martes, 19 de febrero de 2013

La corrupción no tiene quien la alabe



Ingemuit totus orbis, et arianum se esse miratus est.
(Jerónimo, ‘Contra los Luciferianos’, 11)

       La frase más citada de un autor tan fecundo como san Jerónimo es la que encabeza esta página: «gimió el orbe todo, y se maravilló de verse arriano». Hipérbole retórica para describir la encerrona de un conciliábulo (Rímini, 359), donde por sorpresa se adulteró el Credo de Nicea (325). La ‘Constitución’ de la Iglesia, para entendernos. Fue acostarse católicos y despertarse todos herejes.
       Pero no toca hablar de credos y herejías, sino de aplicar una cita clásica  a la situación política actual. Absortos estábamos en el problema de la crisis económica y el paro, cuando de la noche a la mañana nos despertamos en nuestra propia hez y hedor, ciscados y vomitados en el catre y por los suelos. Estamos podridos.
       –Hombre, tampoco exageremos. Corrupción hubo siempre y en todas partes, no sólo aquí. Cabe incluso teorizar que cierta cuota de corrupción controlada es buena para la economía, como ciertas putrefacciones dirigidas producen excelentes quesos.
       No voy a refutar un sofisma donde niego la mayor y la menor. Pero hablando de ‘cuotas’, es verdad que así discurren los políticos, cuando se echan en cara entre ellos, no quién sea corrupto y quién no, sino quién se lleva la palma.
       A todo esto, nosotros el pueblo menudo We the People tampoco estamos limpios trampeando como podemos, ‘con IVA o sin IVA’, economía sumergida y todo eso que miramos con indulgencia, porque es casi en defensa propia y para resarcirnos por lo que ‘ellos’ nos quitan. Pero tampoco toca hablar de esa falta de civismo, donde al fin y cabo si te pillan se te cae el pelo.
       La corrupción que ha disparado las alarmas se concreta en una saga de  ‘casos’, medibles a escala pecuniaria. Entre los quince más sonados en lo poco que va de siglo, casi  7.000 millones de euros.
       Todos revierten en lucro personal ilícito. ‘Del Rey abajo’, esto es Sodoma, Gomorra y la Pentápolis al completo. Vale aquí de la corrupción lo que dijo Erasmo de la sífilis en su tiempo: ser de gente sin distinción no padecerla.
       Pero no es eso lo más grave, sino la implicación de instituciones: partidos políticos, sindicatos, poderes central y autonómicos, alcaldes pedáneos, monarquía…
       Y es que cualquier corrupción casuística resulta liviana, comparada con la institucional. Esa es nuestra pesadilla: acostarnos demócratas, y despertar con el aparato hecho unos zorros.

       1. La Política como holocausto
       El servicio público hasta el sacrificio es un ideal noble. Después de ‘morir por la Patria’, nada más dulce et decorum que inmolarse a la Política. Máxime si la entrega se convierte en profesión y carrera, porque sólo entonces el holocausto es medible en unidades ‘euro’, las que todo el mundo entiende.  Antes se valoraba así a un ricachón de Vitoria: 
«(Pedro de Isunza) vino a ser tenido por hombre de trescientos mil ducados, y dende arriba… uno de los mayores créditos de toda la Corte, entre los tratantes» (Garibay). 
       Pues hoy lo mismo, cambiando ducados por euros.
       Lo que resulta antiestético es que sean los propios políticos los que ponderen así la magnitud de su sacrificio, como si los demás fuésemos bobos para entenderlo. Es de mal gusto refregarnos con su ‘lucro cesante’ por servirnos, y lo muchísimo más que ganarían dedicándose a otra cosa. ¿Pues no quedábamos en que lo suyo era vocacional?
       Y eso los que pueden hablar sin demasiado cinismo. Porque pasando la vista por el hemiciclo, los más son politiquillos de bulto y comparsa, sin otra habilidad conocida que incubar escaño (el menor tiempo posible), aplaudir o abuchear cuando toca, y a la hora de votar darle al botón que se les ordene (suerte si aciertan).
       A los políticos hay que pagarles lo que se merecen. Como a todo el mundo.  Pero no para que no se corrompan buscándose la vida –eso los que pueden–, sino en función de lo que rinde cada uno de ellos a la sociedad. Por lo mismo, nada de blindajes y aforamientos, ley igual para todos.
       Poderes públicos y partidos políticos, en nuestro sistema es la misma cosa, pues los partidos monopolizan el poder, incluso el judicial. Dígase luego que no, que los partidos «no son Instituciones ni Administración pública». En efecto, doña Soraya S. de Santamaría. Pero por favor, un vistazo de nuevo a las Cámaras: su mapa es mapa de partidos, de modo que todo cambio  pasa por ellos. Razón para no excluirlos de una Ley de Transparencia, y para dotarlos de una Ley de Partidos que los haga incorruptibles, si no es mucho pedir.
       Tantos años oyendo al Caudillo denostar a los partidos políticos, sospeché que podían ser cosa buena. Y lo son, buena bonísima.. Pero como dicen los filósofos, corruptio optimi pessima. Instrumentos creados para que la máquina política funcione, terminan siendo ellos mismos la vice-máquina, parásitos sociales, fin en sí mismos.
       Una vez más, la peor corrupción de los partidos no es su oscura trama financiera. Lo más grave es su colusión permanente para funcionar como clase social gorrona y gorrina, a prueba de crisis. En sus manos tienen la llave de la reforma; pero, quis custodiet custodes? ¿quién se autoamputa? Es significativo que el novísimo proyecto de Ley de Transparencia deja fuera precisamente a los partidos (salvo aviso de última hora, poco convincente).
       Los partidos políticos recuerdan en algunos aspectos lo que han sido las órdenes religiosas en la Historia de la Iglesia, que en eso de las corrupciones puede dar no poca enseñanza.
       Aquellas instituciones con voto interno de obediencia, comparable a la disciplina partidista, nacieron todas con vocación de servicio (según los valores de cada época), y la sociedad en general las trató bien. El resultado fue la competencia entre ellas y la hipertrofia de unas cuántas, a golpe de privilegios, exenciones y prerrogativas, descuidando su fin institucional, y hasta la propia ética. Así la historia de las grandes órdenes es en gran parte la de sus relajaciones y reformas. Reformas que, por otra parte, apenas pasaron de la  sastrería: descalzos contra calzados, más corto o más largo, redondo o en pico, más la calidad y tono del paño. (Igual que hoy, cuando un partido político se arregla con un cambio de sigla o de logotipo.)
       ¿Regenerar los partidos? De Íñigo de Loyola cuentan que antes de decidirse a fundar orden nueva estuvo pensando en profesar en alguna de las antiguas, y desde dentro reformarla. No sé si fue él mismo u otro sabio el que le quitó de la cabeza este disparate. Hubo, pues, Compañía de Jesús. Pero la hubo, y muy exitosa, al precio de repetir con creces el abuso de los privilegios y franquicias, imponer a sus miembros la obediencia más ciega jamás conocida, y hacer gala de opacidad y maquiavelismo.  Sint ut sunt, aun non sint (‘sean los jesuitas como son, o no sean’) fue la respuesta seca del General de la Compañía al Papa, que para salvarla sugería unos retoques ‘a lo Gattopardo’.
       El mismo dilema incumbe al sistema de partidos. Renovar lo que hay sería trabajo hercúleo, pero tampoco los nuevos lo tienen fácil, en un espacio electoral copado por los grandes corruptos. Más luego el desengaño de tanto regenerador populista que pronto se revela de igual condición que sus congéneres.

       2. Autonomías privilegiadas y pulsión centrífuga
       De las autonomías no hay más remedio que hablar, porque por ellas pasa el culebrón casuístico. Se veía venir, con ese mapa disforme, y en el mismo esas manchas privilegiadas como ‘históricas’. Al bono representativo y otros gajes de origen, se ha sumado luego la interpretación más y más laxa, que las comunidades ‘históricas’ han hecho de su privilegio. Ahora bien, ese sistema y privilegio están recogidos en la Constitución, lo que pone difícil cualquier reforma no revolucionaria.
       Una de las puntas de la alfombra autonómica que más ha mostrado su parcela de corrupción es Cataluña. Como es lógico, ha escandalizado más lo pecuniario,  pero aquí con el añadido de la corruptela institucional admitida. La disculpa catalana hace hincapié en su agravio comparativo, en referencia al sistema fiscal vasco. Y lógicamente, todo el mundo ha mirado a Euskadi, como también a Navarra.
       ¿Hay menos corrupción en Vasconia? Si se mide por el escándalo mediático, eso parece, aunque haberla, hayla. Lo que ocurre es que mete menos ruido casuístico, por ser más institucional. Porque para un ojo crítico no nacionalista, la CAV sería el miembro más corrupto de todo el organismo democrático español. Suena duro, pero no lo es si se explica debidamente.
       Todo nacionalismo, y el vasco muy a su manera, tiene una noción patrimonial paternalista del ‘territorio-pueblo’, que unida al hecho de haber tenido un partido hegemónico tanto tiempo, ha propiciado un  clientelismo mafioso, que aquí se ve como natural, ni bueno ni malo.
       Ese es aquí el sentido del término ‘corrupción’, o si se prefiere (para no ofender), ‘disfunción’. Y no sólo en el ámbito económico. Toda la presión ‘normalizadora’ por parte del gobierno, en la toponimia, la lengua y el identitario en general, adolece de esa corruptela.
       Según la Constitución, art. 152. 1., cada Presidente de Comunidad Autónoma ostenta la ‘representación ordinaria’  del Estado en la misma. Sin embargo, en Cataluña o en Euskadi nadie diría que es así, ni que el Lehendakari o el President ejercen esa representación preceptiva, cuando ni siquiera se acompañan de la bandera nacional en sus comparecencias.  
       De hecho, en las comunidades ‘históricas’ vamos a la ausencia práctica del Estado. Se incumplen sus normas, se retiran sus símbolos, se exige el ‘repliegue’ de fuerzas del orden nacionales, como si fuesen de ocupación, etc.
       La lectura maximalista que los nacionalismos hacen de unos textos que, por lo demás, desprecian como ajenos a su meta secesionista, es un jaque continuo  al espíritu de la Constitución, sin que a los gobiernos centrales sucesivos parezca preocuparles, ni al Tribunal Constitucional tampoco.

       3. Mayoría absoluta
       El Partido Popular ha subido al poder, más que por mérito propio y solidez  programática, por la incompetencia de Rodríguez Zapatero. Más aún, tanta era la repulsa general a este personaje, que el electorado la expresó del modo más elocuente: con la mayoría absoluta. Y en democracia, la mayoría absoluta es lo más parecido que cabe a una dictadura.
       La dictadura en Roma era un poder discrecional extraordinario, que a veces se tomaba, como hizo Sila y luego César, pero otras se ofrecía incluso a quien no parecía desearla. Lo mismo se dio en ciudades griegas, donde la dictadura se llamaba tiranía.
       Pompeyo se negó a ser dictador en la crisis del I Triunvirato, el 54-53 a. de JC, cuando se llegó a la guerra civil entre el mismo Pompeyo y Julio César, que victorioso  se proclamó dictador perpetuo. Fue de nuevo el caso de Augusto el 22 a. de JC., cuando rehusó la dictadura, según dijo, «ofrecida en mi ausencia y en mi presencia, tanto por el pueblo como por el Senado».
       Traigo esto de la dictadura, porque en una ocasión (eso dicen, yo no lo oí) el comedido Rajoy reprochó a Zapatero ser «una especie de dictador comunista». Bromas aparte, la traigo sólo como ejemplo –en democracia no hay poder discrecional–, entendiendo la mayoría absoluta como mandato a la acción, sin la excusa de deberle concesiones a nadie.
       Bien, ¿y qué es lo primero que hace Mariano Rajoy Brey del Gran Poder? Pues condecorar a su vencido con el Collar de la Orden de Isabel la Católica, y al que ha sido ministro de aquél, Manuel Chaves, con la Gran Cruz de la misma Orden.
       ¿Pero no quedábamos en que los socialistas todo lo hicieron mal? Visto desde la oposición, sí. Pero ahora don Mariano toca (¡por fin!) la meta de su deseo, y por ende le toca pagar el rito de los honores recíprocos. Porque idéntico collar, en otro alarde obsceno de corruptela rampante, ha ido adornando de forma automática el pescuezo de Felipe González y José María Aznar, y en su día rodeará también el de Rajoy y sucesores, hagan lo que hagan o dejen de hacer. Tal vez por eso, don Mariano en su investidura se permitió lo nunca oído a él  desde el banco de la oposición: reconocer que Zapatero,  «como todos, tuvo aciertos y equivocaciones». Sólo le falto añadir, «al 50 por ciento, mitad y mitad».
       ¿Estamos por la labor de abrir el frente anti corrupción en serio, con todas sus consecuencias? Rajoy alardea de pulso firme y asegura que sabe lo que tiene que hacer y lo hará. Por nuestra parte, es tanto el apremio de que esta cuadra se limpie y el país funcione, que aun sin hacerme yo ilusiones, sería el último en pedir al jefe que se vaya, porque una ocasión como la que ofrece esta mayoría absoluta es irrepetible, hasta donde alcanza la vista.

       4. Corrupción sin elogios
       Antes de darme todo este mal rato y gasto,  por mi inclinación juguetona  andaba yo buscando para ofrecer alguna pieza divertida sobre la corrupción: una parodia, una sátira menipea, un ‘elogio’. El modelo definitivo es el Encomio de la Necedad, el mejor Erasmo.
       Y mira que se ha prodigado el género, celebrando con más o menos chispa a la pulga, a la chinche, el jumento, la calvicie, la sordera, el estrabismo,  la fiebre cuartana, la envidia, la embriaguez… ¡pero qué digo!, hasta la medicina y la jurisprudencia tienen su encomio; también la vida monástica, la laboriosidad y, por supuesto, Polonia. De todo eso se pesca hoy en la Red. Por eso animo a quien me lea: busque con más suerte que yo algún elogio de la corrupción, pues diríase que nadie gasta bromas con ella.
       Desesperado, también consulté a la vieja ‘Espasa’. Monumento catalán, al fin, a ver qué nos cuenta sobre corrupciones.
       ¿Y bien? Menudo chasco. El artículo ‘Corrupción’ sólo trae dos acepciones: la filosófico-escolástica, y la corrupción de menores. La corrupción filosófica desentraña el binomio ‘generación/corrupción’, según el axioma: corruptio unius, generatio alterius. La otra entrada, corrupción de menores, hasta se ahorra latinajos.
       En cuanto a la corrupción política, será por su pudor habitual, pero esa enciclopedia no le da entrada. ¿O sí? A lo mejor es la parodia buscada en vano, sólo que aquí viene en clave. Corruptio unius… Ya lo tengo: En politica nada se crea ni se aniquila, todo se corrompe. En cuanto a corrupciones de menores, lean y vean si cuanto allí se dice no será parábola sobre la corruptela educativa en el nacionalismo identitario.



martes, 12 de febrero de 2013

El Papa lo deja


Benedicto XVI en 2010, ante la efigie-relicario del papa S. Celestino V, tras el terremoto de 2009




La noticia de la abdicación de Benedicto XVI bien puede decirse inesperada, pero no sorprendente. Lo habría sido –y más que eso, impensable– en su predecesor Juan Pablo II. Wojtyla encarnaba la idea o mentalidad del papa trascendente, sobrehumano, cuyo físico mortal es mero soporte de una presencia divina indefectible, donde la renuncia no tiene sentido. Ratzinger es más de la casta de los papas humanos, razonables y dubitativos. Como Juan XXIII (Roncalli), Pablo VI (Montini),  Benedicto XIV (Lambertini), que aunque no abdicaron, lo habrían hecho sin aspavientos, de haber visto razón para ello.

Gregorio XII 
Las gacetillas encarecen que la última dimisión papal ocurrió hace seis siglos. En efecto, en 1415 abdicó Gregorio XII. Pero aquella dimisión fue muy especial. Fue en la crisis del Gran Cisma de Occidente, cuando en la Iglesia llegaron a concurrir hasta tres papas, con gran incertidumbre de cuál fuese el legítimo, si alguno lo era. Una de las salidas del atasco era la ‘vía de cesión’ o renuncia simultánea de los rivales, para proceder a una elección limpia y segura.
En tal impasse prendió también la idea del ‘conciliarismo’. El señor Papa, por muy Vicario de Cristo y Jefe de la Iglesia que sea, no lo es tanto que no esté sujeto a la autoridad de la misma Iglesia constituida en Concilio General.
El Concilio de Constanza (1414-1418), convocado por el Emperador Germánico Segismundo para acabar con el cisma, actuó en consecuencia y  presionó a los tres rivales. Renunciaron Gregorio XII y el entonces llamado Juan XXIII: papa y antipapa. Pero en cambio Benedicto XIII, Pedro de Luna, se mantuvo ‘en sus Trece’, y el Concilio no tuvo más remedio que deponerle en rebeldía (26 julio 1417).
La postura de Luna ha sido criticada por muchos aspectos. Sería chiste fácil decir que no dimitió porque era aragonés, o porque un español no dimite. Personalmente veo que su negativa, aunque nada realista, era lógica –más que la de Gregorio–, en la línea de la idea del papado absoluto, que terminaría trunfando sobre el conciliarismo. En Luna se puede dudar de su acierto y rectitud en el punto de arranque –él había sido de hecho el promotor del Cisma–, pero su firmeza hasta la muerte debería merecerle nota positiva para cualquier detractor del conciliarismo.

Celestino V 
Remontándonos más en tiempo, encontramos un renuncio algo más parecido al actual. Sólo ‘algo’. Celestino V fue elegido papa el 5 de julio de 1294, y no había acabado el año cuando, el 13 de diciembre, abdicaba voluntariamente.
Aquel papado meteórico fue muy particular. Tras dos años y tres meses de sede vacante, de pronto el cónclave se pone de acuerdo y elige nemine discrepante a un ermitaño llamado Pedro Angeleri (1215-1294), que retirado en una cueva del monte Morrone (2061 m), en los Abruzos, imitaba la vida de San Onofre, San Macario Romano y demás Padres del Yermo en su versión más hirsuta. Lo que no significa que el religioso  fuese un zote, pues tuvo formación monástica benedictina y era presbítero, con estudios clericales cursados en Roma. Pero su vida estaba allí, en el paraíso solitario que hoy es Parque Natural del Abruzzo, absorto en la contemplación y en pequeñas milagrerías aldeanas. Y de la noche a la mañana, ¡zas!, ni obispo, ni patriarca, ni cardenal: papa, y por unanimidad.
¿Cómo así? Por supuesto, el de Morrone no era ningún desconocido. Veinte años antes había ido a pie hasta León de Francia, con ocasión del Concilio Lionés II (1273), para defender allí su propio estilo de vida religiosa. Aun así, su elección papal se hacía tan rara, que los propios conclavistas reconocieron haberse movido ‘quasi per inspirationem’
Sin hacer de menos al Espíritu Santo, nada impide ver también manos políticas, tanto la seglar como la clerical.
En la primavera de 1274, Carlos II el Cojo de Anjou, rey de Nápoles, se coló en la sala del cónclave, teóricamente sellada, para meter prisa a los electores, porque él personalmente la tenía para que un papa bendijera su acuerdo con Jaime II de Aragón, para quedarse él también con Sicilia. Y aunque Carlos salió despedido con cajas destempladas, fue la ocasión de airear unas profecías frescas del santo ermitaño Pedro de Morrone, emplazando a la Iglesia para el 1º de noviembre, con grave castigo si para entonces no sacaban papa.
Los historiadores más suspicaces piensan que en aquel ajo anduvo también uno de los conclavistas, Benito Caetano. Este cardenal ambicioso y calculador llevaba metida en su cerebro de jurista la idea papal gregoriana, que en nadie encajaba mejor que en él mismo. Y para ir derecho a este fin, el bueno de Celestino le sirvió de rodeo dilatorio. Aquella caricatura de papa silvestre sería su instrumento para dotar a la Iglesia de otro  verdadero papa como Dios manda: Benito Caetano.
Personaje tan influyente, y a la vez tan rico, no tuvo dificultad en caldear entusiasmo hacia el electo profeta. Mas no todos tragaban el anzuelo. Fra Jacopone de Todi, franciscano ‘espiritual’ y poeta popular religioso, aunque a sus ratos también satírico, se receló de la jugada, y puso en circulación unas coplas donde  pasaba revista a la galería de tipos corruptos que formaban el nuevo paisaje del papa-ermitaño: cardenales, prebendados, rábulas, todos y cada uno a sus gajes:

Chè farai, Pier da Morrone?
Sei venuto al paragone.

Eso, ¿qué vas a hacer? Separar el trigo de la cizaña, eso se queda para los ángeles del Juicio Venidero. ¿Qué vas a hacer tú, pobre monje sin experiencia del mundo?
Ahora bien, la historia del monacato nos advierte de mirar con más respeto a unos anacoretas, que a veces tenían de todo menos de simples. Pensemos por ejemplo en Francisco de Paula (1416-1507), otro ermitaño áulico, todavía popular hoy en día como ‘San Francisquito’, el Santuchu en Bilbao. En un tiempo en que reyes y príncipes, obispos y papas no movían dedo sin consultar con su astrólogo, un sujeto de la clarividencia profética del nuevo Francisco era un mirlo blanco para los reyes de Francia, que le pusieron jaula en su corte...
No divaguemos. Nuestro Pedro mostró tener su trastienda. Y en vez de correr en busca de los cardenales, les citó él a su terreno, que era también el de Carlos como rey de Nápoles. Montado en un asno y aclamado por las gentes, como Cristo en Jerusalén, hizo su entrada el nuevo papa en la ciudad de L'Aquila (Abruzo). Significativamente, llevaban la brida Carlos II y su hijo el príncipe Carlos Martel. Luego, en la bonita iglesia  de Santa María de Collemaggio, extramuros, tuvo lugar la coronación de Celestino V, hechura a la vez de Caetani y de Carlos, aunque de momento más prisionero del rey que títere del cardenal.
Esto lo vio muy pronto Celestino, cuando quiso ir a tomar posesión de su verdadera sede, Roma, pero Carlos le ‘sugirió’ de forma tan respetuosa como persuasiva disfrutar de su hospitalidad, residiendo en el Castillo Nuevo de Nápoles.
Consciente de su verdadera situación, y en la duda (bastante común entonces) de si un papa puede abdicar, propuso tomarse unas vacaciones en su yermo, dejando como corregentes a tres cardenales. Esta solución obviamente no fue bien acogida. Fue entonces la hora de Caetani para ofrecer al papa sus servicios de gran canonista. Él mismo se encargó de redactar dos documentos, que se leyeron uno tras otro en consistorio de 13 de diciembre. El primero era una bula autorizando la abdicación de un papa por razones graves. Quitado así todo escrúpulo, el segundo documento leído era aplicación del primero, siendo renunciante el propio Celestino.
Lo que no sabía éste –o tal vez sí, siendo profeta– era que con su abdicación firmaba su sentencia de muerte. Dueño Caetani de la situación, a los diez días se juntaba cónclave en el mismo Castillo Nuevo, donde en una sola jornada, el 24 de diciembre, Don Benito tendría su nochebuena ya como papa, con el nombre de Bonifacio VIII (1294-1303). Afirma Dante que sus dineros le costó, pues según dice, él le vio en el infierno de los simoníacos (Inferno, 19: 52-57). Y eso que aún no había muerto.
Uno de los cuidados de Bonifacio fue retener a Celestino preso, por si a alguien se le ocurría reponerle. El año siguiente, 1295, consigue fugarse, pero es localizado y a mediados de mayo detenido. Un año después moría en su última cárcel, una de las más siniestras de toda Italia. Según unos, envenenado, o de hambre según otros, por orden de su carcelero, Bonifacio. Un nombre, Boni-facio, que ya entonces daba para chistes.
La dimisión de Celestino fue juzgada muy contrariamente. Para Dante que, sin nombrarle, también vio su sombra en el Infierno, fue un acto de cobardía (Inferno, 3: 59-60): 
vidi e conobbi l’ombra di colui  
che fece per viltà il gran rifiuto

       Los comentaristas mayormente dan por cierto que el pasaje se refiere a Celestino, y que ‘la gran renuncia’ era abdicar del papado. Pero la vileza o cobardía no se ve por ninguna parte. En todo caso, el círculo infernal de Celestino está muy por arriba del de su verdugo.
       En fin, algunos otros abandonos papales se citan, pero no haremos mucho caso por ser remotos y poco claros.

       El Papa del Olivo
       ¿Pero puede un sumo pontífice renunciar? Hombre, a primera vista, si un papa puede ser depuesto por alguien, con más razón puede ‘deponerse’ a sí mismo. Y papas depuestos, sin contar antipapas, se citan al menos nueve.  Alguno tan curioso como Benedicto IX (1032-1044), verdadero ‘papa-guadiana’ o de quita y pon para las facciones romanas. Pero eso era en el ‘siglo de hierro’ del Pontificado.
       Lo que no dejará de sonar, con ocasión del próximo cónclave, es que con esta abdicación Benedicto adelanta el fin de los tiempos. En efecto, en la Profecía de San Malaquías él hace el penúltimo de la lista de papas, con el lema personal de Gloria olivae. Un título cuyo acierto sólo ahora se ve; porque oliva es la aceituna, pero también su árbol, el olivo. Pues eso: tomar el olivo. Algún intérprete hispano ya se lo habrá explicado así a al papa.
       ¿Y detrás? Pues detrás, penitenciágite. Porque según la misma profecía, «en la persecución extrema de la Santa Iglesia Romana, se sentará Pedro Romano, que pastoreará las ovejas en muchas tribulaciones. Pasadas las cuales, la (Ciudad) de las Siete Colinas será destruida, y el Juez Tremendo juzgará a su pueblo. Amén.»
       Aunque también es posible que el vaticinio hable en parábola, y lo que llama persecución y tribulaciones represente la gran crisis de valores y de ideas que, al parecer, ha superado al anciano José Luis Ratzinger.
       Y en verdad tiene que ser angustiosa paradoja: saberse uno infalible, y al mismo tiempo no saber qué decidir sobre cada problema que surge a cada paso.
       En estas circunstancias, un espíritu reflexivo y científico tal vez no sea la cualidad más recomendable, según algunos. Incluso habrá quien añore una vieja estampa de otros tiempos: en plena borrasca, agitada por las olas, la Barca de Pedro pilotada por Cristo en persona, mientras su Vicario, un relajado Pío IX, inspirado por el Espíritu Santo y un buena copa de Montefiascone, resuelve el crucigrama y los acertijos del diario.




lunes, 28 de enero de 2013

Tomás de Aquino y clones humanos



No acabo de acostumbrarme al cambio de fecha. Santo Tomás de Aquino siempre fue un día escolarmente gozoso, el 7 de marzo. Todavía lo era siendo yo estudiante mayorcito en la Complutense.
Incluso vivo para contar un pequeño milagro del Santo –una gracia suya, más bien–, un 7 de marzo. Aprovechando el festivo académico, varios amigos habíamos quedado para comer en Salamanca. El día salió anticiclónico, espléndido, aunque algo frío. Así que, bien forrado con un peto y espaldar de periódicos bajo el cuero (entonces no había tanto arreo térmico), caballero en mi ‘Bultaco’ me puse en carretera.
Ya por Villacastín se hacía patente que la temperatura, digamos, ‘exterior’ estaba bastante por debajo de cero. La prueba definitiva fue en Ávila, donde hago un alto delante de un café y oigo a dos ancianas comentando la helada. «Si los viejos del lugar hablan de ello, es que es de órdago», me dije
Y lo era. Queriendo despegarme de la montura, no me fue posible. La máquina y yo éramos como de una pieza. Sólo con ayuda ajena volví a ser peatón y pude reconfortarme con caldo caliente al jerez. Gracias sean dadas a Santo Tomás por haberme librado de la muerte dulce.

Desde 1969, Santo Tomás de Aquino se celebra el 28 de enero, día en que sus restos mortales fueron trasladados desde la Abadía de Fossanova, donde murió el 7 de marzo de 1274, a la iglesia de los ‘jacobinos’ (dominicos) de Tolosa en 1369. Y cada año me pilla de sorpresa.
Hoy este devoto dedica la jornada a divulgar una de las tesis más curiosas del ‘Doctor Santo’, como le llamaron sus cofrades dominicos, mucho antes de una canonización que se tomó su tiempo, cincuenta años (Juan XXII, 1323), en una de las épocas más conflictivas y corruptas de la Historia Eclesiástica.
El enunciado de la tesis podría ser éste: ‘Los humanos clónicos no heredan la culpa de Adán, vienen al mundo sin pecado original y así no necesitan bautismo que se lo quite.’  (Razón de más para prohibir la clonación humana, añadirán algunos por su cuenta.)

Un ‘banquete aristotélico’
El 29 de octubre de 2010 la Universidad del País Vasco invistió como doctor suyo ‘honoris causa’ al biólogo Francisco J. Ayala. Fue su padrino en el acto el Prof. Félix Goñi Urcelay, buen amigo, a quien el año pasado dediqué una entrada, ‘Al Rey de losIngleses’.
Al acto académico siguió el Prandium Aristotelis’, como llamaban en las academias de la Edad Media y Renacimiento al banquete de grados, porque entre plato y plato, entre pote y pote, los maestros se lucían ante los nuevos doctores con algún debate, en serio o mejor en broma. Era ocasión jocosa para el amusement, las paradojas, los tópicos y el torneo de las palabras [1]
La sorpresa para mí fue recibir días antes una invitación nominal a la investidura y (lo más insólito) también a la comida. No podía yo adivinar que, para colmo, mi lugar a la mesa estaba fijado a la diestra del Dr. Ayala, una eminencia biológica de ámbito mundial.
       Quien me lea se estará haciendo la misma pregunta que yo: ¿qué se le había perdido  a Belosti en Aixerrota, el viejo Molino de Viento de Guecho, transformado en restaurante? ¿Qué pintaba al lado de otro biólogo que tuvo como director de tesis al mítico Dobzhansky, de un multi doctor honoris causa, un ex Presidente de la AAAS, y todo lo que se nos ocurra?
       Muy simple, todo fue humorada del amigo común y padre de la iniciativa, el Dr. Goñi. Se trataba de comentar con Ayala –que de joven militó en la orden de los dominicos– una idea de Santo Tomás de Aquino en relación con un aspecto tan palpitante de la Biología como es la clonación humana. Unos textos que yo había encontrado intrigantes, porque planteando un caso puramente teórico, irrealizable en el siglo XIII, hoy en día está como quien dice al alcance de la mano, con la tecnología de las ‘células madre’. Un caso nada baladí, por juntar Biología y Teología, todo en relación con la herencia del Pecado Original y la necesidad de bautismo para la generalidad de los humanos.

Pecado de transmisión sexual
Todo parte de un supuesto dogmático. La culpa de Adán comiendo la fruta prohibida trajo cola para toda su descendencia, que por el hecho de venir al mundo por generación sexual hereda algo de aquella culpa. En eso consiste el ‘pecado de origen’, y una de las funciones del bautismo es borrar ese pecado, inevitable como herencia de transmisión sexual. San Agustín en ese punto fue tajante.
Este supuesto implicaba un corolario: si algún humano naciese, no de contacto sexual, sino por generación sin sexo, ¿heredaría ese pecado original? ¿habría que bautizarle? Tomás, como buen agustiniano, se pronuncia por el no. Y lo hace tan tranquilo; porque a ver cómo se hace un ser humano sin pasar por ventanilla.
Mi primer encuentro con esa especulación lo tuve manejando su ensayo sobre El Mal [2]. El mismo razonamiento se resume más tarde en la Suma Teológica [3].
La idea de generación que se maneja es la de Aristóteles en versión escolástica. Juegan en particular los conceptos de generación/corrupción. «No puede haber generación sin corrupción». Claro que, en la generación biológica, «el intento directo y principal [de la naturaleza] no la corrupción, sino la generación exclusivamente». [4]
Vamos ahora con el pecado original:
El citado ensayo sobre El Mal se pregunta, ‘Si los que nacen de Adán sólo materialmente contraen pecado original’. Y como era norma metódica, se empieza por las razones en contra: videtur quod sic, ‘parece que sí’, o sea, que no [5]

«La carne del hombre pecador está infectada de pecado in actu (de hecho), mientras que el semen sólo in virtute (virtualmente), pues al carecer de ánima racional no es susceptible de infección de pecado. Por tanto, el hombre que milagrosamente se formase de la carne de alguien que tiene el pecado original, por ejemplo, a partir de una costilla, o del pie o la mano, contrae más la mancha del pecado original, que si ese mismo hombre se generase a partir de semen.»

Con esto ya vamos enterados de que va a ser justo lo contrario: el ser humano que se formase a partir de carne de otro individuo, digamos, de una costilla, pierna, mano, dedo etc. de otra persona, hereda de ella la plenitud de la naturaleza humana… pero sin el pecado original. Para esto último es condición necesaria que el hombre se forme a partir de semen masculino.
Siguen más razones, hasta seis, que parecen apoyar la teoría falsa.
Cerrado el trámite, el autor pasa a la contraofensiva:

«Pero en contrario obra lo que dice san Agustín, que Cristo no pecó en Adán, ni pago diezmo en el físico de Abrahán, pues no estuvo allí presente según la razón seminal, sino sólo según la sustancia corpulenta [6]

Esta es la clave de bóveda del argumento: generación por razón seminal frente a generación por sustancia corpulenta. En terminología biológica, yo traduzco: generación por línea germinal, frente a generación por línea corporal o somática; o lo que viene a ser lo mismo, reproducción sexual y asexual. Bien entendido que ‘sexual’ no implica juego de sexos; la partenogénesis es también una forma de generación sexual. 

N.B.: Cosa muy distinta es cómo entiende Tomás esa diferencia. Como va a decir ahora mismo, sólo la vía germinal es ‘activa’ (con ‘acción’ a partir del primer padre, transmitida por los otros progenitores, siquiera los masculinos), mientras que lo propio del soma (de origen primariamente femenino) es la inercia o pasividad. Al Angélico le parece que esa inercia sólo es capaz de prolongarse en sí misma, transmitiendo al nuevo ser la mera naturaleza humana, íntegra (eso sí), pero sin elementos añadidos, como es el pecado de origen. Esta es mi lectura. Pero mejor seguir leyendo:

Respuesta. Distingamos ambos principios complementarios para la acción generativa: uno  activo (masculino) y el otro pasivo, inerte (femenino).

«El pecado original se deriva del primer ancestro a la posteridad, en cuanto que la posteridad viene movida por el primer ancestro, por su origen. En cambio, lo propio de la materia no es mover, sino ser movida.
Si un hombre se formase de nuevo a partir de tierra, no contraería el pecado original. Pues bien, tanto da que sea de tierra, como que proceda de Adán sólo materialmente. Porque en cuanto a la condición humana, no importa de qué materia se forme, sino por qué agente se forme; ya que del agente recibe la forma y disposiciones; mientras que la materia no retiene la anterior forma o disposición, sino que adquiere otra nueva, por generación.» 

El mismo argumento en la Suma Teológica, algo más explícito y más crudo:

«El pecado original se transmite del primer padre a los descendientes, en cuanto que son por él movidos por generación, como los miembros son movidos por el alma al pecado actual. No hay moción hacia la generación sino por la fuerza activa en la misma generación. De ahí que sólo contraen pecado original los que descienden de Adán por la fuerza activa.» 


El clon inmune
Hemos llegado, creo, al nudo del problema, y también al error (o sofisma) que santo Tomás comparte. Un prejuicio machista lo enreda todo. Sin macho (‘agente’, principio activo) no hay ‘acción’ (transmisión hereditaria natural, para el caso), y sin ella, aunque haya generación, tal generación es diferente, es ‘otra cosa’.
Transportando la música a clave de hoy, diríamos (desafinando) que sin fecundación masculina no hay herencia genética propiamente dicha. Lo cual es biológicamente falso. Tomás no habla aquí mismo de partenogénesis, pero si lo hiciera daría igual, porque ya ha dicho que la mujer sólo aporta materia pasiva. De hecho, al final del artículo hablará de partenogénesis (sin nombrarla así, en griego): en la concepción virginal de Jesucristo por María. Aquí faltó el principio activo humano, función seminal mimetizada y suplida por el Espíritu Santo.
«Si por milagro se formase… no contraería el pecado original» Conclusión tan tajante, ¿no era algo temeraria? Para Tomás, como para el adversario, no lo era. Él y ellos insisten: «si por milagro». Milagro divino, se entiende; y Dios no malgasta milagros contra sus propios decretos.
Sólo por milagro podría ese pedacito de carne humana (por el trámite de la corrupción/generación) desarrollarse en ser humano Un milagro, a los efectos, casi tan grande como humanizar un muñeco de barro. Yo diría incluso que Tomás ni siquiera piensa en una generación necesariamente unívoca: materia humana generando  organismo humano. Los antiguos también hablaban de generación equívoca, donde al fallar la fuerza dirigida y directora del semen, podría resultar cualquier cosa, viva o inerte, incluso un monstruo.
A pesar de todo, Tomás cree en la potencialidad humana completa del soma y cada una de sus partes (o eso me figuro yo), pues el milagro de humanizar un pedazo de carne no implicaría crear nada nuevo, sólo extraer toda la potencialidad inherente a esa carne. Digamos (si lo entiendo) que Dios, con el hipotético milagro, suple la vis activa propia del macho. Es como la acción del Espíritu Santo haciendo que la Virgen conciba.
Tal error y desconocimiento de la integridad genética del soma es comprensible, pues ni siquiera la primera teoría celular lo superó. Tomás de Aquino nada sabía de células, incluidas las totipotentes ‘células madre’. Lo que entonces requería un milagro, hoy está al alcance de la mano, cuestión de técnica.
La vinculación del pecado original al sexo, hasta convertir dicho ‘pecado’ casi en enfermedad venérea de transmisión sexual, no sé si tiene mucho que ver con las preocupaciones del filósofo Estagirita y su Peripato. Tal vez santo Tomás abusa de su Aristóteles poniéndole al servicio del pesimismo agustiniano y de la noción de concupiscencia o apetito sexual, la ‘yesca del pecado’ (fomes peccati). Una seudofilosofía ancilar, al servicio de dogmas no filosóficos.
Ha llegado, pues, la hora de que el alumno se aprenda de carrerilla las respuesta correctas a las objeciones:

«A lo primero, decir que si algún hombre se formase de un dedo o carne de otro hombre, eso no podría ser sino por corrupción degenerativa de dicha carne, porque la generación de lo uno es corrupción de lo otro. Por ende, la infección [pecaminosa] que antes hubo en dicha carne no aguantaría el proceso ni quedaría allí para infectar a la nueva alma.
[…]
A lo tercero, decir que el pecado original no pertenece a la naturaleza humana absolutamente, sino en cuanto que deriva de Adán por vía seminal, como queda dicho.
A lo cuarto, decir que de haber pecado sólo Eva, y no Adán, los descendientes de ambos no contraería pecado de origen, porque este se contrae por el principio motor generativo humano, el cual radica en el semen, según el Filósofo... [Vuelta con Aristóteles metido a teólogo cristiano...]
A lo quinto, decir que…

En conclusión
       Pues eso, a lo quinto, decir que aquí lo dejamos, porque el compromiso de hoy queda zanjado. (Además, si no publico ya la entrada, me paso de fecha.)
Un reflexión final. Gran fallo de la Teología escolástica –o la Teología, a secas– fue empeñarse en materializar conceptos religiosos, mientras se prescindía de la observación y experimento del mundo material. De ahí callejones sin salida, como la transubstanciación o mutación eucarística, la cosmografía del más allá, la virginidad de María y su concepción inmaculada, o la transmisión física de una culpa de origen.
De hecho, prácticamente todos los escolásticos ‘científicos’ fueron sospechoso de alguna heterodoxia. Los demás se conformaron con un tipo de argumentación más propia de juristas y picapleitos que de científicos. El objetivo de la disputa era quitar la razón al contrincante. La lealtad a la respectiva ‘escuela’ y la rivalidad entre ellas, que era rivalidad entre órdenes religiosas, bien valía la esgrima.
Se dice que el mismo Santo Tomás, al final de sus días, desautorizó lo mucho que había escrito: «todo me parece paja», le dijo a su secretario fray Reginaldo. Este buen fraile lo entendió como que el maestro había tenido alguna iluminación sublime, una revelación de la Verdad absoluta. Recordemos sin embargo que ‘paja’ (palea), en la jerga jurídica, era la morralla argumental metida para hacer bulto en el Derecho Canónico, concretamente en el Decreto de Graciano. Yo creo que con lo de la ‘paja’ Santo Tomás se refería a ese vicio tan escolástico de quedarse en la ‘verdad jurídica’, a golpe de ‘autoridades’, sin una base de investigación objetiva del mundo real.


Al mes justo de aquel encuentro y conversación con Ayala recibí este correo suyo:

Querido Jesús:
Muchas gracias por el escrito, que me llegó a través de Félix Goñi, y he leído con interés y cierto ‘amusement’.
El texto de Santo Tomás me ha recordado que yo publiqué en 1960 el volumen XIV (xx+963 páginas) de la edición bilingüe de la Summa Theologiae de la BAC.
Yo hice la traducción, y M. Cuervo, O.P., las introducciones y comentarios.
[…]
Un abrazo,
Francisco.

        Así que había estado departiendo con alguien que sabía infinitamente más que yo, no sólo por supuesto de clonación y de Biología, sino también de Tomás de Aquino. Con doble motivo, pues, doy de nuevo gracias al Santo bendito, mi protector, que apiadado de mí (a pesar de nuestras discrepancias), no me dejó desbarrar más de lo normal en presencia de un sabio de cuerpo entero: científico, filósofo, teólogo, humanista, enólogo, epicúreo y excelente persona,  Francisco José Ayala. 

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 [1] Cfr. Cartas de Desconocidos, 1, 1 ('El banquete de Aristóteles'). J. Moya (ed.), Univ. de Málaga, 2008, págs. 89-91 y 273-276.
[2] En las Cuestiones disputadas.
[3] I-II, cuest. 81, art. 4. También hay referencias en los Comentarios al libro II de las Sentencias.
[4] El Mal, cuest. 1, art. 3 (‘Si lo bueno es causa de lo malo’).
[5] Ibíd., art. 7.(‘El pecado original’).
[6] El Génesis a la letra, 10, 20, n. 35 (PL 34: 424) Con rara intuición, San Agustín suena moderno cuando compara la reproducción por vía seminal a una ‘transcripción genética’, que comprendería tanto las excelencias como los defectos, la concupiscencia o ‘ley de los miembros’, contraria a la ‘ley de la razón’: «Vulnus prevaricationis in lege membrorum repugnante legi mentis, quae per omnem inde propagatam carnem seminali ratione quasi transscribitur» (ibíd. cap. 20 al final).