martes, 31 de julio de 2012

“¡Bienvenido, Míster Adams!”
















Monumento a Diego de Gardoqui (1977), con estatua en bronce de L.  A. Sanguino, en  Logan Square; hoy junto a la Catedral Basílica de San Pedro y San Pablo, Filadelfia, PA. («Presente del Rey de España» a la Ciudad de Filadelfia en el II Centenario de su Independencia de los Estados Unidos.) 





       El otro día escribí que el monumento a John Adams erigido en Bilbao tenía gato encerrado. Hoy vamos a golpear la estatua hueca de bronce y escucharemos de su interior los maullidos.
       El pretexto para esta extravagancia de tamaño natural ha sido esta frase, supuestamente de Adams, sobre Vizcaya:

«Esta gente extraordinaria ha preservado su antigua lengua, genio, leyes, gobierno y costumbres, sin cambios, mucho más que cualquier otra nación de Europa.»

       —¡Cómo, que “supuestamente” de Adams, la frase! En letras de bronce consta la cita.
       —Luego vemos eso. De momento prosigamos, fijándonos bien en la cursiva del párrafo que sigue:
       La prensa bilbaína justificó el gesto y el dispendio, por evocar un hecho extraordinario: la visita en enero de 1780 del II Presidente de los Estados Unidos al País Vasco –«a Euskadi», precisaba algún periódico–; visita hecha ex profeso, por invitación de una personalidad Bilbaina, Diego de Gardoqui, como primera etapa de todo un periplo europeo, en comisión de estudio de  las distintas constituciones y formas de gobierno democrático, con vistas a la redacción de la Constitución de su país…
       Salta a la vista la incongruencia: ¡un II Presidente estadounidense en busca de Constitución!... Siete afirmaciones, otros tantos errores sin un solo acierto. El futuro presidente Adams, de viaje a París (no de Grand-Tour por Europa), cayó por aquí por accidente,  bien a su pesar, y no para estudiar nuestro sistema de gobierno, aunque alguna idea sacó del mismo,  gracias a un bilbaíno que, sin haberle invitado a venir, le atendió con esplendidez; el cual más tarde llegaría a tener cierto relieve para aquella primera historia de los Estados Unidos: Diego de Gardoqui y Arriquíbar.
       En esa breve estancia de cinco días –que en la práctica fueron sólo cuatro, pues el domingo 16 de enero Mr. Adams no salió a la calle– se alojó con sus dos hijos pequeños en una «fonda (tavern) tolerable, situada entre una iglesia y un monasterio».
       El convento más importante de entonces en la villa era San Francisco, y la iglesia más emblemática San Antón, que con el puente figura en el escudo. Esto me hizo pensar en Bilbao la Vieja, en la otra margen del Nervión. Pero releyendo más despacio texto y contexto, prefiero las calles Esperanza-Ascao, con la iglesia de San Nicolás y un par de conventos, a elegir: las monjas agustinas de la Esperanza (hoy colegio), y el desaparecido de Santa María (luego Gobierno Civil y Aduanas), donde está la estación del tren y metro.
       Tras esta pista, veo en la plazuela de San Nicolás, a la puerta del edificio del BBVA, un cartelito moderno que dice:

«Aquí estuvo la posada en la que se hospedó en 1780 John Adams, segundo presidente de Estados Unidos (1797-1801) cuando iba a París en misión diplomática.»

       ¿Es eso cierto? Tal vez sí, pero yo más creo que no. El viajero escocés John Bramsen, que se detuvo en Bilbao en 1822, precisa que «la Posada de San Nicolás, esquina de la calle Ascao, nos la recomendaron como la mejor de la villa», y a pesar de algún inconveniente «como hotel era superior a cualquiera de los que había visto hasta entonces en España» [1].
       Según eso, tanto por la ubicación, como sobre todo por la categoría del establecimiento, yo imagino para un Mr. Adams obsesionado por el ahorro algún otro alojamiento de menos empaque en aquel mismo entorno. Una simple  fonda (tavern), que él califica de «tolerable», en las inmediaciones del actual Ascensor de Mallona.
       Esto cuadraría mejor con la indicación «entre una iglesia y un monasterio». Indicacion, no «según recogen las crónicas de la época»[2]–¡vuelta a enredar para dar relieve!–, sino del propio viajero en su Diario [3].

 “¡Bienhallado, Señor Gardoqui!”
       Diego María de Gardoqui y Arriquíbar (Bilbao, 1745-Turín, 1799) fue uno de los hijos del empresario bilbaíno José de Gardoqui Mezeta, fundador de las compañías mercantiles familiares José Gardoqui e Hijos y otras de capital social millonario (en reales), en paralelo con su hermano Bautista. Sus barcos hacían a todo, y hasta tenía licencia para importar pescado de los dominios británicos.
       Otro de sus hijos, Francisco Xavier (Bilbao, 1747-1820) fue cardenal en 1816, adscrito a la Curia de Roma, donde murió.
       Diego es sin duda la figura más destacada de la familia, aunque hasta ahora no ha sido objeto de la atención que se merece. De educación inglesa, brilló como hacendista, estadista y diplomático, además de banquero y armador.
       La actividad mercantil de la familia corría parejas con su participación en la Real Sociedad Bascongada y Seminario de Vergara.  Como también, en el espíritu de la época, no desdeñaron algunas ganacias menos limpias. Por ejemplo, en 1778, a la vez que Diego tramitaba para el consulado de Bilbao la libertad de comercio con las colonias de ultramar, entraba en la lista de consignatarios indicados por Benjamín Franklin al filibustero americano John Paul Jones para colocar las presas hechas a los ingleses.
       Al mismo tiempo, la casa ‘Gardoqui e Hijos’ hacía de intermediaria para la gran ayuda prestada por España a la causa de los Estados Unidos, materializada en dinero, armamento y suministros, por valor de medio millón de dólares.
       Así pues, Diego Gardoqui ya estaba en contacto con los Estados Unidos cuando casualmente vino a Bilbao John Adams, de camino para su legación en París. Desde luego, le obsequió con esplendidez, con su cuenta y razón. En lo político, Gardoqui se movió en la esfera de influencia de Floridablanca.
       Desde 1785 a 1789 Diego Gardoqui fue embajador de España en Estados Unidos, puesto clave para sus intereses mercantiles relacionados con la importación de bacalao, y a la vez para los intereses de España, necesitada de acuerdos para la navegación del Mississippi (Tratado Jay-Gardoqui). En aquella misión se reveló como ilustrado liberal, astuto y, a lo que parece, honesto.
      De vuelta a España, Gardoqui toca el cenit de su carrera como ministro de Hacienda (1792) de Carlos IV. Al mismo tiempo, el Señorío de Vizcaya le nombraba diputado general honorífico, y la Villa y Consulado de Bilbao le expresaban su gratitud. En 1794 recibe la Gran Cruz de Carlos III.
       Pero en el mundillo político no todo eran parabienes. Jovellanos le tenía por hechura de Floridablanca, y en efecto, al caer éste cesó también el de Bilbao. Tampoco su ejecutoria ministerial habría sido intachable, según el mismo Jovellanos insinuaba, interpretando la última embajada de Gardoqui en Turín como destierro y penalización en un puesto sin salida para sus malas artes del soborno y el cohecho.

        Adams sobre Derecho constitucional comparado
       La obra de Adams donde aparece el elogio de lo vasco que le ha valido la estatua es fruto de su aplicación a conseguir para la nueva nación americana la mejor de las constituciones posibles. El título Defensa de las Constituciones de los Estados Unidos de América se refiere a la acusación de que con todo su énfasis revolucionario, los estados de la Unión mimetizaban las tradiciones políticas inglesas.
       De los tres tomos que llegó a tener la obra, aquí sólo interesa el primero, ciertamente el más novedoso y curioso. Adams adopta el método epistolar para ir describiendo distintas democracias europeas. Un prólogo fechado el 1 de enero de 1787 nos sorprende al afirmar de entrada que el progreso ha unido a Europa, convirtiéndola en una gran comunidad o familia. Un atisbo muy anticipado de lo que es hoy la Unión Europea. Siguen 55 cartas, la última fechada en 21 de diciembre de 1786.
       Adams publicó las cartas en Londres, 1787. Advierto que en la lista de suscriptores no figura Gardoqui, ni nigún otro apellido vasco ni español.
      Por las cartas van desfilando distintas clases de gobiernos actuales, frente a las repúblicas antiguas y utopías filosóficas. Dichos gobiernos o ‘repúblicas’ se dividen en democráticas, aristocráticas y monárquicas, aunque también habla luego de gobiernos mixtos.
       De las repúblicas democráticas (cartas 3-10), abre marcha San Marino, seguida de Vizcaya, Grisones, Suiza, Holanda, etc.
       Lo que Adams entrega al editor londinense tiene más de un panfleto que de  libro. El propio autor lo llama “strange book”, escrito de prisa y corriendo. Una ensalada libresca, recolectada en una cincuentena de obras, cargada de referencias históricas y citas por extenso de varios autores, «generalmente sin el beneficio de las comillas». Era un intento de sistematizar y sustanciar sus ideas expuestas en Thoughts on Government y aplicadas luego en su borrador de Constitución para Massachussetts (Abril 1776).
       El resultado es una obra interesante en la Historia del Constitucionalismo. Defiende a ultranza la división tripartita de poderes, con el legislativo como «natural y necesariamente soberano y supremo» respecto al ejecutivo. El equilibrio social aconseja una estructura legislativa bicameral, y la eficacia pide un ejecutivo fuerte, no juguete de una asamblea aristocrática ni democrática. Todo ello sin perjuicio de la independencia del poder judicial en la aplicación de las leyes.

       ‘Vizcaya’ a vista de Adams
       Que Adams eligiera la Serenísima mini República de San Marino para encabezar su muestrario de repúblicas democráticas de Europa se explica por tratarse del estado soberano más antiguo del mundo (fundado el año 301); como también la república constitucional más antigua vigente (desde 1600). Todo ello en el corazón de los Estados Pontificios y frente a las pretensiones de la Iglesia.
       Tal actitud ‘heroica’ de un insignificante terruño mitificado como nido de águilas llamó mucho la atención en Europa. Joseph Addison le dedicó un capítulo de sus Observacione sobre varias partes de Italia, de donde copia Adams incluso textualmente; sin que ello haya merecido de los sanmarineses al uno ni al otro la gratitud de una estatua.
        «La república de San Marino, como Mr. Addison nos informa, se yergue en la alto de una montaña alta y escarpada…» «Viajemos a algunos de esos países y examinemos sus leyes», acaba de decir. Y ahora añade: «as Mr. Addison informs us». El «periplo por Europa» (salvo alguna escapada  ocasional o alguna legación) es todo de segunda mano, a través de lecturas.

       Más sorprendente es que la carta siguiente, la IV, se titule ‘Biscay’, como si Vizcaya –o el País Vasco, más bien– fuese o hubiese sido alguna vez un estado soberano en forma de república democrática:

       Querido Señor:

       En una investigación como esta, en busca de los pueblos de Europa que hayan tenido la habilidad, el coraje y la fortuna de preservar una voz en el gobierno, no debería pasarse por alto a Vizcaya, en España.
       Mientras que sus vecinos desde ha mucho han renunciado a todas sus pretensiones poniéndolas en manos de reyes y curas, este pueblo extraordinario ha preservado su antigua lengua, genio, leyes, gobiernos y costumbres, sin innovación, más tiempo que cualquiera otra nación de Europa.
       De extracción céltica, en otro tiempo habitaron en algunas de las partes más excelentes de la antigua Bética; pero su amor de libertad y su aversión indómita a servidumbre extranjera les hizo replegarse, ante la invasión o la opresión en sus antiguos asentamientos, hasta estas regiones montañosas que los antiguos llamaron Cantabria.
       Estuvieron gobernados por condes que les mandaban los reyes de Oviedo y León hasta el años 859…

       Cualquier lector algo enterado de la doctrina vascofuerista canónica en el siglo XVIII la habrá reconocido en el texto de Adams, que incluso asume la mitología tubalina y vascocántabra.
Ahora bien, para ser democrática, esta ‘república’ era un tanto peculiar:
                
       Aunque el gobierno se llame democracia, no nos es posible encontrar aquí toda la autoridad reunida en un centro. Al contrario, hay tantos gobiernos distintos como hay ciudades y merindades. El gobierno general consta al menos de dos órdenes: el señor (lord) o gobernador, y el parlamento bienal…
       Podemos juzgar de la forma de todos ellos por el de la metrópoli, que a sí misma se denomina en todas sus leyes ‘la Noble e Ilustre República de Bilbao’. Esta ciudad tiene su alcalde, que es a la vez gobernador y cabeza de justicia, sus doce regidores o consejeros, un fiscal general etc. Entre todos ellos, juntos en el palacio consistorial bajo los títulos de Concejo, Justicia y Regimiento, elaboran las leyes en nombre del Señor de Vizcaya, que las confirma.
       A decir verdad, estos cargos son electos por los ciudadanos; pero por ley han de ser elegidos, lo mismo que los diputados al parlamento bienal o Junta General, de entre unas pocas familias nobles, no manchada por ninguno de ambos linajes, paterno y materno, con mezcla de moros, judíos, nuevos conversos, penitenciados por la Inquisición, etc. Han de ser nativos y residentes, hombres de mil ducados, que no tengan nada que ver con el comercio, manufacturas ni oficios. Y por acuerdo de base entres las merindades, todos los diputados a la junta general, todos los regidores, síndicos, secretarios y tesoreros, han de ser nobles, de hidalgos (knights)  para arriba, y que nunca hayan ejercido oficios mecánicos, ellos o sus padres.
       Así vemos cómo el pueblo mismo ha fijado por ley una aristocracia restringida, so color de democracia liberal. ¡Americanos,  ojo! (Americans, beware!)

       Su preocupación por la defensa ha rodeado de muros todas las villas del distrito, veintiuna en total, siendo las principales Orduña, Laredo [sic], Portugalete, Durango, Bilbao y Santander [sic]. Vizcaya se divide en nueve merindades, especie de jurisdicción a modo de bailío, amén de las cuatro ciudades costeras. La capital es Bilbao…

       Es difícil trazar un bosquejo más chapucero, mecla de datos mal recogidos y peor digeridos. En cuanto se trata de precisar, Adams se embarulla. Aquí lo suyo es la generalización, el ditirambo y la mitomanía absorbida con fruición rayana en simpleza:

       El país es todo él un conjunto de montañas muy altas y muy empinadas, ásperas y rocosas hasta tal punto que una compañía de hombres apostados en una de ellas puede defenderse tanto tiempo como resista, haciendo rodar peñas sobre el enemigo.          
       Esta conformación natural del país, que hace imposible el desplazamiento de tropas en marcha, más el valor de los habitantes, han preservado su libertad.
       Activos, vigilantes, generosos, valientes, recios, inclinados a la guerra y la navegación, han gozado durante dos mil años de la reputación de ser los mejores soldados y marinos de España, y aun así, de ser también los mejores cortesanos, habiéndose elevado muchos de ellos, por su perspicacia y modales, hasta empleos de mucha entidad en la Corte de Madrid.
       Sus valiosas cualidades les han merecido la estima de los reyes de España, que hasta ahora les han dejado en posesión de las grandes exenciones, de las que son tan celosos.

       Antes me referí a una ‘supuesta frase’ de Adams. Respecto a San Marino, citó a Addison sólo de nombre, aunque luego le copiará con toda libertad. Para esta ‘Vizcaya’ ni siquiera da nombre de autor a quien saquea, reflejando mejor o peor los puntos de vista propios de la Sociedad Bascongada por aquel entonces. El mismo Gardoqui seguramente, o algún otro ‘caballerito’ fuerista ilustrado, puso a su disposición los textos pertinentes para este refrito [5].
       Lo que ocurre es que los vascos estamos tan satisfechos de ser como somos –o si se prefiere, tenemos tanto complejo de no estar a la altura de nosotros mismos—, que si un extranjero nos alaba (mejor si evita hacerlo hace en castellano) no nos cabe la menor duda de que es persona inteligente y de gran penetración, que nos ha conocido a fondo y nos pinta tal como somos.
       Tan es así, que no acertamos a distinguir en las palabras del visitante el eco de nuestro propio soliloquio sobre nosotros mismos. Gente que tan bien nos quiere se lo merece todo, qué menos que una estatua en la Gran Vía.
       ¿Y Gardoqui? D. Diego sí que fue gran aliado y conocedor de la joven nación americana, a la que prestó grandes servicios materiales. Sólo que aquella gente no suele corresponder erigiendo estatuas sino, como mucho, cediendo espacio dónde colocarlas. Así Diego de Gardoqui tiene la suya de cuerpo entero sobre pedestal en una plaza de Filadelfia. Pero el monumento en sí lo costeó el Estado Español, en 1997, con ocasión del Bicentenario de la Independencia de los Estados Unidos.
       Y en su Bilbao natal, ¿qué tiene Diego de Gardoqui? Iñaki Anasagasti en su blog saludaba como «un gran acierto la estatua de Adams», donde tras repetir varias de las inexactitudes sobre la visita, se explayaba  en la ayuda que España prestó a los rebeldes norteamericanos a través de los Gardoqui, y de modo especial en el papel que representó Diego, para terminar:    
«Los que viven en la calle Gardoqui de Bilbao ya saben el por qué se llama así su calle.»
        Pues no, señor mío. La calle Gardoqui no es de Diego, sino de su hermano Xavier, el cardenal. Bilbao le premió por haber conseguido el título de basílica menor para la iglesia de Santiago, y no sé si alguna más. Diego de Gardoqui no tiene calle, pese a las instancias recibidas por el alcalde Azkuna. El hombre se habrá dicho tal vez que dos Gardoquis crearían confusión. Pues señor, en tal caso, quitársela a Su Eminencia, que pinta muchísimo menos que D. Diego.
       Tampoco dice palabra Anasagasti del monumento a Diego de Gardoqui en Filadelfia. A ratos sospecho si la estatua de Mr. Adams en Bilbao no habrá sido una venganza sutil del nacionalismo vasco por el homenaje de España a un gran bilbaíno al servicio de la Patria y de la Corona.
___________________________________________
[1] John Bramsen, Remarks on the Northof Spain (London, 1823), págs. 26-27. Es posible que esta referencia haya hecho suponer que Adams se alojó allí mismo. Años después arrasada la manzana, el solar se llamaba de la Posada de San Nicolás cuando, en 1862, don Ambrosio Orbegozo exhibió en el Ayuntamiento los planos del nuevo Banco de Bilbao que pensaba levantar allí. Cfr. ‘Orbegozo Zubiría, Ambrosio (Bilbao, 1797-1864)’, en Agirreazkuenaga, Joseba (dir): Bilbao desde sus alcaldes: Diccionario biográfico de los Alcaldes de Bilbao. Bilbao, Ayuntamiento de Bilbao, 2002-2008, 3 vols. Vol 1 (1836-1901), por J. Agirreazkuenaga y Susana Serrano. Bilbao, 2002, pág. 119.
[2] Aitziber Atxutegi, ‘La posada del presidente John Adams’, Deia, 6 de febrero 2011.
[3] The Works of John Adams, vol. III (Boston, 1851). Repr. Online Library of Liberty Project, Liberty Fund, Inc., Indianapolis.   p. 188.
[4]J. Addison, ‘The Republic of St. Marino’ ; en The Miscellaneous Works in Verse and Prose, 4 tomos; t. 4, Remarks on several parts of Italy, &c. In the year 1701, 1702, 1703. London, 1755, pp. 86-92; J. Adams, ‘St. Marino’, en Defensa, Carta III, pp. 8-16.
[5] Cfr. 'Provincias Exentas', (1), (2), (3), (4), (5).





jueves, 26 de julio de 2012

Santa Ana, por un día














Felicidades a todas las Anas (la primera, la mía)





Hoy, Santa Ana





Dedicada a mi Ana,
por gentileza de Pussy Cat,
benemérita de este blog 


Y ahora al gusto alemán del abuelo Christian Gruss:









martes, 24 de julio de 2012

Papanatas a la bilbainada


La Cocina Vasca de siempre
Algo leí en su día, aunque la cosa no tuvo mucho eco. Era el 3 de febrero del año pasado:

«El alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna, ha inaugurado hoy una escultura en homenaje al segundo presidente de EE. UU., John Adams, y en recuerdo del paso por la capital vizcaína del que fue uno de los padres fundadores de la Constitución americana, que dedicó palabras de admiración al pueblo vasco tras su visita.»

Entre que bajo poco a Bilbao y el despiste, la verdad, en todo este tiempo no había reparado en el monumento. Ahora, por razón que no viene al caso y quede entre mi dentista y yo, me he dado de bruces con Mr. Adams en bronce, que me ha dejado a mí de piedra. De tamaño natural. Algún reportaje hablaba de «un busto».
[¿Busto, lo de Adams? Demasiado busto, de bragueta y rabadilla para arriba y con brazos; o sea en 2ª acepción del DRAE: «Parte superior del cuerpo humano.» Una acepción extensiva y abusiva, porque el busto propiamente tal, como dice la misma  Academia, es escultura o pintura de la cabeza y parte superior del tórax (del cuerpo humano, convendría repetir). Ese es el ‘busto clásico’, para entendernos ; aunque curiosamente, ni la misma Academia en sus mocedades, ni tampoco los romanos antiguos conocieron ese significado de una palabra (bustum) que para ellos evocaba la pira funeraria y el sepulcro, no la imagen ceremonial del difunto] 
Y en ese sentido, adelantando ideas, el bilbaino don Miguel de Unamuno, el pobre, como estilita en su plaza en Bilbao,  ni siquiera llega a busto, es sólo cabeza rebanada, mientras que a Mr. John Adams le tenemos en superbusto en plena Gran Vía.
Vaya por delante que este villano no sólo respeta sino que estima a su alcalde. Un buen alcalde, el mejor que ha tenido Bilbao en democracia, así lo veo. Hace uno años, en el Hospital de Basurto tuve el honor de cederle mi cama y habitación, más adecuada para Don Iñaki con sus visitas y reuniones. Bien es verdad que nadie me pidió parecer, lo que aumenta, si cabe, la sinceridad de mi pequeño sacrificio.
Todo ese aprecio mío no quita para que vea en mi alcalde los claroscuros que distinguen al ser humano del apparatchik, o de esos robots perfectos e impecables que la izquierda aberchale diseña para gobernar este País. Tampoco es cosa de cargar la mano en lo negativo de Azcuna, precisamente ahora que esa misma izquierda, como ‘Comparsas de Bilbao’, se le enfrenta como suele, aprovechando las Fiestas de la Villa. Si me meto con el alcalde, a cuento de la estatua de John Adams, es porque tengo entendido que la iniciativa fue suya.

Ser estatua en Bilbao
En lo antiguo, tener estatua pública era una distinción que, además de merecerla, había que pagarla. Esa era la regla, sin más excepciones que los tiranos autoadulados  y los grandes beneméritos de gratitud pública, expresada por suscripción popular o más raramente a costa del erario. ¿Qué hizo este norteamericano por nosotros hace 230 años? ¿Qué deuda tan atrasada hemos descubierto?


El Correo encabezaba así la noticia:
John Adams estuvo en Euskadi en enero de 1780
03.02.11 - 16:36 -EFE | Bilbao
Mal empezamos. ‘Euskadi/Euzkadi’ como palabra es creación de Sabino de Arana, y como ente político jamás existió hasta los Estatutos de 1936 y 1979. Adams no pudo estar en Euskadi.

El alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna, ha inaugurado hoy una escultura en homenaje al... que dedicó palabras de admiración al pueblo vasco tras su visita.

¿Eso es todo? Asombroso. Según eso, cada personaje que nos visita y expresa admiración nos merece una estatua. En otras partes se conformarán con algo menos, una calle dedicada, un medallón, una placa. Nosotros también, una placa, pero que sea grande y de bronce, sobre un gran paralelepípedo de piedra, qué menos, puesto que ha de sustentar una estatua de tamaño natural, en bronce igualmente.  Todo un monumento, que se planta en medio de una bocacalle, a la vera de la Gran Vía y junto al palacio de la Diputación Foral.
¿Pero qué hizo Mr. Adams de paso por Bilbao, o qué dijo de nosotros? Oigamos al alcalde Azcuna en su breve discurso inaugural:

John Adams visitó Bilbao en 1780 y aquí pasó cinco días con los Gardoqui, antes de dirigirse a Burdeos. John Adams fue el primer vicepresidente con George Washington como presidente de EE.UU. y el segundo presidente de esa gran nación, con Thomas Jefferson como vicepresidente. Recuerden ustedes que Diego Mª de Gardoqui y Arriquibar fue nombrado en 1784 Embajador de España en USA.
Adams fue el último de los firmantes de la Declaración de Independencia de EE.UU. (1776)…  Fue uno de los redactores de la Constitución de Massachusset, cuya estructura fue reproducida en la Constitución de EE.UU. (1787).
Adams escribió “Defensa de las Constituciones de los Estados Unidos” e hizo un repaso político de los sitios visitados. Habló de Bilbao y Bizkaia laudatoriamente, alabando los Fueros por los que nos regíamos y la relación con el Reino y la Corona.
De él son las frases que en inglés, euskera y castellano quedan grabadas en el monumento dedicado a Bizkaia (sic):

 “Esta gente extraordinaria ha preservado su antigua lengua, genio, leyes, gobierno y costumbres, sin cambios, mucho más que cualquier otra nación de Europa”. 

El 18 de enero de 1780 escribió de Bilbao:

“Hemos paseado por la ciudad. Paseamos por el muelle a lo largo del río. Pudimos ver un mercado de frutas y verduras muy abundantes. Llegamos hasta la entrada de la ciudad, subimos a la montaña por la escalera de piedra y vimos hermosos jardines, verdor y vegetación. Después recorrimos a pie una por una todas las calles de la ciudad. Más tarde nos encontramos con los Sres. Gardoqui…….”.

John Adams elogió nuestro sistema foral, alabó a Bizkaia y la República de Bilbao. Elogió los fueros…
Bilbao honra a un revolucionario americano, demócrata, liberal republicano, que estuvo presente en la Declaración de Independencia, en la Constitución y llegó a la Presidencia y honró con su escrito a Bizkaia y a Bilbao.

¿Asombroso, dije? No: alucinante. Aquí tiene que haber gato encerrado. Y claro que lo hay. En la Embajada de los Estados Unidos lo vieron de inmediato, cuando invitados al acto inaugural, tras tomarnos por chiflados, encargaron la representación a su consejero de Asuntos Políticos, quien por cierto fue el único que rompió nuestro protocolo  pronunciando la palabra vitanda, España:
  
«Mr. R. Gafan Scott ha agradecido la escultura y ha destacado que las relaciones entre España y Estados Unidos "siempre" han sido "fuertes"… »

John Adams y Bilbao: cinco días de enero de 1780
Tras un primer viaje a París, con su hijo mayor John Quincy, de 10 años, Adams vuelve a América en una nave real francesa, La Sensible, regresando muy pronto en la misma. Esta vez trayendo también a Charles, el hijo segundo, con vistas a darles una educación a la europea.
Por entonces ya estaba Adams interesado en las distintas formas de gobierno democrático en Europa, como se refleja en su Diario.
Pero La Sensible, haciendo honor a su nombre, terminó haciendo una vía de agua que dos bombas no bastaban a achicar, por lo que el capitán puso proa al Ferrol, para un par de meses en dique. Adams impaciente decide continuar viaje por tierra –luego se arrepentiría–, y esa fue la ocasión de conocer muy por encima Bilbao y alrededores. Una estancia breve de cinco días, que fueron cuatro, pues el domingo 16 anota lacónico: «Descansé y escribí».
En el Ferrol había descubierto el chocolate español, que hacía honor a su fama mundial.
14 de diciembre 1779, martes, por la tarde cruzan a La Coruña. Adams está resuelto a aprender español, él y sus hijos. Se merca el diccionario de Sobrino, en 3 tomos, una  Gramática Castellana, excelente en su opinión, más otra gramática latina en español, y la de Sobrino en francés:

«Para el que entiende latín, el español es facilísimo. Yo me prometo  en un mes leerlo perfectamente y hacerme entender, igual que entienda a los españoles.»

Punto y seguido, cambiando de tercio:

«El Cónsul y Mr. Linde, un caballero irlandés, dueño de una academia de Matemáticas, dice que la nación española en general  ha sido de opinión que la revolución en América ha sido un mal ejemplo para las colonias españolas y un peligro para los intereses de España, ya que los Estados Unidos, si les da por ser ambiciosos y les entra el espíritu de conquista, podrían echar el ojo a Méjico o Perú. 
El Cónsul mencionó la opinión de Raynal, que de no ser por que no interesa a las potencias europeas, América toda debería ser independiente. 
Yo le dije al caballero irlandés que América odiaba la guerra, que sus miras iban por la agricultura y el comercio, y que su interés, como el de los holandeses, era vivir en paz con todo el mundo, hasta tener el país  poblado del todo, lo que no ocurriría en bastantes siglos… »

El 17, viernes, en el Palacio de Justicia de La Coruña

«me mostraron en tres volúmenes in folio las leyes del país, que son las leyes de los Godos, Visigodos, Ripuarios etc., incorporadas al Corpus Iuris. En todas las salas solo hay asientos para los jueces, todo el mundo en pie.»

14 de enero 1780, viernes. Puerto y travesía de Orduña:

«En tan estrecho espacio han amontonado juntos dos conventos, uno de frailes, otro de monjas. Vi a los zánganos de franciscanos en las ventanas de sus celdas, según pasábamos. Al pie del puerto pagamos un pequeño peaje para el mantenimiento de la carretera…
Cabalgamos río abajo entre dos hileras montuosas hasta Lugiano (Luyando), donde hicimos noche, cuatro leguas de Bilbao. La fonda es de lo más sucio y desacomodado que he visto… »

15, sábado. Llegada a Bilbao. «Antes de llegar divisamos el ‘Pan de Azúcar’: un monte piramidal que se llama así, ‘Pan de Azúcar’». El Serantes, desde el alto de Miraflores.
«La fonda (tavern) donde estamos es tolerable, situada entre una iglesia y un monasterio». Sería el de San Francisco, en Bilbao la Vieja, supongo.

«17, lunes. Almuerzo con los dos Srs. Gardoqui y su sobrino. Luego visita a la iglesia parroquial (San Antón) y Santiago, que de cierto ya estaba en pie el año 1300… Fuimos a la Cámara de Comercio (el Consulado). Curiosa institución. Todos los años, a fecha fija, a principios de enero, todos los comerciantes de Bilbao se reúnen, escriben sus nombres cada uno en una bola y las meten en una caja, de donde sacan cuatro a suertes. Estos cuatro nombran a cierto número de consejeros o senadores. Tengo que informarme más a fondo. Esta Cámara de Comercio procura ante todo que los comerciantes arreglen sus diferencias entre ellos. Si no resulta, han de dirigirse a la cámara por escrito… »

El alcalde Azcuna nos ha leído un texto de Adams sobre Bilbao. Y eso que él, o su escribidor, se ha saltado en la plaza de la Ribera una lista de comestibles bastante más completa, así como otro detalle: que a la vuelta de Mallona por las escaleras de las Calzadas visitaron el mostrador de un librero. Caray con don Iñaki, que Mr. Adams era bibliófilo y un erudito.
Vuelven luego a encontrarse con los indispensables Gardoqui, que oficiosos les llevan de tiendas: «tiendas de vidrio, tiendas de loza, de bisutería, juguetería y cubertería. No encontré nada del otro mundo. Hay sin embargo algunos almacenes y tiendas bastante grandes y bien surtidas.» Vamos, que como para busto. Otro pequeño esfuerzo, y el amigo americano se gana la estatua.
Completemos ahora las referencia del discurso edilicio con un par de cartas del mismo Adams a su mujer Abigaíl (Portia). La primera desde Bilbao, escrito Bilboa en esta edición que uso, a la moda inglesa de entonces, para deleite de los partidarios del Bilbo. Ya se sabe que los ingleses siempre han sabido el nombre ‘verdadero’ de la villa mejor que los españoles y, desde luego, mucho mejor que los bilbainos. Cómo pronunciaban su Bilboa, ese es otro cantar. Vamos con las cartas:

Bilbao, 16 de enero 1780
Mi queridísima amiga,
Hemos llegado aquí anoche, todos vivos pero todos muy a punto de enfermar, con grandes resfriados que hemos agarrado en el viaje…
Por todo el camino las posadas nos han resultado incómodas por no tener chimeneas en las casas, con el frío que hace. Gran parte del viaje, el alojamiento ha sido malo hasta lo indecible.
En Bilbao muy bien, hemos recibido mucha cortesía de los Srs. Gardoqui e Hijos, lo mismo que en el Ferrol  y Coruña de parte de Mr. de Mournelle y Mr. Lagoanere. Quisiera enviaros algunas cosas de por aquí para uso de la familia, pero es tan arriesgado que creo mejor será dejarlo hasta que lleguemos a Francia…  Adieu, adieu.  John Adams.

                                                                    París, 16 de febrero 1780

… He tenido mucho gusto en conocer a la familia de los Gardoquis, que me han tratado con la magnificencia de un príncipe. Estarán muy contentos de seros de utilidad en cuanto puedan. Recordad no obstante que tenemos muchos hijos, y nuestro deber para con ellos nos exige arreglarnos con la economía más estricta. Mi viaje por España ha sido infinitamente caro para mí, muy por encima de mis ingresos. También aquí hay carestía…»

Pero se hace tarde, y alguno de mis amigos lectores me reprende, porque en estas vigilias me dejo la vista y la salud. Todo sea por nuestra amada Bilbao. Otro día entramos un poco más en las entrañas de la estatua parlante de Mr. Adams. Por lo visto hasta ahora, nos vamos haciendo idea, si ha sido dinero bien gastado.