Justo Lipsio (1547-1606) –nuestro guía en el museo de horrores en forma de cruz– es hoy figura olvidada, aunque fue el sabio universal europeo entre el Renacimiento y el Barroco. «Le plus savant homme qui nous reste», le saludaba el gran Montaigne en 1588.
No entro aquí en las causas de ese olvido. Algún día habrá ocasión de recordar que Lipsio, además de filólogo y anticuario, desarrolló pensamiento político propio en una obra así titulada, Politicorum libri VI (1589). Unas 80 ediciones son garantía de influencia, entre original y traducciones a varias lenguas. En castellano tenemos la que hizo, ya ciego y a punto de morir, su viejo amigo en aquella atribulada Flandes, el militar, diplomático y espía Bernardino de Mendoza (h. 1540-1604): Los Seys Libros delas Políticas o Doctrina civil (Madrid, Imprenta Real, 1604).
El gobierno según Lipsio es incompatible con la tolerancia elevada a permisividad. El gobierno, para quien manda y para quien es mandado, es ante todo un ejercicio de ética estoica con base en autoridad y disciplina. Donde eso falta, el organismo social se descompone, lo mismo que el organismo natural acelera su fin sin una dieta razonable. Por esa razón, como en Medicina y Cirugía, también en Política se impone a veces el ‘ure, seca’ (quema, corta).
Lipsio, el gran estudioso de Séneca y de Tácito, fue precursor del tacitismo político español. Sus variados ensayos, su epistolario, las ediciones sucesivas de su Tácito comentado, abonaron el terreno para el brote (hacia 1600) de una nueva ciencia política, centrada en el gobierno del estado moderno, y que aspiraba a trascender partidos y religiones. Curiosamente, mientras el protestantismo deriva a milenarismo y escatología, una parte del mismo mundo protestante y casi todo el ámbito de la Contrarreforma se vuelven tacitistas.
Aquel tratado de gobierno, autorizado como colección orgánica de aforismos clásicos, lleva una especie de prólogo galeato y unos avisos ‘a quien leyere’. He aquí el primero:
1. «Que leas muy a menudo. Y bueno será que yo te recomiende aquí lo que tanto se les manda a los gladiadores: ‘repite’.»
A propósito de gladiadores. Tras repasar aquel ensayo lipsiano De Cruce, hojeo ahora otras investigaciones suyas igualmente eruditas y bien ilustradas.
Lipsio, en su viaje a Italia (1568-1570) como secretario del cardenal Granvela, sacó tiempo para documentar su tesis ética sobre el espíritu romano. Acuciado por la crisis incierta de su tiempo y de su país, se fijó en los que a él le parecían intentos antiguos para regenerar una sociedad degradada en un imperio decadente, insuflando estoicismo a lo Séneca o a lo Tácito. Contempló las grandezas de la Urbe, pero sobre todo se fijó (y no por casualidad) en los aspectos más brutales, y a la vez más disciplinados, de aquella cultura: las artes de la Guerra y las del Anfiteatro.
De lo primero trató en el Poliorceticon, sobre Máquinas bélicas y proyectiles (3ª ed., Amberes, Plantín-Moreto, 1605), verdadero álbum de imágenes. También en De Militia Romana libri V (Comentario a Polibio). 3° ed., ibíd., 1602. Ilustrada. De lo otro discurre, sobre todo, en dos Diálogos Saturnales sobre los Gladiadores (ibíd., 1604).
Los Gladiadores
En esta obra distingamos el mensaje y el medio. El medio es el diálogo humanístico, con intención renovadora del género, que no vamos a desentrañar. El mensaje es que tampoco esta vez Lipsio escribe porque sí, para lucir estilo y memorión erudito. Ni siquiera para ilustración de escenógrafos barrocos, a la espera de que se inventara el cine. Escribe sobre todo para divulgar aquellos valores morales de cuño estoico, representados incluso por la ejecutoria de aquellos luchadores.
El gladiador era el tipo de hombre, casi siempre al pie de la escala social –el príncipe Ben Hur o el general Maximo de ‘Gladiator’ etc. son héroes de ficción– destinado a mantener un deporte sangriento para una plebe sanguinaria, pero que aun a ese nivel se atenía a una disciplina de hierro, y era capaz de morir ‘con honor profesional’, por así llamarlo.
El libro es, pues, una obra de arte bibliográfica, y a la vez un panfleto educativo. Primorosamente escrito, ilustrado y editado. Alarde tipográfico de las prensas plantinianas, con bellos grabados en cobre. Una vez más, gracias sean dadas a Google y a Internet Archive por el nuevo regalo.
He buscado en la red muestras de la parte gráfica, para traer algo aquí. Casualidad, hace unos días se anunciaba la subasta de un ejemplar en Inglaterra, a precio de salida de 349 libras, ponderando las «soberbias planchas». Por desgracia, los grabados, algunos coloreados a mano, vienen casi todos en baja resolución. Por ello, en obsequio a mis visitantes, he preparado una pequeña serie de más calidad. Cuando tenga tiempo sigo, con algún toque de color.
Conste que es sólo para recreo de la vista. En tiempos de Lipsio era muy poco el material arqueológico descubierto, y sus figurines son bastante caprichosos, si se comparan con la iconografía moderna más solvente. No se disponía de la información riquísima de los grandes mosaicos del género, en especial los africanos.
Si la obrita anterior, La Cruz, ha podido documentar el cine de Mel Gibson, esta otra monografía habrá sido consultada más de una vez por los documentalistas del peplum. Cabe reprochar que la indumentaria de estos gladiadores es impropia, como si fuesen legionarios sacados de la Columna de Trajano o algo así. Hoy se piensa que los tipos de gladiadores, desde época republicana, representaban a guerreros de pueblos vencidos: el galo, el samnita, etc.
Lipsio atribuye a los gladiadores origen etrusco. Sin embargo, la monomaquia o combate singular formó parte de los juegos fúnebres en diversas culturas mediterráneas. La sangre humana aplacaba a los manes. Por eso los gladiadores se consagraban a Saturno y a Dite, como dioses infernales, es decir, subterráneos.
Lo mismo las luchas y desafíos en convites, de arraigo también entre los celtas. En la cultura romana estas luchas convivales se ofrecían como obsequio a los invitados, dos o tres parejas de combatientes, qué menos. Aunque según testimonios, a veces los propios comensales enardecidos se enzarzaban en peleas. El alcohol ayuda siempre, pero es cierto que muchos asesinatos políticos hasta la Edad Media tuvieron como escenario el banquete.
Retiario y Seguidor. Desde el siglo I de nuestra Era, la pareja más popular de los combates desiguales. El primero es el Neptuno de la arena: un tipo suelto, sin casco ni escudo, pero con su tridente como engaño amagando a dos manos, para, en el momento preciso, disparar el ‘retiiaculum’ (Lipsio), red arrojadiza, fatal para el enemigo. Éste, el Secutor, según san Isidoro de Sevilla en sus Etimologías, era el perseguidor o acosador, el que perseguía al tipo de la red. No tan claro, porque el nombre podría significar más bien acólito, bailando al ritmo de su contrario . De hecho, en mis películas y fantasías casi siempre ganaba el retiario.
Aquí se aprecia ya un error del dibujante: estos deportistas van demasiado vestidos. Los gladiadores en general no llevaban túnica, cubiréndose la entrepierna con un exiguo taparrabo (subligaculum).

El Mirmilón y el Trece, como el Hoplomaco y el Provocador, representan parejas convencionales de lucha 'igual', con atuendo más o menos parecido al legionario romano. A este modelo respondería más el haplomaco, con su escudo rectangular.
El mirmilón (o murmilón) se llamaba así por llevar en la cresta del casco una figura de pez, se supone, el mormylos o mormyros. (No es posible identificarlo, si bien Linneo aplicó el nombre como específico de la herrera, de la familia de los espáridos, como la dorada y el besugo.) Este tipo de gladiador podía hacer de secutor frente a un retiario, y esto da sentido al celebre soniquete del retiario, más que perseguido, persiguiendo al mirmilón:
Non te peto, piscem peto, quid me fugis, Galle?
(No voy por tí, voy por elpez, ¿qué me huyes, galo?)
Su representación en Lipsio no es acertada, entre otras cosas, porque el escudo era rectangular, tipo legionario. Tampoco se dibuja el balteus o esponja, especie de cinturón protector muy ancho, aunque el autor conoce perfectamente esos atuendos.
El Thraex o Trece (también llamado ‘Tracio’) no es de lo más acertado en la iconografía de Lipsio. Era el tipo convencional de gladiador de película, con su enorme yelmo de visera y cresta (lophos) rematada en figura de grifo. Sus armas: espada corta y corva (sica), y un escudito cuadrado de madera forrada de cuero (parma, o incluso parmula). Por la poca defensa del escudo, se protegía las piernas con enormes polainas acolchadas, y el brazo armado con una manga. (Lipsio nos recuerda: el gran Espartaco como gladiador habría sido un mirmilón, de origen tracio.)
Muy parecido al Thraex era el Hoplomachus, guerrero a la griega, con pequeño escudo redonde de bronce, que también se enfrentaba al Mirmillo.
Todos estos gladiadores combatían a pie. Los había también a caballo y en carro. Combatían de igual a igual, y en su momento echaban pie a tierra. Peculiar de los equites o jinetes era una breve túnica. El carro típico era la esseda, biga de origen celta: de ahí esedarios. Por lo demás, su avío era cuasi militar.
Junto a los combates normales, con reglas y árbitro, la plebe gustaba mucho también del ‘todo vale’. Por ejemplo, los meridianos, los de la sesión barata de mediodía. No eran gladiadores de verdad, sino desecho de bestiarios. Sin arte, sin equipo… ¡semidesnudos! Una salvajada, en boceto de Séneca:
«Caigo por casualidad en el espectáculo de mediodía, esperando juegos y gags, algo ligero, donde los ojos descansen de la sangre humana. Chasco. Cualquier pelea anteriori fue misericordia. Fuera bromas, se trata de meros homicidios. A cuerpo limpio, sin yelmo, sin escudo, no se pierde golpe… »
También se conocía la charlotada, o la extravagancia. Los andabatas, la gallina ciega: luchadores a caballo o a pie, con visera opaca tapándoles los ojos.
Gladiadores enanos. Y por supuesto, gladiatrices. En pro de la igualdad de género, por lo visto hubo hasta féminas voluntarias, incluso señoritas bien. Hasta que las prohibieron en juegos públicos. Las que ofrece Lipsio son de lo más decoroso, y tan poco sexy como el ‘Combate entre mujeres’ que pintó Ribera (1636, El Prado). Esta recreación de Britannica-Gladiators creo que se acerca más a la realidad.
Gladiadores enanos. Y por supuesto, gladiatrices. En pro de la igualdad de género, por lo visto hubo hasta féminas voluntarias, incluso señoritas bien. Hasta que las prohibieron en juegos públicos. Las que ofrece Lipsio son de lo más decoroso, y tan poco sexy como el ‘Combate entre mujeres’ que pintó Ribera (1636, El Prado). Esta recreación de Britannica-Gladiators creo que se acerca más a la realidad.
Combate irregular era también el de los catervarios, mêlée de todos contra todos, y el último en pie se lleva la palma.
Fin de fiesta. En el artículo anterior nos referíamos a ‘soñar con la cruz’. Se ve que a Lipsio le interesó la oniromancia,
porque aquí también (lib. 2, pág. 93)
remanece Artemidoro explicando sueños gladiatorios:
«Soñar que se es gladiador significa juicio a la vista, o
alguna pelea. Aunque también tengo observado que ese sueño significa boda,
donde las armas del gladiador representan la condición de la mujer. Por
ejemplo, si el contrario es un Trece, el soñador pillará mujer rica, estuta y ambiciosa…
Si se enfrenta a armas de plata (digamos, propias del Samnita), pillará mujer asaz
roca, pero fiel custodia de la casa y del marido. Si es contra un Seguidor, ella
será hermosa y rica, aunque engreída de ello y despreciadora del marido, un desastre.
Y siempre al acoso. Si es un Retiario, la pillará pobre, lasciva y huidiza,
fácil en conceder favores. Un Jinete anuncia mujer rica y noble, pero sin seso.
Un Esedario, mujer para nada y boba… Y conste que todo esto no lo escribo por conjetura, sino por experiencia
acumulada de casos observados por mí...»



















