lunes, 11 de junio de 2012

Historias de balneario



        En Puzol, cualquier esquina puede dar una sorpresa. Ya según se entra por la Puerta de Nápoles, bajo aquel feísimo arco de ladrillo, hay un minimuseo de lápidas colgadas a derecha e izquierda. La más notable sin duda es la que hizo grabar don Pedro Antonio de Aragón (1666), virrey en nombre de Carlos II de España. Allí, en letra clásica apretada, se ofrece a la curiosidad del motorista o el camionero que circula a todo gas la lista completa en latín de los veinte baños termales que había entonces entre Puzol y Bayas, con la situación y virtudes curativas de cada uno:

«El primer baño es el de Cantarello, cerca de las Tres Columnas: su agua cura úlceras y fístulas, seca catarros, corta flujos de sangre, es buena para la artritis, hace salir el hierro clavado y los huesos astillados, y en todo menester presta el servicio de un cirujano.
El segundo es el de Fontana, al lado de Cantarello: produce  sueño, suelta el vientre, multiplica la leche, hace a los niños pequeños soporosos, suprime la arcada, ablanda toda dureza, purga los riñones, expulsa la arenilla, abre la vejiga…»

Los catálogos de los baños bayanos se remontaban a época romana. No era sólo publicidad. La industria en sí tenía sus altibajos y eclipses, mientras las propias fuentes sufrían cambios en aquella zona geológica tan activa.  Entrado el siglo XVI, el sistema se mantenía más o menos. Hasta el 29 de septiembre de 1538, cuando tras una noche tremenda, al amanecer los vecinos no reconocían el paisaje. Un Monte Nuevo de ceniza había sepultado la aldea de Tripérgole, y una decena  de baños habían desaparecido.

La inscripción del virrey responde a los esfuerzos del gobierno español por rehabilitar la ‘Terra di Lavoro’ –como se llamaba por extensión a los Campos Flegreos–, un país arruinado y desmoralizado. El mismo don Antonio había encargado a su médico Sebastián Bartolo la búsqueda de los manantiales perdidos y nombró una comisión para la restauración de los baños puzolanos [1].

Cultura balnearia
El romano imperial ‘de libro’ –el de cine no tanto– hacía vida muy acuática, siendo los pudientes más anfibios que los sapos, dicha sea retoricando lo justo. Así no es de extrañar que desarrollaran una cultura balnearia para el bienestar, la higiene y la terapia. Con el Imperio, Roma dicta al mundo tributos, orden, derecho, lengua, red viaria y baños.
Plinio Segundo en su Historia Natural no olvida el elemento húmedo. El libro XXXI, en efecto, trata de ‘Hidroterapia y maravillas de las aguas’. Lo abrimos, y de buenas a primeras nos lleva al golfo de Bayas (31, 2),
  
«donde más que en parte alguna son ricas y de vario remedio: sulfurosas, aluminosas, salinas, nitradas, bituminosas, ácido-salinosas.  Algunas benefician también por el vapor, con tanta fuerza que calientan los baños, y las hay que hacen hervir el agua fría en las tinas… »

Lugares de placer o descanso, también de retiro y estudio. Por ejemplo, allí tuvo Cicerón (ib., 3)

«la notable quinta, según se va del lago Averno a Puzol, sobre la costa, muy conocida por el pórtico y bosque, la que él llamaba ‘Academia’… Allí a la entrada, a poco de morir él brotaron fuentes calientes de lo más saludable para los ojos…»

¿Con que la salud? Pues mucho ojo, que entramos en un mentidero:

«En la misma Campania, las Aguas de Sinuesa [2] curan a las mujeres la esterilidad y a los varones la locura… Fuentes que te ponen moreno, o al contrario, aclaran la piel; aguas crecepelo…»

Lavarse, beber, a menudo ni se distingue porque iba junto. Había fuentes para todo, incluso por parejas de contrarios: el ‘Recuerdo’ y el ‘Olvido’, vecinas  en el templo de Trofonio [3]; fuentes de la risa y el llanto, del amor y del desamor. Para ganar coeficiente intelectual, nada como Cesco, en Cilicia. ¿Que abusaste de Cesco hasta pasarte de listo? Mal hecho, pero en fin, tiene arreglo: en la isla de Ceos [4] está el manantial de la Tontuna. La hidromanía debía de ser bastante común, algo que también se vio en tiempos de nuestros abuelos, cuando estuvo de moda tomar las aguas.
A todo esto, los romanos llamaban y escribían balneum, aunque la gente lo pronunciaba baneum o banium, más parecido a nuestro baño [5]. La palabra pasaba por préstamo griego (balaneîon), aunque nadie sabía el significado. ‘Quitapenas’, según una etimología de oído: en griego, bállo, expulsar, y anía, tristeza [6].
  
Bañarse en la Edad Media
El Cristianismo fue ambiguo frente al baño. El bautismo no era otra cosa, un baño absoluto. Pero quizá por eso mismo, un san Antón en Egipto decidió que ese único baño era suficiente, y desde que se metió monje no volvió a lavarse. 

Cierta moral ascética, partiendo de que todo lo agradable, o es pecado, o es ocasión de pecar, miraba de través las delicias del sentido. La única dispensa era la salud. Aguas que antes fueron paganas, ahora, bajo el patronato de San Juan Bautista y otros titulares, eran benditas, salutíferas y hasta milagrosas.
La Europa Medieval todavía goza para muchos de la reputación de guarra. Fama injusta, al menos por comparación con la Edad Moderna, si no confundimos oler a limpio con envolverse en perfumes.
El caso es que en el siglo XI la zona de Bayas-Puzol aún revivía cierto esplendor balneario de los viejos tiempos, en parte sobre las mismas termas destartaladas. Una clientela mixta de nobles y plebeyos, con fuerte olor de multitud popular, acude a las aguas, a título de medicina.
¿Título real, o colorado? La tapadera curativa era el expediente para allanar las reservas del clero frente a unos establecimientos catalogados  a renglón seguido de los burdeles. Cuya vecindad y conexión con los baños tampoco era rara, como en casi todos los grandes centros de peregrinaje mercantil,  sanitario o devoto.
Además, Bayas siempre tuvo mala fama.  Allí, según Marcial, la más formal  de las matronas llegaba Penélope y volvía Elena [7]. Al pobre Propercio, sólo imaginar a su novia Cintia de vacaciones sin él por aquellas playas le ponía malo [8].
La caída del Imperio dejó estas costas a merced de piratas, saqueadores e invasores: bárbaros, griegos, sarracenos, normandos..., gente nueva.  Reminiscencias confusas crean leyendas en cada rincón de aquel mundo insólito. La imagen de Virgilio y un recuerdo vago de la ‘Academia’ de Cicerón se solapan en la figura medieval de Virgilio el Mago, que en una cripta de Posílipo abre escuela de ocultismo.
A este mago Virgilio le colgó la fantasía popular todas las obras grandiosas de ingeniería, túneles, canales, acueductos, la Piscina Admirable de Bácoli. La enorme Gruta de comunicación con Nápoles la abrió él solo, en una noche. Virgilio habría sido en realidad el primer patrono y protector de esta ciudad. Para ella levantó el Castillo del Huevo, a modo de talismán. Para ella fundió en bronce una mosca colosal, y se acabaron las moscas en Parténope, tal vez por la misma magia que impedía a las aves sobrevolar el Averno. Virgilio fue también y sobre todo el artífice de toda la vasta red termal y de los balnearios [9].
Las mismas historias, cada gente se las guisaba en su cocina. Así, en relación con la famosa Gruta, el viajero judío navarro Benjamín de Tudela (1130-1173) no sabe nada de Virgilio. Lo que a él le cuentan sus correligionarios es que fue «obra de Rómulo, primer rey de los romanos, para esconderse por miedo del rey David y de Joab, general de su ejército».  Y de Puzol –«que en otro tiempo se llamó Sorrento (¡!)»– recuerda (siempre ignorando a Virgilio)

«una fuente donde hay un aceite  que llaman petróleo…, como también termas naturales medicinales muy solicitadas por los enfermos, en especial por los lombardos, que suelen acudir en temporada de verano» [10].
  
Pero el buen Virgilio no se contentó con levantar aquellos establecimientos  de utilidad pública, también ideo la primera guía hidroterápica. Elijo, entre muchos testigos, la Crónica Partenopea (siglo XIV) [11]:

«En el baño principal, llamado Trítola, había talladas y esculpidas unas imágenes, que con la mano señalaban cada enfermedad, según el miembro al que apuntaban: una a la cabeza, otra al pecho, otra al estómago, otra al vientre, otra a la cosa (sic) y la otra a los pies. Y sobre las cabezas, letreros también esculpidos, designando los baños útiles a dichas enfermedades. Todo ello hecho con sutil artificio y magisterio, de modo que los pobres enfermos, sin ayuda ni consejo de médicos,–los que sin caridad exigen que se les pague–pudiesen por sí solos encontrar remedio.»

La última frase aludía sin nombrarlos a los dos santos patronos de la profesión médica, Cosme y Damián, llamados en Oriente los anárgiros, porque curaban gratis. Prosigue la Crónica:

«Aquella solución para los enfermos pobres, colmó la paciencia de los médicos de Salerno, que una noche viajando por mar rompieron aquellas figuras y letreros que les quitaban ganancia. Pero llevaron su merecido, porque de vuelta a Salerno, sorprendidos por una tempestad, dieron al través entre Capri y la Minerva, ahogándose todos menos uno, para testimonio de la justicia divina.»

Esta tradición, poco fiable, nos recuerda que ya por el siglo XI-XII tuvo su apogeo la célebre Escuela Médica de Salerno. Una escuela que seguramente tuvo poco que temer de las termas puzolanas. Allí precisamente, hacia 1200-1220, trabajaba Pedro de Éboli, autor de páginas en prosa y verso muy positivas sobre Los Baños de Puzol.
La obra iba dedicada a Federico II de Suabia (Hohenstaufen). Y si la idea era interesar al emperador germánico, el hecho es que Federico visitó los baños en 1227. Si lo hizo como enfermo real, o enfermo imaginario (para excusar el compromiso de la cruzada a Tierra Santa), o simplemente por fastidiar al clero, no consta. Federico (1194-1250), personaje mítico y mitificado, refinado, culto y polígloto, ortodoxo y descreído, fue una paradoja viviente.  ‘Pasmo del mundo’ (Stupor mundi) le llamaron; ‘Sol del mundo’, según el de Éboli. En todo caso, Pedro, aunque clérigo tonsurado, era un gibelino, como demuestra otro poema suyo perdido, en honor de Federico I Barbarroja.
El poema Los Baños  va describiendo cada estación y sus indicaciones como lo haría cualquier directorio. Como metro usa una estancia o estrofa a base de cuaderna vía + pareado endecasílabo. No es de extrañar, pues, que aquel volgare a nosotros nos suene al coetáneo Mío Cid, a Berceo o a Juan Ruiz, el Arcipreste:

Intre tucti le opere,                 Dio è sempre laudando,
Massemamente o’ l’omini      no’ po[n], per sé operando:
Ciò è dove ne mancano          l’arte de medecando,
Et sole l’acque sanano,           per sua virtù lavando:
     Ad alma & corpo la summa vertute,
     Per acqua, ne conduce onne salute.


En la infancia del Purgatorio

Decimum nonum est Sudatorium Tritoli in monte excavatum…

Esta frase de la lápida de Aragón recoge la distinción entre baño o lavatorio y estufa o sudatorio. El poema describe así la que ya en su tiempo se llamaba Estufa de San Germán:







La primo bagno dicese             Sudaturo per nomo:
Grande profiecto venende     de chella parva domo,
Però cha multo sudance,        se ‘nce demura l’omo.
Ora te voglio dicere,               quan’ è utile & como:
      Un laco stai aloco da vicino,
      De rane et de serpenti multo plino.

El lago de Agnano, correspondiente a un cráter aparecido no se sabe bien cuándo, y que en efecto estuvo lleno de culebras y ranas, terminó convertido en foco de paludismo y se drenó en 1870. Lástima, porque fue una de las estaciones obligadas del Grand Tour; como también fue otro de mis fantasmas juveniles, por la famosa Gruta del Perro. Sin embargo, en nuestro viaje reciente evitamos como la peste este paraje, desnaturalizado por la industria hotelera. En su lugar, probamos en la Solfatara un sudatorio moderno  para dar una idea.
La mayoría de los baños de Puzol terminaron tomando nombres santorales. Este de San Germán viene de un obispo de Capua y una experiencia que tuvo muy curiosa. El papa san Gregorio el Grande la aprovechó para su colección de historias  de ultratumba, que son como el nacimiento y primeros vagidos del Purgatorio. Más o menos, dice así [12]:

Pues señor, que a la muerte de Anastasio II (498) la elección de papa estuvo difícil. Dividida Roma en dos bandos, la parte más sana eligió papa a san Símaco en Letrán, mientras los rivales alzaban en Santa María la Mayor al arcipreste Lorenzo. Un cisma. La cosa se enconó, y aun hechas las paces, todavía hubo gente incluso buena que no daba el brazo a torcer. 
 Pasados los años, olvidado ya todo aquello, ocurrió que el obispo Germán de Capua, por enfermedad, hubo de  visitar Agnano, donde las termas romanas todavía estaban en pie. A la entrada del sudatorio, un empleado o bañero en túnica corta de esclavo atendía a la clientela. 
Hechos los ojos a la penumbra y al vapor, el obispo por poco se muere del susto al reconocer al hombre:
– ¡Pascasio!...
– El mismo, señor. ¿Habéis podido reconocerme, con esta pinta?
– No puede ser. ¡Pero si te moriste hace mucho! Por cierto, todos te tienen por santo.
En efecto, el diácono Pascasio, hombre pío y limosnero, autor también de excelentes libros, había muerto en olor de santidad.
– Sí, pero como vos sabéis, yo fui partidario de Lorenzo, y lo que vos  ignoráis, perseveré obstinado hasta la muerte. Por eso en castigo me han destinado aquí; y lo mismo que vos vais a sudar los malos humores del cuerpo, yo he de seguir sudando el alma, hasta que purgue mi pecado.

¿Bonita historia? Pues otro día decimos algo de Salerno y su Escuela de Medicina.
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[1] Cfr. S. Bartolo,  Breve ragguaglio de' Bagni di PozzuoloNapoli, 1667. El mismo:Thermologia Aragonia. Neapolis, 1679, 2 tomos (en latín). Tomo 1º y tomo 2º.
[2] Hoy un yacimiento en término de Mondragón, en la Campania.
[3] En Livadia, Beocia.
[4] De nombre moderno Kea (Cea).
[5] La forma baneum está acreditada por una inscripción de Pompeya.
[6] La recordó San Agustín donde dice que al perder inesperadamente a su madre Mónica, tras un funeral sin lágrimas buscó alivio en el baño, porque «había oído que en griego balaneîon significa ‘quitapenas’» Confesiones, IX, 11, 32.  
[7] «Levina en castidad no cede a las antiguas sabinas, y si su hombre es tétrico, ella lo es más. Pero ¡ah!, chapuzón en el lago Lucrino, zambullida en el Averno, del agua fría pasa a la templada del litoral bayano, y tostándose al sol brota la llama. Total, que Levina se ha fugado con un joven, plantando al marido. Vino Penélope, se va Elena.» (Libro 1, 62).
[8] Libro 1, 11, vv. 27-30:
Tu modo quam primum corruptas desere Baias:
         multis ista dabunt litora discidium,
litora quae fuerant castis inimica puellis:
         a pereant Baiae, crimen amoris, aquae!
[9] Cfr. W. Milberg, MirabiliaVirgiliana. En Frid. Franke (ed.), Memoriam Anniversariam Scholae Regiae Afranae. Misenae, 1867; pp. 2-40.
[10] «Un betún que flota en el agua y llaman petróleo». Arias Montano traduce o transcribe así el hebreo פיטרוליו , mejor que otros vitriolum. Cfr. Itinerarium Beniamini Tvdelensis. Ex Hebraico Latinum factum, Benedicto de Aria Montano interprete. Amberes, Plantin, 1575, p. 22. Massa'ôth shel Rabbi Benyamîn / Itinerarium D. Beniaminiscum versione et notis Constantini L’Empereur ab Oppyck. Leiden, Elzevir, 1633, pág. 15.
[11] Erasmo Pèrcopo, I Bagni di Pozzuoli. Poemetto napolitano del sec. XIV. Napoli, 1887; cap. 26, p. 135.
[12] S. Gregorio Magno, Diálogos, libro 4, cap. 40 (El alma del diácono Pascasio); PL 77: 396-397. 





lunes, 4 de junio de 2012

Las Columnas de Serapis




Entre todas las fijaciones infantiles que recuerdo, una de las más tenaces y vivas ha sido la imagen de las Tres Columnas del Serapeo de Pozzuoli. La misma que Lyell adoptó como frontis de su obra magna, Principios de Geología (1830-1833, 3 tomos).
La tríada de monolitos de mármol cipolino claro con ancha banda oscura a media altura perforada por moluscos marinos está diciendo tres cosas: 1ª) esas piezas arqueológicas de hace 2.000 años siempre han estado de pie, 2ª) mientras el suelo con ellas descendía varios metros bajo el nivel del mar y tras largo tiempo volvía a subir, 3ª) moviéndose con la suavidad suficiente para no derribarlas.
Estas cosas aprendidas de niño marcan para toda la vida, y el ‘Templo de Serapis’ próximo a Nápoles entró en mi lista de las cosas que hay que ver. Por qué, no sabría explicarlo. Hoy diría que porque aquello entraba en la categoría de lo que los antiguos llamaron ‘paradojas’ (cosas raras), thaúmata o mirabilia: las ‘maravillas del mundo’. Las Maravillas del Mundo: precisamente era el título de mi primer álbum de cromos ‘Nestlé’, manoseado con fruición, aunque no recuerdo si las columnas  estaban allí.
Sorprendente en sí mismo este paraje geológico, despierta otra sorpresa mucho mayor: ¿cómo es que la Geología –palabra en uso desde principios del siglo XVII– no se hizo ciencia moderna hasta el siglo XIX ?[1]
Si para nuestro reloj biológico y vida breve era difícil hacernos a la idea del tiempo geológico, el mito cosmogónico y la ‘historia’ sagrada de la Biblia lo puso más difícil. Cierto que la Biblia habla de un cataclismo o diluvio universal, de una catástrofe ígnea que devoró la Pentápolis del Mar Muerto, de una parada del sol y la luna, incluso de un movimiento retrógrado de la sombra en algo parecido a un reloj de sol. Pero se trata de ‘milagros’ divinos, al margen de todo razonamiento crítico, analítico o predictivo.
La Geología nació y creció esclava doméstica de la Teología. Lo dijo Charles Lyell (un científico creyente), «los sistemas geológicos más populares en el siglo XVIII fueron de lo más ingenioso para ajustar los ‘hechos’ al relato de Moisés» (concordismo) [2]. Es una página patética, porque el gran geólogo la enfila contra Voltaire, quien por supuesto «was ignorant of the real state of the science», al margen de su mala fe, «bad faith». Y eso de la mala fe ajena lo escribía un hombre de ciencia que terminó haciéndose sus trampillas al solitario para salvar la suya.
Cuando el joven Darwin se embarca en el ‘Beagle’ (1831-1836), el capitán Fitz-Roy le invita a compartir su camarote. Allí en un anaquel de libros estaba el de Lyell, que para Darwin fue de cabecera todo el viaje, llevándole a conclusiones nada aceptables para los teólogos. Ante el evolucionismo darviniano, Lyell nadó y guardó la ropa: rechazó la teoría y siguió siendo conciliador respecto a unos relatos bíblicos que él creía revelados por Dios y auténticos «de Moisés».
Todavía en aquel tiempo mucha gente con ideas propias en Biología y Geología las publicaba en folletos anónimos [3]. Y eso en el Reino Unido, a donde no llegaba el brazo del Santo Oficio. Asombroso, porque ya en los siglos II-III los pensadores cristianos cultos, como Orígenes, al corriente de las teorías científicas de entonces, proponían para la Biblia sentidos místicos e interpretación alegórica. Frente a eso, la ortodoxia se decantó por tomar al pie de la letra lo que sólo eran mitos y leyendas. El resultado a la vista está.
De todas formas, incluso superado el obstáculo de la Cosmogonía mosaica y abordado el problema con nueva mentalidad, la ciencia geológica no dio el salto decisivo hasta que vino la ‘revelación/revolución’ de la deriva continental, el principio de isostasia y el modelo de la Tectónica de Placas.
Volviendo a nuestros Campos Flegreos, la inestabilidad de la zona se manifiesta también en surgencias hidrotermales explotadas desde los romanos. Este aspecto balneario quédese para otro día.

Plutón respira
Las columnas de Pozzuoli –una de ellas muy cinchada— pertenecen a la historia de la ciencia. La realidad del bradiseísmo o ‘terremoto lento’ era conocida allí desde muy antiguo, cuando se le atribuía significado religioso. Era como si el mundo de los muertos allá abajo palpitara, como si el pecho gigantesco de Plutón subiera y bajara en sosegado ritmo respiratorio.
La fase ascendente se acompañaba de retroceso de la línea de costa, apareciendo tierras de nadie. Este ir y venir del litoral surtía efecto jurídicos sobre la propiedad del suelo emergente. Así el 6 de octubre de 1503 los Reyes Católicos fallaron a favor de la universidad o comuna de Pozzuoli, atribuyéndole la propiedad del nuevo suelo con toda su raíz. Y pocos años después, en 1511, el virrey de Nápoles en nombre de Fernando de Aragón, como rey de las Dos Sicilias, amplia la concesión a «quoddam demaniale territorium mare desiccatum circum circa praefatam civitatem Puteolorum, in continenti eiusden situatum» (23 mayo 1511) [4].
No siempre fue todo tan tranquilo, también se han conocido aquí terremotos de los buenos y vulcanismo, como el que en el mismo siglo XVI originó de la noche a la mañana el levantamiento del cráter llamado Monte Nuevo (1538).
A todo esto, en 1749 alguien ‘descubre’, ocultas por los arbustos, la parte superior de tres columnas casi enterradas. Al punto los eruditos locales recordaron el lugar llamado ‘A las Tres Columnas’ por el cronista Juan Villani (siglo XVI), como también la Viña de las Tres Columnas, en otros documentos. Se ve que aquellos cipotes tan verticales y alineados siempre llamaron la atención. Pero nadie sabía lo que había debajo, hasta la excavación iniciada en 1750.
En los trabajos apareció una estatua de Júpiter/Serapis, así como un tholos o peristilo circular central. Por eso se llamó ‘Templo de Serapis’. Hoy se piensa que no hubo tal, sino que se trata de un macellum o mercado de comestibles. Toda la excavación se mantuvo totalmente en seco hasta finales de aquel siglo  XVIII, cuando empezó a ‘subir’ el nivel de agua.
Por supuesto, no había tal subida, sino que era el suelo el que bajaba. Y por lo visto no era la primera vez, aclarando así un enigma de la excavación, con dos pavimentos antiguos, uno encima de otro.
Otro enigma de las columnas –y del yacimiento en general– era la ancha banda oscura a media altura, con el ataque de los moluscos. Por entonces (1792) el geólogo y vulcanólogo ítalo-alemán Escipión Breislak entiende que esto último era efecto de una larga inmersión marina, la cual podía repetirse.
Con todo esto, más el volcanismo de la región, etc., este lugar cobró celebridad mundial como etapa del Grand Tour en los Campos Flegreos. Cierto que toda el área puzolana era deprimida y palúdica. Pero para eso estaba el optimista De Jorio, invitando al viaje turístico con cúmulo de razones: «las riquezas del suelo, la amenidad del clima, las vistas hermosas y pintorescas y la feliz tranquilidad producida por el Gobierno» [5]. Como gancho, un grabado basado en un dibujo de 1810 por el arqueólogo artista John Izard Midleton, donde el agua ya llegaba a las bases de las columnas, dando un toque romántico de lo más emotivo.

Peregrinos de la Ciencia
Pero ya no eran sólo turistas, todo geólogo con autoestima se hacía un deber de visitar el sitio. ¿Y quién era entonces geólogo? La distinción entre profesional y aficionado era harto difusa. El gran Lyell, sin ir más lejos, era un abogado converso. ¿Pues y Babbage? A Charles Babbage le conoce todo el mundo como  padre de la computación automática, inventor de la primera calculadora digital. Sin embargo, su biografía en mi edición de la Britannica (15ª edición, 1990) no dice ni palabra de su incursión en la geología puzolana; una falta que también se nota en la Wikipedia. Y eso que su opúsculo sobre el particular es una obrita tan rigurosa como elegante, y una joya bibliográfica [6]
Las Columnas del Templo de Serapis eran tres notarios mudos de un seísmo a cámara superlenta. Algo así como en Egipto los nilómetros, sólo que al revés: aquí el nivel del agua es el referente fijo, mientras el testigo se mueve. Los visitantes del siglo XIX comprobaban el hundimiento progresivo. Hoy en cambio el lugar arqueológico está en seco.
Entre los visitantes precoces hay que citar a nuestro valenciano Juan Vilanova y Piera, uno de los padres de la Geología y Paleontología española, quien celebra el gusto que tuvo de estar allí en 1825 [7].
Tres años después (1828) dos visitantes británicos se dejan caer por allí. Uno se llama Charles Lyell, el otro Charles Babbage. Los dos conocen al canónigo De Jorio y su monografía a caballo entre estudio arqueológico y guía turística.
Lyell está escribiendo su opus maius, que «en sucesivas ediciones será su principal fuente de ingresos a lo largo de su vida» –quién habló, el gran vendelibros, mi admirado y llorado Stephen Jay Gould–. Desde 1830 adapta el grabado de De Jorio (Principles, 1830), todavía con el agua a flor de suelo. Luego preferirá otra versión  más concisa y precisa, por Whitney Jocelyn Annin, que es la que contemplo en mi ejemplar de la 11ª edición (London, 1872) en 2 vols. Para entonces el agua ha subido.
Por su parte, a Babbage sus Observaciones le permiten deducir al menos tres episodios de deposición y subsidencias. Aunque el ensayo fue leído en 1834, el autor no lo publicó hasta 1847. Es interesantísimo, y a la vez muestra del temperamento de Babbage, un poco neurótico, yo diría. Así, comentando la Tabla 3, sobre ‘Expansión del granito  en función de la temperatura’, aprovecha para hacer publicidad del invento que le traída de cabeza, en estos términos (pág. 32):

«Esta tabla fue calculada por la Máquina Diferencial desde la primera línea, tomada obviamente del experimento. Obsérvese que los valores son siempre exactos hasta la última cifra, compensación realizada por la propia máquina. Dado que dicha máquina no ha sido enseñada a imprimir sus cálculos, la exactitud de la tabla se limita a la de una impresión cuidadosa.»

Para colmo, de las 3-42 páginas de texto, a partir de la 35 nos embarca en un viaje a… la Luna. A la Luna, sí, catapultados en un sorprendente Suplemento, sobre ‘Conjeturas tocante a la condición física de la superficie lunar’, donde de partida salimos con este  mal pie:

«Una lectura ocasional (perusal) de la explicación de Mr. Darwin para la formación de arrecifes de coral y de los atolones me llevó a comparar esas islas con aquellas montañas cónicas en forma de cráter que cubren la superficie de la luna; y creo que no podría encontrarse lugar mejor que éste para bosquejar las siguientes conjeturas… »

Fuera de eso, la edición es muy esmerada. La encuadernación en tela roja lleva estampado en oro un hierro de las Tres Columnas (ver abajo, [6]). Y el corte esquemático del yacimiento y del proceso geológico es sencillamente magistral, como puede verse:


Erupciones y erupciones
También el vulcanismo napolitano se puso de moda, en la pintura paisajística como en la ciencia. Así Lyell para otro tomo de su libro elige una vista de la bahía de Nápoles. Babbage, siempre a su aire, completará su ascensión al Vesubio con un descenso al cráter. Va tranquilo, porque antes se había entrenado metiéndose a ratos en un horno a la temperatura de ebullición del agua.
 Pero antes que ellos otro vulcanólogo se había hecho célebre por sus visitas a la zona vesubiana. Sir William Hamilton en 1764 dejó Inglaterra como embajador de su G. M. Británica en la Corte de Nápoles, hasta 1800. Allí se dio a sus dos pasiones volcánicas: la primera, en sentido literal, con hasta 65 ascensiones al Vesubio y varias monografías científicas sobre vulcanismo [8]. Su segunda pasión fue el coleccionismo arqueológico, no siempre de clara procedencia, que acumuló en su residencia de Posílipo, ‘Villa Emma’.
El nombre era un tributo al tercero de sus amores, bastante menos volcánico que los dichos: lady Emma Hamilton.
Emma Lyon –o como realmente se llamase–, de tumbo en tumbo había aparecido por Nápoles hacia 1783, primero como huésped de Sir William, luego como su amante y finalmente su esposa legítima (1791). En el ínterin, aquella deliciosa aventurera entretuvo a la buena sociedad napolitana con danzas de su invención. En ellas empleaba la mímica, remedando poses y actitudes de beldades antiguas, donde la gracia estaba en adivinar el personaje mimetizado.
El nuevo arte hizo furor, pues era de lo más napolitano. Y yo me pregunto hasta qué punto aquel espectáculo pudo influir en el interés posterior de De Jorio por la relación entre mímica y arqueología.
http://en.wikipedia.org/wiki/File:Cognocenti-Antique-Gillray.jpeg
Ya conocemos el genio travieso del canónigo. Y no es temerario suponer que mientras escribía las 30 páginas de su libro dedicadas a “le corna”, más de una vez se acordaría de sir Hamilton, que aparte de erupciones volcánicas y exploraciones por el Monte Nuovo, tuvo ocasión de experimentar otra doble erupción y excrecencia en su propia frente. Sólo dos años después de convertirse en Lady Hamilton, Emma conoce en Nápoles al gran almirante Nelson, etcétera, etcétera.


Y de aquí al fin del mundo
Si la Biblia nos ofrece una Cosmogonía relativamente serena, desde el «¡Haya luz! Y hubo luz», el fin del mundo en cambio se anuncia catastrófico. ¿Lo será? En mi tiempo impresionaba mucho una ‘muerte térmica del universo’, con base en la entropía; una muerte más bien dulce. 
Sin esperar tanto, y sin salirnos siquiera de los Campos Flegreos, recordemos que este círculo es en realidad un supervolcán, que según voces alarmistas amenaza a Italia y hasta a Europa entera.
Si esas voces dicen verdad, este Plutón que mueve el pecho arriba y abajo en sueño tranquilo podría despertar de repente, en una explosión tan grande que dejaría en ridículo al vecino Vesubio. Súper caldera Solfatara: por la regla de La Codorniz, si nos hemos reído con los cuernos de sir William, ahora toca temblar.
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[1] La palabra geología, ciencia o tratado de la Tierra, se atribuye a Ulises Aldrovandi (Bolonia, 1603), que en su testamento , al disponer de su biblioteca y museo, dice: «et anco la Giologia, ovvero deFossilibus» (G. Fantuzzi, Memorie della vita di Ulisse Aldrovandi, Bologna, Lelio dalla Volpe, 1774,  p. 81). Allí aparece por vez primera la tríada que compone la Historia Natural: Botanología, Zoología, Geología. 
Primera aparición de la palabra giologia
La forma ‘giología’ se explicaría por el iotacismo del griego moderno, donde la η de γη- (tierra, térreo) suena i; aunque no parece necesario, y en todo caso al griego moderno ha pasado γεωλογία, en correspondencia con las clásicas γεωγραφία, γεωμετρία, γεωργία etc. Cfr. Gian Battista Vai, “Aldrovandi’s Will: introducing the term ‘Geology’ in 1603 / Il Testamento di Ulisse Aldrovandi: l’introduzione della parola ‘Geologia’ nel 1603”; en G.B. Vai, W. Cavazza (eds.): Quatricentenario della parola geologia. Ulisse Aldrovandi 1603 Bologna. Bologna, Minerva, 2004,  pág. 73.
[2] Cfr. Lyell,  Principles, 6ª ed., vol. 1, pág. 97.
[3] Un ejemplo: Vestiges of the Natural History of Creation. London, John Churchill, 1844. Obra de Robert Chambers, con una continuación o Sequel igualmente anónima.
[4] A. de Jorio, ‘Ricerche sul Tempio di Serapide, in Puzzuoli’ (Napoli, 1820), p. 60.
[5] Guida di Puzzuoli e contorni. 2ª ed., Nápoli, Stamperia Reale, 1822, p. iij.
[6] Ch. Babbage, Observations on the Temple of Serapis at Pozzuoli near Naples. London, 1847, 42 pp., con ilustraciones y 2 láminas plegadas; encuadernación tela con plancha dorada (las Tres Columnas); impresión privada. Por ahí he visto un ejemplar en oferta al precio de $ 4,500.00.
[7] Juan Vilanova y Piera, Compendio de Geología. Madrid, 1872, pág. 60 (‘Templo o Termas de Serapis’). Para De Jorio era ambas cosas, un templo con una sala de baños, «donde el falso dios daba la salud a los que no les dejaba peor» (Ricerche, p. 68).



martes, 29 de mayo de 2012

Nos vamos al Infierno


J.M.W. Turner: El Ramo de Oro (‘The Golden Bough’), 1834. Tate Britain


Si alguien desea viajar al Otro Mundo, esta es la mejor temporada. Con la que está cayendo y la que se ve venir, hasta el menos picado de curiosidad por lo ignoto, o el más agarrado a esta realidad efímera, tienen motivo para desear ausentarse por un tiempo, mientras escampa. Cuenten conmigo, si en algo puedo ayudar, ya desde esta misma página.
Entre los viajes literarios al más allá hay que destacar dos tópicos: el Paraíso terrestre y el Infierno. Nuestro viaje de hoy será de esta segunda clase, lo que se dice en griego una catábasis o bajada al hondón del necrocosmos, el mundo de los muertos.
Decir ‘bajada a los Infiernos’ es pleonástico, ya que infierno significa ‘lugar inferior’, y sólo eso, nada de lugar de tormentos. Cierto que los héroes clásicos que se plantearon tal viaje vieron sombras o almas con diferentes destinos en diferentes lugares; pero el personaje a quien buscaban no era ningún malhechor condenado y atormentado. Orfeo baja para rescatar a Eurídice, Ulises desea consultar al adivino Tiresias, y Eneas quiere ver a su difunto padre con el mismo fin.
La ‘bajada al Hades’ más antigua se relata en el mito sumero-acadio de Inanna/Ishtar, que no es consultivo, sino un mito de rescate, como el de Orfeo. La diosa se aventura a colarse en el ‘País de Irás y No Volverás’, pero identificada y muerta tiene que ser resucitada y rescatada por su leal secretario Ninshubur, siguiendo instrucciones de Enki, el dios sabio, con templo y oráculo en Eridu.
Qué se le había perdido allí a Ishtar o Ester –la Venus mesopotamia–, no se sabe. Antes se pensaba que fue a rescatar a Dumuz (equiparado a Adonis). Excluida esa lectura, cabe pensar que la diosa del ‘Gran Arriba’ sólo fue a fisgar por la Casa de Lapislázuli de su hermana mayor y gran enemiga Erashkigal, la diosa del ‘Gran Abajo’.  Tal metedura de narices no hizo la menor gracia a la temible dama infernal, y a los Siete Grandes Jueces de aquel mundo tampoco.
Por otra parte, para practicar la ‘nequiomancia’ o consulta sacrificial a los muertos no es imprescindible ir a ellos: también se les puede evocar, como hizo Saúl con el alma del profeta Samuel, en el Antro de la Pitonisa de En-Dor [1]. De hecho, tampoco Ulises en la Odisea baja a ningún infierno. Llegado a un punto de contacto, es Tiresias quien sube a la cita, y con él otros muertos no invitados, atraídos por la nekyia, la ofrenda mortuoria del visitante [2].
Otra mito-topografía, no sé si más moderna o sólo diferente, sitúa aparte el ‘País de los Vivos’ –lo que en principio debió haber sido el Edén o Paraíso terrenal–, bien en algún país remoto, o ya en un Paraíso celeste, arriba de la bóveda del cielo. Todo esto es muy sabido y no debe distraernos.

El Canto VI
El viajero a Nápoles tiene la suerte de poder visitar muy cerca el escenario del Canto VI de la Eneida, situado en los Campos Flegreos, al oeste de la ciudad. Aquí un paisaje de origen volcánico en un área reducida de unos 20-30 Km2 juntaba los elementos reales e imaginarios que Virgilio elaboró para componer el libro nuclear a su poema.
No fue por casualidad. Desde joven, el mantuano era un napolitano adoptivo. Nápoles había nacido como ciudad griega focea, filial de Cumas, que pasaba por ser la más antigua colonia helena en Italia. En el ‘Siglo de Augusto’, la obsesión de Roma es dotarse de pedigrí homérico, y Virgilio acude con sus mitos y supuestas profecías sobre la Urbe y el propio Augusto. Mientras el panteón latino-etrusco se heleniza, Eneas y sus compañeros emigrados de Troya ponen pie en Cumas para convertirse en ancestros de las estirpes romanas más ilustres, incluida por supuesto la gens Iulia del emperador.

Con habilidad, Virgilio injerta su relato en el tronco mítico sagrado de los Libros Sibilinos, de origen troyano, que de sibila en sibila llegaron a poder de Deífoba, la Sibila de Cumas. Las sibilas fueron mujeres poseídas del numen de Apolo, que puestas en trance emitían oráculos o daban consejos. Esta Cumana tuvo el privilegio de una vida milenaria sin el de una eterna juventud. Por tanto,  ya en tiempo de Eneas, con sus 700 años a cuestas, era el vejestorio feo y malhumorado, pero robusto, que Miguel Ángel pintó en la Sixtina, junto con otras colegas más jóvenes y hermosas.
Los Libros Sibilinos, guardados en el Capitolio, fueron como la Biblia de Roma, obra de consulta para situaciones críticas. Escritos en versos griegos, en realidad eran sólo una reliquia, la tercera parte de una colección, que la Sibila de Cumas ofreció a Tarquinio el Soberbio por un precio que al rey le pareció  exagerado, pero que al fin hubo de pagar sólo por ese tercio, al quemar ella una y otra vez los otros dos sin rebaja alguna.
La verdad es que también ese resto se quemó en el incendio del año 83 a. de C., y el ejemplar en tiempos de Virgilio era una reconstrucción como mejor se pudo. Augusto se interesó mucho por ellos, pensando que se referían a él y su linaje. Pero su destino fatal era por lo visto el fuego, si es cierto que los hizo quemar el general Estilicón en 405 [3]. Pudo ser en un fanático auto de fe cristiano, o tal vez porque se utilizaban para criticar la política del bizantino. ¿Bien hecho? Coincidencia: sólo cinco años después (410) Alarico con sus godos saqueó la ciudad.
No se deben confundir dichos libros con los Oráculos Sibilinos, también en hexámetros griegos, y que figuran entre la literatura bíblico-apócrifa de origen judeocristiano. De los auténticos Libros Sibilinos (mejor dicho, de sus copias) sólo queda una pieza que anuncia el nacimiento de un hermafrodita, y lo que conviene hacer al respecto.

Profetisa cristiana

                                 Día de ira y pesadilla,
                                 arde el mundo cual cerilla,
                                 según David con Sibilla.

Todo el mundo conoce la primera estrofa del Dies irae, terceto monorrimo medieval donde la Sibila de Cumas y el rey David van del bracete anunciando el acabose. ¿Cómo así? La verdad es que si alguien sobra aquí es David, pues el profeta bíblico citable sería más bien Sofonías. Pero qué más da, Sofonías no cabe en el verso.
El caso es que en el siglo XIII todo el mundo creía que la Sibila de Cumas era una profetisa inspirada, que anunció el nacimiento del niño Jesús, según lo recogió Virgilio en la Égloga IV.
La cosa venía de atrás. A pesar de su fuerte carga pagana, a pesar también de compañía tan sospechosa como la Égloga II, de contenido homosexual –¡ah, «el pastor Coridón ardiendo por el bello Alexis»!–, el cristianismo triunfante bajo Constantino miró a otro lado y se quedó con aquello de:

         Ya la postrera edad del Cumeo cantar ha llegado:
                Un gran orden del mundo nace nuevo del todo;
         Ya vuelve la Virgen, ya vuelve de Saturno el reinado;
                Ya una nueva progenie del alto cielo baja.

En la misma vena, la sanción moral en el infierno virgiliano, con los malos en el Tártaro rodeados por el río de fuego Flegetón, y los buenos por los Campos del Elíseo departiendo sobre filosofía platónica, más algún otro toquecillo  espiritual, bastaron para canonizar el Cantar VI y la Eneida toda, junto con el poeta. Así, cuando Dante emprende su viaje al Más Allá, su guía y mentor será un Virgilio cristianizado. ¿Exageración? Para entonces (y no se me rían), ‘San Virgilio’ ya tenía nicho en algunos altares [4].

Mapa Google-Earth, girado según la orientación del de De Jorio
  Cartografía de ultratumba
El mito dice que Schliemann descubrió Troya mientras iba recitando de memoria la Ilíada. El mito dice que los arqueólogos de Israel con la Biblia hebrea en la mano han ido poniendo cada cosa en su sitio. Hoy muy pocos se creen esto ni aquello, pero sigue en pie la pregunta: ¿Es posible seguir a Eneas por los Campos Flegreos usando el Canto VI a modo de GPS literario?
Como hay gente para todo, en mi pantalla tengo abierto en PDF al reverendo De Jorio, en su libro titulado Viaje de Eneas al Infierno y a los Elíseos [5]. En poco más de 100 páginas de lectura fácil, y a veces divertida, el autor ofrece una propuesta de turismo realmente original, tras los pasos del héroe troyano. Y para no perdernos, el texto se acompaña de un mapa con el itinerario numerado según los versos del poema, con los nombres poéticos y los modernos de cada lugar.
Andrea de Jorio (1769-1851) fue un canónigo napolitano nacido en la isla de Prócida, muy conocido como anticuario especialista en ‘vasos etruscos’ –como se solía llamar entonces a la cerámica griega en general– y en pintura pompeyana. Su fama, sin embargo, se debe sobre todo a la genialidad o la ocurrencia de haber conjugado arqueología  y etnografía, relacionando la gestualidad de las figuras y escenas antiguas con el lenguaje gestual de los napolitanos modernos.  Su libro ilustrado, La mímica de los antiguos investigada en la gesticulación napolitana, pasa por ser pionero en el género [6]. Es ciertamente de lo más original, igualmente entretenido y curioso, desenfadado cuando ilustra, por ejemplo, las formas de «far le corna», con todo detalle, en triple apartado (págs. 89-120):

1. De cuántas especies de cuernos hacen uso los napolitanos.
2. Ideas que ellos asocian a los cuernos, sin excluir el gesto y la voz cuernos.
3. Finalmente, si los antiguos tuvieron, en todo o en parte, las mismas ideas y usos, así como los mismo gestos de los modernos, respecto al cuerno.

El buen canónigo estaba convencido de que sus compatriotas y él mismo, como descendientes directos de los fundadores y habitantes de Cumas y de Parténope –la Palépolis o ciudad antigua, por contraposición a Neápolis (decir «la antigua Nápoles» es oxímoron)–, habían heredado el carácter de sus abuelos, y había continuidad real entre la mímica moderna y la antigua. Descartada esta pretensión, todavía el libro ha merecido los honores de una traducción al inglés comentada.
Con igual bonhomía se desempeña De Jorio en su paseo por el más allá. Su punto de partida es la playa de Cumas, lugar de desembarco de Eneas, subiendo luego a la acrópolis, donde Dédalo tomo tierra desde Creta, y al templo de Apolo, donde dejó como exvoto las alas artificiales que le sirvieron para volar, etc.
Con todo, ya don Andrés nos avisa que la topografía ha cambiado bastante desde aquello. Y no menos desde el libro hasta hoy, podríamos añadir. El mismo Averno de hoy, poblado de patos y pollas de agua, tiene muy poco que ver con el cráter lagunar hosco y desolado, de aguas sombrías y  mefíticas, cuyo nombre según la etimología popular significaba «sin aves», en griego, porque ninguna osaba impunemente sobrevolarlo.
Obviamente Virgilio no pudo hablar del Monte Nuevo, surgido en la erupción volcánica de 1538; pero aunque el acceso al lago sigue siendo el mismo, ya no se aprecia la hoz o garganta identificada como « fauces del Averno», borrada tal vez en el mismo o en otro episodio sismo-volcánico.
Por cierto, a los viajeros del Gran Tour aquí mismo a mano izquierda se les mostraba el Antro de la Sibila. Hoy en cambio se lo sitúa en la propia Cumas, bajo la acrópolis, en un lugar mágico espectacular. Así lo adivinó De Jorio, y en 1932 lo confirmaba el arqueólogo Amedeo Maiuri con aplomo no confirmado, ya que aunque hay allí mucha obra antigua, una buena parte de los restos, incluido el antro propiamente dicho, podrían ser de época virgiliana o incluso posterior.
¿Y qué más da? ¿Qué se hizo de los Campos Elíseos y del propio Elíseo, anegado todo en una marea prosaica de chalets y casas modernas? ¿Y el río de fuego? Porque lo más parecido hoy a un Flegetón sería la Solfatara, no incluida por De Jorio en su mapa.
Y es que los lugares mágicos son para soñar. En este caso, para imaginar una réplica subterránea, desdibujada y confusa, por donde acompañamos a Eneas en pos de la Sibila que con la Rama de Oro en su mano nos muestra la ruta.  


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[1] 1 Samuel, 28: 3-25.
[2] Odisea, cantos X-XI. Todavía hay una segunda nekyia en el canto XXIV, harto sospechosa de ser interpolación.
[3] Rutilio Namatiano, De reditu suo, 2: 52. Bibliotheca Classica Latina, 126: Poetae Latini Minores, N. E. Lemaire, Paris, 1825, t. 4, p. 171. Cfr. ibíd. Excursus VIII, pp. 196 y ss
[4] Cfr. John W. Spargo, Virgil the Necromancer: Studies in Virgilian Legends. Harvard Univ. Press, Cambridge, Mass., 1934, pp. 100 y ss. (Chap. 3:  ‘Saint Virgilius’?).
[5] Andrea de Jorio, Viaggio di Enea all’ Inferno, ed agli Elisii secondoVirgilio. 2ª ed., Napoli, Stamperia Francese, 1825.