jueves, 27 de mayo de 2010
Bilingües por amor, en el tormento de la diglosia
El histórico socialista vasco Ramón Jáuregui, con destino en Bruselas, ha publicado un artículo, ‘Idioma y nación’, de un buenismo desconcertante.
Parte el autor del conflicto lingüístico en Bélgica, en el contexto de una crisis más honda y general, de la que por lo visto se está ocupando allí la prensa estos días.
«Una cierta sensación de problema irresoluble lleva a muchos a pensar en la necesidad de configurar dos naciones diferentes, algo que se empieza a ver con entusiasmo en el nacionalismo flamenco y con inevitable resignación por la población francófona, entre los que no faltan los que no rechazan incluso su incorporación a Francia.»
Y aquí de pronto, entrando en materia:
«Me resulta imposible evitar trasladar esta realidad a nuestro país.»
«Trasladar esta realidad», no parece expresión adecuada, máxime si «nuestro país» es el País Vasco. Bélgica es un estado moderno (1830), federal desde hace poco (1994), nunca integrado, fruto de unas situaciones donde las identidades religiosas no han pesado menos que las etnolingüísticas. Sólo con el laicismo reciente, el nacionalismo lingüístico se ha erigido en identitario primario o exclusivo, con el ingrediente de la diferencia económica como pretexto que siempre suele aprovechar el más rico para desembarazarse del pariente pobre. Eso se da en Bélgica y también aquí, pero lo mismo en otras muchas partes. No veo qué más tenga que ver esa «realidad» con la vasco-española, más que cualquier conflicto nacionalista.
Los Países Bajos emergen tarde de la fragmentación feudal medieval. Desde las 17 Provincias Unidas que componían la Baja Alemania en el siglo XVI, todo ha sido un rosario de uniones y desuniones oportunistas, cuyo primer motor fue la rebelión protestante frente a España. Bien entendido que España no fue allá como conquistadora, pues se trataba de la herencia personal de Carlos I y Felipe II. Herencias por herencias, las intervenciones hispanas en Sicilia y en Italia sí que tuvieron mucho más de conquista, que no lo de Flandes. Hasta aquí, ninguna realidad trasladable a nuestro caso, a menos que apliquemos la falsilla histórica de alguna ikastola del Goyerri profundo.
Pero a qué vengo yo con este preámbulo, si no hace ninguna falta para leer a Jáuregui. Don José Ramón no va a entrar en el conflicto belga que compara con el nuestro. Lo de Bélgica ha sido sólo ocasión para recordarnos que él ‘trabaja’ en Bruselas, y de paso darnos una muestra de las tareas a que allí se dedica:
«Hace unos días tuve el placer de moderar una mesa sobre literatura vasca y Europa en el Parlamento Europeo, organizada por la UNED.» En unión de varios escritores vascos, «en esa mesa les oí hablar de su literatura. Confieso que toda la literatura en euskera que conozco la he leído en castellano, pero con la misma sinceridad declaro mi emoción con esa literatura que surge e identifica una realidad tan cercana como conocida y querida. Que se expresa en un euskera desprovisto de significados ideológicos y políticos…»
Bien, pero ¿a qué viene todo eso? ¿A dónde nos lleva Jáuregui con este artículo? Pues helo aquí, resumido en guisa de proverbio: «Cuando las melenas del León Belga veas pelar, pon tu euskera a refrescar.» Él no lo dice así, pero leídas sus propuestas literales, ya me dirán si le traiciono el pensamiento. He aquí su tesis:
«Mirando la dramática fractura belga», si quieremos evitar una igual entre nosotros:
1. Amemos al euskera, «ese euskera multiidentitario y plural..., sin apropiaciones ni exclusiones…, desnacionalizado, construido desde múltiples identidades.»
2. Por amor al euskera, accedamos «a su aprendizaje y a su dominio», haciéndonos bilingües al ejemplo de «Miquel Siguán, fallecido recientemente, padre intelectual del bilingüismo catalán-español que disfruta hoy Cataluña».
3. Si el esfuerzo de euskaldunizarnos no nos gratifica, aceptémoslo al menos como inevitable sacrificio, dado que «la integración nos es tan necesaria en el aspecto lingüístico como en cualquier otro».
4. Resumiendo, con Michelena (El largo y difícil camino del euskera): «No debemos caer en el infierno del ghetto por huír del purgatorio de la diglosia».
Tengo para mí que Jáuregui se ha leído de cabo a rabo con aprovechamiento la Babel de Patxi Baztarrika, porque no cabe mayor coincidencia. Por desgracia, es una tesis que se derrumba sola por su base de arena.
No se discute la entelequia de una literatura vasca euskalduna de vocación apolítica universal. El problema es dónde hallarla, fuera del reducto literario que Jáuregui cita. El hecho de que los autores que cumplen el requisito entren holgados en la docena ya dice bastante sobre la rareza de ese euskera inocente, «que busca su lugar entre las lenguas».
Explíquese luego qué tiene que ver todo ese idilio con el pretexto y el mito del bilingüismo integrador ‘necesario’. Diga algo el autor sobre el impresentable identitario etnocentrista vasco, algo también sobre la praxis y los métodos para la euskaldunización coactiva.
En cuanto al tema del catalán, no me gusta tocarlo, porque tampoco le veo parecido con el vascuence, salvo la explotación nacionalista identitaria. Sobre el bilingüismo catalán-español que disfruta Cataluña, el optimismo de Jáuregui es ingenuo. La parodia del honorable Montilla el otro día en el Senado no va por ahí. En cuanto a Siguán (q. e. p. D.), alguna responsabilidad tendrá el promotor de un experimento aventurero como el de la inmersión lingüística infantil, sin justificación ética alguna. Miquel/Miguel Siguán, un poco como Luis/Koldo Michelena. Científicos de talla, por encima de todo partidismo... Pero no tan simples como para no darse cuenta de lo que se cocía en torno suyo, o en qué suelo caía la semilla que sembraban. Al ideólogo, al político, poco se le da del euskera ni de nada, salvo como instrumento para sus fines.
«El purgatorio de la diglosia»: ahí se retrató Michelena. ¡Pues mira tú que el infierno del ghetto! A primera vista, estos novísimos van dedicados a los euskaldunes, de modo que uno podría pensar: «allá ellos, no es mi problema». Pero el caso es que sí es nuestro problema. El nuestro, y no el de ellos. Aquí, ¡oh bienaventurado Michelena!, el único infierno es para los unilingües castellanos, sin que les sirva de consuelo el que la mera presencia castellana suponga para los vascos puros todo un purgatorio, nada menos. Y uno de los aspectos más cínicos de la euskaldunización es que su principal argumento sea el chantaje, la amenaza de que relegando el vascuence al ghetto –¡relegándole nosotros, por la simple omisión de aprenderlo!–, provocamos una fractura social irreparable.
Ahora, discurriendo por mi cuenta, voy a ver si completo el artículo de Jáuregui con lo que echo en falta: adaptar el paradigma belga al caso vasco.
Si Bélgica se parte en dos (flamencos y valones; el resto no cuenta), el Estado desaparece para dar lugar a dos naciones-estados sin problema lingüístico, porque ambas son básicamente unilingües (con el inglés como segunda lengua). La escisión no será la panacea de los males, pero al menos cada cual seguirá hablando lo que quiere, como toda la vida. Si la cuestión lingüística es determinante de separación, al menos habrá sido un problema resuelto.
¿Y nosotros? Si Euskadi se separa de España, y aun suponiendo que los teritorios históricos se mantengan unidos, 1º) la lengua habrá sido causa menor para el proceso; y 2º) el problema lingüístico seguirá presente, agravado por el revanchismo nacionalista, con recorte de libertades y sin poderse descartar el recurso a la violencia, dependiendo todo de quiénes se hagan con el poder.
No se haga ilusiones don Ramón. Si este destino llegare a cumplirse, pocas ocasiones tendrá ya de volver a disfrutar de esas mesas literarias tan apacibles y tan cultas, que casi le entran a uno las ganas de aprender vascuence. Pero sobre todo, no vea tan ingenuos a sus lectores como para creerse que con hacernos bilingües por amor habrá sitio para todos en el paraíso.
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P. S.: Al publicar esta entrada, veo que José Mª Ruiz Soroa replica a Jáuregui en el mismo sentido que yo. Celebro la coincidencia con Soroa en la sustancia, que él expresa mucho mejor. Por ello, con mucho gusto me remito a su artículo, ‘Un profundo desánimo’.
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domingo, 23 de mayo de 2010
Oráculos
pues en Delfos los oráculos cesan,
y al género humano daña nebuloso futuro.
(Juvenal, Sátiras 6: 555-556)
Agudamente observaba Plutarco cómo la Naturaleza nos puso la vista del cuerpo mirando adelante, y la del alma hacia atrás. Tenemos memoria, que nos representa el pasado. Nos falta en cambio facultad u órgano equivalente para presenciar el futuro, explorable sólo por indicios y conjeturas. Y aun eso, no siempre. Ahora mismo, inmersos en una crisis económica sin precedentes, como casi todas, es inútil especular sobre ella, porque como ha dicho muy bien hace unos días doña Leire Pajín, se trata de un fenómeno «absolutamente imprevisible». Prueba de ello es que el primer desprevenido ha sido el Presidente de España y de Europa, Zapatero, que ve crecer lo verde antes de que brote. Ahora sí que va de veras. Ahora sí que «al género humano castiga la niebla del futuro».
Este desamparo y ceguera propia de nuestra especie ha propiciado la plaga crónica de los pillos que se ofrecen a leer el porvenir, como videntes, adivinos, demóscopos y otros disfraces. Ha sido también la razón de ser de los oráculos.
La gente suele meter a unos y otros en el mismo saco de la credulidad supersticiosa. Mal hecho. El adivino es un impostor que presume de algo que no tiene: clarividencia. El oráculo en cambio sabe que no sabe, y a sabiendas de ello se remite a quien se supone saber más y mejor sobre las cosas futuras, llámese dios, genio o demonio, como elementos y parte de una misma Naturaleza que todo lo abarca. De ahí la fascinación de los oráculos.
Hace años tuve idea de montar un viaje turístico, La ruta de los oráculos griegos, o algo así. Muchos amigos se apuntaban de antemano. No hubo nada que hacer. A las agencias no les tientan esas aventuras.
La verdad es que para trazar una ruta de oráculos hay donde elegir. Tengo delante el viejo ensayo de Anton van Dale (1700), sobre los oráculos del mundo grecorromano, que termina por un catálogo alfabético «con cerca de 300 entradas», estima el autor (pág. 559). Muchas eran entonces mera referencia literaria, pero desde el siglo XIX la arqueología oracular ha sacado a luz maravillas.
Por cierto, hacia el final de esa lista hay un oráculo muy especial. Es el único de los trescientos que todavía funciona y se llama el Vaticano. Vaticano era el nombre de un oscuro dios o duende del lugar, pero también la colina romana o ‘monte’ donde residía el oráculo. Una etimología popular lo definía así: Vaticanus, ubi vates canunt («donde cantan los adivinos»). El canturreo oracular se decía en latín vati-cinio. Heredado por la Iglesia a cuenta del martirio y tumba de san Pedro, el oráculo Vaticano sigue vivo; mejor aún, es también el único con pretensión de infalible.
Un punto clave en todo oráculo es saber quién habla allí, y cómo. Para los griegos, el numen oracular por excelencia era Apolo, hijo de Zeus. En época helenística, cuando los ratones y grandes ratas de biblioteca ponen algo de orden en el maremágnum del saber antiguo, buen número de oráculos los detentaba Apolo, aunque en algunos fue un intruso ursurpador, empezando por el archifamoso de Delfos.

En Delfos, la divinidad primitiva era Gea (o Gaya, la Tierra), que se lo cedió en propiedad a su hija la titanesa Temis (Equidad), como dote para su matrimonio con Zeus. Fue este divino pichabrava el que intrigó para que su muy cornificada esposa, de grado o por fuerza, lo traspasara a Apolo, que fue como obligarle a reconocer al hijo adulterino. Pero no me hagan mucho caso. Son leyendas confusas y contradictorias como los propios oráculos, mucho mejores profetas que historiadores (que ya es decir).
Todos los años, el dios titular Apolo solía tomar vacaciones. En su ausencia, el encargado de suplirle era Dionisio/Baco. No es difícil imaginar que con un borrachín alumbrando el futuro, la clientela estaría a la altura, mientras los formales apolíneos posponían sus consultas para el nuevo ejercicio.

Delfos era único también porque allí estaba el centro del mundo. Zeus lo descubrió de forma ingeniosa. Soltó un par de aves desde los puntos cardinales, y como en aquellos problemas de trenes que nos ponían en el colegio, volando aquellas águilas (o cisnes, dicen otros) en la misma dirección y sentidos contrarios se encontraron allí, donde para memoria se plantó un mojón –el ónfalo u ombligo del orbe–, como marcando el kilómetro cero.
Recuerdos de viaje
He visitado Delfos dos veces; las dos en 22 de julio, pura coincidencia. La segunda fue en 1996, con un grupo bastante especial, visitando algunos sitios poco convencionales, lejos del tumulto. Delfos no fue uno de ellos, y así pude apreciar la diferencia entre el turismo gregario y aquella otra época lejana de mi primera visita, una aventura irrepetible.
Fue en 1956. El vapor Benisanet, de 3.000 Tm de peso muerto y unos 100 m de eslora por 14 de manga, era un barco más bonito que práctico, o que rápido, o que estable. Aunque sólo tenía dos años mal cumplidos desde su viaje inaugural, ya lucía en la amura de babor una abolladura muy aparente. En Sestao había nacido obsoleto, con su motor de vapor de 1.800 ruidosos jamelgos. Como otros Benis de la misma compañía frutera NEASA, era un híbrido carguero con unos cuantos camarotes de pasaje. El rol era de 40 hombres. Los viajes redondos a Levante desde Barcelona duraban un mes.
Volviendo desde Lataquia (Siria), habíamos cruzado el Egeo con buena mar. El sábado 21 al atardecer pasamos el canal de Corinto, y el lunes amanecimos fondeados en el golfo de Itea, entre esta localidad y el cargadero de Bauxitas del Parnaso. Entonces era normal mezclar bauxita en el cemento, hasta que se declaró la aluminosis, una enfermedad de los edificios, y la prohibieron. La bauxita en el fondo de las bodegas sería a la vez carga y lastre para la vuelta, dando una travesía horrorosa por el mar Jónico, en una noche interminable.
Los trámites para bajar a tierra en Itea llevaron toda la mañana. Sin eso, la vista habría sido más deleitosa por todo el anfiteatro de Fócida, de donde tantos griegos salieron a fundar colonias, siempre consultando primero con sus oráculos. Desde la costa, un antiquísimo olivar se dilataba espléndido hasta las pendientes del Parnaso. En números redondos, se dice que hay hasta un millón de olivos. Pero de todo aquel paisaje, sólo un punto al NE en la lejanía me hipnotizaba. Aquello era Delfos.
La espera se hizo una eternidad. En el terminal rojizo de Bauxitas las carretillas de mineral se sucedían monótonas, empujadas por mujeres jóvenes con pañuelos de colores alegres en la cabeza y cara para guardarse del polvo y del sol. Unos cuantos capataces soportaban el peso de dirigir aquel trabajo netamente femenino. (No sé si el nuevo parque temático minero entrará en estos detalles. Un parque que llaman precisamente ‘Vagonetto’.)
Con motor de sangre, las cargas y descargas en los puertos duraban mucho, dando tiempo a escapadas turísticas, a riesgo propio. La incertidumbre horaria formaba parte de la aventura. ¡Por fin! Obtenido el permiso de bajar a tierra, con la comida en la boca me puse en marcha hacia Delfos. La distancia en línea recta sobre la carta náutica era de unos 6 km.
En una fuente me saludó un único paisano, que naturalmente me preguntó de dónde era:
–Ime Ispanós ke pao pros Delfous.
¿Con que español? El hombre, que resultó ser comunista ex combatiente voluntario en nuestra guerra civil, se puso a despotricar contra Franco. Debió de excitarle el color caqui de mi indumentaria, la camiseta con hombreras y la gorra. Mi indiferencia en cambio le apaciguó, y más amable me indicó el camino.
Atajando por senderos avancé en dirección a Criso, la antigua localidad titular del primitivo santuario délfico. En plena hora de la siesta, me veía yo atravesando el olivar más famoso del mundo, sin más compañía que los saltamontes enormes, y la orquesta ensordecedora de las chicharras y las cigarras ociosas. Oyéndolas, yo me sentía una hormiga vasca activa y emprendedora.
Dejando Criso a la izquierda, pasé junto a una casita decorada con un disco de Coca-Cola y un banderín norteamericano. Un señor sentado a la puerta me saludó en inglés. Tenía ‘mono’ de practicar, que decimos hoy. Había sido otro ‘¡América, América!’, y aquella casita con su huertecillo y unos olivos era el fruto de su ahorro. Me hizo pasar adentro y mandó a su mujer que nos sacara unos vasitos de ouzo.Me vi preso en una trampa. El descanso y la copita a media tarde no venía mal, pero daba al traste con mi plan. Gran error. El amigo greco-americano lo tenía todo previsto, y sin darme tiempo a caer en falta de lesa hospitalidad apareció un chiquillo que por atajos me llevaría hasta ponerme a la vista de Delfos. Sin él, me habría perdido por aquella cuesta cada vez más empinada.
El chico iba nombrando los accidentes del recorrido: allí, el monte de San Elías, aquí la capilla de Ayos Jarálabos. Me lo escribió en mi libreta que conservo, α. Χαράλαμπος, san Caralampio bendito, un milagrero muy popular. Leo que en Occidente confundimos a veces a san Caralampio mártir de Magnesia con el abad normando san Carilefo. Sencillamente, no hay derecho. De todas formas, y hablando de confusiones, aquel monte Elías también sonaba a Helios cristianizado, el Sol, Febo, Apolo... De hecho, allí estuvo la cantera de donde vino la piedra para el nuevo templo del dios en Delfos, tras el terremoto del siglo IV a. de JC.
Las últimas zancadas nos pusieron de improviso en la carretera, al pie de Kastri, la nueva Delfos. Allí me despidió el muchacho, que desapareció sin aceptar más propina que mi bolígrafo ‘bic’, un chisme novedoso entonces. Olvidé hacerle escribir su nombre.
Serían cerca de las seis. La caminata, de casi 10 kilómetros, había sido bastante dura al final. El recinto sagrado délfico es un área en pendiente que arranca desde una altitud de unos 530 m, con un desnivel de otros 100 m hasta la base del monumento más alto, el estadio. Con ser domingo, allí no había un alma.
La primera impresión es de laberinto, hasta que uno se orienta por la Vía Sacra. No voy a describir lo que figura en las guías, máxime no disponiendo yo entonces de ninguna, como tampoco de un plano. Sólo llevaba un esquema sacado antes del viaje (de la Espasa, creo), y las reminiscencias de alguna lectura de Herodoto, Pausanias y mi amigo Plutarco, que escribió de Delfos cosas muy sensatas, y eso que él era alto funcionario de la casa. En el recinto sólo quedan las ruinas a la intemperie. Esculturas y todo lo demás está en el museo, que en aquel entonces se abría poco más que llamando al guarda, y no a tales horas. La entrada a las ruinas era libre.
Admiré las admirables peñas Efedríadas y bebí de la fuente Castalia, con efecto digestivo de triste recuerdo.

Ya metido por la Vía Sacra, el Tesoro de los Atenienses era mi primer edificio griego auténtico. Sus paredes llenas de inscripciones. Entre estas, los dos Himnos Délficos, con letra y melodía del siglo II a. de JC: el Primer Himno, de Ateneo, y el Segundo o Peán, de Limenio. Allí pegante estaba el sitio del primitivo santuario oracular, el de Gaia y Temis, guardado por el monstruo Pitón. Delante esta la roca donde se sentaba la Sibila Délfica, idealizada por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. La sibila fue una profetisa espontánea que hablaba del porvenir por su cuenta, no a preguntas de nadie, y sin relación con el oráculo propiamente dicho.
El gran templo de Apolo, junto a su propia belleza imaginaria, ofrece a todo el mundo la belleza real impresionante de su emplazamiento. Su fallo, y muy grave, es la decepción que produce su inexistente adyton y sala secreta, donde hay que echar fantasía para componer el escenario donde las pitonisas emitían los oráculos. ¿Qué fue de aquella grieta o boquete de las entrañas de la tierra, por donde salían los vapores que emborrachana a la pitonisa sentada encima en un trípode con los pies colgando? Hace años la revista Nature resucitaba la vieja teoría geológica de la ‘falla délfica’. Por favor, no echemos a perder los enigmas insolubles resolviéndolos en la vulgaridad racional.
Los griegos antiguos no tuvieron idea de lo sobrenatural. Naturaleza era todo. Y como todo lo que es natural, el oráculo de Delfos tuvo su origen, su auge, cenit y ocaso. Lo explica Plutarco: si las fuentes y las charcas aparecen y se secan, si las minas se crían y se agotan, con los oráculos sucede lo mismo. Fenómenos de una misma Naturaleza eterna, son episodios o accidentes de ella.
Desengañado del templo subí al teatro. Sentado en las gradas superiores, vi llegar un grupo teatral como para un ensayo. No les dio para mucho. Tal vez eran artistas del Festival Délfica, promovido por el poeta griego Sikelianos, fallecido pocos años antes.
En lo más alto de Delfos se encuentra el estadio. Se me hizo pequeño. Lo recorrí un par de veces, y sólo entonces me di cuenta de que anochecía. ¡Y a qué velocidad! Un poco asustado corrí en busca de la carretera. Nada de atajos. Ahora tendría que bajar en zigzag, para llegar al puerto de madrugada. Menos mal que tocaba luna llena.
Tuve suerte. O tal vez san Caralampio se acordó de mí. En la primera curva, una camioneta que, si mal no recuerdo, llevaba un solo faro encendido, se me detuvo. Iba a Itea. Como mi protector –san Caralampio tal vez– sólo hablaba griego, y yo tenía poca idea de un ‘dialecto’ que tontamente despreciaba, el gasto de saliva fue mínimo. Además, había un molesto detalle que no me dejaba pensar en otra cosa. Sentado junto al conductor, me sentía raro. Como la pitonisa en su trípode, con los pies colgando, así me veía yo en el asiento, sin encontrar reposapiés por más que tanteaba. Hasta que Diana, la hermana gemela de Apolo —estoy tratando de referirme a la Luna— con su reflejo de plata me reveló que aquella piadosa tartana no tenía suelo ni salpicadero.
–Eppur si muove!
El amigo lo pilló al vuelo y asintió con una risotada. Lento, pero se movía… A eso de las once tomábamos unas cervezas en la plaza de Itea. La noche estaba animada de hombres en las mesas de la taberna al aire libre. Un pope solitario en la suya hacía su consumición aparte.
Los griegos antiguos no tuvieron idea de lo sobrenatural. Naturaleza era todo. Y como todo lo que es natural, el oráculo de Delfos tuvo su origen, su auge, cenit y ocaso. Lo explica Plutarco: si las fuentes y las charcas aparecen y se secan, si las minas se crían y se agotan, con los oráculos sucede lo mismo. Fenómenos de una misma Naturaleza eterna, son episodios o accidentes de ella.
Desengañado del templo subí al teatro. Sentado en las gradas superiores, vi llegar un grupo teatral como para un ensayo. No les dio para mucho. Tal vez eran artistas del Festival Délfica, promovido por el poeta griego Sikelianos, fallecido pocos años antes.
En lo más alto de Delfos se encuentra el estadio. Se me hizo pequeño. Lo recorrí un par de veces, y sólo entonces me di cuenta de que anochecía. ¡Y a qué velocidad! Un poco asustado corrí en busca de la carretera. Nada de atajos. Ahora tendría que bajar en zigzag, para llegar al puerto de madrugada. Menos mal que tocaba luna llena.
Tuve suerte. O tal vez san Caralampio se acordó de mí. En la primera curva, una camioneta que, si mal no recuerdo, llevaba un solo faro encendido, se me detuvo. Iba a Itea. Como mi protector –san Caralampio tal vez– sólo hablaba griego, y yo tenía poca idea de un ‘dialecto’ que tontamente despreciaba, el gasto de saliva fue mínimo. Además, había un molesto detalle que no me dejaba pensar en otra cosa. Sentado junto al conductor, me sentía raro. Como la pitonisa en su trípode, con los pies colgando, así me veía yo en el asiento, sin encontrar reposapiés por más que tanteaba. Hasta que Diana, la hermana gemela de Apolo —estoy tratando de referirme a la Luna— con su reflejo de plata me reveló que aquella piadosa tartana no tenía suelo ni salpicadero.
–Eppur si muove!
El amigo lo pilló al vuelo y asintió con una risotada. Lento, pero se movía… A eso de las once tomábamos unas cervezas en la plaza de Itea. La noche estaba animada de hombres en las mesas de la taberna al aire libre. Un pope solitario en la suya hacía su consumición aparte.
sábado, 8 de mayo de 2010
Babel-barbarie (y 4)
1. Preámbulo lógico. Va siendo hora de olvidar para siempre Babel o barbarie. Pero no sin antes hacer glosa del título. ¿Qué quiere decir exactamente?
La disyuntiva o tiene dos acepciones lógicas, OR y XOR:
‘Babel’ OR ‘barbarie’ (‘Babel’, o sea ‘barbarie’)
‘Babel’ XOR ‘barbarie’ (O ‘Babel’, o ‘barbarie’, una de dos)
«…que Babel sea considerada no una maldición sino una bendición, puesto que es la diversidad lingüística lo que hace posible que los seres humanos nos comprendamos mutuamente.»
¿Y qué pinta en todo esto la barbarie? Aplicando la lógica al título del libro, a la luz de la revelación que acabo de citar, el resultado tiene que ser (ahorro las ‘tablas de verdad’): barbarie = maldición.
Eso, ya digo, aplicando la lógica común, apenas tenida en cuenta por el autor. Porque lo correcto sería, en vez de andarse con historias de bendiciones y maldiciones, empezar definiendo qué es barbarie. Y a lo mejor resulta que la política lingüística que defiende Patxi Baztarrika, aparte de ser una barbaridad, nos lleva derechamente a ser más bárbaros. 2. Vascuence y/0 barbarie. El vascuence, como cualquiera otra lengua, es inocente. No lo es en cambio la matraca que se nos inflige sin misericordia desde hace 30 años –toda una generación, que se dice pronto–, sin vislumbre de alivio en el horizonte.
Llega un punto en que la agresión se vuelve tan molesta, que hace saltar la pregunta ‘políticamente incorrecta’, en román paladino:
–Pero vamos a ver, qué chulapico tiene el euskera ese de los potros, para que no hablemos de otra cosa?
1º. Construir nación Euskal Herria; y
2º. Mientras lo anterior llega o no llega, vivir del cuento del euskera.
Que el vascuence sea inocente, no quita para que tenga sus defectillos y lunares, incluida su barbarie. ¿Y qué hace bárbara a una lengua?
La palabra bárbaro es una onomatopeya de origen ario. Es el equivalente del hebreo balal (supuesta etimología de Babel, en la Biblia). Su significicado es balbucear, balbuceo, aplicado al habla de los extranjeros. En griego, lo bárbaro tiene doble acepción: 1º) es la lengua extranjera en oídos propios; como también 2º) es la lengua propia oída de bocas extranjeras. Bárbaro era, ante todo, el que no habla (bien) el griego, porque no es griego.
Ya lo sé, todo esto parece una aldeanada impropia de una mentalidad excelsa como la griega. ¿Pues qué creíamos? Aquí mismo, en casa, tenemos a un pueblo tan inteligente como el griego, y que cae en la misma ordinariez. Hablo de los vascos. También el vasco es despectivo para con sus ‘barbaros’, los erdeldunes. Frente al euskera, todas las otras lenguas forman el batiburrillo del erdera, y el propio vascuence mal hablado ‘erderiza’, como el griego mal hablado ‘barbariza’.
Esta distinción tan primaria y tan común –recodemos, en la España medieval de la Reconquista, ‘algarabía’ frente a ‘castellano’ (o ‘cristiano’)– se refería primariamente a la fonética, no a la incorrección gramatical o léxica, aunque todo terminó envuelto en los términos ‘barbarizar’ y ‘barbarismo’.
Cuando una lengua gana imperio fuera de la tribu y se hace más universal, la prosodia pierde importancia. Ocurrió primero con la koiné griega en el mundo helenístico, luego con el latín en el Occidente del Imperio, y hoy con el inglés globalizado. La palabra ‘bárbaro’ significa entonces otra cosa: el que sólo conoce su lengua propia, o el que ignora la lengua común.
3. La lengua franca. En los albores de la Edad Media irrumpen en el limes (la muga, para entendernos) los bárbaros del Este, del Sur y del Norte. Estos últimos, sobre todo, dan el golpe de gracia al Bajo Imperio de Occidente y son los portadores del germen de Europa.
Pues bien, son estos pueblos los que, al reconstruir el Imperio, se otorgan el latín como lengua común, lingua francorum > ‘lengua franca’. Desde Carlomagno, franco empieza a significar ‘común’. Una acepción que recoge el vascuence; como en la copla de Urquiola:
Frankok egiten dio San Antoniori
egun batean joan ta bestean etorri.
Así que ‘franco’ = común. Pero también ‘europeo’. Mientras los bizantinos se llamaban a sí mismos ‘romanos’ –en árabe Rûm (رُوم), y el Mediterráneo Oriental era el ‘Mar de Rum’ (بَحْرُٱلرُّومِ)–, desde las Cruzadas, los europeos en general son los ‘francos’ (فرنك , faranc, إفرنج , ifranch o faranchis) por todo Levante, y de los mercaderes árabes aprenden ese nombre los asiáticos, hasta Indonesia –donde (por culpa de los holandeses, supongo), farangui se hace sinónimo de ‘ladrón’, como pudo comprobar Andrés de Urdaneta–. Para los árabes, Europa fue primero una especie de ‘Unión Europea’, denominada por ellos ‘los Países Francos’ (بلاد ألإفرنج). A todo esto, Franco…, ¡perdón!, quise decir Carlomagno llevaba siglos criando malvas.
Estas antiguallas conviene refrescarlas en atención a los conciudadanos nacionalistas, siempre con su mito anacrónico del imperialismo lingüístico, como si aquella gente antigua hubiese padecido la idiocia actual identitaria. Fueron bábaros, qué duda cabe, pero no tan imbéciles como para dar vivas a Babel, teniendo el latín –o el árabe, otra lengua franca– para entenderse sin intérprete. Lo que no les pasó por la cabeza, ni a ellos ni a sus vástagos, fue la estupidez de decir que el latín les fue impuesto como lengua opresora de sus lenguas nacionales.
Esa bendición de la lengua común era tan evidente, que al perder vigencia el latín por diferentes causas, varias lenguas vernáculas competirán por sucederle. Pareció triunfar el francés, por el prestigio de su Grand Siècle, pero desde el siglo XIX se impuso el inglés, a favor del nuevo Imperio Británico y de sus herederos americanos.
Este proceso no interfiere con el vigor de las grandes lenguas vernáculas, ni con el resurgir romántico de tantas lenguas ‘nacionales’. En la Edad Moderna, casi todo lo que se consideraba importante y digno de ser divulgado se publica a la vez en el vernáculo y en edición latina. Gracias a ese cultivo académico del latín, que en el Norte de Europa se ha mantenido hasta el siglo pasado, existe una biblioteca inmensa de literatura neolatina. Una realidad poco conocida hoy en día, aunque la Red la está abriendo de nuevo al público capaz de disfrutarla. Allí se puede leer en una bendita lengua antibabélica poesía y prosa, textos originales y traducciones. Allí están Descartes, Espinosa, Bacon, Kant. Hay revistas, memorias, tesis doctorales, de todo.
Y no sólo letras; también textos imprescindibles para la historia de la ciencia. En latín –excelente, por cierto– escribió Ernst von Baer su carta a la Real Academia de San Petersburgo exponiendo su descubrimiento del óvulo de los mamíferos (De ovi mmalium et hominis genesi, 1827); hay facsímil. Mucho antes, el latín fue la lengua de la Royal Society de Londres para sus publicaciones y comunicaciones, como las del italiano Malpighi, o del holandés Leeuwenhoek, descubridor de los microbios.
Es sólo un par de ejemplos. Newton, Kepler, todo el mundo se entendía entonces en latín, como hoy en inglés. Eran tiempos malditos, tiempos bárbaros, anteriores al advenimiento del profeta babilonio, del mesías esperado, Baztarrika.
4. Agrafia vascongada. Volviendo a las lenguas vernáculas minoritarias, suele pensarse que su resurgir ha sido como norma literario, antes que político. De ello se hace eco, por ejemplo, el esquema dinámico de Miroslav Hroch (1985; 1993) para los resurgimientos nacionales, en tres fases: restauración literaria (A) > politización de la lengua (B) > afirmación nacional plena (C).
Si esa ha sido la regla, no le ha faltado la excepción confirmatoria. Nuestro amado vascuence se ha mantenido fiel a su agrafia milenaria. Al misterio de su origen une el no menor misterio de su perpetuación iletrada. Una ‘isla lingüística’, decimos con orgullo, olvidando añadir que esa ínsula es un desierto literario. La coartada de una ‘literatura oral’ aquí no vale, primero, porque literatura viene de letra, pero además, esa supuesta ‘literatura oral’, ¿dónde está?
Somos un pueblo sin memoria, sin cultura propia. Tuvimos una oportunidad de oro en el siglo V, cuando, asesinada Hipacia de Alejandría (415/416 d. de JC), su esclavo enamorado Davos, huyendo de ‘Ágora’, de tumbo en tumbo por Italia y la Septimania se presentó en Iruña/Veleya en ínfulas de pedagogo egipcio, director de un paedagogium, haciéndose llamar ahora Aegidius Elysius, de sobrenombre Ped-horro ( ‘Horus se explaya’, en egipcio). ¿Qué fue de este sujeto tan preparado? Pues que, por lo visto, la desidia várdulo-caristia por la escritura se le pegó, quedando su obra literaria reducida a un morral de óstracos o tejoletas traídas consigo, de las que sirvieron a la turba fanática para desollar a la pobre filósofa. Un poco más de esfuerzo, y en vez de un puñado de grafitos pueriles tendríamos hoy el Libro de los Muertos traducido al euskera de entonces, primicia absoluta de la lengua milenaria.
Y es que ni falsificando somos buenos, con tal de no escribir. Tenemos que esperar al siglo XV para escuchar ‘los primeros vagidos’ de la lengua más vieja de Europa. Sólo 200 pequeñas páginas le bastaron a Michelena para reunir y comentar los que llamó ‘textos arcaicos vascos’… ¡de los siglos XV a XVII! A partir de ahí, de vagidos a mugidos, pasando por eufónicos dialectos; pero todo oral. De ahí pudo venir lo de ‘palabra de vasco’, ¿pues qué otra?
Un siglo llevaba funcionando la imprenta cuando, como para celebrar aquel primer centenario, dio a luz Echepare sus ‘Primicias de la lengua de los vascones’ (1545), primera obrita impresa en vascuence. De entonces acá, toda la literatura clásica vasca cabe con holgura en la estantería de un excusado (con perdón), si semejante lugar no fuese indigno de unos libros casi exclusivamente religiosos: sermones, literatura ascética, catecismos…
No escribo con desprecio, tampoco con lástima, escribo con pena y un poco también con rabia. Si, como dijo el poeta, «nuestros padres nos mintieron», los hijos de nuestros padres nos toman el pelo. Porque las letras vascas modernas no son mucho más copiosas. Hablo, claro está, de las no mercenarias y subvencionadas. Timeo hominem unius libri, dice el proverbio latino. Aquí podemos glosar: «temo al pueblo de libro único»; encoge el corazón, una literatura nacional encarnada en los Obabakoak de Atxaga.
Somos un pueblo bárbaro, qué le vamos a hacer. Pero entonces, ¿para qué resucitamos el vascuence? ¿Para que todo el mundo tenga acceso al Egunkaria? No es ironía. A mí también me sentó fatal el cierre de ese periódico. Pero no por lo que se pretende, de agresión a la cultura vasca (¿qué cultura, inasequible en castellano, si puede saberse?), sino porque la ausencia de ese diario ha puesto demasiado en evidencia su inanidad, esa nada que nadie ha echado en falta, fuera del mundillejo político. Y eso que era el único diario en vascuence. Con lo que es la agresividad mercantil, y en siete años nadie ha aprovechado la ocasión de ocupar el nicho. ¿Pudor? ¿temor reverencial, por así llamarlo?
Que conste que el párrafo anterior está escrito con todo mi respeto a Egunkaria y su gente, lo mismo que todo lo que precede es respetuoso para con Vasconia y el vascuence. Si a alguien le sorprende este aviso, le ruego relea el artículo y verá que es así. Me duele, a estas alturas, encontrarme con esto.
5. Caligo futuri. La hazaña lograda con el vascuence en una generación es tan asombrosa, por lo irracional, que es lógico preguntarse hasta dónde y hasta cuando, y si tamaño esfuerzo y despilfarro es sostenible indefinidamente.
Somos un caso sin parangón en nuestros días, fuera del revival hebreo. Pero con diferencias notables: el hebreo se ha convertido en la lengua necesaria del estado de Israel, frente a una Babel judaica cosmopolita; es la lengua añorada por todo judío; y el hebreo, lejos de ser lengua ágrafa, es lengua sabia. El euskera no es nada de eso. El punto común del hebreo moderno con el euskera batua tiene que ver más con la política que con la cultura: el hebreo ha sido pieza clave en la construcción nacional sionista del estado judío.
Otra referencia obligada para el nacionalismo es el gaélico. Como ha ocurrido con otras lenguas, la primera fijación escrita tuvo objetivo misionero. Los monjes escoceses, irlandeses y galeses fueron escritores cultos en su vernáculo como en latín. Se habla incluso de un intento de monjes gramáticos en el siglo VII, afirmando la superioridad de su lengua gaélica sobre la latina. Misioneros por Europa, van dejando huellas en gaélico por todas partes.
El gaélico no ha conocido nada parecido a una ‘normalización’ como la del euskera. Incluso en la Irlanda independiente, el buen sentido común se ha impuesto, y no parece que a la gente le seduzca la faena de volverse bilingües, si en inglés pueden ser y sentirse irlandeses de pleno derecho. Y mira que el nacionalismo irlandés, como el escocés, tienen sus posos de resentimiento histórico frente a Inglaterra.
¿Futuro del euskera? Como no soy adivino, no puedo barruntarlo.
Lo más probable –lo más lógico, al menos– es que el día que deje de ser rentable, la gente se desprenda de él como de lastre inútil. Hoy por hoy, el batua es lo menos parecido a un móvil perpetuo; es un motor renqueante que sin gasolina se para. En eso coincido con Baztarrika, aunque él no puede permitirse decirlo con tanta franqueza. No puede reconocer que la política lingüística es un bluf, que el euskera es un híbrido de ariete político y de gran negocio, o que es un escándalo que para que la lengua vasca sobreviva en la Universidad hay que premiarla con un coeficiente salarial ¡de 1,2! –no es una errata, son 20 puntos de entrada sobre ciento–, para los profesores que desarrollen al menos la mitad de su trabajo en ese idioma. O me pagas a tocateja, o me paso al castellano.
«El futuro del euskera pertenece a la ciudadanía»: así se titula el epílogo de Babel o barbarie, con esta indicación: «Huyendo de los tópicos». Curioso modo de evitarlos, cediendo a uno tan manido: la voluntad ciudadana, la voz del pueblo. Muy de fiar no seremos, en cuando a entusiasmo lingüístico, cuando este capricho del vascuence para la construcción nacional, aun con Dios y ayuda, nos está costando una mina.
Lo dicho, amigos: ayer nuestros padres nos mintieron, y hoy los hijos de nuestros padres nos toman el cabello.
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