viernes, 6 de septiembre de 2013

Algo más sobre la raza y la degeneración por contagio


por Navarth

'Dantzaris', de Valentín de Zubiaurre


Así se dirige Sabino a sus paisanos en septiembre de 1894:
“Vuestra raza, singular por sus bellas cualidades, pero mas singular aun por no tener ningún punto de contacto o fraternidad ni con la raza española, ni con la francesa, que son sus vecinas, ni con raza alguna del mundo, era la que constituía vuestra Patria Bizkaya, y vosotros, sin pizca de dignidad y sin respeto a vuestros padres, habéis mezclado vuestra sangre con la española o maketa, os habéis hermanado y confundido con la raza más vil y despreciable de Europa y estáis procurando que esta raza envilecida substituya a la vuestra en el territorio de vuestra Patria” (Bizkaitarra nº 15, septiembre de 1894)

Terrible panorama. Los maquetos, ante la pasividad de los vascos, se están mezclando con éstos y contaminando su raza. Es un problema serio, porque tanto más degenerará la raza vasca cuanto más se roce con la maketa; la cual, por su carácter genuino, es vil, rastrera, servil y fementida (Bizkaitarra nº 22, febrero de 1895)
Porque para Sabino la esencia vasca reside en la raza. El idioma, las tradiciones o las leyes se pueden aprender o cambiar. En cambio la raza no se puede adquirir, ni recuperar cuando se contamina:
“(…) mientras la lengua, siempre que haya una buena gramática y un buen diccionario, puede restaurarse aunque nadie la hable; la raza, en cambio, no puede resucitarse una vez perdida.” (Bizkaitarra nº 16, octubre de 1894)

Se trata de una visión platónica (aunque en bruto). La idea platónica de lo vasco permanece pura e inalterable en el éter (en este caso, la fantasía de Sabino), pero va degenerando, y alejándose del ideal, al mezclarse con lo maqueto. Para Sabino la raza constituye la sustancia de lo vasco, y todo lo demás es accidental:
”Si nos dieran a elegir entre una Bizkaya poblada de maketos que sólo hablasen el Euskera y una Bizkaya poblada de bizkainos que sólo hablasen el castellano, escogeríamos sin dubitar esta segunda, porque es preferible la sustancia bizkaina con accidentes exóticos que pueden eliminarse y sustituirse por los naturales, a una sustancia exótica con propiedades bizkainas que nunca podrían cambiarla”
A continuación la cosa se pone peor:
“Asimismo: si nos pusieran de un lado la muerte total y absoluta de Bizkaya, esto es, la extinción de su raza y su lengua y la desaparición de todo escrito y toda memoria referente a sus leyes e historia y hasta su mismo nombre, y del otro una Bizkaya maketa, independiente y regida por las leyes de nuestros padres, poseedora de nuestra lengua y heredera de nuestra historia, optaríamos por lo primero.”
Vizcaya sin la raza vasca está muerta, aunque perviva el idioma vasco, los fueros, las tradiciones.... y sus habitantes no vascos. Estos, en el mejor de los casos, le traen sin cuidado a Sabino: si desaparece la raza, mejor que desaparezca todo lo demás. Al menos así el vascuence y las instituciones vascas no quedarán contaminadas por lo maqueto. Lo corrobora en un artículo titulado La pureza de raza (Bizkaitarra nº 24, marzo de 1895):
“Si se diera una Bizkaya, libre sí, pero constituida por la raza española (..) no quedaría más que el nombre de Bizkaya, por causa de quedar el territorio que en otras épocas ocupaba la nación bizkaína. Verdad es que en ese caso valiera más le hundiera un terremoto a este último, para que así desapareciese también el nombre”
De este modo averiguamos cuáles son, de mejor a peor, los escenarios que Sabino puede imaginar:
  1. Vizcaya con habitantes de raza vasca, independientes, que hablan vascuence y se rigen por sus leyes.
  2. Vizcaya con habitantes de raza vasca, aunque hablen español y no sean independientes.
  3. Vizcaya hundida por un terremoto.
  4. Vizcaya poblada por maquetos, aunque hablen vasco.
Lo expuesto puede inducir al lector a sospechar que el vascuence no es para Sabino más que una herramienta para mantener separadas las razas, y como tal no debe ser revelado a los maquetos. Él mismo lo confirma:
“Tanto están obligados los bizkainos a hablar su lengua nacional, como a no enseñársela a los maketos o españoles. No el hablar éste o el otro idioma, sino la diferencia del lenguaje es el gran medio de preservarnos del contagio de los españoles y evitar el cruzamiento de las dos razas. Si nuestros invasores aprendieran el Euskera, tendríamos que abandonar éste, archivando cuidadosamente su gramática y su diccionario, y dedicarnos a hablar el ruso, el noruego o cualquier otro idioma desconocido para ellos, mientras estuviésemos sujetos a su dominio.”
La preocupación por la degeneración de la raza vasca debida a la mezcla con los maquetos impregnará toda la obra de Sabino. Véase otro ejemplo, de Baserritarra (Aldeano), el periódico que sustituirá a Bizkaitarra:
 “Nada importa, pues, la extinción de nuestra lengua; nada, el olvido de nuestra historia; nada, la pérdida de nuestras propias y santas instituciones y la imposición de las extrañas y liberales; nada, esta misma esclavitud política de nuestra patria; nada, absolutamente nada, importa todo eso, en sí considerado, al lado del roce de nuestro pueblo con el español, que causa inmediata y necesariamente en nuestra raza ignorancia y extravío de inteligencia, debilidad y corrupción de corazón, apartamiento total, en una palabra, del fin de toda humana sociedad.” [1] (Baserritarra nº 11, julio de 1897)
'Romería vasca', de José de Arrúe


Y a todo esto ¿de dónde ha salido esta raza vasca, tan singular?:
Esta raza originalísima no es celta, ni fenicia, ni griega, ni latina, ni germana, ni árabe, ni se parece mas que en ser humana a ninguna de las que habitan el continente europeo, el africano, el asiático, el americano y las islas de la Oceanía. Está aislada en el universo de tal manera que no se encuentran datos para clasificarla entre las demás razas dé la Tierra”. (Bizkaitarra nº 16, octubre de 1894)
La raza vasca no es comparable a ninguna otra de las conocidas. Pero ¿y las desconocidas? De la crítica que hace a De l’origine des basques de Lewy d’Abartiague se desprende que Sabino valora la posibilidad de que los vascos se desarrollaran simultáneamente en Europa y la Atlántida:
”La existencia de la Atlántida en algún tiempo la prueba M. d’Abartiague con datos tal vez incontestables; pero de ello no se deduce que nuestra raza pasara de ella al continente europeo, sino más bien que habitara simultáneamente el occidente y mediodía de éste, el norte de África y dicha extensa tierra hoy cubierta por el océano.”
En cualquier caso Sabino contempla con simpatía esta posibilidad:
“La hipótesis atlántica es, pues, la última consecuencia de su folleto, el cual es recomendable principalmente porque no se halla en él rastro de esa influencia española exenta de criterio científico
Porque cuando hay que ser científico Sabino acude al criterio de M. d’Abartiague. Seguiremos inevitablemente hablando de la raza en estas entradas.
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[1] No parece muy alejado el planteamiento de Sabino de este otro:
 “Si el judío conquistara (...) las naciones de este mundo, su corona sería la guirnalda fúnebre de la raza humana y el planeta volvería a girar en el espacio despoblado como lo hacía millones de años atrás. (...).
De ahí que yo me crea en el deber de obrar en el sentido del Todopoderosos Creador: al combatir a los judíos, cumplo la tarea del Señor.

lunes, 2 de septiembre de 2013

‘Don Luis’, el hermano fabuloso de Sabino



Luis Arana Goiri fue una personalidad retraída, nada brillante, aunque muy en su papel de eminencia gris. Siempre detrás y a la sombra de su hermano, como su titerero.


«Pienso que don Luis sigue siendo un gran desconocido. Sabino fue un hombre muy importante, muy brillante, pero tengo la impresión de que ha hecho siempre lo que quería don Luis (Lezo Urreztieta) [1]
En lo religioso, no exteriorizó fervorines como el hermano, aunque también él era gran creyente:


«No he conocido hombre de más fe. Poseía una formación religiosa increíble. Sabía más historia sagrada que los evangelistas… Era un santo.» [2]


Muerto Sabino, Luis era el líder nato del PNV, aunque no se le entregó de pronto la presidencia (1908-1915). Su intransigencia, sus prontos, sus maneras, le crearon muchos enemigos domésticos –que hombre tan evangélico como él sabría son los peores (Mateo 10: 36)–, hasta verse expulsado de un partido, el suyo, en crisis y quiebra.
Escindido el PNV, Luis Arana preside la facción radical ‘Aberri’ (1922-1930).
Con la II República, reunificado el partido, repite presidencia (1932-1933); pero bien pronto vuelve a significarse en su radicalismo egocéntrico, no exento de extravagancias [3].
Todo ello, junto con su falta de carisma de bases, le llevó al retraimiento  y baja formal en 1936. Así no es extraño que, desde la tendencia pragmática dominante, cada vez se le miró más de reojo: integrista católico, germanófilo, enemigo del voto femenino y hasta de la voz femenina (la política activa no era para las emakumes); como también crítico del Estatuto Vasco pactado con la República, porque no incluía una reintegración foral completa...
La Guerra civil era para ‘Don Luis’ asunto entre españoles, por lo que defendió la no intervención [sic] de los vascos en la contienda, censurando ásperamente el alineamiento del partido y de Euzkadi con la República.
Refugiado en el País Vasco Francés, solitario, viudo..., con casi 80 años pide volver a Vizcaya y Franco se lo concede. A su muerte (1951), el ‘Euzko Deya’, boletín-órgano del PNV en el exilio parisino, envolvía en su habitual revoltillo de sueltos y gacetillas esta necrológica:


«A los 89 años ha fallecido en Santurce don Luis Arana-Goiri, hermano mayor de Sabino de Arana y su inspiración doctrinal en la fundación del Partido Nacionalista.» [4]



Necrológica de Don Luis
en ‘Euzko Deya’ de Buenos Aires (30-07-1951)

Mitología luisiana
Desde que muere Sabino, Luis pierde su vocación de segundón y su modestia taciturna para divulgar su automito. Él había creado la bandera y una serie de emblemas nacionalistas, así como el lema ‘Euzkadi, euzkotarren aberria da’ (Euzkadi es la patria de los vascos).
Si el mito de la iluminación-conversión de Sabino tiene toda la pinta de un constructo imaginario –como ya lo vio Juaristi–, tampoco es temerario ver detrás de todo aquello, y de mucho más, la mitomanía de Luis Arana Goiri.
Fábula sorprendente, pues aunque Sabino creyó que su hermano mayor había llegado a la verdad por sus propias luces y estudio, lo que menos imaginó fue que Luis también había tenido su ráfaga iluminativa. Y lo más increíble: el hombre que le abrió los ojos fue un nativo de Maketania, un anónimo santanderino.
Establecido el papel iniciático de Luis respecto a su hermano, la hagiografía peneuvista tambien quiso saber cómo fue el gran salto de aquél, desde su carlismo españolista fuerista hasta el nacionalismo antiespañol furibundo. Pero aunque muchos se lo preguntaron, él se resistía siempre a desvelar su secreto, ya que «Sabino fue quien había llevado a cabo la obra, y a quien la Patria debía eterna gratitud».
Ahora bien, tampoco pasarse de humilde, qué caramba. Así que, sabedor de que Ceferino de Jemein Lanbarri preparaba su Biografía de Arana-Goiri'tar Sabin (Bilbao, Edit. Vasca, 1935), Luis aprovechó para poner en este nido su propio huevo, enviando al autor un automito, que por cierto, el sabiniano celante que era Ceferino (o Keperin) desechó como de cuco.
No era para menos, porque el relato se las trae. El oficioso Luis debió de quedar muy corrido, pues sólo en 1954, después de su muerte, vio la luz aquella leyenda. Conozcámosla [5].



Aprender viajando
Pues, señor, érase que se era el joven Luis Arana Goiri quien, tras estudiar en los jesuitas de Orduña, viajaba en tren a los jesuitas de La Guardia (Orense), a empezar el preparatorio de ingreso en Arquitectura. Esto debió de ser en 1880.


«Llevaba el colegial (sic) en la solapa alguna insignia de carácter ‘fuerista’.
Un viajero santanderino que lo observó entabló con el joven estudiante un diálogo, poco más o menos así:
— ¿Tú eres fuerista, muchacho?
— Sí, señor!—, contestó con la energía que le era característica el interpelado.
— ¿Por qué?
— Porque soy bizkaino.
— ¿Y eres español?
— ¡Sí, señor! (con la misma energía y convencimiento).
— Pues mira, eso es lo que no entiendo bien. Si los vizcaínos sois españoles y vuestra Patria es España, no sé cómo queréis gozar de unos fueros que los demás españoles no tienen, y eludor obligaciones que a todos los españoles deben comprender por igual ante la Patria común. Gozando de los Fueros no servís en el ejército español, ni contribuis con dinero al Tesoro de la Patria. Nos sois buenos españoles…
Luis se encontró sin saber qué contestar. Hervía su bizkainismo ‘fuerista’ en lo íntimo de su alma, pero no encontraba la respuesta adecuada contra (sic) el razonamiento del santanderino. Sintió deseos de abofetearle, como seguramente lo hubiera hecho si hubiese sido un compañero de colegio el que le ponía en tal aprieto
(…)
Durante aquel curso de 1880-1881 se hizo en su conciencia nacionalista vasco.»


Así de fácil: o patriota español sin fueros, o fuerista fuera de España. Nuestro vizcaino antepuso los fueros y se dio a leer historias de Vizcaya donde se hablaba de la independencia originaria, muy antes de que España existiera, y muy antes también de las ‘uniones’ de los vascos a Castilla. Con tanta lectura histórica anticuaria, no tiene nada de extraño que Luis tuvo que repetir preparatorio de Arquitectura, en Madrid.
Salta a la vista el formato ‘catecismo de Astete’, por preguntas y respuestas, del diálogo automítico. Donde el que pregunta, y en definitiva, el docente, no es ni siquiera vasco bueno ni malo, sino peor que eso, un despreciable ‘cuco’. Así llamaban en Vizcaya a estos vecinos cántabros, porque cuando los Fueros, muchas santanderinas de la parte de Castro y Laredo, Ramales etc. venían acá a parir, para que si era varón se librase de la mili.
Por lo que fuese, el biógrafo Jemein desechó la anécdota luisiana. Y por lo mismo, Luis no tuvo más remedio que inventarse otra no menos estrafalaria [6]:


El tertium exclusum: entre la lógica y la falacia
Pues, señor, habíase que se había en el colegio de jesuitas de La Guardia un padre profesor de Geografía, que era vizcaino. Con éste se encara Luis un día, y señalándole con el dedo el conjunto de alumnos y profesores oriundos de toda España le espeta:


— Padre, ¿usted cree que nosotros somo españoles? Yo creo que no, que somos distintos de todos estos castellanos, aragoneses, andaluces…, de todos esos españoles que veo aquí. ¿Qué cree usted?
— Pues ahora que lo dices… Mira, Luis, si todos esos son españoles, nosotros no lo somos. Y si nosotros somos españoles, esos no lo son…  
«Luis de Arana-Goiri había comprendido perfectamente el porqué de su derrota dialéctica ante el santanderino.»


De nuevo, así de sencillo. A golpe de vista, sin ilustraciones históricas ni zarandajas. No hay más que verlos: somos diferentes, y punto. Lógica sin otro fallo que ser válida para todos: el aragonés, el andaluz, hasta el  santanderino…  Cualquiera podía autodefinirse como diferente de los demás, y por tanto ‘no español’.
El resto lo conocemos. El recién converso no tuvo más urgencia que convertir a su querido hermano menor en la célebre escena del jardín pascual, dejándole entregado a su nuevo destino.


El huevo de Pascua
Y venga mito. En relación con éste último, Luis inventa como efeméride aniversaria el ‘Aberri Eguna’ (Día de la Patria Vasca), cuya primera edición presidió él mismo, como presidente del Partido, el Domingo de Pascua, 27 de abril de 1932.
La razón que se dio para elegir esa fiesta no fija del calendario fue que la revelación de Luis a Sabino, 50 años atrás, tuvo lugar precisamente en Pascua. Y ya forzando el mito religioso, la resurrección De Cristo prefiguraba la de Euzkadi, en las personas de ambos hermanos.
Sin embargo, hay razones para sospechar que todo esto fue fabulación añadida, pues la pascua que desde años atrás traía locas a las Juventudes Vascas era otra: la de 1916, en que se produjo el alzamiento irlandés contra Gran Bretaña, y así la jaleaban en su órgano, titulado precisamente ‘Aberri’. Luis habría desviado esa atención hacia su ego y propia fábula, la del Jardín-Edén de ‘Sabin-Etxea’ la casa natal de los Arana-Goiri, que por entonces acababa él de restaurar e inaugurar para central del partido en Vizcaya.
Sabino y Luis, Luis y Sabino:  A ze parea, caracola ta barea! [7]


(Concluirá)
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[1] Citado por Elías de Amézaga, Biografía sentimental de Sabino Arana. Txalaparta, 2003, pág. 189.
[2] Ibíd.
[3] Por ejemplo, rechazó que la bandera bicrucífera (‘ikurriña’) se adoptara como emblema del nacionalismo vasco, pues si sabría él, su inventor, que era sólo para Vizcaya. De haberle hecho caso, la Comunidad Autónoma Vasca tendría hoy por bandera una barrada roja y verde.
[4 ] Euzko Deya de Buenos Aires (30 de julio 1951) fue más cortés, aunque reticente, desconociendo incluso la edad exacta del finado «Don Luis, el hermano del Maestro».
[5] Cfr. HNVD, 1: 105-106; texto de ‘Marcos de Urrutia’ (Manuel de Eguileor).
[6] Cfr. ibíd., pág. 106.
[7] «El caracol y el limaco, valiente pareja».

viernes, 30 de agosto de 2013

Sabino y la Plaga, por Navarth


'Pescadores vascos' (Valentín de Zubiaurre)


En diciembre de 1893, en el número 4 de ‘Bizkaitarra’, Sabino escribe un artículo titulado ‘Los invasores’:

«Con este título ha visto últimamente la luz pública en un semanario de Bilbao un bien escrito artículo que se ocupa en las varias clases de maketos y en su pestífera influencia.»

Sabino se congratula de que al fin alguien se haya decidido en la prensa a atacar “de frente y sin viles respetos a la invasión maketa”, y en consecuencia manda a su autor “la más bizkaina enhorabuena.” A partir de este momento, y hasta el final de sus días, Sabino se dedicará a exponer, de forma machacona, obsesiva y sin variaciones, su visión de un mundo dividido en vizcaínos (y por extensión vascos) y maquetos (todos los españoles no vascos).
Para resumir, los primeros están dotados de todas las virtudes imaginables; los segundos, de todos los males y perversiones. La distinción no radica en un elemento cultural sino de raza: para Sabino hay algo en la sangre que lleva a los vascos a ser nobles, valientes y trabajadores (y, como veremos, a odiar el organillo), y a los maquetos a ser inmorales, gorrones, feos, traidores, navajeros y ocasionalmente antropófagos [1]. Como los maquetos llevan la maldad en la sangre son contagiosos: al contacto con el vasco lo contaminan y provocan la degeneración de sus esencias. Y como la sangre, a diferencia de la cultura o la religión, no se puede cambiar, la redención del maqueto es imposible: las únicas medidas posibles ante él serán profilácticas, de aislamiento y/o erradicación.
Este esquema yin-yang de Sabino genera naturalmente una sustancia que lo lubrica: el odio. Si hay una raza impura y malvada que amenaza con su contacto la nuestra (que es maravillosa), es normal que sintamos tanto cariño hacia ella como hacia un germen nocivo. Esta secreción de odio será sistemáticamente potenciada por Sabino. Continúa diciendo en ‘Los invasores’:

«Ese camino del odio al maketismo es mucho más directo y seguro que el que llevan los que se dicen amantes de los Fueros, pero no sienten rencor hacia el invasor.»


A continuación anima a escribir un libro sobre el asunto (propone el título ‘La invasión española en Bizkaya’) y sugiere el siguiente índice:

PARTE PRIMERA: Los maketos
Cap.I: Naturaleza del maketo:
-       Caracteres físicos
-       Caracteres morales
Cap.II:  Clasificación del maketo
Cap.III: Estadística:
-       Conquistas del maketo
-       Frutos del maketo

PARTE SEGUNDA: Los maketófilos

PARTE TERCERA: La reacción
Cap.I. Remedios especiales
Cap.II: Remedio general

Para no aburrir al lector, me limito a poner como ejemplo el índice del capítulo 3. 2 de la parte primera:




Sobre los maketófilos, otra piedra angular de la doctrina de Sabino, nos detendremos más adelante. Sí debemos mencionar este párrafo:

«Así como la estadística es esencial a la primera parte, esta segunda habría de ir acompañada de datos históricos, con los nombres de las personas  y todos los pelos y señales, siendo de advertir que, cuando se sacan a luz los hechos con los nombres de sus autores, no hace falta aplicar a éstos ningún calificativo, porque el lector se encarga de juzgarlos.» [2]

Esta es, pues, la fase de señalamiento, paso previo imprescindible para la ominosa tercera fase en la que se indicarán los ‘remedios’ profilácticos contra el contagio maqueto [3].
Hay que decir que Sabino se muestra especialmente inspirado en este número de ‘Bizkaitarra’, y en otro artículo titulado Nuestros moros’ vuelve a arremeter contra la plaga:

 «Los maketos. Esos son nuestros moros.
Con una diferencia: que los moros odian a los españoles, porque están por éstos en parte dominados; y los maketos, ellos son los que nos esclavizan; y no contentos con esto, pues nos aborrecen a muerte, no han de parar hasta extinguir nuestra raza.

(…)  El maketo: ¡he ahí el enemigo! Y no me refiero a una clase determinada de maketos, sino a todas en general: todos los maketos, aristócratas y plebeyos, burgueses y proletarios, sabios e ignorantes, buenos y malos, todos son enemigos de nuestra Patria, más o menos francos, pero siempre encarnizados.
Y entiéndase que no los aborrecemos porque sí. Si el español se estuviese quedo en su tierra, no tendríamos por qué quererle mal.
Pero es nuestro dominador y nuestro parásito nacional: nos ha sometido y privándonos de la condición a que todo hombre y todo pueblo tiene derecho, la libertad; y nos está carcomiendo el cuerpo y aniquilando el espíritu, y aspira a nuestra muerte. ¿Cómo hemos de quererle bien?»
En junio de 1895, en el número 29 de ‘Bizkaitarra’, Sabino publicará uno de sus artículos más conocidos: ‘¿Qué somos?’. En él se dedicará a hacer una descripción, si no excesivamente científica, sin duda minuciosa sobre las diferencias de carácter entre los vizcaínos y el resto de los españoles. Muchos de sus párrafos son conocidos. Yo recomiendo una lectura en su totalidad.



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[1] ‘Bizkaitarra’, nº 24, marzo de 1895: «También en Europa hay antropófagos. Verdad es que España está unida a Europa sólo por una ocurrencia de la naturaleza. Hace poco participaban los periódicos de Madrid que en la misma villa había sido sorprendida in fraganti una familia o sociedad de antropófagos»  etc.
[2] Del matonismo de Sabino se hablará más adelante.
[3] La lectura de las obras de Sabino genera continuamente una pregunta: ¿qué habría ocurrido si hubiera llegado a ser gobernante todopoderoso de su territorio soñado? No es descabellado pensar que tras la aplicación de los remedios ‘especiales’ y ‘generales’ anunciados podría haberse llegado a decidir un remedio final.