jueves, 16 de junio de 2016

Gure Matraka Dago



Nunca me ha convencido del todo la idea, tan bíblica, de que los países y sus fronteras son de derecho divino. Una idea que, en cambio, es dogma y razón de ser para los nacionalistas, según el ‘Cántico de Moisés’ (Deuteronomio, 32: 8):
Cuando el Altísimo repartió las naciones,
cuando clasificó a los hijos de Adán,
fijó las fronteras de los pueblos,
según el número de los hijos de Dios.
Dios era el padre de la gran familia divina, como Adán lo fue de la humana. Según eso, tantos ángeles o seres divinos, tantos pueblos o naciones con su territorio propio. Ni más, ni menos. Sólo hubo una excepción en el reparto: el ‘Pueblo Elegido’, Israel/Jocob, no le tocó a ningún ángel, pues Dios mismo se lo quedó:
Mas la porción de Yahweh fue su pueblo;
Jacob, su parte de heredad.

No sabré decir si esto último fue del agrado de Sabino Arana. Lo que no ofrece duda es el carácter religioso providencialista de su Euzkadi: ente primigenio, inmune a los avatares de las fronteras históricas. Sabino –lo más probable para mí– no se paró a pensar en los derechos de un pueblo judío sin estado, sencillamente porque los judíos no estaban de moda en su sociedad, y llevaban a cuestas el estigma de ‘Pueblo Deicida’, los que mataron a Dios, como puntualmente se recordaba cada año en la liturgia de Viernes Santo: oremus et pro perfidis Judaeis.

Juramento de ratificación del Tratado de Münster, 1648 (Gerard ter Borch,  Múnic) 
Aquel viejo reparto bíblico tuvo su versión seglar moderna en La Paz de Westfalia con sus tratados (1648). Dicha paz no acabó con las guerras, pero sentó los principios para un mapa de Europa más tranquilo, por el momento. Westfalia inspiró planteamientos nuevos en las relaciones internacionales y, frente a la idea feudal de herencias dinásticas, relaciones de vasallaje y derecho de conquista con la bendición de la Iglesia,  abrió paso a la idea de estado nacional moderno, independiente e inmune a la absorción por otro estado. Y aunque allí se trabajó casi exclusivamente sobre estados de soberanía hereditaria, el sistema medieval que vertebraba el Sacro Imperio quedó herido de muerte.

Wikipedia: cuidado con los intrusos
Una curiosidad de los Tratados de Westfalia, insospechada para sus redactores y firmantes, es que algunos verán allí la semilla del derecho de autodeterminación de los pueblos, y más concretamente del pueblo vasco. Abramos la Wikipedia en inglés, Peace of Westphalia (a día de hoy), y leemos:
«The treaties did not restore peace throughout Europe, but they did create a basis for national self-determination(Los tratados no restauraron la paz por Europa, pero crearon una base para la autodeterminación nacional.)  
Y aquí me permito una digresión, sobre una morcilla –en este caso, un ‘pintxo de txistorra’ más bien– que se ha colado en el artículo, por lo demás objetivo. ¡Qué raro! Y sobre todo, qué anacrónico: los diplomáticos de Westfalia en el siglo XVII, cuando el concepto de soberanía popular ni siquiera se planteaba, ellos ya dando ideas para… ¿adivinan para qué? Pues para el ‘konflicto’ vasco y para su solución, mediante la independencia de Euscalerría. Sí, digo bien, Euscalerría. Porque ‘picamos’ enlace en self-determination, y velay la foto, que no tiene desperdicio: 
Mural en Belfast, Irlanda del Norte,
reivindicando la libertad de Vasconia 

ASKATASUNA: No España / No Francia.
Autodeterminación para el País Vasco.
700 presos políticos
Partidos políticos prohibidos
Incidentes de tortura
Derechos civiles.

La falacia de siempre. Ceder el nacionalismo vasco a ETA y su brazo político. Identificar a determinadas comunidades con su fracción nacionalista. Dar como unidad política real lo que sólo es un imaginario político llamado Euscalerría. Impropiamente llamado así, País Vasco o de los Vascos, tal como concibe ese nacionalismo la identidad vasca.
Según eso, ¿es absurdo relacionar Westfalia con autodeterminación? No he dicho tal cosa, y a la Wiki me remito. Sólo critico los métodos, entre sutiles y burdos, de nuestros nacionalistas periféricos, para confundir información y propaganda, ciscando de paso una gran enciclopedia de todos, la mayor que vieron los siglos.
Enseñanzas de un Atlas de Historia Mundial
Pero a lo que iba. Si no tengo fe en el origen divino de la geopolítica, tampoco creo en la fijeza de las fronteras reconocidas, que esa sí tiene raíces en Westfalia. 
Recuerdo cuando en el colegio estrenamos un Atlas of World History, una colección de mapas murales sobre un caballete, abatibles como las hojas de un calendario gigante. Estaba en inglés, y leyendo allí ‘Mediterranean Sea’, sin dificultad deduje que sea era ‘mar’, y que en inglés el adjetivo va por delante. Fueron mis dos primeras nociones de la lengua inglesa. Y ya en plan de filólogo comparativo, también me pregunté por qué los ingleses prefieren ‘mediterraneano’ a ‘mediterráneo’, dos formas de decir lo mismo.
En fin, fuera de esas minucias, lo que entraba por los ojos volviendo aquellos mapas adelante y atrás era la mutabilidad de estados y límites. Esto era de lo que más se ocupaba la Historia, tal como nos la enseñaban entonces: guerras, agresiones, conquistas, tratados desiguales… Un teatro nada edificante, aunque perfectamente natural, tras haber traducido textos bélicos de Tito Livio, César, Salustio, más la Historia Sagrada aprendida en la Catequesis.
Entre la narrativa histórica sacro-profana y las fotos fijas del Atlas, la impresión era que las naciones y los pueblos nacen, se agitan, se pelean y mueren. Muchos, sin alcanzar el uso de razón. Y todos, o casi todos, entre dolor y violencia. Era lo recién vivido en nuestra Guerra Civil, y lo que estábamos viviendo con la II Guerra Mundial.
Jugando a los referéndums
Este mes hemos tenido ocasión de meditar sobre la enésima forma de agitación política que ha estrenado la Izquierda Abertzale, en su avatar de ‘plataforma ciudadana’  Gure Esku Dago (GED). El pasado día 5, domingo, en varios municipios vascos montaron un simulacro de consulta o referéndum sobre un eventual ‘estado vasco’ soberano o independiente. Cataluña dio la pauta, pero aquí se ha optado por dejar la iniciativa a GED, sin meter a los alcaldes y ediles en líos, más de lo justo y necesario.
El evento ha tenido la cobertura mediática de la RT vasca que cabía esperar, y otro tanto más. Nos explicaron  que se trata de una consulta ‘no vinculante’. ¡Eso faltaba! Lo que no aclararon es si tal experimento es legal. Para la alta magistrada de la Justicia Vasca, Garbiñe Biurrun –de afición sus pantallas, contertulia de plantilla en el programa de Klaudio Landa, SIML– debe de serlo, cuando lo calificó de civismo ejemplar, pues por lo visto se pone en ejercicio un derecho innato del ser humano. 
Dicho así, por toda una Presidenta de Sala del Tribunal Supremo de Justicia del País Vasco, sorprendería a quien desconozca la idiosincrasia de esta mujer y su querencia a meterse en compromisos incompatibles con la imparcialidad propia de su cargo, a juicio del Consejo General del Poder Judicial que se los veda. Uno de ellos, formar parte del Consejo de Dirección de GED, prohibición que la magistrada acató a regañadientes (diciembre 2015). Últimamente Dª Garbiñe ha estado en candelero mediático durante un mes que se tomó deshojando la margarita de presentar su candidatura a Lendacarina por el partido antisistema Podemos. Al cabo desistió, en atención a su carrera profesional, aunque también sin duda por la oposición frontal al PNV, al que tanto debe, y que la dejaría marcada.
La parodia de GED ha sido un primer tanteo, aprovechando el ínterin gubernativo, aunque por el resultado se ve que no ha caído en buen momento. La selección de municipios cobaya no ha sido al azar, sino sobre seguro: 32 de Guipúcoa, más uno de Vizcaya y otro de Álava. De los municipios guipuzcoanos, 23 eran del Goyerri y 8 del Alto Deva, más la villa de Azpeitia. Predio todo de Bildu y afines. Aun así, de un total de más de 125.000 personas «llamadas a las urnas» (sic), la respuesta no ha llegado al 30 %. La gente está a otra bola.
La pregunta no ha sido sobre el famoso ‘derecho a decidir’, sino sobre algo más concreto: la soberanía o independencia. El enunciado, sin embargo, era un tanto retorcido; y para mayor sutileza, o por alguna otra razón, tuvo dos formas. En el Goyerri y en el municipio vizcaíno de Ispáster se preguntaba: ¿Desea usted ser ciudadano/na de un estado vasco soberano? En la comarca del Alto Deva, así como en Azpeitia y en el valle alavés de Aramayona, la misma pregunta se refería a ‘un estado vasco independiente, más explícito y más ajustado a la letra del referéndum modelo escocés de Septiembre 2014. En sustancia daba lo mismo, y así se computó el resultado global: 95,3 % a favor, 3,76 % en contra, y 0,94 % blancos o nulos.
La jornada ha sido un éxito, para el portavoz de GED, que encarecía el rigor de la consulta, celebrada con todas las formalidades y garantías -con observadores extranjeros y todo–, sin incidente alguno, en ese ambiente pacífico y festivo tan típico de este país tan festivo y pacífico de toda la vida, donde no faltó la mítica chalaparta o matraca, tan de aquí de siempre como la Cencerrada, el Olentzero y el eusquera batúa.
Terminaba el de GED su intervención anunciando más y más consultas por toda Euscalerría. ¿Hasta cuándo? ¡Qué pregunta! Hasta que salga lo que tiene que salir. Ni una más.
Sin entrar en el juego de analizar los resultados, optimista se me antoja este portavoz, Anjel Oiarbide, dado que la muestra no ha sido nada aleatoria. Con esta premisa, una respuesta inferior a ⅓ de la muestra total no es como para descorchar sidra de marca. Y que el independentismo venga representado por la casi totalidad de los que votaron significa que no llegan al 30 por ciento de esa muestra tan sesgada. Resignémonos: a este paso, muchas consultas de GED nos aguardan.
Consulta GED (El Correo)
No por previsible es de pasar por alto un detalle: la docilidad a la llamada ha sido inversa al tamaño de cada población. El récord lo lleva Cerain, 210 llamados, con un 72,9 % de respuesta, seguida de cerca por Gainza, 106 llamados y 72,6 %, y Mutiloa, 200 y 71,5 %. Todos los lugares que han respondido en más del 50 % son pequeños o muy pequeños, casi aldeas. Sólo cuatro superan el millar de convocados, y sólo uno, Ataun, los 1300.
Por el otro extremo, las localidades más grandes, las más tibias. Así Mondragón, con algo más de 19.000 votantes censados, responde en menos del 25 %. De estas villas mayores de 10.000 votantes, sólo Azpeitia se luce con un casi 40 %. Le sigue Vergara con casi el 30 %, pero Beasain se conforma con un 21 %. El farolillo rojo de toda esta parodia lo lleva Zumárraga, villa de casi 8.500 votantes, con una participación que no alcanza el 13,5 %.
La consecuencia inmediata sería que esta operación ha tenido algo de acoso coactivo, allí donde todos se conocen, en unas comarcas donde durante muchos años todo el mundo ha vivido con la barba al hombro, a cuenta de la patria. Cosa de tener en cuenta, a la hora de autorizar este tipo de iniciativas, si es que son legales, o de perseguirlas si no lo son. Porque lo que ha hecho GED y piensa seguir haciéndolo, es en definitiva entrometerse donde no deben los particulares, con el efecto de dividir a la población, aunque no fuera ese su propósito.
Y no sería esa la única razón para exigir que GED deje de dar la matraca con su agitación política. Hace un par de años por la misma fecha (8 de junio 2014), también remedando el independentismo catalán, GED  montó una cadena humana en los 120 km entre Durango y Pamplona. De ese modo malgastaba dinero público, por importe de 100.000 €, transferido a su cuenta de forma turbia por la Diputación de Guipúzcoa gobernada entonces por Bildu, con apoyo del PNV, «dentro de un supuesto paquete de medidas anticrisis» (¡!). En enero de este año, repuesto Markel Olano (PNV) como Diputado General,  un tribunal de justicia anulaba la operación. A Olano le faltó tiempo para cantar recurso. Y aunque no parece probable que prospere, menos aún lo es que se devuelva el dinero, como manda la sentencia, pues si algo sobró de aquella cadena, se lo habrán comido estas urnas.
O sea, también aquí las instituciones se implican en una quimera que no tiene cabida en la Constitución Española, ni tampoco en las disposiciones de la Unión Europea o de las Naciones Unidas.
Cada cual es muy dueño de desear ser ciudadano español o no serlo; o serlo de un estado vasco, o de la república de Magonia, o de los cuernos de la Luna. Eso no debe importarle a nadie para hurgar en el censo electoral y zascandilear por los buzones, con vistas a montar una consulta que ni siquiera el Gobierno se puede permitir, mientras no se cambie la Carta Magna. La cual, además, atribuye a las Fuerzas Armadas la misión de garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional (art. 8.1); Fuerzas cuyo mando supremo corresponde el Rey (art. 62, h). Es verdad que los actos del Rey han de ser refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los ministros competentes (art. 64.1), siendo éstas personas refrendatarias las responsables de los actos del monarca (art. 64.2). Ahora bien, dado caso de que el Gobierno se inhibiese manifiestamente ante una intentona separatista, o peor aún, colaborase con ella, algún mecanismo habrá para que tal misión de las Fuerzas Armadas se cumpla, sin que nadie pueda hablar de golpismo, todo lo contrario.
Autodeterminarse: ¿quién y para qué?
El nacionalismo vasco, en su apetito victimista insaciable, apela a los «derechos históricos de los territorios forales», que la Constitución «ampara y respeta» (Disposición Adicional Primera, 1). Digo, el nacionalismo ‘moderado’, pues al otro le tiene sin cuidado lo que venga de ‘Madrid’. Este texto, como bien indica su posición en la Carta, es un añadido improvisado, inconcreto y no bien redactado cuando habla de ‘derechos de territorios’, donde habría estado mejor, ‘derechos en territorios’. El territorio no tiene derechos, no es sujeto de derechos, aunque puede ser ámbito de ejercicio de los mismos. No es ninguna sutileza, porque los nacionalistas, en efecto, creen en los derechos del solar patrio y del caserío, como hablan también de los derechos del vascuence. Razón de más para escribir claro y sin figuras retóricas. Ahora bien, tales ‘derechos históricos’ (cualesquiera que sean), en ningún caso puede incluir el derecho de autodeterminación, pues a renglón seguido, cualquier reajuste del régimen foral viene limitado por el marco de la Constitución.
Una pretensión muy repetida –últimamente también por el lendacari Urkullu– se basa en este reconocimiento constitucional de los Derechos Históricos para ponerlos al margen de la propia Constitución, o lo que es igual, por encima de ella y antes que ella. Para eso se apela al Estatuto de Autonomía del País Vasco (‘Estatuto de Guernica’, 1979), que también tiene su Disposición Adicional sobre los Derechos Históricos, bien curiosa:
«La aceptación del régimen de autonomía que se establece en el presente Estatuto no implica renuncia del Pueblo Vasco a los derechos que como tal le hubieran podido corresponder en virtud de su historia, que podrán ser actualizados de acuerdo con lo que establezca el ordenamiento jurídico
De nuevo, la redacción al servicio del equívoco. Si los redactores de la Constitución se abstuvieron de precisar cuáles son los derechos históricos, los redactores del Estatuto vasco lo ponen más difícil todavía, con ese modo potencial que aumenta la imprecisión hasta hacer inútil el texto.
«Los derechos que como tal (Pueblo Vasco) le hubieran podido corresponder, en virtud de su historia».  ¿Hase visto una reserva y cautela más pintoresca? A los nacionalistas negociadores del Estatuto que lograron hacerla pasar –uno de ellos gran amigo mío desde muchos años– debió de parecerles el colmo de la maestría en redactar ‘letra pequeña’. Y menos mal que también la otra parte contratante anduvo lista en meter la suya: «de acuerdo con lo que establezca el ordenamiento jurídico».  Otra que tal. ¿Tú conjugas en modo potencial? Pues yo, en subjuntivo. ¡Dichoso consenso! Así no es como se escriben los buenos textos legales, borrando con el codo lo escrito con la mano, en una ceremonia de confusión:
1.  Impreciso el sujeto de los derechos: el ‘pueblo vasco’. Para el Estatuto de Guernica no hay más ‘pueblo vasco’ que la población actual de las tres provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, ni más derechos históricos que los de las mismas. Una trinidad de Provincias que históricamente no han funcionado como pueblo único, sino cada una por sí con sus foralidades respectivas, y por eso se llaman ‘territorios históricos’.
2. Indeterminados los derechos a los que no se renuncia. ¿Derechos todavía por descubrir en los archivos forales, tal vez? ¿Algún indicio de ellos, por lo menos? ¿Y quién decide cuáles podrían corresponder a quién?  En fin, ¿cómo se puede actualizar lo desconocido?
Textos así no sirven para nada en Derecho, aunque pueden servir para desestabilizar la política. Y menos mal que la hipotética actualización de potenciales derechos se haría siempre «de acuerdo con lo que establezca el ordenamiento jurídico», que eso allá en su día se verá. Entre tanto, lo ya establecido en la Constitución no puede ser más claro: ella es el marco supremo, donde no tiene sitio la autodeterminación o la independencia.
¿Con que no? Pues veamos cómo lo vuelve del revés el nacionalismo ‘moderado’:
«Si no hubiéramos conseguido las cláusulas de reserva de nuestros derechos originarios, la demanda del derecho a decidir únicamente podría sustentarse en un principio democrático generalista. El reconocimiento de los derechos históricos en la disposición adicional del Estatuto es por ello la afirmación de una realidad política que es ajena y desborda a la constitución española, con un titular colectivo de derechos históricos (el Pueblo Vasco) con capacidad de autodeterminarse o decidir su futuro en base a nuestra personalidad histórica. Y que puede llevar a un futuro de independencia nacional, al que se habría de llegar a través de un proceso de desarrollo y actualización de las libertades históricas.» (Joxan Rekondo, ‘Socializar el derecho a decidir’)
No es cosa de refutar semejante falacia –empeño por otra parte inútil–, pues si la actualización del régimen foral (que se funda en esos derechos) sólo se admite en términos constitucionales, eso significa que  los Derechos Históricos sólo se respetan y amparan en la medida en que caben en la Constitución. Lo contrario sería abrir la puerta al posible y nada deseable retorno de los ‘Parientes Mayores’, por poner un ejemplo histórico genuinamente vasco.
[Lo dicho no quita un ápice a mi aprecio por la labor de mi admirada amiga Itziar Monasterio y su equipo investigador, en su recuperación documentaria del derecho civil foral, de que hablé en alguna ocasión; véase, ‘Peluquería Francesa’. Hoy el Parlamento Vasco trabaja en restaurar ciertos aspectos de la peculiaridad foral, con base en esos estudios y otros similares. Esta empresa podrá despertar entusiasmo, simple adhesión, frialdad o rechazo –empezando por la intención identitaria–; pero los juristas y demás técnicos asesores y redactores de proyectos se atendrán, es de esperar, a criterios modernos y constitucionales.]
El nacionalista vasco puede clamar cuanto guste por sus derechos históricos, pero no debería olvidar que su ideología no partió de esos derechos contemplados desde la racionalidad.  El nacionalismo sabiniano tuvo origen en la ocurrencia o ‘revelación’  de los hermanos Arana Goiri (1882), según la cual «los vascos no somos españoles», y por tanto tenemos derecho a «nuestra independencia de origen que tuvimos». De aquel mito nacería mucho después (1932) la celebración del Aberri Eguna, el día de la patria vasca. Y el mismo mito produce ahora el engendro de las consultas populares, que lanza la plataforma ciudadana Gure Esku Dago, con sus simulacros de referéndum de autodeterminación nacional.
Con todo, conociendo a mis paisanos, les haría injuria quien no les creyera tenaces hasta conseguir lo que se propongan, con o sin la venia del Derecho internacional, que tampoco ampara el secesionismo, ni siquiera el vasco, otro día lo vemos. Por eso no veo imposible del todo que el viejo Atlas de mi colegio, tarde o temprano, tenga un nuevo mapa que, como gusta decir por aquí, «ponga a Euskadi en Europa» , o «a Euscalerría en el Mapamundi». Podría suceder, sobre todo, si los gobiernos de España no se toman a sí mismo en serio. Y no me llevaré un berrinche por eso, que conste, aunque sí lo sentiría, como ya se siente aquí mismo, o en Cataluña, en Israel y en cualquier país o estado donde lo identitario marca y divide a la ciudadanía, en detrimento de la igualdad y de esa libertad de la que tanto presumen.


lunes, 16 de mayo de 2016

«Matadlos a todos»: el embrujo de la guerra santa


Meditaciones en Poblet (2)
Caballería cruzada (*)

El monasterio de Poblet ha tenido la fortuna de regalarse un historiador digno de tal monumento. La Història de Poblet, del padre Agustí Altisent (1923-2004), es un archivo de información y juicio ponderado, una de mis guías de confianza en estas meditaciones [1].
Según este religioso, Poblet en el siglo XII de su arranque no tuvo brillo ninguno ni personalidad de relieve. «Sólo podemos citar, en este sentido, al abad Esteban I (1160-1166), que dejó el abadiato para ceñir la mitra de Huesca…, y a su sucesor el abad Hugo  (1166-1181), el que gobernó más años y encaminó el futuro territorial de Poblet en sus inicios...» [2].
Nadie sospecharía, según eso, que de allí a pocos años este rincón del mundo, a finales del mismo siglo (1196-1198) tuvo como abad a uno de los nombres más oídos de la Historia de la Iglesia, como autor de una de las frases citables más citada. Me estoy refiriendo al inquisidor Arnaldo o Arnaute Amalrico (Arnaud Amaury), abad del Císter y arzobispo de Narbona, del que poca gente conoce su paso por Poblet. Pues sí. De aquí salió el abad Arnaute promovido al abadiato de Granselva, en Francia, sólo como trampolín para ser nada menos que abad de Citeaux, la Casa madre de la orden, y por ende Abad general del Císter (1202-1212).
La Història de Poblet sólo le cita de pasada; pero por las fuentes históricas se ve que a este hombre debió de quedarle poco tiempo para lo contemplativo. Lo suyo fue la acción, incluida la acción bélica, que tanto había ocupado también al fundador y maestro Bernardo de Claraval.
Ya en vida de san Bernardo (1090-1153), pululaban por varios puntos de Europa, y de modo especial en Occitania oriental  o Lenguadoc y en Provenza, diversas sectas, más o menos herederas del dualismo maniqueo, junto con otras ajenas a esa doctrina, pero todas con un denominador común frente a la Iglesia: despreciaban su autoridad, jerarquía y sacerdocio. La más organizada e insidiosa fue la de los cátaros, llamados albigenses por referencia a la ciudad de Albi, en Lenguadoc.
Inocencio III, Siervo de los siervos de Dios
Contra estos herejes se montan campañas de inquisición. Dirigidas en principio por los obispos locales,  con asistencia de  abades cistercienses, eran un híbrido entre misiones y cacerías, tan aparatosas como sin provecho. El colmo fue el asesinato del legado papal para la campaña, el inquisidor cisterciense Pedro de Castelnau (enero de 1208). A partir de ahí, Inocencio III declara la guerra santa a modo de ‘cruzada’ contra aquellas tierras. Esta fue la primera Cruzada albigense (1209-1212). El director en jefe de la misma fue el Abad del Císter, o sea nuestro ex abad de Poblet, Arnaute Amalrico.
El carácter de ‘cruzada’ contra unas tierras de cristianos, gobernadas por señores feudales que se declaraban católicos, era cosa nueva y bien extraña. La guerra ya no era sólo contra los eventuales herejes, sino contra los grandes señores que supuestamente les protegían y encubrían. El principal era el conde Raimundo VI de Tolosa, sospechoso del asesinato, seguido de su sobrino Ramón Roger Trencavel, vizconde de Carcasona, Béziers y Albi. El caso interesaba también al rey de Aragón Pedro II el ‘Católico’, por sus posesiones en la zona y por su relación feudal y familiar con el Conde de Tolosa.
Los ‘cruzados’, por su parte, no sólo ganaban la indulgencia plenaria por sus pecados, sino que se daban por  invitados a repartirse las tierras de los vencidos, como vasallos de la Iglesia. El efecto ‘llamada’ fue inmediato. El rey de Francia Felipe Augusto no quiso saber nada, pero era una ocasión calva para señores, infanzones y aventureros de su reino, codiciosos de las regiones y ciudades prósperas del Mediodía. Entre todos se señaló el normando Simón IV de Montfort, el ‘Fuerte’ (h. 1168-1218), ultra-católico insaciable y feroz en aquella guerra confusa, donde los sureños luchaban por su vida, nobles junto a burgueses, y plebeyos, curas y demás clero bajo junto a laicos, sin distinción de credo religioso. Montfort lucía además el prestigio de haber vuelto de Tierra Santa.
Raimundo de Tolosa trató de hacer causa común con su pariente de Carcasona, pero al no haber acuerdo negoció con el abad Arnaute cantar la palinodia, en un acto penitencial de lo más bochornoso. Error fatal del conde, pues sólo ganaba tiempo, mientras el astuto abad daba cuenta del Trencavel. También éste hace protesta de catolicismo y quiere negociar la paz, pero ya es tarde, la guerra es la guerra. Así el primer objetivo de la cruzada será Béziers. La ciudad estaba bien guarnecida y abastecida, pero dejada a su suerte, porque su señor, con lo mejor de su milicia, prefiere enrocarse en Carcasona.
Béziers, la antiquísima Beterra, con el Puente Viejo sobre el Orb y catedral de S. Nazario
La jornada de Béziers fue espantosa (21 de julio 1209). Allí se había refugiado una multitud de hasta 100.000 almas o más. El obispo de la ciudad, don Reginaldo, que se hallaba fuera con los cruzados, desea naturalmente salvarla y consigue de Arnaute garantía plena, si los sitiados entregan a los herejes. El propio abad tenía formada una lista de los principales. Con ella en la mano, entra el obispo y en su catedral de San Nazario ofrece las condiciones. Oigamos al historiador H. Ch. Lea [3]:  
«Nada más moderado, desde el punto de vista cruzado; pero cuando el obispo entró en la ciudad a proponer la condición, el rechazo fue unánime. Los lazos de ciudadanía entre católicos y cátaros eran a prueba de traición mutua. Antes se defenderían, aunque tuviesen que comerse a sus hijos. Tal respuesta inesperada sacó de quicio al legado, que juró arrasar la ciudad a hierro y fuego, sin perdonar a edad ni a sexo, hasta no dejar piedra sobre piedra.»
No se figuraba nuestro ex abad de Poblet que su amenaza iba a ser profecía inmediata, y de forma tan sorprendente que él mismo se la contaba al papa Inocencio como cosa de milagro [4]:
«Mientras se trataba con los barones sobre cómo liberar a los que en la ciudad se tenían por católicos, los ribaldos y otra gente vil y desarmada, sin esperar a la orden de los capitanes, dieron el asalto, y ante la sorpresa de los nuestros, a gritos de ¡alarma, alarma!, en espacio de dos o tres horas cruzan el foso, escalan la muralla y toman Béziers. Entonces los nuestros, sin perdonar a estado, sexo ni edad, a filo de espada mataron a unas 20.000 personas. A la grandísima carnicería de enemigos siguió el saqueo y la quema de la ciudad entera, cebándose en ella de forma admirable la venganza divina (ultione divina in eam mirabiliter saeviente).»  
Notemos cómo el legado invierte la situación: «liberar a los católicos» implicaba que eran rehenes de los herejes en mayoría y dueños de la ciudad. En cuyo caso, mal podían entregar a éstos, y toda la historia del obispo mediador se viene abajo.
Pero no sería esa la única distorsión en la versión de Arnaute, también calla algo muy notable que ocurrió aquel día, si hacemos caso a su cofrade cisterciense y contemporáneo Cesario de Heisterbach [5]. Según éste, una vez tomada la ciudad,
«entendiendo los asaltantes, por las confesiones de los sitiados, que allí andaban mezclados católicos con herejes, preguntan al Abad:
–Señor, ¿qué hacemos? Imposible distinguir entre buenos y malos.
Sospechando, tanto el Abad como los demás, que algunos se fingían católicos por miedo de morir, dispuestos a tornar a la perfidia en cuanto ellos se retirasen, se dice que dijo:
Matadlos, que el Señor ya sabe quiénes son suyos.
Así fue incontable la matanza en aquella ciudad.»
Alguno dirá: «Vaya, vaya, otro que repite la fábula de Béziers. ¿No sabe Belosticalle que la frase de marras es apócrifa? Ni uno sólo de los cronistas contemporáneos de aquella guerra la menciona. Y Cesario habla de oídas (ut fertur).»
Sí, señores. Yo también soy escéptico de las frases célebres, más ingeniosas que auténticas por lo general, aunque puedan ser interesantes también como posibles pistas de interpretación histórica. De esta frase en concreto, sé que muchos católicos (como el ex protestante Hurter) expresaron el pío deseo de que el abad nunca dijo tal cosa; otros pasan de puntillas sin mentar la anécdota, o mencionándola, consideran de mal gusto citar la respuesta; y alguno (como Victor Canet, que tampoco la cita) atribuye su invención «a un escritor alemán del siglo XVI» [6]. Lo que ya no sé es si alguien ha propuesto otra interpretación no menos ingeniosa: que en efecto, hubo pregunta, y que el abad respondió, pero con la distancia y el barullo se le entendió mal, y así pasó lo que pasó, sin culpa de nadie.
Me he permitido ironizar sobre el escrúpulo, porque ante la sustancia del hecho bélico en sí, la eventual salida de tono de un señor abad enfadado es lo de menos. Cognovit Dominus qui sunt eius, es una cita bíblica [7], muy para boca de un mariscal de campo eclesiástico, razonando que no hay cuartel. Una guinda de adorno retórico para una tragedia «sin paralelo en la historia europea» (sic, H. Ch. Lea):
«Desde los niños en brazos a los viejos caducos, nadie se libró. Sólo en la iglesia de la Magdalena fueron degollados 7.000, y el número total de muertos los legados lo rebajarán a unos 20.000, cifra más probable que los 60 o 100 mil que exageran algunos cronistas.»
Para los ‘cruzados’ aquello fue un milagro del cielo. Pero no el único. Aunque en su furia insensata los asaltantes había inutilizado los molinos, el pan lejos de faltar abundó baratísimo. Y otra cosa más: los agoreros observadores de signos notaron que en toda aquella jornada no se vió en el cielo ni un buitre ni un cuervo al banquete. Aquellos cadáveres heréticos eran incomibles.
Estos ‘milagros’ los cuentan los cronistas de época. Los mismos que callan la frase famosa. Si el argumento a silentio la convierte en apócrifa, ¿fueron auténticos los milagros? ¿será más creíble la multiplicación maravillosa del pan, en una ciudad tan bien abastecida y preparada para un asedio?
En fin, contemporáneo riguroso de sí mismo fue el propio abad Arnaute, que como legado en jefe en la cruzada da cuenta al papa de la masacre de Béziers con sus 20.000 habitantes y refugiados muertos. En su relato, él tampoco menciona haber dicho lo de «matadlos a todos», ni siquiera la cita de San Pablo; pero no tiene empacho en atribuir la más que probable traición, matanza y ruina de la ciudad, a «venganza divina que se ensañó contra ella de forma admirable».  Digamos que Dios ordenó la degollina, y Dios mismo se encargó de reconocer a los suyos.
Arnaute Amalrico (?)
Notemos el énfasis que pone nuestro Arnaute en convencer al papa de que aquello fue cosa de Dios. El asalto a una ciudad, por otra parte inexpugnable como Béziers, no lo realizó la milicia regular de los cruzados. El instrumento de la venganza divina fueron los ribaldos, como él dice, o como los llama Cesario, los satélites. Eran la «gentuza inerme», infantería de apoyo que seguía a los ejércitos, por el pillaje más que nada. Noticia tan asombrosa de cómo Bèziers cayó de modo nada honorable para el estamento militar, por iniciativa de ribaldos «ante el estupor de los nuestros», hace pensar en una traición.
A Béziers le sigue en su caída Carcasona, donde el vizconde cae prisionero y muere poco después. El abad Arnaute convoca a los jefes para el reparto de feudos y la elección del gran señor de todo el territorio conquistado. Aquí hay que decir en honor a la verdad que algunos cruzados rehusaron diciendo que ellos habían venido a combatir la herejía, no a apoderarse de lo que no era suyo. Finalmente la elección recae sobre Simón de Montfort, que aceptó con mucho gusto, inaugurando un gobierno que hoy diríamos integrista en lo religioso. Así se ganó el favor de la Iglesia, pero no el de muchos compañeros de armas, que cubierto su compromiso de 40 días de cruzada se despidieron dejándole prácticamente solo. Con apoyo del abad Arnaute, ahora ya tenía las manos libres para despojar al Conde de Tolosa. Predicada nueva cruzada, pronto acuden refuerzos de Francia, Alemania, Lombardía y hasta Eslovenia.

Poblet: Sala capitular con tumbas abaciales
 
En Poblet, ante las tumbas de abades en el atrio y sala capitular, me acordé mucho del que aquí fue el  abad Arnaute I. ¿Qué fue del inquisidor y cruzado contra los albigenses? Aunque en esta misión fracasó como los demás abades de la nueva orden, su protector el papa Inocencio III le premió con la mitra arzobispal de Narbona, en 1212. Curiosamente, la vacante se produjo al morir Berenguer de Barcelona (1191-1212), hijo del Conde Ramón Berenguer IV, el fundador de Poblet. Y lo que es el mundo: a partir de ahí se rompe la amistad de conveniencia entre nuestro Arnaute y su gran capitán Simón de Montfort, porque éste en su inmensa ambición no reconoció el señorío temporal de aquella mitra.
Dispensado de sus votos monásticos, el buen Arnaute ya puede empuñar las armas y capitanear su propia hueste. Su vocación guerrera no irá solo contra Simón. Aquel mismo año, en el verano, el flamante arzobispo se presenta de punta en blanco con su tropa en las Navas de Tolosa (16 de julio), donde toma a los almohades un estandarte que envía como obsequio y gratitud al Papa, para que lo coloque en San Pedro. En esta batalla se lució también lo suyo el rey de Aragón Pedro II el ‘Católico’.
De vuelta a su país, el arzobispo ni se quita la armadura, pues por deseo de la Iglesia y de nuevo como legado papal ha de combatir junto a Simón de Montfort, para acabar con el solapado Raimundo de Tolosa. Aquí volverá a ver al rey de Aragón, pero esta vez muerto. Pedro el Católico, que acudía en socorro del conde su cuñado, cae de la manera más tonta en la batalla de Muret (12 de septiembre 1213). El rey tenía dispuesto ser enterrado en Poblet, pero su cadáver fue llevado a Sigena (Huesca), a las monjas sanjuanistas, monasterio fundado por su madre doña Sancha. En esta mudanza, según Altasent, no parece que tuvo que ver nada el ex inquisidor y ex abad de Poblet Arnaute, pues D. Pedro siempre protegió este monasterio, y tampoco hubo entre ellos motivos personales.
Simón de Montfort
en una vidriera de Chartres

(Wikipedia)
«Desde entonces Simón de Montfort se tituló: “Por la gracia de Dios, Conde de Tolosa, Vizconde de Béziers y de Carcasona, y Duque de Narbona, menospreciando así los derechos del que fuera su amigo, Arnaute del Císter, que pretendía este último título.» [8]
La primavera siguiente, el papa convoca el IV Concilio de Letrán, a celebrarse en noviembre de 2015. Un prelado como Arnaute no se permitió faltar a aquel evento tan cargado de sustancia doctrinal, pero también política, incluida nueva cruzada y guerra santa. También estuvieron el conde Raimundo de Tolosa y su hijo, a reclamar sus derechos contra el depredador Simón de Montfort. El que no acudió al concilio fue el propio Simón, que se hizo representar por un hermano suyo en compañía de otros delegados. Muchos cardenales y obispos se pusieron de parte del conde de Tolosa. Sin derroche de agudeza mental, adivinamos que entre ellos estuvo el señor arzobispo de Narbona. En efecto, Arnaute se volcó, primero contra el obispo de Tolosa don Fulco, enemigo declarado del «conde-hereje», para luego afear la ambición del de Montfort, si lo sabría él, despojado del ducado en su propia archidiócesis. [9]
Pero toda su elocuencia no convenció a los obispos del Mediodía, entusiasmados con el programa ultra católico de Simón. Tuvo, pues, Arnaute la amargura de ver cómo, por mayoría, todo un Concilio ecuménico de la Santa Iglesia concedía a su enemigo todo el territorio conquistado por los cruzados anti-albigenses, incluida Tolosa y Montauban. Otras posesiones de Raimundo en Provenza quedaban secuestradas por la Iglesia bajo administración, hasta la mayoría de edad de su hijo único, para serle restituidas en parte o en todo, si se mostraba digno. «Un decreto que superaba en audacia posiblemente todo lo que un Gregorio VII pudo jamás imaginar. Un expolio general en toda regla…, a beneficio de hipócritas más interesados en sus dominios que en sus creencias». Lo suscribe el historiador benedictino dom Henri Leclercq, citando a sus correligionarios autores de la Historia General de Languedoc [10].
Es tema para meditar, la deformación moral que revelan ciertos personajes. Arnaute Amalrico quedará por siempre ligado a la frase que tal vez no pronunció, pero da lo mismo, si dejó su interpretación escrita y firmada por él de los hechos. Unos hechos que inspiraron a un trovador –Bernart Sicart de Marjevols– el serventesio que comienza así: Ab greu cossire / fau serventes cozen (Con grave pesar /hago un serventesio amargo)[11].
No era una evocación tardía y retórica, sino explosión de rabia impotente ante cenizas humeantes de un incendio donde tanta culpa tuvo la hipocresía de las órdenes religiosas de todo pelaje. La invocación final al Rey de Aragón, fija la fecha del poema en 1212/1213, antes de la muerte de Pedro II en Muret.


Ai! Tolosa e Proensa,
e la terra d’Agensa,
Bezers e Carcassey:
Quo vos vi e quo us vey!
   Cavallairia,
Hospitals ni maizos,
Ordes que sia
no m’es plazens ni bos:
ab grans bauzia
los truep et orgulhos,
ab simonia,
ab grans possessios:

Ja non era apellatz
qui non a grans rictatz
o bonas heretatz;
aquelhs an l’aondansa
e la gran benanansa;
enjans e traicios
es lor confessios.
Rey d’Aragon, si us platz,
per vos serai honratz.
¡Ay! Tolosa y Provenza
Y la tierra de Agén,
Béziers y Carcasona:
¡quién os vió y quién os ve!

   Caballería,
Hospital ni conventos,
   órdenes cualesquiera,
no me plaz ni son buenas,
    con su trapacería,
trampas y altanería,
    con simonía,
con grandes posesiones:

Ya ni se mienta
al que no tiene cuenta
o buenas heredades;
ellos han abundancia
y grande bienandanza;
engaños y traición
es su religión.

Rey de Aragón, si os place,
por vos eso honra me hace


Arnaute Amalrico falleció en la abadía cisterciense de Fontfroide (1225) y fue sepultado en el Císter. No consta si el Señor le reconoció como suyo. 

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[1] A. Altisent, Història de Poblet, Abadia de Poblet, 1974.
[2] O. cit., pág. 77.
[3] Henry Charles Lea, A history of the Inquisition in the Middle Age, 1: 154.
[4] Arnaute Amalrico al papa Inocencio III; en Emil Reich,  Select Documents Illustrating Mediaeval and Modern History.  págs 179-180:
Dum tractaretur cum baronibus de liberatione illorum qui in civitate ipsa catholici censebantur, ribaldi et alii viles et inermes personae, non expectato mandato principum, in civitatem fecerunt insultum; et mirantibus nostris, cum clamaretur ad arma, ad arma!, quasi sub duarum vel trium horarum spatio transcensis fossatis ac muro capta est civitas Biterrensis, nostrique non paarcentes ordini, sexui vel aetati, fere viginti milia hominum in ore gladii peremerunt; facta hostium strage permaxima, spoliata est tota civitas succensa, ultione divina in eam mirabiliter saeviente.
[5] Cesario de Heisterbach, Diálogo de los milagros, Dist. 5 (De Daemonibus), 21 (De haeresi Albiensium). Ed. J. Strange (Caesarii Heisterbacensis monachi, ord. Cisterc., Dialogus miraculorum, vol. 1 (Coloniae, Bonnae et Bruxellis, 1851) pág. 300-303. También en E. Reich, Documents… págs. 180-181.
Dixerunt Abbati: “Quis facimus, domine? Non possumus discernere inter bonos et malos”. Timens tam Abbas quam reliqui… fertur dixisse: “Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius”. Sicque innumerabiles occisi sunt in civitate illa.
Recientemente Pello Salaburu, ex rector de la UPV, evocaba el “Matadlos a todos” en un artículo, ‘¿Por qué nos matamos unos a otros?’
[6] Friedrich von Hurter, Geschichte Papst Innocenz des Dritten und seiner Zeitgenossen, 2 vols. Hamburg., 1833-1835; 3ª ed. en 4 vols., 1841-1844. Aquí, 2: 331 y 709-711. Recapitulando las relaciones de Inocencio III con la guerra albigense, dice que aunque en parte se atropellaron los principios de humanidad y derecho, y lo que empezó como guerra religiosa se convirtió en guerra de conquista, con todo el papa no tuvo culpa, ya que su único objetivo era extirpar la herejía. Victor Canet, Simón de Montfort et la Croisade contre les Albigeois. Desclée, De Brouwer & Cie., s. a., pág. 122.
[7] De san Pablo, 2 Timoteo, 2: 19.
[8] Hefele-Leclercq, Histoire des Conciles, Paris, 1913, t. 5, 2ª parte, págs. 1302-1303.
[9] Hefele-Leclercq, o. cit., págs. 1395-1396.
En estas aventuras se vieron implicados casualmente dos viajeros castellanos, el obispo del Burgo de Osma don Diego de Azevedo y uno de sus canónigos, Domingo de Guzmán. Fue el origen de la orden nueva de los frailes Predicadores, como también de su implicación en la Inquisición nuevamente constituida. V. 'Domingo, santo gris en blanco y negro' (1) y (3). En el Concilio de Letrán presenta en sociedad santo Domingo su proyecto de orden mendicante. Un concilio que, por otra parte, prohibía la fundación de nuevas órdenes religiosas, como fueron los frailes menores de Francisco de Asís y los predicadores o dominicos.
[10] Hefele-Leclercq, o. cit, pág. 1396.
[11] Raynouard, Choix des poésies originales des troubadours. Paris, Didot, 1819, 4: 191-193.
Histoire Littéraire de la France, t. 17. Paris, 1832, págs. 590-593.


Imagen en cabecera: F. Mosley, cubierta para 
‘Los monjes de la guerra - Las órdenes militares’ de D. Seward (Folio, 2000)