Hoy 5 de enero se celebra la memoria de san Simeón el Viejo (m. 459), llamado el Estilita porque vivió la primera mitad del siglo V encaramado en una columna.
Estilita en griego es lo mismo que ‘columnista’; y aunque Simeón era un campesino semita oriundo de Cilicia y posiblemente desconocía el griego, la primera noticia suya la dio al mundo culto su paisano Teodoreto, como testigo de vista, dedicando un capítulo de su Historia Filotea a «Simeón, la gran maravilla del Mundo», todavía viviente cuando él escribe (h. 440/444). De hecho, el capítulo abierto se completó más tarde.
¿Pero hubo un Simeón Estilita? No. Hubo al menos dos, el Viejo y el Joven. Por lo demás, estilitas hubo muchos, algunos de ellos recibidos en el santoral. Hombres y mujeres. Cristianos, y también paganos. Toda una tradición literaria.
Luciano y los falóbatas de la Diosa Siria
Tradición que empezó por lo que podría ser una broma del satírico humorista Luciano de Samosata (h. 120- h. 200). Una especialidad de las suyas era parodiar a escritores antiguos, y un blanco de su sátira fueron las Historias de Herodoto. Remedando su estilo y forma de narrar, a Luciano le viene a la cabeza lo que él sabía y lo que se contaba del culto a la Gran Diosa Siria Atargatis, la Madre de los Dioses, identificada con Cibeles y conocida también como la Hera/Juno Asiria. Sus sacerdotes, como en tantos cultos orgiásticos orientales de Frigia, Lidia, Samotracia, eran ‘galos’: varones castrados, incluso mutilados por su propia mano y travestidos. Los cuales curiosamente oficiaban en el atrio, sin pisar el interior del templo.
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| Atargatis en su trono de leones, con su paredro Hadad en trono de toros (Yale University Art Gallery) |
El resultado de aquella remembranza y fantasía lucianesca fue el ensayo titulado ‘La Diosa de Siria’, , divertido pastiche lleno de informaciones y chismes, «unos hieráticos (o reservados), otros públicos», sin excluir las ocurrencias del propio narrador.
El santuario en Hierápolis del Éufrates (Mabbog o Manbiy, Siria, 80 km al NE de Alepo) era de los más visitados de Oriente. Hoy en día es espacio controlado por el nuevo Califato y Estado Islámico, al que no le importa mucho la Diosa y los recuerdos que puedan quedar de ella.
En este tipo de relatos hay que recogerse un rato, tratando de imaginar el gentío de los días grandes, en un baño de entusiasmo religioso que les hacía ver cómo estaban sucediendo ‘cosas’. Como en las apariciones de la Virgen, por hacernos una idea.
Allí, donde «las imágenes sudan y se mueven y emiten oráculos; donde a menudo en el santuario, a puertas cerradas, se levanta un clamor, que muchos oyeron» (escribe Luciano), en una capilla más bien angosta, se practicaba un culto fálico dionisíaco. Los más devotos depositaban como recuerdo «unos enanitos de madera con su miembro viril enorme, del tipo de los llamados neurospastos» –‘movidos por hilos’, es decir, marionetas articuladas. «Otro enano que hay en el templo a mano derecha es similar, pero de bronce.»
Atracción especial se producía dos veces al año, cuando un hombre se mostraba a la multitud encaramado sobre una columna fálica, en señal de mayor acercamiento a la Diosa:
«En el vestíbulo, de hasta 400 codos, abierto al viento Norte, están los dos falos que plantó Dionisio, de 120 codos. A uno de ellos se sube un hombre dos veces cada año y allí permanece una semana. Sobre el particular corren distintas explicaciones. Hay gente que cree que allí arriba el individuo trata con la divinidad, pidiendo bienes para toda Siria, porque desde más cerca le oyen mejor. Otros piensan que todo esto se hace en memoria de Deucalión y el Diluvio, cuando los hombres huyendo del agua se subían a los montes y a los árboles más altos...»
«La subida (ánodo) es como sigue: El hombre se ciñe al falo con una cadeneta en derredor, y por unos salientes de madera va trepando, suficientes para apoyar la punta del pie. Y conforme sube, sacude la cadena hacia arriba arriba por ambos lados, con gesto como de auriga. Quien no lo vió, hágase idea de lo que digo por los que trepan a las palmeras en Arabia o en Egipto, o donde quiera que las hay. Una vez arriba, larga otra cadena a tierra, ésta de mayor longitud, con la que sube lo que necesita, leña, ropa, utensilios. Con todo ello arma un soporte a manera de nido, donde se instala los días que dije.
De los visitantes, los más traen oro y plata, algunos bronce, que depositan allí a la vista, dando cada uno su nombre antes de irse. Un asistente grita el nombre al de arriba, y éste al oírlo va rezando por cada uno, mientras menea un instrumento de bronce que al ser movido emite un son fuerte y áspero.
El de arriba no duerme nunca, y si alguna vez le da el sueño, un escorpión sube a despertarle con picaduras dolorosas , en castigo por las cabezadas. Pero lo que se cuenta del escorpión es todo ello sagrado y misterioso. Que sea igualmente verdadero, no sé decirlo, pero por mi cuenta, en este insomnio juega mucho el miedo a caerse. Y baste ya de falóbatas.»
En efecto, baste, pues ya tenemos lo esencial de Luciano sobre el supuesto antecedente de los estilitas cristianos.
Jesuita enfadado
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| H. Delehaye (1859-1941) |
Una de las primeras monografías sobre Los Santos Estilitas fue la del jesuita Hipólito Delehaye (1923). A este hagiógrafo y bolandista distinguido le enfadaba de modo especial cualquier relación entre ambos fenómenos religiosos, el estilitismo cristiano y el falobatismo pagano del Seudo-Luciano.
Es cierto que algunos no perciben humorismo alguno en La Diosa Siria; al contrario, creen que se trata de una descripción rigurosa y totalmente seria. Por lo mismo, dudan incluso de que sea Luciano el autor. Delehaye era uno de ellos. La verdad, ni entiendo el enfado ni veo la diferencia entre un Luciano auténtico y otro falso, para los efectos. Una burla festiva tampoco debería sorprender a Delehaye, un poco lucianesco él mismo –lo digo con franca admiración– cuando desenmascara fraudes píos hagiográficos. Sin duda le molestó la idea de que aquellos castrati sirios pudiesen haber sido modelo material de ascetas cristianos, o que nuestras columnas tuviesen nada que ver con falos. Y sin embargo es así como llaman todavía los árabes a ciertos pilares. Por ejemplo, en Petra el turista admira el formidable Zibb Fir‘aun, o Cipote del Faraón.
En materia religiosa, las relaciones son a veces muy sutiles y misteriosas. El Evangelio según Mateo (19: 12) recoge con respeto un dicho de Jesús favorable a la autocastración «por el Reino de los Cielos». Desde muy pronto este elogio se interpretó como metáfora del celibato casto voluntario, y cuando un personaje como Orígenes (185-254) lo toma al pie de la letra y se automutila, los guardianes de la ortodoxia lo censuran.
Muy anterior tenemos otro ejemplo. En la misma región, entre Hierápolis y Samosata, se encuentra la ciudad de Edesa, con templo de Atargatis. Cuando, según la leyenda, el rey de Edesa Abgar se convierte al cristianismo, tras un curso por correspondencia que le imparte el propio Jesucrito viviente, uno de los primeros decretos del neófito fue prohibir la castración en honor a la Diosa, bajo pena de perder una mano.
Tal era la aversión judeocristiana a aquellos ritos y misterios paganos. Aversión mayor si cabe contra los templos donde se mostraban chocarrerías obscenas, como la de los enanitos móviles itifálicos.
Otro artículo a la venta en el mismo santuario, donde los peregrinos adquirían exvotos o recuerdos, era el pilar fálico de Dionisio con sus peldañitos, todo de madera, con una figurita humana abrazada, seguramente itifálica, que subía y bajaba a saltitos por la columna. Luciano en el colmo de la inversión burlesca llega a suponer que el rito de subir y bajar el sacerdote por el cipote dionisíaco era en imitación a las figuras de madera. De lo más gracioso, pero maldita la gracia que les hacía a los clérigos cristianos ver a sus mismos feligreses manipulando los malditos juguetes.
(Juguetes que, por cierto, todavía divierten. Yo mismo tengo uno, con un hombrecillo articulado –el difunto Generalísimo, pero podría valer cualquier otro– que sube y baja por una escalera dando volatines.).
San Teódulo Estilita y el histrión Cornelio
Para concluir, y de paso apaciguar al espíritu del padre Delehaye, tomo de su libro un precedente cristiano de san Simeón, aunque sea legendario: san Teódulo.
Teódulo fue un prefecto de Constantinopla en tiempos de Teodosio el Grande (379-395), que se retiró de la Corte bizantina y del mundo, para ocupar una columna en las afueras de Edesa. Allí vivió 48 años y siete meses, y una vez muerto obró milagros en su tumba. Por suerte para nuestro santo del día, los críticos están todos de acuerdo en que el tal san Teódulo tal vez ni siquiera existió.
Lo más interesante de esta leyenda es una anécdota muy repetida. Teódulo lleva años en su percha columnaria, asombro del orbe entero, hasta que se plantea la pregunta propia de todo asceta con autoestima, en una época en que no se usaba el Guinness: «¿Quién me gana?» Aquella misma noche le fue revelado en sueños que ganarle, no le ganaba nadie en lo suyo, pero que tenía un igual en santidad y mérito: un tal Cornelio, un histrión o cómico que actuaba en Damasco.
Semejante revelación le pilló tan de sorpresa, que el buen Teódulo quiso saber cómo meritaba su rival, no sobre una columna sino sobre un escenario. Sin pensarlo dos veces, se apea de su pilar y recorre el nada corto ni fácil camino de Edesa a Damasco: unos 550 km de los de entonces.
En Damasco pregunta por el histrión Cornelio, Todo el mundo lo conoce, y Teódulo es dirigido al hipódromo. Allí está el truhán en la arena. En una mano, la cítara; con la otra, rodeando la cintura de una moza. Acabada la función, el asceta encara al artista: «¿Qué has hecho tú de bueno en tu vida?» De primeras, Cornelio dijo que nada. Sólo a instancias de Teódulo, haciendo memoria, recordó que tiempo atrás, topando con una noble dama que se le ofreció por pura indigencia, compadecido le dio todo el dinero que llevaba encima.
Así Teódulo regresó a su columna con un tema de meditación, sobre no molestar a Dios con preguntas indiscretas. Pero recordemos también, con la venia de Delehaye, que el tema de la prostitución ritual –según el mismo Luciano o Seudo-Luciano–, era otra de las expresiones religiosas relacionadas con el Culto de la Gran Diosa Madre. En suma, que el supuesto antecesor de san Simeón pudo estar inspirado en algún relato lucianesco.
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| Simón del Desierto, de Luis Buñuel (1965) |
(Concluirá: ‘Simeón y su larga escuela’ )
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