miércoles, 16 de octubre de 2013

A los pechos de Clío



La Historia como ciencia infusa
Una curiosidad notable del separatismo vasco –también del catalán– es el empeño en buscarle una legitimación histórica a su causa, mero ejercicio de voluntad.
«Quiero la independencia para mi pueblo»: he ahí una frase que se explica sola. Es lógico también que se aporte algún porqué: «Dios lo quiere.  Se nos agravia. La metrópolis nos maltrata. Ser españoles es una rémora para nuestro desarrollo, somos mayorcitos» ..., cualquier cosa.
Cualquier cosa, menos apelar al veredicto legitimador de la Historia. Esto debe de ser herencia carlista.
Sabino Arana fue un legitimista histórico, antes y después de su conversión a la verdad. Verdad histórica que le reveló su hermano mayor Luis. ¿Y cómo así? Pues mire usted, por ciencia infusa. Porque Luis Arana, mal estudiante y nada lector, jamás tuvo idea de historia vasca, ni curiosidad por ninguna otra historia. Luis Arana, el Gran Revelador que con «tantas y tantas pruebas históricas y políticas»  apabulló al Sabino carlista, fue un ‘deus ex machina’, y hoy en día un fantasma.
Tampoco Sabino fue nada leído, ni viajado. ¿Para qué? No tenía curiosidad. El Ebro, tan glosado por él y su alumnado como frontera de su Maquetania mental, Sabino lo conoce de paso y por  los mapas escolares. ¿Qué se le había perdido a él fuera de su Vizcaya? ¿Del País Vasco, como mucho? En sus raras, rarísimas excursiones al ‘extranjero’, la cota más remota aparte su residencia en Barcelona– creo que fue París (1899). También a Vichy acudió eventualmente como un burgués cualquiera a tomar las aguas.
Aun así y tan ligeros de bagaje intelectual los hermanos Arana, su punto de arranque fue apodíctico: «Vizcaya nunca fue España, ni por naturaleza, ni por historia». Tanto Luis, como Sabino, como todo el conjunto de vizcainos auténticos, no eran españoles más que por accidente administrativo bien reciente, desde la abolición de los Fueros en 1876.
Un decreto económico compactado, que en su momento dejó indiferente a la población afectada, y hasta fue aceptable a su burguesía, esta pareja de adamitas Arana lo convierten en fractura histórica, legitimadora de su rebelión contra el opresor extranjero, España. Oigamos a Juan José Solozábal:

«La interpretación sabiniana de la historia vasca tiene gran interés, al menos por dos motivos: En primer lugar, por la importancia que el mismo le confiere en el conjunto de su pensamiento… En segundo lugar, por su radical novedad que rectificaba sustancialmente en puntos cruciales toda la historiografía anterior, y que tan graves, por no decir desastrosas consecuencias ha tenido para la posterior.»  [1]

El mismo autor se enfrente a «la opinión de quienes como ‘Bizkargi’ restan importancia a los juicios históricos de Arana, pensando que suponen una parcela “perfectamente accidental en el conjunto de afirmaciones del nacionalismo vasco que Arana-Goiri’tar Sabin proclamara” En efecto, si se van ocultando piadosamente una por una todas las genialidades del Maestro, al final nos quedará para la peana de su bronce sólo una obviedad: «La Patria de los sabinianos es Sabiniania».
Bien, ¿y en qué Academia de la Historia, en qué fondos archivísticos adquirió Sabino su autoridad para rectificar sustancialmente a todos los colegas  que le precedieron? Sin duda, en la ‘Universidad de Basarte’, como compañero de pupitre de Peru Abarca, si como él pretende, algunas noticias las escuchó de boca de los viejos del lugar. El resto lo mamó directamente de los pechos de Clío. Bien entendido que la misma Musa del saber histórico corre también con la épica y con la mítica. Que por cierto, los mitos, ésos sí que han sido grandes legitimadores, fuentes de Derecho. Sin olvidar tampoco que el oficio de historiador está plagado de falsarios.
El problema con la mitología vasca sabiniana era su novedad. Un mito sin pátina de tradición es fábula, puro cuento. Eso es ‘Bizkaya por su independencia’. La cuatropea sabiniana –Arrigorriaga (867), Gordejuela (1355), Ochandiano (1414), Munguía (1471)–, cuatro batallitas noveladas. Mentira parece que esas cuatro patas de banco sustenten toda la legitimidad doctrinal de un partido político serio, el Jeltzale, que por algo guarda en celofán alcanforado las ipsissima verba del Maestro, aun dando por buenas las mismas patrañas para los chiquillos de icastola.
Así por ejemplo, en su batalla de Munguía, Sabino Arana convierte un enfrentamiento señorial entre parientes mayores (el Conde de Haro y el de Treviño) en guerra nacional, entre Vizcaya y Castilla, cuando ya el Rey de Castilla ostentaba el título de Señor de Vizcaya. A lo mismo se reduce su tesis sobre la batalla de Gordejuela; con una diferencia: que tal batalla fue invención de su cosecha, pues nada registran las crónicas sobre el particular, ni siquiera hubo choque bélico en aquel año de 1355 [2].
La verdad es que el propio Arana no sabe dar detalle alguno de este encuentro. Y en cuanto a su interpretación, como siempre, pasa por alto lo que no le interesa. Por ejemplo, la respuesta del Señorío al rey Pedro I, cuando éste pide a los vizcaínos que reconozcan por señor al infante don Juan de Aragón, en vez de a don Tello: «Nunca habrá otro señor en Vizcaya, salvo el Rey de Castilla, y que querían ser de su corona dél, y de los reyes que después dél reinasen en Castilla».  
Recordando estos ‘detalles’,  Ortigosa censura de paso la ignorancia de Sabino cuando imagina que «la ruidosa caballería española fue saludada por las secas descargas de los arcabuces». El saludo de las bocas de fuego como freno a las cargas de caballería fue algo nunca visto con éxito desde la Guerra de los Cien Años hasta la batalla de Ceriñola (1503), ganada a los franceses por el Gran Capitán [3].
En cuanto a la legendaria batalla de Arrigorriaga (o de Padura), que ni se sabe dónde situarla, baste decir que se inscribe en la guerra de Castilla la Vieja «contra los reyes de León, porque les mató a los Condes, sus señores, y el rey de León guerreaba mucho con Viscaya, porque era de Castilla» [4]
La importancia de este mito de origen vasco se debe a que es nada menos que la legitimación del origen del Señorío de Vizcaya, de sus fueros y de los ‘derechos históricos’ que todavía dan guerra:
“En la victoria de Arrigorriaga es donde se decide la constitución del estado que propiamente puede llamarse Vizcaya.”

Esta afirmación de Sabino no le impedirá contradecirse a renglón seguido (ya que la institución señorial no es del gusto de nuestro historiador cuentacuentos), al lamentar que dicha fundación implicó «apartamiento de Vizcaya de su primitiva base, al adoptar la forma señorial con estatutos tan contrarios a su espíritu político, y alejándose gradualmente de su nacionalidad por la pendiente del españolismo». Y eso, ¿cómo lo sabe?
Aquí también Ortigosa ve materia para tachar a Sabino de plagiario, reproduciendo incluso motivos novelísticos a lo Walter Scott. En efecto, hubo en Padura un clímax de suspenso cuando, a punto de perder Vizcaya la batalla frente a los ‘españoles’, un sagaz baserritarra descubre en la parte inferior de la coraza del enemigo una abertura vulnerable, y grita a sus camaradas: «Sabelian, sabelian sartu» (¡En la tripa, entrar en la tripa!) [5].
Este ardid ya lo había contado Araquistain en ‘Los Cántabros’, frente a los romanos. Sabino ni cita esta fuente ‘histórica’, diciendo con desparpajo que tal frase «la he oído yo atribuir a ancianos bizkainos» (sic). Y puestos a recordar, uno también oyó en la escuela, a propósito de las Guerras Púnicas, que los temidos escuadrones de elefantes cartagineses quedaron en Zama definitivamente para el cine, desde que un mercenario de Escipión (seguramente vasco de Arrigorriaga) lanzó el mismo grito: «¡En la tripa, clavéis en la tripa, y salgáis pitando, no os caiga el bicho encima!».
Pero es que hasta el mismo nombre de Arrigorriaga, como ha notado muy bien Jon Juaristi, diríase prestado de la batalla del Puente Milvio, ganada por Constantino contra Majencio, librada en el lugar llamado precisamente Peñas Rojas: en latín, Saxa Rubra, y en vascuence Arrigorriaga [6]. Seguro que el Baigorri (Río Rojo) tuvo su bautismo de sangre, como testigo de algún choque cruento.  Ya se sabe que las batallas épicas tiñen las aguas de rojo y dejan mancha indeleble en el paisaje .
Afortunadamente, la mamada de Clío fue brevísima, y la Musa se dio buena prisa en destetar a su lactante Sabino, que muy rara vez volvió a las andadas. ¿Adivinamos por qué? La clave nos la da un íntimo suyo y sucesor a la cabeza del Partido. Según Ángel de Zabala (‘Kondaño’), al Maestro le daba grima escribir sobre Historia Vasca, porque estaba en desacuerdo fundamental con la actuación del pueblo vasco a lo largo de los tiempos. ¡Y si lo sabía Zabala de buena tinta! La tinta del propio Arana en carta a él mismo:
«Es tan desfavorable el juicio que la mayor parte de los actos trascendentales realizados por nuestros antepasados en el curso de nuestra historia me merecen, con acerbo dolor de mi alma, y tan terrible la calificación que a los actos les daría, y los cargos que le haría al sujeto, que tiemblo cada vez que me siento inclinado a tratar de la historia de mi patria. Cuanto más avanzo en edad, más aumentan ante mis ojos el número y la gravedad de los yerros históricos de nuestra raza, y sus defectos y vicios así en el pasado como en el presente… Yo la hablaría por su bien, porque se corrigiera, porque la amo: pero, ¿habrían de entenderme así mis compatriotas? Tal es la duda que me atormenta y me impide escribir sobre historia de mi patria.” [7]
Con ese escrúpulo, Sabino se sacudía de encima de un golpe dos cuidados: primero el de estudiar,  y luego el de escribir sobre lo estudiado.
Con toda razón habla Zabala de «intuición asombrosa» de Arana. De otro modo no se explica «la verdad histórica» que descubrió, y que ningún historiador antes que él había formulado tan precisamente, a saber: «la total independencia política del pueblo vasco-peninsular, de la Euskalerría española, ‘desde la noche de los tiempos’  hasta octubre de 1839 en que fue sometido por el Estado español» [8]. ¿Y eso...? Lo dicho: de los pechos de Clío, sin intermediario.
      
El Vasco de la Piedra
Prehistoria, protohistoria. Este terreno especialmente arduo para todas las etnias y culturas no podía dejar de encandilar a Sabino, atento siempre al hecho diferencial.
Por supuesto, y por suerte para la ciencia y el patrimonio histórico, no le dio a él, como a otros aficionados de su tiempo, por empuñar el pico y la pala para arrasar yacimientos (y de paso llevarse algún recuerdo a la repisa de la chimenea). Él disponía de otra herramienta mucho más eficaz, aunque no más inocente o inocua: el lenguaje. Sabiamente explorada, la lengua éuskara rindió a Sabino una cosecha de información admirable sobre los ancestros vascos.
La etimología es ciencia y seudociencia, herramienta científica, riqueza cultural y juguete o pasatiempo. Sabino fue un etimólogo compulsivo, descifrador audaz de palabras que le llevaron a explorar nuestros orígenes  en la Edad de Piedra.
Las vigilias sabinianas sobre el particular dieron como resultado un trabajillo leído en una velada científico-literaria en Bilbao (1899) y publicado en El Correo Vasco. Su título, ‘La Protohistoria de la Nación Vasca, deducida del Euzkera (1)’. Este numeral (1) parece indicar una primera entrega de una serie. No nos hagamos ilusiones. Otros cuidados reclamaron la atención de Sabino, y mejor así para la protohistoria [9].
Empieza con un preámbulo donde funda una nueva ciencia, la Euzkeralogía, como el instrumento «de más eficaz aplicación, y a la vez de más autoridad… para guiarnos a través de la densa niebla que oculta los orígenes de nuestra raza». Y remacha: «Sintetizando más el concepto, el Euzkera, la lengua de nuestra raza misma».
Este mimetismo foráneo de escribir con mayúscula Euzkera, el nombre de una lengua aprendida de adulto, que nunca fue la suya ‘vehicular’, era para Sabino como personalizar el Vascuence, lengua con su vida propia –independientemente de sus hablantes–, con sus leyes, sus derechos y hasta sus caprichos de ‘prima donna’, que por supuesto, eran los caprichos y leyes de Sabino, poseído de su papel demiurgico. Tan persuasivo, que todavía hay quien habla de ‘los derechos del euskera’ con toda seriedad.
«La etimología… nos conduce… cuando comparamos los elementos euzkéricos con los erdéricos, a averiguar el parentesco que pueda unir a nuestra lengua con las otras, y por ende a nuestra raza con las demás conocidas. Pero si sólo en sí mismos estudiamos los primeros, y sin salirnos de la lengua, investigamos las causas [sic] de su formación ideológica, entonces la etimología puede llevarnos al conocimiento, si no cierto [¡menos mal!], siempre muy  probable de las creenciasy el culto de los primitivos euzkeldunes, de sus costumbres, del grado de su civilización y cultura, de los países que habitaran, y hasta de los caracteres físicos de su tipo antropológico, tan inexcrutables [sic] aún para la misma antropometría.
Sólo una vez, si la memoria no me es ingrata, se ha deducido de la etimología de las voces euzkéricas un hecho protohistórico de este género:es la afirmación  de haber usado el vasco, en época remota, armas e instrumentos de piedra.”
Efectivamente, los ‘euskerólogos’ clásicos del XVIII-XIX habían formado un pequeño conjunto de nombres de instrumentos aguzados o afilados, tales como aitzur (azada), aizkora (hacha), aizto (cuchillo), aizturak (tijeras) y alguno más relacionados por ellos con aitz (piedra).  Sabino por su cuenta incluye otros nombres , curiosamente, éstos todos de armas ofensivas (izkilu, azkon, azaga, ezpata), invenciones según él de una edad de la piedra empeñada en hacerse recordar, eclipsando los avances del bronce y el hierro.
‘Levantador de piedra’
por Amancio González
Conclusión: el vascuence se remonta por lo menos al neolítico, que se cerró hace 5.000 años. Tijeras de piedra, pinzas de piedra, ¿quién las ha visto en un museo? Pues sí, en el museo fósil del vascuence. Y en verdad, no se le puede negar al vasco su afición a las piedras, su levantamiento y su arrastre.
Hoy en día la tesis etimo-lítica tiene pocos seguidores. Sabino impertérrito pontifica: «El vocablo bajo-latino ‘ascia’… tuvo también su origen en el aitz eskérico». Y estampa su
Deducción  I. Los vascos, en época remota, usaron armas e instrumentos de piedra.
Pasa luego a la indumentaria. Palabras como abarkak (abarcas), prakak (bragas), atorra (enagua), tal vez zapatak (zapatos), dan idea del avío éuskaro, no dice si en la misma edad de la  piedra. Y mejor no; porque atorra es arábigo, y ni las bragas (que Sabino traduce púdicamente ‘pantalones’), ni los zapatos son vascuence. La abarca, entendida como calzado hecho de ramitas (abar) fue idea de Astarloa (1803), que vaya usted a saber. La palabra aparece por vez primera en el siglo XI como apodo de Sancho Abarca, primer rey de Navarra. Pero abarca y alpargata son etimológicamente la misma cosa. Sabino, por su parte, aventura que praka viene de abarka, «de suerte que abarka debió de significar primitivamente toda prenda de vestir, por razón de su materia». Así que ya tenemos al vasco neolítico vestido y calzado de ramitas, «como hoy todavía se calzan algunas naciones indias». De pieles, nada, ¿para que las necesitaban aquellos morroscos inmunes al frío? Resumiendo:
Deducción II. “La indumentaria del vasco primitivo consistió probablemente en calzado y ceñidor de tejido hecho directamente de algún vegetal. La prenda de vestir diferencial de la mujer era el atorr o túnica, cuya materia desconocemos. El hombre no se cubría la parte superior del tronco. Hombre y mujer usaban [sic] la cabeza descubierta.
Del atuendo pasamos al aspecto físico del tipo vasco, en la
Deducción III. El vasco primitivo era de nariz más o menos prominente.
Objetará alguno que toda nariz humana cumple ese requisito de ser más o menos prominente, a diferencia de un rinario animal. El propio Sabino sale al paso, con que
«pudierase hacer poco aprecio de esta Deducción, al ver que hoy la nariz del vasco, no sólo no es chata, sino que de ordinario y en el individuo típico sobresale notablemente del rostro. Pero es preciso, para apreciar mi afirmación, tener en cuenta que los caracteres físicos, si bien se conservan por largo tiempo dentro del mimo clima, varían con el cambio de éste, y se mudan y transforman también con el cruzamiento de razas, fenómeno al que, en los tiempos más remotos, probablemente no se sustrajo en absoluto nuestra raza. De que la nariz del vasco sea pronunciada, ¿quién podrá concluir que no fuese mocha y plana en la edad más antigua, en la época de formación de su lengua?»

Diríase que el charlista bromea para divertir a su público, si no fuese constante su carencia total de sentido del humor. Más serio que un difunto. Sigámosle:
«Mas no es ésta la única advertencia que debo hacer al exponer la presente Deducción, sino que he de prevenir también de lo erróneo que sería interpretar ésta en el sentido de que la nariz del vasco primitivo fue muy prolongada en el grado que hoy este adjetivo representa: pues mi Deducción limítase a afirmar que dicha parte del rostro del vasco, al tiempo de fijarse su lengua, que es el primer momento de la raza, era más o menos prominente, esto es, no aplastada, por decirlo así, como lo es la de algunas de las razas actuales.
Y esto quedará seguramente probado con hacer ver que el nombre con que hoy designa el Euzkeldun a la nariz significa etimológicamente (y vale tanto como decir que significó en su origen) ‘prominencia aguda’.
Llámala, en efecto, en bizkaino suurr o surr, y en vascón y pirenaico sudur… Ahora bien, suurr se compuso de dos elementos…: el sustantivo su o sun, que significa prominencia o protuberancia; y el adjetivo urr que significa saliente, agudo. Luego el origen ideológico de suurr, surr, sudurr (nariz) es prominencia aguda.»
No hay más que ver, para convencerse, la cantidad de picos y picachos que llenan de su(d)ures nuestro mapa. Pero no nos distraigamos, que acá viene la
Deducción IV. El vasco primitivo era de cabello más o menos rizado.
«A esta conclusión me ha llevado el examen de vocablo con que el euzkera significa el cabello, al descubrir que su origen es una raíz euzkerica cuya significación es redondo, circular, ensortijado, rizado.»
«Si los euskeldunes primitivos llamaron al cabello con un término que genéricamente significa circular, fue porque su cabello era ensortijado o rizado…»
Ahorremos el argumento, que sorprendentemente nos llevará…  ¡al cordero, bildotsa! ¿Pues qué cosa más rizada que la lana de los corderitos? Mas no nos burlemos de Sabino, dejemos que él lo haga por nosotros:
«Este último vocablo, bildots, es un testimonio de mayor excepción aún que los anteriores, pues no sólo nos demuestra que bil significa aisladamente pelo, sino que el pelo al cual primeramente así habían llamado los euzkeldunes era rizado, el cual era su propio cabello
¿Satisfechos? Pues va a ser que no. Rizado, pero con medida; nadie nos confunda con los negros:
«¿Quiere decir esta deducción que el cabello del vasco fuese tan rizado como el lanoso del negro actual? No, tampoco: niego que fuera lacio, desde el momento que afirmo que fue más o menos rizado o blondo [¿?], pero no determino el grado de ensortijamiento, tan múltiple entre el dejar de ser lacio y el ser tan rizado como el del negro, o la lana del cordero.»
Y por si no estamos debidamente estupefactos, concluye, como testigo presencial de la estética protohistórico-neolítica:
«Debe también tenerse en cuenta que cuando los vocablos ule, ile, bul y bil se formaron, el vasco usaría cabello luengo, y que un cabello que, rapado a la moderna, no presenta rizos de ninguna especie, puede, abandonado a su natural crecimiento, convertirse en más o menos ensortijado.»
Firma: A.-G.’tarr S.
Sabino Arana murió en 1905, en la flor de la vida. De haber vivido hasta los años 30 (no demasiado pedir), habría visto como yo vi de niño a las ‘hilanderas’ neofolclóricas luciendo trenzas postizas rubias a lo valquiria bávara de Munich, porque así les lució el pelo a las vascas antiguas, antes de la invasión castaña-oscura maqueta. Eran los tiempos del lauburu rectilíneo, también conocido como la cruz gamada, qué se le va a hacer. Lo que se llevaba.
No sé si la conferencia  protohistórica de Sabino Arana despertó hilaridad entre el público. Consta que estuvo presente el socarrón Azcue, quien se permitió luego alguna puntualización léxica, notémoslo, bien acogida por el conferenciante, por entender que confirmaba su tesis.
Quienes sí se rieron de buena gana fueron los adversarios políticos. Por ejemplo, el semanario socialista ‘La Lucha de Clases’ publicó en cartas al Director:
«‘El Correo Vasco’, órgano de la chifladura antimaqueta, sostiene que todos los que se ven por ahí con narices chatas y caras redondas son de allende el Ebro…  No sabía yo que los vascongados teníamos la exclusiva de las narices afiladas y las caras largas. Este es un nuevo descubrimiento del fenomenal Arana…¡Y menudo lío se va a armar de aquí en adelante, en el seno de los matrimonios vascos!...: --¡Chato! Este no es hijo mío, Joshepha…»

“Sacerdotes de porte gigantesco…”
El Evangelio pone como ejemplo de imposible físico añadir un codo a la propia estatura (Mateo 6: 27; Lucas 12: 25). Como buenos cristianos, Sabino y sus nacionalistas se conformaron con algo menos: medio codo, o así, como mucho.
Sabino Arana, morrosko de buena planta, estaba orgulloso de su físico hasta el narcisismo. No digo que ante el espejo se viera como el autotipo de la raza vasca, tampoco lo excluyo. Pero un vasco como es debido tenía que ser alto y bien formado.
La testa sobre todo. Interesado en la Antropometría, Sabino impartía  credenciales de normocefalia, qué digo normo-, hasta de mesaticefalia. Testigos los discípulos, el citado Ángel o Aingeru Zabala y Damián Gangoiti, rebautizados por el Maestro  como Gotzon y Damen, según su nuevo ‘Onomástico bizkaino’. Una ficha timbrada con la ikurriña les da el visto bueno. (Pero ojo al aviso final, «manden retrato». Para el archivo de los elegidos, los vascos-vascos de marca apocalíptica):
Índice cefálico
___
Gotzon = 77,94
Damen = 79,37
Mesaticéfalos ambos, según Broca.
Manden retrato
Acreditada la mesaticefalia, al buen vasco ya sólo le faltaba una estatura procera y corpulenta. El himno lo exige: ‘Bizkaitarrak gara’.
Somos Bizkaitarras
Ezkara españarrak,
ez arrotzaliak,
ez maketuen edo
motzen adizkiak…
Ta motzen erderea
aldendukogula,
gure Erriko edonun
arrotz-etsiko da.
(No somos españoles / ni amigos de extranjeros;/ no somos compañeros / de maketos ni cortos… / Y cuando de esos cortos / se expulse algarabía, / nuestra tierra vacía / de extraños quedará.)
Los ‘cortos’ (aquí de estatura), motzak: los españolitos.
Una preocupación de Sabino, reflejada ampliamente en los círculos nacionalistas, fue la estatura media de los adeptos, que en alta proporción dejaba que desear. Las fotografías patrióticas de entonces (danzaris, comensales, excursionistas, mitineros etc.) dicen lo obvio: que la gente era por término medio más bajita y enteca que hoy. ¿Y qué? Pues eso: que Sabino quería para su granja un ganado más a su medida. Por lo mismo, cuando había ocasión de orgullo antropopatriótico, no se desperdiciaba.
En agosto de 1903 se inaguró la Sociedad católico-nacionalista Euskal-Lagun Arte, de Ondárroa. Los actos empezaron con una misa solemne en la ermita de La Antigua. De la reseña publicada en el semanario Patria son estos párrafos, de inspiración sabiniana, aunque el propio fundador no pudo asistir, por su enfermedad [10]:
«El sermón estuvo a cargo del R. P. Jacinto, de la Orden Carmelitana, quien, con sentida frase euzkera… demostró las excelencias de nuestras perdidas libertades y la postración y olvido de su Jaun-Goikua en que se encuentra parte de nuestro pueblo por intrusión de ideas disolutas y anticristianas
Al concluir se cantó la marcha de San Ignacio, cuyos profundos acordes y valientes frases musicales [La letra era de Sabino] infundían y despertaban ansias de independencia. La marcha de San Ignacio parece una sacudida a nuestra esclavitud indisculpable.
La ermita estuvo de bote en bote, ocupada por buenos vascos, fornidos hombrachones, bellos ejemplares de nuestra raza, y arrojados y rudos marineros… Hasta los sacerdotes que celebraban la Misa eran de porte gigantesco, de anchurosas espaldas y faz patriarcal: todos daban un mentís a los que creen en la total degeneración de nuestra raza
Reparemos: 1903. Culto al macho nacionalista vasco, superhombre, gigante de estatura, musculado y mesaticéfalo. En la ciaboga ‘españolista’ de Sabino Arana.
Con el enigma de ese giro y etapa ‘españolista’ de nuestro hombre del  bronce y de la piedra  daré por cumplido mi compromiso con Navarth y mi modesta, modestísima, contribución a esta serie, tan saladamente titulada por él: ‘El patriota insufrible’.
__________________________________________
[1] Juan José Solozábal, ‘El primer nacionalismo vasco. Industrialismo y conciencia nacional.’ Madrid, Tucar, 1975, págs. 346-347. Véase todo su apartado: ‘La Historia Vasca según Arana’, o. cit., págs. 346-353.
[2] «La falsedades contenidas en este mito creado por Sabino Arana pueden resumirse en los siguientes puntos: en ninguna fuente histórica relativa al Reinado de Pedro I el Cruel figura alusión alguna a esta batalla: el año 1355, en que sitúa la batalla, es el año en que las cronologías más detalladas no registran batalla alguna; por último, la guerra entre Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón no comenzó hasta el año siguiente (1356).»  J. L. Ortigosa, La cuestión vasca. Visión Libros, pág. 454.
[3] O. cit., ibíd. Otra distracción de Sabino es patente en su obra teatral ‘Libe’, donde en el Acto III, Cuadro único, la torre banderiza de Villela (Munguía) se sitúa en anacrónico decorado campestre de maizales. Panizares o campos de mijo estaría mejor, ya que el primer maíz de toda la cornisa cantábrica fue americano.
[4] Lope García de Salazar, en Crónica de Vizcaya y en Las bienandanzas e fortunas, como proemio a la batalla y alzamiento del mítico Jaun Zuria (el Blanco), primer Señor de Vizcaya.
[5] O. cit., pág. 459.
[6]  Cfr. Jon Juaristi, ‘Mitológicas I. Marismas y pedregales’; en Espaciosa y triste. Ensayos sobre España. Espasa, 2013, págs. 39 y sigs.
[7] ‘Habla el Maestro’; en Patria Vasca, pág. 17; cit. por Solozábal, o. cit., pág. 348.
[8] Solozábal, o. cit., pág. 349.
[9]  En HNVD, 4: 572 y sigs.
[10] HNVD, 3: 86-88.

sábado, 5 de octubre de 2013

Trolerías


'La Coronación de la Virgen de Begoña'. Gran óleo de José Echenagusía (1902). Basílica de Begoña


Filología vasco-mariana
El 15 de junio de 1900 Bilbao celebró como pudo el VIº Centenario de su Carta Puebla. A remolque del evento, Nuestra Señora de Begoña, que tampoco vivía su etapa más boyante, tuvo su Coronación oficial el 8 de septiembre.
La Virgen de Begoña había sido, a la disolución del antiguo régimen, una de las mayores fortunas de Vizcaya. Begoña fue entonces plata maciza, y de ahí para arriba. Pasaron luego las hordas galas, la republicana y la napoleónica, las hordas carlistas y liberales, la horda bancaria hipotecaria (para techar y apuntalar tanta ruina)…  Un cabildo begoñés en quiebra, pero con aldabas en Roma, discurre aprovechar el 1900 para obtener del papa una  coronación canonica (en regla) de la Andra-Mari Begoñacua.
Los nuevos ricos bilbainos, la burguesía ‘fenicia’ tan denostada por Sabino, no se volcaron. La Corona magnífica fue costeada, según trascendió, por una tal Sra. de García  (Dª. María Aguirre), que puso su joyero personal en manos del joyero Anduiza.  «Se asegura que el valor total de la corona asciende a 98.500 pesetas», ponderaba  Arístides de Artíñano, cronista oficial y diz que muñidor del evento. Más del doble que el cetro de María y la corona del Niño juntos, «cuyo valor se aproxima a 46.000 pesetas… producto de suscripción popular en halajas y metálico»[1].
Otros muchos regalos ingresó el tesoro begoñés, prendas de la devoción de los vizcaínos. Pero hubo un cabujón nada despreciable, que si no entró en inventario fue por no tener valor de cambio, pues no era del mundo de la materia, sino del espíritu. Por primera vez, desde su aparición en siglos remotos, se enteró la Virgen de Begoña de cómo se dice  ‘coronación’ y ‘corona’ en vascuence.
¡Pero cómo! Un pueblo tan religioso como el vasco, con sus innumerables  vírgenes, santas y santos, todos coronados, y con el clero más copioso de España y de la cristiandad, cada cura y fraile con su tonsura coroniforme («Buenas tardes, señor barbero. Lo de siempre: afeitar y hacerme la corona»)... ¿ese pueblo no sabía decir ‘corona’ en su lengua propia perfectísima?
Claro que sí; pero con palabra prestada: coron/corona, coro, coroe, coroi, coru, corue… hasta coghua, en el grasseyé suletino. Tanta variedad es toda ella sobre un mismo tema latino, corona. Y lo peor de lo peor: un latín demasiado parecido al castellano.
Corría el año, y ya los puristas del euskera se preguntaban cómo escribir ‘coronación’ en la lengua ágrafa milenaria. Pero escribirlo y decirlo bien, no como los curas de pueblo, que desde el púlpito anunciaban la ‘coronaziño’.
Curiosamente, Sabino Arana, tan begoñés de coraziño, en toda esta movida coronaria se mantuvo distante [2]. No nos quepa duda, a él le habría parecido lo más normal del mundo que se le hubiese consultado sobre un punto tan sensible y trascendental. Los únicos popes de la lengua vascongada eran él mismo y don Resurrección María de Azcue. Para entonces, Sabino cada vez salía menos de su Pedernales, que él había rebautizado Sukarrieta. «–A ver por dónde sale Azkue». Eso: su rival Azcue, que tanto ironizaba sobre él («Arana, nuestro audaz ‘neólogo’»); a ver cómo resolvía la papeleta de decir ‘Himno a la Coronación de Ntra. Señora de Begoña’ en euskera pulido.
Conocemos al sacerdote Azkue como ganador de la primera cátedra de euskera en Bilbao, frente a Unamuno y Arana. También por su zarzuela nacionalista ‘Vizcaytik Bizkaira’, saludada en su día por Sabino en estos términos:
«El Sr. Azkue, mientras inadvertidamente ha sido españolista, no ha tenido más lema que Dios y la Patria, mas la falsa Patria; hoy, que ha abierto los ojos,  no tiene tampoco más lema que Dios y la Patria, pero la verdadera Patria. […]
La obra del Sr. Azkue ha sido un acontecimiento para el partido nacionalista de Bizkaya. Ha estrenado el Teatro Nacional.» [3]
Un buen día 28 de mayo Sabino lee en el Noticiero Bilbaino la letra de un himno nuevo en vascuence  a la Virgen de Begoña, con firma escueta: Azkue. Y allí, en la segunda línea del título, una palabra insólita (traduzco):

A la Andra-Mari de Begoña
En su Buruntzialdi

¿Y qué era eso de buruntzialdi? Hay que llegar a la 3ª estrofa del himno para sospecharlo (sigo traduciendo):
En Vizcaya ningún terrestre usó
el buruntzi señorial,
pues ‘siempre tuvimos por reina
a la Andra-María de Begoña’.

Con que el buruntzi era un atributo de señorío regio. Tres son los atributos principales de realeza: la corona, el cetro y el manto. Por exclusión, nos quedamos con la corona, por aquello de buru, cabeza.
La solución de la charada se podía confirmar  por otra vía. En el subtítulo del poema, Buruntzialdi (atento el sufijo -aldi, tiempo u ocasión) sólo podía ser Coronación, excluidas a priori Cetrificación y Mantificación de Nuestra Señora. Ingenioso todo ello, y altamente filológico, aunque la emoción estética y religiosa algo pierdan en el envite.
Aun así, tan misterioso era el vocablo, que el propio vate había prevenido una notita con la clave. No es corriente que los poetas y poetastros nos hagamos entender a golpe de notas («Hemos traído por los pelos el Corpus Christi y otros latinajos, por no disponer en castellano de consonantes para ‘Un soneto le debo a Jon Juaristi», etc. …). Eso quiere decir que Azkue no las tenía todas consigo. Porque, como pareja de primeros espadas en un mano a mano, también don Resurrección María se preguntaba en sus adentros: «A ver por dónde me sale Arana».
Y vaya si le salió rana el Arana. En principio, con su punto de razón; porque hay que ver el contenido de la nota explicativa de Azcue. Más o menos, la ficha lexicográfica que luego utilizó en su monumental  ‘Diccionario Vasco-Español-Francés’ (1905-1906): buruntzi o buruntzaki, que en el dialecto vizcaino de la parte de Marquina se usaba para significar el ‘aro superior de un cesto’, «por extensión apliqué yo a significar ‘corona’, en un himno a nuestra Señora de Begoña».
Por aquí le embistió Sabino con su estrategia habitual, esto es, abriéndose de capote con una carta de provocación, con vistas a un carteo y polémica de campanillas. De hecho, añadía esta posdata:

«P. D. No tengo inconveniente dé V. a la publicidad estas líneas, si lo juzga oportuno.»
«Estas líneas» –dos cuartillas, como poco– configuraban todo un discurso tripartito:

1º. Exordio. Advertencia preliminar (devolviendo a Azkue su propio dardo): ojo con los neologismos, que no todo vale.
«Advierte V. en nota ser usual dicho vocablo. Esto último, este hecho, no lo dudo desde el momento que V. lo asegura; pero bien sabe V. que no nos debe bastar el simple hecho material de usarse una voz … Es preciso estudiar y saber cómo se usa y por quiénes, y aun después de esto, examinarla en sí misma.  
También se usa, por ejemplo, txi(s)mistargi por luz eléctrica y aun por electricidad (como si ésta fuera luz); pero sería imperdonable admitiéramos una voz tan risible, inventada, sin duda, en algún rato de ocio y buen humor, por algún txistulari o bertsolari aficionado a gramática e inspirado por la sidra o el chacolí.»
2º. Cuerpo. Lección magistral, refutando la interpretación que hacía Azkue del vocablo y rechazando su validez (una contrapropuesta de Sabino quedaría para más adelante):
«El vocablo buruntzi ha sido indudablemente compuesto de buru-ontzi; pero con bien poca gracia para el pobre euzkera. Lo que buru-ontzi podría significar (y así y todo a duras penas) es el casco o capacete guerrero…»

«De mí sé decir que nunca aceptaría como buena la voz buru-ontzi para significar casco guerrero, mucho menos corona…  Apurándolo mucho, podría pasar… para expresar el cráneo (que ya tiene su nombre y no necesita otro)... y apurándolo más, para significar el cerebro mismo, que es el vaso fisiológico de la cabeza [¡?]...»

«El hallar tan consciente e inconsideradamente formado el vocablo buruntzi, nos puede convencer de que no es usual con el uso que hace auténticas las voces… Seguramente la voz buruntzi ha pasado de algún libro o de algún púlpito…; y ya tratándose de invenciones precisa someterlas a riguroso examen…»
3º. Despedida. Quede Azkue avisado, a tiempo está de retirar la propuesta, o aténgase a nueva intervención de Sabino:
«He cumplido con mi deber de patriota al escribir a V. la presente por el bien de la lengua de mi raza, y creo firmemente de V. , hará lo que a su juicio sea más conveniente para la misma.»
Aun siendo fama que don Resurrección era sensible a la lisonja, no hay base alguna para imaginar que aquella carta, aun encabezada por «Mi  buen amigo» y cerrada por un «Ordene V. a su amigo y servidor en Jel», le cayese bien. Sabino había empezado por admitirle bajo su palabra que buruntzi era voz usual, para terminar desmintiéndolo como engendro libresco, o caído de algún púlpito, o peor aún, inventado «con muy poca gracia»; bajo la inspiración, quién lo sabe, de «la sidra o el chacolí».
No he podido ver la respuesta de Azcue, el 31 de mayo. El hecho es que puntualmente respondió, que era como entrarle al trapo a Sabino. Sólo cinco días después de la primera carta, partía de Pedernales una segunda, mucho más extensa y, desde luego, más sarcásticamente humillante, amén de trolesca. Porque Arana era todo un trol, de manual.
Para mí que esta segunda carta había sido redactada junto con la primera, y antes por tanto de recibir la «muy atenta» del «apreciado amigo», que incautamente le explica la acepción original del vocablo: ‘aro de cesto’; y de ahí, por extensión del propio Azcue, ‘corona’.
¡Con que esas tenemos, ‘aro de cesto’! Sabino empieza haciéndose el bobo, como que él había creído entender que la voz era usual y con el significado de ‘corona’. Ahora resultaba que el gran Azcue se había permitido coronizar un aro de cesto.
«Estuve, pues, muy lejos de sospechar, como V. ha creído, fuese usted mismo el autor del vocablo, puesto que V., o algún otro por encargo o con ausencia de V. aseguraba en el Noticiero ser usado; y así es que no comprendo el tono que V. creyó ver en mi carta (de la cual no tengo copia), pues que no quise decir más que lo que decía…»

Lo demás es otra digresión de burlesca pedantería, donde no falta alguna cita de San Pablo traída por los pelos; siempre para echar en cara al pobre Azcue lo mál que discurre como filólogo, al menos en comparación con su corresponsal Sabino. El cual se comporta con aquél, como un sumo pontífice del vascuence lo haría con su antipapa. O con el sacristán de su antipapa, que para el caso es lo mismo.
«No pretendo –tartufea–, ni nunca he pretendido, a que [sic] prevalezcan las voces que yo he creado sobre las que antes se hayan inventado o actualmente se formen…»

Formar, inventar palabras, crearlas. Éste último verbo, crear,  es el que se reserva para sí Sabino, en su modestia sólo aparente. Los demás inventan, forman. Sabino/Demiurgo/Vulgo crea lenguaje. Y lo crea –agarrémonos– mediante el instinto, no por raciocinio académico. El galimatías final de la carta es antológico:
«El uso legítimo, en efecto, nunca yerra: su origen es siempre inconveniente [¿?] e instintivo, pero siempre correcto. No le quepa a V., pues, la menor duda de que ha de hallar muchas veces incorrección en los productos académicos, pero nunca en los del legítimo uso vulgar. El vulgo, irreflexivo e ignorante, es el sabio autor de nuestro euzkera, el único académico infalible del lenguaje: porque el instinto, por su misma dependencia esencial [¿?], es, en sí mismo, infalible, mientras que la razón, por su misma independencia, es en extremo falible
Para entender del todo la zumba sabiniana, ya entonces iba cuajando el proyecto de Academia de la Lengua Vasca, que tendrá por fundador y director vitalicio a Azcue. Y vistas las diferencias de criterio, un Arana Goiri escaldado en su oposición a la cátedra difícilmente habría sido candidato académico; eso sin contar su muerte prematura.
Dueño de la plaza, el trol Sabino se prometía un continuará. Azcue, con buen acuerdo, dio por zanjada la lidia a costa suya. Bien es verdad que en el pecado llevaba su penitencia. Aquella manía de convertir el templo y el culto en clase de vascuence, distrayendo a los fieles de lo sustancial, se entiende mejor considerando lo que vemos hoy, cuando circular por carretera, ir a la consulta médica, cumplir con hacienda, visitar un museo etc., va asociado a su dosis obligada de lengua propia.
Y con la lengua, la construcción nacional. Algo así vería también el obispo de Vitoria don Mateo Múgica –ya en tiempo de la II República (nótese esto bien)–, que por mor de la paz tuvo que prohibir en los actos religiosos la Marcha de San Ignacio con letra de Sabino, puesta al servicio de la agitación política jeltzale [4].

Todo este lance es muy ilustrativo de la idiosincrasia sabiniana. Enfrascado en una palabreja ensartada en un poema a la Virgen, Sabino se olvida del contenida y estética del poema, y hasta de la misma Virgen. En cuanto a la palabreja, Sabino tampoco ha visto un burunzi en su vida; pero le basta conocer la palabra para penetrar de inmediato en su significado ‘auténtico y legítimo’, como por ciencia infusa. Él parte de una etimología arbitraria, ‘vaso de cabeza’ (¡casco guerrero, pero hombre!), sin pararse a pensar en un posible contrario,  ‘cabecera o principio de vaso’, es decir, la cercha de vilorta que sirve de apoyo para ir trenzando el cesto, si es eso lo que entendía Azcue. Y por qué no, también el rodete de paño, trenza etc. que se pone sobre la cabeza para llevar encima un peso.
Pues con la gente, con la sociedad que le rodea, le ocurría lo mismo. Mal observador, sin estudiar lo que hay o es, Sabino elucubra sobre lo que debe haber y ser, según los cánones de su idealismo platono-autista…
Pero salgamos nosotros cuanto antes de este aro, anillo o círculo encantado sabiniano. Porque con los maquetos, no sé, pero con Sabino no falla: sus defectos se pegan por contacto.
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[1] Coronación canónica de Nuestra Señora de Begoña. Barcelona, J. Thomas, 1901, págs. 22-23.
 [2] En noviembre, la Diputación celebró en Guernica una recepción en honor de Mons. Ricardo Sanz de Samper, delegado especial del papa León XIII. Sabino Arana disculpó su inasistencia alegando una indisposición. Cfr. Fundación ‘Sabino Arana’, Fondo Sabino Arana, Nº 15: «Borrador de una carta supuestamente dirigida… por Sabino Arana al Presidente de la Diputación de Bizkaia, Enrique Aresti y Torres…»

[3] El día siguiente al estreno, Azkue aceptó un banquete ofrecido por el Bachoqui,  En él, su brindis fue breve y claro: Ama daukanak, zertarako dau ama-ordia? Gure Amagaitik, gustijon osasunerako ta neure onerako (Quien tiene Madre, ¿para qué quiere madrastra? Por mi Madre, a la salud de todos y a mi provecho).
Arana, aun tragando saliva por lo de la cátedra de vascuence, se trabajó mucho al Azkue del momento, adulándole sin reserva. Incluso se erigió en medio empresario de la obra teatral, proyectando representaciones por cuenta del Bachoqui, con un reparto de socios aficionados. Ahí se plantó Azkue, dejando a Sabino con las entradas impresas y muy enfadado. A partir de ahí, todo se volvió rencor, improperios y burlas contra el cura vendido al oro de los ‘fenicios’ (los euskalerríacos).
[4] «Ese cántico noble y santo… es ocasión en estos últimos tiempos… de disonancias y choques entre los fieles… No cabe tolerancia, ni flexibles modos, en aquello que tiende a turbar la paz del culto…» (Boletín eclesiástico de la Diócesis de Vitoria, 15 de julio 1934).