martes, 4 de mayo de 2010

Babel-barbarie (3)


     1. El sofisma biológico. Una falacia común es equiparar las lenguas del mundo a especies vivas, y aplicar a su conjunto las propiedades y leyes de los ecosistemas y de la evolución biológica. En particular, nuestro ‘babilonios’ –los entusiastas de Babel, a lo Patxi Baztarrika– encarecen el valor intrínseco de las lenguas minoritarias como parte de una comunidad y sistema lingüistico, y su pérdida como empobrecimiento semejante al de la biodiversidad.

     El sofisma, como todos, tiene un color de verdad. Así como hay una evolución biológica de las especies, hay una evolución de las culturas, con un paralelismo entre ambas que interesó ya al propio Darwin.

     Dicho esto, hay que precisar que para la evolución cultural ese paralelismo sólo puede referirse al de la especie humana; una evolución ‘atípica’, a efectos de selección natural. Con esa restricción, queda por concretar hasta qué punto ese paralelismo es causal, con base en supuestas raíces biológicas de la ‘cultura’. Un elemento singular de la cultura es el lenguaje; cuya raíz neurobiológica es cierta, y que interesa a la genética.

     Aquí se quieren hacer fuertes los babilonios, como si el lenguaje de un grupo humano fuese una seña de identidad más que simbólica, biológica. Seudociencia pura, pues los expertos saben que la evolución lingüística es mucho más rápida que la genética en general, y concretamente la de los genes supuestamente implicados en la fenomenología del lenguaje. No sin razón se ha inventado para el origen de las lenguas un nombre, glosogenia, que lo distinga del de las especies, filogenia.

     La representación arborescente, aplicada a cosas que nada tienen que ver, puede dar pie a deducciones disparatadas. Nadie discute la base neurobiológica del lenguaje. Eso es mucho, pero eso es todo. Esa raíz biológica se refiere al lenguaje en sí, no a las lenguas particulares y su evolución por familias, ni al árbol lingüistico que las representa.

     2. Perder la lengua, perder el alma. Un grupo humano puede perder su lengua ‘propia’ por diferentes razones y en diferentes procesos, sustituyéndola obviamente por otra incluso muy extraña, sin que biológicamente ocurra nada, y menos que nada un genocidio. Genosuicidio más bien, en el caso del euskera. Otra cosa es que la aculturación incida en las estructuras sociales, cosa muy frecuente.

     En otras palabras: el vascuence se puede perder sin que la vasquidad se resienta en lo más mínimo. Es una verdad, por mucho que fastidie a nuestros conciudadanos nacionalistas, es su problema.


«Extinguido el euskera, el alma misma de nuestro pueblo habría de morir» (Iñaki Azpiazu, 1958).

     Tonterías, padre. La realidad es que el vasco a lo largo de la historia ha prescindido muchas veces del vascuence, casi siempre por su voluntad y conveniencia, para seguir tan vasco en castellano, en inglés o en tagalo por el ancho mundo, como lo fue en su aldea.

     La recíproca se ha dado menos, por razones obvias, pero se ha dado. Caso, por ejemplo, de niños incluseros adoptados en caseríos. Eso sin olvidar la vía media. Mi tío abuelo Fermín, con dos dedos de enjundia de maqueto viejo, se casó aquí con una vasca, y juntos a duo desarrollaron un dialecto doméstico que, según parece, les sentó mucho mejor para su convivencia que cualquier bilingüismo babilonio. Él y ella jugaban a las lenguas como jugaban al sexo, porque les gustaba, sin imaginar que su juego lingüístico iba a mover algún día tanto dinero.

     El número de lenguas en el mundo se calcula en unas 6.000. Algunas con muy pocos hablantes, muchas en vías de extinción y casi todas minoritarias, prácticamente sin valor comunicativo extragrupal. Aquí vuelve el símil de las especies en peligro, la pérdida de biodiversidad. Otra vez la misma falacia, porque las lenguas no constituyen un sistema que tenga nada que ver con los ecosistemas; las interacciones son completamente distinas, los equilibrios también. En especial, la extinción de una lengua no tiene por qué parecerse a la de una especie.

     3. Darvinismo lingüístico. Hablar de ‘Darvinismo lingüístico’ es pura metáfora. Sólo quiere decir que hay lenguas que, en concurrencia con otras, retroceden hasta desaparecer. Una manera de ‘explicarlo’ es calificarlas de menos útiles o de inútiles. Lo de la utilidad, por supuesto, es estimativo (“útil, según para qué”).

     El vascuence, por ejemplo, es perfectamente inútil para la difusión global de ideas, y es superfluo para la vida social entre vascos que disponen de un idioma común, el español. ¿O sea, que no sirve para nada? ¿o al menos, para nada ‘bueno’? Claro que sirve. En las familias y pueblos que conforman su mapa lingüístico tradicional, el vascuence es el vehículo normal de comunicación efectiva y afectiva. En el otro extremo, allí donde se lo ha querido ‘normalizar’ a lo bruto, ha traído disfunciones y problemas. Entramos en otra historia.

     ¿Hay algún criterio para distinguir los usos buenos y los perversos (o abusos) del euskera? A mí se me ocurre uno muy fácil de medir: el gasto. Es un hecho objetivo que, de todas las utilidades atribuidas a esa lengua, aquellas cuya bondad nadie le discute salen gratuitas o muy baratas: su cultivo familiar y social en las áreas de arraigo, su enseñanza en las mismas áreas, las cadenas mediáticas para tales usuarios, las facilidades para el aprendizaje optativo… Todo eso, además, es de enorme eficacia, porque nace del afecto, y el precio es económico. Por el contrario, cuando se trata de ‘normalizar’ a troche y moche, contras viento y marea, los costos se disparan en pura pérdida. Cierto que el vascuence genera puestos de trabajo, y hasta llena el bolsillo de algunos, pero siempre a expensas del común y sin retorno de beneficio.

     4. Y de la Babel doméstica, ¿qué? Curioso contrasentido: el nacionalismo que abomina del Estado, entre otras cosas, por monolítico y totalitario, le copia ese mismo vicio que tanto dicen odiar. Así la construcción nacional vasca no tiene en cuenta para nada la aplicación fractal de sus esquemas a los territorios históricos, y por debajo de ellos a merindades, valles o digamos, cantones.  Muy al contrario, hay más disposición a fagocitar territorios vecinos, que a reconocer derechos de secesión en los propios o apropiados. Zazpiat bat y punto; porque sí. Ni siquiera el mapa lingüístico real se tiene en cuenta, salvo para borrarlo.

     Pues si tan bonita y tan buena es Babel, que la recomendamos para Europa, ¿por qué no se aplica el cuento en casa? Babel, ya la teníamos aquí, en forma de dialectos del vascuence. Pero antes hay que preguntar: ¿dialectos?

     La palabra dialecto no tiene buena prensa. Se ha abusado mucho de su acepción como habla inculta,  lenguaje de segunda o tercera división. Como aquí no nos interesa la trifulca, nos quedamos con dialecto como variedad local de una misma lengua.

     La frontera entre lengua y dialecto es borrosa. Un criterio de distinción es la inteligibilidad recíproca. Si los hablantes competentes de Cataluña, Valencia, Rosellón y Baleares se entienden bien entre sí, es que comparten, llámese catalán o de otro modo. En ese sentido se puede admitir que el gallego y el portugués son dialectos de una misma lengua, aunque la pronunciación (sobre todo la brasileña) limite la comprensión a la lengua escrita.

     El caso del vascuence no es tan sencillo. Hace poco un buen amigo mío lo daba a entender con este ejemplo. Recordando don Jesús Mari Txurruka sus comienzos como profesor de Biología en euskera, en la UPV/EHU de los años 80, hubo de referirse, por supuesto, a la carencia de léxico científico en aquel entonces, pero también a la bisoñez del propio euskera unificado (batua), para un hablante nativo vizcaíno:


«A mí me enseñaron a decir ‘jausi jatazen’ (‘se me cayeron’, en vizcaíno), y tuve que convertirlo en un ‘erori zitzaizkidan’ (lo mismo, en batua). Como pueden ver, sólo se parecen en la ‘n’ del final.»

     No soy filólogo, y no sé cuántos filólogos identificarían ambas expresiones como de una misma lengua. Lo que se observa es que muchos euscaldumberris no siguen bien, sin traducción a la vista, el vizcaíno Peru Abarca de Moguel; y nada digamos de un vascuence auténtico pero antiguo como el de Lazarraga (siglo XVI).

     En teoría, nadie discute que los dialectos vascos, reliquia y testimonio del vascuence auténtico, son una riqueza en peligro de extinción. Sin embargo, en la prolija Babel de Baztarrika no veo nada en su defensa, ni la menor referencia a los derechos de los vizcaínos a ser oídos en su dialecto propio. O sea que “consejos vendo que para mí no tengo”, y “en casa del herrero cuchillo de palo”. Lo que es bueno para Europa, por lo visto, no conviene para casa, donde se hace tabla rasa de las hablas dialectales nativas, reemplazándolas por otro dialecto o neolengua artificial. Replicarán que no es así, y que se aplaude el cultivo de los dialectos. Sólo de boquilla. A los euscaldunizados alaveses les da igual, porque vienen casi todos del castellano. Pero sé de vizcaínos ‘nativos’ que  han visto cerrado el acceso a puestos de trabajo por no dar el perfil de batúa. En el País Vasco Francés tiramos dinero para suplantar los dialectos autóctonos. La bonanza ha sido sobre todo para los guipuzes.



     De ese modo, la misma riqueza que tanto se alaba para imponerla en el Parlamento Europeo, o para la novísima extravagancia de introducirla en el Senado de España, de puertas adentro se destruye con el implante del dialecto artificial, que a efectos de la metáfora es como una planta transgénica invasiva. Un transgénico de cardo borriquero entre fragantes fresas silvestres. Un idioma que tampoco es resultado de una convergencia natural, y que se parece bastante a la cirugía que se practicaba en la cama de Procrusto.

     5. El babilonio sin esfuerzo. Larramendi tituló su primera gramática vasca ‘El imposible vencido’ (1729). El título se refiere al propio libro. Una lengua tan difícil como la vascongada parecía a muchos irreductible a reglas gramaticales. Larramendi demostró que no hay nada de eso, y que a diferencia de otras muchas lenguas, el vascuence es muy regular y muy lógico.

     Pero nada de campanas al vuelo. Vencer el imposible-posible de gramatizar la lengua, no era lo mismo que vencer otro imposible-invencible de verdad: convertir el vascuence en una lengua como otras, sencilla, atractiva y aprendible. De hecho, la hazaña de Larramendi no hizo aumentar el número de los euskaldunas o vascohablantes, y muchísimo menos el de los escribientes, que en vascuence son aves muy raras. El propio Larramendi discutía y publicaba casi todo en castellano.

     Ante el logro –costosísimo, pero logro– de la euscaldunización masiva de jóvenes, muchos sénecas de aldea han aplicado aquí la lógica de la fábula:  «Admiróse un portugués / de ver que, en su tierna infancia, / todos los niños en Francia / supiesen hablar francés...» Luego viene la terquedad de los hechos: esos mismos jóvenes por mayoría se dejan de vascuences para expresarse ‘en cristiano’. De donde resulta inútil –costosísimo, pero inútil– el meritado logro.

     Concluyo, pues, con una ojeada a otra propuesta sorprendente para dar vida a un euskera ya tan super protegido, pero siempre marginal y preagonizante. Y aquí debo citar a otra personalidad también amiga mía, la profesora lingüista  y académica vasca Karmele Rotaetxe (2009). 


«La norma del euskera… conocida como vasco unificado, es difícil… Las formas, en especial verbales, propuestas por filólogos (no por lingüistas)… son utópicas y complicadas. Demasiado para ser empleadas con fluidez por hablantes normales. Esto debió parecerle escandaloso a un colega mío de Euskaltzaindia, para quien el euskera no es más difícil que el castellano porque un niño aprende en la cuna por igual una u otra lengua… » [vamos, otro lógico ‘a la portuguesa’]

«Sé –por haber sido la primera en demostrarlo hace tiempo– que el vasco es lengua aglutinante y que este rasgo fundamenta su estructura. Pero las formas verbales... suponen un hándicap… Quizá habría que cambiar la filosofía frente a la norma vasca… Es obvio que mi propuesta no cabría en distinto contexto político.»

     Vamos entendiendo. Frente a un sánscrito perfecto, pero inasequible, un prácrito de andar por casa. Frente al euskera batua, euskera basura (con perdón). Un batúa desaglutinado, que se pueda chamuyar sin esfuerzo, sin dejar de pensar en castellano.

     No sé qué acogida habrá tenido la propuesta simplificadora de doña Karmele. Supongo que mala en general. Más exactamente ninguna, a efectos de humanizar el euskera de las oposiciones. Lógico, amiga mía. Para eso se creó la norma, para poner pegas y controlar resultados, no para beneficiar al vascuence.
     

martes, 27 de abril de 2010

Babel-barbarie (2)


       En la primera parte de este artículo, a propósito del libro Babel o barbarie, hice intención de limitarme a sus títulos en español y vascuence, pues ni lo había leído ni pensaba hacerlo. 

       Pero la carne es flaca, y he mordido la manzana. Ahora sí, puedo decir con fundamento que ha superado mis expectativas con largueza, pues es bastante más indigesto que lo imaginado. 

       Y como la cosa ya no tiene remedio, mientras no se invente el arte de desleer lo leído, veré al menos si me alivio un poco el estómago con este comentario. Al autor no ha de molestarle, por aquello de que ‘hablan mal de uno, pero hablen’. Otros ya lo han hecho, para bien (Bujanda Arizmendi), o para menos bien (Fernández Gil, Plazaeme).

       1. Savater.  Entre tanto, Fernando Savater ha publicado ‘Babel sin barbaridades’, un artículo bastante positivo, aunque sin haber leído el libro, él tampoco. Y se nota. De haberlo hecho, comprobaría que él, Savater, es una de las bestias pardas para Baztarrika, junto con Arcadi Espada, Aurelio Arteta, Jorge de Esteban, Ruiz Soroa, Vargas Llosa etc., en suma, todos los que no ven en Babel el lugar ideal de encuentro para los humanos.

       Más concretamente, de las dos categorías de autores ‘buenos y malos’ que distingue maniqueamente el libro, el primer ‘malo’ citado es precisamente Savater (pág. 35), el iconoclasta que un día escribió: «En política la verdadera riqueza es tener una lengua común».

       A vuelta de hoja (pág. 37-38) vuelve a salir «el filósofo» de ‘Lamento por Babel’, valorado por Baztarrika en estos términos: «Por mucho que me empeño, me resultan incomprensibles las últimas palabras del fragmento de Savater…». Vaya, tampoco iba a recibir palmas un corifeo del tristemente célebre ‘Manifiesto por la Lengua Común’ (Madrid, 23-06-2008); un documento que «no es precisamente candor lo que rezuma», y a cuyos firmantes se pasa lista, del primero al último (pág. 101).

       Que Baztarrika no le entienda, no debería preocupar a don Fernando, pienso yo, porque eso le ocurre a don Patxi con la mayoría de los textos que cita. Incluso algunos que alega como favorables a sus tesis, es porque los entiende al revés, como ocurre por ejemplo (pág. 100) con los de Antonio Tovar († 1984), que ni delirando habría aplaudido la política lingüística euscaldunizadora y normalizadora, practicada in crescendo, sobre todo a partir de la Ley de Normalización del Euskera (1982), con el diseño de 1986 y su concreción de 1989.

       2. Etxenike.  A propósito, dicha ley se promulgó siendo Consejero de Educación Pedro Miguel Etxenike, uno de los prologuistas de Babel o barbarie. No es criticable un prologuista por ser elogioso, ni un político por autocomplaciente. La verdad es que su prólogo tiene mucho de lo segundo y bien poco de lo primero. Y aun ese poquitín es tan anodino, como si el ilustre físico tampoco conociese la obra. Sospecha que se agudiza cuando Etxenike señala, como cualidad de la misma, la «inteligencia».

       Esto último no lo dice en el mismo prólogo, insisto, donde autor y libro no pintan nada, porque don Pedro Miguel bastante tiene con recordarse a sí mismo y su legado político. Fue en el acto de presentación del libro donde el ex consejero insufló sobre él esa palabra, ‘inteligencia’. Una de las últimas de todo el diccionario que se le habría ocurrido a cualquier lector juicioso y desapasionado, para relacionarla con Babel o barbarie.

       3. Religión del porque sí.  Pero todavía hay otra razón para maliciar que se puede escribir prólogos hasta para libros en blanco. Y es cuando el profesor Etxenike sentencia: «La cuestión lingüística no se asemeja a la religiosa» (pág. 16). Sin entrar en ello, debo notar que una de las impresiones negativas que deja la lectura de Babel o barbarie es justamente el enfoque de sermón misionero para la captación de prosélitos y neófitos de una secta. Lingüística, pero secta. Y ello a pesar de que Baztarrika previene aquí o allá contra los excesos del radicalismo euscaldunizador. Aun entonces, o mejor entonces, se parece todavía más a un apóstol de una secta supuestamente moderada, en competencia frente a rivales más fanáticos. Pero qué digo yo, si es el propio autor el que adopta el paradigma religioso cuando recomienda «una euskalgintza laica» (pág. 287, luego lo vemos). En cuanto caes en la cuenta de ese paradigma solapado, a partir de ahí la lectura seria de Babel se vuelve imposible, de puro hilarante.

       Hilarante sí, pero como el gas nitroso, que también anestesia y atonta. Son más de 400 páginas de buenismo, de noria o argumentación circular; de derechos del bilingüe y deberes del unilingüe, ahora en argumentación pendular, de cuadraturas del círculo para la convivencia simétrica y de desafío constante al principio de contradicción («es la diversidad lingüística lo que hace posible que los seres humanos nos comprendamos mutuamente»). La decisión está tomada, la sociedad así lo ha querido, la ley así lo manda: toca ahora a los unilingües castellanos dar los pasos más largos, «en bien de todos»…

       Llega a ser penoso aguantar a un autor que jamás razona, como si el raciocinio le fuese extraño o le diese alergia. Toda su argumentación es de autoridad, como en la religión: de una parte, la ‘sociedad-ley’, que ya ha fallado en pro del euskera para siempre jamás; de la otra, los ‘sabios’ citables, los comités de expertos, abundando en lo mismo. Los consensos unánimes alcanzados entre no se sabe quiénes. Las opiniones contrarias se despachan como ‘prejuicios’. A los del otro extremo, a los grupúsculos exaltados, se les amonesta en términos que a menudo recuerdan las epístolas paulinas.

       En el fondo de todo, en el santasantorun, está el fetiche del euskera, el axioma intocable, por irracional, del vascuence necesario porque es bueno, y mejor por las buenas, dado que es necesario. Francamente, mejor que esta pomada, es preferible la almohaza cruda del talibán. Con éste sabe uno a qué atenerse. Con Patxi Baxtarrika, depende de la página de su libro.

      Lás páginas de Babel frisan a veces no se sabe bien si la simpleza o el cinismo; una frontera tan sutil, que podríamos dejarlo en simpleza cínica o simple cinismo. Como cuando toca el tema de la euskalgintza de marras. ¿Y cómo se come eso?

       4. Euskalgintza: «Denominación que engloba a todo el conjunto de la actividad vinculada con el euskera. (Nota del Traductor)». ¡Hombre, no! Examinarse de perfil lingüístico en una oposición no es euskalgintza. El vocablo –otra ‘euskarakada’ de la neoparla– tiene su pequeña historia desde los años 60, y como suele ser en la jerga nacionalista, no tiene traducción neutral. Toda euskalgintza que se precie lleva en sí una carga de choque, de presión social ordenada a modificar hábitos a favor del euskera, en tanto que seña de identidad nacional vasca. Es lo que el autor llama con redundancia «euskalgintza social» (pág. 289). Degustemos esto, sobre esos ‘euskal-agentes’, auténticos ministros de la palabra:
«A mi parecer, el cometido principal… de la euskalgintza social consiste en la socialización del euskera y del poder de atracción de cuanto en esa lengua se produce… Se debe dar con la manera de hacer sentir a quien vive alejado del euskera que se está perdiendo algo que merece la pena…»
      «Socializar el euskera…». ¿Les suena eso? Tal vez les traiga malos recuerdos. O tal vez sea una forma rara de contrarrestar la «socialización del dolor», tan decantada. Porque luego, tras ese lenguaje propio de un manual para visitadores a domicilio, sorprende el candor con que se invita a la «izquieraa abertzale tradicional» (sic!) para que en su tradicional euskalgintza se abstenga de cosechar réditos partidistas, más allá de la promoción apolítica del euskera, que es de todos y de nadie (págs. 286-288). Vendedores sin comisión, oiga. Por amor platónico al euskera. ¿Quién dijo que en este país hay conflicto? (Y a todo esto, no he tenido la suerte de hallar en todo el libro algún kontseilua (consejo) de moderación dirigido precisamente al Kontseilua, ese ente inquisitorial y sombrío que tanto los necesita.)
  
       5. Euskaldunes pasivos. Me gustaría terminar con algún comentario relajado y empático, como es mi inclinación. Lo que ocurre es que el humor, como la lógica, en este libro de Baztarrika es como la sangre por las venas de Drácula, «un material demasiado precioso y escaso». Por eso he de conformarme con una idea que lo mismo puede dar risa que enfado, incluso ambas cosas. Me refiero al papelón social reservado a dos categorías de ciudadanos en esta nueva etapa de la epopeya revitalizadora del Eusko-Nosferatu: los chapurrantes, pero sobre todo los bilingües pasivos o pacientes.

       No se diga que no tiene gracia, esa gran mayoría de dos tercios de ciudadanos, hoy por hoy distraídos en su búsqueda egoísta de la felicidad individual monolingüe castellana, pero mañana convertidos a la convivencia solidaria. ¿Cómo así? Convirtiéndose en oyentes de los vascoparlantes y vascochapurrantes. Dedicando su precioso tiempo a la noble tarea de escuchar y escuchar, a ser posible por relevos, para que el euskera siempre tenga quien lo escuche.

      ¿Escuchar, qué, cómo? El buen euskaldún pasivo es aquel que, venciendo la tentación fácil de las televisiones estatales o la de ETB-2, se engancha a la ‘audiencia’ (como dicen ahora) de las cadenas autonómicas ortodoxas.

      Ahora bien, si de veras quieren hacer euskalgintza patriótica, en tal caso el Señor les llama por otro camino: escuchar a los euskaldunes activos.

      Convidados de piedra, deberán mantener la boca cerrada, pues el uso del castellano introduce desequilibrio en desfavor de la lengua débil. Y si no llegan a entender lo que se dice, porque no saben bastante euskera, o porque el orador lo habla mal, no desmayen. Algún día (dentro de 1.600 horas, según los expertos) empezarán ellos también a soltarse, primero como chapurreantes, luego como proficientes, y por último como perfectos y disertos euskaldunes.

       Hablo de los 2/3 de pasivos que arrojan las encuestas globales. En Bilbao los que no saben hablar vascuence son abrumadora mayoría. ¿Entonces? Mejor que mejor. Ahora que urge la promoción turística de la villa, imaginemos el gancho del espectáculo en el Arenal, en Moyúa, en la Plaza Nueva... Como en la ‘Isla de los pingüinos’ de Anatole France, multitudes de bilbainos silenciosos y atentos a los San Maeles que les predican en la lengua sagrada.

       Vale la pena. Como dice ‘Babel, el caos’,

«Si la cuestión del euskera es, fundamentalmente, la convivencia lingüística…, es obligado que toda la sociedad se ponga de acuerdo en torno al proceso de revitalización del euskera… A los monolingües se debe pedir que den pasos hacia el bilingüismo, en interés propio y de todos, en interés de la cohesión social.»
       Conclusión: El nudo del problema es que aquí todo el mundo habla el español o castellano. Es esa ausencia de Babel en este país la que nos empobrece. Mientras queden castellanos  sordos para el vascuence, el euskaldún no puede ‘vivir euskeraz’ a tiempo completo, porque a las veces no tiene quien le escuche.


martes, 20 de abril de 2010

Babel-barbarie (1)




Acaba de aparecer un libro en vascuence titulado Babeli gorazarre (‘Un viva a Babel’), y el mismo libro en castellano, pero esta vez como Babel o barbarie. Se nos habla del ‘original’ en vascuence y de su ‘traducción’ al castellano. Así sea, si el autor del libro es de esa mini-minoría euscalduna, capaz de pensar directamente e hilar discursos de cierta complejidad en ambos idiomas. Patxi Baztarrika, ex vice consejero de Política Lingüística y autor de la obra, sigue así con su monotema de convertirnos a todos a las bondades del bilingüismo, el ungüento amarillo para la convivencia entre vascos.

No comento una obra no leída, y cuya moraleja ya me la sé. Es la doble etiqueta para un mismo producto –algo que debe de tener su misterio–, junto con la mención de Babel, el pretexto para mi comentario. Y voy a empezar esta vez por el principio.

Babel: Torre vistosa y Ciudad ignorada

El mito etiológico de la Torre Babel es una pieza clave del folclore. A nosotros ha llegado a través de la Biblia, en una historieta harto lacónica (Génesis, 11). Historieta, por cierto, metida como con calzador. Se está ofreciendo un panorama general de las gentes y pueblos del mundo restaurado tras el Diluvio. Y justo cuando se anuncia la raza humana más importante de todas –desde el punto de vista bíblico, se entiende–, los semitas, viene un cuentacuentos a interrumpir con su fábula.

Es como si, para aliviar la aridez de una lista de nombres, alguien hubiese interpolado esta noticia curiosa sobre el origen de las lenguas, que por otra parte, como acaba de decírsenos en el mismo libro (Génesis, 10), ya existían. ¿En qué quedamos? En todo caso, mal traído aquí, porque el episodio de Babel presupone un desarrollo cultural y técnico nada primitivo. Lo dicho, es un relato traído como de los pelos, aunque muy efectista, y muy bien aprovechado para lanzar una pulla contra el nombre de la ciudad maldita, Babilonia.

Pero ya se sabe, tratándose de cuentacuentos y patrañas no hay que ser demasiado exigente con la lógica. Es este un principio que en su momento tendremos ocasión de recordar y aplicar.

Veamos ya lo que cuenta el Génesis (11: 1 y sigs.):

«Todo el mundo era unilingüe y monoléxico.» Así comienza el mito. La misma gramática, el mismo diccionario para todos, mientras la humanidad posdiluviana en marcha nomadeaba desde Oriente, siempre hacia Poniente. Hasta que llegaron a la gran vega de Senaar, la antigua Sumer. Allí se asentaron, y allí desarrollaron una civilización avanzada, a base de ladrillos cocidos al sol y unidos con argamasa bituminosa.

Dispuestos a explotar aquel potencial arquitectónico, se dijeron:

–Ea, vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cumbre en el cielo, y nos haremos famosos, evitando dispersarnos por el ancho mundo.


Este parece ser el sentido literal de la frase hebrea. Aunque también puede entenderse así: «y dejaremos fama de nosotros, antes de dispersarnos» etc. Me convence más lo primero: el monolingüismo, clave de cohesión. La lengua primigenia común era para los hombres como el betún que unía los ladrillos.

Con que, «una ciudad y una torre hasta el cielo». Los primeros en enterarse del proyecto debieron de ser los vientos o espíritus del aire, cuando la torre empezó a subir invadiendo sus dominios. El alboroto trascendió a lo más alto, hasta el mismísimo Dios Yahveh.

«Bajó Yahveh a ver la ciudad y la torre que edificaban los humanos; y dijo Yahveh:

–¡Vaya! Un solo pueblo, con una sola lengua común, y este es su estreno. Ya no habrá proyecto alguno que les resulte imposible. Ea, pues, bajemos y confundamos su lengua sobre el terreno, que no se entiendan entre sí.

Y Yahweh les dispersó desde allí por todo el mundo, quedando suspendida
la construcción de la ciudad, que por lo mismo se llamó Babel, porque allí confundió (balal) Yahveh la lengua común universal, y desde allí les dispersó Yahveh.»

Babel (Bab-Ilu) en acadio significa ‘Puerta de Dios’ y filológicamente nada tiene que ver con ninguna confusión o revoltillo. Se trata de una etimología popular y de oído. Más importa al relato saber qué pasó realmente en Babel, cuando el Dios supremo con la hueste de demiurgos del espacio intervienen para frenar el desarrollo humano.

Vuelve aquí la mentalidad ‘yahvista’, atribuyendo a Dios una psicología ya conocida, celosa y envidiosa del talento innato que tanto distingue a nuestra especie. Como cuando aquellos mismos entes superiores decidieron bajarle los humos a un Adán prometeico, que había probado del Árbol de la Ciencia, y como primera precaución («no vaya a ser que coma también del Árbol de la Vida») le echaron del Paraíso (Génesis, 3: 22-23). Aquí lo mismo, la misma prevención contra lo listos que somos los bípedos implumes por naturaleza.

¿Y en qué consistió este nuevo (y todo hay que decirlo, mezquino) desquite del cielo?

La gran mayoría de los lectores u oyentes entiende que los humanos no pudieron sacar adelante su proyecto de ciudad y torre, por pura dificultad de comprensión entre los constructores. Como nos lo explicaban los viejos intérpretes: uno decía ‘plomada’ y otro entendía nivel; éste pedía, ‘prepara argamasa’, y el interpelado  ‘le montaba un andamio’…

Sin embargo, una traducción más literal del hebreo dice que Dios bajó a ver la ciudad que los hombres edificaron (o que habían edificado): una obra, según eso, acabada, lo mismo que la torre. De hecho, algunos intérpretes entendieron que la gran Torre se les derrumbó, con el natural sobresalto, tartamudeo y confusión traumática de lenguas, seguida de disputas, peleas y separación física de una gente frustrada, y a partir de entonces irreconciliable.

La contradicción en el relato bíblico es ahora patente. Una humanidad homogénea (según el mito) se divide en naciones en virtud de la lengua que les tocó en el enredo babilonio, independientemente de los linajes y familias etnolingüísticas que señala el mapamundi del relato principal, y que ya tenían cada una su idioma. La lógica de este mapa queda emborronada por el vigor de una patraña bien contada.

Demasiado bien contada, tal vez, ya que la dichosa Torre, monumental pero accesoria, casi no deja ver lo principal: la Ciudad-estado sumeria, la construcción nacional; la razón de ser de la propia Torre y de su fracaso. Cada ziqqurat o templo nacional era, en el corazón de la ciudad-estado, como la base de una torre inacabada o caída, que en ningún caso debía invadir el espacio aéreo y «llegar hasta el cielo».

Este injerto moralizante sobre la maldición de las lenguas no sólo es ‘injerto’ por lo incidental, sino porque en cierto modo es extraño a la ortodoxia mosaica. De hecho, hubo que inventarle un correctivo: el idioma hebreo quedaba a salvo. La lengua sagrada, lejos de ser una más entre las Setenta (o setenta y dos) malditas, fue la que tocó en suerte al pueblo elegido. Era la misma lengua de Adán en el Paraíso Terrestre (Génesis, 2: 19-20), y con toda probabilidad también la del Paraíso Celeste, donde Dios se expresa en hebreo, mientras los serafines le aclaman sin cesar en el mismo idioma: 
«¡Aleluya!».

Es notable que las representaciones icónicas de la Torre bíblica, desconocidas en la antigüedad y rarísimas hasta el siglo XI, se disparan desde entonces en un auténtico «diluvio de torres» (Umberto Eco, citando a Helmut Minkowski, 1983), junto con otro diluvio de especulación sobre el tema lingüístico. La razón es bastante plausible. La Europa culta, la Europa latina, se percata de una nueva invasión de ‘bárbaros’ analfabetos hablando nuevos dialectos. Era la eclosión de las lenguas modernas, que con más o menos fortuna se harán también ellas literatas (no todas), y algunas serán lenguas nacionales.

El Renacimiento adobará todo ello con sus cábalas y alegorías a la moda. Para España tendremos el mito de Túbal con su lengua de importación, el vascuence, que desde el Pirineo se hará primigenia para toda Iberia. No vamos a embestir contra el molino caído de la vieja tesis vasco-iberista tubalina , aunque tampoco conviene olvidar que esa tesis existió, tuvo predicamento, y todavía de algún modo colea.

Por lo demás, para el narrador bíblico y dejándose de injertos populares, la nación o pueblo se sustenta en dos pilares, el linaje y el idioma, a los que se añade un tercero menos constante, el territorio. La idea de ‘familia lingüística’ es tan bíblica como la de ‘familia étnica’ (entendida como parentela o familia de sangre). Ideas ambas consustanciadas en leyendas tribales y en observaciones, correctas unas, pero otras absurdas, como el error pertinaz e interesado de considerar camitas, no semitas, a los cananeos (Génesis, 9).

Con este preámbulo, ya podemos pasar a su aplicación, centrada no en un libro (que no he leído), sino en su doble título o etiqueta. Tocaré primero la incongruencia de alabar a Babel de puertas afuera, mientras en casa, con el euskera, se hace justo lo contrario, machacar sus dialectos. Y de segundo plato trincharemos el extraño dilema, Babel o barbarie.