sábado, 5 de octubre de 2013

Trolerías


'La Coronación de la Virgen de Begoña'. Gran óleo de José Echenagusía (1902). Basílica de Begoña


Filología vasco-mariana
El 15 de junio de 1900 Bilbao celebró como pudo el VIº Centenario de su Carta Puebla. A remolque del evento, Nuestra Señora de Begoña, que tampoco vivía su etapa más boyante, tuvo su Coronación oficial el 8 de septiembre.
La Virgen de Begoña había sido, a la disolución del antiguo régimen, una de las mayores fortunas de Vizcaya. Begoña fue entonces plata maciza, y de ahí para arriba. Pasaron luego las hordas galas, la republicana y la napoleónica, las hordas carlistas y liberales, la horda bancaria hipotecaria (para techar y apuntalar tanta ruina)…  Un cabildo begoñés en quiebra, pero con aldabas en Roma, discurre aprovechar el 1900 para obtener del papa una  coronación canonica (en regla) de la Andra-Mari Begoñacua.
Los nuevos ricos bilbainos, la burguesía ‘fenicia’ tan denostada por Sabino, no se volcaron. La Corona magnífica fue costeada, según trascendió, por una tal Sra. de García  (Dª. María Aguirre), que puso su joyero personal en manos del joyero Anduiza.  «Se asegura que el valor total de la corona asciende a 98.500 pesetas», ponderaba  Arístides de Artíñano, cronista oficial y diz que muñidor del evento. Más del doble que el cetro de María y la corona del Niño juntos, «cuyo valor se aproxima a 46.000 pesetas… producto de suscripción popular en halajas y metálico»[1].
Otros muchos regalos ingresó el tesoro begoñés, prendas de la devoción de los vizcaínos. Pero hubo un cabujón nada despreciable, que si no entró en inventario fue por no tener valor de cambio, pues no era del mundo de la materia, sino del espíritu. Por primera vez, desde su aparición en siglos remotos, se enteró la Virgen de Begoña de cómo se dice  ‘coronación’ y ‘corona’ en vascuence.
¡Pero cómo! Un pueblo tan religioso como el vasco, con sus innumerables  vírgenes, santas y santos, todos coronados, y con el clero más copioso de España y de la cristiandad, cada cura y fraile con su tonsura coroniforme («Buenas tardes, señor barbero. Lo de siempre: afeitar y hacerme la corona»)... ¿ese pueblo no sabía decir ‘corona’ en su lengua propia perfectísima?
Claro que sí; pero con palabra prestada: coron/corona, coro, coroe, coroi, coru, corue… hasta coghua, en el grasseyé suletino. Tanta variedad es toda ella sobre un mismo tema latino, corona. Y lo peor de lo peor: un latín demasiado parecido al castellano.
Corría el año, y ya los puristas del euskera se preguntaban cómo escribir ‘coronación’ en la lengua ágrafa milenaria. Pero escribirlo y decirlo bien, no como los curas de pueblo, que desde el púlpito anunciaban la ‘coronaziño’.
Curiosamente, Sabino Arana, tan begoñés de coraziño, en toda esta movida coronaria se mantuvo distante [2]. No nos quepa duda, a él le habría parecido lo más normal del mundo que se le hubiese consultado sobre un punto tan sensible y trascendental. Los únicos popes de la lengua vascongada eran él mismo y don Resurrección María de Azcue. Para entonces, Sabino cada vez salía menos de su Pedernales, que él había rebautizado Sukarrieta. «–A ver por dónde sale Azkue». Eso: su rival Azcue, que tanto ironizaba sobre él («Arana, nuestro audaz ‘neólogo’»); a ver cómo resolvía la papeleta de decir ‘Himno a la Coronación de Ntra. Señora de Begoña’ en euskera pulido.
Conocemos al sacerdote Azkue como ganador de la primera cátedra de euskera en Bilbao, frente a Unamuno y Arana. También por su zarzuela nacionalista ‘Vizcaytik Bizkaira’, saludada en su día por Sabino en estos términos:
«El Sr. Azkue, mientras inadvertidamente ha sido españolista, no ha tenido más lema que Dios y la Patria, mas la falsa Patria; hoy, que ha abierto los ojos,  no tiene tampoco más lema que Dios y la Patria, pero la verdadera Patria. […]
La obra del Sr. Azkue ha sido un acontecimiento para el partido nacionalista de Bizkaya. Ha estrenado el Teatro Nacional.» [3]
Un buen día 28 de mayo Sabino lee en el Noticiero Bilbaino la letra de un himno nuevo en vascuence  a la Virgen de Begoña, con firma escueta: Azkue. Y allí, en la segunda línea del título, una palabra insólita (traduzco):

A la Andra-Mari de Begoña
En su Buruntzialdi

¿Y qué era eso de buruntzialdi? Hay que llegar a la 3ª estrofa del himno para sospecharlo (sigo traduciendo):
En Vizcaya ningún terrestre usó
el buruntzi señorial,
pues ‘siempre tuvimos por reina
a la Andra-María de Begoña’.

Con que el buruntzi era un atributo de señorío regio. Tres son los atributos principales de realeza: la corona, el cetro y el manto. Por exclusión, nos quedamos con la corona, por aquello de buru, cabeza.
La solución de la charada se podía confirmar  por otra vía. En el subtítulo del poema, Buruntzialdi (atento el sufijo -aldi, tiempo u ocasión) sólo podía ser Coronación, excluidas a priori Cetrificación y Mantificación de Nuestra Señora. Ingenioso todo ello, y altamente filológico, aunque la emoción estética y religiosa algo pierdan en el envite.
Aun así, tan misterioso era el vocablo, que el propio vate había prevenido una notita con la clave. No es corriente que los poetas y poetastros nos hagamos entender a golpe de notas («Hemos traído por los pelos el Corpus Christi y otros latinajos, por no disponer en castellano de consonantes para ‘Un soneto le debo a Jon Juaristi», etc. …). Eso quiere decir que Azkue no las tenía todas consigo. Porque, como pareja de primeros espadas en un mano a mano, también don Resurrección María se preguntaba en sus adentros: «A ver por dónde me sale Arana».
Y vaya si le salió rana el Arana. En principio, con su punto de razón; porque hay que ver el contenido de la nota explicativa de Azcue. Más o menos, la ficha lexicográfica que luego utilizó en su monumental  ‘Diccionario Vasco-Español-Francés’ (1905-1906): buruntzi o buruntzaki, que en el dialecto vizcaino de la parte de Marquina se usaba para significar el ‘aro superior de un cesto’, «por extensión apliqué yo a significar ‘corona’, en un himno a nuestra Señora de Begoña».
Por aquí le embistió Sabino con su estrategia habitual, esto es, abriéndose de capote con una carta de provocación, con vistas a un carteo y polémica de campanillas. De hecho, añadía esta posdata:

«P. D. No tengo inconveniente dé V. a la publicidad estas líneas, si lo juzga oportuno.»
«Estas líneas» –dos cuartillas, como poco– configuraban todo un discurso tripartito:

1º. Exordio. Advertencia preliminar (devolviendo a Azkue su propio dardo): ojo con los neologismos, que no todo vale.
«Advierte V. en nota ser usual dicho vocablo. Esto último, este hecho, no lo dudo desde el momento que V. lo asegura; pero bien sabe V. que no nos debe bastar el simple hecho material de usarse una voz … Es preciso estudiar y saber cómo se usa y por quiénes, y aun después de esto, examinarla en sí misma.  
También se usa, por ejemplo, txi(s)mistargi por luz eléctrica y aun por electricidad (como si ésta fuera luz); pero sería imperdonable admitiéramos una voz tan risible, inventada, sin duda, en algún rato de ocio y buen humor, por algún txistulari o bertsolari aficionado a gramática e inspirado por la sidra o el chacolí.»
2º. Cuerpo. Lección magistral, refutando la interpretación que hacía Azkue del vocablo y rechazando su validez (una contrapropuesta de Sabino quedaría para más adelante):
«El vocablo buruntzi ha sido indudablemente compuesto de buru-ontzi; pero con bien poca gracia para el pobre euzkera. Lo que buru-ontzi podría significar (y así y todo a duras penas) es el casco o capacete guerrero…»

«De mí sé decir que nunca aceptaría como buena la voz buru-ontzi para significar casco guerrero, mucho menos corona…  Apurándolo mucho, podría pasar… para expresar el cráneo (que ya tiene su nombre y no necesita otro)... y apurándolo más, para significar el cerebro mismo, que es el vaso fisiológico de la cabeza [¡?]...»

«El hallar tan consciente e inconsideradamente formado el vocablo buruntzi, nos puede convencer de que no es usual con el uso que hace auténticas las voces… Seguramente la voz buruntzi ha pasado de algún libro o de algún púlpito…; y ya tratándose de invenciones precisa someterlas a riguroso examen…»
3º. Despedida. Quede Azkue avisado, a tiempo está de retirar la propuesta, o aténgase a nueva intervención de Sabino:
«He cumplido con mi deber de patriota al escribir a V. la presente por el bien de la lengua de mi raza, y creo firmemente de V. , hará lo que a su juicio sea más conveniente para la misma.»
Aun siendo fama que don Resurrección era sensible a la lisonja, no hay base alguna para imaginar que aquella carta, aun encabezada por «Mi  buen amigo» y cerrada por un «Ordene V. a su amigo y servidor en Jel», le cayese bien. Sabino había empezado por admitirle bajo su palabra que buruntzi era voz usual, para terminar desmintiéndolo como engendro libresco, o caído de algún púlpito, o peor aún, inventado «con muy poca gracia»; bajo la inspiración, quién lo sabe, de «la sidra o el chacolí».
No he podido ver la respuesta de Azcue, el 31 de mayo. El hecho es que puntualmente respondió, que era como entrarle al trapo a Sabino. Sólo cinco días después de la primera carta, partía de Pedernales una segunda, mucho más extensa y, desde luego, más sarcásticamente humillante, amén de trolesca. Porque Arana era todo un trol, de manual.
Para mí que esta segunda carta había sido redactada junto con la primera, y antes por tanto de recibir la «muy atenta» del «apreciado amigo», que incautamente le explica la acepción original del vocablo: ‘aro de cesto’; y de ahí, por extensión del propio Azcue, ‘corona’.
¡Con que esas tenemos, ‘aro de cesto’! Sabino empieza haciéndose el bobo, como que él había creído entender que la voz era usual y con el significado de ‘corona’. Ahora resultaba que el gran Azcue se había permitido coronizar un aro de cesto.
«Estuve, pues, muy lejos de sospechar, como V. ha creído, fuese usted mismo el autor del vocablo, puesto que V., o algún otro por encargo o con ausencia de V. aseguraba en el Noticiero ser usado; y así es que no comprendo el tono que V. creyó ver en mi carta (de la cual no tengo copia), pues que no quise decir más que lo que decía…»

Lo demás es otra digresión de burlesca pedantería, donde no falta alguna cita de San Pablo traída por los pelos; siempre para echar en cara al pobre Azcue lo mál que discurre como filólogo, al menos en comparación con su corresponsal Sabino. El cual se comporta con aquél, como un sumo pontífice del vascuence lo haría con su antipapa. O con el sacristán de su antipapa, que para el caso es lo mismo.
«No pretendo –tartufea–, ni nunca he pretendido, a que [sic] prevalezcan las voces que yo he creado sobre las que antes se hayan inventado o actualmente se formen…»

Formar, inventar palabras, crearlas. Éste último verbo, crear,  es el que se reserva para sí Sabino, en su modestia sólo aparente. Los demás inventan, forman. Sabino/Demiurgo/Vulgo crea lenguaje. Y lo crea –agarrémonos– mediante el instinto, no por raciocinio académico. El galimatías final de la carta es antológico:
«El uso legítimo, en efecto, nunca yerra: su origen es siempre inconveniente [¿?] e instintivo, pero siempre correcto. No le quepa a V., pues, la menor duda de que ha de hallar muchas veces incorrección en los productos académicos, pero nunca en los del legítimo uso vulgar. El vulgo, irreflexivo e ignorante, es el sabio autor de nuestro euzkera, el único académico infalible del lenguaje: porque el instinto, por su misma dependencia esencial [¿?], es, en sí mismo, infalible, mientras que la razón, por su misma independencia, es en extremo falible
Para entender del todo la zumba sabiniana, ya entonces iba cuajando el proyecto de Academia de la Lengua Vasca, que tendrá por fundador y director vitalicio a Azcue. Y vistas las diferencias de criterio, un Arana Goiri escaldado en su oposición a la cátedra difícilmente habría sido candidato académico; eso sin contar su muerte prematura.
Dueño de la plaza, el trol Sabino se prometía un continuará. Azcue, con buen acuerdo, dio por zanjada la lidia a costa suya. Bien es verdad que en el pecado llevaba su penitencia. Aquella manía de convertir el templo y el culto en clase de vascuence, distrayendo a los fieles de lo sustancial, se entiende mejor considerando lo que vemos hoy, cuando circular por carretera, ir a la consulta médica, cumplir con hacienda, visitar un museo etc., va asociado a su dosis obligada de lengua propia.
Y con la lengua, la construcción nacional. Algo así vería también el obispo de Vitoria don Mateo Múgica –ya en tiempo de la II República (nótese esto bien)–, que por mor de la paz tuvo que prohibir en los actos religiosos la Marcha de San Ignacio con letra de Sabino, puesta al servicio de la agitación política jeltzale [4].

Todo este lance es muy ilustrativo de la idiosincrasia sabiniana. Enfrascado en una palabreja ensartada en un poema a la Virgen, Sabino se olvida del contenida y estética del poema, y hasta de la misma Virgen. En cuanto a la palabreja, Sabino tampoco ha visto un burunzi en su vida; pero le basta conocer la palabra para penetrar de inmediato en su significado ‘auténtico y legítimo’, como por ciencia infusa. Él parte de una etimología arbitraria, ‘vaso de cabeza’ (¡casco guerrero, pero hombre!), sin pararse a pensar en un posible contrario,  ‘cabecera o principio de vaso’, es decir, la cercha de vilorta que sirve de apoyo para ir trenzando el cesto, si es eso lo que entendía Azcue. Y por qué no, también el rodete de paño, trenza etc. que se pone sobre la cabeza para llevar encima un peso.
Pues con la gente, con la sociedad que le rodea, le ocurría lo mismo. Mal observador, sin estudiar lo que hay o es, Sabino elucubra sobre lo que debe haber y ser, según los cánones de su idealismo platono-autista…
Pero salgamos nosotros cuanto antes de este aro, anillo o círculo encantado sabiniano. Porque con los maquetos, no sé, pero con Sabino no falla: sus defectos se pegan por contacto.
___________________________
[1] Coronación canónica de Nuestra Señora de Begoña. Barcelona, J. Thomas, 1901, págs. 22-23.
 [2] En noviembre, la Diputación celebró en Guernica una recepción en honor de Mons. Ricardo Sanz de Samper, delegado especial del papa León XIII. Sabino Arana disculpó su inasistencia alegando una indisposición. Cfr. Fundación ‘Sabino Arana’, Fondo Sabino Arana, Nº 15: «Borrador de una carta supuestamente dirigida… por Sabino Arana al Presidente de la Diputación de Bizkaia, Enrique Aresti y Torres…»

[3] El día siguiente al estreno, Azkue aceptó un banquete ofrecido por el Bachoqui,  En él, su brindis fue breve y claro: Ama daukanak, zertarako dau ama-ordia? Gure Amagaitik, gustijon osasunerako ta neure onerako (Quien tiene Madre, ¿para qué quiere madrastra? Por mi Madre, a la salud de todos y a mi provecho).
Arana, aun tragando saliva por lo de la cátedra de vascuence, se trabajó mucho al Azkue del momento, adulándole sin reserva. Incluso se erigió en medio empresario de la obra teatral, proyectando representaciones por cuenta del Bachoqui, con un reparto de socios aficionados. Ahí se plantó Azkue, dejando a Sabino con las entradas impresas y muy enfadado. A partir de ahí, todo se volvió rencor, improperios y burlas contra el cura vendido al oro de los ‘fenicios’ (los euskalerríacos).
[4] «Ese cántico noble y santo… es ocasión en estos últimos tiempos… de disonancias y choques entre los fieles… No cabe tolerancia, ni flexibles modos, en aquello que tiende a turbar la paz del culto…» (Boletín eclesiástico de la Diócesis de Vitoria, 15 de julio 1934).

lunes, 30 de septiembre de 2013

“De fuera vendra…”

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­por Navarth
La escuela, el principal objetivo de los nacionalistas

En febrero de 1895 Sabino acude al estreno de la zarzuela Vizcaytik Bizkaira (De Vizcaya a Bizkaia), de Resurrección María Azcue, y queda profundamente impresionado. Tanto, que dedica un número entero deBizkaitarra a analizarla exhaustivamente, y otro más a defenderla de las críticas. La obra consigue además que Sabino produzca unas líneas de un nivel superior al habitual bajo el título El teatro como medio de propaganda:
“Tanto más importante es indudablemente un medio de propaganda, cuanto de más extensión y de más intensidad sea a la vez, esto es, cuanto mayor sea el número de los sujetos a quienes alcance, y cuanto más profunda mella realice en ellos.”
“La propaganda consiste en convencer a la inteligencia y mover o persuadir a la voluntad. Puede convencerse a la inteligencia hasta un grado insuficiente para que la voluntad se determine a querer lo que aquélla le ofrece: este el estado de muchos que sí comprenden la doctrina patria, pero no lo bastante para determinarse a ser prácticamente patriotas. Puede moverse a la voluntad sin fundar su inclinación en un convencimiento claro de la inteligencia ; y en este caso el sujeto se entusiasma con entusiasmo vivísimo y sorprendente, pero su actitud es pasajera, y su impresión no pasa más que del corazón a la lengua, no trascendiendo a los actos de la vida práctica, a la disposición total del individuo”
En esto último se equivoca. En un movimiento de masas como el nacionalismo la inteligencia juega un papel muy secundario, y son las emociones las encargadas de “trascender a la disposición total del individuo”.
Sabino se dedica a analizar el valor propagandístico de los distintos medios a su alcance. El periódico es, para él, el más eficaz en cuanto a extensión (puesto que puede llegar a más gente) e intensidad en lo que se refiere a la inteligencia, pero no tanto en lo referente a la voluntad. Sin embargo el teatro:
“es muy trascendental en lo que toca a la voluntad. No convence absolutamente nada, pero mueve el corazón con poderoso ímpetu.

Resurrección Mª  Azcue
El argumento de Vizcaytik Bizkaira es este. El joven Txomin se ve obligado a marchar de quinto al ejército español de donde vuelve completamente maquetizado, es decir, corrompido (los síntomas son inequívocos: ahora le gustan los toros). En lugar de ir a trabajar en el caserío con su anciano padre, pasa el tiempo en la taberna con Vives, el maestro maqueto del pueblo, que odia el vascuence y se encarga de completar la degeneración del joven. Mientras tanto se están celebrando elecciones de diputados para las Cortes, a las que concurren Borrego, maqueto, y Txanterrika, un buen patriota vizcaíno. Obviamente Borrego juega sucio e intenta comprar voluntades por medio del dinero, pero contra todo pronóstico Txanterrika alcanza la victoria con los votos de los baserritarras, los campesinos, que son “probes pero hondrados” y no se han dejado comprar. En el último acto Txomin, que se ha pulido todo su dinero en la taberna, culmina su depravación robando al cura, pero su propio padre, demostrando así su honradez, lo delata. Finaliza la obra con el alcalde del pueblo largando un discurso que condensa el mensaje de la obra (curiosamente en español cuando el resto de la obra es en vascuence), y exhortando al nuevo diputado para que defienda los intereses de la patria en Madrid consistentes en “arrancar de nuestro suelo las malditas quintas” e implantar una escuela vizcaína en la que se enseñe vascuence y se sustituya la geografía e historia española por la puramente vasca:
“Hoy a nuestros hijos, ¿no?, se les enseña quien fue Wamba y el moro Muza, pero de Jaun Zuría y de la Machinada no se les dice ni el nombre»

El argumento de la zarzuela entusiasma a Sabino, que realiza una sinopsis de la obra (cuya duración casi iguala a ésta) y ofrece un banquete en el Euskaldun Batzokoja al autor y los actores.
Dado que el malvado principal de la obra es el maestro maqueto, casi inmediatamente otros profesores empiezan a mandar cartas de protesta a los periódicos, y Sabino emprende la defensa de Azcue con su brío habitual:
“Callen la boca maketa, y recogiendo los trastos váyanse con la música pedagógico-maketil a cualquiera región de España (...) Pero eso de venirse acá, donde nadie los ha llamado, (...)  de Andalucía, o de (...)  Castilla, o de cualquier otra región más o menos incivil y africana de España, y que luego de ser tratados a pan y manteles, de percibir sueldos como no los prometen en parte alguna de su patria y de cobrarlos con la puntualidad más rigurosa, se atrevan a levantar la voz contra la dada por bizkainos, por hijos de este país, que hablan así en el uso de su derecho porque ven la ruina de su Patria amada... eso es inaudito cinismo y desvergüenza propio sólo de españoles”.
Los maquetos deben, pues, estar callados para que les sea perdonado habitar en Vizcaya sin el consentimiento de Sabino. Pero también hay voces que denuncian el trato despectivo que la obra dedica a los no vascos. Por ejemplo, el Diario de Bilbao:
“Sin la nota exagerada que domina el Viscaitik Biskaira (...) la zarzuela sería más digna de elogio. El señor Azcue debe tener en cuenta que, en las mil comedias, dramas y juguetes  que se estrenan en toda España, jamás se elige un vascongado para acumular sobre él todo género de perversidades
A lo que responde Sabino:
“Si en ninguna parte del mundo se le retrata al euskeriano como en Vizcay’tik Bizkai’ra al maestro maketo Vives, es porque en todas partes es unánimemente reconocida la natural nobleza de su carácter. Que hay excepciones es innegable (...) pero tal es el carácter peculiar del euskeriano. Y cónstele que las excepciones serán tanto más numerosas, cuanto la raza euskeriana más se roce con la maketa; la cual por su carácter genuino es vil, rastrera, servil y fementida.”
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Decidido a crear su propia obra, Sabino escribe los dos primeros actos de De fuera vendrá [1] en enero de 1897, y el tercero en enero de 1898. De acuerdo con sus planteamientos sobre extensión de la propaganda, el argumento no es excesivamente sofisticado, y está al alcance de cualquier espectador independientemente de su nivel intelectual e incluso de su estado de vigilia. Por una parte están los buenos, en los que concurren dos circunstancias, a) ser de raza vasca y b) ser nacionalistas. El dramatis personae los presenta así:
-          Juan, joven bilbaíno, posición alcanzada, viste boina.
-          Ignacio, de 19 años, hijo de Don Cándido.
-          Don Crisóstomo, anciano sacerdote bizkaino.
Por otra parte están los malos, los maquetos que están invadiendo e infectando Vizcaya:
-          Don Filomeno Cordero y Halcón, natural de Burgos. (No hace falta decir más)
-          Santiago, mozo de cuerda, gallego.
El primero es un parásito, un timador y un gorrón sin escrúpulos que pretende seducir a la bella Anita, actual novia de Juan, para hacerse con su fortuna. El gallego es el tonto, que con sus frases terminadas permanentemente en “u” pretende aportar el tono cómico a la obra. Además es el encargado de realizar los trabajos más indignos, porque como dice el propio Juan, “tengo que echar mano de uno de estos maketos, porque los vascos no valen para estos oficios”.
Hay que decir que la bella Anita ni siquiera interviene en la obra. Tal vez por la escasa consideración que merece a Sabino la mujer (“el nacionalismo de la mujer y la carabina de Ambrosio, pata”), tal vez por no distraer el celo patriótico del público hacia otro de distinta naturaleza.
Entre los buenos y los malos hay un tercer grupo formado por Don Cándido de Erekakoetxea, acaudalado padre de Anita, y Don Inocencio. Los nombres no son casuales. Ambos son vascos, pero están aletargados: no son conscientes de la situación de postración y peligro extremo en que se encuentra su raza (no son conscientes ni de la raza ni de su postración) Son, pues, maketófilos [2], la tercera pata en la singular visión de Sabino.
Sabino Arana en su jardín
Para Sabino es maketófilo todo vasco que se resiste a dejarse iluminar por él. Todo vasco que no pasa el tiempo llorando por la pérdida de la patria y odiando ferozmente a los maquetos. Todo aquel, en suma, que no comparte su visión de las cosas, o que defiende opciones políticas distintas de la suya. En la obra, Don Cándido representa a los fueristas, y Don Inocencio a los tradicionalistas.
Como digo, Cordero planea casarse con Anita para acceder a la fortuna de su padre. El noble y nacionalista (valga la redundancia) Juan la pretende, pero, ay, ella es mujer y por tanto voluble. El hermano de Anita intenta tranquilizarlo:
“¿Cómo quieres que ahora te sustituya por otro?, y más siendo el nuevo un español de pura cepa, ella, que siempre se ha mostrado tan nacionalista como nosotros (...) Yo te aseguro que si mi hermana se casa con un español, no la hablo más en la vida.” [3]
Aunque en privado no las tiene todas consigo:
“¿Será posible que un español entre en mi familia? ¡Será posible que mi única hermana venga a ser mujer de un maketo? (...) Si tal acontece ¡juro por la sangre de mi raza, que he de largarme al fin del mundo, para no ver más a quienes así y por un plato de lentejas, menosprecian a su raza y venden a su Patria!”
Tampoco Juan está muy tranquilo, y en su deambular por las calles nos ofrece los momentos más líricos de la obra:
“Aquella bandera española que, al sentir el torpe beso del Eolo de su patria, se agita voluptuosamente, y ya se despliega y eleva sobe el asta de popa que la suspende para recordarme su dominación en esta tierra nuestra, ya se repliega con sarcástico gesto de famélica arpía” [4]
El caso es que el maléfico burgalés ha conseguido convencer al padre de Anita de que tiene una gran fortuna, y pugna por acceder a un empleo público en la Diputación con la ayuda de éste. También Juan aspira al mismo empleo, y busca su propio enchufe a través del cura Don Crisóstomo. Éste simpatiza con la idea, porque es muy partidario de conceder los empleos “a los hijos del país, y de preferir, aún entre éstos, el bizkaino a los demás”. Don Cándido se atreve a objetarle esos favoritismos:
“Pero debe usted comprender, Don Crisóstomo, que esas diferencias entre vascongados y castellanos no se harmonizan muy bien con el espíritu de igualdad que caracteriza la Religión Católica: Todos somos hermanos; todos somos hijos de Dios: todos por consiguiente...”
En ese momento Don Crisóstomo, adelantándose unos años a Orwell, desarrolla una compleja teoría para explicar que la religión católica, y el propio Jesucristo, entienden que todos somos iguales, sí, pero unos más iguales que otros:
“Pues si a Jesucristo, con ser Dios, no le plugo sustraerse a esa natural predilección que el hombre tiene por ciertas personas o por ciertas cosa, ¿cómo la Religión va a condenarla y prohibir el proceder conforme a ella?”
Don Crisóstomo sabe, además, que es antinatural que un maqueto obtenga un empleo en competencia con un vasco:
“En los Estados Unidos, en Inglaterra y en cualquier nación que no sea la propia nuestra, y esa que tenemos al sur, es preferido el vasco al individuo de la raza latina que habita esta península, para cualquier empleo que sea. Y tanto es así, amigo Don Cándido, que si el vasco que busca colocación en esos países dice que es español, ¡ya se ha divertido!; mientras que si dice que es vasco, en todas partes le reciben de mil amores. El nombre de español les es odioso; el de vasco les es grandemente simpático. ¡Tal concepto tienen de las cualidades del uno y el otro pueblo, y del abismo que separa a estas dos razas!
Sabino probablemente no lo sabe, pero con el cura nacionalista Don Crisóstomo acaba de crear un arquetipo universal. Por su parte Juan comparte el planteamiento general sobre el mercado laboral nacionalista:
“Sí... la plaza no creo que me la llevará ninguno de esos siete maketos, por más que uno de ellos dice que ha estado empleado en la Diputación de Murcia”
Es decir, hay siete competidores y uno al menos parece aportar mejor experiencia laboral que él, pero Juan no concibe que le madruguen la plaza porque, a fin de cuentas, él es vasco y los otros maquetos. Al final todo el mundo tiene claro que el empleo se va a obtener por enchufe; de lo que se trata es que el enchufe recaiga en alguien de raza vasca
De fuera vendrá es un drama (al menos para Sabino), porque de los tres grupos representados, el de los verdaderos vizcaínos (los vascos por raza y nacionalistas-racistas por vocación) es muy escaso, y la alianza entre maketos y maketófilos acaba triunfando. En efecto, Cordero obtiene la plaza, y con ella a la voluble Anita, no sin antes confesar a los espectadores que piensa practicar el adulterio a mansalva. La obra termina con Juan e Ignacio anunciando su intención de emigrar a California, donde esperan no encontrar más maquetos, y con una sentida invocación de Don Crisóstomo:
“¡Oh Dios mío! Veo que una terrible maldición tuya pesa sobre nuestro pueblo, mercantilista y metalizado como el judío.
Más tú Señor (añade prudentemente) ¡bendito seas!”

La obra no llegará a publicarse, porque su mensaje desconsolado no encaja con el nuevo ambiente optimista (para Sabino) generado en 1898 por la derrota española en Cuba y Filipinas, y por su propia elección como diputado provincial por Vizcaya, aupado por los euskalerríacos de Ramón de la Sota y su periódico Euskalduna.
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[1] "De fuera vendrá quien de casa te echará". Dicho popular que Sabino aplica al maqueto, que viene de fuera para llevarse a las mujeres, y acaparar el trabajo, de los vascos.
[2] Sobre los maketófilos hablará Sabino extensamente en este artículo: Ellos y nosotros.
[3] Ignacio (o Sabino) no concibe que una mujer de raza vasca se enamore de un español. Se dice que en cierta ocasión el futuro Carlos IV manifestó a su padre la gran ventaja que suponía tener sangre real para evitar los cuernos porque, lógicamente, ninguna mujer podría sentirse atraída por alguien de inferior rango. Carlos III se quedó mirándolo y le dijo “hay que ver lo tonto que eres, hijo mío”.
[4] No deja de ser curioso que el movimiento de la bandera española resulte voluptuoso para el joven nacionalista vasco.