«Procuren amb la major vigilancia y cuydado registrar y premeditar les veus que se han divulgat per atemorisar als Pobles Lleals y Fidelissims, y posarlos en lo mes sensible treball ab lo falso pretext de que: Lo Rey nos ha dexat; Esta Guerra es contra la voluntat del Rey; Los Privilegis sols son per los Nobles y Gaudints, puix clarament se ha vist convençut en est Capitol, esser tot fals y fingit per continuació de son perniciós engany.»
(El Despertador de Cathalunya, 1713)
Más de una vez, abordando el caso vasco, he dicho que por principio evito compararlo con lo catalán, que conozco menos y no me es familiar. Sin embargo, la intemperancia del President Artur Mas en víspera de elecciones pone a Cataluña en candelero, y quieras o no te haces idea.
Una supuesta diferencia clave entre las vías vasca y catalana sería la violencia como instrumento de acción política. Los propios catalanes lo asumen: ellos no son violentos practicantes, incluso cuando son comprensivos con la violencia etarra.
Esa pretensión tiene de malo que no se sostiene. La bipolaridad incluso contradictoria es innata al hombre, a un mismo hombre. Como Xirinacs, que con todo su pacifismo llevaba dentro la capacidad de digerir el terrorismo, si venía adobado como lucha patriótica contra la opresión. Un caso típico de guerra justa, tal como lo expresó el ya ex reverendo en su discurso del Fossar (11/09/2002). Allí el nobelable de la Pau se pronunciaba sin ambages por ETA contra el Estado, sin reparar en las víctimas inocentes, salvo para declararlas daños colaterales no culposos:
«Eta, como está en guerra, mata, pero no arranca las uñas… ETA no tortura… ETA, cuando tira una bomba que pueda herir a gentes que no son militares, o que no estén relacionados con los opresores, avisa… y si a veces hieren a algún inocente, no es esa su voluntad. »
[«Si a veces hieren a algún inocente...», tiene coña el padrecito. “Hijo, ¿heriste, sí o no? ¿consentiste en ello? ¿cuántas veces, cuántos inocentes? ¿heridas veniales o mortales?”: preguntas que Xirinacs debió de conocer en su práctica de confesonario, antes de convertirse en un cínico o un descarriado moral, allá él.]
Y Artur Mas, ¿es también bipolar? El discurso de Mas es formalmente cívico, lo que no le impide sembrar a voleo expresiones de campo semántico violento. Sus bravatas sobre su referéndum catalán («con o sin la ley», «cuando empiecen las bofetadas fuertes», «movilización constante del pueblo», «golpear») rezuman violencia, aunque él la disfrace como «la fuerza de la democracia».
¿Metáforas? El Diablo las carga. Para romper la baraja cívica y violar el Derecho no hace falta una fuerza física, que tal vez no se posee o no conviene usar. También el radicalismo vasco desiste de la fuerza bruta por ahora, cuando ETA es un petardo de feria, y por otra parte ‘no toca’, porque el brazo político ya es legal, y el objetivo ahora es hacerse, no con el poder, sino con el control del sistema democrático.
Como el discurso nacionalista vasco, también el nacionalismo de Mas es agresivo, aunque lo disimule haciéndose la víctima. Su intención es «no romper nada», es España la que rompe con Cataluña. Tan es así –amenaza el indefenso– que, en caso de separación, España tendría que vérselas con la Unión Europea, no Cataluña («somos una vieja nación de Europa»). Un rupturista, al que sólo le falta pedir placa tectónica propia para que Cataluña vaya a su deriva continental, abomina de la ruptura.
A ratos la agresividad victimista remite, aunque siempre ataca: «He respetado el orden constitucional y no va a ser diferente.» Ah, pero «el Estado es el que lo incumple a cada paso contra nosotros…».
¿Violenta Cataluña?
Si Cataluña/Mas presume hoy de civismo no violento, como nota peculiar suya, toca preguntar: ¿desde cuándo?. Porque a los catalanes no siempre se les vio así, ni ellos mismos alardearon de eso.
No voy a descubrir el Mediterráneo, donde «ni un pez era osado de asomar sobre el agua, si no llevaba en la cola la enseña del Rey de Aragón por salvoconducto»[1]. No escribo para gente de la antigua escuela, donde todo niño español aprendía como historia propia la Expedición de Catalanes y Aragoneses a Levante. Compañías de aventureros, con aquellos almogávares tan feroces y rudos que pasaban como reliquia de los mismos bárbaros [2]. Pero, fuesen de donde fuesen, los gritos de guerra eran ‘Aragó, Aragó!’, ‘Sant Jordi!’, ‘Desperta ferro!’, catalán purísimo, igual que su ‘venganza catalana’.
La pregunta me ha valido de excusa para espigar en unos textos sobre cómo eran los catalanes, según ellos o según otros. Tipología nacional, poco valorada hoy, antes era casi de rigor como preámbulo de las historias particulares, notando casi siempre la relación entre el país y la complexión e índole de sus pobladores. Así, un territorio áspero y de casería muy dispersa, como Cataluña, tenían que habitarlo
La pregunta me ha valido de excusa para espigar en unos textos sobre cómo eran los catalanes, según ellos o según otros. Tipología nacional, poco valorada hoy, antes era casi de rigor como preámbulo de las historias particulares, notando casi siempre la relación entre el país y la complexión e índole de sus pobladores. Así, un territorio áspero y de casería muy dispersa, como Cataluña, tenían que habitarlo
«hombres fuertes…, celosos de su reputación y honra… Gozan el ámbito de sus heredades con absoluto dominio, lo que les hace mal sufridos. No ven agravios ajenos, por vivir solos, lo que causa no consolarse de los propios. »
Eso escribía un catalán, Francesc de Gilabert (1559-1638), gentilhombre de la boca de Felipe III [3]. Tal calidad agreste de sus paisanos incluía una familiaridad muy estrecha con las armas, de la que el Gobierno podía sacar buen partido en la defensa de la integridad territorial. Por lo mismo, el autor echa pestes contra la ‘Premática de los pedreñales’.
Pedrenyal (pedernal) era lindísima sinécdoque catalana para denominar un tipo de arcabuz corto o pistolete, que en vez de mecha incorporaba llave de chispa, y en el Principado casi formaba parte del paisaje, pues todo el mundo lo llevaba. Covarrubias lo despacha con que «desta arma usan los foragidos». Injustamente, porque aquí lo manejaba por igual el hombre honrado y el bandolero, no siempre fáciles de distinguir, ya que a menudo resultaban ser la misma persona. Porque lo de ir el catalán a lo suyo prescindiendo de la legalidad tampoco es invento de Mas ni de hoy.
¿Qué pragmática era esa ‘de los Pedreñales’? Firmada por Felipe II en El Escorial (21 de julio 1591), prohibía todo uso de «pistolete alguno que no tenga cuatro palmos de vara de cañón». La ley era para «todos nuestro Reynos», sin especial mención de Cataluña. Pero siendo esa arma la preferida en esta tierra, ya está el greuge (agravio) servido; otro más del Gobierno contra los catalanes. Para el payés viajero, el pedreñal al cinto era como la butifarra en la alforja, incluso en cuaresma. Porque aquella insumisión civil se extendía también al agravio dietético eclesiástico (‘ayunar a la catalana’ era proverbio en el Mediterráneo).
Quitarle al catalán su pedreñal –arguye el cortesano Gilabert– era privarle de su continuo entrenamiento, dejándole inerme y «quedando todo el Principado por preda (presa) y despojo de sus vecinos». La pragmática no hablaba de arcabuces y escopetas, pero esta especialidad «nunca les hará pláticos (prácticos)», por tratarse de armas pesadas y caras. Al catalán, su pedreñal. Que tampoco tenía por qué ser solo uno. Roque Guinart, el simpático bandolero que sale al paso a Don Quijote y Sancho camino de Barcelona, llevaba hasta cuatro de ellos, dos a cada lado.
En fin, que «la calidad e inclinación deste Principado da afición a las armas, lo que asegura la aspereza de la tierra…, cuya soledad pide armas.» Y lo ilustra con la autoridad de Tito Livio:
«habiendo conquistado Catón a Cataluña, visto tumultuavan cada día, les quitó las armas; y fue tanto el sentimiento de los moradores della, que tomaron por mejor partido muchos dellos la muerte, como de hecho se mataron, que el viuir sin armas. «Ferox gens, nullam vitam ratam absque armis esse arbitrata est» (gente feroz, para ellos vivir sin armas no era vida).
El mismo texto de Livio citará, como precedente y ejemplo patriótico, El Despertador de Cathalunya (Barcelona, 1713), folleto emanado del Brazo Militar en manos del radical Casanova, y repartido por la Diputación para levantar ánimos en el cerco de la ciudad por el Duque de Pópuli, tras los acuerdos de Utrech [4].
«No hi ha cosa mes segura que tenir les Ciutats á sos Ciutadans ab armes, y exercitats en elles», frente a «lo fatal sistema en que agonitza la antiga Fama y Honra de tota Espanya. […] Imponderables son les conveniencies de la manutenció de les armes, com los graves inconvenients y absurdos que se seguexen de subjectarse un Regne al abominable cástich de quedar sense elles: puix sens temeritat se deu dir, que val més quedar tots sos naturals sens les amables vides».
¡Antes muertos todos, que desarmados! Sólo la coyuntura bélica disculparía tamaña hipérbole. Hoy en día, pasado aquel susto, El Despertador hace sonreír recordando cómo «Porcio Catón, de paso por Cataluña, se dio cuenta de que no podría dominar a los naturales sin arruinar y estropear las murallas y quitándoles las armas». Como si una medida militar tan elemental no tuviese razón de ser en cualquier parte, dicho sea sin poner en duda la bizarría de los barceloneses destinatarios del Despertador. El cual, por si acaso, apela al individualismo y a la motivación de la defensa propia de cada uno en la vida civil:
«Si los catalanes se precian de legítimos sucesores y descendientes de los antiguos, aténganse a este dictamen, y consideren los payeses qué será de sus casas, si aun teniendo armas no están libres de asaltos… ¿Qué reparo encontrará un ladrón u otro facineroso para ejecutar cualquier atrevimiento, en la seguridad de que el amo no tiene armas?
Y concluye el Despertador («y en él la más ingenua verdadera Católica Fidelidad Catalana»): «Tratemos Catalanes de imitar a vuestros antiguos nobles progenitores». A cuyo efecto trae lista nominal de modelos, desde los Moncadas y los Pinosos, hasta los Fivaller, los Blanes «y otros infinitos valerosos héroes».
Lista incompleta, por otra parte. No hace justicia a cierta clase de valientes compatriotas, que al pueblo llano le sonaban mucho más que los de aquellos próceres. No figuraban, por ejemplo, Rocaguinarda ni Serrallonga, por citar a dos popularísimos bandoleros.
Bandolerismo catalán
A Rocaguinarda le acabamos de ver, aunque con grafía algo diferente: Roque Guinart. Este es uno de los personajes del Quijote que bajo ligero disfraz onomástico tuvieron existencia real y Cervantes le conoció, siquiera de oídas. El bandido de carne y hueso fue Pedro Rochaguinarda, cuya masía natal arruinada existe en Oristá, con partida de bautismo de 19 /12/1582. Su nombre figuró en bandos contra él y otros bandidos, Tallaferro, Trucafort, Serrallonga, desde 1607.
El encuentro de Don Quijote y Sancho con la partida del Guinart se lee en la Parte segunda, capítulo 60 [5]. El preludio es de un realismo, de puro espeluznante. cómico. Es de noche, metidos en un bosque, cuando el fiel escudero de pronto descubre que «todos aquellos árboles estaban llenos de pies y de piernas humanas». Su amo lo comprueba y explica:
«Estos pies y piernas que tientas y no ves, sin duda son de algunos foragidos y bandoleros que en estos árboles están ahorcados, que por aquí los suele ahorcar la justicia cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a entender que debo de estar cerca de Barcelona. Y así era la verdad, como él lo había imaginado. »
Pero si malo fue el susto nocturno, peor la amanecida, con
«más de cuarenta bandoleros vivos que de improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos, y se detuviesen hasta que llegase su capitán.»
Roque se presentó a sí mismo como un caballero ‘compasivo’, y la misma versión sobre él pone un impresionado Cervantes en boca de un estudiante, en su entremés de ‘La Cueva de Salamanca’.
Aquella campechanía no era excepcional. Lo notable de aquellos bandidos es que mayormente gozaron de favor popular. No eran sólo la versión catalana del ‘bandido generoso’, suplidor del Estado y de la Iglesia en la redistribución de la riqueza. Eran muy a menudo carne del mismo pueblo, humillados y ofendidos que se echaban al monte, muchas veces sin idea de profesar con votos perpetuos. Religiosos-militares a su aire, su devoción a San Dimas (el Buen Ladron) era compatibles con el robo sacrílego, y un olímpico desprecio al privilegio del foro eclesiástico y el anatema del Concilio Lateranense II (1139), ‘Si quis, suadente diabolo’, poniendo «las manos violentas sobre clérigo o monjes». Las manos, y todo lo demás, si se trataba de monjas.
La clave psicológica de aquellos tipos podemos verla en la Historia del escritor-soldado portugués Melo, sobre la guerra separatista de Cataluña [6]. Melo reproduce los tópicos conocidos sobre la relación entre el país y y su gente:
«Hombres de durísimo natural, sus palabras pocas, a que parece les inclina también su propio lenguaje, cuyas cláusulas y diciones son brevísimas [¡lo que va de ayer a hoy!]… inclinados a la vengança; estiman mucho su honor, y su palabra; no menos su exención…
La tierra, abundante de aspereças, ayuda y dispone su ánimo vengativo a terribles efectos, con pequeña ocasión. El quejoso, o agraviado deja los pueblos, y se entra a vivir en los bosques, donde en continuos asaltos fatigan los caminos. Otros, sin más ocasión que su propia insolencia, siguen a estotros. Éstos y aquéllos se mantienen por la industria de sus insultos. Llaman comúnmente ‘andar en trabajo’ aquel espacio de tiempo que gastan en este modo de vivir….
No es acción entre ellos reputada por afrentosa, antes al ofendido ayudan siempre sus deudos y amigos. Algunos han tenido por cosa política fomentar sus parcialidades, por hallarse poderosos en los acontecimientos civiles.
Con este motivo han conservado siempre entre sí los dos famosos vandos de Nârros y Cadeles, no menos dañosos a su patria que … los Beamonteses y Agramonteses de Navarra, y los Gamboynos y Oñasinos de la antigua Vizcaya.»
La descripción evoca tramas sociales de tipo mafioso aceptadas con toda naturalidad, aceptando de buena gana sus servicios los nobles reñidos entre sí. Nobles que, por su parte, también podían comportarse como auténticos salteadores en sus dominios.
El caso Roca sería llevado al teatro por Lope de Vega. Pero ya en su momento fue versificado por un vate popular barcelonés. Mossèn Pere Giberga («lo qui fou del gran munt de Parnaso arbre / y del Olimpi ara es florida verga», como le rimó a él su amigo Pere Serafìn en un epitafio [7]) cantó el suplicio de Antoni Roca y su compinche Corts, en versos ‘de sang i fetge’ (sangre e hígado), como los llamaban por su morbo popular, con grabados al boj como suplemento visual [8]:
Ab tenalles foguejants
‘A ti te lo digo, Pedro, para que me entiendas, Juan’. Juan era el pueblo llano, la gente que había simpatizado con los forajidos, que no había gritado el ‘¡Via fora!’ de rigor, a la vista de gente armada con pedreñales. Juan eran, sobre todo, los señoritos rurales y algunos señorones, para quienes los condenados habían hecho horas extra:
Lo malo es que empiezas por una causa noble –lucha por las libertades, liberación nacional, romería a Montserrat–, y terminas haciéndote una forma de vivir del secuestro y la extorsión del impuesto revolucionario. Ocurría sobre todo en tiempos difíciles, que era como decir casi siempre. Las autoridades, ya entonces, intentaban con ellos una reinserción social, bien metiéndoles al remo una temporada en galeras, o mejor aún, asentando a los mejores en la milicia.
Por desgracia, no todos eran recuperables, o no estaba el horno para bollos cuando el bandolerismo cobraba proporciones de levantamiento social. Ocurrió en el siglo XVI, cuando Carlos I de España y V de Alemanis, y luego su hermano y sucesor en el Imperio, Fernando I, se enfrentaron al problema. Caudillos mesiánicos en el centro de Europa, liderando revueltas campesinas y gremiales; o en España los alzamientos y bandolerismo en Aragón, Cataluña y Valencia.
Promulgada la pragmática de 1539, el virrey Lombay (más conocido como san Francisco de Borja, 1539-1543), por las buenas no logró prácticamente nada en el Principado. Su sucesor en el cargo, Manrique de Lara (1543-1553), con mano más dura tuvo éxito echando el guante a Moreu Cisteller (1539) y sobre todo a Antoni Roca (1546).
Héroes de cordel
El romance y la copla han sido la Historia rimada de la cultura popular y el homenaje del pueblo a sus ídolos. Resultó que ambos caballeros, el bandolero Guinart y el andante Don Quijote, ya se conocían, si no de vista, de coplas. Los dos eran leídos, y el catalán tampoco olvidó hacer propaganda de la Parte I del Ingenioso Hidalgo.
El romance caballeresco acogió entre sus tipos al bandido generoso. Pero también la otra clase de bandidos, los que acabaron mal como el Roca y compañía, anduvieron en coplas de ciego y en pliegos de cordel. Aunque mejor digámoslo en catalán, cançons de fil i canya, más bonito mil veces que mentar el cordel o soga en casa de ahorcados.
Ahorcados o degollados, incluso descuartizados, según demandara la enormidad de los crímenes o el celo de los virreyes. El espectáculo público se prolongaba luego en la exhibición de los cuerpos –que desde la Barcelona medieval tuvo su escenario sobre todo en el Carrer de Regomir, una importante arteria urbana–, pero sobre todo en las coplas.
Ab tenalles foguejants
el botxí lo festejaba
y ab aquests jochs semejants
per les carreres anava
ab aquell companyo seu
Corts que detràs lo seguia
rossegant amb gran menyspreu
no encara com devia.
‘A ti te lo digo, Pedro, para que me entiendas, Juan’. Juan era el pueblo llano, la gente que había simpatizado con los forajidos, que no había gritado el ‘¡Via fora!’ de rigor, a la vista de gente armada con pedreñales. Juan eran, sobre todo, los señoritos rurales y algunos señorones, para quienes los condenados habían hecho horas extra:
Quius veya fer sacrilegis,
robos y traycions devia
lora y el jorn queus acollia
perdre tots lurs privilegis.
Y por supuesto, Juanes eran todos los bandidos sueltos que estaban al caer:
Malfactors, buydau la terra,
no us vullau detenir.
Guardau-vos de la desferra
del carrer de Regomir.
Aquí lo dejo. Ya sabíamos que el español ha sido animal de sangre caliente, que lo mismo en Madrid que en Barcelona o en cualquier sitio montaba en un santiamén una matanza de curas y frailes o una quema de conventos e iglesias, como en 1834-35. Cataluña en particular conoció su Semana Trágica (26 de julio a 2 de agosto, 1909) , y aunque no se señaló en las quemas de 1931 y 1934, vuelve en el 36 a enloquecer en una violencia irracional autodestructiva y macabra.
Hybris frente a sophrosyne, que decían los griegos. O en catalán, rauxa frente a seny. Personalidad bipolar. Corpus de Sangre, al grito de «Visca la fe de Christ! Visca lo rey d’Espanya, nostre Senyor!» Y en cuanto te descuides, tocomocho.
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[1] «Ne sol nom pens que galera ne altre vexell gos anar sobre mar, menys de guiatge del rey d'Arago; ne encara no solament galera, ne leny, mas no creu que nengun peix se gos alçar sobre mar, si o porta hun escut o senyal del rey d'Arago en la coha, per mostrar guiatge de aquell noble senyor, lo rey d'Arago e de Cecilia.» (Dicho por de Roger de Lauria, según la Crónica de Bernat Desclot).
[2] Francisco de Moncada, Expedición de los Catalanes y Aragoneses contra Turcos y Griegos. Madrid, Sancha, 1777, pp. 37 y ss. Cfr. Ramón Muntaner, Crónica Catalana. Ed. bilingüe anotada por A. de Bofarull. Barcelona, 1860. Bernat Desclot, Historia de Cataluña. Barcelona, 1616.
[3] F. de Gilabert, Discvrso sobre la calidad del Principado de Cataluña y inclinacion de sus habitadores, con el gouierno parece han menester. Dirigido al Príncipe don Felipe IV. Lérida, 1616; 25 ff.
[4] Anónimo, Despertadorde Cathalunya. Barcelona, 1713; 89 pp.
[5] El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Ed. comentada por Clmencín. Madrid, Aguado, 1839, Parte II, t. 6, págs. 226 y ss.
[6] Francisco Manuel de Melo, Historia de los movimientos, separación y guerra de Cataluña. Ed. Madrid, Sancha, 1808. La obra apareció primero con seudónimo de Clemente Libertino (San Vicente de Rastello, 1645), dedicada al papa Inocencio X.
[7] Ver igualmente el soneto-epitafio al mosén (Ploreu vuy tots los trobadors sens mida – Llorad hoy todos los trovadores sin medida), junto con un soneto del propio Giberga A un retrato suyo que le pintó Serafín.
[8] Cobles novamente fetes per Pere Giberga: contra tots los delats de Cathalunya, y secaços de Antoni Roca. Año 1544).













