domingo, 8 de enero de 2017

Una Cartuja de mucho palique (1)



De los relatos de viaje a Pavía, uno de los más curiosos para mi gusto es el de Cánovas del Castillo. El historiador y político en ciernes llevaba como objetivo estudiar el teatro de la histórica batalla y por supuesto, conocer la Cartuja. ‘Una expedición a Pavía’ se titula el tercero de los cuatro capítulos que forman sus ‘Memorias de Italia’ [1].
Su forma es de epístola o carta (Madrid y Junio de 1857) dirigida al Marqués del Duero, D. Manuel Gutiérrez de la Concha. Se trata de nuestro General Concha, con calle aquí en Bilbao, que por maravilla no le ha sido soplada por el PNV para dársela a alguno de los suyos. Es lo que pasó con el General Espartero, en favor de un Fulano Ajuriaguerra, el héroe de Santoña (1937). Espartero fue el isabelino que levantó el I Sitio de Bilbao y liberó la Villa (1836), y Concha el liberal que repitió la operación en el II Sitio (1874). Este por así decirlo ‘trato de favor’ a Concha, por un nacionalismo tan imparcial y equitativo como el vasco, se debe sin duda a su otro apellido, Yrigoyen, y a su vizcainismo, así como a la popularidad de las ‘escuelas de Concha’, o ‘de la Concha’ (sic), hoy camufladas y desfiguradas como la nueva Kontxa Eskola o incluso Kontxa Eskola Berria, ver para creer. No, si por algo el padre Flórez se burlaba de la etimología Biscaini, bis Caines [2]:
«Poniéndose uno a descifrar el nombre de Bizcaia, sacó (por escribirle con B) que significaba crueldad con los enemigos, como ‘dos veces Caínes’, Bis Caines.»  
El viaje lo había realizado Cánovas el mismo año 57 en mayo, pues menciona la toma de posesión del nuevo gobernador o virrey austríaco de Lombardía-Véneto. De liberal a liberal (moderados los dos), el malagueño le chismorrea al marqués su regodeo en el coche de posta escuchando  a los viajeros italianos, «muy entretenidos en murmurar sabrosamente del Archiduque Maximiliano, que acababa de hacer en Milán su entrada como Gobernador general». Entrada que había sido en febrero de 1857, y no para mucho, sólo hasta la derrota de Solferino (junio de 1859). Maximiliano, «el mismo que ha muerto infelizmente como Emperador de Méjico» (mayo de 1867) [3].
Cánovas en 1872
«Tal vez sea yo el primer español que haya emprendido un viaje de propósito a tales sitios». Pues sí, muy probable. Para este viaje, o ‘expedición’ que dice el título, Cánovas llevaba su buena carga de libros y referencias –entre ellas el Crotalón, inédito por entonces–, cuando tales adminículos tenían volumen y peso, nada que ver con la levedad de las tabletas de hoy. Libros objeto «de un escrupuloso registro de la policía, en que fueron muy considerados los títulos…, bien que comprados todos en territorio austríaco» (pág. 251).
Lleva además un plano antiguo, adquirido por casualidad en un librero de viejo, que no muestro aquí porque está plegado, y las imágenes digitales, a diferencia del papel, son malas de desplegar.
¿Con que otra batallita del Belosti? No, pardiez, con una vale. Si traigo aquí a Don Antonio es por un cuento de algo que dicen que pasó después de la batalla de Pavía, y precisamente aquí en la Cartuja. Y no es baladí, porque tiene que ver con un punto oscuro de los muchos que tocan a dicha jornada: qué se hizo exactamente con Francisco I desde su captura hasta su envío a Madrid.

Francisco I de Francia

Una anécdota que, bien contada, hasta pudo ser verdadera
La Historia está llena de anécdotas y frases célebres, unas creíbles más o menos, pero otras apócrifas por imposibles. Vamos a ver una que, tal como la cuentan, sencillamente no pudo ser. Pero jugando un poco a detectives, ella misma nos da la pista para enmendarla, y la cosa cambia.
Como creo haber dicho en otra entrada, la Cartuja de Pavía con su vasta huerta y esparcimiento o paseo de los monjes ocupa el vértice NO del Parque de los Visconti, o sea, del campo de batalla. Eso quiere decir que la madrugada y mañana de aquel viernes 24 de febrero de 1525, fiesta de San Matías Apóstol, no fue tan tranquila como cualquier otra en la rutina de aquellos monjes. Por otra parte, aquel edificio maravilloso, con su gran palacio ducal incluido era indicado para dar alojamiento del Rey Cristianísimo.
Cedo la palabra a D. Antonio [4]:
« Aguijábame especialmente para llegar a la Certosa, una tradición curiosa y constante.
Dícese que el Rey Francisco, inmediatamente después de ser hecho prisionero, fue conducido al magnífico templo de aquel monasterio, y que llegó a él a tiempo que los piadosos monjes, sin curarse del estruendo, ni de la carnicería de tal jornada…, cantaban a la sazón una de sus horas canónicas.
Al entrar ya Francisco I en la iglesia, el versículo que cantaban dícese que era éste:
Coagulatum est sicut lac cor eorum: ego vero legem tuam meditatus sum.
Es decir: “Su corazón está cuajado como la leche, mientras que yo medito en la Ley”.
Entonces el real cautivo, piadoso como todos los príncipes de su tiempo, entonó con los cartujos el siguiente versículo , que dice:
Bonum mihi quia humiliasti me: ut discam justificationes tuas
Que viene a rezar lo siguiente: “Bien hiciste, Señor, en humillarme, para que aprendiese a conocer tus juicios”.
Pero cuando evocaba yo tales recuerdos, en medio del atrio de la Cartuja, no faltaba de allí ya únicamente el Rey cautivo …, sino que también estaban de allí ausentes y expulsados los devotos cartujos … Sólo la tierra y la fábrica inmensa del monasterio … ofrecían a mi vista el propio espectáculo que pudieron ofrecer a tantos otros españoles, durante el viernes 24 de febrero de 1525, fecha feliz de la batalla
Esta versión que reproduce Cánovas es sin duda la peor posible. Dejo a su cuenta lo de ‘la piedad de aquellos príncipes’, porque no manejo sus mismos datos. Partamos en cambio de un hecho más comprobable.
Los monjes en el coro no cantan lo que se le ocurre, ni lo que venga a pelo para una historieta. Se atienen a la liturgia, que fija rigurosamente el turno de los salmos. Y esos dos versículos son del Salmo 118, que no corresponde al viernes, sino al domingo. Por cierto, el único día de la semana (junto con las solemnidades) en que los cartujos cantan las horas de tercia, sexta y nona en la iglesia, pues de ordinario las rezan en privado, lo mismo que hacen siempre con la hora de prima y las completas.

En un librito viejo, ‘Visita a la Cartuja de Pavía’ (Milán, 1857), la cosa está un poco mejor [5]:  
« Conducido por sus vencedores, entraba el rey en este templo la mañana de un domingo, mientras los monjes a la hora de sexta cantaban el verso del Salmo 118, Bonum mihi quia humiliasti me, ut discam iustificationes tuas (‘Bien me está que me humillaste, para que aprenda tus razones’). Se dice que el buen rey, doblegado a resignación cristiana por su desventura, se puso a cantar con los monjes el mismo versículo, haciendo aplicación muy oportuna a su caso.»
Un poco mejor, pero mal también. El rey pudo entrar en la iglesia dos días después de la batalla, la mañana del domingo. Pero eso no quiere decir que hasta ese día no pisó la Cartuja. Además, tampoco fue a la hora de sexta, sino a tercia. El Salmo 118 de la Vulgata (119 de la Biblia Hebrea) es el más largo del Salterio, y la liturgia lo reparte para las horas menores del domingo. Y el versículo 71 del salmo (Bonum mihi etc.) corresponde a la hora de tercia.
Lo que bien mirado es más lógico, pues indica que el Rey entraba para oír la misa conventual, que se dice después de tercia.
Lo cual a su vez hace pensar que aquella no era la entrada primera del rey en la Cartuja, pues coincidencia habría sido tanta puntualidad a misa. Mejor pensar que ya estaba en el monasterio, incluso desde la tarde misma del viernes, pues las historias cuentan que allí le sirvieron aquel día el almuerzo, haciéndole de sumiller el propio Carlos de Lannoy, virrey de Nápoles.
Iglesia de la Cartuja de Pavía
Uno de los trampantojos representando a
un lego 'barbón' asomado a la nave,
por Bernardino da Fossano 
Ahora ya sí –si no es mucho presumir–, estamos en condiciones de ofrecer una variante, digamos, ‘definitiva’ del evento.
Aquel domingo 26 de febrero, a eso de las 9 de la mañana, se encuentran reunidos en el palacio de la Cartuja el rey de Francia y acompañantes, con el virrey de Nápoles Lannoy su custodio y demás señores, todos de tiros largos para ir a la iglesia, a cumplir con el precepto.

Un monje les avisa que la misa conventual va a empezar. Cuando entra la comitiva en el templo, el coro de monjes está recitando el último salmo de tercia. Lo hacen, como todo el rezo cartujano, sin acompañamiento de órgano y a voz en cuello: plena (viva) et rotunda voce, como manda su rúbrica [6].
Fue entonces cuando el Rey de Francia, que se sabía su Libro de Horas en latín, reconoce el versículo y se lo aplica, en lección de humildad que dejó edificados a todos. Por lo demás, ese texto bíblico, «bien me estuvo que me humillaste» etc. ha sido un lugar común en sermones y libros de ascética [7].
Bien entendido que un cuento, por bien contado, no se hace historia. Lo normal habría sido llevar al rey a Pavía; pero a ruego suyo se le ahorró esta humillación de entrar como prisionero donde se figuró vencedor. A partir de ahí surgen las candidaturas: la Cartuja, el castillo de Belgioioso ..., o la más firme de todas, el convento de San Pablo cerca de Pavía. Éste habría sido su primera prisión, antes de trasladarle a la plaza fuerte de Pizzighettone, en espera de instrucciones, y de allí a España. «Aquí en Pavía he presentado mis respetos al Rey de Francia en su posada de San Pablo» –escribía al duque Francisco II Sforza su canciller Jerónimo Morone.
San Paolo in Vernavola fue un antiguo priorato benedictino, cedido en el s. XV a los agustinos observantes. Desamortizado en 1799, aquí lo vemos yermo en un grabado del ‘Cosmorama Pittorico’ (1835), antes de acabar «estúpidamente arrasado en 1856», a juicio de C. Magenta, que pone aquí la primera estancia del vencido Francisco I. El cual, añade, ya había visitado la Cartuja a primeros de octubre de 1515, aunque nada se sabe de la impresión que le causó, pues todo indica que tanto él como sus acompañantes, el cardenal Aleandro y el poeta Clemente Marot sólo fueron a pasarlo bien [8]. Se ve que al monarca francés, como a los demás príncipes de su tiempo, lo piadoso no les quitaba lo gozoso, y como dijo el Sabio, cada cosa es buena en su sazón.   
Y como nuestros cartujos están rezando Completas, hora es de terminar este primer palique.
_______________________________
[1] Recogidas en Estudios literarios de D. A. Cánovas del Castillo, t. 2. Madrid, 1868, págs. 243-283.
[2] Enrique Florez, La Cantabria, n. 254. 3ª ed., Madrid, 1877, pág. 145.
Iturriza lo adornaba un poco más, poniendo esa etimología tan improbable en boca del emperador César Augusto, enfadado por la resistencia vizcaína, y por lo que se ve, muy puesto en Historia Sagrada.
[3] Maximiliano, apremiado por su deudas y por su suegro Leopoldo I de Bélgica, aceptará ser el segundo emperador de Méjico, donde muere fusilado (junio de 1847). Cánovas murió en el balneario (luego hospital psiquiátrico) de Santa Águeda en Mondragón, Guipúzcoa, tiroteado por un pistolero anarquista italiano (1897). El veterano Concha había muerto de un balazo en la III Guerra Carlista (1874).
[4] O. cit., págs. 255-256.
[5] Francesco Pirovano, Visita alla Certosa di Pavia. Milán, 1857, pág. 5.
[6] Nova collectio Statutorum Ordinis Carthusiensis. 2ª ed. Grenoble, 1681, Directorio de Novicios, c. 2, pág. 11. Cfr. Pío XI, Constit. Apost. ‘Umbratilem’, n. 8.
Escribo «variante ‘definitiva’» (entre comillas el adjetivo), porque sinceramente me queda algún escrúpulo, que no voy a revelar aquí por no hacerme el pesado. Me atengo a los ‘Estatutos cartujanos’ vigentes, Nº. 20-21 :
Distribución del Domingo y solemnidades
20. Los domingos y solemnidades cantamos en el coro Tercia, Sexta y Nona … A Tercia sigue la Misa conventual. Las Misas rezadas se celebran según la costumbre de las Casas. Cuando nos reunimos para cantar Sexta y Nona, tocamos cada uno la campana.
23. Vamos al refectorio después de cantar Sexta.
27. En la solemnidad que ocurra en Cuaresma, cantamos Sexta en la Iglesia más tarde, y de allí vamos al refectorio. Nona la rezamos en la soledad.
[7] Por ej., el jesuita Alonso Rodríguez, Exercicio de perfección y virtudes cristianas. Sevilla, 1609, Parte I, pág. 570.
[8] Carlo Magenta, La Certosa di Pavia. Milano, Bocca, 1897, pág. 121.





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viernes, 6 de enero de 2017

La Tumbona de los Reyes Magos


San Eustorgio de Milán - Capilla de los Magos  (milanoinsolita.it)

Hace ya mucho que no escribo a los Reyes Magos, pero no hace tanto que escribía de ellos, siempre con la misma añoranza de la edad infantil. Tal día como hoy, hace seis años, dejé el tema por servido, pero añadiendo: «no digo que no volveré».
¡Vaya si vuelvo! Lleno de gozo, para contar que ¡por fin! se ha cumplido una ilusión de mi vida: ver con mis ojos y pasar mis manos por la tumba, por la tumba, por la grandísima tumba de los Tres Reyes Magos. Tomba tombissima, tumba tumbona, en San Eustorgio de Milán.
–¡Pero cómo! ¿No quedábamos, y usted lo dijo, y lo sabe todo el mundo, en que los cuerpos de esos santos personajes llevan siglos en la catedral de Colonia? ¡Si hasta sus tres coronas figuran, sobre manto de armiños, en el escudo de la ciudad!
Así es. Y yo mismo, en enero de 2010, hice desde aquí una peregrinación virtual allá, donde su Arca de orfebrería maravillosa es el corazón de su culto. Un relicario lo más a la medida de su grandeza, sí; pero al mismo tiempo su cárcel en el destierro. Porque los cuerpos de los Tres Reyes Magos fueron sacados de esta su tumba, como parte del botín de guerra que, tras el saqueo y ruina de Milán, se llevó a Alemania el emperador Federico I Barbarroja en 1162. Le indujo a ello, de forma nada desinteresada,  Reinaldo de Dassel, que era era el canciller del Reich y a la vez Arzobispo de Colonia. En la lucha entre el Imperio y el Papado, la posesión de los Tres Reyes representaba una baza simbólica y propagandística de mucho tirón popular.
Según eso, ¿desde cuándo estuvo aquel tesoro en la capital lombarda? San Ambrosio, que fue obispo de Milán por espacio de 23 años, desde 374 hasta su muerte en 397, no tenía ni idea de la presencia de tan ilustres huéspedes en el subsuelo de su sede, y eso que anduvo muy metido en hallazgos de cuerpos santos. Tampoco sus sucesores en varios siglos.
Sin embargo, hacia el año 1000 (en números muy redondos) se creía saber que los cuerpos de los Tres Reyes Magos se encontraban en un antiguo cementerio, según se sale de Milán por la Puerta y camino de Pavía. Pegando a la basílica de San Eustorgio, que fue quién los puso allí cuando los trajo de Constantinopla.
Eustorgio I fue el noveno obispo de Milán (343/344-h. 349). Habían pasado tres décadas, una generación, desde el Edicto de Milán, promulgado por el emperador Constantino I aquí mismo, en su palacio, donde hoy se levanta la iglesia de San Jorge (que por eso la dicen al Palazzo), y a su lado la cafetería donde tomábamos el desayuno. Un edicto que puso fin oficial a las persecuciones contra cristianos, sólo para abrir entre ellos una etapa feroz de guerra civil, católicos frente a arrianos y demás herejes.
Aunque el pontificado de san Eustorgio fue breve y oscuro, ya se encargó la leyenda de ilustrarlo con datos, en parte copiados de la vida de su sucesor san Ambrosio. Uno de los parecidos consiste en hacerle también gobernador. Por eso fue a Constantinopla, a que el emperador confirme su nombramiento.
Otro parecido se fija en el traslado de reliquias. ¡Pero de Constantinopla!... Sí, porque para facilitar la intriga, el relato supone que Eustorgio era griego. Un griego con labia, porque a su vuelta trae consigo un privilegio general de exención de tributos para todos los milaneses (¡toma fuero!); y de propina los tres cuerpos enteros de los Tres Reyes Magos, en un arcón de mármol de tamaño descomunal. Es el que tenemos delante.
El transporte de una mole así, más de 3 m de largo por otro tanto de alto y 2 de ancho, casi  20 m cúbicos de mármol, aunque sea hueco (o más, siendo hueco), tiene su dificultad técnica, que el relator de la leyenda conoce tan bien como nosotros, o mejor incluso. Pero no le presta atención, porque en definitiva se trata de milagro.
No nos hablará, pues, de soluciones técnicas, como tanto nos apetecería; sí en cambio de algún incidente o contrariedad, achacable al enemigo Malo. Un lobo, aprovechando el  descanso y pasto de la yunta vacuna, mata a una de las reses y su hambre con ella. Mejor si no lo hubiera hecho, porque al despertar el santo obispo, sin la menor consideración al diseño inteligente, unció al lobo como pareja a la carreta; y el pobre diablo (nunca mejor dicho) fue restituyendo una a una y con creces aquellas calorías mal adquiridas.
Con todo, el mayor milagro posible de un taumaturgo es que nadie se acuerde de lo que hizo. Que es lo que ocurrió en Milán con los Reyes Magos de san Eustorgio. Ni san Ambrosio ni nadie supo de ellos más, hasta las guerras del Hohenstaufen por el dominio de Italia, frente al papa Alejandro III. De entonces es esta nota de un cronista de Mont-Saint-Michel:
«En este año de 1158 se hallaron los cuerpos de los Tres Magos, en una antigua capilla pegada extramuros de Milán, y por miedo del emperador Federico, que venía a poner cerco a la ciudad, los metieron en el casco urbano.»
Un hallazgo de aquellos que levantaban la moral bélica. Como la Lanza sagrada en la I Cruzada (1098), muchos la recordaban como testigos de vista.
Por testigo de vista se daba también ahora el abad de Ottobeuren, que diez años después del traslado de los Magos visita Colonia (1168) y ve lo que se debe ver:
«Los cuerpos siguen enteros, como yo mismo los vi visitando Colonia, como conservados en bálsamo. Según cuentan las historias, la reina Elena los llevó a Bizancio desde Oriente, encerrándolos en tres tumbas perfundidas con plomo para hacerlas inamovibles. El obispo de Milán [san Eustorgio], con ocasión de presentar sus cumplidos a la reina, en pago de sus servicios le pidió reiteradamente aquellos cuerpos, a lo que ella accedió, pensando no ser posible moverlos por causa del plomo. Pero aquel varón ingenioso, valiéndose de cierta arte, los hizo levantar entre unos pocos hombres y ponerlos en una rad o almadía para llevarlos así a Milán.»
Pero, Reverendo Señor Abad Dom Isengrim de Ottobeuren, ¿no habrá visto su reverencia visiones?: ¡si la reina santa Elena, para cuando san Eustorgio fue obispo electo de Milán, llevaba diez años difunta! Peor para ella. La leyenda dice lo que dice.
Pero, Reverendo, si usted habla de solos los cuerpos, no del Arca marmórea que vino con ellos a Milán. Porque algunos incluso dijeron que ni balsa ni barco, que aquella arca de piedra hizo la travesía de Constantinopla, como la que llevó a Santiago apóstol. –Ya; pero es que yo no hablo de Milán ni de Compostela, hablo de Colonia..
La verdad, todo el que se acercaba a los santos Reyes los veía cualquier cosa menos desnudos. ¿Desnudos los Reyes? Ver a un rey desnudo, nunca. Pues si son tres, peor. Y si es realeza santa, qué menos, verla vestida de carne y piel sobre el hueso.


Esta fue mi meditación, en octubre pasado, en este apetecido rincón de San Eustorgio. Una leyenda medieval tejida en torno a un sarcófago todavía misterioso, de mármol de importación traído aquí tal vez antes del siglo IV. La verdadera tumba-tumbona de los queridos Reyes Magos. Lo dice la inscripción:
     SEPVLCRVM TRIVM MAGORVM
Sobre ella, una estrella-cometa de ocho puntas. La misma que campea sobre la torre de la basílica. La estrella de los Magos. Icono milanés, que ningún majadero osaría aquí explotar como icono de propaganda espuria.

P.S.- Lo Magos no agotan la mágia de este lugar mágico milanés, San Eustorgio. Otras sorpresas nos aguardan. Pero eso quede para otro día.

Referencias:








viernes, 30 de diciembre de 2016

Espejo, espejito ...










   Bocesoneto autobiográfico
Día como hoy, nací en el veintinueve,
en depresión y bajo dictadura;
viví republicana desmesura,
guerra civil, franquismo nada breve

Y por si pareciera cosa leve
media vida de yugo y de censura,
la segunda mitad peor se augura:
ETA y Sabino y diablo que me lleve.

Libre, yo sólo me sentí en la infancia:
ni de joven, ni adulto ciudadano;
y a día de hoy, que estreno ochenta y ocho,

La libertad civil pierde importancia
ya para mí, si toco con la mano
la libertad feliz de niño chocho.





Al filo de la medianoche me llegaba de Jon Juaristi este otro soneto fresco, de receta especial, ‘parnasiano’ o como se llame.
Mi respuesta inmediata fue (omitido aquí algún exceso verbal admirativo) que, con un amigo así de poeta, non omnis moriar, no se muere uno del todo. Aquí lo pongo, a. p. r. m. – para memoria perpetua de la cosa.


CUMPLEAÑOS FÉNIX

A Jesús Moya

Ochenta y ocho, capicúa austero,
en dos cuarenta y cuatro se divida
o en cuatro veintidós, descomedida
magnitud parecía al gran Homero,

que enviaba a los héroes al Hades
prácticamente tras jurar bandera
(qué disparate griego, qué manera
de desaprovechar las mocedades).

Mas para la Escritura que te debe
doctísima versión, el antedicho
ochenta y ocho es mocho como un bicho

imperceptible, exiguo, corto y breve.
Ante Adonai, tu vida, compañero,
En el día de hoy parte de cero.