jueves, 6 de enero de 2011

Siempre los Reyes Magos



Hace mucho que no les escribo, pero escribo de ellos. El año pasado por estas fechas les dediqué dos entradas: ‘Rey de los Judíos’ y Peregrinando a los Tres Reyes de Colonia. En la segunda me despedí «hasta la próxima». Hoy cumplo, sin repetirme, y no digo que no volveré. Una buena historia de magos ha de ser mágica ella misma, y un atributo de lo mágico es la cornucopia, el aumento indefinido, como en el cuento de Las habichuelas, o éste de los Reyes Magos. Uno de los mitos más fértiles de la cultura cristiana, y de los más intrigantes también.
Aquí conviene distinguir dos cosas: el Evangelio de Mateo, cap. 2, por un lado; y por el otro, todo lo demás. Vamos por partes.

1. El relato de Mateo…

En ‘Rey de los Judíos’ ya comenté la naturaleza del relato, a modo de cuento popular infantil con su ilusión, su desparpajo y trámite expeditivo, también su truculencia. Allí señalé la coincidencia del título regio que aplican a Cristo los Magos y la tabla del INRI.
Lo que no dije es que, precisamente por esto, el capítulo 2 de Mateo es desconcertante. Leamos el capítulo 2 de Lucas y comparemos. Éste es un relato sereno. Creíble o no, pero diáfano y desde luego incompatible con esa historia extraña y trágica que se trae Mateo.
Algo no encaja aquí. Metiendo al Niño en política ya desde el principio, Mateo contradice al Jesús adulto («mi reino no es de este mundo»), y da pie a sus enemigos, que le acusaron de agitador y falso Mesías:

–¿Jesús de Nazaret? ¡No me diga usted nada, menudo intrigante! El ‘Rey de los Judíos’. Uno que, ya de crío, tuvo que exiliarse como refugiado político, librándose de un baño de sangre inocente que él mismo provocó…

Una historia que, además, obliga a adelantar la fecha del nacimiento de Jesús hasta casi el año –8 antes de la Era cristiana. Tampoco sería mucho problema, cuando ni sabemos qué edad alcanzó Jesús.  ¿La treintena, la cuarentena? «Aún no tienes cincuenta años, ¿y conociste a Abraham?» (Juan 8: 57).
Lo más sencillo es ‘dejarse de historias’ –aquí, de Historia (con mayúscula)– y tomar el relato en su primera intención: contar un cuento imaginado sobre varias ‘profecías’ antiguas. Empezando por la ‘Estrella de Jacob y Vara de Israel’, que dijo Balaán (Números, 24: 17). ‘Estrella-Vara’, es decir, un cometa de aquellos que anunciaban a los grandes caudillos y héroes. ¿Y quién más entendido en esas cosas que los astrólogos caldeos y los magos persas? «Unos magos de Oriente…»
El desenlace de Mateo tampoco cuadra. Herodes, con toda su crueldad, no tuvo tiempo para ejecutar una matanza pueril en todos los sentidos. Además, Lucas lo dice bien claro: Jesús nació en Belén de casualidad, en un viaje burocrático de sus padres; pero nunca vivieron allí, sino en Nazaret.

2. … y todo lo demás

Si los buenos Magos, buscando al Rey de los Judíos, se liaron en un enredo político con Herodes, once siglos después de muertos acabarán metidos en política en cuerpo y alma. Esto es lo que ocurre en el siglo XII, cuando sus restos, perdidos en una iglesia de Milán desde no se sabe cuándo, reaparecen de la forma más extraña, y también más oportuna a ciertos intereses.
En 1158 el emperador germánico Federico I Barbarroja, en guerra con el papa Alejandro III, sitia la capital lombarda. No va a serle fácil tomarla. Pero mira por dónde, se rumorea que en la cripta de San Eustorgio se han hallado los cuerpos incorruptos de Melchor, Baltasar y Gaspar, los Tres Reyes Magos.

En esta operación está el Canciller del Reich Reinaldo de Dassel, que por sus buenos servicios en Italia recibe de Federico la mitra de Colonia (1159). Ganada por fin la plaza (1162), el nuevo príncipe-arzobispo discurre que aquel hallazgo le vendría bien en su sede, como nueva capital espiritual del Sacro Imperio, mejor que Aquisgrán.
¡Sacro Imperio! La rutina del uso no debe hacernos olvidar que esa fórmula –Sacrum Imperium– la creó precisamente Dassel, prodigándola en los diplomas de su cancillería, «con idea de fundar una santidad autógena del Imperio emulando la del Papado» (1).
Así fue como en 1164 los Tres Reyes viajan con todos los honores a su meta definitiva. Primeros peregrinos de la Cristiandad, por ellos Colonia fue la cuarta peregrinación más importante, después de Jerusalén, Roma y Compostela.
Por una mirilla del Arca maravillosa –una joya de la orfebrería medieval–, los devotos veían lo que había que ver: tres cuerpos «íntegros, incorruptos, embalsamados»; o bien, «enteros por fuera, en cuanto a la piel y cabello»; o tal vez ni eso, sólo las osamentas. Eso sí, aun enfriada la fe con el paso del tiempo, nadie ponía en duda que la testa de Melchor tiene un mechón de cabello pegado al hueso pelado, justo donde el Niño Jesús le puso su manita.

De esto ya dije algo en Los Tres Reyes de Colonia. Pero el ‘todo lo demás’ incluye las excrecencias legendarias y folclóricas. El Evangelio de Mateo sabe a poco, los Magos necesitan número y nombres, linajes, patrias.
En 1364 se cumplía el II Centenario del traslado de los Reyes a Colonia. El mismo año un canónigo coloniense, don Florencio de Wevelinghoven, era promovido a la mitra de Münster. Un publicista avispado vio la ocasión de sacar partido dedicándole en latín una Historia de los Tres Reyes. Este sujeto era el prior de los carmelitas de Hildesheim, y el éxito respondió a su esperanza. Todavía hoy, su libro es la obra de referencia (no la única, pero sí la más completa) para la leyenda medieval de los Magos, traducida con libertad a los principales idiomas.
Para componerla, fray Juan de Hildesheim compiló diversas fuentes e interpoló notas a su aire. No tuvo que forzar mucho el magín. Le bastaba con ser fiel al espíritu de su orden, tan adicta como la que más a la fábula. La Orden del Carmelo aparece a mediados del siglo XII, pero todavía en el XVII y después sostenían que sus fundadores fueron Elías y Eliseo, profetas del Antiguo Testamento. Preconizaban un escapulario que, fallecido el portador, le sacaba del purgatorio el sábado siguiente, y afirmaban sin pruebas que morir dentro de la orden libraba del infierno. 

3. La ‘Historia de los Tres Reyes’

Hoy es posible informarse sobre cualquier materia, y aun pasar por experto, a brincos por la Red Mundial. Así podemos disfrutar de esta obra en excelente edición crítica, lo mismo que de otros textos y estudios (2).
Es una novela de enredo, donde la leyenda de los protagonistas se complica con la de Santo Tomás apóstol de las Indias, y finalmente con la del misterioso Preste Juan.
El libro, naturalmente, da nombres de tierras y lugares. El eje geográfico es el Monte Vaus –Mons Victorialis, o de las Victorias–, observatorio astronómico de los magos. Pero no busquemos esa montaña en ‘Google Earth’, porque todo es una geografía de ensueño, al garete los puntos cardinales, con situaciones y distancias tan precisas como imposibles (3).
Tampoco el relato es coherente. Primero parece que los tres personajes eran socios en la empresa estelar, pero luego llegan a Jerusalén cada uno por su lado, intercambiando sus tarjetas de visita. Como si no se conociesen de nada.
La historia arranca de la profecía de Balaán sobre la «Estrella de Jacob». En el monte Vaus, el más alto de la India, un equipo de 12 astrólogos a las órdenes de los Tres Reyes Magos observa día y noche, hasta que la descubren. O más bien la Estrella se les descubre, se deja ver. Tiene cara de niño, y por si acaso, hasta es parlante: «Hoy ha nacido el Rey de los Judíos». Era la Nochebuena del año 42 de Augusto.
Los Tres Reyes se reparten las Tres Indias. La India Primera es de Melchor, rey de Nubia y Arabia con el Sinaí. Melchor presentará al Niño el oro: una manzana que fue de Alejandro Magno. También entregará 30 dineros. La Virgen los perderá en el desierto, en la huida a Egipto, y de mano en mano llegarán a las de Judas, cuando venda a su Maestro.
La India Segunda es de Baltasar, incluida Sabá, rica en incienso. En la India Tercera se halla Tarsis, reino de Gaspar, el rey-médico de la mirra, un etíope negro.
De los tres, Melchor era el más bajo, Baltasar el mediano. Pero no eran altos, al contrario, ellos y sus ejércitos llaman la atención por su breve estatura, pues ya se sabe, cuanto más al Oriente, la gente es más bajita, las hierbas más aromáticas, las serpientes más venenosas... Allí todo es diferente. El sol amanece con ruido ensordecedor; y en efecto, la gente es sorda, pero muy inteligentes, hablan por señas y son astutos mercaderes…
En 13 días, sin comer ni beber, ellos y sus ejércitos acampan ante Jerusalén, en una intensa niebla que oculta la estrella. Aunque hablan lenguas distintas, los tres magos se entienden.
De camino a Belén, se cruzan con los pastores: éstos son las primicias del judaísmo, ellos la primicia de la gentilidad.
Muy curioso el retrato de Jesús y María. El Niño Jesús era gordezuelo («aliquantulum pinguis»), en su pesebre con heno, envuelto hasta los bracitos en pobres pañales. La Virgen, metida en carnes y morenita («Maria erat in persona carnosa et aliquantulum fusca»), con la izquierda se recoge el manto azul, la cabeza envuelta en lino, menos el rostro.
–Si elige el oro, es que es rey; si el incienso, es un ser divino; si elige la mirra, es médico.
El Niño se quedó con todo: Dios, Rey, Médico del Mundo. A cambio, los visitantes reciben un cofrecito cerrado.
El viaje de vuelta por otra ruta es más animado, perseguidos por Herodes, que les echa una flota de Tarsis a pique. Con un ángel como guía, en un par de años estarán de vuelta en sus reinos (4).
La apertura del cofrecito les decepciona: sólo había una piedra sin valor. No entienden lo que significa y con desprecio la tiran a un pozo. ¡Torpes, con lo fácil que era! Un fuego divino les hace saber que la piedra simboliza la solidez de la Iglesia.
En el monte Vaus construyen ellos una, adornándola con su escudo de armas: la Virgen con el Niño y la Estrella. En la cima de Vaus, el solar de Melchor, se reúnen cada año por Navidades los Tres Reyes.
En una de éstas, pasa por allí el apóstol Tomás y reconoce el emblema del escudo. Se presenta, les predica la historia de Jesús, les bautiza y les ordena arzobispos de sus respectivos reinos. Al morir el apóstol, ellos aseguran la sucesión de la Iglesia en la India, ordenando al Preste Juan.
Pasan los años, y en una de las juntas se muere el más viejo, Melchor, en la octava de Navidad. A los cinco días, en Epifanía, le toca el turno a Baltasar. El último fallece Gaspar. A su entierro preocupa que falte sitio, pero ¡milagro!, los otros dos cadáveres se apartan para hacerle un hueco en medio.

¿Y qué se hizo del Preste Juan? El ‘Preste Juan’ –título hereditario del supuesto rey-obispo sucesor de los Magos en la Edad Media– reina no se sabe dónde. Un embajador suyo visita al emperador bizantino Manuel Comnenos (1165) con cartas en hebreo. Traducidas al latín, interesan también a Barbarroja y al papa Alejandro. Éste envía expediciones a buscar la corte misteriosa, desde la India a Etiopía; pero el Preste no vuelve a dar señales de vida.

Juan de Hildesheim relaciona el linaje de los Vaus (de Vaux, de Vauls, de Vallibus) con los caballeros Templarios, que en San Juan de Acre guardaban una corona y otros recuerdos de los Reyes Magos. ¡Los Templarios! ¡Zoroastro, la Gnosis, Tomás! ¿Qué más hace falta para que los sucesores del Doctor Jiménez del Oso tejan otra de sus historias de nunca acabar? Yo en cambio puedo prometer y prometo que aquí pongo fin a la mía. Por este año.
 ______________________
       1) H. Kluger; cit. por H. Seibert, ADB & NDB, 21: 120.
       2) C. Horstmann, The Three Kings of Cologne. London, 1886. Edición crítica de una versión en inglés antiguo, junto con el texto original latino.
       3) Uno de los candidatos a Monte Vaus es el Sabalán o Savalán (4.811 m), volcán apagado en el Azerbayán Iraní, cerca de Ardabil. Su cráter lacustre viene bien para el baño ritual de los Reyes al emprender viaje (aunque nuestro autor habla de una fuente en una cueva). La montaña tiene también relación con leyendas del Zoroastrismo. Por lo demás, toda identificación es superflua para el caso.
       4) Otras versiones son en esto más lógicas: dos años para la idea, y para el retorno lo que haga falta. Así la siaríaca Revelación de los Magos; C. Landau, The Sages and the Star-Child. 'Revelation of the Magi'. Harvard, 2008 (Tesis doctoral).


martes, 4 de enero de 2011

Ea, judíos, a enfardelar...


Este Año Nuevo me ha tocado recibirlo en Segovia. Segovia es una caja pequeña con muchas sorpresas dentro. Demasiadas para una sola vez. Por eso vuelve uno siempre con interés, que la ciudad no defrauda.
Cenamos en un salón, bajo un artesonado mudéjar que nos deja estupefactos. ¿Auténtico? Aunque parezca imposible, va a ser que sí. Una labor del siglo XV conservada de milagro, descubierta con el cambio de siglo y muy bien restaurada. Aquí y allá se repite como motivo el emblema de Enrique IV: en campo de gules, un castillo de oro y encima una estrella verde. Verde  que debió ser y fue plata, porque esmalte sobre esmalte va contra las leyes del blasón.
Esta maravilla apareció, entre otras, al habilitar La Casa Mudéjar, una hospedería con su restaurante, El Fogón Sefardí. Tiene su miga que el conjunto da a dos calles, por el sur la Judería Vieja, por el norte Isabel la Católica. En pareja armonía, el menú supuestamente judaico se abre con un montante de porcino; que para más enredo se titula Alminar de Jamón Ibérico sobre Pasta Brick. No critico. Por ese lado culinario, como por el estético en general, no es objetable la alianza de culturas, y aun de civilizaciones. Si no, habría que condenar todo lo llamado ‘mudéjar’; y por supuesto, el cocido.

[Mudéjar: misteriosa palabra-comodín. ¿O es mudejar? Al principio sólo se dijo en plural, ‘los mudexares’, nombre sustantivo. ¿Su origen? «Verás a Garibay Çamalloa, lib. 18, cap. 28 del ‘Compendio Historial’, en la vida del rey don Fernando el Católico», remite Covarrubias (1611). ¡O sea, que fue mi bien amado mondragonés el primero que la dio a la estampa (1571)! Este don Esteban, tampoco dejará nunca de sorprenderme *.]

Pero, como iba diciendo, los ojos se me van del plato a la techumbre. ¿Qué hace este derroche de hojarasca pintada sobre almagre en una planta baja, donde lo normal sería una cuadra o un almacén? ¿Y la heráldica regia? Tuvo que ser un local de postín, no cabe duda. Otra cosa es la explicación que da la casa:
–Estamos en las oficinas y domicilio de Rabí Meír Melamed, contador de don Enrique, yerno y socio de Rabí Abraham Seneor, el jefe de las finanzas del Trastámara.
No está mal discurrido, aunque sin apoyo documental.
En efecto, don Abraham, un auténtico patriarca hebreo, tuvo su gran casa justo enfrente, en Judería Vieja esquina a Puerta del Sol. Un casón de magnate, con gran patio y hasta oratorio privado, pues fue varón devotísimo.
La muerte inesperada de don Enrique (diciembre 1474) no supuso la desgracia para estos judíos; al contrario, ellos ven tranquilamente cómo a una cuadra de sus casas, en la parroquia de San Miguel, la hermanastra del rey doña Isabel se autoproclama Reina de Castilla. Eso supone gastos, dinero prestado, judíos al quite. También cuando los nuevos Reyes Católicos decretan un impuesto extraordinario sobre las aljamas para la guerra de Granada (1491), ambos socios juntan caudales para avalar una operación odiosa, que agrió las relaciones entre clanes hebreos, a cuenta siempre del reparto.

Fue el preludio del desastre. El primero de mayo del año siguiente se promulgó el decreto de expulsión, ya firmado el 31 de marzo. La tradición judía dice que, en esos dos meses, rabí Seneor junto con rabí Isaac Abravanel intentaron lograr la derogación ofreciendo a los reyes dinero. Lo cierto es que Seneor se hizo cristiano con otros de su familia. El bautizo fue en Guadalupe, apadrinando los reyes. Por eso suegro y yerno pasaron a llamarse Fernando, y el rey les concede usar un apellido noble vacante, Coronel. Rabí Abraham fue en lo sucesivo don Fernando Pérez Coronel, y rabí Meír Melamed don Fernando Núñez Coronel. En especial el ex rabí y ex Melamed, expulsados los judíos, protagonizó muchos pleitos sobre débitos y reclamaciones, en favor de la Corona.
¿Eran sinceras las conversiones? Para el cristiano viejo, como si no lo fuesen. Tampoco todos los cristianos nuevos se llevaron bien. Y, por supuesto, para la Sinagoga los conversos fueron siempre apóstatas y excomulgados. Así nuestro rabí Seneor antes de ser cristiano había sido muy mal enemigo de un tal Juan de Talavera, un converso que de judío había llevado la escribanía y repartimientos de la aljama segoviana. Por lo visto, en tal empleo se enteró de ciertos chanchullos cometidas por el viejo. Éste le hizo sentir cómo su brazo era largo también fuera de la judería, metió en prisión al Talavera, y no contento con verle arruinado le denunció por brujo.
También los cristianos tuvieron noticia de manejos judíos para comprar su Sefarad con oro, pero aquéllos pusieron adobo antisemita. El historiador inglés W. H. Prescott da esta versión **:
Los judíos, advertidos de lo que se trataba, ... comisionaron a uno de los suyos para que ofreciese un donativo de 30.000 ducados, con destino a la guerra contra los moros.
La negociación, sin embargo, fue bruscamente interrumpida por el Inquisidor General Torquemada, que entrando precipitadamente...  y sacando un crucifijo de debajo de los hábitos, le alzó en alto, exclamando:
–Judas Iscariote vendió a su Maestro por treinta monedas de plata. Vuestras Altezas van a venderle ahora por treinta mil. ¡Aquí está: tomadle y vendedle!
Y esto dicho, aquel frenético arrojó sobre la mesa el crucifijo y salió de la misma manera violenta con que entrara.
Los soberanos, en vez de castigar tan temerario atrevimiento, o de despreciarlo como un mero arrebato de locura, quedáronse sobrecogidos; porque ni don Fernando ni doña Isabel hubieran vacilado un momento en negar su sanción, si se les hubiera dejado seguir los naturales impulsos de su buen juicio, a una medida tan impolítica, en la que iba envuelta la parte más activa e industriosa de su pueblo; y su extrema injusticia y crueldad la hacían especialmente repugnante al carácter naturalmente humano de la Reina.

Algo cándido parece el historiador inglés como intérprete de «naturales impulsos» regios; un oxímoron, en el caso de los del rey Fernando, pues tal vez el aragonés con su «buen juicio» estimó que 30.000 ducados eran poco para lo que prometía el expolio. Tampoco de doña Isabel se puede estar tan seguro, visto su comportamiento con el hermano y con la sobrina doña Juana, a la que quitó de en medio llamándola la Beltraneja.

Sobre esta anécdota y texto compuso Emilio Sala su cuadro La expulsión de los Judíos (1889). El personaje en primer plano, vuelto de espaldas en expresión de anonimato, es el judío que aguanta impávido el insulto del fraile. En su momento, los críticos del cuadro se extrañaron de tanto capisayo y empaque en un hebreo. Aparte de que los escenógrafos historicistas de la época solían documentar sus bocetos, consta que los judíos ricos en los siglos XIII-XV usaban ropas que les hacían confundir con catedráticos u obispos y hasta con cardenales. ¿Quién iba a fijarse en un distintivo amarillo perdido en algún pliegue del faldulario?
A quién quiso pintar Salas, no importa mucho. Se ha pensado en rabí Seneor, pero me inclino por Abravanel, que dejó escrito:


Hablé por tres veces al monarca, como pude, y le imploré diciendo:
– ¡Favor, oh rey! ¿Por qué obras de este modo con tus súbditos? Grávanos con impuestos. Dádivas de oro y plata, cuanto posee un hombre de la Casa de Israel, lo dará por el país do nació.
Imploré a mis amigos, que gozaban de favor real para que intercediesen por mi pueblo… Trabajamos con ahínco, pero sin éxito. También la Reina, que estaba a su derecha para corromperlo, le persuadió a ejecutar y concluir la obra empezada. Fue el desastre.

Isaac ben Yehudá Abravanel siguió judío, y para su gente fue nuevo Moisés guiándoles en la travesía del mar.

Los motivos de la expulsión de los judíos –un siglo después, la de los moriscos– serán un enigma mientras se acepte el mito de una coexistencia pacífica de las tres religiones en la España Medieval. Los pogromos fueron recurrentes en la Baja Edad Media. Hablar de sorpresa resulta difícil, después de campañas como la de san Vicente Ferrer, cuyo fracaso pastoral llevaba necesariamente a la violencia (1391), y a la confiscación de sinagogas, como La Blanca de Toledo y otra del mismo estilo en Segovia, con un pretexto pueril (1410).
Lo mismo la famosa y mal llamada Disputa Tortosina (1413-1414): so pretexto de un debate objetivo sobre que Jesucristo es el Mesías profetizado en la Biblia hebrea, maratones de lavado de cerebro, insulto a la inteligencia de los rabinos, para desprestigiarles ante su gente. La farsa, promovida por el papa Luna (Benedicto XIII), dio por resultado muchas conversiones a la fuerza y, eso sí, más conflicto.
La Inquisición Española vino a agravar lo insostenible. El espionaje sobre los conversos se hace obsesivo desde 1480, y sólo en 1481 y en Sevilla hubo unas 2.000 quemas de judaizantes en persona y otras tantas en efigie o en osamenta, sin contar otros 17.000 penados. Más de 4.000 casas se vaciaron en Andalucía.
Peor aún que las condenas fueron las consecuencias sociales de la confiscación, la inhabilitación y la infamia de apellidos a perpetuidad, señalados en público por los sambenitos de los penitenciados, que debían colgar para siempre en las iglesias.
Pero es que a los conversos ni en la misa de domingo se les dejaba en paz. Juan de Anchieta (h. 1462-1523), sacerdote guipuzcoano de Azpeitia, fue músico excelente, cantor  y maestro de capilla en la corte de los Reyes Católicos. Era moda componer misa sobre letrillas profanas, y a él se le ocurrió estrenar una –perdida, por desgracia o por suerte–, sobre una canzoneta de moda:

Ea, judíos, a enfardelar,
que mandan los Reyes que paséis la mar.




Era un modo de adular a la Reina Católica, mientras los conversos tragaban saliva tarareando por bajines:

(Eso y la puta que vos parió,
y qué descansada la triste quedó.)

También es verdad que el guipuzcoano se hizo perdonar con piezas igualmente bonitas, como las del Cancionero de Palacio. Por ejemplo ***:

Con amores, la mi madre,
con amores me dormí.
Así dormida soñaba
lo que el corazón velaba:
que el Amor me consolaba
con más bien que merecí.




Es bueno viajar, bajarse de esta torre de marfil vasca, de este ‘Ajarafe del Norte’ –así llamó burlonamente el converso Hernando del Pulgar a Guipuzelanda, en un texto deliciosa de sus Letras o cartas–; ver que hay vida inteligente incluso fuera de Euskadi; ciudades como Segovia que soportan en su callejero nombres insólitos, como Calle Santa, Calle de la Muerte y la Vida, del Mal Consejo, del Padre Claret, del Alférez Provisional y hasta de Atorrasagasti. Dedicada esta última al gudari Patxi Atorrasagasti Ibáñez, pistolero, expulsado en su día de su organización FE (Falange Española) «por falta de disciplina», pues por lo visto era de gatillo fácil ****.
Para que luego digan de otros. Desde Hendaya a Gibraltar, España y sus fantasmas.
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*) “Como los demás moros [de Ronda] fuessen a vivir a la serranía de Ronda, haciéndose mudejares, que quiere dezir vassallos de Christianos…” (Compendio Historial, ed. 1628, 3: 644; ibíd., 667-8, 670, 675, 702).
**) Historia del Reinado de los Reyes Católicos, por Guillermo H. Prescott. Trad. Atilano Calvo Iturburu, Madrid, Gaspar y Roig, 1855, pág. 184.
****) S. Vega y J. Aróstegui, De la esperanza a la persecución. Critica, 2005, pág. 93.



viernes, 31 de diciembre de 2010

San Silvestre y Fin de Año



El año santoral se cierra con San Silvestre. Un papa extraordinario en todos los sentidos, si todo lo que se cuenta de él no fuese leyenda pura.
Lo único cierto es que su figura es una de las más desairadas del papado, y eso que su pontificado largo de veinte años coincide con una etapa única en la Historia de la Iglesia: la paz religiosa impuesta por el emperador Constantino el Grande.
De hecho, lo único que se sabe de Silvestre dice poco en su favor. En la persecución de Diocleciano y Galerio, ni el santo varón ni su padre, el presbítero Rufino, se señalaron como héroes, cuando buena parte del clero romano, incluido el papa san Marcelino (304), colaboraba con el enemigo cumpliendo la orden de entregar a la autoridad los libros y archivos religiosos.
El que entrega se dice en latín traditor, traidor; una palabra bastante fuerte, que años después empezó a oírse mucho. En el norte de África, sobre todo, donde un presbítero puritano llamado Donato llamó traidor (entregador) a su obispo Ceciliano, primero en voz baja, pero desde el Edicto de Milán (313) a gritos y en público.
Aprovechando que era papa un paisano de ambos, el africano san Melquíades, los dos querellanes comparecieron en Roma. El concilio encargado de juzgar el caso se reúne significativamente en Letrán, en casa de la emperatriz Fausta (la 2ª mujer de Constantino), de modo que el resultado era previsible: enredar en el tema de los traidores y otros cobardes de la persecución no era político. Había que dar carpetazo a tales denuncias.
Lo malo fue que, de vuelta a casa, un Donato despechado se convirtió en cabecilla de un cisma de cariz nacionalista y muy agresivo. De hecho, en tiempo de san Silvestre era uno de los dos problemas más serios de la flamante Iglesia estatalizada, junto con la herejía de Arrio. Pues bien, a los dos problemas se enfrentó personalmente Constantino. como si el papa fuese él, y no Silvestre, que no tomó parte ni en el concilio de Arlés (agosto de 314) sobre el cisma donatista, ni más tarde en el concilio mundial de Nicea contra el arrianismo (mayo de 325).
Como para compensar tamaño vacío, en la Edad Media la fábula florece en torno a san Silvestre, hasta convertirse en el folletín recogido en La Leyenda Dorada  (siglo XIII). La ficción se lleva al colmo en la falsa Donación de Constantino (siglo VIII), origen del poder temporal del papado.
Un documento gráfico muy notable de la leyenda silvestrina se halla en la basílica de los Cuatro Santos Coronados.  En la capilla de San Silvestre se le ve pintado al fresco en un ciclo de escenas, bautizando y curando a un Constantino leproso, que en agradecimiento le regala su palacio y la ciudad de Roma. Los momentos en que el emperador hace de palafrenero del papa y en que le adora cediéndole la tiara, es donde la ficción se permite toda libertad, hasta invertir los caracteres de ambos personajes. Un Silvestre poseído de su papel de vicario de Dios, encarando a un Constantino humilde, sumiso, inverosímil. Tal quisiera ver la Iglesia de las Falsas Decretales al Sacro Imperio, en el conflicto de las Investiduras.
Todo el complejo fortificado medieval de los Coronati tiene algo de bárbaro; un rincón monástico del monte Celio, no lejos de Letrán y muy cerca del lugar donde supuestamente dio a luz la papisa Juana. Las monjas que cuidan la basílica, la capilla y un claustrito románico precioso, advierten al público en un letrero que la eucaristía de la Casa es apta para comulgantes celíacos.