De la sentencia del Tribunal Supremo sobre Sortu es difícil decir nada original. La novedad de siete magistrados discrepantes en la misma Sala crea una situación incómoda. Será mejor o será peor así, los siete a una, en vez de cada cual por su lado en votos particulares (quot capita, tot sententiae). En todo caso, no deslumbra por lo prudente ceder la baza a sospechosos de burlar la ley.
Tampoco brilla por la templanza la arremetida de los discordes contra sus colegas, achacándoles el yerro que ellos mismos cometen: «sustituir la valoración de la prueba por la construcción de un relato». Porque para ‘relato-relato’ el suyo, de los siete: decir que Batasuna y ETA discrepan hoy lo bastante como para hablar de ruptura; para añadir a vuelta de hoja que tampoco Sortu es Batasuna.
Cierto que la sentencia del Supremo es una, la que es, formalmente contraria a Sortu. Pero a efectos prácticos y en la percepción del público queda como en entredicho. Para la democracia, desde luego es victoria pírrica, gracias al ‘escrúpulo’ de casi media Sala, nada menos. Tanto mirar las rayas, es como si hablaran de cebras distintas. Y eso que, según expertos, «el rayado no hace a la cebra».
¿Garantismo? En España esta palabra tiene ya cariz peyorativo: abuso de garantías, a favor de quien no las merece y a expensas del bien común superior, la salus populi.
Parece como si el único objetivo de los pretendientes fuese cobrar del erario público. Eso sería lo de menos. Lo grave es que en los ayuntamientos y parlamentos se gobierna. Todo servicio público requiere solvencia; pero cuando ese servicio es algo tan serie como la gestión de la res publica, hay que poner la cota bien alta por ese lado.
Nueve contra siete. Ambas tesis no pueden ser ciertas a la vez, y hasta podrían ser las dos falsas, porque ni siquiera hablan de lo mismo. La sentencia de los Nueve se centra en garantizar la naturaleza democrática del proyecto Sortu, mientras el voto particular de los Siete (contra Tebas) pone el foco en la identidad de las personas y en la protección de sus derechos desde la presunción de inocencia. «No son los tramposos de antaño –vienen a decir–; es gente nueva, y por tanto libres de sospecha. Sin antecedentes. Su palabra, sus estatutos, punto.»
A estas alturas del ‘proceso’, este argumento es más propio de la defensa de Batasuna que de jueces imparciales. Si Sortu no es Batasuna, ¿a qué viene traer a cuento (y nunca mejor dicho) una supuesta democratización batasunera? Aguante cada palo su vela; a menos, claro, que se trate de explicar lo evidente: cómo todo este montaje ha sido presentado en sociedad por líderes de Batasuna-ETA.
De hecho, en el fondo es el mismo argumento de ETA en su ‘Zutabe’, cuando a propósito de su alto el fuego habla de gente que «de modo perverso, lo une al afán de la izquierda abertzale de estar en las elecciones». ¡Que no, hombres, que no son unas simples pruebas de aptitud, un test psicotécnico formulario! Aquí lo primero es garantizar a la ciudadanía que no se les cuela de rondón nadie en connivencia con el terrorismo presente, pretérito ni futuro.
Este no es el cuento del pastorcillo bromista («¡el lobo, el lobo!») Al contrario, ha sido el timo de ‘la abuela de Caperucita’, repetido hasta el aburrimiento:
–Abuelita, qué anti violencia tan grande tienes.
–Es para engañarte mejor.
–Abuelita, qué aspecto tan democrático tienes.
–Es para zamparte mejor.
De Zapatero a Doctor
Frente a lo que cuenta Heródoto de los egipcios (2, ‘Euterpe’, 84), con una medicina seria y muy especializada, en Roma la profesión médica no se cuidaba mucho. Lo asegura Plinio con asombro tocado de escándalo:
«De todas las artes, vive Dios, sólo en ésta se da que, en presentándose un quídam como médico, al punto es creído bajo palabra, siendo así que no hay fraude más peligroso.» (Historia Natural, 2, 17).
El pueblo que enseñó al mundo la ciencia del Derecho tuvo en la de la salud anchas tragaderas. Y no es que los galenos en general fuesen malos; lo malo era el descontrol de la profesión médica y el charlatanismo rampante.
En la antigua Babilonia no estaba mejor la cosa, de creer al mismo Heródoto, que por lo demás lo alaba, pues según él ni siquiera había allí médicos profesionales (1, ‘Clío’, 197):
«Otra norma tienen igualmente sabia, y es que sacan a los enfermos a la plaza, donde los transeúntes se le acercan y discuten su mal, si acaso alguno lo padeció, o sabe de alguien que lo haya padecido. Luego de discutir, recomiendan el remedio que les curó a ellos mismos o a otros pacientes de la misma enfermedad. Lo que no es de recibo es pasar de largo sin preguntar al enfermo por su dolencia.»
Vamos, que para el babilonio la enfermedad y la salud era asunto rigurosamente privado. Y más cerca de nosotros –al menos en el espacio–, otro tanto sucedía en Galicia, según Estrabón (3, 3, 8).
El mismo descontrol padecemos aquí con los profesionales de la política, y caro que nos cuesta. Porque si el intrusismo médico es temible, el político no lo es menos. Y sin embargo las listas de los partidos rebosan de personajillos sin currículo conocido en el mejor de los casos, porque cuando se conoce es para echarse a temblar: semianalfabetos, oportunistas, fanáticos… Todos, eso sí, hombres y mujeres de partido –que no del partido–, con insaciable afán de servicio público.
La situación que Plinio denunciaba de los médicos en Roma aparece también satirizada por Fedro en su fábula ‘De zapatero a médico’ (Ex sutore medicus), moraleja incluida [1]:
Érase un mal zapatero que huyendo de la miseria se establece en otro lugar, pero ahora como médico. Sólo usa de un remedio, un curalotodo, que él en su ignorancia llamaba el ‘antídoto’. Con esto y mucho cuento, pues de palabrería no andaba el hombre mal, cobró fama.
A una de estas el rey se puso malo. Llamado a su cabecera el supuesto galeno, receta su medicina. El augusto enfermo, por ponerle a prueba, se hace traer la regia copa, y diluyendo en agua una dosis del ‘antídoto’ añade otra de veneno, ordenándole hacer la salva:
–Aquí están tus honorarios, pero bebe tú primero.
Aterrorizado el remendón se confiesa ante el rey:
–Señor, yo de médico sólo tengo la estupidez del vulgo.
El rey llama a su consejo y promulga este edicto:
A mis súbditos amados:
En verdad locos estáis,
pues a quien no le encargáis
para vuestros pies calzados,
la vida le confiáis.
Presunción de inocencia o según se mire
Una figura del deporte popular vasco se revela de pronto como militante integrado en ETA y depositario de explosivos en su propio caserío. Pues bien, los comentarios a la noticia son todo un recordatorio de la presunción de inocencia, y las habituales denuncias de malos tratos por la Guardia Civil al detenido merecen toda credibilidad («tal y como se temía en Euskal Herria», en expresión del periódico Gara, 17/04).
En cuanto a la cantidad ingente de explosivo (hasta un par de toneladas), más detonantes, polvo de aluminio y otros ingredientes pirotécnicos, llama la atención el gran número de ‘enterados’, gente que se da por conocedora de nuestra vida rural, para quienes el nitrato amónico es sólo un abono presente en cualquier baserri, y que desde luego nada tiene que ver con el terrorismo.
A todo esto, sale de la cárcel el preso más antiguo de ETA, y en su pueblo le ofrecen un homenaje y brindis con cava. O bien el etarra preso ‘Txapote’, en otra de sus comparecencias en juicio, vuelve a exhibir malos modales, amenazando con el «jo ta ke» (‘dale que te pego’) –modismo usurpado por la banda para expresar su manera de hacer y su estilo–, y el hombre tiene público que le aplauda.
Así anda el dichoso ‘proceso’. Ellos a lo suyo, de recambio siempre, pero la misma jugada. Las mismas cebras con las mismas rayas, apenas retocadas o vistas desde distinto ángulo. ¿Qué se hizo de las ‘neskas’? Flores de ayer, hoy son lástima vana. ¿Qué fue de los desconocidos de ANV? Lo mismo que será de la ‘gente nueva’ de Sortu o Bildu. Cambian de profesión, si es que la tenían. Borran de su rótulo el zapato y pintan un clister. Si pueden, nos dan con él. Si no, sin estrenarse ni despedirse retornan a su nada.
¿Cómo se entiende que alguien se fíe de gente así, incluso jueces del Supremo? Nuevamente es Plinio el que ofrece una explicación. Él va de médicos, pero vale igual para concejales, parlamentarios, políticos en general:
«No reparamos en el riesgo, embriagado como está cada cual en su esperanza. Por otra parte, tampoco hay ley que castigue la impericia mortífera, ni ejemplo alguno de sanción. Se entrenan a costa nuestra y con nuestras vidas ensayan. No hay homicida más impune que el médico.»
O que el político, si lo prefieren. Y peor que homicida, genocida, pues el mal gobierno lo es para todos y acaba con muchos.
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[1] Fábulas, 1, 14. El texto latino con una versión bastante mediocre en verso apareció acogido a la hospitalidad del blog de Monsieur de Sans-Foy, ‘Zapaterías rimadas’ (12/02/2008).







