sábado, 11 de septiembre de 2010

Un poco de vértigo


Asomarse a la Sima de los Huesos de un poco de vértigo. Todo el yacimiento de Atapuerca de vértigo. El vértigo de una cronología donde el tiempo se multiplica por mil. El vértigo de nuestro orígenes.

–«El hombre es portador de valores eternos», que dijo el otro.
–¡Bah! «Los humanos no tenemos ninguna misión especial en este mundo».

Así que ya tenemos tema para la sobremesa de hoy. En mi visita al Museo de la Evolución Humana (Burgos) me fijé en un libro que recomiendo: La Sierra de Atapuerca. Un viaje a nuestros orígenes, de C. Díez, S. Moral y M. Navazo, Fundación Atapuerca-Everest, 2007 [2008], 211 páginas, muy bien ilustrado. Los autores son investigadores del yacimiento, y prologan los tres codirectores del mismo. De uno de éstos, Juan Luis Arsuaga, es la réplica en el supuesto diálogo anterior. Una frase con resonancias de advertencia.

Con misión o sin ella, el caso es que vinimos, y aquí estamos hasta que dejemos de estar. Que será bastante pronto, mucho antes de lo que llevamos aquí. Como especie, tenemos muchísimos más pasado que porvenir. Y si nuestro orígenes son oscuros, nuestro futuro es sencillamente impenetrable.

Por lo visto, somos los únicos vivientes conscientes de todo eso, de nuestro principio y fin colectivo; y de que mientras sigamos aquí, todo lo que nos rodea va a depender de nosotros, de forma y en proporción nunca vista. Esta vía abierta en la era tecnológica es precisamente la que, por paradoja, nos cierra un horizonte sembrado de catástrofes como un campo de minas.

Somos también los únicos capaces de controlar y alterar en gran medida la evolución ‘normal’ de nuestra propia especie. (O subespecie, seamos modestos, pero para el caso da igual, porque sólo nosotros quedamos para contarlo, aunque posiblemente otros congéneres hibridables sobreviven parcialmente en nosotros.)

Es decir que, aunque nadie nos hubiese encomendado misión alguna –salvo esa instrucción genética del «creced y multiplicaos», común a todo ser vivo–, nos la podemos atribuir. Y de hecho eso ha ocurrido y sigue ocurriendo, como si en el proceso de hominización una pulsión mesiánica se hubiese instaurado en nuestro ser.

Hay quien no quiere ni oír hablar de ello («¿A mí qué? ¿soy acaso el tutor de mi hermano? ¿soy el guarda del paraíso?»). Pero no es cuestión de mí o de ti. La hominización ha desarrollado y complicado una propiedad animal, la sociabilidad, que ya existía, pero que ahora es diferente y exclusiva de Homo, pues genera tradición, cultura.

Tal propiedad sería inseparable de la condición humana. En la página 71 del libro se cita esta frase, con la segunda parte marcada en rojo:

«Los hombres no han sobrevivido como individuos ni en multitudes aleatorias, sino como miembros de comunidades organizadas constituidas porque se comparten tradiciones comunes.» G. Clark

Esta frase del arqueólogo y antropólogo sir Grahame Clark (1907-1995) [1], aunque parezca exagerada, es exacta: ninguna supervivencia biológica es individualista, pero la del hombre tampoco ha sido en turbamultas azarosas (in random crowds), sino en comunidades orgánicas tradicionalistas (as members of organized communities constituted by sharing common traditions).

Del simbolismo a la mitomanía

Y ahí es donde empieza el vértigo, más que en los datos concretos de la antropología física. Claro que los hechos son lo primero. Como debe ser, en toda ciencia. Reconstruir el ramaje de nuestro árbol filogenético, marcar los hitos de nuestra cronología. Incluso decidir si los humanoides llegaron a Iberia por Gibraltar o por lo Pirineos, o por el sur y el norte a la vez.

Pues bien, todo eso son minucias, junto a la curiosidad de saber cuándo las tradiciones entre humanos empezaron a expresarse en lenguaje de símbolos –algo así como las fórmulas matemáticas–, y cómo esos símbolos fueron derivando más y más, haciendo abstracción de la experiencia sensible, hasta generar seudoexperiencias de dejà vu. Entre éstas últimas, una muy especial: cuándo y cómo los humanos empezaron a sentirse ‘ajenos’. La ‘alienidad’ (esse alterius, pertenecer a otro), suele señalarse como raíz y esencia de la religión. El Otro; el Numen que nos posee.

De eso obviamente no trata el libro. Tiene en cambio un capítulo dedicado al LENGUAJE (págs. 126-135) y otro sobre SIMBOLISMO (136-145); muy sobrios –como debe ser–, rozando apenas el tema de las ‘creencias’. Por esa vereda de lo simbólico, Atapuerca por ahora nos acerca al millón y medio de años. Según eso, hemos tenido tiempo de sobra para usar el simbolismo, incluso para abusar de él hasta volvernos mitómanos. Por ejemplo, a la pregunta ‘por dónde vinimos’, no faltará quien señale alguna playa gallega, donde una pareja de atlantes encalló navegando en una tina de piedra. Según otros, érase un grupo de humanoides que, hallándose de merienda a la orilla de cierto lago remoto, arrancados de allí por un torbellino, vinieron a caer aquí del cielo entre una lluvia de ranas. O más simple todavía: nadie vino de ninguna parte, pues cada pueblo brota en su terruño, como las coles. Esto último, que al escéptico Luciano le parecía de chiste, es el desiderátum de todo nacionalista de bien. ¿Dónde está la raya entre la hipótesis y el mito?

Al Otro se llega por diferentes vías. Santo Tomás en la Suma Theologica propuso hasta cinco, permitiéndose el lujo de rechazar una sexta de san Anselmo: «el Ser perfecto tiene que existir, o no sería perfecto; luego existe». (Para algunos, esta es la ‘prueba’ más convincente.)

También cabe el Numen como hipótesis explicativa de lo que no se entiende, el deus ex machina resolvedor de aporías, desfacedor de entuertos. Lo de «el reloj y el relojero», y todo eso. Un poco lo que decía mi abuela: «tiene que haber algo… ». O la ilusión de la propia inmortalidad soñada y proyectada en el Otro.

Más vías. Una, un poco rara para mí, la del pesar o compunción –la κατάνυξις o λύπη–, atribuida a cierto Mintanor, autor de un libro de música perdido, donde decía:

Deum doloris, quem prima compunctio
Humani finxit generis.


Así es como lo cita Fulgencio Planciades en su Mythologicon, obra dedicada a un tal Gato, presbítero de Cartago: «Dios del dolor, el que inventó primero una humanidad compungida.»

¡Y el miedo! Más que la esperanza, «el miedo ha creado dioses». Si hoy se recuerda la Tebaida de Estacio, es sobre todo por un único verso, donde dice (3: 661):

Primus in orbe timor fecit deos

Aunque se entiende sin dificultad, bienvenida la traducción de Arjona (3: 184; previo aviso de que lo del ‘agüero’ es ripio):

Que yo sé bien que el miedo fue el primero
que hizo dioses e inventó el agüero.




Hay quien dice que Estacio tomó prestada la idea de Petronio; o viceversa. En todo caso, es del siglo I. Y por cierto, siempre me pareció ver un juego de palabras, ya que ‘temor’ en griego es δέος; como quien dice: δέος fecit deos. Nunca le di importancia, pensando que era ocurrencia mía. Pues no; porque gracias a Google, encuentro que el erudito holandés Thomas Muncker daba el calembour por sabido, citando fuentes en su edición anotada de Mythographi Latini (Amsterdam, 1681, t. 2, pág. 32, nota). Y como no parece que este Muncker sea persona muy vista, aquí traigo su retrato, para que al menos se sepa qué peluca gastaba.

Según muchos arqueólogos, «el origen del simbolismo hay que situarlo dentro del mundo neandertal, hace quizás unos 70.000 años, pero no hay unanimidad al respecto» (pág. 141). Claro; depende de lo que se entienda por símbolo. Retrasarlo hasta las primeras pinturas rupestres, «hace sólo unos 30.000 años, en Europa», parece tan extremoso como suponer que «somos una especie simbólica desde la aparición de nuestro género». Esto último me parece creíble, siempre que hablemos del simbolismo como potencialidad.

Sea como fuere, establecido el hecho simbólico, todavía adivinamos más que poseemos sus códigos. La portada del libro ofrece un apunte de pintura ritual, un individuo pintarrajeando a otro de rojo y negro (¿ceremonia, guerra?). Interesante también la sugerencia de sepelio colectivo en la Sima de los Huesos, con la recreación imaginaria de un entierro a lo Heidelberg (pág. 140). ¿Intuición de un más allá? No hay por qué suponerlo. ¿Dios? Ni idea.

Un siglo antes de Atapuerca

Este librito me ha venido bien para remozar un poco la biblioteca, y de paso para desempolvar vejestorios. La nueva Atapuerca se inicia bajo la batuta de Emiliano Aguirre en los años 70 del siglo pasado. Por entonces ya tenían un siglo dos libros complementarios y simultáneos de un mismo autor, el médico y naturalista valenciano Juan Vilanova y Piera (1821-1893): Compendio de Geología (Madrid, 1872, 588 págs.); y Origen, naturaleza y antigüedad del hombre (Madrid, 1872, 446 págs.). Del mismo año es la 11ª edición de los Principles of Geology, del gran Lyell, en 2 volúmenes que totalizan 1.360 págs. En comparación, Vilanova no desmerece, concretamente en lo poco que se sabía entonces de la ‘prehistoria’ humana.

Antes había publicado un gran Manual de Geología aplicada (Madrid, Imprenta Nacional, t. I, 1860; t. II y Atlas, 1861), con un total de 1.100 páginas de texto y buenas láminas del grabador Camilo Alabern Casas (1825-1876) [2]. Láminas reutilizadas luego en otro libro, en colaboración con el granadino Juan de Dios de la Rada Delgado (1827-1901), reputado arqueólogo y orientalista, además de jurista, y a ratos autor dramático. Esta obra, Geología y Protohistoria Ibéricas (Madrid, El Progreso, 1891, 650 págs., numerosas láminas y un mapa plegable en colores de la Península) es de lo más interesante para la época, por ser el tomo I, a modo de introducción a una proyectada Historia General de España por Académicos de la Historia, dirigida por Cánovas del Castillo. Pensemos que el Text-Book of Geology de A. Geikie, en las 1.150 páginas de su 3ª edición (1893), apenas dedica media docena al tema humano, y eso con fuerte pesimismo sobre las posibilidades de obtener registro fósil, fuera de artefactos líticos y poco más.

Son libros excelentes y a ratos sorprendentes por su clarividencia o divertidos en su ingenuidad. El pobre Vilanova en particular se las vio y deseó frente a la clerigalla que le maltrataba desde los púlpitos y las prensas, descreído para unos, sospechoso para otros, y eso que él era buen cristiano y se amparaba bajo la púrpura del cardenal Wisemann y otros sabios católicos algo abiertos. Su Geología aplicada casi enternece, pues se cierra con una confesión de fe y un alegato concordista sobre la armonía entre religión y ciencia.

La misma suspicacia persiguió al bueno de don Juan muchos años después de muerto. Todavía en los años 40 pasados, en la biblioteca de mi colegio se consultaba mucho La Creación, de Montaner y Simón, gran Historia Natural en 9 grandes tomos (Barcelona, 1873-1876). Pues bien, al primero y al último (‘Antropología’ y ‘Geología y Paleontología’) se toleraban con reparos, por aquello de la cronología bíblica y del origen del hombre.

Y con esto, creo que vamos bien servidos de teología de sobremesa. Ahora, ya sin vértigo, demos un paseo virtual por Atapuerca .

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[1] Worl Prehistory in new Perspective, Cambridge Univ. Press, 1977; Preface, pág. xviij.

[2] El título completo es Manual de Geología aplicada a la Agricultura y a las Artes Industriales. Puede bajarse por Google libros (menos el Atlas): Tomo 1; tomo 2.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Rentrée



Voilà, una de esas palabras extranjeras que llamamos ‘intraducibles’. No porque no puedan, sino porque no se deben traducir, se les va el bouquet. ‘Reentrada’ es correcto, pero no dice lo mismo.
Donc, c’est la rentrée. ¿Y a qué, o a dónde? Nada grave. A esta página, que sin ser de obligación, tiene su algo de corvée. Vaya, que este agosto me ha dado el morbo gálico.
Ha sido un mes de no olvidar. De estreno, un mocoso en bicicleta atropella a mi santa (¡por la acera!) y le parte uno de sus húmeros. Sólo el izquierdo; pero ya es faena. Y coincidencia, sí señor. Porque en ese momento estaba yo en mi rincón, compulsando en los clásicos de brujería una historia que todos repiten:
Brujas transformadas en gatas, que al pegarles un estacazo, luego amanece la maléfica deslomada o con el brazo en cabestrillo. Los brujólogos lo describen con tantos pelos y señales, y poniendo testigos, que debe de ser verdad, pues hasta las novelas griegas lo ponen. Y sin ir tan lejos, yo mismo oí a mi madre la misma historia, como que era de dominio público. Aquí fue cerca de nuestra casa, en un caserío de la parte de Arrigorriaga. Una noche estaba el ganado inquieto en la cuadra, bajan a ver, y hete aquí la dichosa gata negra sobre el lomo de una vaca, etc. ¿Casualidad o causalidad? Una vieja vecina, algo presunta bruja, fue vista los días siguientes cojeando del mismo pie en que le sacudieron a la gata.
El percance no nos ha privado de visitar en Burgos el flamante Museo de la Evolución Humana. Recién estrenado, todavía están en fase recaudatoria, y al paso por taquilla no respetan canas. Nosotros fuimos el viernes 20 de agosto. De haber ido dos días después tal vez habríamos entrado gratis, no por ser último domingo de mes (que no lo fue), sino camuflados en el séquito de Zapatero.
Del edificio como arquitectura no puedo decir si mejora lo que hubo, porque ya ni recuerdo cómo era el Cuartelón de San Pablo que tiraron hace más de 30 años, y menos aún el célebre convento dominico que le dejó el nombre. Lo que tuvo que ser aquel monasterio colosal, tan cargado de arte e historia, que cuesta imaginar la barbarie ciega que, en tiempos de paz, arrasó lo mucho que aún quedaba. Pobre Burgos, antes una de las ciudades más ricas, artísticas y refinadas de Europa, miserable villorrio ya en los tiempos de Bonaparte.
En términos absolutos, el complejo actual lo veo desaforado, y de un macizo fuera de lugar, pero a todo se acostumbra uno. (Al señor Presidente le ha hecho «una gran impresión» y afirma que «está muy bien orientado».)
Leo que se han hecho catas arqueológicas en el solar, antes de levantar el nuevo mamotreto de hormigón, acero y vidrio. Tendría gracia que un Museo paleontológico se alzase precisamente encima de otra mina de huesos llena de tesoros. No es nada probable que el suelo de aluvión cubra otro ‘Atapuerca’, sólo digo que tendría gracia. Después de todo, en San Pablo, además de muchas sepulturas, hubo una capilla-relicario de las Once Mil Vírgenes, material más que bastante para dos o tres yacimientos.
Por dentro la cosa parece una exposición, más que un museo. Exposición grande, muy lograda, didáctica, impactante. Los dioramas son buenos, pero de aforo limitado y con colas un poco largas. Una vez dentro, te sientes invitado a salir cuanto antes, para dejar sitio.
Las reconstrucciones de humanoides son tan hiperrealistas, que algunos visitantes creen ver caras conocidas, incluso de la propia familia. Soberbio el ejemplar de Homo antecessor, un macho adulto mucho más vivo que el otro congénere con el que nos hemos cruzado fuera en la calle, en un paseo, con su hijo de la mano, que parece adoptivo de otra especie. La serie evolutiva de estas estatuas está dispuesta en círculo, de modo que situado el observador en el centro y girando sobre sí mismo recorre lo que va de ayer a hoy lo que tarde en darse la vuelta. Un ayer, para nuestro género Homo, de casi -2,5 Ma (1 mega-año = 1 millón de años).
A los modelos en general les han atribuido un aire noble, inteligente, tranquilo y casi risueño, como parece ser lo políticamente correcto en esta materia tan educativa. Una Homo erectus erecta está a punto de lanzarte un cantazo, sin perder por ello una sonrisa a su manera. Así es creíble lo que nos cuentan los entendidos: que algunos de aquellos tipos tan amables eran capaces de canibalizarse entre sí por gusto, en puro homenaje gastronómico a la propia especie.
En lo propiamente museístico, se exhiben bastantes piezas auténticas junto a reproducciones, todo o mayormente de Atapuerca, como es lógico. Porque como también ha valorado el mismo Zapatero, Atapuerca «ya tiene en su corazón los tesoros más valiosos de la arqueología y, desde luego, tiene un gran potencial y no tiene límites». Es la puja del Presidente, y no voy a mejorarla.
En la planta superior, está muy bien la reconstrucción parcial de un Beagle visitable, para hacerse idea de las condiciones del barco en que Darwin tuvo sus intuiciones (1831-1836) para El Origen de las Especies(1859) y El Linaje del Hombre (1871). Cinco años comiendo a diario en aquella mesita-velador con el bíblico capitán Fitz Roy vis-à-vis debieron de ser heroicos.
Buena nota también para el estand o chiringuito de don Santiago Ramón y Cajal. El sabio más grande de todos los tiempos, y el que no esté de acuerdo lo cargue a mi cuenta. Fue el primer científico que entendió cómo está hecho y cómo funciona el cerebro humano –el chisme más complicado del universo conocido.
A mi mujer y a mí nos ha gustado el reconocimiento que se hace a Emiliano Aguirre, nuestro profesor en la Complutense. Él preparaba su tesis sobre elefantes fósiles. Fue pionero en tiempos difíciles, cuando la Paleontología humana ni  divina aquí no valía un duro para los políticos. A Aguirre yo le bautizaría Aguirius antecessor, respecto a los hallazgos de Atapuerca, aunque por imperativo bio-laboral no alcanzó a ver lo que este yacimiento entraña. Desde aquí un abrazo, amigo Emiliano.

En estos pensamientos estábamos, cuando mi mujer me llama la atención sobre un espécimen bípedo muy evolucionado. Era de sapiens-sapiens para arriba, y diríase que discretamente se fugaba de algún nicho del círculo de los humanoides hiperrealistas. «¡Don Santiago, don Santiago!», le invoqué. Porque en efecto, era él. No Cajal, parbleu; el otro. Santiago González, lobo de mar como Fitz-Roy, y capitán-piloto de otra nave casi tan famosa como el Beagle, la Argos.
Tras el frote de narices cambiamos impresiones, y yo di la que me salió del alma: «No porque tú seas burgalés, pero ¡menos mal que Atapuerca es Burgos!» Y es que sólo imaginar un yacimiento así en nuestra Euskadi veleyana pone espanto.
Es la rentrée. Arriba la persiana.
En la última entrada, un comentario del 15 de agosto:  
«plazamoyua dijo... ¡Malditas vacaciones!»

martes, 13 de julio de 2010

Las Brujas de Zugarramurdi (1)



Este año, el 10 de Noviembre, se cumple el IV Centenario (1610) de la sentencia del Proceso de la Inquisición de Logroño a un grupo de personas mayormente de Navarra, de fama mundial como ‘Las brujas de Zugarramurdi’. Invitado a participar en la conmemoración con una conferencia, me veo todos estos días enfrascado en ese caso estupendo, del que se ha dicho casi todo, pero que nos encandila con el señuelo de algo oculto entre las raíces profundas, con aroma de trufas.

El caso en sí se inscribe en una patología social, enfermedad imaginaria, generada y reinfectada por los mismos supuestamente encargados de extirparla. Es un fenómeno descrito en procesos muy diversos, empezando por la Medicina. El diabolismo, que cundió por Europa en los siglos XV-XVII, tuvo etiología y desarrollo similar, retroalimentado y amplificado por los fantasmas de los propios inquisidores.

La Inquisión, ¿por qué?

Lo primero que sorprende es el papel de la Inquisición en tales historias. En principio, el Santo Oficio no tenía por qué intervenir en supuestas creencias y prácticas que serían más o menos aberrantes, pero no pasaban de supersticiones vulgares. Lo suyo era la herejía, empezando por la de los albigenses del Languedoc y otros cátaros, renuevos del maniqueísmo.

Para ser hereje hay que tener algo de intelectual. Las pobres brujas, en opinión del clero, eran sólo unas mujerucas que se creían, o se las creía dotadas de poderes maléficos para fastidiar al vecindario en cualquiera de las patas del trípode del bienestar: salud, hacienda y amores.

Fantasías ancestrales de vuelos nocturnos o invisibles, transformaciones y mutaciones de gatas y luchuzas, cocimientos inmundos y nefandos de yerbajos y sabandijas con despojos humanos y manteca o sangre de criaturas de pecho. Ni con todo ese adobo encajaban los cuentos de brujas en el molde de las causas de fe. Hubo que forzar más el ingenio. Empezando por la transexuación de las brujas en brujos, pues sólo en cabeza y pecho viril cabía ciencia; y más una ciencia tan alta y honda como la magia.

Por ahí ya sí. Porque frente a la magia natural –la magia ‘blanca’–, respetable por su origen divino (cuyo exponente más noble fueron los Magos de Oriente), hay otra diabólica –‘magia negra’–, que el Demonio sólo enseña mediante pacto a los que le venden el alma.

Por ahí vamos entrando. Pero ojo, que uno podía pactar con el diablo para un fin determinado, y una vez conseguido, ir al confesonario, y con dos golpes de pecho y diez avemarías dejar chasqueado al cornúpeta Maestro. Y claro, Satanás no es bobo. Por eso la brujería pasó del pacto y la cedulita, que luego la Virgen rompía o dejaba en papel mojado, para reconvertirse en «la secta de los brujos», la religión de los adoradores del Diablo. Y aquí la Inquisición venía como anillo al dedo, cercenando la nueva cabeza de la hidra maniquea, que fue su objetivo fundacional. No es casual que las primeras referencias al conventículo o junta sabatina de culto al Diablo en documentos de Inquisición, entre 1330-1340, serían de Carcasona y Tolosa, la cuna del dualismo cátaro [1].

La existencia de cultos y ritos exclusivos de sexo era bien conocida del mundo clásico: colegio de vestales, cofradías femeninas devotas de Ceres, de Venus, Isis, Dionisio… La misma religiosidad, en algunos aspectos, se miró como cosa de mujeres (el «devotus femineus sexus»). En versión cristiana nunca se admitió una ‘Sinagoga de Satanás’ reducida a mujeres, y así, para explicar la frecuencia mucho mayor de brujas que de brujos se ideó otra explicación. El nombre de la mujer lo dice todo: femina, que viene de fide y minus: fe minúscula, criatura de ‘menos fe’ que el varón. Esa es la etimología que se les ocurre a los dominicos autores del Martillo de Brujas, poco antes de 1490.

En suma, expertos demonólogos y brujólogos coincidieron en presentar la brujería como una religión secreta insospechada. Hacia 1450, los inquisidores dominicos denuncian el carácter herético de la brujería, ‘nueva’ herejía. Así lo hace en Carcasona fray Juan Vineti, que en su Tractatus contra daemonum invocatores teoriza aplicando a su imaginada realidad social las ideas de Santo Tomás, de cuando todavía no se hablaba de brujas. Poco más tarde, su cofrade Nicolás Jaquier, inquisidor en Francia y Bohemia, se pronuncia en igual sentido.

Un canon molesto

Había un problema. Desde principios del siglo X, el Derecho Eclesiástico venía recogiendo un canon –titulado por su primera palabra, Episcopi (‘Los obispos’)–, que parecía ir frontalmente contra aquella interpretación e intervención inquisitorial [2]. El texto recoge una tradición de creencias en brujería, con cabalgatas nocturnas de mujeres seguidoras de Diana, o también de Herodías (¡!), o Holda, acudiendo a remotas asambleas en servicio del demonio. Abominable todo ello, algo que se ha de extirpar sin contemplaciones, dice el canon. Pero añadieno que, aunque ellas así lo creían y persuadían a la gente, eran unas ilusas, pues todo aquello sólo existía en su imaginación enfebrecida por el diablo.


El canon, atribuido a cierto concilio de Ancira (hoy Ankara, Turquía), siglo IV, y relacionado por otros con textos de san Agustín, con su lucidez deslumbrante, no dejaba lugar para la tesis de los inquisidores. Éstos se sacuden el molesto canon, alegando que hablaba de otra cosa, de otros tiempos. Lo de ahora no era fantasía supersticiosa, era la pura realidad.

La propia creencia en la brujería era moderna, no anterior al siglo XIV. La inocuidad aparente de aquella brujería popular sólo la hacía más peligrosa. La reacción general en toda Europa fue de pánico. En aquel desvarío, España fue donde menos se cebó la cacería de brujas, cosa atribuible al tacto y prudencia de la Inquisición española [3].


Un nombre enigmático

Ni siquiera había nombre para tal novedad. Brujería: los doctos no conocían esta palabra. Ellos en sus latines preferían hablar de maleficium, sortilegium, fascinum y otros cultismos.

¿De dónde viene bruja, y qué significa? «De origen desconocido» Leo el prolijo artículo ‘Bruja’, en el Corominas-Pascual (1: 679-681), y la variedad de opiniones dispares me desorienta más que ilustra. Sólo me quedo con esto: que el masculino «brujo es forma derivada secundariamente del femenino». Echo de menos un origen ciertamente improbable, pero que tengo apuntado desde hace muchos años en el diccionario hebreo, y me suena cada vez que en la Biblia leo u oigo leer la expresión brukha att, ‘bendita tú’. No se prodiga, no, este femenino; sólo un par de veces en toda la Biblia Hebrea. Más bien una rareza, al lado del masculino barukh, incluso nombre propio de un profeta (Baruc, Benedicto o Benito), aunque el Bendito por excelencia es Uno.

«Bendita tú», saluda Booz a Rut (Rut, 3: 10), y David a Abigaíl (1 Samuel 25: 33). En el Nuevo Testamento, María recibe ese mismo saludo: «bendita tú entre las mujeres», dice Isabel a María (Lucas 1: 42). El entusiasmo mariano lo atribuyó primero al ángel Gabriel: «Ave, María, la agraciada, el Señor sea contigo, bendita tú entre las mujeres.» (Lucas 1: 28). Así por ejemplo, en la antigua traducción vulgata siríaca, y le siguió la Vulgata latina. No tiene mayor importancia [4].

La traducción moderna del Nuevo Testamento al hebreo bíblico por Delitzsch retoma la misma expresión, brukha att, incluyéndola en el saludo del ángel: «¡Hola, María, maja! queda con Dios, tú bendita entre las mujeres» [5].

¿Es verosímil ese origen hebreo de bruja. Ya digo que no lo veo tenido en cuenta; hablo sólo de homofonía curiosa. ¿Y la semántica? Curioso también, que en la biblia se diga ‘bendecir’ y ‘bendito’ en sentido contrario (‘maldecir’, ‘maldito’ ), para evitar palabras de mal augurio (cfr. 1 Reyes 21: 10 y 13; Job 1: 5 y 11). En tal sentido una bruja se puede llamar ‘bendita’ por eufemismo.

Sea cual fuere el origen y significado, bruja y sus equivalentes en otras lenguas vulgares eran lo mismo que en latín se llamaba maléfica, sortiaria, saga, lamia etc.

Bula contra canon. Se levanta la veda


La nueva visión del viejo fenómeno se plasmó en una serie de tratados teórico-prácticos para orientar a los inquisidores seglares y eclesiásticos, en causa común. El más sistemático fue sin duda el citado ‘Martillo de Brujas’ (Malleus maleficarum), que aparece en Colonia antes de 1490, precedido por una bula del papa Inocencio VIII, Summis desiderantes affectibus (Roma, 5-12-1484). En ella se daba el espaldarazo a los autores, los dominicos Jacobo Sprenger y Enrique Institor (o sea Krämer), campeones del frente reaccionario.

Jamás se vio, tras título y encabezamiento tan emotivo, una soflama más incendiaria y sangrienta. De tal suerte, en pleno amanecer del Renacimiento, se sancionaba lo que ni el peor oscurantismo medieval osó proponer.

En especial, la bula equivalía a una abrogación del canon Episcopi, a efectos prácticos. Paradójicamente, lo que el canon prohibía creer –la realidad de los supuestos fenómenos brujeriles–, ahora cobraba rango de dogma de fe, hasta tal punto, que los tratadistas clásicos del siglo XVI defenderán que la mera duda o mirada crítica respecto a la ‘nueva verdad’ era también herejía.

No se puede negar al magisterio eclesiástico, en momentos críticos de la Historia,  esa rara habilidad para enredar y enredarse la vida con especulaciones a contrapelo de la razón y el sentido común. Hecho el daño, cuando no queda más remedio, se da un golpe de timón y a otra cosa. También si no hay más remedio se canta la palinodia, como en el caso Galileo. Con las míseras brujas, esa contemplación no ha lugar.


La consecuencia más grave del enfoque inquisitorial fue que lo principal y cierto no podía depender de lo secundario y dudoso. Lo principal y cierto eran las figuras de delito capital: herejía, apostasía, satanismo; el aquelarre y homenaje al Diablo. Lo discutible y secundario era toda la parafernalia de fenómenos más o menos creíbles y pintorescos: los viajes volando en palo de escoba, a favor de linimento mágico, los actos obscenos en el aquelarre, la variedad de maleficios, la identificación de brujos y brujas por estigmas o marcas corporales (en la pupila, en el hombro), las propiedades sobrenaturales de insensibilidad y mutismo en el tormento, más otras gabelas. Todo ello podía ser indicial, delator, agravante, lo que se quiera, pero supeditado a lo esencial, que casi se daba por supuesto, y era el auténtico delito capital.

La veda de la bruja estaba abierta.

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Notas

1) Hansen, Zauberwahn... (1900); cit. por Ch. Lea, o. cit., 4: 207.

2) Decretum, II, c. 26, cuest. 5, can. 12: ‘Episcopi, eorumque ministri’. PL 187: 1349-1351.

3) Ch. Lea, Inquisition of Spain, 1907, 4: 207).

4) Las ediciones críticas omiten el inciso en la perícopa de la Anunciación. A la razón paleográfica se suma la crítica interna. No parece propio de un ángel (masculino) referirse a una ‘famosa’ (o ‘bendita’) en boca de mujeres, al contrario de la lógica en boca de Isabel, que pondera a la madre junto con y por causa del ‘fruto del vientre’.

5) Frantz Delitzsch (1813-1890), Hab-berith ha-hdashah. Edic. de Londres, Oxford Univ. Press, 1920.

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