lunes, 23 de abril de 2012

San Jorge Megalomártir




Algo tarde llego, pero todavía con tiempo de sobra para felicitar a los Jorges. Téngase en cuenta que los visigodos lo celebraban mañana, 24 de abril.
También entró con retraso este santo oriental en España –en Galia era conocido ya en el siglo VI–, y el Pasionario Hispánico ni le menciona.
¿Pero existió san Jorge?
Según lo que se entienda por existir. Si a uno cualquiera de los yelmos auténticos de este santo militar le alzamos la visera, lo más probable es que no haya nada dentro. O no debería haber, porque el cráneo auténtico, encontrado en Roma en tiempos del papa Zacarías a mitad del siglo VIII, se depositó en la iglesia de San Jorge in Velabro, muy cerca de donde la loba crió a Rómulo y Remo. Otro cráneo de san Jorge, que estaba en Grecia, en 1462 fue llevado en triunfo a la isla de San Jorge en Venecia.
Ahora bien, yo recuerdo que entrando en la ciudadela de Alepo, en un rincón había un sepulcro de un santo, que según entendí era San Jorge el Verde (Al-Khidr), y nadie sabía nada de que le faltase la cabeza. Por lo demás, desde el siglo VI es de dominio público que el auténtico san Jorge está enterrado en Lydda (Lod), en el actual Israel. Con su correspondiente testa, pues no faltaba más.

San Jorge en la leyenda
En el santoral antiguo es frecuente que los héroes, con generosidad cristiana, se presten vidas y hazañas los unos a los otros, hasta hacer pensar que un mismo santo tuvo no una, sino múltiples existencias. Incluso unos pocos, como este megalomártir Jorge, han tenido el privilegio de perder por la fe varias vidas, en martirios sucesivos de nunca acabar.
¿Cuándo vivió san Jorge?
La leyenda tardía le sitúa bajo «Daciano, emperador de los Persas»:

En aquel tiempo, el Diablo arrebató al Rey de los Persas, rey sobre los Cuatro Cedros del Mundo, o como antes se decía, Rey de Reyes. El cual emitió un edicto, convocando asamblea de todos los reyes del mundo, 72 en total.

El motivo de aquella junta era buscar una solución final a la cuestión cristiana. En aquella persecución, supuestamente definitiva, el mártir estrella fue Jorge, un tribuno capadocio, protagonista de una pasión truculenta que duró siete años. Pesadilla de sus verdugos, tres veces muerto y otras tantas resucitado. Los episodios fueron tan salvajes como cortarle en dos con una sierra circular inventada al efecto: una rueda armada de clavos y hojas de espada.
Entre tanto, sus prodigios parecían cosa de magia. De hecho mantuvo un desafío frente al mago Atanasio, al que venció y convenció. Más estupendo aún, llevado a un panteón con 17 cadáveres muertos hacía 460 años (anteriores, por tanto, a la Era Cristiana), le emplazan a que los resucite. Sin la menor dificultad, él les devuelve la vida y acto seguido les bautiza y los hace desaparecer.
Con estos atletas de Cristo, tan correosos, por lo general no había otro desenlace sino cortarles la cabeza. Es lo que se hizo con san Jorge. El cual, antes de morir definitivamente, pide y alcanza de Dios una última gracia: el emperador Daciano y sus 72 reyes son reducidos a cenizas.
A partir de ahí Jorge, cual ave fénix, renace de las suyas como uno de los héroes más fotogénicos del santoral. Los bizantinos hicieron de él uno de sus santos militares, defensores del Imperio.
Pero fue en tiempo de las Cruzadas cuando la leyenda de San Jorge toma sus rasgos, si no del todo originales, sí los más definitivos. Nuevo Hércules y nuevo Perseo, a su paso por Libia libra a los habitantes de Silena, ciudad pagana, de un dragón con mucho apetito y mucha halitosis, que desde un lago allí cerca cuando estaba en ayunas envenenaba el aire. 

La buena gente procuraba tenerle ahíto con dos reses diarias. Escaseando el ganado, reducen la ración a la mitad, más una criatura humana, a suertes. Mientras hubo hijos de plebeyos, la probabilidad respetó a los nobles. Lo peor fue cuando las suertes se igualaron. Y la tragedia, cuando le tocó a la princesa, hija única del rey de Silena.

–Tomad el oro y la plata, más la mitad de mi reino, pero dejadme a mi hija.
–Tú firmaste el edicto, ¡oh rey! Nuestros hijos han muerto, ¿y tú pretendes ahora librar a la princesa? O cumples tus propias órdenes, o quemamos el palacio contigo dentro.
–Por favor os pido, ocho días de plazo para despedirme de ella.

El buen pueblo, siempre sensible a las desdichas de sus soberanos, se muestra conforme. Pero al cabo de los días las puertas de palacio amanecen cerradas. Es la hora del sacrificio, la real Casa no da señales de vida, el populacho se impacienta:

–¡Qué! ¿piensas acabar con nosotros por amor a tu hija? El aliento del dragón nos mata.

Viendo el rey que no había escape, ensaya un golpe de efecto. Viste a la princesa como una novia, con sus mejores galas, y pone ante los ojos del pueblo el drama tremendo que es para todos hacerla morir sin bodas y sin descendencia. ¡Ah, si pudiese morir él en su lugar! Pero ni el reino podía correr tanto riesgo, ni el dragón admitía el trueco.

Lo que vino después lo conocemos por haberlo visto cien veces en pinturas, como la de Paolo Uccello. Cómo pasando por allí el caballero san Jorge se compadece de la joven y abate al dragón de una lanzada.
Jorge sabía que en estos lances los cinturones de las doncellas castas obran maravillas. La vestal Claudia, por ejemplo, con su cinta puso a flote en el Tíber la nave encallada, que traía el ídolo de Cibeles. Y la virgen santa Margarita con la suya sujetó al dragón que la había devorado. Según eso, para alargar el suspense,

El santo caballero dijo a la princesa:
–Echa tu cinta, sin miedo, al cuello del dragón.
Así lo hizo ella, y la bestia  como un cordero la seguía hasta la puerta de la ciudad.
Allí san Jorge predicó al rey y al pueblo la fe de Jesucristo. Luego, echando pie a tierra, con su estoque dio muerte a la bestia.

Es de notar que el mismo motivo figura en la leyenda de san Teodoro, otro santo militar muy popular en las iglesias de Oriente.
Muchas leyendas proceden de alguna imagen mal entendida. Para el caso se sabe que en Constantinopla hubo una efigie de Constantino con una cruz en la cabeza, matando con dardos un dragón demoníaco a sus pies. También en Egipto se representaba al dios Horus ecuestre (su cabeza de halcón podía recordar un yelmo), armado a la romana y traspasando a un cocodrilo, que puede ser su enemigo Set, o bien figurar la purificación anual del Nilo, tal como parece en un relieve del Louvre en época cristiana (siglo IV) . Por último, Daciano, que fue gobernador de España y no emperador persa, como gran perseguidor de cristianos llevó el apodo de «dragón de los abismos».


Santos y héroes, hagiografía y mitología, todo anduvo muy envuelto. Si a mi querido Piero di Cosimo, en vez del ‘Perseo y Ariadna’, le hubiesen encargado un San Jorge, la idea no habría sido muy distinta. Algo más de ropa sobre la chica, claro, y poco más.
Para los cruzados, san Jorge fue otro matamoros, que se apareció y ayudó en el cerco de Antioquía (1089). Más tarde, en la III Cruzada, el rey Ricardo Corazón de León creyó verlo, como los españoles a Santiago o a San Millán, arrollando a la medialuna y llevando a los cristianos a la victoria.
Para entonces san Jorge era medio inglés, desde que en el siglo XI, guiando a los normandos de Guillermo el Conquistador, él mismo conquistó la devoción de los isleños. Finalmente, en el XIV se proclamó patrón del reino bajo Eduardo III, fundador de la Orden de San Jorge, o de la Jarretera (1384).







lunes, 16 de abril de 2012

Provincias Exentas (3)



Amigos del País de los Amigos
Si el juntero guipuzcoano Conde de Peñaflorida, como Delegado en Corte por la Provincia (1758-61/62) usó de epiqueya para atender asuntos propios, no está claro en qué concepto entraba su proyecto de la Bascongada. Porque nada más volver, y de manera harto extraña, Munibe presentó a Juntas Generales e hizo aprobar un Plan de una Sociedad Económica, o Academia de Agricultura, Ciencias y Artes Útiles, adaptado a las circunstancias particulares de Guipúzcoa.
Extraño, sí, porque el documento, sin nombre de autor y avalado por las firmas de 16 junteros, con el Conde a la cabeza, se admitió sin debate, aunque al editarlo en los Registro de la Provincia se hizo con paginación independiente. Ahora bien, un año después (1764)  se produjo el acta fundacional de la Bascongada, con lista de 17 socios fundadores bien distinta de aquélla. Tampoco parece que a todos los junteros les sentó bien la novedad. En su momento lo veremos.
De ahí en adelante, hasta lograr la aprobación y amparo como Real Sociedad (1770), se puentea a la Provincia y la tensión subió de punto. Pero es que también con Madrid hubo sus más y menos.
Y es que ciertos fundadores con ideas muy propias a veces tienen que proceder de forma tortuosa para salir adelante. Máxime cuando esas audacias se van perfilando sobre la marcha. Pensemos por ejemplo en José María Escrivá ‘barruntando’ –como él decía– su futuro y metamórfico Opus Dei. O sin salir de Guipúzcoa, Íñigo de Loyola, en una gestación de la Compañía de Jesús tan mutante, que al propio fundador le mudó la personalidad y hasta el nombre, haciéndose llamar Ignacio desde que puso los pies en la corte de Roma.
Esa gestación difícil afecta, sobre todo, a las sociedades con cierta vocación de cuerpo extraño o ‘estado dentro del estado’, incluidas las que el vulgo entiende por ‘mafias’ y masonería.

Un asunto de familia
La Bascongada desde sus orígenes tuvo buen cuidado de ir perfilando por escrito la imagen que el fundador iba deseando para la posteridad. A su muerte (1785), el empeño se alargó en abundantes escritos, con más difusión de los favorables, obviamente.
Nunca se ignoró del todo la evidencia de sombras en la obra y en su creador, como tampoco en definitiva el fracaso de una Bascongada que había, como quien dice, ‘nacido de pie’.
Al analizar las causas de esa trayectoria, con una constelación de nombres propios abrumadora, los historiadores se han ido fijando en los personajes, con sus nombres y apellidos, descubriéndose cómo no sólo Guipúzcoa, sino el conjunto de las Tres Provincias, estaba atrapado en una red endógama de jaunchos (‘señoritos’) con sus clientelas. Por circunstancias históricas en que no entramos, el sistema medieval de Parientes Mayores de raíz campesina se había urbanizado y adaptado, ganando iniciativa sin perder poder, constituyendo una fuerza viva puntera en España.
Así en el Siglo Ilustrado se da aquí la paradoja de un País Vasco dotado de instituciones y exenciones forales arcaicas (respetadas por los Borbones en atención a su lealtad), en poder de una burguesía tronco-piramidal capitaneada por una mini nobleza emparentada, reducida y cerrada, pero eso sí, ilustrada como ella sola. Si todo el país no era una ‘cosa nostra’ (todavía), el único estorbo era la triple foralidad autónoma (Territorios Históricos). Pero por ser triple, no por foral. Los caballeros de las Provincias Exentas jamás tuvieron la ocurrencia de jugar sin esa ventaja.
En el siglo XVI, el fenómeno de la lengua propia da pie a una conciencia incipiente de singularidad y unidad étnica. Pero con una pequeña contradicción: esa lengua, el vascuence, era una y única sólo en la apreciación de los extraños que no la entendían. Los vascohablantes siempre fueron muy conscientes de su fragmentación en dialectos, tan distintos entre sí como lo eran los del romance, o sea el catalán y valenciano o el galaico-portugués respecto al castellano. Si la frontera borrosa entre dialecto y lengua se define en función de la inteligibilidad, la noción de una ‘lengua vasca’ preservada intacta por la Providencia desde el Paraíso, o al menos desde Babel, al par de los sagrados Fueros ágrafos, se vuelve improbable.
La idea de una lengua vasca supra-dialectal –idealizada, por ejemplo en el apóstrofe famoso de D’Etchepare («¡Hescuara a plaza, hescuara al mundo!»)– tendría su correlato institucional en una unidad política supra-foral, que por diversas razones no se había sentido  necesaria hasta el siglo XVIII.

Proyecto de País
Es verdad que las ideas de cambio no suelen florecer cuando las cosas van bien. Sin decir que antes lo fueran, el hecho es que en la generación de Peñaflorida una alta burguesía con problemas económicos y en contacto con el fermento ilustrado extranjero, entiende llegada la hora de su revolución, legitimando lo que para ellos era realidad: Irurac Bat, la unidad de las Tres Provincias Exentas.
Monárquicos leales, si no todos convencidos, aquellos hombres encuentran en Xavier María de Munibe e Idiáquez un líder nato, con la fórmula o receta del aglutinante capaz de obrar el milagro: la Amistad. Amistad entre ellos, como miembros de una sociedad de élite, y amistad a la ‘patria’ o país que ellos poseen y controlan en virtud de sus títulos, señoríos, mayorazgos, patronatos, alcaldías y juntas, arrendamientos, préstamos, clientelas de todo tipo. Su País [1].
Los ilustrados vascos no tienen la menor idea de otra revolución fuera de la suya. Su ideal es que el interés individual y el de su Sociedad coincidan con el interés y bienestar del País en su conjunto. Como no podía menos de ser, si los tres territorios asumían el liderazgo natural de su clase dirigente. Y como tenía que ser, si toda España y sus Indias se dejaba penetrar e impregnar por los mismo ideales inspirados en la Bascongada.
Desde luego, un hombre sensible como el Conde no iba a empañar con particularismos familiares el espejo de la nueva Sociedad. Conozcamos su visión idealizada sobre el estado de cosas encontrado, y que los Amigos se propusieron reformar [2]:

1. Las tres Provincias de Alava, Vizcaia, y Guipuzcua, igualmente Illustres porque fueron noble y distinguida porcion de la antigua Cantabria, como por los heroicos hechos con que ha mantenido y aumentado el blason de su esclarecido origen, tenian en su vecindario un crecido numero de Cavalleros, dignos hijos de tal Patria.
Vna brillante educacion en muchos de ellos, los havia impuesto en las ventajas, que dan a las republicas, la cultura de las ciencias, y las artes; y el Amor a la Patria, que animava y distinguia a todos, les hizo pensar con seriedad en el establecim.to de varios proie(c)tos dirigidos todos á este alto fin.
2. Pero como las grandes empresas, nunca carecen de contradicciones, igualmente grandes, y aun á vezes maiores,  se sumergieron estos nobles pensamientos sin que llegasen á Execucion.
3. No contribuia poco á esta desgracia, la falta de motivos que juntasen con la frecuencia que pedia proiecto tan grande, los Cavalleros de estas tres Provincias.
De aqui nacia el mirarse como naciones diversas, y de esta impresion, el que se interesasen mui poco, las unas, en los negocios de las otras.
4. Esta indiferencia, era ciertamente perjudicial á todas tres, y desde luego se pribavan de las ventajas que la union, y buena correspondencia, devia procurarles; yá promoviendo su comercio, yá facilitando sus manufacturas, yá procurandose reciprocos socorros, que hiziesen comunes los intereses de todas juntas.
5. No estaban ynsensibles á estos males los Cavalleros Bascongados. Penetravan sus funestas consecuencias, deseaban con ansia el bien de la Patria, y solo esperavan, á que se presentase ocasión favorable de establecer sus nobles pensamientos y cimentar con ellos la gloria y la felicidad de la Patria.

Pues bien, aquellos caballeros bascongados –que en un principio se presentaron como caballeros guipuzcoanos, o en expresión burlesca del jesuita Francisco de Isla, los «caballeritos de Azcoitia»– pertenecían prácticamente todos a un puñado de troncos y apellidos, epígonos de la aristocracia parental y muchos de ellos decorados con títulos de nuevo cuño. Es lo que han demostrado pacientes estudios genealógicos, con árboles harto elocuentes. Así Aguinagalde, en los 24 socios de número de la Bascongada en su primera época, traza los nexos de parentesco como ‘ejes’ onomásticos: el eje Munibe, eje Corral, los Barrenechea – Mata Linares, eje Olaso – Unceta – Olaeta, eje Moyua (Marqueses de Rocaverde) [3]
Estos eran los elegidos, la aristocracia natural del País, una vez depurada de algunas excrecencias impropias. Me refiero concretamente al pequeño ‘misterio’, antes apuntado, de la diferencia entre los junteros guipuzcoanos promotores de un Plan de Sociedad Económica o Academia acomodada a las necesidades de Guipúzcoa, y los efectivos socios fundadores.
Ya José Ignacio Tellechea se mostró perplejo, sin respuesta a la triple pregunta:
– ¿Por qué no suscribieron el Plan todos los junteros?
– ¿Por qué lo suscribieron sólo los mencionados?
– ¿Por qué la inmensa mayoría de ellos no aparece luego en la futura R. S. Bascongada?
Por su parte, Cécile Mary-Trojani vuelve sobre lo mismo, proponiendo una explicación tan lógica como poco caballeresca, y en definitiva impresentable: la mayoría de junteros firmaban como ‘clientes’ de los magnates, firmaban como  sin leer el papel que les ponían delante, sobre la estructura de la Sociedad, y desde luego, firmaban sin idea de pertenecer a la misma. La autora no entra más a fondo.
Personalmente me he fijado en un juntero que por su condición de alcalde de Vergara tuvo que ver con las celebraciones de estreno de la Bascongada: el alcalde Moya.  Joaquín Ignacio Moya Ortega (1722-1785) era un vizcaíno experto en ferrerías, que se había casado con la hija de un empresario vergarés  para dirigir los talleres. Y aunque con el tiempo los Moya fueron recibidos en sociedad y labraron su escudo en la casa de su nombre en la plaza de Vergara, todavía en el momento de fundarse la Bascongada no son como para figurar como socios. En este caso concreto, es lo que me parece.

(Continúa)
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[1] Mikel Azurmendi, en su libro ‘Y se limpie aquella tierra’: Limpieza étnica y de sangre en el País Vasco (siglos XVI-XVIII) –Madrid, Taurus, 2000–, tituló el último capítulo, ‘Los Amigos del País o el País de unos Amigos’.
[2] Peñaflorida, Historia de la Sociedad de los Amigos del País, cap. 1º.
[3] F. Borja de Aguinagalde, ‘¿Por qué los archivos de la Bascongada son complicados? Notas archivísticas a un Coloquio sobre la Amistad.’ En A. Risco y J. M. Urkia (eds.), Amistades y Sociedades en el siglo XVIII. Real Sociedad Bascongada Toulouse, I Seminario Peñaflorida (1-3 Diciembre 2000), pp. 21-41. Cfr. Álvaro Chaparro Sainz, La formación de las élites ilustradas vascas: El Real Seminario de Vergara (1776-1804)  Tesis doctoral. Baracaldo, 2009, pág. 84; José María Imizcoz y Álvaro Chaparro, ‘Los orígenes sociales de los Ilustrados Vascos’; en J. Astigarraga et al. (eds.), Ilustración, ilustraciones, Donostia-San Sebastián, Real Sociedad Bascongada, 2009, pp. 993-1027.


sábado, 14 de abril de 2012

Provincias Exentas (2)


La Universidad ha muerto, viva la Academia

Uno de los hallazgos del Humanismo renacentista –alrededor de 1500– fue que la Universidad era un muerto de cuerpo omnipresente. Una gusanera de dómines, rábulas y matasanos. De pensamiento, nada. Poco a poco, al margen de la Escolástica, la apertura intelectual propició una forma nueva de ver el mundo, con curiosidad científica experimental e inductiva. La nueva ciencia procuró evitar los claustros universitarios para respirar en ámbitos asociativos más libres y espontáneos, las academias [1].
El siglo XVII fue académico en Europa, con mecenazgo de reyes y príncipes. La Royal Society de Londres fue emblemática, en este sentido, y sus brazos fueron largos, gracias a su red de correspondientes extranjeros de muchos países.
El fenómeno académico, salvo en lo literario, apenas cuajó en España. La Inquisición tal vez tuvo parte de culpa. O también, una mentalidad de conquistadores a la romana, más para la administración y explotación de las conquistas que para lo especulativo o lo técnico (“que inventen ellos”) [2].
La Guerra de Sucesión de España (1701-1714), con su carácter de guerra civil por las opciones dinásticas enfrentadas, trajo a los Borbones. El reinado de Felipe V coincide con el comienzo del Siglo de la Ilustración (o de las Luces), de marchamo francés por su figura más representativa: Voltaire. Las monarquías ilustradas en Europa, todavía dentro del ‘Antiguo régimen’ absolutista, desarrollan una forma peculiar de gobierno conocida como ‘Despotismo ilustrado’, resumido en el lema, «todo para el pueblo, sin el pueblo».

Academismo borbónico
Los primeros Borbones supieron utilizar a la élite nobiliaria y burguesa ilustrada para fomentar el academismo  para-universitario. Diríase que la Universidad se había vuelto irrecuperable, cuando un fray Benito J. Feijoo, profesor de facultad, propugna (1750) «la erección de Academias científicas debaxo de la protección Regia, por lo menos una en la Corte, a imitación de la Real de las Ciencias de París. Ésta daría el tono a todo el Reyno en orden a la elección de estudios útiles» [2].
«Estudios útiles». La ‘utilidad’, tan cara a la Ilustración, era  una virtud de proyección y desarrollo social, no el provecho y medro de las prebendas y sinecuras, desiderátum y techo intelectual para la masa universitaria. Casi la única excepción eran las facultades de Medicina menos malas, donde se refugiaba también algún  cultivo de las Ciencias Naturales y no pocas inquietudes humanísticas.
Todavía en 1771, a la propuesta del Consejo de Castilla para reformar los Planes de Estudios, la Universidad de Salamanca respondía con una profesión de inmovilismo, disimulando la pereza como gloria nacional [3]:

«Dixo que no se podia apartar del sistema del Peripato; que los de Neuton, Gasendo, y Cartesio, no simbolizan tanto con las verdades relevadas (sic), como los de Aristóteles…¿Qué concepto podia hacer formar semejante modo de pensar en la primera Universidad del Reyno? »

Salamanca, tras admitir su rémora en los Estudios de Gramática (rémora ¡con respecto a Vives y el Brocense!), «no reconoce igual atraso en la Facultad de Artes o curso de Filosofía; antes declara por el contrario, que juzga precisa la continuación de este estudio como estaba, en todas sus partes».
Y es que mal podían enseñar lo que ignoraban, la nueva filosofía y física de autores que los sonaban de oído, cuyos nombres ni sabían escribir, Newton, Gassendi, Descartes, Hobbes, Locke… El texto, copiado por Sempere Guarinos, se hizo antológico [4]:

«“También, dice, tenemos noticia de Tomás Hobes [hay quienes transcriben Obes], y del inglés Juan Lochio, que contiene quatro libros: pero el primero es muy obscuro, y el segundo sobre ser muy obscuro, se debe leer con mucha cautela… Lo mismo juzgamos del nuevo Órgano de Bacon de Verulamio…”.»

Las Facultades de Derechos (Civil y Canónico) abundan en el mismo oscurantismo y continuismo auto complacido, ahora con el aderezo de una mini blasfemia (otra flor para la antología del disparate universitario):

«“Nos parece, Señor, que con todas las católicas, y particularmente con la nuestras, hablan aquellas palabras: Non erit in te Deus recens, neque adorabis Deum alienum. Si has de agradarme (dice Dios a la Universidad de Salamanca, en quien está el principado de las católicas)…, no te me has de enamorar de algún numen flamante, que pretenda acariciarte con la novedad… Ni nuestros antepasados quisieron ser legisladores literarios, introduciendo gusto más exquisito en las Ciencias, ni nosostros nos atrevemos a ser autores de nuevos métodos”.»

La Facultad de Teología no iba a ser menos, sesteando en «los IV Libros del Maestro de las Sentencias, comentados por la Suma del Angélico Doctor Santo Tomás», es decir, en las preocupaciones de la Edad Media. Tan bajo había puesto el listón el faro salmantino, que su rival la Complutense casi salía airosa, siempre sin perder de vista que la matrícula estudiantil tenía objetivos muy pedestres.

Un colegial ilustrado
El sistema universitario incluía los colegios menores y mayores. Pues bien, en ‘el Viejo’, o sea el salmantino Colegio Mayor de San Bartolomé residió (1729-1740) un colegial alavés ilustrado, Tiburcio de Aguirre Ayanz, matriculado en Derecho, pero adepto vocacional de la nueva ciencia ultra pirenaica. Era un segundón, hermano de Francisco Tomás de Aguirre, III Marqués de Montehermoso, y destinado en principio a Iglesia.
De modo que a la sombra más oscura de la Alma Mater vivió tranquilamente once años un colegial clérigo ilustrado (y no sería el único), bien avenido con la ciencia moderna estudiada y practicada por libre. En efecto, había convertido su celda en auténtico museo y gabinete científico y experimental, donde organizaba reuniones al estilo de las academias extranjeras. Así pasó don Tiburcio a la Historia del Colegio, tal como lo pintó su amigo el I Marqués de Alventos [5]:


 Fijémonos en lo enmarcado en rojo. Ni el herbario, ni los coleópteros o las mariposas; la sección estrella son las conchas, al ser sus fósiles indicadores principales de estratos de interés geológico minero.
A este varón docto y ya muy bien situado, Capellán mayor de las Descalzas Reales y cortesano de confianza de Fernando VI, se presenta en Madrid en 1758-59 el Conde de Peñaflorida, Javier Munibe. Le acompañaría, es muy probable, un pariente y amigo de su misma edad, Javier de Aguirre, sobrino de don Tiburcio y muy pronto IV Marqués de Montehermoso, si es que ya no lo era [6]. Los dos compartían con el sacerdote la afición a las Ciencias, a la Física experimental. Javier Aguirre era además fuerte en Matemáticas.
Montehermoso, Peñaflorida, Aventos etc., título nuevos en la burguesía y pequeña nobleza ilustrada, que sin desdeñar la cultura, rompiendo la tradición nobiliaria española de horror al trabajo, se aplicaba a actividades empresariales y mercantiles.
Pero también a la nobleza antigua, a todos los niveles, llegaba algo del espíritu nuevo. Mucho antes y mucho más que los citados se había distinguido en amplios saberes un Grande de España, Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, VIII Marqués de Villena (1650-1725), «muy conocido fuera de la Península por su relación con la Academia de las Ciencias de París, de la que era individuo, y por su comunicación con muchos sabios de Europa».
Para más de un barbero, don Juan era la reencarnación de su ancestro el mítico don Enrique de Villena (m. 1434); y a más de un cura, en efecto, le recordaría al ‘Nigromante’, aunque ya en los tiempos que corrían los tratos con el diablo eran más por forma de carteo con sabios extranjeros nada católicos. Un poco en esa vena de habladuría popular, Sempere –que le dedica su obra– recuerda que «en Escalona, pueblo de sus estados, hay una torre que llaman de la Chímica… y se conservan en ella todavía muchas hornillas y varios instrumentos…».
Pero a lo nuestro: Villena fue el promotor y primer director de la Real Academia Española de la Lengua (1713/1714). Y aun tuvo otro proyecto más ambicioso de una Academia General de Ciencias y Artes, que no fue ninguna veleidad, aunque era prematura [7]. La segunda real sería, pues, la Academia de la Historia, autorizada por el mismo Felipe V (1730) y formalizada bajo Fernando VI. Este mismo rey finalmente erigió en Real Academia la de Bellas Artes de San Fernando (1752), delegando el regio protectorado honorífico en don Ricardo Wall, y dando el cargo efectivo de ‘viceprotector’ a su bien amado don Tiburcio de Aguirre.

Asuntos de Guipúzcoa, asuntos propios…
Bien, ¿y qué se le ofrecía al Munibe con don Tiburcio?
En realidad, el Conde de Peñaflorida se encontraba de residencia en Madrid, junto con otro socio, como diputados en Corte por la Provincia de Guipúzcoa, para graves asuntos en relación con la salvaguarda foral. Dicho en expresión prosaica, un conflicto con Hacienda, que venía a ser el huevo de aquel fuero. 
Este tipo de gestiones en el Antiguo Régimen ilustrado implicaba meterse en un laberinto-máquina burocrático, empeño imposible sin contactos, máxime si de lo que se trataba era de sortear engranajes y palancas para ir derecho al Rey. Y para eso don Tiburcio era el hombre ideal. Mejor dicho, lo había sido, porque la embajada de Munibe coincidió con el ocaso y desaparición de Fernando VI (1759) y la entrada de su medio hermano Carlos III.
La embajada de Peñaflorida en Corte (agosto 1758 - julio 1761)  de suyo era incompatible con cualquier otra actividad. Bien es verdad que el rigor se había relajado, y los señores diputados tampoco descuidaban los asuntos propios. Máxime si, como ocurría esta vez, entre reales exequias y reales entradas, el real horno no estaba para bollos provincianos.
No nos escandaliza, pues, saber que a nuestro hombre la sobró tiempo para ocuparse de negocios relacionados con su hacienda y casa. Incluso se lo perdonamos en gracia de esta otra noticia: Munibe traía bajo el brazo otro negocio de utilidad pública, algo así como una academia que, siendo guipuzcoana o vascongada, fuese también de protección real. La quería parigual de las Tres Grandes, con sus privilegios y franquicias; sólo que, en vez de nacional, provinciana. ¿Academia, de qué? Pues de lo que faltaba. Más o menos, lo que ya tuvo pensado el de Villena, pero perfeccionado y puesto al día. Una Real Academia Bascongada de Conocimientos Útiles aplicados a la Agricultura, la Industria, el Comercio…
Por muy bien que viera don Tiburcio un proyecto así, no se le ocultaba lo que tenía de quimérico. El Antiguo Régimen no conocía la libertad de asociación, y tanto la burocracia como la etiqueta se complicaban con formalismos, más que barrocos, churriguerescos.
Por eso resulta admirable el acierto de aquella conjunción, Aguirre-Munibe, para interesar personalmente a Carlos III en una empresa tan escabrosa. Un desafío más indicado para suscitar recelo y hostilidad, incluso alarma, que el favor entusiasta que tuvo en principio.
Han pasado 250 años. Aunque sobre la Bascongada se ha investigado y escrito muchísimo, el cerebro de aquel Munibe sigue siendo una caja de sorpresas. Insisto, no he hecho investigación personal alguna, ni siquiera conozco bien los estudios ajenos. Lo que para mí son puntos oscuros pueden ser simples lagunas de ignorancia, y no es falsa modestia.
Hay un punto en particular que me intriga y me gustaría ver más claro. Que la Real Sociedad Bascongada tuvo en su proyecto y gestación una intencionalidad política, es algo que parece fuera de duda, y pronto se hizo sospechoso. Más problemático es determinar el verdadero alcance de lo político en una empresa de suyo cultural. ¿Hasta qué extremo la ambigüedad resultó contraproducente? Y dadas las circunstancias históricas, ¿en que medida pudo ser determinante de fracaso?

(Continuará)
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[1] Es el ritornelo de las Epistolae Obscurorum Virorum (‘Cartas de Desconocidos’, en la edición y versión española – Jesús Moya, Univ. de Málaga, 2008). La situación de los países del alemán era representativa. Erasmo sólo usó la institución universitaria para sacar título, sin comprometerse con ella, declinando invitaciones como la de Alcalá, con todos los honores y muy bien pagados.
[2] Cartas eruditas  t. 3 (1750), carta 31, 85
[3] Juan Sempere y Guarinos, Ensayo de una Biblioteca Española… del Reynado de Carlos III. Madrid, Imprenta Real, t. 4 (1787), s. v. ‘Planes de Estudios’, pp. 207 y ss.
[4] Ibíd., p. 211.
[5] Joseh (sic) de Roxas y Contreras (Marqués de Alventos), Historia del Colegio Viejo de S. Bartholomé, Mayor de la celebre Universidad de Salamanca. II Parte., t. 1 (Madrid, 1768), pág. 776. No confundir a nuestro personaje con su homónimo tío don Felipe Tiburcio de Aguirre y Salcedo, que también fue Colegial en el Viejo y que fue académico de la Española, honorario desde 1735 y supernumerario en marzo de 1737; cfr. Diccionario ‘de Autoridades’, t. 6 (1739), relación de Académicos.
[6] Su padre, el III Marqués, murió de repente y sin testar el 20 de mayo 1759.
[7] «He tenido el gusto de ver algunos apuntamientos escritos de su mano sobre este utilísimo pensamiento»; Sempere y Guarinos, o. cit., ‘Discurso preliminar’, t. 1, págs. 12-13.