viernes, 18 de junio de 2010

El silencio de los moruecos (2)


Este artículo debió cerrarse hace varios días. Ese al menos era mi plan. Pero el tema del Congo colonial belga es tan apasionante como espinoso, y la documentación consume tiempo.

Se trata nada menos que de un disputado caso de genocidio con agravante de crimen y terrorismo de estado, donde la referencia obligada suele ser la Shoá (el mal llamado ‘holocausto’) del pueblo judío bajo Hitler, medio siglo más tarde. Con una diferencia no despreciable: el horror del Congo bajo el régimen de Leopoldo II de Bélgica, desde el principio de su divulgación, tuvo matizadores e incluso negadores hasta hoy, sin incurrir por ello en nota de deshonestidad ni enfrentarse a censura legal.

No quiere decirse que los congoleños hayan olvidado el sufrimiento pasado; pero diríase que para algunos es un recuerdo que se expresa con sordina, a juzgar por lo visto en ocasiones como la Expo Universal de 1958. Tal vez las calamidades de hoy difuminan el ayer y borran el mito de una edad precolonial dorada.

Lejos, pues, de dar carpetazo a la entrada, la amplío por si interesa, siquiera porque revistas que uso son de acceso restringido en la red. No descubro nada nuevo. Todo ha empezado por un libro, La tragedia del Congo (2010), colección de varios textos de época. Y como el editor los ofrece a palo seco, poniendo de lo suyo sólo una nota de presentación y la solapa, he tenido que documentarme un poco por mi cuenta.

1. Leopoldo II de Bégica se apodera del Congo

Al hablar de Leopoldo II es imposible dejar de lado a su socio y cofundador del nuevo imperio del Congo durante 20 años. Si el rey de los belgas bajo su capa de filántropo era un gran hombre de negocios, el explorador Henry Morton Stanley jamás hizo alarde de filantropía ni desinterés.

Aventurero nato, del que se han hecho retratos morales poco atractivos, sin perjuicio de cualidades extraordinarias que hacen de él una gran figura de su siglo. Un reportero todavía con lectores, y escritor con títulos como A través del Continente Oscuro (1877, 2 vols) o El Congo (1885, 2 vols.), llenos de fabulaciones sin valor científico, pero indispensables en la literatura del género.

No interesa aquí su personalidad profunda –su misoginia–, sí su pragmatismo interesado, siempre atento a sus mecenas-clientes reales o posibles, para quienes describe, según conviene, la senda de Eldorado, o tierras míseras y vacías.

Como explorador fue único, despótico individualista, superviviente de sus propias aventuras, tan mortíferas en porteadores negros y en colaboradores blancos. Un depredador sin atisbo de sensibilidad ecológica ni humana:

«Cabe suponer que en la cuenca del Congo hay unos 200.000 elefantes repartidos en unos 15.000 rebaños; cada elefante portando en la cabeza un promedio, digamos, de 50 libras ee marfil; lo que cosechado y venido en Europa vendrá a representar cinco millones de libras esterlinas…»

«Cada kilogramo de marfil cuesta una vida humana, varón, mujer o niño. Por cada cinco kilos se quema una vivienda; por un par de colmillos se destruye una aldea; y cada dos décadas desaparecía una región entera con todos sus habitantes, aldéas y plantíos.»

No era cosa de perder tiempo, porque otros exploradores aprovechaban el suyo. Frente al avance del oficial de marina francés Pierre S. de Brazza, reclamando territorio para su país, Verney Lovett Cameron llegó incluso a declarar toda la cuenca del Congo posesión británica (1875). El astuto Leopoldo se hace el sueco y el año siguiente, 1876, aprovechando una Conferencia Internacional Geográfica en Bélgica, funda la Asociación Internacional Africana (AIA), con propósito declarado de abolir el tráfico de esclavos, una especialidad árabe:

«¿Es preciso recordar a Uds. que al traerles a Bruselas no me ha guiado ningún propósito egoísta? No, caballeros, si Bélgica es pequeña, es feliz y satisfecha con lo que tiene. Tampoco yo tengo otra ambición que servirla bien. Pero voy a insistir en que me siento orgulloso de pensar que un progreso esencial a nuestra época ha empezado en Bruselas. Espero que por ahí, Bruselas llegue a ser cuartel general de una misión civilizadora.»

En cuanto a la esclavitud, el regio orador la calificó de inmoral e infame, sin añadir lo que también era verdad y estaba en la cabeza de todos sus oyentes: una inmoralidad muy poco rentable en lo económico.

Al regreso de Stanley de su segundo viaje por África tropical (agosto 1878), le aguardaban en Marsella los agentes de Leopoldo. El explorador ya tenía el mejor cliente que jamás pudo soñar. A fines del mismo año, Stanley firmaba un contrato por 50.000 francos anuales, hoy unos 156.000 euros. Su compromiso: una nueva expedición (desde 1879), ya como explorador particular del rey belga, aunque bajo cobertura respetable: la filial belga de la AIA, controlada por Leopoldo.

Esta vez el explorador fue más sigiloso que de costumbre, dejando a Europa en ayunas de noticias suyas, sobre todo en cuanto a lo más importante de la empresa: negociar con los reyes y jefes congoleños la cesión de su soberanía al gran rey europeo y protector de África, Leopoldo II.

Aquí Stanley no tuvo que inventar nada, sólo copiar en su área lo que había hecho De Brazza en Gabón (1875), persuadiendo a los jefes locales por separado a que reconociesen la soberanía francesa. Una expresión de la que ignoraban hasta su significado. Tampoco estuvieron mejor enterados los interlocutores de Stanley, caudillos tribales analfabetos mayormente, que firmaban dibujando una X en un papel escrito en francés ‘legalés’, a cambio y por toda compensación de sendas piezas de tela a mes vencido.

La empresa llevó su tiempo, y la carrera por el reparto del África tropical también dio a Stanley quebraderos de cabeza. En septiembre de 1880 su rival De Brazza, que el mismo año acababa de ‘fundar’ (rebautizar) la ciudad de Franceville (Gabón), avanzaba hasta la orilla derecha del río Congo y establecía un puesto militar, convertido en gran centro administrativo, Brazzaville. Stanley tuvo que aceptar el hecho consumado, al que replicó dos meses más tarde fundando en la orilla opuesta, justo enfrente, la ciudad de Leopoldville (hoy Kinshasa), como reclamación de su patrono. La importancia estrategica del lugar venía dada porque desde allí, en el extremo occidental de las ‘Tablas de Stanley’ (Stanley Pool, hoy de Malebo), el Congo era entonces navegable. (Cfr. D. A. Ol’derogge y I. I. Potekhin, Narody Afriki, Moscú, 1954).

Una segunda expedición de Stanley tuvo lugar en 1882 bajo mandato de una nueva organización, el llamado Comité d’Études du Haut Congo, en que Leopoldo transformó la filial belga de AIA.


Por fin, en 1884, reaparece en Europa exhibiendo medio millar de aquellos ‘tratados’. El nuevo país unificado como Asociación Internacional del Congo (AIC, misterioso avatar del Comité d’Études, ahora personificado en el rey) tenía hasta capital, Vivi, fundada también por Stanley, y por supuesto bandera, una bandera azul con estrella amarilla, que los agentes de Leopoldo pasearon por Europa y EE. UU. en busca de reconocimiento del nuevo ‘estado independiente’.

Todo a punto, como un reloj. En 1884-85 el Congreso de Berlín, reunido para el reparto de África entre potencias coloniales, reconoce a Leopoldo II como jefe legítimo de la Asociación, rebautizada como Estado Libre del Congo, bajo soberanía personal y absoluta del rey, sin vínculo formal alguno con Bélgica como estado. (Frank M. Anderson, Handbook for the Diplomatic History of Europa, Asia and Africa (1870-1914), Read Books, 2009, págs. 161-167).

El primer goberno que aprobó el plan del rey belga y reconoció la AIC (22-04-1884) fue el de los Estado Unidos, con el señuelo de grandes tierras abiertas al libre comercio. Luego veremos el papel del catolicismo norteamericano en la defensa del proyecto leopoldino. «El único que caló a Leopoldo a la primera fue el viejo Bismarck. Pero su banquero, un entusiasmado Gerson Bleichröder –el primer judíos prusiano que obtuvo título nobiliario–, forzó el acuerdo.» (Dave Renton y otros, The Congo: plunder and resistance. Zed Books, 2007.)

El 26 de febrero 1885 se firmaba el Acta General de Berlín. En ella se reconocía a Leopoldo la posesión y soberanía sobre el Congo. Pero en la misma Acta iba incluido un memorable

«Artículo 7º. Todas las potencias en ejercicio de derechos soberanos o de influencias en dichos territorios se comprometen a velar por la preservación de las tribus nativas, y a procurar mejorar las condiciones de su bienestar moral, así como a colaborar en la supresión de la esclavitud, en particular el tráfico de esclavos.»

Una década más tarde (a mediados de los 90) se había consumado la ocupación de territorio. El Congo de Leopoldo cubría una extensión de casi 2,84 millones de km2 (80 veces la de Bélgica), con una población estimada en 11 millones de almas (el doble que la belga), con gran diversidad étnica y lingüística. Cuando llegue la indepencia (1960) vendrá el inevitable vendaval toponímico, pero la única lengua oficial será el francés.

2. El saqueo del Congo: el «régimen lepoldino»

Los costos de la empresa se disparan. Entre 1880-1890 Leopolodo invirtió unos 10 millones de francos belgas de entonces (más de 30 millones de euros). Y en 1890 y 1895 se instó al parlamento belga para que concediese créditos al rey por un total de 32 millones de francos, en concepto de empréstito por 10 años. Una cláusula decía que si no devolvía a tiempo, el gobierno bélga podría anexionarse el Congo. A Leopoldo le costó hacer quitar esta cláusula. Fuera de eso, Francia le prestó 80 millones de francos belgas, pero con la misma cláusula.

La primera fase de colonización del Congo Belga (‘régimen leopoldino’, prolongado hasta la I Guerra Mundial) fue de explotación preindustrial directa y salvaje de recursos naturales, incluida la población nativa, en auténtico derroche de vidas humanas.

La única gran empresa industrial fue la construcción de vías férreas, para dar salida a los productos brutos. Los dos más interesantes fueron el marfil y el caucho. El primero atrajo a gran número de cazadores aventureros y furtivos. Sobre los nativos recaía la corvée de portearlos hasta los puestos de las compañías concesionarias, y lo mismo para la recogida del caucho, más el aprovisionamiento de los puestos administrativos y militares.

Sirva de ejemplo Bumba. Hoy ciudad con más de 100.000 h. y puerto fluvial sobre la margen derecha del Congo, «Bumba era entonces una aldea mísera con un centenar de chozas. La aportación obligatoria mensual era de 5 carneros o cerdos, o bien 50 gallinas, 60 kg de caucho, 125 hatos de mandioca, 15 kg de maíz y otros 15 kg de boniato. Uno de cada 10 hombres debía estar en permanencia a disposición del funcionario local. Siempre debía haber un varón cumpliendo servicio militar anual. Y sobre todo, uno de cada cuatro días toda la colonia debía ocuparse en los llamados ‘trabajos sociales’: construcción y mantenimiento de caminos, transportes etc. Por ley, todo trabajo era remunerado, pero la cantidad y plazos dependían de la productividad local declarada por la compañía. Para más escarnio, la ridícula paga se podía hacer en especie, en artículos sin interés ni valor para los nativos» (Ol’derogge y Potekhin, o. cit., pág. 493.  Estos datos vienen a coincidir con los que aportan para otras regiones los documentos del libro La tragedia del Congo, por ej. en págs. 57-58, 66, 72-77 etc.)

No hay que preguntar por qué el sistema llevaba a la bancarrota. El saqueo del Congo no era empresa fácil. El marfil, por ejemplo. La cifra de 1.000 Tm anuales a fines del siglo XIX puede parecer fabulosa, y lo es; pero también una autopista a la ruina, sin una estrategia de gestión. Leopoldo mismo estuvo a punto de arruinarse, y dicen que hasta tuvo que recortar gastos de su mesa. Hasta que vino el hombre providencial que retrasó el desastre. El salvador fue un veterinario escocés que se llamaba John Boyd Dunlop, inventor y primer fabricante de neumáticos de bicicleta (1888-1889).

(Continúa: 3. «El caucho es muerte»: el reinado del terror. 4. El ojo de la Kodak.)

martes, 8 de junio de 2010

El silencio de los moruecos (1)

La Iglesia Católica ante el Congo leopoldino (1885-1909)

Hablando de Bélgica. La referencia intempestiva a ese país, que ya he comentado, me ha hecho recordar que tengo material pendiente de lectura. No sobre Bélgica exactamente; sobre la singularidad colonial del viejo Congo Belga.

La trayectoria colonial belga (1885-1960) fue singular en muchos sentidos. Lo más extraordinario fue que todo aquel dominio no nació como una colonia al uso, sino como inmenso latifundio personal de un monarca absoluto, que era a la vez el rey constitucional de los belgas. Leopoldo II fue el amo de un imperio (1885-1908), dentro del cual todavía se reservó una provincia como Dominio Real. Y no es lo menos sorprendente que ese imperio se creó con el beneplácito de las potencias europeas rivales en el colonialismo.


El milagro fue posible porque el mismo Leopoldo, tras contratar al célebre Stanley para explorar el terreno y ganar la voluntad de los reyezuelos locales (1879-1884), presentó su proyecto ante el mundo –Conferencia de Berlín (1884-1885)– como empresa científica, filantrópica y civilizadora, amén de militante contra el esclavismo; todo ello bajo patronato de una entelequia llamada Asociación Internacional Africana (1876), luego de un Comité Belga, cuyo factótum y única cabeza visible fue el fundador.

Aquel imperio en el corazón de África se llamó irónicamente Estado Libre del Congo (también Estado Independiente). Otra denominación mucho más exacta fue El Corazón de las Tinieblas, título de un folletín del ex marino, escritor y periodista polaco Joseph Conrad (1899, 1902), que Coppola adaptaría libremente al escenario de Vietnam en el filme Apocalypse now (1978).

Si los nativos habían escapado oficialmente a la esclavitud, fue sólo para convertirse en súbditos de un Estado dueño exclusivo del territorio con todos sus productos útiles, donde para cubrir su débito fiscal los varones vivían en régimen disciplinario de trabajo forzado.

La explotación directa corría a cargo de compañías concesionarias, con amplios poderes de exacción y disciplina. A merced de ellas, la población útil era mano de obra prácticamente gratuita, como recolectores de caucho, porteadores de marfil, mineros etc. El elemento coactivo era la Force Publique, cuerpo bajo mando de oficiales blancos, formado por nativos armados de las tribus más belicosas y feroces, caníbales muchos de ellos, que solían contabilizar la ejecución de fugitivos a base de manos amputadas, castigando a los negligentes con el terrible chicote de piel de hipopótamo, pero también con mutilaciones y vejámenes de todo tipo.

Explotación, maltrato, genocidio. Entre el colonizador y la mosca tse-tse (enfermedad del sueño), más la viruela y otras ayudas, en una generación la población del Congo se reduciría a la mitad. Una cifra redonda de 10 millones de muertos es la que los ‘congófobos’ más radicales cargan a la cuenta de Leopoldo.

Las desventuras congoleñas se asociaron principalmente al caucho, obtenido allí de Landolfia silvestre mediante poda y tala. Este método destructivo obligaba a ir cada vez más lejos a recolectar: una tentación para la fuga, represaliada mediante secuestro de mujeres, niños y familiares del presunto huido. El caucho era mediocre pero interesante, por la demanda de neumáticos de bicicleta. (Aunque esto último es indiferente. De haber sido para chicle, daría lo mismo.)

A principios del siglo XX, la situación se hizo insostenible para el rey que, acosado por denuncias a nivel mundial, se deshizo de una carga ya sin interés para él, traspasándola a su país como hipoteca por grandes empréstitos recibidos para ‘desarrollar’ la colonia . Cierto que el escandalo no cesó de pronto, pero liquidada la ficción de Estado Independiente, el nuevo Congo Belga era ya una colonia como tantas, donde poco tenían que echarse en cara unas a otras las metrópolis. Bélgica aplicó a su modo una ejemplaridad responsable, mantenida hasta la declaración de independencia (1960).



Acaba de publicarse en español La tragedia del Congo (Ediciones del Viento, 2010). Son más de 420 páginas con cuatro documentos de época, de desigual longitud y enfoque:

1. Carta al rey Leopoldo (18-07-1890), panfleto escrito desde las Cataratas Stanley por el afroamericano George Washington Williams, historiador y misionero en Africa. Esta primera denuncia, de efecto discreto, cobraría importancia 10 años después, al estallar el escandalo.

2. Informe de Mr. Casement al Marqués de Lansdowne (1903), por el irlandés Roger D. Casement, cónsul británico. Un documento estremecedor por su laconismo y precisión ‘entomológica’, como suele decirse. Es la primera versión completa en español de una pieza que, tarde y mal, se publicó el año siguiente censurada y mutilada por el Foreign Office, por respetos políticos. Aun así, el escándalo tuvo por efecto la fundación de una Asociación pro Reforma del Congo. [Casement fue objeto de honores británicos, que perdería por su implicación en la rebelión de Irlanda (murió ahorcado en Londres, 21 de abril 1916)].

3. El crimen del Congo (1909), pedestre título de un excelente texto de Arthur Conan Doyle. Un bestseller a beneficio de la citada Asociación pro Reforma, a la que el novelista se adhirió desde el principio. [Admirador y amigo de Casement, el creador de Sherlock Holmes fue uno de los que pidieron en vano su indulto.]

4. El soliloquio del rey Leopoldo (1905), de Mark Twain; panfleto más satírico que humorístico, y más caricatura que retrato de un tirano a la defensiva. La pieza, ilustrada con fotografías, era un alegato contra la coartada del ‘si el rey supiera’, argumento de los paniaguados de un déspota muy al corriente de todo, aunque nunca puso pie en el Congo.


La muerte de Leopoldo II (diciembre 1909) no cerró el debate entre ‘congófobos’ y ‘congófilos’ sobre su peculiar colonialismo. Al contrario, la misma singularidad personalista le convirtió en signo de contradicción, genocida para unos, para otros chivo expiatorio de una culpa colectiva, o incluso víctima de la calumnia, según los congófilos a toda prueba. Entre éstos últimos figuraron elementos destacados de la Iglesia y hasta el mismo pontífice san Pío X (1903-1914).

Bélgica era un país católico, con uno de los cleros mejor formados, según el patrón del Concilio Vaticano I (san Pío IX, 1869-1870). Una las actividades más pujantes de la Iglesia, de la mano de la expansión colonialista, fue la expansión misionera, en pugna con protestantes sobre todo anglosajones. Algunos de éstos figuraron entre los primeros en denunciar al mundo las atrocidades del Congo, antes y después de su nacionalización. ¿Era aquello algo más que sectarismo protestante aliado a la política colonial británica? ¿Estuvo la Iglesia Católica a la altura de su deber moral?

Sobre este particular, hay un trabajo reciente de Robert G. Weisbord, The King, the Cardinal and the Pope: Leopold II’s genocide in the Congo and the Vatican’ (JOURNAL OF GENOCIDE RESEARCH, 5.(2003): 1, 35 — 45).

Desde el estreno del drama de R. Hochhuth, El Vicario (1960), se viene discutiendo la pasividad del papa Pío XII frente al genocidio judío bajo el poder nazi. La notoriedad de este debate sobre un presunto fracaso moral personal de Paccelli contrasta con aquel otro silencio culposo de la Santa Sede sobre el Congo, medio siglo antes, que pasó prácticamente desapercibido.

Frente al genocidio y las atrocidades denunciadas por la voz pública, la Iglesia reprochó a Leopoldo casi exclusivamente su conducta extraconyugal, ciertamente escandalosa, pero irrelevante al lado de la aberración ética de su ejecutoria colonial. Sobre ésta, no es sólo que Roma guardara silencio, sino que lo impuso en sus filas, ahogando las voces de misioneros testigos. En 1904 había allí más de 300, entre religiosos y cooperadores, la mayoría valones de lengua francesa, personas de reconocida eficacia, pero que en general guardaron obsequioso silencio. No todos. Conan Doyle citaba con admiración La Question Congolaise, de su tocayo el padre A. Vermeersch († 1936), «el santo jesuita», famoso teólogo moralista y profesor en la Universidad Gregoriana.

A todo esto el gran farsante, defendido y jaleado por altos purpurados, recibía honores como benemérito de la Religión y la Iglesia. Lo mismo se siguió haciendo después de Leopoldo, sobre los excesos y presuntos crímenes del colonialismo de estado belga. Así pues, aquella defección moral de Roma recuerda también algo lo que se está viendo ahora en torno a la pederastia clerical, añadiendo al silencio sobre los hechos el abuso de autoridad para ocultarlos.


El error moral de la Iglesia fue desviar la discusión al terreno de la controversia religiosa y la competición o rivalidad misionera con las ‘sectas’ protestantes. No había entonces diálogo ecuménico, y para muchos católicos la presencia de protestantes en territorio belga era intrusismo, cuando no espionaje a favor de intereses extranjeros.

Por otra parte, la epopeya misional se ajustó a esquemas imperialistas y aculturadores muy de época, más comprensibles que justificables, cuyas últimas manifestaciones alcanzamos los más provectos a conocer en el apogeo de las Jornadas Mundiales de las Misiones (en España, el clásico Domund en sus mejores años).

Al crear Leopoldo su empresa, la personalidad católica más relevante en África era monseñor Charles-Martial-Allemand Lavigerie (1825-1892).

Este vasco de Bayona, arzobispo de Argel y de Cartago, primado de África y cardenal, fundó la congregación de los ‘Padres Blancos’, adalides de una inculturación con sus ribetes pintorescos.

Otra idea suya peregrina fue reconvertir la soberana Orden de Malta al carácter militar que tuvo como Orden Hospitalaria de San Juan, ahora como policía armada contra el esclavismo, mano a mano con los Padres Blancos en el África de influencia francesa.

Lavigerie tal vez no llegó a conocer la verdad sobre el Congo leopoldino. En todo caso, fue gran admirador de Leopoldo II.


(concluirá)


martes, 1 de junio de 2010

Yo no pensaba hablar hoy de esto...




Vuelve a la palestra Ramón Jáuregui (Sobre lenguas y viajes’), para defenderse de Ruiz Soroa. Son ganas de repetir la purga, allá él. Y quién sabe si hasta un pescozón, porque de entrada se refiere a sus argumentos, un poco a la ligera, como «comentarios que me resultan más propios de titulares de 'El Mundo'». Sin ánimo de echarle una mano a don José María, que no es ningún manco, no me privo de catar unas frases de Jáuregui:

«Entre Bélgica y el País Vasco hay enormes diferencias… pero la descripción de la crisis política belga enmarcaba la reflexión sobre bilingüismo, como un recurso literario sin más pretensiones.»

Desmañada defensa de un planteamiento absurdo de cabo a rabo, que desvirtúa cualquier razonamiento.

Pero admiremos ahora este par de goles impecables… en portería propia:

«En la política lingüística ha habido errores y excesos muy propios de los fundamentalismos nacionalistas.»

«Lejos de mí cualquier exigencia [de obligar a que se aprenda euskera], aunque reconozco –y me autocritico por ello– que en el sector docente la euskaldunización fue acelerada y produjimos injusticias personales

¿A quién se lo cuenta? A los nacionalistas no, desde luego. Ayer mismo, en Bermeo, Andoni Ortuzar (PNV) protestaba por lo contrario: en este año socialista «el euskera se ha debilitado», y hay que «pedirle al Gobierno un cambio de orientación claro en la política que ha desarrollado hasta ahora en favor del euskera».

Eso el nacionalismo ‘moderado’. El ‘otro’ no llegó a tanto, pero cerca le anduvo. En el mismo escenario de euforia vascongada, la consejera socialista Isabel Celaá «tuvo que parar su intervención, realizada íntegramente en euskera, por los insultos de varios jóvenes que le reprocharon desconocer la lengua vasca y le 'invitaron' a abandonar la localidad marinera por su condición de ‘maketa’. “¡Maketa, jun zaitez etxera!” , le gritaban.»

Ramón Jáuregui no es ningún obtuso, aunque trate de hacernos creer que cree, contra toda evidencia, que el nacionalismo no va a donde va, y por donde suele ir. De ahí que cause hastío el empeño de hacer como en la copla de ‘María Cristina’, seguirles la corriente.


Seguirles la corriente, o ir a remolque. Es lo que se ha venido haciendo de forma bobalicona, disfrazándonos todos de nacionalistas como para pasar desapercibidos. Ya somos Euskadi, como se le ocurrió a Sabino Arana; nos lidera un Lehendakari, dignidad de su invención; nos identificamos por su bandera de partido, la ikurriña (procurando no molestar mucho nosotros con la rojigualda, mero trapillo estatal para que los monterillas se suenen los mocos), etc. etc. Pero ¡ay!, las encuestas sobre euskera dicen lo que dicen, que aquí lo que mola es hablar castellano. Así que, para que los aberchales no se apropien también la lengua vascongada, ¡hala! todos al barnetegui. De eso modo no podrá decir la gente que el PNV nos quiere gobernar.

Pues qué, ¿hemos de ignorar el vascuence, sólo por llevarles la contra? Eso es lo que ellos desearían. Y en eso es donde los socialistas vascos, les han hecho el juego. Un juego que ha llegado a ser sucio, atropellado, injusto, como el mismo autor acaba de reconocer y autocriticarse.

El sábado –el euskera– para el hombre, o el hombre para el euskera y para el sábado: esa es la diferencia entre un vasco razonable y otro fanático.
Poner la lengua vasca a disposición de todos, sin privilegios ni exclusiones, eso es razón. Sacrificar los derechos de las personas al identitario lingüístico, eso es fanatismo, y ahí llevan su parte de culpa los socialistas como socios de gobierno del PNV.

Jáuregui es partidario de una política lingüística de apoyo al vascuence que a mí se me antoja igual o muy parecida a la del PNV, aunque los jeltzales no se lo van a reconocer jamás. Es muy dueño de defender eso, o lo que le plazca. Lo que me interesa aquí al respecto es un frase de su artículo que dice así:

«El rechazo a toda política de fomento del euskera... se opone a todo lo que desde el comienzo de la Transición hemos hecho por consenso en esta materia.»

¡El dichoso ‘consenso’ de la dichosa Transición! Cada vez que salen a relucir aquellos consensos, aquellas transacciones y acuerdos políticos con los nacionalistas en materias de lengua, pero también en todo lo demás, en que tanto y tanto se les cedió, todavía me sigo preguntando en qué cedieron ellos. Toda negociación es toma y daca. Pues eso, cuál fue su daca. Me gustaría conocer alguna renuncia, una siquiera, por parte del nacionalismo vasco, sólo para poder pensar que mis admirados socialistas de entonces no fueron unos primos.

No abomino de la Transición, aunque ahora vemos que fue chapucera. De haberla negociado mejor, no estaríamos discutiendo estas sinsorgadas. En todo caso, ya me gustaría saber quiénes consensuaron en mi nombre unos compromisos que a mí como ciudadano particular me incumben, y a ellos como políticos no. Dominar la lengua para poder acceder a la función pública es uno de ellos.

Y aquí me despido de Ramón Jáuregui y su artículo.  Don José María, es todo suyo.