martes, 16 de septiembre de 2014

Porrones de Cataluña


La Explanada de Barcelona 
1. Mozos de escuadra. 2. Carlos de España. 3. El fiscal Cantillón. 4. Reos y horca. 5. Ciudadela.
6. El estudiante Murri (*).

En el ensayo anterior conocimos a un personaje de triste memoria. El ciudadano francés Charles d’Espagnac (1775-1839), naturalizado español como Carlos de España y titulado por Fernando VII Conde de España (1817). Con Grandeza, al tomar posesión de la Capitanía General de Cataluña (1827-1832). En principio, para aplastar la revuelta de los Agraviados o Malcontents; pero ya metido en faena, para dar caza al liberal por todo el Principado.
Cinco años que le valieron nuevos títulos aunque de otro género, a tenor de su crueldad con ribetes de sadismo y humor negro. Lo de ‘el Tigre’, para él no era insulto, muy al contrario. Todo un pretor de minimis, que en Tarragona se estrenaba visitando los domicilios particulares para multar a las amas de casa que no barrían su acera. Y todo un pretor de maximis, que firmaba las ejecuciones como ‘lanzamientos a la eternidad’. Un bromista.
Bien podía permitirse el Conde ser cruel jocoso con el extraño, si lo era en su propia familia. Un olvido de su mujer, encargar batatas al cocinero, le supuso un arresto domiciliario en el cuarto oscuro. Y a la hija, por compadecerse de un centinela a la intemperie en invierno, le dio satisfacción poniendo al soldadito a cubierto; sólo que, a cambio, ella tuvo que hacer la guardia en el balcón, escoba al hombro como arma propia de su sexo. Porque el majareta era también misógino.
No llegó, como Calígula (aunque también se lo llamaron), a nombrar cónsul a su caballo, pero algo debía de sonarle al hombre, muy puesto en latines, pues alguna vez se apareció de punta en blanco sobre el equino asomado a la tribuna de Capitanía, con un trompeta igualmente montado para el toque, a saludar a ciertos diplomáticos. Otra venada suya era la que se ve en el grabado: asistir con su perrito de aguas a las ejecuciones, caracoleando mientras hacía tocar su aire favorito, ‘Las habas verdes’.  
A la muerte de Fernando VII (29 de septiembre 1833), Espagnac/España se destierra a su tierra que tanto blasonaba detestar, hasta que el pretendiente D. Carlos le llama (1838), de nuevo como Capitán General de los carlistas catalanes. Genio y figura, se hizo odioso también a los suyos. Una vez destituido como loco, fingiendo conducirle a la frontera le estrangulan, y con una piedra al pescuezo arrojan el cuerpo al Segre desde el Puente del Espía en Organyà, Alto Urgel (2 de febrero, 1839).
Se entiende que un tipo así no haya tenido buena prensa, y hasta puede ser tema de sobremesa si hubo alguna exageración en el retrato del ‘Monstruo’, según los liberales.
Lo que sorprende es que alguien que le trató y sirvió a sus órdenes se las apañe para ofrecer de él una estampa de militar y caballero cristiano, a contrapelo de la fama. Esa rara avis fue un Lichnowsky. De los Lichnowsky de Silesia.
La intromisión de extranjeros para hacer sus guerras y fortunas aprovechando nuestro desencuentros civiles, desde el Príncipe Negro y Mosén Claquín (siglo XIV) fue más bien rara, hasta la Guerra de Secesión (siglo XVIII), pero en el siglo XIX se hizo habitual. En la I Guerra Carlista (1833-1840) hubo bastantes en uno y otro bando. Pero mientras que los del campo cristino fueron mayormente mercenarios oscuros y carne de cañón, el carlismo atrajo a gente más selecta y hasta de alcurnia, legitimistas franceses y románticos  alemanes sobre todo, también británicos empíricos, capaces algunos de poner por escrito apuntes interesantes.

Un polaco carlista
Uno de esos entrometidos de venas azules fue el Príncipe Félix Lichnowsky (1814-1848). Tras haber alternado la milicia prusiana con la educación convencional de entonces para su clase, en 1837 se licencia del ejército y se deja caer por el Cuartel-Corte de Don Carlos. Tenía sólo 23 años a su venida. Esto se nota en sus juicios, más que apreciaciones, emitidos desde una superioridad petulante y algo cómica. Defecto compensado por una discreción absoluta sobre su propio mérito militar.
Venía muy recomendado por la corte de Federico Guillermo III, que a más de simpatizar con Don Carlos le envió una ayuda efectiva de medio millón de táleros. Una parte del todo. El pretendiente recibió ayuda copiosa no sólo de Prusia sino también de Austria y Cerdeña; y es curioso ver al famoso y ya de suyo obeso Obispo de León (conocido nuestro) burlando a la policía francesa, portador bajo sus capisayos de una barriga enorme preñada  de casi 3 millones de francos recaudados por tierras germánicas a mediados de 1836. El Vaticano por su parte financió la aventura carlista con un diezmo de conciencia. De conciencia, sí, pero que a efectos de cobro solía ser expeditivo.
Que si lo era, dígalo el cura párroco de Balsereny, que por pasarse de listo fue sancionado por Carlos de España con un multazo. En latín macarrónico para más befa:
Dabis quadraginta camisias sive subuculas, cum suis correspondentibus sacculis et sandaliis.
El cura pagó, qué remedio, sólo para ver más tarde con espanto su nombre en los periódicos como contribuyente espontáneo a la causa facciosa. Lo dicho, un bromista. Pero dejemos al Conde y saludemos al Príncipe.
En el campo carlista Lichnowsky asciende derecho a brigadier general, hasta que herido en combate se retira. Desde 1840 vive entre  Bruselas y París, ocupado en alguna misión diplomática y en escribir sus ‘Memorias de los años 1837, 1838 y 1839’ (Francfort, 2 tomos). Ornadas con la flor de lis del legitimismo, más un lema fatalista muy elocuente: ‘Victrix causa Diis placuit victa…’ (Los dioses se dieron el gusto de ver vencida la causa vencedora). Si hoy se usara de latines, qué oportuno para el País Vasco. Pues mira que el lema del tomo segundo: Das Leben nach der Kriege ist ein langweilig Schildwachestehen. (La vida tras la guerra es una aburrida centinela).
La obrita, en un alemán algo enrevesado a ratos, se tradujo al francés, y yo diría que del francés al español, por José María Azcona y Díaz de Rada (Madrid, 1942), con prólogo y notas muy interesantes. La feliz circunstancia de hallar esta edición disponible en la RED me ha estimulado a escribir este artículo, invitando a su lectura [1].
En 1842 Su Alteza regresa a la Península, esta vez de viaje a Portugal y de allí por barco a Barcelona. En mal momento. Un paisano le reconoce como faccioso del séquito del Tigre (el Conde de España), la turba de las Ramblas se encrespa  y el jefe político Gutiérrez le encierra, para su seguridad.  
Vale la pena leer la versión del protagonista, o al menos el resumen de Azcona, para hacerse una idea del temple de la masa ciudadana barcelonesa de entonces, que una vez levantada la pieza política no cejaba así como así, asaltando con escalas, primero el hotel, luego  la prisión para linchar al forastero, como en cualquier película del Oeste profundo. Y es notable que, de toda la prensa local que cubrió la noticia, fue un periódico republicano independiente, El Papagayo, el único que defendió al Príncipe en nombre de la humanidad civilizada [2].
Finalmente fue el cónsul de Francia, Fernando Lesseps, el que señalando a la fragata francesa Venus anclada en el puerto «52 cañones», precisó–, hizo el papel de deus ex machina. El día siguiente Espartero firmaba la orden de libertad para Lichnowsky y su ayudante secretario.
En su patria, el príncipe  se dedica a la política parlamentaria, revelando dotes oratorias mordaces en pro de la ultraderecha. Esto unido a su carácter bronquista y su insulto al enemigo de siempre, la izquierda, le atrajeron odio mortal que se materializó en su asesinato en un descampado de Bornheim, Francfort. No sólo España era violenta.


En el Cuartel General del Conde de España
El príncipe Félix Lichnowsky no llegó a conocer al d'Espagnac de los ‘malcontents’, pero sí al de 1838, de nuevo Capitán general de Cataluña. Aquel Don Carlos de España
«cuya sola sola mención, como por ensalmo, ponía a todos firmes, las lenguas mudas. Sólo de vez en cuando un viejo payés de la montaña, encanecido en el odio a las ciudades ricas de la costa, solía repetir: ‘Éste acabará con Barcelona’» (Erinnerungen, 2: 148).
Barcelona: para el carlista catalán, Sodoma y Gomorra, Corozaín, Babel y Nínive, por barrios.
En las «Memorias de la guerra», el capítulo X incluye extenso «bosquejo» sobre el Conde, curándose el autor en salud:
«Ya sé que se me acusará de parcial…, y que encontraré numerosos contradictores entre los que se llaman a sí mismos liberales en España; quienes, lo mismo que los republicanos de Europa, toman a mi héroe como objeto de sus invectivas».
Él mismo, Lichnowsky, venía prevenido por los rumores. Unas pocas horas en el cuartel general del Conde la bastaron para cambiar de opinión, «y cada día que pasaba a su lado me hacía amarle y estimarle más».
La ejecutoria de Carlos de España tiene para el príncipe una justificación de lo más simple:
«Los catalanes sólo obedecen a quien temen. El Conde lo sabía, así que tomó las riendas con mano firme, hizo decapitar a los jefes de partida, envió a galeras a los más díscolos. Con eso todos obedecieron, y se restableció el orden».
Don Carlos de España es para el polaco el jefe y gobernador militar modélico, escoltado siempre por sus mozos de escuadra. Gente leal a él y a la paga, resistente y sufrida si la hubo desde los almogávares. Con sus mozos detrás, se ejercitaba el Conde a caballo, trotando a ratos, y ellos a pie sin rezagarse, fuese subiendo o bajando, armados de carabina corta y bayoneta al cinto, con su pintoresco uniforme, más aquel paletó azul que era como su distintivo flotando a sus espaldas. Prenda muy querida para ellos, este sobretodo, que en posición de firmes o en descanso solía colgar de su hombro izquierdo como de una percha (véase el grabado). No olvidemos el sombrero de copa baja con galón estrecho de plata, ni la mochila de cuero en bandolera.
Aquellas marchas podían alargarse hasta diez o doce leguas. De ese modo el conde tenía a sus muchachos siempre en forma. Es verdad que percibían la paga puntualmente, pero tanto trote en aquella guisa tenía mérito.
En su cuartel general de Caserras conoce el Príncipe a don Carlos, sesentón muy ágil (cuando no le paralizaba el reuma), el rostro noble de perfil borbónico (¡caramba! ¿otro ‘indecente parecido’?), etc. etc.
«Presumía de políglota. Hablaba en efecto bastante bien el inglés, alemán, italiano, portugués, español y francés, y de manera notable el latín, que por diversión salpicaba de barbarismos monacales».  
El francés sin embargo, su lengua materna,  afectaba tenerlo medio olvidado por falta de uso.
El día siguiente era domingo, ocasión para conocer la religiosidad ostentosa de Espagnac. A la misa de campaña, celebrada desde un balcón de la masía, el viejo general estuvo todo el tiempo de rodillas en su reclinatorio cerca del altar, ofreciendo el espectáculo de
«su profundo recogimiento, impresos sus rasgos de profunda melancolía que traicionaba las preocupaciones de su alma».  «Los enemigos del Conde de España han llegado a tachar su piedad de hipocresía; pero basta haber visto una sola vez rezar a este anciano venerable, para reducir el aserto a una de tantas calumnias como se le han dedicado».
El desfile que siguió a la misa le hizo recordar, por contraste, «a la división de Porredón, a orillas del Cinca, que un año atrás parecían una tropa de gitanos, corriendo en desorden de aquí para allá. Hoy esos mismo hombres desfilaban con tanto orden como los batallones vascos».
El conde medía la movida marcha militar con su bastón a modo de batuta, saludando a los oficiales y soldados condecorados, preguntando a cada compañía sobre la puntualidad de la paga y el reparto de raciones. Luego, a la comida de campaña, tras el rito de probar la sopa arrojó en la marmita varias monedas de oro, y se despidió de la tropa con un ‘que aproveche’. En verdad, no acierta uno a ver la sensatez de salpicar el rancho con aquellos tropiezos metálicos, con peligro para la dentadura.
A la mesa de la oficialidad, toda conversación sobre el servicio y las operaciones militares estaba prohibida. El menú era a la inglesa (aprendido de Wellington), pero el vino se bebía a la catalana, de porrón.
Digresión sobre el porrón
¡Ah, el porrón catalán! Sin disputar ni dirimir entre Aragón y Cataluña un invento digno de figurar entre sus señas de identidad –y más útil que tantas otras–, una cosa nos intriga: cómo fue que el voluntario polaco entró en España por Irún, y tras sinuoso recorrido por Navarra, la Rioja y otras regiones de obediencia carlista, pudo finalmente desde Aragón ganar Cataluña, sin haberse interpuesto un solo porrón en su camino. Y por lo que se ve, tampoco una bota vinatera, que para el caso es lo mismo. Ni un botijo.
Ante todo, no estoy de acuerdo con la traducción de Azcona en el pasaje crítico porronero. Dice así:
«Pusieron vasos delante de nuestros platos; pero yo prefería servirme del porrón y, cuando vieron que el vino caía sin tocar los labios, al uso de la tierra, gané mucho en su estimación».
Pues sí, pero no. Tanto el original alemán como la traducción al francés dicen otra cosa:
«Delante de nosotros, como extraños (donde por ‘extraños’ entran todo el resto de españoles, como no-catalanes), pusieron vasos. En cuanto yo agarré el porrón típico del país, y en amplio chorro dirigí el vino oscuro a mi boca, sin tocar con los labios el pitón de la vasija, gané notable ascendiente ante ellos… » (Erinnerungen, 2: 150)
Ahora el francés de Mme. Brocarme:
«En nuestra calidad de extranjeros (en este número se cuentan también los españoles no catalanes), nos habían puesto vasos; pero yo preferí servirme del porrón, y cuando me vieron, al uso del país, verter su vino tinto oscuro en mi boca sin tocar el pitón con los labios, gané infinitos puntos en su estima». (Souvenirs, 2: 85).
No era el vino el que no tocaba los labios, cosa que un extranjero en Cataluña –vamos a verlo– conseguía sin dificultad, enfilando el chorro a la nariz, al mentón o directamente a la pechera de la camisa, sino los labios al pitorro, que era la cosa peor vista del mundo, en Cataluña como en el resto de España.

Pero ya que de extranjeros se trata, más de un catalanista de hoy le sacaría punta al paréntesis censurado en la edición española: Cataluña se sentía nación, ya que todo lo demás era extranjero. El vocablo alemán Fremd no va tan lejos; ni el francés, si me apuran. El autor se refiere al sentimiento diferencial que toda gente algo primitiva y aislada expresa frente a los extraños a su lengua, usos y manías. Beber del porrón, por ejemplo.
Esto, y nada más, es lo que quiere significar Lichnowsky, no sin ironía al ensalzar su mérito y la sobreestima de los nativos por aquella nimiedad. Así prosigue (empalmemos del alemán y puntos suspensivos):
«… mientras se reían con indulgencia del Sr. Meding, quien tras intentos fallidos que le dejaron regado de arriba abajo, hubo de tornar a los vasos. “Este cavallero no save beber» [sic, original en castellano], dijo el alcalde vuelto hacia mí con risa burlona.
Debo, no obstante, rehabilitar a mi compañero de viaje y de fatigas, añadiendo que pronto se sacudió tal defecto, a golpe de ejercicio. Ya  en el cuartel general del Conde de España el Sr. Meding, al comprobar que allí todo el mundo bebía del porrón, estuvo tomando en nuestra posada lecciones formales con uno lleno de agua, poniéndose perdido una y otra vez, hasta conseguir en el tomar y el dejar la destreza necesaria».
Seré tiquismiquis, pero también aquí traicionan los traductores, despachando el lance con que «llegado al cuartel general del Conde de España, donde no se servía más que de porrón,  el Sr. Meding se mostró tan hábil como cualquiera. Verdad es que había tomado lecciones por el camino». Omitiendo el detalle del agua, mal rehabilitado queda el caballero, si el lector se hace una pobre idea de su sobriedad.
Disculpen, no hemos terminado con el porrón catalán. ¡Menuda perra con el dichoso porrón! Todo un descubrimiento. En Barcelona deberían dedicar una calle, qué menos, al Príncipe Lichnowsky, que dio a conocer el artefacto en toda Europa. Aquí en Bilbao, por bastante menos se gana un extranjero una estatua de bronce en plena Gran Vía.

Por tratarse de un punto tan esencial en el relato principesco, y decisivo (yo diría) para la suerte de la guerra, creo obligado porronear otro poco:
«Estos porrones, de los que los auténticos catalanes hacen tanto caso, han provocado serios conflictos con los vascos y navarros en las diversas expediciones. Todo catalán acostumbra invitar al porrón, no sólo al recién entrado en su casa, sino también a las tropas que pasan de largo; pero ¡ay de aquél que toca el pitorro con los labios!, eso lo toma a ofensa grave. Yo vi una vez a una payesa, mostrándose el general Villarreal no estar al corriente del detalle, arrancarle el porrón de la mano y estrellarlo contra el suelo en mil pedazos, desparramándose el vino» (Erinnerungen, 2: 150-151).
Un dato este último que, encareciendo el sacrificio, da idea de la injuria inferida a Cataluña por el alavés Don Bruno Villarreal. Seguramente por inadvertencia, pues era todo un caballero. Pero vuelve la pregunta: ¿tan caballero que ni siquiera sabía beber de porrón, de bota o de botijo?
¡Ay, esas señas de identidad, qué pesadez!
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(*) Grabado de La Ciudadela Inquisitorial de Barcelona, por D. Joaquín del Castillo. Barcelona, Manuel Saurí, 1835. Francisco Cantillón fue uno de los fiscales del Conde de España –el otro se llamaba Francisco Chaparro. El Estudiante Murri (o simplemente, l’Estudiant) era el nombre de guerra de Miguel Arqués, natural de Badalona, un zote medio clérigo, elemento señalado de la policía secreta del Conde. Detenido luego en la etapa liberal, se le relacionó extrañamente con la ‘bullanga’ y quema de conventos en la noche de Santiago (25 de julio 1835) y fue fusilado muy cerca del teatro donde miraba colgar a sus capturas (18 de agosto).


[1] Príncipe Félix Lichnowsky, Recuerdos de la Guerra Carlista (1837-1839). Madrid, Espasa-Calpe, 1942; 360 págs. Original alemán: Erinnerungen aus den Jahren 1837, 1838 und 1839. Frankfurt a. M., 1841; 1ª Parte; 2ª Parte. Trad. francesa por la condesa J. de Brocarme: Souvenirs de la Guerre Civile en Espagne (1837-1839). París, 1844; tomo I; tomo II.
[2]  ‘Recuerdos ...’, Prólogo, págs. 16-20. F. Lichnowsky, Portugal. Erinnerungen aus dem Jahre 1842. Maguncia, 1843. Trad. portuguesa: Portugal. Recordaçôes do anno 1842. Lisboa, 1845.








domingo, 24 de agosto de 2014

La Revolta dels ‘Agraviats’ (1827) (y 3)




Todo listo para la revuelta
Si consultamos la Espasa sobre ‘agraviados’, diríase que es cosa como muy catalana, veamos:
1º. Una primera racha de ellos es de principios del XVIII, en la Guerra de Sucesión. Los ‘agraviados’ de entonces fueron los Grandes de España afectos a la Casa de Austria y hostiles a Felipe de Borbón. Triunfante Felipe V, éste no les reconoce la grandeza, sin que ello implique despojarles a todos de sus títulos y rentas. Como tampoco fueron repudiados por los demás grandes en estado de real gracia, reconociéndose los matrimonios entre ambos bandos y el tuteo entre ellos. «Entre los agraviados figuraban en primer término los catalanes», seguidos de aragoneses y demás. Algo que se queda para entre el vecindario del Gotha con su mercadillo casamentero endógamo, y que al pueblo llano nos dice poco.
2º. Una segunda racha de agraviados es la que nos ocupa (1826-1828). Ahora «los agraviados son los partidarios del absolutismo, que aparecieron en Cataluña, conocidos asímismo por apostólicos, del llamado partido apostólico que los apoyaba secretamente. En Agosto de 1827 se levantaron los agraviados, proclamando el absolutismo más extremado en la Iglesia y en el Estado, y hasta el restablecimiento de la Inquisición; pero fueron deshechos en varios encuentros, y parte de los prisioneros sufrieron la última pena y otros fueron deportados».
3º. Termina la Espasa con que, «en épocas posteriores, otros partidos que sufrieron la persecución del gobierno (¡?) adoptaron aquella misma denominación». Nótese que la entrada es ‘Agraviados o Perseguidos’, especificando: «m. pl. Historia».
Como se ve, la magna enciclopedia donde tanto pesa lo catalán no ayuda mucho en lo que nos importa. Ni explica en qué consistieron los agravios de 1827, ni en qué sentido eran agravios catalanes.  Porque absolutistas ‘apostólicos’ –otra forma de llamar al ala integrista radical– ya hemos visto que los había por toda España.
Da la impresión de que la Cataluña representada por el proyecto enciclopédico barcelonés no se sentía a gusto con aquella página de su pasado y prefirió olvidarla. (El protagonista de los ‘Agraviados’, Agustín Saperes,  no le merece biografía, lo mismo que otros héroes del momento.)

Sin embargo, aquella página se escribió, a golpe de proclamas que nos han llegado, comentadas por historiadores y novelistas. A caballo entre ambos géneros, Galdós escribió uno de sus ‘Episodios nacionales’: ‘Un voluntario realista’, donde la fabulación romántica encaja muy bien en el ambiente de cruzada.
¿Quién agravió  y en qué a los agraviados catalanes del 27? La respuesta obligada debería ser la de siempre: España, el Gobierno de Madrid, ¿quién, si no? Pues para que se vea lo atravesada que se puso la política, esta vez no fue Madrid; o si lo fue, lo hizo bien arteramente, en una de aquellas carambolas que le ponían a Fernando VII sus validos en el tapete del billar. Por carambola, los agravios madrileños «dimanaron» de la Seo de Urgel, en el corazón de Cataluña, que quiso latir como corazón de España entera. Urgel, donde puso sus reales la autoproclamada Regencia de España en 1822-1823. Ella también, cómo no, en posesión de la Máquina del Tiempo:
Mandamos:
1º. Se haga saber a todos los habitantes de España la instalación del presente Gobierno para el cumplimiento de las órdenes que de él dimanen… A su virtud, las cosas serán restituidas por ahora bajo la puntual observancia de las ordenanzas militares y leyes que regían hasta dicho día 9 de Marzo de 1820.
2º. Se declara que desde este día, en que por la fuerza y amenazas fue obligado el señor D. Fernando VII a jurar la Constitución…, se halla Su Majestad en un riguroso cautiverio. Por lo mismo, las órdenes comunicadas en su Real nombre serán tenidas por de ningún valor y efecto, y no se cumplirán… [...]
4º. Se declara que las Cortes que en Cádiz dictaron dicha Constitución no tuvieron la Representación nacional, ni libertad algunos de los congregados en ellas para expresar y mantener sus sentimientos. Que las Cortes sucesivas, compuestas en gran parte de individuos electos por sobornos y amenazas…, en un estado de violencia y anarquía, tampoco han podido representar la nación ni acordar válidamente providencia alguna que pueda obligar a los habitantes de esta Península y de sus Américas.
Episodio extraño, lo de Urgel; tan sin pies ni cabeza que todavía pide explicación. Cuando Cataluña jugó a ser la Vendea española. Pues bien, con respecto a los agravios, la nueva Regencia en sus primeros manifiestos al Rey, a la nación y a los catalanes expresaba los más urgentes. Y como nada hizo, más en agravio quedaron.
De creer a la Regencia catalana, todas las culpas fueron de los liberales, empezando por las ofensas al país en lo más sagrado: la Religión del bracete del Absolutismo.
Además, la Regencia se presentaba a sí misma como necesaria para «evitar la ocasión (precisa en otro caso) de que tropas extrajeras pisen la Península». No se evitó, y de hecho todavía en 1827 había fuerza francesa en Cataluña. Más agravio.
Por otra parte, todo el tinglado urgelenco se sostenía sobre las bayonetas de catalanes montaraces a disgusto con la otra Cataluña costera urbana, y en especial Barcelona, foco de liberalismo e impiedad. Descontando las partidas de forajidos en estado puro, el ‘Ejército de la Fe’ lo integraban realistas con otras motivaciones muy diferentes, de naturaleza económica, a saber, agravios de soldada, de escalafón, expectativas, recompensas y cosas así.

A estos descontentos quiso ganarse el gobierno de Urgel con ese tipo de ofertas que surten efecto contrario, pues su misma esplendidez las hace imposibles. He aquí una muestra:
«A todos los soldados que se nos presenten les serán abonados dos años de servicio, un real de plus, se les dará dos duros a los que se presenten con armamento y una onza de oro a los soldados de caballería que se presenten con caballo. A los sargentos y cabos, a más de gratificarlos, se les tendrán presentes para los inmediatos [sic].
Y como gran parte del cuerpo de oficiales desea dar testimonio de su verdadera fidelidad, sin alternar con criminales, examinada que sea su conducta, y colocados en el lugar que a cada uno corresponda, según su mérito y graduación, se les concederá el ascenso al empleo inmediato, y aun a mayores gracias si vienen a nuestras banderas con alguna tropa.
Se advierte que estas ventajas sólo se concederán a los que se presenten dentro de dos meses…»
¡Ay! Bastante antes de los dos meses, Urgel estaba sin una onza, sin un duro, sin un real. In puribus, en bancarrota. Que para entre catalanes suponía agravio sobre agravio.
En fin, insulto a la inteligencia hispana en general y catalana en particular fue estampar ese artículo (el 8º):
«Las contribuciones  serán reducidas al mínimum posible, recaudadas por el menor número de empleados y con la mayor prudencia y moderación, lo que se rectificará [sic] al oír la voz libre de la nación, según su Constitución antigua [?].
Prometer la perogrullada del siglo en materia fiscal, mientras los pueblos se veían freír vivos a contribuciones, derramas, exacciones, incautaciones y rapiña por cada capitoste libertador que asomaba la barretina.
Nótese de paso el señuelo foralista y la apelación a la ‘Constitución antigua’ de las Españas, con sus privilegios y libertades medievales; algo difícil de bien casar con una monarquía absoluta moderna:
«7º. Los fueros y privilegios que algunos pueblos mantenían a la época de esta novedad, confirmados por S. M., serán restituidos a su antigua observancia… [...]
9º. … Serán convocados, con arreglo a los antiguos Fueros y costumbres de la Península, representantes de la provincias que nos propongan los auxilios que deban ser exigidos, los medios de conseguirlos con igualdad, sin ruina de los vecinos, los males de que se sienten afligidos, y crean haber padecido en las revoluciones que desgraciadamente han experimentado, para que en nombre de S. M., y durante su cautiverio, podamos proporcionarles consuelos, con medidas que les aseguren en lo sucesivo su bien y tranquilidad».
Forales privilegiados todos, pero unos más que otros. Nada de sufragio, representación territorial a l’antic. Nada de presupuesto nacional, auxilios eventuales. Nada de programa, sólo consuelos, y si acaso medidas para su …, para su…  ‘felicidad’, había dictado la Regencia; pero alguien debió de advertir que el término estaba gastado, y la frase se redondeó, ‘para su bien y tranquilidad’.
Y la guinda: Cataluña, caput Hispaniae. Con guiño significativo a los liberales proteccionistas:
«10º. Considerando el mérito que contrae esta Provincia [1]  en ser la primera que con heroico esfuerzo repite a su Rey los más vivos sentimientos de su antigua fidelidad, y que gran parte de su subsistencia depende de su industria y comercio, la proporcionaremos, y a sus vecinos en particular, cuantas gracias y privilegios estén a nuestro alcance para su fomento; las que se harán extensivas a otras, según se les hallare acreedores por igual energía, exceptuando sólo los pueblos que se manifiesten desobedientes a este gobierno».
Un agravio que se ignora por completo en los manifiestos de entonces, los de un lado y los del contrario, era el infligido a Cataluña por el tatarabuelo de Fernando y Carlos, o sea D. Felipe V y sus tropas borbónicas de 1714. Y a diferencia de hoy, nadie parecía acordarse mucho de Casanova. Diríase que la Cataluña de entonces no sangraba por esa herida.
Demos ahora un vistazo a la lista de agraviados del 22-23.  Antiguos guerrilleros de la Independencia, muchos con grado militar y título de ‘don’, pero en retiro forzoso, pasados luego mayormente al contrabando y el bandidaje, por necesidad o por gusto. Personajes orgullosos de su apodo, por el que ellos mismos se presentan si quieren ser conocidos.
El primero de todos, Tomás (¿o era Antón?) Costa, (a) el Misas, el amo del Ampurdán. Montaner, de Berga. Antonio Marañón, el Trapense. Romagosa, carbonero de la Bisbal; un malas pulgas brutal, pero que fue el cabecilla de más talento militar, alcanzando empleo de brigadier. Don Pablo Miralles, vecino acomodado de Cervera, que habiendo servido con honor en la Independencia se retiró a llevar su hacienda («sin disputa, el único que se lanzó al campo con verdaderas convicciones políticas», aunque estaba fanatizado por su confesor [2]. José Bossons, o sea el Jep dels Estanys, de Vallsevre; otro de mal carácter, que anduvo por Berga y su distrito asesinando por igual a franceses y españoles, como un perfecto bandido. Mosén Antón, Mosén Ramón, Francisco Badals o el Romanillo, Ballester, Targarona, el Caragol, el Carnicer, Montó, Malavilla...
El gran hecho de armas de estas partidas fue la conquista, realmente extraordinaria, de la Seo de Urgel: victoria conjunta de Romagosa, Miralles, Romanillos y el Trapense (21 de junio 1822). En sólo tres horas, desde el alba a las 9 de la mañana, 2.000 hombres sin disciplina, mal armados y sin artillería ninguna, tomaban al asalto tan importante plaza fuerte, con muy pocas bajas.
Así, lo tan mal comenzado en otoño anterior, coincidiendo con la epidemia de fiebre amarilla en Barcelona, se trocó en laureles para unos valientes que además iban aprendiendo (los jefes al menos) algo de coordinación y, lo más increíble entre guerrilleros catalanes, rudimentos de disciplina.
Dueños de la plaza, lo primero forman Junta Superior Provisional de Cataluña: un abogado, dos canónigos de la Seo, el rector del seminario, dos comerciantes y un D. Juan Juer. En lo militar, se organizaron en 3 divisiones mandadas por D. Juan Romagosa, D. Francisco Badals y D. Tomás Miralles, los tres con empleo y vitola de mariscales de campo. En cuanto al Trapense, se le nombró gobernador de los fuertes de la plaza.
Instalada allí mismo la Regencia de Urgel, a principios de agosto el alzamiento contaba con más de 16.000 hombres. La contienda se hizo más salvaje, cosa siempre posible en una guerra civil. En algún momento los realistas creyeron suya la victoria. En 1823 los ‘100.000 Hijos de San Luis dieron al traste con todo. De ese modo, los mismos descontentos y agraviados que acabamos de nombrar y que cuatro años después no estaban inútiles ni habían muerto, seguían igual o peor, listos para representar en 1827 la misma historia que tenían ensayada.
La misma historia, pero en tono más clerical. Cervera, Manresa y Vich fueron ahora los focos principales. La Junta de Cervera estaba presidida por D. Miguel Torrebadella, presbítero, Vicecanciller de la Universidad [3], siendo miembros de la misma el padre Barrí, dominico, el padre guardián de los capuchinos, el teniente coronel Jordana, entre otros.

Josefina Comerford, ‘La Generala’
En ocasiones asistía a las juntas una mujer hermosa tocada con gorro de piel, al busto una guerrera historiada y sobre las botas de media caña saya de amazona. Cuando esto ocurría, el presbítero don Miguel acostumbraba ceder a la beldad la presidencia, que sin más era aceptada.
Y cómo no, si doña Josefina aportaba a la Junta en la inopia una partida casi regular, armada y pagada de su fortuna. Los  guerrilleros catalanes, los viejos y los menos viejos, sólo traían a la causa el fermento rencoroso de sus agravios, sus pensiones y ascensos, más cuatro gatos de la familia y armas obsoletas. Y para que no falte el motivo folletinesco, a esta dama se atribuyó un romance con el Trapense.
Nacida en 1794, Josefina Comerford, fanática rica, culta y noble descendiente de militares españoles de origen irlandés, movida del demonio aventurero había vuelto a España a ponerse en contacto con los ultras, en pro del absolutismo y en contra de los masones. Con el título auto otorgado de ‘la Generala’, comandaba su propia hueste, y buscándose un edecán lo encuentra en la persona del guerrillero Antonio Marañón, El Trapense.
Juntos participan en varias acciones, especialmente la referida toma de la Seo de Urgel, donde la Regencia reconoció a doña Josefina el título de Condesa de Sales. Juntos también entran luego en España con los Hijos de San Luis (1823).
En 1824 el Trapense obtiene el mando de los realistas en la Rioja, Navarra y Aragón, ya fuera de la tropa de La Generala. Ahora es ella la que le sigue, hasta la destitución del monje y encierro en su convento trapense de Santa Susana en Maella, Zaragoza, donde muere (noviembre de 1826). Buena salsa para guisar el gazapo de que Josefina y el Trapense fueron amantes.
Aunque el Trapense no alcanzó la Revuelta de los Agraviados,  –tampoco el Barón de Eroles, fallecido en Daimiel (22 agosto 1825)– la Comerford sí, conspirando siempre como ultra-realista, ahora en el foco de Cervera. Descubierta por la policía, recibe orden de resider en Barcelona y le quitan el pasaporte. Para recobrarlo, hace que una criada suya se instale en Cervera y allí finja ataques, persuadiendo a los doctores de la Universidad de que está endemoniada. Con tal diagnóstico y el pretexto de curarla, logra su propósito, y de nuevo en Cervera participa en el levantamiento.
Fracasada la intentona, Josefina no será fusilada como otros capitostes. Su condena fue de reclusión perpetua en un convento de Sevilla. Allí se mostró difícil, pasando de un convento a otro, hasta que Mendizábal vacía los conventos (1833).
Ya libre, lleva vida discreta en Sevilla, en el Corral del Conde, calle de Santiago. Allá fue a visitarla el historiador Antonio Pirala (1853), pero en vano porque estaba ausente.
Testa en Sevilla (1863) y fallece de pulmonía en abril de 1864, en una casita de su propiedad, siendo enterrada en el cementerio de San Fernando.
Los Agraviados se sublevan en Cataluña 

Manresa: Junta Superior del Principado
Fue como la reposición de una tragicomedia histórica, donde hasta las actores se repiten. Los Terricabres, Llobet, Carnicer, Queralt, Jep dels Estanys...
A los agravios añejos, ahora se añaden mayores exigencias absolutistas. Restablecimiento de la Inquisición. No al indulto a los liberales. Y  eso que el tal indulto fue otra broma macabra, con más excepciones que aplicaciones. De hecho, una medida de depuración política. No al nuevo reglamento de los cuerpos de Voluntarios Realistas (1825), que aprovechando la crisis económica recortaba sus expectativas, pero sobre todo su radicalismo.
La Revuelta de los Agraviados se revela como erupción primaveral en marzo de 1827, con agitación en el campo de Tarragona, en el Ampurdán, Vich, Manresa, las montañas. El alzamiento ya tiene fecha: el 1º de abril.
Por parecerse a la revuelta anterior,  ésta la imitó hasta en su debut desastroso. Hogueras sin combustible, pronto decaen y un indulto oportuno casi las apaga (30 de abril). Concedido primero a los rebeldes catalanes de a pie que depusieran las armas, se amplió a los cabecillas, aunque algunos (con toda razón) no se fiaron, y una vez aprehendidos fueron fusilados. Por si quedaban rescoldos, las pastorales de los obispos catalanes (y no sólo ellos) repudiando la revuelta dieron un mentís a quienes veían detrás de todo aquello la mano de la Iglesia docente.
Cuando he aquí que, entre la documentación incautada, aparece algo tardíamente el ‘Manifiesto de los Realistas Puros’, que nosotros ya conocemos, aunque muchos de sus destinatarios tal vez ni tuvieron idea del mismo hasta entonces. Su idea fuerza era la sustitución del tibio Fernando por su hermano don Carlos. Auténtico o no, la difusión de dicho papel coincide con un repunte del movimiento radical, multiplicándose los voluntarios realistas.
En agosto de 1827, el 25, entran sin resistencia en Manresa, y allí se crea una Junta Superior de Gobiernos del Principado de Cataluña (vulgo la Junta de Manresa) que proclama y preside el  misterioso Agustín Saperes, el Caragol. Este individuo nada tiene contra lo de reimplantar el Santo Oficio, él a su juego:  enmendar los agravios a los oficiales y funcionarios realistas, como también «acabar con todos los liberales del suelo español». Su proclama de 3 de septiembre fue perentoria. Se ocupan Vich, Cervera, Valls, Reus, Talarn, Puigcerdá. Cardona, Gerona, Tarragona, podrían estar al caer.
El Capitán General de Cataluña, Marqués de Campo Sagrado, ni reacciona. ¿Con qué? Además, el Principado seguía bajo protectorado nominal del ejército francés, que mantenía una pequeña fuerza en la Ciudadela de Barcelona. Su comandante, buen conocedor de todos los antros conspirativos de la ciudad y el Maresme, era el mismo que pronto se despedirá de Fernando VII asegurándole con llaneza: que «para conservar la calma en Barcelona bastaban cuatro soldados y un cabo».
A todo esto llega de Berga D. José Bossoms, el Jep dels Estanys, a defender la Junta, y de paso desplazar a Saperes de la presidencia, quedando su segundo D. José Cerons, canónigo lectoral de Vich, y vocales dos cargos eclesiásticos de la colegiata de Manresa [4].
El éxito anima a otros focos ‘carlistas’ en Aragón, País Vasco, Córdoba. Todos de corto aliento, salvo en el Maestrazgo.
Contraofensiva fernandina
Curiosamente, el rey toma la iniciativa contra la revuelta catalana. El 5 de septiembre parte del Escorial, llevándose consigo a Calomarde, y quemando postas se presenta en Tarragona el 15.
Viajaba a la vez y con igual celeridad un individuo conocido como el Conde de España, al frente de tropa. El día 14, todavía el rey de camino, el tal Conde de España sustituye a Campo Sagrado en la Capitanía General de Principado, como capitán en jefe del Cuerpo expedicionario (sic). El 23 de septiembre estaba el Conde y su gente en Tortosa.
El mismo día, en Manresa, el presidente de la Junta Bussons emite un manifiesto impreso:
 «La Excma. Junta superior de Gobierno de este Principado, a consulta y en unión de las autoridades del Ejército Real, ejecutor de los soberanos decretos, en sesión de este día ha resuelto se publique y circule la orden siguiente:
Todos los señores jefes y oficiales de los ramos civiles y militares y de Real Hacienda, comprendidos los que sirvieron al Ejército Real de operaciones de este Principado, durante la guerra contra la llamada Constitución, en cualquier parte que se hallen, que hasta el día no se hayan presentado a ofrecer sus servicios a esta Junta Superior, para hacer parte y contribuir a favor de los banderas leales a S. M., deberán verificarlo por todo el presente mes de Setiembre, para poder ser considerados acreedores a obtener sus empleos y al disfrute de su sueldo; en el concepto de que si no lo ejecutasen dentro de dicho término, se les apercibe que no tendrán derecho a ello, por más que se justificasen su decisión y méritos contraídos, ni haber tenido noticia de esta orden o estar por algún motivo privados de comparecer, no menos que el haberse presentado a algún comandante u otro feje de las divisiones realistas, y en este caso solamente podrán acudir a la propia Junta, para que les pueda atender si hubiese alguna vacante, y destinarles al empleo que la misma tenga a bien confiarles: sin perjuicio de tomar en uno y otro caso los correspondientes informes sobre si han desmerecido en su buena reputación y decisión, por la justa causa del Rey y del Altar.
Todo lo que de orden de la misma Excma. Superior Junta se hace notorio, y se manda su publicación y fijación en los parajes públicos y acostumbrados, donde se hallen las divisiones de dicho Ejército Realista, a fin de que nadie pueda alegar ignorancia.
Dado en Manresa a 23 de Septiembre de 1827.- José Busons, Comandante general presidente» etc.
Se ve que fiaba en sus fuerzas. muy superiores a las de Fernando. Treinta y tres batallones ultrarrealistas organizados y bien armados era mucho, sin contar otros tantos que se habría podido organizar fácilmente.
Pero los fernandinos jugaron muy bien sus cartas, embaucando a los liberales catalanes, que incautamente ponen a disposición del enemigo tradicional toda su red de información en Barcelona y su feudo, la zona costera. Los propios liberales ayudarán en la preparación del recibimiento al Indeseable. Los obispos con sus pastorales calmantes también.
El 28 septiembre Fernando con Calomarde y el Conde entra en Tarragona. La ciudad recibe a su rey absoluto con un fervor impensable en Madrid:
«No te puedes figurar el entusiasmo a favor mío, aunque sin merecerlo, que hay en los pueblos y en las tropas».
Eso escribe Fernando a su secretario Grijalva. Ya; pero ¿y en Barcelona?

Pues en Barcelona más de lo mismo. El rey había cedido a la moda y gastaba paletó sobre el traje de pantalón largo, tocándose con sombrero de copa. Ahora acompañado de la reina Amalia, la real y achacosa pareja era paseada en carroza triunfal de opereta con tiro de sangre humana, sustituidos los caballos y sus relinchos por otra especie animal que en ocasiones anteriores solía gritar, ‘¡Vivan las Cadenas!’:
«Desde la Creu Coberta (donde entramos en un carro triunfal soberbio) hasta palacio tardamos una hora justa. en mi vida he visto más gente ni más entusiasmo»
El golpe de mano y de efecto de venir el rey a bañarse en multitudes catalanas moderadas culminó con la alocución de Fernando el 28 de septiembre, rebatiendo el ‘Manifiesto de los Realistas Puros’  [5].
«EL REY. Catalanes: Ya estoy entre vosotros, según os lo ofrecí por mi decreto de 18 de este mes; pero sabed que como padre voy a hablar por última vez a los sediciosos el lenguaje de la clemencia, dispuesto todavía a escuchar las reclamaciones que me dirijan desde sus hogares, si obedecen a mi voz; y que como rey, vengo a restablecer el orden, a tranquilizar la provincia [sic], a proteger las personas y las propiedades de mis vasallos pacíficos, y que han sido atrozmente maltratados, y a castigar con toda la severidad de la ley a los que sigan turbando la tranquilidad pública…
Ni yo estoy oprimido, ni las personas que merecen mi confianza conspiran contra nuestra santa Religión, ni la Patria peligra, ni el honor de mi Corona se halla comprometido… ¿A qué, pues, toman las armas los que se llaman a sí mismo vasallos fieles, realistas puros y católicos celosos? Contra su Rey y Señor…»
Y tras el paternalismo, la amenaza: veinticuatro horas tienen las bandas para rendirse y entregar las armas,
«quedando los caudillos a disposición mía, para recibir el destino que tuviese a bien darles, y regresando los demás a sus respectivos hogares, con la obligación de presentarse a las justicias, a fin de que sean nuevamente empadronados».
Porque si no,
«la memoria del castigo que espera a los obstinados durará por mucho tiempo».
“Dado en el Palacio Arzobispal de Tarragona, a 28 de Septiembre de 1827. Yo el Rey. (Y firma también Calomarde).
Calomarde equilibrista. Según él, el manifiesto de los ‘Puros’ era una patraña mal urdida por liberales en el exilio. Según otros, intriga  suya comprometiendo al infante Carlos. Y como Fernando VII no se fiaba de nadie, el Indeseable aprovechará el enredo para vengarse de todos sus enemigos, fuesen realistas o negros.
Pero primero se dejó querer. Sobre la marcha firma decretos proteccionistas que la burguesía textil catalana le reclamaba. También visitaron los reyes el santuario de Montserrat, que estaba la mayor ruina de su historia, socorriéndolo con un fuerte donativo, de tal modo que gracias a Fernando VII aquella casa volvió a levantar cabeza.

Fin de la Revuelta
No sé si se guardó a los rebeldes el plazo de 24 horas, pero no por falta del elemento represor. Porque el llamado ‘Carlos o Conde de España’ va a ser el verdugo de Cataluña durante cinco años terroríficos (1827-1832).
¿Y quién era este conde? En seguida le conocemos mejor. Ahora toca decir que los revoltosos se achantaron. Uno tras otro, todos empezaron a disculparse y no pocos a remitir mensajes de adhesión, publicados en La Gaceta, renegando del compromiso en que les había metido la Junta de Manresa.
Por la parte de la Junta, el cabecilla don Narciso (o Jacinto) Abrés, el Carnicero, (a) Pixola emitió el 22 de septiembre un manifiesto furibundo,  sin dejar títere con cabeza:
«Catalanes: tiempo es ya de romper mi silencio para vindicarme con vosotros de la calumnia con que nos acusan todos los obispos del Principado en sus respectivas pastorales, atribuyendo nuestro heroicos hechos a ser obra de sectarios jacobinos; borrón que estoy sintiendo, sin que pueda dejar de manifestarlo: nada de eso, muerte a estos es lo que hemos jurado»,
El Pixola daba por supuesto que en aquella empresa andaban comprometidos, del Rey abajo, muchos consejeros de Estado, nombrando al padre Cirilo Alameda, al Duque del Infantado, a Calomarde, a Carvajal, el inspector de voluntarios realistas...
¿Era eso verdad? ¿Tenía pruebas la Junta? ¿Se lo habían hecho creer los jefes secretos de Madrid? Fernando VII algo sabía, a juzgar por una carta de instrucciones interceptada en Cataluña:
«Madrid:-hoy 26 de Septiembre.- Amigo: si los valientes sucumben sin que el Rey Nuestro Señor les cumpla esas condiciones, todos irán al palo, unos tras otros. Si fían en palabras son perdidos. Si Calomarde logra engañarlos, desgraciados y desgraciada España: se establecerán las Cámaras, se reconocerá la independencia de las américas, y el imperio masónico se radicará. No fiarse, amigo mío; el Rey es masa, los masones le han hecho salir, todos los que van con él lo son: Merás, Albudeite, Castelló, Calomarde y los que van de incógnito un día después que S. M.- romagosa es traidor: vino aquí en dos sentidos, comió con el traidor Calomarde y le dieron 40.000 duros para seducir, engañar y dividir a esos infelices.- Alerta y no fiarse».
Respecto a las condiciones con Su Majestad, nada era negociable. Conquista y entrega  del Estado con todo su organigrama, la Junta no se conformaba con menos:
1. Rigurosa observancia del R. D. de 1º de octubre de 1823.
2. Extinción de las sectas.
3. Organización y fomento de voluntarios realistas.
4. Extinción del ejército actual y formación de otro enteramente realista.
5. Separación del mismo de todos los oficiales constitucionales conocidos.
6. Lo mismo para los demás empleados constitucionalistas en todos los ramos del Estado.
7. Anulación de todas las corporaciones y establecimientos nuevamente creados y nunca antes conocidos en la nación; como policía, instrucción pública, junta reservada de Estado y otras de esta clase.
8. Nueva clasificación de empleos y grados, en que no intervengan sino personas notoriamente realistas, prefiriendo a los que hayan militado contra la Constitución.
9. Exclusión total de empleo y mando a todo voluntario nacional, masón, comunero, sectario.
10. Formación de causa al Ministerio actual.
11. Juntar Concilio nacional, para fijar las verdaderas máximas religiosas.
12. Establecer una junta con sólo objeto de velar por la observancia de las leyes y órdenes de S. M., e informarle sobre los que de algún modo contraríen su Real servicio.
13. Restablecimiento de la Inquisición, pero con exclusión de jansenistas y prohibición de entrar en él los Monteros, Pérez y otros de este jaez.
14. Extinción absoluta y perpetua del Consejo de Ministros, reforma o separación de algunos individuos del Consejo de Estado (como Castaños, Peralta, Erro, Elizalde etc.)
El Rey, fiel a sí mismo, no guardó su palabra dada en Tarragona y Barcelona. El 8 de octubre Manresa se rinde sin lucha al Conde de España. La Junta, con buen acuerdo, se esfumó por los montes de Berga. Caen Cervera, Vich, Olot.  En Vich quemó también el Conde buen paquete de documentación comprometedora, y hasta las causas formadas.
El ministro francés Villèle estuvo en el ajo, por sus intereses particulares. Bussons (el Jep dels Estanys) contó siempre con la connivencia gala. Escapado de Cataluña a Francia a principios de diciembre, parte de allí para Niza, ayudado en todo por el prefecto de Perpiñán, que le proporcionó pasaporte falso para volver a España y renovar la revuelta. Pero Bussons estaba ‘quemado’, y el Conde de Mirasol le echa el guante el 2 de febrero de 1828. Los papeles que se le incautaron fueron entregados al Rey en Barcelona, el cual los examinó y acto seguido los quemó.
Al caer Berga, los cabecillas más listos pasaron la frontera. En cambio, los incautos  acogidos al indulto real lo pagan con la vida.
El Jep dels Estanys fue fusilado en Vich. Al primer sacedote que se le presentó en capilla le respondió con un bofetón. Finalmente se logró ablandarle para que al menos diese espectáculo de muerte cristiana [6].
Antes habían sido fusilados en Tarragona nueve cabecillas, incluido el citado Pixola. Otro de ellos era D. Juan Rafí Vidal, quien antes había hecho confidencias importantes al conde de Mirasol, jefe de policía, aunque nada quiso ratificar en público. Ya vendados los ojos, Mirasol le invita a revelar lo que le había dicho en secreto:
–Vidal, ¡que todavía es tiempo!
Hasta la eternidad, conde.
Para Vicente Lafuente, Vidal sería la única figura atractiva de la sublevación. Los demás catalanes quedan de primos. Comulgaron con las mayores ruedas de molino:  que si el Santo Padre les bendecía; que si contaban con todo el apoyo francés y con el Emperador de Rusia, que tenía dispuestos en su ayuda a 40.000 infantes y 6.000 caballos, y que en Francia la nobleza estaba dispuesta a sublevarse en igual sentido. Los cándidos catalanes pagan el pato, mientras la ‘Camarilla’, los inductores cortesanos madrileños, afiliados o no al Ángel Exterminador, miran al infinito. Se dijo de uno que firmaba las proclamas más procaces con el seudónimo, el Padre Puñal. Invenciones masónicas, según los carlistas («todo puede ser», se despacha Lafuente) [7].
En cuanto a D. Juan Romagosa, mariscal de campo del ejército y gobernador político y militar de Mataró, se puso a merced del Rey porque ya se había descubierto su juego doble. Fernando le hizo procesar, sin mayor efecto. Más tarde se declarará partidario de D. Carlos, y hecho prisionero le fusilan en 1834 [8].
Otro juicio particular del historiador de Las Sociedades Secretas, Vicente Lafuente, es que durante la campaña  final el Conde de España ahorró mucha sangre realista, e incluso fue «muy humanitario». Calomarde en cambio fue más de paredón. El Conde habría llegado a enfrentársele, librando a prisioneros a punto de ser fusilados, enviando a unos 300 al presidio de Ceuta.
Esta lenidad del Conde en el teatro mismo de la revuelta contrastará con su conducta posterior en Barcelona, donde se cebará en los liberales. Otro enigma abierto a la especulación [9].


España contra Cataluña
No estoy reproduciendo un título reciente de Jesús Laínz (aunque tampoco veo mal ofrecerle mi modesta propaganda). Mi España es el individuo a quien solían llamar así cuando fue Capitán General de Cataluña, aunque ni siquiera era español de origen, sino francés. Igual que otro militar aventurero y conspirador como él, Jorge Bessières.
El tal España, o Conde de España se llamó antes Carlos d’Espagnac, hidalgo de magra hacienda en su pueblo pirenaico de Oust, cerca de Comminges [10].
Distinguido en la Guerra de Independencia frente a sus compatriotas, asciende a comandante general de la Guardia Real. Parece que fue Fernando VII el que, divertido con el juego de palabras, Espaignac/España, le nacionalizó también el apellido. Carlos de España, Conde España: todo un título nobiliario, con grandeza.
Como sabueso del absolutismo fernandino, al encenderse la primera tea ultrarrealista (1825) en manos del francés Jorge Bessières, mariscal de campo del ejército español, de pronto converso del liberalismo republicano al absolutismo más radical,  Carlos de España se encargó de perseguir al compatriota, hasta cazarlo y hacerlo fusilar sumarísimamente en Molina de Aragón (26 de agosto) , sin hacer caso de que llevara salvoconducto del rey, destruyendo esa y otras pruebas comprometedoras para Fernando, en aquella extraña aventura que fue como el preludio de la Revuelta de los Agraviados.
A raíz de la invasión de los ‘Cien mil Hijos’, el comandante general francés en Barcelona simpatizó con los masones de la ciudad, diciendole campechanamente a Fernando VII al salir de allí que «para conservar la calma en Barcelona bastaban cuatro soldados y un cabo». Tras la breve campaña, reconciliados de momento realistas y carlistas, los liberales vieron con horror que se levantaba la veda, pagándoles el Conde con cárcel y suplicio la colaboración prestada.
Por ese trato, el Conde se ganó el título de tigre sanguinario y de ingrato. Los cabecillas descubiertos por él y fusilados fueron casi todos militares, aunque también hubo paisanos. Las imputaciones fueron de conspiración y algunos condenados fueron ahorcados en la Ciudadela. En total, España fusiló a 36 liberales catalanes en espacio de 9 meses, previo consejo de guerra. Otros 45 fueron al presidio de Ceuta, y algunos escaparon.
La pregunta es: ¿Fue Carlos d’Espagnac, o de España, el monstruo que pintaron los liberales, sobre todo los catalanes?
Como hemos de volver otro día sobre la vida y milagros del santo varón, aquí nos limitaremos a seguir otro poco la prosa, casi siempre entretenida, de Lafuente, el historiador de las Sociedades secretas.
De don Vicente, por lo que antes le hemos oído, no cabe esperar aspavientos de horror. Sin canonizar al conde, ni mucho menos, le califica por comparación:
«Más fusiló en una tarde el virtuoso O’Donell de resultas de los sucesos de 22 de junio, y con más breves procedimientos».
Por la misma vía añade:
«He preguntado a varios realistas catalanes y barceloneses acerca de sus impresiones en aquel tiempo, y me han asegurado que no tuvieron terror ninguno en 1827 y 28, pero que lo tuvieron muy grande en 1834 y 35, cuando los liberales fusilaban a los realistas por represalias».
Concluye Lafuente, no sin cierto desparpajo, que como historiador debe dar relación del horror que causaban en Barcelona el estampido del cañón de la Ciudadela, el luto general de la población, el carácter siniestro de los fiscales, la venalidad de la policía, que se adornaba incluso con prendas incautadas a los detenidos, el espectáculo horrible de los cadáveres colgados… «y todo lo demás que los periódicos y los novelistas tienen en su repertorio épico o dramático para tales casos, en que son fusilados cómplices o amigos, y queda olvidado y guardado cuando se fusila a los enemigos».
Y algo más. El principal soplón no fue catalán, fue un valenciano. Un tal Simó, antiguo republicano y carbonario en Valencia (1821-1823), que desde su refugio en Londres fue enviado a Barcelona, a entenderse con los liberales e informarles de los planes de sublevación de tropas. Los esbirros del fiscal Cantilón le echan el guante, y hábilmente entrevistado por éste en los calabozos le canta la trama y lista de conjurados, saliendo él libre. Es justo y algo alivia esclarecer que Simó no era catalán.
[Aquí vendría a cuento –pero es ya muy tarde– ironizar con que tampoco el legendario Fray Garín, el ermitaño rijoso de Montserrat, fue catalán, era valenciano. I Pujol, no será més aviat Puchol? Un anomenat Centre d’Estudis J. P.  ja ho està esbrinant.]
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[1] «Esta Provincia»: entendamos, el Principado. Para entonces Cataluña ya reconocía a sus cuatro provincias, y no parece que los orates de Urgel se refiriesen a la industria y comercio de Lérida. La más aragonesa y más distante y distanciada de la capital, Barcelona.
[2] Víctor Balaguer, 10: 78, siguiendo a J. M. y R., para él autor ‘Anónimo’, aunque Google nos lo descifra como José Marquet y Roca, Memorias para la historia de la Última Guerra Civil de España. Con licencia. Barcelona, Impr. de Brusi, 1826, 2 tomos. Obra dedicada a la Baronesa Viuda de Eroles, escrita por ende con perspectiva realista, pero con inteligente apertura.
[3] En la Guerra de Sucesión, Cervera se señaló por su adhesión a la causa borbónica. Por eso Felipe V la premió con el título de ciudad (1702), y ganada la guerra la distingue como centro universitario (1717), al que incorpora los demás suprimidos, el más importante la Universidad de Barcelona. La Universidad de Cervera es famosa en el mundo entero por una supuesta frase supuestamente pronunciada por un canciller suyo en 1827, en un supuesto discurso de saludo a Fernando VII, y que supuestamente habría llegado a esculpirse como lema, en la biblioteca o incluso en la fachada: «Dios nos libre de la funesta manía de pensar». Como es fácil que otro día volvamos sobre esto, baste decir aquí que Cervera y su Universidad fueron reducto del absolutismo más cerril en toda la década ominosa y aun después, hasta su cierre y traslado a Barcelona (1842).
[4] El domero y vicedomero, respectivamente. Domero –que la R. Academia no registra– viene a ser el equivalente de fabriquero.
[5] Gaceta Extraordinaria de Madrid, Nº 121, jueves 4 de octubre 1827.
[6] Algunos le hicieron morir ahorcado, él con Pujol, Fray Puñal y otros compinches, adornando el relato con que murieron coreando al fraile en su grito:  «¡Viva la Religión y muera la Patria! ¡Viva el Rey Absoluto y mueran las Leyes!»
[7] O. cit., 1: 462.
[8] Aparte de los historiadores que consulto y en parte cito, he compulsado otras fuentes, como ‘Foro Historia en Libertad’, 14/01/2011. Aquí se dice que Saperes acabó fusilado con los cabecillas de la revuelta. No hubo tal cosa. Agustín Saperes, el Caracol, fue un tipo que haciendo honor a su apodo se encerró en su concha para la Historia, sin que se sepa a ciencia cierta dónde ni cuándo nació ni murió. Ciertamente en las listas de cabecillas ejecutados no figura este sujeto, que pronto escurre el bulto. Era otro de los ex guerrilleros catalanes de la Independencia y «sirvió en la marina» (¿qué marina, después de Trafalgar?). Durante el trienio constitucional se echó al monte por la parte del Montserrat y Bertí al frente de una partida de voluntarios realistas. Esto le valió, con la vuelta al absolutismo de 1823, el ascenso a coronel. Pero con el nuevo reglamento de cuerpos de voluntarios realistas, y el licenciamiento en bloque de los que fueron sus cabecillas, Saperes se sumó al gremio de los ‘agraviados’.  Tras la rendición de Manresa huyó a Francia. En 1833 tratará de unirse a los carlistas, pero el capitán general de Cataluña, el cristino Llauder, se lo impidió.
[9] Episodios foráneos a Cataluña fueron la sublevación de D. Joaquín La Guardia en Aragón (derrotado y fusilado luego, junto con el Dr. d. Magín Pallás). Sublevación de D. Asensio Lansagarreta en Ulibarri-Arrazua, junto a Vitoria (2 de octubre).
[10] Es posible que Espagnac tampoco fuese su nombre verdadero, pues algún testimonio dice que allí todos le conocían como Mr. Sain-Serni, y que más que en retiro vivía en libertad vigilada (F. Soldevilla, Historia dels Catalans, 5: 2587-88, citando una carta de 1833). Si la familia fue realmente noble, venidos a menos con la Revolución.

Crédito del mapa y dibujo de cabecera: B. Pérez Galdós, Episodios Nacionales (2ª Serie). Espasa Calpe, 2008, t. 9.