lunes, 3 de octubre de 2011

‘IRURAC BAT’



                        Fe es creer en lo que no tenemos ni idea.

 La Batalla de Vitoria (21-06-1813), además del monumento urbano que el otro día comentábamos, produjo otro artículo conmemorativo menos conocido y discutido, aunque no libre de misterio: una Cruz de distinción militar. Me prometí hablar de ello y voy a cumplirme.
Claro que cuando tocan a desmitificar todo el mundo arrima el hombro, y no queda títere con cabeza. Aquí la Entmythologisierung laica devalúa la presencia real española en el escenario bélico vitoriano. ¿Estuvimos allí, junto con los británicos y portugueses a las órdenes de ‘Vellintón’? ¿Merecimos la Cruz de la Batalla de Vitoria?
Como en todo ‘paisaje tras la batalla’, no faltaron aquí tampoco los tipejos habituales del rebusco, a por unas buenas botas, un reloj, una bolsa de monedas… En el caso especial de Vitoria, el vencido José I huía con una impedimenta fabulosa que, paradójicamente, le libró de caer prisionero, pues no tuvo más que ir soltando lastre para clavar a sus perseguidores en el sitio, legua tras legua. Ingleses, portugueses, hasta franceses disfrazados de pordioseros, se aplicaron a fondo al botín, lo mismo que guerrilleros españoles, y los relatos hablan de caravanas de aldeanos vascos que con sus carretas de bueyes y sus mulas trajinaron como el que más.
¿Fue esa toda la mano de obra vasca y española en Vitoria? A los críticos nacionalistas de la Guerra de Independencia les gusta verlo así. Y aunque ese tipo de apreciaciones no sea de las que me sacan de quicio, ésta en concreto me la tomo un poco en plan personal. Me explico.
Es ello que en el tesorillo familiar tenemos un ejemplar de dicha cruz. La ganó algún antepasado de mi mujer, y por alguna carpeta anda el papel acreditativo, sin el cual no era permitido usarla. Y aunque en la Red hay alguna imagen de esa insignia, procuraré ofrecer la nuestra con cierta calidad, por el interés de los detalles.

La Cruz de Vitoria
La creó Fernando VII a propuesta del guerrillero vizcaíno, reconvertido en mariscal de campo (general de división), don Francisco Tomás de Anchía y Urquiza, llamado Longa por su caserío natal en Mallavia (1783-1831). A Longa le pilló la guerra afincado en la Bureba (Burgos), donde se había casado con la hija de su patrón.
Aquí se puede ver el texto de la Real Orden (Madrid, 2 de abril 1815), tal como apareció en La Gaceta de Madrid (martes 25 de abril), tomo 1, pág. 430. Y que no se concedió a voleo lo prueba el párrafo donde se fija el procedimiento, tan riguroso como el aplicado para las distinciones de San Marcial (Irún) y de Tolosa.
¡Pues claro que hubo españoles en la compleja ‘Batalla de Vitoria’! Además de Longa y el pariente, de entre más de 16.000 compatriotas –de un total de 76.000 aliados– , muchos supervivientes pudieron acreditar su derecho a la recompensa.
Con la imagen delante, fijémonos en el texto descriptivo de la Real Orden:

«formando el centro de la cara principal un círculo en campo roxo, con tres espadas, atadas con cinta blanca, y en ella el lema en bascuence Irurac-vat [sic], y en el reverso sobre campo blanco la inscripción ‘Recompensa de la batalla de Vitoria’; debiéndola llevar pendiente del ojal de la casaca o chaqueta con cinta, compuesta de tres listas iguales de los colores azul, roxo y negro, distintivo de las tres Naciones que concurrieron a la referida acción, ocupando el color roxo el centro

Pasando por alto el regio lapsus o errata –vat, repetido por respeto en todos los textos que he visto, aunque enmendado en la propia medalla–, cabe preguntar qué sentido tiene aquí el lema Irurac bat. No me refiero al significado gramatical –“los tres uno”, o tres en uno–, sino a qué trinidad concreta se refiere, y cuál es aquí el dogma trinitario.


irurac  bat era el lema escogido por el Conde de Peñaflorida, Xavier María de Munibe, y cofundadores para su Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Fundada en Azcoitia (Guipúzcoa), en la Nochebuena de 1764, por 16 próceres vascos, Carlos III la aprueba como ‘Real Sociedad’ en abril de 1765, esto es, en vísperas de la expulsión de los jesuitas del Reino (abril 1767).
La Bascongada fue modelo para otras análogas ‘sociedades económicas’ en diversas provincias del Reino, todas con base en la Amistad o Amitié, de inspiración francesa. De hecho aquel lema se plasmó en un logotipo (como hoy decimos), obra del artista Manuel Salvador Carmona: Tres manos unidas y enlazadas por el Irurac bat. Era la expresión de las tres Provincias Vascongadas unidas en el esfuerzo de promocionar el País, en la línea y filosofía del Despotismo Ilustrado que nuestros próceres encarnaban. Veinticuatro a la sazón, ocho por cada provincia de Guipúzcoa, Vizcaya y Álava.

Por cierto, dos de las manos son diestras, mientras que la central y vertical es siniestra (pudiendo no serlo); y la unión es más bien fría, nada de apretón. Ignoro si todo ello es porque sí, o encierra algún misterio. Todo el emblema responde a una estética ‘masónica’, muy de entonces; pero, casualidad, todo ha resultado luego bastante profético.
Por lo demás, los fundadores de la Bascongada, aunque ilustrados y atentos a los aires cultos de Francia y Europa, eran gente religiosa, y si en su biblioteca tenían y leían La Enciclopedia y otras obras prohibidas, era con licencia de Su Majestad y de los respectivos directores espirituales. Todo ello no impidió el que los «caballeritos de Azcoitia» –como les llamó con sorna el jesuita José Francisco de Isla, ya desterrado en Bolonia– tuviesen sus más y sus menos con el oscurantismo local y nacional.

Misterio trinitario
Muchas veces me he preguntado de dónde salió el Irurac bat, y siempre llego al mismo sitio: al Comma Johanneum. ¿Y eso qué es?
El Inciso de Juan’ es un misterio dentro del misterio. Es lo que aquí va en negrita, en este texto tomado de la Epístola I de Juan, 5: 7-8, según la Vulgata latina:

Tres son los que atestiguan en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo: y los tres son uno. Y tres son los que atestiguan en la tierra: el Espíritu, el Agua y la Sangre: y los tres coinciden [1]

Omítase el inciso en negrita, y el texto ya no dice lo mismo. No es que resulte más claro o más oscuro, es otra cosa. Y sólo aparece en latín, desde el siglo III. El original griego lo ignora, y los orientales no lo admiten. El tal inciso (o comma) fue sin duda una glosa explicativa añadida para poner de relieve el misterio de la Trinidad. Erasmo, en la primera edición del Nuevo Testamento griego (1512), lo suprimió sin más, con muchos dolores de cabeza. Para entonces ya estaba impreso (a espera de permisos) el Nuevo Testamento de la Biblia Políglota de Alcalá, donde no sólo se mantiene el comma en latín, sino que se interpola traducido en el griego. La expresión esencial es idéntica en griego, latín o vascuence:

ΟΙ ΤΡΕΙΣ ΕΝ ΕΙΣΙΝ
HI TRES UNUM SUNT
IRURAC BAT


El coma juaneo entraba en la cultura general religiosa media. Por otra parte, Munibe y otros caballeritos eran buenos músicos y cantores, que ejecutaban con gusto el famoso motete de Tomás Luis de Victoria Duo seraphim, con su coda archifamosa, et hi tres unum sunt.
El Irurac-bat, con guión o sin él, irá cobrando cariz más y más político en la Revolución Vasca. Así se llamó un diario bilbaíno (desde 1856); como también se inventó una bandera roja con el mismo motivo de la Bascongada (1859), la primera enseña vasca unificada [2]. Por otra parte, el Tres se hizo Cuatro con Navarra (Laurac bat) –por ejemplo, en otras banderas de 1881 [3]–, y Siete (Zazpiak bat), en evocación larramendiana de irredentismo. Un proceso aritmético que arruina la belleza mistérica trinitaria derivada precisamente del comma. Bien es verdad que el Siete también tiene su morbo. Lo que queda chato y de pata de banco es el Cuatro ese, que ha dado pie al engendro de escudo oficial que tenemos en la Comunidad Vasca, con un cuartel rojo mudo, en cuarentena por prescripción facultativa y obstinación política.

El misterio de la Cruz
Volviendo a la insignia de la Batalla de Vitoria, vuelve también la intriga sobre el Irurac bat. ¿Quiénes son aquí los, o las Tres? Deberían ser las ‘provincias’, Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, pero no es posible sin hacer un feo a Navarra, que también luchó.
Recordemos que se trata de una distinción nacional. A mi ver, las tres espadas o sables cruzados no son las Vascongadas, como a primera vista parece decir la letra, sino lo mismo que representan los tres colores de la cinta: «las Tres Naciones que concurrieron a la referida acción». Gran Bretaña, España, Portugal: esta fue la Trinidad Unida vencedora de la Francia de Napoleón.
De los tres colores, el rojo de en medio apunta a España. El reparto de los otros dos debe de ser sencillo para los que entienden en símbolos, para mí un misterio. Igual que en el emblema de la Bascongada, representando a Guipúzcoa, esa inquietante mano izquierda a contrapelo. 

Para mi pobre cabeza, fe es lo que puse al principio. Y en esto de los jeroglíficos identitarios unitrinos al gusto de mi tierra, me confieso poco dotado, hombre de poca fe.
_________________________________


       [1] ‘Y los tres son uno’: en latín, et hi tres unum sunt. El original griego dice en cambio ‘y los tres son para uno’; esto es, los tres testigos coinciden.

[2] Irurac-bat, bajo el emblema de la Bascongada, fue en su tiempo el periódico más leído de Bilbao, portavoz de un fuerismo liberal unitario moderado y autonomista, precursor del de los euskalerriacos. Sobre la bandera trinitaria, v. el excelente artículo de Coro Rubio Pobes, ‘La primera bandera de Euskal-Erria’, Sancho el Sabio, 20 (2004): 173-179.

[3] Ibíd., págs. 174-177. Una de éstas, netamente monárquica y atribuida a la Guerra de la Independencia, sería la que da título al artículo: la primera bandera de la Euscalerría peninsular.




jueves, 29 de septiembre de 2011

Zigor




 Zigor en euskera es la vara o fusta como instrumento de castigo, y también el varapalo mismo. Como en Roma, cuando los lictores soltaban sus haces (fasces; de ahí vino fascismo), y elegidas las varas más flexibles medían con ella la costalera del reo.  Zigor es  por metonimia el castigo en general. Así tituló el maestro Escudero su ópera estrenada en 1962, ‘Zigor!’. Y por extensión, cualquier calamidad, cualquier desgracia o desastre es zigor.
Zigor Etxeburua Urbizu es el Director General de Euskera de la Diputación de Guipúzcoa, desde que ésta vino a manos de Bildu. También ha sido desde el principio un elemento de Kontseilua. Así se llama el ‘Consejo de los Organismos Sociales del Vascuence’. O, por si eso no nos dice nada, quedémonos con esta autodefinición: «Kontseilua constituye la esencia  del movimiento que trabaja en pro del euskara». Desde 2001 aglutina las múltiples asociaciones que decían trabajar por esa lengua, y que hoy forman un conglomerado de medio centenar, o casi, con acceso al dinero público.
Zigor (Alza, 1970-  ), «especialista universitario en euscaldunización» –la cursiva no es mía, sólo la c, más propia en castellano que la k–, tiene interés por que se sepa dónde y quién usa el vascuence.
Al efecto, empezó cargando sobre sus jóvenes espaldas la responsabilidad del ‘Mapa de Euskalgintza’. Esta palabra apareció en escena a mediados de los 60 para designar el activismo pro eusquérico. Sin embargo, más de una vez ha sido criticada como sinécdoque camuflada, al tomar la lengua y cultura como pretexto o trampolín de acciones políticas de amplio espectro (sin excluir la kale-borroka).
En realidad cualquier cosa , por chabacana que sea, grosera incluso y disgusting (por decirlo en la lengua del Bculinary [1]), cabe en el Mapamundi de Zigor, siempre que se haga con dinero público y se etiquete ‘en pro de nuestra lengua y cultura’.
Pues bien, con mapa o sin él por ahora, Zigor desde su nueva responsabilidad como Director General se propone elaborar «un registro completo de ‘vascoparlantes’».  Hemos leído bien, registro completo: de organismos, asociaciones y hasta de ciudadanos. De hecho, la noticia lo llama también «Censo»
Que la cosa va en serio, lo confirmaba el Diputado general Martín Garitano, aunque sin aclarar el objetivo que se persigue, y que según la oposición socialista no puede ser otro que «clasificar» a la ciudadanía.
Antes de que el lector cierre con disgusto esta página –que bien merecido lo tiene–, le ruego me acompañe otro parrafito, nada más. Es sólo para que se haga una idea de cómo este desgraciado país tiene la calamidad y el castigo que merece.
Detrás de la referida noticia sobre el ‘censo’ venía este único comentario:

Sugar dijo...

«Censos se hacen de todas las cosas, incluido de quien habla que idioma, sobre todo si es un idioma de la tierra. Como vas a saber las necesidades de una lengua si ni siquiera sabes la gente que lo habla ni como lo habla. Lo que me parece raro es que ese censo no exista ya, muy mal hecho el responsable.
Los unicos que organizarian censos para cometer algun hecho nazi sois vosotros y los vuestros.»[2]

A ‘Sugar’ la zigorrada le parece lo más natural del mundo: «censos se hacen de todas las cosas». La criatura confunde censos con estadísticas. Que tampoco las hay de todo. ¿Tenemos acaso un ‘censo’ de vegetarianos que tocan la ocarina? Pues ya nos falta otro, además del de vascoparlantes.
En serio: ¿Sabe Sugar dónde está la oficina del censo de alcohólicos? ¿la de antitaurinos? O por citar una que le podría venir más a mano, ¿la de simpatizantes de Bildu? ¿Le parece normal a Sugar un censo nominal y riguroso de deficientes mentales? Porque podría llevarse un susto.
¿Qué le importa a la Administración en qué habla cada cual en mi escalera, si a los propios vecinos –como gente educada que somos– nos tiene sin cuidado? ¿Qué ‘necesidades del euskera’ se descubren así?
«Lo que me parece raro es que ese censo no exista ya». Estadísticas lingüísticas es lo que nos sobra en este país. Pero censos son otra cosa. Dígame, ¿y quién tiene derecho o está autorizado a realizar un censo así?
Fíjese, por otra parte, en los sujetos del censo: los vascoparlantes (y por exclusión, los que no lo son). La diferencia entre euscalduna y vascoparlante puede ser demasiado sutil para ‘Sugar’, pero son conceptos distintos. Si la noticia es correcta, lo que quiere censar Zigor o la Diputación de Guipúzcoa no es quiénes saben vascuence, sino quiénes lo usan. Si fuese lo primero, cabría pensar que es para su euskalgintza, su propaganda del euskera. Pero no es eso, se trata de censar a los buenos euscaldunas por un lado, y a los malos vascos o antivascos por el otro. Como siempre: valerse del lenguaje, primero para discriminar, luego para dividir y enfrentar a la ciudadanía por cuestiones identitarias.
«Necesidades de una lengua». Otro (u otra) que cree que las lenguas padecen necesidades. Las lenguas ni sienten ni padecen. Son las personas las que sufren imposiciones o las que disfrutan imponiendo sus preferencias a los demás.
En fin, ‘Sugar’: lo que revela tu comentario es que hay gente que veis normal el que la Administración (o el Poder) invada el ámbito privado y controle la intimidad de cada cual. Y eso es el totalitarismo, Sugar. Eres fascista, tal vez sin saberlo.
Al Dios Yahweh de la Biblia no le gustaban los censos. Cuando el rey David se montó uno –fuese por vanidad, o para organizar el Fisco y el Ejército–  allá que se topa con el profeta Gad, que le da a elegir de tres castigos uno:

– tres años de hambruna;
– tres meses de derrota militar;
– tres días de peste en el país.

El rey tiró por lo más corto y eligió la peste: un zigor terrible, que se llevó por delante a 70.000 hombres. Esto es, sin contar mujeres y niños. Por suerte, el propio David se fue de rositas.


A nosotros tampoco nos gustan censos como el de Zigor. Porque ¿quiénes los realizan? ¿alguna oficina técnica?... No. Correveidiles, chivatos. Qué otro nombre dar a una asociación ‘cultural’ que dedica su precioso tiempo a identificar establecimientos vascohablantes –¡examinando de la lengua a los empleados!–, y publican la lista en la Red:

«La asociación cultural Bizarrain de Altza está identificando los establecimientos que ofrecen su servicio en euskera durante los últimos meses. Ahora, ha estudiado los establecimientos de los grupos Arrizar y Arriberri, y de las calles de Elizasu y Roteta. Ha analizado los negocios en los que la mayoría de empleados (tres de cada dos al menos) pueden comunicarse en euskera y los ha publicado en su página web.
Estos son los establecimientos euskaldunes de dichas zonas:

En el grupo Arriberri… etc.»

Quizá lo justifiquen con que «ellos lo desean así». Bueno, eso les habrán dicho; pero señalando a unos a calle hita están denunciando a los demás. ¿Es eso lo que el euskera ‘necesita’? Para ganar amigos no, desde luego.

¿Para quién trabajan estos sabuesos? Hace justo un año, Zigor Etxeburua se refería a una campaña, ‘Lehen hitzetik’ etc. (Desde la primera palabra), que ya tenía en marcha en un barrio de San Sebastián. Y daba esta justificación, desconcertante a primera vista: «Este período de crisis debe ser una oportunidad para el euskera».

Sólo a primera vista. Para quienes están al corriente de un euskera con necesidades, con penas y alegrías, no les pueda extrañar ese mismo euskera aprovechando oportunidades. En la jerga nostra, ‘el euskera’ son por supuesto sus hablantes –siempre se dijo ‘el euskera’ para referirse a tierras y gentes–, y de esos hablantes los privilegiados que pueden vivir a cuenta de él. En especial, los super privilegiados, los euskaldunizadores profesionales, como Zigor. Y algo también sus sabuesos, los comisarios politico-lingüísticos que van de acá para allá censando a los ciudadanos «para que vivan en euskera, compren en euskera y soliciten servicios en euskera».
Crisis, recortes para todos... El rey David y su camarilla, de rositas.


¡Señor, qué castigo!

______________________________

[1] Basque Culinary Center.
[2] No es raro que los comentarios de esta clase vayan seguidos de unas palabras en vascuence, a veces mejor redactadas que el castellano, pero no necesariamente, como es el caso. Y como también es el caso, despidiéndose con cajas destempladas: izorratu beharko zea (traducción aproximada de «os tendréis que joder»). Excuso esas tres líneas, que no añaden nada a la sustancia.



martes, 27 de septiembre de 2011

Dos siglos de revolución vasca (y 3)



«Los fueros particulares de las provincias de Navarra, Vizcaya, Guipúzcoa y Álava se examinarán en las primeras Cortes, para determinar lo que se juzgue más conveniente al interés de las mismas provincias y al de la nación.»
                     (Constitución de Bayona, 1808, Art. 144)

¿Mucho, poco?... Desde luego, más que lo conseguido en Cádiz, 1812, que fue nada. Suelen darse las fechas de 1841 y sobre todo 1876 para la abolición de los fueros. En 1812 ya quedaron abolidos por la callada. Fernando VII los recuperó con su fórmula, «vuelva todo al ser y estado que tenía en 1808» (Valencia, 4 de mayo 1814).
Volviendo a Bayona. Aquella Constitución o Estatuto –galgo, o podenco– remitía la cuestión vasca a «las primeras Cortes». ¿Y eso? Pues que jamás hubo Cortes. Las previstas se juntarían  «a lo menos una vez cada tres años». Aun así, su poder era muy restringido, y puestos en lo mejor, un visto bueno a la foralidad no habría surtido efecto antes de 1821: «Todas las adiciones, modificaciones y mejoras que se haya creído conveniente hacer en esta Constitución, se presentarán de orden del Rey al examen y deliberación de las Cortes, en las primeras que se celebren después del año 1820» (Art. 146).
A pesar del ‘largo me lo fiáis’, el viejo sistema siguió funcionando en precario hasta la reforma radical de febrero de 1810, primer paso hacia la anexión del País Transpirenaico a Francia, desvelada el mismo mes.
¿Reacción? Lo único cierto es que nada era cierto, salvo que la guerra tendría fin y tras la paz nada sería como antes. Al parecer hubo gente para todo, y la idea de anexión a Francia no era nueva. Ya en 1795 Guipúzcoa la había negociado con la Convención republicana, «a cambio del respeto de los Fueros y la libre pesca en Terranova» [1]. Y antes todavía, en 1719, la provincia de Álava había dirigido al Duque de Berwick un Memorial sobre lo mismo, si la Corona Francesa le garantizaba sus «fueros, privilegios, exenciones, libertades y lo demás referido» [2]; cosa que también hizo Guipúzcoa.

Menos que en Bayona
La victoria de Bailén (18 de julio 1808) abrió los ojos de muchos a otras perspectivas posibles, otras ‘lealtades alternativas’. Uno de los primeros fue el capitán de fragata Miguel Ricardo Álava, que de Bayona pasa derecho a ponerse a las órdenes del general Castaños [3]. Álava ascendió por méritos de guerra hasta el grado de Mariscal de Campo (1812), aunque se le conoce más como ‘general Álava’. Fue de los pocos amigos que tuvo Wellington, el comandante en jefe de los tres ejércitos aliados, español, británico y portugués; el cual le nombró edecán suyo hacia el final de la guerra.
En enero de 1810 se pone en marcha la máquina constituyente. No se mire con lupa, dadas las circunstancias, la representatividad de aquellas Cortes. De vascos, lo que más hubo fue guipuzcoanos: 111 (en proporción de 1:4 respecto a madrileños); vizcaínos, 76; navarros, 44; alaveses, 25. Este último bajo número fue compensado en parte por la acción a distancia del alavés Trifón Ortiz de Pinedo, personaje correoso y pintoresco en sus reclamaciones. Pinedo lamentaba la falta de rigor estamental demostrado con limpieza de sangre. Era también uno de los muchos que a los Fueros llamaban ahora la Constitución de Álava [4]
Uno de los vascos más activos en Cádiz fue el funcionario Manuel Aróstegi. Aunque muy reñido con don Trifón, no era menos alavés que él: «Su discurso es una afirmación de alavesismo nítida… Álava siempre “ha sido considerada como tal por sí sola, e independiente de las demás provincias… Pero Álava, Señor, se ha distinguido de las otras dos, como ellas se diferencian también por muchas leyes peculiares de su Constitución» [5].
Aróstegui con el guipuzcoano Miguel A. de Zumalacárregui fueron los únicos vascos que se opusieron a la fusión de las tres Diputaciones vascas en una sola. Esfuerzo tan baldío como la misma fusión, decretada sobre el papel y nunca aplicada [6].
Respecto a los fueros, la idea dominante en Cádiz era suprimirlos, también en Navarra y no resucitar los de Aragón. Curiosamente, el sistema foral tuvo un abogado ferviente en el asturiano Agustín de Argüelles, ‘el Divino’.
El tratamiento de la cuestión foral en las Cortes fue paradójico, rocambolesco:

«Las menciones a los fueros incidieron sobre todo en los referidos a fueros y privilegios de grupos sociales, más que geográficos.
Si bien el principio que presidía el liberalismo era el de igualación, y por la tanto propendía a su desaparición, los discursos trataban de glorificarlos como un elemento de libertad, que quedaba superado por el nuevo texto.
Las citas de los mismos les resultaban útiles a los liberales, para alejar las críticas de que se importaba un modelo político… Todo lo contrario, proponían una vuelta a los orígenes, muy acorde con los principios contrarrevolucionarios que les servían de cobertura.» [7]

Acatamiento y jura de la Constitución
En este punto, J. R. Urquijo es conciso (págs. 183-186), y hay que abrir de nuevo  el capítulo de Ortiz de Orruño (págs. 118 y sigs.).
No hubo oposición abierta en Navarra ni en las Vascongadas, aunque sí una «deriva fuerista» en todas ellas, empañando las juras respectivas de la Constitución y abriendo una etapa tristemente crónica de reproches e insultos cruzados, expresión de una división irreconciliable que llevará a las Guerras Carlistas. Pero no en bloque los vascos frente a España, como lo pinta la versión nacionalista, sino divididos y enfrentados por intereses de clase y por ideología los propios vascos en cada provincia. Sólo la perspectiva de perder los fueros obraba el milagro de unirles por interés.
Cierto que se terminó jurando la ‘Pepa’, qué remedio. La mayoría lo hizo sin convicción o a regañadientes, algunos mirando de meter el vino nuevo constitucional en los viejos odres forales (más que viceversa).
Lo mismo que aquel don Trifón, tan amigo del fuero alavés y de la Religión como enemigo de la libertad de pensamiento y de imprenta, el presbítero vizcaíno don Miguel de Antuñano es ilustrativo de una típica  conjunción foralismo-integrismo antiliberal, compatible con una ejecutoria colaboracionista afrancesada.
Reunidas las Juntas de Vizcaya en San Nicolás de Bari de Bilbao (18 de octubre 1812), tras el primer tribuno Ildefonso Sancho, liberal constitucionalista, don Miguel puso paño al púlpito, y su oratoria fue arteramente eficaz ‘contra’ una Constitución que de boquilla reconoció «útil y ventajosa a todo el Reino», pero antes de invitar a obedecerla se volcó en un canto lírico al sistema foral, que arrancó los aplausos del auditorio.
Así puso en teatral evidencia que los constitucionalistas eran minoría. Hubo cruce de reproches e insultos. Al sacerdote y a otros de su cuerda se les echó en cara su colaboracionismo, y el estar todavía calientes las sillas que ocuparon en cargos públicos bajo el enemigo. Su réplica fue enjaretar a los otros la descalificación equívoca de ‘malos patriotas y malos vizcaínos’ –otra vez la ‘doble lealtad’–, a los constitucionalistas liberales, como el buen Sancho.

«Empezaba un nuevo combate contrarrevolucionario que se alargó durante varias décadas. Sancho no pedía explícitamente la abolición foral, sino simplemente la implantación del sistema constitucional, y si se considerase oportuno, la convivencia entre ambos sistemas[8]

Una historia de dos ciudades
El final de la francesada para el País Vasco y casi toda España se decidió en la batalla de Vitoria (21 de junio 1813); como también se manchó con la tragedia de San Sebastián (31 de agosto siguiente; el mismo día de la batalla de San Marcial, Irún).
Pardo de Santayana en su capítulo se extiende más en describir la acción de Vitoria que en explicar el crimen de guerra cometido en San Sebastián. ¿Se sabe al menos si fue un imprevisto, o un crimen de diseño?
Sin permitirme yo ni siquiera opinar sobre ello, digamos que la cosa se veía venir. Se sabe, por ejemplo, de unos vecinos que en vísperas del asalto escriben desde Pasajes a Wellington, a través de su edecán Álava, rogando con todo candor «se trate a los habitantes con la humanidad y dulzura que forman el carácter de V. E.  y el de las valerosas tropas que sitian la plaza
Álava, que para ocasión tan gloriosa se había puesto oportunamente enfermo, responde personalmente a la buena gente asegurándola que el inglés «tomará y habrá tomado cuantas determinaciones sean posibles con el fin de evitar cualquier desorden. Pero ni S. E. ni el primer general del mundo pueden asegurar esto, si el asalto es de noche, ni tampoco si siendo de día hay mucha resistencia en la brecha. Cuantos saben lo que es una plaza tomada por asalto, y cuantos han sido testigos de semejante operación, están convencidos de esa verdad, sin que hasta ahora se haya hallado un remedio para este mal en cuantos ejércitos tiene la Europa».
Dicho y hecho, hubo saqueo, abusos de todo tipo contra la población civil, incendio y ruina de casi toda la ciudad.
La Regencia puso cierta sordina al hecho mismo. Un primer reportaje decía: «Mientras las armas españolas se inmortalizaban en la parte de Irún, los aliados derramaron su preciosa sangre en el asalto de la plaza de San Sebastián» (‘La Gazeta extraordinaria’, 7 de septiembre). Dos días después, el parte era algo más explícito: «La desgraciada ciudad de San Sebastián padeció extraordinariamente: la mayor parte de ella fue saqueada y entregada a las llamas» (‘La Gazeta de Madrid’, 9 de septiembre).
Tal laconismo sería suplido –a casi un mes de la tragedia, cuando todo el mundo estaba al corriente–, por el periódico gaditano ‘El Duende de los Cafés’ (27 de septiembre: «La ciudad ha sido incendiada metódicamente y a medida que se hacía la limpieza interior de las casas». (Terrible ironía, lo de ‘limpieza interior’). Sólo se salvó de la quema la acera de casas calle de la Trinidad, que era el cuartel de los oficiales británicos.
Todavía se sigue discutiendo el reparto de responsabilidades. Una de las más peregrinas es la que carga el mochuelo al héroe de Bailén, el general Castaños, en represalia por haber sido la ciudad tan afrancesada. Curiosamente, esta opinión resulta atractiva a ciertos reconstructores del episodio desde perspectiva nacionalista.

Victoria en Vitoria
Este bonito calembour se me va al traste, por la manía anacrónica de los que hablan de la Batalla de Gasteiz, o incluso de una pieza que compuso Beethoven ‘A la Batalla de Gasteiz’.
Si el general Álava puso siempre la mano en el fuego por el honor de Wellington, esta vez tratándose de Vitoria, su patria chica, don Miguel, una vez ganada la batalla frente a la ciudad, tomó la precaución de ocuparla personalmente. De ese modo los vitorianos no fueron saqueados, sí en cambio saqueadores del fugitivo rey José.
Los franceses se dieron cuenta de que su salvación dependía de ir soltando lastre, para distraer. Aquel tren de preciosidades y tesoros exportados a Francia fue para mucha gente la oportunidad de su vida. Hasta las tropas británicas, rompiendo el molde tan repetido en las biografías hagiográficas de Wellington, se desmandaron y abandonaron la persecución del enemigo para aplicarse al botín. Fue entonces cuando Sir Arthur, perdida la flema, dictó para la Historia aquello de que «the British soldier is the scum of the earth, enlisted for drink» (el soldado británico es la escoria del mundo, alistado por la bebida).
Hablando del mutismo nacionalista para con la Guerra de la Independencia, Ortiz de Orruño menciona «el recurrente debate suscitado en la capital alavesa, sobre retirar el monumento a la Batalla de Vitoria», remitiéndose a varios enlaces en la Red (pág. 74). Uno de éstos resulta casi cómico por lo extravagante: un artículo de un Juan Ibarrondo, explicando a su modo el monumento a un supuesto irlandés amigo suyo, entre rondas de cerveza [8].
Para empezar, la primera propuesta de memorial, bien rápida por cierto, fue del diputado alavés que ya conocemos, Manuel Aróstegui, en las Cortes de Cádiz el 2 de julio de 1813, y aprobada al día siguiente para «cuando las circunstancias lo permitan». Cien años después vuelve a la carga el alcalde saliente don Eulogio Serdán Aguirregaviria (el caballero de aquí al lado). Abierto concurso, lo gana Gabriel Borrás, alumno de Benlliure, con los mismos cánones estéticos tan de moda, mas la pedagogía novedosa de acercamiento al espectador. 
Cualquier monumento es discutible desde varios ángulos: estético, urbanístico,  ideológico. En esto último cabe distinguir la realización plástica y el mensaje, sobre todo el textual. La inscripción es a menudo el detonante, o el pretexto. (Recordemos el «REINARÉ EN ESPAÑA», borrado del monumento al Sagrado Corazón en Bilbao por los nacionalistas.)
En el caso de Vitoria, ‘La falla’ –como llamaron los ingenios locales a la obra del valenciano Borrás (1915-1917)– ostenta doble  dedicatoria: «A LA BATALLA DE VITORIA» y «A LA INDEPENDENCIA DE ESPAÑA». Por si no quedase claro, una gran Victoria Alada en la cúspide sostiene la bandera nacional, mientras una matrona sentada a sus pies, o sea la Patria, ampara a su hijo el Pueblo, un pobre mozalbete en cueros vivos.
Con lo dicho, más dos tantos de esfuerzo y sagacidad que uno ponga de su parte, en menos de diez minutos adivina en qué tendencia política tiene menos simpatías el monumento. Hasta la alegoría de un león espantándose un águila tiene lectura en clave antiespañola: en Vitoria, Inglaterra venció a Francia.
Ofuscación, idiocia, mala baba… ¡bah! Dejemos eso, para recordar que aquella victoria nacional y aliada tuvo otro objeto conmemorativo menos estridente. La ‘medalla’, o más exactamente, la Cruz de la Batalla de Vitoria (1815).
Pero esta es una curiosidad que no nos cabe aquí. Otro día será.
___________________________

[1] Fue en el contexto de la Paz de Basilea que cerró la Guerra de la Convención, 1793-1795. Frustrada la ilusión de Godoy de recuperar el Rosellón, la perspectiva era ahora ceder Guipúzcoa, ocupada por Francia. Cfr. Goñi Galarraga, Joseba, ‘Guipúzcoa en la Paz de Basilea’; en Homenaje a J. I. Tellechea Idígoras. San Sebastián, 1982-1983, t. 2: 760-803.
[2] Estornes, Idoia, La construcción de una nacionalisdad vasca: el autonomismo de Eusko-Ikaskuntza (1918-1931). Tesis doctoral. Eusko-Ikaskuntza /Sociedad de Estudios Vascos. San Sebastián, 1990, 728 págs.
[3] Aunque madrileño, también era de origen vasco: Francisco Javier Castaños Aragorri Urioste Olavide (1758-1852). Hombre recto pero cerrado,  de ideas absolutistas.
[4] Urquijo, o. cit., págs. 166-170.
[5] Ibíd., pág. 179.
[6] ibíd., pág. 180-181.
[7] Ibíd., pág. 182.
[8] Para una relación fiel y objetiva del monumento, cfr. Francisco Vives Casas, El monumento a la Batalla de Vitoria.