martes, 1 de junio de 2010

Yo no pensaba hablar hoy de esto...




Vuelve a la palestra Ramón Jáuregui (Sobre lenguas y viajes’), para defenderse de Ruiz Soroa. Son ganas de repetir la purga, allá él. Y quién sabe si hasta un pescozón, porque de entrada se refiere a sus argumentos, un poco a la ligera, como «comentarios que me resultan más propios de titulares de 'El Mundo'». Sin ánimo de echarle una mano a don José María, que no es ningún manco, no me privo de catar unas frases de Jáuregui:

«Entre Bélgica y el País Vasco hay enormes diferencias… pero la descripción de la crisis política belga enmarcaba la reflexión sobre bilingüismo, como un recurso literario sin más pretensiones.»

Desmañada defensa de un planteamiento absurdo de cabo a rabo, que desvirtúa cualquier razonamiento.

Pero admiremos ahora este par de goles impecables… en portería propia:

«En la política lingüística ha habido errores y excesos muy propios de los fundamentalismos nacionalistas.»

«Lejos de mí cualquier exigencia [de obligar a que se aprenda euskera], aunque reconozco –y me autocritico por ello– que en el sector docente la euskaldunización fue acelerada y produjimos injusticias personales

¿A quién se lo cuenta? A los nacionalistas no, desde luego. Ayer mismo, en Bermeo, Andoni Ortuzar (PNV) protestaba por lo contrario: en este año socialista «el euskera se ha debilitado», y hay que «pedirle al Gobierno un cambio de orientación claro en la política que ha desarrollado hasta ahora en favor del euskera».

Eso el nacionalismo ‘moderado’. El ‘otro’ no llegó a tanto, pero cerca le anduvo. En el mismo escenario de euforia vascongada, la consejera socialista Isabel Celaá «tuvo que parar su intervención, realizada íntegramente en euskera, por los insultos de varios jóvenes que le reprocharon desconocer la lengua vasca y le 'invitaron' a abandonar la localidad marinera por su condición de ‘maketa’. “¡Maketa, jun zaitez etxera!” , le gritaban.»

Ramón Jáuregui no es ningún obtuso, aunque trate de hacernos creer que cree, contra toda evidencia, que el nacionalismo no va a donde va, y por donde suele ir. De ahí que cause hastío el empeño de hacer como en la copla de ‘María Cristina’, seguirles la corriente.


Seguirles la corriente, o ir a remolque. Es lo que se ha venido haciendo de forma bobalicona, disfrazándonos todos de nacionalistas como para pasar desapercibidos. Ya somos Euskadi, como se le ocurrió a Sabino Arana; nos lidera un Lehendakari, dignidad de su invención; nos identificamos por su bandera de partido, la ikurriña (procurando no molestar mucho nosotros con la rojigualda, mero trapillo estatal para que los monterillas se suenen los mocos), etc. etc. Pero ¡ay!, las encuestas sobre euskera dicen lo que dicen, que aquí lo que mola es hablar castellano. Así que, para que los aberchales no se apropien también la lengua vascongada, ¡hala! todos al barnetegui. De eso modo no podrá decir la gente que el PNV nos quiere gobernar.

Pues qué, ¿hemos de ignorar el vascuence, sólo por llevarles la contra? Eso es lo que ellos desearían. Y en eso es donde los socialistas vascos, les han hecho el juego. Un juego que ha llegado a ser sucio, atropellado, injusto, como el mismo autor acaba de reconocer y autocriticarse.

El sábado –el euskera– para el hombre, o el hombre para el euskera y para el sábado: esa es la diferencia entre un vasco razonable y otro fanático.
Poner la lengua vasca a disposición de todos, sin privilegios ni exclusiones, eso es razón. Sacrificar los derechos de las personas al identitario lingüístico, eso es fanatismo, y ahí llevan su parte de culpa los socialistas como socios de gobierno del PNV.

Jáuregui es partidario de una política lingüística de apoyo al vascuence que a mí se me antoja igual o muy parecida a la del PNV, aunque los jeltzales no se lo van a reconocer jamás. Es muy dueño de defender eso, o lo que le plazca. Lo que me interesa aquí al respecto es un frase de su artículo que dice así:

«El rechazo a toda política de fomento del euskera... se opone a todo lo que desde el comienzo de la Transición hemos hecho por consenso en esta materia.»

¡El dichoso ‘consenso’ de la dichosa Transición! Cada vez que salen a relucir aquellos consensos, aquellas transacciones y acuerdos políticos con los nacionalistas en materias de lengua, pero también en todo lo demás, en que tanto y tanto se les cedió, todavía me sigo preguntando en qué cedieron ellos. Toda negociación es toma y daca. Pues eso, cuál fue su daca. Me gustaría conocer alguna renuncia, una siquiera, por parte del nacionalismo vasco, sólo para poder pensar que mis admirados socialistas de entonces no fueron unos primos.

No abomino de la Transición, aunque ahora vemos que fue chapucera. De haberla negociado mejor, no estaríamos discutiendo estas sinsorgadas. En todo caso, ya me gustaría saber quiénes consensuaron en mi nombre unos compromisos que a mí como ciudadano particular me incumben, y a ellos como políticos no. Dominar la lengua para poder acceder a la función pública es uno de ellos.

Y aquí me despido de Ramón Jáuregui y su artículo.  Don José María, es todo suyo.


jueves, 27 de mayo de 2010

Bilingües por amor, en el tormento de la diglosia


El histórico socialista vasco Ramón Jáuregui, con destino en Bruselas, ha publicado un artículo, ‘Idioma y nación’, de un buenismo desconcertante.

Parte el autor del conflicto lingüístico en Bélgica, en el contexto de una crisis más honda y general, de la que por lo visto se está ocupando allí la prensa estos días.

«Una cierta sensación de problema irresoluble lleva a muchos a pensar en la necesidad de configurar dos naciones diferentes, algo que se empieza a ver con entusiasmo en el nacionalismo flamenco y con inevitable resignación por la población francófona, entre los que no faltan los que no rechazan incluso su incorporación a Francia.»

Y aquí de pronto, entrando en materia:

«Me resulta imposible evitar trasladar esta realidad a nuestro país.»

«Trasladar esta realidad», no parece expresión adecuada, máxime si «nuestro país» es el País Vasco. Bélgica es un estado moderno (1830), federal desde hace poco (1994), nunca integrado, fruto de unas situaciones donde las identidades religiosas no han pesado menos que las etnolingüísticas. Sólo con el laicismo reciente, el nacionalismo lingüístico se ha erigido en identitario primario o exclusivo, con el ingrediente de la diferencia económica como pretexto que siempre suele aprovechar el más rico para desembarazarse del pariente pobre. Eso se da en Bélgica y también aquí, pero lo mismo en otras muchas partes. No veo qué más tenga que ver esa «realidad» con la vasco-española, más que cualquier conflicto nacionalista.

Los Países Bajos emergen tarde de la fragmentación feudal medieval. Desde las 17 Provincias Unidas que componían la Baja Alemania en el siglo XVI, todo ha sido un rosario de uniones y desuniones oportunistas, cuyo primer motor fue la rebelión protestante frente a España. Bien entendido que España no fue allá como conquistadora, pues se trataba de la herencia personal de Carlos I y Felipe II. Herencias por herencias, las intervenciones hispanas en Sicilia y en Italia sí que tuvieron mucho más de conquista, que no lo de Flandes. Hasta aquí, ninguna realidad trasladable a nuestro caso, a menos que apliquemos la falsilla histórica de alguna ikastola del Goyerri profundo.

Pero a qué vengo yo con este preámbulo, si no hace ninguna falta para leer a Jáuregui. Don José Ramón no va a entrar en el conflicto belga que compara con el nuestro. Lo de Bélgica ha sido sólo ocasión para recordarnos que él ‘trabaja’ en Bruselas, y de paso darnos una muestra de las tareas a que allí se dedica:

«Hace unos días tuve el placer de moderar una mesa sobre literatura vasca y Europa en el Parlamento Europeo, organizada por la UNED.» En unión de varios escritores vascos, «en esa mesa les oí hablar de su literatura. Confieso que toda la literatura en euskera que conozco la he leído en castellano, pero con la misma sinceridad declaro mi emoción con esa literatura que surge e identifica una realidad tan cercana como conocida y querida. Que se expresa en un euskera desprovisto de significados ideológicos y políticos…»

Bien, pero ¿a qué viene todo eso? ¿A dónde nos lleva Jáuregui con este artículo? Pues helo aquí, resumido en guisa de proverbio: «Cuando las melenas del León Belga veas pelar, pon tu euskera a refrescar.» Él no lo dice así, pero leídas sus propuestas literales, ya me dirán si le traiciono el pensamiento. He aquí su tesis:

«Mirando la dramática fractura belga», si quieremos evitar una igual entre nosotros:

1. Amemos al euskera, «ese euskera multiidentitario y plural..., sin apropiaciones ni exclusiones…, desnacionalizado, construido desde múltiples identidades.»

2. Por amor al euskera, accedamos «a su aprendizaje y a su dominio», haciéndonos bilingües al ejemplo de «Miquel Siguán, fallecido recientemente, padre intelectual del bilingüismo catalán-español que disfruta hoy Cataluña».

3. Si el esfuerzo de euskaldunizarnos no nos gratifica, aceptémoslo al menos como inevitable sacrificio, dado que «la integración nos es tan necesaria en el aspecto lingüístico como en cualquier otro».

4. Resumiendo, con Michelena (El largo y difícil camino del euskera): «No debemos caer en el infierno del ghetto por huír del purgatorio de la diglosia».

Tengo para mí que Jáuregui se ha leído de cabo a rabo con aprovechamiento la Babel de Patxi Baztarrika, porque no cabe mayor coincidencia. Por desgracia, es una tesis que se derrumba sola por su base de arena.

No se discute la entelequia de una literatura vasca euskalduna de vocación apolítica universal. El problema es dónde hallarla, fuera del reducto literario que Jáuregui cita. El hecho de que los autores que cumplen el requisito entren holgados en la docena ya dice bastante sobre la rareza de ese euskera inocente, «que busca su lugar entre las lenguas».
Explíquese luego qué tiene que ver todo ese idilio con el pretexto y el mito del bilingüismo integrador ‘necesario’. Diga algo el autor sobre el impresentable identitario etnocentrista vasco, algo también sobre la praxis y los métodos para la euskaldunización coactiva.

En cuanto al tema del catalán, no me gusta tocarlo, porque tampoco le veo parecido con el vascuence, salvo la explotación nacionalista identitaria. Sobre el bilingüismo catalán-español que disfruta Cataluña, el optimismo de Jáuregui es ingenuo. La parodia del honorable Montilla el otro día en el Senado no va por ahí. En cuanto a Siguán (q. e. p. D.), alguna responsabilidad tendrá el promotor de un experimento aventurero como el de la inmersión lingüística infantil, sin justificación ética alguna. Miquel/Miguel Siguán, un poco como Luis/Koldo Michelena. Científicos de talla, por encima de todo partidismo... Pero no tan simples como para no darse cuenta de lo que se cocía en torno suyo, o en qué suelo caía la semilla que sembraban. Al ideólogo, al político, poco se le da del euskera ni de nada, salvo como instrumento para sus fines.

«El purgatorio de la diglosia»: ahí se retrató Michelena. ¡Pues mira tú que el infierno del ghetto! A primera vista, estos novísimos van dedicados a los euskaldunes, de modo que uno podría pensar: «allá ellos, no es mi problema». Pero el caso es que sí es nuestro problema. El nuestro, y no el de ellos. Aquí, ¡oh bienaventurado Michelena!, el único infierno es para los unilingües castellanos, sin que les sirva de consuelo el que la mera presencia castellana suponga para los vascos puros todo un purgatorio, nada menos. Y uno de los aspectos más cínicos de la euskaldunización es que su principal argumento sea el chantaje, la amenaza de que relegando el vascuence al ghetto –¡relegándole nosotros, por la simple omisión de aprenderlo!–, provocamos una fractura social irreparable.

Ahora, discurriendo por mi cuenta, voy a ver si completo el artículo de Jáuregui con lo que echo en falta: adaptar el paradigma belga al caso vasco.

Si Bélgica se parte en dos (flamencos y valones; el resto no cuenta), el Estado desaparece para dar lugar a dos naciones-estados sin problema lingüístico, porque ambas son básicamente unilingües (con el inglés como segunda lengua). La escisión no será la panacea de los males, pero al menos cada cual seguirá hablando lo que quiere, como toda la vida. Si la cuestión lingüística es determinante de separación, al menos habrá sido un problema resuelto.

¿Y nosotros? Si Euskadi se separa de España, y aun suponiendo que los teritorios históricos se mantengan unidos, 1º) la lengua habrá sido causa menor para el proceso; y 2º) el problema lingüístico seguirá presente, agravado por el revanchismo nacionalista, con recorte de libertades y sin poderse descartar el recurso a la violencia, dependiendo todo de quiénes se hagan con el poder.

No se haga ilusiones don Ramón. Si este destino llegare a cumplirse, pocas ocasiones tendrá ya de volver a disfrutar de esas mesas literarias tan apacibles y tan cultas, que casi le entran a uno las ganas de aprender vascuence. Pero sobre todo, no vea tan ingenuos a sus lectores como para creerse que con hacernos bilingües por amor habrá sitio para todos en el paraíso.

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P. S.: Al publicar esta entrada, veo que José Mª Ruiz Soroa replica a Jáuregui en el mismo sentido que yo. Celebro la coincidencia con Soroa en la sustancia, que él expresa mucho mejor. Por ello, con mucho gusto me remito a su artículo, ‘Un profundo desánimo’.

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domingo, 23 de mayo de 2010

Oráculos





          pues en Delfos los oráculos cesan,
y al género humano daña nebuloso futuro.
 

(Juvenal, Sátiras 6: 555-556)

Agudamente observaba Plutarco cómo la Naturaleza nos puso la vista del cuerpo mirando adelante, y la del alma hacia atrás. Tenemos memoria, que nos representa el pasado. Nos falta en cambio facultad u órgano equivalente para presenciar el futuro, explorable sólo por indicios y conjeturas. Y aun eso, no siempre. Ahora mismo, inmersos en una crisis económica sin precedentes, como casi todas, es inútil especular sobre ella, porque como ha dicho muy bien hace unos días doña Leire Pajín, se trata de un fenómeno «absolutamente imprevisible». Prueba de ello es que el primer desprevenido ha sido el Presidente de España y de Europa, Zapatero, que ve crecer lo verde antes de que brote. Ahora sí que va de veras. Ahora sí que «al género humano castiga la niebla del futuro».

Este desamparo y ceguera propia de nuestra especie ha propiciado la plaga crónica de los pillos que se ofrecen a leer el porvenir, como videntes, adivinos, demóscopos y otros disfraces. Ha sido también la razón de ser de los oráculos.

La gente suele meter a unos y otros en el mismo saco de la credulidad supersticiosa. Mal hecho. El adivino es un impostor que presume de algo que no tiene: clarividencia. El oráculo en cambio sabe que no sabe, y a sabiendas de ello se remite a quien se supone saber más y mejor sobre las cosas futuras, llámese dios, genio o demonio, como elementos y parte de una misma Naturaleza que todo lo abarca. De ahí la fascinación de los oráculos.

Hace años tuve idea de montar un viaje turístico, La ruta de los oráculos griegos, o algo así. Muchos amigos se apuntaban de antemano. No hubo nada que hacer. A las agencias no les tientan esas aventuras.

La verdad es que para trazar una ruta de oráculos hay donde elegir. Tengo delante el viejo ensayo de Anton van Dale (1700), sobre los oráculos del mundo grecorromano, que termina por un catálogo alfabético «con cerca de 300 entradas», estima el autor (pág. 559). Muchas eran entonces mera referencia literaria, pero desde el siglo XIX la arqueología oracular ha sacado a luz maravillas.

Por cierto, hacia el final de esa lista hay un oráculo muy especial. Es el único de los trescientos que todavía funciona y se llama el Vaticano. Vaticano era el nombre de un oscuro dios o duende del lugar, pero también la colina romana o ‘monte’ donde residía el oráculo. Una etimología popular lo definía así: Vaticanus, ubi vates canunt («donde cantan los adivinos»). El canturreo oracular se decía en latín vati-cinio. Heredado por la Iglesia a cuenta del martirio y tumba de san Pedro, el oráculo Vaticano sigue vivo; mejor aún, es también el único con pretensión de infalible.


Un punto clave en todo oráculo es saber quién habla allí, y cómo. Para los griegos, el numen oracular por excelencia era Apolo, hijo de Zeus. En época helenística, cuando los ratones y grandes ratas de biblioteca ponen algo de orden en el maremágnum del saber antiguo, buen número de oráculos los detentaba Apolo, aunque en algunos fue un intruso ursurpador, empezando por el archifamoso de Delfos.
  


En Delfos, la divinidad primitiva era Gea (o Gaya, la Tierra), que se lo cedió en propiedad a su hija la titanesa Temis (Equidad), como dote para su matrimonio con Zeus. Fue este divino pichabrava el que intrigó para que su muy cornificada esposa, de grado o por fuerza, lo traspasara a Apolo, que fue como obligarle a reconocer al hijo adulterino. Pero no me hagan mucho caso. Son leyendas confusas y contradictorias como los propios oráculos, mucho mejores profetas que historiadores (que ya es decir).

Todos los años, el dios titular Apolo solía tomar vacaciones. En su ausencia, el encargado de suplirle era Dionisio/Baco. No es difícil imaginar que con un borrachín alumbrando el futuro, la clientela estaría a la altura, mientras los formales apolíneos posponían sus consultas para el nuevo ejercicio.


Delfos era único también porque allí estaba el centro del mundo. Zeus lo descubrió de forma ingeniosa. Soltó un par de aves desde los puntos cardinales, y como en aquellos problemas de trenes que nos ponían en el colegio, volando aquellas águilas (o cisnes, dicen otros) en la misma dirección y sentidos contrarios se encontraron allí, donde para memoria se plantó un mojón –el ónfalo u ombligo del orbe–, como marcando el kilómetro cero.


Recuerdos de viaje

He visitado Delfos dos veces; las dos en 22 de julio, pura coincidencia. La segunda fue en 1996, con un grupo bastante especial, visitando algunos sitios poco convencionales, lejos del tumulto. Delfos no fue uno de ellos, y así pude apreciar la diferencia entre el turismo gregario y aquella otra época lejana de mi primera visita, una aventura irrepetible.

Fue en 1956. El vapor Benisanet, de 3.000 Tm de peso muerto y unos 100 m de eslora por 14 de manga, era un barco más bonito que práctico, o que rápido, o que estable. Aunque sólo tenía dos años mal cumplidos desde su viaje inaugural, ya lucía en la amura de babor una abolladura muy aparente. En Sestao había nacido obsoleto, con su motor de vapor de 1.800 ruidosos jamelgos. Como otros Benis de la misma compañía frutera NEASA, era un híbrido carguero con unos cuantos camarotes de pasaje. El rol era de 40 hombres. Los viajes redondos a Levante desde Barcelona duraban un mes.

Volviendo desde Lataquia (Siria), habíamos cruzado el Egeo con buena mar. El sábado 21 al atardecer pasamos el canal de Corinto, y el lunes amanecimos fondeados en el golfo de Itea, entre esta localidad y el cargadero de Bauxitas del Parnaso. Entonces era normal mezclar bauxita en el cemento, hasta que se declaró la aluminosis, una enfermedad de los edificios, y la prohibieron. La bauxita en el fondo de las bodegas sería a la vez carga y lastre para la vuelta, dando una travesía horrorosa por el mar Jónico, en una noche interminable.

Los trámites para bajar a tierra en Itea llevaron toda la mañana. Sin eso, la vista habría sido más deleitosa por todo el anfiteatro de Fócida, de donde tantos griegos salieron a fundar colonias, siempre consultando primero con sus oráculos. Desde la costa, un antiquísimo olivar se dilataba espléndido hasta las pendientes del Parnaso. En números redondos, se dice que hay hasta un millón de olivos. Pero de todo aquel paisaje, sólo un punto al NE en la lejanía me hipnotizaba. Aquello era Delfos.

La espera se hizo una eternidad. En el terminal rojizo de Bauxitas las carretillas de mineral se sucedían monótonas, empujadas por mujeres jóvenes con pañuelos de colores alegres en la cabeza y cara para guardarse del polvo y del sol. Unos cuantos capataces soportaban el peso  de dirigir aquel trabajo netamente femenino. (No sé si el nuevo parque temático minero entrará en estos detalles. Un parque que llaman precisamente ‘Vagonetto’.)

Con motor de sangre, las cargas y descargas en los puertos duraban mucho, dando tiempo a escapadas turísticas, a riesgo propio. La incertidumbre horaria formaba parte de la aventura. ¡Por fin! Obtenido el permiso de bajar a tierra, con la comida en la boca me puse en marcha hacia Delfos. La distancia en línea recta sobre la carta náutica era de unos 6 km.

En una fuente me saludó un único paisano, que naturalmente me preguntó de dónde era:

–Ime Ispanós ke pao pros Delfous.

¿Con que español? El hombre, que resultó ser comunista ex combatiente voluntario en nuestra guerra civil, se puso a despotricar contra Franco. Debió de excitarle el color caqui de mi indumentaria, la camiseta con hombreras y la gorra. Mi indiferencia en cambio le apaciguó, y más amable me indicó el camino.

Atajando por senderos avancé en dirección a Criso, la antigua localidad titular del primitivo santuario délfico. En plena hora de la siesta, me veía yo atravesando el olivar más famoso del mundo, sin más compañía que los saltamontes enormes, y la orquesta ensordecedora de las chicharras y las cigarras ociosas. Oyéndolas, yo me sentía una hormiga vasca activa y emprendedora.

Dejando Criso a la izquierda, pasé junto a una casita decorada con un disco de Coca-Cola y un banderín norteamericano. Un señor sentado a la puerta me saludó en inglés. Tenía ‘mono’ de practicar, que decimos hoy. Había sido otro ‘¡América, América!’, y aquella casita con su huertecillo y unos olivos era el fruto de su ahorro. Me hizo pasar adentro y mandó a su mujer que nos sacara unos vasitos de ouzo.

Me vi preso en una trampa. El descanso y la copita a media tarde no venía mal, pero daba al traste con mi plan. Gran error. El amigo greco-americano lo tenía todo previsto, y sin darme tiempo a caer en falta de lesa hospitalidad apareció un chiquillo que por atajos me llevaría hasta ponerme a la vista de Delfos. Sin él, me habría perdido por aquella cuesta cada vez más empinada.

El chico iba nombrando los accidentes del recorrido: allí, el monte de San Elías, aquí la capilla de Ayos Jarálabos. Me lo escribió en mi libreta que conservo, α. Χαράλαμπος, san Caralampio bendito, un milagrero muy popular.

Leo que en Occidente confundimos a veces a san Caralampio mártir de Magnesia con el abad normando san Carilefo. Sencillamente, no hay derecho. De todas formas, y hablando de confusiones, aquel monte Elías también sonaba a Helios cristianizado, el Sol, Febo, Apolo... De hecho, allí estuvo la cantera de donde vino la piedra para el nuevo templo del dios en Delfos, tras el terremoto del siglo IV a. de JC.

Las últimas zancadas nos pusieron de improviso en la carretera, al pie de Kastri, la nueva Delfos. Allí me despidió el muchacho, que desapareció sin aceptar más propina que mi bolígrafo ‘bic’, un chisme novedoso entonces. Olvidé hacerle escribir su nombre.

Serían cerca de las seis. La caminata, de casi 10 kilómetros, había sido bastante dura al final. El recinto sagrado délfico es un área en pendiente que arranca desde una altitud de unos 530 m, con un desnivel de otros 100 m hasta la base del monumento más alto, el estadio. Con ser domingo, allí no había un alma.


La primera impresión es de laberinto, hasta que uno se orienta por la Vía Sacra. No voy a describir lo que figura en las guías, máxime no disponiendo yo entonces de ninguna, como tampoco de un plano. Sólo llevaba un esquema sacado antes del viaje (de la Espasa, creo), y las reminiscencias de alguna lectura de Herodoto, Pausanias y mi amigo Plutarco, que escribió de Delfos cosas muy sensatas, y eso que él era alto funcionario de la casa. En el recinto sólo quedan las ruinas a la intemperie. Esculturas y todo lo demás está en el museo, que en aquel entonces se abría poco más que llamando al guarda, y no a tales horas. La entrada a las ruinas era libre.

Admiré las admirables peñas Efedríadas y bebí de la fuente Castalia, con efecto digestivo de triste recuerdo.



Ya metido por la Vía Sacra, el Tesoro de los Atenienses era mi primer edificio griego auténtico. Sus paredes llenas de inscripciones. Entre estas, los dos Himnos Délficos, con letra y melodía del siglo II a. de JC: el Primer Himno, de Ateneo, y el Segundo o Peán, de Limenio. Allí pegante estaba el sitio del primitivo santuario oracular, el de Gaia y Temis, guardado por el monstruo Pitón. Delante esta la roca donde se sentaba la Sibila Délfica, idealizada por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. La sibila fue una profetisa espontánea que hablaba del porvenir por su cuenta, no a preguntas de nadie, y sin relación con el oráculo propiamente dicho.

El gran templo de Apolo, junto a su propia belleza imaginaria, ofrece a todo el mundo la belleza real impresionante de su emplazamiento. Su fallo, y muy grave, es la decepción que produce su inexistente adyton y sala secreta, donde hay que echar fantasía para componer el escenario donde las pitonisas emitían los oráculos. ¿Qué fue de aquella grieta o boquete de las entrañas de la tierra, por donde salían los vapores que emborrachana a la pitonisa sentada encima en un trípode con los pies colgando? Hace años la revista Nature resucitaba la vieja teoría geológica de la ‘falla délfica’. Por favor, no echemos a perder los enigmas insolubles resolviéndolos en la vulgaridad racional.

Los griegos antiguos no tuvieron idea de lo sobrenatural. Naturaleza era todo. Y como todo lo que es natural, el oráculo de Delfos tuvo su origen, su auge, cenit y ocaso. Lo explica Plutarco: si las fuentes y las charcas aparecen y se secan, si las minas se crían y se agotan,  con los oráculos sucede lo mismo. Fenómenos de una misma Naturaleza eterna, son episodios o accidentes de ella.

Desengañado del templo subí al teatro. Sentado en las gradas superiores, vi llegar un grupo teatral como para un ensayo. No les dio para mucho. Tal vez eran artistas del Festival Délfica, promovido por el poeta griego Sikelianos, fallecido pocos años antes.

En lo más alto de Delfos se encuentra el estadio. Se me hizo pequeño. Lo recorrí un par de veces, y sólo entonces me di cuenta de que anochecía. ¡Y a qué velocidad! Un poco asustado corrí en busca de la carretera. Nada de atajos. Ahora tendría que bajar en zigzag, para llegar al puerto de madrugada. Menos mal que tocaba luna llena.

Tuve suerte. O tal vez san Caralampio se acordó de mí. En la primera curva, una camioneta que, si mal no recuerdo, llevaba un solo faro encendido, se me detuvo. Iba a Itea. Como  mi protector –san Caralampio tal vez– sólo hablaba griego, y yo tenía poca idea de un ‘dialecto’ que tontamente despreciaba, el gasto de saliva fue mínimo. Además, había un molesto detalle que no me dejaba pensar en otra cosa. Sentado junto al conductor, me sentía raro. Como la pitonisa en su trípode, con los pies colgando, así me veía yo en el asiento, sin encontrar reposapiés por más que tanteaba. Hasta que Diana, la hermana gemela de Apolo —estoy tratando de referirme a la Luna— con su reflejo de plata me reveló que aquella piadosa tartana no tenía suelo ni salpicadero.


–Eppur si muove!


El amigo lo pilló al vuelo y asintió con una risotada. Lento, pero se movía… A eso de las once tomábamos unas cervezas en la plaza de Itea. La noche estaba animada de hombres en las mesas de la taberna al aire libre. Un pope solitario en la suya hacía su consumición aparte.