viernes, 24 de diciembre de 2010

Maldiciones bíblicas



Soy un simple aficionado a los documentos antiguos. Nada de historiador, más bien fisgón y chismorrero de archivos. Descifrar garabatos, relacionar nombres y fechas, recomponer situaciones, adivinar intenciones, dar la palabra a los silencios y todo eso. Una distracción tan inocente como resolver sudokus o crucigramas, y no más dañina para las neuronas, un suponer.
En ese bureo se conoce a mucha gente, de todo pelo. Desde papas y reyes hasta tenderos y maritornes. Cualquiera que tenga algo que decir, y un escribano que se lo ponga por escrito. Esas montañas de papel y pergamino en gran proporción expresan voluntades, que en el caso de los que mandan son órdenes. Papas y reyes, por ejemplo. Tanto cuero bulado y rodado, tanto diploma, siempre acaba yendo al grano, que es mandar, o prohibir, o lo uno con lo otro.
Ahora bien, toda esa literatura cancilleresca pertenece al género epistolar, y como tal tiene un estilo y unas reglas tan consagradas, que su  alteración es siempre sospechosa. Las bulas papales, por ejemplo, tras la parte dispositiva, en la Edad Media empezaron a incluir una cláusula disuasoria en forma de conminación (amenaza). Para dar idea, valga esta fórmula muy sencillita:

«A nadie sea lícito infringir esta página nuestra, o con osadía temeraria contravenirla. Si alguien lo intentara, sepa que incurre en la indignación de Dios todopoderoso y de los santos apóstoles Pedro y Pablo.»

Eso por la parte celeste, pues también por la terrestre se podían intimar penas canónicas o multas. En efecto –experto crede Roberto–: «No se paraban en meras imprecaciones las maldiciones de los documentos antiguos, reducibles a cuatro puntos: 1) multa; 2) excomunión; 3) intimación del juicio divino con la suerte de Judas, Datán y Abirón y demás; y 4) deposición.» (Jean Mabillon, De re diplomatica, pág. 97).
La curia papal siempre fue modelo para las demás cancillerías, tanto eclesiásticas como civiles. Bien sea de motu propio o por mimetismo, los diplomas regios y hasta las ordenanzas municipales se prodigaron en conminaciones.
Elijo un ejemplo porque, además de ser típico, lo mismo puede tomarse como aragonés que como catalán o incluso vasco: el supuesto ‘documento fundacional’ del monasterio de Obarra (Ribagorza) por los condes don Bernardo y doña Toda (781).
Hace cosa de 30 años, acampé una noche en el lugar, entre las iglesias románicas de Santa María y San Pablo, carca del río Isábena, y jamás olvidaré la tronada más aparatosa de mi vida, en aquel pequeño Olimpo que es La Croqueta. Bueno, pues aquello fueron sólo cuatro petardos, al lado de la comminatio (en latín) de los difuntos fundadores*:
«Que si yo mismo el conde Bernardo y mi mujer la condesa Toda, o quienquier hombre o mujer, seglar o eclesiástico, tratare de enredar en esta nuestra donación, pague 30 libras de oro al sacratísimo fisco (sacratissimo fisco persolvat)…; y que la ira y maldición divina venga sobre él; que sea excluido de los umbrales de la Santa Iglesia, y con Datán y Abirón y Judas el traidor arda en el infierno inferior para siempre.»

Ya sé que el documento es rigurosamente espurio, pero no por la comminatio, tan buena como la mejor; y lo del sacratísimo fisco es genial. Pero bueno, ¿a qué viene traer aquí esas cosas?
Pues viene a que, enfrascado yo estos días en mi literatura de cartulario, veo que acaba de promulgarse un documento de lo más solemne, emanado del Tribunal Supremo, y que desde su mismísima aparición, y aun antes, ya tiene garantizado el desacato.
El Tribunal Supremo ordena a la Generalitat de Cataluña que deje de torear con su inmersión lingüística a la Constitución y al Tribunal Constitucional, y admita en los colegios la lengua española, junto a la catalana, como vehicular de aprendizaje.
¿Respuesta de los destinatarios? Sólo tres sílabas: «¡Ha, ha, ha!» Por de pronto, a convergentes y socialistas les ha faltado tiempo para pactar seguir como al presente, con el mismo modelo lingüístico, ignorando la sentencia de los tribunales, incluido el llamado Supremo.
¿Será que a la sentencia le falta ese sabor acre y punzante de una buena comminatio? De las de antes, pero en lenguaje de ahora. Algo así como esto:

«Si alguna autoridad alta o baja en Cataluña osare infringir este precepto, o de cualquier modo torpedearlo, por la primera vez pagará al sacratísimo fisco una mensualidad de sus emolumentos, el duplo por la segunda, y así sucesivamente hasta total insolvencia; en cuyo extremo será inhabilitado para cargo público hasta que las ranas pelechen.»

El propio alto Tribunal no parece demasiado convencido de su éxito, cuando deja a discreción del gobierno catalán incorporar el castellano «en la proporción que proceda, dado el estado de normalización lingüística alcanzado por la sociedad catalana». ¡‘Normalización lingüística’, pero qué ingenuidad! Por lo visto, el juzgador ignora lo que eso significa para cualquier nacionalista con ‘lengua propia’. «Si se estima que existe un déficit en el proceso de normalización, en detrimento de la lengua catalana,…» Un déficit de castellano, ni se contempla.
Está visto cómo nuestros taifas se toman eso de la ‘separación de poderes’: el Poder Judicial del Estado que mande en su casa, si le deja su señora. Ante tal desamparo, tal vez no quede otra esperanza que la reclamación por daños y perjuicios. A lo mejor hasta prospera, dado el prestigio imparable del castellano, frente a unos mequetrefes que imponen sus dialectos localistas en detrimento de una lengua de interés mundial, que ya desafía al inglés en su propio feudo, los Estados Unidos.
De todas formas, si algún juez tuviere gusto en restaurar la moda antigua, adornando sus fallos con clausulas conminatorias de gran solera y eficacia probada, que lo haga en buen hora. No le será difícil encontrar paleógrafos e historiadores profesionales, mejor que aficionados como este servidor, aunque por deber cívico quedo disponible para facilitarle textos, desde las Fórmulas visigóticas en adelante**. Desde el tremebundo «anatema sea maranatha» del rey Chindasvinto (646), pasando por Don Bermudo el Gotoso de León (990), «pierda la vista de ambos ojos, y que Dios le perdone cuando perdone al Diablo» etc.; hasta esta receta sorprendente que el mismo Mabillon encontró en un diploma de Carlos el Calvo, favorable a un convento de monjas: «elija el desobediente, o pena capital, o pagar al monasterio tanto oro cuanto cumpla a la madre abadesa y las demás monjas que militan para el Señor».
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(*) M. Serrano y Sanz, Noticias y documentos históricos del condado de Ribagorza hasta la muerte de Sancho Garcés III (año 1035). Madrid, 1912 (reimpr. Editorial Maxtor, 2007), págs. 204 y sigs.

(**) Las Fórmulas Visigóticas se atribuyen a tiempos de Sisebuto; publicadas por Amalio Marichalar y Cayetano Manrique, Historia de la legislación y Recitaciones del Derecho Civil en España. Madrid, 1861, t. 1, págs. 37 a 86.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Arsénico sin compasión




Interrumpir el sagrado tema vasco para prestar atención a un microbio, es como para levantar a Larramendi de su tumba. No digamos, si el bichejo es una bacteria algo pariente del colibacilo, nuestro huésped del intestino grueso y gran aliado fecal. La Naturaleza no distingue hidalguías. Lo que lleva a reflexionar, cuán lejos está «el Vasco Imaginario» (© Luigi) del estado de naturaleza de que tanto presume.

A primeros de mes volvía a ser noticia una propuesta o pretensión científica revolucionaria: la vida arsenical. La buena nueva viene asociada al nombre meteórico de la Dra. Felisa Wolfe-Simonmicrobióloga norteamericana al servicio de la NASA. Un descubrimiento anunciado al estilo de la NASA y con la mirada perdida en el espacio. Por lo demás, una vida celular como la nuestra y ejecutada con el mismo guión y partitura, sólo que con arsénico (As) en vez de fósforo (P).
Ambos elementos son del mismo grupo en la Tabla Periódica, se parecen mucho y forman compuestos de estructura similar. En especial, un ADN con arsénico daría la clásica doble hélice y operaría a juego con ARN igualmente arsenical, en un metabolismo con idéntica suplantación en moléculas clave. Y en vez del universalísimo ATP, la moneda energética de curso legal en tales células sería ATAs. Ningún reducto del radical fosforilo estaría a salvo del sucedáneo arsenilo, insinuándose el intruso en los lípidos de membranas, en los ribosomas, en los flagelos motores…
La especulación biológica sobre el arsénico no es nueva. La propia Dra. Wolfe-Simon y colaboradores tienen  publicadas especulaciones sólidas y sensatas en revistas científicas del más alto nivel. Por otra parte, la presencia de arsenicales en pescado y otros alimentos tiene importancia, en el contexto de la toxicidad ambiental.
Porque el arsénico es gran veneno clásico que bloquea muchas vías metabólicas, en gran parte suplantando al fósforo. Junto a algunas aplicaciones médicas en preparados arsenicales, es legendario su uso criminal en otros tiempos. Como también corrieron leyendas de personajes que supuestamente se inmunizaban tomando arsénico en dosis homeopáticas.
Es lo que a veces se llama impropiamente mitridatización, porque el rey del Ponto Mitrídates VI el Grande dicen que desarrolló esa técnica. La verdad es que no sabemos cuál fue su método ni en qué consistían sus antídotos de que habla Galeno: el diascinco, la atanasia o el famoso mitridacio, «que no era la triaca, inexistente a la sazón, sino otro contraveneno al que dio nombre, mezcla de muchos ingredientes» (La triaca, 16)*. 
Tomemos nota de ello, también a modo de antídoto, ante la noticia bomba: hay ‘vida arsenical’. Una bacteria acumula y metaboliza arsénico de su ambiente natural, el lago Mono (California). Lo más noticiable viene luego, en el laboratorio, cuando aparentemente esa bacteria tomada de sedimento lacustre hace del arsénico un uso, digamos, ‘indebido’, aceptándolo en vez del fósforo, incluso en el ADN:

1. La sustitución fosfato/arseniato en ácidos nucleicos, o la equiparación biológica general As/P, revoluciona el paradigma biológico establecido.

Esta consideración nos devuelve al campo. El microorganismo en cuestión vive en un ambiente natural insólito, en este caso hipersalino muy alcalino y rico en arsénico. Es por tanto un ‘extremófilo’, como se llama a los que viven en situaciones extremas, con pautas biológicas fuera de lo común. Ahora bien:

2. Entre los extremófilos, algunos se han revelado herederos de formas de vida muy arcaicas, propias de una biosfera primitiva.

¿Una revolución científica?

En el campo teórico, la especulación biológica empieza por los elementos químicos: cuáles y por qué han sido aptos para ser crear biosfera terrestre. Hoy sólo se conoce un sexteto privilegiado, universal: H, O, C, N, P, S. Siguen sodio (Na), potasio (K), calcio, magnesio, hierro (Ca, Mg, Fe) y un etcétera de minoritarios ‘oligoelementos’, donde para nada figura el arsénico.
La biología teórica especula también sobre el ancho de banda de los parámetros biológicos: temperatura, presión, acidez (pH), campos energéticos…  En nuestro biosfera terrestre –la única conocida hasta hoy–, los organismos adaptados a valores extremos de la banda (‘extremófilos’), ignorados hasta hace poco, suscitan interés cada vez mayor y su investigación ha obligado a ensanchar notablemente dicha banda de posibilidades de vida, tanto terrestre como extraterrestre.
Uno de esos extremófilos es la nueva bacteria arsenical, bautizada como GFAJ-1. La idea de un ADN arsenical, sobre todo, es la que ha hecho volar las campanas y también la fantasía hacia otros planetas, otros mundos… ¿Revolución biológica? En tocando el ADN, ya se sabe, de ahí para arriba.
El sensacionalismo puede ser inevitable, pero en general es contraproducente. El propio nombre divulgado de la bacteria resulta insólito. GFAJ-1 parece la etiqueta de algún OVNI o cosa más lejana. En Biología es de rigor la nomenclatura binaria grecolatina: género con mayúscula y especie con minúscula, si se sabe; si no, se pone sp. (abreviatura de species). De hecho, aquí se habla de Halomonas sp., que si resultara ser especie nueva, podría ser Halomonas felisae, en honor a la doctora Wolfe-Simon. Sería estupendo hallar que incluso el género es nuevo, digamos Lisamonas.
¿Y bien? Nada, que no salimos de este mundo vulgar y corriente. La Microbiología moderna se atiene a una clasificación genética secuencial RNA. Y por este criterio nuestra arsenobacteria, por extremófila que sea, pertenece al grupo numeroso y variopinto de las proteobacterias, al lado del colibacilo, la salmonela, legionela y otras de sonido muy familiar. De primitivismo, nada; de extraterrestre, nadísima. Prodigio adaptativo, eso sí, todo lo prodigioso que ustedes quieran. Habrá que explicarlo... Con todo, GFAJ-1 no pasa de ser la sigla convencional de una cepa bacteriana, dentro del género extremófilo Halomonas.
Pero hay más agua fría. Queda por ver hasta dónde llega la arsenización de los ácidos nucleicos y la durabilidad del ‘mutante’, que al parecer sólo tolera el As a falta de P, pero sigue prefiriendo  este bioelemento, y revierte a él en cuanto puede. Todo pende de nuevas noticias, pues lo publicado hasta ahora se resiente de interferencia y contaminación periodística más bien negativa. Recuérdese, a finales de los 80, el culebrón de la ‘fusión fría’.

¿Algún interés práctico?
Pues sí. Dejando extravagancias, como hablar de confirmación de ‘vida extraterrestre’ o de ‘alienígenas’ infiltrados en nuestra biosfera, la pregunta es qué relevancia pueden tener estos seres para los que circulamos tranquilamente por la carretera biológica sin pisar el arcén extremófilo, con tendencia si acaso a circular por el carril de en medio, el más seguro en nuestro caso.
A primera vista, no mucha. A menos que algún lector de Agatha Christie que nos quiera mal discurra valerse de GFAJ-1 para liquidarnos, no es probable que tengamos encuentros interesantes con el microbio. La gente de orden como nosotros –orden biológico, se entiende– no solemos tener trato con extremófilos.
Pero aun siendo esto verdad, aunque esos seres vivos sean para nosotros extremófilos, su ADN arsenical no tiene por qué serlo necesariamente. ¿En qué medida podría afectarnos la hibridación de genes arseniados con los nuestros fosforados? El código genético sigue siendo el mismo.
Todo en el organismo depende de la forma correcta de las moléculas, del ajuste exacto entre ellas. Igual que ocurre con las llaves y cerraduras. Una pieza con arsénico nunca será exactamente igual que otra con fósforo. Lo más probable es que la cosa no funcione; pero, ¿hasta qué punto? Sabemos que los enlaces del arsénico son menos estables que sus equivalentes del fósforo; pero en nuestras células, ¿cuál sería su estabilidad? ¿la suficiente para fastidiarme sólo a mí, o también a mi descendencia?
Para esas y otras preguntas no tengo respuesta, por dos razones:
Una, que como digo, falta información sobre un descubrimiento anunciado con más prisa que contraste.
La segunda razón carece de importancia: Porque soy ignorante. Doctores tiene la Madre Ciencia que os sabrán responder.
Lo grande del método científico es su capacidad de contraste y falsación de cualquier hipótesis. Tiempo al tiempo, y un adarme de escepticismo juicioso tampoco hace daño.
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*) Galeni Opera, ed. K. G. Kühn, Leipzig, 1821-33, t. 14: 283-284.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Lo vasco que nunca existió (2)



Cuando Molière titulaba su última comedia El enfermo imaginario (1673), no quería significar que todos lo fuesen. Él mismo era un enfermo de verdad, que por poco no se murió en escena, mientras representaba a su personaje, el protagonista.
Del mismo modo –y guardando mis distancias con el gran farandulero–, lo vasco que nunca existió es, ni más ni menos, lo vasco que nunca existió, no lo que existió alguna vez, ni lo que existe. Que, por otra parte, no tienen por qué ser siempre y en todo la misma cosa.

¿Qué es lo vasco? Algo que es «hermético para el que no es vasco» (Caro Baroja). No nos agarremos a esta boutade del maestro, que dio de lo vasco otras señas y pistas bastante más positivas, al alcance de todo el mundo. Además, conociendo a don Julio, seguro que fue ironía de las suyas, para decir que si todos somos unos incomprendidos, salvo para nosotros mismos, el vasco-vasco es una incógnita incluso para sí, a nada que procure objetivarse, distanciarse de su ego. Sólo en el tercer cielo del ensimismamiento empieza el vasco a verse y oírse en esencia, del mismo modo que los místicos intuían el misterio trinitario sin poderlo comunicar, ni siquiera a su propio intelecto. Tan sólo la intoxicación patriótica –mejor en grupo y con ayuda etílica– puede dar idea aproximada de lo que es la vasquidad en sí.

«En el espantoso crimen de la guerra civil española nadie ha sufrido más que el Pueblo Vasco. Ninguna otra zona de España, ha dado más soldados a los bandos en lucha, ni más muertos, ni más exilados, ni ha perdido mayor riqueza, ni bienestar, ni corre el riesgo de ver exterminadas por la persecución implacable, características raciales ni espirituales, salvadas milagrosamente durante milenios, por la fortaleza moral, la tenacidad y la energía, que a los vascos de todos los tiempos ha distinguido en el cuidado y mantenimiento del patrimonio de su formación y tradiciones.»

He aquí un texto hermético trismegístico, ininteligible y vacuo para quien no sea vasco de pura cepa, o aun siéndolo, no sea el mismísimo vasco en persona que lo concibió. La vasquidad es incomunicable. Como para la Escolástica los ángeles, cada individuo vasco-vasco es una especie distinta.
En serio. ¿Puede alguien reconocer como ‘vascas’ las pinturas de Santimamiñe? ¿Cómo caristias, tal vez? Imposible. Eso nos llevaría a reconocer que nuestros rivales los cántabros –los artistas de Altamira– tuvieron una cultura muy superior a la nuestra. O tal vez nuestros antepasados estuvieron también allí. O tal vez… O tal vez…
En tiempos de Humboldt y del Volksgeist –el duende (‘dueño de’) cada pueblo– no se conocía el arte rupestre, y la expresión más auténtica de lo vasco era la lengua, vehículo de una cosmovisión exclusivamente vasca.
No es lo mismo, por ejemplo, decir:

Sagardoteitik irten det
txixa egitera

que decir:

De la sidrería salgo
a echar una meada

–Hacer (chis), echar (meada), dos mundos diferentes Y todavía aquí estamos a nivel muy superficial, fisiológico. El abismo se ensancha si ahondamos en el pensamiento, en la cultura, explorando por ejemplo la distancia en parsecs que media entre Eusko Jaurlaritza y Gobierno Vasco, ¿a que sí?
–Un pequeño problema es que Jaurlaritza es de ayer, concretamente de 1934. Anteayer era Gobernu (registrado desde 1571). Y en tiempos antiguos los vascos ‘prístinos’ (que diría Otegi), libres y no maleados por otros pueblos, a buen seguro ni necesitaban gobierno.
–¿Qué palabra se nos ocurre, entonces, que no pudo faltar en vasco desde lo más remoto? Ya está: el equivalente de ‘guerra’. Porque, como bien dijo el informadísimo Oihenart, a diferencia de «los oscuros e imbeles autrigones», los vascongados propiamente dichos fueron todos temibles guerreros.
–¿Y cómo decían ‘guerra’?
Gudua. En euskera de siempre, guerra es gudua.
–Pues no señor; decían guerra.
–Pero guerra es palabra de origen gótico. A través del bajo latín pasó tal cual al romance y al vascuence.
–No pensaba lo mismo el padre Larramendi (Diccionario trilingüe, t. 1,  pág. 406 San Sebastián, 1745):











–Cosas de Larramendi. También Covarrubias dice que es hebreo: גרה (garah), pelear. Pero hasta el Corominas sabe que viene del germánico werra, discordia. 
–De todas formas, en euskera tenemos gudua y guduka. El propio Larramendi registra  guda, como también burruka.
–Sí, para traducir ‘lucha’, no ‘guerra’. Burruka, o más antiguo, burreka: a mí eso me suena a gerundio, ‘haciendo el burro’, a coces. Algarada, como en la moderna kale-borroka. Aunque también podría venir de burru, el sayón.
–¿Y lo otro? Gudari significa guerrero; de gudu.
–¿Desde cuándo? Aquí hay un malentendido. Seguramente en la Edad Media hubo un tiempo en que el vasco indómito se vio rodeado de godos por todas partes. Cada vez que desde sus riscos el vigía oteaba una hueste, tocaba el cuerno al grito de Gudua! gudua! ¡El godo, el godo!...
–Estará usted de guasa.
–No le quepa la menor duda.

Música en las esferas

¿Por qué será, que los vascos pioneros descubridores de lo vasco tuvieron que inventarlo? Como si no les bastara abrir los ojos en derredor y describir lo que hay, los entornan hacia dentro para soñar a pierna suelta.
A esta casta de soñadores perteneció Manuel Larramendi (1690-1766). Si construye una gramática y diccionario del vascuence, tendrá que ser ‘normalizando’, de acuerdo con su visión interior. Ya sesentón, el jesuita de Andoáin emprende una guía de Guipúzcoa. La tituló Corografía, que normalmente significa ‘descripción de un país (incluido paisaje y paisanaje)’, donde tampoco desentona decir algo del subsuelo, amén de la situación en el globo. Ya, ya. ¡Chitón! El soñador nos revela «una Guipúzcoa como nadie de nosotros haya visto jamás » (M. Azurmendi*):

«Aquí tenemos más cerca la Estrella del Norte que en Castilla. Vemos más cerca la Osa Mayor y Menor, y demás constelaciones boreales… Vemos a Bootes conducir su carro luminoso, oyéndole cantar la gloria de Dios, en metros iguales y celestiales…
Aquí las auroras boreales, a modo de decir, las tocamos con las manos… Aquí, al acercarse el Sol al Cangrejo, tenemos el gusto de verlo salir del mar y ponerse en el mar; y unos crepúsculos tan prevenidos y madrugadores, que en nuestros puertos parece día claro tal vez a las dos de la mañana. Aquí señalamos los puntos de la eclíptica, que no puede pasar el sol…
¿Ve Usted la cima de aquel monte? Pues es la raya que no pasa jamás el Sol hacia el Polo Ártico… ¿Ve Usted hacia ese otro lado la cima de aquel otro monte? Pues es la raya que no pasa jamás el Sol hacia el Polo Antártico… »

–¡Con que Corografía! Con tanta música celestial y danza estelar, no es extraño que para Google sea coreografía, y así nos lo enmienda, y hasta lo pone en la Wikipedia
–Claro está que si un pequeño país es el referente privilegiado de la esfera armilar tiene que ser por algo. La Providencia Divina tiene designios muy altos sobre ese pueblo…
–Y usted que lo diga. O mejor, que lo diga el padrecito:

«La nación de los Vascongados, y particularmente la de Guipúzcoa, ha tenido el ser mirada y atendida de Dios con especial cuidado entre todas las de España, y pudiera decir del mundo todo. Esta nacioncita siempre ha estado en este ángulo septentrional, jamás se ha confundido ni mezclado con ninguna de las naciones que vinieron de fuera, ni de moros, ni de godos, alanos, silingos, ni de romanos…
Y la demostración de esta verdad es el vascuence, lengua que evidentemente nos distingue de esas otras naciones. Sabe Guipúzcoa que la sangre de los suyos no tiene que ver con la de estas naciones, y que a ninguna de ellas tiene que recurrir en busca de su principio, de su alcurnia, de su genealogía…
Sabe, en fin, positivamente, que viene en derechura y sin cortaduras, de la familia y de los hijos de Túbal que poblaron España: cuya sangre nobilísima y limpísima ha mantenido en tantos siglos, a pesar de bárbaras naciones que inundaron el resto de España

«Abandonad, abandonad ese léxico traído de Castilla: pues existe demasiado sabor de moro, olor de sucio judío, de negro y de villano en esas tierras. Anotad que en vuestra casa, en Guipúzcoa, y sin ir a ninguna otra parte, tenéis una pureza que no encontraréis en ningún otro lugar. Y si esto es así, mejor haréis en casar esa vuestra hija limpia con un tratante de ganado de aquí, que no con muchos hidalgos haraganes de Castilla.»

Amén; que quiere decir: ‘esto me suena’.
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*) Mikel Azurmendi, Y se limpie aquella tierra. Madrid, Taurus, 2000, pág. 181.