martes, 10 de mayo de 2011

Osama




El asesinato del terrorista flemático Osama Bin Laden en su domicilio familiar por intrusos militares norteamericanos ha sido la nueva de una muerte anunciada hace una década por el entonces presidente Bush: «Vivo, o muerto». Esta orden puso en marcha una máquina inexorable y bien engrasada, dirigida por la CIA.
Operaciones de este tipo han sido especialidad de Israel, normalmente expeditivas y discretas. La más sonada, el secuestro del verdugo nazi Eichmann en Argentina (1960) para juzgarle y ahorcarle en Tel Aviv (1962). Entonces fue lógica la captura en vivo. En esta versión americana, el «vivo, o muerto» se entendió fácilmente como «muerto, a ser posible». O sea, muerto.
Así como el caso Eichmann hubo que entenderlo en clave judía, el caso Bin Laden es genuino americano. Todo lo dicho en estos días sobre ilegalidad del asalto en sí y reparos morales a la ejecución inmediata del objetivo junto con varios acompañantes –en vez de llevarle vivo ante una corte de justicia– conforma ya todo un dosier de opinión todo lo interesante que se quiera, pero sin mucho sentido práctico.
Más que la ley del Viejo Oeste, a mi ver, los americanos han aplicado por su cuenta otro viejo concepto jurídico: crimen exceptum. El ‘crimen exceptuado’, como el nombre indica, era aquel ‘súper crimen’ que por su enormidad y peligrosidad absoluta quedaba fuera del procedimiento penal ordinario, especialmente en cuanto a su detección y probanzas. La declaración de crimen exceptum fue la base del, por así llamarlo, procedimiento propio de la Inquisición, donde bastaba la denuncia sin pruebas y la confesión bajo tortura para condenar incluso a muerte al hereje, apóstata, satanista o brujo.
Fuera de eso, el caso Osama plantea un mar de dudas que no es posible abordar sin antes recoger y digerir información. Porque a pesar del impacto que causó en el mundo aquel ataque recordado sobre todo por el derrumbe de las Torres Gemelas –con 3.000 víctimas mortales entre polvo y humo–, uno se ve juguete de apriorismos y pistas erráticas en cuanto a elementos de juicio fundamentales. Empezando por la implicación real de Bin Laden en los hechos de autos, y siguiendo por la personalidad del personaje. Es verdad que se le atribuye una autoacusación tardía, desmintiendo él mismo negativas suyas anteriores. Pero no menos verdad es que cuando Bush pronunció contra él el veredicto fatal no tenía ninguna prueba fehaciente.

Fanatismo religioso y mística mesiánica
La religión, la mística, tiene su lado bueno en la esfera individual o social, si alimenta tendencias positivas y constructivas. Por desgracia, el ser humano tiende a proyectar en sus creencias también sus impulsos negativos. Así las ‘Religiones del Libro’ –judaísmo, cristianismo, islam– ofrecen consuelo y esperanza al individuo atribulado, pero así mismo alimentan la sed de justicia, tal vez hasta convertirla en venganza religiosa. Lo que se dijo de la Biblia vale para el Corán:

                 Hic liber est in quo quaerit sua dogmata quisque,
                      Invenit et pariter dogmata quisque sua.

                 (En este libro sagrado
                 cada cual busca su idea
                 y encuentra la que desea.)

Si el mismo Dios de bondad es al mismo tiempo vengativo y cruel, la religión es a la vez pacífica y guerrera, depende del talante de la divinidad, es decir de sus fieles. No nos engañemos sobre el pacifismo cristiano: la historia muestra sin tapujos su puesta en práctica, pues para algo la reforma cristiana ha mantenido también el Viejo Testamento con su ley del talión y sus soflamas guerreras.
Gran místico fue san Bernardo de Claraval (1090-1153). Místico dulzón, y a la vez predicador de cruzadas contra infieles y herejes; autor de la Regla para la orden militar de los Templarios, con un panfleto donde les fanatizaba diciéndoles que, para el monje soldado, «si bien está morir en cama, más mérito tiene la muerte en combate».
Pero no es momento de divagar sobre méritos relativos de cada religión respecto a la violencia. Mi primera incógnita es ahora Osama. ¿Quién es el terrorista Bin Laden? Digo ‘quién es’, «vivo y (sobre todo) muerto».
Pues bien, en ello estoy, y sólo adelanto una primera aproximación. Bin Laden es un exponente típico de la religiosidad violenta, que en su caso ha optado por la vía del terrorismo, creando un brazo armado de base religiosa: Al-Qa‘idah, que significa eso precisamente, la Base, el Asiento de un Islam revitalizado.
Porque ese es otro carácter del mesías fundador: es un muhî-d-dîn, un ‘revitalizador’ de la religión islámica, atontada y amortiguada por la sumisión complaciente y corrupta de las autoridades islámicas civiles y religiosas frente a la agresión de los ‘politeístas’, el cristianismo occidental armado y encarnado en Estados Unidos [1]. Osama no viene repartiendo pan y bienestar a los creyentes. Su misión es devolver al Islam la dignidad y la primacía que le corresponde entre las religiones del mundo y frente a la impiedad de Occidente.
Aunque, paradójicamente, algunos ‘osamólogos’ hablan de un tipo engreído y vanidoso, el Bin Laden real ha sido más bien esquivo y discreto. El que cuidara mucho sus intervenciones audiovisuales –por lo demás, raras–, así como sus textos y discursos, muestra un perfil reflexivo y calculador, no una cabeza infatuada.
Tampoco ha sido (por referirnos a su pretérito vital) un exaltado verbal ni gestual, su violencia ha sido fría. Tan contenido y dueño de sí, que la contra propaganda occidental ha tenido que retocar su imagen, a menudo demasiado digna y serena, recargando los estigmas de un hombre envejecido prematuramente, o caricaturizándole de forma burda.
Su andamiaje espiritual aparece revestido de otras dotes difíciles de captar y entender para mentes occidentales, pero diáfanas para cualquier musulmán; y no sólo sus incondicionales fanáticos, también sus críticos, contrarios al terrorismo por motivos religiosos. Bin Laden, al margen de sus maquinaciones como hombre de acción política y violenta, ha ejercido un magisterio ‘profético’, en la línea de otras figuras del Islam que hoy son iconos.
Sin ser pensador original, Bin Laden ha dejado una herencia escrita en que hace gala de ’adab, una formación cultural sólida en los géneros tradicionales islámicos. Géneros literarios usados por él con soltura y, eso sí, siempre a su intento. Hay quienes le consideran poco menos que un clásico.
Una colección de intervenciones de Bin Laden desde 1994 en traducción inglesa, bien anotada y con estudio introductorio se recoge en el libro titulado Messages to the World: The statements of Osama bin Laden, de Bruce Lawrence (ed.), Verso, 2005, 292 páginas.

El Enemigo Público Nº 1 de Occidente

Contra lo que muchos imaginan, Osama debutó en 1994 como disidente en una cuestión islámica más bien interna y con base y argumentación islámica. Fue, por así decirlo, un ‘protestante’ musulmán. En diciembre de aquel año lanza su primera proclama de largo alcance, en forma de carta abierta al Gran Muftí de Arabia Saudita jeque Abdul Aziz Bin Baz, recriminándole por cosas algo atrasadas en verdad, aunque de oportuna recordación.
Fue cuando la anexión de Kuwait por Iraq (1990). Entonces Bin Laden, que con apoyo americano había luchado en Afganistán con voluntariado árabe contra la presencia soviética, se ofreció a su rey Fahd de Arabia para dirigir contra Saddam Hussein un cuerpo de veteranos curtidos junto a los talibán. La familia real saudita declinó la oferta, prefiriendo la americana ‘Tormenta del Desierto’. Al efecto, presionan al Gran Muftí, que emite dos fatwas (dictámenes): una en agosto 1990, autorizando el uso de territorio nacional como base de tropas americanas; una segunda en enero 1991, autorizando la intervención de tropas islámicas en la operación. Todo esto –cesión de suelo sagrado al infiel y colaboración con él frente a otro musulmán– levantó ampollas entre musulmanes puritanos, que culparon a la casa real corrupta de ceder a Occidente en el territorio propio de los Dos Santuarios del Islam, como estaba cediendo en la Palestina del Tercer Santuario (Al-Aqsa).
Siguió en julio 1992 un Memorándum de advertencia, firmado por más de un centenar de clérigos wahabitas, acusando al gobierno de Fahd de corrupción, violación de derechos humanos y cesión de suelo sagrado. La respuesta del régimen fue inmediata. Entre los detenidos figuró Bin Laden, aunque sólo en arresto domiciliario, dejándole pronto exilarse a Sudán (1991). Allí el régimen saudita trata de asesinarle y finalmente le quita la nacionalidad (1994).
La respuesta de Bin Laden fue la citada epístola del mismo año al Gran Muftí: una reprimenda ‘escolástica’ impecable, con base en ejemplos del hadith (tradición) y la historia del Islam. Le reprocha la cobardía de sus dictados, como también su bendición a los Acuerdos de Oslo (1993), que en opinión del islamismo radical dejaba a Palestina a merced de Israel.
En 1996 el apátrida Osama vuelve a Afganistán, al complejo refugio subterráneo en las montañas de Tora Bora. Sus relaciones con el régimen de los talibán son de respeto no siempre cordial. Su principal relación personal fue con el célebre mullah Omar.
En 1998 Bin Laden globaliza su plan de guerra santa, como ‘Frente Islámico Mundial’, junto con el líder religioso egipcio Al-Zawahiri y otros paquistaníes. La primera operación fue el bombardeo sangriento de las embajadas americanas en Kenia y Tanzania. El ataque masivo americano contra el supuesto refugio de Osama (agosto 1998) fracaso en el objetivo principal: localizar al terrorista.
Tres años después, activistas de Al-Qa‘ida secuestran cuatro aviones y causan 3.000 muertos en el derribo suicida del WTC, más un impacto serio contra el mismísimo Pentágono. Bin Laden estuvo negando repetidamente su implicación hasta 2004, en que públicamente se confesó implicado, aunque para entonces pocos dudaban de ello [2].
Bush, como Clinton, responde militarmente, con igual fracaso. Su operación ‘Enduring Freedom’ (‘Libertad esforzada’ o sufrida, no ‘Libertad duradera’) fue el mayor bombardeo aéreo desde la II Guerra Mundial, pero Osama y Omar se fugaron. Hasta la muy especial ‘Operación Gerónimo’, autorizada por el presidente Barak Obama.
Gerónimo / Bin Laden. El indio Gerónimo, el legendario jefe apache, prestando su nombre al infame Heróstrato de las Torres Gemelas, qué finura, qué tacto. En fin, una operación rocambolesca que pudo resultar una chapuza, aunque al fin salió ‘bien’.

Una herencia peligrosa
No es el tema aquí la corrección ético-política de Gerónimo, tampoco los avatares de su publicación, o su credibilidad. Por más que en América los anti-Obama viscerales dicen de todo y hablan de montaje político publicitario, en lo esencial el Presidente actúa como líder del Pueblo Americano [3].
América ha hecho su deber, tal como América lo ve y lo entiende. Allá quienes piensen de otro modo. América ha vengado su honor, la humillación colosal de las Torres Gemelas. Desde entonces, la suerte estaba echada. Traduzco del citado libro de B. Lawrence este párrafo profético (Introducción, pág. xxiii):

«En cuanto al destino incierto del propio Bin Laden, a menos que fallezca de muerte natural en su escondrijo, parece inevitable que antes o después su cazador le capture. Si le cogen vivo, sin duda lo matarán en el sitio, como al Che Guevara hace 40 años. Sus captores deben saber que sería inútil torturarle para obtener información, pues ya tienen a sus lugartenientes; y por otra parte, someterle a juicio sería a riesgo de grandes complicaciones para los encargados de juzgarle. Él mismo no se turba ante lo predecible de su fin:

Ojalá sea yo un mártir,
viviendo en un puerto de montaña
entre una banda de caballeros,
que unidos en devoción a Dios
bajan a enfrentarse a ejércitos.

Con este poema cerraba su ‘Sermón de la Fiesta del Sacrificio’. El mismo poema que podría ser su epitafio.»

Cosa esta última que los americanos han procurado evitar arrojando el cadáver al océano. We the People. Punto.
¿Y qué hay de We the World? (The West World, of course). Esto es como si habláramos de otro tema. Muy importante, sí señor, pero otro tema.
Bin Laden ha dejado magisterio y ejemplo para musulmanes de tendencias muy diversas. Nada bueno para nosotros. Denigrar al play boy juvenil, al millonario hipócrita, al  putañero amigo del alcohol, las drogas, la buena vida, es ya inútil [4]. O como prefiere Faisal Devji, ridiculizar a Osama ‘El Ventrílocuo’ y su ‘seudo literatura’, no va a borrar del cielo nocturno su pesadilla. Eso sí, no le falta razón al decir que Bin Laden es una estrella mediática hechura de Occidente. Ojalá no sea una enana blanca que cualquier día nos estalle. Muy pronto veremos cómo gestiona el Islam el nuevo icono que Obama le ha regalado. 
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[1] Muhî-d-Dîn es el epíteto del místico sufí Aben Arabí de Murcia (1165-1240), muerto en Damasco y venerado como santo, aunque la ortodoxia islámica prohíbe el culto santoral.
[2] Todavía lo negaba en un discurso (26 min. y medio en vídeo), emitido el 8 de septiembre 2007, donde destaco en negrita lo que podría ser restricción mental:

«Ya he dicho que no estoy implicado en los ataques del 11 de Septiembre en Estados Unidos. Como musulmán, hago lo que puedo por evitar la mentira. Yo no supe nada de esos ataques, ni considero acto digno matar a inocentes mujeres, niños y otros seres humanos. El Islam lo prohibe tajantemente. Semejante práctica está prohibida incluso en combate.»

Aunque dirigido a la ciudadanía de Estados Unidos, el estílo es árabe puro, difícilmente apreciable para el occidental medio.
[3] Un abanico de comentarios, en su mayoría escépticos, en ABC News.
[4] Sólo como curiosidad anoto, sobre el apellido: Bin Laden podría significar ‘Hijo del Láudano’ (ladan, ladin, láudano). ¿Alusión poética a las propiedades sedantes de ese narcótico, útil en algún remoto parto difícil? Porque sólo en broma se me ocurre otra idea: ‘Hijo de Ladino’, estirpe sefardita. ¿No se ‘demostró’ que el mismísimo Hitler era judío? En todo caso, Osama ha negado tajantemente abrigar sentimientos antisemitas, o mejor antijudíos (del mismo discurso de 08/09/2007):

«La moral y la cultura del holocausto es vuestra cultura, no la nuestra. De hecho, quemar seres vivos está prohibido en nuestra religión, aunque fueran pequeños como la hormiga. ¡Cuánto más el hombre! El holocausto judío fue llevado a cabo por los vuestros en Europa central. De haber sucedido más cerca de nuestros países, la mayoría de judíos  se habrían salvado refugiándose a nuestro lado… »

Del dicho al hecho... Volviendo al láudano: misticismo, ciencia infusa y estupefacientes se juntan en el término laduni, persona tocada de misticismo.

lunes, 2 de mayo de 2011

Teatro de sombras en Alaiza (y 2)

De visita con el Canciller Ayala


       «La Historia no es maestra de nada», escribió Eugenio Montale, aunque yo he leído eso mismo al maestro Caro Baroja en alguna parte [1]. Una boutade para contrarrestar el exceso ciceroniano: Historia, magistra vitae [2]. Pero maestra o no, algo se saca de la Historia. Por ejemplo, cuando vemos cómo se repite.
       Por ejemplo, en la Historia de España, la Guerra de Sucesión (1701-1713) que nos trajo a los borbones tuvo cierto precedente medieval en la guerra civil que contra Pedro I el Cruel movió Enrique de Trastámara e implantó en Castilla esta dinastía (1366). Lo notable de ambos casos fue la misma intervención extranjera, Francia frente a Inglaterra, en territorio peninsular. Algo que vuelve a verse también en la Guerra de Independencia.
       Pero la cosa es más profunda. Leyendo las crónicas hispanas de la Baja Edad Media como las escritas por el historiador-testigo Pedro López de Ayala (1332-1407) se vive una paradoja de dejà vu; pues en efecto, el feudalismo señorial a la española fue lo más parecido al actual estado de autonomías. El sistema feudal debilitó a la realeza, aquí como en otras partes. Hasta que de una u otra forma se abren paso los estados modernos –aquí desde los Reyes Católicos. Lo notable es que ningún otro país ha resucitado el feudalismo en versión democrática, salvo España. Y el retro motor de esta regresión histórica han sido los nacionalismos periféricos, con su pulsión separatista.
       ¿Y qué decir de las famosas behetrías? Así se llamaban en el siglo XIV muchos lugares de señorío un tanto especial, atribuyéndose el derecho a cambiar de señor cuantas veces quisieran:

«E dicen que todas estas behetrías pueden tomar y mudar de señor ‘siete veces al día’, e esto quiere decir, quantas veces les ploguiere, e entendieren que las agravia el que las tiene… E por esta razón dicen ‘behetrías’, que quiere decir, ‘quien bien les ficiere, que los tenga’» [3]

       Vamos, que aquellos pueblos reivindicaban un derecho de autodeterminación permanente, que para sí lo quisiera el ‘Plan Ibarretxe’. Fue en las primeras Cortes de Pedro I cuando se quiso poner coto al abuso, elaborando un catálogo o registro, el Becerro de las Behetrías, que cualquiera puede bajarse gratis aquí, si le pica la curiosidad de saber qué lugares eran aquellos. Desde luego, ninguno en el País Vasco. [4]
       Como no soy historiador, admito que los párrafos anteriores puedan contener alguna interpretación errada. Aun así, la Historia es para cualquiera una fuente de reflexión, y en este sentido algo enseña. Lo bueno es cuando lo hace deleitando, como es el caso de Ayala en su Crónica de Don Pedro y en las otras que compuso o se le atribuyen.
       Nuestro autor es preciso en las fechas y las personas, y dejando para otros la descripción de ceremonias y torneos se centra en los hechos escuetos, con sus relaciones y causas. Como buen pedagogo (pues iba para clérigo), le gusta explicar el significado de los nombres y las cosas; como también se fija en precedentes jurídicos y derecho consuetudinario.
       Mi admiración al Canciller, lo confieso, tiene algo de debilidad, por vivencias tan personales como fue tomar conciencia de este mundo viviendo en un caserío del mismo valle de Ayala, muy cerca del solar de Quejana, su torre, palacio y convento de ‘dueñas predigaderas’ –esto es, monjas dominicas–, una de ellas de la familia [5]. Era un lugar como mágico donde, por deseo del fundador don Fernando, padre del Canciller, hasta veinte religiosas estaban dedicadas a hacer guardia y ‘servir’ a una reliquia rara:

Allí está un cabello de la Virgen María
de su santa cabeça, que cualquier lo vería,
en quien tomé e tengo devoçión grande mía,
al qual sirven duennas de orden oy en día. [6]

       Ahora bien, sin tales impresiones, cualquiera tiene a mano la Crónica, en especial desde el año 1366 [7], para disfrutar en directo de un relato magistral tan instructivo como rigurosamente histórico. Su texto y notas son el mejor telón de fondo y comentario para contemplar con provecho el mural bárbaro de Alaiza.
       Quede entendido que la relación del mismo con lo de Nájera es conjetura. El argumento puede referirse a algún otro episodio de una época saturada de guerras y, tampoco se olvide, con el azote de la Peste Negra que se llevó al rey Alfonso XI (1350).

       En guerra por la corona
       La guerra civil fue de naturaleza mafiosa. El rey Pedro era el único hijo legítimo de Alfonso XI casado con su prima hermana María de Portugal (m. 1357). Frente a él, hasta una decena de bastardos de Alfonso con su querida, bella y prolífica doña Leonor de Guzmán. Con tantas hechuras, la dama se creció y plantó cara a la rival portuguesa, que aceptó el envite. El candidato por Leonor era su hijo Enrique, secundado por sus hermanos. Uno era Tello, que por matrimonio fue Señor de Vizcaya.
       Fue la hora de la compraventa de alianzas. También de las liquidaciones expeditivas, una especialidad de don Pedro, que por eso se le dijo el Cruel. Los políticos no miraban bien semejante saña, cuando lo práctico entonces era el cobro en efectivo, no en sangre. Hasta los papas de Aviñón lo vendían todo, prebendas, privilegios, perdones; el propio Ayala lo comenta como un mal ejemplo del clero a los seglares.
       A Pedro se le iba la mano. Entre él y su madre despacharon primero a doña Leonor de Guzmán (1351). El rey después fue liquidando a sus hermanastros vivos que tuvo a mano, empezando por el gemelo de Enrique, Fadrique (1358), en el Alcázar de Sevilla. De allí vino persiguiendo a Tello hasta Vizcaya, que si no se embarca en Bermeo, allí lo mata. Aun así, el rey le siguió por mar, pero no pasó de Lequeitio, cuando el otro ya estaba en Bayona, «que es del señorío del Rey de Inglaterra». Otro bastardo víctima de su ira sería su tocayo Pedro (1359).
       Otro deporte del Cruel, a la moda del tiempo, fue la defenestración, es decir, tirar al enemigo vivo o muerto por una ventana, como quien dice ‘agua va’. Tal hizo, por ejemplo, con el infante don Juan de Aragón, empeñado en suceder al fugado Tello en el Señorío de Vizcaya. Don Pedro tenía decidido y acordado que los vizcaínos no tendrían ya otro señor sino al rey. Así que cuando el aragonés se puso cabezudo no hubo más remedio que ablandarle la testa con aquellas mazas como las que vemos en Alaiza.
       La operación quirúrgica no fue nada fácil, tal como lo cuenta el Ayala, muy bien enterado porque su familia por entonces todavía estaba con don Pedro. La escena tuvo lugar en Bilbao, en Belosticalle esquina a la plaza de la Ribera, donde está el hércules heráldico que me sirve de icono; pero no en el palacio actual, del siglo XVI, sino en el edificio anterior, del que sólo quedan restos.
       Muerto el infante,

«el rey mandóle echar por unas ventanas de la posada do posaba a la plaza, e dixo a los vizcaínos, que estaban muchos en la calle:
–Catad y vuestro Señor de Vizcaya, que vos demandaba.»

       La escena, y el ensañamiento que siguió, está todo muy bien contada por Ayala [8]. Hacía tan sólo dos semanas de lo de Fadrique en Sevilla, a 200 leguas de Bilbao, más el rodeo del Cruel por Palencia y Bermeo, para hacerse una idea de su furia loca. No es extraño que a las gentes de buen juicio (como eran los Ayala) les pareció que «los fechos del rey don Pedro no iban bien enderezados». Era la hora de mudar de bando.

        Las Compañías
       Es sabido que ambos bandos, el rey y el pretendiente, contrataron ayuda militar extrajera. Las primeras compañías vinieron de la parte francesa al servicio de Enrique. Desviadas de allí con la bendición papal, aprovechando una tregua entre ingleses y franceses, porque estaban arruinando aquel país. Las llamaban ‘Compañías Blancas’, o ‘la gente blanca’, no se sabe bien por qué. La soldadesca en general se conocían como malandrines. El armamento era novedoso:

«Ay comenzaron las armas de bacinetes, e piezas, e cotas, e arnés de piernas e brazos, e glaves, e dagas e estoques; ca antes otras usaban, perpuntes, e lanzas, e capellinas…»

       El bacinete vino de Francia por entonces. Al rey de Castilla le gustó tanto la prenda, que hasta en su testamento la nombra, y por él se llamaron dompedros los propios bacinetes, incluidos los orinales.
       El jefe más popular de los Blancos era el bretón Beltrán Du Guesclin, hombre muy inteligente aunque por lo demás analfabeto que, o no sabía leer, o hacía como si no supiera.
Don Pedro, por su parte, en Burdeos se echó en brazos del Príncipe Negro, que procedió como si la guerra fuese suya (acuerdos secretos de Libourne, 1366). Su preció fue exorbitante, en préstamo dinerario, pero sobre todo en cesión territorial. Nada menos que el Señorío de Vizcaya, más Castro Urdiales, y de Guipúzcoa todos los puertos, desde Fuenterrabía. El resto no, porque junto con Álava y la Rioja estaba prometido al rey Carlos II el Malo de Navarra, por una ayuda de 200.000 florines y dejar paso a los ingleses.
       ¿Con que Vizcaya inglesa? Bueno, en teoría sólo como feudo, convirtiendo al inglés en vasallo de Castilla. La realidad era más cruda, no estando el rey en condiciones de poner coto a semejante aliado. Ayala da a entender que el rey no tenía intención de cumplir, ni los vizcaínos («gente fiera como son») de recibir al extranjero. ¿Importaría esto un comino a Eduardo, si entendía que Vizcaya era suya? Seguro que no. De todas formas, en 1371 regresó para siempre a Inglaterra y se desentendió de nosotros, tal vez porque ya entonces padecía del mal crónico que en 1376 acabó con él, un año antes de morir su padre Eduardo III.
       El armamento inglés era superior, lo mismo que su táctica, y eso que ya se había demostrado en Francia se confirmó en Nájera. Enrique perdió totalmente la batalla, en parte gracias a su hermano Tello, que no hizo nada por impedir la derrota. Dicen unos que por cobardía, pero también puede que por cálculo.
       También Enrique de Trastámara se salvó a uña de caballo ayudado por los Luna aragoneses, que le condujeron a Francia. En vano tras la batalla anduvieron ingleses y castellanos buscándole entre los caídos. El Príncipe Eduardo preguntó en francés:
       –Lo Bort es mort, o pres? (El Bastardo es muerto, o preso?)
       Y al decirle que ni lo uno ni lo otro:
       –Non ai res faict. (No se ha hecho nada)
       Fue su lacónico y lúcido comentario. Nada se había hecho, en efecto, con el pretendiente en libertad y el rey Pedro desaforado como nunca, matando a los prisioneros más destacados en vez de venderlos por rescate.
       Una de las medidas de Enrique, ya antes autoproclamado rey de Castilla, fue respecto al Señorío de Vizcaya confirmar el paso dado por Pedro I, anexionándolo para siempre a la Corona. Una corona muy tocada, parte por desprecio al advenedizo fratricida, parte por el costo de la operación, pagado a tocateja con títulos de nobleza y cesión de señoríos y tributos por el nuevo don Enrique el de las Mercedes. De las ‘mercedes enriqueñas’.
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[1] E. Montale, en su poema nihilista La storia. Su frase completa reza: La storia non è magistra / di niente che ci riguardi (‘la historia no es maestra de nada que nos concierna’).


[2] De oratore, 2, 36: «La Historia, testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, anunciadora del vetusto pasado».
Frente a eso, Caro insiste: “Una vez más hay que invertir los términos y decir que la historia no es maestra de la vida, sino que la vida es maestra de la historia” (Las formas complejas de la vida religiosa, Galaxia Gutenberg, 1995, pág. 337)

[3] Crónica, año II (1351), 14.


[5] Este convento se ha cerrado hace tres años (2008)

[6] Canciller don Pedro L. de Ayala, Rimado de Palacio, estr. 847 (BAE, Poetas castellanos anteriores al siglo XV. Madrid, Rivadeneyra, 1864, págs. 453-454).

[7] Desde aquí.

[8] Crónica, año IX (1358), 3.


lunes, 25 de abril de 2011

Teatro de sombras en Alaiza (1)

 (La letra y la imagen)

       Visitar la iglesia románica de Alaiza (Álava) puede ser una experiencia para el resto de la vida. Para mí lo fue, en 1986. Desde entonces, de forma intermitente pero algo obsesiva, me acosa el enigma de aquella pinturas y la inscripción que las acompaña. Estos días me ha vuelto a dar la fiebre.
       Alaiza, aldea alavesa en la vertiente norte de los montes de Iturrieta, cerca de Salvatierra, fue noticia en 1982 por el hallazgo de una decoración pictórica bajo medieval muy interesante, todo un mural de argumento bélico que cubre el ábside del templo y se prolonga a ambos lados por la bóveda de la nave.
       Si la temática es notable, no lo es menos la ejecución de adornos y figuras, todo monocromo y siluetado, como en un teatro de sombras chinescas sobre algún drama de guerra y paz, violencia y sexo, devoción y muerte, realismo crudo y simbolismo depurado.
       A primera vista, la impresión es algo caótica, aunque muy pronto se capta cierto orden. Orden explícito en la bóveda, por el clásico sistema narrativo de las bandas horizontales. Pero aunque el ábside acoge el conjunto principal en un mismo espacio indiviso, pronto el observador capta campos de acción que permiten una primera lectura algo coherente.
       Este panorama central viene subrayado en toda su longitud por un inscripción gótica pintada en negro y parcialmente perdida. Obviamente uno busca en ella una clave explicativa. Y aquí empezó el envite obsesivo. A una lectura inmediata de la primera mitad y de la último palabra, siguió un atasco insuperable para descifrar el resto. Nada que dé luz a un mural a merced de su propia vis explicativa. Para más enredo, la iglesia se titula de la Asunción, misterio mariano sin relación con el programa iconográfico.
       Con todo, lo más sorprendente desde el primer momento fue la inscripción en sí misma, y explico por qué.
       Enterados (por la prensa, creo) del hallazgo de las pinturas y el misterio que las envolvía, preparamos la visita consultando la publicación monográfica más reciente: Gaceo y Alaiza. Pinturas murales góticas, un folleto editado por la Diputación Foral de Álava (1986). La parte dedicada a Alaiza comprende una veintena de páginas con texto de José Eguía López de Sabando y abundantes fotos de Jon Llanos, todo un atlas donde se aprecia la calidad de Fournier, el taller mundialmente famoso por sus naipes.
       La iglesia es románica tardía (siglo XIII), construcción sencilla de un nave cubierta con bóveda de cañón apuntada, reforzada con arcos fajones y rematada en ábside semicircular con media cúpula de horno. Fue de lo más corriente en núcleos rurales. Sin ir más lejos, como lo que queda de la misma época aquí, en la parroquial de Santa María del pueblo donde escribo, en Valdivielso (Burgos).
       Las pinturas son del XIV, y desde su hallazgo se relacionaron con la invasión de la tropa de Eduardo Príncipe de Gales –el ‘Príncipe Negro’–, cuando vino en ayuda del rey don Pedro de Castilla el Cruel contra su hermano bastardo Enrique de Trastámara (1367), al que vencieron en la batalla II de Nájera.
       Con la inscripción no ocurrió lo mismo. De hecho, el citado López de Sabando comentaba: “No se ha descifrado aún su contenido hasta el momento. Este trabajo se presenta difícil. Quizá no sea el latín, como sería más normal, la lengua empleada en ella.” (pág. 38)
       Que en cuatro años no estuviese resuelto ni siquiera el idioma de una inscripción gótica era sorprendente. Y si no era latín, ¿qué otra cosa podía ser? ¿Inglés antiguo? ¿o mejor francés, la lengua cortesana de Eduardo? No, no. Yo siempre he maliciado que la frase apuntaba a otra lengua, la misma en que está el lector pensando. Siempre el mismo deseo de hallar algún texto auténtico en vascuence anterior al siglo XV. El mismo pío que finalmente ha llevado a la aberración de inventarlos en el fraude de Iruña/Veleya.
       Un deseo muy natural por lo demás, aunque muy fuera de lugar como pie de figura de fotos clarísimas, donde sin dificultad se leía en perfecto latín:

       ...tum salutiferum gustandum dedit… Mortis… tempore.
       Erue … miseranter (?)… ut urat undique gehennA.

       (…o salutífero dio a gustar… en tiempo... de muerte.
       Líbra… compasivamente… que abrase por todas partes el infierno ).

       La vista directa de la inscripción no dio nada nuevo. La misma lectura, las mismas dudas y vacíos. Por supuesto, la primera palabra leída fue la última: GehennA, la Gehena o Infierno, escrita aquí con A mayúscula al cierre: la única capital de un texto en minúsculas, ya que la inicial (si también lo fue) ha desaparecido.
       En cuanto a este principio incompleto del texto, la presencia en el mural de una mujer empuñando una copa nos sugirió completar la primera palabra como (po)tum, bebida. Dando por supuesta una relación directa entre la leyenda y las imágenes, pensamos en un cuadro ex voto de varios heridos de guerra que, curados con algún remedio, peregrinan a un santuario y presentan sus ofrendas, agradecidos por haberse librado de peor destino, que alcanzó a algún otro compañero
       Esta fue nuestra conclusión y lectura, la que más o menos uno de nosotros se encargó de publicar en El Correo (8/9/1986, pág. 40).
       A mí me sonaba de algo la expresión salutiferum gustandum dedit, sin recordar de qué. Por aquel entonces los latines litúrgicos iban de capa caída. Tampoco había aquí Internet; no existía el motor Google. Cuando lo hubo y pude buscar la cadena de letras, la respuesta fue inmediata: Fructum salutiferum gustandum dedit Dominus mortis su(a)e tempore, reza una antífona del Oficio del Corpus Christi: “Fruto salutífero dio a gustar el Señor al tiempo de su muerte”. Fructum (fruto), no potum (bebida). Así pues, una alusión a la eucaristía o viático que libra del fuego eterno. Eso en el supuesto de que la inscripción tenga que ver con el contenido de las escenas, cuando ni siquiera es seguro que sea de la misma época.
       Como digo, de vez en cuando he solido volver sobre el tema, por si alguien tenía más suerte con el texto de Alaiza. Y en efecto, está el trabajo paleográfico de S. A. Mollà (2007) [1]. Su lectura del primer hemistiquio coincide en que se trata de la misma antífona de Corpus. El segundo hemistiquio se le queda en tentativas sin sentido coherente. Para la A capital de GehennA aventura resolverla como anagrama de María y posiblemente Jesús (JHS). Alguna propuesta no la veo posible; por ejemplo, …sianter, como adverbio latino, no conozco ninguno plausible con ese elemento.
       Este meritorio trabajo de un especialista no menciona el viejo artículo de El Correo, aunque sí el comentario de Sabando antes citado, y con la misma extrañeza que la nuestra. Mollà confiesa haberse ocupado de la inscripción de Alaiza por invitación de doña Micaela Portilla Vitoria (q. e. p. d.), gran estudiosa del Medioevo alavés, la cual sin duda debió tener noticia de la propuesta anterior, aunque no pudo compulsarla con los nuevos resultados, por haber fallecido en 2005.
       Para cualquier aficionado como yo es de algún alivio leer en este artículo, acerca de la inscripción, frases como éstas:

Descubierta en 1982, junto con las pinturas, tradicionalmente (sic) se consideraba imposible su transcripción…
Tras unos primeros resultados desesperanzadores y exhaustivas consultas, finalmente aparece el texto, al menos en su primera parte, y se interpretan a continuación palabras sueltas… (pág. 218)

       Un alivio, digo, no tanto como halago de mi vanidad, como porque en adelante podré volver sobre este empeño con menos impaciencia y sensación de fracaso.

       El mundo de Alaiza
       El que podemos llamar ‘mural bárbaro’ de Alaiza bien podría titularse ‘Guerra y Paz’, o ‘Paz en la Guerra’. Episodio central (y centrado) es la defensa de un castillete roquero, asaltado por un ejército sobre todo de peones, con algunos caballeros. Uno de éstos, de porte principesco y portador de estandarte, se mantiene a la expectativa, como quien preside la operación. Dos parejas de jinetes se enfrentan en singular combate.
       La soldadesca avanza desde la izquierda para acometer por ambos lados. Se reconoce el equipamiento moderno a la inglesa: cotas, capacetes y viseras picudos (en su caso), escudos redondos erizados de púas, espadas, hachas, lanzas, mazas de bola y, como innovación indicativa cronológica, ballestas primitivas, de las llamadas ‘de pie de cabra’. Incluso figura en la hueste, como singular mascota, un centauro sagitario que podría ser ballestero.

       El fruto más amargo de la guerra es la muerte. Un sucinto entierro de un difunto en andas a hombros de dos porteadores y seguido de dos plañideras se dirige a una iglesia donde el sacristán hace doblar las campanas.
       Los desastres de la guerra se apuntan en forma de robo y arreo de bestias, con una mujer que huye remangándose el halda y un caballo aparejado y desbocado sin jinete. Un soldado violador se abalanza sobre una mujer abierta de piernas, mientras otro más corpulento se dispone a degollarle, sea por defender a la cuitada, o para disputársela.
       ¡Ah! y en un extremo, la habitual pareja medieval, hombre y mujer, en cuclillas haciendo sus necesidades (él sobre un orinal).
       El tema del ex voto o promesa parece afectar a cinco personas o mejor matrimonios:
1.       Ellas, las esposas, ataviadas con batas de cola, portando ofrendas en forma de copa, platillo o ramo, se dirigen a una capilla con dos santas en sus nichos. Un ave de buen augurio está posada en el tejado. Otra ave más pequeña se ha posado también sobre el ramo de una de las damas.
2.      Ellos por otro lado avanzan en hábito de peregrinos (tres completos, los otros dos casi borrados), con ropa corta de camino, con sus alforjas o bien capuchas abatidas y bordones crucíferos. Les precede un guarda armado anunciándoles a son de cuerno. De todas formas, la explicación es parcial, pues buena parte de elementos ha desaparecido.
3.      Llegados a su meta, la iglesia, los cinco hombres encamisa presentan sus ofrendas, mientras un sacristán lo anuncia a toque de campanas.

       El tema de la paz se explaya sobre todo en la parte superior derecha del ábside, entendiendo así un árbol poblado de pájaros y un jinete practicando la caza del venado, corzo, ciervo y pluma.

       Todo este conjunto, enmarcado en orlas vegetales a modo de volutas junto con otros elementos decorativos y un fondo general imitando sillería pétrea, está pintado en rojo inglés sobre un fondo verdoso que pudo ser azul pero ha torcido a cardenillo desteñido.
       No hay motivo para desechar la relación entre estas pinturas y la guerra civil que acabó con el asesinato de Pedro I a manos de Enrique en el escenario de Montiel, con el bretón Du Guesclin diciendo aquellos de “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”.
       Cuando Mollà dice que “todo lo anterior contraría la datación de la inscripción en los años centrales del siglo XV”, lo hace sólo atendiendo a criterios paleográfico y refiriéndose a la inscripción, que en efecto podría ser anterior (según él), y ajena al tema iconográfico. A decir verdad, tampoco parece muy concluyente, pues un estilo caligráfico –la ‘minúscula güelfa’–, consagrado a principios del cuatrocientos, bien pudo seguir utilizándose medio siglo después.
       Tampoco podían callar aquí los que por todas partes ven caballeros templarios, descubriendo sus madrigueras incluso con ayuda del pentáculo. Con fray Guillermo (el de Ockam, por supuesto, pero lo mismo valdría el de Baskerville), nosotros no hacemos caso a los templaristas y optamos por las hipótesis más económicas, como en este caso lo es la jornada de Nájera, episodio peninsular en el contexto de la gran guerra de los Cien Años.
       De ahí otro motivo de interés hacia estas pinturas, en relación con las crónicas de entonces, especialmente la admirable escrita por el canciller vitoriano Pedro López de Ayala (1332-1407). De cuando Vizcaya estuvo en un tris de ser inglesa. ¿De veras? ¡De verísimas, como lo oyen! Otro día hablamos de ello.


Ver también en este blog: ‘Alaiza: paredes que hablan (2012/11/20). 
En el XXX Aniversario del descubrimiento de las pinturas.
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[1] Salvador A. Mollà i Alcañiz, ‘Aportaciones a la interpretación de la inscripción del ábside de la iglesia románica de Alaiza.’ Sancho el Sabio, 27 (2007): 217-224.