jueves, 18 de mayo de 2017

‘Debate goyesco’ en el PSOE


Santiago González: Debate goyesco



–¿Por que le llama ‘goyesco’
Don Santiago al ‘disparate’?
–Porque es debate de bate.


En el mismo Blog:

Gulliver dijo:
Vamos con un soneto
Meditaciones de un socialista digno
ante las fotos de Susana, Pedro y Pachi

El voto me reclama a mí el Partido
tras finar el proceso de Primarias
mas he de optar entre estas ‘luminarias’
lo que, admito, me tiene deprimido.

Muerta está mi ilusión, ya la he perdido,
pues los tres son de testas refractarias
y un futuro con ‘urnas’ funerarias
muy cercano, aventuro al elegido

Si a Pachi doy mi voto, disparato,
mas Pedro de Podemos es presagio
y Susana apuntala el aparato

Será mi voto “taco” y no sufragio,
pues yo reniego haré del candidato
que al Partido hundirá con su naufragio.

Belosticalle dijo:
Con admiración y su permiso, un estrambote:
    Como reza el adagio,
no hay más opción: o la sartén, o el fuego.
Saltar al fuego sensatez indica,
pues lo que sartén mancha purifica.

¡Con qué desasosiego
de Pablo Iglesias el espectro pena
por el coto civil de la Almudena!





martes, 2 de mayo de 2017

Un libro nuevo curioso: ‘Mola en Bilbao’


El miércoles 26 de abril por la tarde presentaba Aitor Lizarazu Pérez su nuevo libro, Mola en Bilbao (1937-1978). La escultura de la discordia. Este subtítulo venía a fijar el objeto de estudio. No era el general Emilio Mola en persona, que ni sé si estuvo alguna vez en la Villa del Nervión, sino sus simulacros plantados sucesivamente en el Paseo del Arenal: el improvisado y efímero, a raíz de la toma de Bilbao, y el definitivo (aunque no tanto), retirado en el retorno a la democracia.
El librito, más que un monumento al monumento del general faccioso, lo es a la tenacidad del autor en su rastreo de referencias e imágenes, prácticamente exhaustivo. En el prólogo, del historiador y profesor Santiago de Pablo Contreras, se destaca el mérito y valor de ‘microhistorias’ como ésta, de un pequeño monumento, para la comprensión global de la Historia con mayúscula. Al mismo tiempo, este especialista del Nacionalismo Vasco valora el que
«frente a ciertas visiones parciales e incluso combativas de la Guerra Civil, que últimamente parecen haber vuelto a ponerse de moda, tanto desde la perspectiva de un bando como del otro, el autor procura analizar los hechos con la mayor objetividad posible, aun a sabiendas de que la imparcialidad absoluta es imposible…»
Objetividad que no es sinónimo de equidistancia impostada para mal encubrir un parti pris sin apelación, como está ocurriendo al amparo de la llamada ‘memoria histórica’. Revanchismo vergonzante, y de paso una forma ridícula de disfrazarse de miles gloriosus ante la nueva generación cualquier perdedor de la incivil Guerra. A la mayoría de los cada vez menos testigos de ella en uso de razón que vamos quedando, con la venia del Alzheimer, nos cuesta entender  esta extraña ‘memoria’, que en nombre de una  convivencia cívica –que ya se logró en su día–, practica la damnatio memoriae selectiva, removiendo huesos y piedras de su sitio, sin otro objetivo que hacer olvidar la media verdad que fue, falseando sin remedio la otra media, pues no hacen sentido la una sin la otra.
Hoy es el 2 de mayo, cuando escribo esta reseña. Esta fecha en Madrid significa una cosa, en Bilbao otra muy distinta. Nuestro 2 de mayo no es aquel de 1808 que dio principio oficial a la Guerra de Independencia, sino el de 1874, en la III Guerra Carlista, cuando el sexagenario general Concha Irigoyen levantó el largo sitio de una Bilbao liberal defendida también por una milicia nacional de auxiliares civiles.
Lo curioso de Bilbao es que esta villa, presuntamente liberal, al estallar la I Carlistada era carlista. “Bilbao, capital del carlismo”, titula su primer capítulo José R. Urquijo Goitia, Los Sitios de Bilbao, pág. 11. Pero Bilbao se perdió para el carlismo, y el I Sitio (junio-julio  1835) por Zumalacárregui, a regañadientes, fue el primer intento de recuperarla, fallido por la mala fortuna del general, que recibió la bala que le costó la vida.

D. Carlos Mª Isidro de Borbón (Carlos V)
El primero que bombardeó a Bilbao
En aquel cerco, el casco de la población fue bombardeado por vez primera en su historia, incluso los hospitales, las tahonas de pan… Pero no por órden de Zumalacárregui, sino personal del infante y pretendiente D. Carlos Mª Isidro de Borbón, despechado. Hoy nadie parece sentir la necesidad de acordarse de este bárbaro como genocida y persona non grata para la Villa.

Nuevo asedio, en octubre-diciembre 1836, levantado en la Navidad por el general Baldomero Espartero. Y finalmente el de 1874. Así pues, en 1936, diríase que ‘a la tercera’ (o a la cuarta) va la vencida: por fin el carlismo recupera a su Bilbao.
Nunca me importó mucho la figura de Emilio Mola. De su existencia me enteré en su día por la noticia de su accidente mortal, con un comentario despectivo que se me grabó, por lo ocurrente: «Mola, que se amuele». Días después nos embarcábamos en el vapor republicano Habana –de monárquico, Alfonso XIII– para Francia: Port-Louis, en Mobihan; de allí, a Biarriz, con los parientes franceses. Así que me perdí la caída de Bilbao. Cuando volvimos, sólo mes y medio más tarde, era una población fantasmal, como sonada. Tengo el recuerdo de los puentes volados y los pontones de gabarras para cruzar en fila india la ría; pero ni el menor vestigio de aquel primer simulacro de Mola en el Arenal, que recuerda e ilustra Lizarazu. Por lo visto, los requetés lo tenían ya preparado, como entrada simbólica de un conquistador póstumo de la que fue  ‘Invicta Villa’, y ahora dejaba de serlo.
Por cierto, Amigo Aitor, la imagen que nos regalas en la página 69 me da un cierto parecido con el papa Pío XII. El ángulo de toma, tal vez.
En la presentación, donde también intervino muy brevemente el ex senador del PNV Iñaki Anasagasti, el general Mola recibió el calificativo de ‘criminal’. Cosa que no discuto –pues eso faltaba–, aunque me pregunto a quién o quiénes del reducido auditorio iba dirigida información tan novedosa. Y no lo discuto, aunque los textos que más se citan en apoyo no son concluyentes. Decir en unas octavillas arrojadas desde el aire que si la población no se rinde será arrasada parece un recurso retórico muy socorrido. Más fuerza haría depurar críticamente los textos e instrucciones secretas que se atribuyen al ‘Director’ (como se hacía llamar Mola) sobre la purga de cabecillas de izquierdas, con las consignas sobre la eficacia represiva del terror.
Por lo demás, nadie duda de que a Mola no le temblaba el pulso ni la voz para una orden de fusilamiento. No más que a tantos actores de aquella guerra, en su mismo bando y en el de enfrente. Las luchas civiles es lo que tienen. Por ejemplo:
«No hay que andar con contemplaciones. Si no se puede tomar a Bilbao es preciso quemarlo, ... es una cuestión de vida o muerte. Si no se toma Bilbao, la causa está perdida»
Esto no es de Mola. Se había escrito justo un siglo antes de su Campaña del Norte: en diciembre de 1836, durante la I Guerra Carlista, y con destino a un oficial de la secretaría de Estado de D. Carlos.
¿Quien puede negar el terror en nuestro ajuste de cuentas fratricida? Recuerdo bien aquellas fechas febriles, desde el principio de la Guerra y en la primera mitad del 37. La oleada despavorida de refugiados guipuzcoanos a Vizcaya. Entre ellos casi toda nuestra familia de Hernani, que metimos en casa como se pudo, contaban y no acababan.
Pues bien, todavía aquella Navidad la celebramos con un cordero degollado a domicilio y una ‘colineta’ o anguila descomunal, toda una joya de chocolates finos elaborada y decorada por el tío Luis el confitero, con obrador en Dos de Mayo (mira tú), esquina a San Francisco, todo un maestro y un artista. Meses después, el pobre hombre ya no estaba para golosinas. Y no lo digo por la falta de azúcar y materia prima (que también), sino porque dos de sus tres niños como de mi edad morían sepultados en el bombardeo del ‘refugio’ de Cotorruelo, entre las calles de Prim e Iturribide, entre más de un centenar de víctimas.
Recuerdo los primeros ensayos generales de defensa pasiva antiaérea, con tres toques distintos de sirena (‘alarma’ – ‘peligro’ – ‘vuelta a la normalidad’). Pronto vendrían los bombardeos en serio, las horas en el refugio. Al principio, mirándonos unos a otros. Hasta que todo esto para los críos se revelaba en su parte lúdica, abajo jugando al escondite, o arriba, mirando por las ventanas los aviones, oyendo el tableteo de las ametralladoras, y con algo de suerte hasta algún aviador bajando en paracaídas, pobre desgraciado.
Terror. Pero no de Mola, sino de la guerra en sí. El bombardeo era terror. El linchamiento del aviador derribado, también. O el asalto a las prisiones. Estos días se ha conmemorado el bombardeo de Guernica. ¿Cuál fue exactamente el papel de Mola en aquella salvajada? Porque los relatos son dispares, incluso contradictorios ¿Lo celebró, o como dicen otros, se enfadó? Porque no es lo mismo. Por versiones no queda. Las hay incluso de los propios protagonistas: más de primera mano, imposible. Me permito recomendar la lectura (una muestra entre cientos) de Vicente Cacho Viu sobre Los escritos de José María Iribarren, secretario personal que fue de Mola en los primeros meses del alzamiento militar. El Mola que allí aparece no es ningún germanófilo, al contrario, «poco amigo de los alemanes, de los que desconfiaba por principio …» (pág. 249).
¿Sabemos siquiera a medias la verdad de la relación entre Franco y Mola, a nivel personal y profesional? Para Iribarren, el parecido entre los dos generales era el de dos individuos, uno siempre subiendo por una escalera y el otro bajando siempre por la misma.
En otro aspecto comparativo, tenemos al cardenal Isidro Gomá, en su Informe general político a la Santa Sede (8 de abril 1937), donde sostenía que Mola era el menos católico de los generales que habían encabezado el Alzamiento; añadiendo:

«persona de gran energía, conocedor como pocos de las insidiosas artes de la vieja política… y de extraordinaria entereza. Personalmente y en el aspecto religioso no ofrece las garantías del Generalísimo» (Mª Luisa Rodríguez Aisa, El cardenal Gomá y la Guerra de España. 1981, p. 153).
En efecto, era notorio el agnosticismo, al menos práctico, de Mola. Agnosticismo compatible –porque «la guerra es la guerra»– con la anécdota de un Mola encaramado a la Virgen del Pilar pidiéndole en voz alta: «Tú que todo lo puedes, ayúdanos». Bueno, también por entonces en Portugal el general Carmona, Presidente de la República, invocaba a su Virgen de Fátima.

Las guerras, como las tormentas en la mar, improvisan devotos. Contaba el ABC de Sevilla (18 de febrero 1937) que durante la ocupación de Málaga un soldado encontró en la maleta de un coronel republicano apellidado Villalba un relicario de plata con la momia de la mano izquierda de Santa Teresa de Jesús, con anillos. Es sabido que al generalísimo Francisco Franco le entró una devoción irrefrenable a la reliquia, que tuvo siempre consigo como talismán, aunque es exagerado y falso lo de que la empleó para firmar con ella sentencias de muerte.

En fin, volviendo a D. Emilio, no voy a ponerme aquí hagiográfico con él, y menos ahora que ¡por fin! los de Bildu y compañía han librado a Pamplona y a Navarra de la presencia de sus restos mortales. Pero tal vez alguno se sorprenda al leer que
«a Mola le preocupaba la inexistencia de un programa mínimo que garantizase, por parte de las derechas, el mantenimiento de la legislación republicana, en lo que atañía a las clases menos favorecidas: más o menos en serio, se definía en privado como ‘socialista’.»
En una presentación como la del librito de Lizarazu, al turno de preguntas, no es cosa de ir provocando con temas candentes, como la memoria histórica o la presencia franquista o pseudofranquista en signos y emblemas, callejeros y demás.
Uno de los monumentos más difíciles de eliminar en Bilbao (por sus dimensiones, por el lugar que ocupa y el espacio que dejaría) es lo que queda del Escudo de España que preside la  Delegación de Hacienda, en la Plaza Elíptica. Periódicamente sale algún morlaco embistiendo contra lo que casi nadie ve, porque hasta lo colosal con la rutina se vuelve invisible. Creo que ya conté (‘A la Historia por la desmemoria’) por qué es para mí un objeto de recuerdo, porque lo vi diseñar mientras jugábamos en el estudio de su Arquitecto D. Antonino Zobaran.
Sinceramente creo que ese escudo a nadie le hace daño; mero testimonio de una retórica y una estética que algún día se estudiará sin encono. Como creo también que, a quienes molesta el escudo, no es tanto por franquista como por español. Igualito que los huesos de Mola y de Sanjurjo en su cripta de Pamplona.
«¡¿Cumplir la Ley de Memoria Histórica?!»: A otro perro con ese hueso


jueves, 20 de abril de 2017

De patria y bandera



El domingo de Pascua de Resurección a mediodía estábamos entrando en Bilbao. Para el nacionalismo vasco, esa fiesta movible y principal del calendario cristiano es el día de la Patria vasca, el Aberri Eguna, aunque nada en el ambiente urbano lo daba a entender.
La celebración oficial del PNV, a modo de mitin y ágape de hermandad, se circunscribe al recinto de la Plaza Nueva, que no es precisamente La Concorde parisina. Es casi una fiesta a puerta cerrada y con invitación. Una patria vasca muy casera. Este año parecía talmente un homenaje del partido a sus ancianos. En la propia plaza, los balcones cerrados y desnudos no expresaban calor alguno por la toma y ocupación de ese recinto, tan popular en las mañanas de domingo, para una ceremonia privada.  
Cartel I Aberri-Eguna 1932
Esta involución de una festividad, por lo demás, rigurosamente apócrifa en su origen, invita a repensar los grandes mitos que hay bajo todo esto. Dirán que por qué. Buena pregunta. A quien no es nacionalista o patriota vasco, aunque haya nacido aquí y lleve tres o cuatro generaciones en el país, ¿qué puede importarle esa efeméride, que sólo le concierne por lo que le cuesta?
Respondo sin asomo de ironía: porque me deja atónito que, en la conmemoración más solemne del vasquismo, el gran ausente, el único de toda la gran familia no invitado a la fiesta de la Patria vasca, sea precisamente el padre fundador que la inventó.
Sensible que es uno. Da como lacha ajena, que un autor con 2.500 páginas publicadas en sus tres tomos de Obras completas, no sea objeto en esa fecha de una lectura pública de textos suyos escogidos. Mucho mejor que las prédicas de Andoni Ortuzar, presidente del PNV, o la monserga habitual en el lendacari Íñigo Urkullu, sin comparación.
El PNV es un partido político singular por muchos conceptos que todo el mundo le reconoce. Pero el más estupendo y menos comentado es su censura férrea sobre el propio fundador y primer ideólogo, y sobre sus escritos. Es verdad que son infumables casi todos ellos, impresentables hoy en día ante extraños; pero siquiera por piedad filial y gratitud a quien les agenció un excelente pasar y estatus social, los burukides (cabecillas o capitostes) del partido deberían ser más considerados con Sabino Arana, que tan ufano estaba de su producción intelectual. Han de ser otros los que por estas fechas se dediquen a desempolvarlos y  airearlos. Y claro está que, siendo éstos los adversarios españolistas, de entre los frutos de aquel cerebro siempre seleccionan lo más ruin, deleznable y grotesco.
Esa piedad y lástima puede también mover a quien nada le debe a Sabino a suplir en parte ese mutismo vergonzante de los suyos, que más que sabinianos parecen y recuerdan más a los rivales ‘euscalerríacos’ –los fueristas a ultranza del bilbaino Fidel Sagarmínaga (1830-1894)–, los que Arana llamaba con desprecio ‘fenicios’, por verlos  más atentos al interés económico del país y propio que a las verdaderas esencias vascas. Empezando por la patria.
Vasca o no vasca, patria como voz latina ha sido voz  compartida en castellano y en vascuence. Razón bastante para que el patriota Sabino Arana la repudiara, inventando en su lugar un término ‘auténtico’, aunque jamás oído, y tuviese que traducirlo e interpretarlo porque era incomprensible para todos, menos para él. Lo mismo le ocurrió con la palabra bandera, como símbolo de esa patria. Porque en el mundo hay muchas banderas, como hay muchas patrias, pero sólo una patria vasca con una sola bandera vasca.
De las cosas de Sabino, y también de su hermano Luis Arana, ya escribimos al alimón Fernando Navarro y yo el libro ‘El patriota insufrible’ (2014). Evitando repetirnos, aquí ofrezco unas cuántas ideas y reflexiones complementarias. Del quinteto identitario sabiniano –patria, bandera, himno, lengua propia, raza–, fijémonos sobre todo en los dos términos primeros, patria y bandera. Al hacerlo, procuraré ajustarme a su modo de decir, para representar hasta qué  punto el hombre sabía ponerse pelmazo.


Patria - Aberri
Fue en 1896 cuando los hermanos Arana (Sabino y Luis) echaron de menos un término vasco legítimo que tradujera ‘patria’. Para Sabino, en su dogmatismo obsesivo, patria era un extranjerismo intolerable, y para reemplazarlo discurrió el discutido aberri.
Aberri = aba + erri. Erri es tierra o país, y aba no es nada; pero Arana decidió que fuese contracción de asaba, abuelo o ancestro. En realidad, primero formó asaberri, tierra ancestral; pero lo desechó, bien por ridículo, o porque se prestaba a entender algo  compuesto de berri, nuevo, y eso sí que no. Asaba se quedó en aba, y listo; sin olvidar todos los derivados tan necesarios para la causa: aberri-zale, que dió abertzale (aficionado a la patria, patriotero o patriota). No confundir con aberezale, aficionado al ganado, o a las riquezas de este mundo, aunque ambos adjetivos concurran a menudo en las mismas personas (caso de los ‘fenicios’, sin ir más lejos).
En la metafísica popular vasca, que se expresa en refranes, «lo que tiene nombre existe», y viceversa. Según eso, teniendo nombre ya teníamos patria vasca, y aberri era su partida de nacimiento. El neologismo sabiniano tuvo éxito entre escritores nacionalistas del país vasco-español. Entre los recalcitrantes figuró el filólogo Azkue, que ni siquiera lo registra en su gran Diccionario, recogiendo en cambio como dudosamente legítimo asaberri.
Aquí hay que advertir que aquella manía sabiniana de inventar palabras a porrillo se les pegó a sus discípulos, de manera que hoy en día el Diccionario General Vasco de la Real Academia de la Lengua Vasca (Euskaltzaindia) es uno de los más ricos del orbe universo, si bien la mayoría de sus voces no se emplean, y muchas sólo se usaron una vez, con ocasión de ser inventadas. Este vicio tan contrario a la regla de Ockham –no multiplicar los entes sin necesidad– se cometió con aberri, por ejemplo añadiéndole el sinónimo abenderri (1930), que amén de superfluo tiene el defecto de que se puede entender como abendu erri: ‘el país de diciembre’, o incluso, ‘donde se ayuna en adviento’.
 Ahí quedó, pues, aberri = la tierra ancestral. El problema con este término es que no traduce correctamente ‘patria’, ni siquiera significa patria. Patria en castellano –dejando aparte la celestial– es (según la Real Academia Española):
1.  f. Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos.
2. f. Lugar, ciudad o país en que se ha nacido.
Viene del latín patria, que en principio es adjetivo femenino (patria terra, patria res etc.), derivado de pater, padre, sin el empaque genealógico y el tufo racial de aberri. (Este vocablo se adecua mejor a los adjetivos latinos patritus y, sobre todo, avitus, ancestral, aunque éstos se aplicaron a la hacienda y herencia, más que a la patria.)
¿Cuál es la patria del vasco? ¿Cuál es su nombre? La patria vasca, por supuesto, tenía nombre secular en vasco: Euscal erria. Pero a Sabino Arana ese nombre no le satisfizo, tal vez por tomarlo en sentido geográfico, territorial. Cierto que ese antiguo ‘Tierra de Vascos’ podía perfectamente entenderse como el ‘Pueblo Vasco’; pero Arana era un adamita compulsivo para re-nombrar las cosas como sus cosas –una forma de apropiación, como es bien sabido–. Además, Euscalerría era el témino que usaban los ‘fenicios’, vade retro...
El bueno de Sabino siempre se encontraba con un vascuence real demasiado pobre para expresar la grandeza de sus ideas. Afortunadamente era lengua maravillosa, dotada de virtud autogenerativa en manos de quien, como este demiurgo político, estaba en posesión de su alma. Esta vez el resultado fue Euzkadi.
Si la lengua de por sí generó el vocablo, o si más bien Sabino se lo sacó de la chistera, da igual para el caso. También Euzkadi, para designar al colectivo de los vascos, o pueblo vasco, ha sido objeto de crítica por su impropiedad. Arguyen que el sufijo -adi designa de suyo conjuntos arbóreos, siendo raro para los humanos; y lo que es peor, conjuntos desordenados, como en gizadi, gentío o tropel. Dejemos eso. El mayor reparo sería que el neologismo era totalmente superfluo, y así lo verá mucho después el filólogo Federico Krutwig cuando fundó la ETA.
Pero nuestro hombre era así de suyo, y como inventaba Euzkadi inventaba también euzka(d)itarra –como existía de antiguo bizcaitarra–; no ya como el simple nativo o vecino del país, sino como simpatizante del PNV o afiliado al partido. El doblete correspondiente fue euzkotarra (1897), con el mismo matiz añadido de ‘vasco nacionalista’.
ETA y su entorno político-social siempre han preferido Euskal Herria (en la ortografía actual), y han terminado imponiéndolo en la práctica.  En la TV vasca, las chicas del parte meteorológico, en sus meneos y mohínes para anunciar que una borrasca se nos avecina, o que el anticiclón nos visita, no dicen Euskadi, sino Euskal Herria, explicando con unción: «nuestro territorio».
¿Qué se hizo, pues, de Euskadi? Al final de la II República, fue el nombre de la autonomía vasca, y por último el de la citada y golpista República de Euzkadi, en la desbandada final. Tras el franquismo pasó a ser el nombre oficial de la nueva Comunidad Autónoma Vasca. Fue,  junto con la ikurriña, otra de las simplezas de la transición, y un gran regalo al nacionalismo y al PNV. Otra victoria póstuma de Sabino Arana en la democracia española recobrada. Una humillación para la ciudadanía no nacionalista o no vasca-vasca, y un objeto de desprecio para el separatismo radical, que no se contenta con menos de los Siete Territorios, y no sólo lo Tres que conforman oficialmente a Euskadi.
Volvamos a Sabino. Con este hallazgo suyo, Euzkadi,  ya tenemos todos los términos para componer su lema sacramental y dogmático, tanto como tautológico:
«Euzkotarren aberria Euzkadi da.»  La patria de los euzkotarras es Euzkadi.
Esta sentencia, sin ser ni con mucho la más profunda del maestro, es sin duda la más conocida; qué digo, para muchos nacionalistas y no nacionalistas, la única conocida. Es la que, modernizada, figura en el pedestal de la estatua de Arana en los Jardines de Albia, a corta distancia del solar donde nació. Y es la única frase de Sabino, o atribuida a él, que suele citarse en asambleas públicas, como la del Aberri Eguna. Debidamente censurada, cual corresponde, porque hoy a nadie se le ocurre mentar su complemento sabiniano:
«Los euzkotarras para Euzkadi, y Euzkadi para Jaungoikoa (para Dios)».
He dicho que aberri tiene un problema, y no sólo filológico, sino político. Vengamos a la aplicación. Y para facilitar las cosas, admitamos que, en la mente de Arana, su Euzkadi era la patria común de todos los vascos. En tal sentido, aquella Euzkadi ideal del lema no se corresponde con el territorio autonómico y ente político  así nombrado hoy, Euskadi, pues quedan otros territorios vascos fuera de éste; y por otra parte, no todos los ciudadanos de Euskadi son euskotarras, pues una gran proporción son oriundos de fuera de «nuestro territorio».
Otro problema con aberri es que, como para la lengua vasca hay euscaldunberris (nuevos usuarios del vascuence), para el solar vasco habría que reconocer la categoría de eusko(tar)berris (vascos de nuevo cuño); y claro está que a éstos no les cuadra para nada este solar como su aberri, no teniendo ancestros de por aquí. Decir en cambio que Euskadi es su patria –en castellano o en vascuence, como patria de nacimiento o de adopción– no tiene ese problema, sólo el equívoco de suponerles abertzales, como ocurre en todo lo sabiniano. Porque patria, incluso como oriundez, es donde uno nace, no su padre ni sus abuelos y antepasados.
Ser o no ser vasco, es el título hamletiano de un libro de Caro Baroja. Para muchos de aquí, la respuesta correcta a si eres o no eres vasco sólo puede ser una: «Depende de quién pregunta». Y ahí es donde entra lo de los apellidos vascos, la oriundez territorial y familiar, y hasta qué generación. Al final, aquí, siempre, la raza.


Bandera - Ikurriña
Todas las demás serían ‘patria’ con ‘bandera’. La patria vasca es la única aberria con ikurrina.
Se conoce al detalle cómo y cuándo los hermanos Arana se plantean el diseño de una bandera para su bachoqui, con especial intervención de Luis, que por haber iniciado estudios de arquitectura tendría mejor mano. Se conserva incluso el boceto original, y la bandera ondeó por vez primera en el balcón principal del Euskeldun Batzokija de Bilbao, esquina Bulevar-Correo, el 14 de julio de 1894, tras una solemne ceremonia religiosa en Begoña para celebrar el primera aniversario de la fundación.  (“El día Grande», 1: 651). .
Aquello que debutó como bandera de una sociedad política separatista, mal camuflada de  cultural-recreativa, se convirtió en la bandera militante de un partido político: el PNV, como símbolo de contradicción y autoafirmación de una patria vasca natural, frente a la patria artificial que era España para los vascos. De hecho, el fundador la miró como la futura bandera de Euzkadi, estado independiente, tal vez «bajo protectorado de Inglaterra» (sic; por algo se empieza).
Tachado de innovador por su bandera, Sabino se defendió alegando que la nación vizcaína nunca usó tal adminículo. Sí usó en cambio escudo de armas, mucho más expresivo, según él, de los valores emblemáticos (‘Dios y Leyes Viejas’), aunque criticó los lobos señoriales del apellido López de Haro, y por lo demás dió una explicación absolutamente fantástica a las armas y a la orla.
Tuvo sin embargo el desparpajo de instruir a un imaginario catecúmeno diciéndole que la nueva bandera o ikurriña «no es tampoco inventada por nadie [sic], sino expresión exacta del Lema y el Escudo, como verás»,etc. (“La Bandera Bizkaina», en Baserritarra, 1/11 (1897), 11 de julio; 2: 1323-1325). Y el mismo que atribuía poco menos que a inspiración divina aquella primera bicrucífera un tanto esmirriada, con aquella cruces tan estrechas, no tuvo reparo en arremeter contra la bandera nacionalista ‘fenicia’ del maketo Ramón de la Sota. Así lo hizo, en un ‘sainete histórico’ pretendidamente jocoso y satírico, ‘La Bandera Fenicia’ (1: 654-671), con toda la finura que Arana  sabía destilar contra quienes no acataban su pontificado.
La ikurriña sabiniana se convirtió muy pronto en símbolo religioso, y no por metáfora. Ikurriña Deuna (Santa Bandera) fue canonizada y tuvo su fiesta el 14 de julio, según el Primer Calendario Vizcaitarra 1898 (2: 1542-1543), De ahí el neo folclore importado, donde los gudaris vascos –que, como magister dixit, jamás usaron bandera– terminaban una danza arrodillados mientras el abanderado la hacía ondear sobre ellos, como el Espíritu Santo meciéndose sobre las aguas. El mismo rito que este domingo se repetía  en la Plaza Nueva, al tiempo que entrábamos en Bilbao.
Increíblemente, esa bandera partidista nos la colaron como oficial para la Comunidad Autónoma Vasca, sin consulta popular alguna, con el argumento especioso de que se usó como tal durante el Estatuto Vasco (1936) bajo la II República, silenciando que fue finalmente la bandera de una República de Euzkadi golpista y fantasmal, con lo que debió quedar deslegitimada para siempre dentro de un Estado español. Y más increiblemente aún, la misma bandera se está infiltrando en la Comunidad Navarra, como seña de su identidad vasca. ETA-Batasuna y su cuerpo político-social, que repudia el término Euskadi, con buen sentido práctico ha exaltado en cambio la ikurriña, hasta el punto de hacerla inviable como bandera neutral de una comunidad autónoma vasca española.
Ese logro del PNV, de imponer su enseña particular como la oficial de un territorio, sin renunciar a ella como tal partido, es otra de las anomalías pardillas de la Transición. Y aun suponiendo que fuese legal –ahí ni entro ni salgo, doctores tiene–, da un toque totalitario al régimen vasco, haciendo recordar el caso del estandarte nazi, que Adolfo Hitler diseñó de su mano para su partido, y finalmente lo impuso como bandera de Alemania. Algo parecido había ocurrido en la Unión Soviética y otros países con la bandera del PC. Por todo ello, más otros considerandos, la imposición de la ikurriña no resulta ejemplarizante.


La profusión de ikurriñas en el auto del Aberri Eguna contrastaba con la ausencia de las mismas en los balcones herméticos de la plaza. Lo mismo por todo Bilbao. En mi barrio sólo lucía visible en un piso, enfrente de otro con la española  republicana. Por lo visto, este vecino tenía puesta su colgadura desde el 14 de abril, mereciendo la réplica del otro, nacionalista militante. Todo en perfecto civismo y en uso de la libertad de opción política. Más aventurado es predecir qué ocurriría si, en vez de la republicana, alguien se atreve a colgar una bandera española constitucional. O bien, si hace esto mismo en la Plaza Nueva (plaza pública) durante el mitin del PNV. O en fin, qué excusa tendría si es tan insensato que se atreve a hacerlo en Guernica, o en cualquier lugar de la patria vasca profunda.
Ubi bene, ibi patria: esto es lo más que llegan a entender del Aberri Eguna muchísimos vascos, «los que vivimos y trabajamos aquí», delicioso eufemismo. Estos no  ponen en duda la buena intención de los nacionalistas, en sus diferentes obediencias, por mejorarnos a todos las condiciones de vida. Lo que no entienden es por qué esa mejora siempre incluye, como primera entrega –a veces incluso como única entrega–, la imposición de sus señas de identidad, que a buena parte de esos vascos maldito lo que les importan ni la gracia que les hacen. Y se les comprende. El gobierno es un servicio público, que como tal implica sacrificio. Sin embargo, las biografías personales de los políticos jelzales  presentes en la tribuna del domingo de Pascua no revelan sacrificio alguno apreciable, más bien lo contrario. Para ellos sí que se cumple a rajatabla, «aquí me va bien, esta es mi patria». No todos los demás vascos pueden decir lo mismo.
Razón de más para tener presente que todo eso de la construcción nacional, de la bandera, de la lengua propia, que para ellos es un estilo y hasta un medio de vida, a los extraños les suena a música celestial, y en definitiva es un modo de perpetuar una casta ‘pata negra’, por encima de los vascos de segunda o tercera clase.
Sabino vivió empeñado en uniformar aquí la vida entera, según sus prejuicios personales, incluidos los religiosos:
«Que todo cuanto vean nuestros ojos, oigan nuestros oídos, hable nuestra boca, escriban nuestras manos, piensen nuestras inteligencias y sientan nuestros corazones, sea vascongado» (‘Regeneración’, El Correo Vasco, 11-06-1899; 3: 1673-74) .
Ahora que el partido se hizo laico y, por así decirlo,  ‘fenicio’, no estaría mal que sus políticos con cargo de gobierno imitasen al gran científico Claude Bernard:
«Cuando me dispongo a entrar en el laboratorio, junto con el gabán y el sombrero en la percha, dejo fuera también los conceptos filosóficos, materialismo y espiritualismo, que nada ayudan a mis experimentos».
Bueno sería que los nacionalistas, que dicen gobernar para todos, colgasen en la percha sus ideas y símbolos partidistas, que a mucha gente no le importan nada, no le dicen nada positivo.
Para esas efusiones ya tienen el Dia del Partido. En este Día de la Patria –que encima quieren convertir en el día oficial de la CAV (no se lo aconsejo)–, mucha gente alabará que se centren en lo que a todos interesa como ciudadanos, y otra tanta o más les agradecerá que les ahorren la sobrecarga de su confesionalidad identitaria. Pedirles algún gesto de respeto también a la patria y a la bandera española... ¡tranquilos!, ya se sabe que eso no está al alcance de cualquier generosidad magnánima. ¡Y mira que el vasco es magnánimo y generoso! Pero todo tiene su miga, digo, su muga.
En gesto de buena voluntad, paz y convivencia:
VIVA EUSKADI! ¡GORA ESPAÑA!