miércoles, 3 de agosto de 2016

Rioseco: muerte y resurrección


Roberto Rivera, 'Amanecer en Rioseco'. Premio Concurso Fotográfico 'Vive Burgos' (1 julio 2016)


Hubo tiempo —de esto hace ya muchos años— en que cada temporada hacíamos una o dos escapadas a las ruinas de Rioseco. Y cada vez que teníamos visitas en casa, ésa era una de las excursiones preferidas, junto con la iglesia rupestre de San Pedro de Argés y otras curiosidades. Todo en el valle de Manzanedo, en Castilla-Vieja. Rioseco, sin embargo, nos atraía sobre todo lo demás por sentirlo un poco nuestro, como de la familia en sentido amplio. Adquirido por un Arquiaga (1855), a cabo de un siglo se les planteó a los herederos la posibilidad de ‘restituirlo’ a la Iglesia.
¿Restituirlo? ... ¿a la Iglesia?
Los Arquiaga de Villarcayo, en los siglos XIX-XX, fueron una saga de ilustrados y hombres de carrera, que conjugaban desarrollo técnico y política, sin descuidar los negocios. Su triste sino fue hallarse en el mal momento en el bando malo. Si D. Pedro Arquiaga, el liberal boticario de la villa, cayó defendiéndola  frente a los carlistas (1834), su descendiente del mismo nombre, Pedro Arquiaga Díaz, como socialista republicano perderá la vida un siglo después allí mismo, en su largo y tórrido veraneo en su tierra de origen, víctima del Alzamiento Nacional (1936). Fue ingeniero industrial, como su padre Rodrigo Arquiaga, pioneros ambos de la electricidad en la zona, con Hidroeléctrica Arquiaga, S. L., en el Congosto sobre el Ebro, cerca de Incinillas.
Entre el uno y el otro Arquiaga le tocó vivir al hijo del primero y abuelo del segundo, Francisco Arquiaga Rodríguez (1812-1882), ‘Don Paco’, farmacéutico en Villarcayo, como su padre, más radical en política y con sus ribetes de conspirador.
«En la desamortización de Mendizábal (1836), siendo este joven Arquiaga alcalde de Villarcayo y Merindad de Castilla-Vieja, Burgos fue de las provincias donde más bienes desamortizados salieron a venta, pero también donde hubo menos compradores. El mismo Don Paco, funcionario y diputado, en la nueva operación desamortizadora de Madoz (1855), más sistemática, fue comisario provincial de la subasta y remate de bienes ‘nacionales’. El eufemismo incluía bienes de la Iglesia, lo que situaba al agente Arquiaga en el limbo de la excomunión. Y más cuando, a falta de licitantes, él mismo cargó con aquella belleza inútil y desolada: el monasterio de Rioseco».
Francisco Arquiaga
El nuevo propietario desde luego cedió a la diócesis el templo de Rioseco perfectamente en orden para el culto, y permitió a los campesinos y ocupantes de la granja que fue monacal continuar en el sitio. A este Arquiaga, medio santo laico y notorio suscriptor de prensa libre —era accionista de la Institución Libre de Enseñanza (1876)—, sus ideas avanzadas no le llevaron a la tragedia, pero sí a un estigma casi peor, para la época. Los compradores de aquel ‘expolio’ anticlerical eran sacrílegos, señalados con una oscura aureola de réprobos para condenación eterna. (Sobre los Arquiaga, recomiendo los artículos de 'Lebato de Mena' en su documentado blog, 7 MERINDADES.)
A esta visión, inculcada al pueblo desde los púlpitos y catequesis por un clero integrista, es a lo que me he referido con el término ‘restitución’.
Margarita Merino, la viuda del infortunado Arquiaga Díaz, aunque también sufrió vejaciones graves  por su condición de esposa y madre de Arquiagas, fue mujer creyente y razonablemente religiosa, amén de la propietaria de Rioseco. Esto hizo de ella una presa ideal para el acoso de conciencia por parte de cierto canónigo de Villalaín, quien, para meritar ante su arzobispo, a cada encuentro con la señora la echaba en cara paternalmente la posesión de aquel bien no bien adquirido, instándola a ‘restituirlo’ a la Iglesia, como buena obra en descargo de la mala conciencia atávica de los Arquiaga.
«Que sí, que buena gente, doña Margarita —se limpiaba el clérigo los labios de chocolate con la vainica de la servilleta, en aquel despacho que fue de don Pedro, mantenido intacto en su morada de Incinillas—. Buena gente, ya lo creo. Pero, usted me entiende —mirando de reojo a la librería del despacho—, todos de la cáscara amarga. Recuerde usted lo que tanto se comentó, cuando hicieron la presa de la fábrica de luz; cómo metían allí santos de piedra de Rioseco. Y encima bromeaba don Pedro (q. e. p. d.): “Ése de las barbas y las llaves, que se llama como yo, ¡¡a lo más hondo y cabeza abajo!!”».
Así un día y otro, el canónigo con la viuda. Después de todo, ¿qué más daba, si aquello era imposible de mantener? Así que fue un tío de mi mujer y también ingeniero, Luis Rallo, quien como yerno de doña Margarita, por imperativo legal entonces, tuvo que poner su firma junto a la de su esposa, cuñados y suegra, en los papeles de cesión de Rioseco al Arzobispado de Burgos (1953).
La idea era, a lo que parecía, habilitar allí una residencia de verano para los seminaristas, tan numerosos en los años 40-50 del apogeo nacional-católico. Y en verdad, habría sido fantástico, y hoy tendríamos un Rioseco menos perdido. Lástima que el sueño tuvo mal despertar, porque «bastó la cesión de doña Margarita, con la tinta sin secar, para despeñarse todo en un proceso de expolio, saqueo y degradación, hasta un estado terminal».
Sólo el templo se mantuvo en uso hasta los años 60 del siglo pasado. Cerrado luego y desmantelado de mala manera, parte del mobiliario —retablos, sillería coral, órgano, cuadros, ajuar…— se trasladó, vendió o ‘regaló’, quedando el resto a merced de depredadores.
Fachada y Puerta del Monasterio,
tal como fue... (Arch. Diputación Burgos)
Así lo conocimos nosotros, y cada retorno daba más grima. Creo que fue un invierno recio cuando, al subir  al recinto, apenas pudimos entrar salvando una montaña de escombros. Toda la fachada principal, ya tocada por haberse arrancado tiempo atrás su ornamento arquitectónico —una portada clasicista jónica, que Dios sabe a dónde fue a parar—, se había venido abajo de golpe, arrastrando buena parte de la torre del ángulo SE, la que llamábamos por instinto ‘Torre del Abad'. .
Ante aquel desastre me juré no poner más los pies allí, no tanto por el peligro como por el disgusto. Por supuesto, falté al juramento, sólo para seguir viendo más ruina, las vidrieras emplomadas hechas trizas, las laudas sepulcrales partidas y removidas, elementos ornamentales desaparecidos, y no lo digo por la maleza, que también hacía lo suyo moviendo sillares y reventando muros...
Todavía quedaba en pie junto al coro, debajo de la tribuna donde estuvo el órgano, una buena pila bautismal románica, un monolito intacto con un relieve de obispo o de abad con su báculo. Traída de no sé donde y plantada allí en función de la  parroquia. El colmo fue verla un día desvencijada. La habían apalancado, lista para llevársela quien le viniera en gana. Notificado el caso a la familia, nadie sabía ya qué pensar ni qué hacer, donde ningún responsable daba cara ni título. ¿Poner la pieza a buen recaudo? ¿Dejarla desaparecer? Tengo entendido que la pila finalmente se salvó de chiripa. Enhorabuena al dueño de la joya por tanto desvelo.
El Tiempo sobre Rioseco
Santa María de Rioseco fue monasterio del Císter, si no de los importantes, sí uno de los más antiguos  de la orden en Castilla. En rigor hasta tuvo derecho al preciado título de ‘Real Monasterio’. Su cartulario se estrena con una serie de donaciones y prolijas confirmaciones (1135-1152) por Alfonso VII el ‘Emperador de España’ y de Alfonso VIII, más un magnífico privilegio confirmatorio del mismo (Soria, 28 de enero 1286). Por cierto, este es uno de los documentos más antiguos donde aparece como tal el nombre de Villarcayo (Villarcaio), junto con Horna. Claro está, suponiendo que las menciones sean auténticas.
Lo más curioso es que, morando los monjes o ermitaños primeramente arriba en el páramo, en Quintanajuar junto a Masa, la munificiencia real se extendía sobre todo por esta zona de las Merindades. Una invitación, sin duda, al traslado, con su cuenta y razón, que los historiadores algo suspicaces interpretan como deseo de la Corona de Castilla de meter en el valle de Manzanedo esta cuña monástica cisterciense, frente a los intereses del Señorío de Vizcaya y del reino de Navarra.
En contraste con la sencillez del edificio, su documentación revela gran actividad en adquisiciones, compraventas, permutas y demás tratos. En otras palabras, una avidez de patrimonio y señorío temporal a contrapelo del ideario del Císter en sus principios. No es que otras casas y otras órdenes monásticas en general hayan seguido el modelo evangélico de las aves y los lirios campestres a la hora de echar sus cimientos económicos, pero es significativo que esta fundación pronto se hizo amonestar por la superioridad en razón de sus operaciones crematísticas, y hasta algún abad parece haber sido depuesto por ello.
Estudiando la lista de abades perpetuos (desde el siglo XII hasta mediado el XVI, en que el abadiato pasa a ser trienal), Inocencio Cadiñanos, editor del Cartulario de Rioseco,  observaba que pocos monjes de la casa ascienden al cargo, lo que quiere decir que los abades vendrían impuestos por el Capítulo general de la Orden o por la Congregación de Castilla, mejor que imaginar que la propia comunidad se los buscaba fuera. Esta anomalía no dice mucho en favor del nivel comunitario. Y es que, lo dicho, cuando el cartulario se anima y jalea el nombre de algún abad o prior, es casi siempre «debido a su muchas actividad en compras, trueques y ventas» —explica este buen amigo mío. Le suscribo por mi parte con un ejemplo.
El año 1212 se celebró, como es bien sabido, la gran victoria de las Navas de Tolosa. La vanguardia central la dirigió el Señor de Vizcaya Diego López II de Haro. Fue aquí, junto a don Diego, donde se situó el contingente auxiliar francés con su caballería del Císter, señalándose nuestro ya conocido Arnaldo Amalrico, antes abad e inquisidor y ahora arzobispo de Narbona. Lo dicen las historias, e incluso la Wikipedia, aunque da más sabor leerlo en el castellano florido de tiempos del artífice de la batalla, héroe y cronista de la misma, el arzobispo Don Rodrigo de Toledo, quien compone el suceso conforme a modelos clásicos (Crónica, cap. 206):

«E veno ay [ahí] el arçobispo de Narbona Don Arnalte, que fuera otro tiempo abad de Çistel… Traxo consigo muchos criados de la Francia de los godos, que traían muchas armas e muchas sobre-señales, e venían bien guisados… E vinieron otrosí muchos cavalleros bien guisados, e muchas gentes de pie, mançebos bien guisados e ligeros, e mucho atrevidos de tierra de Portugal.»
Como arzobispo que era, el navarro don Rodrigo Jiménez de Rada pondera el aflujo de colegas,  nombrando a tantos, que más que víspera de batalla dijérase de concilio toledano . Educado por los cistercienses de Huerta, cuyo abad era tío suyo, enumera también a  las órdenes militares, tan ligadas al Císter, «e muchos otros religiosos de muchas e departidas órdenes, que eran todos en Toledo».
Por descontado, también hubo caballeros seglares. El principal de todos, alguien muy relacionado con Rioseco: el 'bien guisado' y muy poderoso Señor de Vizcaya (cap. 208, fol. clix):
«De los fijos dalgo de Castilla fueron estos Ricos omes: don Diego López de Faro;  el conde de Lara don Ferrando, el conde don Álvaro, el conde don Gonzalo su hijo, estos tres eran de Lara; Lope Díaz de Faro, Ruy Díaz de los Cameros… e otros muchos nobles e grandes del Reino de Castilla… E yvan los qu’eran allende los montes Perineos por sy, e dioles el Rei Don Alonso por cavdillo a don Diego Lopez de Faro».
Luego dirá (cap. 212, ff. clxj v y clxij);
«Entre los castellanos ovo la delantera don diego López de Faro con sus parientes e vasallos… E los primeros que dieron las primeras feridas en las hazes de los moros, fue Lope Días fijo de Diego López de Faro e sus sobrinos Sancho Fernández e Martín Muños, que eran en la primera haz de el dicho don Diego López de Faro.»
¡Ah, don Diego, don Diego! Llamado desde entonces ‘el Bueno’, aunque para otros siguió siendo ‘el Malo’, por su felonía de Alarcos (1195). Obviamente, no el fundador de Bilbao, sino su bisabuelo homónimo. Con él y su mesnada se halló y se distinguió su hijo Lope Díaz II, en aquella familia de los Haro, donde se alternaban los Diegos López y los Lopes Díaz en la guirnalda sucesoria.
Pues bien, si a algún abad cisterciense de Castilla se le pudo poner falta en el pelotón de don Diego, en aquella jornada del 16 de julio, ése fue don Miguel de Rioseco. Y eso que él y el de Haro hacían buenas migas. Pero nuestro abad debió de excusarse para no ir a matar moros, porque como cuenta el Cartulario, todo aquel mes y el anterior anduvo ocupado en tratos de tomaydaca, arrendamientos y, lo que suena más extraño, reducción de personas a la condición de vasallos tributarios del monasterio.
Esto, como digo, no impidió el buen rollo entre nuestros cenobitas de Manzanedo y el héroe de las Navas, que a más de señor de Vizcaya lo era también de Castilla-Vieja, con mando en medio Burgos. El año siguiente  en septiembre, sin ir más lejos, comparecen juntos del bracete don Diego y don Vicente, prior de Rioseco, en contrato frente a una señora propietaria:
«Yo don Diego López de Haro, de común acuerdo y voluntad con don Vicente, prior de Santa María de Rioseco, y todo el convento de la misma iglesia, hago permuta con vos doña Elvira Oriol de toda la heredad que ellos tienen en Castil de Lences, bienes raíces y muebles. Y yo doña Elvira Oriol, de toda mi buena voluntad, hago permuta con vos don Diego López de Haro y con vos don Vicente, prior de Rioseco y con todo el convento, de toda mi heredad propia y todo el mueble que tengo en Rioseco…»
A las formalidades del trueque se añade una cláusula de penalización —que aquí traduzco por su curiosidad—, para el caso de que alguien trate de burlas lo acordado:
«De primeras, tenga la ira de Dios, y pague a la caja del señor de la tierra 10.000 maravedís, y devuélvanse las dichas heredades dobladas o mejoradas en lugar semejante».
‘La ira de Dios’. No era broma, para los hombres de la Edad Media, aunque se usaban también amenazas más explícitas. Ya que estamos en ello, venga otro ejemplo. Uno de aquellos cambalaches del abad Miguel en el mes de las Navas —un simple trueque de un solar por otro entre el monasterio y una familia Ibáñez— se cerraba con esta amenaza:
«Si hombre alguno rompiere esta carta, de primeras tenga la ira de Dios y sea descomulgado y maldito, con Datán y Abirón, y como Judas condenado en el infierno».
Los rebeldes Datán y Abirón, en visión catastrofista postromántica (Biblia Holman, 1890)

Datán y Abirón fueron los atrevidos que, por desafiar la autoridad de Moisés y Aarón, fueron tragados vivos por la tierra (Números, 16-17). Lo irónico es que, dos párrafos más abajo, la amenaza de muerte y pena eterna, ya bastante terrible de por sí, se agrava con otra temporal de multa y compensación, tal vez por aquello de «largo me lo fiáis», o porque siempre puede haber gentes de poca fe en el más allá:
«Y si a alguno de nos o de vos (se le ocurre) romper esta carta, pague a la caja 100 libras de oro y (devuelva) la dicha heredad doblada.»  
Para más ilustración de las fórmulas antiguas de comminatio en los contratos véase aquí mismo, ‘Maldiciones bíblicas’.
Rioseco en claroscuro
Sinceramente, no quisiera yo dejar mal a los monjes de Rioseco. Diré, pues, que en 1217 reina en Castilla Fernando III, todavía bajo la protección de su madre Dª Berenguela, ex mujer de Alfonso IX de León. El papa Inocencio III se empeñó en anular el matrimonio, por impedimento de parentesco entre tío y sobrina. ¡Con lo sencillo que habría sido dispensarlo (aunque fuese cobrando), sin poner en brete la estabilidad política y social de todo un estado cristiano! Sin duda, era un modo de decir entonces quién mandaba en nombre de Dios sobre los reyes de la tierra.
Hecho y jurado rey don Fernando, su chancillería se vuelca en proteger a Rioseco, sin duda por amistad entre el rey y el abad don Rodrigo, convertido en prelado áulico. Esta posición de ventaja no durará mucho, pues ya en la segunda mitad del siglo XIII vemos en el cartulario a vasallos seglares de Rioseco que se le suben a las barbas al nuevo abad, poniendo su autoridad en solfa por minucias. Si algún abad fue destituido, como ya se dijo —aunque tampoco era una medida insólita—, en revancha, otro abad riosecano será promovido por tres veces al generalato de la congregación (1575, 1584 y 1596, al final de su vida): don fray Atanasio Morante Espinosa (1526-1596), palentino de Aguilar de Campoo y profeso en Nogales (León), de cuyos dos trienios de abadiato aquí (1563-66, 1593-96) fueron «de los más diligentes en los aspectos económicos y artísticos» (Cadiñanos). En el intermedio desempeñó otros abadiatos (Nogales, Osera, Palazuelos, Sobrado), con la misma disposición a invertir en arte cuanto pudo.
A este binomio ‘economía-arte’, como dos pies de banco, más un tercero de virtudes religiosas (que a todo buen abad se le supone, como el valor al soldado), bien quisiera yo añadir a modo de pie cuarto alguna actividad intelectual plasmada en elocuencia sagrada o producción escrita. Por desgracia, la búsqueda en esa dirección ha sido vana, y no porque se hayan perdido los tesoros literarios de Rioseco, sino porque diríase que el Señor no llamó por ahí a estos hermanos. Es verdad que en el siglo XV el bajo nivel cultural del Císter castellano era alarmante, hasta que en Santa María de Huerta el Capítulo decide promover los estudios en algunos centros (1498), obviamente no tan apartados como este.
Una excepción confirmará, en cierto modo, la regla. Fray Roberto Muñiz Rodríguez, en el siglo Antonio Dionisio (1709-1803), escribió lo suficiente para figurar en la Literatura Española. Eso sí, tienen que ser manuales más bien extensos y detallados, como el de Julio Cejador, que cita las dos obras principales de este autor, al que apellida Muñiz Álvarez Baragaña, él sabría por qué.
La excepción literaria del padre Muñiz tiene más mérito, porque además de escritor fue abad. Pero por eso mismo fue excepción sólo relativa, porque como queda dicho, los abades de Rioseco fueron aves de paso. Por lo demás, Muñiz no es lo que se dice una celebridad. No le veo en la Espasa, y aunque pongo su enlace biográfico a la Wikipedia, en la entrada Avilés a la fecha no figura entre los ‘Avilesinos destacados’. Yo creo que le merecería, como natural de Sabugo y amigo de la Ilustración asturiana (Jovellanos, Campomanes...).


La primera obra algo importante de Muñiz fue Medula Histórica Cisterciense, en cuatro tomos que luego resultaron ocho (Valladolid, 1781-1791). Es pura propaganda del Císter, su origen y desarrollo, santos y santas, personajes ilustres.
Teniendo en cuenta que esa orden cultivó desde siempre la milagrería, diablería y cuentos de aparecidos, se entiende que este monje de la Ilustración se disculpe así:
«De buena gana pasaría en silencio todo aquello que la crítica de nuestros tiempos gradúa de inverosímil, o a lo menos de dudoso; pero creyendo que en esto ofendería a la piedad de mis cistercienses, y a las venerables tradiciones, … quise más anteponer la opinión piadosa a otra cualquiera que no sea evidentemente cierta en Historia…»
El resultado serán relatos que a menudo recuerdan la tramoya del popular ‘teatro de santos’. Sólo por la curiosidad de referirse a Rioseco cito esta noticia sobre San Malaquías. Éste fue un santo obispo irlandés del siglo XII, no cisterciense pero sí amigo de San Bernardo, y famoso por su supuesta ‘Profecía de los Papas’ , con los emblemas de los papas futuros hasta el fin de los tiempos (que ya toca, con este Papa Francisco, último de serie). Por alguna razón, san Malaquías tuvo virtud contra el paludismo las fiebres tercianas y cuartanas, y aquí tenemos un testimonio:
  «Por la [intercesión] del Santo Arzobispo de Hibernia Malaquías consiguen los tercianarios pronto remedio en sus enfermedades. Así lo puedo asegurar como testigo de vista, pues con sola el agua pasada por una de sus canillas, que con mucha reverencia se venera en el Relicario de este devoto Monasterio de Rioseco, han conseguido muchos verse libres de molestas enfermedades, y en particular de tercianas, y cuartanas.»
El ‘Relicario’ en cuestión es el bonito Retablo de las Reliquias (1669), que estuvo en la capilla del Cristo y hoy se halla en Nª Srª de las Nieves, en Las Machorras. Valdría la pena comprobar si la canilla milagrosa sigue allí.
Publicado el tomo cuarto de la Medula, se ve que para entonces nuestro autor le había tomado gusto a la pluma, o bien que para ciertas cosas todo es ponerse. De modo que hubo tomo 5 para las Huelgas de Burgos, el convento más importante del Císter femenino en España y uno de los más famosos de la cristiandad, por la jurisdicción señorial y cuasi episcopal que se atribuían sus abadesas. De paso escribe también la historia del Hospital Real, dependiente de las Huelgas.
Tres tomos últimos fueron para las Órdenes Militares hispanas filiales del Císter, pues san Bernardo fue muy de la guerra santa. El tomo 6 (1787) sobre Calatrava, y el 7 (1789) sobre la orden de Alcántara, los dedica a sus paisanos asturianos don Pedro Rodríguez de Campomanes y don Gaspar Melchor de Jovellanos, caballeros de Calatrava y de Alcántara respectivamente. En fin, siendo de nuevo Muñiz confesor de las monjas de Burgos, da a luz el tomo 8 (Valladolid, 1791), sobre la Orden de Montesa.
Aquí suspende su historia de las órdenes militares ibéricas para dedicarse a otra obra tambien de propaganda, y en parte de alta relación social: Biblioteca Cisterciense Española (Burgos, 1793). Abre fichero una mujer, doña Ana Francisca Abarca de Bolea Mur y Castro, abadesa de Casbas (diócesis de Huesca), de la familia del Conde de Aranda. «Consagrada a Dios en dicho Monasterio de edad de tres años», esta monja literata produjo vidas de santos, historias de milagros y otros escritos edificantes. Es un contraste notable el que se da entre el deseo de agradar a una alta sociedad ilustrada, regalista y masónica, cuyas mujeres a menudo seguían predestinadas al convento más tradicional.
La sigue muy de cerca una ficha que me ha llamado la atención, y es la de don Tiburcio de Aguirre Ayanz. Este sacerdote vitoriano fue un ilustrado y científico amateur, coleccionista de ejemplares y aparatos que daba a conocer en tertulias de sociedad. Muy vinculado a la Casa Real, fue ayo principesco y académico, pero sobre todo, para la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País que promovía el Conde de Peñaflorida, don Tiburcio fue el valedor decisivo en su aprobación como Real Sociedad, y lo mismo el Real Seminario Patriótico de Vergara. ¿Y por qué don Tiburcio en la Biblioteca Cisterciense? Porque, entre otros innumerables títulos y cargos, Frey Don Tiburcio era caballero de Alcántara.
Rioseco ha muerto: ¡Viva Rioseco!
Rioseco ya no es la pesadilla que ha sido, gracias (como siempre) al entusiasmo. Un voluntariado entusiasta y joven, muy bien orientado, se afana en la consolidación de esta reliquia insignia de Manzanedo. Estos días celebran su VI Semana del Voluntariado, pro recuperación y difusión de esta belleza tan desconocida.
Nadie piensa en reconstruir, sólo en consolidar y poner en uso y disfrute unas ruinas, digamos, ‘románticas’. Es el adjetivo que más veo repetido; y aun podría decir: yo lo vi primero así, una noche de luna llena iluminando el claustro y la espadaña. Sin caer en lugares comunes, renovemos un término desgastado para un romanticismo joven siglo XXI, ¿por qué no? Rioseco es escenario maravilloso para cualquier encuentro. Como por ejemplo, la gala ‘Fragmentos líricos’, el pasado 22 de julio, con arias de ópera poniendo a prueba con sobresaliente la acústica del templo y la solidez de sus bóvedas, que no se hundieron con los aplausos. Gala a beneficio de las obras en curso. ¡Bravo!





Importante. Otro fruto de la actividad y vida nueva en Rioseco:

Varios Autores, Jornadas del Monasterio de Rioseco. El Monasterio a través del tiempo. Burgos, 2016, 235 págs., ilustrado.



domingo, 10 de julio de 2016

Cataluña con(tra) Aragón

Meditaciones en Poblet (3)


Santa María de Poblet (Tarragona): Panteón Real
Sentado en un ángulo del crucero de la iglesia y panteón, abro mi tableta, que es como la alforja donde suelo llevar los libros de mano. Esta vez me asisten el abate Ponz, el padre Jaime Finestres y el padre Francisco Diago..., sin olvidar a Jerónimo de Blancas ni a Pujades, Don Jerónimo. Traigo también algún capítulo pertinente de la muy nacionalista Història dels Catalans, que dirigió Ferrán Soldevila Zubiburu (2ª ed., Barcelona, 1962-64. En tiempos de Franco, oiga) [1].
A don Antonio Ponz y a Finestres les pregunto cómo estaban en su tiempo los panteones reales y condales, antes del vandalismo perpetrado en 1835-37 y de ahí en adelante. Porque lo que hoy parece como recién hecho, casi lo es.  Este montaje tan meritorio de los años 40 del pasado siglo se había inaugurado hacía poco, la primera vez que estuve aquí. Más aproximado, sin duda, a la disposición original del siglo XIV, transformada en el XVII, la que conoció y  dibujó el francés A. Laborde (1806) [2].

Según Garibay, el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV el Santo (m. 1162) funda  el monasterio de Poblet en 1154, «queriendo  mudar la sepultura que sus progenitores tenían en el monasterio de Ripoll, y hacer nuevo enterramiento para sí y sus sucesores»; monasterio que sería  «sepultura de los Reyes de Aragón y cabeza de la Orden Cisterciense de los monasterios que hay de esta religión en los reinos de Aragón; y acabóle su hijo el infante Don Alonso, cuando vino a reinar» [3].
Ripoll: Cenotafio moderno de Ramón Berenguer IV (Wikipedia)
La tumba original fue profanada en la invasión napoleónica.
“En este almo cenobio de Santa María de Ripoll 
descansó en paz el cuerpo incorrupto de Ramón Berenguer IV, 
Conde de Barcelona y Príncipe de Aragón, apellidado el Santo… 
a quien todo el convento de la orden del Santo Sepulcro 
de Jerusalén, la del Santísimo Hospital 
y la veneranda Milicia del Temple 
le concedieron el reino de Aragón, 
que a ellas les fuera cedido por Alfonso I en su testamento, 
el año del Señor 1040”
El hecho es que el conde fundador fue enterrado en Ripoll, «porque no estaba aún acabado el de Poblet», como explica Blancas, o por otras razones. De modo que fue su hijo Alfonso II el Casto (rey en 1164-1196) el que estrenó este nuevo sitio funerario, seguido de Jaime I. Pero fue el rey Pedro IV de Aragón (y III de Cataluña, precisa Finestres al dar la noticia) el que crea el panteón real para su Casa de Aragón, incluyendo a aquellos dos predecesores que yacían en arcas de madera. Lo que no hizo el Ceremonioso, ni nadie, fue traer aquí los huesos condales del tatarabuelo que fundó esta iglesia.  Más tarde, cuando Aragón y Castilla se emparejan en los Reyes Católicos (1469), la función de panteón real decae, y comparten el espacio nuevos panteones catalanes de Segorbe y Cardona, emparentados con la realeza.


¿Aragón y/o Cataluña?
«Pedro IV de Aragón y III de Cataluña»: ¿cómo hay que ‘leer’ eso?  Es normal que un rey de dos o más reinos diferentes lleve numeración distinta para cada uno. Felipe II de España fue I de Portugal. También a su padre Carlos se le dice I de España y V de Alemania; pero aquí ya hay cierto equívoco, pues en España fue rey y en Alemania, o más exactamente en el Sacro Imperio Germánico, fue emperador.
Pedro el Ceremonioso (?)
Retrato ideal (h. 1427) M. de Arte de Cataluña 

Volviendo a la pregunta, la expresión invita a entender: Pedro IV como ‘rey’ de Aragón, y III como ‘conde’ en el principado de Cataluña. Principado que formaba parte de los dominios del Rey de Aragón, y en ese sentido tan cuarto era el rey Pedro aquí como allí, y en las demás partes donde reinó. Pero la cosa no es tan sencilla, pues este don Pedro, cuando ya los numerales regios sustituían a los viejos epítetos distintivos –para el caso, el Ceremonioso, o más popularmente, del Punyalet– prefirió numerarse III: en Pere Terç Rey d’Arago, o Pere Terç a secas.
En el siglo XIX la renaixença catalana inventa la expresión ‘corona catalano-aragonesa’ para rebautizar la tradicional ‘Corona de Aragón’, y de paso halagar el catalanismo propio. Como también en el mismo siglo XIX se habla por primera vez de una ‘confederación catalano-aragonesa: título de un ensayo del que fue director (y aun diz que manipulador, como su tío Próspero) del Archivo de la Corona de Aragón,  Antonio de  Bofarull y Brocá (1872) [4].
Antonio Bofarull y Brocá
Es de notar en todo ello la pretensión catalana moderna de poner a su Cataluña siempre por delante de Aragón, a veces hasta extremos risibles, aunque se los disfrace de pedagogía. Así (según artículo de la Wikipedia), la «innovación creada por Max Cahner, director de l’Enciclopèdia Catalana, de emplear la fórmula “de Catalunya-Aragó”..., que respondería a la realidad histórica del territorio, obviando así la confusión que origina el ordinal»; añadiendo que «esta innovación molesta a los aragoneses, y que es una cuestión abierta». La de los ordinales, desde luego, es cuestión abierta; pero lo de ‘Cataluña-Aragón’ no es cuestión abierta ni cerrada, fue sólo una ocurrencia de Max E. Cahner García (1936-2013), al margen de que moleste o deje de molestar a quien sea.
Procuremos nosotros quedar al margen de una polémica tan poco divertida, y un botón de muestra baste. Porque, ¿de qué estamos hablando realmente? El calentón patriótico se nos baja unos cuantos grados, si pensamos que en lo antiguo la más alta política no era cosa de ‘pueblos’ –y menos de pueblos soberanos o libres–, sino asuntos de familia entre aristócratas pata negra. A menudo se mira a Cataluña como un apéndice etno-geográfico del Lenguadoc francés y la Provenza, cuando los casales de allí, como los de Aragón, Navarra y Castilla mantenían las mismas tramas matrimoniales nacionales e internacionales.
Así en la primera mitad del siglo XI no se hacía raro  ver al conde de Barcelona Berenguer Ramón I (m. 1035) en el séquito del rey Sancho III Garcés el Mayor de Navarra, pues eran cuñados efectivos desde 1021, cuando el conde toma por mujer a Dª. Sancha Sánchez, hija de su par y colega el ‘potentísimo’ conde Sancho I García de Castilla, suegro también del navarro por su otra hija Dª. Munia o Mayor; cuñados por tanto también del hermano de éstas García II Sánchez, el nuevo y último conde castellano. Todos hermanos políticos, tan bien avenidos como dispuestos a partir peras por interés.
¿Y cómo no? Si al fin todos eran de la sangre, tan catalanes como aragoneses, tan castellano-leoneses como navarros, borgoñones, provenzales o franceses, ingleses, alemanes...
Tampoco nuestro santo conde Ramón Berenguer IV se excusó de aquellas invitaciones y recogidas de firmas por los reinos cristianos del norte peninsular. En cuyas andanzas tuvo el acierto de llevar consigo a un santo varón y obispo áulico, herencia de familia. San Olegario (+ 1137), prelado de Barcelona (1116) y luego también de Tarragona (1118), fue para él padre espiritual y asesor casamentero nada desdeñable.
En cuanto al buen pueblo, se daba por contento si le caía un buen soberano, llamárase rey, conde o señor a secas. Buen soberano de entonces, como quien dice un buen granjero,  explotador inteligente de su cortijo para provecho sostenible, sin esquilmarlo. Si, sobre eso, tenía un toque de cristiandad para con sus bestezuelas humanas, y hasta llamaba a sus súbditos ‘hijos míos’ –algunos lo eran realmente–, pues alabado sea Dios. Y por cierto, la condición del campesinado catalán y aragonés en la baja Edad Media no era de las más envidiables, en aquel sistema servil hereditario de la remença o ‘redención’ (desde el siglo XII). « El campesino está adscrito a la gleba y no puede dejarla», rezaban las ‘Costumbres de Gerona’, c. 16; salvo comprándose a sí mismo, a discreción del señor y al precio fijado por éste, sin apenas recurso legal. De eso algo escribí en Los ‘malos usos’ de Cataluña Vieja [5].
En esta perspectiva y distanciamiento es más difícil identificarse con aquellas gentes y sus ‘grandes hechos’, salvo por el esfuerzo y dolor humano que costaron; y resulta enternecedor, hilarante o enfadoso (según), leer a los que la escriben con emoción pasional. Como Martínez-Ferrando, tras el maestro Abadal  [6].
«El conde Ramón Berenguer IV es uno de nuestros máximos dirigentes políticos de todos los tiempos, uno de los más efectivos ‘forjadores de la nacionalidad’... Aquí nosotros hemos de estudiarle como al integrador de toda la Cataluña estricta –primer paso decisivo hacia la integración de todos los Países Catalanes–.»
Mal empezamos. Así no será fácil ser objetivo y racional, y hasta se harán preguntas sobre supuestos ‘enigmas históricos’, para extraer consecuencias un tanto extrañas:
«Ramón d’Abadal se ha referido antes al enigma histórico que es el hecho de que (Ramón Berenguer) no tomase el nombre de ‘rey de Cataluña’, una vez liberadas por él las tierras de la Cataluña Nueva –que nunca habían formado parte, ni siquiera nominalmente. del reino de Francia, como era el caso de Cataluña Vieja–; máxime, añadimos nosotros, cuando aquellas tierras de nueva conquista se designaban comúnmente como ‘reinos’: el reino de Tortosa, el reino de Lérida.
El enigma ya fue planteado en tiempos antiguos: Bernat Desclot en su Crónica hace decir a Berenguer el Santo, que se tiene en más siendo “el primero de los condes, que no el último de los reyes”. La frase no tiene visos de autenticidad, ni encaja en las realidades de la época…, cuando el título de rey todavía lo ostentaban soberanos de territorios muy inferiores por todos los conceptos al de Cataluña. Recordemos solamente, por no salir de nuestra Península, y dejando aparte los ‘reinos’ de taifas sarracenos (Lérida, Tortosa…), los reinos de Navarra, de Asturias y sobre todo de Aragón, el que precisamente había de adquirir nuestro conde por su casamiento con Petronila. Si bien es cierto que Berenguer el Santo nunca quiso [sic] titularse tampoco ‘rey de Aragón’, sino sólo ‘príncipe – y de ahí toma pie Desclot para atribuirle dicha frase.»
Abadal sí que creía saber el motivo de tal reserva del Santo:
«Ramón Berenguer no se atrevió a enfrentarse a los magnates feudales de Cataluña Vieja, deseosos de recordarle al soberano perpetuamente que en su origen no era más que el Conde de Barcelona, igual en dignidad feudal a los demás condes catalanes --o como mucho, un ‘primus inter pares’.
El caso es que los sucesores del Santo, no pudiendo [sic] titularse reyes de Cataluña se titularon reyes de Aragón, y así el nombre de Aragón eclipsó al de Cataluña. Todavía hoy lo eclipsa muchas veces en los manuales de historia, sobre todo en los de autor no catalán. No es más que una “cuestión de nombres”, de acuerdo, pero ha sembrado y siembra todavía muchos confusionismo, cuando habría sido tan fácil evitarlo tomando, cuando se estaba a tiempo, el título real»
«Quan tan fàcilmen s’hauria pogut evitar prenent, quan n’era l’hora, el títol reial». ¿Pero cómo podía el buen conde de Barcelona adelantarse en ocho siglos a la ensoñación nacionalista de unos burgueses de su ciudad condal en los siglos XIX-XX? Sin complicar tanto las cosas, Desclot captó mucho mejor la psicología que se revela en un bon mot pragmático, puesto en boca de Ramón Berenguer. Quien además era un ‘santo’, y no se cuidaría mucho de esas vanidades mundanas; que nos lo diga Martínez-Ferrando :
«La posteridad adornó su nombre con el calificativo de Santo, por las excepcionales virtudes cristianas que acompañaron sus talentos políticos y militares…, y por la fama (extendida por toda la Europa contemporánea) de los milagros atribuidos a sus despojos mortales. Si la Iglesia no le ha canonizado todavía oficialmente, queda igualmente como figura venerable.»
Dejemos de momento a este autor en su claroscuro histórico sobre un hecho político del siglo XII, visto por él en su perspectiva de la identidad y superioridad catalana, típica de un nacionalista del XX. Recordemos nosotros ahora la sustancia de aquel episodio de unión dinástica, en la compleja Hispania del medievo.


La difícil suma de un reino más un condado (1134-1151)
No ‘unión de Aragón y Cataluña’, cuyos territorios y gentes jamás se fusionaron. Además, de aquel tiempo no se conoce ningún ente político con el nombre oficial de  ‘Cataluña’. El término ‘Castilla’ se registra tal vez hacia el año 800, para el pequeño territorio burgalés de las Merindades de Castilla-Vieja. ‘Aragón’ aparece en 828, también para unos valles de Huesca. ‘Navarra’ se nombra por vez primera en 1087, con similar limitación (Tafalla, Olite…; no todavía Pamplona ni Estella, Sangüesa, Tudela). La actual Navarra se lee a partir de 1164, aunque todavía a principios del siglo XIII los de Tudela no se consideraban navarros. 
‘Cataluña’ como corónimo o nombre de país no se documenta hasta entrado el siglo XII: más moderno, por tanto, que Navarra, Aragón y Castilla. Un país que, como los otros citados, en principio sería más reducido que lo fue después, cuando cobra dimensión política. En documentos de archivo privados, Cataluña no va más allá de mediados de aquel siglo XII [7]. Y para la diplomática ‘catalana’, Cataluña no existe hasta Alfonso II de Aragón. Su testamento, donde figura la expresión «en toda Cataluña», es de 1194. Pero la ‘toda Cataluña’ de Alfonso no igualaba en extensión la de su nieto Jaime I, cuando se plantea el problema de definirla, por ejemplo, buscando «argumentos para imponer la ‘catalanidad’ de Lérida» [8].
El Liber Maiolichinus (Libro Mallorquín) es un poema épico-bélico latino de origen italiano (Pisa), compuesto h. 1120, que tiene de particular ser el primer documento donde aparece el término  ‘catalán’ (Catalanensis, Catalanicus), aplicado a personas, tierras y riberas de ‘Catalania’. Allí los catalanes, con su heroico conde, son cristianos aliados y meros  auxiliares  de los protagonistas, que son los  pisanos (según el poema), contra la piratería de la morisma insular baleárica (1113-1115). De dónde venía ese nombre de catalanes y su Catalania, qué significaba, parece que nadie lo sabe a ciencia cierta. Un apodo entre la gente de guerra, tal vez [9].
El término Cataluña –de origen ignoto y posiblemente foráneo– hizo fortuna rápida, tal vez por la comodidad de resumir la retahíla de condados, señoríos, obispados y demás entes políticos que configuraban un estado bajo un soberano, con la ventaja de no molestar a nadie con la preeminencia de Barcelona. Un nombre ‘nacional’ –en el sentido que entonces tenía la ‘natio’ en las universidades, los concilios y asambleas o cortes generales– dentro de la Corona de Aragón se hizo necesario para la autoafirmación de una nobleza, clero y curiales con sus intereses propios, frente a sus colegas aragoneses. Y no dejaría de tener su humorismo el que ‘catalán’ fuese en origen la misma palabra  que ‘castellano’, según una de las propuestas atendibles.
En la propia realeza se nota también (Jaime I, Pedro IV) cierto complejo ante la paradoja de ser su monarquía aragonesa más joven que la navarra, y las dos más nuevas que su dinastía condal. ‘Cataluña’ se divulgará sobre todo con la historiografía áulica, que fue predominantemente catalana [10].
De modo que, puestos a ser rigurosos, hablar de condes catalanes o de Principado de Cataluña antes de los años 1170 sería tan anacrónico como referirse a los foralistas vascongados de los siglos XVIII-XIX como defensores de los derechos históricos de Euskadi [11].   
Aclarado ese término del binomio, ¿en qué consistió la unión? Próspero de Bofarull y Mascaró, tras hacer papilla épica del Conde de Barcelona Ramón Berenguer III el Grande, hace lo mismo con su sucesor [12]:

                                                 ... el Santo
Ramón Berenguer Cuarto, su hijo, imita
el ínclito dechado que le excita.
Doblan el cuello a sus heroicidades
de Lérida y Tortosa las ciudades:
No hallando resistencia,
temblar hizo al rey moro de Valencia.
Más poderoso príncipe de España
en cuanto Vesta incluye y Tetis baña,
a su calificada varonía
enlaza de Aragón la monarquía,
dando en su edad primera
la mano a Petronila su heredera.
Del tálamo fecundo
Alfonso el Casto sale a luz, segundo
de Aragón, y primero en Cataluña:


Luego tratará de aclarar esto último en prosa, enturbiándolo más si cabe [13]:


«Gobernaba en este tiempo el condado el sucesor de Wifredo por línea masculina D, Ramón Berenguer IV, que enlazó con Doña Petronila de Aragón , hija y heredera del rey D. Ramiro el Monje, y reunió con este matrimonio en su muerte y de su esposa las dos coronas en las sienes de su hijo D. Alfonso el Casto, I de Barcelona y II de Aragón.»


Veamos. Ramón Berenguer IV, que se sepa, nunca mencionó en sus documentos a Cataluña. Además, ‘I de Barcelona’ y ‘I de Cataluña’ no es lo mismo ni intercambiable. Los condes venían siendo de Barcelona, no de una Cataluña desconocida hasta el siglo XII. Lo de «las dos coronas en las sienes» es metáfora, porque los reyes de Aragón todavía en tiempos de Alfonso II y algo después no usaron corona, y menos los viejos condes, cuyas coronas emblemáticas introducirá la heráldica. Tampoco es cierto que Alfonso tuvo que esperar al fallecimiento de su madre Petronila para ser a la vez rey y conde, pues ella abdicó de ambos títulos en el hijo en 1164, y no murió hasta 1173. Bofarull no nos conviene para guía en un vericueto histórico ya de por sí difícil. Si lo he citado aquí (y en otra ocasión) es en gracia a sus ripios mnemotécnicos tan curiosos.  
En 1134 muere Alfonso I el Batallador, rey de Pamplona y de Aragón. En su testamento (1131), al no tener descendencia, dejaba sus dos reinos a las tres órdenes militares de Jerusalén: el Santo Sepulcro, el Hospital de San Juan y los Templarios.
Semejante extravagancia sólo cayó bien en Jerusalén y en Roma. A los nobles navarros y aragoneses no les hizo la menor gracia.  ¿Órdenes militares? Todo el mundo había oído hablar de ellas, pero como cosa nueva, y hasta el propio rey Alfonso había fundado una ‘Militia Christi de Monreal’ (1124). Sólo faltaba que ahora, desde Jerusalén, aquellos entes cuasi monásticos se apoderaran del reino, incluidos señoríos que todavía eran tenencias reales, no propiedades hereditarias. Además, aquella cesión era ilegal, el rey cedía cosas que no eran suyas. Nadie en Aragón o Navarra, ni tampoco en León y Castilla, pensó en cumplir tal voluntad de un testador ya raro también como persona.
Sale al quite Alfonso VII de León, el Emperador, hijastro del difunto, denunciando el testamento como descendiente legítimo de Sancho el Mayor. Pero esta salida también se rechazó como peligrosa. Así los navarros por su cuenta aclamaron rey de Pamplona a un nieto del Cid, García Ramírez (1134-1150), separándose de Aragón, mientras los aragoneses reconocían al hermano menor de Alfonso I, el monje Ramiro.
Ramiro II había sido destinado al convento desde muy joven. «Falso y mal monje» en sus primeros  tiempos de novicio, y de poco seso incluso para su poca edad –según la chismografía monacal–, algo debió de progresar cuando, en disputada vacante, salió electo obispo de Burgos (1119), y pendiente el caso sin él renunciar, resultó electo también de Barbastro (1134), el año mismo en que sucede a Alfonso. Ramiro era a la sazón prior del monasterio de San Pedro el Viejo de Huesca. Monje vocacional, aquel compromiso era para él un contratiempo.
En Aragón, el clérigo y la mujer podía heredar y transmitir la realeza, pero no ejercerla como tal poder real. Ramiro buscó primero prohijar al nuevo rey de Pamplona García Ramírez (1135), para que gobernase Aragón con derecho recíproco de sucesión. Este intento de reunir ambos reinos fracasa, en parte por culpa del navarro y también de una parte de la nobleza aragonesa, que se rebela. Ramiro hizo tal escarmiento (reflejado en la leyenda de ‘La Campana de Huesca’), que tuvo que ponerse en salvo hasta que escampó.
Quedaba la solución menos grata para él: el matrimonio, apremiante porque el papa Inocencio II instaba a cumplir el testamento de Alfonso I en favor de las órdenes militares. Obtenida dispensa papal, Ramiro II se casa (1135/36) con una hija del duque de Aquitania Guillermo II, Inés de Poitou, y pronto les nace en Huesca una hija, Petronila (1136-1173).
Esta criatura abrió el apetito político de varios pretendientes y puso en danza la combinatoria matrimonial; pero la fórmula del contrato tenía que salvar la corona aragonesa, lo que enfriaba un tanto las expectativas de Navarra y de Castilla. Sólo Ramón Berenguer de Barcelona se avino finalmente a los términos (1137), aunque el compromiso del conde con la criatura de apenas dos años no se formaliza en matrimonio hasta la edad núbil de la princesa (1150/51).
Ramiro no pone en duda la plenitud de su realeza ni se hace reserva alguna sobre el testamento de su hermano a las Órdenes: un legado que sólo el Papa podía resolver. Respecto a su propio matrimonio, misión cumplida. La reina Inés será devuelta a su tierra, para monja o cuasi monja en Fontevraud.
En cuanto al rey, a los esponsales de Berenguer Ramón con Petronila se produce la renuncia de Ramiro II al ejercicio de la potestad regia para volver a su vida monástica, aunque conservando de por vida el título, que sólo  a su muerte pasará a Petronila, y a través de ella al heredero varón que la herede. De no darse estas previsiones, por premuerte de la esposa o a falta de hijo varón, el reino de Aragón será para el Conde. Entre tanto, éste ejercería en plenitud la potestad regia, en vez de la esposa (incapaz por derecho de Aragón), pero no con título de rey. De hecho, el título que Ramón Berenguer usó para el caso fue el de ‘Príncipe’, al que añadió el de ‘Dominador de Aragón’, que podría reflejar, según algunos, su presunción personal de derechos, pues el conde por su parte hizo gestiones en Roma y ante las Órdenes Militares para que le cedieran los eventuales dimanados del testamento de Alfonso I.
Esta solución diseñada por la cancillería de Ramiro II, tan errática en apariencia, la explican exegetas aragoneses por la peculiar figura del ‘matrimonio en casa’, que convertía al marido en virtual miembro de la familia  como conservador varón del casal. Teoría razonable, y aunque se objeta que no está documentada hasta más tarde, no quiere eso decir que no existiera de antes.

Genealogía de los Reyes de Aragón (‘Rollo de Poblet’)

Pergamino, Anónimo h. 1400. (PD-Art-Wikipedia)

'Ramón Berenguer Conde' (con orbe de soberanía, 

pero sin corona, ofrece anillo nupcial a 'Peronella

Reina', con orbe, cetro, corona y título real. Padres

de 'Alfonso Rey', con los atributos y título regio de

la línea materna
Lo que no deja duda es el mecanismo de precisión que funcionó de hecho hasta que el título masculino ‘rey de Aragón’ renace, como el ave fénix, en la persona del hijo de Petronila y Ramón, Alfonso II. Al efecto, la madre en trance de parto otorga testamento  en Barcelona (4 de abril 1152) repitiendo las mismas condiciones que había dictado su padre Ramiro II, para la transmisión del numen o carisma regio aragonés, separable en cuanto al ejercicio del dominio o potestad regia, que siempre quedó en manos del hombre de la casa, el conde Ramón Berenguer, mientras vivió.
Ramón Berenguer IV muere en 1162 dejando viuda a Petronila hasta 1173. Es notable que el conde llamaba a su hijo Ramón, que para la madre y fue siempre Alfonso, y para él mismo. La viudedad de la reina creaba, desde un punto de vista jurídico aragonés, una especie de interregno, que ella se apresura a cerrar en 1164, abdicando como «aragonensis Regina et barchinonensis comitissa, uxor que fuit venerabilis Raimundi Berengarii comitis barchinonensis et principis aragonensis» en favor del hijo ya adulto y capaz de gobierno. Y cosa notable, para evitar cualquier equívoco le llama por su nombre, «Alfonso, que en el testamento de dicho mi marido te llamas Raimundo» (qui in testamento eiusdem viri mei vocaris Raymundo).
A todo esto, ni palabra todavía de ‘Cataluña’ en el uso diplomático. Con que mal se puede hablar de monarquía catalano-aragonesa, ni siquiera invirtiendo el orden. El ‘Rey de Aragón’ lo será siempre y sólo de Aragón, y su emblema personal será ‘el Señal del Rey de Aragón’, o sea los ‘palos de Aragón’ –cuatro de gules sobre cinco de oro que son el campo. Que esta insignia heráldica, una de las más antiguas de Europa, sea catalana, aragonesa, pontificia o de otro origen, digamos que aquí, para entre nos, “no toca”.
Los que la vida separó, no los una la sepultura

Heme aquí ante lo que queda del monumento de D. Alfonso V (rey de Aragón, 1416-1458). La estatua orante ha desaparecido junto con su dosel carmesí, pero queda el pedestal con inscripción elegante, aunque maltratada, que le presenta así (en latín):
Alfonso V Rey Serenísimo de Aragón y de Nápoles
por las eximias dotes de valor guerrero
de sobrenombre el Magnánimo
murió en la subyugada Nápoles
en 28 de Junio, Año de MCDLVIII
Sigue diciendo la lápida que mandó por testamento depositar su cuerpo junto al altar de San Pedro Mártir, y transportarlo al panteón regio de Santa María de Poblet. Aparcada la orden regia durante 210 años, D. Pedro Antonio de Aragón, Duque de Segorbe y de Cardona, Virrey de Nápoles hizo las gestiones conducentes, en 1671, a reunir bajo nueva lápida los huesos de tan gran Rey y los de su mujer la Reina Dª. María.
La última indicación es equívoca, porque Dª. María de Castilla ( Valencia 4 oct. 1458)  se hizo enterrar  en su querido convento de clarisas de la Trinidad, donde solía retirarse con las monjas. Don Pedro creyó que la reina estaba en Poblet, pero no era así. Se ve que la lápida ya estaba labrada, y así lo dejaron.
Doña María es una figura histórica mal conocida, salvo en su condición de esposa estéril y altiva en su humillación y amargura por un marido siempre ausente, bien atendido en lo sentimental por su amante napolitana, en la que tiene a su bastardo heredero de Nápoles, Fernando I, más dos hijas. En lo que sigue, dependo de la prof. Earenfight, medievalista y especialistas en reinas. Su ensayo sobre María de Castilla es imprescindible para alumbrar una zona histórica de penumbra [15].
El rey y la reina eran primos hermanos. Les casó en Valencia el papa Benedicto XIII (12 oct. 1415). Ella, hija de Enrique III el Doliente y de Catalina de Lancaster y Castilla. Como hermana mayor de Juan II, había sido Princesa de Asturias hasta que él nació.   ‘Matrimonio político’, dicen. Matrimonios políticos eran todos, pero los hubo más felices. María fue mujer de poca salud, picada de viruelas y de pubertad tardía.
Educada en todo a la castellana, de su madre Catalina, nieta de Pedro I el Cruel, aprendió el arte de gobernar. Aprendió también el catalán desde su llegada a Cataluña, a los 14 años, como instrumento político y adoptó mentalidad aragonesa y catalana, dejando las maneras de Castilla.
La reina Dª María de Castilla preside en Barcelona la presentación de un libro.
Miniatura de Bernat Martorell, Commentaria super Usaticis Barchinone (1448)
Y a fe que tiempo no le faltó para demostrar sus dotes de gobierno. Ausente Alfonso en Italia a la conquista y gobierno de Nápoles, y establecida allí su corte como príncipe o tirano del Renacimiento, María gobierna como su ‘lugarteniente general’ a este lado del mar (1420-23 y 1432-53). Que el nombre no nos confunda, nada de ejecutora teledirigida. La lugartenencia por mujeres, típica de la Corona de Aragón en su expansión mediterránea, fue singular, y el caso de María fue tal vez único en toda Europa.
Aunque trabajó en coordinación con el rey, éste la designaba como ‘alter Nos’, y ella  tuvo que hacer frente a situaciones imprevistas y tomar decisiones que casi siempre fueron confirmadas desde allende la mar. Para su cancillería de aquende y para el pueblo, María era la reina a todos los efectos. Admirable su correspondencia con Alfonso. Sin cartas íntimas, sin una sola carta de amor. Admirable.
Aguantó con estoicismo la infidelidad del marido, viviendo ella como esposa-viuda, sin escándalo, buscando a temporadas el sosiego en compañía de monjas, a las que en cierto modo envidió. Gobernó como un rey y vivió como una santa. Su esterilidad la relegó al olvido de los historiadores, incluso del gran Zurita (algo misógino, a lo que parece). Sin embargo le tocó lidiar una política complicada, con revuelta de los payeses de la remença. Esa penumbra contrasta con la riqueza documental, estimada en más de 10.000 documentos en Barcelona y Valencia. Para los historiadores catalanes, Alfonso fue un monarca italiano, y a sus historiadores italianos les importó poco lo no italiano. En cuanto a los modernos, pensando en términos de lugartenencia, no han entendido el poder autónomo de la reina.
María tuvo su papel también de mecenas, patrocinando un círculo literario al que perteneció Juan Martorell, el de Tirant lo Blanc, y en la Trinidad de Valencia la cuidaba el médico Jaime Roig, autor de L’Espill, o Libre de les Dones, en incisivos versos satíricos contra las mujeres. A éste replicó Isabel de Villena, sobrina del marqués don Enrique de Villena y monja clarisa por dotación de María, con una Vida De Cristo dedicada a la reina Isabel I de Castilla, donde incluye una defensa de la mujer.
En su gobierno, María tuvo a veces la colaboración de la nobleza catalana, pero otras más sufrió la oposición de las Corts o la Diputació, celosas guardianas de los fueros de los magnates frente a la Corona. Al final de su vida (1448-1453) tuvo que lidiar también con la revuelta campesina, y antes con la situación comprometida de su marido preso en la batalla de Ponza (1435), cuyo rescate tuvo ella que negociar con las Cortes.
La revuelta de 1447 (sobre manumisión de los payeses de remença) encendió la mecha latente para la guerra civil de 1462-72, en el siguiente reinado. En este conflicto, María entendió al campesinado y estuvo de su parte, tratando directamente con sus síndicos, haciendo aplicar los decretos de manumisión y castigando a los burgueses y nobles reticentes, fuesen seglares o eclesiásticos (éstos, alguna vez, los más duros de pelar). Fue Alfonso V el que finalmente y contra el consejo de la reina María, por oportunismo político se opuso a la manumisión o ‘redención’, creando un «tensión insostenible que empeoró bajo su sucesor y hermano el autoritario  Juan II de Aragón (1458-79)», quien a su vez tuvo como reina lugarteniente general  a Juana Enríquez. Dos reinas con mando, que sentaron precedente para la carrera extraordinaria de su descendiente Isabel la Católica.
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Notas:
[1] Antonio Ponz, Viage de España. Tomo 14 (1ª ed.) Trata de Cataluña. Madrid, 1788. Jaime Finestres, Historia del Real Monasterio de Poblet. Cervera, 1753-1756, 4 tomos: T. 1; T. 2; T. 3; T. 4. Francisco Diago, Historia de los Victoriosissimos Antiguos Condes de Barcelona. Barcelona, 1603. Jerónimo de Blancas, Aragonensium rerum Commentarii.  Zaragoza, 1588. Trad. de M. Hernández: Comentarios de las cosas de Aragón. Zaragoza, 1878. Jerónimo Pujades, Coronica Vniversal del Principat de Cathalunya. Barcelona, 1609. F. Soldevila (Dir.), Història dels Catalans
[2] Alexandre de Laborde, Voyage pittoresque et historique de l'Espagne. París, 1806-1820. Cfr. Francisco J. Parcerisa, Recuerdos y bellezas de España. Barcelona. ‘Cataluña’, tomo 1 (1839), págs. 241 y sigs.; tomo 2 (1848), págs. 292-294; ‘Panteón de Poblet antes de su destrucción’..
[3] Esteban de Garibay, Compendio Historial, lib. 32, cap. 2.
[4] A. Bofarull y Brocá, La Confederación Catalano-Aragonesa, realizada en el período más notable del gobierno del Conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV.  Barcelona, 1872 (Incluye una Colección de Documentos Justificativos en latín).
[5] Cfr. Luis Pérez de los Cobos, “La primera revolución del campesinado español. Payeses de remensa.” Anales de la Universidad de Murcia (Derecho), 30/3-4 (1972): 255-266.
[6] J. Ernest Martínez-Ferrando, en Historia dels Catalans, o. cit., ‘Baixa Edat Mitjana’; ed. cit., 2: 994.
[7] Antonio Ubieto Arteta, Historia de Aragón. Tomo 1: La formación territorial. Zaragoza, Anubar, 1981.   O. cit., pág. 209, remitiéndose a Paul Aebischer, Études de toponymie catalane. Barcelona, 1926. Aquí aparece, por ejemplo, el apellido ‘Catalán’: Guillelmus Catalanus o Catalani (1156). V. también Josefina Mateu Ibars, Fuentes toponímicas en los pergaminos condales de Cancillería del Archivo de la Corona de Aragón (s. IX-XII) y su valoración histórica. Edicions Universitat Barcelona, 1999, págs. 93-94.]
[8] «En mi reino de Aragón, … en todo el condado de Barcelona, … en el condado del Rosellón, … y en toda Catalunia». Ubieto Arteta, o. cit., págs. 210 y 233.
[9] Liber Maiolichinus De gestis Pisanorum illustribus. Edic. de Carlo Calisse. Roma, 1904. Desde esta orilla del mar, obviamente, aquella fue una empresa catalana, con Ramón Berenguer III de protagonista.  Cfr. Joan Armangué Herrero, “El ‘liber maiolichinus de gestis pisanorum illustribus’ (s. XII)”, Quadernos de la Selva, 14 (2002): 272-278.
[10] Cfr. Stefano Mª. Cingolani, “Tradiciones e idiosincracias (sic). Las relaciones entre Cataluña y Aragón en la Historiografía (siglos XI-XIII)”; en (A. Sesma Muñoz, dir.) La Corona de Aragón en el centro de su Historia (1208-1458). La Monarquía aragonesa y los reinos de la Corona.  Zaragoza y Monzón, 1 al 4 de diciembre del 2008; págs. 255-269.
[11] Ubieto Arteta, o. cit., pág. 209.
[12] P. Bofarull y Mascaró, Los condes de Barcelona vindicados. Barcelona, 1836; t. 1: 10-11. (Obra dedicada ‘Al Sr. D. Fernando IV de Barcelona y Aragón, VII de Castilla).
[13] Ibíd., Introducción, pág. v.
[14] Cfr. Ubieto Arteta, o. cit., pág 138 y sigs.
[15] Theresa Earenfight, The King’s Other Body: Maria of Castile and the Crown of Aragon (El otro Cuerpo del Rey: María de Castilla y la Corona de Aragón). Univ. of Pennsylvania Press, 2010. Cap. 1. ‘Alter Nos: La lugartenencia de María de Castilla’, págs. 1-18.