miércoles, 3 de octubre de 2012

‘Caligo futuri’




Es una de mis etiquetas favoritas, la primera que se me ocurrió para este blog. Es de Juvenal [1]:

                                       … Delphis oracula cessant,
                 et genus humanum damnat caligo futuri

                                      (... en Delfos los oráculos cesan,
                y al género humano daña cerrazón de futuro)

Ya antes Lucano se había quejado de lo mismo [2]:

                 Nuestro tiempo carece del mayor de los dones divinos:
                 la sede de Delfos, desde que calló.
               

Hacia la época de Augusto, a la vez que cundía la superstición más crasa, se registra un fenómeno desconcertante: los oráculos de prestigio cierran.  No sólo Delfos, también el Zeus de Dodona, en el Epiro, había echado el candado y otros hacían lo mismo, según Estrabón. Hacia fines del siglo I ya sólo funcionaban dos o tres en Grecia, según Plutarco. A Plutarco le preocupa el mutismo délfico por ser él mismo un alto empleado de la casa, y dedicó un par de ensayos a investigar el problema. Uno titulado así: El cese de los oráculos [3] .
Este opúsculo plutarquiano es notable por su naturalismo teológico. En cada oráculo se expresa un numen local (dios o demonio) dotado de facultad adivinatoria. Como parte que son de la Naturaleza, esos seres están sujetos a mudanza y, como cualquier otro fenómeno natural, lo mismo que aparecieron se eclipsan y llegan a extinguirse, ni más ni menos que las fuentes y ríos, las vetas minerales o las especies vivientes etc.
A los nuevos apologistas cristianos esta explicación les vino de perlas, pues confirmaba  lo que ellos ya sabían: los supuestos númenes que hablaban en los oráculos eran en realidad demonios camuflados, que aplicaban su sagacidad para mantener embaucada a su clientela pagana. Además, aquel silencio oracular se produce a la venida de Cristo: nada de coincidencia casual, sino relación de efecto a causa, enmudeciendo los demonios ante el poder del Verbo encarnado [4].
Ahora bien, lo embarazoso para esta tesis fue que el remedio era peor que la enfermedad. El vacío de unos oráculos oficiales –y por tanto bajo control de calidad y de número– lo llenaron con creces desaprensivos de todo género, pululando por cada esquina del Imperio el top manta adivinatorio sin garantía alguna. Astrólogos, judíos disfrazados de caldeos, charlatanes a porfía haciendo el gran negocio. Las incógnitas del porvenir nos asustan, y el hombre asustado es de lo más crédulo.  De eso se ríe Juvenal.
Hoy no creemos, no deberíamos creer en agüeros, oráculos o números mágicos. Para penetrar en el futuro disponemos de sondas más científicas, con base en la conjetura y predicción estadística. Habrá hipótesis en pugna, pero no es lo mismo que palos de ciego. Estos son nuestros oráculos modernos, contra la incertidumbre insufrible. Por lo demás, nuestra fe en ellos poco tiene que envidiar a la de los clientes de las pitonisa o las sibilas. Somos los humanos de siempre.
Por desgracia, los nuevos ‘oráculos de la razón’ tienen un problema, como los antiguos: no se hacen oír. Y no es que callen, es que se pierden entre el vocerío de los modernos charlatanes, los demagogos. El resultado es el mismo.
«Los políticos estamos para resolver los problemas a la gente». Por favor, ¿quién no se va a fiar de unas personas tan entregadas y tan benéficas? Sobre todo, cuando aciertan sin remedio: «La actual coyuntura cambiará».
En este monipodio triunfa con ventaja una cofradía de pícaros, los del oráculo autocumplidero: «¿El futuro? Es todo tuyo. Tu futuro es lo que tú decidas.»

Romper España
Irrompible no es, eterna tampoco. Por eso hay  ‘Atlas de Historia’, porque todo lo político es caduco y mudable, imperios, estados, fronteras. Antes en esos cambios jugaba más el ‘enemigo’ exterior, aunque también hubo siempre conflictos civiles y descomposiciones internas. Algunos cambios han sido concordados y pacíficos. Antes eran los menos, hoy el ideal  es que todos deberían ser así.
Para muchos observadores de dentro y de fuera, España está en crisis. No entremos ahora en cómos y porqués, eso es el ayer. Lo que importa es el hoy y el mañana. ¿Qué hacer? ¿Rompemos España? El futuro es todo nuestro. Los unos para acá, los otros para allá, como en el soka-tira. Pero en conjunto, todo nuestro.
Los dos secesionismos pujantes que tenemos a mano no hablan de romper España, o de salirse ellos de España, pues ellos no se sienten españoles, no son España ni lo fueron nunca. En el imaginario del separatismo más radical, vasco o catalán, Vasconia y Cataluña son cuerpos extraños a España; pueblos anexionados por entuertos de la Historia, y que en este momento histórico se disponen a sacudirse el yugo y estrenar nueva era en independencia. Su caso ni siquiera se parece a la emancipación de las colonias hispano-americanas, donde los criollos reconocían en España a su metrópoli y hasta a la Madre Patria. 
Esa precisión no es sólo importante, es decisiva, pues de ella depende el procedimiento para salir del atolladero. 
La Constitución Española no contempla la eventualidad de secesión, dado que todo territorio incluido en las fronteras de España es parte integrante de un mismo ente de Derecho internacional, España. Más aún, la misma Carta en su art. 2º declara la Nación española «unidad indisoluble» –la misma condición y términos que la Iglesia Católica aplica al matrimonio canónico. Esto puede parecer excesivo, y seguro que lo es; pero ahí está mientras no se modifique. Lasciate ogni speranza.
A efectos de un supuesto derecho, llámese de autodeterminación o secesión, no vale hablar aquí de naciones, pueblos, razas, culturas o lenguas.  En lenguaje de las Naciones Unidas sí que cabe hablar de minorías (etnolingüísticas o del tipo que sea), con sus derechos como tales minorías, pero entre ellos no se incluye el derecho de  autodeterminación ni el de secesión.
Ahora bien, si hasta la Iglesia, a sus casados incompatibles les concede la separación, y a los efectos prácticos hasta el divorcio, en figura de nulidad matrimonial, también las unidades políticas en crisis de convivencia tienen que tener solución, a la manera del divorcio civil.
Sólo «a la manera», porque en el divorcio ambas partes por igual son titulares del derecho a la separación, como antes lo fueron para la unión. Cosa que no se da, como hemos visto, entre España y la parte o partes de ella  que plantean la secesión.
Por lo mismo, en caso de incompatibilidad y conflicto de coexistencia, el procedimiento no es ni puede ser una decisión unilateral, tanto para que una parte de ese todo se separe por sí misma, como para que una parte segregue a otra. Es un asunto que a todos compete y, en pura lógica democrática, entre todos se debe decidir. Y así tiene que ser, además, por cuanto que implica una reforma de la Constitución, que es cosa de todos y tiene su procedimiento constitucional.
Esto es lo que no entra en los planteamientos del separatismo radical. El separatista define su Vasconia o su Cataluña –territorio y gente incardinada en él– como un ente de Derecho Histórico, que nos viene dado, con su derecho y capacidad inmanente de autodeterminación respecto a su relación política con el otro ente llamado España. Por tanto, la autodeterminación es para ellos un derecho primario, inalienable, que a ser posible más vale ejercitar de mutuo acuerdo, pero en todo caso es factible de forma unilateral. El principal inconveniente de esa doctrina es que sus entelequias no tienen validez jurídica. 
Y es que todo presunto derecho necesita un sujeto titular. Y como titulares no valen ni los territorios ni las lenguas, pues no son personas. ¿Y los pueblos? En rigor, los pueblos tampoco; porque aunque constan de personas, los pueblos no son definibles  de manera unívoca e inequívoca.
 «Derechos del pueblo vasco, del pueblo de los vascos»: ¿y quiénes son los vascos? ¿son todos iguales en su vasquidad? ¿caben minorías dentro del pueblo vasco? Un colectivo político sujeto de derechos tiene que ser censable, y el pueblo vasco no es censable, al menos con criterios democráticos modernos.


Principio de fractalidad y libertad de integración
No hagas a otro lo que no quieres para ti, es uno de los pilares de la ética. No niegues a otros el derecho que pides para ti, no obligues a tus pares a someterse a tu criterio.
Si el derecho de autodeterminación o de secesión no existen aquí, y son figuras jurídicas que hay que crear en virtud de una lógica democrática preter-constitucional, eso implica por la misma lógica la fractalidad de esos derechos (minorías dentro de las minorías). La minoría que reclama derechos alegando que una mayoría le oprime, mal puede constituirse élla misma en mayoría opresora y negarlos a las minorías en su seno que se pronuncien en el mismo sentido. 
Fractalidad, ¿hasta dónde? En rigor, hasta donde sea viable en lo político. Históricamente han sido viables las ciudades-estados, las ciudades libres, es viable San Marino o Andorra. 
En el caso vasco tenemos, aquende los Pirineos, la realidad histórica de Navarra y la realidad jurídica de los Territorios Históricos que forman la CAV, sin contar otras divisiones que hubo en la Edad Media, con el problema añadido del llamado Iparralde, o sea los auténticos ‘vascos’ históricos modernos (basques), que forman parte de Francia.
Reformada la Constitución, de cara a una consulta ciudadana hay que determinar los ámbitos de la misma. ¿Euskal Herria en bloque? Eso no se le ocurre ni al abertzale más exaltado. ¿La CAV junto con Navarra? Puede; pero el ‘ámbito de decisión’ no lo decide a priori una Mesa Nacional ni un EBB. Tiene que ser Navarra por un lado, y por el otro la CAV, a menos que algún territorio histórico se signifique en términos atendibles para una consulta separada. Esto sería lo más aconsejable en las circunstancias actuales para los tres territorios, tan diferenciados. 
En suma, el nudo de la cuestión está en que quien puede llamar a consulta no son los vascos, no es el Pueblo Vasco, no es Euskal Herria . Y no porque se lo impida la Constitución, sino por algo muchos más elemental: porque como sujeto de ese derecho no existe Euskal Herria, no existe Pueblo Vasco. Sólo existe lo que figura en la Constitución, o sea Navarra por su lado, y una CAV por el suyo, con tres Territorios Históricos.
Lo dicho vale a su modo para Cataluña, que consta de cuatro provincias, pero donde por la misma equidad y fractalidad democrática habría que contemplar las pretensiones de un Valle de Arán, por ejemplo, bien a la independencia, o bien a no integrarse en un proyecto de Cataluña.
Pero si eso vale para Cataluña o para Vasconia, no es porque Vasconia ni Cataluña tengan algún derecho histórico especial que no asiste a las demás Comunidades de España. De hecho, la reforma constitucional debería enmendar la injusticia y  el error cometidos en la Transición democrática, con trato de favor a las Comunidades ‘Históricas’, en aquel reparto de ‘café para todos’ (aunque para algunos más cargado), devolviendo a todos la igualdad de los españoles ante la ley.
Los nacionalistas no quieren verlo así y actúan siempre ‘como si ya’ –como si el ente de ficción jurídica que ellos manejan fuese un sujeto real de derechos, con capacidad de tomar decisiones.
Por lo mismo, como si el conflicto fuese de igual a igual entre sujetos distintos –ellos frente al Estado–, los nacionalistas pretenden llamar la atención de la ‘Comunidad Internacional’, agenciando mediadores, observadores y a ser posible supervisores del proceso independentista. Eso sin perjuicio de amenazar con la declaración unilateral, si el Estado se resiste a su demanda.
Esa estrategia nacionalista del apremio se combina con otra que parece contraria, aunque no lo es: la estrategia dilatoria (‘marear la perdiz’). Es lógico. El nacionalismo juega al victimismo para sacar tajada, pero a la vez juega de farol cuando le conviene. De hecho cabe la posibilidad de que un referendum difícil o perdido ‘en casa’ se ganara ‘fuera’, por el fastidio del resto de los españoles («¡que se larguen de una vez y nos dejen  en paz!»).

El mejor derecho
A todo esto, los secesionistas no tiene reparo en atropellar otro  principio jurídico elemental: melior est conditio possidentis. El poseedor pacífico goza de mejor derecho. Para cambiar el orden establecido y el estado de cosas reconocido en Derecho nacional e internacional hacen falta razones más sólidas que si se dirime una cuestión mostrenca.
Los nacionalistas mantienen que su nacionalidad genuina es la vasca, y que la española les ha sido impuesta. Esto es una ficción uncida a una falacia. Todo nos viene impuesto, de un modo u otro: la familia, la oriundez, la lengua materna, el nombre y registro de nacimiento, y para lo que ahora nos ocupa, la nacionalidad española. Esos hechos surten efectos legales, y frente a ellos no vale apelar a unas raíces y una supuesta condición natural primigenia de pertenencia a un pueblo autóctono.
(¡Ah! también el físico nos viene impuesto, la dotación genética, el sexo, el coeficiente intelectual, el factor rH, el color de los ojos y del cabello... Si algo no nos satisface podemos intentar manipularlo, aprovechando que ahí la ley se mete menos.)
En el caso de Navarra nadie niega la realidad histórica de conquistas y anexiones, tanto expansivas como recesivas, y en particular la que más alega como apodíctica el separatismo: la conquista y anexión del reino de Navarra por Fernando el Católico de Aragón (1513/1515) y por Carlos I de España (1521-22).
En la misma línea de reclamaciones seudojurídicas, los separatistas insisten en la artificialidad y modernidad de España, mero agregado  de territorios y de pueblos en épocas relativamente cercanas, con especial acento en el carácter paccionado de la unión de las provincias vascas a la Corona de Castilla y de España.
A lo que hay que decir que eso está muy bien, y hasta puede que tenga su parte o su todo de verdad. Pero por desgracia para la causa separatista, hoy en día todo ello no tiene relevancia ni efecto jurídico alguno, dentro ni fuera de las fronteras de España. Nos guste o no, somos lo que dice nuestra partida de nacimiento, el DNI y el pasaporte.
Por eso, y por la gravedad del salto a la independencia –irreversible de suyo–, se suele admitir que no basta una corta mayoría para obligar a muchos a asumir el riesgo, siendo exigible una mayoría ‘calificada’. Ningún grupo político tiene derecho a arrogarse la portavocía y representación ajena, como tampoco a implicar la gente en sus intereses partidistas. Según eso, una abstención elevada no significa lo mismo en un referéndum o consulta nacional vinculante, que en la misma o parcida consulta ‘no vinculante’, realizada de forma ilegal por un líder separatista, aunque sea el presidente de una comunidad autónoma.

Saber lo que se decide
Hasta aquí la niebla del futuro político no es demasiado espesa. Ser, o no ser: a eso se reduce todo. 
Habrá cambio de la Constitución, a medida de los nacionalistas, aunque el cuerpo les pedirá quejarse de que no es bastante. Habrá consulta, seguro. ¿Cuándo? Cuando toque.
Más reñido será el enunciado de la consulta. Tan reñido, que casi por necesidad será un mal enunciado, y todos tan contentos/descontentos. Cuanto peor sea, mejor para la abstención. 
Mi bola de cristal dice que el voto será libre. Hacerlo obligatorio sería un golpe bajo al secesionismo, y el Estado no tiene altura moral para infligirles tamaña ofensa. De eso modo se equilibra la cosa. Los nacionalistas tocarán ‘sí’, y si a la primera no lo consiguen tendrán pretexto para seguir mareando con más denuedo. 
Porque nada obligará a distanciar las consultas. ¿Diez años? Ni hablar, el tiempo político es oro. Nuevos comicios, nueva consulta, hasta que lo que tiene que salir salga: By, by, España. Ahí es donde se abre el laberinto oscuro, con el país a tientas entre el guirigay de los políticos. Al menos en mi bola de cristal eso parece.
¿Y luego?... Valiente pregunta: la construcción nacional. Otro día seguimos jugando.

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         [1] Sátira VI, vv. 552-553.
[2] Non ullo saecula dono / nostra carent maiorem Deum, quam Delphica sedes, / quod siluit. (Farsalia, V, v. 111).
         [3] El otro es, Por qué la Pitonisa ya no pronuncia oráculos en verso.
[4] Apologistas: Justino, Tertuliano, Arnobio, Minucio Félix. Cfr- también Cipriano, Atanasio, Clemente de Alejandría, Eusebio... Frente a esa explicación, el Siglo de las Luces consagra la tesis de Van-Dale, protestante memnonita, para quien los oráculos se basaban en impostura de los sacerdotes. Le siguió Fontenelle, ‘refutado’ por el jesuita Balthus.



martes, 25 de septiembre de 2012

En Oña, ‘Monacatus’



       El año pasado el monasterio de San Salvador de Oña (Burgos) se hizo milenario (1011-2011). Esa efeméride lo hizo idóneo para ambientar nueva versión de ‘Las Edades del Hombre’, con título algo enigmático:  Monacatus [1]
        ¿Por qué Monacatus? No se me alcanza la intención del barbarismo –si es que la hay–, pues si el problema con Monachatus era la fonética, mejor ponerlo en castellano: Monacato.  La edición de ‘Las Edades’ del año pasado (2011, Medina del Campo / Medina de Rioseco) –sobre la Pasión de Cristo–  se tituló correctamente Passio, sin que a nadie se le ocurriese escribir Pasio. Es más, el reclamo decía así: «Passio - aPassiónate en las dos Medinas» De parecida veta vemos aquí, en Oña, un «MOÑACATUS».
       El monacato hoy en día no goza de gran predicamento social. ¿Tuvo más prestigio en otros tiempos? El papel de esa institución en la Historia ha sido enorme, y así raro sería no haber tenido detractores  y críticos. Razón de más para el envite al público, con una exposición temática de calidad, en el marco de un monasterio con solera, que por sí mismo es una atracción cultural y turística de primer orden.
       Ahora bien, ¿cumple esta exposición? La estadística diría que sí. Más de 100.000 visitantes en un trimestre, para una localidad tan a desmano como es Oña, es satisfactorio según la empresa.
        Pero la pregunta no va por ahí, sino por la adecuación entre lo que se promete y lo que se da, y cómo se da, de modo que el público en general se haga idea, o mejore la que tiene, de lo que ha sido el monacato en Occidente. Una realidad tan vasta como pretérita, de la que nos quedan insignes reliquias culturales, más una supervivencia casi simbólica, dedicada sobre todo a la preservación y el culto de su legado patrimonial.
       Y aquí observo que los diseñadores de Monacatus se han impuesto dos o tres limitaciones muy patentes:
       1. Una, la más explicable, haberse centrado de forma obsesiva en la espiritualidad monástica. En torno a ese eje se han agrupando aspectos formales de tal género de vida, su organización y programa del día a día. Queda fuera el monacato como empresa mundana, con sus aristas y sus facetas oscuras.
       2. La segunda, una visión sexista del monacato, representado por las distintas reglas y órdenes en su rama masculina, sin apenas mención de las ‘órdenes segundas’, las monjas.
       3. La tercera, más que limitación, es más una carencia o intento fallido. Los capítulos en que se articula la muestra de objetos con sus paneles expositivos no dan, a mi modo de ver, un hilo conductor lo bastante claro y pedagógico para que el simple laico de hoy se forme idea del monacato real histórico, más allá de una abstracción pía y edificante.
       Y no podía ser de otro modo, si hemos entrado con aquel mal pie de sublimarlo todo, mientras se ignora la cruda realidad de un monacato cargado de contradicciones, ya en su misma idea.  Despachar con un  destilado edulcorado y limpio de toda traza de alcaloide humano es faltar a la verdad del monacato.
       Esta crítica mía subjetiva no toca al interés o la calidad, pero ni siquiera al acierto del lugar y de la muestra seleccionada: conjunto de objetos materiales que vale la visita. Pero insisto, una cosa es el alarde de riquezas y de arte, otra el dotar a esa muestra de un sentido informativo que no se limite a una clientela devota, y cubra también las preocupaciones de otro público ajeno a la decantada ‘dimensión pastoral’.
       Es verdad que ‘Las Edades del Hombre’, en cada edición de la saga, ha ofrecido el respectivo y cumplido Catálogo, con sus buenas imágenes y fichas, más unos cuántos artículos generales. Está muy bien eso de poder llevarte a casa tales recordatorios, máxime si con razón o sin ella se prohíbe absolutamente hacer fotos y vídeos, como ocurre en Oña, salvo en el claustro del monasterio.
       Y aquí es donde se me podría decir que el catálogo Monacatus –siempre sin la hache– en su primera parte cubre esas carencias que noto. La réplica sería, entonces, qué tiene que ver toda esa información con la segunda parte y su programa en forma de capítulos propios. En suma, a qué viene esta mezcolanza de objetos, y más irónicamente, cuántos visitantes adquieren el catálogo.

Historia de Santa María Egipciaca 
Mural en San Salvador de Oña (h. 1370)

              Ideal y realidad
       El monaquismo cristiano, sea cual sea su origen, es todo él una paradoja. De entrada, los textos evangélicos supuestamente ‘fundacionales’ no se refieren al monacato. «Si quieres ser perfecto, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y ven, sígueme» (Mateo 19: 21 = Lucas 18: 22): he ahí la profesión de pobreza. «Hay eunucos auto castrados por la causa  del Reino de los Cielos» (Mateo 19: 12): he ahí el voto de castidad. Sólo que esos ‘consejos evangélicos’ no tratan de votos, de profesiones o de vida monástica. Es más, el voto definitivo del monacato, la obediencia al abad o a los superiores, ni se menciona en el Evangelio.
       Pero el ingenio en las familias monásticas ha sido fecundo. Los franciscanos en particular excedieron toda medida, hasta pretender que Cristo con los doce apóstoles y setenta y dos discípulos constituyeron una auténtica orden frailuna, mendicante para más señas. Más aún, ausentado el fundador, toda la comunidad cristiana se habría organizado a modo de terciarios franciscanos, con aquel comunismo de bienes y afectos que se describe en los Hechos de los Apóstoles (2: 44-47).
       Monje (monachus, μοναχός) significa literalmente ‘el que vive solo’, fuera de sociedad. El monje típico era el ermitaño o ‘habitante del yermo’. Un género de vida que,  para la cultura que incubó al cristianismo, era de fieras, no de seres humanos. La sociabilidad innata pronto transformó los eremitorios en cenobios, y la vida religiosa comunitaria se llamó monacato.
       Irrumpe en sociedad en la segunda mitad del siglo III, y  ya es notable que lo haga con tanto ruido, para ser un movimiento automarginado y silencioso en sus principios. De todas formas, las noticias del ‘primer monacato’ que nos han llegado sobre todo por san Atanasio están muy noveladas, y nada digamos de su imitador san Jerónimo.

       Huida del mundo, ¿por qué? ¿Terror a la persecución de Decio (250)? ¿Crisis económica? ¿Protesta contra un cristianismo corrupto? ¿Angustia escatológica, preparación para el fin del mundo? ¿Adaptación de formas de vida ya ensayadas en el judaísmo tardío: nazareos, piadosos, temerosos de Dios, esenios, terapeutas…? Todas las hipótesis caben.

       Frente a una sociedad esclava de convencionalismos y corruptelas, el monje automarginado, el anacoreta en su retiro, es el auténtico filósofo y hombre libre. Este icono propagandístico, de impronta cínica, causó sensación diletante y casi romántica entre las clases letradas del Imperio. Pero a efectos prácticos importa más el monaquismo cenobítico real organizado por san Pacomio y otros maestros de ascetismo en Egipto, sobre bases económicas serias y con estructura de corte cuasi militar.
       Muy pronto se da la bipolaridad o síndrome del ‘solitario en Babel’, cuando comunidades enteras, lejos de desentenderse del mundo, se aventuran a cambiarlo, generalmente por las buenas, pero sin excluir la violencia, llegado el caso. A veces los obispos les utilizan como fuerzas de agitación y choque, cosa lógica sobre todo donde los monasterios fueron seminarios de obispos. El colmo de la paradoja se da en la Edad Media con las órdenes militares, un monacato con vocación de violencia.
       En Occidente durante la Alta Edad Media (siglos V-XI) el monaquismo autóctono, espontáneo y autónomo se ve absorbido poco a poco por otro monacato institucional regular, más vigoroso, fomentado por la Iglesia y enriquecido por la nobleza. La regla de San Benito por poco no llega a copar el monopolio, seguida de lejos por la de San Agustín y algunas más.
       La llamada ‘crisis del Milenio’ coincide con el ascenso de Cluny, gran monasterio benedictino que es a la vez foco de reforma y de poder, como cabeza de toda una orden cluniacense, seminario de obispos y papas. Y como reforma llama a reforma, de aquella hipertrofia opulenta y decadente (benedictinos negros) se segrega Cister y su orden cisterciense (benedictinos blancos).
       Cluniacenses y cistercienses, dejando aparte sus méritos respectivos espirituales e intelectuales, aunque siguen una misma Regla de San Benito, adoptan economías muy diferentes: Los cluniacenses acumulan donaciones y limosnas a cuenta de sufragios, mientras que para los cistercienses el monasterio es autosuficiente por el trabajo, con excedentes mercantiles, sin descuidar por ello la nueva fuente de ingresos que eran los sufragios e indulgencias. De ahí la competencia y rivalidad entre las dos órdenes hermanas, tan opuestas, y no sólo por el color de los hábitos. Con todo, como suele ser, todos vinieron a para en lo mismo, en una sociedad clasista donde la promoción requería estudios, mientras el trabajo servil era cosa de siervos y plebeyos.
       Este es en sustancia el monacato  que contempla la exposición de Oña. El siglo XIII trajo una novedad revolucionaria. Lo esencial sigue igual –profesión, votos, regla, hábito, vida en común, clausura. Pero ya no hay casas autónomas ni abades perpetuos, sí en cambio más democracia. Los nuevos conventos son más abiertos, los religiosos reciben y salen a la calle, tratan con la gente y se hacen llamar ‘hermanos’ (fratres > frailes).  Dicen misa, confiesan, predican, enseñan, ayudan y son misioneros… ¡Ah! y no sólo aceptan regalos, como todo buen monje, sino que también piden y mendigan.
       De estas órdenes mendicantes –franciscanos, dominicos, carmelitas, agustinos etc.– se trata poco en Monacatus, cuyo polo de atención es el monacato benedictino.

       Luz y sombra
       La vida monástica tuvo amigos y enemigos, entusiastas y críticos, admiradores y burlones.  Los propios monjes han sido, de siempre, grandes propagandistas de lo suyo. Como también, paradójicamente, las peores difamaciones antimonásticas salieron de los monasterios, al chocar sus intereses y sus celos.
       Tal vez no sea esta la tribuna para ensalzar los méritos de la vida religiosa, que para eso está Monacatus, y no lo vamos a mejorar ni igualar.  Falta en cambio allí el contrapeso necesario, para que la gente entienda por que el monacato decayó y muchas órdenes se extinguieron, como es de ley en todo lo humano.
       El principal defecto que se achacó a los monjes, desde muy pronto, fue cierto narcisismo que les llevó a mirar su propio género de vida, no ya como ‘estado de perfección’ cristiana –que acaso lo sea, no entro en ello–, sino como un estatus de cristianos de primera clase, por encima de los seglares e incluso de los clérigos sin votos. Teóricos del monacato han comparado la profesión religiosa a un segundo bautismo, atribuyendo a las observancias y los hábitos una virtud de salvavidas y un seguro contra el siniestro total –la condenación eterna, del que carecen los seglares, auténtica carne de infierno.
       Para entender las luces y sombras del monacato, puede ser útil comparar las antiguas órdenes religiosas con algunas instituciones modernas relacionadas con el poder, el dinero y la captación de influencias y recursos: fundaciones, ONGes, pero sobre todo los partidos políticos. Es un campo vasto para investigar convergencias y puntos de coincidencia, posiblemente.

       La celda del monje
       Hay un punto de la exposición Monacatus, donde el visitante es invitado a visitar una ideal ‘celda monástica’. Es un espacio sugerente en su desnudez y carga simbólica. Aquí dentro de este cubo, el monje es auténtico solitario, con un catre y un ventanuco a la luz.
       Ahora bien, este monasterio de Oña se hizo benedictino cuando los monjes de esa regla no disponían de celda individual ni de intimidad propiamente dicha, orando, comiendo, durmiendo, leyendo, trabajando y defecando en espacios comunes.
       Sólo algunos monjes obtenían permiso para vivir aparte en ermitas. Por su parte, los cartujos y otros monjes siempre vivieron como ermitaños, cada uno en su apartamento o casita.
       La celda individual en los cenobios se generaliza en el XVI, y más pronto que tarde se van introduciendo mejoras y confort… salvo en las etapas de abandono, cuando el monje apenas era un huésped de paso en el monasterio. De aquel siglo era en Oña la ‘monjía’ «con sus 63 celdas provistas de alcoba, despacho y sala».
       De las celdas de Oña a finales del XVIII algo dejó escrito el jesuita Arzalluz, con datos y textos del monje fray Íñigo Guerra, que nos hacen verlas muy distintas de aquella otra celda imaginada [2]:

       «Entre las celdas existían cuatro que eran verdaderos palacios, con perjuicio de algunos a quienes se había despojado de la suya; y era éstos tan espléndidos, que el del Padre Maestro Rico… se podía comparar en magnificencia y lujo al del más poderoso Grande de España. Y estos palacios, claro está, no se hallaban vacíos. Además del lujoso mobiliario, abundaban en ellos los vinos generosos, dulces de toda clase, chocolates exquisitos etc.»
       «Las comidas extraordinarias en la celda… eran también muy frecuentes. Se iba introduciendo la costumbre de tener criado personal, y las expresiones “mi criado”, “la ración para mi criado”, sonaban a insolencia en los oídos del padre Guerra.»
       «La división de las rentas introducida por Cluny degenera lastimosamente, y comienza la costumbre de pagar a cada monje una pensión con que atienda a algunas de sus necesidades y se provea de vestido, despensa y rapé. Se generaliza el peculio, se trabaja para ganar…»
       «El padre maestro [de novicios] era “un muchacho que por su aspecto no se distingue de los novicios mismos”. Pretendió el cargo y se lo dieron, “sin haber dado pruebas de su idoneidad…”. Su ocupación “siempre fue aprender a tocar el violín, cuidar de su pajarera, pasearse y divertirse como uno de tantos, y pretender cuantos empleos vacaban”.»

       Un primer aviso ya sonó en 1809, cuando el rey intruso José I Bonaparte por decreto de 15 de agosto suprime las órdenes religiosos y cierra los monasterios y conventos.
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        [1] Monacatus, ‘Las Edades del Hombre’, Edición XVII, en el Monasterio de San Salvador de Oña, Burgos; 23 de mayo a 4 de noviembre 2012. Monacatus. Catálogo de la Exposición. José Enrique Martín Lozano (coord.). Valladolid, Fundación Las Edades de Hombre; Salamanca, Gráficas Varona; 2012, 492 págs.
       [2] Nemesio Arzalluz, S. J., El monasterio de Oña. Su arte y su historia. Burgos, Aldecoa, 1950.  No confundir a este jesuita con su más conocido  hermano, el político Xabier Arzalluz.



lunes, 17 de septiembre de 2012

Prevaricar, divaricar




… et instar fornicantis Hierusalem,
omni transeunti divaricet pedes suos  [1]

       En la última entrada alguien recordó que venía buscando otra cosa, algo que yo habría prometido y no cumplido: «buscaba el ‘varicar’…». Promesa o mero propósito, quitémonos el cuidado.

       Todo vino de aquel jueves 23 de agosto, cuando el ministro del Interior Jorge Fernández  justificó el tercer grado otorgado por el Gobierno a un preso, con esta razón aplastante por lo estrambótica: «Hacer lo contrario hubiera sido prevaricación».
       Alguien con buen acuerdo y mejor humor abrió el Diccionario:
Prevaricar.
(Del lat. praevaricāre).
1. intr. Der. Cometer el delito de prevaricación.
2. intr. Cometer cualquier otra falta menos grave en el ejercicio de un deber o función.
3. intr. coloq. desvariar ( decir locuras).
4. intr. desus. Hacer prevaricar. 

       No sé cómo andará de latines el señor ministro, para entender la etimología. Dediquemos un rato a esta curiosidad.
       Varicar. El verbo latino de base es varicare: abrirse de piernas (como un compás). Es adoptar el aire y andares propios del varicus, el despatarrado o el zanquilargo. «Abrirse de piernas en exceso, estando parado es cosa fea, y al andar no digamos, roza lo obsceno», según nuestro Quintiliano [2].
       Otra forma de ‘abrirse’ es salir por piernas. «Irse de un lugar, huir, salir precipitadamente», según el mismo DRAE (Abrir, 31), sea coloquial como hasta ahora, o jerga, según el Avance de la próxima edición 23ª.
       En fin, varicare es también saltar una valla, como hacen los corredores o los toreros, y figuradamente también los que delinquen.
       Con dicho verbo se relaciona el adjetivo varus, (pati)tuerto, sobre todo ‘zambo’, pues para el ‘estevado’ se prefiere valgus. Apodo en origen, Varo fue cognomen  de romanos ilustres.
       Como adverbio, varicus, a horcajadas, aparece en El Asno de Oro de Apuleyo (libro 1), en aquel pasaje tan truculento y divertido de las dos mesoneras brujas, Panthia y Méroe, que tan limpiamente y sin despertarle del sueño degüellan y desangran al pobre Sócrates, el amigo del protagonista, mientras éste despavorido se esconde bajo el catre, «cual galápago en su concha». Pero las viejas le descubren, se mofan de su terror, le retiran la improvisada cubierta protectora, y «abiertas de piernas, a horcajadas sobre mi rostro, descargan la vejiga, hasta dejarme empapado en su asquerosísima meada». Operación tan simple, al célebre humanista Beroaldo le inspiró un comentario de lo más erudito, y tan copioso como el riego en cuestión, que aquí nos ahorraremos [3].
       Otra idea de la misma raíz temática es ‘torcedura’, rodeo, vericueto. Se aprecia en la palabra varix,  variz (varice o várice): vena tortuosa y nudosa; con sus derivados, varicoso, varicosidad, varicocele etc. Y esta misma idea la volvemos a encontrar en el compuesto siguiente.
       Prevaricar. El prefijo latino prae- implica anterioridad pero también exceso. Así en praevaricare, prevaricar, en cualquiera de las acepciones de varicare. Por alguna razón, el uso prefirió la forma deponente: praevaricor, praevaricari, andar haciendo eses, perderse en vericuetos o pegar grandes brincos. Metáfora que en la jurídico vino a significar saltarse la barrera de la legalidad, tal y como el sabio Kalikatres lo enunció de maravilla en una de sus viñetas: Dura lex, sed torerum saltare [4].
       Divaricar. Otro prefijo para el mismo verbo es di-, que refuerza la idea de separación forzada. Si ya el simple varicare le parecía feo al retórico de Calahorra, divaricare ni lo menciona. Despatarrarse: eso sí que era inelegante, y de hecho se escribe muy poco, aunque se pintaba bastante, pero esto último en las paredes de los burdeles.
       Por lo mismo, resulta significativo que el término se repite sobre todo en la literatura monástica, ya desde san Jerónimo, que en carta a un amigo monje no duda en aplicarlo a un contexto bíblico (Ezequiel, 16: 25), donde su propia traducción Vulgata no es tan cruda: « como la furcia Jerusalén divarica, se abre de piernas a todo el que pasa» [5]. Se ve que a los antiguos ascetas semejante porte en el sexo contrario les llamaba la atención. 
       Un ejemplo gráfico de divaricación mujeril lo hallamos en la leyenda de san Arelefo o Carilefo (Saint-Calais, siglo VI).  Este oscuro monje o ermitaño, que jamás permitió a mujer alguna el acceso a su retiro, ya desde su entierro se hizo notar con alarde de milagros. Multitud de peregrinos acuden al reclamo, todos varones, pues parece que el santo en su testamento se reafirmó en su misoginia.
       «¡A mí con ésas!» –se dijo Gunda, una mujerzuela que ya en vida de Carilefo había intentado en vano meterse hasta su alcoba– «Ésta es la mía». Y disfrazada de hombre se pierde en la multitud, pensando que podía engañar a Dios. Ilusa: ni a Dios, ni tampoco a su siervo san Carilefo. Escuchemos a Notker el Tartamudo (siglos IX-X), monje de San Galo, cómo ella misma se puso en evidencia: 
       «A punto de traspasar la clausura la tramposa, presa de enajenación mental, se desnuda los muslos, se abre de piernas (crura divaricare) y se pone a mostrar sus partes pudendas, llamándolas por su nombre, más una sarta de sinónimos soeces; incluso (bochorno da el decirlo) invitando a besar sus vergüenzas.»
       «No se volvió estatua de sal como la mujer de Lot» –termina su relato el monje hagiógrafo–, pero su castigo, a modo de sal para condimento de sosinecios,  sirvió a presentes y ausentes, incluso a los venideros, de escarmiento para no entrometerse donde no se debe.» [6] 
       Una forma especialmente odiosa de prevaricación era, entre los romanos, cuando el abogado, a espaldas de su cliente, se entendía con la parte contraria. Pero aún había otra peor vista, cuando el magistrado tergiversaba la ley en beneficio del reo. Por ejemplo, con autos por  este tenor: 
       «Aunque en principio, el artículo X del Código Penal está pensado esencialmente para el caso A; sin embargo, el concepto de A no se debe interpretar tan restrictivamente que excluya toda equiparación con el caso B; o lo que viene a ser practicamente lo mismo, con el caso C. Pero además…, lo que permite entenderlo como si… En consecuencia…, siguiendo siempre la interpretación más favorable al reo.»
       Así de epiqueya en epiqueya, de rebaja en rebaja, lo que en principio parecía como de caerse el pelo, al final del regateo se queda en una palmadita en el colodrillo, con un «que no te vea más por aquí, chaval».
       Extraño dilema: o atropellar la ley dolosamente, o abrirse de patas.
       Rara prudencia jurídica: para no prevaricar, divaricar.
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[1] San Jerónimo, Epíst. 125 (al monje Rústico), 11; PL  22: 11.
[2] Quintiliano, Instrucción de Oradores, 11, 3, 125.
[3] Filippo Beroaldo. Comentarios al Asno de Oro de L. Apuleyo (Venecia, B. de Zanis, 1504, fol. 20 v.): «remoto grabattulo, varicus super faciem meam residentes vesicam exonerant, quoadme urinae spurcissimae madore perluerent».
[4] Cito de memoria, y valga de homenaje al propio ‘Kalikatres’, el humorista donostiarra Ángel Menéndez, fallecido este mismo año (12/01/2012).
[5] Jerónimo, l. cit.
[6] ‘Martirologio’ de Notkero Bálbulo (el Balbuciente o Tartamudo), al 1 de Julio; PL 131: 1114-1115.