lunes, 10 de enero de 2011

«Mujer, ¿por qué lloras?»


–Mujer, ¿por qué lloras?
–Porque han quitado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.
Al decirlo, se vuelve ella a su espalda y ve a Jesús de pie, sin caer en cuenta que era Jesús.
Jesús le dice:
–Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?    (Juan 20: 13-15)

                                                                     
Nosotros aquí de cháchara sobre los Reyes Magos, mientras la Ciencia –Science, en inglés– daba otro paso de gigante, a los que nos tiene acostumbrados últimamente. Una zancada decisiva hacia la comprensión del secreto mejor guardado de la condición femenina.
El 6 de enero esa revista en su versión digital publicaba el trabajo de un equipo israelita, liderado por Noam Sobel, revelando que las lágrimas de mujer tiene poder refrigerante sobre el instinto sexual del varón, y aunque inodoras, podrían contener algún componente químico ignoto con función de feromona [1].

The First Con
La ocurrencia, o dicho en jerga científica, la hipótesis que dio pie al experimento, surgió a partir de los ratones, donde las lágrimas sirven de señal química entre individuos. Que las lágrimas humanas también son señales indicadoras, es cosa harto sabida sin experimentos de laboratorio. Ya en los principios del ferrocarril se dejó oír en distintas variantes este diálogo, hasta entonces inédito:

–Mujer, ¿por qué llora?
–Se me ha metido una carbonilla en el ojo, caballero.
–¿Me permite?...
–Si es usted tan amable…

Pero eran señales ópticas, o también acústicas, si la mujer se jaleaba con sollozos. Lo que nadie imaginó hasta ahora es que las lágrimas femeninas también ‘huelen’; y no deja de ser curioso, pues al mismo tiempo resulta que son inodoras.
Ante todo, ¿se trata de un trabajo serio? Depende. Los autores y la revista no van de broma, no es ninguna inocentada. El Dr. Sobel lleva un grupo de investigación en olfato, dentro del departamento de Neurobiología del Instituto Weizmann, y en este campo han desarrollado una silla de ruedas eléctrica que se gobierna ‘esnifando’ (en realidad, por la presión nasal). Una relación –se argüirá– algo remota con el bulbo olfatorio, centro de interés del grupo investigador, pero interesante y patentable.
Tampoco el experimento de las lágrimas afectaría al olfato propiamente dicho. Pero, como todo lo que se relaciona con el sexo, aquí hay gancho para el público y para la siempre reñida pesca de fondos. Buscamos en la red «lágrimas de mujer», «women’s tears» y cosas así, y he aquí que un tema tan de interés universal lo acapara Sobel.
Todo lo cuál no quiere decir que Sobel descuide sus deberes. Aquí por ejemplo, le vemos firmando un sesudo trabajo sobre electroolfatogramas (EOG), técnica de medir potenciales eléctricos semejante a la popular electroencefalografía (EEG), sólo que aplicada a las células sensoriales del epitelio olfatorio –la doble área en las fosas nasales superiores, unos 5 cm2 en total, por donde olemos–, estimulado por sustancias olorosas de verdad.

Japan strikes back
¿De qué va el hallazgo? Antes de contar el experimento, veamos su porqué.
En julio de 2010 un equipo japonés dio a conocer en Nature que la secreción lagrimal del ratón macho contiene una sustancia que estimula a la hembra (a través de una estructura cuasi olfatoria, llamada órgano de Jacobson) y la hace receptiva [2]. Manos a la obra, Sobel y colaboradores quieren saber si en humanos funciona algo parecido. Para fines de septiembre ya estaba la respuesta en poder de Science, que nos la ha traído como regalo de Reyes, el 6 de enero.
En principio, lo lógico sería remedar el experimento japonés. Es lo que haría cualquier atolondrado. El problema es que los humanos hemos perdido ese precioso órgano detector de moléculas, tan eficaz en roedores y carnívoros, reducido en nuestra especie a un vestigio evolutivo; y aun el olfato propiamente dicho lo tenemos bastante atrofiado, en beneficio de la vista sobre todo. No obstante, seguimos dependiendo del olfato también para detectar señales intersexuales emitidas con las secreciones: sudor, mocos, saliva tal vez, ¿por qué no lágrimas?
Otro problema está en las propias lágrimas humanas. Como secreción anti irritante valen lo mismo en ambos sexos, y prescindiendo del llanto común de los niños, en la edad adulta el sexo llorón por excelencia es el femenino. ‘Lágrimas de mujer’ es una expresión consagrada, que hace más prometedora en ellas la búsqueda de cualquier molécula ignota, en relación con el sexo.

The Set-up
Dicho y hecho. Como donantes de lágrima emocional se escogieron 6 mujeres de unos 30 años, de llanto fácil, capaces de llorar de encargo; las cuales provistas de sendas ampollas lacrimatorias (como la que usaba Nerón/Ustinov en Quo vadis?) visualizaron escenas fílmicas lacrimógenas y recogieron el llanto vertido, 1 ml por sesión.
Como control sucedáneo de las lágrimas se usó disolución acuosa salina (‘suero fisiológico’), y tras hacerle recorrer el mismo trayecto que las lágrimas por las mejillas femeninas (para captar la misma impronta de secreción cutánea, suciedad o cosméticos) se recogió en ampollas iguales.
Como excitante para comprobar efectos se prepararon imágenes de rostros femeninos manipuladas, combinando rasgos alegres y tristes para inducir ambigüedad emocional, de modo que el posible efecto no fuese atribuible a su atractivo o repulsión.
Como pacientes voluntarios actuaron 24 varones heterosexuales, entre 23 y 32 años. Durante el experimento, y como parte del mismo, cada uno llevó pegado debajo de la nariz, a modo de mostacho, un cuadrado de algodón empapado previamente en lágrimas no emocionales (lágrimas neutras).
1. Abierto un lacrimatorio fresco de 2 horas como mucho, o bien un control, cada paciente practicaba 10 inhalaciones nasales profundas.
2. Tras la inhalación, se le mostraban las imágenes faciales, pidiéndoles su apreciación sobre la emotividad y atractivo sexual de los mismos.
3. Antes de la inhalación y después de ella, durante la incitación visual (fase 2), se les tomaron a los pacientes medidas de los ritmos cardíaco y respiratorio, temperatura cutánea y nivel de testosterona.
4. También se les exploró la actividad diferencial del cerebro mediante resonancia magnética, empleando como estímulos visuales imágenes femeninas moderadamente eróticas.
Resultados y conclusión:
1. Ningún varón detecto diferencia alguna en el olor de las lágrimas y el agua salina.
2. Las lágrimas no influyeron en la apreciación de la tristeza de los rostros ni provocaron tristeza empática.
3. Tras inhalación nasal y olfacción de las lágrimas, los rostros parecieron sexualmente menos atractivos. Al mismo tiempo, descendieron los parámetros citados (pulso, respiración, temperatura, testosterona), señal de depresión sexual.
4. También la resonancia magnética reveló diferencias de comportamiento en las áreas cerebrales que de ordinario responden a la excitación sexual –concretamente el hipotálamo, amígdala y giro fusiforme del lóbulo temporal posterior. El olor de las lágrimas indujo depresión en la actividad de las mismas.
5. En suma, la respuesta a la inhalación olfatoria de lágrimas emocionales femeninas sugiere la presencia de algún factor químico inodoro que actuaría como feromona depresora del impulso sexual masculino.

The Round-up
¿Qué pensar? Por de pronto, se trata de un ensayo preliminar, que ha provocado el natural interés y la no menos natural rechifla de rigor en esta materia.
La comunicación intersexual tiene un código muy complejo y no bien conocido de señales codificadas visuales, acústicas y por supuesto, químicas. Un sistema originado y construido en la evolución, pero también modificado por la cultura, incluso en sus elementos más primarios, como es la interpretación del lenguaje molecular o químico.
Nuestros quimiorreceptores externos están representados mayormente por el gusto y el olfato, al que se asocia el referido órgano de Jacobson, muy desarrollado en mamíferos roedores y carnívoros, que también son grandes oledores, a diferencia de los primates, cortos de olfato y con el Jacobson perdido.
Tanto este órgano –en las especies donde funciona– como el olfato propiamente dicho van unidos al bulbo olfatorio, conectado a centros cerebrales donde se elaboran patrones de conducta instintiva.
Las lágrimas, que seguramente empezaron su historial como lubricantes de los limpiaparabrisas que son los párpados, incluyeron también sustancias antisépticas, como la lisozima, y también feromonas, como en el ratón macho. Pero los humanos tenemos en exclusiva el fenómeno del llanto, como también la risa, expresivos de emociones. Darwin les dedicó un estudio tan admirable como inconcluyente respecto a su origen y desarrollo.
La risa y el llanto tienen mucho de cultural –el llanto sobre todo–. La mujer como norma llora más que el varón («cuatro veces más», leo por ahí, no sé con qué fundamento), y lo hace más fácilmente, incluso de encargo (como las plañideras). Pero en otras épocas también los hombres lloraban mucho, sobre todo en público. El lloro de etiqueta –en latín luctus, de ahí ‘luto’– es mayormente cultural y aprendido, lo que no excluye su emotividad. Por otra parte, el llanto femenino lleva fama de ser (¿hasta cuatro veces, o más?) insincero.
En suma, sorprende que algo tan primitivo como una feromona lagrimal inodora siga funcionando precisamente en el llanto humano. Un supuesto de poco efecto en cualquier caso, pues en este dominio somos lo bastante perspicaces como para conocer los afrodisíacos habidos y por haber, reales e imaginarios, como también los depresores sexuales de alguna importancia, sin haber tenido que esperar al experimento de Sobel. Los clásicos, Eurípides, Ovidio…, no tuvieron ni idea de semejante efecto.
Y aquí termino por donde empecé. Nuestra cultura bíblica tiene mucho que ver con el llanto, pero bien poco o nada con la hipótesis de Sobel. Llanto de mujeres, varones y niños. Llanto de pena, o bien de alegría. De los pobres bienaventurados que lloran, y de los ricos condenados al infierno, que también lloran lo suyo. Lágrimas de la Virgen Dolorosa, Lágrimas de san Pedro
«Llorar como una Magdalena». La tradición identificó en una misma María a la hermana de Marta y Lázaro y a la anónima pecadora de Magdala arrepentida. Me parece ridículo imaginar que su llanto perpetuo tuvo por objeto el ‘efecto Sobel’, cuando por otra parte la tradición gnóstica heterodoxa implicaría lo contrario, por lo que respecta a sus sentimientos hacia Jesús.
La muestra de Sobel parece insuficiente, a tenor de trabajos como el de Toledano & Pfaus (2006)-  Otros van más lejos y protestan el dinero tirado. Como experimento, parece relativamente barato (por ahora), y más reprochable que hacerlo es concederle relevancia científica, pues en realidad no se ha descubierto nada.
¿O sí? Sobel relaciona su resultado con el hecho de que las mujeres lloran más durante el período. Con igual humor yo le diría que su ‘golpe’ explica también la costumbre de que las nuevas viudas se encierren en casa, en vez de ir al entierro del difunto marido. Para no espantar a eventuales pretendientes.  
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1) S. Gelstein & al.: 'Human tears contain a chemosignal'. Science DOI: 10.1126/science.1198331
2) Sachiko Haga & al.: Nature, 466 (julio 2010): 118-122.

jueves, 6 de enero de 2011

Siempre los Reyes Magos



Hace mucho que no les escribo, pero escribo de ellos. El año pasado por estas fechas les dediqué dos entradas: ‘Rey de los Judíos’ y Peregrinando a los Tres Reyes de Colonia. En la segunda me despedí «hasta la próxima». Hoy cumplo, sin repetirme, y no digo que no volveré. Una buena historia de magos ha de ser mágica ella misma, y un atributo de lo mágico es la cornucopia, el aumento indefinido, como en el cuento de Las habichuelas, o éste de los Reyes Magos. Uno de los mitos más fértiles de la cultura cristiana, y de los más intrigantes también.
Aquí conviene distinguir dos cosas: el Evangelio de Mateo, cap. 2, por un lado; y por el otro, todo lo demás. Vamos por partes.

1. El relato de Mateo…

En ‘Rey de los Judíos’ ya comenté la naturaleza del relato, a modo de cuento popular infantil con su ilusión, su desparpajo y trámite expeditivo, también su truculencia. Allí señalé la coincidencia del título regio que aplican a Cristo los Magos y la tabla del INRI.
Lo que no dije es que, precisamente por esto, el capítulo 2 de Mateo es desconcertante. Leamos el capítulo 2 de Lucas y comparemos. Éste es un relato sereno. Creíble o no, pero diáfano y desde luego incompatible con esa historia extraña y trágica que se trae Mateo.
Algo no encaja aquí. Metiendo al Niño en política ya desde el principio, Mateo contradice al Jesús adulto («mi reino no es de este mundo»), y da pie a sus enemigos, que le acusaron de agitador y falso Mesías:

–¿Jesús de Nazaret? ¡No me diga usted nada, menudo intrigante! El ‘Rey de los Judíos’. Uno que, ya de crío, tuvo que exiliarse como refugiado político, librándose de un baño de sangre inocente que él mismo provocó…

Una historia que, además, obliga a adelantar la fecha del nacimiento de Jesús hasta casi el año –8 antes de la Era cristiana. Tampoco sería mucho problema, cuando ni sabemos qué edad alcanzó Jesús.  ¿La treintena, la cuarentena? «Aún no tienes cincuenta años, ¿y conociste a Abraham?» (Juan 8: 57).
Lo más sencillo es ‘dejarse de historias’ –aquí, de Historia (con mayúscula)– y tomar el relato en su primera intención: contar un cuento imaginado sobre varias ‘profecías’ antiguas. Empezando por la ‘Estrella de Jacob y Vara de Israel’, que dijo Balaán (Números, 24: 17). ‘Estrella-Vara’, es decir, un cometa de aquellos que anunciaban a los grandes caudillos y héroes. ¿Y quién más entendido en esas cosas que los astrólogos caldeos y los magos persas? «Unos magos de Oriente…»
El desenlace de Mateo tampoco cuadra. Herodes, con toda su crueldad, no tuvo tiempo para ejecutar una matanza pueril en todos los sentidos. Además, Lucas lo dice bien claro: Jesús nació en Belén de casualidad, en un viaje burocrático de sus padres; pero nunca vivieron allí, sino en Nazaret.

2. … y todo lo demás

Si los buenos Magos, buscando al Rey de los Judíos, se liaron en un enredo político con Herodes, once siglos después de muertos acabarán metidos en política en cuerpo y alma. Esto es lo que ocurre en el siglo XII, cuando sus restos, perdidos en una iglesia de Milán desde no se sabe cuándo, reaparecen de la forma más extraña, y también más oportuna a ciertos intereses.
En 1158 el emperador germánico Federico I Barbarroja, en guerra con el papa Alejandro III, sitia la capital lombarda. No va a serle fácil tomarla. Pero mira por dónde, se rumorea que en la cripta de San Eustorgio se han hallado los cuerpos incorruptos de Melchor, Baltasar y Gaspar, los Tres Reyes Magos.

En esta operación está el Canciller del Reich Reinaldo de Dassel, que por sus buenos servicios en Italia recibe de Federico la mitra de Colonia (1159). Ganada por fin la plaza (1162), el nuevo príncipe-arzobispo discurre que aquel hallazgo le vendría bien en su sede, como nueva capital espiritual del Sacro Imperio, mejor que Aquisgrán.
¡Sacro Imperio! La rutina del uso no debe hacernos olvidar que esa fórmula –Sacrum Imperium– la creó precisamente Dassel, prodigándola en los diplomas de su cancillería, «con idea de fundar una santidad autógena del Imperio emulando la del Papado» (1).
Así fue como en 1164 los Tres Reyes viajan con todos los honores a su meta definitiva. Primeros peregrinos de la Cristiandad, por ellos Colonia fue la cuarta peregrinación más importante, después de Jerusalén, Roma y Compostela.
Por una mirilla del Arca maravillosa –una joya de la orfebrería medieval–, los devotos veían lo que había que ver: tres cuerpos «íntegros, incorruptos, embalsamados»; o bien, «enteros por fuera, en cuanto a la piel y cabello»; o tal vez ni eso, sólo las osamentas. Eso sí, aun enfriada la fe con el paso del tiempo, nadie ponía en duda que la testa de Melchor tiene un mechón de cabello pegado al hueso pelado, justo donde el Niño Jesús le puso su manita.

De esto ya dije algo en Los Tres Reyes de Colonia. Pero el ‘todo lo demás’ incluye las excrecencias legendarias y folclóricas. El Evangelio de Mateo sabe a poco, los Magos necesitan número y nombres, linajes, patrias.
En 1364 se cumplía el II Centenario del traslado de los Reyes a Colonia. El mismo año un canónigo coloniense, don Florencio de Wevelinghoven, era promovido a la mitra de Münster. Un publicista avispado vio la ocasión de sacar partido dedicándole en latín una Historia de los Tres Reyes. Este sujeto era el prior de los carmelitas de Hildesheim, y el éxito respondió a su esperanza. Todavía hoy, su libro es la obra de referencia (no la única, pero sí la más completa) para la leyenda medieval de los Magos, traducida con libertad a los principales idiomas.
Para componerla, fray Juan de Hildesheim compiló diversas fuentes e interpoló notas a su aire. No tuvo que forzar mucho el magín. Le bastaba con ser fiel al espíritu de su orden, tan adicta como la que más a la fábula. La Orden del Carmelo aparece a mediados del siglo XII, pero todavía en el XVII y después sostenían que sus fundadores fueron Elías y Eliseo, profetas del Antiguo Testamento. Preconizaban un escapulario que, fallecido el portador, le sacaba del purgatorio el sábado siguiente, y afirmaban sin pruebas que morir dentro de la orden libraba del infierno. 

3. La ‘Historia de los Tres Reyes’

Hoy es posible informarse sobre cualquier materia, y aun pasar por experto, a brincos por la Red Mundial. Así podemos disfrutar de esta obra en excelente edición crítica, lo mismo que de otros textos y estudios (2).
Es una novela de enredo, donde la leyenda de los protagonistas se complica con la de Santo Tomás apóstol de las Indias, y finalmente con la del misterioso Preste Juan.
El libro, naturalmente, da nombres de tierras y lugares. El eje geográfico es el Monte Vaus –Mons Victorialis, o de las Victorias–, observatorio astronómico de los magos. Pero no busquemos esa montaña en ‘Google Earth’, porque todo es una geografía de ensueño, al garete los puntos cardinales, con situaciones y distancias tan precisas como imposibles (3).
Tampoco el relato es coherente. Primero parece que los tres personajes eran socios en la empresa estelar, pero luego llegan a Jerusalén cada uno por su lado, intercambiando sus tarjetas de visita. Como si no se conociesen de nada.
La historia arranca de la profecía de Balaán sobre la «Estrella de Jacob». En el monte Vaus, el más alto de la India, un equipo de 12 astrólogos a las órdenes de los Tres Reyes Magos observa día y noche, hasta que la descubren. O más bien la Estrella se les descubre, se deja ver. Tiene cara de niño, y por si acaso, hasta es parlante: «Hoy ha nacido el Rey de los Judíos». Era la Nochebuena del año 42 de Augusto.
Los Tres Reyes se reparten las Tres Indias. La India Primera es de Melchor, rey de Nubia y Arabia con el Sinaí. Melchor presentará al Niño el oro: una manzana que fue de Alejandro Magno. También entregará 30 dineros. La Virgen los perderá en el desierto, en la huida a Egipto, y de mano en mano llegarán a las de Judas, cuando venda a su Maestro.
La India Segunda es de Baltasar, incluida Sabá, rica en incienso. En la India Tercera se halla Tarsis, reino de Gaspar, el rey-médico de la mirra, un etíope negro.
De los tres, Melchor era el más bajo, Baltasar el mediano. Pero no eran altos, al contrario, ellos y sus ejércitos llaman la atención por su breve estatura, pues ya se sabe, cuanto más al Oriente, la gente es más bajita, las hierbas más aromáticas, las serpientes más venenosas... Allí todo es diferente. El sol amanece con ruido ensordecedor; y en efecto, la gente es sorda, pero muy inteligentes, hablan por señas y son astutos mercaderes…
En 13 días, sin comer ni beber, ellos y sus ejércitos acampan ante Jerusalén, en una intensa niebla que oculta la estrella. Aunque hablan lenguas distintas, los tres magos se entienden.
De camino a Belén, se cruzan con los pastores: éstos son las primicias del judaísmo, ellos la primicia de la gentilidad.
Muy curioso el retrato de Jesús y María. El Niño Jesús era gordezuelo («aliquantulum pinguis»), en su pesebre con heno, envuelto hasta los bracitos en pobres pañales. La Virgen, metida en carnes y morenita («Maria erat in persona carnosa et aliquantulum fusca»), con la izquierda se recoge el manto azul, la cabeza envuelta en lino, menos el rostro.
–Si elige el oro, es que es rey; si el incienso, es un ser divino; si elige la mirra, es médico.
El Niño se quedó con todo: Dios, Rey, Médico del Mundo. A cambio, los visitantes reciben un cofrecito cerrado.
El viaje de vuelta por otra ruta es más animado, perseguidos por Herodes, que les echa una flota de Tarsis a pique. Con un ángel como guía, en un par de años estarán de vuelta en sus reinos (4).
La apertura del cofrecito les decepciona: sólo había una piedra sin valor. No entienden lo que significa y con desprecio la tiran a un pozo. ¡Torpes, con lo fácil que era! Un fuego divino les hace saber que la piedra simboliza la solidez de la Iglesia.
En el monte Vaus construyen ellos una, adornándola con su escudo de armas: la Virgen con el Niño y la Estrella. En la cima de Vaus, el solar de Melchor, se reúnen cada año por Navidades los Tres Reyes.
En una de éstas, pasa por allí el apóstol Tomás y reconoce el emblema del escudo. Se presenta, les predica la historia de Jesús, les bautiza y les ordena arzobispos de sus respectivos reinos. Al morir el apóstol, ellos aseguran la sucesión de la Iglesia en la India, ordenando al Preste Juan.
Pasan los años, y en una de las juntas se muere el más viejo, Melchor, en la octava de Navidad. A los cinco días, en Epifanía, le toca el turno a Baltasar. El último fallece Gaspar. A su entierro preocupa que falte sitio, pero ¡milagro!, los otros dos cadáveres se apartan para hacerle un hueco en medio.

¿Y qué se hizo del Preste Juan? El ‘Preste Juan’ –título hereditario del supuesto rey-obispo sucesor de los Magos en la Edad Media– reina no se sabe dónde. Un embajador suyo visita al emperador bizantino Manuel Comnenos (1165) con cartas en hebreo. Traducidas al latín, interesan también a Barbarroja y al papa Alejandro. Éste envía expediciones a buscar la corte misteriosa, desde la India a Etiopía; pero el Preste no vuelve a dar señales de vida.

Juan de Hildesheim relaciona el linaje de los Vaus (de Vaux, de Vauls, de Vallibus) con los caballeros Templarios, que en San Juan de Acre guardaban una corona y otros recuerdos de los Reyes Magos. ¡Los Templarios! ¡Zoroastro, la Gnosis, Tomás! ¿Qué más hace falta para que los sucesores del Doctor Jiménez del Oso tejan otra de sus historias de nunca acabar? Yo en cambio puedo prometer y prometo que aquí pongo fin a la mía. Por este año.
 ______________________
       1) H. Kluger; cit. por H. Seibert, ADB & NDB, 21: 120.
       2) C. Horstmann, The Three Kings of Cologne. London, 1886. Edición crítica de una versión en inglés antiguo, junto con el texto original latino.
       3) Uno de los candidatos a Monte Vaus es el Sabalán o Savalán (4.811 m), volcán apagado en el Azerbayán Iraní, cerca de Ardabil. Su cráter lacustre viene bien para el baño ritual de los Reyes al emprender viaje (aunque nuestro autor habla de una fuente en una cueva). La montaña tiene también relación con leyendas del Zoroastrismo. Por lo demás, toda identificación es superflua para el caso.
       4) Otras versiones son en esto más lógicas: dos años para la idea, y para el retorno lo que haga falta. Así la siaríaca Revelación de los Magos; C. Landau, The Sages and the Star-Child. 'Revelation of the Magi'. Harvard, 2008 (Tesis doctoral).


martes, 4 de enero de 2011

Ea, judíos, a enfardelar...


Este Año Nuevo me ha tocado recibirlo en Segovia. Segovia es una caja pequeña con muchas sorpresas dentro. Demasiadas para una sola vez. Por eso vuelve uno siempre con interés, que la ciudad no defrauda.
Cenamos en un salón, bajo un artesonado mudéjar que nos deja estupefactos. ¿Auténtico? Aunque parezca imposible, va a ser que sí. Una labor del siglo XV conservada de milagro, descubierta con el cambio de siglo y muy bien restaurada. Aquí y allá se repite como motivo el emblema de Enrique IV: en campo de gules, un castillo de oro y encima una estrella verde. Verde  que debió ser y fue plata, porque esmalte sobre esmalte va contra las leyes del blasón.
Esta maravilla apareció, entre otras, al habilitar La Casa Mudéjar, una hospedería con su restaurante, El Fogón Sefardí. Tiene su miga que el conjunto da a dos calles, por el sur la Judería Vieja, por el norte Isabel la Católica. En pareja armonía, el menú supuestamente judaico se abre con un montante de porcino; que para más enredo se titula Alminar de Jamón Ibérico sobre Pasta Brick. No critico. Por ese lado culinario, como por el estético en general, no es objetable la alianza de culturas, y aun de civilizaciones. Si no, habría que condenar todo lo llamado ‘mudéjar’; y por supuesto, el cocido.

[Mudéjar: misteriosa palabra-comodín. ¿O es mudejar? Al principio sólo se dijo en plural, ‘los mudexares’, nombre sustantivo. ¿Su origen? «Verás a Garibay Çamalloa, lib. 18, cap. 28 del ‘Compendio Historial’, en la vida del rey don Fernando el Católico», remite Covarrubias (1611). ¡O sea, que fue mi bien amado mondragonés el primero que la dio a la estampa (1571)! Este don Esteban, tampoco dejará nunca de sorprenderme *.]

Pero, como iba diciendo, los ojos se me van del plato a la techumbre. ¿Qué hace este derroche de hojarasca pintada sobre almagre en una planta baja, donde lo normal sería una cuadra o un almacén? ¿Y la heráldica regia? Tuvo que ser un local de postín, no cabe duda. Otra cosa es la explicación que da la casa:
–Estamos en las oficinas y domicilio de Rabí Meír Melamed, contador de don Enrique, yerno y socio de Rabí Abraham Seneor, el jefe de las finanzas del Trastámara.
No está mal discurrido, aunque sin apoyo documental.
En efecto, don Abraham, un auténtico patriarca hebreo, tuvo su gran casa justo enfrente, en Judería Vieja esquina a Puerta del Sol. Un casón de magnate, con gran patio y hasta oratorio privado, pues fue varón devotísimo.
La muerte inesperada de don Enrique (diciembre 1474) no supuso la desgracia para estos judíos; al contrario, ellos ven tranquilamente cómo a una cuadra de sus casas, en la parroquia de San Miguel, la hermanastra del rey doña Isabel se autoproclama Reina de Castilla. Eso supone gastos, dinero prestado, judíos al quite. También cuando los nuevos Reyes Católicos decretan un impuesto extraordinario sobre las aljamas para la guerra de Granada (1491), ambos socios juntan caudales para avalar una operación odiosa, que agrió las relaciones entre clanes hebreos, a cuenta siempre del reparto.

Fue el preludio del desastre. El primero de mayo del año siguiente se promulgó el decreto de expulsión, ya firmado el 31 de marzo. La tradición judía dice que, en esos dos meses, rabí Seneor junto con rabí Isaac Abravanel intentaron lograr la derogación ofreciendo a los reyes dinero. Lo cierto es que Seneor se hizo cristiano con otros de su familia. El bautizo fue en Guadalupe, apadrinando los reyes. Por eso suegro y yerno pasaron a llamarse Fernando, y el rey les concede usar un apellido noble vacante, Coronel. Rabí Abraham fue en lo sucesivo don Fernando Pérez Coronel, y rabí Meír Melamed don Fernando Núñez Coronel. En especial el ex rabí y ex Melamed, expulsados los judíos, protagonizó muchos pleitos sobre débitos y reclamaciones, en favor de la Corona.
¿Eran sinceras las conversiones? Para el cristiano viejo, como si no lo fuesen. Tampoco todos los cristianos nuevos se llevaron bien. Y, por supuesto, para la Sinagoga los conversos fueron siempre apóstatas y excomulgados. Así nuestro rabí Seneor antes de ser cristiano había sido muy mal enemigo de un tal Juan de Talavera, un converso que de judío había llevado la escribanía y repartimientos de la aljama segoviana. Por lo visto, en tal empleo se enteró de ciertos chanchullos cometidas por el viejo. Éste le hizo sentir cómo su brazo era largo también fuera de la judería, metió en prisión al Talavera, y no contento con verle arruinado le denunció por brujo.
También los cristianos tuvieron noticia de manejos judíos para comprar su Sefarad con oro, pero aquéllos pusieron adobo antisemita. El historiador inglés W. H. Prescott da esta versión **:
Los judíos, advertidos de lo que se trataba, ... comisionaron a uno de los suyos para que ofreciese un donativo de 30.000 ducados, con destino a la guerra contra los moros.
La negociación, sin embargo, fue bruscamente interrumpida por el Inquisidor General Torquemada, que entrando precipitadamente...  y sacando un crucifijo de debajo de los hábitos, le alzó en alto, exclamando:
–Judas Iscariote vendió a su Maestro por treinta monedas de plata. Vuestras Altezas van a venderle ahora por treinta mil. ¡Aquí está: tomadle y vendedle!
Y esto dicho, aquel frenético arrojó sobre la mesa el crucifijo y salió de la misma manera violenta con que entrara.
Los soberanos, en vez de castigar tan temerario atrevimiento, o de despreciarlo como un mero arrebato de locura, quedáronse sobrecogidos; porque ni don Fernando ni doña Isabel hubieran vacilado un momento en negar su sanción, si se les hubiera dejado seguir los naturales impulsos de su buen juicio, a una medida tan impolítica, en la que iba envuelta la parte más activa e industriosa de su pueblo; y su extrema injusticia y crueldad la hacían especialmente repugnante al carácter naturalmente humano de la Reina.

Algo cándido parece el historiador inglés como intérprete de «naturales impulsos» regios; un oxímoron, en el caso de los del rey Fernando, pues tal vez el aragonés con su «buen juicio» estimó que 30.000 ducados eran poco para lo que prometía el expolio. Tampoco de doña Isabel se puede estar tan seguro, visto su comportamiento con el hermano y con la sobrina doña Juana, a la que quitó de en medio llamándola la Beltraneja.

Sobre esta anécdota y texto compuso Emilio Sala su cuadro La expulsión de los Judíos (1889). El personaje en primer plano, vuelto de espaldas en expresión de anonimato, es el judío que aguanta impávido el insulto del fraile. En su momento, los críticos del cuadro se extrañaron de tanto capisayo y empaque en un hebreo. Aparte de que los escenógrafos historicistas de la época solían documentar sus bocetos, consta que los judíos ricos en los siglos XIII-XV usaban ropas que les hacían confundir con catedráticos u obispos y hasta con cardenales. ¿Quién iba a fijarse en un distintivo amarillo perdido en algún pliegue del faldulario?
A quién quiso pintar Salas, no importa mucho. Se ha pensado en rabí Seneor, pero me inclino por Abravanel, que dejó escrito:


Hablé por tres veces al monarca, como pude, y le imploré diciendo:
– ¡Favor, oh rey! ¿Por qué obras de este modo con tus súbditos? Grávanos con impuestos. Dádivas de oro y plata, cuanto posee un hombre de la Casa de Israel, lo dará por el país do nació.
Imploré a mis amigos, que gozaban de favor real para que intercediesen por mi pueblo… Trabajamos con ahínco, pero sin éxito. También la Reina, que estaba a su derecha para corromperlo, le persuadió a ejecutar y concluir la obra empezada. Fue el desastre.

Isaac ben Yehudá Abravanel siguió judío, y para su gente fue nuevo Moisés guiándoles en la travesía del mar.

Los motivos de la expulsión de los judíos –un siglo después, la de los moriscos– serán un enigma mientras se acepte el mito de una coexistencia pacífica de las tres religiones en la España Medieval. Los pogromos fueron recurrentes en la Baja Edad Media. Hablar de sorpresa resulta difícil, después de campañas como la de san Vicente Ferrer, cuyo fracaso pastoral llevaba necesariamente a la violencia (1391), y a la confiscación de sinagogas, como La Blanca de Toledo y otra del mismo estilo en Segovia, con un pretexto pueril (1410).
Lo mismo la famosa y mal llamada Disputa Tortosina (1413-1414): so pretexto de un debate objetivo sobre que Jesucristo es el Mesías profetizado en la Biblia hebrea, maratones de lavado de cerebro, insulto a la inteligencia de los rabinos, para desprestigiarles ante su gente. La farsa, promovida por el papa Luna (Benedicto XIII), dio por resultado muchas conversiones a la fuerza y, eso sí, más conflicto.
La Inquisición Española vino a agravar lo insostenible. El espionaje sobre los conversos se hace obsesivo desde 1480, y sólo en 1481 y en Sevilla hubo unas 2.000 quemas de judaizantes en persona y otras tantas en efigie o en osamenta, sin contar otros 17.000 penados. Más de 4.000 casas se vaciaron en Andalucía.
Peor aún que las condenas fueron las consecuencias sociales de la confiscación, la inhabilitación y la infamia de apellidos a perpetuidad, señalados en público por los sambenitos de los penitenciados, que debían colgar para siempre en las iglesias.
Pero es que a los conversos ni en la misa de domingo se les dejaba en paz. Juan de Anchieta (h. 1462-1523), sacerdote guipuzcoano de Azpeitia, fue músico excelente, cantor  y maestro de capilla en la corte de los Reyes Católicos. Era moda componer misa sobre letrillas profanas, y a él se le ocurrió estrenar una –perdida, por desgracia o por suerte–, sobre una canzoneta de moda:

Ea, judíos, a enfardelar,
que mandan los Reyes que paséis la mar.




Era un modo de adular a la Reina Católica, mientras los conversos tragaban saliva tarareando por bajines:

(Eso y la puta que vos parió,
y qué descansada la triste quedó.)

También es verdad que el guipuzcoano se hizo perdonar con piezas igualmente bonitas, como las del Cancionero de Palacio. Por ejemplo ***:

Con amores, la mi madre,
con amores me dormí.
Así dormida soñaba
lo que el corazón velaba:
que el Amor me consolaba
con más bien que merecí.




Es bueno viajar, bajarse de esta torre de marfil vasca, de este ‘Ajarafe del Norte’ –así llamó burlonamente el converso Hernando del Pulgar a Guipuzelanda, en un texto deliciosa de sus Letras o cartas–; ver que hay vida inteligente incluso fuera de Euskadi; ciudades como Segovia que soportan en su callejero nombres insólitos, como Calle Santa, Calle de la Muerte y la Vida, del Mal Consejo, del Padre Claret, del Alférez Provisional y hasta de Atorrasagasti. Dedicada esta última al gudari Patxi Atorrasagasti Ibáñez, pistolero, expulsado en su día de su organización FE (Falange Española) «por falta de disciplina», pues por lo visto era de gatillo fácil ****.
Para que luego digan de otros. Desde Hendaya a Gibraltar, España y sus fantasmas.
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*) “Como los demás moros [de Ronda] fuessen a vivir a la serranía de Ronda, haciéndose mudejares, que quiere dezir vassallos de Christianos…” (Compendio Historial, ed. 1628, 3: 644; ibíd., 667-8, 670, 675, 702).
**) Historia del Reinado de los Reyes Católicos, por Guillermo H. Prescott. Trad. Atilano Calvo Iturburu, Madrid, Gaspar y Roig, 1855, pág. 184.
****) S. Vega y J. Aróstegui, De la esperanza a la persecución. Critica, 2005, pág. 93.