nuestra profesión sea el robo, sólo la ejercemos contra quien viene armado; pero sabemos discernir lo que a una ilustre princesa se debe. A quien invoca las leyes de hospitalidad, nosotros le demostramos lo que esa palabra significa.» 

Nasar era un joven de lengua expedita y convincente, un orador nato de los que abundaban en las tribus, capaces de disputar incluso en verso. Para Hester, un descubrimiento: aquella nobleza ‘natural’, tan contraria a la imagen del beduino salvaje. Intuyó que podía fiarse de él, le explicó quién era y qué quería, y tras negociar el precio de su protección le despidió con regalos, renunciando a la escolta armada del pachá como demasiado cara. «En primavera me pondré en vuestras manos» .
Y se puso, como hemos visto. La hazaña de Lady Stanhope dejó atónita a Inglaterra, a Francia, a Europa y al mundo Islámico. Hester se tomó en serio su papel y decidió que la comedia palmirena sería el drama de toda su vida. Y lo fue.


La Reina en su Palacio
Una Princesa de Oriente necesitaba un palacio. Primero alquiló San Elías, un monasterio griego abandonado, cerca de Sidón. Luego hará su residencia propia más arriba en el Líbano, en Djun o Chun, un nido de águilas semi fortificado coronando una colina cónica. Allí, junto a un bonito jardín que ella mimó, dispuso una serie de pabellones con orden y destino meticuloso. Por ejemplo, habitaciones de huéspedes de primera clase y de segunda, etc. Conocemos el plano. La perla de la corona, la caballeriza.
En aquel eremitorio con vistas a las cumbres nevadas, Lady Hester diz que tuvo la veleidad de imitar a la reina Cristina de Suecia, manteniendo una academia de varones cultos y espirituales. Se le pasó pronto, a Dios gracias, pues con aquel temperamento suyo y modo de argumentar, que dejaba en ridículo el ‘Demostrador’ de su señor padre, ayuna ella misma de cultura y enemiga de la letra impresa, aquello no habría funcionado.
A falta de académicos en su salón, miladi recibía visitas de viajeros, siempre reguladas por una etiqueta. Nunca comía con ellos, y tras hacerse esperar hasta la tarde, al fin comparecía en la sala que vemos aquí, convertida en fumadero.

Casi todos se quedaban sorprendidos al verse tratados como conocidos de siempre, prescindiendo su Señoría de formalismos para llevar las riendas de una conversación que pronto derivaba en monólogo sobre sí misma, su ideario, sus relaciones y proyectos. Un monólogo que se alargaba hasta altas horas de la noche o hasta el amanecer. Nueva Sherezade de las Mil y Una Noches de Chun.
Mil noches que pronto se redujeron a unas pocas. Uno de los huéspedes de primera clase fue Lamartine. El vanidoso literato no tardó en darse cuenta de que su anfitriona no tenía la menor idea de él ni de su obra, y a su regreso a Europa dio su versión de la entrevista. Hester, que de todo se enteraba, se enfureció y decidió tasar sus audiencias. Y aunque Lamartine era francés, por alguna razón particular de miladi pagarían el pato los aspirantes ingleses. A uno que en su solicitud alegó la afición compartida a los caballos, la señora respondió ordenando a un criado mostrarle la caballeriza, y acto seguido la puerta de la calle.


Un drama vital en tres actos
Uno de los no admitidos fue John Carne (1789-1844), que a su condición de inglés juntaba la de medio clérigo, y aunque creo que lo intentó un par de veces (1822) no vio en persona a Lady Hester. Con todo, en sus Letters from the East le dedica un recuerdo, y una lámina comentada en su álbum sobre Siria, Tierra Santa y Asia Menor [5]. Quiere decir que la Reina –o como también la llamaban ahora, La Monja Loca de Chun era una institución, un monumento vivo visitable, aunque ya apenas visitado, pues como digo, recluida en su mundo imaginario, sólo por excepción recibía visitas, que no fueran de cónsules ni de ingleses, salvo militares. El autor, que primero había intentado en vano verla en su residencia de San Elías, cerca de Sidón, se acerca luego al fortín hermético en la Montaña, comparando aquella vista del Líbano con los Apeninos.
Hablando de oídas, Carne descubre en la Señora a una actriz de primer orden, representando su aventura oriental como drama en tres actos. El primero, su etapa juvenil, admirada por drusos y árabes; también por los turcos, aunque mucho menos y de otra manera:
«Entonces los jeques beduinos, encandilados por la fama de su riqueza, nobleza e influencia, acudían en tropeles a recibir sus presentes a cambio de halagos, poniendo a su disposición sus fuerzas si, como se decía, su intención era crear un nuevo dominio.»
El acto segundo comienza uno o dos años después del éxito de Palmira. El abandono de Mr. Bruce, rumbo al matrimonio convencional en Inglaterra, agravó en Hester Stanhope la crisis de vacío interior y huida hacia adelante en su ruptura con su patria y sociedad. Hubo una etapa en que, por evitar el inglés, redactaba sus cartas en francés de colegiala. La actriz representa ahora su papel de diosa olímpica, sobre una corte de criados con los que chapurrea un árabe de su invención. Su mundo de ideas gira ahora en torno a la astrología a la magia.
En 1814 hace su peregrinación a Baalbek, viaje que se alargó cuatro meses por el monte Líbano y la costa fenicia. De incógnito, si se lo compara con la exhibición de Palmira, y ahorrando gastos y regalos, pero aun así moviendo un tren de hasta 20 personas.
Nada más volver, en 1815 se embarca en la más extraña aventura. Su fama de cazatesoros se había extendido, no sé con qué fundamento, llegando hasta el gobierno turco. De pronto sale a luz cierto manuscrito atribuido a un franciscano italiano, donde se describían tesoros enterrados en las ruinas de Ascalón, la antigua ciudad costera filistea.  Lady Hester ve una oportunidad para sanear su economía, y usando de sus influencias consigue del propio Sultán, que tampoco hacía ascos al oro, una orden escrita con todas las facilidades para realizar las excavaciones.
Y allá que va la zahorí, con fuerte escolta albanesa de a pie y a caballo, aguadores, lampistas, cocineros y demás comitiva pintoresca, más propia de una princesa oriental en viaje de placer, que de una expedición arqueológica. Porque ésta lo era; la primera, por cierto, realizada en tiempos modernos en Palestina. El primer cuidado fue construir un fortín a pie de obra, donde pesar y custodiar el oro.
La empresa duró medio mes, trabajando en relevos diarios de 200 campesinos. El fruto fue apreciable en artefactos y estatuaria, como era lógico. En cuanto a lo principal, los tesoros, un fracaso. Uno de los hallazgos más valiosos era una estatua sin cabeza, como de imperator a la romana. Lady Hester, muy digna, adelantándose en dos siglos a los actuales iconoclastas de ISIS, la hizo pedazos. Lo suyo no era el tráfico de antiguallas para que cualquier Lord Elgin se las llevara a la reventa en Gran Bretaña. No era eso lo acordado con su gobierno turco. Aunque la estatua fuese del mismísimo Odenato, el marido de la reina Zenobia.
Si ya para entonces las cosas de miladi eran la comidilla del día en Inglaterra, la pifia de Ascalón fue acogida con hilaridad. El desvarío de romper hallazgos arqueológicos fue lo de menos. En el público caló más la supuesta Cueva de Alí Babá vacía de tesoros. Tesoros que (salva la magnitud exagerada) nada tenían de inverosímil en Oriente, y de hecho Lady Hester no tuvo que responder por el fracaso.


La caída de una estrella fugaz
Pobre Lady Hester. Su acto tercero cubre la última etapa de encierro en su retiro de Chun. Con los días y las noches cambiados, durmiendo vestida, tocando a todas horas la campanilla para impartir órdenes a capricho, y en todo momento prácticamente invisible en opaca nube de tabaco. Descargando su malhumor en las servidumbre que le queda y que supuestamente le engaña y le roba.
Los influjos astrales y poderes ocultos ceden sitio a las visiones y esperanzas profético-mesiánicas. La que afirma que ella nunca ha sido cristiana porque el Cristianismo es sólo «una sombra de religión» [6], cree firmemente en la próxima venida del Mahdi/Mesías.
En su caballeriza, donde sus queridas bestias languidecen ociosas, hay una yegua blanca predestinada para el que ha de venir. A su lado, una rareza, por no decir un pequeño monstruo: un caballo «nacido ensillado» –por una deformidad en el lomo–, de acuerdo con cierta profecía. En él cabalgará la Reina de Jerusalén al lado de su Mesías en la reconquista de la Ciudad Santa.
Para entonces, Lady Stanhope está agobiada de deudas impagables. Ruina que no vino determinada por el Auto o Farsa de Palmira, aunque ya entonces dio muestras de no saberse gobernar en lo económico.
La solitaria de Chun pregonará a los cuatro vientos que se entrampó por pura filantropía en la I Guerra Turco-Egipcia (1831-1833), cuando el rebelde Mehmet Alí arrasó Siria. Entonces ella no dudó en abrir su casa a muchas familias y refugiados políticos.
Sin ponerlo en duda, aun sin eso, aquel tren de vida, caballos, servidumbre, regalos, era como para agotar fortuna más sólida que la suya. También se dejó timar, asociándose a negocios imaginarios. Finalmente, ante la presión de los acreedores, el Gobierno británico de Lord Palmerston no le retiró la pensión (como ella repetía obcecada), sino que se la retuvo como era de derecho, para cubrir los débitos.
Sus últimas cartas son ejercicio patético de locura lúcida aplicada a barrenar su propia nave con expresiones de una franqueza insensata. Ella, portadora de la sangre de los Pitt, reniega de Inglaterra como lo haría de Roma un noble filósofo del Bajo Imperio: porque las virtudes antiguas se han perdido, y no quedan ingleses, como tampoco quedaron romanos. Ni la Reina se libra de recibir carta suya, donde se le avisa estar rodeada de inútiles. También al Primer ministro Palmerston dirige párrafos mordaces, a cuenta de su pensión, amenazando con divulgar su caso en la prensa más antibritánica de Europa y América.
Consciente de su próximo fin, Hester Stanhope se hace literalmente emparedar, bloqueando los accesos de su residencia, y envía a su médico a Europa, tal vez para que defienda su causa y su memoria.
Hester Stanhope murió el 23 de junio 1839, sin más compañía humana que una esclava negra. En la soledad que ella quiso. Con cierto síndrome de Diógenes, por los montones de trastos inútiles que se hallaron en cada recinto de su mansión. Eso hizo hablar de pillaje de sus domésticos, que seguían siendo una treintena, todos con el salario atrasado, a espera de cobro, porque la Señora había imaginado cierta herencia en Irlanda. Y quién sabe, a última hora, si aparecería el Mahdi en busca de su yegua blanca y de su Reina Hester...

Avisado el cónsul británico en Sidón, acude con un misionero americano y levantan acta de tanta ruina. Con discreto funeral, Lady Hester Stanhope quedó enterrada en un pabellón del jardín, en la misma tumba que antes ocupaba un soldado francés.
Allí permanecieron los restos un siglo y medio, hasta el conflicto de Líbano, cuando para seguridad fueron trasladados al jardín de la Embajada Británica en Beirut.

Libertad, libertad...
«Mi delito es haber vivido libre.»  Hester Stanhope defendía su aventura oriental como conquista de su libertad, asfixiada por la atmósfera social de su país.
Cualquiera es libre de entender su libertad como guste. Lo que chirría en Hester Stanhope, como supuesta mujer liberada, es su acomodo con una cultura autocrática, machista, esclavista, nada igualitaria y nada abierta a las libertades. Se diría que nunca vio necesario justificar su opción de cultivar la amistad de déspotas crueles y sanguinarios.
Una falta de visión crítica que para el caso de los beduinos se volvía ceguera. Que los beduinos se creyeran el pueblo más libre del planeta no acreditaba su idea de la libertad. Y en todo caso, con los beduinos convivía otro pueblo igualmente numeroso, las beduinas, que también tendrían su punto de vista, y continua ocasión de manifestarlo. Muy lindas de niñas y muchachas, a gusto del Dr. Meryon, a los 30 años todas parecían viejas feas y estropeadas.
Lady Hester en su etapa final llegó a tener ideas delirantes, y uno puede preguntarse por qué. Sabemos que fumaba como un carretero, y la espesura de sus humos está acreditada como tabáquica. En ningún texto a mi alcance he visto insinuación sobre el uso de otras sustancias. Desde luego, no fue ninguna ‘comedora de opio’, un vicio nada raro en aquellos ambientes. Sería interesante saber si en el maletín del Dr. Meryon no figuraba el láudano y otros opiáceos contra el insomnio. Bien es verdad que para explicar un deterioro mental puede bastar una carga biológica no compensada.
Con esto digo adiós a la mujer que fue Hester Stanhope. De ella tuve noticia a cuenta de mi viaje a Palmira, y ahora, después de tantos años, me ha tenido absorto un mes entero, en apretadas lecturas, tratando de reconstruir por contraste de testimonios este torpe retrato suyo. Ojalá no le haya hecho demasiada injusticia.
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[1] R. Wood y J. Dawkins, Les ruines de Palmyre, autrement dite Tedmor au Désert. Paris, F. Didot, 1819.
[2] L. Meryon, Travels 2: 177
[3] F. Hamel, Lady H. L. Stanhope, pág. 58.
[4] Meryon, Travels, 1: 367; Hamel, pág. 136.
[5] J. Carne, Syria, The Holy Land, Asia Minor, 2: 14 y sigs.
[6] Eso fue lo que Lady Hester escribió a Joseph Wolff (1795-1862), judío converso bautizado en 1812, que pasó a Oriente como misionero entre sus hermanos de raza. Tras llamarle ‘apóstata’, añadió: 
«De haber sido usted un judío instruido, nunca hubiese abandonado una religión rica en sí misma, aunque deficiente; ni tampoco hubiese usted abrazado esa sombra de religión, digo, la cristiana. La luz viaja más de prisa que el sonido, y por tanto el Ser supremo no hubiese dejado a sus criaturas vivir a oscuras cerca de 2.000 años, hasta que unos peregrinos  especuladores a sueldo estimaron conveniente alzar sus voces venales para iluminarles» (Hamel, pág. 243).

Antes le había dicho, según el propio Wolff: «Nunca he sido cristiana, y nunca lo seré» (ib. pág. 242). «Mi religión es procurar obrar lo mejor que puedo a los ojos de Dios. Ese es mi único mérito: Procuro hacer lo mejor que puedo» (Meryon, Memoirs, 1: 143).

Indicación de fuentes utilizadas:

El Dr. Meryon en atavío de beduino


El Dr. Ch. L. Meryon publicó tres volúmenes de Memorias de Lady H. S., y otros tres de sus Viajes. Las Memorias son anécdotas, textos y parlamentos que intentan recoger y reproducir el pensamiento de L. H.S. sobre toda clase de asuntos, desde los más triviales y chismorreros hasta los más especulativos.

La obra tuvo duras críticas por la condición profesional del Autor, médico privado de la dama parlante. Como si fuese inextricable lo uno de lo otro. Meryon se defendió con habilidad, pues el fondo del problema era que un plebeyo como él entrase en las intimidades de una aristócrata, aunque maldita. De Lady Hester sólo podían opinar sus pares.

En cuanto a los Viajes, más que los de Lady Stanhope se trata de los del propio médico y, como digo, factótum a su servicio. Aunque a ratos se pierde en minucias, en general la lectura es interesante y llena de observaciones curiosas.
[Debo aclarar que la figura de un médico en el harén, en el texto, no corresponde al propio Meyron, sino a otro doctor europeo amigo. En todo caso, la diferencia es irrelevante.]

Charles Louis Meryon. Memoirs of the Lady Hester Stanhope, as Related by Herself in Conversation with Her Physician.  London, 1845, 3 vols., con índices copiosos. Citado aquí como Memoirs. [El grabado que encabeza este artículo es del frontispicio del tomo 1º. El grabado de LHS con un visitante, del tomo 2º. El grabado de la casa-castillo de LHS en Chun, del tomo 3º.] Disponible en Internet Archive.
Charles Louis Meryon. Travels of Lady Hester Stanhope, Forming the Completion of Her Memoirs, Narrated by Her Physician. London, 1846, 3 vols. Disponible en Internet Archive.

Caherine Whillelmine Powlet (née Stanhope; 1819-1901), Duquesa de Cleveland, era hija de Felipe Enrique Stanhope, hermanastro de Lady Hester. La biografía de su tía, destinado por la autora a la circulación privada, fue dado al público por su hijo el Conde de Rosebery en 1914. Obra discreta, destinada a rehabilitar una memoria algo maltrecha, resulta un tanto hagiográfica, omitiendo importantes detalles que todavía en su tiempo podían chocar.
Entre otras obras escribió también The True Story of Kaspar Hauser, from Official Documents.  London, 1893.
The Life and Letters of Lady Hester Stanhope. By Her Niece the Duchess of  Cleveland. London, 1913 (ilustr.).

Frank Hamel. Lady Hester Lucy Stanhope: A New Light on Her Life and Love Affairs. 1913. Con documentos inéditos del Dr. Meryon y otros. Excelente, imprescindible.

Finalmente, de la olvidada figura de LHS encuentro, publicada hace ahora un año, esta miniserie del Middle East Institute - Editor’s Blog:

"The Mad Nun of Lebanon": the Strange Case of Lady Hester Stanhope, Part I (M. C. Dunnat, 2014-08-20). Lady Hester Stanhope, Part II: The Travels (M. C. D., 2014-08-21). Lady Hester Stanhope, Part III: The Descent Into Delusion and Isolation (M.C.D., 2014-08-24)