martes, 14 de septiembre de 2010

Las Brujas de Zugarramurdi (2)


Con Herodías, de gaupasa (1)

La ópera Salomé (1905) de Richard Strauss dio el escándalo, con aquella Danza de los Siete Velos, un destape nada recomendable para un 9 de diciembre por la noche. De aquello hace ya tanto, que casi nadie recuerda –y el que lo recuerda, casi no se lo explica– que la que bailó no fue la soprano Marie Wittich. ¿Acaso no sabía ejecutar unos pasos de danza? Sí, pero no ‘aquella’ danza:


Ich bin eine anständige Frau. Yo soy una mujer decente, señor mío. Búsquese a otra.


El plante ejemplar de la Wittich hizo ley, y en la primera andadura de la discutida ópera aquel amago de strip-tease corría a cargo de una doble, una bailarina más o menos anónima. (Lo cual tiene su ventajilla estética, cuando la diva es ‘talla especial’, como nuestra enorme Caballé).


Strauss en realidad se apuntó al éxito morboso del drama homónimo de Oscar Wilde, hecho ex profeso para escandalizar, escrito en francés y estrenado en París (1896). El vienés sacó partido con una buena partitura sobre un libreto calcado. Por cierto, también él hizo una versión francesa, menos conocida.

El Cine tampoco podía desaprovechar un tema así, con picardías como la de la Hayworth 1953), que ya no surten efecto, hasta la castísima Salomé de Saura (2002), encarnada en Aída Gómez.





La Danza de los Siete Velos fue una versión esteticista decadente de la danza del vientre, cuando la Arqueología oriental, tan de moda entonces, divulgó el poema y mito sumero-acadio de la Bajada de Istar a los Infiernos [1].


Istar (Ester), la Reina de los Cielos, hermana menor y rival de Ereskigal, Reina de los Infiernos, perdida por meter las narices en sus dominios, y de paso impresionarla, vestida y enjoyada de punta en blanco se planta ante el palacio de lapislázuli.

La divina Istar –o Inana, para los que entienden sumerio– no las tiene todas consigo, y ha dado instrucciones a su fiel Ninshubur, para que si en tres días ella no ha vuelto, en su Ciudad Santa se apliquen los ritos y sufragios oportunos.

De sobra sabe que aquello es Kurnugi, el país de ‘Irás-y-no-Volverás’, pero según ella, se trataba de una visita especial. Sus razones no resultan convincentes. El portero se mosquea:

–Pero vamos a ver, señora: ¿está usted muerta, o no lo está?

La Reina de los Infiernos se da cuenta en seguida de que la curiosa impertinente no puede ser otra que su hermana.

Sus instrucciones son dejarla pasar. Una por una irá llamando a las Siete Puertas, y en cada una le irán quitando una prenda, hasta dejarla en cueros vivos. Como cualquier mortal. «Se va a enterar esa loca de lo que es bueno.»

En cada puerta se repite la escena y el diálogo, una prenda, después otra:

–¿Cómo os atrevéis…? ¡Protesto!
–Silencio, Istar. Son normas del Infierno. Inana, no discutas los ritos infernales.
–¿Pero por mé quitas esto, portero?
–Adelante, señora; el Infierno os da la bienvenida. Normas de la Casa.


Finalmente desnuda comparece ante el trono de su hermana, Ereskigal la terrible, que preside el tribunal de los anunaki, los Siete Jueces infernales, que dictan sentencia y con su mortífera mirada ellos mismos la ejecutan .

Aquí tenemos un sello cilíndrico asirio (h. 700 a. de JC) con su impronta sobre arcilla, interpretada como Istar emitiendo un oráculo. La diosa es reconocible por su estrella (Venus) y sus atributos de cazadora (arco y aljaba, como Diana); y para poder mirar al consultante de arriba abajo, utiliza como escabel el lomo de una fiera, mostrando así su condición divina y temperamental.

Tomemos nota de esos detalles (lucero, armas, fiera portante), porque los hemos de necesitar a su tiempo.


Pero, ahora que caigo, yo no venía a hablar de los Siete Velos, sino de otra escena de la Salomé, igualmente tomada de Wilde. Y es que los aspavientos de la dichosa danza casi hacían pasable lo que todavía hoy sigue siendo chocante, de puro morboso.

Se trata del final de la obra, cuando a Salomé le entregan en bandeja la testa cortada de san Juan Bautista. Tras besarla con pasión, la moza se recrea en una escena erótico-necrofílica que saca de quicio a su propio tío-padrastro, Herodes Antipas, el cual manda a los guardias que la aplasten con sus escudos.




Ah! Ich habe deinen Mund geküßt, Jochanaan.
Ah! Ich habe ihn geküßt deinen Mund,
es war ein bitterer Geschmack auf deinen Lippen.
Hat es nach Blut geschmeckt? Nein! Doch es schmeckte
vielleicht nach Liebe ...
Sie sagen, daß die Liebe bitter schmecke ...
Allein, was tut's? Was tut's?
Ich habe deinen Mund geküßt, Jochanaan.
Ich habe ihn geküßt, deinen Mund.

–He besado tu boca, ¡oh Juan mío,
qué amargo de tus labios el sabor!
¿Sabor de sangre? ¡No! La sangre es dulce.
De amor tal vez, pues diz que amor amarga…
¿Y eso qué importa ahora? ¿eso qué importa?
Lo que cuenta es, mi Juan, que te he besado,
que he besado tu boca.

–¡Soldados! ¡Muerte a esa mujer!

La escena, como toda la trama del amor secreto de Salomé al Bautista, desde luego no figura en los Evangelios, ni tampoco en las noticias del historiador judío Flavio Josefo. De hecho, ni Marcos ni Mateo, que recuerdan la danza, dan el nombre de la chica, que debemos a Flavio. Los tres coinciden en que era hija de Herodías con un hermano de Antipas (otro de los muchos Herodes de la saga), divorciada de él para casarse con el que era su cuñado. De ahí las diatribas furibundas de Juan, que unidas a su propaganda considerada subversiva, le valieron la prisión, y ahora la muerte.

Pues bien, todavía sigue la gente preguntando, de dónde se sacó esta escena, dándola muchos erróneamente por invención de Wilde.

Y no es así. Mil años antes, algo muy parecido corría por Francia. Donde (no lo olvidemos), Herodes Antipas vivió con Herodías sus últimos años, relegado por el emperador Calígula, muriendo concretamente en Lión. La que no les acompañó en el exilio fue Salomé, la bailarina de los Evangelios; pero no por haber muerto empavesada, sino porque se casó con un primo de Antipas llamado Felipe, gobernador de Iturea –hijos ambos de Herodes I el Grande–, en aquella endogámica familia.


Continúa

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[1] Cfr. J. B. Pritchard, Ancient Near Eastern Texts (ANET). Princeton, 1955, págs. 52-57 y 106-109.


sábado, 11 de septiembre de 2010

Un poco de vértigo


Asomarse a la Sima de los Huesos de un poco de vértigo. Todo el yacimiento de Atapuerca de vértigo. El vértigo de una cronología donde el tiempo se multiplica por mil. El vértigo de nuestro orígenes.

–«El hombre es portador de valores eternos», que dijo el otro.
–¡Bah! «Los humanos no tenemos ninguna misión especial en este mundo».

Así que ya tenemos tema para la sobremesa de hoy. En mi visita al Museo de la Evolución Humana (Burgos) me fijé en un libro que recomiendo: La Sierra de Atapuerca. Un viaje a nuestros orígenes, de C. Díez, S. Moral y M. Navazo, Fundación Atapuerca-Everest, 2007 [2008], 211 páginas, muy bien ilustrado. Los autores son investigadores del yacimiento, y prologan los tres codirectores del mismo. De uno de éstos, Juan Luis Arsuaga, es la réplica en el supuesto diálogo anterior. Una frase con resonancias de advertencia.

Con misión o sin ella, el caso es que vinimos, y aquí estamos hasta que dejemos de estar. Que será bastante pronto, mucho antes de lo que llevamos aquí. Como especie, tenemos muchísimos más pasado que porvenir. Y si nuestro orígenes son oscuros, nuestro futuro es sencillamente impenetrable.

Por lo visto, somos los únicos vivientes conscientes de todo eso, de nuestro principio y fin colectivo; y de que mientras sigamos aquí, todo lo que nos rodea va a depender de nosotros, de forma y en proporción nunca vista. Esta vía abierta en la era tecnológica es precisamente la que, por paradoja, nos cierra un horizonte sembrado de catástrofes como un campo de minas.

Somos también los únicos capaces de controlar y alterar en gran medida la evolución ‘normal’ de nuestra propia especie. (O subespecie, seamos modestos, pero para el caso da igual, porque sólo nosotros quedamos para contarlo, aunque posiblemente otros congéneres hibridables sobreviven parcialmente en nosotros.)

Es decir que, aunque nadie nos hubiese encomendado misión alguna –salvo esa instrucción genética del «creced y multiplicaos», común a todo ser vivo–, nos la podemos atribuir. Y de hecho eso ha ocurrido y sigue ocurriendo, como si en el proceso de hominización una pulsión mesiánica se hubiese instaurado en nuestro ser.

Hay quien no quiere ni oír hablar de ello («¿A mí qué? ¿soy acaso el tutor de mi hermano? ¿soy el guarda del paraíso?»). Pero no es cuestión de mí o de ti. La hominización ha desarrollado y complicado una propiedad animal, la sociabilidad, que ya existía, pero que ahora es diferente y exclusiva de Homo, pues genera tradición, cultura.

Tal propiedad sería inseparable de la condición humana. En la página 71 del libro se cita esta frase, con la segunda parte marcada en rojo:

«Los hombres no han sobrevivido como individuos ni en multitudes aleatorias, sino como miembros de comunidades organizadas constituidas porque se comparten tradiciones comunes.» G. Clark

Esta frase del arqueólogo y antropólogo sir Grahame Clark (1907-1995) [1], aunque parezca exagerada, es exacta: ninguna supervivencia biológica es individualista, pero la del hombre tampoco ha sido en turbamultas azarosas (in random crowds), sino en comunidades orgánicas tradicionalistas (as members of organized communities constituted by sharing common traditions).

Del simbolismo a la mitomanía

Y ahí es donde empieza el vértigo, más que en los datos concretos de la antropología física. Claro que los hechos son lo primero. Como debe ser, en toda ciencia. Reconstruir el ramaje de nuestro árbol filogenético, marcar los hitos de nuestra cronología. Incluso decidir si los humanoides llegaron a Iberia por Gibraltar o por lo Pirineos, o por el sur y el norte a la vez.

Pues bien, todo eso son minucias, junto a la curiosidad de saber cuándo las tradiciones entre humanos empezaron a expresarse en lenguaje de símbolos –algo así como las fórmulas matemáticas–, y cómo esos símbolos fueron derivando más y más, haciendo abstracción de la experiencia sensible, hasta generar seudoexperiencias de dejà vu. Entre éstas últimas, una muy especial: cuándo y cómo los humanos empezaron a sentirse ‘ajenos’. La ‘alienidad’ (esse alterius, pertenecer a otro), suele señalarse como raíz y esencia de la religión. El Otro; el Numen que nos posee.

De eso obviamente no trata el libro. Tiene en cambio un capítulo dedicado al LENGUAJE (págs. 126-135) y otro sobre SIMBOLISMO (136-145); muy sobrios –como debe ser–, rozando apenas el tema de las ‘creencias’. Por esa vereda de lo simbólico, Atapuerca por ahora nos acerca al millón y medio de años. Según eso, hemos tenido tiempo de sobra para usar el simbolismo, incluso para abusar de él hasta volvernos mitómanos. Por ejemplo, a la pregunta ‘por dónde vinimos’, no faltará quien señale alguna playa gallega, donde una pareja de atlantes encalló navegando en una tina de piedra. Según otros, érase un grupo de humanoides que, hallándose de merienda a la orilla de cierto lago remoto, arrancados de allí por un torbellino, vinieron a caer aquí del cielo entre una lluvia de ranas. O más simple todavía: nadie vino de ninguna parte, pues cada pueblo brota en su terruño, como las coles. Esto último, que al escéptico Luciano le parecía de chiste, es el desiderátum de todo nacionalista de bien. ¿Dónde está la raya entre la hipótesis y el mito?

Al Otro se llega por diferentes vías. Santo Tomás en la Suma Theologica propuso hasta cinco, permitiéndose el lujo de rechazar una sexta de san Anselmo: «el Ser perfecto tiene que existir, o no sería perfecto; luego existe». (Para algunos, esta es la ‘prueba’ más convincente.)

También cabe el Numen como hipótesis explicativa de lo que no se entiende, el deus ex machina resolvedor de aporías, desfacedor de entuertos. Lo de «el reloj y el relojero», y todo eso. Un poco lo que decía mi abuela: «tiene que haber algo… ». O la ilusión de la propia inmortalidad soñada y proyectada en el Otro.

Más vías. Una, un poco rara para mí, la del pesar o compunción –la κατάνυξις o λύπη–, atribuida a cierto Mintanor, autor de un libro de música perdido, donde decía:

Deum doloris, quem prima compunctio
Humani finxit generis.


Así es como lo cita Fulgencio Planciades en su Mythologicon, obra dedicada a un tal Gato, presbítero de Cartago: «Dios del dolor, el que inventó primero una humanidad compungida.»

¡Y el miedo! Más que la esperanza, «el miedo ha creado dioses». Si hoy se recuerda la Tebaida de Estacio, es sobre todo por un único verso, donde dice (3: 661):

Primus in orbe timor fecit deos

Aunque se entiende sin dificultad, bienvenida la traducción de Arjona (3: 184; previo aviso de que lo del ‘agüero’ es ripio):

Que yo sé bien que el miedo fue el primero
que hizo dioses e inventó el agüero.




Hay quien dice que Estacio tomó prestada la idea de Petronio; o viceversa. En todo caso, es del siglo I. Y por cierto, siempre me pareció ver un juego de palabras, ya que ‘temor’ en griego es δέος; como quien dice: δέος fecit deos. Nunca le di importancia, pensando que era ocurrencia mía. Pues no; porque gracias a Google, encuentro que el erudito holandés Thomas Muncker daba el calembour por sabido, citando fuentes en su edición anotada de Mythographi Latini (Amsterdam, 1681, t. 2, pág. 32, nota). Y como no parece que este Muncker sea persona muy vista, aquí traigo su retrato, para que al menos se sepa qué peluca gastaba.

Según muchos arqueólogos, «el origen del simbolismo hay que situarlo dentro del mundo neandertal, hace quizás unos 70.000 años, pero no hay unanimidad al respecto» (pág. 141). Claro; depende de lo que se entienda por símbolo. Retrasarlo hasta las primeras pinturas rupestres, «hace sólo unos 30.000 años, en Europa», parece tan extremoso como suponer que «somos una especie simbólica desde la aparición de nuestro género». Esto último me parece creíble, siempre que hablemos del simbolismo como potencialidad.

Sea como fuere, establecido el hecho simbólico, todavía adivinamos más que poseemos sus códigos. La portada del libro ofrece un apunte de pintura ritual, un individuo pintarrajeando a otro de rojo y negro (¿ceremonia, guerra?). Interesante también la sugerencia de sepelio colectivo en la Sima de los Huesos, con la recreación imaginaria de un entierro a lo Heidelberg (pág. 140). ¿Intuición de un más allá? No hay por qué suponerlo. ¿Dios? Ni idea.

Un siglo antes de Atapuerca

Este librito me ha venido bien para remozar un poco la biblioteca, y de paso para desempolvar vejestorios. La nueva Atapuerca se inicia bajo la batuta de Emiliano Aguirre en los años 70 del siglo pasado. Por entonces ya tenían un siglo dos libros complementarios y simultáneos de un mismo autor, el médico y naturalista valenciano Juan Vilanova y Piera (1821-1893): Compendio de Geología (Madrid, 1872, 588 págs.); y Origen, naturaleza y antigüedad del hombre (Madrid, 1872, 446 págs.). Del mismo año es la 11ª edición de los Principles of Geology, del gran Lyell, en 2 volúmenes que totalizan 1.360 págs. En comparación, Vilanova no desmerece, concretamente en lo poco que se sabía entonces de la ‘prehistoria’ humana.

Antes había publicado un gran Manual de Geología aplicada (Madrid, Imprenta Nacional, t. I, 1860; t. II y Atlas, 1861), con un total de 1.100 páginas de texto y buenas láminas del grabador Camilo Alabern Casas (1825-1876) [2]. Láminas reutilizadas luego en otro libro, en colaboración con el granadino Juan de Dios de la Rada Delgado (1827-1901), reputado arqueólogo y orientalista, además de jurista, y a ratos autor dramático. Esta obra, Geología y Protohistoria Ibéricas (Madrid, El Progreso, 1891, 650 págs., numerosas láminas y un mapa plegable en colores de la Península) es de lo más interesante para la época, por ser el tomo I, a modo de introducción a una proyectada Historia General de España por Académicos de la Historia, dirigida por Cánovas del Castillo. Pensemos que el Text-Book of Geology de A. Geikie, en las 1.150 páginas de su 3ª edición (1893), apenas dedica media docena al tema humano, y eso con fuerte pesimismo sobre las posibilidades de obtener registro fósil, fuera de artefactos líticos y poco más.

Son libros excelentes y a ratos sorprendentes por su clarividencia o divertidos en su ingenuidad. El pobre Vilanova en particular se las vio y deseó frente a la clerigalla que le maltrataba desde los púlpitos y las prensas, descreído para unos, sospechoso para otros, y eso que él era buen cristiano y se amparaba bajo la púrpura del cardenal Wisemann y otros sabios católicos algo abiertos. Su Geología aplicada casi enternece, pues se cierra con una confesión de fe y un alegato concordista sobre la armonía entre religión y ciencia.

La misma suspicacia persiguió al bueno de don Juan muchos años después de muerto. Todavía en los años 40 pasados, en la biblioteca de mi colegio se consultaba mucho La Creación, de Montaner y Simón, gran Historia Natural en 9 grandes tomos (Barcelona, 1873-1876). Pues bien, al primero y al último (‘Antropología’ y ‘Geología y Paleontología’) se toleraban con reparos, por aquello de la cronología bíblica y del origen del hombre.

Y con esto, creo que vamos bien servidos de teología de sobremesa. Ahora, ya sin vértigo, demos un paseo virtual por Atapuerca .

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[1] Worl Prehistory in new Perspective, Cambridge Univ. Press, 1977; Preface, pág. xviij.

[2] El título completo es Manual de Geología aplicada a la Agricultura y a las Artes Industriales. Puede bajarse por Google libros (menos el Atlas): Tomo 1; tomo 2.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Rentrée



Voilà, una de esas palabras extranjeras que llamamos ‘intraducibles’. No porque no puedan, sino porque no se deben traducir, se les va el bouquet. ‘Reentrada’ es correcto, pero no dice lo mismo.
Donc, c’est la rentrée. ¿Y a qué, o a dónde? Nada grave. A esta página, que sin ser de obligación, tiene su algo de corvée. Vaya, que este agosto me ha dado el morbo gálico.
Ha sido un mes de no olvidar. De estreno, un mocoso en bicicleta atropella a mi santa (¡por la acera!) y le parte uno de sus húmeros. Sólo el izquierdo; pero ya es faena. Y coincidencia, sí señor. Porque en ese momento estaba yo en mi rincón, compulsando en los clásicos de brujería una historia que todos repiten:
Brujas transformadas en gatas, que al pegarles un estacazo, luego amanece la maléfica deslomada o con el brazo en cabestrillo. Los brujólogos lo describen con tantos pelos y señales, y poniendo testigos, que debe de ser verdad, pues hasta las novelas griegas lo ponen. Y sin ir tan lejos, yo mismo oí a mi madre la misma historia, como que era de dominio público. Aquí fue cerca de nuestra casa, en un caserío de la parte de Arrigorriaga. Una noche estaba el ganado inquieto en la cuadra, bajan a ver, y hete aquí la dichosa gata negra sobre el lomo de una vaca, etc. ¿Casualidad o causalidad? Una vieja vecina, algo presunta bruja, fue vista los días siguientes cojeando del mismo pie en que le sacudieron a la gata.
El percance no nos ha privado de visitar en Burgos el flamante Museo de la Evolución Humana. Recién estrenado, todavía están en fase recaudatoria, y al paso por taquilla no respetan canas. Nosotros fuimos el viernes 20 de agosto. De haber ido dos días después tal vez habríamos entrado gratis, no por ser último domingo de mes (que no lo fue), sino camuflados en el séquito de Zapatero.
Del edificio como arquitectura no puedo decir si mejora lo que hubo, porque ya ni recuerdo cómo era el Cuartelón de San Pablo que tiraron hace más de 30 años, y menos aún el célebre convento dominico que le dejó el nombre. Lo que tuvo que ser aquel monasterio colosal, tan cargado de arte e historia, que cuesta imaginar la barbarie ciega que, en tiempos de paz, arrasó lo mucho que aún quedaba. Pobre Burgos, antes una de las ciudades más ricas, artísticas y refinadas de Europa, miserable villorrio ya en los tiempos de Bonaparte.
En términos absolutos, el complejo actual lo veo desaforado, y de un macizo fuera de lugar, pero a todo se acostumbra uno. (Al señor Presidente le ha hecho «una gran impresión» y afirma que «está muy bien orientado».)
Leo que se han hecho catas arqueológicas en el solar, antes de levantar el nuevo mamotreto de hormigón, acero y vidrio. Tendría gracia que un Museo paleontológico se alzase precisamente encima de otra mina de huesos llena de tesoros. No es nada probable que el suelo de aluvión cubra otro ‘Atapuerca’, sólo digo que tendría gracia. Después de todo, en San Pablo, además de muchas sepulturas, hubo una capilla-relicario de las Once Mil Vírgenes, material más que bastante para dos o tres yacimientos.
Por dentro la cosa parece una exposición, más que un museo. Exposición grande, muy lograda, didáctica, impactante. Los dioramas son buenos, pero de aforo limitado y con colas un poco largas. Una vez dentro, te sientes invitado a salir cuanto antes, para dejar sitio.
Las reconstrucciones de humanoides son tan hiperrealistas, que algunos visitantes creen ver caras conocidas, incluso de la propia familia. Soberbio el ejemplar de Homo antecessor, un macho adulto mucho más vivo que el otro congénere con el que nos hemos cruzado fuera en la calle, en un paseo, con su hijo de la mano, que parece adoptivo de otra especie. La serie evolutiva de estas estatuas está dispuesta en círculo, de modo que situado el observador en el centro y girando sobre sí mismo recorre lo que va de ayer a hoy lo que tarde en darse la vuelta. Un ayer, para nuestro género Homo, de casi -2,5 Ma (1 mega-año = 1 millón de años).
A los modelos en general les han atribuido un aire noble, inteligente, tranquilo y casi risueño, como parece ser lo políticamente correcto en esta materia tan educativa. Una Homo erectus erecta está a punto de lanzarte un cantazo, sin perder por ello una sonrisa a su manera. Así es creíble lo que nos cuentan los entendidos: que algunos de aquellos tipos tan amables eran capaces de canibalizarse entre sí por gusto, en puro homenaje gastronómico a la propia especie.
En lo propiamente museístico, se exhiben bastantes piezas auténticas junto a reproducciones, todo o mayormente de Atapuerca, como es lógico. Porque como también ha valorado el mismo Zapatero, Atapuerca «ya tiene en su corazón los tesoros más valiosos de la arqueología y, desde luego, tiene un gran potencial y no tiene límites». Es la puja del Presidente, y no voy a mejorarla.
En la planta superior, está muy bien la reconstrucción parcial de un Beagle visitable, para hacerse idea de las condiciones del barco en que Darwin tuvo sus intuiciones (1831-1836) para El Origen de las Especies(1859) y El Linaje del Hombre (1871). Cinco años comiendo a diario en aquella mesita-velador con el bíblico capitán Fitz Roy vis-à-vis debieron de ser heroicos.
Buena nota también para el estand o chiringuito de don Santiago Ramón y Cajal. El sabio más grande de todos los tiempos, y el que no esté de acuerdo lo cargue a mi cuenta. Fue el primer científico que entendió cómo está hecho y cómo funciona el cerebro humano –el chisme más complicado del universo conocido.
A mi mujer y a mí nos ha gustado el reconocimiento que se hace a Emiliano Aguirre, nuestro profesor en la Complutense. Él preparaba su tesis sobre elefantes fósiles. Fue pionero en tiempos difíciles, cuando la Paleontología humana ni  divina aquí no valía un duro para los políticos. A Aguirre yo le bautizaría Aguirius antecessor, respecto a los hallazgos de Atapuerca, aunque por imperativo bio-laboral no alcanzó a ver lo que este yacimiento entraña. Desde aquí un abrazo, amigo Emiliano.

En estos pensamientos estábamos, cuando mi mujer me llama la atención sobre un espécimen bípedo muy evolucionado. Era de sapiens-sapiens para arriba, y diríase que discretamente se fugaba de algún nicho del círculo de los humanoides hiperrealistas. «¡Don Santiago, don Santiago!», le invoqué. Porque en efecto, era él. No Cajal, parbleu; el otro. Santiago González, lobo de mar como Fitz-Roy, y capitán-piloto de otra nave casi tan famosa como el Beagle, la Argos.
Tras el frote de narices cambiamos impresiones, y yo di la que me salió del alma: «No porque tú seas burgalés, pero ¡menos mal que Atapuerca es Burgos!» Y es que sólo imaginar un yacimiento así en nuestra Euskadi veleyana pone espanto.
Es la rentrée. Arriba la persiana.
En la última entrada, un comentario del 15 de agosto:  
«plazamoyua dijo... ¡Malditas vacaciones!»