No; no es juego de palabras, no voy a incidir en salacidad impropia de mis canas. Alguna vez se ha bromeado sobre ‘cópulas etarras’, dado que la banda recluta a criaturas de ambos sexos (y aunque fuesen del mismo), con sus instintos y lo que pueda quedarles de afecto humano.
Pues no, no voy por ahí. Me refiero exclusivamente a la cópula gramatical o conjunción copulativa vasca, representada por la T en el acrónimo de ETA: Euskadi Ta Askatasuna (‘Euskadi Y Libertad’).
Uno de los fenómenos más notables en la neo parla batúa es la impresión que causa al foráneo, como que el vasco parlante en cuanto abre la boca se pone a hablar de ETA y no para.
– Oigo hablar en vuestra lengua propia, y no falla: todo el tiempo, ETA por aquí, ETA por allá, y a veces a pares: ‘ETA… ETA…’ ¿Es que los vascos no tenéis otro tema de conversación?
Explicamos al foráneo que, en efecto, a veces toca hablar de la ETA; pero mucho más a menudo la gente ni piensa en ella. Que eso que tanto le llama la atención, aunque suene igual, no tiene nada que ver. Es la conjunción copulativa eta (equivalente a y), tan necesaria y frecuente en vascuence como en cualquiera otra lengua, sea propia o mostrenca.
Ante esta explicación, el asombro del foráneo lejos de amainar crece hasta proporciones de pasmo:
– ¿Cómo es, entonces, que la sigla de ETA es ETA, y no EEA (Euskadi Eta Askatasuna)?
Hay que seguir explicándole que eso es porque ETA se crea en 1969, cuando la conjunción era todavía ta. Precisamente por entonces los académicos andaban ocupados en cómo iba a quedar el nuevo diccionario, y por lo visto no habían llegado a la letra T. Allí estaba esperándoles la dichosa cópula. Mejor dicho, las diversas formas de cópula.
Porque, en efecto, sin ser el eusquera dialectal un kamasutra copulativo, el hecho es que el instrumento u órgano de acoplamiento entre palabras adopta –adoptaba– varias formas y tamaños: ta, da, eta y alguna otra. Las más usadas eran ta y eta. Para una autoridad como Azkue, la forma primitiva es ta, y eta sería “variante eufónica, detrás de oclusiva”.
Así es –era– en los dialectos occidentales, vizcaíno y guipuzcoano. Sin embargo, los vascos franceses la prefieren larga, eta, y es lo que prevalece en el habla pirenaica. Se da la circunstancia de que la imprenta vasca se estrenó allí, en el Pays Basque, quedando fijada así una forma de cópula ‘a la francesa’. Una forma que no era la más natural, en la idea de Azkue, quien después de todo no dejaba de ser un presbítero, y habría oído aquello de “la forma del misionero”, para describir otro género de cópula sencilla, sin complicaciones.
Paso por alto la especulación etimológica. A los filólogos sagaces la t de (e)ta no se les ha pasado desapercibida en relación con el griego τέ, ὄτα etc., o con el latín et, etiam etc.; pura especulación, como digo. Lo que hay de cierto es que los académicos de Euskaltzaindia se enfrentaron a las formas dialectales disponibles, y se quedaron con eta.
Sería de malpensados maliciar que en dicha opción pesó algo más que el criterio filológico; que, por ejemplo, a los académicos llegaron cartas de extorsión con determinado remite, sugiriéndoles una cópula determinada; o menos aún, que entre ellos o sus asesores hubo nadie que se acordó para nada de que ETA existía. Ellos a lo suyo, en materia de cópulas decidieron que mejor la larga. Eso sí, a hurtadillas autorizaron las variantes de siempre, abreviadas –hablar de formas precox o interrupta parece menos propio–; el monosílabo ta, e incluso da, en determinadas posiciones (a saber, después de ‘lanzarse’, que curiosamente es la palabra mnemotécnica para recordar las consonantes en cuestión).
¿Fue acertada la opción de la Real Academia Vasca? Yo diría que no fue prudente. Desde entonces, el habla de los vascos se colmó de ETAS. O lo que es lo mismo, la relación entre el euskera y esa palabreja es muy, pero que muy anterior a la última y denostada declaración del lendacari López, afirmando que sin ETA el vascuence saldría ganando.
Y vaya que sí. Porque para los etarras fue como tocarles la lotería, una propaganda gratuita a todas horas.
Y eso no es todo. Desde que nació ETA, el número de euscaldumberris no ha cesado de aumentar, por las razones que todos sabemos. Esta buena gente tal vez no domina su nueva lengua propia todo lo que fuera menester, de modo que a cada paso se atascan en vocablos de parada o apoyatura: bueno, vale, esto, mmm…, pero sobre todo, eta. Lo sufrimos a cada paso en ETB; los hablantes premiosos, que en llegando a la cópula vacilan, quedones, alargando el trance de forma exagerada, con puntos suspensivos y hasta con repetición y jadeo: ETA… ETA… ETA… Una obscenidad.
“¿De la Francia, qué te esperabas, pues?” Ya la Grammaire basque de Pierre Lafitte (pág. 395) daba cuenta del mismo fenómeno copulativo ‘a la francesa’, y le cita el gran Orotariko Euskal Hiztegia (Diccionario General Vasco), en su artículo sobre la conjunción de marras, tomo 7 (Ere-Fa), pág. 552, n. 8; veamos:
8. "Eta a souvent en basque un sens suspensif, il marque l'hésitation, le mot qui ne vient pas, la construction embarrassée, l'ellipse qui précède ou qui suit: a) Hésitation: Errozu eta... ez girela eta... nehundik jiten ahal, dites-lui, heu!.. que nous ne sommes pas... heu! en état de nous y rendre"; etc
Sea como fuere, tenemos un problema. Ahora, cuando hay más euscaldunes vivos que los que hubo jamás desde el paleolítico hasta la prohibición del vascuence por ‘decretazo’ del Generalísimo Franco, suenen voces de alarma, porque ese gentío nuevo que sabe eusquera no lo usa en la vida diaria. Se barajan diversas razones, y yo me pregunto si no habría que añadir esta otra: que a muchos tanta ETA-ETA-ETA se les atraganta.
Para terminar; con la venia de Euskaltzaindia, he aquí mi modest proposal copulativo: comernos cruda la E de ETA y volver al TA de toda la vida. Más aún, prescindir por completo de ETA, incluso en las posiciones en que antes se usaba, como por ejemplo (y mira tú por dónde), “después de explosiva”. ¿Con que explosiva? Pues razón de más, aunque hablemos de letras, que el diablo las carga.
(Por lo demás, aquel Diocleciano del vascuence que fue el Caudillo era un poco despistado. Recuerdo que, allá por lo años 60 del siglo pasado, el servicio público de autobuses Madrid –El Pardo lo cubría la ETA, ‘Empresa de Transportes Automovilísticos’, con terminal en Moncloa.)
Recordemos el caso del alfabeto cirílico, cuando la letra ѣ (yat) fue barrida por la Revolución de Octubre. Aquel signo redundante sólo servía para llenar de cruces las páginas de los libros, que parecían devocionarios, y su desaparición supuso un ahorro apreciable de papel. La reforma que aquí propongo ahorrará papel (no tanto), ahorrará sonsonete (de eso mucho), y por supuesto, ahorrará preguntas como las de los foráneos visitantes, por qué los vascos hablamos tanto de ETA.





