martes, 21 de junio de 2011

¡Por fin, beato!


Juan de Palafox y Mendoza

El Burgo de Osma es una ciudad levítica. Siempre lo he sospechado, pero ahora lo sé, por Google. Busco cruzando “El Burgo de Osma” con “ciudad levítica”, y me da  Benito Pérez Galdós.  A mayor abundamiento, “ciudad levítica y episcopal”, llama un pregón festivo local al escenario de la ‘Matanza’. (La del cerdo, obviamente.)
Desde tiempos de su obispo refundador don Pedro (s. XI), el Burgo fue mero pretexto para una catedral poblada de canónigos. Un cabildo catedralicio muy conservador y muy en su papel –todavía en este siglo nuestro secularizado–, como guarda celoso de un tesoro artístico y documentario de primer orden. (‘Cámaras no’, es la consigna, desde que se pone el pie en el atrio del templo.)
Por tal razón, aprovecho la visita para relacionarme con tres clérigos locales, los tres bienaventurados del gremio santoral:
Uno es el citado don Pedro de Bourges, más conocido como san Pedro de Osma (m. 1109). Otro, Domingo de Osma, más conocido luego como santo Domingo de Guzmán (1170-1221), fundador de los frailes predicadores o dominicos, y que primero fue canónigo aquí, en esta misma “ciudad levítica y episcopal”, como vuelve a repetir una biografía suya [1].
En fin, un tercer contacto en la ciudad ha sido el navarro Juan de Palafox y Mendoza (1600-1659), que siendo obispo de aquí murió con fama de santo. Hoy me fijaré en este último, porque el pasado día 5 de este mes le hicieron, por fin, beato, consagrando una de las subidas más rocambolescas a los altares.

Como en los cuentos, pero de verdad
En el cuento popular se repite el motivo de la criatura rechazada, salvada de la muerte por un adoptante compasivo, para ser devuelta luego al rango social que le corresponde. En este caso, el lance en versión histórica es toda una revelación sobre el sistema de valores morales en la alta sociedad española del XVII.
Pues señor, que el día de San Juan Bautista del año 1600 la noble viuda doña Ana de Casanate, tras hacerse preñada vergonzante en una aventura con el marqués de Ariza don Jaime de Palafox, dio a luz a escondidas en Baños de Fitero (Navarra) a un bebé no deseado, que entregó a una criada con encargo de deshacerse de él por vía rápida y discreta.
El infanticidio era común en todas las clases sociales –no por otra cosa se fundaban tantos hospicios o inclusas, donde al menos las criaturas se libraban del limbo–, aunque sólo en el estado llano se juzgaba con severidad, disculpándose entre personas principales, como más obligadas para con su honra. Esta aberración casuística la achacaban algunos a la nueva moral enseñada por los jesuitas.
La criada sale de noche con el bulto para tirarlo a una acequia del río Alhama, cuando un modesto empleado, Pedro Navarro, la descubre y compadecido le pide el niño para criarlo como a otro más de sus hijos. “Está bautizado y se llama Juan”, qué más necesitaba saber el buen hombre.
Pero doña Ana no encuentra confesor que la calme, y dos años después, en otro arranque ético-místico muy de aquel siglo, se mete monja carmelita descalza, perseverando en Tarazona y Zaragoza hasta su muerte en 1638.
A todo esto, el niño Juan crecía en edad y gracia en casa de sus padres adoptivos, que empezaron a recibir misteriosas ayudas de costa. Hasta que en 1609 el padre biológico, viéndole despejado, le reconoce y prepara para darle apellido. Juanito Navarro pudo ya llamarse don Juan de Palafox. En cuanto al segundo apellido que usó, Mendoza, las explicaciones no son claras.
Y con el apellido, la carrera. Carrera que no se trunca a la muerte del marqués (1625); muy al contrario, el gran valido real Olivares le descubre y protege, lo mismo que el rey Felipe IV.
Juan de Palafox es un joven brillante y mundano, que en 1628 se convierte a una vida ascética. Pero aunque más tarde se confesará gran pecador en aquella etapa juvenil, no fue ningún tarambana, como se ve por esta redondilla suya al marqués de Torres:

Marqués mío, no te asombre
ría y llore, cuando veo
tantos hombres sin empleo,
tantos empleos sin hombre.

Versos que serán buenos o malos, pero que hoy en día son de rigurosa actualidad.

Trifulca jesuítica
Hombre culto y virtuoso, hábil organizador y con experiencia en el espionaje diplomático, Palafox es nombrado obispo de Puebla (1639-1654) y pasa a Nueva España junto con el nuevo virrey López Pacheco (1640-1642).
Por entonces (1641-42) se producen movimientos separatistas en Andalucía, Portugal, Cataluña; y sospechando Madrid de la lealtad del virrey, el obispo recibe el encargo de fiscalizarle, lo que ejecuta de forma fulminante, destituyendo al Pacheco, poniéndole preso, confiscándole los bienes y asumiendo él mismo el cargo de virrey interino. Una operación así no era como para granjearse amigos.
Pero la fama de Palafox se debió sobre todo a su enfrentamiento con buena parte del clero regular español, con los dominicos, pero sobre todo con los jesuitas.
Poseído de su carácter y dignidad episcopal, don Juan no tuvo presente el dicho atribuido a Felipe II: “Envié a Trento obispos y me los devolvieron párrocos.” ¿Qué era ya un simple obispo, frente a cualquier jesuita de pro?
El Concilio, por otra parte, tampoco extirpó la lacra de las exenciones y privilegios de los regulares, que si en el caso de la Compañía de Jesús eran de escándalo, lo eran más aún por la libertad que los jesuitas se tomaban al usarlos. Alguno llegó a desafiar al obispo de Puebla, predicando en la propia iglesia catedral con descaro, ignorando prohibiciones y penas canónicas.
Como era costumbre, el clero y pueblo tomo partido, con excomuniones recíprocas y cruce de agresiones, cencerradas, soflamas y panfletos. De entre esta literatura, deleznable casi toda, hay que destacar las Cartas al papa Inocencio X, de Palafox, donde la defensa propia es ataque al enemigo, con argumentos que se anticipan y recuerdan los de Pascal en sus Provinciales contra los jesuitas [2].
Inocencio conocía al obispo de Puebla y le apreciaba, de cuando aquél fue nuncio en Madrid. Por ello los amigos de Palafox aseguran que Roma le dio la razón. Eso era sencillamente imposible. El no salir trasquilado frente a la Compañía ya valía por una gran victoria.
No bajaremos nosotros al palenque. Palafox tendría o no razón, en esto o en aquello; en todo caso, subestimó el poderío, los recursos y la audacia de los hijos de Loyola. Un santo, san Ignacio, que como buen vasco y guipuzcoano, prefería el ventajismo (fueros, privilegios), mejor que el juego limpio en pie de igualdad.
La cosa acabó como era inevitable, con un final salomónico. De igual modo que el ex virrey de Méjico, de vuelta a España, fue rehabilitado en parte y compensado con el virreinato de Navarra (1649-1653), el rey ordenó también el regreso del obispo de Puebla, compensándole con la mitra de Osma (1653-1659).

Misticismo paranormal
Juan de Palafox fue contemporáneo y medio paisano de la monja mística franciscana sor María de Jesús de Ágreda (1602-1665). Como escritora, ésta lo fue de mucho más éxito: su enciclopedia mariológica titulada Mística Ciudad de Dios (1670) tuvo ediciones a porrillo, dicen que hasta 200 y más, en distintas lenguas y arreglos. Los escritos espirituales de Palafox se hacen más sosos, aunque alguna vez le da por lo extravagante y nos asombra o regocija.
Tengo una primera edición de una obra suya póstuma, Luz a los vivos y escarmiento en los muertos ( Madrid, 1661, 346 págs. en folio). En ella el autor recoge y anota hasta 229 apariciones de almas del Purgatorio a una monja carmelita descalza, que para el caso se comporta como una médium en sesiones de espiritismo, con no poco chismorreo sobre cómo se ven las cosas de acá y de allá en aquel ámbito purgante. Por esto mismo el señor obispo, al copiar de un cuaderno de la religiosa sus historias, calla nombres y detalles que permitían identificar a los difuntos y sus pecadillos. Aun sin esta sal y pimienta, es obra que con algo de humor se deja leer, al menos por un rato.

Una aparición al azar, la Nº 49, a modo de ejemplo:

Apareciósele otra vez N., marido de N., la mesonera. Díjole: “Hermana, no temas. Iesús sea contigo. N. soy, que estoy en Purgatorio por haber alquilado las bestias en más de lo que era menester; y por haber tomado en los pesebres del mesón la cebada, y la daba a las mías. Di a N. mi mujer me haga decir misas” [3].

En efecto, se empieza ahogando bebés en el río o tirándolos a la basura; se continúa hurtando cebada del pesebre, y se acaba olvidando una misa por una ánima del purgatorio, como bien dirá Quincey.
Época aquella, como la nuestra, aficionada a los fenómenos paranormales: psicofonías y resplandores, apariciones, levitaciones y penetración de paredes, traslaciones y bilocaciones, cuerpos incorruptos. La monja de Ágreda, sin dejar su clausura, había sido vista en Nuevo Méjico a primeros años 20. También en Méjico hubo quien creyó cruzarse con Palafox, se saludaron y cambiaron impresiones, sin otro particular que encontrarse al mismo tiempo el venerable residiendo en Osma. 

Carpetazo al Venerable
Los adversarios de Palafox vieron en él a un tartufo, que hipócritamente tergiversó la realidad para darse aureola de santo, secundado por bobalicones admiradores, como el biógrafo Rosende, que en 1666 le desentierra  (literariamente hablando) incorrupto, flexible y con saludable color. ¿Milagro?
El largo brazo del ‘papa negro’ –así llamaban al General de la Compañía– pronto tuvo paralizado el proceso canónico, acusando a Palafox de jansenista y regalista entre otros errores, aunque en realidad por las verdades cantadas en la primera Carta a Inocencio X.
El ex jesuita Miguel Mir en su Historia interna documentada de la Compañía de Jesús (Madrid, 1913, 2 tomos), aunque cita en bibliografía esa obra, por lo demás ignora la trifulca palafoxino-jesuítica, echándose de menos en el libro un capítulo sobre ella.
Es sabido que la orden entró en crisis, rodeándose de enemigos que finalmente arrancaron al papa franciscano Clemente XIV su supresión (1773). Entre los anti jesuitas más cerrados estuvo el rey Carlos III, que remedando la expulsión de los judíos bajo los Reyes Católicos echó a los jesuitas de España y sus dominios (1767). Animaba en todo esto al rey su confesor, el franciscano Eleta, premiado luego con la mitra de su patria chica, el Burgo de Osma (1786-1788).
Sin entrar en el meollo del caso, la verdad es que el rey para cargarse de razón se inspiró no poco en la vida e ideario del Venerable, tomando de sus escritos lo que le convino, haciendo antes revisarlos y aprobarlos por la censura eclesiástica [4].
Don Carlos, que tenía su venada santurrona, se declaró devoto del santo varón, movió el proceso dormido, y encargó a Sabatini la Real Capilla Palafox: gran rotonda en cabecera del eje de la catedral, proyecto modificado luego y por Juan de Villanueva (1770-1774) y ultimado por el mismo Sabatini [5].

Por desgracia para la causa palafoxina y para la capilla en construcción, a Clemente XIV le sucede Pío VI (1775-1799), nada conforme con lo hecho por su predecesor. Y como ‘allá van leyes do quieren reyes’, la Congregación se pliega a su deseo, desestima las pruebas de santidad de Palafox y da carpetazo.

Final feliz en la ciudad levítica
Pelillos a la mar, los jesuitas de hoy no guardan resentimiento. Tampoco el público se acuerda mucho de como las gastaron los buenos padres jesuitas de ayer, contento con visiones idílicas y edulcoradas de sus aventuras americanas. La superproducción The Mission (La Misión, de R. Joffé, 1986) es un ejemplo bastante maniqueo de lo que fueron las reducciones de Paraguay, aniquiladas bajo el despotismo ilustrado hispano-portugués.

Beate Iohannes, ora pro nobis!
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[1] Villacorta Baños, El castellano domingo de Guzmán (1170-1221). Salamanca, 1998, pág. 59.
[2] Palafox, Obras, tomo 11: Cartas al Sumo Pont. Inocencio X, con otros tratados pertenecientes a las controversias eclesiásticas y seculares del Venerable Prelado. Madrid, 1762.
[3] O. cit., pág. 91.
[4] Las Obras completas se publicaron por segunda vez en 1772, en 15 tomos, bajo supervisión de los carmelitas descalzos.
[5] I. Jiménez Caballero y C. Montes Serrano, ‘La Real Capilla Palafox en la catedral del Burgo de Osma’. En Francisco Sabatini, 1721-1797. La arquitectura como metáfora del poder. Madrid 1993, pp. 309-318.

 

lunes, 13 de junio de 2011

‘El joven Ribera’ (Cuadros de una exposición)



De camino para Valencia, pasando por el Prado, un pintor valenciano poco conocido nos invita a su vernisage: ‘El joven Ribera’… ¡Pero si es Jusepe, el Españoleto! ¿Con que también tú fuiste joven algún tiempo?
Siempre es interesante la juventud de los artistas geniales. Sobre todo de los que, como a Velázquez (1599-1660), Zurbarán (1598-1664) o Ribera (1591-1652), les hemos conocido pintores ya hechos, como si hasta la técnica les fuese innata.
En el caso de Ribera, juventud significaba vacío hasta hace poco. Ya no. Se ha hablado tanto de ‘hallazgos’–asignaciones o atribuciones, casi siempre–, que uno entra abierto a la sorpresa.
De entrada, me tranquilizo. La figura femenina elegida como emblema de la muestra me es familiar de toda la vida. Es un detalle del gran San Sebastián curado por unas matronas, joya del Museo de Bellas Artes de Bilbao. Vamos, que aquí hay riberas de verdad. Lo que no entiendo bien es hasta qué punto un artista de 30 años y más seguía siendo ‘joven’. Porque este cuadro estuvo fechado en 1631, nada menos, con un Ribera cuarentón, y sólo por criterios estilísticos se le quitaron 10 años. Debe de ser para mostrar la transición del pintor a su edad madura [1].
Lo más novedoso del conjunto son las obras atribuidas a Ribera por diferentes críticos y criterios: estilo, repetición de modelos y motivos, pruebas circunstanciales y hasta alguna documental. Gianni Papi sobre todo defiende con aplomo sus ‘riberas’ [2]. Allá los entendidos se entiendan entre ellos. Por ejemplo, el estupendo San Antón del Conventet, Barcelona, ¿es auténtico? Reconocido como un original fuera de duda por todos los competentes que han escrito sobre este San Antonio Abad (que son muy pocos)…”, sostiene el patriarca José Milicua [3].
De todas formas, hemos entrado a ver y disfrutar de pintura, sin dolores de cabeza. Además, ni Ribera es mi pintor favorito, ni el tenebrismo como receta me embelesa. Debe de ser, en parte, culpa de algún profesor de Arte que me tocó, y que entre otras ocurrencias machacaba con aquella de Eugenio D’Ors, “Ribera y el tiempo”, tan irritante para los restauradores:

“Estas telas, técnicamente mal pintadas –nos dice Eugenio D’Ors–, se han ido ennegreciendo con los años y ello aumenta su misterio, su poder de sugestión. En el atormentado rostro del Apóstol Santiago colaboraron al alimón Ribera y el tiempo y nada importa, pues las obras de arte hay que tomarlas tal como a nuestros ojos aparecen…” [4].

Como profano, me remito a mi gusto, y en este sentido, más que el tenebrismo riberesco me convence el original, Caravaggio.

[Caravaggio: Tengo hecho voto o promesa, cada vez que vuelva a Roma, de pasar un rato en Santa María del Pópulo con recogimiento ante La conversión de San Pablo. Es por el caballo, no por otra cosa. Hay que vivir en directo la expresión irreproducible del noble animal, asombrado del accidente, cuidadoso de no pisar al caído, y como temiendo un aluvión de palos (“Oigan, que yo no he tropezado ni nada, el señor se ha caído solo.”) Cabalgando a pelo y de noche, cualquier cosa. Fuera de eso, el ataque epiléptico de Saulo carece de interés.]


La leyenda de ‘lo Spagnoletto’
Los hallazgos documentales de estos años no resuelven el enigma de Josep Ribera. Los chismes sobre su vida y milagros son eso, chismes, como no podían faltarle a un españolito intruso imitador de Caravaggio. Que éste sí que dio de qué hablar, en los diferentes pecados capitales.
Una ‘Vida de Ribera’ de inmerecida fama es la de Bernardo de Dominici [5]. Semblanza expresamente moralizante, donde un orgullo luciferino no podía tener otro final que la humillación. Comienza así:




“Con gran razón los antiguos figuraron la altivez con un pie apoyado sobre una gran bola, donde perdido el equilibrio parece en evidente peligro de caída... Es vicio, en suma, que tiene por compañero inseparable el castigo; como cada cual puede advertir en la vida que vamos a escribir de Jusepe de Ribera. Pues queriendo él con su desmedido orgullo sobrepujar a los demás pintores, y entre otros al incomparable Dominiquino, tras haber ocasionado a este virtuoso mil amarguras, le vino el castigo de Dios en la parte más sensible al corazón humano, como es en la pérdida de la honra.”

Luego vemos en qué consistió el escarmiento. De momento prosigamos, entrando en materia:

“Nació Jusepe el año 1593 en Gallípoli, ciudad de la provincia de Lecce, de D. Antonio Ribera, natural de Valencia..., que era oficial en aquel Fuerte... Y se engañan… todos los demás que le hacen español y nacido en Valencia; pues dicho D. Antonio tomó por mujer en Gallípoli a Dorotea Catalina Indolli, y de ella tuvo cuatro hijos, dos varones y dos hembras...; y el otro varón, de nombre Domingo, se aplicó a la milicia...”

Vamos, que ni una... El padre no se llamaba Antonio, sino Simón, y fue zapatero, casado con Margarita Cucó, y Josep nació en Játiva, en 1591. Antonio Ribera, capitán de infantería y gobernador de la provincia de Lecce, no fue su padre, sino su hijo mayor (n. 1627). El bueno de Dominici, además de hacer italiano al pintor, le hace alumno directo de Caravaggio en Nápoles (pág. 113), con otras fantasías.

Y no fue él único fabulador a título póstumo, pues ya en vida había conocido Ribera los infundios sobre su persona. Contemporáneo suyo fue Giulio Mancini, médico papal, que por lo que se ve no le tuvo en gran aprecio ni como pintor ni como persona (hacia 1620):

“Se llama el Españoleto, el cual ahora se encuentra en Nápoles con gran fasto y reputación, sin tanto exceso en el arte cuanto tiene de picardía en putañear, comer y trapacear... Con todo eso no bastándole 4 escudos diarios, se ha fugado por deudas...” [6].

¿Albergó Ribera en su casa a tres prostitutas (o modelos) en una misma cama para todos, sin higiene y en crapuloso desorden? A saber. Que fuese de armas tomar, no sería raro en los ambientes bohemios de Roma y Nápoles. Ambicioso, sin duda; pero ¿llegó a ser una especie de camorrista, un capo mafioso dentro del gremio, como le pinta Dominici y algún otro? Ni idea. ¿Rico, pobre, arruinado? Vivió a lo grande, no sin extravagancia, pero también con respetabilidad, aunque es posible que no muriese ahogado en la abundancia.
Y luego, aquella historia del deshonor: una nieta de Ribera ‘deshonrada’ por el segundo don Juan de Austria… ¿Deshonra, con un bastardo real? ¡Vamos, señores, que a la hora de meter monja en Madrid a la ‘Excelentísima’, las clarisas Descalzas Reales y las agustinas de la Encarnación se la rifaban!
Dejemos eso, que hemos venido a ver pintura.

Un estilo nuevo para temática nueva
Pintura para ver, y si se tercia, también pensada para hacer pensar. Barroquismo tridentino tardío, Contrarreforma deslavazada, la mayoría de estos cuadros devocionales no son, como se había planteado el Concilio de Trento, la nueva iconografía de veneración santoral. Nadie va distraer pidiéndole quisicosas a un San Jerónimo enfrascado en su escritura (Nº 10) o ensordecido por la trompeta del Juicio (Nº 25-a). Tampoco a San Bartolomé, atento a cómo le despelleja un disector magistral (Nº 27). Nadie va a rezarle ni siquiera a una Purísima todo lo devota que se quiera, pero abstraída en su propio misterio.


Aunque se siguen llevando los temas mitológicos, el utilitarismo ‘jesuítico’ va por las historias religiosas al servicio de la ‘meditación’ en sentido muy lato, sin llegar siempre a ‘oración mental’. El Juicio de Salomón (Nº 2), por ejemplo, o la Susana y los Viejos (Nº 14), por citar dos obras afines donde se repiten modelos.

La madre arrodillada del Juicio se parece a la Susana; como también el viejo de las orejas como soplillos debe de ser el mismo que en el Juicio figura a la derecha, detrás de santo Tomás… ¡perdón!, del personaje que en otro cuadro del apostolado Longhi se identifica como Santo Tomás (Nº 3). El viejo citado reaparece en esta misma serie como San Bartolomé (Nº 4). Inconfundible siempre, volvemos a verle en el auditorio de Jesús niño entre los Doctores (Nº 7).

¿Es frío Ribera? Ni frío ni caliente, depende del encargo. Puede ser hasta muy emotivo, como en el Calvario de Osuna (Nº 26) y algún otro ejemplo de esta misma muestra. Sin embargo, lo suyo es el ‘realismo’ o verismo sui generis. A gusto del cliente, porque el maestro es gran psicólogo y camaleón. Si el Calvario hubo de entonar con la devoción de la virreina Catalina Enríquez de Ribera, al virrey mecenas don Pedro Téllez Girón de Velasco (1616-20) le daba por un arte de este mundo, cerca del suelo y de los sentidos corporales, el decantado ‘realismo español’.

La resurrección de La Resurrección de Lázaro
 
Si la enseña elegida para la muestra pertenece al San Sebastián, me pregunto si no habría sido más propio ese Lázaro cadavérico y como ido, detalle del cuadro atribuido a Ribera y comprado para El Prado en 2001 (Nº 22). De hecho, esta pintura es la estrella del evento, y ha merecido en el catálogo un capítulo propio [7].
Si ya la historia que cuenta en exclusiva el Evangelio según Juan es en sí misma desconcertante, no lo es menos esta versión plástica (sea de Ribera o no), de una libertad que roza lo heterodoxo. Compruebe cualquiera si la instantánea nocturna que contemplamos se corresponde con el texto bíblico:

“Jesús lloraba, mientras los judíos decían: ‘Mira cómo le amaba’… Cada vez más alterado, Jesús llega al sepulcro, una cueva tapada con una piedra. ‘Alzad la piedra’, dice Jesús. Marta, la hermana del difunto, le dice: ‘Señor, ya huele, que es de trasanteayer’
De pronto, Jesús gritó a voz en cuello: ‘¡Lázaro, afuera ya!’. Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas, el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dice: ‘Soltadle y dejadle que se vaya’.” (Juan, 11: 35-44)


Sin insistir en lo palmario, hay otro detalle que me interesa señalar. Pertús en su estudio se remite a la radiografía del cuadro, con imágenes que demuestran diversos cambios en la ejecución. Nada más común que tales pentimenti (arrepentimientos), unos de iniciativa estética propia, otros impuestos por el cliente o la censura.

 Pues bien, interpretando las fotos (págs. 63-66), el crítico se fija en una fase en que el brazo derecho de Lázaro se levantaba de modo que “el dedo índice casi tocaba el de Cristo”.
Yo diría más: que ese casi contacto de ambos índices bien podría ser una réplica-homenaje al Miguel Ángel de la Sixtina en su Creación de Adán. Después de todo, otros pintores hicieron réplicas parecidas, incluidos Caravaggio y el propio Ribera, pintando sendos autorretratos en el pellejo de San Bartolomé.
De ser así, la idea del artista sería genial, por su carga psicológica y teológica. La resurrección como re-creación. Il dito di Dio: el dedo de Dios-Padre haciendo carne viva al hombre de barro, y el dedo de Dios-Hijo devolviendo a la vida la carne putrefacta.
En tal supuesto, el pintor se arrepintió… o le arrepintieron. ¿Por qué? Una razón que se me ocurre es la autocensura sobrevenida o sugerida. Trento prohíbe demasías y libertades para con la Historia Sagrada. Y por otra parte, tocar a un muerto choca con el esquema judío de pureza ritual, aunque sea para resucitarle.
Sea como fuere, si Ribera u otro se ‘arrepintió’ de algo mientras pintaba esta Resurrección de Lázaro, yo no me arrepiento de nada por haber entrado a verla. Lo escrito baste para probarlo.
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[1] Catálogo: El joven Ribera. J. Milicua y J. Portús (eds.). Madrid, Museo del Prado, 2011. El San Sebastián de Bilbao hace el Nº 31, penúltimo de la serie, cerrada con Preparativos para la Crucifixión (Nápoles, hacia 1622-1624). Cfr. o. cit., pág. 186.
 [2] Gianni Papi, ‘Ribera en Roma. La apoteosis del genio’. En El joven Ribera, págs. 31-59.
[3] Catálogo, o. cit., Nº 12, pág. 128.
 [4] Jesús Fernández Santos, ‘Museo’. ABC, 27/11/1973. D’Ors pontificó lo suyo, testigo en sus populares Tres horas en el Museo del Prado. Itinerario estético. Madrid, 1922.
 [5] En sus Vite dei pittori, scultori ed architetti napoletani (1742 y sigs., 3 vols.). Uso la edición de Trani, Nápoles, 1847, t. 3, págs. 111-146.
 [6] En su obra Considerazioni sulla pittura. Cita completa en italiano y español en G. Papi, art. cit., págs. 57 y 34.
[7] Javier Portús, ‘Teatro de emociones. La resurrección de Lázaro o Ribera como «pintor científico»’. En El joven Ribera, o. cit., págs. 61-77.

Las imágenes de la publicación comentada (‘El joven Ribera’), se usan sólo con fin ilustrativo, sin ánimo de lesionar derechos, con agradecimiento al propietario y disposición en su caso a retirarlas.

viernes, 3 de junio de 2011

Cien años de paro (y 2)



El espejo soriano
La reseña más extensa sobre Luis de Marichalar a mi alcance es esta de F. del Campo García, ‘El Vizconde de Eza y la Cooperación’ [2], francamente hagiográfica. La pertenencia a la nobleza agraria conservadora condicionaba su visión del mundo obrero, y sin poner en tela de juicio la honestidad del prócer, todo indica que en ese campo de la sociologia era un diletante en sus pagos provincianos.
Dice don Luis: “Yo, que gusto de la ciencia experimental, …”
Con que un científico empírico, siquiera aficionado. Sigámosle:

… “aprovechando la coincidencia de haber estado tres días en un finca cercana a Soria, y teniendo allí grandes relaciones, por todo extremo cordialísimas, con los Centros Obreros, les pedí algunos datos que poder traer aquí, y aunque no pueden ser ni completos ni instructivos, no deja de tener alguna curiosidad el hecho de que, siendo una de las provincias tenidas por más humildes y menos industriales (aunque para mí no hay virtud más hermosa que la de la humildad), sea la única de que pueda –sin duda, por ser a la que más ligado estoy por toda suerte de vínculos– deciros algo respecto de cómo se plantea allí ese fenómeno…” (pág. 12).

¡Soria! La monotonía de un apresurado Madoz y su vulgar rasero fiscal hizo perder de vista tantas diferencias entre provincias y regiones de España, en todos los órdenes.
La ‘humilde’ Soria de nuestro Vizconde es singular en más de un aspecto. La repoblación desde el siglo IX por mozárabes, cántabros, vascos configuró una sociedad peculiar de rasgos arcaicos, con economía también peculiar en la extensa zona NE llamada ‘de pinares’ (aunque también hay hayedo y robledal), con reparto vecinal de ‘pinos de privilegio’ y ‘suertes’ en Molinos de Duero, Vinuesa, Covaleda, Duruelo de la Sierra, Salduero, Vadillo… [3]

El mismo sistema del NO pinariego soriano se extiende, con diferencias en lo jurídico, por el SE de Burgos, en una extensión total cercana a los 1.700 km2 con 34 municipios. Además, en esa ‘tierra pinariega’ la explotación forestal se combina con la trashumancia pastoril y la carretería [4].



No se olvida de ello el autor, que también recuerda , en los escenarios de la serranía de Piqueras y de Urbión, los hotelitos y chalets de los sorianos emigrados de niños, que volvían de hacer las Américas, dando su construcción trabajo a los parados de invierno. Era una emigración institucional y regulada, ‘de ida y vuelta’, podría decirse [5].

Pero fuera de aquellos paraísos serranos, es Soria capital donde nuestro experimentador científico toma el pulso a la cuestión social en el área de la industria, mayormente al servicio de una población flotante de empleados:

“Para que juzguéis de ese movimiento industrial…, según cálculos aproximados, el número de obreros clasificados… por oficios es el de 40 carpinteros y 80 albañiles, … agrupados en una Federación de obreros que comprende 14 de los primeros y 18 de los segundos, a pesar de haberse fundado el año pasado con el triple de socios, decaimiento que acaece corrientemente cuando no hay, en realidad, una resistencia, un choque, algo que promueva una causa de lucha… 70 es el número  de zapateros, 41 de los cuales constituyen una Asociación de resistencia que lleva un año de vida; 25 son los tipógrafos, 10 los pintores, 8 los herreros; sastres, pueden considerarse todos patronos, porque tienen taller y sirven cada uno por sí a sus parroquianos. Los dependientes de comercio… y los oficiales de algunas barberías” (ibíd., págs. 12-13).

Así pues, hemos terminado con la industria y entrado en el sector servicios. Da igual, un parado es siempre un parado, aunque no estaría de más explicar la diferencia entre una crisis industrial o agrícola y una crisis específica de mostrador, o incluso de barbería. En todo caso es interesante saber que dichos trabajadores por cuenta ajena tenían una Asociación boyante, integrada en la Unión General de Dependientes de España, que conseguía “que se cumpla la Ley del Descanso Dominical”. Además –y aquí entraban de nuevo los referidos tipógrafos, que como gente leída solían ser de izquierdas–, la asociación soriana editaba La Voz del Dependiente, “de carácter socialista”.
Pues bien, entre tan pocos, ¿a cuánto paro tocaban? Vaya por Dios, ni tan siquiera en Soria

“no puede determinarse exactamente el tanto por ciento mensual de obreros sin trabajo. Únicamente puede decirse que los que no trabajan son más jornaleros y braceros, pues los obreros de oficio, si no hallan colocación en Soria, la consiguen temporal en los pueblos de esta misma provincia”.

Eso sin contar

“el importantísimo elemento de vida que Soria tiene en la emigración, que organizada y reglamentada como se encuentra allí por las propias y exclusivas fuerzas sociales, va a la Argentina y Méjico, y trae constante y periódicamente un gran caudal de capitales y no menor de personas que vuelven con esos capitales a emplearlos en su provincia…”

Mal de pocos, medicina casera
Avanzando Eza en su investigación improvisada sobre el obrerismo soriano, que desconoce, se lo pregunta a un amigo, el presidente de la Sociedad de Obreros soriana: ¿cómo hacen frente al paro eventual? Y esta fue la respuesta:

“Existe en Soria una Sociedad de Socorros Mutuos de obreros, en la que hay mezclados patronos y obreros, que puede servir de modelo entre todas sus similares de España, y que difícilmente existirá en el Extranjero… Por la cuota de 6 a 8 reales mensuales, tiene derecho el socio y su familia a la asistencia médica, botica y cirugía menor; a poder sacar de los fondos de la Sociedad el 50 % de su cuota corriente; a tomar en préstamo sumas de 150 y 200 pesetas, con un interés del 4 % anual; a recibir durante su enfermedad 2 ó 3 pts. diarias durante 60 días, y 30 más si fuere necesario, en cada año; cuatro pensiones vitalicias a ancianos que no pueden trabajar, y por último, a que todas las cuotas que hayan ingresado durante su vida se la entreguen a su viuda o herederos, con sólo el descuento del 10 % por gastos de administración. La Sociedad cuenta con 500 socios y un capital efectivo de más de 40.000 pts., en su mayor parte repartido entre los socios al 4 %.”

Esta aproximación al Estado del bienestar, desarrollada en “ese lugar tranquilo, tenido por muchos como poco progresivo”, contenía sin embargo “en embrión, intuitivamente, la solución que más adelante habremos de ver preconizar a la Ciencia moderna como su última palabra” (pág. 14).

¿Sorprendente? Pues había más en Soria:

“… la Escuela de Artes y Oficios, donde los obreros y sus hijos pueden recibir gratis la enseñanza de las asignaturas de Caligrafía, Francés, Música, Aritmética… Maestros y profesores del Instituto desempeñan gratuitamente estas clases; la Escuela se sostiene con subvenciones del Gobierno, Ayuntamiento, Diputación y particulares…
Si a estos dos organismos añadimos la reseña de la Cocina Económica, admirablemente sostenida, que reparte diariamente, durante 6 meses, raciones, aprovechándose principalmente de su funcionamiento las familias jornaleras…” (pág. 15).

Ahora en serio: causas y remedios del paro
Sobre las causas del paro –el paro a lo grande, no los endemismos aldeanos–, fuera de banalidades poco se podía decir, “entre otras razones, por la desgracia o infortunio que hoy se padece de que nunca se llega a estar de acuerdo en ningún asunto, descubriéndose cada día alguna teoría nueva que echa por tierra a aquella que teníamos por novísima”.
Como para confirmarlo, el conferenciante acude a dos autores novísimos ingleses, Keeble y Beveridge.
El primero le facilita una lista de causas de paro [6]: mala distribución de la riqueza, la “cuestión de la tierra (land question), que tanto preocupa en Inglaterra, y que tanto debiera preocuparnos aquí”; sobreproducción, falta de preparación ante una revolución técnica demasiado rápida; trabajo femenino e infantil, desajuste profesional, paro estacional…
Para Beveridge –uno de los padres del ‘Estado del bienestar’–, eso era clasificar ‘tipos de desempleo’, no causas del mismo, eludiendo la raíz del problema: la desorganización del mercado de trabajo, corregible mediante la ‘reserva de empleo’ (bolsas de colocación o labor exchanges) [7].

“Y paso a los remedios.”
Con esta transición (pág. 20 y sigs.) el conferenciante, sin decirlo expresamente, deja al ambicioso Beveridge para volver a métodos descriptivos, más asequibles en estos pagos donde hasta el proletario urbano se reconoce campesino frustrado. De ahí que sin demasiada sorpresa veamos hablar con elogio del Ejército de Salvación, con sus farm colonies y otros expedientes de llamada y retorno a la tierra (back to the land, retour à la terre).
Aquí entran también las agencias de colocación (privadas), bolsas sindicales y oficinas públicas de empleo. En especial, sobre el ‘seguro de desempleo’, el Vizconde se remite a otro vizconde, Las Cases, y su tesis doctoral (1906), de la que dice: “libro no ya muy moderno, porque hoy en día, todo lo que no sean libros que lleven la fecha del año en que se leen, parece que no es estar al corriente de la Ciencia moderna”, etc.[8]
El optimismo de nuestro autor y de otros, sobre el adelanto alemán en este punto (agencias de colocación, seguro de desempleo; iniciativas sindicales retomadas y complementadas por el Estado etc.) es desmentido en parte por la crítica, pero sobre todo por la realidad histórica posterior [9]
Es tremendo leer:

“En Alemania hay más de 500 Hospederías y de 1.000 Estaciones de socorro, algo que un autor inglés llama con mucha oportunidad Clearing houses, que sabéis que, en términos bancarios, son las Cámaras de Compensación de los Giros en Inglaterra.
En efecto, a estas Hospederías, a estas Estaciones de socorro va a parar el obrero que sale de una población provisto de su ticket, su carta de identidad, para ir a otro sitio. Ese obrero sabe que en todo el recorrido que tiene que hacer hallará hospedería, albergue, Estación de socorro de viaje, en donde encontrará estancia durante el tiempo que le sea necesario permanecer allí para hacer por etapas su recorrido.
Además, todas estas Estaciones u Hospederías se hallan en comunicación telefónica con las Agencias de Colocación de todos los municipios y provincias, con los organismo centrales y directamente entre sí, de modo que pudiera decirse que al minuto se puede saber dónde hay un obrero sin trabajo, y en donde hay una colocación sin obrero…
La organización –como alemana–es sencillamente un modelo, y no nos puede extrañar que halle colocación anualmente a más de 150.000 personas. Inglaterra lo copia en su nueva organización de Bolsas de Trabajo… Nombrado Beveridge… Jefe de este servicio, de esperar es que traduzca en actos positivos sus no menos positivas teorías” (pág. 24).

Este modo de ordenar un rompecabezas y encajar un obrero como se localiza hoy un taxi vacío, pone los pelos de punta si se lo toma como sistema a gran escala. Si al desarraigo social se suma el familiar, vamos listos. El trabajador honrado y voluntarioso tal vez no se convierta en delincuente, pero sí en descontento con toda probabilidad, y permeable a las prédicas del reformismo radical de izquierdas.

Paro forzoso y orden público
Los miembros citados de la AIPLT y otros como Salustiano Olózaga, José Maluquer y Salvador, Salvador Crespo y López de Arce etc. llevan todos marbete conservador, en una época crispada (salvo en oasis como el soriano) por la inestabilidad política, y, en lo socio-laboral, por el ‘pistolerismo’, un método expeditivo y auto explicativo de ventilar diferencias en este campo entre patronos y obreros, o amigos vocacionales del obrero. Sobra decir que, a la hora de la represión, los gobernadores civiles solían ser más comprensivos con la patronal, interpretando su violencia como ‘respuesta’ a otra violencia injusta por definición.
En lo relativo al mundo del trabajo y sus luchas, resuena mucho más la epopeya de las izquierdas, cantada por ellas mismas, que lo que hizo la derecha, siempre paternalista y conservadora, pero no necesariamente ni siempre más estúpida. Con todo, llama la atención que, entrado el siglo XX, la primera autoridad nacional para Marichalar en la ‘cuestión social’ sean las Cartas a un obrero (1880), escritas treinta años antes (una eternidad) por Concepción Arenal, reformadora penalista. Entiendo que es una forma de decir Marichalar a sus consocios Dato y Canalejas que, en político, el puño de hierro ha de llevar guante de terciopelo.
Canalejas y Dato (por este orden) caerán víctimas de sicarios anarquistas. Es aleccionador el papel del anarquismo violento en misiones redentoras de izquierda que, curiosamente, solían despejar el campo a la derecha.
José Canalejas era a la sazón Jefe del Gobierno desde el año anterior (1909), a raíz de la Semana Trágica de Barcelona. Católico practicante –hasta tenía en casa oratorio privado–, para el catolicismo clerical era la Gran Bestia Negra por su ‘Ley del Candado’ (1910). Una ley que, paradójicamente, retomaba propuestas reformistas de cuño eclesiástico, no sólo las del Sínodo de Pistoia (1786), sino del mismísimo Concilio de Letrán IV (1215), en cuanto a limitar la proliferación de órdenes religiosas.
Más afín político de Marichalar era Eduardo Dato, que siendo ministro de Maura en 1908 había creado el Instituto Nacional de Previsión y, como ya vimos, en el otoño de 1913 tuvo su primer encargo de formar gobierno.
No es cosa de resumir aquí la conflictiva etapa social española hasta 1921, año marcado por el asesinato de Dato (8 de marzo) y el Desastre de Annual (22 de julio), principio del fin para la Monarquía, y que ocurrió precisamente siendo ministro de la Guerra nuestro Vizconde de Eza. Éste, en 1919 había presidido lucidamente la delegación española al I Congreso Internacional de la Organización Internacional del Trabajo (OIT, Washington, octubre-noviembre), y el año siguiente se creaba el Ministerio de Trabajo.
El asesinato de Eduardo Dato, que guarda sus enigmas, pudo tener como pretexto su visto bueno a la llamada ‘Ley de Fugas’ (19 enero 1921), pero como explicación es simplista. La verdad es que al ejecutor material Pere Mateu (1898-1982) le salió relativamente barato sin arrepentimiento alguno de su ideal anarquista [10].

Cierre con estrambote

“Entrego el tema sin desflorar a la Ponencia que ha de dar forma a los proyectos anunciados por el Gobierno, a la cual he sabido que tengo el honor de pertener por el Instituto de Previsión. Ella hará seguramente una obra maestra de lo que a mí sólo me es dado presentar como boceto o apunte.”

No quisiera yo deslizar ni un asomo de ironía ante el discurso de un caballero que, por su parte, se abstiene de toda crítica negativa a sus adversarios políticos y hasta a los enemigos del orden social. El Vizconde de Eza se atiene al posibilismo dentro del mismo orden, y aunque se declara optimista, tampoco se hace grandes ilusiones:

¿Podrá hacerse algo? ¿No cabrá llevarlo a cabo? No lo sé. Yo con mis optimismos me qued: ellos me bastan para darme una explicación de la vida y para retirar una satisfacción de vivirla; porque lo único que puedo aseguraros es que el problema será más o menos difícil o complicado, que tardaremos en darle una solución mayor o menor lapso de tiempo. Lo que sé es que hoy en día hay que vivir pensando en que no es posible ni hay derecho a formar parte de una colectividad… sin sentir y sin querer vivir la vida de relación, la vida del deber, la vida de la prestación personal a la obra de realización del bien.” (Grandes aplausos)  He dicho.”

Semejante pachorra de espaldas a la realidad apremiante  y vertiginosa no era, con todo, tan insultante para la inteligencia como pudiera parecernos hoy, y como desde luego denunciaban los agitadores de ayer. Si el problema social era insoluble sin revolución, tampoco un orden nuevo tenía futuro sin una humanidad nueva. Las utopías colectivistas no puede decirse que hayan fracasado, ya que para eso tendrían que haberse aplicado alguna vez a gran escala. El comunismo, como toda escolástica, se agotó criticando las contradicciones ajenas sin aplicarse a las propias: la primera y principal, pretender crear una sociedad de hombres nuevos sometidos a los hombres viejos de siempre.
En 1910, cuando don Luis disertaba, la población mundial sumaba unos 1.500 millones. A su muerte, en 1945, ya pasábamos de 2.500. Este año llegamos a 7.000 millones y para mediados de siglo se contempla la cifra de 9.000. Alarmante por varias razones, y no la más leve, que con toda probabilidad los herederos de la tierra  serán más pobres que mansos. Sombría ‘bienaventuranza’.
Qué pueda significar el ‘paro’ en un escenario así, más parece cosa de profetas que de científicos.
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[2] Estudios Cooperativos, 16 (1968): 27-40.

[3] Regina Mª Pérez Marcos, ‘El derecho de suertes en la zona de pinares de Soria’, BOLETÍN DE LA FACULTAD DE DERECHO, 4 (1993): 151-169.

[4] Cfr. José Luis Moreno Peña, ‘La Tierra Pinariega de Burgos y Soria’. Medio Ambiente en Castilla y León, 6 (1996): 22-35.

[5] A aquella emigración tradicional ha sucedido, desde los años 60, un éxodo paulatino, que junto con el descenso de natalidad ha dado en crisis demográfica, aunque no tan grave con en otras áreas rurales.

[6] Samuel E. Keeble, The citizen of to-morrow (Londres, 1906). Disponible en la Red (Open Library).

[7] Sir William Henry Beveridge (1879-1963). Unemployment, A problem of Industry (Londres, 1909).

[8] Philippe de Las Cases, L’assurance contre le chômage en Allemagne (Paris, 1909). Se tradujo tardíamente al español: F. de las Cases, El paro forzoso. Madrid, S. Calleja, 1920.
Si, como se dice, el verdadero objetivo del anarquista  Manuel Pardiñas era el rey Alfonso XIII, a quien de hecho apuntó y abatió con su pistola el 12 de noviembre de 1912 fue a Canalejas, el hombre más odiado por la derecha conservadora, y con él a todo el partido liberal. 
[9] Cfr. B. Zimmermann, La constitution du chômage en Allemagne: Entre professions et territoires. Pág. 3

[10] “Yo soy el asesino. No he matado a Dato, sino al presidente. He hecho justicia, ahora háganla conmigo”. Condenado a muerte, el rey le conmutó por cadena perpetua (1924), de la que sólo cumplió 10 años, hasta la II República. “... Éramos tres jóvenes trabajadores , con vida sindical intensa y quisimos redimir al proletariado catalán de la represión....” (PM desde Francia, en declaraciones al diario franquista Pueblo, 1967).