jueves, 25 de noviembre de 2010

Chacolí (1)



Si se patentan genes, no es extraño que se patenten palabras. Que es el modo de poseer en exclusiva lo que expresan. Porque el nombre de las cosas es el certificado de su existencia:

Izena daben guztiak izatea be badauke
(Todo lo que tiene nombre, también tiene ser)

Eso viene a decir un proverbio vascongado, aunque luego vienen sus distingos:

Izenak eztu egiten izana.
Izena bat ta izana bi.

(El nombre no hace el ser. El nombre es uno; el ser, dos.)

Y el chacolí, tres, podemos añadir. Porque, vamos a ver: ¿existe el chacolí?

El chacolí ha existido, hubo algo que se llamó así. La Real Academia Española, en la primera edición de su Diccionario (1729, t. 2, pág. 292) lo registró:

«Vino de baxa calidad y poca substancia, por no llegar la uva de que se hace à perfecta madurez, por cuya causa es de poca duracion. En España solo se halla en las Provincias de Vizcaya y Montañas de Burgos

No sugiere etimología, aunque para la palabra siguiente sí lo hace, chacolotear (onomatopeya de un sonido). Nada dice de que chacolí sea vascuence. Es notable que, siendo aquel diccionario ‘de Autoridades’, no se ofrece ninguna para el chacolí, como si fuese palabra no escrita. Más tarde la misma Academia se enmienda, sobre todo en dos puntos: Cantabria es chacolífera y el chacolí es un vino tinto.

En 1742 el jesuita Isla menciona «un chacolí o vinagrillo de la tierra», no referido al País Vasco (Fray Gerundio, 3, 4, 8).

Por entonces, su consocio Larramendi copia de la Academia: «Chacolí, vino de poca sustancia». En vascuence pone chacolina, arnaguea, pero nada dice de origen vasco de la palabra. Y eso que el autor no pierde comba en esto; por ejemplo, casi a continuación: «Chacona. es voz Bascongada, y viene de chocuna, chucuna… », dice por decir (Diccionario trilingüe, 1745; t. 1, pág. 192).

Del mismo siglo XVIII tenemos a Cadalso, Memorias o compendio de mi vida (1762): «hablar vascuence, beber chacolí, plantar castaños…» Aquí sí, el contexto es vizcaíno (Bilbao, Zamudio), pero con eso el chacolí no tiene por qué ser más vascuence que los castaños.

¿Vascuence, chacolí? A los vascófilos no les cabe duda, y hasta discurren etimologías. Por afinidad fonética se relaciona con etxeko, de casa. Por ejemplo, preguntado un chacolinero cuánto fabrica, su respuesta canónica sería: «etxeko ain» (convertida para el caso en etexkolain), «como para casa». Pero, por la misma regla de tres, tan casera y chacolinera sería la sidra, pues quitando a Don Lope el Vizcaíno, rico en manzanas, pobre en pan y vino, y alguno más, los hidalgos a lo Garibay y los labradores sólo hacían sidra ‘patrimonial’, para el consumo propio. Y hablando de etxea, también el perro, txakurra, lo meten algunos en casa como «el (animal) casero» por excelencia. O sea que seguimos donde estábamos.

Tampoco el moderno Orotariko Euskal Hiztegia de la Real Academia de la Lengua Vasca / Euskalzaindia aclara el misterio, ni hurga en fondos documentales vascongados. En este sentido, sólo veo dos afirmaciones sin prueba: que la palabra, documentada desde el siglo XVI, se difunde en el XVII –aunque el Covarrubias (1611, 1673) no la conoce–, y que esa difusión parte del extremo oriental de Guipúzcoa, para designar vinos de origen francés. Veo también citado a Antonio de Trueba, que en Vizcaya no encontró el término hasta un documento de Olabeaga (1630), llamando chacolí a un vino de Burdeos, que a falta de otro se propinó a una soldadesca. Pero si aquí lo hacemos galo, de Francia nos lo devuelven con el Grand Larousse.

La intentona de vasconizar el nombre no se para en barras. Si el término propio vasco es txakolin –en grafía sabiniana, pronunciado chacoliña, con el artículo–, hasta eso se vuelve argumento, pues también otros líquidos bebibles terminan igual: ozpin (vinagre), pitipin, txuzpin (vino aguado, aguachirle). Hombre, si fuese txakopin, sería más convincente.

Siempre hay un consuelo:

«Lo que sí sabemos con rotunda seguridad es la fecha, el lugar, y casi la hora en que la palabra chacolí, en el País Vasco, pasó a ser txakoli. Fue en la Nochebuena de 1895. Sabino Arana se encontraba preso en la cárcel de Larrínaga en Bilbao… » (M. Corcuera y otros, Chacolí / Txakolina, 2010, pág. 161).

Sí, sí, nos lo han contado cien veces, nos sabemos de memoria el menú pantagruélico de aquella cena del político perseguido, en compañía de sus íntimos. Pero aquel fogonazo de inspiración, aquella inmersión lingüístico-etílica del término por la vía ortográfica no pasa de anécdota.

Como, por la otra parte, el francés ni el castellano tampoco ayudan, antes de dejarlo por imposible anoto una propuesta de etimología… hebrea: shehakol (שהכל), pronunciado con e brevísima, sheakol.

 El ritual judío tiene hasta cinco bendiciones distintas para tomar un tentempié. Cuatro son específicas de ciertos manjares. La quinta, llamada shehakol, es multiuso, como el nombre indica («para todo»); por ejemplo, vinos no de uva se etiquetan con la advertencia: «vino sheakol». El adjetivo correspondiente sería shakolí: «vino chacolí», como se decía también en castellano. La palabra está tomada de la bendición, que como todas, empieza: Baruch ata Adonay Elohenu Melek haolam (Bendito tú, Señor Dios nuestro, Rey del Universo); concluyendo ésta: shehakol nihyah bidvaro (el que todo existió por su Palabra).

      Es sabido que los judíos en la Edad Media anduvieron muy metidos en alcabalas y aduanas, pero no sólo en España, también en Francia. ¿Es posible que en su jerga profesional los vinos de poco fuste entraran irónicamente como ‘chacolí’? Se non e vero, e ben trovato. Hasta la n del vascuence txakolina la ven algunos en la misma bendición: shakoli-nihyah… ¿Quién da más?

Estamos, pues, como al principio, es decir, en ayunas. Lo peor de las etimologías viene cuando compiten varias. Es como ir al médico, y oírle que lo tuyo puede ser del hígado, o bien del corazón, aunque también parece una artrosis de cadera, tal vez complicada con un astrocitoma de cerebelo.

¿Qué significa Bakio? «Remanso de Paz» (bake, préstamo latino clásico, es la paz). Valiente sosada. Baquio es uno de los sobrenombres de Dionisio, el dios del vino. Llamar así a la capital del chacolí no sólo es más propio, sino que puede hacerse razonable inventando un mito milenario sobre la venida de Baco fundador, trayendo un mugrón en vez de un ramo de olivo.  Mi propio nombre, Belosticalle, tiene su pequeño tesauro de etimologías. ¿Qué tal esta otra? Belosti, to be lost. Al menos encierra algo de verdad.

En medio de tanta incertidumbre, he aquí que, como hubo Guerras del Chaco, ahora tocan las Guerras del Chacolí. Ha empezado Burgos, dicen, pero interesa también a Cantabria, y puede que a Navarra. Porque Navarra tiene chacolí, como nos recuerda mi buen amigo el profesor Humberto Astibia (UPV/EHU), paleontólogo, experto en caldos del país casi tanto como en sus dinosaurios fósiles.

¿Guerra político-identitaria? ¿Guerra mercantil? ¿Es por el nombre, es por la cosa? Como no soy experto en vinos ni tampoco en marcas y patentes, me ceñiré a lo que tengo más cercano: el chacolí auténtico y autóctono que siempre se hizo y veo hacer en un lugar de la Montaña de Burgos. Para ser un poco más concreto, en mi propia casa.

El patio de mi casa…  Pero veo que es algo tarde. El próximo día vuelvo sobre ello.


sábado, 20 de noviembre de 2010

Funeral




El 20 de noviembre de mi recuerdo es otro. El mío es el de 1941.

Por aquella fecha, el hambre y el frío habían empezado a dejarse de contemplaciones, en aquel colegio espartano donde me vi metido y donde no acababa de coger postura. Casi tres meses allí, y siempre de mal en peor. En una palabra, las pasé canutas.

Así se explica que aquel jueves me pareció redondo, porque de propina tuvimos también la mañana sin clases. Era el aniversario de José Antonio Primo de Rivera, un icono del régimen conocido entonces como el ‘Ausente-Presente’.

Desde luego, ningún chaval de mi edad archivaría en la memoria un jueves feriado por causa de un funeral. Lo que me impactó para toda la vida fue la apoyatura musical y literaria de aquel acto.

Primero fue el desfile por la calle Mayor hasta la parroquia, con la banda tocando un buen arreglo de la Marcha fúnebre de Chopin. Impresionante, para un lugarón como aquel, una villa arcaica en mitad del páramo leonés. Luego vino la misa muy bien cantada y orquestada. El responso final, con el Libera me de Perosi, estremecedor.

¿Cómo así? Pues más sencillo de lo que parece, aunque por entonces yo no lo sabía. El director de la banda municipal y alma de aquella música era un hombrecillo reservado y gafoso, que se llamaba Rodrigo A. de Santiago (1907-1985).

Era vizcaino de Baracaldo, aunque no iba diciéndolo a todo el mundo (hasta le tenían algunos por gallego); y en confianza –pero muy en confianza y con voz inaudible– podía llegar a declararse algo de izquierdas; dentro del orden, claro. Arteramente hacía correr la especie de que era un represaliado, un degradado. Y lo segundo al menos era verdad, porque dos años antes el joven Rodrigo acababa de ganar el Premio Nacional de Música.

Llevaba más o menos un año en la plaza, y se notaba: la banda ya hacía música. Algo después, el colegio le contrató para dar clases de armonía a los ‘pianistas’ algo aventajados. ¡Dios, qué pianos! Creo que fue la excusa que me di un año después para dejar la tecla, una de las estupideces de mi vida que más he lamentado. Me perdí, además de la música, el magisterio de un gran profesor y gran persona.

Era la era del gramófono. El repertorio músico de alcance no tenía nada que ver con el de hoy, incluso entre los buenos aficionados y profesionales. El criterio estético tampoco era de alto nivel.

Por entonces empezó a picar como una epidemia la himnomanía. Himnos para todo. Un efecto colateral de la cultura bélica, supongo. Un músico cortés como de Santiago no podía eludir el compromiso hímnico, pero es que a él también le iba la marcha. Hace unos años he tenido ocasión de volver por el lugar en fiestas (no al funeral de José Antonio, desde luego), y casi me emociono escuchando el mismo himno que les compuso el difunto Santiago. Sin letra, porque la original, ya discutida desde aquel estreno remoto, se había vuelto estridente y grotesca:

Seguiste en la postrer Cruzada,
epopeya de titanes,
la estela siglos ha trazada,
por tus hijos inmortales.

Consagrada ya oficialmente
al Rey inmortal de los siglos,
entonas con trova elocuente
el mejor de los tus himnos.

Gran hazaña, musicar letras así. Y así solían ser las más. La música en cambio resiste. Es pegadiza y muchos del pueblo la tararean. Es una marcha lenta, que en algunos lugares tocan en Semana Santa, sin sospechar que es el himno de un pueblo. Tiene una especie de obertura como de película de romanos, que pronto entra en vereda de pasodoble.

¿Y la parte literaria de la efeméride? Porque, como he dicho, aquel día hubo algo más que música. Pues sí, la pieza literaria fue el sermón. Y aquel sermón se me quedo fijado por su argumento. ¿Una glosa tal vez del Cara al sol? Pues no. Don Gregorio declamó y tronó desde el púlpito… ¡contra la cremación de cadáveres! Creo que fue entonces cuando tuve la primera noticia de esa práctica como un peligro social real entre nosotros, y no como una extravagancia hindú, o una antigualla de romanos. El cura era hombre práctico, y para no enredar en política, con una parroquia bastante en carne viva, nos repuso su homilía pronunciada el día de los difuntos.

Y hablando de letras. Otra figura que pasaría por allí unos años después fue ‘Cueto’, el juglar bilbaino Pío Fernández Muriedes. Antología poética de carne y hueso, más hueso que carne. Más famélico él que su juvenil auditorio (que ya es decir), actuando en el colegio se nos ‘traspuso’ dos o tres veces, por el bajísimo nivel de glucosa en su cerebro. Pero él salía del paso sin consultar jamás una chuleta, sólo gracias a su memoria y su repetorio, más alguna pastilla que se metía discretamente en la boca, con un buchecito de agua. ¡Hombre elegante! Pero hoy no toca hablar de él, ni yo tengo mucho que contar.




Lo dejamos, pues, con el Libera me de don Lorenzo. Por cierto, la última vez que estuve en Roma, en el palacio del Santo Oficio, me fijé en una placa donde dice que Perosi vivió allí. Y es que el auténtico artista lo es en cualquier parte, incluso en la antesala del infierno.

Impresionante pieza. Aunque no lleguemos a tanto como el admirador que escribe:
                   
                      Vorrei sia cantato durante le mie esequie.



martes, 16 de noviembre de 2010

Los Señores de la Paz



El licenciado Otegui –o bien Otegi, pero entonces nada impide pronunciar Oteji, hablando en castellano–;  don Arnaldo, digo, delante del Tribunal que le juzga se levantó de su silla y compuso la siempre ensayadísima figura para recitar su monólogo:
«Quiero volver a decir y a reseñar, con carácter absolutamente nítido, prístino, clarí[s]…, claro, que nosotros hemos hecho una apuesta por las vías pacíficas y democráticas, que nosotros rechazamos el uso de la violencia para imponer un proyecto político, que nosotros abogamos por un proceso de soluciones democráticas … »

¿«Prístino»? ¿ha hablado de «decir y reseñar con carácter prístino» no sé qué? La moviola lo confirma, es lo que ha dicho. A saber, dónde habrá oído ese adjetivo este hombre nada sobrado de léxico.

Al grano. Lo lógico, lo coherente al menos, habría sido recusar en forma al tribunal de un estado opresor, incompetente para juzgar a un patriota vasco que reniega de la nacionalidad española. Otros patriotas lo hacen. Esta vez el guión no pedía eso, sino compostura. Tocaba mitin.

Lo que no podía faltar en un discurso de parquedad retórica rayana en inopia eran las palabras favoritas: ‘conflicto’, ‘democrático’, ‘apuesta’, ‘escenario’... El actor en su escenario, eso era el demagogo Otegui protestando ante la Sala su apuesta como demócrata, quién sabe si de toda la vida.

¿Por qué me entretengo con Arnaldo Otegui? No tengo fijación por este personaje, de biografía bastante explícita, salvo en algún detalle, como su grado académico, dónde, cuándo, en qué y cómo lo consiguió. Licenciado en Filosofía y Letras. O en Sociología, dicen también. La cárcel ha sido fecunda en titulaciones de abertzales por cuenta de una UPV/EHU que no frecuentaron, algunas portentosas.

Otegui me vale de paradigma de esa gente que podemos llamar «señores de la paz», como otros –o los mismos, para el caso– son «señores de la guerra». Condotieros, filibusteros de la pacificación que ellos mismos provocan, inducen, gestionan, escamotean.

Proceso de paz, resolución del conflicto, etc.  A fuerza de machacar en frío, terminan metiéndonos en la cabeza que «todos necesitamos la paz», que la paz está ahí, aunque no de balde, sólo si sabemos negociarla. Esa milonga no se entiende, o es que se entiende demasiado, veamos:

«El Pueblo Vasco, Euskal Herria, está en conflicto con el Estado Español, con el Estado Francés». No es verdad. Hay políticos que lideran grupos y partidos desde ese supuesto, es su problema, que no les da derecho a usurpar la voz de este país. Aquí somos muchos los que no necesitamos esa paz de que hablan los señores y profesionales del ‘conflicto’. Por una sencilla razón: nosotros no estamos en conflicto –en ese conflicto–, no estamos en guerra civil con nuestro propio estado ni en guerra con el vecino del norte.

«Los enemigos del nacionalismo vasco lo son en nombre de su nacionalismo español excluyente», otra falacia. De todo habrá en la viña del Señor, y tan legítima es la opción de una España centralista como cualquier opción separatista o federalista, pasando por toda la gama de autonomías nacionalistas periféricas. ¿Quién teme al lobo feroz? Por ahí no nos van a pillar en renuncio.

Aquí el único conflicto es el que tratan de imponer los que de tiempo acá se comportan como señores de la paz, mientras niegan la única realidad política pacífica que hay, la firmada por los demócratas al sacudirse la dictadura y otorgarse una Constitución reformable y expresiva de la soberanía nacional española.

Los que no estamos en el conflicto de Otegui, o de Ibarretxe (que tanto monta), debemos tomar conciencia de ello y decir bien alto que su guerra no es la nuestra, y por tanto no necesitamos ni queremos para nada la paz que nos venden. Tan así es, que sólo desde una gran miopía, o un oportunismo político inconfesable, se puede estar colgado de los gestos o las palabras de ETA-Batasuna. o de ETA, Batasuna & Cía, como si la paz dependiera de ellos.

Señores de la Paz hay muchos y de muy variados pelajes. Eguiguren es otro de ellos. ¡Pero Eguiguren es demócrata  y nunca ha sido señor de la guerra! ¿Y qué? Es de los que saben como se cocina la paz, como se dialoga con el mismo diablo, como quien reza el rosario, para que la paz sea con nosotros. ¿Y Mr. Currin? Experto en resolver conflictos, mediador entre ETA y no se sabe quién, un soldado mercenario de la paz. Señor de la Paz es cualquiera de tanto espontáneo o comisionista para lavarnos el cerebro con la misma monserga de que nosotros tenemos un problema y alguien tiene la solución.

Claro que tenemos problemas. Entre otros, la delincuencia de todo tipo, incluido el terrorismo. Soluciones a debate, entre ellas no figura para nada la pacificación, el logro de un arreglo negociado de igual a igual entre la sociedad y las bandas de malhechores traficantes, proxenetas, ladrones, chantajistas, pistoleros. Menos todavía, la integración social de esa gente tal cuál y con atropello de la justicia, su infiltración en el Parlamento y las instituciones, por aquello de que «a nadie se le puede obligar a que renuncie a sus ideas, a su modelo de convivencia». Vaya si tenemos problemas. Uno especialmente molesto es la Caravana de la Paz.

Volviendo a Otegui. Primero en Anoeta, luego en el ‘Festival de Venecia’, ahora en la Audiencia Nacional, este ‘hombre de paz’ como que va de paloma de Noé con el ramo de olivo en el pico. El efecto irremediable es de arrogancia, un perdonavidas a lo Quinto Fabio, cuando abolsando un pliegue de su toga dijo a los cartagineses: «Aquí os traigo la paz y la guerra. Elegid» (T. Livio, 21, 18).

Encima, sin venir a cuento. Porque Roma y Cartago sí eran dos iguales en conflicto. Aquí, en cambio, ¿quién es ningún particular, ningún portavoz de grupo o partido político, para imponer a toda la sociedad su conflicto partidario, con dilemas de olivos y togas?


«Quiero que sepan que el pueblo trabajador vasco, que la clase obrera y las capas populares de este país, las que estamos organizadas para construir un proceso de liberación nacional y social en este país, no olvidaremos jamás el ejemplo que habéis dado, el compromiso que habéis adquirido, y el compromiso que además habéis planteado para buscar una solución dialogada y política al conflicto que enfrenta a Euskal Herria con el Estado Español.» (A. O.)

–¿Y la paz?

–Un momento, que para todos hay. En seguida me dirijo a los payos. Ea, vamos allá: Damas y caballeros, aquí les traigo el ramo de olivo. La Pazzz...

El crecepelo mágico…

Sólo un problema: en toda esta feria, el charlatán es el único calvo.