jueves, 17 de marzo de 2011

Cándido en Fukushima



      La catástrofe que sacude a Japón me invita a reabrir el ‘Cándido’. No es un gesto de frivolidad, supongo. Es que algunos comentarios que se leen y escuchan, sobre la cadena de causas-efectos que, en Fukushima, puede llevar al peor de los escenarios posibles, me han hecho recordar la célebre novela filosófica.
      ‘Candido, o el optimismo’ (1759) es una novela de aventuras tragicómicas, donde la variedad de situaciones converge en una tesis filosófica típicamente volteriana: reducir al absurdo cualquier ensoñación providencialista de lo que ocurre en el mundo.
      Recordemos que el Cándido tiene como episodio ‘nuclear’ (por así llamarlo) precisamente el gran terremoto de Lisboa (1755), con su maremoto o tsunami y su réplica, incendios etc.
      Aunque el protagonista y carácter que da nombre a la obra sea el joven Cándido –inspirado seguramente en el Simplicius Simplicissimus de Grimmelshausen (1668), pues ni siquiera falta la evocación de la Guerra de los Treinta Años–, a su lado hay un mentor, Pangloss, filósofo dogmático, que resulta ser una caricatura de Leibnitz.
      G. W. Leibnitz (1646-1716), niño prodigio y sabio universal autodidacta, como persona y pensador sigue siendo bastante enigmático. De ser una celebridad pasó al olvido, en que ya se encontraba cuando murió, y así siguió más de medio siglo, hasta su redescubrimient, desde 1765. Fue entonces cuando sus compatriotas intentan reivindicarle como filósofo y como matemático, coinventor del cálculo infinitesimal con Newton.
      Leibnitz había dejado una obra de teología natural racional contra el ateísmo deducido de la realidad del mal. Era, por tanto, una reivindicación del Ser divino en su existencia y su bondad, y por eso la llamó Teodicea (1710).o justificación de Dios.
      Sin entrar en el meollo de tal justificabilidad, ya ensayada desde el Job bíblico, el sistema leibnitziano es una construcción ‘geométrica’ a lo Espinosa. La realidad creada es como un mecanismo de relojería, basado en una armonía preestablecida universal, y por tanto intrínsecamente buena. Así, lo que se entiende por ‘mal’ es una abstracción del todo, una visión parcial, limitada y sesgada de la realidad, que en su conjunto es óptima.
      De ahí el nombre de optimismo, que aquí no se refiere a un estado de ánimo o humor (“Fulano es un optimista; Mengano en cambio tiende al pesimismo”). Lo ‘óptimo’ para Leibnitz tiene sentido afín a nuestra ‘optimización’. Optimizar un proceso, un problema, es buscar la mejor de sus soluciones para el objetivo propuesto. Lo cual tampoco se refiere a bondad moral (como cuando un ladrón planifica y optimiza un robo).
      Aun así, lo que quedó de Leibnitz y su ‘optimismo metafísico’ para el gran público fue la idea del mundo real como “el mejor de los mundos posibles”.
      El deísmo ilustrado no perdió ocasión de hacer rechifla del sistema. En esto se distinguió sobre todo Voltaire, que no sin ligereza vino a decir de Leibnitz lo que los judíos talmudistas del Evangelio: “lo bueno no es nuevo, y lo nuevo no es bueno”.
      Leibnitz era alemán, y por eso Voltaire finge su novela como “traducida del alemán”, aunque el satirizado escribía más bien en francés, cuando no lo hacía en latín.
      Hoy es recomendable disfrutar del Cándido –un epígono más de la picaresca española del Siglo de Oro–, sin hacer mucho caso de Leibnitz, y sí de Voltaire. No faltan reminiscencias de novela griega, con encuentros y desencuentros de la pareja formada por un enamorado Cándido y la rolliza Cunegunda, en viajes y mutaciones que se suceden con ritmo endiablado, evocando a cada paso situaciones y costumbres reales, como el mentado terremoto lisboeta:

      —Esto no es nuevo. Lima tembló igualmente el año pasado. Las mismas causas, los mismos efectos–arguye Pangloss.
      A todo esto, tercia un hombrecillo moreno, familiar de la Inquisición, que le había estado escuchando sin perder palabra:
      —Este señor parece que no cree en el pecado original, porque si todo es inmejorable, no pudo haber caída ni castigo.
      —Perdón, señor mío. Caída y maldición entraban necesariamente en el mejor mundo posible.
      —¿Así que vos no creéis en la libertad?
      —Disculpad, la libertad es compatible con la necesidad absoluta, pues necesario fue que fuésemos libres. Porque la voluntad determinada…
      No pudo acabar la frase. A una señal del familiar a su espolique, que le servía vino de Oporto…
      Presos del Santo Oficio, Pangloss y Cándido, comparecen en auto de fe, aconsejado por la Universidad de Coimbra.
      Otros presos eran, un Vizcaíno convicto de haberse casado con su comadre, y dos portugueses que comiendo un pollo le habían extirpado la grasa.
Pangloss y Cándido, como maestro y discípulo, visten sambenitos diferentes. Pronunciado el sermón, marchan al patíbulo. Cándido es azotado acompasadamente. El vizcaíno y los del pollo sin grasa perecen en la hoguera. Pero al tocar el turno a Pangloss, un aguacero lo impide, y le ahorcan.
      El mismo día hubo réplica del terremoto.
      Cándido dice para sí:
      —Si este es el mejor de los mundos, ¿cómo serán los otros?

  Lo del Santo Oficio no fue ocurrencia de Voltaire. No tuvo más que ver los grabados satiricos que circularon por Inglaterra, con el clero proponiendo al rey José I un auto de fe en expiación por el seísmo.

    Pero si Pangloss no murió quemado, tampoco hubo jamás peor ahorcado. El subdiácono ejecutor quemaba de maravilla, pero no sabía ahorcar. Un cirujano compró el supuesto cadáver del hereje para sus disecciones. Al hacer la incisión crucial, el falso muerto reacciona pegando un grito. El cirujano cree estar disecando a un diablo y huye despavorido.

      Reencontrados maestro y discípulo, éste pregunta:
      —Pangloss, cuando os ahorcaron, ¿todavía pensasteis estar en el mejor de los mundos?
      —Desde luego. Porque yo soy filósofo, y no me va el desdecirme. Leibnitz no pudo equivocarse. La armonía preestablecida es lo más hermoso, lo mismo que el ‘lleno’ y la ‘materia sutil’. (El lleno, plenum, es la ausencia de vacío en la materia. La materia sutil leibnitziana que todo lo penetra es el éter.)

      En Surinam, colonia holandesa, encuentro con un esclavo negro al que falta la pierna izquierda y la mano derecha. Por toda indumentaria, un sencillo calzón. ¿Cómo así? Escalofriante respuesta, que anticipa el horror del Congo Belga bajo el rey cauchero Leopoldo II:
      —Es la costumbre. Recibimos un calzón de tela azul dos veces al año. Cuando trabajamos en las azucareras, y la muela nos pilla un dedo, nos cortan la mano. Si intentamos escaparnos, nos cortan la pierna. A ese precio coméis azúcar en Europa.

      Final de la historia: En Constantinopla, los socios de aventura basan su economía en un huerto que no saben explotar, hasta que casualmente conocen a un turco que beneficia el suyo de maravilla. Este patriarca de aldea no se interesa lo más mínimo por la marcha del mundo, y menos que nada por las intrigas de la corte. Su único objetivo es el día a día, recoger y vender sus productos en el mercado de la ciudad. Su ejemplo estimula a Cándido.
      En resumen: Frente al dogmático (y estéril) “vivimos en el mejor de los mundos”, la conclusión de la experiencia vital no será el abandono pesimista, tan fatalista y tan dogmático como su contrario, sino una regla práctica:

      —Yo también estoy convencido que lo nuestro es cultivar nuestro huerto.
      —Tenéis razón– dijo Pangloss. –Cuando el hombre fue colocado en el Huerto del Edén, lo fue ut operaretur eum, para trabajarlo. Lo que demuestra que el hombre no nace para estar quieto.
      —Trabajemos sin razonar. Es el único modo de hacer la vida soportable.

      O sea, que estamos como al principio. Como al principio del mundo y de la humanidad, quiero decir; cuando Dios encarga al primer hombre que cuide y cultive el Paraíso. Pues, contra lo que se suele imaginar, el Edén primigenio no era el mejor de los paraísos posibles. Era sólo un buen huerto, bien diseñado por el Hacedor, pero sujeto a la ley de entropía sin las atenciones de un buen hortelano.
      En efecto, los compañeros montan una pequeña sociedad autosuficiente, donde todo el mundo es útil. Hasta un fraile bribón resultó excelente carpintero y, en definitiva, un hombre honrado.
      A todo esto, incorregible Pangloss no dejaba de reescribir la historia, siempre llevando el agua a su molino optimista:

      —Sin aquella primera patada en el trasero, sin la Inquisición, sin…
      —Vale— respuesta de Cándido —; pero hay que cultivar nuestro huerto.

      Así concluye la novela. Volvamos ahora a la dura realidad.

      Fukushima: ¿lo imaginamos, aquí?
      La catástrofe de Japón no será una más entre las naturales. Ya ha entrado en la Historia de la humanidad, y no por su magnitud natural, sino por la implicación de una gran central nuclear con varios reactores tocados.
      Admirable sociedad la japonesa. Si lo que se ha mostrado al mundo no es una selección manipulada –y no tiene visos–, es para descubrirse ante la serenidad disciplinada de un pueblo que mira a sus autoridades y a sus expertos para seguir sus directivas. Admirable también el heroísmo del personal que lucha por todos contra lo inconmensurable en el centro de máximo riesgo.
      No quiero ni pensar en nada parecido, entre nosotros (que tampoco somos japoneses), con nuestra clase política denostándose entre sí, derrochando protagonismo inoperante, como si todo en la naturaleza y la industria ocurriese con vistas a ellos. ¿No tenemos nariz para sostener las gafas, y tenemos piernas para enfilarlas en los pantalones? Pues si amanece el día para que apaguemos los candiles, y la noche se hace oscura para que todos los gatos parezcan pardos, demos también por seguro que los españoles formamos sociedad para que nuestros partidos políticos tengan algo que disputarse. Porque nosotros sí que somos el mejor de sus mundos.
      Este es un primer género de optimistas panglosianos. Otros dos se dan entre la ciudadanía: eco-optimistas vs. tecno-optimistas; enfrentados sobre todo en el tema de los recursos energéticos
      El eco-optimista cree en el ecosistema natural como el mejor de los posibles. Desconfía por principio de la tecnología. Sólo admite energía no depredatoria, de fuentes renovables, limpias, seguras. Obtención y aplicación sólo con impacto ambiental nulo o mínimo. El rector nuclear de fisión es el paradigma de la tecnología peligrosa y contaminante.
      El tecno-optimista cree en el progreso indefinido y en la capacidad tecnológica del hombre para compensar y aun superar todos los inconvenientes de ese progreso. Un día poseeremos la energía de fusión. Mientras llega, no hay más remedio que continuar con los reactores de fisión, que han demostrado ser lo bastante seguros como para justificar su riesgo.
      A propósito de eco-optimismo, siempre me acuerdo del bueno de John Seymour, el apóstol o vendedor de la autosuficiencia. También yo, en cuanto tuve me pedacito de suelo, leí con avidez El horticultor autosuficiente y otras obras suyas igualmente entretenidas.
      Nuevo Hesiodo, Seymour daba su versión de Los trabajos y los días, instruyendo al urbanita converso en la vida natural autárquica. Nada más sencillo: una salud y fortaleza de hierro, una finca no demasiado grande pero tampoco pequeña, mejor cruzada por un riachuelo capaz de mover un pequeño molino y una centralita hidráulica; con espacios suficientes para todo, personas, animales, aperos, productos; con tiempo bien aprovechado, sí, pero prácticamente ilimitado para, cumplidas las labores agrícolas, dedicarlo también a la apicultura, industrias caseras, reparaciones, aficiones, cultura y ocio.
      Seymour (1914-2004) dio ejemplo de todo cuanto enseñaba. Su última lección práctica fue morirse de 90 años. Seguramente no hay fincas Seymour para todos los habitantes del globo; pero nadie pretende que todo el mundo se vuelva seymouriano de la noche a la mañana.
      Una generación de ‘Cándidos’ seymourianos supondría –amén de mucho desengaño– reducir la esperanza de vida a menos de la mitad de la suya, y diezmar la población mundial en poco tiempo. La ‘vida natural’ no es tan sana ni tan barata como cualquier Pangloss eco-optimista quiere venderla.

domingo, 13 de marzo de 2011

Euskaldun bat, el ciego




¡Vaya!, tenemos visita. Por el buzón de ‘Comentarios’ asoman unos mensajes con remite inusual en esta casa. Tampoco la forma es la que aquí se usa, aunque sea corriente en ciertos foros.
El visitante se presenta como Euskaldun bat, un euscalduna, uno que posee el vascuence. Ese nick lo tengo visto en otras partes, y aunque no sé si es la misma persona, las maneras son las mismas, y hasta las expresiones me suenan, una por una.
Esta es mi casa y la casa de mis amigos y huéspedes, y no cuido la moqueta para que cualquier viandante se cuele de rondón y restriegue las abarcas con chulería. Así que el primer impulso ha sido echar al intruso y volcarle encima su basura.
Pero hoy toca también otra visita algo especial: la que hace el número 50.000. No es gran cosa, lo sé, pero me hace ilusión y me pone de buen humor. En honor de esta visita, bienvenido sea también por esta vez nuestro vascongado, y que no se vaya sin tomar una copita con nosotros, con un brindis para que no vuelva más por aquí. No porque me caiga mal ni bien, es porque se ha confundido de casa.
Los comentarios del Sr. Euskaldun bat pueden leerse enteros en su sitio, tres a la entrada sobre Euskera y Libertad y uno a Vascuence maternizado. No tengo idea de suprimirlos, aunque como digo, para muestra baste el botón. Tampoco voy a refutarlos, entre otras razones, porque no es mi oficio desmontar artículos de fe. Lo que no significa que todas las creencias me parezcan respetables, incluidas las de este euscalduna.
La primera andanada de E. b. entra de lleno en lo que se conoce como erotesis o interrogatio. No la serie encadenada de preguntas a la manera de Sócrates (mayéutica), sino como figura retórica, el figuratum de Quintiliano (9, 2, 7). Y no de cualquier modo, sino ex abrupto, cuyo ejemplo clásico es el Quousque tandem? catilinario. Mayor mérito el de este señor, que no es de letras («Yo estudié ciencias puras…»), y a lo mejor hace retórica como el otro hablaba en prosa, sin saberlo. Pues sí, el caballero tiene recursos, que no voy a ponderar por no sacarle los colores. Todo un Cicerón, él mismo se responde, mayestático:

«Nos obligan a hablar vuestro idioma y no decimos nada.
Y ya nos cansa (abutere patientia nostra!) tener que escuchar a gente como vosotros que quiere seguir siendo los privilegiados monolingües a los que se les debe hablar en castellano, mientras los demás tenemos que hacer nuestro un idioma que en nuestra zona hasta que llegó Franco nadie sabía hablar.
Y os rasgáis las vestiduras porque para ser funcionarios tenéis que aprender euskera, simplemente porque es de ley que a nosotros también nos atiendan en nuestro idioma en una institución en nuestra propia tierra, para eso estamos en el PAÍS VASCO y no en Castilla

Nadie es perfecto; y bien haría el Sr. E. b. yendo a plantar sus molinos de viento a otra parte, porque aquí no les va a dar el aire. ¡Que él se produce en castellano porque yo le obligo, habrase visto! Por mí como si se calla en las setenta lenguas de Babel. Y si me rasgo las vestidumbres, tenga por seguro que no es por mi urgencia de hacerme funcionario, sino porque tanta sandez en ristra parte el alma, viniendo de un conciudadano.
Ahora bien, yo tampoco soy perfecto total y me ha picado que este censor se salga del tiesto y se me suba a regarme el florero del recibidor. Porque encima el tipo se pone caristio y me reprocha porque sitúo a mi Bilbao «en los confines de Autrigonia»:

«Otra cosa, quieres dar imagen de entendido en historia vasca para dar más fuerza a tus postulados anti-vascos con lo de "in Autrigoniae finibus" por Bilbao; pero metes la pata hasta el fondo. Porque la calle Belostikale, al igual que el resto de las 7 calles de Bilbao, núcleo inicial de Bilbao, se encuentran en la margen derecha del río Nervión y eso no pertenecía a Autrigonia sino a Caristia. De los caristios descendemos los actuales hablantes del dialecto vizcaíno del euskera, vamos, nada que ver con lo que postulas...»

Diga lo que quiera el Espíritu Santo (Proverbios, 26: 4-5), no le voy a llamar pedante, porque es un adjetivo que no me gusta compartir con cualquiera. Si acaso, pedantuelo de vía estrecha. Si un río es limítrofe o confinante, lo es por ambas orillas, entrambas ocupadas por Bilbao la Vieja y la Nueva Villa. Eso, prescindiendo de la amplitud del plural finibus, y sin recurrir a licencia poética.
Llegados a este punto, lo que uno se pregunta: «¿De dónde sale este tío?». Ahora lo veo,  me está hablando un caristio. «De los caristios descendemos…» Lívido de envidia, sigue uno leyendo: «Yo estudié ciencias puras y todos mis estudios los hice en vasco». «¿Y a mí qué me cuenta?». Pero nada, él a lo suyo, renqueando como puede en la lengua impuesta, que a todas luces desconoce, sin que se vea claro por qué la usa, teniendo el vascuence:

«El euskera al ser una lengua con una gramática muy compleja, le permite tener una riqueza de matices que nunca podrá tener el español, una lengua con una gramática muy rudimentaria y parca en matices, igual que el resto de lenguas latinas. Lo que hace que el euskera sea una lengua más apropiada para el estudio de las ciencias y las artes que el español

Y que el inglés, a fortiori, con gramática más sencilla todavía que la española. Por eso el día de mañana toda la ciencia se hará y comunicará en vascuence. ¿Qué digo ‘mañana’? Como dijo el otro, «el futuro nos pertenece», porque el mañana vasco fue ayer:

«Esta potencialidad del euskera para adaptarse a los nuevos tiempos ha hecho que en pocos años tenga yo el Windows XP en vasco, el Office en vasco, el Messenger en vasco, el Firefox en vasco... todo lo tenemos ya en vasco... »

Pero veo que va siendo hora de despedir a nuestro espontáneo bufón. Tal vez un día se cumpla su sueño, y el castellano en esta tierra –la lengua impuesta– deje sitio a otra, probablemente el inglés. Por cierto, ese día Euskaldun bat no será sólo ‘Un Euscalduna’, sino un ‘murciélago vascongado’. Blind as a bat.
Lo cual me trae a la memoria una bonita canción vasca, que a buen seguro él también conoce, pero tal vez sólo en caristio. Tiene miga. Y como lo monolingüe no quita lo cortés, ahí va también su aproximación en mi celtibero.

                             Euskaldun bat zen itsu


Euskaldun bat zen itsu
eta bertsolari,
atez ate zabilen
iloba gidari.
Soineko eta diru
yanari eta edari
nasaiki ibiltzen zuen
bertso eman sari.

Oi nere pikapeko
eun dukattxoak
orain agertu ditu
gure Jaungoikoak.
Todo lo quiere,
todo lo pierde:
berreun diralako
atoz bihar ere."


Euskaldun bat el ciego
coplas cantando,
la hija de puerta en puerta
le va guiando.
Con ropa, sopa y vino
y una moneda
a cambio de una copla
contento queda.

¡Señor! Los cien ducados
bajo un ladrillo
guardados y olvidados,
han parecido.
¡Ay, don ‘Todo lo quieres
todo lo pierdes’!:
a ver si son doscientos,
mañana vuelves.



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 Figura: 'Citarista ciego y niña', bronce (¿Creta?, s. VII a. de JC). Museo J. P. Getty, Los Ángeles.

jueves, 10 de marzo de 2011

Soñar en celta (y 4)


Bienandanza y fortuna de un nacionalista irlandés
A mi amigo Navarth

«Cruel cosa es morir, con todo el mundo entendiendo al revés, malinterpretando, y quedar callado para siempre» (R. C.)

       Muy triste, sí señor; y más si tu enemigo in articulo mortis te tumba en decúbito prono, y te espeta por el trasero vistosas banderillas con gallardetes que digan, por ejemplo: «Sao Paulo. Antonio, $10. Quick enormous push. Loved Mightily».

Esto último, además de triste, asqueroso. Quien quiera que lo haya escrito. Ya dije que soy más escéptico que el novelista sobre la autenticidad de los llamados ‘Diarios Negros’, a pesar del dictamen ‘definitivo’ de la experta Audrey Giles (2002).
Obviamente el orgullo gay ya ha puesto a Sir Roger en su iconostasio, y es verdad que mucha gente pensó que los ingleses le colgaron por eso, en venganza por la afrenta de haber mantenido como diplomático y ennoblecido como héroe nacional a un vicioso bujarrón. Y claro que, de aceptarse los Diarios –no la homosexualidad de Casement, que está fuera de duda–, sería como para replantear toda la biografía del personaje.
Total, que hace tiempo debí cerrar estos comentarios, a propósito del libro de Vargas Llosa, y lo he ido dejando por pereza. Da pereza despachar al esquivo Casement desde la condición de «todo el mundo entendiéndole al revés»; en particular, malinterpretando una cosa tan compleja como el nacionalismo.

El año 1916 fue decisivo para la independencia irlandesa. Lunes de Pascua (24 de abril), siete patriotas proclamaron en Dublín la República Libre de Irlanda. Detrás tenían al ‘pueblo’, interpretado para la ocasión por 1.400 figurantes mal armados, ocupando un territorio más simbólico que estratégico en Dublín, contando con ayuda militar alemana.
El Gobierno de Gran Bretaña e Irlanda les aplastó sin mayor dificultad y les declaró traidores. ‘Alta traición’, en el sentido medieval del término, ya que se aprovechaban del conflicto europeo, en connivencia con el enemigo.
Sofocada la rebelión, los siete responsables y otros nueve más fueron condenados a muerte. Fusilados todos, menos uno capturado y juzgado aparte, que fue condenado a la horca. Este fue Sir Roger Casement.
En cuanto al pueblo irlandés real, incluido el nacionalista, su repulsa de la aventura fue clamorosa. Dos años después, la opinión pública veía de muy otro modo las cosas y los personajes. Menos a uno: el ex Sir Casement. Desprestigiado por sus tejemanejes con el enemigo alemán –no menos que por la infamia de aberrante sexual, a tenor de sus supuestos ‘Diarios’ íntimos–, fue por mucho tiempo un nombre a olvidar, hasta su admisión final en el panteón de los héroes. No sin reservas puritanas. Su adopción como icono del orgullo gay tampoco le hace favor.

Un alegato notable
Condenado a muerte, el reo Casement en uso de la palabra leyó un alegato de 2.675 palabras, recusando obviamente la competencia del tribunal británico, pero sobre todo la aplicación de una ley inglesa de 1351 (que por cierto, hubo que ‘ajustar’ para que encajara), al condenarle a muerte por ‘alta traición’, por unirse ‘los enemigos del Rey’. Como irlandés, él no reconocía a unos «Reyes de Inglaterra que como tales no han tenido derechos en Irlanda, desde tiempos de Enrique VIII».
Esto último merece comentario. ¿Por qué desde Enrique VIII? No se pierda de vista que, desde el principio, Casement se dirige no a sus jueces, sino a sus compatriotas, el pueblo irlandés. Su argumentación tiene que reflejar la visión católica del legitimismo.
El primer rey inglés que puso pie en Irlanda y se anexionó la isla (1169-71) fue Enrique II Plantagenet. ¿Con qué derecho? Se la pidió al Papa, y éste se la dio. Después de todo, también su tatarabuelo Guillermo I el Conquistador, cien años antes, se había apoderado de Inglaterra con permiso de Alejandro II (1066). Aquella operación, gestionada por el secretario papal Hildebrando, futuro papa reformador Gregorio VII, hizo de Inglaterra feudo del Papado. Esta vez el tataranieto Enrique, para ocupar Irlanda, pide un permiso similar al papa Adrián IV. Y este señor, o sea Nicolás Breakespeare (no Shakespeare, pero inglés en todo caso), dijo que «muy bien», pues eso significa en latín Laudabiliter, la palabra que da título a su bula (1155), bendiciendo la conquista de la isla. Con una condición: que el rey inglés meta en cintura a aquella gente y a su clero, que vivían de espaldas a Roma, rezando en gaélico, con otros abusos; que les aplique a rajatabla la reforma gregoriana y, desde luego, les obligue a pagar el tributo feudal llamado ‘dinero de San Pedro’.
La bula de Adriano funcionó sin disputa hasta 1542, cuando Enrique VIII se separa de Roma y crea el Reino de Irlanda, unido personalmente a su corona. Roma replicó en su momento, aprovechando el nuevo papa Paulo IV para celebrar el IV Centenario de la Laudabiliter con nueva bula Illius (1555), regalando dicho Reino de Irlanda a la reina de Inglaterra María la Católica con su marido, el príncipe de España y futuro rey Felipe II.

«Hibernia y todas las islas »: la teoría omni-insular
Pero vamos a ver, ¿a título de qué atribuían los papas territorios enteros, Inglaterra, Irlanda, Escandinavia…? Pues en virtud de una de las teorías geopolíticas más curiosas. Desde Urbano II (1091) por lo menos, y aun desde Hildebrando, se daba por cierto que todas las islas del mundo («omnes insulae») eran del Papa, a cuenta de la Donación de Constantino.
Como aquel loco feliz, Trasilo, que en el puerto del Pireo se figuraba que todos los barcos eran suyos [1], así los papas de la Edad Media y Moderna se hicieron los locos con las islas del mar, como que todas eran suyas. De ahí el Tratado de Tordesillas (1494) y las Bulas Alejandrinas, repartiendo Alejandro VI medio mundo entre España y Portugal –América, otra ‘ínsula’ para el caso–. El juego duraba todavía en 1885, cuando León XIII zanja la disputa entre España y Alemania por las Carolinas, y ya de forma simbólica en 1971, con Juan Pablo II de árbitro en el conflicto del ‘Canal del Beagle’, entre Argentina y Chile. Último eco de la pretensión medieval [2].
Según eso, Irlanda pertenecía a la corona inglesa. Los más interesados en denunciar como falsa la bula de Adriano IV han sido obviamente eruditos irlandeses. Con poca suerte, pues en todo caso la Laudabiliter fue confirmada por Alejandro III (h. 1172) al mismo Enrique II. Alguna que otra vez Irlanda se queja a Roma del dominio inglés, pero sólo por los excesos, sin poner en duda la situación jurídica. Y si el nacionalismo irlandés del XIX, entre sus motivos, alegaba la asfixia de la cultura y lengua autóctonas, bien podía echar la culpa a la Santa Sede.

Para colmo, en el Vaticano hay un fresco anacrónico, recordando la donación de Irlanda a Inglaterra, un mal trago para los peregrinos católicos irlandeses. El letrero explicativo no puede ser más franco:

 
Adriano IIII P. M.
a Enrique II de Inglaterra
concede el Reino de Hibernia
por un censo anual


Todo un ‘fresco’. Casement en su alegato reprochó a la Justicia inglesa haber reculado hasta la Edad Media, aplicándole una ley del siglo XIV y un procedimiento oscurantista de otros tiempos. Ya metido a medievalista, pudo añadir (aunque no lo hizo) que el origen de todos los males no fue la usurpación de Enrique VIII, sino la malhadada entrega de la isla a Inglaterra por la Iglesia Católica, antes y después de Enrique. Por un censo anual.

Casement patriota
Para los reyes ingleses, Irlanda fue tierra de conquista, aceptada por los irlandeses durante siglos para la región de Dublín, el Palo (o estacada, en latín Palus); dominio extendida por los Tudor a toda la isla, tratados los irlandeses como colonia. El régimen de Oliver Cromwell intensificó la implantación inglesa y el premio a la confesión protestante. El Parlamente Irlandés, casi todo él protestante en el siglo XVIII, era una institución en provecho de los terratenientes. Una leve insurrección en 1798 tuvo como respuesta la integración de Irlanda en el Reino Unido y el gobierno desde Londres (Acta de Unión, 1800). A partir de ahí, el objetivo del nacionalismo constitucional se redujo a recobrar el parlamento y cierta autonomía (O’Connell en los años 40; Parnell y el Home Rule de los 80). Más radicales fueron los Jóvenes Irlandeses (1848) y los Fenianos (1865). Parece que el padre de Roger simpatizó con éstos.

Otro de los enigmas del caballero Casement, de la Orden Británica de San Miguel y San Jorge, es desde cuándo su amor a Irlanda significó odio a Gran Bretaña. Como cualquier chico irlandés, Roger vibró de joven con las canciones y tradiciones de su país, y de forma más esporádica luego. Entusiasta de la lengua irlandesa, es curioso que una persona con facilidad para los idiomas jamás llegó a expresarse en gaélico, y eso que en su última etapa tomó lecciones, con muy poco provecho. También llama la atención que sólo muy tarde visitó personalmente la Irlanda profunda. Diríase que su contacto con la cultura ancestral fue libresco, a través sobre todo de las divulgaciones de su mentora Alice Stopford Green.
De un modo u otro, en vísperas de la Gran Guerra, Irlanda no escapa al belicismo generalizado. El Ulster protestante se decanta por el unionismo y en 1913 crea la Fuerza de Voluntarios del Ulster (FVU), cuerpo paramilitar de 100.000 hombres. La reacción secesionista, de predominio católico, responde el mismo año con otro cuerpo similar, los Voluntarios Irlandeses (VI).
Al estallar la guerra (agosto 1914) y suspenderse las garantías legales para Irlanda, estos últimos se dividen. La gran mayoría lucha en el ejército británico. Sólo unos 10.000, en rebeldía, sueñan con la derrota británica, con ayuda de Alemania. Casement, miembro del comité provisional, a la sazón se halla en Estados Unidos, recaudando fondos para la causa.
Para muchos nacionalistas, incluso radicales, el individuo era un misterio: ¿intrigante, aventurero, ambicioso político?... Su apuesta total por Alemania y en Alemania desengañó a los más sensatos. Lo demás ya se sabe, aunque no se entiende ni se explica.
Se dice que el irlandés es proclive a unirse al extranjero, incluso al enemigo, si es contra Inglaterra. La alianza Germano-Irlandesa soñada por el celta Casement trae a la memoria el sueño de un vasco, nuestro Sabino Arana: «Conseguir la independencia de Euzkadi bajo el protectorado de Inglaterra» [2]. ¡El protectorado de Inglaterra! «Yugo menor» para muchos pueblos, según este mismo patriota, en telegrama de felicitación a Lord Salisbury, por el aplastamiento de los Boers. De haber conocido el celta estos textos del vasco (fallecido hacía una década, 1903) tal vez le habría tomado por loco. Ni más ni menos, como se le podría tomar a él mismo.
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[2] El tema fue estudiado por L. Weckmann, Constantino el Grande y Cristóbal Colón. Estudio de la supremacía papal sobre islas (1091-1493). México, FCE, 1992.
[3]  Según hoja autógrafa, sin fecha, titulada «Mi pensamiento» y guardada por su hermano Luis. Javier Corcuera, al publicar el texto (1979), sugería «la hipótesis de un cierto desequilibrio personal de Sabino en el momento de redactarla».