Clonación humana
Audax omnia perpeti
Gens humana ruit per vetitum nefas
En octubre del año pasado, abrí una miniserie titulada ‘Nobel fáustico’, sobre el tema de la clonación por trasplante nuclear, a propósito del tardío premio Nobel al pionero John B. Gurdon.
Y tan mini. La miniserie se me quedó colgada en su capítulo 2, como anunciando un 3 que no escribí, donde pensaba explicar el adjetivo ‘fáustico’, aplicado a este tipo de experimentos. Posteriormente volví a tocar el tema, a propósito de un experimento mental de santo Tomás de Aquino sobre clonación humana por tejido corporal no sexual de individuo adulto, y su consecuencia teológica sorprendente: tales clones no heredan el pecado original.
Estos días es noticia otra première: la clonación
humana aplicada a la obtención de células embrionarias de eventual utilidad médica [1].
Desde
luego, nada de clonar individuos humanos, ni siquiera fetos. De momento, todo
muy primario, sólo blástulas con
su blastocisto o primera masa celular embrionaria, como semillero de
células diferenciables en distintas estirpes prometedoras: células β de páncreas, productoras de insulina; diferentes tipos de células
sanguíneas de reemplazo; células de miocardio para parchear necrosis por
infarto; hepatocitos (las células principales del hígado), como sustituto
‘seguro’ del azaroso trasplante; neuronas, tal vez como recambios en dominio
tan complejo como es el sistema nervioso, suponiendo que funcionen como se
desea… El equipo investigador que acaba de publicar su hallazgo ni se plantea
la producción más o menos seriada de individuos humanos.
Ahora bien, la clonación humana se conoce desde
siempre como cosa natural, aunque accidental. Los clones espontáneos se llaman
gemelos idénticos o uniovulares (no simples mellizos), y como norma no pasan de
dos. Pero ahí tenemos el caso del armadillo (Dasypus novemcinctus, D. hybridus), cuya hembra tiene de un
mismo ovocito fecundado cuatro crías gemelas idénticas (poliembrionía).
¿Qué llama entonces la atención en un experimento que, hoy por hoy, es sólo un torpe remedo de
la naturaleza?
Bromeando diríamos que el haber tardado tanto. Y aun hay
quien culpa al presidente Bush Jr., por su veto timorato a la investigación en
células troncales embrionarias. Lo cual no tiene mucho fuste, pues eso fue en
2006 y no todos los laboratorios del mundo, ni siquiera todos los de aquel país, carburan con dinero
federal norteamericano.
Ahora en serio. La reproducción humana es complicadilla
y guarda muchos secretos. La investigación por tanteo y por ensayo y error no
es la más productiva, aparte de ser la menos elegante. ¿Qué morbo tiene,
entonces, esta carrera de obstáculos hacia la clonación artificial humana?
Yo diría que lo fáustico. El genio romántico de
Goethe se apoderó de la leyenda de un tal Dr. Johan Faust (h. 1480-1540),
nigromante que pacta con el Demonio para su propio mal, transformándola en mito filosófico bello,
aunque un tanto atravesado. Por de pronto, su Dr. Fausto se llama Enrique, ávido
de ciencia trascendental o mística, a lo que el diablo Mefistófeles, su
antagonista, sólo aporta cinismo y maestría en el celestineo.
Pero aunque haya sido el héroe trágico de Goethe (1806)–y
antes, de Marlowe (1604)– el que dio pie a hablar de lo fáustico, la idea en sí
es de siempre. La Biblia y la Mitología recogieron nombres de audaces
descubridores e inventores que cambiaron la vida de la humanidad, no sin daño: los ingeniosos descendientes de Caín –a los
hijos de Set les dio más por la Teología («Enós fue el primero que invocó a
Dios por su nombre, Yahweh» (Génesis, 4: 26)–; Noé, el primer gran arquitecto
naval y gran catador de vinos… Pero sobre todo, los arquitectos de la Torre de
Babel.
El patriarca Noé, en lo naval, no puso mucho de lo suyo. El proyecto y
hasta los planos con sus medidas se los pasó el Señor; por cierto, antes de la
experiencia vitivinícola, que esa sí fue suya, y fáustica en la resaca.
La empresa babélica fue auténticamente fáustica, por
la audacia y por la tragedia que como sombra inevitable sigue a aquélla. Un
instinto nos dice que hay saberes prohibidos, inventos que jamás se debieran
realizar. «Traernos Prometeo el uso del fuego, y volvernos pantufleros enclenques,
todo fue uno», viene a decirnos Horacio. Pero leamos la segunda mitad de su oda,
donde ironiza sobre los inconvenientes del progreso:
En vano un dios prudente
puso entre tierras mar
infranqueable,
si al fin naves impías
por senderos vedados la vadean.
Atrevida con todo,
la humanidad se arroja a lo
prohibido.
El audaz Prometeo
del cielo el fuego con astucia roba,
y con él los achaques
nos trajo y la cohorte de
dolencias
que aceleran el paso
hacia la Muerte, que antes era lento.
Prueba el vacío Dédalo,
y con alas no dadas al humano
el aire fuerza, como
Hércules el infierno en su
trabajo.
Nada nos es difícil:
ahora nuestra locura atenta al cielo,
así el airado Jove
no dé, por nuestra culpa, paz al
rayo [2].
Lo fáustico pasa por una etapa
imitativa de lo natural, para luego tomar la iniciativa y crear lo que la
naturaleza tal vez produce, pero no ha seleccionado. Porque, en su ceguera
estadística y probabilística, eso no toca, no funciona.
Ahí está el problema y el
peligro de jugar con fuego, cuando los no ciegos del todo, pero
estadísticamente cecucientes y poco informados, aventuramos una partida. Si
tuviésemos información bastante, si nuestra tabla de contingencias fuese
completa… ¡Ah!, pero en ese caso seríamos ‘como Dios’. Y Di0s no existe, en el
sentido de que ese hipotético Crupier ausente deja jugar, y jugar, y jugar, así
salte el mundo.
Eso que la Biblia llama ‘el
Dios escondido’, para los ateos tiene otro nombre: desinformación. Dios –lo que va quedando de Él– es lo
que todavía ignoramos. Nuestra Ciencia está en mantillas, y el linaje de
Jápeto será todo lo audaz que quiera, pero es todavía un cegato a rastras de su
palo.
La dimensión ético-estética de lo
fáustico
No se trata (sólo) de moral,
aunque también. Porque la normativa ética no la creamos nosotros, nos viene
dada por una ‘selección cultural’. Llena de prejuicios y otro lastre, pero con
dos virtudes muy de tener en cuenta:
1) Se formó y evolucionó en
una humanidad más en estado de naturaleza que la nuestra.
2) En muchos ámbitos ha
funcionado. No a la perfección, pero ha funcionado. Y los que proponen
cambiarla no siempre conocen los pros y contras.
A mí me gusta la sopa caliente
y la calefacción en invierno. Pero debo reconocer que el confort excesivo me
vuelve catarroso y más propenso a la neumonía. Tal vez haya unos parámetros
térmicos que no me conviene traspasar.
La clonación humana
estaba cantada. Algunos hasta pretenden haberla logrado hace años.
Cuestión de paciencia y también golpe de suerte. Esta vez ha sido un golpe
de cafeína. No sé si golpe de diseño, o de ‘sonó la flauta’. La histología del
sistema nervioso, que llevó a nuestro Ramón y Cajal al premio Nobel (1906)
–injustamente compartido con un pobre Golgi, que ni supo bien de qué iba
el invento de la neurona–, sabe mucho de esos ‘toques’ empíricos, esos
‘secretos’, esos ‘trucos’. Por algo Cajal sabía también mucho de fotografía, de
la de entonces.
Lo que queda por hacer en esta
línea (y seguramente se hará, si es que no se ha hecho ya de forma clandestina)
–la clonación de individuos humanos– jamás debería ser una carrera hacia la
meta de la prioridad, la patente, la ganacia y la satisfacción de necesidades
ficticias. Traspasa la frontera de la ética y de la selección cultural. Por
eso, la carga de la prueba de sus bondades tiene que pesar muy en serio
sobre los hombros de los trasgresores.
Si un día ha de ser –y no
hablo de partenogénesis inducida–, creo que me agradaría más una vía a lo Santo
Tomás en su experimento imaginario: dejarse de óvulos naturales e ingeniarlos
sintéticos. Bandearse con una bioscopia de glúteo, por ejemplo, todo células somáticas, nada de sexo. ¿Por qué? No lo
sé, algo estético, más que racional. ¡Ah!, y el vientre materno sólo para
los casos de clonación filial o adoptiva. Para las clonaciones industriales, con destino a la militancia en partidos políticos, así como para la clase de tropa ciudadana identitaria, mejor incubadoras también industriales. A lo Aldous Huxley en Brave New World (Un mundo feliz, 1932). El feto y la
gestante dialogan mucho, y eso sofistica una operación donde todos los
individuos de cada serie deben venir al mundo limpios, «como la calva del viejo»,
que decía el otro; quasi tabula rasa, in qua nihil est descriptum.
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[1] Masahito Tachibana et al., ‘Human Embryonic
Stem Cells Derived by Somatic Cell Nuclear Transfer’. Cell, 153
(2013): 1-11; 6 de junio 2013.
[2] Horacio, Odas, 1, 3, vv. 21-40:
[2] Horacio, Odas, 1, 3, vv. 21-40:
Nequicquam deus
abscidit
prudens Oceano
dissociabili
terras, si
tamen impiae
non tangenda
rates transiliunt vada.
Audax omnia
perpeti
gens humana
ruit per vetitum nefas.
Audax Japeti
genus
ignem fraude
mala gentibus intulit.
Post ignem,
aetheria domo
subductum,
macies et nova febrium
terris incubuit
cohors;
semotique prius
tarda necessitas
Leti corripuit
gradum.
Expertus vacuum
Daedalus aera
pennis non
homini datis,
perrupit
Acheronta Herculeus labor.
Nil mortalibus
arduum es.
Coelum ipsum
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per nostrum
patimur scelus
iracunda Jovem
ponere fulmina.








