Ingemuit totus orbis, et arianum se esse miratus est.
(Jerónimo, ‘Contra los Luciferianos’, 11)
La frase más citada de un autor tan fecundo como san Jerónimo es la que encabeza esta página: «gimió el orbe todo, y se maravilló de verse arriano». Hipérbole retórica para describir la encerrona de un conciliábulo (Rímini, 359), donde por sorpresa se adulteró el Credo de Nicea (325). La ‘Constitución’ de la Iglesia, para entendernos. Fue acostarse católicos y despertarse todos herejes.
Pero no toca hablar de credos y herejías, sino de aplicar una cita clásica a la situación política actual. Absortos estábamos en el problema de la crisis económica y el paro, cuando de la noche a la mañana nos despertamos en nuestra propia hez y hedor, ciscados y vomitados en el catre y por los suelos. Estamos podridos.
–Hombre, tampoco exageremos. Corrupción hubo siempre y en todas partes, no sólo aquí. Cabe incluso teorizar que cierta cuota de corrupción controlada es buena para la economía, como ciertas putrefacciones dirigidas producen excelentes quesos.
No voy a refutar un sofisma donde niego la mayor y la menor. Pero hablando de ‘cuotas’, es verdad que así discurren los políticos, cuando se echan en cara entre ellos, no quién sea corrupto y quién no, sino quién se lleva la palma.
A todo esto, nosotros el pueblo menudo –We the People– tampoco estamos limpios trampeando como podemos, ‘con IVA o sin IVA’, economía sumergida y todo eso que miramos con indulgencia, porque es casi en defensa propia y para resarcirnos por lo que ‘ellos’ nos quitan. Pero tampoco toca hablar de esa falta de civismo, donde al fin y cabo si te pillan se te cae el pelo.
La corrupción que ha disparado las alarmas se concreta en una saga de ‘casos’, medibles a escala pecuniaria. Entre los quince más sonados en lo poco que va de siglo, casi 7.000 millones de euros.
Todos revierten en lucro personal ilícito. ‘Del Rey abajo’, esto es Sodoma, Gomorra y la Pentápolis al completo. Vale aquí de la corrupción lo que dijo Erasmo de la sífilis en su tiempo: ser de gente sin distinción no padecerla.
Pero no es eso lo más grave, sino la implicación de instituciones: partidos políticos, sindicatos, poderes central y autonómicos, alcaldes pedáneos, monarquía…
Y es que cualquier corrupción casuística resulta liviana, comparada con la institucional. Esa es nuestra pesadilla: acostarnos demócratas, y despertar con el aparato hecho unos zorros.
1. La Política como holocausto
El servicio público hasta el sacrificio es un ideal noble. Después de ‘morir por la Patria’, nada más dulce et decorum que inmolarse a la Política. Máxime si la entrega se convierte en profesión y carrera, porque sólo entonces el holocausto es medible en unidades ‘euro’, las que todo el mundo entiende. Antes se valoraba así a un ricachón de Vitoria:
«(Pedro de Isunza) vino a ser tenido por hombre de trescientos mil ducados, y dende arriba… uno de los mayores créditos de toda la Corte, entre los tratantes» (Garibay).Pues hoy lo mismo, cambiando ducados por euros.
Lo que resulta antiestético es que sean los propios políticos los que ponderen así la magnitud de su sacrificio, como si los demás fuésemos bobos para entenderlo. Es de mal gusto refregarnos con su ‘lucro cesante’ por servirnos, y lo muchísimo más que ganarían dedicándose a otra cosa. ¿Pues no quedábamos en que lo suyo era vocacional?
Y eso los que pueden hablar sin demasiado cinismo. Porque pasando la vista por el hemiciclo, los más son politiquillos de bulto y comparsa, sin otra habilidad conocida que incubar escaño (el menor tiempo posible), aplaudir o abuchear cuando toca, y a la hora de votar darle al botón que se les ordene (suerte si aciertan).
A los políticos hay que pagarles lo que se merecen. Como a todo el mundo. Pero no para que no se corrompan buscándose la vida –eso los que pueden–, sino en función de lo que rinde cada uno de ellos a la sociedad. Por lo mismo, nada de blindajes y aforamientos, ley igual para todos.
Poderes públicos y partidos políticos, en nuestro sistema es la misma cosa, pues los partidos monopolizan el poder, incluso el judicial. Dígase luego que no, que los partidos «no son Instituciones ni Administración pública». En efecto, doña Soraya S. de Santamaría. Pero por favor, un vistazo de nuevo a las Cámaras: su mapa es mapa de partidos, de modo que todo cambio pasa por ellos. Razón para no excluirlos de una Ley de Transparencia, y para dotarlos de una Ley de Partidos que los haga incorruptibles, si no es mucho pedir.
Tantos años oyendo al Caudillo denostar a los partidos políticos, sospeché que podían ser cosa buena. Y lo son, buena bonísima.. Pero como dicen los filósofos, corruptio optimi pessima. Instrumentos creados para que la máquina política funcione, terminan siendo ellos mismos la vice-máquina, parásitos sociales, fin en sí mismos.
Una vez más, la peor corrupción de los partidos no es su oscura trama financiera. Lo más grave es su colusión permanente para funcionar como clase social gorrona y gorrina, a prueba de crisis. En sus manos tienen la llave de la reforma; pero, quis custodiet custodes? ¿quién se autoamputa? Es significativo que el novísimo proyecto de Ley de Transparencia deja fuera precisamente a los partidos (salvo aviso de última hora, poco convincente).
Los partidos políticos recuerdan en algunos aspectos lo que han sido las órdenes religiosas en la Historia de la Iglesia, que en eso de las corrupciones puede dar no poca enseñanza.
Aquellas instituciones con voto interno de obediencia, comparable a la disciplina partidista, nacieron todas con vocación de servicio (según los valores de cada época), y la sociedad en general las trató bien. El resultado fue la competencia entre ellas y la hipertrofia de unas cuántas, a golpe de privilegios, exenciones y prerrogativas, descuidando su fin institucional, y hasta la propia ética. Así la historia de las grandes órdenes es en gran parte la de sus relajaciones y reformas. Reformas que, por otra parte, apenas pasaron de la sastrería: descalzos contra calzados, más corto o más largo, redondo o en pico, más la calidad y tono del paño. (Igual que hoy, cuando un partido político se arregla con un cambio de sigla o de logotipo.)
¿Regenerar los partidos? De Íñigo de Loyola cuentan que antes de decidirse a fundar orden nueva estuvo pensando en profesar en alguna de las antiguas, y desde dentro reformarla. No sé si fue él mismo u otro sabio el que le quitó de la cabeza este disparate. Hubo, pues, Compañía de Jesús. Pero la hubo, y muy exitosa, al precio de repetir con creces el abuso de los privilegios y franquicias, imponer a sus miembros la obediencia más ciega jamás conocida, y hacer gala de opacidad y maquiavelismo. Sint ut sunt, aun non sint (‘sean los jesuitas como son, o no sean’) fue la respuesta seca del General de la Compañía al Papa, que para salvarla sugería unos retoques ‘a lo Gattopardo’.
El mismo dilema incumbe al sistema de partidos. Renovar lo que hay sería trabajo hercúleo, pero tampoco los nuevos lo tienen fácil, en un espacio electoral copado por los grandes corruptos. Más luego el desengaño de tanto regenerador populista que pronto se revela de igual condición que sus congéneres.
2. Autonomías privilegiadas y pulsión centrífuga
De las autonomías no hay más remedio que hablar, porque por ellas pasa el culebrón casuístico. Se veía venir, con ese mapa disforme, y en el mismo esas manchas privilegiadas como ‘históricas’. Al bono representativo y otros gajes de origen, se ha sumado luego la interpretación más y más laxa, que las comunidades ‘históricas’ han hecho de su privilegio. Ahora bien, ese sistema y privilegio están recogidos en la Constitución, lo que pone difícil cualquier reforma no revolucionaria.
Una de las puntas de la alfombra autonómica que más ha mostrado su parcela de corrupción es Cataluña. Como es lógico, ha escandalizado más lo pecuniario, pero aquí con el añadido de la corruptela institucional admitida. La disculpa catalana hace hincapié en su agravio comparativo, en referencia al sistema fiscal vasco. Y lógicamente, todo el mundo ha mirado a Euskadi, como también a Navarra.
¿Hay menos corrupción en Vasconia? Si se mide por el escándalo mediático, eso parece, aunque haberla, hayla. Lo que ocurre es que mete menos ruido casuístico, por ser más institucional. Porque para un ojo crítico no nacionalista, la CAV sería el miembro más corrupto de todo el organismo democrático español. Suena duro, pero no lo es si se explica debidamente.
Todo nacionalismo, y el vasco muy a su manera, tiene una noción patrimonial paternalista del ‘territorio-pueblo’, que unida al hecho de haber tenido un partido hegemónico tanto tiempo, ha propiciado un clientelismo mafioso, que aquí se ve como natural, ni bueno ni malo.
Ese es aquí el sentido del término ‘corrupción’, o si se prefiere (para no ofender), ‘disfunción’. Y no sólo en el ámbito económico. Toda la presión ‘normalizadora’ por parte del gobierno, en la toponimia, la lengua y el identitario en general, adolece de esa corruptela.
Según la Constitución, art. 152. 1., cada Presidente de Comunidad Autónoma ostenta la ‘representación ordinaria’ del Estado en la misma. Sin embargo, en Cataluña o en Euskadi nadie diría que es así, ni que el Lehendakari o el President ejercen esa representación preceptiva, cuando ni siquiera se acompañan de la bandera nacional en sus comparecencias.
De hecho, en las comunidades ‘históricas’ vamos a la ausencia práctica del Estado. Se incumplen sus normas, se retiran sus símbolos, se exige el ‘repliegue’ de fuerzas del orden nacionales, como si fuesen de ocupación, etc.
La lectura maximalista que los nacionalismos hacen de unos textos que, por lo demás, desprecian como ajenos a su meta secesionista, es un jaque continuo al espíritu de la Constitución, sin que a los gobiernos centrales sucesivos parezca preocuparles, ni al Tribunal Constitucional tampoco.
3. Mayoría absoluta
El Partido Popular ha subido al poder, más que por mérito propio y solidez programática, por la incompetencia de Rodríguez Zapatero. Más aún, tanta era la repulsa general a este personaje, que el electorado la expresó del modo más elocuente: con la mayoría absoluta. Y en democracia, la mayoría absoluta es lo más parecido que cabe a una dictadura.
La dictadura en Roma era un poder discrecional extraordinario, que a veces se tomaba, como hizo Sila y luego César, pero otras se ofrecía incluso a quien no parecía desearla. Lo mismo se dio en ciudades griegas, donde la dictadura se llamaba tiranía.
Pompeyo se negó a ser dictador en la crisis del I Triunvirato, el 54-53 a. de JC, cuando se llegó a la guerra civil entre el mismo Pompeyo y Julio César, que victorioso se proclamó dictador perpetuo. Fue de nuevo el caso de Augusto el 22 a. de JC., cuando rehusó la dictadura, según dijo, «ofrecida en mi ausencia y en mi presencia, tanto por el pueblo como por el Senado».
Traigo esto de la dictadura, porque en una ocasión (eso dicen, yo no lo oí) el comedido Rajoy reprochó a Zapatero ser «una especie de dictador comunista». Bromas aparte, la traigo sólo como ejemplo –en democracia no hay poder discrecional–, entendiendo la mayoría absoluta como mandato a la acción, sin la excusa de deberle concesiones a nadie.
Bien, ¿y qué es lo primero que hace Mariano Rajoy Brey del Gran Poder? Pues condecorar a su vencido con el Collar de la Orden de Isabel la Católica, y al que ha sido ministro de aquél, Manuel Chaves, con la Gran Cruz de la misma Orden.
¿Pero no quedábamos en que los socialistas todo lo hicieron mal? Visto desde la oposición, sí. Pero ahora don Mariano toca (¡por fin!) la meta de su deseo, y por ende le toca pagar el rito de los honores recíprocos. Porque idéntico collar, en otro alarde obsceno de corruptela rampante, ha ido adornando de forma automática el pescuezo de Felipe González y José María Aznar, y en su día rodeará también el de Rajoy y sucesores, hagan lo que hagan o dejen de hacer. Tal vez por eso, don Mariano en su investidura se permitió lo nunca oído a él desde el banco de la oposición: reconocer que Zapatero, «como todos, tuvo aciertos y equivocaciones». Sólo le falto añadir, «al 50 por ciento, mitad y mitad».
¿Estamos por la labor de abrir el frente anti corrupción en serio, con todas sus consecuencias? Rajoy alardea de pulso firme y asegura que sabe lo que tiene que hacer y lo hará. Por nuestra parte, es tanto el apremio de que esta cuadra se limpie y el país funcione, que aun sin hacerme yo ilusiones, sería el último en pedir al jefe que se vaya, porque una ocasión como la que ofrece esta mayoría absoluta es irrepetible, hasta donde alcanza la vista.
4. Corrupción sin elogios
Antes de darme todo este mal rato y gasto, por mi inclinación juguetona andaba yo buscando para ofrecer alguna pieza divertida sobre la corrupción: una parodia, una sátira menipea, un ‘elogio’. El modelo definitivo es el Encomio de la Necedad, el mejor Erasmo.
Y mira que se ha prodigado el género, celebrando con más o menos chispa a la pulga, a la chinche, el jumento, la calvicie, la sordera, el estrabismo, la fiebre cuartana, la envidia, la embriaguez… ¡pero qué digo!, hasta la medicina y la jurisprudencia tienen su encomio; también la vida monástica, la laboriosidad y, por supuesto, Polonia. De todo eso se pesca hoy en la Red. Por eso animo a quien me lea: busque con más suerte que yo algún elogio de la corrupción, pues diríase que nadie gasta bromas con ella.
Desesperado, también consulté a la vieja ‘Espasa’. Monumento catalán, al fin, a ver qué nos cuenta sobre corrupciones.
¿Y bien? Menudo chasco. El artículo ‘Corrupción’ sólo trae dos acepciones: la filosófico-escolástica, y la corrupción de menores. La corrupción filosófica desentraña el binomio ‘generación/corrupción’, según el axioma: corruptio unius, generatio alterius. La otra entrada, corrupción de menores, hasta se ahorra latinajos.
En cuanto a la corrupción política, será por su pudor habitual, pero esa enciclopedia no le da entrada. ¿O sí? A lo mejor es la parodia buscada en vano, sólo que aquí viene en clave. Corruptio unius… Ya lo tengo: En politica nada se crea ni se aniquila, todo se corrompe. En cuanto a corrupciones de menores, lean y vean si cuanto allí se dice no será parábola sobre la corruptela educativa en el nacionalismo identitario.







