miércoles, 29 de julio de 2009

A vueltas con lo vasco




 

Por una experiencia estrictamente familiar, tengo la idea de que el término 'vasco', tan extendido hoy, estaba mucho más restringido en la época de mis abuelos. Recordando …, me queda la impresión de que para ellos el término 'vasco' era algo que sólo usaban para 'pelota vasca', para 'Pais Vasco' (el de Francia), y poco más. Que la idea de 'cultura vasca' es algo que les hubiera producido una carcajada, y que el término aplicado a una persona les hubiera resultado directamente ofensivo.
La pregunta es: ¿En qué contexto / significado figura el término 'vasco' en la literatura de, digamos, antes … de Arana? ¿Aparece con su significado moderno con alguna frecuencia?
Por supuesto, digo esctrictamente 'vasco'. No vale ni euskérico, ni euskalerríaco, ni vascongado, ni cualquier otra variable que podría parecer comparable, pero es bien distinta.

Esto decía y preguntaba PLAZAEME (27 de julio, 20:43), como puede verse completo en su lugar, junto con mi respuesta de alcance, donde le ofrecí tocar el tema, no sin antes «invocar a santa Ana y a los Catorce Auxiliadores».
Ahora (resuelto un problema de conectividad a Internet), he ahí la pregunta y mi reflexión, bien poco autorizada en verdad, sobre esa faceta de la 'cuestión vasca'.

1. Si se permite empezar con una boutade, el término vasco es traducción del alemán, die Basken, baskisch, 'los vascos', 'lo vasco', a través del francés, basque. Es un modo de recordar que los vascos del siglo XIX se enteraron de que también podían denominarse así, porque así era como les llamaban estudiosos foráneos de la etnia y lengua éuscara o vascongada, como el alemán Alejandro de Humboldt (1769-1859)(foto), o el francés Luis Luciano Bonaparte (1813-1891).
No obstante, la prioridad de hecho respecto a España fue francesa. Basques era sinónimos de aquitanos, los franceses de Aquitania-Gascuña, incluido el Pays Basque. El origen del término es oscuro, aunque es patente su relación con gascón, equivalente a vascón. No faltó la seudoetimología: basco, de baso, monte (la gente montaraz).

2. Antiguamente los nombres de pueblos y gentes eran plurales: Vascones. En los autores latinos, eran una de las 'tribus' entre el Pirineo occidental y el Ebro, junto con los Varduli, Caristii y Autrigones. Superpuestos al mapa moderno regional, es debatida la correspondencia con las provincias de Navarra, Guipúzcoa, Vizcaya nuclear y Encartaciones/Mena/Merindades de Castilla-Vieja.
Este esquema deja fuera a los vascos franceses (lo que ahora llaman los nacionalistas Iparralde). Algún tiempo se supuso que eran 'invasores', procedentes del país vasco-navarro español (lo que ahora se llama en nacionalista Egoalde). Coincidiendo en parte con esa idea, la citada prioridad del francés basque respecto al español vasco ha hecho que a menudo 'vasco' haya significado 'vasco francés', o bien como adjetivo, lo propio de allí.

3. La gente de 'aquí' se llamaron primero vascones (o báscones). La toponimia de repoblación medieval registra nombres relacionados, como Báscones, Vasconcillos, Bascuñana (Basconiana) etc. En toda la época goda y hasta la Baja Edad Media se habla de vascones. En el siglo XV aparece vizcaíno, que terminará suplantando a vascón. Pero, como me hace notar Jon Juaristi*, en Lope García de Salazar era todavía término nobiliario, reservado a las Familias de los 'Parientes Mayores' que se repartían el señorío. Liquidadas las guerras banderizas, vizcaíno se extiende a todos los naturales de Vizcaya, y aun a todo el País Vasco, donde se hablaba el 'vizcaíno' o vascuence (eusquera).
Una consecuencia de tal generalización fue que el sello nobiliario del término se generalizó en forma de 'hidalguía general', que funcionó como privilegio foral hasta la abolición de los estamentos nobiliarios. Para toda Cantabria y Castilla, vizcaínos eran todos los que hablaban el vizcaíno o vascuence, a menudo con connotaciones no tan positivas. (Ya Iturriza recogió la 'etimología' Bizcaínos, bis Caines –doblemente Caínes−, tan improbable para puesta en la augusta boca de nuestro frustrado conquistador romano.)

4. En la época de la Ilustración (siglo XVIII) se usa mucho el término 'vascongado'. A algunos les ha molestado ese nombre, y recuerdo que el desaparecido filólogo Hendrike (no sé si lo escribo bien) Knörr arremetía contra la denominación 'Provincias Vascongadas', suponiéndola más joven de lo que es, pero sobre todo atribuyéndole valor, que no tiene, de sujeto pasivo: «¿vascongadas, por quién?», preguntaba retóricamente. ('Vascongado' existe al menos desde el siglo XVI.)
De aquel siglo XVIII data la todavía viva Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, con el lema bíblico juaneo (1 Juan, 5: 7-8), Irurac bat, mero deseo piadoso, por lo que respecta a las tres Provincias Vascongadas. La difusión de sociedades ilustradas filiales o similares dio pie a la extensión Laurac bat, comprendiendo también a Navarra, pero no con el anhelo anexionista de hoy, ni nada parecido.

5. El primer romanticismo, con Herder (m. en 1803, un siglo antes que Sabino Arana) supondrá un redescubrimiento del 'pueblo de los Vascos', con todas sus consecuencias ideológico-políticas, pero también como cosa de interés científico, en especial en la lengua. Humboldt, el gran científico universal romántico, fue también el divulgador universal del término 'vasco', aplicado a unas gentes y a su lengua. Humboldt era prusiano, pero aparte de conocer el español, la lengua científica de la época era el francés.
A fines de aquel siglo XVIII y principios del XIX ya la influencia francesa ha introducido aquí el galicismo 'vasco'. Pero un Mogel, o un Astarloa, todavía no dicen, por ejemplo, «Fulano es vasco», o «nosotros los vascos». Lo emplean como adjetivo, sobre todo para la lengua vasca, la que antes se llamaba lengua vizcaína o vascongada y vascuence. Vascuence (del adverbio latino vasconice, 'a la [manera] vascona') es el equivalente literal castellano de eusquera; pero 'el vascuence' ha tenido también la acepción geográfica de 'el territorio donde domina el vascuence'.
Aquella primera entrada tímida de 'vasco' al sur de Pirineos será seguida por la incursión en tromba del mismo término, ya en la época romántica, y su implantación en la post-romántica, es decir, a lo largo del siglo XIX. 'Vasco' seguirá siendo adjetivo; pero más importante es su consagración como sustantivo, suplantando a los viejos términos como nombre principal gentilicio: los vascos. Así el navarro Navarro Villoslada subtitula su novela romántica imaginaria, Amaya, o los Vascos en el siglo VIII (desde 1877).
Es por otra parte una época empapada en las fantasías y paparruchas dieciochescas del 'celtismo-druidismo' y las supercherías osiánicas. Dejado el estudio de lo vasco en manos de diletantes, el resultado se puede imaginar.

6. Todo esto es anterior a Sabino Arana y al nacionalismo vasco. Los vascólogos, que escriben, hablan y piensan fundamentalmente en términos y categorías, digamos, erdéricas, no-vascas, usarán 'vasco' como término principal, en paridad con 'vascongado' como adjetivo, reservando para momentos más líricos términos como 'vascón', 'éuscaro', 'euscariano' y otros. Unamuno, por ejemplo, en artículos escritos por los años 80, que recogerá en De mi País («País Vasco»), puede decir indistintamente «nosotros los vascongados», o bien «los vascos».
En cuanto a euscaldun, que de suyo designa al 'dotado de vascuence' o poseedor de la lengua vasca, al cavilador Sabino Arana le pareció que, en un momento en que muchos vascos no eran 'euskaldunes', convenía inventar término para ellos, ya que a todos iba dirigida la buena nueva de la patria nacional, Euzkadi*. De ahí surgió el neologismo sabiniano euzkotarra (oriundo de Euzkadi). Sin embargo, Arana como político no estuvo muy volcado en los vascos, sino en los vizcaínos o bizkaitarras. Su Partido Nacionalista Vasco tuvo como nombre de origen JELZ, acrónimo de Jaungoikoa Eta Legi-Zarrak (Dios y Leyes Viejas). De hecho, el afiliado o simpatizante del partido, y el propio partido, se llama jeltzale. En los años 70-80, Unamuno es más 'vasquista' que Arana.
Arana muere en 1903. Desde principio del siglo hasta 1920 aproximadamente, lo 'vasco' cobra y goza de gran prestigio, no necesariamente nacionalista. Se funda la Sociedad de Estudios Vascos, una Academia de la Lengua Vasca.

7. PLAZAEME en su exordio se ha referido a experiencias personales limitadas. Más o menos, todo es limitado, relativo, concreto y, sobre todo, mudable. El reciente fraude de Veleia, con todo lo lamentable y grotesco que ha sido, tiene al menos una enseñanza. Las inscripciones en vascuence, saludadas con inexplicable alborozo por una autoridad académica como el citado Knörr, se vinieron abajo en cuanto alguien inteligente las leyó y… las entendió. Bastante milagro es el eusquera real, como para colgarle ese milagro imposible, a saber, una fijeza que permitiera a un escritor del siglo III-IV comunicarse con cierta fluidez con lectores del XXI, cuando un euskaldun corriente de hoy tropieza en los textos vascos del siglo XVI-XVII. Todo evoluciona, hasta las lenguas milenarias, y también los vascos que, de puro antiguos, «no datamos». En efecto, pasa lo mismo con la 'raza'. Físicamente, los vascos como grupo humano son semejantes a su entorno racial atlanto-mediterráneo, aunque un acusado aislamiento haya acentuado algunas diferencias desde época incierta. La hipótesis de una raza preindoeuropea relíctica está en entredicho. Una tipología 'vasca' es más clara para los pintores y escultores post-románticos que para los antropólogos.
Visto muy por encima el origen intelectual de 'vasco' en su acepción moderna, tampoco debe sorprendernos, por una parte, cierta evolución semántica en este tiempo de unos 200 años, y por otra, la asimilación desigual de voces y acepciones en distintas áreas, momentos y hasta pueblos o barrios.
Al término euscaldún se opone erdeldún (ya discutido aquí en otra ocasión), que significa 'el que posee el no-vascuence'. Es pues ante todo una referencia lingüística. Sin embargo, en Caro Baroja leo que, siendo niño, en Vera de Bidasoa, algunos lo aplicaban a modas de vestir exóticas, 'no vascas'. Me dice Juaristi que en Maeztu, donde veraneaba, los veraneantes eran los 'vascos'. Y yo mismo recuerdo de niño y joven haber oído en la familia y entorno expresiones como 'muy vasco', para referirse a gente destacada por su acento, modismos de lenguaje o formas de vestir aldeanas (mujeres 'de pañuelo a la cabeza', bien entendido, el pañuelo negro con orejitas, que tan magistralmente se anudaba la madre de mi aña, aldeana ayalesa).
Finalmente, como curiosidad, recuerdo por los años 40 el uso corriente de vasco como sinónimo de bueno o excelente; pero jamás oído por mí en el País Vasco, sino en tierras de León.

8. Ser o no ser vasco (Espasa, 1998), es una recolección de artículos de don Julio Caro Baroja; un titulo puesto, a lo que veo, por el compilador y amigo mío Antonio Carreira. Se puede ser vasco como ser judío: quien dice que lo es. Se puede ser vasco como ser bilbaíno: naciendo donde a uno le da la gana. Se puede incluso ser y no ser vasco al mismo tiempo, como es mi caso: vasco, como nacido en Vasconia, hijo de padres vascos en igual sentido, ciudadano de la Comunidad Autónoma Vasca; pero no-vasco, por no tener ni un solo apellido vasco conocido, ningún antepasado vasco demostrable, y desde luego, por no experimentar en absoluto ciertos pálpitos que los que se nombran abertzales aseguran sentir, en relación con 'lo nuestro, lo vasco'. En esto último, como en identificar 'lo vasco' como 'lo nuestro', lo identitario frente a 'los otros', renuncio a toda pretensión de vasquidad, incluso ante testigos y notario, si no hay otro remedio.

* Agradezco a Jon su información y datos sobre el tema, sin hacerle responsable de errores, deformaciones y malentendidos, exclusivamente míos. La bibliografía de Jon Juaristi es bien conocida y asequible.

** El neologismo sabiniano Euzkadi se ha criticado como incorrecto, porque el sufijo –adi es propio de especies vegetales. Sin decir que la palabra me guste ni poco ni mucho, pienso que Arana pudo inspirarse en gizadi, 'gentío'.


domingo, 26 de julio de 2009

Hoy, Santa Ana


A mi Ana, y a todas las Anas.

Vergine madre, figlia del tuo figlio. Con este par bien puesto de oximorones abre San Bernardo su panegírico en honor de María, desde el púlpito del empíreo, ante la Corte Celestial. Al menos, eso dice Dante que vio y oyó, al abrir el último canto de su Comedia.

Entre los oyentes del Doctor Melifluo, una Matrona reventando de orgullo pasea la vista por aquel excelso auditorio, como diciendo a todos los inmortales: «¿Qué os parece? Maravilloso, ¿verdad? ¡Pues la madre y la abuela SOY YO…!»

En efecto, la Matrona no se sienta en un lugar cualquiera, sino a juego con San Pedro, nada menos:

Di contr' a Pietro vedi seder Anna,
tanto contenta di mirar sua figlia,
che non move occhi per cantare 'Osanna'.

Disculpable ripio: Ana… 'Hosana'. ¿Y por qué había de virar los ojos una santa para entonar el 'hosana'? Quiere decirnos el divino Alighieri, que tan embelesada estaba la buena Señora oyendo las alabanzas de su Hija, que ni se acordó de volver la vista al trono del Dios Trino para rendir alabanza. Disculpable ripio en el poeta, y disculpable falta de protocolo en la Santa.

En la mitología cristiana, Santa Ana vino a ocupar el lugar de alguna diosa desplazada. Lo que no sabemos es de quién. Teniendo en cuenta su función parental, se ha pensado en distintas divinidades genésicas, patronas de la fecundidad, la gestación y el parto.

Pero por la fonética del nombre, la figura más parecida sería la itálica Anna, si ésta misma no fuese un misterio. Anna Porenna se hizo más popular como Perenna, porque en latín daba juego de palabras: la 'Patrona de Todo el Año, y de Todos los Años'.Mejorando el desiderátum de Alicia, que se conformaba con celebrar el no-cumpleaños, Anna no descansaba un solo día, aunque sin renunciar a su fiesta propia. Noche gozosa de plenilunio, plazas y descampados florecidos de tenderetes de ramaje, más bien indiscretos, donde las parejas se encuentran, retozan, se invitan, brindan todos por todos, tantos años de vida cuantos vasos de vino aguante el cuerpo… Así lo pinta Ovidio, bien como descripción de lo real o sólo como propuesta de futuro. Porque no lo olvidemos: la Roma preautonómica de Augusto ya practicaba el deporte de inventarse tradiciones propias.

El matrimonio Joaquín/Ana vino a ser una protesta lógica contra los evangelistas Mateo y Lucas, que por motivos políticos se limitaron a recoger supuestas genealogías de Jesucristo sólo por parte de su padre José. Al afirmarse la idea de Jesús sin padre carnal, hijo virginal de María, se hizo inevitable dar nombre a una pareja de la tribu de Judá y linaje de Jesé por David. Ana, la abuela de Jesús, recibe el nombre bíblico de la madre del gran profeta Samuel, el artífice de la monarquía hebrea y el que finalmente consagró a David como rey dinástico.

Todavía hubo algún forofo que, rizando el rizo, imaginó concepción virginal también para la madre de la Virgen. Vade retro! Contra semejante idea, el clero encarga a los imagineros que representen a Joaquín y Ana en casto abrazo. Así les vemos en equilibrio subidos sobre el Árbol de Jesé, de la mano maestra de Gil de Siloé, en la catedral de Burgos, Capilla de la Concepción o de Santa Ana.

Ya tenemos dos nombres, dos personajes; sólo falta la novela. Nos la cuenta el apócrifo Protoevangelio de Santiago. Con intriga desde el principio; porque la pareja elegida, gente importante entre los primates de Israel, lleva muchos años estéril. ¿No sufrieron el mismo contratiempo Abraham y Sara? Así se muestra mejor el poder divino, anunciándose por una señal.

Esta vez, la señal para Ana mientras oraba en su huerto fue ver una pajarita incubando en un nido. «¡Ah, si yo fuese como ella!...» Sólo decirlo, y hete aquí al ángel de turno, portador de buena esperanza...

Mas no todo iba a ser así de simple. Aquella preñez tardía levantó murmullos. En situaciones tales se aplicaba una ordalía peligrosa: beber ambos sospechosos la 'copa maldita'. Por supuesto, el veneno letal no hizo efecto.

«¿Fue monógama Santa Ana? ¿Tuvo sólo a la Madre de Dios?» Valientes preguntas. Pues valientes o no, se las hacen sin rodeos los padres 'bolandos', es decir, los jesuitas autores de la saga monumental Acta Sanctorum.

Entre los siglos XV-XVI santa Ana estuvo muy de moda, sin que su devoción impidiera entre los sabios disputas furiosas, con algún insulto que otro, de rigor entre humanistas teólogos. La opinión más exagerada quería que la santa fue trígama consecutiva, con una hija María de cada marido. Lo resumen estos versos del siglo XIV:

Anna tribus nupsit, Joachim, Cleophæ, Salomæque;
Ex quibus ipsa viris peperit tres Anna Marias,
Quas duxere Joseph, Alphæus, Zebedæusque.
Prima Jesum, Jacobum Joseph cum Simone Judam
Altera dat, Jacobum dat tertia datque Joannem.

[Ana, con tres casada, Joaquín, Cleofás y Saloma,/ de sus tres maridos parió Ana a las Tres Marías,/ que unidas a José, Alfeo y Zebedeo, respectivamente,/ a Jesús la primera tuvo; a Santiago, a José y a Simón Judas / la segunda; la tercera a Santiago y por último a Juan.]

Por si había dudas, intervino una célebre visionaria, santa Nicolette, conocida popularmente como Coleta († 1447). Esta santa franciscana tenía por costumbre invocar a muchas santas, siempre que fuesen vírgenes. Quiere decirse que Ana no era santa de su devoción. Tales descuidos se pagan, aunque en este caso no hubo castigo, sólo una advertencia. En una de aquellas invocaciones, se le aparece Santa Ana en toda su pompa y gloria, mostrándole a sus tres hijas como tres soles, junto con todos sus nietos, todos santos: a María la de Santiago, llevando en brazos y de la mano a sus cuatro vástagos Santiago el Menor, Simón, Judas, y José llamado el Justo; a María Salomé, llevando igualmente a Santiago el Mayor y a san Juan Evangelista; pero por delante de ellas, a María con el niño Jesús. «Para que te enteres (le dijo), cómo no hace falta ser virgen, ni siquiera tener un solo marido, para hacer las cosas como Dios manda. Toma nota.» Muchos propagandistas y buenos tuvo en aquel siglo santa Ana. Sin embargo, a santa Coleta en este aspecto se la recuerda sobre todo por el detalle de los tres maridos.

Santa Ana ha inspirado una iconografía muy singular. Hay figuraciones 'normales' de la santa con la Virgen María niña –a veces enseñándola a leer la Biblia o a rezar el rosario, o simplemente mostrándola, o llevándola de la mano en sus primeros pasitos−. Las que muestran a Santa Ana con la Virgen en brazos vienen a ser réplicas de la Virgen con el Niño, salvo que en aquéllas muchas veces María ya no es tan niña. Pero la forma más curiosa es la trinitaria, en serie portante y casi siempre hierática: Santa Ana llevando a María, y ésta al niño Jesús. Es frecuente que María sea una adulta en pequeño, y a menudo Ana es joven, casi como hermana de su hija. Leonardo llevó el modelo a extremo de extravagancia equívoca. (¿Es realmente pintura religiosa?)

En suma, nuestra Santa del día se presta al oximorón y a la paradoja casi irreverente. Ocurre siempre, en los misterios demasiado sublimes. Si la dantesca «hija de su hijo» tiene madre, ésta bien puede llamarse la Abuela de Dios. De Dios-Hijo, por supuesto; y por pura lógica (aunque cuesta imaginarlo), Madre de Dios Padre, y también de Dios-Espíritu Santo. Si todo cupiese en la lógica no habría misterios.

Aunque santa imaginaria –¿o quizá por eso?−, Santa Ana ocupa lugar de honor en la lista de Auxiliadores (el nombre en hebreo significa 'favor', 'gracia'). Tomemos nota también nosotros, aleccionados por santa Coleta.

Ma perchè'l tempo fugge che t'assonna,
Qui farem punto, come buon sartore
Che com'elli ha del panno fa la gonna.

 (Paradiso, 32: 138-140).

viernes, 24 de julio de 2009

Niños malos (1)




 

'Cálido julio andaluz': así podría pasar éste mes veraniego de 2009 a los anales de la delincuencia juvenil española, con dos episodios de violación colectiva, como variantes de un mismo guión de cine negro y porno.

El 16 de julio, un joven y cinco menores eran detenidos, acusados de violar a una niña de 13 años, en los vestuarios de la piscina municipal de Baena (Córdoba).

Apenas dos días después, en la madrugada del sábado 18 de julio, otra presunta violación colectiva se producía en una playa de Isla Cristina (Huelva), en peculiar celebración de la fiesta patronal de la Virgen del Carmen. Esta vez los agresores, en número de siete, eran todos menores.

Tanto en el primer caso como en el segundo, la corta edad (por debajo de los 14 años cumplidos) supone para algunos la exención penal y, tras ser detenidos y prestar declaración, la libertad inmediata.

No entramos en detalles, salvo dos de especial interés para tasar los crímenes. La víctima de Huelva, niña de 13 años, es deficiente mental. También la de Baena tiene 13 años, y su agresión se realizó en dos etapas o sesiones consecutivas, como detallaba el Diario de Córdoba el día 20 en su sección de Sociedad.

Estos hechos, cualquiera de ellos, encogen el ánimo, provocan repulsa, pero sobre todo obligan a plantearse preguntas de urgencia: 1. ¿Cómo y por qué? 2. ¿Qué hacer para prevenir casos futuros? 3. ¿Qué hacer con los agresores convictos y con sus víctimas?

Demasiada materia para despacharla a la ligera. Por eso voy a repartir mi reflexión en tres capítulos, los mismos que sugieren las preguntas. Y vamos con la primera:


1. ¿Cómo y por qué? Si tuviésemos la respuesta cabal a esta doble pregunta, las demás resultarían mucho más fáciles. ¿Qué expertos son competentes para abordar tales cuestiones?: ¿Filósofos, antropólogos y psicólogos, sociólogos, juristas…? ¿Teólogos y pastores de almas? En los políticos ni se me ocurre pensar.

El filósofo Gabriel Albiac (Perversa infancia, ABC, 22 de julio), de la mano de Freud, y antes que éste, de Espinosa, encuentra la clave en el 'deseo': «el deseo es la esencia misma del hombre» (Espinosa). No parece casualidad la coincidencia entre dos pensadores judíos, y muchísimo antes que ellos la de otro judío, Juan el Apóstol –al margen de que su nombre coincida con el del más antisemita de los evangelistas, y aun de todos los escritores del Nuevo Testamento−, quien en su 1 Epístola, 2: 16, condensó la esencia del 'mundo' en el deseo desenfrenado. Todo aquí abajo se reduce a codicia de sentir, de ver, de poseer.

En cuanto al por qué, la raíz del 'mal', es lógico que haya diferencias entre pensadores religiosos y laicos. Siempre en la tradición judía, con punto de partida religioso, encontramos un concepto primario, llámese 'naturaleza', 'índole', 'impulso', o como se traduzca el hebreo yetzer. La antropología judaica admitía en el hombre hecho una pulsión antagónica entre yetzer bueno y yetzer malo. Con un detalle notable: el 'impulso malo' en cada persona es (¡mire usted por dónde!) 13 años más viejo que el bueno. Sólo a partir de los 13 años empieza a despertar el 'impulso bueno' o positivo, que guiado por la pedagogía legal, es capaz de elegir lo bueno y rechazar lo malo; la edad por tanto de la discreción. Conviene saber que el 'impulso malo' (yetzer ha-raa) forma parte de la naturaleza humana como criatura de Dios, y por tanto no es ningún mal absoluto. Como tampoco su contrario, el 'impulso bueno' (yetzer ha-tov), es un bien absoluto, nada de angelismo. Es el equilibrio compensatorio, el doble juego de impulsos, como las riendas bien templadas, lo que se traduce en actos positivos.

La teología cristiana, por su parte, elaboró una teoría más bien pesimista que condujo al postulado de un 'pecado original', con todas las consecuencias que conocemos, en particular una teoría de salvación mediante la redención y la gracia.

De los pensadores cristianos, el más el más influyente ha sido san Agustín. También el más original, al menos en cuanto a exposición temática, muy atractiva, si no fuese por el exceso de sofistería y juegos florales. Sus 'autobiográficas' Confesiones son obra de madurez y excelente broche literario que cierra el siglo IV. El autor se atiene a la división clásica de la vida humana en 'edades', y concretamente por lo que atañe a la primera infancia y niñez, frente a los entusiastas de la inocencia infantil, Agustín es pesimista. Hasta en el niño de pecho cree descubrir un esclavo de los apetitos, que no son otra cosa que la degradación pecaminosa de las necesidades e impulsos naturales primarios, con egoísmo feroz, hasta la destrucción física de quien se interponga. Este bruto humanoide es la materia prima en que opera la educación, con los instrumentos adecuados a la capacidad del sujeto. Lo que quiere decir que el santo obispo de Hipona no tuerce el gesto ante una azotina bien aplicada a tiempo. Dicho sea adelantando materia del capítulo 2, donde toca hablar de educación.

Hemos rozado el tema de las 'edades' de la vida humana. Es una distinción presente en todas las culturas, menos en la nuestra, que tiende a borrarla a favor de un continuo vital, a saber con qué ventaja. Tradicionalmente, las edades del varón (al menos las anteriores a la aetas constans, la madurez estable) venían separadas por ritos de paso, generalmente 'pruebas' o exámenes de aptitud básicamente bélica, aunque también sexual, por supuesto. San Agustín lleva su artificio literario al extremo de referirse a las primeras edades de la vida como a muertes sucesivas, ya que o no dejan recuerdo, o sólo muy borroso.

También es notable el paralelismo clásico entre edades de la vida humana y edades de la humanidad. También en esto hubo optimistas que soñaron una primitiva 'Edad de Oro', frente al pesimismo democriteo, cuya expresión consagrada se encuentra en Lucrecio:

Arma antiqua manus, ungues dentesque fuerunt,
Et lapides et item sylvarum fragmina rami;
Posterius ferri vis est aerisque reperta;
Sed prius aeris erat quam ferri cognitus usus.

[Las primeras armas fueron las manos, uñas y dientes; también piedras y trozos de ramas de árboles. Más tarde se descubrió la fuerza del hierro y del bronce; pero en cuanto al uso, el bronce se supo emplear antes que el hierro.]

Según eso, la evolución de la guerra es el trasunto de la evolución humana. El progreso colectivo se tradujo ante todo y sobre todo en la gestión de la violencia.

Si algún crédito se merece este híbrido cultural nuestro, una antropología de raíz judía, injertada en tronco indoeuropeo, la conclusión es doble:

  • Cada individuo comparte una misma naturaleza específica. Nada hay nuevo, sólo combinatoria genética al azar. La humanidad ha devenido sociedad gracias a la ley, cuya pedagogía tiene por objeto integrar al individuo en sociedad, o en su defecto repudiarlo.
  • El niño no es de mejor condición moral que el joven o el adulto. Su potencialidad para el bien o el mal es la misma. El niño y el joven son de suyo educables y educandos. La autoeducación –el hallazgo y aceptación por el individuo de los principios y normas que marcaron el progreso social de la especie−, es una hipótesis aceptable como excepción, nunca como regla.

Nuestros mitos sobre la edad juvenil de la especie contienen historias poco edificantes, a base de violencia –desde los bíblicos Caín y Abel, o Lamec etc.−, eventualmente sazonada de sexo. La idea del niño bueno, del buen salvaje, de la bondad natural del ser humano y de su corrupción por la sociedad, es moderna(Rousseau). Nuestros antepasados se habrían burlado de ella, como se rieron con la fantasía de la Edad de Oro. ¿Quién tiene razón?

Tornando a los esquemas judío y cristiano, sobre las raíces de la acción y de la conducta individual (sean dos, o sólo variantes de un mismo sistema), no tengo gana de pronunciarme sobre las ventajas y excelencias de esto o lo otro. Sólo se trataba de apuntar a la raíz judaica de los pensadores aducidos por Albiac, de cuyo artículo debo señalar esta conclusión contundente:

Decenios de «educación no represiva» -ese oxímoron- trajeron esta sociedad enferma. De infantilismo. Esto es: de crueldad. De vez en cuando, nos abofetean cosas horribles: niños que violan, torturan, asesinan... Fingimos asombrarnos. Y es mentira. Violar, torturar, asesinar es lo propio de la cría humana no domada: nuestro más sombrío invento.


 

(Continúa)