sábado, 8 de mayo de 2010

Babel-barbarie (y 4)


1. Preámbulo lógico. Va siendo hora de olvidar para siempre Babel o barbarie. Pero no sin antes hacer glosa del título. ¿Qué quiere decir exactamente?

La disyuntiva o tiene dos acepciones lógicas, OR y XOR:
‘Babel’ OR ‘barbarie’ (‘Babel’, o sea ‘barbarie’)
‘Babel’ XOR ‘barbarie’ (O ‘Babel’, o ‘barbarie’, una de dos)
Mal comienzo, titular un libro con esa ambigüedad. Podría al menos darse alguna explicación en la cubierta o las solapas. Pues no. Todo lo más, la cubierta posterior debuta con esta charada:
«…que Babel sea considerada no una maldición sino una bendición, puesto que es la diversidad lingüística lo que hace posible que los seres humanos nos comprendamos mutuamente
Este oxímoron, mejor dicho, este disparate ofensivo al sentido común, deja claro que no va a ser la lógica la llave para abrir un libro que, en efecto, se revela al lector como el baúl de la vaciedad.

¿Y qué pinta en todo esto la barbarie? Aplicando la lógica al título del libro, a la luz de la revelación que acabo de citar, el resultado tiene que ser (ahorro las ‘tablas de verdad’): barbarie = maldición.

Eso, ya digo, aplicando la lógica común, apenas tenida en cuenta por el autor. Porque lo correcto sería, en vez de andarse con historias de bendiciones y maldiciones, empezar definiendo qué es barbarie. Y a lo mejor resulta que la política lingüística que defiende Patxi Baztarrika, aparte de ser una barbaridad, nos lleva derechamente a ser más bárbaros.

2. Vascuence y/0 barbarie. El vascuence, como cualquiera otra lengua, es inocente. No lo es en cambio la matraca que se nos inflige sin misericordia desde hace 30 años –toda una generación, que se dice pronto–, sin vislumbre de alivio en el horizonte.

Llega un punto en que la agresión se vuelve tan molesta, que hace saltar la pregunta ‘políticamente incorrecta’, en román paladino:
–Pero vamos a ver, qué chulapico tiene el euskera ese de los potros, para que no hablemos de otra cosa?
Y una vez más va a ser que el euskera sigue siendo inocente juguete de unos desaprensivos que lo explotan para sus fines particulares. Fines que, como los mandamientos del Decálogo, se encierran en dos:
1º. Construir nación Euskal Herria; y
2º. Mientras lo anterior llega o no llega, vivir del cuento del euskera.
Todo lo demás que se diga es adorno y propaganda.

Que el vascuence sea inocente, no quita para que tenga sus defectillos y lunares, incluida su barbarie. ¿Y qué hace bárbara a una lengua?

La palabra bárbaro es una onomatopeya de origen ario. Es el equivalente del hebreo balal (supuesta etimología de Babel, en la Biblia). Su significicado es balbucear, balbuceo, aplicado al habla de los extranjeros. En griego, lo bárbaro tiene doble acepción: 1º) es la lengua extranjera en oídos propios; como también 2º) es la lengua propia oída de bocas extranjeras. Bárbaro era, ante todo, el que no habla (bien) el griego, porque no es griego.

Ya lo sé, todo esto parece una aldeanada impropia de una mentalidad excelsa como la griega. ¿Pues qué creíamos? Aquí mismo, en casa, tenemos a un pueblo tan inteligente como el griego, y que cae en la misma ordinariez. Hablo de los vascos. También el vasco es despectivo para con sus ‘barbaros’, los erdeldunes. Frente al euskera, todas las otras lenguas forman el batiburrillo del erdera, y el propio vascuence mal hablado ‘erderiza’, como el griego mal hablado ‘barbariza’.

Esta distinción tan primaria y tan común –recodemos, en la España medieval de la Reconquista, ‘algarabía’ frente a ‘castellano’ (o ‘cristiano’)– se refería primariamente a la fonética, no a la incorrección gramatical o léxica, aunque todo terminó envuelto en los términos ‘barbarizar’ y ‘barbarismo’.

Cuando una lengua gana imperio fuera de la tribu y se hace más universal, la prosodia pierde importancia. Ocurrió primero con la koiné griega en el mundo helenístico, luego con el latín en el Occidente del Imperio, y hoy con el inglés globalizado. La palabra ‘bárbaro’ significa entonces otra cosa: el que sólo conoce su lengua propia, o el que ignora la lengua común.

3. La lengua franca. En los albores de la Edad Media irrumpen en el limes (la muga, para entendernos) los bárbaros del Este, del Sur y del Norte. Estos últimos, sobre todo, dan el golpe de gracia al Bajo Imperio de Occidente y son los portadores del germen de Europa.

Pues bien, son estos pueblos los que, al reconstruir el Imperio, se otorgan el latín como lengua común, lingua francorum > ‘lengua franca’. Desde Carlomagno, franco empieza a significar ‘común’. Una acepción que recoge el vascuence; como en la copla de Urquiola:
Frankok egiten dio          San Antoniori
egun batean joan ta       bestean etorri.
(‘Muchos lo hacen, a San Antonio un día ir, y el otro venir’. En otra ocasión pienso volver sobre aquella bendita usanza de la ‘dormida’ o incubatio religiosa en los santuarios.)

Así que ‘franco’ = común. Pero también ‘europeo’. Mientras los bizantinos se llamaban a sí mismos ‘romanos’ –en árabe Rûm (رُوم), y el Mediterráneo Oriental era el ‘Mar de Rum’ (بَحْرُٱلرُّومِ)–, desde las Cruzadas, los europeos en general son los ‘francos’ (فرنك , faranc, إفرنج , ifranch o faranchis) por todo Levante, y de los mercaderes árabes aprenden ese nombre los asiáticos, hasta Indonesia –donde (por culpa de los holandeses, supongo),  farangui se hace sinónimo de ‘ladrón’, como pudo comprobar Andrés de Urdaneta–. Para los árabes, Europa fue primero una especie de ‘Unión Europea’, denominada por ellos ‘los Países Francos’ (بلاد ألإفرنج). A todo esto, Franco…, ¡perdón!, quise decir Carlomagno llevaba siglos criando malvas.

Estas antiguallas conviene refrescarlas en atención a los conciudadanos nacionalistas, siempre con su mito anacrónico del imperialismo lingüístico, como si aquella gente antigua hubiese padecido la idiocia actual identitaria. Fueron bábaros, qué duda cabe, pero no tan imbéciles como para dar vivas a Babel, teniendo el latín –o el árabe, otra lengua franca– para entenderse sin intérprete. Lo que no les pasó por la cabeza, ni a ellos ni a sus vástagos, fue la estupidez de decir que el latín les fue impuesto como lengua opresora de sus lenguas nacionales.

Esa bendición de la lengua común era tan evidente, que al perder vigencia el latín por diferentes causas, varias lenguas vernáculas competirán por sucederle. Pareció triunfar el francés, por el prestigio de su Grand Siècle, pero desde el siglo XIX se impuso el inglés, a favor del nuevo Imperio Británico y de sus herederos americanos.

Este proceso no interfiere con el vigor de las grandes lenguas vernáculas, ni con el resurgir romántico de tantas lenguas ‘nacionales’. En la Edad Moderna, casi todo lo que se consideraba importante y digno de ser divulgado se publica a la vez en el vernáculo y en edición latina. Gracias a ese cultivo académico del latín, que en el Norte de Europa se ha mantenido hasta el siglo pasado, existe una biblioteca inmensa de literatura neolatina. Una realidad poco conocida hoy en día, aunque la Red la está abriendo de nuevo al público capaz de disfrutarla. Allí se puede leer en una bendita lengua antibabélica poesía y prosa, textos originales y traducciones. Allí están Descartes, Espinosa, Bacon, Kant. Hay revistas, memorias, tesis doctorales, de todo.

Y no sólo letras; también textos imprescindibles para la historia de la ciencia. En latín –excelente, por cierto– escribió Ernst von Baer su carta a la Real Academia de San Petersburgo exponiendo su descubrimiento del óvulo de los mamíferos (De ovi mmalium et hominis genesi, 1827); hay facsímil. Mucho antes, el latín fue la lengua de la Royal Society de Londres para sus publicaciones y comunicaciones, como las del italiano Malpighi, o del holandés Leeuwenhoek, descubridor de los microbios. 

Es sólo un par de ejemplos. Newton, Kepler, todo el mundo se entendía entonces en latín, como hoy en inglés. Eran tiempos malditos, tiempos bárbaros, anteriores al advenimiento del profeta babilonio, del mesías esperado, Baztarrika.

4. Agrafia vascongada. Volviendo a las lenguas vernáculas minoritarias, suele pensarse que su resurgir ha sido como norma literario, antes que político. De ello se hace eco, por ejemplo, el esquema dinámico de Miroslav Hroch (1985; 1993) para los resurgimientos nacionales, en tres fases: restauración literaria (A) > politización de la lengua (B) > afirmación nacional plena (C).

Si esa ha sido la regla, no le ha faltado la excepción confirmatoria. Nuestro amado vascuence se ha mantenido fiel a su agrafia milenaria. Al misterio de su origen une el no menor misterio de su perpetuación iletrada. Una ‘isla lingüística’, decimos con orgullo, olvidando añadir que esa ínsula es un desierto literario. La coartada de una ‘literatura oral’ aquí no vale, primero, porque literatura viene de letra, pero además, esa supuesta ‘literatura oral’, ¿dónde está?

Somos un pueblo sin memoria, sin cultura propia. Tuvimos una oportunidad de oro en el siglo V, cuando, asesinada Hipacia de Alejandría (415/416 d. de JC), su esclavo enamorado Davos, huyendo de ‘Ágora’, de tumbo en tumbo por Italia y la Septimania se presentó en Iruña/Veleya en ínfulas de pedagogo egipcio, director de un paedagogium, haciéndose llamar ahora Aegidius Elysius, de sobrenombre Ped-horro ( ‘Horus se explaya’, en egipcio). ¿Qué fue de este sujeto tan preparado? Pues que, por lo visto, la desidia várdulo-caristia por la escritura se le pegó, quedando su obra literaria reducida a un morral de óstracos o tejoletas traídas consigo, de las que sirvieron a la turba fanática para desollar a la pobre filósofa. Un poco más de esfuerzo, y en vez de un puñado de grafitos pueriles tendríamos hoy el Libro de los Muertos traducido al euskera de entonces, primicia absoluta de la lengua milenaria.


Y es que ni falsificando somos buenos, con tal de no escribir. Tenemos que esperar al siglo XV para escuchar ‘los primeros vagidos’ de la lengua más vieja de Europa. Sólo 200 pequeñas páginas le bastaron a Michelena para reunir y comentar los que llamó ‘textos arcaicos vascos’… ¡de los siglos XV a XVII! A partir de ahí, de vagidos a mugidos, pasando por eufónicos dialectos; pero todo oral. De ahí pudo venir lo de ‘palabra de vasco’, ¿pues qué otra?

Un siglo llevaba funcionando la imprenta cuando, como para celebrar aquel primer centenario, dio a luz Echepare sus ‘Primicias de la lengua de los vascones’ (1545), primera obrita impresa en vascuence. De entonces acá, toda la literatura clásica vasca cabe con holgura en la estantería de un excusado (con perdón), si semejante lugar no fuese indigno de unos libros casi exclusivamente religiosos: sermones, literatura ascética, catecismos…

No escribo con desprecio, tampoco con lástima, escribo con pena y un poco también con rabia. Si, como dijo el poeta, «nuestros padres nos mintieron», los hijos de nuestros padres nos toman el pelo. Porque las letras vascas modernas no son mucho más copiosas. Hablo, claro está, de las no mercenarias y subvencionadas. Timeo hominem unius libri, dice el proverbio latino. Aquí podemos glosar: «temo al pueblo de libro único»; encoge el corazón, una literatura nacional encarnada en los Obabakoak de Atxaga.

Somos un pueblo bárbaro, qué le vamos a hacer. Pero entonces, ¿para qué resucitamos el vascuence? ¿Para que todo el mundo tenga acceso al Egunkaria? No es ironía. A mí también me sentó fatal el cierre de ese periódico. Pero no por lo que se pretende, de agresión a la cultura vasca (¿qué cultura, inasequible en castellano, si puede saberse?), sino porque la ausencia de ese diario ha puesto demasiado en evidencia su inanidad, esa nada que nadie ha echado en falta, fuera del mundillejo político. Y eso que era el único diario en vascuence. Con lo que es la agresividad mercantil, y en siete años nadie ha aprovechado la ocasión de ocupar el nicho. ¿Pudor? ¿temor reverencial, por así llamarlo?

Que conste que el párrafo anterior está escrito con todo mi respeto a Egunkaria y su gente, lo mismo que todo lo que precede es respetuoso para con Vasconia y el vascuence. Si a alguien le sorprende este aviso, le ruego relea el artículo y verá que es así. Me duele, a estas alturas, encontrarme con esto.

5. Caligo futuri. La hazaña lograda con el vascuence en una generación es tan asombrosa, por lo irracional, que es lógico preguntarse hasta dónde y hasta cuando, y si tamaño esfuerzo y despilfarro es sostenible indefinidamente.

Somos un caso sin parangón en nuestros días, fuera del revival hebreo. Pero con diferencias notables: el hebreo se ha convertido en la lengua necesaria del estado de Israel, frente a una Babel judaica cosmopolita; es la lengua añorada por todo judío; y el hebreo, lejos de ser lengua ágrafa, es lengua sabia. El euskera no es nada de eso. El punto común del hebreo moderno con el euskera batua tiene que ver más con la política que con la cultura: el hebreo ha sido pieza clave en la construcción nacional sionista del estado judío.

Otra referencia obligada para el nacionalismo es el gaélico. Como ha ocurrido con otras lenguas, la primera fijación escrita tuvo objetivo misionero. Los monjes escoceses, irlandeses y galeses fueron escritores cultos en su vernáculo como en latín. Se habla incluso de un intento de monjes gramáticos en el siglo VII, afirmando la superioridad de su lengua gaélica sobre la latina. Misioneros por Europa, van dejando huellas en gaélico por todas partes.

El gaélico no ha conocido nada parecido a una ‘normalización’ como la del euskera. Incluso en la Irlanda independiente, el buen sentido común se ha impuesto, y no parece que a la gente le seduzca la faena de volverse bilingües, si en inglés pueden ser y sentirse irlandeses de pleno derecho. Y mira que el nacionalismo irlandés, como el escocés, tienen sus posos de resentimiento histórico frente a Inglaterra.

¿Futuro del euskera? Como no soy adivino, no puedo barruntarlo. 

Lo más probable –lo más lógico, al menos– es que el día que deje de ser rentable, la gente se desprenda de él como de lastre inútil. Hoy por hoy, el batua es lo menos parecido a un móvil perpetuo; es un motor renqueante que sin gasolina se para. En eso coincido con Baztarrika, aunque él no puede permitirse decirlo con tanta franqueza. No puede reconocer que la política lingüística es un bluf, que el euskera es un híbrido de ariete político y de gran negocio, o que es un escándalo que para que la lengua vasca sobreviva en la Universidad hay que premiarla con un coeficiente salarial ¡de 1,2! –no es una errata, son 20 puntos de entrada sobre ciento–, para los profesores que desarrollen al menos la mitad de su trabajo en ese idioma. O me pagas a tocateja, o me paso al castellano. 

«El futuro del euskera pertenece a la ciudadanía»: así se titula el epílogo de Babel o barbarie, con esta indicación: «Huyendo de los tópicos». Curioso modo de evitarlos, cediendo a uno tan manido: la voluntad ciudadana, la voz del pueblo. Muy de fiar no seremos, en cuando a entusiasmo lingüístico, cuando este capricho del vascuence para la construcción nacional, aun con Dios y ayuda, nos está costando una mina.

Lo dicho, amigos: ayer nuestros padres nos mintieron, y hoy los hijos de nuestros padres nos toman el cabello.



martes, 4 de mayo de 2010

Babel-barbarie (3)


     1. El sofisma biológico. Una falacia común es equiparar las lenguas del mundo a especies vivas, y aplicar a su conjunto las propiedades y leyes de los ecosistemas y de la evolución biológica. En particular, nuestro ‘babilonios’ –los entusiastas de Babel, a lo Patxi Baztarrika– encarecen el valor intrínseco de las lenguas minoritarias como parte de una comunidad y sistema lingüistico, y su pérdida como empobrecimiento semejante al de la biodiversidad.

     El sofisma, como todos, tiene un color de verdad. Así como hay una evolución biológica de las especies, hay una evolución de las culturas, con un paralelismo entre ambas que interesó ya al propio Darwin.

     Dicho esto, hay que precisar que para la evolución cultural ese paralelismo sólo puede referirse al de la especie humana; una evolución ‘atípica’, a efectos de selección natural. Con esa restricción, queda por concretar hasta qué punto ese paralelismo es causal, con base en supuestas raíces biológicas de la ‘cultura’. Un elemento singular de la cultura es el lenguaje; cuya raíz neurobiológica es cierta, y que interesa a la genética.

     Aquí se quieren hacer fuertes los babilonios, como si el lenguaje de un grupo humano fuese una seña de identidad más que simbólica, biológica. Seudociencia pura, pues los expertos saben que la evolución lingüística es mucho más rápida que la genética en general, y concretamente la de los genes supuestamente implicados en la fenomenología del lenguaje. No sin razón se ha inventado para el origen de las lenguas un nombre, glosogenia, que lo distinga del de las especies, filogenia.

     La representación arborescente, aplicada a cosas que nada tienen que ver, puede dar pie a deducciones disparatadas. Nadie discute la base neurobiológica del lenguaje. Eso es mucho, pero eso es todo. Esa raíz biológica se refiere al lenguaje en sí, no a las lenguas particulares y su evolución por familias, ni al árbol lingüistico que las representa.

     2. Perder la lengua, perder el alma. Un grupo humano puede perder su lengua ‘propia’ por diferentes razones y en diferentes procesos, sustituyéndola obviamente por otra incluso muy extraña, sin que biológicamente ocurra nada, y menos que nada un genocidio. Genosuicidio más bien, en el caso del euskera. Otra cosa es que la aculturación incida en las estructuras sociales, cosa muy frecuente.

     En otras palabras: el vascuence se puede perder sin que la vasquidad se resienta en lo más mínimo. Es una verdad, por mucho que fastidie a nuestros conciudadanos nacionalistas, es su problema.


«Extinguido el euskera, el alma misma de nuestro pueblo habría de morir» (Iñaki Azpiazu, 1958).

     Tonterías, padre. La realidad es que el vasco a lo largo de la historia ha prescindido muchas veces del vascuence, casi siempre por su voluntad y conveniencia, para seguir tan vasco en castellano, en inglés o en tagalo por el ancho mundo, como lo fue en su aldea.

     La recíproca se ha dado menos, por razones obvias, pero se ha dado. Caso, por ejemplo, de niños incluseros adoptados en caseríos. Eso sin olvidar la vía media. Mi tío abuelo Fermín, con dos dedos de enjundia de maqueto viejo, se casó aquí con una vasca, y juntos a duo desarrollaron un dialecto doméstico que, según parece, les sentó mucho mejor para su convivencia que cualquier bilingüismo babilonio. Él y ella jugaban a las lenguas como jugaban al sexo, porque les gustaba, sin imaginar que su juego lingüístico iba a mover algún día tanto dinero.

     El número de lenguas en el mundo se calcula en unas 6.000. Algunas con muy pocos hablantes, muchas en vías de extinción y casi todas minoritarias, prácticamente sin valor comunicativo extragrupal. Aquí vuelve el símil de las especies en peligro, la pérdida de biodiversidad. Otra vez la misma falacia, porque las lenguas no constituyen un sistema que tenga nada que ver con los ecosistemas; las interacciones son completamente distinas, los equilibrios también. En especial, la extinción de una lengua no tiene por qué parecerse a la de una especie.

     3. Darvinismo lingüístico. Hablar de ‘Darvinismo lingüístico’ es pura metáfora. Sólo quiere decir que hay lenguas que, en concurrencia con otras, retroceden hasta desaparecer. Una manera de ‘explicarlo’ es calificarlas de menos útiles o de inútiles. Lo de la utilidad, por supuesto, es estimativo (“útil, según para qué”).

     El vascuence, por ejemplo, es perfectamente inútil para la difusión global de ideas, y es superfluo para la vida social entre vascos que disponen de un idioma común, el español. ¿O sea, que no sirve para nada? ¿o al menos, para nada ‘bueno’? Claro que sirve. En las familias y pueblos que conforman su mapa lingüístico tradicional, el vascuence es el vehículo normal de comunicación efectiva y afectiva. En el otro extremo, allí donde se lo ha querido ‘normalizar’ a lo bruto, ha traído disfunciones y problemas. Entramos en otra historia.

     ¿Hay algún criterio para distinguir los usos buenos y los perversos (o abusos) del euskera? A mí se me ocurre uno muy fácil de medir: el gasto. Es un hecho objetivo que, de todas las utilidades atribuidas a esa lengua, aquellas cuya bondad nadie le discute salen gratuitas o muy baratas: su cultivo familiar y social en las áreas de arraigo, su enseñanza en las mismas áreas, las cadenas mediáticas para tales usuarios, las facilidades para el aprendizaje optativo… Todo eso, además, es de enorme eficacia, porque nace del afecto, y el precio es económico. Por el contrario, cuando se trata de ‘normalizar’ a troche y moche, contras viento y marea, los costos se disparan en pura pérdida. Cierto que el vascuence genera puestos de trabajo, y hasta llena el bolsillo de algunos, pero siempre a expensas del común y sin retorno de beneficio.

     4. Y de la Babel doméstica, ¿qué? Curioso contrasentido: el nacionalismo que abomina del Estado, entre otras cosas, por monolítico y totalitario, le copia ese mismo vicio que tanto dicen odiar. Así la construcción nacional vasca no tiene en cuenta para nada la aplicación fractal de sus esquemas a los territorios históricos, y por debajo de ellos a merindades, valles o digamos, cantones.  Muy al contrario, hay más disposición a fagocitar territorios vecinos, que a reconocer derechos de secesión en los propios o apropiados. Zazpiat bat y punto; porque sí. Ni siquiera el mapa lingüístico real se tiene en cuenta, salvo para borrarlo.

     Pues si tan bonita y tan buena es Babel, que la recomendamos para Europa, ¿por qué no se aplica el cuento en casa? Babel, ya la teníamos aquí, en forma de dialectos del vascuence. Pero antes hay que preguntar: ¿dialectos?

     La palabra dialecto no tiene buena prensa. Se ha abusado mucho de su acepción como habla inculta,  lenguaje de segunda o tercera división. Como aquí no nos interesa la trifulca, nos quedamos con dialecto como variedad local de una misma lengua.

     La frontera entre lengua y dialecto es borrosa. Un criterio de distinción es la inteligibilidad recíproca. Si los hablantes competentes de Cataluña, Valencia, Rosellón y Baleares se entienden bien entre sí, es que comparten, llámese catalán o de otro modo. En ese sentido se puede admitir que el gallego y el portugués son dialectos de una misma lengua, aunque la pronunciación (sobre todo la brasileña) limite la comprensión a la lengua escrita.

     El caso del vascuence no es tan sencillo. Hace poco un buen amigo mío lo daba a entender con este ejemplo. Recordando don Jesús Mari Txurruka sus comienzos como profesor de Biología en euskera, en la UPV/EHU de los años 80, hubo de referirse, por supuesto, a la carencia de léxico científico en aquel entonces, pero también a la bisoñez del propio euskera unificado (batua), para un hablante nativo vizcaíno:


«A mí me enseñaron a decir ‘jausi jatazen’ (‘se me cayeron’, en vizcaíno), y tuve que convertirlo en un ‘erori zitzaizkidan’ (lo mismo, en batua). Como pueden ver, sólo se parecen en la ‘n’ del final.»

     No soy filólogo, y no sé cuántos filólogos identificarían ambas expresiones como de una misma lengua. Lo que se observa es que muchos euscaldumberris no siguen bien, sin traducción a la vista, el vizcaíno Peru Abarca de Moguel; y nada digamos de un vascuence auténtico pero antiguo como el de Lazarraga (siglo XVI).

     En teoría, nadie discute que los dialectos vascos, reliquia y testimonio del vascuence auténtico, son una riqueza en peligro de extinción. Sin embargo, en la prolija Babel de Baztarrika no veo nada en su defensa, ni la menor referencia a los derechos de los vizcaínos a ser oídos en su dialecto propio. O sea que “consejos vendo que para mí no tengo”, y “en casa del herrero cuchillo de palo”. Lo que es bueno para Europa, por lo visto, no conviene para casa, donde se hace tabla rasa de las hablas dialectales nativas, reemplazándolas por otro dialecto o neolengua artificial. Replicarán que no es así, y que se aplaude el cultivo de los dialectos. Sólo de boquilla. A los euscaldunizados alaveses les da igual, porque vienen casi todos del castellano. Pero sé de vizcaínos ‘nativos’ que  han visto cerrado el acceso a puestos de trabajo por no dar el perfil de batúa. En el País Vasco Francés tiramos dinero para suplantar los dialectos autóctonos. La bonanza ha sido sobre todo para los guipuzes.



     De ese modo, la misma riqueza que tanto se alaba para imponerla en el Parlamento Europeo, o para la novísima extravagancia de introducirla en el Senado de España, de puertas adentro se destruye con el implante del dialecto artificial, que a efectos de la metáfora es como una planta transgénica invasiva. Un transgénico de cardo borriquero entre fragantes fresas silvestres. Un idioma que tampoco es resultado de una convergencia natural, y que se parece bastante a la cirugía que se practicaba en la cama de Procrusto.

     5. El babilonio sin esfuerzo. Larramendi tituló su primera gramática vasca ‘El imposible vencido’ (1729). El título se refiere al propio libro. Una lengua tan difícil como la vascongada parecía a muchos irreductible a reglas gramaticales. Larramendi demostró que no hay nada de eso, y que a diferencia de otras muchas lenguas, el vascuence es muy regular y muy lógico.

     Pero nada de campanas al vuelo. Vencer el imposible-posible de gramatizar la lengua, no era lo mismo que vencer otro imposible-invencible de verdad: convertir el vascuence en una lengua como otras, sencilla, atractiva y aprendible. De hecho, la hazaña de Larramendi no hizo aumentar el número de los euskaldunas o vascohablantes, y muchísimo menos el de los escribientes, que en vascuence son aves muy raras. El propio Larramendi discutía y publicaba casi todo en castellano.

     Ante el logro –costosísimo, pero logro– de la euscaldunización masiva de jóvenes, muchos sénecas de aldea han aplicado aquí la lógica de la fábula:  «Admiróse un portugués / de ver que, en su tierna infancia, / todos los niños en Francia / supiesen hablar francés...» Luego viene la terquedad de los hechos: esos mismos jóvenes por mayoría se dejan de vascuences para expresarse ‘en cristiano’. De donde resulta inútil –costosísimo, pero inútil– el meritado logro.

     Concluyo, pues, con una ojeada a otra propuesta sorprendente para dar vida a un euskera ya tan super protegido, pero siempre marginal y preagonizante. Y aquí debo citar a otra personalidad también amiga mía, la profesora lingüista  y académica vasca Karmele Rotaetxe (2009). 


«La norma del euskera… conocida como vasco unificado, es difícil… Las formas, en especial verbales, propuestas por filólogos (no por lingüistas)… son utópicas y complicadas. Demasiado para ser empleadas con fluidez por hablantes normales. Esto debió parecerle escandaloso a un colega mío de Euskaltzaindia, para quien el euskera no es más difícil que el castellano porque un niño aprende en la cuna por igual una u otra lengua… » [vamos, otro lógico ‘a la portuguesa’]

«Sé –por haber sido la primera en demostrarlo hace tiempo– que el vasco es lengua aglutinante y que este rasgo fundamenta su estructura. Pero las formas verbales... suponen un hándicap… Quizá habría que cambiar la filosofía frente a la norma vasca… Es obvio que mi propuesta no cabría en distinto contexto político.»

     Vamos entendiendo. Frente a un sánscrito perfecto, pero inasequible, un prácrito de andar por casa. Frente al euskera batua, euskera basura (con perdón). Un batúa desaglutinado, que se pueda chamuyar sin esfuerzo, sin dejar de pensar en castellano.

     No sé qué acogida habrá tenido la propuesta simplificadora de doña Karmele. Supongo que mala en general. Más exactamente ninguna, a efectos de humanizar el euskera de las oposiciones. Lógico, amiga mía. Para eso se creó la norma, para poner pegas y controlar resultados, no para beneficiar al vascuence.
     

martes, 27 de abril de 2010

Babel-barbarie (2)


       En la primera parte de este artículo, a propósito del libro Babel o barbarie, hice intención de limitarme a sus títulos en español y vascuence, pues ni lo había leído ni pensaba hacerlo. 

       Pero la carne es flaca, y he mordido la manzana. Ahora sí, puedo decir con fundamento que ha superado mis expectativas con largueza, pues es bastante más indigesto que lo imaginado. 

       Y como la cosa ya no tiene remedio, mientras no se invente el arte de desleer lo leído, veré al menos si me alivio un poco el estómago con este comentario. Al autor no ha de molestarle, por aquello de que ‘hablan mal de uno, pero hablen’. Otros ya lo han hecho, para bien (Bujanda Arizmendi), o para menos bien (Fernández Gil, Plazaeme).

       1. Savater.  Entre tanto, Fernando Savater ha publicado ‘Babel sin barbaridades’, un artículo bastante positivo, aunque sin haber leído el libro, él tampoco. Y se nota. De haberlo hecho, comprobaría que él, Savater, es una de las bestias pardas para Baztarrika, junto con Arcadi Espada, Aurelio Arteta, Jorge de Esteban, Ruiz Soroa, Vargas Llosa etc., en suma, todos los que no ven en Babel el lugar ideal de encuentro para los humanos.

       Más concretamente, de las dos categorías de autores ‘buenos y malos’ que distingue maniqueamente el libro, el primer ‘malo’ citado es precisamente Savater (pág. 35), el iconoclasta que un día escribió: «En política la verdadera riqueza es tener una lengua común».

       A vuelta de hoja (pág. 37-38) vuelve a salir «el filósofo» de ‘Lamento por Babel’, valorado por Baztarrika en estos términos: «Por mucho que me empeño, me resultan incomprensibles las últimas palabras del fragmento de Savater…». Vaya, tampoco iba a recibir palmas un corifeo del tristemente célebre ‘Manifiesto por la Lengua Común’ (Madrid, 23-06-2008); un documento que «no es precisamente candor lo que rezuma», y a cuyos firmantes se pasa lista, del primero al último (pág. 101).

       Que Baztarrika no le entienda, no debería preocupar a don Fernando, pienso yo, porque eso le ocurre a don Patxi con la mayoría de los textos que cita. Incluso algunos que alega como favorables a sus tesis, es porque los entiende al revés, como ocurre por ejemplo (pág. 100) con los de Antonio Tovar († 1984), que ni delirando habría aplaudido la política lingüística euscaldunizadora y normalizadora, practicada in crescendo, sobre todo a partir de la Ley de Normalización del Euskera (1982), con el diseño de 1986 y su concreción de 1989.

       2. Etxenike.  A propósito, dicha ley se promulgó siendo Consejero de Educación Pedro Miguel Etxenike, uno de los prologuistas de Babel o barbarie. No es criticable un prologuista por ser elogioso, ni un político por autocomplaciente. La verdad es que su prólogo tiene mucho de lo segundo y bien poco de lo primero. Y aun ese poquitín es tan anodino, como si el ilustre físico tampoco conociese la obra. Sospecha que se agudiza cuando Etxenike señala, como cualidad de la misma, la «inteligencia».

       Esto último no lo dice en el mismo prólogo, insisto, donde autor y libro no pintan nada, porque don Pedro Miguel bastante tiene con recordarse a sí mismo y su legado político. Fue en el acto de presentación del libro donde el ex consejero insufló sobre él esa palabra, ‘inteligencia’. Una de las últimas de todo el diccionario que se le habría ocurrido a cualquier lector juicioso y desapasionado, para relacionarla con Babel o barbarie.

       3. Religión del porque sí.  Pero todavía hay otra razón para maliciar que se puede escribir prólogos hasta para libros en blanco. Y es cuando el profesor Etxenike sentencia: «La cuestión lingüística no se asemeja a la religiosa» (pág. 16). Sin entrar en ello, debo notar que una de las impresiones negativas que deja la lectura de Babel o barbarie es justamente el enfoque de sermón misionero para la captación de prosélitos y neófitos de una secta. Lingüística, pero secta. Y ello a pesar de que Baztarrika previene aquí o allá contra los excesos del radicalismo euscaldunizador. Aun entonces, o mejor entonces, se parece todavía más a un apóstol de una secta supuestamente moderada, en competencia frente a rivales más fanáticos. Pero qué digo yo, si es el propio autor el que adopta el paradigma religioso cuando recomienda «una euskalgintza laica» (pág. 287, luego lo vemos). En cuanto caes en la cuenta de ese paradigma solapado, a partir de ahí la lectura seria de Babel se vuelve imposible, de puro hilarante.

       Hilarante sí, pero como el gas nitroso, que también anestesia y atonta. Son más de 400 páginas de buenismo, de noria o argumentación circular; de derechos del bilingüe y deberes del unilingüe, ahora en argumentación pendular, de cuadraturas del círculo para la convivencia simétrica y de desafío constante al principio de contradicción («es la diversidad lingüística lo que hace posible que los seres humanos nos comprendamos mutuamente»). La decisión está tomada, la sociedad así lo ha querido, la ley así lo manda: toca ahora a los unilingües castellanos dar los pasos más largos, «en bien de todos»…

       Llega a ser penoso aguantar a un autor que jamás razona, como si el raciocinio le fuese extraño o le diese alergia. Toda su argumentación es de autoridad, como en la religión: de una parte, la ‘sociedad-ley’, que ya ha fallado en pro del euskera para siempre jamás; de la otra, los ‘sabios’ citables, los comités de expertos, abundando en lo mismo. Los consensos unánimes alcanzados entre no se sabe quiénes. Las opiniones contrarias se despachan como ‘prejuicios’. A los del otro extremo, a los grupúsculos exaltados, se les amonesta en términos que a menudo recuerdan las epístolas paulinas.

       En el fondo de todo, en el santasantorun, está el fetiche del euskera, el axioma intocable, por irracional, del vascuence necesario porque es bueno, y mejor por las buenas, dado que es necesario. Francamente, mejor que esta pomada, es preferible la almohaza cruda del talibán. Con éste sabe uno a qué atenerse. Con Patxi Baxtarrika, depende de la página de su libro.

      Lás páginas de Babel frisan a veces no se sabe bien si la simpleza o el cinismo; una frontera tan sutil, que podríamos dejarlo en simpleza cínica o simple cinismo. Como cuando toca el tema de la euskalgintza de marras. ¿Y cómo se come eso?

       4. Euskalgintza: «Denominación que engloba a todo el conjunto de la actividad vinculada con el euskera. (Nota del Traductor)». ¡Hombre, no! Examinarse de perfil lingüístico en una oposición no es euskalgintza. El vocablo –otra ‘euskarakada’ de la neoparla– tiene su pequeña historia desde los años 60, y como suele ser en la jerga nacionalista, no tiene traducción neutral. Toda euskalgintza que se precie lleva en sí una carga de choque, de presión social ordenada a modificar hábitos a favor del euskera, en tanto que seña de identidad nacional vasca. Es lo que el autor llama con redundancia «euskalgintza social» (pág. 289). Degustemos esto, sobre esos ‘euskal-agentes’, auténticos ministros de la palabra:
«A mi parecer, el cometido principal… de la euskalgintza social consiste en la socialización del euskera y del poder de atracción de cuanto en esa lengua se produce… Se debe dar con la manera de hacer sentir a quien vive alejado del euskera que se está perdiendo algo que merece la pena…»
      «Socializar el euskera…». ¿Les suena eso? Tal vez les traiga malos recuerdos. O tal vez sea una forma rara de contrarrestar la «socialización del dolor», tan decantada. Porque luego, tras ese lenguaje propio de un manual para visitadores a domicilio, sorprende el candor con que se invita a la «izquieraa abertzale tradicional» (sic!) para que en su tradicional euskalgintza se abstenga de cosechar réditos partidistas, más allá de la promoción apolítica del euskera, que es de todos y de nadie (págs. 286-288). Vendedores sin comisión, oiga. Por amor platónico al euskera. ¿Quién dijo que en este país hay conflicto? (Y a todo esto, no he tenido la suerte de hallar en todo el libro algún kontseilua (consejo) de moderación dirigido precisamente al Kontseilua, ese ente inquisitorial y sombrío que tanto los necesita.)
  
       5. Euskaldunes pasivos. Me gustaría terminar con algún comentario relajado y empático, como es mi inclinación. Lo que ocurre es que el humor, como la lógica, en este libro de Baztarrika es como la sangre por las venas de Drácula, «un material demasiado precioso y escaso». Por eso he de conformarme con una idea que lo mismo puede dar risa que enfado, incluso ambas cosas. Me refiero al papelón social reservado a dos categorías de ciudadanos en esta nueva etapa de la epopeya revitalizadora del Eusko-Nosferatu: los chapurrantes, pero sobre todo los bilingües pasivos o pacientes.

       No se diga que no tiene gracia, esa gran mayoría de dos tercios de ciudadanos, hoy por hoy distraídos en su búsqueda egoísta de la felicidad individual monolingüe castellana, pero mañana convertidos a la convivencia solidaria. ¿Cómo así? Convirtiéndose en oyentes de los vascoparlantes y vascochapurrantes. Dedicando su precioso tiempo a la noble tarea de escuchar y escuchar, a ser posible por relevos, para que el euskera siempre tenga quien lo escuche.

      ¿Escuchar, qué, cómo? El buen euskaldún pasivo es aquel que, venciendo la tentación fácil de las televisiones estatales o la de ETB-2, se engancha a la ‘audiencia’ (como dicen ahora) de las cadenas autonómicas ortodoxas.

      Ahora bien, si de veras quieren hacer euskalgintza patriótica, en tal caso el Señor les llama por otro camino: escuchar a los euskaldunes activos.

      Convidados de piedra, deberán mantener la boca cerrada, pues el uso del castellano introduce desequilibrio en desfavor de la lengua débil. Y si no llegan a entender lo que se dice, porque no saben bastante euskera, o porque el orador lo habla mal, no desmayen. Algún día (dentro de 1.600 horas, según los expertos) empezarán ellos también a soltarse, primero como chapurreantes, luego como proficientes, y por último como perfectos y disertos euskaldunes.

       Hablo de los 2/3 de pasivos que arrojan las encuestas globales. En Bilbao los que no saben hablar vascuence son abrumadora mayoría. ¿Entonces? Mejor que mejor. Ahora que urge la promoción turística de la villa, imaginemos el gancho del espectáculo en el Arenal, en Moyúa, en la Plaza Nueva... Como en la ‘Isla de los pingüinos’ de Anatole France, multitudes de bilbainos silenciosos y atentos a los San Maeles que les predican en la lengua sagrada.

       Vale la pena. Como dice ‘Babel, el caos’,

«Si la cuestión del euskera es, fundamentalmente, la convivencia lingüística…, es obligado que toda la sociedad se ponga de acuerdo en torno al proceso de revitalización del euskera… A los monolingües se debe pedir que den pasos hacia el bilingüismo, en interés propio y de todos, en interés de la cohesión social.»
       Conclusión: El nudo del problema es que aquí todo el mundo habla el español o castellano. Es esa ausencia de Babel en este país la que nos empobrece. Mientras queden castellanos  sordos para el vascuence, el euskaldún no puede ‘vivir euskeraz’ a tiempo completo, porque a las veces no tiene quien le escuche.