martes, 8 de junio de 2010

El silencio de los moruecos (1)

La Iglesia Católica ante el Congo leopoldino (1885-1909)

Hablando de Bélgica. La referencia intempestiva a ese país, que ya he comentado, me ha hecho recordar que tengo material pendiente de lectura. No sobre Bélgica exactamente; sobre la singularidad colonial del viejo Congo Belga.

La trayectoria colonial belga (1885-1960) fue singular en muchos sentidos. Lo más extraordinario fue que todo aquel dominio no nació como una colonia al uso, sino como inmenso latifundio personal de un monarca absoluto, que era a la vez el rey constitucional de los belgas. Leopoldo II fue el amo de un imperio (1885-1908), dentro del cual todavía se reservó una provincia como Dominio Real. Y no es lo menos sorprendente que ese imperio se creó con el beneplácito de las potencias europeas rivales en el colonialismo.


El milagro fue posible porque el mismo Leopoldo, tras contratar al célebre Stanley para explorar el terreno y ganar la voluntad de los reyezuelos locales (1879-1884), presentó su proyecto ante el mundo –Conferencia de Berlín (1884-1885)– como empresa científica, filantrópica y civilizadora, amén de militante contra el esclavismo; todo ello bajo patronato de una entelequia llamada Asociación Internacional Africana (1876), luego de un Comité Belga, cuyo factótum y única cabeza visible fue el fundador.

Aquel imperio en el corazón de África se llamó irónicamente Estado Libre del Congo (también Estado Independiente). Otra denominación mucho más exacta fue El Corazón de las Tinieblas, título de un folletín del ex marino, escritor y periodista polaco Joseph Conrad (1899, 1902), que Coppola adaptaría libremente al escenario de Vietnam en el filme Apocalypse now (1978).

Si los nativos habían escapado oficialmente a la esclavitud, fue sólo para convertirse en súbditos de un Estado dueño exclusivo del territorio con todos sus productos útiles, donde para cubrir su débito fiscal los varones vivían en régimen disciplinario de trabajo forzado.

La explotación directa corría a cargo de compañías concesionarias, con amplios poderes de exacción y disciplina. A merced de ellas, la población útil era mano de obra prácticamente gratuita, como recolectores de caucho, porteadores de marfil, mineros etc. El elemento coactivo era la Force Publique, cuerpo bajo mando de oficiales blancos, formado por nativos armados de las tribus más belicosas y feroces, caníbales muchos de ellos, que solían contabilizar la ejecución de fugitivos a base de manos amputadas, castigando a los negligentes con el terrible chicote de piel de hipopótamo, pero también con mutilaciones y vejámenes de todo tipo.

Explotación, maltrato, genocidio. Entre el colonizador y la mosca tse-tse (enfermedad del sueño), más la viruela y otras ayudas, en una generación la población del Congo se reduciría a la mitad. Una cifra redonda de 10 millones de muertos es la que los ‘congófobos’ más radicales cargan a la cuenta de Leopoldo.

Las desventuras congoleñas se asociaron principalmente al caucho, obtenido allí de Landolfia silvestre mediante poda y tala. Este método destructivo obligaba a ir cada vez más lejos a recolectar: una tentación para la fuga, represaliada mediante secuestro de mujeres, niños y familiares del presunto huido. El caucho era mediocre pero interesante, por la demanda de neumáticos de bicicleta. (Aunque esto último es indiferente. De haber sido para chicle, daría lo mismo.)

A principios del siglo XX, la situación se hizo insostenible para el rey que, acosado por denuncias a nivel mundial, se deshizo de una carga ya sin interés para él, traspasándola a su país como hipoteca por grandes empréstitos recibidos para ‘desarrollar’ la colonia . Cierto que el escandalo no cesó de pronto, pero liquidada la ficción de Estado Independiente, el nuevo Congo Belga era ya una colonia como tantas, donde poco tenían que echarse en cara unas a otras las metrópolis. Bélgica aplicó a su modo una ejemplaridad responsable, mantenida hasta la declaración de independencia (1960).



Acaba de publicarse en español La tragedia del Congo (Ediciones del Viento, 2010). Son más de 420 páginas con cuatro documentos de época, de desigual longitud y enfoque:

1. Carta al rey Leopoldo (18-07-1890), panfleto escrito desde las Cataratas Stanley por el afroamericano George Washington Williams, historiador y misionero en Africa. Esta primera denuncia, de efecto discreto, cobraría importancia 10 años después, al estallar el escandalo.

2. Informe de Mr. Casement al Marqués de Lansdowne (1903), por el irlandés Roger D. Casement, cónsul británico. Un documento estremecedor por su laconismo y precisión ‘entomológica’, como suele decirse. Es la primera versión completa en español de una pieza que, tarde y mal, se publicó el año siguiente censurada y mutilada por el Foreign Office, por respetos políticos. Aun así, el escándalo tuvo por efecto la fundación de una Asociación pro Reforma del Congo. [Casement fue objeto de honores británicos, que perdería por su implicación en la rebelión de Irlanda (murió ahorcado en Londres, 21 de abril 1916)].

3. El crimen del Congo (1909), pedestre título de un excelente texto de Arthur Conan Doyle. Un bestseller a beneficio de la citada Asociación pro Reforma, a la que el novelista se adhirió desde el principio. [Admirador y amigo de Casement, el creador de Sherlock Holmes fue uno de los que pidieron en vano su indulto.]

4. El soliloquio del rey Leopoldo (1905), de Mark Twain; panfleto más satírico que humorístico, y más caricatura que retrato de un tirano a la defensiva. La pieza, ilustrada con fotografías, era un alegato contra la coartada del ‘si el rey supiera’, argumento de los paniaguados de un déspota muy al corriente de todo, aunque nunca puso pie en el Congo.


La muerte de Leopoldo II (diciembre 1909) no cerró el debate entre ‘congófobos’ y ‘congófilos’ sobre su peculiar colonialismo. Al contrario, la misma singularidad personalista le convirtió en signo de contradicción, genocida para unos, para otros chivo expiatorio de una culpa colectiva, o incluso víctima de la calumnia, según los congófilos a toda prueba. Entre éstos últimos figuraron elementos destacados de la Iglesia y hasta el mismo pontífice san Pío X (1903-1914).

Bélgica era un país católico, con uno de los cleros mejor formados, según el patrón del Concilio Vaticano I (san Pío IX, 1869-1870). Una las actividades más pujantes de la Iglesia, de la mano de la expansión colonialista, fue la expansión misionera, en pugna con protestantes sobre todo anglosajones. Algunos de éstos figuraron entre los primeros en denunciar al mundo las atrocidades del Congo, antes y después de su nacionalización. ¿Era aquello algo más que sectarismo protestante aliado a la política colonial británica? ¿Estuvo la Iglesia Católica a la altura de su deber moral?

Sobre este particular, hay un trabajo reciente de Robert G. Weisbord, The King, the Cardinal and the Pope: Leopold II’s genocide in the Congo and the Vatican’ (JOURNAL OF GENOCIDE RESEARCH, 5.(2003): 1, 35 — 45).

Desde el estreno del drama de R. Hochhuth, El Vicario (1960), se viene discutiendo la pasividad del papa Pío XII frente al genocidio judío bajo el poder nazi. La notoriedad de este debate sobre un presunto fracaso moral personal de Paccelli contrasta con aquel otro silencio culposo de la Santa Sede sobre el Congo, medio siglo antes, que pasó prácticamente desapercibido.

Frente al genocidio y las atrocidades denunciadas por la voz pública, la Iglesia reprochó a Leopoldo casi exclusivamente su conducta extraconyugal, ciertamente escandalosa, pero irrelevante al lado de la aberración ética de su ejecutoria colonial. Sobre ésta, no es sólo que Roma guardara silencio, sino que lo impuso en sus filas, ahogando las voces de misioneros testigos. En 1904 había allí más de 300, entre religiosos y cooperadores, la mayoría valones de lengua francesa, personas de reconocida eficacia, pero que en general guardaron obsequioso silencio. No todos. Conan Doyle citaba con admiración La Question Congolaise, de su tocayo el padre A. Vermeersch († 1936), «el santo jesuita», famoso teólogo moralista y profesor en la Universidad Gregoriana.

A todo esto el gran farsante, defendido y jaleado por altos purpurados, recibía honores como benemérito de la Religión y la Iglesia. Lo mismo se siguió haciendo después de Leopoldo, sobre los excesos y presuntos crímenes del colonialismo de estado belga. Así pues, aquella defección moral de Roma recuerda también algo lo que se está viendo ahora en torno a la pederastia clerical, añadiendo al silencio sobre los hechos el abuso de autoridad para ocultarlos.


El error moral de la Iglesia fue desviar la discusión al terreno de la controversia religiosa y la competición o rivalidad misionera con las ‘sectas’ protestantes. No había entonces diálogo ecuménico, y para muchos católicos la presencia de protestantes en territorio belga era intrusismo, cuando no espionaje a favor de intereses extranjeros.

Por otra parte, la epopeya misional se ajustó a esquemas imperialistas y aculturadores muy de época, más comprensibles que justificables, cuyas últimas manifestaciones alcanzamos los más provectos a conocer en el apogeo de las Jornadas Mundiales de las Misiones (en España, el clásico Domund en sus mejores años).

Al crear Leopoldo su empresa, la personalidad católica más relevante en África era monseñor Charles-Martial-Allemand Lavigerie (1825-1892).

Este vasco de Bayona, arzobispo de Argel y de Cartago, primado de África y cardenal, fundó la congregación de los ‘Padres Blancos’, adalides de una inculturación con sus ribetes pintorescos.

Otra idea suya peregrina fue reconvertir la soberana Orden de Malta al carácter militar que tuvo como Orden Hospitalaria de San Juan, ahora como policía armada contra el esclavismo, mano a mano con los Padres Blancos en el África de influencia francesa.

Lavigerie tal vez no llegó a conocer la verdad sobre el Congo leopoldino. En todo caso, fue gran admirador de Leopoldo II.


(concluirá)


martes, 1 de junio de 2010

Yo no pensaba hablar hoy de esto...




Vuelve a la palestra Ramón Jáuregui (Sobre lenguas y viajes’), para defenderse de Ruiz Soroa. Son ganas de repetir la purga, allá él. Y quién sabe si hasta un pescozón, porque de entrada se refiere a sus argumentos, un poco a la ligera, como «comentarios que me resultan más propios de titulares de 'El Mundo'». Sin ánimo de echarle una mano a don José María, que no es ningún manco, no me privo de catar unas frases de Jáuregui:

«Entre Bélgica y el País Vasco hay enormes diferencias… pero la descripción de la crisis política belga enmarcaba la reflexión sobre bilingüismo, como un recurso literario sin más pretensiones.»

Desmañada defensa de un planteamiento absurdo de cabo a rabo, que desvirtúa cualquier razonamiento.

Pero admiremos ahora este par de goles impecables… en portería propia:

«En la política lingüística ha habido errores y excesos muy propios de los fundamentalismos nacionalistas.»

«Lejos de mí cualquier exigencia [de obligar a que se aprenda euskera], aunque reconozco –y me autocritico por ello– que en el sector docente la euskaldunización fue acelerada y produjimos injusticias personales

¿A quién se lo cuenta? A los nacionalistas no, desde luego. Ayer mismo, en Bermeo, Andoni Ortuzar (PNV) protestaba por lo contrario: en este año socialista «el euskera se ha debilitado», y hay que «pedirle al Gobierno un cambio de orientación claro en la política que ha desarrollado hasta ahora en favor del euskera».

Eso el nacionalismo ‘moderado’. El ‘otro’ no llegó a tanto, pero cerca le anduvo. En el mismo escenario de euforia vascongada, la consejera socialista Isabel Celaá «tuvo que parar su intervención, realizada íntegramente en euskera, por los insultos de varios jóvenes que le reprocharon desconocer la lengua vasca y le 'invitaron' a abandonar la localidad marinera por su condición de ‘maketa’. “¡Maketa, jun zaitez etxera!” , le gritaban.»

Ramón Jáuregui no es ningún obtuso, aunque trate de hacernos creer que cree, contra toda evidencia, que el nacionalismo no va a donde va, y por donde suele ir. De ahí que cause hastío el empeño de hacer como en la copla de ‘María Cristina’, seguirles la corriente.


Seguirles la corriente, o ir a remolque. Es lo que se ha venido haciendo de forma bobalicona, disfrazándonos todos de nacionalistas como para pasar desapercibidos. Ya somos Euskadi, como se le ocurrió a Sabino Arana; nos lidera un Lehendakari, dignidad de su invención; nos identificamos por su bandera de partido, la ikurriña (procurando no molestar mucho nosotros con la rojigualda, mero trapillo estatal para que los monterillas se suenen los mocos), etc. etc. Pero ¡ay!, las encuestas sobre euskera dicen lo que dicen, que aquí lo que mola es hablar castellano. Así que, para que los aberchales no se apropien también la lengua vascongada, ¡hala! todos al barnetegui. De eso modo no podrá decir la gente que el PNV nos quiere gobernar.

Pues qué, ¿hemos de ignorar el vascuence, sólo por llevarles la contra? Eso es lo que ellos desearían. Y en eso es donde los socialistas vascos, les han hecho el juego. Un juego que ha llegado a ser sucio, atropellado, injusto, como el mismo autor acaba de reconocer y autocriticarse.

El sábado –el euskera– para el hombre, o el hombre para el euskera y para el sábado: esa es la diferencia entre un vasco razonable y otro fanático.
Poner la lengua vasca a disposición de todos, sin privilegios ni exclusiones, eso es razón. Sacrificar los derechos de las personas al identitario lingüístico, eso es fanatismo, y ahí llevan su parte de culpa los socialistas como socios de gobierno del PNV.

Jáuregui es partidario de una política lingüística de apoyo al vascuence que a mí se me antoja igual o muy parecida a la del PNV, aunque los jeltzales no se lo van a reconocer jamás. Es muy dueño de defender eso, o lo que le plazca. Lo que me interesa aquí al respecto es un frase de su artículo que dice así:

«El rechazo a toda política de fomento del euskera... se opone a todo lo que desde el comienzo de la Transición hemos hecho por consenso en esta materia.»

¡El dichoso ‘consenso’ de la dichosa Transición! Cada vez que salen a relucir aquellos consensos, aquellas transacciones y acuerdos políticos con los nacionalistas en materias de lengua, pero también en todo lo demás, en que tanto y tanto se les cedió, todavía me sigo preguntando en qué cedieron ellos. Toda negociación es toma y daca. Pues eso, cuál fue su daca. Me gustaría conocer alguna renuncia, una siquiera, por parte del nacionalismo vasco, sólo para poder pensar que mis admirados socialistas de entonces no fueron unos primos.

No abomino de la Transición, aunque ahora vemos que fue chapucera. De haberla negociado mejor, no estaríamos discutiendo estas sinsorgadas. En todo caso, ya me gustaría saber quiénes consensuaron en mi nombre unos compromisos que a mí como ciudadano particular me incumben, y a ellos como políticos no. Dominar la lengua para poder acceder a la función pública es uno de ellos.

Y aquí me despido de Ramón Jáuregui y su artículo.  Don José María, es todo suyo.


jueves, 27 de mayo de 2010

Bilingües por amor, en el tormento de la diglosia


El histórico socialista vasco Ramón Jáuregui, con destino en Bruselas, ha publicado un artículo, ‘Idioma y nación’, de un buenismo desconcertante.

Parte el autor del conflicto lingüístico en Bélgica, en el contexto de una crisis más honda y general, de la que por lo visto se está ocupando allí la prensa estos días.

«Una cierta sensación de problema irresoluble lleva a muchos a pensar en la necesidad de configurar dos naciones diferentes, algo que se empieza a ver con entusiasmo en el nacionalismo flamenco y con inevitable resignación por la población francófona, entre los que no faltan los que no rechazan incluso su incorporación a Francia.»

Y aquí de pronto, entrando en materia:

«Me resulta imposible evitar trasladar esta realidad a nuestro país.»

«Trasladar esta realidad», no parece expresión adecuada, máxime si «nuestro país» es el País Vasco. Bélgica es un estado moderno (1830), federal desde hace poco (1994), nunca integrado, fruto de unas situaciones donde las identidades religiosas no han pesado menos que las etnolingüísticas. Sólo con el laicismo reciente, el nacionalismo lingüístico se ha erigido en identitario primario o exclusivo, con el ingrediente de la diferencia económica como pretexto que siempre suele aprovechar el más rico para desembarazarse del pariente pobre. Eso se da en Bélgica y también aquí, pero lo mismo en otras muchas partes. No veo qué más tenga que ver esa «realidad» con la vasco-española, más que cualquier conflicto nacionalista.

Los Países Bajos emergen tarde de la fragmentación feudal medieval. Desde las 17 Provincias Unidas que componían la Baja Alemania en el siglo XVI, todo ha sido un rosario de uniones y desuniones oportunistas, cuyo primer motor fue la rebelión protestante frente a España. Bien entendido que España no fue allá como conquistadora, pues se trataba de la herencia personal de Carlos I y Felipe II. Herencias por herencias, las intervenciones hispanas en Sicilia y en Italia sí que tuvieron mucho más de conquista, que no lo de Flandes. Hasta aquí, ninguna realidad trasladable a nuestro caso, a menos que apliquemos la falsilla histórica de alguna ikastola del Goyerri profundo.

Pero a qué vengo yo con este preámbulo, si no hace ninguna falta para leer a Jáuregui. Don José Ramón no va a entrar en el conflicto belga que compara con el nuestro. Lo de Bélgica ha sido sólo ocasión para recordarnos que él ‘trabaja’ en Bruselas, y de paso darnos una muestra de las tareas a que allí se dedica:

«Hace unos días tuve el placer de moderar una mesa sobre literatura vasca y Europa en el Parlamento Europeo, organizada por la UNED.» En unión de varios escritores vascos, «en esa mesa les oí hablar de su literatura. Confieso que toda la literatura en euskera que conozco la he leído en castellano, pero con la misma sinceridad declaro mi emoción con esa literatura que surge e identifica una realidad tan cercana como conocida y querida. Que se expresa en un euskera desprovisto de significados ideológicos y políticos…»

Bien, pero ¿a qué viene todo eso? ¿A dónde nos lleva Jáuregui con este artículo? Pues helo aquí, resumido en guisa de proverbio: «Cuando las melenas del León Belga veas pelar, pon tu euskera a refrescar.» Él no lo dice así, pero leídas sus propuestas literales, ya me dirán si le traiciono el pensamiento. He aquí su tesis:

«Mirando la dramática fractura belga», si quieremos evitar una igual entre nosotros:

1. Amemos al euskera, «ese euskera multiidentitario y plural..., sin apropiaciones ni exclusiones…, desnacionalizado, construido desde múltiples identidades.»

2. Por amor al euskera, accedamos «a su aprendizaje y a su dominio», haciéndonos bilingües al ejemplo de «Miquel Siguán, fallecido recientemente, padre intelectual del bilingüismo catalán-español que disfruta hoy Cataluña».

3. Si el esfuerzo de euskaldunizarnos no nos gratifica, aceptémoslo al menos como inevitable sacrificio, dado que «la integración nos es tan necesaria en el aspecto lingüístico como en cualquier otro».

4. Resumiendo, con Michelena (El largo y difícil camino del euskera): «No debemos caer en el infierno del ghetto por huír del purgatorio de la diglosia».

Tengo para mí que Jáuregui se ha leído de cabo a rabo con aprovechamiento la Babel de Patxi Baztarrika, porque no cabe mayor coincidencia. Por desgracia, es una tesis que se derrumba sola por su base de arena.

No se discute la entelequia de una literatura vasca euskalduna de vocación apolítica universal. El problema es dónde hallarla, fuera del reducto literario que Jáuregui cita. El hecho de que los autores que cumplen el requisito entren holgados en la docena ya dice bastante sobre la rareza de ese euskera inocente, «que busca su lugar entre las lenguas».
Explíquese luego qué tiene que ver todo ese idilio con el pretexto y el mito del bilingüismo integrador ‘necesario’. Diga algo el autor sobre el impresentable identitario etnocentrista vasco, algo también sobre la praxis y los métodos para la euskaldunización coactiva.

En cuanto al tema del catalán, no me gusta tocarlo, porque tampoco le veo parecido con el vascuence, salvo la explotación nacionalista identitaria. Sobre el bilingüismo catalán-español que disfruta Cataluña, el optimismo de Jáuregui es ingenuo. La parodia del honorable Montilla el otro día en el Senado no va por ahí. En cuanto a Siguán (q. e. p. D.), alguna responsabilidad tendrá el promotor de un experimento aventurero como el de la inmersión lingüística infantil, sin justificación ética alguna. Miquel/Miguel Siguán, un poco como Luis/Koldo Michelena. Científicos de talla, por encima de todo partidismo... Pero no tan simples como para no darse cuenta de lo que se cocía en torno suyo, o en qué suelo caía la semilla que sembraban. Al ideólogo, al político, poco se le da del euskera ni de nada, salvo como instrumento para sus fines.

«El purgatorio de la diglosia»: ahí se retrató Michelena. ¡Pues mira tú que el infierno del ghetto! A primera vista, estos novísimos van dedicados a los euskaldunes, de modo que uno podría pensar: «allá ellos, no es mi problema». Pero el caso es que sí es nuestro problema. El nuestro, y no el de ellos. Aquí, ¡oh bienaventurado Michelena!, el único infierno es para los unilingües castellanos, sin que les sirva de consuelo el que la mera presencia castellana suponga para los vascos puros todo un purgatorio, nada menos. Y uno de los aspectos más cínicos de la euskaldunización es que su principal argumento sea el chantaje, la amenaza de que relegando el vascuence al ghetto –¡relegándole nosotros, por la simple omisión de aprenderlo!–, provocamos una fractura social irreparable.

Ahora, discurriendo por mi cuenta, voy a ver si completo el artículo de Jáuregui con lo que echo en falta: adaptar el paradigma belga al caso vasco.

Si Bélgica se parte en dos (flamencos y valones; el resto no cuenta), el Estado desaparece para dar lugar a dos naciones-estados sin problema lingüístico, porque ambas son básicamente unilingües (con el inglés como segunda lengua). La escisión no será la panacea de los males, pero al menos cada cual seguirá hablando lo que quiere, como toda la vida. Si la cuestión lingüística es determinante de separación, al menos habrá sido un problema resuelto.

¿Y nosotros? Si Euskadi se separa de España, y aun suponiendo que los teritorios históricos se mantengan unidos, 1º) la lengua habrá sido causa menor para el proceso; y 2º) el problema lingüístico seguirá presente, agravado por el revanchismo nacionalista, con recorte de libertades y sin poderse descartar el recurso a la violencia, dependiendo todo de quiénes se hagan con el poder.

No se haga ilusiones don Ramón. Si este destino llegare a cumplirse, pocas ocasiones tendrá ya de volver a disfrutar de esas mesas literarias tan apacibles y tan cultas, que casi le entran a uno las ganas de aprender vascuence. Pero sobre todo, no vea tan ingenuos a sus lectores como para creerse que con hacernos bilingües por amor habrá sitio para todos en el paraíso.

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P. S.: Al publicar esta entrada, veo que José Mª Ruiz Soroa replica a Jáuregui en el mismo sentido que yo. Celebro la coincidencia con Soroa en la sustancia, que él expresa mucho mejor. Por ello, con mucho gusto me remito a su artículo, ‘Un profundo desánimo’.

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