martes, 5 de julio de 2011

Domingo: santo gris en blanco y negro (y 3)



El santo y su máscara. Los Predicadores
He llamado a Domingo ‘santo gris’ porque yo lo veo gris. En cambio, san Francisco, contemporáneo suyo más joven, casi parece un conocido. Y eso que sé que sus vidas mienten, como era casi de rigor en las vidas clásicas de santos, sus panegíricos y leyendas. Porque el santo, por lo general, es sólo un pretexto para vender otras cosas: entretenimiento, consejos, propaganda.
La literatura santoral –lo que se entiende por Hagiografía– presenta a los santos enmascarados por sus promotores. Pero no de cualquier modo. Las máscaras se ajustan a tipos genéricos, que el crítico tiene que descifrar. ¿Que rascamos, y debajo aparece un rostro humano? Estupendo. ¿Que nada de nada? Suele ocurrir, y tampoco es tiempos perdido, porque al menos se desenmascara al propagandista.
Conozco un libro que trata de eso y se titula así: Las máscaras del santo [1]. Con esta advertencia:

“He decidido no tocar en este estudio las figuras de fundadores de órdenes religiosas… En estos casos, la distinción entre el individuo y la pieza literaria se complica por el factor añadido del entusiasmo de sus discípulos.” (pág. 20).

Pienso que el autor fue prudente. Esos santos fundadores son sin duda los tipos más (y peor) enmascarados por sus biógrafos. Cuando un religioso de los siglos pasados rompe a hablarnos de “mi gran Padre san Fulano”, o de “el excelso Patriarca de mi gloriosa Orden”, lo que nos va a presentar no es a un ser humano, sino un mascarón de proa tras el que navega la cofradía en pleno. La vida típica de ‘santo fundador’ es la exaltación y la justificación de un ‘nosotros’. Esto último es precisamente lo que me interesa en estas reflexiones. Hoy en día los santos no parece que interesen mucho, salvo como iconos de grupo [2].
Tampoco las órdenes religiosas están en candelero. Sin embargo, la Historia de Europa no se entiende sin ellas. Por fijarnos sólo en un aspecto, los monjes y los frailes en la Edad Media fueron potencias socio-económicas, aunque muy diferentes. Sin saber nada de Economía (o por eso mismo), sólo para comparación ilustrativa, yo diría que los monasterios me recuerdan a la banca, mientras que las órdenes mendicantes se parecían más a los partidos políticos.
Siguiendo el símil, el gran partido religioso-político que fue la orden de Predicadores –los dominicos– incluía en su programa dos ‘valores’ prioritarios: ortodoxia e inquisición. Dos valores que unidos se traducen en intolerancia. Los dos se repiten plasmados gráficamente en sendos murales de propaganda, en el ‘Cappellone’ de los Españoles, en el convento florentino de Santa María Novella. Dos ‘triunfos’ se enfrentan allí: el de la Ortodoxia, representada por Santo Tomás de Aquino con su Suma Teológica; y el de la Iglesia Militante, defendida sobre todo por santo Domingo y sus Domini Canes.
Pero dos ‘valores’ –ortodoxia e inquisición– que con el tiempo han dejado de serlo. Ya se sabe que la tolerancia es valor muy moderno y muy poco extendido todavía, y sería anacrónico proyectarlo a siglos pretéritos. Para el historiador eso no es problema. A menos, claro, que el historiador sea dominico a la defensiva.

Inquisición
Es comprensible que los dominicos deseen sacudírsela de encima, la Inquisición. El padre Mandonnet, y otros con él, han insistido en que santo Domingo no fue inquisidor, ni el Santo Oficio fue cosa peculiar de la Orden. Lo primero es cierto; lo segundo, menos. Pero la verdad es que lo uno y lo otro han sido tesis suyas.
El cargo de Inquisidor General (‘el Gran Inquisidor’ de la literatura) en España lo tuvo primero fray Tomás de Torquemada (1483-1490), seguido de fray Diego de Deza. “Y nadie más”, añade Mandonnet. ¿Le parece poco? Torquemada diseñó la máquina represiva. Para su convento de Ávila pintó Pedro Berruguete el Auto de Fe presidido por Santo Domingo.
Anacrónico, pero genuino. La leyenda de la orden atribuía al fundador aquel mismo cargo. ‘Primer Inquisidor’, le llaman los biógrafos, que hasta recogen su ‘primera sentencia’. Bien curiosa, por cierto:

“Domingo, Canónigo de Osma y mínimo Predicador: salud en Cristo.
Reconciliamos a Poncio Rogerio… mandándole:

Que tres domingos continuos sea llevado desde la puerta de la villa hasta la iglesia recibiendo azotes.
Que en toda su vida no coma carne, ni güevos, ni leche, ni manteca, salvo los días de Pascua de Resurrección, del Espíritu Santo y de la Natividad del Señor;
Y que ayune tres cuaresmas al año, sin comer en ellas pescados, ni güevos, sino yerbas o frutas.
Que ayune tres días cada semana, toda su vida; y en aquellos días no coma pescado, ni cosa guisada con aceite, ni beba vino, si no fuere con dispensación, o en los grandes calores del estío…
Que traiga dos cruces en los pechos, una sobre el lado derecho y otra sobre el izquierdo (que es como las aspas de los sambenitos)
Que oiga misa todos los días.
Que las fiestas esté en vísperas.
Que rece por las horas canónicas del día, por cada una, diez veces el Páter noster, y por maitines veinte veces.
Que guarde castidad.
Que los primeros días de cada mes se presente con esta sentencia ante su cura, para que vea cómo vive; etc.
Y que no guardando todo lo susodicho (por menosprecio), sea habido por hereje, perjuro y excomulgado, y apartado de la comunión de los fieles.” [3]

La supuesta condena se habría leído en la catedral de Tolosa, en el primer Auto de Fe de la Historia (h. 1207), donde “hubo 300 relajados (según la pluma que menos cuenta), que pertinaces se arrojaron a las llamas del brasero, sin que los refrenase la predicación milagrosa de mi Santo Padre e Inquisidor…” [4]. También en España habría celebrado un auto de fe en presencia del rey san Fernando III, quien “llevó a cuestas la leña para quemar a los herejes”. En fin, que santo Domingo:

“con este oficio tan de su celo… empezó a empadronar a los que hallaba culpados, escribiendo sus nombres, edades, sexos, estados y calidades de cada uno. Dispuso cárceles, previno torturas, buscó vidas, censuró costumbres, inquirió doctrinas…, hecho un argos, cuyo afecto todo era ojos que ya arrojaban lágrimas compasivas, ya llamas celosas.”

Los dominicos no inventaron el Santo Oficio, ni lo controlaron en exclusiva. Pero nadie como ellos se ha jactado de esa gloria. Toda la emblemática del Santo Oficio es dominica, empezando por las insignias y el patronato de san Pedro Mártir. Con eso, más textos como los citados, se explica la necesidad de un esfuerzo a la defensiva. Un esfuerzo en la línea de la llamada ‘purificación de memoria’, preconizada para el Año Santo 2000 por la Santa Sede. 
 ¿Purificación de memoria…? ¿Y eso qué es?:

“Consiste en el proceso ordenado a liberar la conciencia personal y colectiva de todas las formas de resentimiento o de violencia, que la herencia culpable del pasado pueda habernos dejado; y ello mediante una evaluación renovada de los eventos implicados, histórica y teológica, que lleve –si resulta justo– al correspondiente reconocimiento de culpa, y que contribuya a un camino real de reconciliación.” [5]

Repensar la Historia en descargo de conciencia: otra forma de ‘recordar’, qué duda cabe. Lenguaje “ligeramente opaco” (slightly opaque), en expresión irónica de Edward Peters [6]. ‘Purgar la memoria’: la expresión en sí y su definición, tomada del documento pontificio Memoria y reconciliación, a más de uno le evocará recetas prodigadas últimamente en España, tanto para el mal de memoria histórica sobre la Guerra Civil, como sobre todo en relación con el ‘conflicto’ vasco.

Ortodoxia
Los dominicos se han autoproclamado siempre campeones de la ortodoxia, encarnada en el sistema tomista, con sanción eclesiástica oficial. Para ellos, la Suma Teológica ha sido un libro casi inspirado –“Bien has escrito de mí, Tomás”, dijo en cierta ocasión Jesucristo–, que en el Concilio de Trento se colocaba junto a la Biblia y el Derecho Canónico.
No se discute el mérito de tal sistema para su tiempo. Su influencia ha sido grande, con más imposición que convicción. De hecho, el monolito tomista ha sido una barrera al pensamiento moderno, más que las demás escuelas escolásticas, y en contraste con la apertura de pensadores franciscanos, Escoto, Ockam... (Como ironiza el franciscano protagonista de ‘El nombre de la rosa’, aludiendo al tomismo: “Si yo tuviese respuesta para todo, estaría enseñando en París”.)
No sé qué frutos positivos habrá dado la Summa, usada como oráculo y contestador automático, ni si se contrapesa el lastre de derivados suyos nefastos. Pienso, por ejemplo, en aquel engendro dominicano titulado Malleus maleficarum, que en el siglo XV quiso dar marchamo ‘científico’ a la caza de brujas. Tampoco cabe ignorar el triste papel del inquisidor dominico fray Jacobo de Hochstraten, primero como oscurantista en el ‘caso Reuchlin’ y las Cartas de Desconocidos (1515-1517), y luego como intolerante censor de Lutero [7].
En embos casos le hizo pareja su cofrade Silvestre Mazzolini, Maestro del Sacro Palacio. Este título y cargo – especie de maestrescuela o mentor y censor de la casa y corte papal en asuntos doctrinales–, ha estado siempre en manos de dominicos, como exponentes de doctrina segura, aunque no sea cierto, como ellos pretendieron, que la tradición se remonte al propio santo Domingo.
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[1] Jesús Moya, Las máscaras del santo. Subir a los altares antes de Trento. Madrid, Espasa, 2000. Prólogo de Luis Carandell.

[2] Es el caso de otro santo dominico, san Valentín de Berrio-Otxoa –sic, con ‘de’ nobiliaria y con tx de Ochoa, aunque este ‘mártir’ murió hace siglo y medio–, de actualidad como aspirante al patronato de Vizcaya. Con la misma congruencia ortográfica ha opinado la diputada de Cultura: «Me gustaría que un vizcaíno fuera patrón de Bizkaia».

[3] F. de Posadas, Vida, o. cit. (ed. Córdoba, 1701, pág. 124, añadiendo: “Esta fue la primera sentencia que dio mi glorioso Patriarca… donde se conoce el celo y la discreción con que midió el castigo al cuerpo del delito.”

[4] Ibíd. pág. 131.

[5] Del documento pontificio Memoria e reconciliazione: la Chiesa e le colpe del passato.

[6] Cfr. E. Peters, en CATHOLIC HISTORICAL REVIEW, 91/1 (2005): 105-121. Es recensión de la obra colectiva, Praedicatores, Inquisitores. I.The Dominicans and the Medieval Inquisition. Acts of the 1st Internatonal Seminar on the Dominicans and the Inquisition (W. Hoyer, ed.). Roma, Istituto Storico Domenicano, 2004. El ensayo introductorio, de Grado Giovanni Merlo, lleva por título ‘Predicatori e inquisitori: Per l’avvio di una riflessione’ (págs. 13-31), donde se acude a la ‘purificación de memoria’.

[7] Véase Epistolae Obscurorum Virorum / Cartas de Desconocidos. Edic. de Jesús Moya, Universidad de Málaga, 2008.

jueves, 30 de junio de 2011

Domingo: santo gris en blanco y negro (2)


Un dominico bajo sospecha

En Roma se visita mucho la basílica paleocristiana de Santa Sabina (siglo V), al pie del Aventino, por su mérito propio y sobre todo por las antiquísimas puertas de madera donde aparece labrada la Crucifixión más antigua que se conoce [1].
Hay en cambio quien ni se fija en una tumba polícroma en el pavimento, con el retrato de cuerpo entero en mosaico de un dominico yacente. Según la inscripción, en letra gótica del XIV, es el Maestro general de la orden fray Munio o Muño de Zamora (1237-1300) [2].

       El joven Muño había tomado el hábito en San Pablo dePalencia (1257), donde fue provincial de España (1281), y en el capítulo general de Bolonia (1285) ascendió al generalato. Era protegido y de la clientela de la pareja real, Sancho IV y María de Molina.

       En 1291 iba siendo hora de renovar cargos, aunque no el suyo, que entonces era todavía vitalicio. Muño convocó capítulo; pero no en Italia, sino en su Palencia. Para los dominicos españoles Palencia era la Universidad de su fundador, y ya vimos cómo el convento local subió como la espuma en 25 años: de 30 frailes a 240 en 1275. Mayormente mozos, golosos de carrera, o simplemente de un pasar. También Zamora, fundación del propio santo Domingo (1219), era a la sazón un macro convento con más de 200 frailes. En repúblicas así cabía gente para todo. 
       La asamblea palentina tuvo, además de los frailes capitulares, la presencia de dignatarios ajenos a la orden. Lo cual no era insólito en sí; salvo que dos eran cardenales legados del papa Nicolás IV, y su visita no era de cumplido, sino con misión de arrancar a fray Muño su renuncia, o in extremis forzar su destitución. Un tercer invitado, éste seglar, era nada menos que el rey don Sancho, bien de motu proprio, o invitado por su protegido para parar el golpe.
Parece que hubo alboroto, amenazando algunos frailes con pasarse a otras órdenes. Ante el plante general, los legados papales sacudieron el polvo de sus zapatos y se volvieron por donde habían venido. Tiempo al tiempo.
Al año siguiente (1292) el todavía general recibe letras de Roma. Era una absolución papal de censuras y penas canónicas, como era habitual con ocasión de nombramientos y cambios de destino; sólo que aquí acompañando a la deposición del rebelde. Los reyes, ante este desaire personal, compensan a su cliente con una pensión y otros agasajos. Eran tiempos muy monetizados, donde casi todo se arreglaba o aliviaba con dinero.
Para cubrir el maestrazgo general, la orden convoca capítulo en Roma. Y allá que se presente nuestro Muño con pretensión de voz y voto. En respuesta, se le indica el camino de España. El rey replica eligiendo a Muño para arzobispo de Compostela. “Compostela… ¿Pero eso no lo tiene don Rodrigo González? Quia, ni hablar.” “¿Y qué tal Palencia?” Hecho: en 1293 Palencia vaca y es para Muño. El visto bueno del primado de Toledo no es problema. El de la Santa Sede ya es otra cosa. Finalmente el motor universal funciona, y aunque con retraso, llegan las bulas confirmatorias de Roma (1294).
Obviamente no las firmaba el papa Nicolás –pues aparte de contrario era ya difunto († 1292)–, sino su sucesor Celestino V. Éste era el santón ermitaño Pedro Angeleri de Morrone, papa de chiripa para desatascar un reñido cónclave. Y papa efímero. Elegido el buen hombre el 5 de julio con general aplauso, el 13 de diciembre abdicaba desengañado. Mas no para tornar a su soledad, sino para caer prisionero de su sucesor Bonifacio VIII y morir ‘mártir’, pues según voz pública, el nuevo papa lo hizo suprimir (1296). Más tarde, los enemigos de Bonifacio harán santo a Celestino.
Con Bonifacio, fray Muño lo tuvo mal. Llamado a Roma, perdió el obispado, y para atarle corto le confinaron en Santa Sabina, el cuartel general de la orden. Allí murió el 7 de marzo de 1300. Un año notable. Año finisecular y I Año Santo en la Historia de la Iglesia. En Letrán una pintura de Giotto evoca la promulgación del jubileo. Año también en que el Señor de Vizcaya fundó la “nueva población e villa que llaman el Puerto de Bilbao”.

Todas las reseñas oficiales y oficiosas sobre fray Muño de Zamora hablan de él como de varón santo y sabio, insinuando que fue víctima de sus émulos. Hay quien precisa el motivo: “Sólo por ser español y no ser doctor por París.” Vamos, otro crucificado, como Aquél que hemos visto en el portón del templo. Ciertamente de todo es capaz la envidia.
Sin embargo, en el dosier de las Dueñas de Zamora aparece un fray Muño, si no como instigador y maestro de ceremonias, como partícipe o consentidor de los abusos. ¿Se trata del mismo Muño que acabamos de conocer? ¿Pues y quién otro? En este supuesto, veamos de situar y dimensionar el caso.

A las rentas por las tocas
Las nuevas órdenes mendicantes emergen con ideales de pobreza absoluta. Ideales no del todo ortodoxos, sino en parte aprendidos e imitados de sectas a las que combaten. Valdenses o Pobres de León, Pobres Lombardos, durandinos –de Durando de Huesca, convertidos luego a Pobres Católicos–, arnaldistas, patarinos o humillados, etc., todos ellos encarnan la protesta evangélica laica contra una Iglesia clerical y rica.
Aquellos conventos a veces descomunales se fundaban entonces sin renta, viviendo los frailes sólo de limosna. Claro que ‘limosna’ fue un concepto que dio mucho de sí, incluyendo además de la colecta propiamente dicha, a cargo de hermanos legos, los estipendios de misas y sacramentos, sermones y otros servicios, también la comisión por venta de bulas e indulgencias... Cualquier ingreso era limosna, si ellos por definición eran pobres mendigos.
Con las monjas era diferente. Cada religiosa aportaba al convento su renta en forma de dote. La cuantía era una criba social (otra eran los apellidos), de modo que las familias modestas sólo podían meter monjas a sus hija como legas o criadas.
Capítulo aparte merecen las fundaciones femeninas particulares: los beaterios. También los hubo de ricas y de pobres. Estas solían vivir de su trabajo (beguinas, seroras), mientras que una casa nobiliaria como Santa María la Real de Zamora en tiempos del príncipe don Sancho venía a ser un residencia de postín, donde las dueñas con sus respectivas criadas cumplían sus devociones en relajado retiro, más que encierro, dependientes y discretamente vigiladas por su señor obispo.
En toda la Edad Media, los monasterios femeninos fueron el gran aliviadero para el excedente de damas no casaderas. Allí se metían, o las metían, con más o menos convicción, en una época en que las mujeres en general tampoco se casaban, sino que las casaban las familias.
Las ramas femeninas de las órdenes mendicantes crecen pujantes, como los frailes; pero no tanto por fundaciones nuevas, sino absorbiendo de grado o por fuerza casas que ya existían. Desde el principio hubo resistencias. La misma fundación de San Sixto en Roma, por el propio santo Domingo, fue conflictiva. Su amigo el papa Honorio le encarga que recoja a las religiosas romanas que andaban por libre. El resultado fue una especie de galera de recogidas de dudosa nota. Las de Santa María en Trastévere salieron las más rebeldes:

“Encerradas, hubo un alboroto de siete demonios que vinieron a reclamarlas por boca de una endemoniada:
–Malvado, malvado, mías eran. Tú me las quitaste. Cuatro me has sacado de mi poder con tus engaños… Siete somos los que hemos entrado…”

No es difícil entender que aquellos ‘demonios’ que se meten en San Sixto a llevarse a sus amigas eran de carne y hueso, sus galanes y hasta parientes defensores del statu quo [3]
Viniendo a los conventos con rentas, los más ricos eran tentación para unos religiosos con vocación de administradores, una oferta que los pobrecillos no pudieron resistir. De ahí vino en Zamora la pugna con el obispo don Suero Pérez (desde 1255) por las Dueñas, y el mosconeo de frailes por la santa casa.

Del tupido velo a la tupida reja: la clausura papal
Dado el carácter poco vocacional de muchas ‘vocaciones’ femeninas en aquel entonces, a nadie le extrañaba un traspiés, donde la indiscreción se censuraba más que la falta, y el desliz de una monja era del fuero del padre o del hermano mayor, tanto como del obispo. Hasta la Virgen María era indulgente con ciertos deslices, encubriendo a un sacristán fornicario, a un fraile borracho o a una abadesa preñada, como cuenta Gonzalo de Berceo en Los milagros de Nuestra Señora [4]
Cosa muy distinta fue lo de Zamora, donde las artes de seducción de los frailes para ganarse a las frailas jóvenes y hacerlas dominicas pasaron de la raya. Aquel fray Gil, volviendo al convento sin calzones porque la fetichista doña Estefanía se los ha hurtado. O fray Pedro Gutiérrez hecho un sátiro, persiguiendo a unas novicias que, asustadas, se esconden en el horno del pan…
Semejantes escenas, propias del Decamerón, eran algo prematuras para una orden todavía en su primer espíritu, como debían ser los dominicos y franciscanos de la segunda generación. Bastantes problemas había para hacerse aceptar por el clero secular, por las universidades y hasta por los municipios, que a menudo sólo toleraban a los frailes a regañadientes y extramuros, bajo prohibición de mendigar dentro del casco urbano.
Si la política habitual ha sido, por encima de todo, tapujar el escándalo público, en el caso de fray Muño se daban dos circunstancias singulares. De un lado, su amistad con los reyes, protectores de Las Dueñas de Zamora: don Sancho era primo de doña Blanca, la priora cuando él subió al trono. Una importante cantidad librada por el rey a un dignatario eclesiástico bien pudo ser un soborno. De otra parte y sobre todo, la condición de Maestro general ostentada por el Zamorense aconsejó salvarle la cara, y una vez muerto no sólo echar tierra sobre él, sino hasta cubrirla con la lauda honorable que hoy vemos.
Ahora bien, a Bonifacio VIII no le dejó buen recuerdo el fray Muño y sus Dueñas zamoranas. Como clérigo y como persona, tendría sus prejuicios misóginos; pero su bula Periculoso (1298), legislando sobre clausura monjil para todo Occidente, es todo un monumento al disparate y un insulto a la condición femenina.
El mismo título y exordio de la bula es una badajada:

“Deseosos de dar provisión saludable a la situación peligrosa y detestable de algunas monjas, que soltando el freno de la honestidad, y abandonando de forma impúdica la modestia monacal y la vergüenza de su sexo, a veces fuera de sus monasterios discurren por las posadas de personas seglares, y a menudo reciben dentro de dichos monasterios a personas sospechosas, en ofensa grave de Aquél a quien voluntariamente consagraron su integridad, en oprobio de la religión y escándalo para muchos…
… por la presente constitución, valedera a perpetuidad sin quebranto, sancionamos que todas y cada una de las monjas presentes y futuras, de la religión u orden que sean, en cualesquiera partes del mundo, deberán en adelante permanecer en sus monasterios, encerrados en perpetua clausura.”

En suma: visto que algunas monjas a veces salen y a menudo dejan entrar a quien no deben, encerremos a todas de una vez para siempre. El mismo papa metió la bula en su Libro VI de las Decretales, y allí ha estado vigente hasta las últimas reformas de nuestro tiempo. Era la clausura papal, sancionada por el Concilio de Trento, incluso agravada por el papa dominico Sixto V. Una clausura que sin duda truncó el ideal de muchas mujeres con vocación de vida activa y servicio al prójimo.
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[1] Al menos mientras no vuelva alguien con éxito por los fueros del Calvario de Iruña/Veleya.

[2] De la forma Muño deriva el apellido Muñoz. Coincidencia: Antonio Muñoz (1884-1960) se llamaba el arquitecto romano que restauró Santa Sabina, en dos etapas: 1914-19 y 1936-38; cfr. A. Muñoz, Il restauro della basilica di Santa Sabina (Roma, 1938); C. Ballanca, La basilica di Santa Sabina e gli interventi di Antonio Muñoz (Roma, 1999); Joan B. Lloyd, Medieval Dominican architecture at Santa Sabine in Rome, c. 1219-c. 132.’  PAPERS OF THE BRITISH SCHOOL AT ROME, 72 (2004): 231-292.




[3] Vida de Santo Domingo de Guzmán, por el Ven. Fr. Francisco de Possadas (Córdoba, 1701; 4ª impresión, Madrid, 1748), cap. 24, págs. 149 y 154. El beato o santo Francisco de Posadas (1644-1713), predicador popular famoso en su Córdoba, no puede llamarse feminista, cuando abre el capítulo de las recogidas en esos términos:

“aquellos sugetos, que de puro flacos, se hacen inflexibles, como son las mugeres, inconstantes en el obrar, peligrosas en el querer, cortas en el discurrir, cuyo motivo para moverse es su antojo; con que abrazan lo que quieren con tenacidad, con la fuerza de su soñada aprehensión, que las encadena en su errado sentir, sin más maestro que su ciego querer; y más si son Religiosas, que con un poco de práctica de virtud quieren ser maestras de las mayores dificultades del espíritu, a costa de exponerse a muchos errores”.

[4] Milagros II (75-100), XX (461-499) y XXI (500-582). Hay quien sostiene que los ‘milagros’ de Berceo no son imaginarios ni librescos, y que algunos aluden a hechos recientes que se daban por conocidos. Concretamente los casos del sacristán y de la abadesa podrían tener que ver con Santa María la Real de Zamora, según Carmen Benito-Vessels, ‘Gonzalo de Berceo, El sacristán fornicario, La abadesa encinta y las Dueñas de Zamora’. REVISTA DE POÉTICA MEDIEVAL, 10 (2003): 11-24. Y eso a pesar de que Berceo escribe a mediados de siglo y muere en 1264, es decir 15 años antes de divulgarse los hechos (desde 1279). Tres siglos después, en 1577, en plena era tridentina, la historia se repetirá en el beaterio de Santa Ana de Toro, muy cerca de Zamora; donde, según la misma autora, “la correspondencia epistolar entre las zamoranas beatas y sus amantes no tiene desperdicio” (ibíd., págs. 18-19; citando el libro de Francisco J. Lorenzo Pinar, Beatas y mancebas (Zamora, 1995).


[5] El libro fundamental sobre el caso es el de Peter Linehan, The Ladies of Zamora. University. Park, Penna. The Pennsylvania Univ. Press, 1997. Trad. española: Las Dueñas de Zamora: Secretos, estupro y poderes en la Iglesia española del siglo XIII. Madrid, Península, 2000. Véanse reseñas inglesa y española.


lunes, 27 de junio de 2011

Domingo: santo gris en blanco y negro (1)



La última visita al Burgo de Osma me hace recordar al santo que dejó su canonjía en esta catedral, para fundar una de las órdenes religiosas más estupendas. ¿Quién fue realmente este burgalés, y qué tuvo que ver con su obra?

“Tal vez de ningún otro santo del s. XIII poseemos fuentes tan ricas y auténticas como para Domingo… Cerca de 170 documentos, afortunadamente completados por el opúsculo de Jordán de Sajonia, ‘Los principios de la Orden de Predicadores’ (1233)”

Eso dice un biógrafo moderno dominico; añadiendo que “Jordán escribe no como hagiógrafo sino como historiador, lo que le protege contra los peligros de la literatura hagiográfica” [1]. Es posible. Pero si esa protección funcionó con él, otros colegas compensaron con creces, desfigurando al personaje con toda suerte de artilugios píos propios del género. Eso sin contar literatura apócrifa, a nombre de supuestos dominicos antiguos, como fray Juan del Monte o Tomas del Tiemblo [2].
Domingo nació en Caleruega (Burgos), hacia 1170/75, pero no se sabe si el padre fue un Guzmán, ni la madre una Aza, apellidos nobles. La manía de grandeza cundió pronto entre frailes, como para disimular las cunas plebeyas de la mayoría.
Recordemos la ‘anunciación’ que soñó la madre. Para una embarazada debió de ser tremendo, oír de su vientre ladridos, y en vez de niño ver un mastín blanco de capa negra. Visión parlante en juegos de palabras: dominicanos, Domini canes, los perros del Señor. En la boca del can una tea encendida, de doble sentido: luz del mundo y lumbre de hoguera inquisitorial para el hereje.
Vale; y aparte de la fábula, ¿se sabe algo en serio? No mucho. Con ayuda de un tío clérigo, el joven Domingo se gradúa por Palencia, para sentar plaza en el cabildo de Burgo de Osma. Aquí empieza su aventura.
Una novia para un príncipe
No tengo tiempo de repasar el Motif-Index de Thomson, pero no hace falta para decir que ‘una novia para un príncipe’ es motivo literario folclórico [3]. Pues bien, la primera empresa conocida de santo Domingo fue acompañar a su obispo don Diego de Aceves en misión diplomática (1203-1205): agenciar una princesa nórdica al hijo de Alfonso VIII, el príncipe Fernando. “A las Marcas”, ¿Qué dónde cae eso? Allá por el norte de Europa, entre Brandeburgo y Dinamarca, pregunten, no tiene pérdida. (¡Señor, qué antojo de cabalgar valkirias de rubias trenzas y glauca mirada! ¿Es que no hay buen género aquí? Después de todo, ni aquellas son todas tan sanas ni tan parideras.)
En efecto, el pesado viaje para lo principal no sirvió de nada. La hembra selecta se murió novia. Lo cual le ahorró ser una viuda joven, porque el príncipe Fernando tampoco duró mucho. Por un año, no llegó a conocer las Navas de Tolosa (1212).
Sin embargo, en los designios divinos aquella embajada era sólo el pretexto para una magna empresa. En Tolosa los viajeros comprueban que toda la región está infestada de herejes. Unos reviven el viejo dualismo maniqueo, otros desprecian al clero, leen el Evangelio en román paladino y lo predican con llaneza, sin licencia de los obispos.
El papa Inocencio III ha declarado la guerra de cruzada contra estos herejes y sus protectores, en especial el conde de Tolosa. Dirigen la empresa unos cuantos abades guerreros del Císter –la misma orden de donde procedía el virtuoso obispo de Osma–, señorones mitrados sobre su cota de malla, que no tratan con el pueblo ni entienden lo que se cuece. Su brazo armado son aventureros ávidos de botín. Una cruzada muy peculiar, sí señor, católicos contra cristianos, incluso contra católicos.

“Señor, ¿y cómo distinguirlos de los herejes?”
–“Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos”
El espectáculo del gran fiasco sugirió a nuestro don Diego desechar el método drástico de sus cofrades, y combatir la herejía con sus sus mismas armas. Si la gente del país veneraba a sus predicadores ambulantes y austeros, hacerse como ellos. Combinar la guerra del Papa con una guerrilla de infiltrados predicadores.
Los principios fueron duros. También poligrosos. La penuria de clérigos voluntarios se suplía con ventaja reclutando a herejes conversos, conocedores del terreno. Era el embrión de la Orden de Predicadores, que al morir el obispo Aceves (diciembre 1207) quedó en manos de Dios y de Domingo.

La cuarta pata
El Concilio de Letrán IV (1215), considerando que ya había bastante variedad de religiosos, prohibió fundar órdenes nuevas. No hizo falta más para multiplicarlas prodigiosamente, empezando por la más vistosa: Francisco de Asís y sus ‘frailes menores’.
Frailes, no monjes. Los nuevos religiosos se parecían poco a los de antes:

“Había ya tres órdenes religiosas: ermitaños, monjes y canónigos. A dichas tres, para dar estabilidad al tinglado, en estos días el Señor ha añadido una cuarta. Se trata de la orden de los verdaderos pobres de Cristo crucificado, orden de predicadores, a los que llamamos frailes menores.”

El obispo contemporáneo Jacobo de Vitry (h. 1220/21) se refería así al nuevo fenómeno social de los mendicantes. La cuarta pata del banco: no queda fino, pero claro como el agua.
A Francisco no le fue nada fácil salir con su plan. Sólo contaba con una aprobación verbal de Inocencio III (1209). Domingo estaba en situación parecida, entablándose algo así como una carrera de obstáculos, de modo que dominicos y franciscanos, entre sus muchas querellas, se disputaron la prioridad [4]
Formalmente los dominicos irían por delante (1216). Lo cual no decide que fueron los primeros frailes mendicantes, pues por ejemplo, el muy enterado Vitry les ignora como tales. El texto que acabamos de ver –y que el especialista André Vauchez aplica a los mendicantes– sólo se refiere a los franciscanos, aunque les llame ‘predicadores’ (porque lo eran) [4].

La cuarta pata se estira
Si los mendicantes tuvieron tanto éxito, se dice, es porque respondían a una necesidad social. Es posible, aunque si algo no se echaba de menos en la sociedad eran los pobres de pedir. Cuando Francisco de Asís elige ser pobre entre los pobres sólo contaba con un puñado de discípulos, una gota en el mar de la miseria. De haberle revelado el Señor, como a Abraham, la cifra astronómica de su prole de mendigos encogullados, compitiendo por la limosna con los pobres auténticos de toda la vida, tal vez lo habría pensado de otro modo.
Como a los nuevos frailes se los veía por todas partes, muchos pensaban que eran demasiados. ¿Lo eran? Cortos, desde luego, no se quedaron tampoco los dominicos, a juzgar por esta muestra castellana de frailes por convento, en esa orden y en la segunda mitad del siglo XIII [5]:

Año
Burgos
Salamanca
Segovia
Palencia
Zamora
1250
60
30
210
30
––
1275
150
60
120
240
210
1281
120
60
30
––
––
1299
120
90
30
––
––



En 1277 la orden contaba 404 conventos masculinos; en 1303 cerca de 600.
Nº de frailes (más difícil de saber): 1256, unos 5.000 sacerdotes y unos 2000 legos. En 1337, unos 12.000 frailes.
Para la orden en conjunto, unos calculan entre 50 y 220 frailes por casa, otros prefieren sólo 25. El promedio estimado para Castilla en el período es de 90 frailes por convento. Fuera de Castilla, el de Calatayud por ejemplo, en 1299 albergaba a 120 frailes; los mismo que tuvo el convento de Barcelona en el último cuarto de aquel siglo. Pocos frailes ciertamente no parecen, para una época de carestía crónica y hambrunas periódicas.
En suma, el problema con la cuatropea fue que la nueva pata se estiró sin medida, quedando el mueble más cojo que estaba. Y no fue esa la única disfunción, vamos a verlo.
Los dominicos, menos numerosos que los franciscanos, preferían conventos más grandes, suponiendo que eso favorecía el control. Pero si es arduo calcular cuántos ángeles caben en la punta de una aguja, no lo es menos decidir cuántos conventos (numerosos o no) estuvieron poblados por ángeles en carne humana.

Ellos y ellas: Fray Munio de Zamora y sus alegres desahogos
A santo Domingo le pintan con un lirio en la mano, emblema de pureza. Un cinturón de castidad impusieron los ángeles a santo Tomás de Aquino. En fin, san Pedro de Verona, pionero inquisidor dominico caído en acto de servicio, junto al título de mártir ostentó el más extraño de ‘virgen’ [6]. En la orden (y no en ella sola) hubo sus habladurías y cábalas sobre la condición ‘virginal’ de algunos frailes varones, sea cual fuere el alcance del término y el criterio de valoración. El propio fundador, a modo de testamento, habría hecho una confesión personal un tanto rara, para en boca de un moribundo: “Sepan los hermanos que muero virgen.”

Las órdenes mendicantes también desarrollaron rama femenina. La orden dominicana incluso nace como un esbozo de aquellos conventos dobles que todavía quedaban, reliquias de la alta Edad Media. En Prulla (1206), Diego y Domingo regentan una casa de mujeres ex cátaras conversas, especie de beatas que andando el tiempo se harán monjas. Todavía funciona.
Más tarde (1218-20), Domingo autorizó otra comunidad femenina en Madrid, primera entre muchas por Europa. La más importante por su ubicación, la de San Sixto en Roma (1220).
Sin embargo, los dominicos no se dieron prisa en hacerse cargo de lo que veían como una complicación y un peligro. Finalmente ceden, y el maestro General fray Humberto de Romanis redacta una regla para las hermanas (1259). Como el hombre es algo desconfiado, incluye ordenanzas meticulosas, incluso chocantes: las candidatas deben someterse a examen de embarazo, a sangrías obligatorias en las cuatro témporas –igual que los frailes, para templar ardores corporales–, disciplinas o azotes a espalda desnuda, registro de camas en busca de posibles objetos de uso particular, despioje y aseo de cabellera todo en común, y clausura perpetua sin privacidad de rejas adentro.
En enero del mismo año, 1259, dos ricas hembras hermanas Rodríguez, doña Jimena y doña Elvira, fundan en Zamora el convento de Santa María la Real de las Dueñas, bajo la flamante regla de fray Humberto, aunque sujetas al obispo don Suero Pérez.
En 1267 Clemente IV, mediante la bula Affectu sincero (‘Con afecto sincero’) concede a las domincas el privilegio de cuidar y servir a los frailes. Las dueñas zamoranas hacen su lectura particular y pretenden desligarse de don Suero para confiarse a los colegas masculinos.
Esta familiaridad habría dado pie en 1279 a un escándalo conocido por un dossier de 1281, empezando por una carta donde la monja doña Sol Martínez pone en conocimiento del señor obispo las escenas de las que se da por testigo, sin ahorrar detalle [7]. Otros documentos sobre el caso incluyen otra carta de la priora doña María Martínez al cardenal Ordoño Álvarez (julio del mismo año). Los documentos revelan una comunidad reñida, en un contexto político también dividido por la rebeldía del principe Sancho contra su padre Alfonso X el sabio.
“Doña Ximena, doña Estefanía, doña Perona” –se dicen pecados y también pecadores y pecadoras, con sus nombres propios–… “fray Juan Ibáñez, fray Nicolás, fray Pero Gutiérrez, fray Juan de Aviancos”.
Los religiosos toman el convento femenino como un harén, violando la clausura con visitas casi diarias, emparejándose con sus amigas ( “fray Nicolás con Inés Dominguez” etc.), mañanas y tardes. Y no sólo en horas diurnas; también –lo que entonces se veía mucho más grave– pernoctando a veces hasta 20 frailes a la vez, con orgías de desnudez seguida de travestismo. Así la primera carta citada habla de

“los frailes Predicadores que lo frecuentan haciendo muchos desordenamientos, andando por la clausura apartados con las frayras novicias et seyendo con ellas muy desolutamente, abrazándolas et trebeyándolas et falando palabras que non yera para omes de orden, et desnudándose entre ellas, et ficavan como el dia que nasçian; et vestían ellos las sayas dellas, et ellas las dellos.”

Entre aquellos frailes libertinos se nombra a un tal Munio o Muño, al que importa conocer para entender el alcance del episodio. Aquella alegría provinciana pudo poner en jaque a la nueva orden. Ese escollo se sorteó, en lo tocante a los frailes. Para las monjas en cambio tuvo efecto nefasto, dando un vuelco a la noción y régimen de clausura femenina en el Derecho Canónico.
¿Qué tal si lo dejamos para próxima entrega?
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[1] V. J. Koudelka, en Bibliotheca Sanctorum (Roma, 1964), t. 4, cols. 692 y 725. Utilizo también, entre otras fuentes, Storia dei Santi e della santità cristiana (Grollier Hachette Intern., Milán, 1991), t. 6, págs. 112-123; y obviamente, los bolandistas: Acta Sanctorum Augusti, 1 (Amberes, 1733), págs. 358-658.

[2] Cfr. Nicolás Antonio, Bibliotheca Hispana Vetus, 2: 66 (nº 120).
[3] Stith Thomson: Motif-index of folk-literature: a classification of narrative elements in folktales, ballads, myths, fables, medieval romances, exempla, fabliaux, jest-books, and local legends. Revised and enlarged. edition. Bloomington: Indiana University Press, 1955-1958.
[4] A. Vauchez, Storia dei Santi, o. cit., t. 6, pág. 118. Cfr. Iacobi de Vitriaco, Libri duo, Orientalis et Occidentalis Historiae. Douai, 1597, pág. 349. Un anotador se extraña: “respecto a la Orden de Predicadores, resulta sorprendente que este autor contemporáneo ni los mencione.” (págs. 171-172). O sí; pero como lo que todavía eran entonces: nada de mendicantes, sino los “nuevos Canónigos de Bolonia”, bajo la regla de San Agustín (pág. 333).
[5] Fuente: F. García Serrano, Preachers of the city: the expansion of the Dominican Orrder in Castile (1217-1348). New Orleans, University Press of the South, 1997, pág. 34.
[6] V. El Árbol Dominicano (1501), tabla de un políptico de H. Holbein el Viejo para la iglesia de los dominicos de Francfort, reprod. en Storia dei Santi, l. cit., pág. 119.
[7] Publicada primero por Américo Castro (Bulletin Hispanique, 25: 193-197), ha sido estudiada luego por otros investigadores, como Peter Linehan, ‘Zamora's nuns in the oven - sexual improprieties at a 13th-century Spanish convent’. History Today, 3/1997.