lunes, 26 de noviembre de 2012

Los ‘malos usos’ de Cataluña Vieja



       La noche de los cuchillos largos para el despiece de España no la gasté en adivinar lo que ayer mismo había de saber. Me dediqué en cambio a la lectura de un librito viejo, con un estudio serio sobre un tema que para mucha gente es historia-ficción. El título, ‘Del derecho del señor en la antigua Cataluña’, se refiere «al inmoral é inverosímil derecho, cuyo nombre sirve de epígrafe a este artículo», explica (es un decir) el autor, reticente a llamar por su nombre al ius primae noctis o ‘derecho de pernada’.
       ¿Qué por qué se me ocurrió elegir esa lectura? Reminiscencia y asociación de ideas. Artur Mas había dicho al cierre de su campaña electoral: «No som vassalls de l'Estat espanyol». Y me acordé de aquellos catalanes que en lo antiguo sí fueron vasallos, pero de otros catalanes, como auténticos siervos de la gleba, sin derecho a dejar el mas o ‘manso’ sin licencia y pago al señor feudal. Los vasallos de remensa, sujetos por ‘derecho’ a malos tratos y malos usos, que generaron guerra sangrienta. Todo ello en relación con el tema de ‘Los catalanes y la violencia’.

       Antes de entrar en brega, tengo una duda sobre el término ‘pernada’. Al parecer, fue Covarrubias (1611) el primero que lo registró –dentro de la voz ‘pierna’–, como «el golpe que da la bestia con el pie». O no tan bestia, pues ya la Academia desde su primer Diccionario [1]  hasta hoy la define como el «golpe que se da con la pierna», o el «movimiento violento que se hace con ella». Coz o patada, da igual para el caso: ‘pernada’, de pierna.
       ¿Y el derecho de pernada? Pues bien, el DRAE a pie de entrada remite a ‘derecho de pernada’: «derecho que se ha atribuido al señor feudal, por el que este yacía con la esposa del vasallo recién casada». Vamos, que también esta ‘pernada’ vendría de pierna. Y como no es creíble que aquel señor, por bruto que se le imagine, la emprendía a coces con la novia, alguien supuso que la supuesta pernada feudal se quedó en coyunda simbólica o ritualizada. Algo así como poner el caballero una de sus dos piernas en la cama de la mujer, en ademán de irse a acostar con ella, sin pasar a mayores.
       Otros textos, sin embargo, son más atrevidos. Sin ir más lejos, dos tan autorizados como el ‘Proyecto de Concordia’ (1462) y la ‘Sentencia Arbitral de Guadalupe’ (1486), que supuso la abolición de los malos usos por Fernando el Católico:

«Item, pretenen alguns Senyors, que com lo pages pren muller, lo senyor ha de dormir la primera nit ab ella, e en senyal de senyoria, lo vespre que lo pages deu fer noces esser la muller colgada, ve lo senyor e munte en lo lit pessant de sobre la dita dona… » [2]
(Proyecto de Concordia, cap. 8)

«Item, sententiam, arbitram, e declaram, que los dits Senyors no pugan pendre per didas pera sos fills, o altres qualsevol creaturas, las mullers dels dits pagesos de remensa, ab paga ne sens paga, menys de luz voluntat; ni tampoc pugan la primera nit que los pages pren muller dormir ab ella, o en senyal de senyoria, la nit de bodas, apres que la muller sera colgada en lo llit passar sobre aquel sobre la dita muller... » [3]
(Sentencia Arbitral, cap. 9)

       Dichos textos, que sin duda alguna sabían de qué hablaban, sugieren un ejercicio viril señorial más expresivo, subiendo el derecho habiente con toda su humanidad al tálamo nupcial, pasando sobre el cuerpo de la mujer sin mancharla, para apearse por el mismo, o mejor por el lado opuesto. En parte depende de que leamos passar y passant, o pessar y pessant, respectivamente. Eso aparte, aquí la pernada sería el fugaz contacto de las piernas masculinas con las del otro sexo. Y lo confirma el catalán cuando dice dret de cuixa, como en francés, droit de cuissage: en rigor, ‘muslada’.
       Etimología sugerente, concedo, aunque estoy más con los que entienden ‘pernada’ como apócope de ‘pernoctada’, de modo que el derecho de pernada sería mera traducción del latín ius pernoctationis, sinónimo de ius primae noctis.

       La pernada, ¿mito o verdad?
       Si en la Cataluña de hoy tienen carta de naturaleza las  «corrupciones irregulares» –en fórmula pintoresca de doña Alicia Sánchez  Camacho para referirse  a casos como el Palau de Barcelona, o las cuentas del Presidente–, no hay razón para poner en duda en el mismo país y en la Edad Oscura  la posibilidad de derechos torcidos y de usos abusivos. 
       De hecho nadie niega la realidad de unos ‘malos usos’ catalanes –eufemismo para referirse a abusos y atropellos del fuerte contra el débil–, legitimados por el derecho consuetudinario, que hicieron del sistema feudal en la Cataluña profunda el más brutal y atrasado de la Península, y al nivel de lo más bajo que pudo conocerse en el orbe cristiano. Fue una violencia constitucional que generó violencia, guerras y bandidaje. Y no deja de ser curioso, para la historia de la mentalidad catalana, que aquellos abusos, reconocidos como tales, no se suprimieron sin más, sino que se sustituyeron por multas o compensaciones pecuniarias al agresor injusto. Es decir, el payés debía ir pagando a su señor por el hecho de no infligirle éste toda una larga serie de vejámenes y humillaciones.  Después de todo, hablamos de vasallos de remensa (redimencia), que si querían cierta libertad de movimiento tenían que comprarla.
       Los ‘malos usos’ catalanes son algo que hoy se saben de carrerilla toda la canalla escolar del Principado: intestia, exorquia, cugucia, arcia y firma de spoli. Reducidos a cinco en mi Minguijón, suman seis con la remensa o redimencia personal, sin contar otros monopolios y gajes señoriales bastante comunes en la época (molinos, hornos, yugadas etc.) [4].
       En rigor, los malos usos no tendrían marchamo catalán, sino de Aragón como reino, reconocidos por Pedro IV en Cortes de Zaragoza (1380). Pero fue en la Cataluña Vieja, al norte del Llobregat, donde la institución se realizó en toda su crudeza, sin olvidar que el Jus maletractandi se había consagrado en Cortes de Cervera, ya en 1202.
       Como se ve, el derecho de pernada no entra en lista, y aun podemos añadir que ninguna lista oficial de malos usos lo incluye de forma explícita, hasta los textos citados del siglo XV, en relación con la extinción de los mismos. La reticencia ha sido tal, durante siglos, que muchos autores –la mayoría quizá– han puesto en duda o negado que tamaña vergüenza se haya dado en el país con carácter institucional, salvo casos anecdóticos, como en cualquier parte de España y del mundo antiguo o moderno. Ninguna escuela catalana, ningún escolar aprobaría hoy en día el examen, creyendo en la realidad histórica del derecho de pernada. Muchos ni siquiera oyen hablar de algo tan inadecuado para la mente infantil.
       Sin embargo, tratándose de un debate jurídico, bien estará decirnos a nosotros mismos: audiatur et altera pars. Y aquí es donde viene mi librito, y ya era hora de nombrar a don Francisco Cárdenas, doblemente académico, de la Historia y de la de Ciencias Morales y Políticas, autor de Estudios Jurídicos, (2 tomos, Madrid, 1884), donde reimprime su estudio, ‘Del Derecho del Señor en la Antigua Cataluña’, publicado antes en 1874. El ‘derecho del señor’, en elipsis pudibunda victoriana, era por antonomasia nuestro derecho de pernada.
       Frente a autores que lo negaron, Cárdenas está persuadido de que fue algo más que un abuso ocasional [5]. No es mi intención meterme en semejante jardín, pero confieso que al cabo de bastantes años, esta relectura de don Francisco me confirma en la impresión primera, que es un trabajo documentado y a la vez desapasionado, todavía hoy muy digno de tenerse en cuenta.
       Comienza explicando la naturaleza del vasallaje de remensa, y cómo la torpeza de la reina Gobernadora doña María, mujer de Alfonso IV de Aragón, dio ocasión a larga guerra entre señores y vasallos (1462-1472, 1484-1486), entreverada con el alzamiento de Cataluña contra el rey Juan II, atizada por su hijo don Carlos, el Príncipe de Viana [6]. 
       Tampoco voy a resumir un texto que hoy es asequible en la red, en espléndida edición digital. A ella remito a quienes interese el tema [7].
       Arriba hemos visto un par de textos harto expresivos. Fijémonos en el de 1486, que no sólo describe el derecho de pernada, sino que añade otro mal uso, sobre obligar el señor a las payesas a servirles de amas de cría. Esto a primera vista puede parecer menos bárbaro que la pernada, incluso en su acepción literal. Pero bien mirado, la situación moral era mucho más comprometida para la mujer, con el marido ausente en la faena, y ella virtualmente en poder del amo, con el preservativo de la lactancia para no cargarle de bastardos.
       Para terminar, es sabido que el golpe definitivo a los malos usos lo dio Fernando el Católico con su Sentencia Arbitral de 1486. Pero dado que la política de este rey había sido vacilante en un principio, y que constituido en árbitro elige el Monasterio de Guadalupe para firmar el fallo (junto con otros detalles del propio texto), no me parece gratuito ver la influencia de doña Isabel, mucho más sensible en lo humano y lo moral que su maquiavélico marido. 

       Y eso que tampoco entonces los catalanes eran vasallos de Castilla, que diría el Molt Inefable Artur Mas.
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       [1] Diccionario de Autoridades, tomo 5, 1737.
       [2] «Item, pretenden algunos Señores que, cuando el payés toma mujer, el Señor ha de dormir la primera noche con ella, y en señal de señorío, la víspera en que el payés debe consumar la boda, estando la mujer colocada en la cama, el señor sube a la cama y pesa sobre la dicha mujer… »
       [3] «Item, sentenciamos, arbitramos y declaramos, que los dichos Señores no puedan tomar por nodrizas para sus hijos, u otras cuales quiera criaturas, a las mujeres de los dichos payeses de remensa, con paga ni sin paga, a menos que ellos consientan; ni tampoco puedan, la primera noche que el payés toma mujer, dormir con ella, o en señal de señorío, la noche de bodas, una vez colocada la mujer en el lecho, pasar sobre el mismo sobre la dicha mujer…»
       [4] Salvador Minguijón Adrián, Historia del Derecho Español, 4ª ed. Barcelona, Labor, 1953, págs. 318-319. Cfr. Luis G. de Valdeavellano, Curso de historia de las Instituciones Españolas. 3ª ed. Madrid, Rev. de Occidente, 1973, págs. 253-4, 360-1.

       [5] Esta tesis fue la defendida más tarde, entre otros, por Eduardo Hinojosa y Naveros (Existió en Cataluña el “ius primae noctis”? Obras, vol. 1, p. 232.; El régimen señorial y la cuestión agraria en Cataluña durante la Edad Media. Madrid, 1905.). Especialista en Derecho Catalán, en particular el de Gerona, su autoridad se impuso.
       [6] Es muy notable que el cabecilla en estas luchas, Francisco de Verntallat (1426-1498/99) fue tenido por «un simple campesino, cuando en realidad era un hidalgo pobre»: J. Vicens Vives (Dir.), Historia social y económica de España y América. Barcelona, Teide, 1957, t. 2, pág. 465.
       [7] F. cárdenas, Estudios Jurídicos. Tomo1. Tomo 2.



martes, 20 de noviembre de 2012

Alaiza: paredes que hablan



Partamos del doble principio, que el Arte es para gozarlo, y que de goces no hay regla fija. Añadamos que las obras de arte muchas veces tienen o admiten varias ‘lecturas’, a distintos niveles de percepción, abriéndose un abanico de posibilidades de disfrute. ¿Sacaremos de todo ello que en  Arte hay barra libre para el desbarre?
No deberíamos. Por pedagogía y un respeto a los artistas y sus obras, conviene que el perceptor-gozador  tenga una base de información fiable sobre su fuente de placer,  para no perderse en laberintos de disfrute vacuo.
Hay además otro principio de economía –la ‘navaja de Occam’–,  que recomienda no complicar las cosas, buscando explicaciones raras cuando las haya más sencillas y a la vez probables. Tal método no va con los que hacen del esoterismo y el misterio un modus videndi, o hasta un modus vivendi
Para el que se acerca sin prejuicios al conjunto mural de Alaiza, la primera impresión es de desconcierto. Sólo la primera impresión, porque en seguida se va recomponiendo por sí solo, hasta completar un relato bien contado, escueto, creíble y encajado sin dificultad en este mundo real. Un historia situada en la Historia.
Otra cosa es que ese visitante, para entender lo que ve, necesite alguna explicación.  Para eso esta el tablón, el cicerone competente, los datos de una guía o un artículo de la Wikipedia. Pero a poco que se descuide, no le faltarán personas serviciales que le digan que Alaiza es  todo un mundo universo por descubrir (y para eso están ellos). ¿Cómo entrar en él? Cerrando los párpados a lo que ve, para imaginarse más a gusto lo que no hay. Deconstruyendo la historia para meterse en una metahistoria de símbolos nebulosos y alegorías oníricas. Ojo, con la buena gente.
El colmo de todo esto es que ya se habla de “el Código de Alaiza”.

Treinta años después
Don Juan José Lecuona es el amable cura de La Asunción de Alaiza (Álava), que todavía se entusiasma recordando el hallazgo de su vida en los muros de su iglesia románica. 
Fue en 1982. A partir de aquella minucia casual –«una cabeza de caballo», según dice– vino la labor de limpieza y recuperación de uno de los conjuntos murales más singulares y en aquel primer momento, del todo enigmático. 
Una larga inscripción de caligrafía gótica, lejos de dar la clave o pista, añadía misterio, pues al parecer nadie estaba en condiciones de leerla. (Se escribió incluso que tal vez ni siquiera era latina.) 
Las pinturas en cambio se entendieron pronto sin dificultad, como un producto del siglo XIV, y por detalles de armas y armaduras se relacionaron con la batalla de Nájera (abril 1367) u otro episodio de la guerra civil castellana entre Pedro I el Cruel y su hermanastro el bastardo Enrique de Trastámara. Conflicto civil internacionalizado, por la intervención de compañías mercenarias extranjeras: los ingleses de Eduardo, el Príncipe Negro, señor de Guyena, por el rey Pedro;  y los ‘blancos’  de Beltrán du Guesclin, condestable de Francia, por don Enrique el Borde.
Para celebrar el evento en su 30 aniversario, el 30 de septiembre pasado  se ofreció en la iglesia una charla magistral. Desconcertante. En seis lustros, «todavía no ha habido nadie que…». A pesar del mucho esfuerzo, aquello por lo visto seguía siendo una baile alocado de sombras chinescas, cuyo sentido tal vez pueda venirnos del campo de la simbología… Desenfoque de la cuestión. Adanismo que la desvía hacia derroteros de perpetua incertidumbre. Para esa mentalidad, el enigma resuelto deja de serlo y por tanto deja de interesar. 

Precisamente el día 30 se publicaba en ‘Noticias de Álava’ una reseña de Fernando Sánchez Aranaz, dando cuenta de los actos programados en Alaiza, con la interpretación detallada de los murales en su relación con aquella implicación castellana en la Guerra de los 100 Años.
Nada que objetar. Ni siquiera el título, ‘Misterio en Alaitza’, mero tópico al uso, no mostrándose adanista ni escéptico el autor, tampoco adepto al esoterismo.
Pero ¡ay!, algún duende custodio de Alaiza andaba suelto, el que dictó a Sánchez Aranaz este último párrafo:
MISTERIO RESUELTO  Uno de los misterios de la Asunción reside en una inscripción que recorre el ábside bajo las pinturas. El enigma de su contenido quedó resuelto en 2007 con el trabajo, ‘Aportaciones a la interpretación de la inscripción del ábside de la iglesia románica de Alaiza’,   realizado por Salvador A. Mollá i  Alcañiz. Según éste, la inscripción, de época gótica y escrita en latín, a pesar de presentar bastantes caracteres semiborrados, puede leerse como “...tum salutiferum gustandum dedit... Mortis... tempore. Erue... miseranter (¿?)... ut urat undique gehena - (...o salutífero dio a gustar... en tiempo... de muerte. Libra... compasivamente... que abrase por todas partes el infierno)"…

«Misterio resuelto… en 2007»: pero bueno, ¿es que nadie, absolutamente nadie llegó a leer jamás mi artículo  publicado en El Correo con 20 años de antelación?
De pronto veo que a la reseña citada la sigue un breve comentario. Como en la fábula,“Uno sólo, pero león”:
Comentarios 1
1  por Sebas camarero hace 47 días:
Pues esa lectura de la inscripción la leí yo en el año 1986, a poco de ser descubiertas las pinturas, publicada en El Correo,  sección Álava.  Sebas Camarero.

Gracias, D. Sebas. No sólo tiene usted excelente memoria, también le debo a usted algo de mi equilibrio interior. Llegué a temer que aquel artículo fue una imaginación mía, un delirio de manía persecutoria. Que los dos recortes que guardo son superchería o juego de tintas simpáticas. Gracias a usted compruebo que lo escribí, que no fue derecho a la papelera, que llegó a ver la luz,  y que al menos tuvo un lector capaz de recordarlo todavía en 2012.
¿Y cómo no iba usted a haberlo leído en el periódico, Sr. Camarero,  si lo que copia aquí Sánchez Aranaz en su artículo no es la lectura de Mollá,  sino mi propia lectura del 86, revisada y vuelta a contar en  este blog, como ‘Teatro de Sombras en Alaiza’? La nueva lectura de Mollá, técnicamente superior, es también algo más completa, y  aunque en detalles discrepamos, la sustancia de lo entendido es la misma. Con todo, se trata de lecturas diferentes, en fechas muy diferentes.
En cuanto a la relación entre lo escrito y lo pintado, yo la veo bastante elíptica: Su primera mitad es un recuerdo del origen y función de la Eucaristía. El resto es un ruego, petición de misericordia para seguir viviendo y verse libre del fuego del infierno.  No obstante, evocando la navaja de Fray Guillermo, no hay mayor problema en ver la inscripción como un pie de figura [1].


Una historia muy bien contada
Desde el primer momento, dos cosas tuve claras en Alaiza: el latín de la inscripción y la lectura de un relato en imágenes.  En todos estos años he vuelto muchas veces sobre lo uno y lo otro, con algún avance, supongo.
La pintura mural como recordatorio (monumentum) –‘para perpetua memoria’– es cosa trivial. En las iglesias, la narrativa de historias personales suele pertenecer al género votivo (exvotos). Su tamaño, su costo, su vistosidad, son pistas que el oferente deja de sí mismo.
¿Quiénes en aquel siglo tenían capacidad y derecho para ocupar todo el ábside de un templo y la mitad de sus muros con un exvoto personal? Los patronos. Los mismos que podían hacerse enterrar en lugar preferente. Los que designaban a los curas, y se encargaban de colectar diezmos y primicias, cobrándose comisión.
 Antiguamente la mayoría de nuestras iglesias y ermitas eran de patronato seglar, cuya titularidad recaía por herencia en los jaunchos que componían la mini nobleza rural. Algunas iglesias eran incluso ‘propias’ de los patronos, como parte del patrimonio familiar. Eso sí, venales, porque en la Baja Edad Media, hasta lo más sagrado se compraba y vendía.
Muy a menudo, el exvoto recordatorio iba asociado a la fundación de sufragios ‘para redención de mi alma’. Tales fundaciones pías dieron origen a cofradías con domicilio social en el mismo templo o en el atrio.
De ser lo que digo, la singularidad de Alaiza está en la plástica, no en la extrañeza del escenario. Lo original es la monumentalidad del exvoto. Pero por lo demás, si nos fijamos, no hay aquí nada que deba considerarse más raro que, por ejemplo, las  ‘danzas macabras’,  que se ponen de moda en las iglesias por aquel entonces, con escenas satíricas y a veces licenciosas, con ocasión de la Peste Negra.
Toca ahora la pregunta: cuál fue la ocasión del exvoto.
Yo lo leo así: Cinco señores militares (de una compañía de seis), supervivientes de una acción bélica que costó la vida a uno de ellos, cumplen promesa de peregrinar en acción de gracias. Sus esposas entre tanto, sin moverse de casa, también cumplen su parte devocional. Los actos culminan en las presentaciones de ofrendas, en lo que podría ser fundación de un sufragio por el camarada caído, cuyo entierro se representa.
El anónimo ‘Maestro de Alaiza’ –no sé si alguien le habrá llamado así– todo lo que le faltaba de escuela lo suplia con recursos gráficos realmente eficaces. De todas formas, el mural del ábside debió de tener más empaque que lo que hoy se aprecia, pues el fondo no era blanco sucio, sino azul celeste o verdoso. Esta pérdida queda compensada por la ventaja de dejar visibles hasta los pequeños detalles.
Luego está el tema de la inscripción caligráfica. Para ese menester solían echar  mano de algún clérigo que pusiera un discurso coherente con el relato. Hombre, aquí no estaría mal algo sobre el viático como seguro de vida contra el infierno, qué digo infierno, la GEHENNA abrasadora. Nuestro presunto clérigo se sabe de carretilla la antífona del Corpus, fiesta no tan nueva, pero que hasta entonces se había limitado a catedrales y grandes iglesias, y sólo ahora estaba entrando en los pueblos a toda prisa. A partir de ahí, el hombre se embarulla, se le cansa la mano, y creo que hasta se le olvida un poco la gramática, porque de otro modo ya le habríamos leído entero. Señor: si la comunión es un seguro a la otra vida, otro seguro nada malo contra la condenación eterna es no morirse. Líbrame, pues, por tu misericordia, de una muerte intempestiva…
¡Estoy imaginando a un clérigo! Y qué remedio, si no veo a ninguno. Notémoslo, en todo el panorama de Alaiza, el estamento clerical brilla por su ausencia. Hasta el funeral es laico, a cargo de seglares y de un simple sacristán campanero. Yo no sé dónde pudo alguien ver aquí una representación de aquella sociedad feudal tripartita que popularizó Georges Duby (desde 1970): los que oran, los que guerrean, los que labran y producen (oratores, laboratores, bellatores) [2]. Aquí lo que hay es soldadesca, tropa, bellatores. No sólo no hay clérigo reconocible, es que ni siquiera un representante de la clase de los laboratores, el sufrido labrador que alimente a todos, al clero, al guerrero, a sí mismo con las sobras.  
Lo cual encaja muy bien con lo que se sabe de aquel siglo terrible de la Peste Negra, con clero diezmado y ávido de ocupar prebendas de más sustancia, dejando  sin sacramentos a las aldeas. Quién sabe si estos parajes no estaban yermos, con muchas iglesitas en descampado. Lo que ya se me hace excesivo es pensar en ésta de Alaiza ocupada por tropa inglesa que se entretuvo en dejarnos su tarjeta de visita. Para aquellas compañías mercenarias un templo interesaba más como objeto de saqueo que de efusiones pictóricas.

El esquema como sustancia
El ‘Maestro de Alaiza’  era un talento para la síntesis. Un solo trazo le basta para explicar el mecanismo de una ballesta, o cómo se sujetaba a la muñeca una maza de bola. El perfil de los yelmos ‘en pico de gorrión’ es inconfundible, lo mismo que el modo de tenerse en la silla el jinete afianzado en los estribos,  al embrazar la adarga y empuñar la pica.
A propósito de ballestas. Al descubrirse estas pinturas, otra de las referencias obligadas para su datación fue el canon del Concilio de Letrán II, que las prohibía en 1139:

«C. 29. De ballesteros y saeteros. En cuanto al arte aquel mortífero y aborrecible a Dios, de los ballesteros y saeteros, y su ejercicio contra cristianos y católicos, en adelante lo prohibimos bajo anatema. »

Este canon fue sin duda una de las normas más incongruentes de toda la Edad Media, candidato seguro a ser ignorado y desobedecido. El arco y la ballesta no dejaron de perfeccionarse y hacerse cada vez más odiosas al Señor, que por alguna razón nunca se declaró expresamente contrario al uso de la pólvora en artillería y armas de fuego. Armas que nuestro mural, en el apogeo de la guerra caballeresca, desconoce por completo [3].
       El campo izquierdo superior del ábside representa el avance de peones con diferentes armas. Entre ellos, arriba, figura un centauro sagitario. Sobre este icono se han arrojado con pasión los abogados de la metahistoria esotérica. Sólo que para ver centauros, incluso centauros ballesteros, no hay que molestarse en venir a Alaiza. Todo el Camino Francés está jalonado de ellos. Ni más ni menos, como el motivo de la pareja obscena, tan repetido en canecillos.
Punto aparte merece la indumentaria femenina. Dejando aparte las mujeres del cortejo fúnebre, y alguna que otra más con la saya arremangada en situación comprometida –de la desnuda con las nalgas al aire a punto de ser violada no hay cuestión–, se hacen notar las señoras en el campo a la derecha, portadoras de ofrendas, en cortejo hacia una ermita con las que parecen ser pareja de santas titulares. 
El vestido de calle es muy simple, de una pieza de arriba abajo, talar con algo de cola, ceñido a la cintura, sin escote, sin mangas o con mangas muy estrechas y sin bocamanga. Las cabezas descubiertas y el pelo recogido podrían corresponder a un rito penitencial, nada de aquellos copetes puntiagudos tan de moda por aquí, y que en el siglo siguiente se encorvan a manera de cuerno. Sea como fuere, no se olvide que estas damas campesinas son esposas de caballeros.  Divídase el vestido en dos piezas y tendremos, de cintura arriba, el corpiño o jubón, y para abajo la basquiña.

         De las cinco oferentes, cuatro conservan sus atributos: una copa, un platillo o aro (¿gargantilla, pulsera?) y dos ramos floridos. Sobre uno de estos se ha posado un ave, lo mismo que otra sobre la capilla y algunas más en un árbol. Eran emblemas de buen augurio, y ya se sabe que la Edad Media fue dada a los agüeros, como parte de su religiosidad. La mujer medieval tuvo gran papel como agorera, también como herbolaria y experta en pócimas y ungüentos. Lo que no eran todavía las féminas en aquel siglo, unas brujas.  Digo brujas en la acepción vulgar, la clásica vieja maléfica, que fue un invento algo más reciente.

Del ‘Maestro de Alaiza’ a los iluminadores del Froissart
La Guerra de los Cien Años, la Guerra Civil de Castilla con su batalla de Najera (o de Navarrete), todo ello tuvo cronistas de primera línea, empezando por Jean Froissart.
Aquí Álava tuvo a Pero López de Ayala, no inferior al francés en el vigor de su narrativa, aunque no anduvo en copias de lujo, iluminadas por los maestros de la miniatura borgoñona, como Loyset Liedet (activo desde 1454).
La comparación entre estos artículos suntuarios y las siluetas toscas de Alaiza es imposible, salvo para advertir que nuestro pintor alavés, como contemporáneo de los hechos, es mejor testigo y más valiente que los miniaturistas, marcantilizados y atentos al gusto de su época.

La batalla de Nájera, o de Navarrete - Miniatura de las Crónicas de Froissart











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[1] Una lectura muy diferente hacía el padre Emiliano Ozaeta, benedictino de Estíbaliz (2001-2003): «Jesús dio a la multitud el triunfo salvador – Triunfun [sic] salutiferum  multitudini dedit… IHS. En el intermedio percibimos palabras que quizá se puedan leer: IN MUNDO… QUI TE… ET VENIO… DOMINI… nada definitivo por ahora, excepto la A final de la frase antes del aludido IHS
No entro en la especulación de este religioso. Él mismo se contradice, habiendo aceptado la tesis de que el mural es del siglo XIII y de carácter templario. El anagrama IHS para el nombre de Jesús fue ideado por el franciscano san Bernardino de Siena, nacido en 1380, cuando estas pinturas ya estaban aquí. Una lectura correcta no forzaría a retrasar tanto la inscripción, y lo que es más, evitaría meter a Cristo en la Gehenna.
[2] Georges Duby: Les trois ordres ou l’imaginaire du féodalisme. Paris, Gallimard, 1978. La idea brota en torno al I Milenio, plasmada en anglosajón por el abad Aelfric de Eynsham, y en latín por Adalberón obispo de Laón en su Oda a Roberto Rey de los Francos (PL 141:773-783). 
[3] Conc. Later. II (1139), c. 29. De ballistariis et sagittariis. Artem autem illam mortiferam et Deo odibilem ballistariorum et sagittariorum adversos Christianos et catholicos exerceri de caetero sub anathemate prohibemus. En Mansi, Sacrorum Conciliorum nova et amplissima Collectio. Venetiis, 1776. tomo 21, col. 533.
El canon, metido de mogollón y fuera de contexto, bien podría ser una ocurrencia de san Bernardo de Claraval, sugerida sobre la marcha por sus secuaces en el concilio. Para mayor enredo, los canonistas interpretaron que la excomunión no era automática, sino que debía ser declarada, total para ser luego dispensada mediante pago.

martes, 13 de noviembre de 2012

Los catalanes y la violencia





«Procuren amb la major vigilancia y cuydado registrar y premeditar les veus que se han divulgat per atemorisar als Pobles Lleals y Fidelissims, y posarlos en lo mes sensible treball ab lo falso pretext de que: Lo Rey nos ha dexat; Esta Guerra es contra la voluntat del Rey; Los Privilegis sols son per los Nobles y Gaudints, puix clarament se ha vist convençut en est Capitol, esser tot fals y fingit per continuació de son perniciós engany.» 

(El Despertador de Cathalunya, 1713)



Más de una vez, abordando el caso vasco, he dicho que por principio evito compararlo con lo catalán, que conozco menos y no me es familiar. Sin embargo, la intemperancia del President Artur Mas en víspera de elecciones  pone a Cataluña en candelero, y quieras o no te haces idea.
Una supuesta diferencia clave entre las vías vasca y catalana sería la violencia como instrumento de acción política.  Los propios catalanes lo asumen: ellos no son violentos practicantes, incluso cuando son comprensivos con la violencia etarra.
       Así que ETA de un lado; y del otro, yo qué sé, pongamos al ‘Gandhi catalán’, aquel reverendo Lluís Mª. Xirinacs que fue candidato al Nobel de la Paz.  Seny  y civismo, frente a parabellum y bomba lapa. Diferencia de etos, con base cultural y, por qué no, incluso racial.
Esa pretensión tiene de malo que no se sostiene. La bipolaridad incluso contradictoria es innata al hombre, a un  mismo hombre. Como Xirinacs, que con todo su pacifismo llevaba dentro la capacidad de digerir el terrorismo, si venía adobado como lucha patriótica contra la opresión. Un caso típico de guerra justa, tal como lo expresó el ya ex reverendo en su discurso del Fossar (11/09/2002). Allí el nobelable de la Pau se pronunciaba sin ambages por ETA contra el Estado, sin reparar en las víctimas inocentes, salvo para declararlas daños colaterales no culposos:

«Eta, como está en guerra, mata, pero no arranca las uñas… ETA no tortura… ETA, cuando tira una bomba que pueda herir a gentes que no son militares, o que no estén relacionados con los opresores, avisa… y si a veces hieren a algún inocente, no es esa su voluntad. »

[«Si a veces hieren a algún inocente...», tiene coña el padrecito. “Hijo, ¿heriste, sí o no? ¿consentiste en ello? ¿cuántas veces, cuántos inocentes? ¿heridas veniales o mortales?”: preguntas que Xirinacs debió de conocer en su práctica de confesonario, antes de convertirse en un cínico o un descarriado moral, allá él.]

Y Artur Mas, ¿es también bipolar? El discurso de Mas es formalmente cívico, lo que no le impide sembrar a voleo expresiones de campo semántico violento. Sus bravatas sobre su referéndum catalán («con o sin la ley», «cuando empiecen las bofetadas fuertes», «movilización constante del pueblo», «golpear»rezuman violencia, aunque él la disfrace como «la fuerza de la democracia».
¿Metáforas? El Diablo las carga. Para romper la baraja cívica y violar el Derecho no hace falta una fuerza física, que tal vez no se posee o no conviene usar. También el radicalismo vasco desiste de la fuerza bruta por ahora, cuando ETA es un petardo de feria, y por otra parte ‘no toca’, porque el brazo político ya es legal, y el objetivo ahora es hacerse, no con el poder, sino con el control del sistema democrático.
       Como el discurso nacionalista vasco, también el nacionalismo de Mas es agresivo, aunque lo disimule haciéndose la víctima. Su intención es «no romper nada», es España la que rompe con Cataluña. Tan es así –amenaza el indefenso– que, en caso de separación, España tendría que vérselas con la Unión Europea, no Cataluña  («somos una vieja nación de Europa»). Un rupturista, al que sólo le falta pedir placa tectónica propia para que Cataluña vaya a su deriva continental, abomina de la ruptura.
A ratos la agresividad victimista remite, aunque siempre ataca: «He respetado el orden constitucional y no va a ser diferente.» Ah, pero «el Estado es el que lo incumple a cada paso contra nosotros…»

¿Violenta Cataluña?
Si Cataluña/Mas presume hoy de civismo no violento, como nota peculiar suya, toca preguntar: ¿desde cuándo?. Porque a los catalanes no siempre se les vio así, ni ellos mismos alardearon de eso.
No voy a descubrir el Mediterráneo, donde «ni un pez era osado de asomar sobre el agua, si no llevaba en la cola la enseña del Rey de Aragón por salvoconducto»[1].  No escribo para gente de la antigua escuela, donde todo niño español aprendía como historia propia la Expedición de Catalanes y Aragoneses a Levante. Compañías de aventureros, con aquellos almogávares tan feroces y rudos que pasaban como reliquia de los mismos bárbaros [2]. Pero, fuesen de donde fuesen, los gritos de guerra eran ‘Aragó, Aragó!’, ‘Sant Jordi!’, ‘Desperta ferro!’, catalán purísimo, igual que su ‘venganza catalana’.

       La pregunta me ha valido de excusa para espigar en unos textos sobre cómo eran los catalanes, según ellos o según otros. Tipología nacional, poco valorada hoy, antes era casi de rigor como preámbulo de las historias particulares, notando casi siempre la relación entre el país y la complexión e índole de sus pobladores. Así, un territorio áspero y de casería muy dispersa, como Cataluña, tenían que habitarlo  

«hombres fuertes…, celosos de su reputación y honra… Gozan el ámbito de sus heredades con absoluto dominio, lo que les hace mal sufridos. No ven agravios ajenos, por vivir solos, lo que causa no consolarse de los propios. »

Eso escribía un catalán, Francesc de Gilabert (1559-1638), gentilhombre de la boca de Felipe III [3]. Tal calidad agreste de sus paisanos incluía una familiaridad muy estrecha con las armas, de la que el Gobierno podía sacar buen partido en la defensa de la integridad territorial. Por lo mismo, el autor echa pestes contra la ‘Premática de los pedreñales’. 
Pedrenyal (pedernal) era lindísima sinécdoque catalana para denominar un tipo de arcabuz corto o pistolete, que en vez de mecha incorporaba llave de chispa, y en el Principado casi formaba parte del paisaje, pues todo el mundo lo llevaba. Covarrubias lo despacha con que «desta arma usan los foragidos». Injustamente, porque aquí lo manejaba por igual el hombre honrado y el bandolero, no siempre fáciles de distinguir, ya que a menudo resultaban ser la misma persona. Porque lo de ir el catalán a lo suyo prescindiendo de la legalidad tampoco es invento de Mas ni de hoy.
¿Qué pragmática era esa ‘de los Pedreñales’? Firmada por Felipe II en El Escorial (21 de julio 1591), prohibía todo uso de «pistolete alguno que no tenga cuatro palmos de vara de cañón». La ley era para «todos nuestro Reynos», sin especial mención de Cataluña. Pero siendo esa arma la preferida en esta tierra, ya está el  greuge (agravio) servido; otro más del Gobierno contra los catalanes. Para el payés viajero, el pedreñal al cinto era como la butifarra en la alforja, incluso en cuaresma. Porque aquella insumisión civil se extendía también al agravio dietético eclesiástico (‘ayunar a la catalana’ era proverbio en el Mediterráneo). 
     Quitarle al catalán su pedreñal –arguye el cortesano Gilabert– era privarle de su continuo entrenamiento, dejándole inerme y «quedando todo el Principado por preda (presa) y despojo de sus vecinos». La pragmática no hablaba de arcabuces y escopetas, pero esta especialidad «nunca les hará pláticos (prácticos)», por tratarse de armas pesadas y caras. Al catalán, su pedreñal. Que tampoco tenía por qué ser solo uno. Roque Guinart, el simpático bandolero que sale al paso a Don Quijote y Sancho camino de Barcelona, llevaba hasta cuatro de ellos, dos a cada lado. 
En fin, que «la calidad e inclinación deste Principado da afición a las armas, lo que asegura la aspereza de la tierra…, cuya soledad pide armas.»  Y lo ilustra con la autoridad de Tito Livio:
«habiendo conquistado Catón a Cataluña, visto tumultuavan cada día, les quitó las armas; y fue tanto el sentimiento de los moradores della, que tomaron por mejor partido muchos dellos la muerte, como de hecho se mataron, que el viuir sin armas. «Ferox gens, nullam vitam ratam absque armis esse arbitrata est» (gente feroz, para ellos vivir sin armas no era vida).
       El mismo texto de Livio citará, como precedente y ejemplo patriótico, El Despertador de Cathalunya (Barcelona, 1713), folleto emanado del Brazo Militar en manos del radical Casanova, y repartido por la Diputación para levantar ánimos en el cerco de la ciudad por el Duque de Pópuli, tras los acuerdos de Utrech [4].

«No hi ha cosa mes segura que tenir les Ciutats á sos Ciutadans ab armes, y exercitats en elles», frente a «lo fatal sistema en que agonitza la antiga Fama y Honra de tota Espanya. […] Imponderables son les conveniencies de la manutenció de les armes, com los graves inconvenients y absurdos que se seguexen de subjectarse un Regne al abominable cástich de quedar sense elles: puix sens temeritat se deu dir, que val més quedar tots sos naturals sens les amables vides».

¡Antes muertos todos, que desarmados! Sólo la coyuntura bélica disculparía tamaña hipérbole. Hoy en día, pasado aquel susto, El Despertador hace sonreír recordando cómo «Porcio Catón, de paso por Cataluña, se dio cuenta de que no podría dominar a los naturales sin arruinar y estropear las murallas y quitándoles las armas». Como si una medida militar tan elemental no tuviese razón de ser en cualquier parte, dicho sea sin poner en duda la bizarría de los barceloneses destinatarios del Despertador. El cual, por si acaso, apela al individualismo y a la motivación de la defensa propia de cada uno en la vida civil:

«Si los catalanes se precian de legítimos sucesores y descendientes de los antiguos, aténganse a este dictamen, y consideren los payeses qué será de sus casas, si aun teniendo armas no están libres de asaltos… ¿Qué reparo encontrará un ladrón u otro facineroso para ejecutar cualquier atrevimiento, en la seguridad de que el amo no tiene armas?  

Y concluye el Despertador («y en él la más ingenua verdadera Católica Fidelidad Catalana»): «Tratemos Catalanes de imitar a vuestros antiguos nobles progenitores». A cuyo efecto trae lista nominal de modelos, desde los Moncadas y los Pinosos, hasta los Fivaller, los Blanes  «y otros infinitos valerosos héroes».
Lista incompleta, por otra parte. No hace justicia a cierta clase de valientes compatriotas, que al pueblo llano le sonaban mucho más que los de aquellos próceres. No figuraban, por ejemplo, Rocaguinarda ni Serrallonga, por citar a dos popularísimos bandoleros.

Bandolerismo catalán
    A Rocaguinarda le acabamos de ver, aunque con grafía algo diferente: Roque Guinart. Este es uno de los personajes del Quijote que bajo ligero disfraz onomástico tuvieron existencia real y Cervantes le conoció, siquiera de oídas. El bandido de carne y hueso fue Pedro Rochaguinarda, cuya masía natal arruinada existe en Oristá, con partida de bautismo de 19 /12/1582. Su nombre figuró en bandos contra él y otros bandidos, Tallaferro, Trucafort, Serrallonga, desde 1607.
El encuentro de Don Quijote y Sancho con la partida del Guinart se lee en la Parte segunda, capítulo 60 [5]. El preludio es de un realismo, de puro espeluznante. cómico. Es de noche, metidos en un bosque, cuando el fiel escudero de pronto descubre que «todos aquellos árboles estaban llenos de pies y de piernas humanas». Su amo lo comprueba y explica:
«Estos pies y piernas que tientas y no ves, sin duda son de algunos foragidos y bandoleros que en estos árboles están ahorcados, que por aquí los suele ahorcar la justicia cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a entender que debo de estar cerca de Barcelona. Y así era la verdad, como él lo había imaginado. »
Pero si malo fue el susto nocturno, peor la amanecida, con 
«más de cuarenta bandoleros  vivos que de improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos, y se detuviesen hasta que llegase su capitán.»
Roque se presentó a sí mismo como un caballero ‘compasivo’, y la misma versión sobre él pone un impresionado Cervantes en boca de un estudiante, en su entremés de ‘La Cueva de Salamanca’
Aquella campechanía no era excepcional. Lo notable de aquellos bandidos es que mayormente gozaron de favor popular. No eran sólo la versión catalana del ‘bandido generoso’, suplidor del Estado y de la Iglesia en la redistribución de la riqueza. Eran muy a menudo carne del mismo pueblo, humillados y ofendidos que se echaban al monte, muchas veces sin idea de profesar con votos perpetuos. Religiosos-militares a su aire, su devoción a San Dimas (el Buen Ladron) era compatibles con el robo sacrílego, y un olímpico desprecio al privilegio del foro eclesiástico y el anatema del Concilio Lateranense II (1139), ‘Si quis, suadente diabolo’, poniendo «las manos violentas sobre clérigo o monjes». Las manos, y todo lo demás, si se trataba de monjas. 

       La clave psicológica de aquellos tipos  podemos verla en la Historia del  escritor-soldado portugués Melo, sobre la guerra separatista de Cataluña [6]. Melo reproduce los tópicos conocidos sobre la relación entre el país y y su gente:

«Hombres de durísimo natural, sus palabras pocas, a que parece les inclina también su propio lenguaje, cuyas cláusulas y diciones son brevísimas [¡lo que va de ayer a hoy!]… inclinados a la vengança; estiman mucho su honor, y su palabra; no menos su exención…
La tierra, abundante de aspereças, ayuda y dispone su ánimo vengativo a terribles efectos, con pequeña ocasión. El quejoso, o agraviado deja los pueblos, y se entra a vivir en los bosques, donde en continuos asaltos fatigan los caminos. Otros, sin más ocasión que su propia insolencia, siguen a estotros. Éstos y aquéllos se mantienen por la industria de sus insultos. Llaman comúnmente ‘andar en trabajo’ aquel espacio de tiempo que gastan en este modo de vivir….
No es acción entre ellos reputada por afrentosa, antes al ofendido ayudan siempre sus deudos y amigos. Algunos han tenido por cosa política fomentar sus parcialidades, por hallarse poderosos en los acontecimientos civiles.
Con este motivo han conservado siempre entre sí los dos famosos vandos de Nârros y Cadeles, no menos dañosos a su patria que … los Beamonteses y Agramonteses de Navarra, y los Gamboynos y Oñasinos de la antigua Vizcaya.»

La descripción evoca tramas sociales de tipo mafioso aceptadas con toda naturalidad, aceptando de buena gana sus servicios los nobles reñidos entre sí. Nobles que, por su parte, también podían comportarse como auténticos salteadores en sus dominios.
Lo malo es que empiezas por una causa noble –lucha por las libertades, liberación nacional, romería a Montserrat–, y terminas haciéndote una forma de vivir del secuestro y la extorsión del impuesto revolucionario. Ocurría sobre todo en tiempos difíciles, que era como decir casi siempre. Las autoridades, ya entonces, intentaban con ellos una reinserción social, bien metiéndoles al remo una temporada en galeras, o mejor aún, asentando a los mejores en la milicia.
Por desgracia, no todos eran recuperables, o no estaba el horno para bollos cuando el bandolerismo cobraba proporciones de levantamiento social. Ocurrió en el siglo XVI, cuando Carlos I de España y V de Alemanis, y luego su hermano y sucesor en el Imperio, Fernando I, se enfrentaron al problema. Caudillos mesiánicos en el centro de Europa, liderando revueltas campesinas y gremiales; o en España los alzamientos y bandolerismo en Aragón, Cataluña y Valencia.
Promulgada la pragmática de 1539, el virrey Lombay (más conocido como san Francisco de Borja, 1539-1543), por las buenas no logró prácticamente nada en el Principado. Su sucesor en el cargo, Manrique de Lara (1543-1553), con mano más dura tuvo éxito echando el guante a Moreu Cisteller (1539) y sobre todo a Antoni Roca (1546).

Héroes de cordel
El romance y la copla han sido la Historia rimada de la cultura popular y el homenaje del pueblo a sus ídolos. Resultó que ambos caballeros, el bandolero Guinart y el andante Don Quijote, ya se conocían, si no de vista, de coplas. Los dos eran leídos, y el catalán tampoco olvidó hacer propaganda de la Parte I del Ingenioso Hidalgo.
El romance caballeresco acogió entre sus tipos al bandido generoso. Pero también la otra clase de bandidos, los que acabaron mal como el Roca y compañía, anduvieron en coplas de ciego y en pliegos de cordel. Aunque mejor digámoslo en catalán, cançons de fil i canya, más bonito mil veces que mentar el cordel o soga en casa de ahorcados. 
Ahorcados o degollados, incluso descuartizados, según demandara la enormidad de los crímenes o el celo de los virreyes. El espectáculo público se prolongaba luego en la exhibición de los cuerpos que desde la Barcelona medieval tuvo su escenario sobre todo en el Carrer de Regomir, una importante arteria urbana–, pero sobre todo en las coplas.

       El caso Roca sería llevado al teatro por Lope de Vega. Pero ya en su momento fue versificado por un vate popular barcelonés. Mossèn Pere Giberga («lo qui fou del gran munt de Parnaso arbre / y del Olimpi ara es florida verga», como le rimó a él su amigo Pere Serafìn en un epitafio [7]) cantó el suplicio de Antoni Roca y su compinche Corts, en versos ‘de sang i fetge’ (sangre e hígado), como los llamaban por su morbo popular, con grabados al boj como suplemento visual [8]:

       Ab tenalles foguejants

el botxí lo festejaba

y ab aquests jochs semejants

per les carreres anava

ab aquell companyo seu

Corts que detràs lo seguia

rossegant amb gran menyspreu

no encara com devia.

       ‘A ti te lo digo, Pedro, para que me entiendas, Juan’. Juan era el pueblo llano, la gente que había simpatizado con los forajidos, que no había gritado el ¡Via fora! de rigor, a la vista de gente armada con pedreñales. Juan eran, sobre todo, los señoritos rurales y algunos señorones, para quienes los condenados habían hecho horas extra:

Quius veya fer sacrilegis,
robos y traycions devia
lora y el jorn queus acollia
perdre tots lurs privilegis.

       Y por supuesto, Juanes eran todos los bandidos sueltos que estaban al caer:

Malfactors, buydau la terra,
no us vullau detenir.
Guardau-vos de la desferra
del carrer de Regomir.

Aquí lo dejo. Ya sabíamos que el español ha sido animal de sangre caliente, que lo mismo en Madrid que en Barcelona o en cualquier sitio montaba en un santiamén una matanza de curas y frailes o una quema de conventos e iglesias, como en 1834-35. Cataluña en particular conoció su Semana Trágica (26 de julio a 2 de agosto, 1909) , y aunque no se señaló en las quemas de 1931 y 1934, vuelve en el 36 a enloquecer en  una violencia irracional autodestructiva y macabra.
Hybris frente a sophrosyne, que decían los griegos. O en catalán, rauxa frente a seny. Personalidad bipolar. Corpus de Sangre, al grito de «Visca la fe de Christ! Visca lo rey d’Espanya, nostre Senyor!» Y en cuanto te descuides, tocomocho.



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[1] «Ne sol nom pens que galera ne altre vexell gos anar sobre mar, menys de guiatge del rey d'Arago; ne encara no solament galera, ne leny, mas no creu que nengun peix se gos alçar sobre mar, si o porta hun escut o senyal del rey d'Arago en la coha, per mostrar guiatge de aquell noble senyor, lo rey d'Arago e de Cecilia.» (Dicho por de Roger de Lauria, según la Crónica de Bernat Desclot).
[2] Francisco de Moncada, Expedición de los Catalanes y Aragoneses contra Turcos y Griegos. Madrid, Sancha, 1777, pp. 37 y ss. Cfr. Ramón Muntaner, Crónica Catalana. Ed. bilingüe anotada por A. de Bofarull. Barcelona, 1860.  Bernat Desclot, Historia de Cataluña. Barcelona, 1616.
[3] F. de Gilabert, Discvrso sobre la calidad del Principado de Cataluña y inclinacion de sus habitadores, con el gouierno parece han menester. Dirigido al Príncipe don Felipe IV.  Lérida, 1616; 25 ff.
[4] Anónimo, Despertadorde Cathalunya. Barcelona, 1713; 89 pp.
[5] El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Ed. comentada por Clmencín. Madrid, Aguado, 1839, Parte II, t. 6, págs. 226 y ss.
[6] Francisco Manuel de Melo, Historia de los movimientos, separación y guerra de Cataluña. Ed. Madrid, Sancha, 1808. La obra apareció primero con seudónimo de Clemente Libertino (San Vicente de Rastello, 1645), dedicada al papa Inocencio X.
[7] Ver igualmente el soneto-epitafio al mosén (Ploreu vuy tots los trobadors sens mida – Llorad hoy todos los trovadores sin medida), junto con un soneto del  propio Giberga A un retrato  suyo que le pintó Serafín.
[8] Cobles novamente fetes per Pere Giberga: contra tots los delats de Cathalunya, y secaços de Antoni Roca. Año  1544).