martes, 23 de agosto de 2016

Disputas en el firmamento


‘Rabinos en disputa sobre un pique del Talmud’  (Carl Schleicher (h. 1860/70)

Aprovechando la calma con que nuestros políticos se toman las cosas efímeras de este mundo, dejemos por el momento también nosotros los temas de actualidad para engolfarnos en la especulación trascendente.
El tema etno-religioso no es extraño a este blog, donde en varias ocasiones se han tocado aspectos del Cristianismo, el Judaísmo y el Islam, por no mencionar el Nacionalismo Vasco en lo que tiene de etno-religión, que es casi todo: es su médula, como en el zelotismo judaico.
Hoy invito a una velada sobre etno-religión judía, pero sólo de una rama particular: el Judaísmo rabínico. Mucha gente no sabe, o  le tiene sin cuidado, que el Judaísmo es multiforme. El propio Cristianismo nació como secta judía, en competencia con saduceos, fariseos, esenios, canaítas (o zelotas), hasiditas (o píos)  y demás. Jesús se mostró distante y despectivo frente al saduceísmo; y aunque se opuso al zelotismo patriótico, pescó prosélitos en ese grupo,  como el apóstol Simón el ‘Cananeo’ –llamado así en Mateo y Marcos, por el ‘Canaíta’, que Lucas traduce bien al griego como el ‘Zelota’–.
Muy distinta fue su relación con el fariseísmo. Una primera impresión es de enfrentamiento radical, como se percibe in crescendo en el Evangelio de Juan, donde judíos y fariseos vienen a ser sinónimos (tomemos nota). Pero a la vez conocemos a prohombres fariseos amigos secretos de Jesús, como fueron Nicodemo y José de Arimatea. Lo cual apunta a un fariseísmo polifacético, donde la hostilidad al nuevo Mesías se refiere sólo a los ‘hipócritas’, no a los fariseos ‘sinceros’ o ‘israelitas de verdad’ (Juan, 1: 47). El más ilustre converso fariseo, que nunca dejó de serlo, fue Saulo/Pablo. Pablo es el apóstol que, paradójicamente, pone a disposición del mundo gentil el cristianismo nuevo; pero un cristianismo impregnado del fariseísmo de Saulo.
Para entrar en materia, aquí dejo el preámbulo, con esta premisa: el Judaísmo rabínico sería el heredero y continuador del Fariseísmo de tiempos de Jesús y de Pablo. Este judaísmo, representado hoy por los grupos ortodoxos – lo de ultra-ortodoxia no sé bien lo que es–, se funda en dos pilares: la Escritura, cuyo núcleo es la Torah (o Ley de Moisés), y la Tradición rabínica, centrada en el Talmud.
Ambos pilares son equivalentes. ¿O tal vez el Talmud tendría más peso que la Escritura? Esto último ya lo reprochaba por adelantado Jesús (Mateo, 16: 23), que no conoció el Talmud por hacer, pero sí a sus precursores, los fariseos. Los ‘lazarillos ciegos’, les llamaba, por esa manía  de preferir «las disquisiciones humanas a la palabra divina». Los judaísmos ‘no rabínicos’ (si vale la etiqueta) en parte están de acuerdo con eso de primar la Biblia Hebrea y restarle o negarle importancia al Talmud y sus excrecencias.
Porque el Talmud, con ser la base del Judaísmo rabínico –una base harto ancha y compleja, como se adivina con sólo mirar por el forro la serie de tomos que ocupa el Talmud Babilonio, bien aprovechados como muestra la página–, se rodea de comentarios, y en su enorme variedad temática dio origen a una literatura, de sustancia y peso muy desigual.
De paseo por el Jardín de las Maravillas
Hace unas semanas honraba mi soledad rural con su visita un jesuita especialista en Sagrada Escritura. Incidentalmente surgió el tema de la utilidad del Talmud, y del rabinismo en general, para entender la  Biblia. Donde, con cierto asombro, vi al religioso bastante abierto al respecto. Utilidad no sólo como herramienta filológica obvia, sino también (y de ahí mi sorpresa) por la eficacia de su método para la exégesis y la especulación teológica.
Eso me ha movido a asomarme otro poco a ese huerto. De paseo por la afueras, nada más, porque es un laberinto de mucho cuidado. Mi sobada ‘Antología del Talmud’, de David Romano (J. Janés, 1953), no me sirve aquí de mucho. Buscando algo más sistemático, heme aquí de bruces ante ‘El Judaísmo al descubierto’ (1711), del hebraísta alemán Eisenmenger, a quien no conocía de nada.
Es un trabajo que impone por su volumen y densidad. Las dos partes o tomos cubren más de 2.000 páginas, sin contar al principio las 16 de bibliografía rabínica y auxiliar utilizada (unos 300 títulos), más otras 80 páginas finales de índice alfabético a todo detalle. El método del autor consiste en ordenar citas textuales, a menudo extensas,  en su original hebreo-arameo –la ‘lengua de los sabios’–, con traducción y glosa al canto, en alemán. Los comentarios del propio autor son escuetos. Todo muy compacto.
No es, por tanto, una obra fácil. Por ello ha sido objeto de refundiciones o adaptaciones abreviadas, en inglés y en alemán. Ambas omiten las citas en hebreo-arameo, e incluso la traducción textual y glosada, que resumen libremente y alteran el orden. La consulta del original sigue siendo imprescindible.
Bien; pero a todo esto, ¿quién fue ese Eisenmenger? Y aquí mi primera sorpresa, al verle en la picota de los antisemitas, a título de corifeo. «Eisenmenger (Juan Andrés). Filólogo y antisemita famoso» –entra en frío la ‘Espasa’, que siguiendo más o menos a la ‘Encyclopedia Judaica’, incluso remacha los toques pertinentes, en especial el ‘significativo’ subtítulo completo de su libro: “Informe fundamental y verídico de cómo los obstinados judíos ofenden horriblemente y deshonran a la Santísima Trinidad, a la Santa Madre de Cristo, desprecian el Nuevo Testamento» etc. etc. También en la biografía alemana de J. J. Schudt (1664-1722), en Wikipedia, se menciona a Eisenmenger como «uno de los precursores del antisemitismo moderno».
Nuestro autor y Schudt fueron, además de contemporáneos y conocidos, colegas que en el cambio de siglo XVII-XVIII se interesaron por la suerte y la posible integración o asimilación cívica de las juderías alemanas. ¿Antisemitas?
Juan Jacobo Schudt
No conozco retrato alguno de Eisenmenger. Uno que he visto pegado  a la portada de su libro no es suyo, sino muy posterior, del filósofo G. F. Daumer, figura destacada en el ‘caso  Kaspar Hauser (1828-1833)’. Valga pues, siquiera para hacernos una idea del traje académico de época, el grabado de Schudt, al frente de su estudio etnojudáico ‘Curiosidades Judías’ (Jüdische Merckwürdigkeiten, 1714).
Tanto Schudt como Eisenmenger escriben desde la ‘superioridad moral’ del Cristianismo respecto al Judaísmo, en los albores de la Ilustración. Atrás quedó la controversia escolástica antijudía que se nutrió bien y mal en obras como el ‘Cabestro de los Judíos’ (Capistrum Judaeorum, 1267) o el monumental ‘Puñal de la Fe contra moros y judíos’ (Pugio Fídei, h. 1278), ambas del dominico aragonés Ramón de Martín, o Martínez.
El Puñal fue durante siglos arsenal de munición anti talmúdica, y estaba disponible en edición espléndida (París, 1651), enriquecida con material propio por el talmudista bordelés Joseph De Voisin, flamante autor de ‘La Teología de los Judíos’ (1647). De Voisín sigue el método de Martín: ir citando autoridades rabínicas en su original hebreo-arameo con traducción latina, con toda la fidelidad que permitía el estado del arte en la época. Un método que viene a ser el mismo de Eisenmenger. Sin embargo, éste no cita a Martini ni su ‘Puñal’.
Como tampoco cita prácticamente nada del ‘Caso Reuchlin’, que dio origen a las ‘Cartas de Desconocidos’ (Epistolae Obscurorum Virorum, 1515-1517), obra maestra de la sátira alemana renacentista, donde el judío converso Juan Pfefferkorn hace de malo intrigante. De esta controversia sólo menciona el nombre irrelevante del judío converso Víctor Carben, sólo para decir que su ‘opúsculo de los judíos’, impreso en 1550, era inencontrable (!).
Johann Andreas Eisenmenger (1654-1704), n. en Mannheim de buena familia funcionarial en la clientela del Príncipe Elector del Palatinado, siendo todavía niño pierde a su padre, pero el duque Carlos I Luis le protege y le ayuda a desarrollar su aptitud demostrada en el restaurado Colegio universitario de la Sapientia, en Heidelberg: el estudio de lenguas orientales, que perfeccionará en Inglaterra, Holanda, antes de volver a Alemania.
Su estancia más fructífera fue en Amsterdam –la ciudad del judío maldito de judíos Baruch Espinosa (1632-1677)–, donde se relaciona con sabios rabinos que le iniciaron en su literatura religiosa. Allí concibió y puso mano a la gran obra de su vida: un estudio sistemático del Judaísmo rabínico profesado en su tiempo, con sus diferencias más chocantes frente al Cristianismo. Diferencias que para un cristiano eran sinónimo de ‘errores’.
A este tipo de empresas siempre se les busca a posteriori un motivo personal, alguna anécdota motivadora. Que para el caso fueron dos. En 1681, Eisenmenger habría oído a un rabino principal en una homilía despacharse contra Jesucristo. El Gran Rabino de Amsterdam era entonces David Lida, todo un peso pesado. Por si fuese poco, entre sus contactos en la misma ciudad nuestro hombre conoció a tres conversos al judaísmo, tres ‘malos cristianos’ que se habían hecho circuncidar. Cosas así no debían ocurrir, y el mejor preventivo era poner al desnudo, en alemán, las intimidades judaicas ocultas bajo el hebreo-caldeo. De ahí, ‘El Judaísmo al descubierto’.
Aquel estudio le llevará 19 años, entre Holanda, Francfort (donde conoce a Schudt) y Heidelberg; estudiando unas 200 obras judías, entre pequeñas y muy grandes, con gran esfuerzo que gasta su salud y patrimonio. Y aquí entra otra anécdota ‘explicativa’ como las dos anteriores. ¿Cómo tuvo este cristiano tanta entrada con los rabinos de Francfort y sus bibliotecas? Muy sencillo: el discípulo les engañó haciéndoles creer que pensaba en convertirse.
Este infundio tan repetido se basa en un doble malentendido. Es creíble, como escribió Schudt, que algunos rabinos, en cuanto veían a un cristiano curioso del Talmud o la Cábala, se les antojaba un judío en ciernes.  Pero al revés, cabe pensar, los mismos rabinos, que tampoco enseñaban nada gratis, ante los murmullos de su parroquia por aquella ‘venta de secretos judíos’ se justificarían alegando que el goy (el gentil) venía con ánimo de desprenderse de su prepucio, más que de su dinero.

Procesión cívica de judíos  (Francfort, 1716). De Schudt, Curiosidades judías

En 1700 ya estaba lista una tirada de 2.000 ejemplares, de los que algunos circularon privadamente, a manera de sondas como se estilaba. El autor estaba ansioso, por su libro y por su salud. La empresa de su vida le trajo dos cosas importantes, que al fin se quedaron en una. En primer lugar, su nombramiento de profesor de lenguas orientales en la maltrecha Universidad de Heidelberg. La segunda cosa fue el gran disgusto que le llevó a la tumba.
Las juderías pronto tuvieron conocimiento de ‘Entdecktes Judenthum’, que ellas traducían, ‘Eisenmenger al descubierto’. Conscientes de su peligrosidad, el lobby judío en la Corte Imperial no cejó hasta conseguir el secuestro de la edición, a expensas del banquero judío Samuel Oppenheimer. Hasta los influyentes Jesuitas se dejaron convencer de que aquel trabajo tan documentado de un autor protestante no era útil a la causa católica, y lo condenaron.
Francfort pertenecía a Prusia. De los 350 estados independientes en que salió dividida Alemania de la Guerra de los 30 Años y Paz de Westfalia –¡350 estados, se dice pronto, sólo en Alemania!: el sueño húmedo del nacionalismo no fractal–, Prusia era uno de los pocos grandes, donde al que tuvo se le dió más; el Palatinado, en cambio, fue uno entre los muchos pequeños y disminuido. Así, cuando el nuevo protector de Eisenmenger, el insignificante elector palatino Juan Guillermo de Neoburgo (1690-1716), quiso abogar ante el emperador Leopoldo por la publicación del libro, interesó en ello también al gran duque elector prusiano Federico III (1688-1713), que desde 1701 se llamará Federico I rey de Prusia, por servicios militares prestados al Imperio austríaco.
Federico I era rumboso y magnificente, a la vez que pío y tolerante en religión. La reina consorte Sofía Carlota seguía las ideas filosóficas e irenistas de su amigo y maestro Leibnitz. Los judíos del reino, aun lejos de la igualdad en derechos civiles, vivían prácticamente como los demás ciudadanos, y desde luego bastante más tranquilos que en otras partes. Al no conseguir nada de la corte de Viena, el propio rey Federico decidió reimprimir la obra. 
Para estorbarlo –se dice–, una comisión de judíos, con dinero de Oppenheimer (1704), hizo al autor la propuesta de comprarle la docena de ejemplares que le quedaban, por la suma astronómica de 12.000 guineas. Se dice también que él les pidió doble y mitad, y no hubo acuerdo. Pero me atrevo a decir que todo esto suena a falso. ¿A quién se le ocurre que iba a vender la obra de su vida por dinero? Si acaso, Eisenmenger les despachó con cajas destempladas, porque el mismo año muere de apoplejía. Lo que sí entra en lo posible es que sus herederos, nada desinteresados, una vez fallecido hiciesen la controferta.
El rey de Prusia sacó 3.000 ejemplares (Berlín, 1711), sólo que poniendo en pie de imprenta Koenigsberg, ciudad que caía fuera de la jurisdicción imperial. (La edición príncipe sólo se liberaría casi 40 años después de impresa, con portada indicativa del evento.)
La edición prusiana exasperó incluso a la judería de Francfort, pero tuvo el efecto positivo de permitir que los propios sabios judíos tomasen conocimiento de primera mano. Algunos emitieron juicio, reconociendo al menos la autenticidad de las citas, lo correcto de las traducciones, en suma, la honestidad científica y humana del pobre Eisenmenger. El Rabinato sabía de sobra que aquella no era la obra de un botarate. Entre los informes previos a la impresión, unánimemente positivos, algunos llevaban la firma de un rabino.
Juan C. Wagenseil (1633-1705)
Pero llovía sobre mojado. En 1681 otro gran especialista en judaísmo rabínico, Juan Cristóbal Wagenseil, había publicado un título incendiario, Tela ignea Satanae (Dardos ígneos de Satán), dando a conocer al público académico hasta media docena de libros judíos anticristianos «arcanos e inéditos, extraídos de escondrijos europeos y africanos, y sacados a la luz».
El nombre de Wagenseil seguramente nos suena más en relación con la música. Sin confundirle con su descendiente el compositor vienés Jorge Cristóbal Wagenseil (1715-1777), Juan Cristóbal fue el primero que estudió la institución germánica de los ‘Maestros Cantores’ y publicó muestras de su música (1680), que dos siglos después inspiraron a Wagner (1868).
Pero volvamos a su liaison dangereuse con la Sinagoga. De su libro sobre la Sota (‘la mujer sospechosa de adulterio’) –uno de los tratados del Talmud– tal vez haya ocasión de comentar algo otro día, aquí sólo decir que demostró una erudición pasmosa, junto con un criterio tal vez no a la misma altura (1674). En cuanto a la obra citada, los ‘Dardos de Satán’, aquellos escritos anticristianos más bien olvidados que desconocidos se cerraban con el escandaloso Toledoth Yeshu (‘Historia de Jesús’), que fray Raimundo de Martín ya había puesto en latín en el siglo XIII.
Es un panfleto medieval, que aunque hoy se le resta importancia, en siglos pasados corrió como parodia de midrash hagádico (o historieta edificante). Aunque no sea obra canónica, recoge chismes sórdidos del Talmud  sobre Jesús Nazareno. Pero ojo, advierten judíos modernos: se trata de «un personaje del s. II a. de JC, que nada tuvo que ver con el Jesús Cristiano». ¡Hombre, esto debió avisarse a tiempo! De todas formas, la novelita judía no deja lugar a dudas, qué Jesús hace el gasto.
¿Era Wagenseil antijudío? No más que Eisenmenger. Ambos protestaron esperar la salvación de Israel –tal como ellos podían entenderla, obviamente–, y Wagenseil publicó un libro con ese título, ‘Esperanza de la Salvación de Israel’ (1705 y 1707). Y aunque pidió a las autoridades se prohibiese la circulación de ‘blasfemias’ judías, así como ciertas prácticas abusivas (como la usura), excluyó explícitamente como calumnias las imputaciones más graves que se hacía al judaísmo, empezando por el infanticidio ritual y el tráfico de sangre cristiana. En todo lo demás, los judíos no debían ser molestados. Llamar «sucio antijudío» (nasty anti-Jewish)  a un un sabio que dedicó su ciencia, su tiempo y su dinero a refutar en todo un libro la conseja del asesinato ritual es tener una idea algo peculiar del antisemitismo.
San Simón de Trento (1475). Supuesto asesinato ritual judío (Chronica Mundi)
En cuanto al antijudaismo de Eisenmenger, sólo un detalle. En el ‘Judaísmo al descubierto’ (1: 147) él mismo habla de otra obra suya paralela, con el mismo método expositivo, demostrando la verdad del Cristianismo con los argumentos del Judaísmo rabínico al pie de la letra. ¿Qué fue de esa obra? Se quedaría en proyecto, o no la pudo acabar. En todo caso, extraño plan, para ser de un ‘antisemita’.


¿Otro profesor de hebreo que no sabe hebreo?
La segunda sorpresa sobre Eisenmenger será que hay quien se permite dudar si conocía las obras que citaba; y lo que es más peregrino, si sabía algo más que rudimentos de hebreo. Sí, han leído bien. Ambas preguntas estupendas pueden verse nada menos que en el prestigioso portal-biblioteca Academia.org, en supuesta ‘reseña’ (review) de la obra por berenike (01-13-2013). 
Este nick femenino, se repite allí mismo en otras reseñas de filología oriental, displicentes todas y pontificales. Gesenius, el autor del primer diccionario hebreo bíblico ajustado a la exigencia de la filología moderna, es bestia parda para berenike. La descalificación de Eisenmenger y su obra es total sin paliativos:
«Sólo para personas fuertes de estómago. Gustav Dalman llamó el trabajo de Eisenmenger compendio de todo lo hay de ‘repulsivo’ en el Cristianismo (a compendium of all that is ‘repulsive’ in Christianity), y una representación nada exacta del Judaísmo. ¿Todavía deseáis leerle? Bien, si habéis leído ‘El Talmud desenmascarado’ de J. Pranaitis, ya tenéis leída la mayor parte del cap. 2. Pranaitis lee a Eisenmenger y le plagia, incluso en sus errores.
Por ejemplo, Eisenmenger pretende haber leído el Talmud en hebreo. Quien tenga alguna idea del Talmud sabe que se escribió en una mezcla de hebreo y arameo. Además, Eisenmenger mismo copió, incluso citándole, a Johann Buxtorf. De modo que Eisenmenger no toma sus materiales directamente del Talmud. En segundo lugar, tenemos amplio espacio para poner en duda que Eisenmenger entendía el hebreo
La única buena razón para leer a Eisenmenger es para desacreditar a los que le han copiado, concretamente a Pranaitis y a Heinrich Laible, y de segunda mano a Robert Travers Herford, que copia por extenso a Laible.
Esto hace de Eisenmenger el fundador de la Gran Mentira. Y ustedes que pensaban que eso lo hizo Hitler. Por eso es por lo que este libro es sólo para gentes de buen estómago.»

Sólo pretender haber demostrado así que el profesor de lenguas orientales de la Universidad de Heidelberg no tuvo ni idea de gramática hebrea es una candidatura formal al grado de estulticia cum laude. Cuando el doctísimo Franz Delitzsch –no judío, pero tampoco simpatizante de nuestro autor, ni de libro como éste– examinó la obra con lupa, los lunares que detectó (¡en un conjunto de más de 2.000 citas!) no fueron de gramática elemental, ni desconocimiento de las fuentes, como denuncia berenike.

Cábalas judías: Dios en el Espacio
El Libro de Raziel en edición moderna
Empezando por la idea sobre Dios, que es el principio de toda religión, abrimos el «manuscrito y nunca impreso Libro de Raziel». Un libro cabalístico que dicho ángel reveló a Adán.  De ahí también el título de Gale Razeia (‘Revelaciones de Razías’), que es como lo citó el jesuita Martín del Río en sus Disquisiciones Mágicas. La obra se leyó mucho en el Renacimiento, cuando se plantea el proyecto de una ‘Cábala Cristiana’. Y antes aún, sin entrar en esos dibujos, el Raziel se leyó en la corte castellana de Alfonso X el Sabio, que ordenó su traducción al latín.
Dicho libro pone en boca de Rabí Ismael lo que le comunicó el Metatrón o ‘Gran Príncipe del Testimonio’, acerca de las dimensiones del Dios Yahweh en el espacio. Medidas expresadas en rebabs o miríadas (1 rebab = 10.000 millas). Pero no millas comunes, sino  celestes, donde 1 milla celeste = 10.000 millas de las nuestras.
Sobre esta base, el Ser Divino, sometido a una especie de bertillonaje cabalístico, encaja en esta ficha antropométrica:
«Desde la Casa de su Majestad hacia arriba, 118 rebabs (1.180.000 millas); y otras tantas desde dicho centro hacia abajo.
Altura de Yahweh: 236 x 1.000 rebabs.
Envergadura de brazo a brazo: 77 rebabs.
Distancia interpupilar: 3 rebabs.
Medidas craneocefálicas (largo y ancho): 3 rebabs.
Las coronas que lleva en la cabeza suman 60 x 10.000. en correspondencia con el número de los del Dios de Israel (o sea, las almas de los verdaderos israelitas). Por eso se llama el Dios Grande, el Poderoso y el Terrible.»
«A vuelta de hoja» (1:3), el mismo R. Ismael afirma haber visto personalmente al «Rey de los Reyes de todos los Reyes sentado en su trono alto y excelso, con sus ejércitos en posición de firmes ante él a derecha e izquierda», mientras otro Metatrón, ahora titulado ‘Príncipe de Ambas Caras’, le revelaba las dimensiones del Dios bendito, ocultas a toda criatura:
«Las plantas de sus pies pisan como escabel el mundo entero (cfr. Isaías, 66: 1), y la altura de los mismos mide 3 rebabs; desde las plantas hasta el empeine, 1.000 rebabs + 500 millas; desde el empeine hasta las rodillas, 19 rebabs + 4 millas en alto; de las rodillas a las caderas, 12 rebabs + 1.004 millas en alto. De las caderas al arranque del cuello, 24 rebabs. Altura del cuello: 30.000 rebabs + 800 millas. Largo de barba: 11.500 millas. La niña de su ojo derecho mide igualmente 11.500 millas, y lo  mismo la del izquierdo. Distancia entre hombros:  16.000 rebabs. De un brazo al otro: 12.000 rebabs; equivalente a la longitud de los dedos de la mano, unos con otros.»
Para concluir:
«R. Ismael me dijo delante de su alumnado: “Yo y R. Aquiva somos garantes en esta materia, y que todo el que sepa las dimensiones de nuestro Creador y la alabanza del Dios santo y bendito tenga por seguro ser un hijo del Siglo Venidero”»
Es decir, el conocimiento de esta metrología divina asegura la vida eterna. Así, siendo tan importante esta ciencia, es natural que se repita en otras obras del género, como en las Othioth de R. Aqiba. Opúsculo también cabalístico, cuya atribución de autor es convencional, un seudo epígrafo. El título significa ‘caracteres o signos’ (letras, sobre todo). Allí se cita el Salmo 34: 19: «El Señor está próximo a los que tienen roto el corazón» ¿Como cuánto de próximo? Esta última palabra da pie a un comentario metrológico:
«En la Corte celestial, los ángeles al servicio más directo de la Majestad divina se mantienen a una distancia prudente de 36.000 rebabs. Y apelando a Isaías 6: 2, donde dice que “los serafines estaban por encima de Él» (mecal lo), la partícula lo expresa 36, referido a rebabs en sentido cabalístico . Esto indica que el cuerpo físico de la Majestad divina  mide 2.720.000 millas de largo.
De ellas corresponde, de riñones para arriba, 1.180.000, y de riñones abajo otro tanto. Pero esas millas no son como las nuestras, sino como las suyas (de Dios), a razón de 1 milla divina = 1 millon de codos, a razón de 1 codo divino = 4 palmos y una mano; pero un palmo de los suyos mide desde un cabo del mundo al otro cabo, según Isaías 40: 12, donde dice: “¿Quién metió el agua en el puño y abarcó el cielo con un palmo?”.»  
Y así sucesivamente. La conclusión inmediata es que, si de una parte el antropomorfismo es crudo en libros de curso legal en las juderías de Europa, tampoco evocan un canon estético praxitélico. Más bien un Dios, como queda dicho: grande, poderoso, pero sobre todo, sobre todo, terrible. Y a todo esto, el Metatrón de turno nos deja en ayunas sobre el misterio que encierra una información tan saludable.

Dios en el tiempo
Conocido Dios en su relación con el espacio, veámosle atrapado en el tiempo. ¿En qué se le va el tiempo a Dios? Aquí no es ya la Cábala, sino el Talmud nuestro primer guía.
«En segundo lugar, Dios es estudioso: ninguna ciencia se le escapa, y menos que ninguna la ciencia de las ciencias, la Torah o Ley divina. Según el Talmud (tratado Avoda sara (fol. 3, col. 2):
“Dijo R. Judas, citando al Rab: Doce horas tiene el día. Las tres primeras las pasa Dios sentado a estudiar la Torah. Las otras tres, sentado a juzgar el Mundo. Las otras tres, sentado, alimentando al Mundo. Las tres últimas, sentado jugando con Leviatán.”
Pero en el Targum de Jerusalén (traducción libre caldea del Pentateuco) se lee algo diferente:
“El profeta Moisés dijo: Cuando yo subí a lo alto, vi  allí al Señor del Mundo que partía el día en cuatro partes: Tres horas estudiaba la Ley, tres horas juzgaba, tres horas se ocupaba alimentando al Mundo, y en las tres restantes ayuntaba a los machos con las hembras”.»  
El monstruo Leviatán, en la conocida versión de  Thomas Hobbes (1651)
El monstruo Leviatán, especie de dragón marino, es según la Biblia hebrea el animal de compañía de Yahweh, su mascota o juguete vivo, según el Salmo 104: 26. De este pasaje salió también la idea de Dios echando de comer a sus criaturas “en las horas fijadas”.
La subida de que habla Moises se refiere al Cielo, no al Sinaí. Es algo que en la literatura apócrifa se repite hasta la saciedad: fijarse en un personaje bíblico o tradicional y hacerle subir al cielo en viaje de estudios, donde le van mostrando esto o lo otro. La Ascensión de Moisés ha dado mucho juego, del que quedan muestras como ésta, recogida en el Bamidbar Rabbah, un midrash o comentario religioso sobre el libro de los Números:
«R. Aha, citando a R. Hanina, dijo que Moisés en aquella ocasión de su ascensión a lo alto, oyó la voz de Dios, que estaba sentado estudiando la lección de ‘la Vaca Rufa’.»
El pasaje de la pobre Vaca Rufa (mejor que Roja), cuyas cenizas se usaban en un rito purificador, surge de improviso en el libro de los Números (cap. 19). El Moisés del comentario rabínico no ve a Dios, pero le oye, pues los antiguos siempre leían en voz alta, aun estando solos. (Leer uno para sí todavía era raro en el siglo V de n. E.).
Aquí la intención de R. Aha era probar el origen de una halakah o precepto legal; pero estas historias giraban en torno a la enorme importancia que daban a su profesión los rabinos, como sucesores de los escribas y fariseos. Estudiar la Torah era la ocupación más sagrada, de la que el mismo Dios daba ejemplo. He aquí otra muestra, que nuestro autor toma del Targum de los Cantares (5: 10) y en la Exposición del Pentateuco de R. Manasés de Recanati (s. XIII):
« La asamblea de Israel se puso a entonar la alabanza del Señor del Universo, diciendo: “Yo he de servir al Dios que de día se viste una túnica blanca como la nieve y estudia los 24 libros de la  Torah, los Profetas y las Escrituras; de noche en cambio, las seis parte de la Mishnah”»
Así que de día Biblia Hebrea, que consta de 24 libros, y por la noche Talmud, que tiene como núcleo la Mishnah.
Recepción de la divina Torah - Haggadah de Sarajevo
Escuelas por abajo y escuelas por arriba
Tanto estudio no lo guarda Dios para sí, convertido Él en maestro de escuela. Así en el Yalqut Shimoni, o ‘Colección de Simeón’, una frase de Isaías da pie a este comentario:
«Empieza diciendo que, desde la destrucción del Templo, Dios ya no juega, sino que se dedica a la enseñanza:
“¿Pues qué hace, entonces, en aquel cuarto del día? –recordemos, cuando jugaba con su Leviatán–. Se sienta y se ocupa en enseñar a los chiquillos de escuela la Torah; como está escrito (Isaías, 28: 9): ¿A quién enseña la ciencia? ¿A quién explica la  lección? A los recién destetados, a los retirados del pecho”.»
«En tercer lugar, enseñan que en el firmamento celeste hay yeshivas (escuelas superiores), donde los rabinos difuntos y otras personas estudian con aplicación, incluso los demonios. En dichas  escuelas de vez en cuando se levantan fuertes discusiones contra Dios, y el propio Dios sale vencido por sus oponentes.  
De las escuelas superiores está escrito en el cabalístico Yalqut Rubeni Gadol (‘Antología Mayor’), tomado del Libro del Misterio (Peli’a):
“Sabe, que ninguna escuela superior hay aquí abajo, que no tenga su correspondiente allá arriba. Así, cada una de las escuelas superiores aquí abajo tiene arriba una potencia y un sombra (entiéndase, un ánngel de la guarda) que le cubre. Y si aquí abajo hay mil escuelas, otras tantas hay arriba.”
Así también en el libro Emeq ham-Melek (el Valle del Rey)... está escrito acerca de R. Isaac Luria:
“A veces el profeta Elías (de bendita memoria) se le aparecía y le enseñaba los secretos de la Ley. De modo que finalmente cada noche su alma era llevada a la Escuela superior de arriba, asistida por cohortes de ángeles serviciales protegiéndole en el camino, hasta dejarla allí en la Academia del Firmamento.
Como le preguntaran, ¿qué escuela elegía para sentarse a aprender?, dijo que “unas veces la escuela de Rabí Aqiva, otras la del Gran Rabí Eliezer, y algunas también elegía la Escuela de los Profetas”.
También en el Midrash Qoheleth se lee lo que sigue:
“Dijo R. Yohanan: Todo aquel que se esfuerza en la Torah en este mundo, en el mundo que viene no dormirá, sino que será llevado a la Escuela de Sem, Heber, Abraham, Isaac, Jacob, Moisés y Aarón.”
Por otra parte, en Yalqut hadash (o ‘Colección Nueva’) se recoge esta enseñanza del Zohar:
“Dos escuelas superiores hay, la una por encima de la otra. La una es la Escuela del Firmamento, la otra es la que está más arriba. En ésta, la suprema, no se admiten discusiones ni debates, cosa que sí se da en la Escuela del Firmamento. Y todas las cuestiones que se plantean allí se resuelven en la Escuela Suprema. Ahora bien, en un futuro, se alejarán también en la Escuela del Firmamento las discusiones y debates; y por eso se dijo: Haya paz en tu muralla y reposo en tus alcázares” (Salmo 122: 7).»  
Nutrida promoción de una escuela superior ortodoxa en Cincinnati, Ohio
Todo buen rabino concibe no sólo la tierra, sino el universo entero como una red de redes interactiva de ciencia bíblica, donde el debate se alarga y enriquece de día y de noche, y donde su profesión no conozca el paro:
«Respecto al profesorado en dichas escuelas, no lo forman sólo los rabinos difuntos, sino también ángeles. Tocante a los rabinos difuntos, he aquí lo que está escrito en el Talmud, tratado Sanhedrín:
“Todo aquel que enseña la Tora en este mundo se merece enseñarla en el mundo venidero, como se dijo: El que enseña, seguirá enseñando” (Proverbios, 11: 25).
Así R. Aqiva, como también R. Eliezer y demás, enseñan allí como lo hicieron aquí en el pasado. En cuanto a los ángeles profesores, esto es lo que se lee en la Colección nueva tomado del libro Tikkuney Zohar Hadash (‘Correcciones del Zohar’, o el ‘Nuevo Zohar’):
“La Casa de Shammay y la Casa de Hillel tienen sus respectivos maestros, que son Miguel y Gabriel, y el que decide entre ambos es Uriel.”»
Por lo demás, el programa de toda esa red de escuelas de arriba y de abajo es siempre sobre lo mismo: la Torah. Los otro 19 libros de la Biblia (Profetas y Escrituras) son accesorios, para explicar aquellos cinco primeros.
Sinceramente, la teometría cabalística me deja frío, porque de Cábala no entiendo papa. En cambio, me cae  simpático ese optimismo de los rabinos en su empeño de agotar la Ley, fantaseando sobre ángeles y almas difuntas discutiendo en el firmamento estrellado. Llevando la contraria si se tercia al mismo Yahweh, hasta cerrarle la boca –la blasfemia más hermosa que he oído nunca, y mira que en el Talmud las hay–. Si esto es antisemitismo, casi estoy por declararme antisemita y hasta judío. Sigamos.
El Decálogo, que tan sencillo parece al hombre común, en una tertulia de rabinos se vuelve galimatías, y entender la Torah requiere Dios y ayuda. «¡No puedo con ella!»: elocuente expresión de un desesperado Rabí Aqiva.
Esta protesta del gran sabio conmueve a Dios, que pasa el asunto a su ministro de Saberes y Entenderes, el arcángel Sangazel. El cual secuestra a Moisés «en otro lugar», tras la cortina del Santasantórum, y allí le pone a prueba, por no decir tortura: la fantasmagoría de todas las generaciones de sabios judíos que trabajaron para entender al gran legislador de Israel. Moisés impertérrito no suelta prenda, él es un mandado, con sus limitaciones, que ya le advirtió al Señor: «A mí no me líes en esto, que soy tartamudo. Búscate a otro, y que le aproveche» (Éxodo, 4: 13).
Pero mejor nos lo cuenta la fuente consultada por Eisenmenger:
«En el librito Los Caracteres, de R. Aqiva se lee:
“Moisés vio la sombra de R. Aqiva proyectada en la Cortina del tabernáculo divino. Estaba sentado, combinando los trazos de cada uno de los caracteres o letras de la Torah, de donde deducía 365 sentidos diferentes. Lo cual le hizo estremecer, y temblando decía: ¡No puedo con las palabras de la Torah! Como se dijo: Por favor, Señor, envía a otro”.
 El Dios Santo, bendito sea, tenía claro (¿o no tan claro?) el pensamiento de Moisés. ¿Y qué hizo el Santo, bendito sea? Le puso en contacto con Sangazel, príncipe de toda sabiduría y entendimiento. ¿Y qué hizo éste? Agarró a Moisés y se lo llevó a otro lugar, y detrás de la cortina del mismo le presentó a miríadas de espectros de sabios y de peritos, miembros del Sanhedrín y escribas. Los cuales tomaron asiento para ir investigando los sentidos de la Torah, la Micrah (o Lectura bíblica), la Mishnah (o Repetición, el núcleo del Talmud), el Midrash (o Ensayo doctrinal) normativo, el narrativo y el  auditivo (o histórico), las Toseftas (o Adiciones al Talmud), tratando de aclarar lo que quiso mandar Moisés desde el Sinaí”, etc.»     
¿Pero cómo fijar lo que cambia de la noche a la mañana? Lo dice el Bereshit rabba, el gran comentario judío al Génesis: “No pasa día tras día sin que el Santo Dios, bendito sea, renueve la norma”. Sin Boletín Oficial del Firmamento, el pobre rabino va a tientas, y lo del lazarillo ciego no es enemistad cristiana, es la pura realidad...
¡Pero qué horas son estas! A cada día su afán, que dijo el Sabio. Mañana, si Dios quiere, amanecerá otro día.


(Conclu-tinuará)



miércoles, 3 de agosto de 2016

Rioseco: muerte y resurrección


Roberto Rivera, 'Amanecer en Rioseco'. Premio Concurso Fotográfico 'Vive Burgos' (1 julio 2016)


Hubo tiempo —de esto hace ya muchos años— en que cada temporada hacíamos una o dos escapadas a las ruinas de Rioseco. Y cada vez que teníamos visitas en casa, ésa era una de las excursiones preferidas, junto con la iglesia rupestre de San Pedro de Argés y otras curiosidades. Todo en el valle de Manzanedo, en Castilla-Vieja. Rioseco, sin embargo, nos atraía sobre todo lo demás por sentirlo un poco nuestro, como de la familia en sentido amplio. Adquirido por un Arquiaga (1855), a cabo de un siglo se les planteó a los herederos la posibilidad de ‘restituirlo’ a la Iglesia.
¿Restituirlo? ... ¿a la Iglesia?
Los Arquiaga de Villarcayo, en los siglos XIX-XX, fueron una saga de ilustrados y hombres de carrera, que conjugaban desarrollo técnico y política, sin descuidar los negocios. Su triste sino fue hallarse en el mal momento en el bando malo. Si D. Pedro Arquiaga, el liberal boticario de la villa, cayó defendiéndola  frente a los carlistas (1834), su descendiente del mismo nombre, Pedro Arquiaga Díaz, como socialista republicano perderá la vida un siglo después allí mismo, en su largo y tórrido veraneo en su tierra de origen, víctima del Alzamiento Nacional (1936). Fue ingeniero industrial, como su padre Rodrigo Arquiaga, pioneros ambos de la electricidad en la zona, con Hidroeléctrica Arquiaga, S. L., en el Congosto sobre el Ebro, cerca de Incinillas.
Entre el uno y el otro Arquiaga le tocó vivir al hijo del primero y abuelo del segundo, Francisco Arquiaga Rodríguez (1812-1882), ‘Don Paco’, farmacéutico en Villarcayo, como su padre, más radical en política y con sus ribetes de conspirador.
«En la desamortización de Mendizábal (1836), siendo este joven Arquiaga alcalde de Villarcayo y Merindad de Castilla-Vieja, Burgos fue de las provincias donde más bienes desamortizados salieron a venta, pero también donde hubo menos compradores. El mismo Don Paco, funcionario y diputado, en la nueva operación desamortizadora de Madoz (1855), más sistemática, fue comisario provincial de la subasta y remate de bienes ‘nacionales’. El eufemismo incluía bienes de la Iglesia, lo que situaba al agente Arquiaga en el limbo de la excomunión. Y más cuando, a falta de licitantes, él mismo cargó con aquella belleza inútil y desolada: el monasterio de Rioseco».
Francisco Arquiaga
El nuevo propietario desde luego cedió a la diócesis el templo de Rioseco perfectamente en orden para el culto, y permitió a los campesinos y ocupantes de la granja que fue monacal continuar en el sitio. A este Arquiaga, medio santo laico y notorio suscriptor de prensa libre —era accionista de la Institución Libre de Enseñanza (1876)—, sus ideas avanzadas no le llevaron a la tragedia, pero sí a un estigma casi peor, para la época. Los compradores de aquel ‘expolio’ anticlerical eran sacrílegos, señalados con una oscura aureola de réprobos para condenación eterna. (Sobre los Arquiaga, recomiendo los artículos de 'Lebato de Mena' en su documentado blog, 7 MERINDADES.)
A esta visión, inculcada al pueblo desde los púlpitos y catequesis por un clero integrista, es a lo que me he referido con el término ‘restitución’.
Margarita Merino, la viuda del infortunado Arquiaga Díaz, aunque también sufrió vejaciones graves  por su condición de esposa y madre de Arquiagas, fue mujer creyente y razonablemente religiosa, amén de la propietaria de Rioseco. Esto hizo de ella una presa ideal para el acoso de conciencia por parte de cierto canónigo de Villalaín, quien, para meritar ante su arzobispo, a cada encuentro con la señora la echaba en cara paternalmente la posesión de aquel bien no bien adquirido, instándola a ‘restituirlo’ a la Iglesia, como buena obra en descargo de la mala conciencia atávica de los Arquiaga.
«Que sí, que buena gente, doña Margarita —se limpiaba el clérigo los labios de chocolate con la vainica de la servilleta, en aquel despacho que fue de don Pedro, mantenido intacto en su morada de Incinillas—. Buena gente, ya lo creo. Pero, usted me entiende —mirando de reojo a la librería del despacho—, todos de la cáscara amarga. Recuerde usted lo que tanto se comentó, cuando hicieron la presa de la fábrica de luz; cómo metían allí santos de piedra de Rioseco. Y encima bromeaba don Pedro (q. e. p. d.): “Ése de las barbas y las llaves, que se llama como yo, ¡¡a lo más hondo y cabeza abajo!!”».
Así un día y otro, el canónigo con la viuda. Después de todo, ¿qué más daba, si aquello era imposible de mantener? Así que fue un tío de mi mujer y también ingeniero, Luis Rallo, quien como yerno de doña Margarita, por imperativo legal entonces, tuvo que poner su firma junto a la de su esposa, cuñados y suegra, en los papeles de cesión de Rioseco al Arzobispado de Burgos (1953).
La idea era, a lo que parecía, habilitar allí una residencia de verano para los seminaristas, tan numerosos en los años 40-50 del apogeo nacional-católico. Y en verdad, habría sido fantástico, y hoy tendríamos un Rioseco menos perdido. Lástima que el sueño tuvo mal despertar, porque «bastó la cesión de doña Margarita, con la tinta sin secar, para despeñarse todo en un proceso de expolio, saqueo y degradación, hasta un estado terminal».
Sólo el templo se mantuvo en uso hasta los años 60 del siglo pasado. Cerrado luego y desmantelado de mala manera, parte del mobiliario —retablos, sillería coral, órgano, cuadros, ajuar…— se trasladó, vendió o ‘regaló’, quedando el resto a merced de depredadores.
Fachada y Puerta del Monasterio,
tal como fue... (Arch. Diputación Burgos)
Así lo conocimos nosotros, y cada retorno daba más grima. Creo que fue un invierno recio cuando, al subir  al recinto, apenas pudimos entrar salvando una montaña de escombros. Toda la fachada principal, ya tocada por haberse arrancado tiempo atrás su ornamento arquitectónico —una portada clasicista jónica, que Dios sabe a dónde fue a parar—, se había venido abajo de golpe, arrastrando buena parte de la torre del ángulo SE, la que llamábamos por instinto ‘Torre del Abad'. .
Ante aquel desastre me juré no poner más los pies allí, no tanto por el peligro como por el disgusto. Por supuesto, falté al juramento, sólo para seguir viendo más ruina, las vidrieras emplomadas hechas trizas, las laudas sepulcrales partidas y removidas, elementos ornamentales desaparecidos, y no lo digo por la maleza, que también hacía lo suyo moviendo sillares y reventando muros...
Todavía quedaba en pie junto al coro, debajo de la tribuna donde estuvo el órgano, una buena pila bautismal románica, un monolito intacto con un relieve de obispo o de abad con su báculo. Traída de no sé donde y plantada allí en función de la  parroquia. El colmo fue verla un día desvencijada. La habían apalancado, lista para llevársela quien le viniera en gana. Notificado el caso a la familia, nadie sabía ya qué pensar ni qué hacer, donde ningún responsable daba cara ni título. ¿Poner la pieza a buen recaudo? ¿Dejarla desaparecer? Tengo entendido que la pila finalmente se salvó de chiripa. Enhorabuena al dueño de la joya por tanto desvelo.
El Tiempo sobre Rioseco
Santa María de Rioseco fue monasterio del Císter, si no de los importantes, sí uno de los más antiguos  de la orden en Castilla. En rigor hasta tuvo derecho al preciado título de ‘Real Monasterio’. Su cartulario se estrena con una serie de donaciones y prolijas confirmaciones (1135-1152) por Alfonso VII el ‘Emperador de España’ y de Alfonso VIII, más un magnífico privilegio confirmatorio del mismo (Soria, 28 de enero 1286). Por cierto, este es uno de los documentos más antiguos donde aparece como tal el nombre de Villarcayo (Villarcaio), junto con Horna. Claro está, suponiendo que las menciones sean auténticas.
Lo más curioso es que, morando los monjes o ermitaños primeramente arriba en el páramo, en Quintanajuar junto a Masa, la munificiencia real se extendía sobre todo por esta zona de las Merindades. Una invitación, sin duda, al traslado, con su cuenta y razón, que los historiadores algo suspicaces interpretan como deseo de la Corona de Castilla de meter en el valle de Manzanedo esta cuña monástica cisterciense, frente a los intereses del Señorío de Vizcaya y del reino de Navarra.
En contraste con la sencillez del edificio, su documentación revela gran actividad en adquisiciones, compraventas, permutas y demás tratos. En otras palabras, una avidez de patrimonio y señorío temporal a contrapelo del ideario del Císter en sus principios. No es que otras casas y otras órdenes monásticas en general hayan seguido el modelo evangélico de las aves y los lirios campestres a la hora de echar sus cimientos económicos, pero es significativo que esta fundación pronto se hizo amonestar por la superioridad en razón de sus operaciones crematísticas, y hasta algún abad parece haber sido depuesto por ello.
Estudiando la lista de abades perpetuos (desde el siglo XII hasta mediado el XVI, en que el abadiato pasa a ser trienal), Inocencio Cadiñanos, editor del Cartulario de Rioseco,  observaba que pocos monjes de la casa ascienden al cargo, lo que quiere decir que los abades vendrían impuestos por el Capítulo general de la Orden o por la Congregación de Castilla, mejor que imaginar que la propia comunidad se los buscaba fuera. Esta anomalía no dice mucho en favor del nivel comunitario. Y es que, lo dicho, cuando el cartulario se anima y jalea el nombre de algún abad o prior, es casi siempre «debido a su muchas actividad en compras, trueques y ventas» —explica este buen amigo mío. Le suscribo por mi parte con un ejemplo.
El año 1212 se celebró, como es bien sabido, la gran victoria de las Navas de Tolosa. La vanguardia central la dirigió el Señor de Vizcaya Diego López II de Haro. Fue aquí, junto a don Diego, donde se situó el contingente auxiliar francés con su caballería del Císter, señalándose nuestro ya conocido Arnaldo Amalrico, antes abad e inquisidor y ahora arzobispo de Narbona. Lo dicen las historias, e incluso la Wikipedia, aunque da más sabor leerlo en el castellano florido de tiempos del artífice de la batalla, héroe y cronista de la misma, el arzobispo Don Rodrigo de Toledo, quien compone el suceso conforme a modelos clásicos (Crónica, cap. 206):

«E veno ay [ahí] el arçobispo de Narbona Don Arnalte, que fuera otro tiempo abad de Çistel… Traxo consigo muchos criados de la Francia de los godos, que traían muchas armas e muchas sobre-señales, e venían bien guisados… E vinieron otrosí muchos cavalleros bien guisados, e muchas gentes de pie, mançebos bien guisados e ligeros, e mucho atrevidos de tierra de Portugal.»
Como arzobispo que era, el navarro don Rodrigo Jiménez de Rada pondera el aflujo de colegas,  nombrando a tantos, que más que víspera de batalla dijérase de concilio toledano . Educado por los cistercienses de Huerta, cuyo abad era tío suyo, enumera también a  las órdenes militares, tan ligadas al Císter, «e muchos otros religiosos de muchas e departidas órdenes, que eran todos en Toledo».
Por descontado, también hubo caballeros seglares. El principal de todos, alguien muy relacionado con Rioseco: el 'bien guisado' y muy poderoso Señor de Vizcaya (cap. 208, fol. clix):
«De los fijos dalgo de Castilla fueron estos Ricos omes: don Diego López de Faro;  el conde de Lara don Ferrando, el conde don Álvaro, el conde don Gonzalo su hijo, estos tres eran de Lara; Lope Díaz de Faro, Ruy Díaz de los Cameros… e otros muchos nobles e grandes del Reino de Castilla… E yvan los qu’eran allende los montes Perineos por sy, e dioles el Rei Don Alonso por cavdillo a don Diego Lopez de Faro».
Luego dirá (cap. 212, ff. clxj v y clxij);
«Entre los castellanos ovo la delantera don diego López de Faro con sus parientes e vasallos… E los primeros que dieron las primeras feridas en las hazes de los moros, fue Lope Días fijo de Diego López de Faro e sus sobrinos Sancho Fernández e Martín Muños, que eran en la primera haz de el dicho don Diego López de Faro.»
¡Ah, don Diego, don Diego! Llamado desde entonces ‘el Bueno’, aunque para otros siguió siendo ‘el Malo’, por su felonía de Alarcos (1195). Obviamente, no el fundador de Bilbao, sino su bisabuelo homónimo. Con él y su mesnada se halló y se distinguió su hijo Lope Díaz II, en aquella familia de los Haro, donde se alternaban los Diegos López y los Lopes Díaz en la guirnalda sucesoria.
Pues bien, si a algún abad cisterciense de Castilla se le pudo poner falta en el pelotón de don Diego, en aquella jornada del 16 de julio, ése fue don Miguel de Rioseco. Y eso que él y el de Haro hacían buenas migas. Pero nuestro abad debió de excusarse para no ir a matar moros, porque como cuenta el Cartulario, todo aquel mes y el anterior anduvo ocupado en tratos de tomaydaca, arrendamientos y, lo que suena más extraño, reducción de personas a la condición de vasallos tributarios del monasterio.
Esto, como digo, no impidió el buen rollo entre nuestros cenobitas de Manzanedo y el héroe de las Navas, que a más de señor de Vizcaya lo era también de Castilla-Vieja, con mando en medio Burgos. El año siguiente  en septiembre, sin ir más lejos, comparecen juntos del bracete don Diego y don Vicente, prior de Rioseco, en contrato frente a una señora propietaria:
«Yo don Diego López de Haro, de común acuerdo y voluntad con don Vicente, prior de Santa María de Rioseco, y todo el convento de la misma iglesia, hago permuta con vos doña Elvira Oriol de toda la heredad que ellos tienen en Castil de Lences, bienes raíces y muebles. Y yo doña Elvira Oriol, de toda mi buena voluntad, hago permuta con vos don Diego López de Haro y con vos don Vicente, prior de Rioseco y con todo el convento, de toda mi heredad propia y todo el mueble que tengo en Rioseco…»
A las formalidades del trueque se añade una cláusula de penalización —que aquí traduzco por su curiosidad—, para el caso de que alguien trate de burlas lo acordado:
«De primeras, tenga la ira de Dios, y pague a la caja del señor de la tierra 10.000 maravedís, y devuélvanse las dichas heredades dobladas o mejoradas en lugar semejante».
‘La ira de Dios’. No era broma, para los hombres de la Edad Media, aunque se usaban también amenazas más explícitas. Ya que estamos en ello, venga otro ejemplo. Uno de aquellos cambalaches del abad Miguel en el mes de las Navas —un simple trueque de un solar por otro entre el monasterio y una familia Ibáñez— se cerraba con esta amenaza:
«Si hombre alguno rompiere esta carta, de primeras tenga la ira de Dios y sea descomulgado y maldito, con Datán y Abirón, y como Judas condenado en el infierno».
Los rebeldes Datán y Abirón, en visión catastrofista postromántica (Biblia Holman, 1890)

Datán y Abirón fueron los atrevidos que, por desafiar la autoridad de Moisés y Aarón, fueron tragados vivos por la tierra (Números, 16-17). Lo irónico es que, dos párrafos más abajo, la amenaza de muerte y pena eterna, ya bastante terrible de por sí, se agrava con otra temporal de multa y compensación, tal vez por aquello de «largo me lo fiáis», o porque siempre puede haber gentes de poca fe en el más allá:
«Y si a alguno de nos o de vos (se le ocurre) romper esta carta, pague a la caja 100 libras de oro y (devuelva) la dicha heredad doblada.»  
Para más ilustración de las fórmulas antiguas de comminatio en los contratos véase aquí mismo, ‘Maldiciones bíblicas’.
Rioseco en claroscuro
Sinceramente, no quisiera yo dejar mal a los monjes de Rioseco. Diré, pues, que en 1217 reina en Castilla Fernando III, todavía bajo la protección de su madre Dª Berenguela, ex mujer de Alfonso IX de León. El papa Inocencio III se empeñó en anular el matrimonio, por impedimento de parentesco entre tío y sobrina. ¡Con lo sencillo que habría sido dispensarlo (aunque fuese cobrando), sin poner en brete la estabilidad política y social de todo un estado cristiano! Sin duda, era un modo de decir entonces quién mandaba en nombre de Dios sobre los reyes de la tierra.
Hecho y jurado rey don Fernando, su chancillería se vuelca en proteger a Rioseco, sin duda por amistad entre el rey y el abad don Rodrigo, convertido en prelado áulico. Esta posición de ventaja no durará mucho, pues ya en la segunda mitad del siglo XIII vemos en el cartulario a vasallos seglares de Rioseco que se le suben a las barbas al nuevo abad, poniendo su autoridad en solfa por minucias. Si algún abad fue destituido, como ya se dijo —aunque tampoco era una medida insólita—, en revancha, otro abad riosecano será promovido por tres veces al generalato de la congregación (1575, 1584 y 1596, al final de su vida): don fray Atanasio Morante Espinosa (1526-1596), palentino de Aguilar de Campoo y profeso en Nogales (León), de cuyos dos trienios de abadiato aquí (1563-66, 1593-96) fueron «de los más diligentes en los aspectos económicos y artísticos» (Cadiñanos). En el intermedio desempeñó otros abadiatos (Nogales, Osera, Palazuelos, Sobrado), con la misma disposición a invertir en arte cuanto pudo.
A este binomio ‘economía-arte’, como dos pies de banco, más un tercero de virtudes religiosas (que a todo buen abad se le supone, como el valor al soldado), bien quisiera yo añadir a modo de pie cuarto alguna actividad intelectual plasmada en elocuencia sagrada o producción escrita. Por desgracia, la búsqueda en esa dirección ha sido vana, y no porque se hayan perdido los tesoros literarios de Rioseco, sino porque diríase que el Señor no llamó por ahí a estos hermanos. Es verdad que en el siglo XV el bajo nivel cultural del Císter castellano era alarmante, hasta que en Santa María de Huerta el Capítulo decide promover los estudios en algunos centros (1498), obviamente no tan apartados como este.
Una excepción confirmará, en cierto modo, la regla. Fray Roberto Muñiz Rodríguez, en el siglo Antonio Dionisio (1709-1803), escribió lo suficiente para figurar en la Literatura Española. Eso sí, tienen que ser manuales más bien extensos y detallados, como el de Julio Cejador, que cita las dos obras principales de este autor, al que apellida Muñiz Álvarez Baragaña, él sabría por qué.
La excepción literaria del padre Muñiz tiene más mérito, porque además de escritor fue abad. Pero por eso mismo fue excepción sólo relativa, porque como queda dicho, los abades de Rioseco fueron aves de paso. Por lo demás, Muñiz no es lo que se dice una celebridad. No le veo en la Espasa, y aunque pongo su enlace biográfico a la Wikipedia, en la entrada Avilés a la fecha no figura entre los ‘Avilesinos destacados’. Yo creo que le merecería, como natural de Sabugo y amigo de la Ilustración asturiana (Jovellanos, Campomanes...).


La primera obra algo importante de Muñiz fue Medula Histórica Cisterciense, en cuatro tomos que luego resultaron ocho (Valladolid, 1781-1791). Es pura propaganda del Císter, su origen y desarrollo, santos y santas, personajes ilustres.
Teniendo en cuenta que esa orden cultivó desde siempre la milagrería, diablería y cuentos de aparecidos, se entiende que este monje de la Ilustración se disculpe así:
«De buena gana pasaría en silencio todo aquello que la crítica de nuestros tiempos gradúa de inverosímil, o a lo menos de dudoso; pero creyendo que en esto ofendería a la piedad de mis cistercienses, y a las venerables tradiciones, … quise más anteponer la opinión piadosa a otra cualquiera que no sea evidentemente cierta en Historia…»
El resultado serán relatos que a menudo recuerdan la tramoya del popular ‘teatro de santos’. Sólo por la curiosidad de referirse a Rioseco cito esta noticia sobre San Malaquías. Éste fue un santo obispo irlandés del siglo XII, no cisterciense pero sí amigo de San Bernardo, y famoso por su supuesta ‘Profecía de los Papas’ , con los emblemas de los papas futuros hasta el fin de los tiempos (que ya toca, con este Papa Francisco, último de serie). Por alguna razón, san Malaquías tuvo virtud contra el paludismo las fiebres tercianas y cuartanas, y aquí tenemos un testimonio:
  «Por la [intercesión] del Santo Arzobispo de Hibernia Malaquías consiguen los tercianarios pronto remedio en sus enfermedades. Así lo puedo asegurar como testigo de vista, pues con sola el agua pasada por una de sus canillas, que con mucha reverencia se venera en el Relicario de este devoto Monasterio de Rioseco, han conseguido muchos verse libres de molestas enfermedades, y en particular de tercianas, y cuartanas.»
El ‘Relicario’ en cuestión es el bonito Retablo de las Reliquias (1669), que estuvo en la capilla del Cristo y hoy se halla en Nª Srª de las Nieves, en Las Machorras. Valdría la pena comprobar si la canilla milagrosa sigue allí.
Publicado el tomo cuarto de la Medula, se ve que para entonces nuestro autor le había tomado gusto a la pluma, o bien que para ciertas cosas todo es ponerse. De modo que hubo tomo 5 para las Huelgas de Burgos, el convento más importante del Císter femenino en España y uno de los más famosos de la cristiandad, por la jurisdicción señorial y cuasi episcopal que se atribuían sus abadesas. De paso escribe también la historia del Hospital Real, dependiente de las Huelgas.
Tres tomos últimos fueron para las Órdenes Militares hispanas filiales del Císter, pues san Bernardo fue muy de la guerra santa. El tomo 6 (1787) sobre Calatrava, y el 7 (1789) sobre la orden de Alcántara, los dedica a sus paisanos asturianos don Pedro Rodríguez de Campomanes y don Gaspar Melchor de Jovellanos, caballeros de Calatrava y de Alcántara respectivamente. En fin, siendo de nuevo Muñiz confesor de las monjas de Burgos, da a luz el tomo 8 (Valladolid, 1791), sobre la Orden de Montesa.
Aquí suspende su historia de las órdenes militares ibéricas para dedicarse a otra obra tambien de propaganda, y en parte de alta relación social: Biblioteca Cisterciense Española (Burgos, 1793). Abre fichero una mujer, doña Ana Francisca Abarca de Bolea Mur y Castro, abadesa de Casbas (diócesis de Huesca), de la familia del Conde de Aranda. «Consagrada a Dios en dicho Monasterio de edad de tres años», esta monja literata produjo vidas de santos, historias de milagros y otros escritos edificantes. Es un contraste notable el que se da entre el deseo de agradar a una alta sociedad ilustrada, regalista y masónica, cuyas mujeres a menudo seguían predestinadas al convento más tradicional.
La sigue muy de cerca una ficha que me ha llamado la atención, y es la de don Tiburcio de Aguirre Ayanz. Este sacerdote vitoriano fue un ilustrado y científico amateur, coleccionista de ejemplares y aparatos que daba a conocer en tertulias de sociedad. Muy vinculado a la Casa Real, fue ayo principesco y académico, pero sobre todo, para la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País que promovía el Conde de Peñaflorida, don Tiburcio fue el valedor decisivo en su aprobación como Real Sociedad, y lo mismo el Real Seminario Patriótico de Vergara. ¿Y por qué don Tiburcio en la Biblioteca Cisterciense? Porque, entre otros innumerables títulos y cargos, Frey Don Tiburcio era caballero de Alcántara.
Rioseco ha muerto: ¡Viva Rioseco!
Rioseco ya no es la pesadilla que ha sido, gracias (como siempre) al entusiasmo. Un voluntariado entusiasta y joven, muy bien orientado, se afana en la consolidación de esta reliquia insignia de Manzanedo. Estos días celebran su VI Semana del Voluntariado, pro recuperación y difusión de esta belleza tan desconocida.
Nadie piensa en reconstruir, sólo en consolidar y poner en uso y disfrute unas ruinas, digamos, ‘románticas’. Es el adjetivo que más veo repetido; y aun podría decir: yo lo vi primero así, una noche de luna llena iluminando el claustro y la espadaña. Sin caer en lugares comunes, renovemos un término desgastado para un romanticismo joven siglo XXI, ¿por qué no? Rioseco es escenario maravilloso para cualquier encuentro. Como por ejemplo, la gala ‘Fragmentos líricos’, el pasado 22 de julio, con arias de ópera poniendo a prueba con sobresaliente la acústica del templo y la solidez de sus bóvedas, que no se hundieron con los aplausos. Gala a beneficio de las obras en curso. ¡Bravo!





Importante. Otro fruto de la actividad y vida nueva en Rioseco:

Varios Autores, Jornadas del Monasterio de Rioseco. El Monasterio a través del tiempo. Burgos, 2016, 235 págs., ilustrado.