martes, 20 de septiembre de 2011

Dos siglos de revolución vasca (2)



Corruptio unius, generatio alterius. «Nada se crea ni se aniquila, sólo se transforma». Cualquiera de los dos axiomas, o versiones de uno mismo, se puede aplicar al Antiguo Régimen, transformado por la guerra revolucionaria en otra cosa. Así lo ven los historiadores en general. Menos los nacionalistas. Su Euscalerría eterna siguió intacta, en su esencia intemporal. En este mundo de mudanza perpetua, donde hasta los vascos cambian, Euscalerría permanece, como si gozara de la incorruptibilidad de las esferas celestes. Es la ventaja que lleva el nacionalismo vasco: ellos saben; los demás no, y por eso investigan.
En esta línea de tanteo investigador se mueven los autores de los dos capítulos que siguen en el libro al de J. Pardo de Santayana: el de José María Ortiz de Orruño, ‘Entre la colaboración y la resistencia. El País Vasco durante la ocupación napoleónica’; y ‘Vascos y navarros ante la constitución: Bayona y Cádiz’, de  José Ramón Urquijo Goitia.
Ortiz participa en un grupo historiográfico sobre procesos de nacionalización en España. ¿De qué va eso? Lo explicaba el mismo grupo HINEC en un curso dedicado a Los procesosde nacionalización en la España Contemporánea’ (Salamanca, 2009). En él disertaron estudiosos vascos sobre versolarismo político, Sagrado Corazón, ferrocarriles, mili foral, etc.; y nuestro autor con ‘Guerra, nación y memoria. Un estudio-caso (Vitoria 1813-1864)’ [1].
En suma, ‘nacionalización’ es aquí lo mismo que nation building, la conocida ‘construcción nacional’. Pues bien, tocante a aquella etapa de fermento, «lamentablemente, el debate historiográfico aún no ha llegado al País Vasco», según Ortiz (pág. 73).

Nacionalismos español y vasco
De todos los nacionalismos hispánicos, «el más precoz y exitoso» habría sido el de la propia España, el nacionalismo español. Un nacionalismo que, en opinión de muchos, se forja precisamente en la guerra patriótica; y no porque sí, sino como empresa mancomunada de aragoneses, valencianos, murcianos etc.: «de esas pequeñas naciones se compone la masa de la gran Nación» (Antonio Capmany, 1808).
En su peculiar marcha hacia el progreso, España genera su propia conciencia nacional modelada sobre una ideal Castilla, recortando los particularismos regionales que más estorbaban, como el sistema foral.
En tan delicada cirugía, el recorte se habría propasado más de lo necesario y razonable, emprendiéndola de modo especial con las lenguas propias todavía pujantes (catalán, vascuence) y con peculiaridades jurídicas y administrativas, hasta invadir tal vez áreas más íntimas de la cultura y la estética. Este es el mito de la igualación de España desde Madrid. Mito, en cuanto que ignoraba otras muchas causas de la extinción de tipismos, menos violentas o incluso espontáneas. Mito, porque nunca fue el león tan fiero, ni siquiera en la etapa más dura del franquismo (nada comparable a la ferocidad nacionalista de hoy). Pero sobre todo, mito originario, porque en vez de reconocer que el País se transformaba irreversiblemente, junto con España, se remitía a la invención de lo primigenio.
Se ha repetido mucho que el nacionalismo español, con su torpeza allanadora, ha soliviantado y radicalizado los nacionalismos periféricos. Nada más falso; y si alguna vez fue así, no vale ahora, como lo demuestran los resultados de 1978. La nueva Constitución, con sus contemplaciones para con los ‘hechos diferenciales’ catalán y vasco, muy lejos de sedar nacionalismos, los ha radicalizado, mientras el nacionalismo central no es que se bata en retirada, es que se esfuma.
El nacionalismo vasco en sentido ‘actual’ asoma a partir de 1876, con la abolición de los fueros por Cánovas. Como si ‘los Fueros’ fuesen una especie de órgano moderador inmunitario, su extirpación desató en algunos una respuesta paroxística de rechazo. Un separatismo visceral que, obviamente, hubo que razonar sobre el argumentario particularista, con relecturas de antiguallas y con pretensiones nuevas.
Así es como surgió el «nacionalismo vasco, que intentó nacionalizar como vascos a los que hasta entonces nunca había dejado de sentirse, salvo discutibles excepciones individuales, como españoles, bien que a su manera» [2]. Tampoco esto último se saque de quicio: el mismo autor explica que «esa especial manera de ser españoles antes de 1876 caracterizaba a realidades situadas al margen del proceso de nacionalización en el País Vasco… algo nada problemático dentro de lo conocido… como patriotismo de doble lealtad’  [J. Mª Fradera, 1992]… característico de las identidades territoriales vascas del período pre contemporáneo… ». Patriotismo tradicional que «no debería confundirse con la nacionalización contemporánea como si fueran homónimos».

He alargado un poco estos considerandos sobre 1876, porque ahí empieza nuestro segundo siglo revolucionario. Antes de eso, revolución vasca sí, pero de nacionalismo nada. Sólo «el euskera y los fueros… dotaban de cierta singularidad a las provincias vascas».  

1. Respecto a la lengua, todo el mundo ha oído aquello de los maestros metiéndola con sangre y lágrimas en la escuela, el funcionario castellano de turno despachando a la gente con el ‘¡hábleme usted en cristiano!’ y las clases dominantes olvidando el vascuence mamado de sus nodrizas, o usándolo sólo con el servicio. Menos se repite, en cambio, la deuda para con el clero y elementos más conservadores:

«Conscientes de que el castellano era la correa de transmisión de las ideologías revolucionarias…, no alentaron su difusión en el campo. Concebían al campesinado como la gran reserva moral del país, y pensaban que mantendría intacta toda su inocencia mientras conservase su lengua originaria, y con ella su devoción religiosa» [3].

2. ¿Y ‘los Fueros’?  Dichosos Fueros, ¿qué sabía la gente de ellos? ¿Quién se los había leído? Lo que contaba eran las ‘exenciones’ y franquicias de alcance: la mili foral, los aranceles, un autogobierno formal (bien poco democrático), y paremos de contar… ¡Ah!, y la religión, que de foral bien poco tenía.
También de los Fueros se repite mucho su arraigo en el alma popular (la palabra ‘fueros’, se entiende); mientras que se silencia la razón de ser sentida entonces para defender esas ‘libertades’:

«La existencia de los fueros –nombre genérico utilizado para designar los particularismos de las provincias vascas– se explica por la condición fronteriza del país, la pobreza de su suelo y la fidelidad monárquica de sus habitantes. La libertad de comercio, las exenciones (militar y fiscal) y el autogobierno del territorio constituyen el núcleo fundamental de esos privilegios distintivos» [4].

De la ‘doble lealtad’, a la lealtad ‘doble’
«Los fueros siempre hicieron dichoso y tranquilo a este país». También eso decía el mito, mientras a otros efectos se reconocía lo evidente: que desde hacía demasiado tiempo aquel sistema hacía aguas, acumulando tensiones que estallaban en machinadas (la más reciente, la zamacolada de 1804). Pero vaya, juguemos al mito. El sesteo apacible de la patria vasca pudo haber durado algo más, aunque sueño eterno no iba a ser. El hecho es que Napoleón nos puso a todos en sobresalto.
Nuestras élites afrancesadas eran progresistas en algunas cosas, «empezando por la supresión del privilegio como forma de estratificación social. Pero se diferenciaban de los revolucionarios porque rechazaban el parlamentarismo y cualquier forma de representación popular» [5].  No sé. El foralismo que enfrentará en Bayona y más tarde a vascos y constitucionales fue de lo más antirrevolucionario. Y si la revolución era enemiga del privilegio, no lo era sólo como estratificador social, también como ‘estratificador nacional’, entre regiones y provincias. Y esto eran los fueros. Por eso los foralistas huían de la palabra ‘privilegio’ como del diablo, listos ellos; aquel anzuelo no lo tragaba nadie.

Lo de Bayona y 1808 en torno a la Constitución para la nueva España de José I sigue en debate, con apasionantes misterios. Aparte de dar fachada respetable al edificio, ¿iba en serio Napoleón con aquel experimento?
También los personajes vascos (y no vascos) invitados a la consulta previa siguen intrigándonos: ¿estaban en el ajo? ¿las veían venir? Si Urquijo –lo hemos visto había leído a Plutarco, ¿por qué no también a Maquiavelo, con la venia de su confesor jesuita? Urquijo hizo de secretario, y el navarro Azanza de presidente de aquella representación, con gran peso específico vascongado.
No se piense en un patriotismo vasco monocolor. Uno de los diputados más activos fue Ramón María de Adurriaga Uribe, que aunque canónigo de Burgos también era vasco –más tarde fue obispo de Ávila,  1824-1841–, y (cada loco con su tema) formuló propuestas contrarrevolucionarias, pidiendo enmienda del art. 1 en el sentido de una confesionalidad católica integrista, prohibiendo no sólo la libertad externa de cultos, sino que cada cual «pudiese pensar dentro de sí como le pareciese» [6].
Si el déspota anfitrión dejó con deferencia a sus huéspedes españoles largar lo que les saliese de dentro –total para no hacerles ningún caso–, eso mismo aumenta la admiración ante el papel de otro vasco, mucho más escurridizo que los clérigos integristas, el Adurriaga, o un Joaquín J. de Uriz, prior de Roncesvalles. La verdad es que el afrancesado vizcaíno Juan José María de Yandiola fue el primero de todos los vascos allí presentes que, rompiendo su compromiso de la víspera con la Asamblea, abrió la boca en pro de la foralidad vasca [7]. Y gracias a él, aquella primera Constitución estrenó la singularidad de llevar un anejo sobre la singularidad vascongada.

Con todo, ya antes de abrirse las sesiones, el avisado Urquijo había prevenido a Napoleón sobre la conveniencia de contentar a la población vasca con algún miramiento a sus peculiaridades. El propio emperador se había procurado información sobre ello, para ahorrarse complicaciones militares. [8] Y podemos estar tranquilos, que a Napoleón por aquel entonces no le faltaron arbitristas de aquende y allende Pirineo, sobre como ordenar el rompecabezas vasco-ibérico, y hasta el vasco-español-francés. El mismo año de 1808 el senador francés Dominique Garat –‘Txomin’ Garat, para sus amigos de por aquí y para el Callejero bilbaíno– proponía unificar todo el País Vasco, fracés y español, con el nombre de la ‘Nueva Fenicia’. [9]

La fiesta se anima
La intervención de Yandiola tuvo efecto inmediato de soltar las lenguas de los fueristas vasco-navarros, y hasta un catalán quiso apuntarse al envite y barrer para casa, sin éxito. La repulsa fue mayoritaria: ¿no se trata de dotarnos todos de un Constitución moderna igualitaria, sin privilegios ni exenciones? «¡A votar, señores!», golpeó con los nudillos Azanza.
Entonces Yandiola jugó su baza sorpresa: Sobre el asunto de los fueros no había más que hablar, pues ya él por el Señorío de Vizcaya había elevado un memorial directamente a Napoleón, explicándole cómo « nada tiene de común este país con los demás, si se exceptúan las provincias limítrofes de Guipúzcoa y Álava y el reino de Navarra, que se hallan en circunstancias muy semejantes». Y en cuanto a lo que se ventilaba, hizo constar que su intervención ni su presencia  «no se tuviera por adhesión a la Constitución general, y en caso necesario él se abstendría de votar».
No está claro si nuestro vizcaíno iba de farol o, si decía verdad, si estaba en total connivencia con Urquijo. Lo cierto es que por tal hazaña Yandiola es benemérito de los nacionalistas modernos. Dos siglos antes de Ibarretxe, aquel prócer habría declarado ante el amo de Europa que «los vascos no necesitaban constitución, porque desde los tiempos más remotos ya tenían la suya propia, los Fueros».
Y por si fuera poco, aludiendo a la oposición, digamos, ‘jacobina’ de la mayoría española y también de franceses, fue cuando Yandiola escribió a sus poderdantes de la Diputación de Vizcaya aquello de que «los españoles son nuestros mayores enemigos, por no decir los únicos». Y en cuanto a la Junta, «jamás me sujetaría a su decisión, porque no reconozco en ella ni en la Nación autoridad para derogar nuestra Constitución».
Por las Actas de Bayona «no se puede identificar claramente la actuación de cada uno de los representantes, porque no se recogieron literalmente las intervenciones, ni hay información sobre las votaciones emitidas en cada uno de los artículos del texto» [10]. Las informaciones más sensibles proceden de referencias epistolares o circunstanciales. Yandiola mantuvo correspondencia con su Diputación, a la que se debía profesionalmente (al margen de sus ambiciones políticas), pues desde hacía un par de años lucía el cargo de Consultor Perpetuo del Señorío [11].
¿Quién podía adivinar el futuro del País? Independencia, autonomía, asociación o anexión a Francia, reparto… Todo era posible, y en tal coyuntura seguramente se barajaron soluciones de ventaja, jugando fuerte los Fueros, el comodín, la excepción permanente.

Siempre los Fueros
La lectura de ambos artículos, el de Ortiz de Orruño y el de Urquijo Goitia, es apasionante, aunque nos deja muy con las ganas. Termino, pues, señalando para consideración del lector algunos puntos sobre la foralidad emergente y sobrevenida a los próceres vascos invitados al chapuzón de Bayona.

1. ¿Los Fueros, ‘constitución’ de Euscalerría?  Según Goyo Monreal, eso se pensaba entonces. Ramón Urquijo, por el contrario, habla de utilización oportunista. Lo uno no quita lo otro. Eran tiempos constituyentes, el futuro era la monarquía constitucional. Por otra parte, si la constitución vasco-navarra eran los amados fueros, eso quitaba hierro a una palabra mal vista por muchos. Por lo demás, los Fueros en modo alguno podían jugar el papel de constitución moderna.
2. Los Fueros. ¿Qué fueros? Cada provincia ‘exenta’ tenía los suyos, Navarra su propia foralidad. Oportunista fue, entonces, aquella presentación foral unitaria larramendiana, tan ajena al particularismo tradicional de cada una de las ‘naciones bascas’, que dirá pronto ‘Don Preciso’ [12].
En aquella caligo futuri, foralidad para nuestros vascongados era seguir mandando en el país los mismos de siempre, como siempre; Bilbao y las villas mayores por su lado, la Vasconia profunda por el suyo.
3. El porqué de los Fueros. En las épocas ilustrada y afrancesada ya corría el mito vasco de la foralidad de derecho natural, por no decir divino (que también: «Guipúzcoa, mayorazgo fundado por Dios», de Larramendi). Sin embargo, con muy buen juicio, a nadie se le ocurre esgrimir ante Napoleón ese argumento, no fuese a herniarse de la risa, o a resolver los Fueros como Alejandro el Nudo gordiano.
No. La razón de ser de los Fueros en las Provincias y Navarra nada tenía que ver la ascendencia tubalina de los vascos, tampoco su hidalguía natural y universal. ¿Qué, pues? La pobreza del país, la sobrecarga de los hacendosos y virtuosos habitantes para explotarlo, su mérito de sacarle el óptimo rendimiento y contribuir al erario regio como los que más. Todo ello conforma un sorites argumental sugestivo, pero sin perder de vista lo cardinal: sin fueros, el país se arruina y, quién sabe, los ama tanto, que podría levantarse en armas y buscarse la vida por su cuenta.
4. ¿Intocables? Antes hemos visto un texto de Yandiola negando a la Junta y a España autoridad para derogar el Fuero de Vizcaya. Texto incompleto, hay que añadir, y es como circula. He aquí el resto:

«Vizcaya nada tiene que hacer sino con su Señor, que es el Rey de España; y si yo dirijo la representación a Su Majestad Imperial es porque él es quien da la Constitución. ¡Infelices de nosotros, si fuésemos juzgados por la Asamblea!»[13].

El ultra foralismo  antirrevolucionario sobrevenido a Yandiola y compañía creaba «una ficción…, un esquema bipolar Castilla-Territorio Foral, desconociendo el resto de las realidades que coexistían bajo la monarquía de los Borbones» [14]. No obstante, el lexema ‘constitución foral’ ha sonado bien al oído nacionalista. Y con el aditivo de no reconocer la nueva ‘soberanía nacional’, miel sobre hojuelas. Rueden las coronas, caigan los Señores de Vizcaya, y el derecho a decidir es nuestro…
Ellos saben. Nosotros, a seguir estudiando.
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[1]  V. también Esteban de Vega, M., y Dolores de la Calle Velasco (eds.), Procesos de nacionalización en la España contemporánea. Salamanca, 2011; 528 págs.
[2] Juan Gracia Cárcamo (UPV/EHU): ‘Al margen, dentro y frente al proceso de nacionalización española: Imágenes divergentes sobre el País Vasco en viajeros y escritores peninsulares (1876-1931)’. En Procesos…, o. cit., págs. 503 y sigs.; pág. 505 (negrita mía).
[3] Ortiz, pág. 77, con envío a Belén Altuna y su libro, Euskaldun-fededun (2003), sobre «la perfecta imbricación entre los valores tridentinos y los etnicistas».
[4] Ibíd. El historiador Antonio Pirala (1824-1903) comentaba, a diez años de abolidos los fueros, cómo en Bilbao o San Sebastián casi nadie los echaba de menos (Provincias Vascongadas. Barcelona, 1885). De igual modo, el traslado de las aduanas a la costa (1844) parecía un acierto favorable a la industria. Y eso lo veía hasta un furio-foralista como Arístides Artiñano (1874-1911).
[5] Ortiz, pág. 82.
[6] Urquijo Goitia, pág. 149.
[7] Urquijo, pág. 156, con referencias.
[8] Urquijo, págs. 145-146. 
[9] El vasco Garat pensaba que los vascos eran colonos fenicios. Un primer proyecto contemplaba el país unificado con tres departamente, de mar a montaña: Nueva Fenicia, Nueva Tiro y Nueva Sidón. Luego se quedó con el primer nombre para el todo. Cfr. Gregorio Monreal, ‘Los Fueros Vascos en la Junta de Bayona de 1808.’ Rev Intern Estud. Vascos, 4 (2009): 255-276); pp. 21-22. V. también Idoia Estornes, ‘Descripción del País Vasco, Aragón y Cataluña, a la luz de un designio napoleónico. El ‘País Transpirenaico’ en 1810.’ En: Homenaje a Julio Caro Baroja, RIEV 31 (1986): 699-711.
[10] Urquijo, pág. 148.
[11] Sobre la confusión que rodea los tejemanejes de Bayona, v. págs. 150-151. Es cuestión muy delicada, donde no puede excluirse la autocensura y manipulación de hechos, dichos y documentos, como también apunta Monreal.
[12] Seudónimo de Juan A. de Iza Zamácola, autor de Historia de las Naciones Bascas. Auch, 1818. Gran vascófilo, sin perjuicio de ser también gran experto en la música y bailes populares españoles.
[13] Urquijo, pág. 151.
[14] Urquijo, pág. 153.



(Concluirá)




lunes, 12 de septiembre de 2011

Dos siglos de revolución vasca (1)



Para el nacionalismo vasco la Guerra de Independencia Española nunca ocurrió. Es verdad que de ella hablan todas las historias generales y todas las particulares de la Península Ibérica, más infinidad de historiadores que se han ocupado de Napoleón; incluidos los vascos nacionalistas, cómo no. Da igual. El nacionalismo en su imaginario político pasa de esa guerra, un simple mito hispano ajeno a lo vasco. Y de mitos esa gente debe de entender un rato.
Ese recurso pueril de conjurar fobias tapándose los ojos no ha ido con la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, cuya Delegación en Corte dedicó su XVII Semana, Vascos en 1808-1813. Años de guerra y Constitución (Madrid, octubre-noviembre 2008) a dilucidar el papel de los vascos de España y América en aquella etapa histórica, que no sólo fue real, sino decisiva también para los vascos de ahora, a dos siglos de distancia.
Esas conferencias han fructificado en un librito del mismo título (Madrid, Biblioteca Nueva, 2010; 266 págs.). Y de igual modo que hace meses meditábamos sobre ‘Lo vasco que nunca existió’, con otro volumen del mismo origen, ahora disfrutamos de unas lecciones magistrales sobre una guerra y revolución vasca que sí existió. Un capítulo doblemente ignorado: por historiadores que no han entrado en eso, y por nacionalistas que de eso no quieren saber nada.

Guerra y Revolución
Al estrenarse el siglo XIX, la Revolución con mayúscula era la francesa. Con toda su grandeza y su miseria, con su Terror y sus Derechos humanos. La tragedia revolucionaria en sí era ya historia;  pero la Revolución, aunque muy cambiada, seguía viva, porque un solo hombre la había hecho suya: Bonaparte.
En la educación escolar, la historia española de aquellos años 1808-1813 prefirió decantar la epopeya bélica, más asequible a los niños, como Guerra de Independencia. Muy en segundo plano quedaba el aspecto revolucionario de aquella etapa, que fue la transición del Antiguo Régimen a nuestra Historia Constitucional, con las Cortes de Cádiz como comadronas de un parto que era su propia criatura (aunque no del todo): la Constitución de 1812. Con razón el Conde de Toreno tituló su gran obra divulgativa, Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (París, 1832).
La Junta Central era consciente de su cariz revolucionario, aunque diverso de lo visto en la Revolución Francesa (Manifiesto de 26-10-1808). La originalidad española era el monarquismo de aquella Junta, legitimista en origen, depositaria excepcional de la soberanía en nombre de Fernando VII. Pero su revolución empieza ya con la convocatoria de las Cortes de Cádiz, y se afirma en todo el trienio de soberanía nacional constituyente  (septiembre 1810-septiembre 1813), hasta culminar en la promulgación de un texto que transformaba radicalmente la propia Monarquía.
¿Fue ‘La Pepa’ la primera constitución española? Sí y no. Allende el Pirineo, ya Napoleón se había anticipado, convocando en Bayona una junta de notables españoles para la lectura y aprobación de una Carta otorgada, que articularía la monarquía también impuesta de José I.
Lo de tomar o no la Carta de Bayona como ‘constitución’ es algo bizantino. El decreto de convocatoria, desde luego, se refería expresamente a «fijar las bases de la nueva constitución que debe gobernar la monarquía»; y la proclama introductoria del nuevo rey al texto que se promulga en la Gaceta de Madrid (25 de mayo 1808) lo presenta como «una constitución que concilie la santa y saludable autoridad del soberano con las libertades y privilegios del pueblo».
En todo caso, también este documento era revolucionario para el país; y para mayor parecido con lo de Cádiz, el mismo Napoleón apela al legitimismo español: «Habiéndonos cedido el Rey y los príncipes de la casa de España sus derechos a la corona», que él no pensaba calarse en persona, sino «en las sienes de un otro Yo». Vamos, que el Corso tenía sus papeles en regla. El cinismo y el modo de designar a su hermano José Napoleón no quita nada al paralelismo, teniendo en cuenta que la accesión del Príncipe de Asturias , aprovechando un motín para quitarle el reino a su propio padre, tampoco había sido transparente.
Ahora bien, constitución, estatuto o como se prefiera, aquí nos importa que el documento aprobado en Bayona se promulgó con solas dos firmas: la del intruso rey José,  y la de su ministro Secretario de Estado, Mariano Luis de Urquijo. Un bilbaíno ilustrado y afrancesado, que ya lo había sido de Carlos IV (1798-1800).

Afrancesados
Los vascos más significados en aquel proceso entraban casi todos en la categoría de los ‘afrancesados’. La palabra tiene enjundia. Nace en el siglo XVIII para describir ciertos dejes de pronunciación y estilo gálico, ciertos gustos a la moda francesa. Se aplica luego a los admiradores de la Ilustración. Y termina como sinónimo de antipatriota y secuaz de José I, el intruso. La deriva semántica va de la estética a la política, pasando por la censura inquisitorial y el Índice de libros prohibidos.
Urquijo fue afrancesado en las tres acepciones, aunque en ninguna de ellas furibundo, cosa muy ajena a su temple. Y desde luego, nada ingenuo, como lo prueba el siguiente rasgo. Cuando Napoleón citó ante sí al ya rey Fernando, como hizo con su padre don Carlos, Urquijo fue el más decidido en desaconsejar el viaje, que era como ir al cautiverio. Este fue, más o menos, el diálogo entre el político vasco y un confiado Duque del Infantado, que le objetó:

– ¿Es posible que un héroe como el Emperador, yendo el Rey a ponerse en sus manos tan de buena fe, se las manche con esa acción?
–Si hubiese leído a Plutarco, habría visto que los héroes, especialmente los fundadores de dinastías, subieron los peldaños de su triunfo pisando a sus víctimas. Además, ¿cuáles son las razones del viaje?
–Sólo se trata de contentar al Emperador con ciertas concesiones territoriales y de comercio.
–Siendo así, ya le pueden dar la España [1].

Tal fue el hombre clarividente que luego fue ministro de José I, con el también bilbaíno José de Mazarredo (1745-1812) como ministro de Marina.
Algunos afrancesados fueron guerreros, otros sólo políticos, pero prácticamente todos fueron revolucionarios, no menos que los patriotas de Cádiz.

Vascos en la Guerra
De los aspectos bélicos en el País da una buena síntesis José Pardo de Santayana en ‘La Guerra de la Independencia en el País Vasco. 1808-1813.’ [2]
La situación del País Vasco en aquel período fue singular, soportando la máxima presión del invasor francés en comparación con el resto de España. Lo cual es lógico: la primera invasión militar de octubre-noviembre 1807 se hizo por la frontera occidental, ya que el objetivo-pretexto pactado era la ocupación y reparto de  Portugal con Godoy.  
Aquella penetración ‘pacífica’ o ‘amistosa’, bastante bien recibida en los centros urbanos de las Vascongadas, pronto se quitó la máscara. «Hasta 250.000 soldados, muchos de ellos veteranos…, se fueron acantonando en aquel pequeño rincón del norte español» [3].
Pero rotas las hostilidades, la resistencia cívica se notó menos aquí,  aunque también el colaboracionismo contra las guerrillas mal avenidas fue de lo más tibio, no tanto por convicciones como por las represalias, que en cierto modo anticiparon la saña de las futuras guerras carlistas. Más agresivamente anti francés fue el medio rural, feudo de los jaunchus y del clero más conservador, y tradicionalmente enfrentado a las villas y su patriciado urbano, aunque unidos todos en el apego a la religión y los fueros.
Una etapa de especial interés es la que se abre en 1810. Napoleón, ante el fracaso de su hermano, vuelve a intervenir en persona, y mueve la frontera de los Pirineos al Ebro, anexionando más directamente a Francia toda el área intermedia: Cataluña, Aragón, Navarra y Vascongadas (más Cantabria). A estos cuatro ‘gobiernos militares’, que ya no dependían del rey de España, se añadió el quinto Burgos en 1811. El sistema quebró en 1812, al partir Napoleón para Rusia, despejando el campo a Wellington. El brazo derecho del generalísimo inglés era ahora otro vasco afrancesado, el general Miguel Ricardo de Álava, que de colaboracionista y firmante de lo de Bayona, se había pasado a la Junta.
Vasco también fue el pundonoroso general vergarés Gabriel de Mendizábal (1765-1838), organizador del VII Ejército español que absorbió a no pocos guerrilleros como militares regulares, algunos con alto grado (Espoz y Mina, mariscal, lo mismo que Mariano Renovales; Francisco de Longa, coronel, etc.). «Cuatro de aquellos ‘Siete Magníficos’ que ostentaban los mandos principales en el ejército guerrillero del norte eran vascos» [4]
No me tienta lo más mínimo hacer épica de estas cosas ni, por el contrario,  reventar el ‘mito’ de la guerrilla patriótica. Lo importante es acercarse a la realidad en cuanto sea posible, y creo que la síntesis de Pardo Santayana  algo ayuda a entender en qué medida los aciertos de Wellington tuvieron éxito, gracias al trabajo preparatorio y complementario  de estrategas autóctonos y fuerzas semiautónomas o independientes, con destacado papel de gente vasca.

Vascos en la Revolución
Más interesante que contar la película bélica es hoy reconstruir el proceso revolucionario, y calando en las mentalidades de aquel magma heterogéneo, perfilar las visiones políticas. Algo por ahí van, en el mismo libro, José Mª Ortiz de Orruño, ‘Entre la colaboración y la resistencia. El País Vasco durante la ocupación napoleónica’ (págs. 71-129), y José Ramón Urquijo Goitia, ‘Vascos y navarros ante la Constitución: Bayona y Cádiz’ (131-186). Otro día pasamos revista a esos artículos. Sin olvidar el último de la serie, donde Begoña Cava Mesa observa ‘La Guerra de Independencia desde la otra orilla’ (págs. 187-237), estudiando un capítulo de la Independencia de la América Española, donde los vascos tampoco estuvieron quietos.  
Un Compendio bibliográfico –así presentado con modestia por su compiladora Mª Victoria de la Quadra-Salcedo– reúne un conjunto selecto de títulos para ampliar y profundizar en los múltiples aspectos de un tema poco conocido y muy complejo.
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       [1] Cfr. O. cit., págs. 40-41.
       [2] O. cit., páginas 35-69. Pardo es también autor de la primera biografía seria de un guerrillero vasco mas nombrado que conocido: Francisco de Longa: de guerrillero a general (Madrid, 2007; 517 págs., ilustr.).
       [3] Pardo de S., o. cit., pág. 43.
       [4] Ibíd., pág. 57.

(Continúa)


miércoles, 31 de agosto de 2011

Laicos de mucha fe (y 3)


Obispos no


Jon Juaristi en El bucle melancólico observó con agudeza que la Iglesia Vasca es presbiteriana. El vasco –el vasco católico, para redondear el pleonasmo– comulga más con sus curas que con los obispos en general. A éstos los mira con prevención, le incomodan. Para un ex presbítero como Arzalluz, el obispo Blázquez era «un tal Blázquez». Un «loro viejo» que jamás aprendería a hablar en euskera, según el afamado euscalduna y eusquerólogo  católico Anasagasti.
El reojo anti episcopal viene de antiguo, cuando las Vascongadas en lo eclesiástico se integraban mayormente en la diócesis de Calahorra-La Calzada. Hasta 1851, cuando se crea la diócesis de Vitoria. La ojeriza debió de picar más en Vizcaya, si es cierto lo que cuentan: que en alguna coyuntura tensa se llegó a aplicar el rito de recoger con palas tierra pisada por el visitador episcopal a su salida del Señorío, y arrojarla fuera tras él.
Por lo demás, Garibay en su Autobiografía no refleja tal distanciamiento; al contrario, pondera la amistad de su familia con los sucesivos obispos, recordando cómo «los más de ordinario suelen posar los prelados de este obispado en sus visitas» en casa de su tío Juan, en Mondragón [1].
Aquí, como en otras partes, hubo medidas bien antiguas de ‘separación de poderes’, vedando al clero local la intromisión en asuntos civiles. Y algo de esa tradición ‘laica’ vizcaína se les pegó a los Arana, que en los estatutos del PNV cerraron el partido a los eclesiásticos. Eso sin perjuicio de profesar un clericalismo fundacional casi teocrático, ya que sus «bases fundamentales para la constitución del Pueblo Vasco» incluían «subordinación de lo civil a lo religioso» [2].

Sabino Arana tiene textos asombrosos por su ingenuidad, ora viendo en las figuras de los santos autóctonos (Ignacio, Javier) una prueba de la superioridad moral del pueblo vasco, o sumándose al apostolado de «salvar almas vascas» mediante el PNV, o en fin, autoerigido en portavoz del sentir católico vasco, respetuosamente crítico con el catolicismo foráneo por lo que afectaba a las libertades y esencias vascas [3].

Una embajada pintoresca
Cuando la II República, y más concretamente el socialismo de Indalecio Prieto, empezó a coquetear con los nacionalismos periféricos con vistas a negociar estatutos de autonomía política, los nacionalistas vascos se trabajaron en paralelo la creación de una ‘Iglesia Vasca’.
Al efecto, el 12 de diciembre de 1934 el partido envió a Roma, para un primer contacto directo con la Santa Sede, a Luis Bereciartúa, que recibido por el Secretario de Estado cardenal Pacelli –futuro papa Pío XII– obtuvo la promesa (o eso entendió) de que si una delegación nacionalista vasca se presentara en Roma, sería bien recibida.
Entre tanto, en 1935, mientras arreciaban los ataques de la derecha españolista (capitaneada por la CEDA) contra el PNV, éste tomó contacto con la Nunciatura apostólica en Madrid, siempre tanteando el tema de la Provincia eclesiástica vasca. Y cuando a fines del año, nombrado cardenal el nuncio Tedeschini, el 21 de diciembre recibe el capelo de manos del Presidente de la República, el católico Alcalá Zamora, a la ceremonia del Palacio de Oriente sólo asistieron dos diputados (Aguirre y Careaga), ambos confesionales y del PNV.
Con su cuenta y razón. Ellos ya sabían que de la CEDA no iría nadie, y así fue. Creyendo, pues, despejada la vía a Roma, días más tarde –enero de 1936– el PNV envía a una delegación presidida por José Antonio Aguirre, con objeto de presentar su programa al Papa en persona y ganarse un visto bueno de catolicidad. Como introductor se agenciaron a un carmelita adicto, el padre Larracoechea, del lobby vasco en el Vaticano.

Laudemus viros gloriosos…
Estos son los nombres de los ilustres romeros, con sus grafías genuinas, las heredadas de sus padres y abuelos:

Doroteo de Ziaurriz, pres. del EBB
Pablo Eguibar, secretario del EBB
José Antonio Aguirre, diputado por Vizcaya
Heliodoro de la Torre, íd.
Manuel Robles Aranguiz,  diputado por Bilbao
Juan Antonio de Careaga, íd.
Manuel de Irujo, diputado por Guipúzcoa
Francisco Javier de Landáburu, diputado por Álava
Francisco Basterrechea, del Tribunal de Garantías
José de Eizaguirre, íd.
Evaristo Echevarrieta, sacerdote de Bermeo.

Éste último, no siendo del partido por su impedimento eclesiástico, iría seguramente como capellán.
Aparte la presentación del partido y su política católica etc., tres eran los objetivos:

1) Constitución de una diócesis vasca con sede en Pamplona.
2) Uso del vascuence en la predicación.
3) Freno a la Jerarquía eclesiástica española, imponiéndole neutralidad ante la política estatutaria y nacionalista del PNV [4].

Es notable que una delegación de políticos seglares acuda a la Santa Sede a sugerirle una mejora en la organización eclesiástica. Para nuestro peneuvistas tenía su lógica, y no es lo menos sorprendente leer de uno de ellos, que iban a Roma sinceramente convencidos de que su misión era puramente «de carácter religioso, social y cultural… síntesis de las aspiraciones de los vascos, en razón de las relaciones siempre amistosas y filiales de nuestro pueblo con la Iglesia católica» (Landáburu).
El plan previsto era ser recibidos por el Secretario de Estado Pacelli, que así lo había prometido (al menos en versión de Bereciartúa), y les introduciría al Papa.
 Llegan a Roma el 19 de enero, y primera ducha fría: no les recibe Pacelli, sino su secretario Mons. Pizzardo, quien les reprocha ser en España los únicos católicos que rehusaban aliarse con los demás en momentos tan graves para la religión. El monseñor se lo puso tétrico: ¿acaso no veían que en las inminentes elecciones de febrero se jugaba el que «España fuese de Cristo o de Lenin»? Aliarse con la CEDA, ese era su obligación urgente, y hacer más caso al episcopado.
Entre atónitos y airados, replican que con la CEDA ni hablar, por ser de «ideas diametralmente opuestas en orden a la Patria».
Esta diplomacia autista obtuvo, en vez de las entrevistas privadas que se prometían, unas tarjetas corrientes de invitación a la audiencia pública general semanal del Pontífice en la Sixtina. Ellos, tratados como simples fieles del común.
Por supuesto, el Vaticano estaba informado tanto desde el Episcopado español como por el solapado Nuncio, de la estrategia de aquellos católicos que, anteponiendo su interés partidista al bien de la Iglesia, se vendían a las izquierdas por las lentejas del dichoso Estatuto.
Días después, nueva y no menos dramática entrevista con el mismo anfitrión. Decididamente, ni Pío XII ni su Secretario de Estado pueden recibirles. Dejen por escrito lo que quieren y vayan con Dios y la Bendición apostólica.
Algo dejaron, en efecto; algún folleto de propaganda jeltzale, o así. Luego, a la salida, con la rabieta se enzarzaron en una discusión sobre si armar un escándalo, aporreando la puerta de Pacelli. El padre carmelita se lo quitó de la cabeza con un recurso muy vasco: «Señores, es hora de comer. Aquí en Roma se come temprano y luego cierran».
El 26 oyen misa, y viajeros al tren, despidiéndose de Roma con gritos de Gora Euzkadi Azkatuta! Forastero hubo en la estación que les tomó por exaltados mussolinianos fascistas.
Aquel revolcón no sería jamás olvidado por el nacionalismo. Bien es verdad que tampoco fue el último. Y de aquellos polvos estos lodos. Exagerado es decir que ETA nació y creció en las sacristías, aunque es cierto que muchos etarras y pro etarras han escurrido vinajeras de muchachos, y algunos hasta cálices consagrados por ellos mismos de adultos. Lo preocupante no es el cambio de fe, es el poso de resentimiento.  De ahí lo que va de ayer a hoy. De dónde salimos y dónde estamos. Antes, tras de los curas con la vela; ahora sin los curas, o tras de los curas con la estaca. O bien, en el educado distanciamiento laico y adanita de Bildu.

«El ala más retrógrada de la iglesia católica» 
Es lo que, según Bildu, representa el «obispo católico Izeta», esto es, el guerniqués Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa. Así es como figura en la Wiki, y no me ha salido a la primera, por el empeño que hay ahora de enmendarle los apellidos a una ortografía que él no parece desear.
Doctor en Medicina y Cirugía (1995), doctor en Teología Moral (2002), máster en Economía y políglota en español, inglés, francés, alemán, italiano y vascuence. A estos títulos añade don Mario otro que a mí me chifla, qué le voy a hacer: es organista. Pero, nadie es perfecto: no se formó como es debido en el País Vasco, pues su carrera sacerdotal la ha hecho sobre todo en Córdoba. ¡Ah! Se dice que es de Opus.
No le conozco de nada, y creo que ni le he visto nunca, así que no puedo decir si una persona tan culta y completa camina hacia atrás. Doña Helena Gartzia, los de Bildu en general, deben de saberlo mejor, para situarle en el ala más retrógrada de toda la Iglesia.
Tengo entendido que don Mario no es partidario de ciertas cosas, supuestamente ‘ortógradas’: aborto, eutanasia, amor libre, uniones homosexuales (gaymonio y lesbimonio, el homoconyugio en general), y algunos otros adelantos. Tampoco simpatiza con ETA.
Teniendo en cuenta que el término ‘retrógrado’ es relativo, es muy posible que le cuadre a un obispo –‘obispo católico’,  por más señas–, desde la perspectiva de quienes marchan en sentido contrario.
¿Puedo tener algo contra un retrógrado como Mons. Iceta? ¿Se entromete en mi vida y costumbres? En absoluto. Oigo (si quiero) su opinión y consejo, y en paz. De los nacionalistas ortógrados no puedo decir otro tanto. Un obispo que además es capaz de recrearme tocando a Bach en el Cavaillé-Coll de la basílica de Begoña. Y que, en caso de urgencia, me puede ofrecer por humanidad unos primeros auxilios médicos (junto con los espirituales, si yo fuese capaz de ellos)…
‘Retrógrado’… ¿respecto a quién? Por la rima, me da Setién, pero no puede ser, es también obispo. Aunque en Bildu hay mucho bertsolari, y quién sabe lo que les rimara en lo hondo de sus creencias laicas.
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[1] E. de Garibay, Discurso de mi Vida, 3, 5 (ed. J. Moya, Bilbao, 1999, pág. 133).
[2] Fernando García de Cortázar, ‘Iglesia Vasca, Religión y Nacionalismo en el Siglo XX.’ Congreso de Historia de Euskal Herria. Vitoria, Publ. Gobierno Vasco, 1988, vol. 4. También en Cortázar, F. G. de, y Juan Pablo Fusi, Política, Nacionalidad e Iglesia en el País Vasco. San Sebastián, Txertoa, 1988, págs. 59-114; pág. 65.
[3] Cfr. José Luis Torres Murillo, Vascos. El problema no es ETA (Razones y sinrazones de los nacionalismos). Madrid, Visión Libros, 2006; cap. 15, ‘De la realidad y el mito de la Iglesia Vasca. La división de la comunidad cristiana’; págs. 325 y sigs.
[4] Cfr. Fernando de Meer en su tesis doctoral, ‘El Partido N. V. ante la Guerra de España. Un estudio de las relaciones nacionalismo y religión en el País Vasco (18.VII.1936-15-X-1937)’, Universidad de Navarra, 1991. Publicada como El Partido Nacionalista Vasco ante la guerra de España (1936-1937). Pamplona, 1992.