miércoles, 9 de abril de 2014

Geometría variable


Una de las representaciones más pintorescas sobre el cuerpo femenino, o más concretamento, sobre su sexo, fue considerarlo como una invaginación del masculino. Partiendo de la obviedad geométrica de los órganos copuladores –pene y vagina–, la fantasía popular especuló sobre una topología de calcetín o guante, extendida a toda la anatomía sexual.
La consecuencia lógica fue que el cambio de sexo podría ser mucho más simple de lo que parece, al menos en uno de ambos sentidos: la masculinización de la fémina. Nada de cirugía ni tratamiento hormonal, fuera sesiones de readaptación psíquica. Un accidente mecánico, algo así como una hernia vagino-ovárica, y ya está: vuelto el calcetín, la Naturaleza obra el resto.
Esta idea vulgar, mantenida al menos hasta la Anatomía barroca, se cebó en historietas chuscas, recogidas incluso por autores graves, médicos y juristas, filósofos y ensayistas.
«La razón por la que las mujeres pueden degenerar en varones es que ellas llevan oculto dentro lo que ellos muestran por fuera. Sólo que ellas no tienen el calor suficiente para empujar afuera lo que por la frialdad de su temperatura se les queda retenido en el interior. Si con el tiempo se evapora la humedad de la infancia, que impedía al calor hacer todo su trabajo, no es increíble que este calor robustecido, acre y activo, sobre todo si ayuda algún movimiento violento, pueda expulsar afuera lo que estaba oculto dentro.
Ahora bien, siendo esta metamorfosis natural, por las razones y ejemplos alegados, de igual modo jamás encontramos en historia verdadera que varón alguno se haya vuelto mujer. Porque la Naturaleza tiende siempre a lo más perfecto, y no al contrario, hacer que lo perfecto se vuelva imperfecto».
El que así se explicaba era nada menos que Ambrosio Paré (h. 1510-1590/92), uno de los genios de la Cirugía, en su ensayo sobre Los Monstruos y Prodigios (1573), con un capítulo de supuestas transexuaciones, todas en el mismo sentido.  Allí es donde Paré cuenta su experiencia de un caso que se haría célebre:
«Estando en el séquito del rey, en Vitry-le-François (Champaña), conocí a cierto pastor llamado Germán Garnier. Algunos le llamaban Germán María, porque así se llamaba de niña. Joven de talla mediana, cuadrado y bien formado, luciendo una barba roja bastante espesa; el cual hasta los 15 años pasó por chica, integrado en su condición y avío de tal, sin indicios de virilidad.
Pues bien, a dicha edad, estando en el campo a todo correr en persecución de sus gorrinos, que se le metían por un trigal, al saltar sobre un foso notó de repente que le habían surgido los genitales, rotos no sin dolor los ligamentos que los sujetaban.
De vuelta a casa de su madre, entre lloros le cuenta cómo las tripas se le habían salido del vientre, cuyo espectáculo la dejó maravillada. Y reunidos médicos y cirujanos para el diagnóstico resultó que era hombre, y no mujer. Luego lo reportaron al obispo, el difunto cardenal de Lenoncourt, y por su autoridad, en pública asamblea, recibió nombre masculino, y en vez de María (el suyo hasta entonces) se llamó Germán, asumiendo ropas de hombre. Creo que tanto él como su madre todavía viven» [1].  
Si Paré buscaba una explicación naturalista mediante el calor y el frío, no iba descaminado del todo. En la escala animal el sexo y su vigor depende a veces de la temperatura. Otros en cambio invocaban la fantasía.
Miguel de Montaigne (1533-1592), por ejemplo. Su ensayo ‘Sobre la fuerza de la imaginación’ incluye la noticia sobre el mismo accidentado de género, ya muy famoso. El escritor habla un poco de memoria:
«De paso por Vitry-le-François pude ver a un hombre, que todos los lugareños habían conocido y visto como chica hasta los 20 años, llamada María, y al que el obispo de Soissons, al confirmarle, puso por nombre Germán. A la sazón era un viejo muy barbudo y solterón eterno. Una vez, según dice, pegó un brinco, y con el esfuerzo le salieron los miembros viriles. Todavía se oye, entre las chicas de allá, una canción donde unas a otras se avisan de no abrirse mucho de piernas, no vayan a volverse muchachos como María Germán» [2]
Esto era en septiembre de 1580, según el Diario del Viaje a Italia del escritor. Donde por cierto, el dato más importante sobre el transexuado es que «no acertamos a verle, por encontrarse en su aldea», con otras precisiones que vale la pena conocer :
«La otra historia es de un hombre que todavía vive, llamado Germán, de baja condición, sin profesión ni oficio, que fue chica hasta la edad de 22 años, señalada por tener en torno al mentón algo más de vello que las demás muchachas, apodada por ello María la Barbuda. Un día, al hacer un esfuerzo saltando, sus instrumentos viriles se produjeron, y el cardenal de Lenoncourt, obispo de Châlons a la sazón, le puso de nombre Germán. No se ha casado, sin embargo. Luce gran barba muy espesa. No le acertamos a ver, etc. Dicen que Ambrosio Paré ha puesto este cuento en su libro de Cirugía como cosa muy cierta, y así lo atestiguaron al Sr. de Montaigne los oficiales más insignes de la ciudad» [3].
«La otra historia», dice. Porque la zona, por lo visto, pasaba su sarampión transexual y travestista:
«Siete u ocho mozas de la parte de Chaumont, hace unos años, se confabularon para vestirse de hombre y seguir así su vida por el mundo. Una de ellas vino a este lugar de Vitry bajo el nombre de Mario (Mary), ganándose la vida como tejedor, joven de buen carácter que  de todos se hacía amigo. Allí mismo se hizo novio de una mujer que vive todavía, aunque por algún desacuerdo entre ellos la cosa no pasó adelante.
Más tarde pasó al lugar de Montirandet (Montier-en-Der), siempre trabajando en el mismo oficio, donde se enamoró de una mujer con la que se desposó y convivieron cuatro o cinco meses, a satisfacción de ella, según se dice. Hasta que alguien de Chaumont le reconoció, y puesto al caso en manos de la justicia le condenaron a la horca. Cosa más de su gusto que tornar a la condición femenina, según ella. Y la ahorcaron por invenciones ilícitas para suplir el defecto de su sexo».
Notemos la razón del suplicio: «invenciones ilícitas supletorias», eufemismo para designar prótesis capaces de dejar satisfecha a la cónyuge. Por lo visto, las cabriolas a lo María Germán no funcionaban para todo el mundo. Y eso que Montaigne, en los Ensayos, aseguraba:
«No es tan de maravillar, que esta especie de accidente sucede a menudo. Si la imaginación es poderosa en tal negocio, que por otra parte la tiene absorta de continuo, en vez de andar volviendo siempre a lo mismo con el tormento del deseo, mejor de una vez por todas incorporar  esta parte viril a las chicas».
Pelín retorcido, pero se pilla. ¿Iba en serio? Pues claro que no. Notemos que el autor, jurista de profesión, al inicio de este ensayo se cura en salud con un brocardo jurídico: «Fortis imaginatio generat casum» (una imaginación fuerte genera caso). Para mí que Montaigne bromea, porque es gran escéptico con sus ribetes de librepensador. En efecto, gran libertad de espíritu –y no poco atrevimiento– era juzgar
«verosímil que el crédito principal de los milagros, visiones, encantamientos y demás efectos extraordinarios viene del poder de la imaginación, actuando principalmente sobre mentes del vulgo, por ser más blandas. Cautivos de su propia credulidad, piensan ver lo que no ven».
«Mentes del vulgo»: el ‘vulgo’ tópico, cómo no; a condición de no olvidar que, cuando toca, todos somos ese vulgo,  juguete potencial de nuestras fantasías. El caso-colmo, para los eruditos del Renacimiento (incluido Montaigne), era  aquel Vibio el Galo, en tiempos de Augusto, que a fuerza de discurrir sobre el quid de la locura llegó a la conclusión de que el humano normal es el loco. Consecuente con su hallazgo, el Galo profesó de majareta.
Mejorar de sexo
Uno de estos sabios-vulgo era, sin ir más lejos, un primo de Montaigne. Martín del Río (1551-1608), el célebre jesuita y demonólogo, hijo de una Leonor López de Villanueva, judía sefardita y hermana de la madre de Miguel, Antonieta López (oriundas  ambas de la judería de Calatayud), en sus Disquisiciones mágicas también incluyó un capítulo sobre lo mismo: Cuánta y cual es la fuerza de la imaginación, en cuanto a producir efectos maravillosos [4]
Del Río fue un ‘glotón de libros’ que lo había leído prácticamente todo. A Montaigne y a Paré, por supuesto. Le interesa saber a dónde llega la potencia del calor vital y la de una imaginación calenturienta, pero también el poder de la magia, en especial la demoníaca. Qué poderes gozan los demonios, hasta donde Dios les permite usarlos. Y a fe que, para Del Río, la Divinidad es bastante permisiva al respecto.
Una cosa que subleva al padre Martín es que Paré y otros llamen degeneración a la virilización de la fémina. Así leído suena bien, porque hoy no es de recibo expresarse de eso modo, como tampoco llamar monstruo a un hermafrodita o un transexual. Pero cuidado, no caigamos  en anacronismo, atribuyendo carga de incorrección a términos que sólo querían decir lo que decían. Degenerar, por ejemplo, era venir a menos. ¿Y cómo podía hablarse así de una mejora de sexo? Veamos:
«No ha muchos años que en Alcalá de Henares  sucedió un caso admirable de una mujer, después de 30 años casada,  y parida también, y que mejoró de sexo».
Así se expresaba otra jesuita más joven, el padre  Eusebio Nierenberg, y era moneda corriente, «sexo mejor y sexo peor», sin «sexo malo». Así pensaba también Del Río. El cual no se tiene por antifeminista, no vayamos a pensar; porque una cosa era admitir la superioridad de lo masculino, otra muy distinta afirmar que la femineidad es un desastre:
«Decir que la mujer es un fracaso de la Naturaleza es indigno de un filósofo. Toda perfección de las cosas naturales ha de buscarse en su ‘para qué’. Ahora bien, fue menester que la mujer tuviese la conformación que tiene, pues de otro modo no se conservaría la especie humana. Cuando se habla de la mujer como de un monstruo, a mí siempre me parece que no se trata con el debido respeto la creación de la primera mujer [5]. Hay que decir, pues, que la Naturaleza siempre procura lo más perfecto, no porque siempre tienda a engendrar varón, sino porque cuando tiende a ello procura hacerlo lo mejor posible, y lo mismo cuando se propone hacer hembra».
Pero, a lo que íbamos: «¿Es posible, con artes de magia, mudar el sexo por obra de los demonios?».
El erudito Del Río se sabía de memoria la lista de transexuados en la Mitología y Literatura clásica. Los autores la copiaban unos de otros, añadiendo casos más nuevos, en tal abundancia que –sin negar del todo su valor de ‘prodigios’ o avisos del cielo– se tenían por cosa natural. «Es posible (razonaba el jesuita). Pero tampoco descartemos muy a la ligera al diablo, que en tiempos del paganismo tuvo mucha mano, y ahora con esto del protestantismo vuelve a andar muy suelto, presagio del fin del mundo».
Y aquí observa un fenómeno muy significativo a su juicio: la virilización de féminas, tan frecuente, contrasta con la rareza de machos feminizados de verdad (no simples mariquitas), hasta convertirse en hembras funcionales fecundas, algo inaudito.
De lo primero le sobran ejemplos:
«¿A qué recurrir a fábulas, cuando disponemos de historias reales?... Me limitaré a la especie humana y a la edad moderna.
Cuenta Joviano Pontano (1426-1503), Historia napolitana, que en Gaeta una mujer de 14 años, prometida de un pescador, se virilizó. Otra, una tal Emilia, casada con Antonio Spensa, vecino de Éboli, a los 12 años de matrimonio se volvió varón. Disuelto el matrimonio, tomó mujer y tuvo hijos… Casos parecidos de otras muchas refirió Sabélico (1436-1506) en sus Ejemplos. Los paso por alto, para citar dos españoles contemporáneos que ha recogido y vertido muy fielmente al castellano Antonio de Torquemada en su Jardín de flores curiosas (1568)».
El primer caso ‘español’ era en realidad portugués, pero Del Río escribe cuando Portugal estaba anexionado a España desde 1580. Portuguesa era también la fuente: Juan Rodrigues de Castelo Branco, más conocido en Europa como Amado el Portugués (Amatus Lusitanicus, 1511-1568), médico judío sefardita, compilador de ‘curaciones’ o casos médicos agrupados por Centurias (Venecia, 1553) [6].
La historia de María Pacheco (Esgueira, Aveiro), virilizada al llegar a la pubertad, sería una de tantas sobre chicas aventureras de varia condición social, que sientan plaza de soldados y hasta se echan novia.  Lo particular del fidalgo portugués Mario Pacheco fue que, tras hacer carrera y cierta fortuna se casó con rica hembra. Por lo demás, un personaje que fue imberbe, afeminado de rasgos y sin hijos, no merece demasiada atención. Del Río, al repetir este caso, no sabe que por entonces (año de 1600) en San Sebastián emprendía su aventura varonil un personaje más convincente que la Pacheca: la guipuzcoana ‘Monja Alférez’ [7].
El otro caso allá le va, conocido de segunda mano como sucedido cerca de Benavente, hacia 1538. Una mujer del campo maltratada, que se fuga disfrazada de hombre, sirviendo por distintos lugares.  En esto, bien porque «la naturaleza obrase en ella», o por «la imaginación intensa de verse en hábito de hombre»… «ella se convirtió en varón y se casó con otra mujer… y así pasó algún tiempo, hasta que un hombre que de antes la conocía…, viendo la semejanza con la que él había conocido, le preguntó si era su hermano…»
Del Río sigue citando autoridades. Lo último que ha leído sobre el particular, en 1606, era la Historia anatómica de Andrés de Laurens (o Lorenzo), aparecida en 1600. Esta obra le ha gustado de modo especial,
«comprobando para mi gran satisfacción que la opinión de tan doctísimo médico coincide con la mía, que escribí hace muchos años. Allí expone al detalle cómo es falsa la doctrina médica común acerca del ‘varón inverso’ escondido en la mujer. Los órganos genitales de uno y otro sexo [y aquí nuestro jesuita va demasiado lejos] difieren en absoluto, no sólo por su posición, sino por su número, forma y estructura».
No se puede reprochar a Del Río por no saber nada de gónadas indiferentes ni cromosomas sexuales. Él ha intuido por cuenta propia que el sexo es algo más que topología inversa o ‘geometría variable’, y en particular que sacar adelante un feto tiene su intríngulis y no es cosa de hombres. Él siempre a lo suyo, coronará el capítulo con todo el empaque de un conclusión filosófica:

«Conclusión 2. Yo diría que es imposible para la naturaleza y para el demonio convertir al varón en mujer».
«Tal cambio implica una retracción excesiva de partes acabadas a los lugares femeninos, y no se me alcanza cómo podría la Naturaleza degenerar de ese modo … Fábulas aparte, algunos casos que se citan son ambiguos, o sencillamente no los creo. Yo diría más bien que esos supuestos machos feminizados ya poseían el doble sexo, oculto el uno, manifiesto el otro».


También en Vasconia
La última pesca de un caso moderno de mujer virilizada que obtiene Del Río procede de aguas vascas, es decir, gasconas. Y aunque él copia a Du Laurens, es de segunda mano:
«El Autor del Antimologio dice haber visto en Auch (Vasconia) a un varón más que sexagenario, canoso, fuerte e hirsuto; el cual antes, hasta los catorce años, había sido niña. Hasta que casualmente se le rasgaron unos ligamentos tenues, y brotándole las vergüenzas se transexuó. Por cierto, nunca antes había tenido la regla. Así Lorenzo (De Laurens)» [8]
La noticia –otra más, como se ve– no valía más que su procedencia, o sea muy poco. Antimologio, o Antimeologio, más exacto, en griego quería significar  ‘Discurso contra las comadres’ [9], y fue el título pedante o burlesco de un panfleto «donde se demuestra que no es seguro fiarse de las parteras cuando informan sobre  la virginidad o desfloración de la mujer adulta» (Lyon, 1574, 38 págs. [10].

Yo también termino. Gascones o vascones, «un pueblo que baila y canta» (no en los Pirineos  necesariamente), cuyo folclore ha hecho aportaciones notables a la coreografía y el ballet, debería tener coplas como las de ‘Marie Germain’, advirtiendo a la mujer de los peligros del saut-de-basque, y no digamos del grand écart. Hoy en día, con tanta igualdad de género, el buen Sabino Arana desde su limbo de los niños (malos) tiene que estar horrorizado –él que tanto alabó y mimó la honestidad de nuestras danzas–, viendo a la nesca actual tan atrevida como aventajada en el viril aurrescu.


[1] Oeuvres complètes d’Ambroise Paré (J.-F. Malgaigne, éd.), Paris, J.-B. Baillière, 1841, t. 3, pág. 19.
[2] Ensayos, 1, 21; uso la ed. de Oeuvres complètes, colección La Pléiade, Gallimard, 1962, pág. 96.
[3] Ibíd., págs. 1118-1119. Es el secretario de Montaigne quien redacta el Diario. Y es lógico que el obispo bautizante fuese el de Châlons-s/ Marne, no el de Soissons. Vitry-le-François era la ciudad reconstruida por Francisco I (1545) a corta distancia de la antigua Victoriacum, Vitry-en-Perthois, quemada  un año antes por Carlos V.
[4] Martín del Río, La magia demoníaca (traducida y anotada por Jesús Moya), Madrid, Hiperión, 1991, págs. 391 y sigs.
[5] Formada de una costilla del varón, según Génesis. El jesuita, mariólogo devoto, piensa también en la Virgen María como modelo supremo ideal de femineidad.
[6] Amado Lusitánico, Centuria 2, caso 39.
[7] Catalina de Erauso (1585?-1650).
[8] En La Magia demoníaca (pág. 394) se lee «Huesca, en Vasconia». La vieja  amistad que tengo con  el traductor me inclina a pensar en un despiste, ya que Auscis es Auch, no Huesca, que tampoco estaba en la Vasconia de entonces, o sea Gascuña.

[9] En gr. maîa es la comadre, comadrona o partera; de ahí mayéutica: el arte de sacar a luz y expresar bien las ideas.
[10] Su autor, un tal Tomás Tigeou, abogado tal vez, mejor que médico.

Créditos de imagen: 1) © Flickr; 2) © N. Norrington.

sábado, 22 de marzo de 2014

Cesareomanía


El nacimiento de Esculapio. Plato, por Francesco Urbini (1534)


En el artículo anterior conocimos por encima la Effrenatam, constitución del papa Sixto V (1588), muy sin freno ella misma contra el aborto. Y aunque no se le hizo mucho caso, como suele ocurrir con las ordenanzas desmedidas, marcó un viraje en el discurso eclesiástico, pesando más la muerte eterna del nasciturus que su muerte corporal y la de su madre juntas. Se daba por supuesto –y por si acaso, se remachaba– que toda buena madre, por piedad natural, debía estar dispuesta al sacrificio de su vida, y a la orfandad de toda la familia, con tal que su nueva criatura fuese bautizada.
Fue como caer una venda de los ojos, la cantidad enorme de angelitos frustrados por la carencia del agua bautismal. Los teólogos, que habían incluso ideado un ‘bautismo de sangre’ para las mártires, y otro ‘bautismo de deseo’ para los conversos adultos, nada tenían previsto para los pequeñuelos o los deficientes mentales sin uso de razón, de modo que ser hijos de cristianos tal vez muy devotos no les hacía de mejor condición que serlo de judíos, musulmanes o paganos. Dios no puede ir contra su propia ley –según lo veía el pesimismo agustiniano, remozado por el jansenismo–, y todo lo más que pudo permitirse fue despertar la conciencia de algunos hombres celosos sobre la magnitud del desastre.
Esta preocupación por los jóvenes candidatos al infierno templado o limbo de los niños, allá por el siglo  XVIII, dio origen a una campaña de lo más extravagante en pro de la operación cesárea, sin otro fin que administrar a los no nacidos el «agua de socorro». Al mismo tiempo se advertía a las comadronas y al público en general no descuidar este formalismo para con aquellos despojos, que hasta entonces, si no se enterraban con las madres, solían ir derechos a la basura.
En tal empeño se distinguió un eclesiástico de Palermo: Francisco Manuel Cangiamila (1702-1763), canónigo de Monreal e Inquisidor de Sicilia. Don Francesco no era ningún fanático, sino un filántropo pío, muy culto y estudioso de la anatomía y de la ‘incisión cesárea’, tan debatida entonces entre los cirujanos y médicos, bastante menos entre el clero.
El autor no fue un pionero. Ni siquiera un siglo antes lo había sido el jesuita francés padre Théophile Raynaud (1583-1663), que ya en 1637 arremetía contra «la nueva invención de los [médicos] que defienden que, muerta la mujer embarazada, no tarda en seguirle su criatura» [1]. La novedad de Cangiamila estuvo en su arsenal embriológico, una presentación atractiva y, no quepa duda, los auspicios altísimos con que contó.
Su Embriologia Sacra (1748) tuvo varias ediciones y traducciones. Carlos III de Nápoles y Sicilia, luego rey de España, apoyó la iniciativa con un pragmática (1749). El autor pudo también imprimir con satisfacción una carta del papa Benedicto XIV alabando su libro. Hasta la Real Academia de Cirugía de París lo recomendaba (1766), en adaptación francesa que hizo el abate Dinouart. De esta se hizo la traducción española, dedicada igualmente a Carlos III [2].
Con pudibundez muy de entonces, tanto el abate como su traductor ponen en latín algunas explicaciones que les parecen delicadas. El original italiano no tiene el mismo empacho, y es imprescindible para captar todo el trabajo y la erudición de Cangiamila, así como su mentalidad y la del pueblo siciliano.
Fue sin duda el respaldo regio la razón principal del éxito de un autor que, sin restarle mérito y buena voluntad, cayó en errores sobre la generación y el desarrollo,  muy comunes en aquel tiempo, de gran atraso biomédico.
Creía, por ejemplo, que el huevo contiene ya desde el principio el feto ya formado o casi, a falta sólo de crecer y desarrollar movimiento:
«Todos los observadores más recientes dan por cierto que el embrión, incluso antes de la fecundación, siempre que el huevo esté maduro, posee en sí todas las partes del cuerpo humano, aunque pequeñísimas; las cuales, abreviadas como ocurre en las semillas de las plantas, tras la fecundación se expanden y van creciendo».
Incluso daba por cierto que «el embrión se mueve desde los primeros días de su concepción», añadiendo que Aristóteles
«distinguía dos vidas, una vegetativa, otra racional; y decía que ésta sucedía a la otra, de suerte que el feto se debía considerar primero como planta, después como animal, y que últimamente pasaba a ser hombre. Todas las Universidades, excepto la de Coimbra, han desechado la opinión de Aristóteles sobre esta sucesión de almas».
En cuanto al semen masculino, no aporta sustancia alguna a un ser que se da por  prácticamente formado el ovario. Su papel en la generación se reduce a activar el desarrollo del huevo, algo así como la levadura hace fermentar la masa.
El autor sabe que desde 1677, gracias al microscopio, se hablaba de los ‘animálculos seminales’ con cabeza y cola (los espermatozoides) como candidatos a ser la verdadera semilla humana. Algunos llegan a imaginar y dibujar a gran aumento el ‘homúnculo’ acurrucado dentro de la cabeza de aquellos bichitos semovientes. Pero al desechar tal error cae en el contrario, creyendo que «los gusanillos espermático no son, ni hombres, ni el principio de su generación», simples parásitos del semen, quedando la obra generativa de cuenta de la madre.
Pero aunque Cangiamila se inclina por una animación muy precoz, lo hace sólo por prudencia, respetando la opinión contraria, ya que «el Derecho Canónico no ha decidido que el feto esté formado antes de la creación del alma». Por el mismo «principio de equidad», si el embrión informe fuese vivo y capaz de bautismo, lo más seguro es bautizarlo. Es una solución jurídica, muy alejada del dogmatismo radical al uso.
No hay que echarle en cara al autor unos errores biológicos tan compartidos en la época, cuando aún no se había descubierto el óvulo de los mamíferos, ni se sabía lo que eran células, ni se entendía la fecundación como fusión de ambos elementos celulares o gametos, femenino y masculino. Él seguía la corriente que le parecía más conforme con su creencia religiosa.
Tampoco era nada excepcional su credulidad en supuestas observaciones y noticias antiguas y modernas, literarias o «de toda confianza». De ellas andaba sobrada toda la literatura médica. En especial, las referidas a la fantástica vitalidad de los embriones y fetos, fuera y dentro del vientre de la madre muerta y hasta enterrada, su supervivencia de días y hasta de semanas, o su capacidad de salir a luz por sí mismos, cuando no los expulsó la madre al morir.
Más que casos raros y paradojas, todo aquello eran auténticos milagros. De hecho así lo veía mucha gente sencilla pero más sensata, siendo creencia popular que algunos santos consiguen para sus protegidos el milagro de sobrevivir o resucitar para recibir el bautismo. Se pensaba sobre todo en los ángeles custodios: el de cada feto, si es que lo tiene ya antes de nacer, o en su defecto el ángel de la madre, como suplente [3].
Respecto a la praxis eclesiástica, se remite al Ritual Romano de Paulo V (1614):  
«Quiere que, si una mujer embarazada llega a morir, y se queda el feto dentro de su vientre, se saque para bautizarlo. No obliga al ministro a que lo bautice, sino a los 30 días después de su concepción; pero en cualquier tiempo que suceda el caso, deja la decisión a la prudencia del ministro».
Para animar a los familiares y párrocos a cumplir su obligación de bautizar todo lo que de señales de vida, dentro o cerca de la embarazada, admite auténticos disparates, como imaginar una respiración aérea del feto por el orificio del útero, desconociendo la respiración placentaria. ¿Cómo, que los fetos no respiran? ¡pero si hasta tienen voz!:
«Es cierto que los niños algunas veces dan voces bastante fuertes estando aún en el vientre de sus madres; lo que no podría ser sin que el aire fuera comprimido y puesto en movimiento… »
Sus historias fantásticas pasan por alto un detalle: en cuestión de minutos, la anoxia fetal produce la muerte o una parálisis cerebral irreversible.
Esto, que hoy se sabe y explica científicamente, ya fue percibido por médicos más antiguos, como el célebre sefardita Rodrigo de Castro (Lisboa, 1546-Hamburgo/Altona, 1627), en su excelente tratado de ginecología [4]. Nada contrario a la operación en sí, aunque muy peligrosa entonces, Castro es escéptico frente a fabulaciones literarias:
«Adviertan los médicos, y eso interesa muchísimo respecto a la sucesión, que el niño no puede sobrevivir en el útero muerta la madre, a menos que se le saque en el breve tiempo que ella tarda en morir o poco antes, mientras agoniza, presentes todavía en ella los espíritus vitales; y eso porque al cesar la vida y el movimiento de la parturienta cesa también la del bebé…  Por tanto, todos aquellos que fueron saludados con el nombre de césares (Escipión, César, Manlio, Sancho y demás que sobrevivieron), es de creer que fueron extraídos de una madre palpitante o todavía viva».

Para ilustración de sus ideas, Cangiamila encarta una plancha copiada de Gian Battista Bianchi, que tras formar una gran colección o museo de abortos, en 1734 reconstruyó la historia del desarrollo humano a intervalos de 5 en 5 días. Por ejemplo:  
«En la quinta figura, así como en la cuarta, sólo se ve una especie de gusano pequeño; pero su cuello es más largo, su cabeza más bien formada, y sus órganos están bastante desenvueltos, para poder distinguir que es una cabeza humana; sin embargo, no tiene sino siete días. Una Señora de Turín, muy respetable y muy virtuosa, lo arrojó a los siete días de haberse casado».
Estos y otros dibujos le parecen al autor favorables a adelantar al máximo el evento de la animación, y por ende la obligación moral de extraer cualquier feto para bautizarlo.
Y aquí es donde se entra en una dinámica de recomendaciones donde la prudencia no sale bien parada. Ni siquiera la adaptación franco-española logra evitar del todo el pintoresquismo del original, con escenas dignas del realismo cómico y el esperpento del cine italiano.
Algunos ‘casos’ nos llevan a un teatrillo de títeres, gente meridional excitada en torno a la madre moribunda o difunta, con una curiosidad morbosa que en aquellos tiempos no hería la sensibilidad como ahora. Todo el mundo estaba familiarizado con truculencias que se cuentan en vidas de santos y santas, cuyos cadáveres se abren para extraer el corazón y otros órganos como reliquias [5].
Tampoco se cuidaba mucho la discreción. Después de todo, en Palermo y otros lugares de Ambas Sicilias los muertos hacían vida social en las catacumbas, recibiendo el visiteo de los vivos, que a su vez arriba representaban su opereta cotidiana, unos y otros sin privacidad. Así Cangiamila en la edición italiana, pág. 69, y española, pág. 42:
«En todo aborto es necesario, antes que nada, estar los parientes y demás presentes muy atentos a observar si el feto da signos de vida para bautizarlo… El Dr. D. Hipólito Pagnotta, cirujano de Monreale, me atestiguó en una relación escrita, y como quien dice de boca, que el año 1727, un viernes de abril, malparió su mujer, embarazada de tan poco tiempo que ni lo sabía. La observación llevó a descubrir una criaturita ya libre de las secundinas y del tamaño de un abeja, por tanto no mayor de 20 días según las planchas de Bianchi, o menos según las de Kerckring. Estaba bastante formada, moviéndose sin parar, manifestando estar viva. Fue pues bautizada en forma absoluta por Susana Pagnotta, sobreviviendo diez minutos, y fue sepultada en la insigne colegiata del Crucificado…»
«Ya he dicho que los padres y todos los demás que se hallan presentes deben examinar con cuidado si el feto da señales de vida; porque puede muy bien estar vivo y moverse, y con todo pasar inadvertido, como muestra el ejemplo siguiente que sucedió en Palermo.
El año 1717 malparió a las cuatro de la tarde, en verano, [Úrsula], la mujer del Cómitre de Galeras [Felipe Piamonte]. El feto, que tenía 3 meses, salió sin las membranas… y a todos les parecía estar muerto. Pusiéronle los criados sobre el borde de una ventana, por donde corría un aire frío y húmedo que venía del mar, vecino a la casa, en el Barrio Marítimo. El día siguiente a eso de las 11 [vinieron los familiares] a visitar a la enferma, y quisieron por curiosidad ver el feto: la admiración fue mayúscula, cuando por el movimiento del ombligo, que subía y bajaba, conocieron que vivía, ¡aunque hacía ya 7 horas que había salido del vientre de la madre! Lleváronle al instante a la parroquia, y murió dos minutos después de recibido el bautismo. [Lo enterraron dentro de una cajita.]»
«Una mujer de Catania malparió, hacia los 40 días de su embarazo, y dio a luz dos gemelos o mellizos. El uno tenía ya todos los síntomas de putrefacción; el otro parecía tan realmente muerto, que el proto-médico lo disecó. Pero al abrirle el estómago, se advirtió por el movimiento periódico del corazón que estaba vivo».
Estos ejemplos basten para muestra del mundo de Cangiamila. Pasemos a la cesárea.
Sea cual sea el origen y porqué del nombre –‘propio de César’, en latín–, nacer por el costado ha sido un detalle típico en leyendas de héroes y grandes hombres [6].
La idea pastoral de Cangiamila es que todo cura en su parroquia debe llevar cuenta de las embarazadas, y si una de ella enferma de gravedad, se han de tomar las medidas para que en caso de muerte no deje de practicarse la cesárea cuanto antes, para extraer el feto a ser posible vivo y bautizarlo. Es un deber gravísimo de conciencia, tanto para el cura como para la mujer, los familiares, incluso el vecindario. Esto en cuanto las mujeres casadas.
Respecto a los embarazos clandestinos y vergonzantes, en llegando a conocimiento del párroco, aunque sea por el confesonario, debe advertir a la mujer que no puede darle la absolución, a menos que ella, fuera de secreto de confesión, lo notifique al mismo cura y personas responsables de que, llegado el caso, también a ella se le extraiga el feto. 
¿Quién debía realizar la intervención? A ser posible, un cirujano. En su defecto, alguna matrona preparada. En caso de necesidad, cualquier sujeto supuestamente hábil y animoso, seglar o clérigo. «En defecto de personas expertas, la caridad obliga a cualquier otro, aunque sea sacerdote, y especialmente al cura, a hacer la operación cesárea». No exagero: El buen Cangiamila imagina a los párrocos de su tierra instruidos y concienciados, llevando siempre consigo la faca bien afilada para toda urgencia. En efecto, «más vale abrir cien cuerpos de mujeres embarazadas, sin provecho alguno, que dejar perecer un solo niño en el seno de su madre».
Desde luego, la mujer tenía que estar bien difunta; pero eso, ¿cómo se certificaba en aquellos tiempos? Todo un colegio médico en consulta podía discrepar en horas y en días, y llegar a las manos debatiendo, que si el pulso, que si el rigor mortis, que si la putrefacción. El propio autor reprende que muchos espontáneos nerviosos o precipitados procedían a la incisión cesárea antes de tiempo, matando a la pobre madre.  Era reconocer que la cesareomanía ocasionaba muchos disparates, porque era un disparate en sí misma.

¿Qué tal, si cerramos el libro con una historieta suya que parece de chiste? Porque es de chiste. Lo que ocurre que el bueno de don Francesco no distingue del todo bromas y veras. Mi traducción, no por algo libre, es infiel:
En la ciudad de Parma llevaron por muerto a un niño a la iglesia, y mientras le rezaban el oficio lo expusieron en un confesonario, para enterrarlo luego. Ahora bien, el sacristán se acercó a verlo, descubriendo que estaba vivo.
Es sabido que cuando un difunto se toma la libertad de ‘volver’ durante su propio funeral y entierro, la obligación es arrearle de cristazos, hasta ponerle de nuevo en su sitio. Y así iba hacerlo el sacristán. Pero simple como era, le asaltó un duda: ¿con qué cruz debía rematar al niño, con la grande de los adultos, o con la pequeña de los entierros infantiles?
Duda providencial, porque habiéndola consultado con el cura mi antecesor –termina su cuento Cangiamila–, éste le libró de cometer un crimen horrendo.



[1] Tratado del nacimiento de niños contra natura por la incisión cesárea (Lyon, 1637, en latín), cap. 2, 8-9, págs. 26 y sigs.
[2] Joaquín Castellón, trad.: Embriológia sagrada, 2ª ed., Madrid, 1785.
[3] «Y en verdad, se cuestiona entre teólogos si tienen o no ángel custodio. A favor: SS. Anselmo, Tomás, Buenaventura y Francisco de Sales, junto con Suárez. En contra: S. Hilario, Vázquez, Zumel, Valencia y otros, pero que hasta el nacimiento les custodia el ángel de la madre» (Embriologia sacra, Milán 1751, pág. 2).
[4] Medicina universal de las enfermedades mujeriles. Cfr. Parte 2, libro 4, cap. 3, escolio).
[5] Estoy pensando en la historia de Clara de Montefalco, pero hay otros que recoge igualmente Piero Camporesi en La carne impasible (Garzanti, 1994).
[6] Muchos cronistas hispanos en pos de Rada (De rebus Hispaniae, 5, 22) recogen la leyenda de Sancho Abarca nacido por cesárea. Don Rodrigo lo sitúa en 923, cuando el rey de los vascones García Íñigo pierde la vida en un encuentro con los moros. Su esposa doña Urraca embarazada de su sucesor Sancho Abarca también fue alanceada en el vientra y murió, mientras el niño sacaba su bracito por la herida. Lo cual visto por un noble de Guevara, extrajo a la criatura, la tuvo secuestrada y escondida, y a su tiempo hizo aceptar a Sancho como rey legítimo. «Tan maravilloso latrocinio dio origen al apellido Ladrón de Guevara». Mariana lo da como lo que es, una fábula, sin otro fin que incluir al rey navarro en el elenco de ilustres varones cesáreos.