lunes, 2 de septiembre de 2013

‘Don Luis’, el hermano fabuloso de Sabino



Luis Arana Goiri fue una personalidad retraída, nada brillante, aunque muy en su papel de eminencia gris. Siempre detrás y a la sombra de su hermano, como su titerero.


«Pienso que don Luis sigue siendo un gran desconocido. Sabino fue un hombre muy importante, muy brillante, pero tengo la impresión de que ha hecho siempre lo que quería don Luis (Lezo Urreztieta) [1]
En lo religioso, no exteriorizó fervorines como el hermano, aunque también él era gran creyente:


«No he conocido hombre de más fe. Poseía una formación religiosa increíble. Sabía más historia sagrada que los evangelistas… Era un santo.» [2]


Muerto Sabino, Luis era el líder nato del PNV, aunque no se le entregó de pronto la presidencia (1908-1915). Su intransigencia, sus prontos, sus maneras, le crearon muchos enemigos domésticos –que hombre tan evangélico como él sabría son los peores (Mateo 10: 36)–, hasta verse expulsado de un partido, el suyo, en crisis y quiebra.
Escindido el PNV, Luis Arana preside la facción radical ‘Aberri’ (1922-1930).
Con la II República, reunificado el partido, repite presidencia (1932-1933); pero bien pronto vuelve a significarse en su radicalismo egocéntrico, no exento de extravagancias [3].
Todo ello, junto con su falta de carisma de bases, le llevó al retraimiento  y baja formal en 1936. Así no es extraño que, desde la tendencia pragmática dominante, cada vez se le miró más de reojo: integrista católico, germanófilo, enemigo del voto femenino y hasta de la voz femenina (la política activa no era para las emakumes); como también crítico del Estatuto Vasco pactado con la República, porque no incluía una reintegración foral completa...
La Guerra civil era para ‘Don Luis’ asunto entre españoles, por lo que defendió la no intervención [sic] de los vascos en la contienda, censurando ásperamente el alineamiento del partido y de Euzkadi con la República.
Refugiado en el País Vasco Francés, solitario, viudo..., con casi 80 años pide volver a Vizcaya y Franco se lo concede. A su muerte (1951), el ‘Euzko Deya’, boletín-órgano del PNV en el exilio parisino, envolvía en su habitual revoltillo de sueltos y gacetillas esta necrológica:


«A los 89 años ha fallecido en Santurce don Luis Arana-Goiri, hermano mayor de Sabino de Arana y su inspiración doctrinal en la fundación del Partido Nacionalista.» [4]



Necrológica de Don Luis
en ‘Euzko Deya’ de Buenos Aires (30-07-1951)

Mitología luisiana
Desde que muere Sabino, Luis pierde su vocación de segundón y su modestia taciturna para divulgar su automito. Él había creado la bandera y una serie de emblemas nacionalistas, así como el lema ‘Euzkadi, euzkotarren aberria da’ (Euzkadi es la patria de los vascos).
Si el mito de la iluminación-conversión de Sabino tiene toda la pinta de un constructo imaginario –como ya lo vio Juaristi–, tampoco es temerario ver detrás de todo aquello, y de mucho más, la mitomanía de Luis Arana Goiri.
Fábula sorprendente, pues aunque Sabino creyó que su hermano mayor había llegado a la verdad por sus propias luces y estudio, lo que menos imaginó fue que Luis también había tenido su ráfaga iluminativa. Y lo más increíble: el hombre que le abrió los ojos fue un nativo de Maketania, un anónimo santanderino.
Establecido el papel iniciático de Luis respecto a su hermano, la hagiografía peneuvista tambien quiso saber cómo fue el gran salto de aquél, desde su carlismo españolista fuerista hasta el nacionalismo antiespañol furibundo. Pero aunque muchos se lo preguntaron, él se resistía siempre a desvelar su secreto, ya que «Sabino fue quien había llevado a cabo la obra, y a quien la Patria debía eterna gratitud».
Ahora bien, tampoco pasarse de humilde, qué caramba. Así que, sabedor de que Ceferino de Jemein Lanbarri preparaba su Biografía de Arana-Goiri'tar Sabin (Bilbao, Edit. Vasca, 1935), Luis aprovechó para poner en este nido su propio huevo, enviando al autor un automito, que por cierto, el sabiniano celante que era Ceferino (o Keperin) desechó como de cuco.
No era para menos, porque el relato se las trae. El oficioso Luis debió de quedar muy corrido, pues sólo en 1954, después de su muerte, vio la luz aquella leyenda. Conozcámosla [5].



Aprender viajando
Pues, señor, érase que se era el joven Luis Arana Goiri quien, tras estudiar en los jesuitas de Orduña, viajaba en tren a los jesuitas de La Guardia (Orense), a empezar el preparatorio de ingreso en Arquitectura. Esto debió de ser en 1880.


«Llevaba el colegial (sic) en la solapa alguna insignia de carácter ‘fuerista’.
Un viajero santanderino que lo observó entabló con el joven estudiante un diálogo, poco más o menos así:
— ¿Tú eres fuerista, muchacho?
— Sí, señor!—, contestó con la energía que le era característica el interpelado.
— ¿Por qué?
— Porque soy bizkaino.
— ¿Y eres español?
— ¡Sí, señor! (con la misma energía y convencimiento).
— Pues mira, eso es lo que no entiendo bien. Si los vizcaínos sois españoles y vuestra Patria es España, no sé cómo queréis gozar de unos fueros que los demás españoles no tienen, y eludor obligaciones que a todos los españoles deben comprender por igual ante la Patria común. Gozando de los Fueros no servís en el ejército español, ni contribuis con dinero al Tesoro de la Patria. Nos sois buenos españoles…
Luis se encontró sin saber qué contestar. Hervía su bizkainismo ‘fuerista’ en lo íntimo de su alma, pero no encontraba la respuesta adecuada contra (sic) el razonamiento del santanderino. Sintió deseos de abofetearle, como seguramente lo hubiera hecho si hubiese sido un compañero de colegio el que le ponía en tal aprieto
(…)
Durante aquel curso de 1880-1881 se hizo en su conciencia nacionalista vasco.»


Así de fácil: o patriota español sin fueros, o fuerista fuera de España. Nuestro vizcaino antepuso los fueros y se dio a leer historias de Vizcaya donde se hablaba de la independencia originaria, muy antes de que España existiera, y muy antes también de las ‘uniones’ de los vascos a Castilla. Con tanta lectura histórica anticuaria, no tiene nada de extraño que Luis tuvo que repetir preparatorio de Arquitectura, en Madrid.
Salta a la vista el formato ‘catecismo de Astete’, por preguntas y respuestas, del diálogo automítico. Donde el que pregunta, y en definitiva, el docente, no es ni siquiera vasco bueno ni malo, sino peor que eso, un despreciable ‘cuco’. Así llamaban en Vizcaya a estos vecinos cántabros, porque cuando los Fueros, muchas santanderinas de la parte de Castro y Laredo, Ramales etc. venían acá a parir, para que si era varón se librase de la mili.
Por lo que fuese, el biógrafo Jemein desechó la anécdota luisiana. Y por lo mismo, Luis no tuvo más remedio que inventarse otra no menos estrafalaria [6]:


El tertium exclusum: entre la lógica y la falacia
Pues, señor, habíase que se había en el colegio de jesuitas de La Guardia un padre profesor de Geografía, que era vizcaino. Con éste se encara Luis un día, y señalándole con el dedo el conjunto de alumnos y profesores oriundos de toda España le espeta:


— Padre, ¿usted cree que nosotros somo españoles? Yo creo que no, que somos distintos de todos estos castellanos, aragoneses, andaluces…, de todos esos españoles que veo aquí. ¿Qué cree usted?
— Pues ahora que lo dices… Mira, Luis, si todos esos son españoles, nosotros no lo somos. Y si nosotros somos españoles, esos no lo son…  
«Luis de Arana-Goiri había comprendido perfectamente el porqué de su derrota dialéctica ante el santanderino.»


De nuevo, así de sencillo. A golpe de vista, sin ilustraciones históricas ni zarandajas. No hay más que verlos: somos diferentes, y punto. Lógica sin otro fallo que ser válida para todos: el aragonés, el andaluz, hasta el  santanderino…  Cualquiera podía autodefinirse como diferente de los demás, y por tanto ‘no español’.
El resto lo conocemos. El recién converso no tuvo más urgencia que convertir a su querido hermano menor en la célebre escena del jardín pascual, dejándole entregado a su nuevo destino.


El huevo de Pascua
Y venga mito. En relación con éste último, Luis inventa como efeméride aniversaria el ‘Aberri Eguna’ (Día de la Patria Vasca), cuya primera edición presidió él mismo, como presidente del Partido, el Domingo de Pascua, 27 de abril de 1932.
La razón que se dio para elegir esa fiesta no fija del calendario fue que la revelación de Luis a Sabino, 50 años atrás, tuvo lugar precisamente en Pascua. Y ya forzando el mito religioso, la resurrección De Cristo prefiguraba la de Euzkadi, en las personas de ambos hermanos.
Sin embargo, hay razones para sospechar que todo esto fue fabulación añadida, pues la pascua que desde años atrás traía locas a las Juventudes Vascas era otra: la de 1916, en que se produjo el alzamiento irlandés contra Gran Bretaña, y así la jaleaban en su órgano, titulado precisamente ‘Aberri’. Luis habría desviado esa atención hacia su ego y propia fábula, la del Jardín-Edén de ‘Sabin-Etxea’ la casa natal de los Arana-Goiri, que por entonces acababa él de restaurar e inaugurar para central del partido en Vizcaya.
Sabino y Luis, Luis y Sabino:  A ze parea, caracola ta barea! [7]


(Concluirá)
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[1] Citado por Elías de Amézaga, Biografía sentimental de Sabino Arana. Txalaparta, 2003, pág. 189.
[2] Ibíd.
[3] Por ejemplo, rechazó que la bandera bicrucífera (‘ikurriña’) se adoptara como emblema del nacionalismo vasco, pues si sabría él, su inventor, que era sólo para Vizcaya. De haberle hecho caso, la Comunidad Autónoma Vasca tendría hoy por bandera una barrada roja y verde.
[4 ] Euzko Deya de Buenos Aires (30 de julio 1951) fue más cortés, aunque reticente, desconociendo incluso la edad exacta del finado «Don Luis, el hermano del Maestro».
[5] Cfr. HNVD, 1: 105-106; texto de ‘Marcos de Urrutia’ (Manuel de Eguileor).
[6] Cfr. ibíd., pág. 106.
[7] «El caracol y el limaco, valiente pareja».

viernes, 30 de agosto de 2013

Sabino y la Plaga, por Navarth


'Pescadores vascos' (Valentín de Zubiaurre)


En diciembre de 1893, en el número 4 de ‘Bizkaitarra’, Sabino escribe un artículo titulado ‘Los invasores’:

«Con este título ha visto últimamente la luz pública en un semanario de Bilbao un bien escrito artículo que se ocupa en las varias clases de maketos y en su pestífera influencia.»

Sabino se congratula de que al fin alguien se haya decidido en la prensa a atacar “de frente y sin viles respetos a la invasión maketa”, y en consecuencia manda a su autor “la más bizkaina enhorabuena.” A partir de este momento, y hasta el final de sus días, Sabino se dedicará a exponer, de forma machacona, obsesiva y sin variaciones, su visión de un mundo dividido en vizcaínos (y por extensión vascos) y maquetos (todos los españoles no vascos).
Para resumir, los primeros están dotados de todas las virtudes imaginables; los segundos, de todos los males y perversiones. La distinción no radica en un elemento cultural sino de raza: para Sabino hay algo en la sangre que lleva a los vascos a ser nobles, valientes y trabajadores (y, como veremos, a odiar el organillo), y a los maquetos a ser inmorales, gorrones, feos, traidores, navajeros y ocasionalmente antropófagos [1]. Como los maquetos llevan la maldad en la sangre son contagiosos: al contacto con el vasco lo contaminan y provocan la degeneración de sus esencias. Y como la sangre, a diferencia de la cultura o la religión, no se puede cambiar, la redención del maqueto es imposible: las únicas medidas posibles ante él serán profilácticas, de aislamiento y/o erradicación.
Este esquema yin-yang de Sabino genera naturalmente una sustancia que lo lubrica: el odio. Si hay una raza impura y malvada que amenaza con su contacto la nuestra (que es maravillosa), es normal que sintamos tanto cariño hacia ella como hacia un germen nocivo. Esta secreción de odio será sistemáticamente potenciada por Sabino. Continúa diciendo en ‘Los invasores’:

«Ese camino del odio al maketismo es mucho más directo y seguro que el que llevan los que se dicen amantes de los Fueros, pero no sienten rencor hacia el invasor.»


A continuación anima a escribir un libro sobre el asunto (propone el título ‘La invasión española en Bizkaya’) y sugiere el siguiente índice:

PARTE PRIMERA: Los maketos
Cap.I: Naturaleza del maketo:
-       Caracteres físicos
-       Caracteres morales
Cap.II:  Clasificación del maketo
Cap.III: Estadística:
-       Conquistas del maketo
-       Frutos del maketo

PARTE SEGUNDA: Los maketófilos

PARTE TERCERA: La reacción
Cap.I. Remedios especiales
Cap.II: Remedio general

Para no aburrir al lector, me limito a poner como ejemplo el índice del capítulo 3. 2 de la parte primera:




Sobre los maketófilos, otra piedra angular de la doctrina de Sabino, nos detendremos más adelante. Sí debemos mencionar este párrafo:

«Así como la estadística es esencial a la primera parte, esta segunda habría de ir acompañada de datos históricos, con los nombres de las personas  y todos los pelos y señales, siendo de advertir que, cuando se sacan a luz los hechos con los nombres de sus autores, no hace falta aplicar a éstos ningún calificativo, porque el lector se encarga de juzgarlos.» [2]

Esta es, pues, la fase de señalamiento, paso previo imprescindible para la ominosa tercera fase en la que se indicarán los ‘remedios’ profilácticos contra el contagio maqueto [3].
Hay que decir que Sabino se muestra especialmente inspirado en este número de ‘Bizkaitarra’, y en otro artículo titulado Nuestros moros’ vuelve a arremeter contra la plaga:

 «Los maketos. Esos son nuestros moros.
Con una diferencia: que los moros odian a los españoles, porque están por éstos en parte dominados; y los maketos, ellos son los que nos esclavizan; y no contentos con esto, pues nos aborrecen a muerte, no han de parar hasta extinguir nuestra raza.

(…)  El maketo: ¡he ahí el enemigo! Y no me refiero a una clase determinada de maketos, sino a todas en general: todos los maketos, aristócratas y plebeyos, burgueses y proletarios, sabios e ignorantes, buenos y malos, todos son enemigos de nuestra Patria, más o menos francos, pero siempre encarnizados.
Y entiéndase que no los aborrecemos porque sí. Si el español se estuviese quedo en su tierra, no tendríamos por qué quererle mal.
Pero es nuestro dominador y nuestro parásito nacional: nos ha sometido y privándonos de la condición a que todo hombre y todo pueblo tiene derecho, la libertad; y nos está carcomiendo el cuerpo y aniquilando el espíritu, y aspira a nuestra muerte. ¿Cómo hemos de quererle bien?»
En junio de 1895, en el número 29 de ‘Bizkaitarra’, Sabino publicará uno de sus artículos más conocidos: ‘¿Qué somos?’. En él se dedicará a hacer una descripción, si no excesivamente científica, sin duda minuciosa sobre las diferencias de carácter entre los vizcaínos y el resto de los españoles. Muchos de sus párrafos son conocidos. Yo recomiendo una lectura en su totalidad.



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[1] ‘Bizkaitarra’, nº 24, marzo de 1895: «También en Europa hay antropófagos. Verdad es que España está unida a Europa sólo por una ocurrencia de la naturaleza. Hace poco participaban los periódicos de Madrid que en la misma villa había sido sorprendida in fraganti una familia o sociedad de antropófagos»  etc.
[2] Del matonismo de Sabino se hablará más adelante.
[3] La lectura de las obras de Sabino genera continuamente una pregunta: ¿qué habría ocurrido si hubiera llegado a ser gobernante todopoderoso de su territorio soñado? No es descabellado pensar que tras la aplicación de los remedios ‘especiales’ y ‘generales’ anunciados podría haberse llegado a decidir un remedio final.

martes, 27 de agosto de 2013

Sabino como automito religioso



La mitomanía bien entendida empieza por uno mismo. La religiosa no es excepción: «Gracias, Señor, porque no soy un hombre vulgar, un tipo del montón: como este publicano, sin ir mas lejos»  (Lucas 18: 12). Sabino Arana fue gran mitómano, predicador machacón de su mito fundacional religioso-político, Euzkadi;  pero sobre todo de su automito, ‘Yo, el creador de Euzkadi’.
A Sabino, la realidad vasca sin Sabino le importaba un comino (dicho sea en prosa rimada). De haberle interesado tanto como presumió, se habría puesto a estudiarla en serio y objetivamente –tanto al menos como trabajó la lengua vasca–, y habría producido algún trabajo o trabajillo histórico o sociológico sobre su país.
Lejos de eso, el autodenominado «historiador filósofo» se agarró a una idea facilona preconcebida y subjetiva, que adobó con cuatro seudoleyendas históricas mal contadas (pues eso es ‘Bizkaia por su independencia’). Porque para su ego más íntimo, la razón de ser y existir lo Vasco era el mito de su redención por Sabino. Vamos por partes.
1.  Mito fundacional
1.1. Origen y Caída
El Paraíso en la Tierra. La Madre Patria Vasca, eterna, endógama y naturalmente justa y sabia, religiosa monoteísta, rural y libre –a imagen y semejanza de su demiurgo creador y redentor–, desde el principio de su protohistoria hasta los días del propio Sabino Arana, que 11 años de edad tenía cuando se abolieron los Fueros vascongados, el 21 de julio de 1876.
Fecha funesta en que, con la connivencia traidora de sus peores hijos, la Patria Vasca se ve sojuzgada por una potencia extranjera, España.
Hasta entonces, la Patria Vasca había sido una Confederacion Libre de Repúblicas autónomas, en lucha esporádica por su independencia, primero contra Roma, luego contra España y Francia.
De esas Siete Repúblicas, a Sabino le importan más las cuatro cispirenaicas, y de éstas su Bizkaya, reducida a provincia española igual a cualquier otra (5 de mayo 1877).
Fue entonces, y no antes ni después, cuando la odiosa y envidiosa nación vecina arrebata a Bizkaya y sus ‘hermanas’ sus Leyes Viejas (los Fueros), que fue como partirle el espinazo de su libertad.
El paso siguiente del enemigo será roer y disolver el sagrado país por dentro, como una gusanera. Infiltrando una invasión foránea ‘maqueta’, que no contenta con pudrirlo con toda clase de vicios de importación –blasfemia, embriaguez, holganza, navajeo, baile agarrao y toda suerte de inmoralidades nunca antes conocidas aquí, o por lo menos siempre mal vistas– atentará contra el santasantórum: el vascuence, contaminado de castellanismos y en galopante recesión; pero sobre todo contra la pureza de la raza, en orgía nefanda de matrimonios mixtos.
1.2. Contramito de Salvación
Aquel niño de 11 años que era Sabino ‘cuando se jodió Euzkadi’ (en préstamo  de Vargas Llosa) vivía en el error familiar de su padre, naviero  náufrago entre dos aguas tan encontradas como el carlismo fuerista o el fuerismo carlista.  El carlismo per se o per accidens, que dirá el hijo, en la jerga escolástica aprendida en los jesuitas. Y no se puede navegar a dos vientos tan contrarios.
Para ser el predestinado salvador de su patria, Sabino debe  pasar por una ‘iluminación’ y ‘conversión’. Esto es lo que expresó en un automito, dentro del gran mito denominado ‘Discurso de la Cena de Larrazábal’ (3 de junio, 1893).
Allí el salvador, el profeta bíblico, al principio se resiste: «Señor, yo no sé hablar, envía a otro».  Los grandes profetas y salvadores siempre empiezan así, con desgana; hasta que le cogen el gusto a la carga y cargo que ellos mismos se imponen.
De haber captado Sabino un atisbo de dignidad y conciencia en su pueblo vasco,
«ni mi opúsculo hubiese jamás aparecido a la luz pública, ni yo me habría entregado con mis cortas fuerzas al estudio de las leyes, la historia y la lengua de Bizkaya, al que (sic) nunca me sentí inclinado por natural afición.»
¿Pero de qué estudio de Leyes habla, ni de qué Historia? Si en el mismo discurso dice que «por la Patria dejó la carrera». Y en cuanto a la Historia, el resultado de sus desvelos a la vista estaba: cuatro cuentecillos, cuatro batallitas de abuelete, contadas por un petimetre no se sabe a quién, si a chiquitos o a grandes. Hoy no las lee nadie, salvo los muy, muy sabinianos, algún especialista, este curioso impertinente, y pare usted de contar.
Pasemos página:
2. El automito
2. 1. Automito de conversión
«Fui yo carlista hasta los 17 años… Pero ya desde que había, a los 15 de mi edad, estudiado Filosofía, distinguía mis ideas y decía que era carlista per accidens…: deseaba que D. Carlos se sentara en el trono español, no como fin, sino como medio de restablecer los Fueros; que fueros llamaba yo en aquella época a nuestras instituciones…
Pero el año 82 (¡bendito día el en que conocí a mi Patria, y eterna gratitud a quien me sacó de las tinieblas extranjeristas!), una mañana en que nos paseábamos en nuestro jardín mi hermano Luis y yo, entablamos una discusión política…” [1]
Como en un diálogo de Platón, en el locus amoenus, el pequeño jardín de casa –Domingo de Pascua por más señas, puntualizarán los sabinomitólogos; 9 de abril aquel año– Luis Arana en plan Sócrates se supone que va pulverizando las razones de su hermano más joven.
«Mi hermano era ya bizkaino nacionalista; yo defendía mi carlismo per accidens. Finalmente… tantas pruebas históricas y políticas  me presentó él para convencerme de que Bizkaya no era España…, que mi mente, comprendiendo que mi hermano conocía más que yo la historia, y que no era capaz de engañarme, entró en la fase de la duda, y concluí prometiéndole estudiar con ánimo sereno la historia de Bizkaya, y adherirme sinceramente a la verdad.»
De tales estudios serenos sólo cabe juzgar por el resultado: mitomanía pura. «Tantas pruebas  históricas y políticas» se encierran en un argumento de autoridad: «porque lo digo yo». El maestro Sabino ha visto la luz. Ahora se trata de hacer que la vean también todos los vascos bajo su magisterio de gurú. Como en cualquier secta de las llamadas destructivas o de lavado de cerebro.
El mito de conversión sabiniana corrió entre los adeptos y se amplificó, hasta ser mito fundacional del Aberri Eguna (Día de la Patria Vasca), que el partido celebrará cada año por la Pascua, desde 1932, que cayó en 27 de marzo.
Jamás en 11 años se había hecho mención de aquel supuesto diálogo socrático-jesuítico. Jesuítico, pues recordemos, Luis y Sabino estudiaron el bachillerato como internos en el colegio de ‘La Antigua’, en Orduña, regentado por la Compañía de Jesús. Y no menos curioso, el propio Sabino parece tenerlo todo olvidado años después, en la entrevista que concedió  al periodista Ernesto García Ladevese en Pedernales, agosto de 1901 [2].
2. 2. Automito de salvación temporal y eterna
«¡Y aun habrá quienes crean que el nacionalismo euskeriano es una causa puramente humana!»
Sabino, profundamente religioso, se proyecta a sí mismo como un líder religioso. Predicador de la buena nueva, Euskadi. Conductor, como nuevo  Moisés que saca a su pueblo de la esclavitud española y le guía a la patria Euskadi; o como Josué que le introduce en ella, expulsando a todos los maquetos que se habían adueñado de la tierra vasca.
Pero el religioso Sabino es católico, y a esos modelos del Viejo Testamento antepondrá el modelo de Cristo salvador.  Hay artículos políticos con largas  tiradas de prédica religiosa, siempre la misma, como si el demagogo hubiese trocado la tribuna por el púlpito. Valga de ejemplo, ‘Efectos de la invasión’ (Baserritarra, Nº 11, 11 julio 1897), con el ayer célebre, hoy arrumbado final:
«Para el hombre, sólo una cosa hay importante: la salvación de su alma… Si de ella se le aparta y se le priva, ¿qué le queda, si no es la eterna desesperación por no haber llegado al Sumo Bien?…etc., etc., etc…
«La sociedad euskeriana, hermanada y confundida con el pueblo español, que malea las inteligencias y los corazones de sus hijos y mata sus almas, está pues apartada de su fin, está perdiendo a sus hijos, está pecando contra Dios.
«No insultamos al pueblo español, no intentamos ofender a nadie [¡!]: sólo queremos salvar a nuestra Patria… Y si publicamos la degradación del carácter español, es porque el euskeriano vea en su roce con ese pueblo la causa de su rebajamiento moral, y si afirmamos la independencia de nuestra raza, la afirmamos como necesaria e ineludible para evitar el mortal contagio…  Bizkaya dependiente de España no puede dirigirse a Dios, no puede ser católica en la práctica…»
¿Vale la pena seguir? Porque el Bodhisattva ha vuelto a entrar en trance y su molinillo de oración está imparable:
«No es, no, el liberalismo del gobierno y las leyes actuales de la nación dominadora la causa inmediata y principal de la perversión de nuestro pueblo. No, y mil veces no… El carlismo, el integrismo y el moderno regionalismo católico no podrán jamás salvar a Euskeria, porque desde el momento que establecen la íntima unión social del pueblo euskeriano con el español, se oponen a que aquél cumpla su fin, sirvan sus hijos a Dios y salven sus almas… Salvar a nuestros hermanos, proporcionándoles los medios adecuados para alcanzar su último fin: he ahí el único y verdadero del nacionalismo.
«Si en las montañas de Euskeria … ha resonado al fin en estos tiempos de esclavitud el grito de independencia, Sólo por Dios ha resonado»
Las versales son del autor. El cual, fiel a su automito, cierra el artículo identificando su personilla con el mismísimo logos de la Virtud:
«Un hijo del estado euskariano…, un oscuro bizkaino, fue quien dio el grito: cierto. Mas… no preguntéis quién ha dado la voz. Es la voz de la razón y la justicia, y esto  debe bastaros. »
No le demos más vueltas. «Nosotros [los vascos] para Euzkadi, y Euzkadi para Dios»: ese fue el mantra del salvador Sabino, ¡lo que va de ayer a hoy!
2.3. Automito de redención
Como católico, el salvador Sabino sabía que la salvación cristiana fue redención, sacrificio sangriento. De hecho, en el artículo citado de ‘Baserritarra’, no olvida mencionar la Sangre de Jesucristo, en el mismo contexto patriótico en que mencionó su propia sangre, como entrega final para el rescate de su Bizkaya. Esto último fue en el ‘Discurso y Juramento de Larrazábal’. Exactamente, en el ‘doble juramento’. Porque dos fueron los juramentos sabinianos en aquel caserío de ‘Caballuco’:
Juramento 1º:
«Levantando el corazón a Dios, de Bizkaya eterno Señor, ofrecí todo cuanto tengo y soy en apoyo de la restauración patria, y juré (y hoy ratifico mi juramento) trabajar en tal sentido con todas mis débiles fuerzas, arrostrando cuantos obstáculos se me pusieran de frente y disponiéndome, en caso necesario, al sacrificio de todos mis afectos, desde los de familia y de amistad hasta las conveniencias sociales, la hacienda y la misma vida.»
Ya esto era como para cortar el resuello al auditorio. Pero la tensión subió cuando el orador –como quien evoca el escenario de Getsemaní, donde Cristo se ve solo ante el peligro, mientras los suyos dormitan y luego le abandonan–, prevé su posible fracaso por la indolencia de su pueblo, y en tono melodramático (Sabino tuvo reconocidas dotes de actor) pronuncia su
Juramento 2º:
Si tal sucediere, entonces
“abandonaré mi Patria. Pero, tenedlo bien entendido, hijos de Bizkaya, si tan triste suceso llegara, juro, al dejar el suelo patrio, dejaros también un recuerdo que jamás se borre de la memoria de los hombres”.
¿Qué escarmiento tramaba Sabino infligir a su pueblo, si éste le volvía la espalda? Nunca lo desveló. Pero más de uno entonces entendería algo así como Vizcaya sacudida de horror una mañana al descubrir a su héroe balanceándose colgado del Roble de Guernica, o viéndole arrojarse en público por un acantilado, o apurar de un sorbo un vaso chiquitero de cicuta en alguna romería de San Roque, etc.
(El suicidio siempre ha sido una forma de victoria publicitaria, que los políticos de hoy deberían tener más en cuenta.)
Lo del suicidio, y en particular por ahorcamiento, no va de chufla. En los ‘Apuntes íntimos’ de Sabino Arana figura éste, senequiano puro:
«Si un pueblo tiene la desgracia de estar en esclavitud, cúlpese a sí mismo.
¿Qué no hay remedio?  La muerte libre es el término de la libertad que no puede existir. Después de muertos, ¿qué hombre puede esclavizarnos?»
«Ese hombre que pide la paz en la esclavitud, merece encorvar con su peso la rama de un árbol.»
El sacrificio total de Sabino-Redentor es totalmente desinteresado:
«No quiero nada para mí, todo lo quiero para Bizkaya; ahora mismo, y no una sino cien veces, daría mi cuello a la cuchilla sin pretender ni la memoria de mi nombre, si supiese que con ello habría de revivir mi Patria.»
Ese fue el celebradísimo ‘Juramento de Larrazábal’. Un silencio embarazoso de varios minutos siguió al discurso.  Ni un aplauso. Alarma más bien, por el delirio frenético de un hombre tan joven que parecía tan inteligente. La demencia precoz no pocas veces se anuncia por destellos entre brillantes y lúgubres.
También Luis Arana Goiri tuvo su automito, aunque su falta total de imaginación y fervor religioso no lo adornó con frondosidades churriguerescas, como las de Sabino. Quede eso para la próxima.

(Concluirá)
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[1] del ‘Discurso de Larrazabal’.
[2] Cfr. ‘Fragmento de Intervew’, en HNVESD, 1: 101-104. Es la primera transcripción completa del manuscrito sabiniano, publicado antes en la Revista Euzkadi, 1913: 305-308, censurado en parte por su director Luis de Eleizalde, y tal cual reproducido en las Obras Completas (Buenos Aires, 1965).