sábado, 9 de diciembre de 2017

Proclamación Católica Catalana (1640)


«Cataluña, tierra de odios inmortales y mortales venganzas»
(Pedro de Marca)














       Huyendo del cielo plomizo de esta Cataluña de aluvión, buscamos cobijo en el desván de la Cataluña eterna, para descubrir que allí tampoco faltan goteras.
En la entrada anterior ensayamos un retrato político-moral de Gaspar Sala. Podríamos llamarle  ‘afrancesado’, si lo de 1640-1555 hubiese sido Guerra de Independencia de Cataluña. Pero no hubo tal, ni los promotores del entreguismo a Francia contaron para nada con el pueblo catalán, los Claris, los Margarit, o el padre Sala como agitador de palabra y pluma.  Probado el filo de la lengua de este crisóstomo predicador, tentemos hoy el corte de su pluma de ganso.
Abierta su  Proclamación Católica al Rey Felipe IV (1640), fijémonos en el óvalo superior de la portada. Entre llamas, un cálíz cubierto por una hostia con el agnusdéi [1]. ‘La Eucaristía, incendio de amor’: el emblema  pudo aprovecharse del repertorio de los devocionarios. Sin embargo, aquí el mensaje es otro: ‘La Eucaristía en el Infierno’. En Cataluña se ha quemado el Santísimo. Tierra católica como ninguna, no puede seguir reconociendo a un Rey de España que se titula ‘Católico’, mientras permite a sus tropas mancillar el Principado con sus profanaciones.
El sacrilegio como pretexto político
En aquella campaña catalana separatista, especial relieve se dio a un incidente en Riudarenas, localidad en la Selva de Gerona.  Un millar de soldados españoles del tercio de Leonardo Moles, mal recibidos en la villa y sin recursos, saquean la parroquial de San Martín, y acosados por un populacho armado que les excede en número ponen fuego de por medio, ardiendo el retablo y el tabernáculo con el Santísimo (30 de abril 1640) [¿o fue el 3 de mayo?].

Al toque a rebato por el incendio hacen eco los conventos de frailes y monjas, y en poco rato todo el Ampurdán era un clamoreo de campanas. Lo escribía con asombro el virrey Santa Coloma a Madrid [2]. Este suceso habría sido uno de los supuestos desencadenantes de la Revuelta de los Segadores y ‘Corpus de Sangre’ (7 de junio).
El ‘sacrilegio de Riudarenas’ no fue un hecho de armas glorioso, pero tampoco digno del impacto que causó, hasta el punto de servir a fray Gaspar Sala en su Proclamación explosiva como detonante. Pudo incluso haber pasado desapercibido en aquella confusión. Porque mirándolo bien, lo de Riudarenas, o luego lo de Montiró (30 de mayo) etc., tenía su lógica, si en Cataluña era frecuente que las iglesias guardaran bastantes cosas más que la eucaristía y el ajuar religioso.
Era costumbre payesa, en ocasiones de peligro, utilizar el templo parroquial como arca o caja fuerte donde guardar bienes, alhajas y dinero, incluso como almacén para el grano y la butifarra. Puesto allí todo a buen recaudo, junto con los cepillos limosneros y arcas de las cofradías, tras encomendarlo a Dios y los santos, en cuanto aparecía la soldadesca, la población bien armada se echaba al monte. Así, confiando en que la Casa del Señor ya tenía quien supiese defenderla, las gentes pensaban ahorrarse el saqueo de las suyas.
Cualquier tropa forastera, cualquier partida de bandoleros nativos, sabía dónde encontrar el remedio a sus apuros, y en ocupando un pueblo, la primera visita de cortesía solía ser a la iglesia. Y si los bandidos, o los soldados, eran buenos españoles y católicos, se santiguarían primero, antes de proceder al pillaje. Pero en los tercios había también italianos, valones, irlandeses, tudescos, más el séquito de aluvión; gente menos mirada con los objetos de culto, y que hasta hacían leña de los santos para guisarse el rancho.
Si en Riudarenas y alguna otra localidad gerundense se les fue la mano a los soldados, caro les costó, porque fueron excomulgados, ellos y sus capitanes. Peor aún, el obispo de Gerona puso en entredicho los lugares donde hubo quema.
El entredicho implicaba cerrar los templos, suspender el culto, dejar al pueblo sin misas, sin entierros, sin agua bendita y casi sin sacramentos. Era la pena eclesiástica más temida por el clero (reducido al paro, salvo servicios mínimos), y la más difícil de entender para el pueblo, como castigo colectivo. Era como dejar el pastor sin pasto espiritual a su propio rebaño.
El obispo de Gerona, Gregorio Parcero, era un monje benedictino ‘castellano’, para su cabildo y para los catalanes. Un gallego, para ser más exactos. Sólo que entonces la nación galaico-sueva –la más antigua de España–  no había alcanzado el reconocimiento de nacionalidad que hoy disfruta, como primera persona de la trinidad GAL-EUS-CA; o la segunda, o la tercera persona, según se lea ese molino de deseos.
Los sucesos pillaron al buen obispo ausente en Barcelona, de modo que quien gestionó el sacrilegio en caliente fue su segundo, el canónigo Pere Coderch, a la cabeza de un cabildo que se llevaba de esquina con la mitra, según regla general en Cataluña. Así, cuando su Excelencia Reverendísima regresa a Gerona reventando la mula, la causa estaba concluida, a falta sólo de la firma. En aquella encerrona, el obispo escribe al virrey:
« … Habiendo llegado las formas consagradas a esta ciudad, hice junta de todos los canónigos letrados de esta iglesia y de todos los prelados de las religiones para visitarlas, y las hallamos todas quemadas y vueltas carbón».
Un hecho así no podía quedar impune, en lo espiritual y lo temporal:
«He puesto censuras contras los sacrílegos que hicieron el caso, aunque contra ninguno en particular, porque los testigos no los conocieron. He puesto entredicho en todo el obispado. Esto es lo que me toca. Dios guíe las acciones de Su Majestad y de Vuestra Excelencia, para que se modere este escándalo.» 
Entendamos el relato con la mentalidad de entonces. Unas hostias carbonizadas, ¡pues vaya! Hoy sería más noticia, qué se yo, si el pobre sacristán de San Martín de Riudarenas murió achicharrado allí dentro, en su puesto de trabajo, dejando viuda y huérfanos a la intemperie. Porque cada tiempo y lugar tiene su idea de las cosas y sus valores. Antes, como hoy, muchos sagrarios se quemaban por accidente, incluso por el rayo del cielo. Pero el momento era el momento, y Riudarenas estaba haciendo historia en la Cataluña irredenta.
Dalmau de Queralt,
Conde de Santa Coloma
Virrey de Barcelona (1638-1640

«El obispo ha cumplido como obispo; es la hora del virrey» : así venía a terminar su carta-descargo monseñor. Pero la situación no era tan simple como él la veía. En visión política, allá se iban el prelado timorato y el representante de la Corona, que haciendo oídos sordos a los consejeros más prudentes dictó una operación de castigo contra las poblaciones de Riudarenes y Santa Coloma. El contragolpe fue el ‘Corpus de Sangre’, manipulado y dirigido contra él como cabeza de lista de los ‘desafectos’ al Principado. De hecho, el virrey fue su principal víctima.
A todo esto, por toda la Cataluña profunda, al clamoreo de campanas se unía el de los púlpitos. El ‘sacrilegio de Riudarenas’ era más propio de hugonotes que de católicos [3]. Si el ejército español se comportaba como los herejes, a ciencia y paciencia del gobierno español, Cataluña no tuvo más remedio que vengarse. La desbandada de los tercios ante ‘el villanaje’ del país era un aviso. Incluso hoy, catalanistas fervientes se complacen en afirmar que, antes de Rocroy (mayo 1643), la primera derrota de los Tercios invictos fue en Riudarenes.
Cara y cruz de la Proclamación

El panfleto de Salas, como lavado de cara de la traición catalana a España, tuvo su cruz en otro panfleto emanado del entorno de Olivares, también anónimo bajo el título de Aristarco. El autor, quien quiera que fuese, hizo buen trabajo, poniendo en evidencia metódicamente los errores (algunos garrafales), las incongruencias y la hipocresía de la Proclamación [4].
En aquella algarabía que era Cataluña, el panfleto de fray Gaspar Sala (dirigido al Rey para que lo oiga el mundo) quería ser la voz de la Razón encarnada en el alma de Cataluña y hablando por su boca, es decir, el alma y boca de las instituciones catalanas. Ahora bien, para un texto que se presentaba como conciliatorio, el exordio no podía ser más brusco:
«Los soldados de Vuestra Majestad que están en Rosellón alojados, no contentos de los estragos y exorbitantes sacrilegios hasta ahora cometidos, públicamente amenazan universal ruina y saco general al Principado… Para cuyo efecto esperan un socorro grande y copioso por mar y tierra. Esta voz es tan común; este rumor es tan general, que de tan grandes males se conduelen hasta las provincias extrañas.»
No se trata, pues, de producir un memorial de agravios al uso, sino de denunciar y conjurar un plan siniestro de saqueo y exterminio de Cataluña por la fuerza militar.  Dando por cierto el ‘rumor’, se apela directamente a la piedad del rey D. Felipe, como padre y como católico, para que no permita tal desafuero. Y la primera razón para convencerle es una constante histórica: la fidelidad de los catalanes a la realeza (p. 3):
«No tiene V. M. vasallos de fidelidad más entera, de legalidad más pura que los catalanes, pues llegaron a merecer de los señores Reyes públicas aclamaciones.»
Pruebas al canto, cita una serie de testimonios más o menos históricos de viejas crónicas, desde Carlos el Calvo que «reconoció en los catalanes la fidelidad como congénita». Pero eso no es nada junto a lo que cuenta del rey Fernando I de Trastámara, enfermo de peste en Igualada (1414). Allí tuvo ocasión Su Majestad de comprobar (p. 4)
«el entrañable amor de Juan de Fivaller, conseller de Barcelona,  que había ido de parte de la Ciudad a visitarle…; y que no sólo cuidaba de su salud, sino que con amor entrañable chupaba las llagas con su boca, y sacaba la podre de ellas.»
La estampa se coloreó sin duda con este rasgo inspirada en la hagiografía medieval. (Aunque por otra parte, chupar llagas no es ningún disparate, y el perro de San Roque era algo más que animal de compañía) [5].
Los romanos, que de lealtades entendían mucho y bien aprendido de los púnicos, apreciaron esa virtud catalana (pág. 5):
«Publio Escipión les encomendó la guarda de su persona. Lo mismo hizo Sertorio; el cual, en perderlos de vista, murió a manos de sus enemigos. Y Julio César en las jornadas de Lérida y Tarragona hizo mucha confidencia de los catalanes.»
Sala se remite al historiador catalán Jerónimo Pujades, muerto hacía poco (en 1635). No explica cómo identificaban los romanos a los catalanes, cuya primera mención data de la Edad Media. Es como cuando nuestros aberchales, metidos a historiadores, describen a los vascones contratados por Roma como tropa selecta, chamuyando en su inextricable lingua Navarrorum, muchos siglos antes de descubrirse Navarra.
El propio Pujades habla de «tota la terra dels Celtas (que vuy es Cathalunya) y principalmente la ciutat de Tarragona» (Toda la tierra de los celtas, que hoy es Cataluña)[6]. Y en fin, si para ir contra Lérida y Tarragona Julio César se fió de catalanes, algo no cuadraba.
El siguiente argumento histórico lo encuentra fray Gaspar en los tiempos de Juan II de Navarra y de Aragón, pintando una luna nueva de miel entre ese rey y Cataluña, sin decir ni pío de las luchas por el poder en esta tierra. Vueltas que da el mundo. Para someter al Principado hostil, Juan pidió un préstamo a Luis XI de Francia por valor de 300.000 escudos (trescientos mil), hipotecándole el Rosellón y la Cerdaña. Al no cobrar, Luis ocupa los condados catalanes, convirtiéndose ipso facto en el opresor. Porque opresor, por definición, es el que uno tiene encima. Por esta regla elemental, el rey de Aragón y Navarra, tan odiado del catalanismo institucional, se convertía en ‘el Deseado’, trabándose más o menos el siguiente diálogo:
–Un poco de paciencia. Obedeced al rey de Francia, mientras yo levanto la hipoteca.
–Entréganos a la muerte, antes que a un rey extraño. 
       –Tranquilos. La cosa está al caer. Nada de revueltas.

Aquí toma la palabra «uno de los más ancianos»:
–¡Oh Rey!, antes la peor de las muertes que vivir un día más sujetos al francés. Si allá entre vosotros reyes, al señor Juan le importa más la amistad del señor Luis que sus vasallos catalanes, meta al francés en el Rosellón por una puerta, pero sáquenos del país por otra. Porque si nuestro rey se va porque sospecha que el francés viene, es dejarnos solos ante el peligro. 

El viejo sabio resultó profeta, o lo que es más, persona inteligente. Fue irse Juan II y aparecer Luis XI a cobrarse Perpiñán (1473), mientras aquél miraba los toros desde talanquera. El cerco fue pavoroso, y la necesidad tan urgente que (traduce Gaspar Sala; pág. 7):
«llegaron a sustentarse los catalanes de animales domésticos, de sabandijas, de cuerpos muertos, de pedazos de sus entrañas. Lo último que perece y se acaba en los catalanes es la fe a su rey.»
Una proclama política no es lo mismo que un ensayo histórico, y para suplir las libertades que aquí se toma fray Gaspar como historiador ahí están los padres Moret y Alesón en sus Anales de Navarra [7]En cuanto a lo de Perpiñán, tiene la honradez de poner al margen de su versión mojigata el original latino de Marineo Sículo, algo más crudo [8]:
«En muchos días toda aquella gente no comieron otra cosa que ratones, gatos y perros domésticos, los que las mujeres con lienzos y mantones cazaban por las callejas. Algunas parturientas, enloquecidas de hambre rabiosa, se metían por el vientre a la criatura.»
 De ahí vino lo de catalans menja ratas (catalanes come ratas), «el mayor blasón de Cataluña» (sic, pág. 7). Sin comentario. Y aqui viene el episodio de Juan Blanca, consul en cap de Perpiñán, que
«por no violar esta legalidad sacrificó su propio hijo único en obsequio de la fe de su Rey. Pues habiéndole cogido el enemigo… le mostraron al padre diciéndole, que si no les daba entrada, habían de degollar luego a su hijo. Entonces respondió que el amor paternal era en él inferir a la fe de su rey; y que a falta de puñal arrojaría el suyo para la muerte de su hijo… Y así fue degollado. Hazaña que compite con la del gran Guzmán en Tarifa»  
Y tanto. Pero al menos se cita a Guzmán el Bueno sin insinuar que este leonés fuese catalán.
No hay lugar para seguir aquí al Aristarco en su deconstrucción de la Proclama. Así, frente a la ponderada lealtad a los reyes, se ponen ejemplos de lo contrario, como la «revuelta del plebeyo Berenguer Oller contra el rey D. Pedro II, hijo de Jaime I» (1285). El tiranuelo intentó incluso entregar Barcelona al rey de Francia, según Desclot [9]. El contra-panfleto cita también traiciones y atentados contra reyes, o pone del revés la casuística de Salas.
Primicias y excelenecias catalanas
Una curiosidad sobre la Proclamación es ver hasta qué punto su argumentario victimista y separatista se corresponde con el actual catalán. Hay una diferencia radical entre las motivaciones religiosas de antes y la cultura laica de ahora. Lo cual no quita para encontrar motivaciones parecidas, sin medir hasta qué punto se puede hablar de constantes de carácter catalán, o de los socorridos ‘defectos y vicios nacionales’. Juzgue cada uno. Un motivo que veo repetido en Salas es poner a los catalanes a la cabeza en todo lo bueno, y en lo malo ni siquiera a la cola. Por ejemplo:
«El primer gentil que recibió la fe de Cristo, a quien todos llaman español, hay historiadores y probabilidades que es catalán… Apenas llegó la fama del Mesías a Cataluña, cuando partieron muchos de esta provincia para verle. Por esta provincia dio principio Santiago a la cosecha Apostólica, consagró al primero obispo de España etc.» [10]
«El primer concilio de España se celebró en Cataluña, que fue en Colibre, donde se dio principio al precepto de no casarse los eclesiásticos.»
Aquí Aristarco lo tiene fácil para desmontar unos infundios, mayormente basados en el apócrifo Cronicón de Dextro, y en falta de criterio histórico (fol. 17):
«Se descubre bien la poca notica y lección que tiene de los cosas antiguas…  Cosa sin fundamento, aunque lo diga Tarafa y Pujades.   ...Poco sabe este autor de nuestras historias y de las suyas…  Yo pienso que el autor de esta Proclamación sabe historia por las comedias…, porque en los libros, o sean catalanes, valencianos, aragoneses o castellanos, no hay tal cosa ni la puede haber…»
«Y esto de inventar los catalanes y escribir a su albedrío lo que conviene a su honra, o a su vanidad, es cosa natural en ellos.»l
Lo dice ‘Aristarco’, pero la ‘Proclama’ parece darle la razón: Catalanes, siempre los primeros, o únicos. En la invasión musulmana,
    «toda España se perdió, menos los godos, que se salvaron en Barcelona…»  
¿La Inquisición? ¡Pero hombre!:
«Por los catalanes goza España el santo tribunal de la Inquisición, y fue su primer inquisidor el santo catalán Raimundo de Peñafort, en la ciudad de Lérida, antes que en otra ciudad de España.»
Una Inquisición que tampoco hacía mucha falta en Cataluña,
«pues por no hallar qué castigar en esta materia, pasan largos años sin hacer autos… No se conoce ningún catalán heresiarca.»
¿La Inmaculada Concepción? Este atributo de la Virgen María en el Barroco español era casi seña de identidad española. Por lo mismo, nadie más concepcionista que el catalán, según la Proclama. Aristarco no va a nadar a contracorriente, pero se burla con gracia de la pretensión. Hablar bien y con devoción de María no es patente de honestidad, como se ve por Mahoma en el Corán y por Lutero. El problema catalán con la Inmaculada es que hacían dogma de fe lo que todavía no lo era. Así, cuando Felipe III hizo junta en la Corte para pedir al papa la declaración del dogma, los catalanes
«enviaron a Madrid una información de un milagro sucedido en la iglesia de Manresa, de un hombre que se había condenado, porque sentía que nuestra Señora había sido concebida en pecado, y que nuestra Señora, por devoción que tenía con una imagen suya, lo había resucitado y mandádole que se confesase de aquel pecado; que se confesó y luego volvió a morir y se salvó… Esta es la piedad de los catalanes y la devoción: hacer ellos de fe lo que no ha determinado la Iglesia, y pecado mortal el opinar de otra manera.»
 Y en fin –por no omitir un tópico muy de actualidad–, ¿qué decir del descubrimiento y conquista de América? No pone Sala que Cristóbal Colón fuese catalán. ¿Qué importaba eso, si lo principal de la faena lo hicieron ellos?:
«A la conquista de las Indias Occidentales partió de Barcelona Colón con muchos catalanes. El primer alcaide de la isla Española fue de esta nación, llamábase Pedro de Margarid, caballero catalán» (p. 58).
«Los primeros que plantaron la fe de Cristo en las Indias Occidentales fueron doce sacerdotes catalanes… Los primeros indios convertidos, que presentaron a los Reyes Católicos, se bautizaron en Barcelona»
En otro escrito fray Gaspar dirá que aquel Margarid, ascendiente de José Margarit, el artífice de la derrota española del Montjuich y gobernador de Barcelona, fue el que dio nombre a las islas Margaritas. En cuanto a los apósoles catalanes en América, se refiere al leridano fray Bernardo Buyl y sus doce compañeros de Montserrat, en el II Viaje de colón. Él dijo la primera misa en la isla Isabela, y fue primer Vicario General de las Indias. Por ellos la primera capilla del Nuevo Mundo se tituló de Montserrat, seguida de Santa Tecla y Santa Eulalia, patronas de Tarragona y Barcelona respectivamente.
Hoy son multitud los que en Barcelona, ante la Columna de Colón, miran al dedo del Almirante, a ver a dónde apunta, sin fijarse casi nadie en la base o ‘campanilla’. Es aquí donde Buyl y sus monjes montserratinos aguardan su suerte. El veredicto sobre la exigencia paradójica de catalanes que piden la desaparición del monumento erigido, según ellos, más que a Colón y otros paisanos, «al colonialismo, esclavismo y genocidio» perpetrado por España.
Como para huir de aquí, no sólo «más allá de los saurómatas», como Juvenal, sino hasta los infiernos, o poco más cerca. Que es lo que vamos a hacer nosotros ahora. Por indicación de fray Gaspar Sala, nos vamos al Purgatorio.


Embajador en el infierno
«Ni reconoce por límite la muerte, el amor de los catalanes [a sus reyes].»
Esta afirmación la funda Sala en un «suceso extraño… de aquel catalán famoso D. Ramón, Vizconde de Perellós y Roda, camarlengo mayor del rey D. Juan I». Y la apoya en la autoridad de fray Gauberto Fabricio en su Crónica de los Reyes de Aragón (Zaragoza, 1499):
«Fue tan grande el sentimiento y dolor que el Vizconde de Roda, camarlengo mayor, hubo de tan desdichada y lamentable muerte, que por sólo saber del estado en que el alma del rey su señor estaba, emprendió de pasar en Hibernia, y entrar en el Purgatorio de San Patricio. Entró en él, y vido [vio] tantas maravillas del estado de la otra vida, que escribió de ello un libro, donde afirma que vido al rey Don Juan su rey y señor puesto en grandes y terribles penas, mas no perpetuas y sin remedio, mas llenas de alguna esperanza, porque ardía (como él dice) en las penas del purgatorio.»
Fray Gualberto o Gauberto Frabricio de Vagad ha pasado como historiador crédulo, cuando tal vez no lo era tanto, pues como primer cronista oficial de Fernando el Católico escribió para él lo que convenía. Ahora bien, en cosas de ultratumba el cisterciense tenía su propio modelo en Cesario de Heisterbach y su Historia miraculorum [11].Así que se limitó a añadir un relato más a la saga, en defensa ‘experimental’ del nuevo lugar descubierto en el subsuelo, llamado Purgatorio. Pero volvamos al suceso real.
Juan I de Aragón, el Cazador (1350-1396),  ya desde joven príncipe tuvo gran amistad con su coetáneo Ramón, vizconde de Perellós, que luego se demostró hábil embajador suyo ante reyes y papas. El ‘Cazador’ murió de accidente en su diversión favorita, dejando una corte tan brillante como negro era el hondón del erario. Los consejeros por Aragón en especial no ocultaban su enfado con aquel rey mujeriego y vividor, que para colmo mantenía trovadores parásitos, hasta copiar de Provenza los Juegos Florales con otras tonterías inútiles, todo en la lengua limusina, su preferida.
«Gran castigo de Dios», repetían aragoneses, catalanes, valencianos, entre miradas torvas a micer Ramón. ¿Por qué a él? Porque como camarlengo en jefe, le correspondía organizar las exequias de un rey de Aragón que no había dejado líquido ni para un funeral de pobre.
–«¿Funeral, para qué, si tal vez su alma no se ha salvado?»
Aquí micer Ramón saltó de su asiento. Si tenían dudas sobre el alma del rey Juan, él se ofrecía a resolverlas. Y como el pío Orfeo, el pío Ulises o el pío Eneas, mucho antes de Cristo, bajaron al Hades, a saber de la gente de por allí, el vizconde como buen cristiano viajaría a Hibernia, al Purgatorio de San Patricio. Es el único lugar del mundo donde, tras superar  duras pruebas, los muy valientes pueden conocer de primera mano el destino de las almas.
«Y por supuesto –añadió mirando a los ojos a los aragoneses–, viajaré a mis expensas.» 
De este modo quería demostrar su gran devoción al rey difunto, pero sobre todo, dejar claro que él nada tuvo que ver con el desgraciado accidente. Porque hubo quien pensó a media voz, si Juan I estaba vivo o muerto cuando cayó del caballo.
En aquel tiempo todo el mundo tenía alguna idea del Purgatorio de San Patricio. El Viaje del caballero Owein al famoso antro irlandés era popular y andaba traducido a todas las lenguas peninsulares, menos al vascuence, creo recordar. Con el acuerdo de todos, micer Ramón hizo las maletas y se puso en camino.


¿Fué un viaje real, o sólo literario? Porque tras una relación autobiográfica de sus andanzas, lo bien relacionado que estuvo siempre, y su buena acogida, primero en la corte papal de Aviñón –donde el Papa Luna (Benedicto XIII) su antiguo conocido le bendijo–, luego en las de Francia e Inglaterra, cuando toca hablar de la Irlanda profunda todo es fantasía. Un pueblo y una corte de desharrapados semidesnudos, donde hasta las princesas iban «mostrando lo que no se debe con tan poca vergüenza como aquí las señoras muestran su cara».  Un pillín, es lo que estaba hecho nuestro viajero.
En cuanto a la visita al Purgatorio –todo él administrado y atendido por diablos muy ruidosos–, fuera de algún lance personal, es el caballero Owein quien hace el gasto. Ciertamente Ramón de Perellós no es ningún Dante entrevistando a gente conocida. Podemos admitir, con su tocayo y editor benemérito R. Miquel y Planas, que el vizconde de Perellós y de Rodas fue gran bromista y aceptable plagiario con este pastiche suyo, que corrió por auténtico [12].
Si alguien desea una muestra del libro de Perellós, ningun mejor que el párrafo donde cuenta el éxito de su aventura:
«Y luego me llevaron a otro campo, todo lleno de fuego, donde había todas suertes de fuego y tormentos muy espantables y feroces y graves, donde había tanta gente que eran sin número. Los unos colgaban por los pies de cadenas de hierro ardiente; los otros por las manos y los otros por los cabellos. El campo donde éstos penaban ardía en llama de fuego y azufre, y los asaban sobre grandes parrillas de hierro ardientes. A otros los asaban a fuego   en grandes asadores de hierro, y para engrasarlos hacían gotear sobre ellos gotas de diversos metales que los demonios fundían sobre ellos…
Y aquí que veo yo buen golpe de compañeros míos que yo conocía, y de mis parientes y parientas. El rey don Juan de Aragón; y fran Francés de Gerona, de la orden de los frailes menores de dicho convento; y doña Dulce de Carles, mi sobrina, que no había muerto cuando yo partí del país, ni yo sabía de su muerte.
Todos estos estaban en vía de salvación, pero por sus pecados estaban aquí penando. Y el castigo mayor de mi sobrina, era por las pinturas y blanquetes que se ponía cuando era viva. Y fray Francés, con el que yo hablé, sufría su mayor castigo por una monja que sacó de un monasterio; y se habría condenado, de no ser por la gran contrición que tuvo de su pecado y la penitencia que hizo en vida.
Después me entretuve hablando mucho con el Rey mi señor, el cual por la gracia de Dios estaba en camino de salvación. La razón por la que sufría las penas no la quiso decir, y dijo que los reyes y príncipes que son en el mundo se deben guardar sobre todas las cosas de hacer injusticia por agradar y favorecer a ninguno ni a ninguna ni a otros más próximos del linaje de donde proceden, sean hombres o mujeres…»

       Todavía le llevaron a otro espacio con una gran rueda de tormento, inspirada en el mito de Ixión, que aquí pongo en viñeta de una edición de Miquel y Planas. Luego la casa de baños con sus pozos ardientes, frente al río gélido y hediondo. En fin, la prueba de pasar el puente tan alto, resbaladizo y estrecho sobre el río, en medio de gran ventolera. Prueba que don Ramón superó brillantemente.
Muchas más cosas de espanto nos podría revelar, «las cuales me fue prohibido decirlas, so pena de muerte». Tampoco se pierde gran cosa. Un bon vivant como micer Ramón, en materia de torturas no estaba fino, y con las pintadas en las paredes de la iglesia, o en su libro de horas, tenía bastante.  
Y para acabar de una vez, el visitante se encuentra ante la puerta del Paraíso, con una turba de papas, obispos y demás clerigalla. Por suerte para él, también una «muy bella compañía de damas, de las que fui recibido con muy grande honor y gozo, las cuales me llevaron con ellas a la puerta, entonando muy dulcemente una canción que jamás oyera en mi vida». Lástima, no fueron las cantoras las encargadas de mostrarle la belleza del lugar, sino «dos que me parecieron arzobispos». ¡Pues vaya! Estos le pusieron a la puerta de salida, no sin hacerle una homilía sobre el significado del purgatorio y el valor de las misas, limosnas y otros sufragios por las almas que allí padecen.  De indulgencias, curiosamente, todavía no se habla, aunque para entonces ya estaban bien fijadas en la praxis de la Iglesia. Prueba de que el original que plagia Parellós es más antiguo que todo eso.

Ya fuera del Purgatorio, el viajero se encaminó a la corte del rey Isuel, el que le recibió a la ida, donde a la sazón se celebraba la Navidad a su manera ruda. De allí pasó a Gales e Inglaterra, Londres, Paso de Calais, Picardía y París de la Francia, donde por orden del papa se detuvo cuatro meses, asistiendo a las justas y torneos que organizó el Emperador Rey de Bohemia (Wenceslao IV), en las que tomó parte el rey francés y también el de Navarra. Ramón de Perellos rinde viaje en Aviñón, su punto de partida.
Fuera de los incisos personales, el cuento es tan plagiado, que hasta por descuido se copia el éxplicit del original:
«Se acaba (explicit) el libro de San Patricio (sic) sobre las penas del Purgatorio. Deo gratias»
_________________________________________
[1] Nueva edición de Barcelona, 1641, con otro escudo de la ciudad,
pero reproducía la viñeta en otra madera más torpe. Una edición de
Lisboa, 1641, ponía en portada el motivo del Sacramento, pero en
formato convencional, sin las llamas.

[2] Cfr. Joan Busquets i Dalmau, La Catalunya del barroc vista des
de Girona: la Crònica de Jeroni de Real (1626-1683). L'Abadia de
Montserrat, 1994, vol. 1, pág. 390.

[3] Salas menciona  el nombre del hereje Chatillon y su gente,
profanadores de hostias consagradas,  que daban de comer a sus
caballos. Alusión malévola, hasta dónde podían llegar los soldados
españoles. Sobre el incidente, ocurrido en Tillemont, 1635, escribía un
jesuita:

Madrid y Julio 17 de 1635:
«De Flandes vino correo del Sr. Infante… Los franceses, viendo
desamparado a Tirlemon (Tillemont), le entraron e hicieron en
él grandes insolencias… Olvidábaseme decir cómo al Smo.
Sacramento le echaban por el suelo y lo daban a los caballos…
A las imágenes las degollaban y arcabuceaban. El general es el
mariscal Jatillon (Chatillon), hereje, que de estos se sirve aquel
rey.»

En MHE, 13 (1861): p. 215. Cartas de algunos PP. de la C. de J…. entre
los años de 1634 y 1648. Tomo I.

[4] El candidato  más probable podría ser el canónigo sevillano, gran
erudito anticuario y poeta Fernando de Rojas. Si a la Proclamación de
Salas le sobra más de la mitad, al Aristarco, que responde punto por
punto, obviamente le sobra otro tanto, aunque se nota menos porque
está mucho mejor escrito y razonado.
[5] El relato hay que entenderlo en conjunción con lo ocurrido el año,
cuando el mismo Fivaller reclamó al rey cierto impuesto foral sobre
consumos. El rey debía cumplir con Cataluña y Barcelona como todo
ciudadano, nada personal.

[6] Corónica Universal del Principat de Cathalunya, Barcelona, Hier.
Margarit, 1609; I Part, lib. 3, cap. 27, fol 82v.

[7] José Moret y Francisco Alesón, Annales del Reyno de Navarra,
33, 2, 1. Pamplona, 1766, t. 4, pág. 637.

[8] Lucio Marineo Siculo, Opus de rebus Hispaniae, lib. 18.

[9] Bernat Desclot, 2, 21. Obviamente, la revuelta de menestrales
dirigida por Oller no tuvo el signo político antimonárquico que se le
atribuye.

[10] «Compruebase en la medalla que halló el año 1618 un labrador en
Villafranca de Panadés: a una parte el rostros de Cristo, y a la otra unas
letras hebreas: Jesus Nazareno Cristo Dios y hombre digno de alabanza.  
Se puede conjeturar que aquellos caballeros debieron de traer esta
medalla.»
El Aristarco se burla de este ‘hallazgo’ y similares, en la línea de los
‘Plomos de Granada’. También fustiga los ‘malos usos’ de Cataluña, en
especial el derecho señorial de pernada.

[11] El Diálogo de los milagros es un sistema de ‘historias para no dormir’
que un maestro de novicios refiere a un discípulo para ilustrarle sobre la
vida de ultratumba. A Cesario de Heisterbach ya le conocimos en este blog,
como referente del dicho, «Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los
suyos» . El monje aprovecha la popularidad de los Diálogos atribuidos a
San Gregorio Magno, también con historias de aparecidos, como licencia
para inventar historias en torno a la invención del Purgatorio y temas afines.

[12] Ramón Miquel y Planas, Llegendes de l’altra vida.   Barcelona, 1914.
Histories d’altre temps. Textes catalans antichs. X. Barcelona, 1917.
Isla y Purgatorio de San Patricio como complejo turístico (atlasobscura-com)

lunes, 13 de noviembre de 2017

Lágrimas de papel


«Escribieron al mundo todo un papel impreso, a que llamaron Proclamación católica»
(Francisco M. de Melo, Historia de los movimientos, guerra y separación de Cataluña, 1645)


En estos días de zozobra por y para Cataluña –para España igualmente, cómo no–, me ha dado por leer prensa atrasada. Papeles del Principado y de la Corte, sobre aquella otra zozobra y crisis de confianza mutua a mediados del siglo XVII.
Es instructivo conocer los métodos y argumentos de entonces para formar opinión pública, dando visos de razón a lo sentimental. Hoy creemos saber mejor cómo funciona esa máquina: propaganda, técnicas de persuasión y demás. Nada nuevo bajo el sol. La retórica y el teatro, como la sofística o la democracia, todo eso lo organizaron ya los griegos, grandes artistas de la persuasión. Pero la cosa en sí venía hecha muy de antes, porque el comecoco persuasivo o disuasorio, el mimetismo o simulación tendenciosa nos es innato, y muy compartido en el mundo animal, sin entrar en el maquiavelismo de las plantas, casi diabólico.   
El agitador de masas sabe cómo conmoverlas sin conmoverse  él mismo. Su trabajo es usar su cerebro en frío para caldear los ajenos. Actor que hace su personaje, sin dejar que éste le posea. Hoy invito a conocer a un fraile de entonces, maestro en esa habilidad.


Un agustino catalán hace carrera
La Guerra de Separación de Cataluña (1640-1660), sobre todo en su primera fase (1640-1641) –la mal llamada ‘Guerra de los Segadores’–, generó en paralelo otra ‘guerra de papel’: propaganda en forma de panfletos y de relatos ‘históricos’ o crónicas de sucesos. Imprescindibles los primeros, los panfletos, para entender los segundos, los relatos, en una aproximación actual a la realidad. Esa literatura, en gran parte olvidada durante siglos, ya recibe la atención que merece [1].
De aquellos panfletos cruzados, uno de los primeros por la parte catalana y el más conocido es la Proclamación católica, que ya se leía en Madrid en la segunda quincena de octubre de 1640, meses después de la Revuelta de los Segadores (7 de junio), que se saldó con el asesinato del Virrey cuando huía de Barcelona. Un hecho trágico que, a su vez, provocó la huida hacia adelante de Cataluña, a echarse en los brazos de Francia.
La proclama catalana no era el colmo en su género, ni por la elocuencia, ni por la erudición ni el estilo; pero hizo diana por su toque emocional sostenido de principio a fin. Ese fue el acierto, porque estos conflictos, ayer como hoy, para la gente llana son emocionales.
A este efecto, sin nombre de autor, el texto se ponía en boca de las corporaciones catalanas –Consejeros del General, Consejo de Ciento de Barcelona–, como la voz de un pueblo dolido, dirigida al que todavía era para ellos «la Majestad piadosa de Felipe el Grande, Rey de las Españas y Emperador de las Indias, nuestro Señor».
Eso en el frontis del panfleto, porque en páginas interiores Felipe IV era además para los proclamantes el padre, al que sería lástima verse forzados a repudiar. Todo porque una Cataluña inocente se veía atropellada por la violencia del Estado.
Nos suena. Aquello queda lejos, pero sigue sonando. En 1640, la Cataluña oficial encarnada en sus tres ‘brazos’ corporativos, alza la voz al Rey de España para que lo oiga Europa entera. La pretensión de internacionalizar los capitostes periféricos sus diferencias con España no es cosa de hoy. El testigo portugués Melo lo expresó entonces con ironía: «Escribieron al mundo todo». ¿Y qué es lo que escribieron al mundo mundial los próceres catalanes? «Un papel impreso,  a que llamaron ‘Proclamación Católica’».
¿Quién hizo este trabajo de encargo? Fray Gaspar Sala y Berart (1605?-1670) era un fraile agustino nacido de padres catalanes residentes en Aragón. Muy joven toma el hábito en San Agustín de Zaragoza, y en 1635, a solicitud del convento de San Agustín de Barcelona, es destinado a la Ciudad condal con doble oficio: el púlpito y la enseñanza de Teología en el Colegio mayor de San Guillermo, de la misma orden. «Fue famoso predicador y profundo teólogo», dice una ficha biográfica. Si lo de predicador es muy cierto, de su Teología no dejó huella, ni profunda ni somera. Uno de sus sermones de entonces fue el titulado Panegyrico aniversario de los héroes catalanes difuntos, inmortales en sus hazañas (1639), cuyo encargo revela su compromiso con la alta sociedad catalanista.
Pero antes de eso, el agustino había debutado como arbitrista en torno a un problema endémico: qué hacer, en la gran ciudad,  con la balumba de pobres y de vagos. Fray Gaspar proponía su solución en Govern politich de la Ciutat de Barcelona, per a sustentar los pobres, y evitar los vagamundos (1636), obra escrita en catalán [2].
Ya en esta ópera prima el autor no se presenta como un espontáneo diletante cualquiera. Cuando la dedica «al sabio Consejo de Ciento» –el alto órgano de gobierno de la ciudad–, cosa que no debía hacerse sin licencia, cita por sus nombres al conseller en cap y a sus cuatro adláteres en la junta de gobierno, como quien les conoce y trata, advirtiendo que toma la pluma «a instancia y petición de los señores Administradores y Trentadocena del Hospital de la Misericordia» .
La obra es una de tantas en el tema de la beneficencia española anterior a la Ilustración, y en su mayor parte tiene un aire como de sermón predicable, sobre la caridad y la limosna. Sin embargo ofrece algunas particularidades que nos importan mucho. Y no me refiero al elogio que hace de la propia ciudad:
Barcelona, de fundación antiquísima, anterior en muchos siglos a Roma, pues la fundó Hércules, en arribada forzosa al pie del Montjuich por una tormenta. Ocho barcas de su flota se hundieron una tras otra, quedando sola la nona. Por eso el héroe llamó a su nueva ciudad Barca-nonia; corrompido en Barcelona.
De glorioso pasado, «en las armas potentísima, y así los autores extraños la llaman ‘belicosa’, cuyo poder causa terror y espanto a todos los príncipes de España, Francia y África…» La dedicatoria es un trasunto de laudes Barcinonae, anticipo breve de las laudes Cataloniae que desarrollará en la Proclamación.
El texto, en 63 folios, se divide en cinco libros. De ellos sólo me fijaré en el I, De los vagamundos, con un breve prólogo para distinguir entre estos ‘pobres válidos’ y los auténticos pobres, objeto del libro II, De los pobres débiles. Diferentes estos de aquellos como la realidad y la apariencia, o como lo verdadero y lo falso.
Tal distinción no tenía nada de original ni peculiar de Barcelona. La España de los Austrias menores era famosa por la picaresca y el hampa, allí como en Sevilla. Lo notable es que si Sevilla inspira a Cervantes su Rinconete y Cortadillo, con el Patio de Monipodio, a Salas su Cataluña y Barcelona le preocupan sobre todo por la delincuencia violenta; igual que a Cervantes el Bosque de los Ahorcados y el diálogo de Don Quijote con el bandolero Guinart. Entre los  vagamundos de fray Sala hay pícaros, desde luego; pero lo que da el tono en semejante gremio es el maleante especialista en asalto, robo a mano armada y asesinato.
El niño aprendiz de vago se iniciaba robando fruta. De joven, ascendía a oficial cortabolsas. Y ya maestro adulto, se echaba a los caminos con arma homicida. Lo peor no era el trabajo en solitario, sino en partidas. Sus monipodios eran agencias del crimen, donde se alquilaban sicarios virtuosos de la estaca y el estoque a la clientela pudiente.
Como dice el refrán, por la caridad entra la peste. La limosna, esa gran obra de misericordia tan catalana –de la que tratan específicamente los libros III-IV del panfleto y se discurre en el II–, merece en este I una mención, porque aplicada indiscretamente a los falsos pobres los convierte en criminales:
«En Cataluña hay una costumbre santa y loable, que en las casas ricas de payeses, o masías, a todo pobre que llama se les da limosna cada día».
Pone el caso de Vich como ejemplo general. A diario se observa una cohorte de chiquillos que acuden a la limosna, y con la familiaridad con la casa se atreven al hurto: una gallina, legumbres y hortalizas, lo que encuentran. Al mismo tiempo aprenden a conocer el país y sus vericuetos, asignatura troncal de salteadores. Toda una carrera del crimen  costeada ¡con la limosna!
Insisto,  ladrones violentos y espadachines a sueldo los había también en Sevilla, como en Madrid. El autor se fija en una especialidad de sus vagamundos catalanes: «ayudar a sostener parcialidades, cargados de pedreñales». El pedrenyal era el arma corta de chispa, la favorita en Cataluña. Pudo citar como ejemplos autóctonos de bandolero a Juan de Serrallonga (1594-1634), ajusticiado dos años antes; o más antiguo, al celebérrimo Perot Roca-guinarda (1582-1635), de quien el cervantino Roque Ginart era trasunto.
Pero mentar siquiera a estos dos espejos del bandolerismo catalán no le pareció oportuno a fray Gaspar Sala. El primero, por cierto, llevaba su mismo apellido, Juan Sala: Serrallonga le vino de su mujer. En cuanto a ‘Perot el Lladre’, fue declarado enemigo del reino (1608), sólo tres años antes de recibir el indulto del Virrey de Cataluña, con destino a Nápoles como oficial de los Tercios (1611). Mal candidato, pues, para el ejemplario del padre Sala. Además, el historial delictivo de Perot mostraba que no se detuvo ante el sacrilegio; por ejemplo, cuando asaltó el palacio episcopal de Vich, o cuando robó dinero y alhajas en una iglesia… Decidido: algún día tocará denunciar ante el mundo los crímenes sacrílegos de la soldadesca extranjera, y entonces el autor de la Proclamación católica se alegrará de no haber aireado fechorías semejantes perpetradas por catalanes en su propia tierra [3].
Por eso, para demostrar la peligrosidad potencial de los vagamundos, incluso a nivel de motín, Sala prefiere llevarnos a Lyon de Francia (1529), donde
«un día se juntaron en gran número en la Plaza de los Cordeliers, y estando la ciudadanía descuidada subieron al campanario del convento y tocaron a rebato, aprovechando la confusión para saquear las casas vacías a mansalva, sin poderlos detener la justicia…» [4]
¿No podía ocurrir lo mismo en Barcelona? Vaya si pudo. En la revuelta de los Segadores, la gran mayoría no eran tales, sino gente del hampa bien dirigida y coordinada, pero sobre todo delincuentes del campo catalán, los mismos que «sostenían las parcialidades»  al servicio de la pequeña nobleza.

El remedio que preconiza fray Gaspar es preventivo. Recoger a toda esa gente en hospicios, donde chicos y grandes vivan en régimen de internado. Allí los más jóvenes aprenderán alguno de los oficios más necesarios.  También los mayores estarán bajo control, y el conjunto será una bolsa de trabajo, donde la buena sociedad recupere, en forma de menestrales y criados, el dinero que invirtió en limosnas para la institución.
Sala no presume de original. En España ya se había ensayado el ‘recogimiento’ de vagos, pero fracasó «por no haberse  acertado en los medios». Por eso el libro V de su Govern politich lo tituló, Buen gobierno que rige en el Hospital de la Misericordia. Aquella ‘Misericordia’ barcelonesa ya tenía bastante, dedicada a sus auténticos pobres, y no era cosa de meter allí también a los falsos y a los candidatos a serlo, los cuales deberán tener sus propios centros de acogida. La Misericordia y su buen gobierno era sólo el modelo, para acertar con los medios que en España faltaron [5].

Volviendo al propio Gaspar Sala, el aplaudido predicador de cuaresmas enteras, así como del aniversario Panegírico de los héroes catalanes del año 1639 (24 de abril) [6], en noviembre del mismo año se recibía de doctor en Teología por la Universidad de Barcelona, que luego le nombró catedrático a perpetuidad. Bien entendido que esta posición no colmaba su curiosidad ni sus ambiciones. Se anunciaba el golpe separatista, en el que fray Gaspar estuvo comprometido como partidario del entreguismo al rey de Francia Luis XIII, lo mismo que el presidente del General, el canónigo Pablo Claris.
De 1640 es la Proclamación católica, una excusatio non petita, escrita a toda prisa tras los excesos catalanes de junio, que por supuesto ni se tocan. Es también el ultimátum del capo conseller Claris al rey de España. Con ayuda de Francia, la rebelión catalana triunfa en Montjuich (26 de enero 1641). La inesperada victoria aseguró de momento el proyecto de República Catalana bajo protectorado de Luis XIII de Francia, investido como Conde de Barcelona.

Lágrimas de reír
Retrato de Pablo Claris, en Lagrimas Catalanas
Pero justo al mes y un día, Pablo Claris muere, y de su oración fúnebre de cuerpo presente en la parroquial de San Juan se encarga fray Gaspar Sala:
«Prediqué yo media hora, lo que hallé más a mano, porque no me dieron sino tres de tiempo para prevenirme.»  
Aquel funeral improvisado, en que «el cielo ayudó al luto y al llanto, con nubes negras y con lluvia menuda», supo a poco, y el lunes siguiente, 4 de marzo, el Consistorio organizó otro funeral de campanillas en la capilla de la Diputación, dando a Sala una segunda oportunidad de lucimiento:
«Volviéronme a mandar predicar, para compensar con mayor estudio las cortedades del día del entierro. Llegó el lunes por la mañana, púsose delante la capilla un túmulo rodeado de hachas… Y yo, por mi devoción, y por el afecto que tenía al difunto, pedí licencia para poner alrededor del túmulo… las siguientes ‘empresas’, que son el alma del sermón fúnebre.»
No sé en qué lengua hizo su sermón el agustino. Si fue en catalán, sería el ‘moderno’, el que se hablaba en Barcelona, muy castellanizado. Aunque también pudo pronunciarlo en castellano, al menos así lo imprimió: Lágrimas catalanas, al entierro y obsequias del Illustre Deputado Ecclesiástico de Cataluña, Pablo Claris (Barcelona, 1641). La edición se adornaba con una estampa grabada de Santa Eulalia, más un retrato del difunto troppo vero, es decir, malencarado, con la divisa:
Sibi nullus, omnibus omnis fuit
(Fue nadie para sí y todo para todos) [7]
Pero lo más llamativo de la publicación es el escudo de armas en la portada. No el de Claris, por supuesto. ¿Adivinamos de quién? Pues claro que sí: del valido o  primer ministro de Francia, el cardenal Richelieu, a quien Sala dedica la obra en términos adulatorios. Su Eminencia se frotaría las manos, si no se partió de la risa.
Las ‘empresas’ que puso fray Gaspar rodeando el catafalco, a modo de power-point predigital para explicar el carácter del finado, eran una serie de imágenes alegóricas, o emblemas, cada una con su mote o pie de figura.  Por ejemplo:
«En la primera empresa (significando su constancia) estaba pintado un elefante, a quien tenía asido por la oreja el perro de Alejandro; y la letra que decía: NEC CAESUS CAEDAM»
Dicho así, más que una ‘empresa’ era un enigma para los no iniciados. Y así todas las otras. Esto creaba intriga, en el apogeo del barroquismo sacro-profano, cuando el público de los sermones se pirraba por tales acertijos, entendiéndose que fray Gaspar en la oración fúnebre los iría soltando uno a uno.
Nec caesus cedam, ‘Ni despedazado soltaré’: ¿qué tenía eso que ver con Pablo Claris? Muy sencillo. Un perro, que atendía por Peritas, era el favorito de Alejandro Magno para la caza. Presa que hacía, no la soltaba. Dice el cuento que el tal can trabó por una oreja a un elefante, con disgusto de Alejandro, que ordenó cercenarle la cola. De nada sirvió, ni tampoco cortarle una a una las cuatro patas.  Aburrido el amo, mandó decapitar al perro, y aun así quedó la cabeza colgada de la oreja del elefante. Moraleja:
«De esta calidad fue la constancia de nuestro difunto Claris: no desistió del primer intento, hasta la muerte.»
Mal empezamos, si las lágrimas catalanas son de risa. Porque si el elefante era España y Claris era el can, el cartel era de chiste: Don Felipe IV con la cabecita del gozque catalán  colgada de la oreja, como un pendiente. Richelieu al menos, seguro que lo pilló por el lado cómico, bastante le importaba a Su Eminencia un simple canónigo como monsieur Clarís.
Así iba describiendo el predicador, a golpe de conceptos y retruécanos,  las virtudes cívicas del caudillo separatista. Muy significativa la empresa XII:  
«La hidra de Hércules con seis cabezas, y una cortada: significando los seis del Consistorio, y la cortada el difunto; con la letra que decía: UNO AVULSO.  Es a saber, si se corta una, nace otra. Así muerto Claris insigne, nacerá otra cabeza… Otras empresas puse, que por no ser prolijo las dejo».
Decididamente, la lógica no era el fuerte del ‘profundo teólogo’ fray Gaspar, que en esta historia moral confunde al bueno y al malo. La Hidra era un monstruo maligno, y comparar al General de Cataluña y sus Seis cabezas (tres diputados y tres oidores) con una hidra enfrentada a Hércules el bueno –España, para el caso– era un insulto a la cordura. Pero hombre de Dios, ¡si usted mismo reconoce a Hércules como el fundador de la Barca-nonia /Barcelona!
Empresa particular fue el propio blasón de armas de los Claris: «una Luna, puntas abajo, como que va a ponerse; y añadiendo un mote latino que diga: Moritur, et oritur [8].
Fray Gaspar ha dicho que aquellas empresas eran «el alma del sermón fúnebre». Sin embargo, en el texto que hizo imprimir no sigue ese programa, evocando alguna que otra como de paso, más el escudo de armas de los Claris. Por ejemplo, a «la granada que revienta para salvar a sus granos» se refiere a  mitad del sermón. Tal vez en un primer boceto el orador se entretenía y pensaba entretener con tales florituras. En todo caso, el acto religioso fue todo él de afirmación política, tras la victoria catalana sobre España:
«Asistieron convidados los Conselleres de Barcelona, junto con los Deputados y Oidores. Llenóse la capilla de los más lucido de la Ciudad, comenzó la música la misa de Difuntos, y prediqué el siguiente sermón. En el cual he ingerido lo que dije en el entierro, y ampliando algunos conceptos.»
El sermón fúnebre por Pablo Claris, el 4 de marzo en la Capilla de San Jorge de la Diputación de Barcelona fue pura munición política, y su publicación en castellano la convertía en un proyectil más en la guerra de papel. Cataluña no estrenaba independencia, consciente de que eso era imposible por entonces. Alejada la amenaza española, desempolva sus oropeles pactistas para festejar su luna de miel con su nuevo soberano, el rey de Francia. Claris ha muerto, y con él el proyecto de una República Catalana autocéfala. Toda la sublimación del difunto que el orador va desplegando ante su auditorio de próceres refleja  frustración y fracaso político. No  otro nombre merece el reconocer que todo el logro del héroe Claris ha sido sacudir de Cataluña el yugo de Castilla, total para cambiarlo por el de Francia.  
El tono del sermón es abiertamente antiespañol. Siguiendo una tradición muy catalana en la oratoria sacro-política, abundan los paralelos tomados del Antiguo Testamento o Historia Sagrada. Así, en paráfrasis más atrevida que atinada, comparando la muerte de Claris y la de Saúl, con la endecha de David (“Callad, no lo sepan las ciudades filisteas”), el orador exclama:
«No divulguéis, Señores, esta muerte, ahogad los suspiros, porque no los lleve el aire a los escuadrones del enemigo… Cállese esta muerte, Catalanes. Silencio, no oiga llorar el enemigo esta pérdida. No alentemos con nuestro llanto u cobardía… Cállese su muerte, por no dar este alegrón a gente excomulgada.»
Olvidando, como digo, los jeribeques conceptuosos de la alegoría, Gaspar Sala escoge referentes bíblicos que evocan el momento fundacional que creía vivir Cataluña. Claris ha sido el Moisés que ha despertado a su pueblo, le ha trazado normas y camino y le ha guiado hasta la  tierra prometida, a cuya vista muere sin gozarla él mismo.
«Merece ponderación lo que solía decir nuestro difunto a los que, vencidos de sus méritos y trabajos, le pronosticaban y aun con certeza aseguraban altísimas remuneraciones y mercedes del Rey nuestro Señor Luis XIII. “Testigo me es Dios (decía), que no solamente no pretendo lo que podría esperar, pero lo aborrezco, y me alancean el corazón los que con estos devaneos maculan el candor de mi intención.” Y para comprobación de esta verdad, afirmaba y juraba que cuando se le ofreciese premio alguno, por alto que fuese, no lo había de aceptar de ninguna suerte, por que nadie pudiese llegar a pensar que lo que había hecho tenía tanto de útil para sí, como de interés para su Patria…»
Y aquí el predicador aventura un concepto arriesgado: ¿En qué mostró más Cristo su amor al hombre? ¿en morir crucificado o en darse en la eucaristía? «¿Por dónde sale éste?”, se mosquearía el auditorio. Pues iba nada menos que a comparar a Claris con Cristo:
«¡Oh ilustre Diputado! muchas finezas obraste por tu patria. Por ella perdiste la vida, rindiéndola al cuchillo del trabajo, a los golpes de las ansias. No pudo hacer más por Cataluña, que morir trabajando por ella. Pero cuando… contemplo la aversión que tenía al premio de sus trabajos para argumento del candor de su intención, digo que esta fineza es mayor entre mayores…»
¿De qué murió Claris? Tal vez de un resfriado que agarró en la noche larga invernal de Montjuich, subido a la muralla de la Ciudadela, para seguir la peripecia. También se especuló con el veneno, como era inevitable. Pero no; fray Gaspar tiene su teoría:
«¡Ay, señores! Si preguntáis al difunto, “¿de qué habéis muerto?”, con toda propiedad nos puede responder: “Pro honore vestro. Por vuestra reputación, por la honra de Cataluña, por lo decoroso de mi Patria. El trabajo de estos cuidados me quitó la vida… Como Fénix me abraso, para que renazca mi Patria mejorada.”»
Las oraciones fúnebres no suelen ser ocasión de chismorreo sobre los defectos y vicios del finado. Ésta no quebranta la norma. Al contrario, a estas alturas se ha convertido en panegírico santoral, donde sólo falta que el orador sagrado proponga abrir a Claris el proceso canónico, si se digna hacer algún milagro. ¿Acaso no los hizo Don Carlos, el Príncipe de Viana, cuando murió en Barcelona (1461), alzado contra su padre Juan II de Aragón y rey consorte de Navarra?
Claris acumuló muchos agravios del rey de España, del Virrey, del valido Olivares y de las castellanos. Todos los aguantó sin respuesta. Hasta que la soldadesca española profanó la eucaristía en algun lugar de Cataluña, y eso fue intolerable para su devoción personal:
«Era devotísimo de este augustísimo Sacramento, y en la catedral de Urgel, de donde era canónigo, había fundado renta para cien velas que ardiesen en el monumento el Jueves Santo, perpetuamente cada año. Y así, en las ocasiones de resolverse, no obstante las injurias hechas por los castellanos al Principado…, no se acordaba sino del agravio hecho al Santísimo Sacramento. “Esta causa (decía) es de Dios”…»
Convertir la causa catalana en guerra de religión, al estilo de aquel siglo, será leitmotiv de la Proclamación católica, como veremos en otro artículo. Aquí nos quedamos con la palabra del panegirista, que vuelve a comparar a Claris con Moisés:
«Por esta razón juzgo que en la sagrada Escritura no hay varón cuyos progresos vengan más ajustados a nuestro difunto, que los de aquel capitán famoso Moisés. ‘El amado de Dios y de los hombres’...»
El paralelismo vital entre ambos caudillos, el hebreo y el catalán, es plutarquiano, y como se mostró en la muerte, también en la cuna. Fray Gaspar descubre con agudeza la relación entre el infante Moisés sacado del Nilo y el rito de la ‘extracción’, tan original para sortear en Barcelona a los diputados y cargos:
«Moisés quiere decir ‘extraído de las aguas’. Y eso es ser diputado, pues para serlo en Barcelona los sacan por suerte de una urna llena de agua, donde en unas cuentas de madera andan nadando los habilitados.»
Y aquí aprovecha para volverse a las autoridades y aplicarles el cuento:
«Ceremonia que predica a Vuestra Señoría la obligación que tienen de mirar por el pueblo. Salidos del agua, como Moisés. Extracti: extracción llamamos en Cataluña… para que sepan que salen de allí, no para el descanso del oficio, sino para la obligación… de oponerse a cualquier orden que contravenga a los privilegios y al estado privilegiado de Cataluña…»
De pronto el predicador, como para espabilar a un auditorio soñoliento, se permite tensar el hilo en tono demócrata-populista. Pero no hay cuidado, es sólo un truco oratorio:
«‘Extraídos de las aguas’. ‘Aguas’ en la Escritura santa significan el ‘Pueblo’... No metidos en las aguas, sino salidos de las aguas y superiores a ellas. Así nos pinta el Génesis al Espíritu de Dios… No zambullidos en las aguas, sino superiores, desapegados de ellas; eso es ‘extracti’.»
Aquí el discurso se vuelve épico, al pintar la victoria de Montjuich como éxito personal y casi milagroso de Claris, «movido de este Espíritu superior a las aguas» –es decir, por encima del pueblo, aunque por amor al pueblo–; en una sublimación a posteriori realmente ingeniosa:
«No había por nuestra parte forma de ejército: ni de franceses que nos defendiesen, ni de catalanes que nos defendiésemos. No obstante toda esta necesidad, con ánimo y valor intrépido concluyó (a vista del enemigo) la entrega del Condado…
No fue esto necesidad, sino amor. Fuéralo, si pudiéramos en esta ocasión escoger: o el morir a manos de los castellanos, o el entregarse al Rey Cristianísimo, una de dos. Pero el negocio estaba en términos que uno y otro podía suceder: entregarse, y morir juntamente. Y así no nos entregamos por no morir a manos de castellanos, sino por no vivir sujetos a ellos. Y cuando nos vimos amenazados de muerte, y a dos dedos de la espada, nos pareció más honroso morir con nombre de vasallos de un Rey que nos favorecía con  sus armas [¿!], que de un Rey que nos depopulaba (despoblaba) con las suyas.
Esta resolución no nos aseguraba la vida, pero nos consolaba en la muerte. Y esta acción fue amor fino, y no necesidad; porque si esta fuera la causa impulsiva, antes nos obligaba a pedir pactos al enemigo pujante, que entregarse a un Rey cuyos ejércitos no teníamos presentes.»
Tanto retruécano sólo trata de reforzar la tesis extravagante de una ofensiva española de exterminio. Conjurada hábilmente, no con la ayuda efectiva de Luis XIII, sino comprándole su protección nominal, «su nombre formidable a la nación castellana».
«Después del favor del cielo, la mayor fortificación que tuvo Barcelona en Monjuyque fue el nombre de Luis, Rey de Francia. Porque al batallar con los enemigos, cuando los nuestro, catalanes y franceses, gritaban, “¡Viva el Rey de Francia!”, las sílabas de este regio nombre, cual trueno pavoroso, los aturdía…»
Y vuelta al tema de la guerra santa como pretexto de la traición:
«La causa de Cataluña era de tal calidad, que para su defensa, solas las armas y nombre de este gran monarca venían ajustadas al intento. La causa principal y el motivo impelente de las armas de Cataluña es el agravio sacrílego, hecho  al Santísimo Sacramento del altar por las armas castellanas. Y para defender a Dios sacramentado no se puede hallar fortificación más propia que las armas de los Cristianísimo Reyes.»
Nótese el silencio absoluto sobre el episodio de los Segadores, lo mismo aquí que en otros textos de Sala y la propaganda oficial. La Revuelta de los Segadores, el ‘Corpus de Sangre’, con mucho retraso darán pie a un mito romántico, en los antípodas de la percepción coetánea, fuese catalanista o felipista. Los propios separatistas de entonces preferían pasar página de aquellas ‘aguas revueltas’.  En el sistema jurídico del Antiguo Régimen, la postura de rebeldía no era bien vista, ni motivo de orgullo para las clases privilegiadas y las personas cultas, incluso en provincias aforadas y aferradas al pactismo.

El premio de un patriota
Como el capítulo va siendo largo, dejaremos para otro lo principal, que es el argumentario de la Proclamación católica y la respuesta que tuvo. Acabo, pues, con algunas noticias sobre el personaje que la escribió y que nos ha hecho el gasto de hoy, fray Gaspar Sala.
Si Sala, que tanto alabó a Claris por su desinterés (“Todo para todos, nadie para sí”), hubiese tenido que pronunciar su propia oración fúnebre, no habría podido jactarse de lo mismo. Su traición tuvo su paga, no sé si a la altura de sus ambiciones. No obtuvo ninguna mitra, cosa que por otra parte le habría marcado, cuando las mitras catalanas estaban prácticamente en bloque a favor de Felipe IV. Lo que hizo el Rey de Francia fue nombrarle su predicador de cámara y cronista oficial (1642); y en un reparto de abadías vacantes a predicadores que agitaron desde el púlpito en pro de Francia,  a fray Gaspar le cayó nada menos que San Cugat del Vallés.
Esta merced sentó muy mal, empezando por la Congregación de monjes San Benito, que protestaron. Como protestó también el gobernador José Margarit –en su juventud bandolero, de los de alcurnia–, nada simpatizante de fray Gaspar Sala. En ninguna parte leo que el agustino se pasara a los benedictinos. Tal vez fue  sólo ‘abad comendatario’, con derecho a la administración y a la renta pero sin función de gobierno. Lo cierto es que el beneficiario se agarró a su abadía como una lapa, y esto le desprestigió más aún, pues era voz común que el religioso necesitaba la renta, porque tenía querida y varios hijos que mantener [9].
Con la reintegración de Cataluña a España, el abad Sala pasó a Perpiñán, siempre reclamando su título. Finalmente, en el perdón general de Felipe IV, fray Gaspar fue rehabilitado y confirmado en su dignidad. Hay quien dice que murió en su monasterio de San Cugat.



Notas:
[1] Cfr. María Soledad Arredondo, ‘Armas de papel. Quevedo y sus contemporáneos ante la Guerra de Cataluña. La Perinola, 2 (1998): 117-151.; Literatura y propaganda en tiempo de Quevedo: Guerras y plumas contra Francia, Cataluña y Portugal.  Iberoamericana/Vervuert, 2011.
[2] El catalán que adopta es el hablado, o ‘moderno’: «No he volgut usar lo catala antich, sino lo modern, y que tots parlen: perque los demes auctors llatins y castellans componen ab llegues modernes, y no antigues» (Al lector). La obra se imprimió en Barcelona, en casa de Sebastián y Jaime Mathevat, impresor de la Ciudad y su Universidad.
[3] Almudena García González, La figura de Juan Sala Serrallonga en ‘El Catalán Serrallonga y Bandos de Barcelona». XII Congreso Internacional AITENSO… : 195 y sigs.
[4] Fue lo que en la historia de la ciudad se conoció como la ‘Grande Rebeyne’ o gran motín. Que no tuvo el carácter que aquí le da nuestro filántropo, para su intento, pues fue una de tantas revueltas motivada por la carestía de grano. El 18 de abril la ciudad se cubrió de carteles convocando para el domingo, 25, asamblea popular en los Cordeleros (franciscanos), para agenciar trigo en los graneros de los acaparadores.  Ese día varios miles de personas escucharon una soflama, antes de acudir al saqueo del pósito municipal, y fue entonces cuando un toque de rebato en la torre de Saint-Nizier dio la señal de pillar grandes mansiones burguesas –muchas de ellas de banqueros y comerciantes italianos establecidos en Lyon–, así como conventos y abadías.  
[5] ¡Cómo podía el agustino adivinar que, en un futuro, su Colegio de San Guillermo, desamortizado, pasaría a formar parte del complejo de instituciones benéficas de la ciudad, incluida la nueva Casa de Misericordia!
[6] Este panegírico aniversario se predicaba el 24 de abril, el día siguiente a la fiesta se San Jorge, y se insertaba en una misa de réquiem por todos los difuntos catalanes beneméritos. Andrew Mitchell (pág. 23) recalca la singularidad de este aniversario, diciendo que no conoce paralelo en Castilla ni otras partes de España en la época. Esto sería reflejo de una conciencia nacional propia. Sin ponerlo en duda, la costumbre catalana se ajusta a los usos de las cofradías, donde a la fiesta titular seguía la conmemoración de los difuntos en el año. Lo que a su vez reproducía el uso litúrgico general, que coloca tras la fiesta de Todos los Santos la conmemoración de los difuntos. El sermón de Salas es explícito en cuanto al carácter expiatorio y sufragial del aniversario.
[7] Antes del panegírico va un ‘Relación descriptiva del Difunto’:
«Era de buena estatura (que en la desmesurada se disipan los espíritus del alma, y en la pequeña se embarazan); el rostro algo tirado, el pelo entrecano, el color trigueño, y quebrado, los ojos vivos algo grandes y salidos, la nariz un poco aguileña, los labios gruesos: con que se manifestaba a los fisonómicos varón entero, firme, verdadero, discretamente severo, y prudentemente arriscado… Era en el trato grave, pero alegre: en el hablar agradable, pero conceptuoso: en el andar fogoso, pero remirado. Era en el vestir modesto, pero aliñado; en su proceder honesto, en aconsejar acertado, en resolver maduro, en executar promptíssimo, en acariciar amoroso, en agasajar urbano, en reprehender severo, en negociar astuto, en persuadir eficaz… No aspiró a mayor fortuna que a la de Canónigo de la Cathedral de Urgel…»
[8] Pero La Adarga catalana habla de ‘creciente’. Claris de Berga trae de azur un Creciente de plata
[9] Cfr. Nùria Sales, “Els segles de la decadència (Segles XVI-XVIII)”, en P. Vilar (Dir.), Història de Catalunya, Edicions 62, Barcelona, Vol. IV, 1989, pág. 371.