jueves, 10 de marzo de 2011

Soñar en celta (y 4)


Bienandanza y fortuna de un nacionalista irlandés
A mi amigo Navarth

«Cruel cosa es morir, con todo el mundo entendiendo al revés, malinterpretando, y quedar callado para siempre» (R. C.)

       Muy triste, sí señor; y más si tu enemigo in articulo mortis te tumba en decúbito prono, y te espeta por el trasero vistosas banderillas con gallardetes que digan, por ejemplo: «Sao Paulo. Antonio, $10. Quick enormous push. Loved Mightily».

Esto último, además de triste, asqueroso. Quien quiera que lo haya escrito. Ya dije que soy más escéptico que el novelista sobre la autenticidad de los llamados ‘Diarios Negros’, a pesar del dictamen ‘definitivo’ de la experta Audrey Giles (2002).
Obviamente el orgullo gay ya ha puesto a Sir Roger en su iconostasio, y es verdad que mucha gente pensó que los ingleses le colgaron por eso, en venganza por la afrenta de haber mantenido como diplomático y ennoblecido como héroe nacional a un vicioso bujarrón. Y claro que, de aceptarse los Diarios –no la homosexualidad de Casement, que está fuera de duda–, sería como para replantear toda la biografía del personaje.
Total, que hace tiempo debí cerrar estos comentarios, a propósito del libro de Vargas Llosa, y lo he ido dejando por pereza. Da pereza despachar al esquivo Casement desde la condición de «todo el mundo entendiéndole al revés»; en particular, malinterpretando una cosa tan compleja como el nacionalismo.

El año 1916 fue decisivo para la independencia irlandesa. Lunes de Pascua (24 de abril), siete patriotas proclamaron en Dublín la República Libre de Irlanda. Detrás tenían al ‘pueblo’, interpretado para la ocasión por 1.400 figurantes mal armados, ocupando un territorio más simbólico que estratégico en Dublín, contando con ayuda militar alemana.
El Gobierno de Gran Bretaña e Irlanda les aplastó sin mayor dificultad y les declaró traidores. ‘Alta traición’, en el sentido medieval del término, ya que se aprovechaban del conflicto europeo, en connivencia con el enemigo.
Sofocada la rebelión, los siete responsables y otros nueve más fueron condenados a muerte. Fusilados todos, menos uno capturado y juzgado aparte, que fue condenado a la horca. Este fue Sir Roger Casement.
En cuanto al pueblo irlandés real, incluido el nacionalista, su repulsa de la aventura fue clamorosa. Dos años después, la opinión pública veía de muy otro modo las cosas y los personajes. Menos a uno: el ex Sir Casement. Desprestigiado por sus tejemanejes con el enemigo alemán –no menos que por la infamia de aberrante sexual, a tenor de sus supuestos ‘Diarios’ íntimos–, fue por mucho tiempo un nombre a olvidar, hasta su admisión final en el panteón de los héroes. No sin reservas puritanas. Su adopción como icono del orgullo gay tampoco le hace favor.

Un alegato notable
Condenado a muerte, el reo Casement en uso de la palabra leyó un alegato de 2.675 palabras, recusando obviamente la competencia del tribunal británico, pero sobre todo la aplicación de una ley inglesa de 1351 (que por cierto, hubo que ‘ajustar’ para que encajara), al condenarle a muerte por ‘alta traición’, por unirse ‘los enemigos del Rey’. Como irlandés, él no reconocía a unos «Reyes de Inglaterra que como tales no han tenido derechos en Irlanda, desde tiempos de Enrique VIII».
Esto último merece comentario. ¿Por qué desde Enrique VIII? No se pierda de vista que, desde el principio, Casement se dirige no a sus jueces, sino a sus compatriotas, el pueblo irlandés. Su argumentación tiene que reflejar la visión católica del legitimismo.
El primer rey inglés que puso pie en Irlanda y se anexionó la isla (1169-71) fue Enrique II Plantagenet. ¿Con qué derecho? Se la pidió al Papa, y éste se la dio. Después de todo, también su tatarabuelo Guillermo I el Conquistador, cien años antes, se había apoderado de Inglaterra con permiso de Alejandro II (1066). Aquella operación, gestionada por el secretario papal Hildebrando, futuro papa reformador Gregorio VII, hizo de Inglaterra feudo del Papado. Esta vez el tataranieto Enrique, para ocupar Irlanda, pide un permiso similar al papa Adrián IV. Y este señor, o sea Nicolás Breakespeare (no Shakespeare, pero inglés en todo caso), dijo que «muy bien», pues eso significa en latín Laudabiliter, la palabra que da título a su bula (1155), bendiciendo la conquista de la isla. Con una condición: que el rey inglés meta en cintura a aquella gente y a su clero, que vivían de espaldas a Roma, rezando en gaélico, con otros abusos; que les aplique a rajatabla la reforma gregoriana y, desde luego, les obligue a pagar el tributo feudal llamado ‘dinero de San Pedro’.
La bula de Adriano funcionó sin disputa hasta 1542, cuando Enrique VIII se separa de Roma y crea el Reino de Irlanda, unido personalmente a su corona. Roma replicó en su momento, aprovechando el nuevo papa Paulo IV para celebrar el IV Centenario de la Laudabiliter con nueva bula Illius (1555), regalando dicho Reino de Irlanda a la reina de Inglaterra María la Católica con su marido, el príncipe de España y futuro rey Felipe II.

«Hibernia y todas las islas »: la teoría omni-insular
Pero vamos a ver, ¿a título de qué atribuían los papas territorios enteros, Inglaterra, Irlanda, Escandinavia…? Pues en virtud de una de las teorías geopolíticas más curiosas. Desde Urbano II (1091) por lo menos, y aun desde Hildebrando, se daba por cierto que todas las islas del mundo («omnes insulae») eran del Papa, a cuenta de la Donación de Constantino.
Como aquel loco feliz, Trasilo, que en el puerto del Pireo se figuraba que todos los barcos eran suyos [1], así los papas de la Edad Media y Moderna se hicieron los locos con las islas del mar, como que todas eran suyas. De ahí el Tratado de Tordesillas (1494) y las Bulas Alejandrinas, repartiendo Alejandro VI medio mundo entre España y Portugal –América, otra ‘ínsula’ para el caso–. El juego duraba todavía en 1885, cuando León XIII zanja la disputa entre España y Alemania por las Carolinas, y ya de forma simbólica en 1971, con Juan Pablo II de árbitro en el conflicto del ‘Canal del Beagle’, entre Argentina y Chile. Último eco de la pretensión medieval [2].
Según eso, Irlanda pertenecía a la corona inglesa. Los más interesados en denunciar como falsa la bula de Adriano IV han sido obviamente eruditos irlandeses. Con poca suerte, pues en todo caso la Laudabiliter fue confirmada por Alejandro III (h. 1172) al mismo Enrique II. Alguna que otra vez Irlanda se queja a Roma del dominio inglés, pero sólo por los excesos, sin poner en duda la situación jurídica. Y si el nacionalismo irlandés del XIX, entre sus motivos, alegaba la asfixia de la cultura y lengua autóctonas, bien podía echar la culpa a la Santa Sede.

Para colmo, en el Vaticano hay un fresco anacrónico, recordando la donación de Irlanda a Inglaterra, un mal trago para los peregrinos católicos irlandeses. El letrero explicativo no puede ser más franco:

 
Adriano IIII P. M.
a Enrique II de Inglaterra
concede el Reino de Hibernia
por un censo anual


Todo un ‘fresco’. Casement en su alegato reprochó a la Justicia inglesa haber reculado hasta la Edad Media, aplicándole una ley del siglo XIV y un procedimiento oscurantista de otros tiempos. Ya metido a medievalista, pudo añadir (aunque no lo hizo) que el origen de todos los males no fue la usurpación de Enrique VIII, sino la malhadada entrega de la isla a Inglaterra por la Iglesia Católica, antes y después de Enrique. Por un censo anual.

Casement patriota
Para los reyes ingleses, Irlanda fue tierra de conquista, aceptada por los irlandeses durante siglos para la región de Dublín, el Palo (o estacada, en latín Palus); dominio extendida por los Tudor a toda la isla, tratados los irlandeses como colonia. El régimen de Oliver Cromwell intensificó la implantación inglesa y el premio a la confesión protestante. El Parlamente Irlandés, casi todo él protestante en el siglo XVIII, era una institución en provecho de los terratenientes. Una leve insurrección en 1798 tuvo como respuesta la integración de Irlanda en el Reino Unido y el gobierno desde Londres (Acta de Unión, 1800). A partir de ahí, el objetivo del nacionalismo constitucional se redujo a recobrar el parlamento y cierta autonomía (O’Connell en los años 40; Parnell y el Home Rule de los 80). Más radicales fueron los Jóvenes Irlandeses (1848) y los Fenianos (1865). Parece que el padre de Roger simpatizó con éstos.

Otro de los enigmas del caballero Casement, de la Orden Británica de San Miguel y San Jorge, es desde cuándo su amor a Irlanda significó odio a Gran Bretaña. Como cualquier chico irlandés, Roger vibró de joven con las canciones y tradiciones de su país, y de forma más esporádica luego. Entusiasta de la lengua irlandesa, es curioso que una persona con facilidad para los idiomas jamás llegó a expresarse en gaélico, y eso que en su última etapa tomó lecciones, con muy poco provecho. También llama la atención que sólo muy tarde visitó personalmente la Irlanda profunda. Diríase que su contacto con la cultura ancestral fue libresco, a través sobre todo de las divulgaciones de su mentora Alice Stopford Green.
De un modo u otro, en vísperas de la Gran Guerra, Irlanda no escapa al belicismo generalizado. El Ulster protestante se decanta por el unionismo y en 1913 crea la Fuerza de Voluntarios del Ulster (FVU), cuerpo paramilitar de 100.000 hombres. La reacción secesionista, de predominio católico, responde el mismo año con otro cuerpo similar, los Voluntarios Irlandeses (VI).
Al estallar la guerra (agosto 1914) y suspenderse las garantías legales para Irlanda, estos últimos se dividen. La gran mayoría lucha en el ejército británico. Sólo unos 10.000, en rebeldía, sueñan con la derrota británica, con ayuda de Alemania. Casement, miembro del comité provisional, a la sazón se halla en Estados Unidos, recaudando fondos para la causa.
Para muchos nacionalistas, incluso radicales, el individuo era un misterio: ¿intrigante, aventurero, ambicioso político?... Su apuesta total por Alemania y en Alemania desengañó a los más sensatos. Lo demás ya se sabe, aunque no se entiende ni se explica.
Se dice que el irlandés es proclive a unirse al extranjero, incluso al enemigo, si es contra Inglaterra. La alianza Germano-Irlandesa soñada por el celta Casement trae a la memoria el sueño de un vasco, nuestro Sabino Arana: «Conseguir la independencia de Euzkadi bajo el protectorado de Inglaterra» [2]. ¡El protectorado de Inglaterra! «Yugo menor» para muchos pueblos, según este mismo patriota, en telegrama de felicitación a Lord Salisbury, por el aplastamiento de los Boers. De haber conocido el celta estos textos del vasco (fallecido hacía una década, 1903) tal vez le habría tomado por loco. Ni más ni menos, como se le podría tomar a él mismo.
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[2] El tema fue estudiado por L. Weckmann, Constantino el Grande y Cristóbal Colón. Estudio de la supremacía papal sobre islas (1091-1493). México, FCE, 1992.
[3]  Según hoja autógrafa, sin fecha, titulada «Mi pensamiento» y guardada por su hermano Luis. Javier Corcuera, al publicar el texto (1979), sugería «la hipótesis de un cierto desequilibrio personal de Sabino en el momento de redactarla».

viernes, 4 de marzo de 2011

Desde Bilbao, “Reinar en España”


El comentario anterior sobre censura de símbolos civiles me ha llevado como de la mano a una reflexión en paralelo, sobre la presencia pública de símbolos religiosos. Digo símbolos ‘civiles’, mejor que ‘políticos’, porque también los religiosos pueden ser políticos. La misma imbricación o mezcolanza de lo profano y lo sacro cabe en unos y en otros, como se dio en el nacional catolicismo hispano.
Si se entiende por ‘bilbainada’ –fuera de lo músico, o de una masa informe de bilbainos– cualquier empresa concebida y realizada por autoridades y fuerzas vivas de Bilbao, con peculiar desmesura y general reconocimiento auto admirativo de la gente como cosa propia, bien se puede decir que el monumento al Sagrado Corazón de Jesús de esta mi villa es una bilbainada de tamaño natural. Cierto que esa pieza se inscribe en una serie de realizaciones similares, a cual más ostentosa y triunfalista. Hay Sagrados Corazones encaramados en las más variadas perchas, donde superar el ‘más difícil’ es dificilísimo. Con todo, el caso bilbaíno no desmerece entre los mejores, por su magnitud, forma, ubicación, y por su historia rocambolesca.
Vaya por delante mi respeto a lo religioso. Si me permito alguna leve ironía o crítica, no es mi intención pasar de la epidermis, y a ser posible ni llegar a ella, quedándome en las excrecencias y perifollos, que es precisamente el universo de las bilbainadas, por lo general. Nada de arañazos ni zarpazos de segundo y tercer grado.

Sagrado Corazón
La devoción al Sagrado Corazón de Jesús partió de lo que podemos llamar ‘lógica Longinos’. Longinos es el nombre convencional tradicional del anónimo soldado que en el Gólgota alanceó el cuerpo muerto de Jesús crucificado, provocando un brote de sangre y linfa (Juan, 19: 33).
El Evangelio no dice que el líquido brotara del corazón, abierto con la llaga póstuma, ni las imágenes antiguas lo reflejan. Por ejemplo, en el claustro de Silos, Cristo invita al incrédulo Tomás a meter el dedo en la llaga levantando el brazo derecho extendido (cfr. Juan, 20: 27). (A propósito: ojalá alguien no lo entienda como saludo fascista, y el peso de la Ley de Memoria Histórica no caiga sobre esta delicia románica del siglo XI.)
Avanzada la Edad Media, empezó a tomarse a la letra el término miseri-cordia, y aquella sangre y agua tuvo que brotar precisamente del corazón, a cuyo efecto era más lógico desplazar la herida al costado izquierdo.
Con todo, y omitiendo antecedentes normales en estas cosas, el culto sistemático al Corazón de Jesús nace en la Francia de Luis XIV, hedonista y sentimental, con una serie de visiones y revelaciones del Señor a una oscura monja salesa. Es corriente en tales casos la mano del padre confesor, reduciendo a corrección teológica los posibles excesos místicos. Esta vez fue el padre jesuita Colombière, que se las vio y deseó, pidiendo ayuda a consocios más preparados.
A la sazón, la Compañía de Jesús estaba a la greña con los ‘herejes’ jansenistas, como éstos lo estaban contra el sistema teológico jesuítico. (Recordar solamente las divertidas cartas ‘Provinciales’ de Pascal satirizando la moral casuística de los padres.) Finalmente la nueva devoción se abrió camino, preconizada como antídoto contra la peste del jansenismo.
La Compañía y el Sagrado Corazón hicieron buena pareja. A los padres les vino bien apropiársela, como otras órdenes tenían el rosario, el escapulario, la porciúncula… Ellos, con su utilitarismo espiritual, sacaron partido sobre todo de la ‘Gran Promesa’ del Corazón de Jesús: la salvación eterna, sólo a cambio de comulgar bien nueve primeros viernes de mes seguidos.
¡Los Nueve Primeros Viernes! La de quebraderos de cabeza que nos daba de jóvenes la bendita ilusión. Que si tragabas pasta de dientes y no podías comulgar, que si perdías la cuenta… Y, lo que más fastidiaba, con todo en regla hasta el sexto y séptimo viernes, olvidar el octavo, ¡o el noveno!, y vuelta a empezar.
De todas formas, una devoción tan barroca a un órgano disecado virtualmente pudo haber sucumbido al cambio de gustos, de no ser por la tenacidad jesuítica y una oportuna relación con el ideario monárquico. Desposeído de su poder temporal, el Papa-Rey se miró como vicario de Cristo-Rey, icónicamente encarnado en el Sagrado Corazón. Sólo que éste no era ya la víscera aislada, sino Jesucristo de cuerpo entero, con el corazón visible en el pecho (más raramente en la mano).
Pío XI instauró la fiesta de Cristo Rey, y en un movimiento de restauración católica frente a un mundo moderno equivocado por los errores que denunció Pío IX en el Syllabus, prosperan las manifestaciones, congresos, peregrinaciones y demás expresiones multitudinarias de fervor. Se puso de moda consagrarlo todo al Corazón de Jesús, desde los hogares y familias hasta el mundo entero, pasando por reinos y ciudades. Todo ello muy ligado a partidos confesionales católicos y mayormente monárquicos.

Monumento polémico
Nuestra Piel de Toro ibérica tiene un centro geográfico convencional, identificado con un cerro en Getafe (Madrid), que los franciscanos tenían dedicado a su Virgen de los Ángeles, patrona del pueblo. Así, cuando llegó a España el turno de ser consagrada al Corazón de Jesús (1919), se eligió ese ‘Cerro de los Ángeles’ para dedicar un monumento, en la tradición de los umbilicus orbis, a modo de espiritual ‘kilómetro cero’.
Bilbao no quiso ser menos. En 1920 se perfilaba el ensanche de la Villa, cuando un desconocido devoto tuvo, literalmente, la ‘corazonada’ de ver un monumento al Sagrado Corazón. Pero no en cualquiera de las elevaciones que rodean al ‘Bocho’, sino en el corazón del propio ensanche. El hombre era socio del Apostolado de la Oración, entidad piadosa controlada por los jesuitas de la Residencia del Sagrado Corazón. Los padres acogen la propuesta. Total, que el Ayuntamiento de Bilbao, en 1922, se encontró con un plan consumado, al que dar el sí o el no.
No voy a repetir la historia de un monumento discutible y discutido desde su origen –entre otras razones, por su connotación política–, aunque sin oposición frontal al fervor popular.
El concurso internacional fue muy concurrido, quedando vencedores los proyectos de la pareja formado por el veterano escultor sevillano Coullaut Valera y el joven arquitecto Muguruza Otaño (1893-1956). Madrileño vasco de pura cepa, Muguruza con el tiempo sería el Director General de Arquitectura bajo el régimen de Franco, y primer artífice del faraónico ‘Valle de los Caídos’.
El Sagrado Corazón bilbaíno (1924-1927) siempre fue provocativo, un trágala, para mucha gente. Para los obreros de la Euskalduna, el Cristo de bronce dorado de 7 m de altura, sobre una peana y fuste que hace 40 m en total, era ‘el Listero del Dique’. La polémica se enconó seis años después, durante la República, con los recursos dialécticos de entonces. El alcalde Ercoreca sacó por margen estrecho un plan de demolición (febrero 1933), recurrido por los católicos ante la Justicia con éxito rapidísimo (mayo del mismo año). Ante la amenaza de derribo, se montaron piquetes de resistencia, y diz que ‘La Gaceta del Norte’ no vaciló en publicar algún fotomontaje, con guardias de asalto cargando sobre una multitud orante.

Todo empezó en Bilbao
Para el nacionalismo sabiniano, un monumento tan jesuítico no debía resultar molesto, salvo por un detalle: bajo los pies de la estatua, una inscripción en grandes letras también de bronce dorado decía: “REINARÉ EN ESPAÑA”. La restauración de 2004-2005 brindó ocasión al Consistorio de Azkuna para quitarla, con polémica sobre el auténtico motivo: por razones técnicas, según versión oficial; por odio a España, según los contrarios.
Un argumento esgrimido por el nacionalismo fue que esa leyenda se puso en 1940, bajo el franquismo, y no era por tanto original. Argumento débil, porque la expresión en sí, muy lejos de ser nueva, piadosamente se atribuye al mismísimo Sagrado Corazón, que la habría pronunciado ya en el siglo XVIII.
Sin entrar en debate sobre si estuvo bien o mal puesta, mal o bien quitada, hay algo que merece recordarse: La frase de marras tuvo en cierto modo su origen aquí mismo, en Bilbao. Más aún, en el mismo lugar donde vino al mundo el primer lendacari José Antonio de Aguirre, junto a la Iglesia de los Santos Juanes, que antes fue convento de los jesuitas.
Si el Sagrado Corazón era francés de origen, y borbónico en cierto modo, al implantarse esta dinastía en España el rey Felipe V la trajo consigo. En 1727 escribe al papa Benedicto XIII –no Pedro de Luna, sino el segundo papa del mismo nombre–, pidiendo para sus reinos misa y oficio de la nueva fiesta.
Por entonces también la misma devoción se nacionaliza, con las nuevas revelaciones a un joven jesuita, Bernardo de Hoyos (1711-1735), colegial de San Ambrosio de Valladolid.
La historia empezó, como digo, en Bilbao, donde el jesuita guipuzcoano Agustín de Cardaveraz era nuevo apóstol de la devoción anti jansenista. Cardaveraz era amigo de Hoyos, y recordando haber visto en aquella biblioteca vallisoletana cierto libro sobre el particular, le pide copia de algunos párrafos para sus sermones.
Hoyos, estudiante teólogo, pone mano a la obra, rebusca en los libros del padre Croisset y otros jesuitas, y he aquí que al conocer la experiencia mística de la monja Alacoque él mismo se conmociona y sufre otra similar. Desde mayo de 1733 tiene revelaciones –no se sabe hasta qué punto teledirigidas desde Bilbao–, siendo la más famosa cuando el Sagrado Corazón / Cristo Rey hace la gran promesa: “Reinaré en España, y con más predilección que en otras partes”.
Si  esta anécdota dice verdad, el Sagrado Corazón no es del todo forastero en la Villa de Don Diego, y tiene todo el derecho a hacerse aquí sus planes. Aunque reinar en España desde Bilbao se le pone difícil. Y aunque a muchos parezca todo esto una solemne bilbainada.



 

domingo, 27 de febrero de 2011

A la Historia por la desmemoria



Ayer salía en los periódicos y hoy lo repite la tele: La Cámara Vasca ha votado que la Ley está para ser cumplida… Miento, no todas. Lo acordado en  sesión memorable el 24 –aprovechando que Febrero rima con Tejero– ha sido instar el cumplimiento de una ley concreta, la de ‘Memoria histórica’ (2007); y no toda ella, sino uno de sus preceptos, quizá el más paradójico en una ley de memoria: la retirada de ciertos recuerdos.

La iniciativa partió de Aralar. Cosa rara, a primera vista, que a un partido independentista  vasco le entre celo por una ley española. Se dirá que se trata de la simbología franquista, pero no vale. El franquismo es de mal recuerdo también para gente no nacionalista. Yo diría incluso que, por más que el nacionalismo se atribuya la palma del anti franquismo, muchos no se la cedemos. Esta urgencia de Aralar se explica mejor con Sortu a la vuelta de la esquina. Hay que espabilarse, que la parroquia a repartir es la misma.
En Aralar, en el nacionalismo vasco en general, militan muchos hijos de carlistas y otras yerbas, que no tuvieron problemas bajo Franco. También legiones de nacionalistas sobrevivieron con relativo acomodo, como procuró hacerlo casi todo el mundo. Refunfuñando, eso sí, y también mordiéndose la lengua un poco, a ver quién no. Y cuando nadie lo esperaba, cuando pocos creían que eso iba a suceder, Franco se nos murió a todos en la cama. A todos, incluso a la ETA de entonces. Así, a fecha de hoy, ciertas valentonadas hacen sonreír recordando el refrán, «a moro muerto… »
Sí, muchos tenemos mal recuerdo del sistema, en especial los que lo aguantamos de principio a fin; desde que la guerra civil se anunció por signos en el cielo (antes del 18 de julio del 36, por supuesto), hasta el 20 de noviembre de 1975, cuando el Caudillo se nos apagó a todos y cada uno en nuestra cama, sin más agresores que su equipo médico y familia. Sin más tiros de sus adversarios que los tapones de champán, y eso pagándonos nosotros. Tal vez por eso, el personaje y su régimen nos repugna tanto o más que a Aralar y compañía. Pero le aborrecemos mejor, más de razón y menos de alharacas.

Un poco de Heráldica…
Como digo, hoy repetían la noticia. Y aunque el día ha estado lluvioso, antes que sea tarde, bajo a Bilbao a tomar unas malas fotos del escudo grande de la Plaza Moyúa.
¿Por qué éste, precisamente? Es uno de los mayores, si no el mayor, una bilbainada. También el más señalado en la lista negra. Pero no es por eso. Es porque tiene para mí un recuerdo muy especial.
En los años 40-42 del siglo pasado, nuestra pandilla de críos incluía a ‘los Andaluces’, Alejandro y Luisito Zobaran, destacados arietes futbolísticos. El patio del Colegio San José estaba justo enfrente de su casa, en Elcano, donde su padre tenía también el estudio de arquitecto.
A veces, los más amigos nos juntábamos allí a merendar algo y oír música de un gramófono de maletín, tumbados en la tarima. Era un local destartalado, como improvisado. De hecho habían venido de Almería, toda la familia, por el proyecto de un edificio colosal. Las trazas de la futura Delegación de Hacienda en Vizcaya se desplegaban sobre un gran tablero de dibujo, y algunas por el santo suelo.
Eran los primeros planos que veía en mi vida, y me impresionaron tanto que casi decido ser arquitecto. Hasta creo recordar que el proyecto tenía bastante más altura, figúrenselo, comiéndose literalmente una plaza que por aquel entonces quedó de las más bonitas de Europa.
No puedo recordar si el escudo en lo más alto del edificio lo dibujó el propio don Antonio, o se lo dieron dibujado. La cosa no daba para muchas alegrías. Aun así, cualquiera advierte que, tal como hoy se ve, no responde a la ortodoxia heráldica de la época. Falta la divisa «UNA GRANDE LIBRE», como también el yugo y las flechas. La primera, en letras de bronce, evidentemente ha sido arrancada; lo otro también, si es que fueron un par de apliques metálicos, eso no lo recuerdo. Tampoco se lee el «Plus Ultra», que a diferencia de lo otro, hoy sigue siendo constitucional.
La parafernalia simbólica franquista no vino de golpe. En cuanto al escudo, la prensa del 38 se prodigó en descripciones divulgativas, que pronto aprendimos, de copiarlas al dictado en la escuela. Fue mi primer baño de Heráldica, la noble ciencia del Blasón, aquel lenguaje técnico lleno de gules y sinoples, oros y platas, ondas de azur…

Pues bien, una de las cosas que más se grabaron en mi infantil memoria histórica fue el énfasis de aquellos textos en que el escudo no era nuevo, sino aproximación al primer escudo de España, el de los Reyes Católicos, con el añadido de las Columnas de Hércules y divisa de Carlos V. Eso sí, el «TANTO MONTA» se sustituyó por el «UNA, GRANDE, LIBRE», que tampoco es ninguna blasfemia.

… Y otro poco más de ignorancia
Por eso sorprende la persistencia de errores comunes acerca de tal escudo. El primero, llamarlo ‘franquista’, como si fuese un engendro del ‘Movimiento’, o Franco hubiese hecho de él un uso personalista. En este sentido, franquista fue el estandarte y guión personal del Caudillo (1940), pero no un escudo nacional historicista.
Con la misma ligereza nuestros talibanes llaman ‘águila imperial’ al Águila de San Juan, que usó Isabel la Católica en recuerdo del día en que fue Princesa de Asturias (27-12-1473). Pues nada, hombres, ‘imperial’. Sin entrar hasta qué punto un ave emblemática es asignable a una especie zoológica concreta (aquí, Aquila heliaca), lo incorrecto heráldicamente es llamarla imperial, como lo fue la bicéfala de Carlos V. En fin, puestos a ver franquismo por todas partes, el yugo y las flechas se les antoja invento de la Falange.
Esta ignorancia supina o de mala fe trae muchos inconvenientes. Un ejemplo: En Bidaurreta (Oñate, Guipúzcoa), las pobres monjas clarisas han llevado fama de españolistas y hasta franquistas –‘seculares’ (esta vez sí)–, porque desde hace 500 años, en la fachada de la Trinidad, el escudo franciscano está flanqueado por una pareja de escudos gemelos con el águila, el yugo y las flechas. Escudos que puso allí el fundador, Juan López de Lazarraga, no tanto en doble alarde de franquismo, como por su condición de Secretario de los Reyes Católicos.
De paso digo lo que siento. Sin ser ni de lejos un isabelino devoto, de esos que piden se haga santa a la Reina Católica, lo que ningún vasco enterado negará es el predicamento que doña Isabel tuvo aquí como Señora de Vizcaya, requerida en la pacificación de bandos y otros problemas graves, y gran aficionada a lo vascongado y a los vascos –los de entonces–, por su lealtad.

He mentado la palabra ‘talibanes’ y no ha sido lapsus. Pienso (si parva licet componere magnis, o salvada la proporción) en los Budas de Bamiyán (2001). Para los mulás afganos eran ídolos paganos, y para mí también. Como el escudo de Moyúa: a los de Aralar les recuerda el franquismo nefasto, a mí también.
La diferencia tiene un nombre: superstición. Para mí el escudo de Moyúa (cuando me fijo en él, o sea casi nunca) es un despertador de memoria histórica, un testimonio de algo que fue y un aviso de algo que nunca más debería ser. En cambio, para mis conciudadanos de Aralar y compañía diríase que es peor que eso, algo terrible, insufrible, como es terrible el coco nunca visto, y es insufrible el dolor nunca sentido en carne propia.
Señores políticos, no seamos supersticiosos y dejen las piedras en paz. Lo que fue y estuvo mal, ya lo hemos cambiado, felizmente. ¿Que la Ley de Memoria sirva para reparar injusticias, atropellos, olvidos? Pues venga. Pero invocarla para conjurar fantasmas es pueril, e imaginar que quitando escudos se enmienda la Historia es de chiflados.

A tiempo estamos

       De todos modos, aún me cabe la esperanza de que ese escudo descomunal de Moyúa me sobreviva. Si, como dicen, el motivo de la moción y acuerdo parlamentario es cumplir la Ley, ésta permite salvar objetos de valor arquitectónico.  
Además, está el precedente de otro escudo monumental, el de Vizcaya. Un buen día, la Diputación decidió que «menos lobos», y quitó el recuerdo de nuestros Señores los López de Haro. ¿Simpleza? Dejémoslo así. Sin embargo, en el Palacio Foral de la Gran Vía el gran escudo esmaltado ahí sigue, a vista de todos. Sus lobos, que se sepa, no han mordido a nadie.
Quisiera terminar con una nota amena; otro recuerdo también humano y no tan lejano en el tiempo. Pues verán, una vez Hacienda, a un buen amigo mío y a sus vecinos de la Villa, les embargó el piso.
Fue (como ocurre siempre con Hacienda) de la manera más tonta. La alcaldesa Pilar Careaga, en uno de sus berrinches con la Virgen de Begoña, le quitó a la Virgen la calle, que por algún tiempo pasó a llamarse Mari Aguirre. Aquel baile de nombres, amén de ofender al cielo, lió al vecindario con Correos y con el fisco, hasta hacerles en Boletín Oficial dicha publicidad gratuita. Finalmente, restaurado el callejero y aplacada la ‘Amachu’, los cuitados, no sin algún quebranto económico (como ocurre siempre con Hacienda), firmaron finiquito en Moyúa, bajo la égida de cierto escudo...
De mi voto, siga como está.