miércoles, 7 de octubre de 2009

¡Pero si es muy fácil!



Todavía hay gente que cree que comer con palillos es casi imposible, o muy complicado. Los hay que ocultan su complejo de incapacidad diciendo que esas modas exóticas son extravagancia. Otros entran a los palillos, pero sólo para platos convencionales. Bueno, también para tocar el tambor; y si son pequeñitos y aguzados, como mondadientes.

Pamplinas. Con un par de palillos y entrenamiento se puede comer de todo. Y no sólo comer, sino pescar. Como en la foto. Tomada en el océano Índico, pero lo mismo podría verificarse frente a la costa vasca, capturando bonito del Norte, o incluso en aguas de Bermeo, beneficiando la trivial merluza. De igual modo que hay merluza de anzuelo, por qué no puede haber atún de palillos.

Por cierto, nuestras especies y variedades piscícolas de la CAV (Comunidad Autóctona Vasca) son incomparablemente las más sabrosas del mundo. En todo caso, son las que más nos gustan a los autóctonos. Y si nuestros arranchales se van al Cuerno (de África), a faenar en áreas remotas, infestadas de corsarios (que no piratas), no es por hacer de menos lo nuestro, sino porque en la variedad está el gasto.

El mar es una fuente de recursos inagotable. ¿Y cómo no ha de serlo, si cubre casi las cuatro quintas partes de la superficie de nuestro globo? Sí, nuestro, de todos. Es decir, de nadie; del primero que llegue y los ocupe. Dios ordenó a los peces: «Multiplicáos sin tasa, de modo que la mar esté siempre llena.» Lo dice el Génesis, capítulo primero, día quinto. La misma fecundidad atribuyó al ser humano, y para mantanella (y no emendalla), Dios le hizo dueño absoluto de la pesca y de la caza; ibíd., día sexto.

¿Algunas especies recomendadas en particular? Pues no. Moisés no era ictiólogo, y a ejemplo suyo los escritores bíblicos sólo saben decir pez, o su femenino peza (en hebreo, dag y dagah). Sólo si se trata de piezas muy grandes, entonces se llaman atunes (tannin en hebreo; pronúnciese con entonación de asombro mezclado de espanto).

Volviendo a los palillos. Si uno es tan decidido que quiere empezar a usarlos para tomar directamente atunes de la mar y llevárselos vivos a la boca, eso sí puede resultar algo difícil. Los peces, a favor de una secreción mucosa que descargan en caso de apuro, se deslizan coleando y saltan de nuevo al agua. Natural, es su elemento. De ahí el dicho: «como el pez en el agua». Por eso también el Talmud recomienda, después de comer pescado, beber agua (Moed Katan, 11a).

Es esencial que los palillos de pescar sean reciclables, para que si caen al agua no la contaminen. Con ellos entre los dedos de la mano, se aplicará la presión justa para retener al pez sin despanzurrarlo. Es lo que se llama sostenibilidad. Por debajo de la 'presión sostenible' no hay capturas; por encima de ella no hay pesca, y este cuento se ha acabado.

Que aproveche.

(Foto adaptada de © panda.org/tuna)


A ojo de pez

Yo era un atún que hambriento de sardina,
a tres nudos y medio de crucero,
surcaba mi nativo caladero,
al largo de la costa somalina.

Un extraño alakrán que allí trajina
(no sé si por deporte o por dinero),
me prende con sus artes de atunero
y corta en seco mi inquietud marina.


Mas hete que del índico horizonte
un barco emerge, al parecer pirata…
¿o es corsario? Da igual: es un secuestro.


En mi atunesca piel, humano, ponte:
un mero pez ser casus belli vuestro,
y todo por meterme en una lata.



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