domingo, 11 de agosto de 2013

Los agotes (y 2), por Navarth



El papa León X con dos cardenales, por Rafael Sanzio


En 1514 los agotes de Navarra recurrieron al papa León X, quejándose de su situación, heredada de las persecuciones a cátaros y valdenses. El papa tomó bien el ruego, pero suspendió el juicio a mejor investigación. Así aburridos, en 1517 los agotes llevaron la queja a los estados de Navarra, sin mejor fortuna. Otros dos años de espera, hasta que el arcediano de Santa Gema decidió aplicar la bula y dar trato igual a agotes, so pena de censura eclesiástica y multa fuerte. También los estado de Navarra confirmaron lo mismo en 1520. Pero el pueblo siguió haciendo caso omiso. Entonces los agotes recurrieron a Carlos V, que en 1524 emitió orden imperial, apoyando la bula y elevando la multa a 1000 ducados.
En el siglo XVIII los agotes fueron ganando terreno legal. En este período tuvo lugar la intervención de Montesquieu como magistrado en un juicio promovido por los cagots de Biarritz (1723-4), asunto del que luego tratará en El Espíritu de las Leyes [4].
Un pleito interesante es presentado en el valle del Roncal en 1655:
Con ocasión de la cercanía que dicho valle tiene con Francia y con el Valle de Sola han llegado y hecho assiento en el dicho valle unas quantas familias de gentes que se dicen agotes y gente infecta que serán hasta una docena de casas y con la continua residencia han procurado y procuran introducirse entre los naturales de la tierra de que resultan y pueden resultar muy grandes inconvenientes (...) si no se provee y como dentro de un breve término sean expelidos porque ellos por calificar su naturaleza procuran casarse con naturales de la misma tierra, causa para que se obscurezca la nobleza de dicho valle y (da) motivo a muy grande confusión”.

En este pleito se pone de manifiesto lo que verdaderamente está en juego. Los vecinos denuncian la llegada a su valle de gentes de otros lugares sin demostrar la limpieza de su sangre. Y están muy alarmados porque los recién llegados, con el fin de integrarse en el lugar, buscan contraer matrimonio con gentes del lugar, lo que consideran un desastre porque contaminaría la pureza de su torrente sanguíneo.
 Torquemada intima a los Reyes Católicos
 la expulsión de los judíos de España (Emilio Sala)

       Esto de la limpieza de sangre venía de antiguo. Por el Edicto de Granada de 31 de marzo de 1492 los Reyes Católicos ordenaron a los judíos que no fueran bautizados que abandonasen sus reinos en el plazo de cuatro meses. ¿Y los judíos conversos? En principio podían eludir la expulsión, pero ya desde antes del Edicto la Inquisición había establecido un periodo de sospecha que abarcaba a las dos primeras generaciones de conversos. Pero en el Señorío de Vizcaya y la provincia de Guipúzcoa se dio un paso más allá.
Guipúzcoa dirigió una petición en 1510 a la reina Juana, que fue atendida por Real Cédula de 24 de diciembre, según la cual también los conversos judíos y moros tendrían que abandonar la provincia en el plazo de 6 meses. Esta ordenanza fue confirmada por Carlos V a petición de la Junta General reunida en Cestona en 1527. Los cristianos nuevos veían así prohibida su permanencia en la provincia, lo que se consolidó en la redacción del Fuero de 1696:
Primeramente porque la limpieza de los caballeros hijosdalgo de esta muy noble y muy leal provincia de Guipúzcoa (en tantos años con tanta integridad conservada) no sea ensuciada con alguna mixtura de Judíos o Moros (...) ordenamos y mandamos que ninguna persona, así de Cristianos nuevos, que se hubieran convertido de Judíos y Moros a nuestra Santa Fe Católica, como del linaje de ellos, que estuviere o que viniere a morar y vivir en esta provincia de Guipúzcoa, o en alguna de las villas o lugares de ella, no pudieran estar ni morar en ellas, y si estuvieran que dentro de seis meses (...) vayan y salgan fuera de esta provincia (...) so pena de prendimiento de bienes y de las personas a merced de la Majestad Real.”
Vizcaya por su parte formuló la petición en 1511 con el mismo fundamento que en Guipúzcoa (no enturbiar la limpieza de sangre y debilitar así la hidalguía universal del Señorío) y fue atendida por Provisión Real de septiembre de ese año. La disposición fue incluida en el Fuero de Vizcaya de 1526 según el cual “los nuevamente convertidos de judíos y moros, ni descendientes, ni de su linaje, no puedan vivir ni morar en Vizcaya”. Así cualquier nuevo vecino tendría que acreditar la limpieza de su sangre en el plazo de sesenta días si quería permanecer en el Señorío. Es más, en caso de que se presentara algún sospechosos de converso amparado por una disposición real, el Fuero mandaba que esa disposición “sea obedecida y no cumplida”, y que se iniciaran las gestiones para que prevaleciera la Provisión de 1511 sobre la nueva instrucción.
Es decir, Vizcaya y Guipúzcoa consiguieron que no sólo fueron considerados expulsables los judíos sino también los conversos. Y la garantía de sangre no contaminada resultante de estas medidas justificaba la hidalguía de sus habitantes. A lo largo del siglo XVI el Consejo de Castilla trató de mitigar estas disposiciones. En 1561 un Auto ordenaba ”que no se ejecute lo dispuesto en las provisiones presentadas por el Condado de Vizcaya para que en él no haya judío ni moro y que los que hubiere salgan”. Y cuatro años más tarde un nuevo Auto reiteraba que “no se de provisión en el Señorío de Vizcaya para que los nuevamente conversos salgan de él.”
En este escenario los agotes eran un elemento de más que venía a perturbar la hidalguía general. A partir de ese momento todo el que quería gozar de privilegios inherentes a ésta debía demostrar “no descender de judío, moro, agote, ni penitenciado por el tribunal de la Santa Inquisición.”
Una de las características físicas de los agotes citadas con mayor frecuencia era la ausencia de lóbulos en las orejas, lo que se atribuía, por razones que se me escapan, al hecho de haber nacido de noche. Por esta circunstancia eran frecuentemente llamados belarrimochas (“orejas cortas”). Aunque también este término puede tener otro origen. Como los agotes habían cruzado los Pirineos desde Francia eran identificados con los landeses y labortanos, tradicionalmente considerados ladrones por los vascos. Dado que, en función de la gravedad del robo, a los ladrones se les cortaba una oreja o sólo media, se asumía que los agotes carecían de ellas, sospecha que se intensificaba si el sujeto en cuestión llevaba el pelo largo, sombrero o capucha. En cualquier caso belarrimocha era un mote infamante, que sufrió un cambió en sus destinatarios y ha durado hasta nuestros días como veremos.
______________
[4] Montesquieu entiende la segregación por motivos de salud, como en el caso de los leprosos, pero rechaza identificar leproso y agote sin base médica. En cuanto a limitar a una gente a un profesión única (la carpintería), para él es puro despotismo.



Publicado por NAVARTH


domingo, 4 de agosto de 2013

Los agotes (1), por Navarth



Advertencia
Es de sobra conocido el interés de Navarth por figuras extravagantes que, por razones no siempre explicables, han llegado a ejercer influencia sociopolítica. De ellos ha juntado buena muestra en su blog.
Pues bien, últimamente —creo que con ocasión de haberle regalado a Navarth su señora, por su compleaños, cierto volumen de Obras completas— no ha tenido más remedio que fijarse en otro espécimen de los que estudia. Sólo que éste, ¡ay!, nos cae a todos más de cerca: Sabino de Arana Goiri. El fundador del PNV, y por consiguiente el verdadero Padre de la Patria Vasca.
Pero no es eso todo (ojalá lo fuera): para espanto mío, el buen Navarth también se ha fijado en mi persona, no para estudiarme y disecarme conceptualmente, como a Arana Goiri, a Dios gracias, sino para que entre los dos intentemos ofrecer un boceto medianamente comprensible del fenómeno. Y como a un requerimiento de tal procedencia y naturaleza no sé decir ‘no’, pues heme aquí embarazado; dichoso por colaborar con un gran amigo, aunque seguro de no rayar a su altura en la finura del análisis.
Nuestros esfuerzos mancomunados irán apareciendo simultáneamente en el blog de Navarth y aquí. De todas formas, habiéndose augurado el estreno para este fin de semana (según cierta zahorí del Blog de Santiago González), me dice mi colega que me adelante, que no será mucho.
Aquí va, a modo de obertura o proemio, un artículo  de Navarth sobre el grupo humano de los agotes o cagots de allende y aquende los Pirineos. Sirva de ilustración de esas fobias primitivas, misteriosas y absurdas que nos hacen odiar a ‘los otros’ como coartada para afirmar la super excelencia del ‘nosotros’. Uno de los apodos aplicados al agote fue belarrimotza, el de oreja corta, o más bien cortada. Apodo caro a Sabino, que curiosamente lo prodigó a los inmigrantes o maquetos, venidos en el siglo XIX de toda España a industrializar Vasconia, y de paso corromper la pureza racial euscariana. 


Por si se aburren..., Navarth tiene la palabra.
Una procesión de cagots
“(...) los dichos agotes dezienden del dicho Zihezi maldito y no de la compañía del dicho conde Don Ramón la qual maldición oy siempre les ha durado y les dura porque por las partes interiores quedaron leprosos y damnyados (...) y aunque sean cristianos no se suelen batizar en pila donde los otros cristianos se batizan y ellos que sean leprosos inficionados siempre claramente porque haun las yerbas que con sus pies tocan se secan y pierden la birtud natural y una manzana o alguna otra fruta que pongan en sus manos o seno se prodere y en sus personas y cosas queden como personas que son contamynadas de grave dolencia cuya conbersación entre los otros fieles cristianos sería muy contagiosa y peligrosa” [1].
Así argumentaba en el año 1517 Caxar Arnaut, ujier del Consejo Real de Navarra, al pedir a las Cortes que no fallasen a favor de los agotes de Bozate, en el valle del Baztán. Por esas fechas también los agotes del navarro valle del Roncal, procedentes de Bearne, entablaban un pleito para que se les reconocieran iguales derechos que a sus vecinos. Porque en ambos valles, así como en todos los lugares donde se establecían, los agotes constituían minorías discriminadas y marginadas. Normalmente los pleitos les daban la razón, pero las sentencias rara vez se cumplían, y así los litigios se volvían crónicos.
¿Por qué esta discriminación? ¿Quiénes eran los agotes? Lo cierto es que nadie se ponía de acuerdo en esto. Ni siquiera sobre su aspecto físico. Según Pío Baroja tenían la cara ancha de pómulos prominentes y el pelo castaño o rubio, aunque él mismo reconoce que los había morenos y de cara alargada. Justin Cénac-Moncaut, menos benévolo, les atribuía cabeza grande, cuerpo raquítico, piernas torcidas, bocio y mirada apagada, esto último normal, dado todo lo anterior. Otros autores afirmaban que en lugar de pelo exhibían una especie de plumón. Según otros tenían una de las orejas considerablemente más grande que la otra y cubierta de pelo, lo que daba mucho juego en historias en las que un agote era descubierto al quitarse el sombrero. Curiosamente en otras fuentes se menciona que tenían fama de guapos. De hecho, a pesar de la estricta prohibición existente de casarse con agotes, no era infrecuente tomar mujeres agote como amantes.
Matracas de leproso
Los agotes provenían de Francia, donde eran conocidos por muchos nombres pero especialmente por el de cagots [2]. El primer texto que habla de ellos es la Coutume de Marmande (1396), según la cuál se les imponía la obligación de identificarse llevando de forma visible una señal de tela roja en el vestido, so pena de multa y confiscación de éste [3]. La marca tenía que tener forma de huella de pie de pato, y sobre esto hay explicaciones pintorescas. Además de la marca, a veces se exigía a los agotes hacer sonar unas tablillas, como a los leprosos, para alertar a la gente de sus presencia.

Leproso con su matraca
Se cree que en el siglo XI los cagots del Bearne se vendían y se legaban en testamento como esclavos, y en juicio se necesitaba el testimonio de siete cagots para igualar el de un hombre libre. En el siglo XV se les prohibía caminar descalzos para que no quemaran las plantas y no infectaran el empedrado callejero. La discriminación se manifestaba especialmente en las iglesias, donde los agotes debían ocupar los últimos bancos, tenían una pila bautismal diferenciada, y en ocasiones una puerta aparte. No se les permitía acercarse al altar a recibir la comunión, y no podían recibir la ceniza en cuaresma. Además sus ofrendas de pan se separaban cuidadosamente de las del resto a fin de no contaminarlas.
Pila benditera especial para cagots
Curiosamente en ocasiones la discriminación les proporcionaba ventajas. Por ejemplo los cagots estaban exentos de realizar el servicio militar y de pagar el impuesto de la talla. Además, como tenían asignados oficios considerados indignos, acababan prestándolos en régimen de monopolio.
El desprecio y la discriminación eran muy reales; las razones para ello no tanto. Para algunos los agotes eran descendientes de los cátaros albigenses. Para otros, de los sarracenos que fueron derrotados por Carlos Martel en Poitiers. El mencionado Caxar Arnaut aporta en sus alegatos una versión libremente adaptada del Antiguo Testamento. Todo empezó cuando el general Naamán de Siría contrajo la lepra y fue curado por el profeta Elíseo. Agradecido, Naamán quiso recompensar a Eliseo, pero este lo rechazó orgullosamente. Sin embargo su siervo Giezi sí los acepto lo que motivó la cólera de Eliseo y la transferencia de la lepra erradicada previamente de Naamán a Giezi. Los agotes, según Arnaut, eran leprosos que descendían de este último (Zihezi), aunque no precisaba de dónde había extraído esta revelación. El asunto de la lepra no parece muy convincente: si los agotes hubieran sido leprosos, no habrían estado conviviendo con sus vecinos sino recluidos en lazaretos. Sin embargo la identificación de los agotes con leprosos es recurrente, aunque ante la ausencia de la enfermedad física se solía aludir a que eran algo así como “leprosos del alma”, malditos por la realización de algún hecho innombrable.
Eliseo rechaza el obsequio de Naamán (Pieter F. de Grebber)
Para los vecinos de los agotes todas estas sutilezas carecían de importancia: venían de fuera, debían ser discriminados y punto. Racionalizaban posteriormente su odio aludiendo a supuestos pactos de los agotes con el diablo, o a que abrasaban la hierba al pisarla con los pies desnudos. A esto añadían motivos variados y con frecuencia contradictorios: los agotes eran taimados, obtusos, viciosos, coléricos, cretinos, zoofílicos, avaros... Estas razones eran intercambiables. Si tanto los odiamos, parecían pensar los vecinos, sin duda debe existir alguna razón.
En los últimos tiempos se ha relacionado a los agotes con los inevitables templarios. Según esta innovadora versión los agotes poseían un conocimiento oculto, extraído del templo de Salomón, que les permitió ser los maestros constructores de catedrales góticas. Además el pie de pato que portaban en sus vestiduras no era una señal de oprobio, sino un signo gnóstico (y aquí vuelven a aparecer los cátaros) que remitía a un misterioso juego de la oca (tal cual) cuyo avance en el tablero permitía desentrañar los secretos del mundo.



[1] Estas transcripciones de pleitos de los agotes provienen del libro “Los agotes. El fin de una maldición”, de María del Carmen Aguirre Delclaux.
[2] La etimología de cagot o cacous es discutida. Para algunos derivaría de “perros godos”, pues según esta teoría se trataba de descendientes de godos arrianos renuentes a adoptar el catolicismo.
Louis le Pelletier deriva el nombre de "caque"  (barrica para almacenar arenque; apócope de casque, en castellano casco), lo que haría una referencia al mal olor. Court de Gebelin asegura que el nombre dado a los cagots  y a los cacous "es el nombre céltico "Caeh", "cakod", "Caffo" que significa  "hediondo", "sucio", "leproso"". Baurein veía que la denominación de "gahet" derivaba del verbo gascón "gahar", que significa engancharse, atraparse, atarse, sin duda, dice él, porque los gahets estaban afectados de una enfermedad que se propalaba fácilmente (Variedades Bordelesas; T. I, pl 258; t. IV, p. 16).


Laboulinière parece tomar la etimología del nombre de los cagots de una lengua africana: "M. Bruce, al respecto de Abisinia dice que el nombre "gafat" viene a decir oprimido, desarraigado, rechazado, expulsado violentamente; y habla de una nacion de tal nombre que parece haber hecho parte de las tribus perseguidas por Roboam, hijo y sucesor de Salomón. Más adelante, habla de otro pueblo condenado a servir a los reyes de los agaazi o de los pastores [En Abisinia] a  causa de la maldición de Canaan, y que de tiempos inmemoriales llevan el agua y cortan la madera" (Viaje a las fuentes del Nilo , tomo II, p.223 y 225). Más adelante, p. 79, Laboulinière se explica así en otra nota: "Lo más probable es que esta nueva denominación de "cagots" sea una alteración de los antiguos y que no haya sido empleada como ellos, sino como signo de desprecio. En la Romagna y Nápoles, se da el nombre de "caffoni" a las gentes de la campiña, las menos civilizadas y más groseras".
Rabelais se sirve frecuentemente del nombre de "cagot" y que acompaña casi siempre de aquellos de "bestia maloliente". La lepra y el mal olor eran dos de los reproches que se le hacían a los cagots.
Pero la más curiosa etimología de esta palabra, es aquella que ha dado recientemente un autor que, nos parece , habría debido evitar, en atención a la gravedad del sujeto. Véase como se explica el Sr. Pierquin de Gembloux en su libro de los dialectos y de la utilidad de su estudio (Historia literaria , filológica y bibliográfica de los dialectos, París, 1841): "En algunas de nuestras provincias los cretinos son llamados "cagots". Vanamente investigué la etimología graciosa de este binomio, ininteligible a día de hoy. Sin embargo esta denominación no figura por primera vez más que en la "nueva costumbre de Béarn" reformada solamente en 1551, mientras que los manuscritos dicen "chrestiaas", es decir aquellos a quienes pertenece el cielo, los pobres de espíritu, los cabezas de familia, los cristianos por excelencia. Ahí podría muy bien estar el origen tan buscado también de "cretino", que tanto se parece a "cristiano".
Pero los nombres que acabamos de enumerar no son los únicos que se les han dado a los cagots; los de la vertiente Meridional de los Pirineos no solo eran llamados "Agotes", sino también "Sistrones" o "Chistrones" ("Ponderaron por afrentosas...y están comprehendidas las que a esta parte hazen las contrarias, llamandolos "Agotes", "Chistrones" y "Leprosos""
[3] Como la señal judía, también estas de leprosos y agotes caen pronto en desuso.
Los cónsules de viarias villas de Languedoc y Guyena consultan al rey Carlos VI, que por patentes de 7 de marzo 1407 renueva las ordenanzas, añadiendo alguna otra sobre cierta especie de leprosos (capots, casots), obligados a llevar marca distintiva. Como los cagots de Languedoc, los de Bearne también habían abandonado la señal. En 1460 los Estados piden a Gastón de Bearne, príncipe de Navarra, que obligue a los cagots a llevar la antigua marca de pata de oca o pato, y ello en el convencimiento de que eran ladres. Un siglo después, 1573, los jurados de Burdeos, que hasta entonces no se habían preocupado del problema, emiten una ordenanza, que no osen salir de sus casas ni entrar en la ciudad sin portar la señal y andar calzados. F. Michel, Histoire des races  maudites de la France et de l’Espagne (París, 1847), recoge testimonios de Oihenart, Florimond de Raemond etc. sobre ordenanzas de entonces, aunque variando la pena (multa, azotes, destierro); 1578, Casteljaloux; 1581, Capbreton; 1592, Espelette; 1593, Labourt; 1604, Soule.


miércoles, 31 de julio de 2013

El alumbrado en su sombra (y 4)



Hora va siendo de despedirnos de Loyola. Y qué mejor día que hoy.
Quiero recordar que la ocasión para estas reflexiones ha sido la lectura de una nueva biografía de Ignacio por E. García Herrán. La más completa leída por mí hasta ahora era la del padre Ricardo García-Villoslada, calificada por muchos de ‘definitiva’.
Se abusa de este adjetivo. Uno de los puntos positivos de García Herrán ha sido demostrarme que el San Ignacio del docto jesuita será documentado, monumental, lo que se quiera… menos «definitivo».
Y lo celebro, porque hasta ahora todos los Ignacios de Loyola que he conocido, por escrito, de palabra o en imagen, me resultaban repelentes. Desde ahora, gracias a García Herrán, conozco a otro san Ignacio, que no tiene por qué caerme bien, pero al menos se entrevé a un ser humano.
Sea, pues, esta última entrada un homenaje al hombre que nunca me interesó gran cosa, mientras me lo mostraron encubierto bajo su máscara de santidad propagandística. Tampoco este Ignacio nuevo es ‘definitivo’, pero sí interesante, y espero conocerle mejor.


Las jornadas del ‘Peregrino’. 2. La jornada de Jerusalén
Al Peregrino, Manresa le ha pintado bien. No es todavía un hombre cuerdo, ni siquiera equilibrado, pero se asea y no es un neurasténico roído de escrúpulos.
Sus nuevas manías no son tan chocantes. A sus íñigas, en privado o en grupo, las habla despacio y en voz muy baja, «como en secreto». Y ahora le ha dado por tratar a todo el mundo de ‘vos’; que entonces era como tutear, ya que el ‘tú’ apenas se empleaba más que hablando uno consigo mismo, o desde los púlpitos, para apostrofar al Demonio.
Otra seña de normalidad es que, ahora que todo el mundo le conoce, ya no afecta hacerse el desconocido. Al contrario, vuelve a manejar y ampliar su trama prodigiosa de relaciones humanas, tan necesaria para sus fines. Distinto es que le disguste el que la gente diga de él «grandes cosas», habladurías y exageraciones. Discreción: he ahí su divisa para en adelante.
Desde su partida de Loyola, aun caminando a tientas, tiene claro que su futuro pasa por Jerusalén. «Tan antigua como la conversión en Loyola es la orientación palestinense en los planes ignacianos», escribió el jesuita Pedro de Leturia [1].
La jornada de Jerusalén tuvo para Ignacio una trascendencia que todo el mundo reconoce, empezando por él mismo. A ella dedicó el 15 % de su Autobiografía, y el topónimo Jerusalén es el más repetido, junto con Venecia: 25 veces; 2 más que Roma.
Por cierto, Venecia es la estación de partida para ambas jornadas, la de Jerusalén y la de Roma. De hecho, la marcha definitiva sobre Roma será el sucedáneo o sustitutivo de una Jerusalén que Ignacio no pudo conquistar. «En Roma te seré propicio», es la promesa que la tradición jesuítica puso en boca de Jesucristo, en una de sus apariciones a Loyola.
Pero, volviendo a Jerusalén, hay algo que los biógrafos de Loyola (digo, los que conozco) no han descifrado del todo: ¿qué objetivo tenía exactamente aquella jornada a la Tierra Santa?
Las últimas décadas del siglo XV, que culminan en la Conquista de Granada y Descubrimiento de América, elevaron la tensión escatológica. España respiraba un aura profético-milenarista de cruzada y restauración definitiva del Reino de Jerusalén, con el Santo Sepulcro en manos cristianas para siempre.
Circulan profecías sobre esta reconquista oriental por los Reyes Católicos. Ya en 1489, cuando el sitio de Baza, el maestro de capilla Juan de Anchieta musicó un romance alusivo al Santo Sepulcro recuperado por Fernando e Isabel [2].
También Colón, para su empresa, se inspiró en aquellas fantasías.
«Nada les queda por hacer a VV. MM., como no sea la reconquista del Sepulcro Santo de Jerusalén», dice el viajero alemán Tomás Münzer ante los Reyes, en la audiencia de Madrid (24 de enero 1495) [3].
Muerta la reina, Fernando el Católico se confirma en ello  (visita a Valladolid, 1509), máxime cuando se lo profetiza la Beata del Barco (1515): el rey no morirá sin haber ganado Jerusalén, de la que era nominalmente Rey titular desde 1505.
Todo apunta a que Loyola anduvo tocado de estas aprensiones. Tras su ‘conversión’ no hizo mucho secreto de su proyecto de peregrinación a Tierra Santa, aunque no se prodigó en detalles, ni tampoco parece que se había impuesto plazo. De hecho, Manresa le entretuvo  en  su iniciación al alumbradismo y le van entrando ganas de estudiar.
Fue el notición de la caída de Rodas (Navidad de 1522) lo que puso a Ignacio en urgencia de cumplir sus proyectos respecto a la Tierra Santa. Fue como despertar de un sueño. Íñigo vuelve a ser el hombre de los contactos personales y las influencias. ¡Este año, en Jerusalén!
Pero ¡ah!, surge un extremo nunca explicado de forma convincente: aunque el Peregrino recibe instancias e invitaciones para hacerse acompañar por otras personas que puedan serle de ayuda, él las rechaza.  Claro que no irá solo: los peregrinos del verano de 1523 fueron 21 en total. Pero el viaje lo hizo a título individual, en solitario.
Ya en Jerusalén, nueva sorpresa. El Peregrino guipuzcoano –que por cierto, no se hospeda en el albergue con los demás peregrinos, sino en el convento franciscano de Monte Sión– revela al padre guardián que su propósito es quedarse en Tierra Santa.
Al guardián se le ponen los pelos de punta. Máxime porque tiene noticia de la conducta algo extraña de su huésped, con escapadas por su cuenta y riesgo, poniendo en peligro a toda la colonia cristiana. Y como el Peregrino porfía, el fraile no tiene más remedio que decirle cómo hay bulas papales que lo prohiben bajo excomunión, y que si quiere verlas. No hay para qué, si además están en latín.
Así se frustró el primer proyecto grandioso de Loyola. Grandioso digo, porque no me entra en la cabeza que su idea era imitar a un san Alejo, viviendo el resto de sus días como simple devoto del Santo Sepulcro. Ni siquiera como un auxiliar hospitalero y guía de peregrinos, qué va. Eso no era hacer «grandes cosas». Y Loyola jamás renunció a sus grandes cosas, a ser el pasmo del mundo.
Sé que estoy especulando, novelando tal vez; pero como lo pienso lo escribo. A mí no me extrañaría que al guipuzcoano disfrazado de peregrino le hirviese en la cabeza la gran aventura de convertirse en el super espía destinado por la Providencia para minar y hacer saltar el Imperio Otomano. Sería genial. Como deben ser las locuras: a lo grande.


De lo heroico a lo picaresco: otra aventura del Quijote-Ignacio
Para no terminar este homenaje a san Ignacio con una elucubración subjetiva, lo haré copiando al pie de la letra, con las ipsissima verba del santo, el episodio inaugural de su primer desembarco en Italia. Es un relato que no desentonaría entre lo mejor de la literatura picaresca. Pero no es novela. Está tomado de la Autobiografía, nn. 38-39.
El Peregrino había cubierto el pasaje Barcelona-Gaeta, viento en popa y con mar gruesa, en solos 5 días. Pues bien:

«Como desembarcó, comenzó a caminar para Roma.
De aquellos que venían en la nave, se le juntaron en compañía una madre con una hija que traía en hábitos de muchacho, y otro mozo. Estos le seguían, porque también mendicaban.
Llegados a una casería, hallaron un grande fuego, y muchos soldados a él. Los cuales les dieron de comer, y les daban mucho vino, invitándolos, de manera que parecía que tuviesen intento de escallentalles.
Después los apartaron; poniendo la madre y la hija arriba en una cámara, y el pelegrino con el mozo en un establo.
Mas cuando vino la media noche, oyó que allá arriba se daban grandes gritos; y, levantándose para ver lo que era, halló la madre y la hija abajo en el patio muy llorosas, lamentándose que las querían forzar.
A él le vino con esto un ímpetu tan grande, que empezó a gritar, diciendo: “¿Esto se ha de sufrir?”, y semejantes quejas. Las cuales decía con tanta eficacia, que quedaron espantados todos los de la casa, sin que ninguno le hiciese mal ninguno. El mozo había ya huído, y todos tres empezaron a caminar así de noche.
Y llegados a una ciudad que estaba cerca, la hallaron cerrada; y no pudiendo entrar, pasaron todos tres aquella noche en una iglesia que allí estaba, llovida.
A la mañana no les quisieron abrir la ciudad; y por de fuera no hallaban limosna, aunque fueron a un castillo que parecía cerca de alli. En el cual el pelegrino se halló flaco, así del trabajo de la mar, como de lo demás etc. Y no pudiendo más caminar, se quedó allí; y la madre y la hija se fueron hacia Roma.
Aquel día salieron de la ciudad mucha gente. Y sabiendo que venía allí la Señora de la tierra, se le puso delante, diciéndole que de sola flaqueza estaba enfermo; que le pedía le dejase entrar en la ciudad para buscar algún remedio.
Ella lo concedió fácilmente. Y empezando a mendigar por la ciudad, halló muchos cuatrines. Y rehaciéndose allí dos días, tornó a proseguir su camino, y llegó a Roma el domingo de ramos.»


¿Qué señora era aquella que entendía el castellano? Porque a buen seguro, Íñigo no le hablaría en vizcaíno, la única otra lengua que conocía.
Heinrich Böhmer, historiador protestante de la Compañía (1914), pensó en la española Juana de Aragón, señora de Paliano, como consorte de Ascanio Colonna. Pero los autores jesuitas prefieren a la condesa Beatriz de Appiani, mujer de Vespasiano Colonna, gobernador de Fondi como feudatario del rey de España, la cual sabía español. En cualquier caso, se ve que Loyola está en todo y no da puntada sin hilo.
Fondi está a sólo 20 km de Gaeta. Y ya puestos a contar historias, conozcamos una de Fondi, ocurrida once años después.
Para entonces la Appiani había muerto (1525), y Vespasiano Colonna se había vuelto a casar (1526) con la jovencísima, bellísima y cultísima Julia Gonzaga (1513-1566). Boda desigual,  por el contraste de la chiquilla del brazo de un cuarentón cojo, deforme e iletrado.
       A la muerte de Vespasiano (1528), Julia se convierte en una viuda de apenas 18 años.
Seis años después, el pirata berberisco Barbarroja ve la oportunidad de saquear Fondi. Y por ganar puntos ante Solimán el Magnífico (1520-1566), raptará  a Julia y se la regalará con destino al nuevo harén del Topkapi, en Estambul.
Pero cuando el pirata entra en Fondi, Julia se ha escapado. Furioso por el desplante, Barbarroja pega fuego a la ciudad. Era jueves y 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, que los griegos llaman la Metamorfosis [4]. 



Apoteosis ignaciana
Ignacio de Loyola es uno de los personajes más influyentes en la Historia. Y con todas sus limitaciones y defectos, uno de los santos más canonizables.
Paradojicamente, este vasco español que nada tuvo de barroco es uno de los más barroquizados en su iconografía. Ninguno ha tenido, ni de lejos, un triunfo tan teatral como el suyo, visto desde el suelo por un tubo ilusorio que lleva al ojo directamente a la Gloria.


¿Qué puesto ocupa Ignacio en la Corte celeste? Esta pregunta se ha hecho también sobre otros santos. Incluso algunos santos se la hicieron sobre sí mismos. Pero en pocos casos tenemos respuesta fiable.
San Francisco de Asís es uno de éstos. Francisco asienta sus posaderas gloriosas en el trono del mismísimo Lucifer. Eso fue lo revelado a un compañero del santo, cuando éste aún vivía:
«El hermano Pacífico, arrebatado en éxtasis al cielo, vio allí muchos tronos. Entre todos ellos sobresalía uno más alto, más glorioso y resplandeciente que los demás, adornado con toda suerte de gemas.
Cautivado por tanta belleza, se preguntaba de quién sería aquel trono. Al punto oyó una voz que le decía:
Este trono fue de Lucifer.  En su lugar, se sentará en él el humilde hermano Francisco
No somos los mortales quiénes para discutir revelaciones de lo alto, y menos una tan estupenda, avalada por cuatro testimonios [5].
Pues bien, el propio Ignacio, ya en vida, tuvo repetidas veces la visión de Jesucristo al lado suyo. O viceversa. Y a su muerte, él mismo se apareció a distintas personas para informarles de su nuevo estado.
Así el ánima gloriosa, recién separada del cuerpo, cubre las 55 leguas en línea recta entre Roma y Bolonia, y se apareca a mona Margarita Gillo, gran bienhechora de los jesuitas: «Margarita, me voy al cielo. Tú te encargas de la Compañía.» En efecto, la falta de recursos y el endeudamiento eran ya entonces un mal crónico de la nueva orden, por su expansionismo desaforado, que ni con la fortuna de mil Margaritas se podía financiar.
En Trapani (Sicilia), un demonio habló por boca de una posesa sometida a exorcismo por un jesuita: «Mi mayor enemigo Ignacio ha muerto, y ahora está en medio de los otros grandes fundadores, Domingo y Francisco.»
En aquella ronda de apariciones, algunos vieron al santo con el tórax abierto, mostrando en el corazón el anagrama IHS en letras de oro.
Además de los propios jesuitas, el nada simpatizante Ignacio Döllinger recogió copiosos testimonios sobre el destino glorioso de su santo tocayo [6].
Entre ellos destaca una visión de santa María Magdalena de Pazzis, en que Su Divina Majestad le hizo saber que el alma de San Juan Evangelista le agradaba en tal manera, como si no hubiese más santos en el cielo.  Pero al mismo tiempo veía a Dios deleitándose de igual modo con el alma de Ignacio y proclamando con voz sonora: «El alma de Juan y de Ignacio es una misma». Luego añadía: «El alma más dichosa que hoy reina en la tierra es la de Ignacio.» [7]
Cierto fraile capuchino a punto de morir llama a un jesuita. No es para confesarse con él, solo para comunicarle una revelación:
–«Entre todas las obras de Dios, la fundación de san Ignacio es única, porque todos los jesuitas se salvan.»
–«Reverendo padre, tampoco vuestra orden es manca.»
–«No lo es, pero no iguala a la vuestra. Porque de mi orden me consta que algunos pocos se condenan; mientras que de vuestra Compañía, nadie en absoluto».
Ya basta. ¿A qué amontonar infundios? El milagro del hermano Pozzo en el transepto de San Ignacio, en Roma, convirtiendo un techo plano en una arquitectura cóncava hasta el cielo, muestra bien claro qué lugar ocupa este santo en la cumbre del Empíreo. A. M. D. G.




[1] Citado por Braulio Manzano Martín, Íñigo de Loyola, peregrino en Jerusalén (1523-1524). Madrid, Encuentro, 1995; pág. 17.
[2] Cancionero musical de Palacio, nº 328.
[3] J. García Mercadal, Viajes de extranjeros por España y Portugal, Junta de C. y L., 1999, t. I, pág. 379.
[4] Cfr. B. Manzano Martín, o. cit., pág. 28.
[5] Son éstos: Espejo de perfección, 60; La Leyenda de Perusa, 65; Tomás de Celano, Vida Segunda, 123; Leyenda Mayor, 6, 6.
[6] I. Döllinger & Fr. Heinrich Reusch, Geschichte der Moralstreitigkeiten. N¨rdlingen, 1889, 2 tomos; t. 2, págs. 350 y sigs.
[7]  Ibid., 2ª parte, n. 58, pág. 350.